El ludismo en el Estado español

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“La fábrica” (1889), óleo de Santiago Rusiñol.

Las transformaciones tecnológicas que se generalizaron por Europa occidental a finales del XVIII y principios del XIX alcanzaron también a España. Esta ‘modernización’ –cuyos rasgos más característicos fueron el acelerado crecimiento demográfico durante casi todo el Setecientos, el impulso económico de la periferia con la aparición de los primeros núcleos industriales y el progresivo intento de llevar a cabo una reforma agraria liberal que supondría la proletarización y la miseria de gran parte del campesinado– conllevó un  empeoramiento de las condiciones de vida las clases populares que, como en Gran Bretaña, les llevó a añorar la sociedad paternalista de décadas anteriores y a poder soñar en el proyecto utópico de una monarquía sin intermediarios entre el rey sus súbditos. [Miquel Izard (1981): “Orígenes del movimiento obrero en España”, en Estudios sobre Historia de España. Obra homenaje a Manuel Tuñón de Lara, vol. 1]

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

El ludismo español no tuvo, por razones obvias, el auge y amplitud del inglés, pero los actos luditas no fueron ajenos al establecimiento de la sociedad industrial-capitalista. Hubo atentados y fueron abundantes las amenazas de destruir la maquinaria a principios del siglo XIX en Segovia, Ávila, Guadalajara y otros lugares de Castilla –donde la industria dispersa gozaba de larga tradición–, en Cataluña, en el País Valenciano (Alcoi) y en Galicia. En esta última, en 1789 la siderurgia de Sargadelos fue incendiada y otros ataques se constatan en la zona pesquera entre finales del XVIII y comienzos del XIX.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

En Alcoi, en 1821 unos mil doscientos hombres de los pueblos circundantes se dirigieron a la ciudad, armados con lo primero que encontraron a mano, y destruyeron las máquinas situadas en el exterior de la misma ─diecisiete, valoradas en dos millones de reales─, aceptando retirarse tras la promesa de las autoridades de desmontar las que se hallaban en su interior. Entre ochocientos y mil trabajadores fueron encausados y setenta y nueve de ellos acabaron en presidio. Durante todo 1822 se sucedieron los rumores de la celebración de reuniones para preparar nuevos ataques, si bien nada serio ocurrió hasta julio de 1823, cuando unos quinientos hombres de las poblaciones vecinas marcharon sobre la ciudad con dicha intención. Un enfrentamiento con las tropas terminó con la revuelta y con numerosos heridos y cinco detenidos. Se repitieron –aunque con menor intensidad– los episodios de destrucción de máquinas, o su intento al menos, en diversos momentos entre ese año y 1844.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

En Cataluña, el ludismo estuvo activo hasta, por lo menos, 1856. El primer acto ludita datado en Cataluña se remonta a 1823, cuando en Camprodon la multitud destruyó las máquinas de cardar y de hilar de la manufactura de Miquela Lacot. Cuatro de los asaltantes fueron sometidos a un consejo de guerra por haber destruido una máquina de fabricación inglesa. Los hechos de Camprodon fueron seguidos, el 24 de junio de 1824, de la publicación de una real orden que ordenaba a las autoridades que protegieran los establecimientos fabriles ante “los tristes resultados que padecieron las fábricas de Alcoy, Segovia y otras, por iguales causas de anteponer los jornaleros su interés y subsistencia a la autoridad pública”, al mismo tiempo que planteaba la necesidad de los ayuntamientos y los párrocos instruyeran al pueblo en el “bien que trae el uso de las máquinas” y la conveniencia de “emplear en caminos, obras públicas de la provincia y otras labores análogas a estos brazos que claman por ocupación, y abrigan, aunque callen, la inquietud y descontento a la par de su miseria”.

Entre 1827 y 1832 se produjo un notable aumento de las inversiones industriales en Cataluña. Ese último año se introdujo el primer telar mecánico y la fábrica Bonaplata, Vilaregut, Rull y Cía. pasó a ser la primera movida por una máquina de vapor. En ella trabajaban entre 600 y 700 obreros. Se inició de este modo una etapa de progresiva reducción de los costes de producción, que no debe atribuirse solo a la mecanización, también a la continuada sobreexplotación de la mano de obra. En 1835 la fábrica, conocida como El Vapor, fue destruida. El 5 de agosto una multitud heterogénea la incendió a pesar de la resistencia que encontraron por parte de un grupo de obreros, dirigidos por el hijo de Bonaplata, que disparó contra ella. Cuatro trabajadores fueron fusilados al día siguiente y muchos otros terminaron condenados a largas penas de prisión.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Otras actuaciones luditas se sucedieron en los años siguientes. En junio de 1836 grupos de obreros intentaron atacaron los talleres e intentaron destruir sus modernas máquinas en Sabadell. El 22 de marzo de 1844 la fábrica de Subirats, Vila y Cía. era incendiada en Igualada (Barcelona) y en septiembre, en Alcoi, se intentaron destruir las nuevas máquinas conocidas como caradas de mecha continua. En 1854 se produjo en Barcelona uno de los movimientos luditas de mayor alcance al ser destruidas gran cantidad de selfactinas (máquinas de hilar) por parte de los trabajadores del hilo a quienes su progresiva introducción –desde 1844– había dejado sin trabajo. El movimiento se extendió por otras poblaciones catalanas como Valls, Mataró, Manresa, Santpedor, Navarcles, Sallent o Sant Andreu del Palomar. Todavía en junio de 1856 aparecieron en diversos centros industriales catalanes pasquines incitando a destruir las fábricas de vapor, llegándose a producir algunos ataques (como el incendio provocado en una hilatura de Les Masies de Roda.

El amplio marco temporal que, como hemos visto, abarcó el ludismo nos muestra que este fue, ante todo, “un estallido violento de sentimientos contra un capitalismo industrial sin limitaciones que desplazaba sin contemplación alguna un código paternalista anticuado pero avalado por tradiciones muy arraigadas en la comunidad trabajadora” [E.P. Thompson (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra] y que los trabajadores lo utilizaron como un modo de presión para conseguir aumentos salariales o mejoras en las condiciones de trabajo. De este modo, como señalara Hobsbawm (1964, Labouring Men: Studies in the History of Labour), nos encontramos ante un incipiente sindicalismo que poco después conduciría a la clase obrera a organizarse de manera permanente –en 1864 se fundaba la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), o Primera Internacional–, a extender sus reivindicaciones y a adoptar otras formas de lucha, con la huelga como principal instrumento.

Extracto de mi artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13, 5-15.

Vivir: de lo que se pueda, como se pueda (si se puede)

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El Cabanyal (Valencia). Juanjo Monzó (18/07/2010) / Las Provincias.

Aquí casi todos estamos sin trabajo. No hay y muchos ya no cobran nada del paro. Hay que vivir de lo que se pueda, como se pueda, si se puede. Cosas materiales, compañero, que hay que pagar con pasta, todos los meses, el alquiler, el butano, la luz, el agua, los impuestos, las multas… y otras cosas que parece mentira que cobren lo que cobran. ¡Menudos hijos de puta! ¿Sabes qué nos costó el otro día vacunar a mi hermanita de la triple no sé qué? Más de setenta euracos, setenta y algo, casi ochenta, ¿qué te parece? ¿Qué hacemos?, ¿no la vacunamos? Pues no hay guita no hay vacuna. ¿Qué te parece, Prude? Hay que buscarse la vida. ¿Cómo? Como sea. ¿Tú qué harías en mi caso? Lo intentamos por lo que ellos dicen que es legal y nos dicen que no puede ser, que no hay trabajo, que nos jodamos y nos conformemos, que la cosa está mal. ¡Y tan mal! Dinero, dinero. Si los tienes comes, si no que te den. ¿Qué haces? ¿Pedir limosna? Si no fuera por la maría y el costo ¿de dónde hubiera salido la pasta para la vacuna?

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

¿Y qué opinión quieren que tengan luego esos jóvenes de nuestros barrios olvidados?

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Supongo que todos conocerán el vídeo, pues se ha hecho viral y encendido las redes sociales, que muestra la agresión de un policía nacional a una mujer en Valencia. En él se ve a dos oficiales de la Policía Nacional hablando, o discutiendo, con una mujer, en plena calle, ya entrada la noche. La mujer vocifera contra los policías, grita entrecortadamente “a mí no me tocas” cuando el policía interrumpe con “¿O te enteras?”. Ella responde: “o te meto una hostia en todos los cojones…”. En ese instante el policía que le habla le da una bofetada que la tumba, mientras su compañero mira sin intervenir.

Si no lo han visto –dura solo cinco segundos– pueden hacerlo antes de continuar leyendo.

La agresión sucede en Barona, en el barrio de Orriols de la capital, un barrio que, de acuerdo con Wikipedia, tiene una población en torno a los 30.000 habitantes y cuenta con una tasa de paro del 40%, y una presencia de inmigrantes del 30%. Es decir, un barrio como en el que viven los chicos –Robin, Johnny y Tomate– que protagonizan mi última novela, Prudencio Calamidad. Luego no querrán que otros jóvenes como ellos –sin trabajo ni futuro– piensen, o se expresen, en los términos que lo hacen los tres muchachos cuando hablan con Prudencio, un genio –dice él– que va a estar a su disposición para satisfacer cuantos deseos quieran durante doce horas.

─ Son unos cabrones, Prude, unos hijos de puta, el recetario en una mano y la porra en la otra. No hacen más que joder.  Ellos y los maderos.  Documentación, venga. Papeles, rápido. No saben otra. Vacía los bolsillos, quítate las zapatillas, las manos sobre el capó, te registran como si fueras del ISIS ese, te empujan, y si te sueltan una hostia pues ya sabes, jódete. El otro día trescientos pavos me clavaron por una china de mierda que me encontraron en el bolsillo, tan mierda que si siquiera me había dado cuenta que la llevaba. Se la quedaron, claro. Se lo quedan todo, costo, maría, farlopa, jaco, ellos también se ponen, y pasan.  Van por ahí, multan a los coches mal aparcados, paran a uno, paran a otro, según la pinta que te vean. Si les pareces un fumeta cuando lo que pasa es que vienes de currar y estás que echas el bofe, como le pasó a un colega que currela en una panadería, si llevas el pelo demasiado largo o demasiado corto, sudadera con capucha, aunque no la lleves puesta, y pantalones anchos y caídos, si están aburridos o no han cumplido su cupo diario de multas y detenciones, te dan la receta, te canean o te enchironan, depende. Si eres gitano, o negro o un machupichu, lo llevas claro. Y si es por la noche peor aún, por la noche vienen los maderos, y a nadie le gusta trabajar de noche ─explicaba Robin.

─ No os caen muy bien que digamos.

─ El único modo de caer bien estos es que lo hagan por un agujero del que no puedan salir nunca ─afirmó Johnny.

─ Te cuento. ¿Sabes qué hacen los monos que machacan nuestras calles? Un ejemplo. En el bloque que yo vivo, bueno, al lado, hay un bar, el bar Adelina. Allí paran dos a almorzar todos los días, se toman su buen bocata a mitad mañana con su birra o su vinillo. Los veo yo, ¡hostia!, los vemos todos, nadie tiene que contármelo. Pues allí dejan el coche donde les sale de los cojones. ¡Como a ellos nadie les va a multar! Bien papeados, cogen el recetario y a multar a los coches que están mal aparcados. Mientras, el suyo sigue frente a unos contenedores, donde pone que si dejas el carro ahí se lo llevará la grúa. Una multa, otra, cuanto antes acaben antes se tomarán la birrilla. ¡Y diles algo! Sin decirles nada ya te miran mal. Si les miras dicen que les has provocado.

─ Mi madre ─terció Tomate─ es de Massapena, un pequeño pueblo cerca de aquí, unos quince kilómetros creo que habrá. Mis abuelos vivían allí hasta hace poco, en una casita de campo. Mi abuelo era… ¿Cómo se llama eso de las abejas? ¡Ah, sí!, apicultor. Ya estaba jubilado, pero seguía haciendo cosas en un pequeño huerto que tiene. Había plantado ajetes y espárragos. Mi madre, un día que fue a verles, se llevó unos manojos, para venderlos en el mercadillo de los jueves. ¡Hostia!, unos euros, una mierda, para la compra del día, poco más. Fue llegar y aparecer de repente dos monos, le quitaron los manojos y le pusieron una multa de mil quinientos pavos por no tener licencia para vender. ¡Mil quinientos pavos! Y le requisaron lo que había sacado. Para ellos, claro. Hay que ser hijoputa. ¿Sabes qué cuestan los permisos que piden? Entre licencia, seguro y demás, unos cuatrocientos ñapos al mes, y tampoco hay plazas, que ya estuvimos mirándolo. Esperando se quedarán a que la paguemos, que nos embarguen. Como no se lleven mi picha, que es lo más valioso que tengo. Mi madre lloró, les contó que estábamos muy mal, que por unos ajetes y unos putos espárragos no hacían daño a nadie. O se calla de una puta vez o se viene con nosotros, eso le contestaron. ¿Son o no unos hijos de puta? Hasta ellos lo saben. Viven de eso.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.