El pájaro despistado

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“Visitando la ciudad” (2013). Jacqueline McIntyre.

Nada queda. El barrio ─unas cuantas calles─ es otro. Yo también. Pero ahí seguimos, entre el cementerio y el tanatorio, rodeados de zombis. Si la muerte es ausencia de vida, lo somos desde hace mucho tiempo, zombis. Murió Vladimiro, el zapatero; Joaquín vendió su camión y marchó con su esposa al pueblo de esta; cerró Pilar, la pescadera; también Olegario, que tenía una tienda de ropa, y Casimiro (cada vez había menos niños que compraran las chucherías y tebeos de su kiosco). La pequeña fachada roja de su reducido puesto persiste no obstante; unos pakistanís han instalado allí una frutería y la repintaron del mismo color. Murió también doña Amalia, que sabía cómo hacer desaparecer las verrugas simplemente frotándolas un instante con los dedos de su mano, y se fue el olor a jazmín que salía del patio de su casa; sus hijos la vendieron, hoy es un edificio de pisos, de seis alturas. Nos dejó El Gran Hogart, el mago ─en realidad se llamaba Vicente─, que seguía fascinando a propios y extraños con sus trucos en el bar de Valentín a cambio de una copa. Las acacias las cortaron tiempo ha. Aun así, de vez en cuando todavía se ve algún pájaro. Siempre hay despistados.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Entrada publicada en mi blog Música de Comedia y Cabaret el 21 de diciembre de 2014.

Mis novelas

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Para más información y cómo conseguirlas clique sobre el título de cada una de ellas que figura bajo estas líneas:

EL VIAJE

EL CORTO TIEMPO DE LAS CEREZAS

ADIÓS, MIRLO, ADIÓS (BYE BYE BLACKBIRD)

PRUDENCIO CALAMIDAD

Sobre mi trayectoria profesional véase Wikipedia o las diversas entradas de la sección de este blog Sobre mí.

¿Qué razón, la suya o la nuestra?

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―La situación se enmaraña a pasos de gigante ─se lamentaba Martha─. El mensaje chovinista y racista del nacionalsocialismo parece que cuaja cada vez más entre la opinión pública. Esta mañana, cuando compré el codillo, delante de mí había una mujer que pidió lo mismo. Nada más irse, la dependienta, que creo que es también la dueña, comentó con las clientas que quedábamos, tres éramos, que era judía y compraba cerdo para disimular. No pueden negarlo por mucho que se empeñen, dijo una, su físico ya les delata. Dijo delata. ¿Qué os parece? No pienso volver a comprar más en esa tienda.

―Todo esto se veía venir hace tiempo, pero nadie creía que llegaría a cuajar entre la población hasta este punto. Yo mismo era al principio de esa opinión. Los alemanes no se dejarán arrastrar por la agresividad y la xenofobia del mensaje de Hitler, pensaba. Ya sufrimos bastante con la última guerra. ¡Joder que no! Si parece que lo estaban deseando. Hace algo más de un año los nazis consiguieron ser el segundo partido del Reichstag con casi seis millones y medio de votos. Me temo que en las próximas elecciones esa cifra aumentará.

―La verdad es que no lo creo pero quiero creerlo, no lo sé, pero quiero confiar en que finalmente se impondrá la razón.

―¿Qué razón, Sam? ¿La suya o la nuestra? Me niego a creer que todo esto sea cosa de unos fanáticos a los que sigue un pueblo desorientado. Fanatismo… ¡No, no y no!  Hitler solo hace que reunirse con los principales magnates, recorre el país de un lado a otro buscando apoyos entre los hombres de negocios. Ellos temen al comunismo, y se los dan. Pero los comunistas ya no son los únicos enemigos, ahora lo son todos los que no comulgan con su credo y cualquiera que simplemente no sea como ellos, incluyendo su físico. A un amigo mío, que no es judío, los de las SA le dieron el otro día una paliza porque su aspecto así parecía indicarlo. No tuvo tiempo siquiera de explicarse. Tres costillas rotas, una ceja partida, moratones por todo el cuerpo. ¿Y la gente? Pues, ya ves, encantada.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), nueva edición 2019.

Esperando a ser fusilado (o no)

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Formaron como todas las mañanas. Había unos militares, unos soldados y un oficial, o suboficial, Sam no supo adivinar la graduación. En cuanto les vieron todos sabían que estaban esperando a los que iban a fusilar en el Campo de la Bota. O casi todos, a Sam se lo tuvieron que explicar. Por algún motivo no habían podido llegar antes. Luego se enteraron de que se les había estropeado la camioneta y no tenían otra, despertando a mitad noche al mecánico para que la arreglara. El deber ante todo, eran muchos los rojos a liquidar.

Antes de pasar lista, el oficial se dirigió a los presos.

―Los que vaya nombrando que salgan de la formación y se sitúen donde están aquellos soldados.

Sacó un sobre del bolsillo. Parsimoniosamente lo abrió, desplegó la cuartilla que había en su interior, se puso las gafas, se quedó mirando los nombres que en ella figuraban, miró luego a los reclusos, todos con los ojos puestos en el papel, esperando que su nombre no figurara en la lista, pronto necrológica. Encendió un cigarrillo, dio una honda calada y se puso a leer en voz alta.

―José… ─hizo una pausa.

José es un nombre muy común y obviamente un número elevado de presos se llamaba así. Los rostros de los que no se llamaban José mudaron la expresión, los tensos músculos se relajaron. Solo unos instantes, pues no sabían cuántos nombres incluía esta vez la lista, aunque desde luego más de uno. Los que se llamaban José, en cambio, estaban rígidos, nerviosos.

―José Martínez… ─y otra pausa.

Cuatro se llamaban José Martínez. La mayoría giró la vista buscándolos. ¿Cuál de los cuatro sería? En la fila de delante de Sam un hombre no mucho más mayor que él se puso a temblequear, sus piernas parecía que no le sostendrían mucho tiempo. Era uno de ellos, de los cuatro que respondían por José Martínez. Faltaba el último apellido.

―¡La vista al frente, coño! ─gritó el oficial─. ¡Vaya panda de miedicas! No me extraña que estéis todos aquí. Sigamos ─y volvió a dar una calada al cigarrillo, lenta, recreándose con el humo, jugando con él en su boca.

―¡Será cabrón! ─dijo España, que estaba al lado de Sam.

―¡Silencio, hostias! ¡A ver! José Martínez Riutort.

Nadie se movió. El hombre que estaba delante de Sam, más petrificado todavía, empezó a decir con voz entrecortada y entre sollozos No, no, no… Era el seleccionado.

―¿Qué pasa? ¿Nadie se llama José Martínez Riutort? ─clamaba el oficial─. ¿O es que no tenéis lo que un hombre debe tener? ¡Sois todos unos maricones!

El militar se dio cuenta inmediatamente de donde estaba. Seguía temblando de miedo y repitiendo No, no, no… Lloraba.

―Vaya por Dios, ahí está. Miradlo. Como una nenaza. ¿Así defiendes tus ideas? ¿Ese es tu compromiso? ¡Sal de ahí, inmediatamente!

Se dirigió hacia él y lo sacó de la fila a empujones. Dos soldados se lo llevaron. Continuó leyendo. Tres nombres más. Cuatro reclusos menos. Se fueron y el funcionario de turno procedió al habitual recuento.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016, nueva edición 2019).

Entrada publicada por primera vez en este blog el 29 de enero de 2018.

Cómo Marion se hizo anarquista

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‘La jeune bergère’ (1885), óleo de William-Adolphe Bouguereau.

Mis padres trabajaban en una fábrica de tapones cerca de Cognac. A mí, desde muy pequeña me pusieron a servir en casa de un médico. Yo odiaba ese trabajo. Sí, señora; sí, señor; lo que diga la señora, lo que diga el señor… Pero no había más remedio que llevar un jornal a casa. Mis padres, sin embargo, estaban contentos, para ellos era una buena ocupación. Decían de él, del médico, que era un cirujano de primera y lo llamaban de todas partes. Vivía a cuerpo de rey, pero era un tipo despreciable, ruin. Un día, tendría yo unos catorce años, llegó un pobre trabajador; su hijo, de unos diez años, estaba muy mal. ‘Ya lo vi ayer y te dije que no se podía hacer nada por él, ¿qué quieres que haga?, Dios tendrá sus razones para llevárselo’, le espetó. Aquel hombre, que no dudaba en arrastrarse ante él para salvar al pequeño, le recordó que también le había dicho que posiblemente una intervención quirúrgica le permitiría seguir con vida. Padecía de algo de los nervios, no recuerdo qué. ‘Sí, te lo dije, pero también te dije que para ello habría que desplazarse a París y que eso cuesta mucho dinero. ¿Lo tienes? Aunque yo, sentando un mal precedente, renunciara a mis honorarios, ¿qué pasaría con mis colegas? ¿Tú acaso trabajas gratis?’. Y por mucho que el pobre hombre suplicó no hubo nada que hacer. El chico falleció al poco, tres o cuatro días después a lo sumo. Aquello me sublevó. ¿Cómo se puede ser tan canalla? Pero, sobre todo, pensé, ¿qué clase de sociedad es esta que permite que alguien que puede salvar una vida no lo haga por dinero?, ¿cómo es que ni siquiera su prestigio se vio afectado por una acción tan indigna de quien dice ser hombre? Al día siguiente, el muy miserable partía para Javezac. ‘No me esperes a comer, querida’, escuché que le decía a su esposa, ‘he de ir a la finca de madame Duval’, una asquerosa ricachona, ‘no tiene nada pero ya sabes cuánto le gusta que los demás se compadezcan de su imaginaria mala salud’. Empecé entonces a interesarme por las ideas revolucionarias que muchos pregonaban. Los jóvenes solíamos pasear por el Charente, tonteábamos, pero no todos, también había quien tenía conciencia de la situación y se rebelaba contra ese estado de cosas, abusivo, egoísta, despiadado. Desde entonces, todo cuanto ganaba me lo gastaba en comprar libros y periódicos anarquistas. Algunas veces, como no entregaba dinero a mi padre, al llegar a casa me encontraba con que todos estaban comiendo y yo tenía en la mesa el plato puesto al revés.


Portada de ‘Le Petit Journal’ (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.

Al final me marché, no aguantaba más. Un joven, Pierre se llamaba, me acuerdo perfectamente de él, tenía contactos en París con el círculo próximo a Ravachol y me vine para acá dispuesta a batallar contra tanta injusticia. Eso era en 1892, tenía yo diecisiete años. Nada más llegar, me enteré que a Ravachol lo acababan de detener por haber atentado contra el juez Benoît y el fiscal Bulot. En ninguno caso hubo muertos. Un camarero, al que la actitud de Ravachol hizo sospechar, avisó a la policía y lo detuvieron. Fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad, pero a los burgueses les pareció poco castigo y volvieron a juzgarle por otras acciones anteriores a los hechos. Se le acusó entonces del asesinato de cinco personas y la violación de una sepultura. Él negó la mayoría de los cargos, pero daba igual, la decisión estaba tomada de antemano, el juicio tenía por única finalidad poder dictar una sentencia que satisficiera a los asustados burgueses, así que lo condenaron a muerte. La guillotina acabó con él en Montbrison. Murió gritando ¡Viva la anarquía!

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015, nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente en este blog el 27 de enero de 2018.

Los miserables de Nueva York

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Una mañana [Samuel] fue con William a visitar el barrio en que este se había criado, el Lower East. El Lower East Side, en el sureste de Manhattan, era uno de los barrios más antiguos de Nueva York, al tiempo que de los más degradados y, con diferencia, el más densamente poblado, con mucha diferencia, nada menos que la zona más habitada del planeta. Sus moradores eran trabajadores inmigrantes europeos como los que Samuel vio en la isla de Ellis, aquellos que habían viajado con él como si fueran fantasmas. En una de sus calles, tan necesitada de todo como sobrada de gente y miseria, había crecido William hasta que consiguió un trabajo de lavaplatos en un hotel que le permitió costearse los estudios en el Conservatorio de Nueva York. Allí también nació su afición por la música negra, pues cuando era niño negros y blancos convivían sin ningún tipo de problema.

―Ahora, sin embargo, fíjate, no verás un solo negro. Aquí son casi todos italianos. Sería muy raro, lo mirarían con extrañeza, cuando no animadversión.

―¿Los han echado de aquí?

―Más o menos. Eran pocos comparados con los demás inmigrantes, irlandeses, italianos, alemanes, polacos, eslovenos… Cada nacionalidad fue agrupándose en zonas concretas, los negros acabaron por marcharse, no tenían otro remedio.

En Mulberry Street ─donde William hacía la observación a Samuel─ había tanta gente en la calle como en la Quinta Avenida, pero sus aspectos eran bien distintos y sus ocupaciones, por supuesto, otras. Numerosos carritos con verduras ocupaban gran parte de la vía pública. A su lado circulaban carros y tartanas, nada de calesas ni automóviles. El poco espacio de calle que quedaba libre y las aceras estaban igualmente atestadas de gente, la mayoría con rasgos que identificaban fácilmente su lugar de origen, el sur de Italia: piel morena curtida por el sol, mediana estatura, pelo negro, poblados bigotes apenas recortados… Vestían ropas ordinarias, de bastos tejidos y presurosa confección, si bien había quien mostraba en su vestimenta y su pose que las cosas no le iban mal. Un tipo sentado a la puerta de su tienda de zapatos, muchos de los cuales colgaban de unos estantes sujetos sobre la misma fachada –como de otras lo hacían vestidos de mujer, sencillos y rectos–, se distinguía por su más cuidada apariencia: traje con chaleco, camisa de cuello americano y corbata roja, bien peinado, con raya de tiralíneas, atusado bigote y mirada satisfecha. Las fachadas de casi todos los edificios eran de ladrillo rojo, pero estaban sucias y las escaleras de incendios que iban por fuera de ellas se usaban como un espacio más.

A Mulberry la cruzaba la calle Hester, donde William había nacido, como otros muchos hijos de inmigrantes europeos. Su estampa resultaba aún más lamentable, los mismos sucios edificios, el mismo uso indiscriminado del espacio, el suelo lleno de desperdicios, la ropa tendida entre los estrechos callejones que separaban los edificios y en los balcones, en los que se amontonaban los colchones que no cabían en las casas pues la mayoría de ellas eran al mismo tiempo taller de confección textil. También era numerosa la presencia de carritos con verduras y ropa, ambas de menor calidad que las que acababan de ver en la calle vecina. Unos niños jugaban con el agua que salía de una de las bocas de riego, otros comían las hortalizas ya pasadas que los vendedores arrojaban a los toneles de basura.

―En una casa como aquella viví yo hasta los quince años, la que yo habité la derribaron hace tiempo –William señalaba un destartalado y mugriento edificio compartimentado en diminutos apartamentos a los que se accedía por el estrecho callejón que aquel conformaba con el inmueble vecino–. Apenas cabíamos mi padre, mi madre, mi hermano y yo, pues debíamos compartir el espacio con las telas, hilos y género que traían los fabricantes para su confección. Mi padre trabajaba en el puerto, también mi hermano, yo ayudaba a mi madre, que trabajaba por lo menos diez horas al día, no hacía otra cosa que coser. Cogía las piezas acabadas, las doblaba y las dejaba en un montón; también preparaba los hilos.

En la práctica totalidad de los balcones o de los rellanos de las escaleras de incendios se veían cuerdas atadas a postes o a las fachadas colindantes, de las que colgaban toda clase de prendas de vestir, sábanas, colchas… Predominaban los colores blanco y negro y podía parecer que el lugar se había engalanado para una ocasión especial, pero nada más lejos de la realidad, bastaba con fijarse en los abundantes remiendos con que todas las telas estaban necesariamente reforzadas.

Niños durmiendo en Mulberry Street (1890).
Fotografía de Jacob Riis.

William y Samuel no se atrevían a entrar a ninguno de aquellos minúsculos espacios, no era tan obscena su curiosidad. De pronto oyeron el grito de un niño, se había caído desde lo alto de una farola cuya cima pretendía alcanzar, posiblemente con la única pretensión de comprobar cómo se veían las cosas desde arriba. Acudieron enseguida en su auxilio. Nada serio, le sangraba un poco el codo izquierdo y le costaba caminar, debía haberse producido un esguince. Lo acompañaron a su compartimento, una ínfima habitación que tanto a uno como a otro les resultaba familiar. Tendría como mucho tres por seis metros y carecía de ventana. La puerta, al abrirse, casi rozaba con el cabezal de la cama, una sola, que se apoyaba en la pared a fin de ganar más espacio. Sobre la cama, un viejo colchón y unas raídas mantas que a saber los años que tendrían, pero limpias, como el resto del habitáculo, como la mujer que les recibió, la madre de la accidentada criatura. En un santiamén uno se hacía una idea –que no podía ser inexacta pues todo estaba a la vista, no había recoveco alguno donde guardar o esconder nada– de lo limitado que debía ser el horizonte de sus vidas, tan menguado como el cuchitril que les servía de abrigo cuando no trabajaban. Un cajón que hacía de mesa, algo de ropa, poca, colgada de la puerta y de una de las paredes, un viejo hornillo en el suelo, una palangana, unas cacerolas –no se observaba platos ni cubiertos–, una silla y un taburete con la rejilla hendida era todo, no había otra cosa. Aquella mujer, con el pelo recogido, vestida pobre pero pulcramente, les agradeció el detalle que habían tenido con su hijo y se disculpó por no tener con qué obsequiarles, lo que, en aquel contexto, equivalía a decir que les ofrecía todo cuanto poseía, es decir, nada. Samuel le dio el dinero que llevaba encima, algo más de cien dólares. La mujer se quedó mirándole, era mucho dinero, el equivalente al salario de un obrero durante diez semanas. Desconfiaba, no sabía si cogerlo.

―Anda, vámonos de aquí.

Le dijo a William, dejando el dinero sobre la cama. No hubiera soportado que lo rechazara. Para arrebatos de dignidad ya tenía suficiente con el de Marion.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (nueva edición 2019). Disponible en Amazon.

Publicado anteriormente en este blog el 29 de enero de 2018.

El desahucio

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Actuación de los antidisturbios durante un desahucio en Parla (Madrid) el 16 de febrero de 2017 / Juan Medina / Reuters.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Quiénes?

─ Por eso he visto pasar cuando venía dos lecheras a toda hostia.

─ ¿Dos? Allí hay por lo menos diez. Se está armando un pifostio de mil pares de cojones. Hay mucha gente sentada frente al portal para que no puedan sacarlos del piso, más de cien personas. Yo me he enterado al salir de casa, me lo ha dicho El Chino y me he ido con él para allá. Serían las nueve y algo, pero llevaban allí desde las siete y media de la mañana. También los maderos. Ya han avisado que si no se marcha todo el mundo empiezan a repartir gomazos.

─ ¡Qué cabrones! ¿Y Edu y sus padres?

─  No sé, creo que siguen en el piso, pero ya os digo que la cosa se está poniendo fea. He venido antes a avisaros, pero no estabais.

─ Acabamos de llegar.

─ ¿Os venís?

─ ¡Claro, hostias! Vamos.

Poco más de quinientos metros, seis calles, les separaban. Los cuatro muchachos se dirigieron hacia allí a paso apresurado. Los gritos y abucheos eran cada vez más perceptibles e inteligibles. Al dar la vuelta a la penúltima bocacalle se toparon con decenas de personas, de todas las edades, si bien predominaban los jóvenes, que corrían en dirección contraria a la suya.

─ ¿Qué pasa, Chino? ─preguntó Robin a su colega tras dar también media vuelta y ponerse a correr junto a él.

─ Los putos perros… Están rabiosos, reparten que da gusto, a quien sea.

Unos antidisturbios perseguían al grupo porra en mano. Al fondo se veía a otros con fusiles dispuestos a lanzar bolas de goma. Escasos metros les separaban. Unos cuantos jóvenes, entre ellos El Chino y Robin, empujaron con todas sus fuerzas un par de contenedores. La calle era bastante estrecha y la acción surgió efecto:  frenó el ímpetu de los perseguidores, que no tuvieron más remedio que apartarlos para poder seguir. Ganaron así unos preciosos segundos, unos metros, los suficientes para ensanchar la distancia y que la gente se dispersara por diversas calles. Ellos se escondieron tras un montón de cascotes que todavía no se habían limpiado de un último derribo acaecido solo unos días antes. Desde allí vieron pasar de largo a unos cuantos antidisturbios que proseguían en su intento de alcanzar a quienes huían. Al poco llegó el silencio.

─ ¡Putos maderos! ¡Qué asco! ¿Cómo ha sido, Chino?

─ Estábamos sentados, frente al portal.  Nada más irte tú a por estos comenzaron a dar badana para dejarlo libre. Uno de los mandamases dijo que iban a desalojar la calle y enseguida se acercaron con sus escudos y sus cascos, porra en mano y, ¡hala!, a la más mínima resistencia, al que no se levantaba enseguida, gomazo. La gente les decía de todo. Así que siguieron repartiendo hostias como panes, les daba igual quien fuera. A Ramón, el del quiosco, le han dado una leche y sangraba por la cara.

─ ¿Al quiosquero? Pero si es un viejales.

─ Dijo que él no se movía de allí, que lo que estaban haciendo no estaba bien, que cómo eran capaces de hacer una cosa así, dejar en la calle a una familia. Se cagó en los bancos, en los jueces y en los políticos. Dos lo cogieron de los sobacos. Ramón se agarró a los hierros de la puerta y no podían con él. Uno le dio un porrazo en la mano y, claro, se soltó. Les dijo, yo estaba cerca, lo vi y oí todo, que si de verdad eran personas lo que debían hacer era defender a la familia de Edu y que eran unos miserables. Miserables, dijo. Entonces fue cuando le dieron en toda la chola y se lo llevaron a rastras a una lechera. La gente gritaba que lo dejaran estar, les decíamos de todo: perros, vendidos, asesinos, ¿qué defendéis?, ¿a quiénes?, pero los muy cabrones empezaron a repartir con más ganas y se llevaban a las lecheras a cuantos podían a empujones y hostias. A Patri se la llevaron arrastrándola del pelo. Mientras, otros con unas enormes tenazas cortaban una cadena que alguien había puesto en la puerta para que no pudiesen entrar. Entonces nos pusimos a tirarles lo que encontrábamos a mano y echamos a correr.  Ellos nos siguieron, claro.  Empezaron las carreras, más hostias. Mira el gomazo que me han arreado, y menos mal que lo vi venir a tiempo, me di la vuelta y me agaché, el cachoperro apuntaba a la cara.

El Chino se levantó la camiseta y mostró un gran moratón en su espalda.

Unos veinte minutos después se acercaron de nuevo a la calle donde vivía Edu con su familia hasta unas horas antes. Ya no había nadie, unos pocos policías vigilaban el portal y otros más los extremos del tramo de la calle que daban a otras. Dieron media vuelta.

─ Míralos ─dijo Robin─, mira a los putos perros guardianes cómo protegen a los cerdos. El mejor poli es el poli muerto. Así se mueran todos, como dice ese de la tele, entre terribles sufrimientos.

Los demás rieron y añadieron otros improperios de su cosecha.

─ ¿Qué será de Edu y sus padres? ─preguntó Tomate.

─ ¡A saber! Se los habrán llevado también. No sé.

─ ¡Qué hijos de puta! ¿Y ahora qué harán?

─ A mí me dijo Edu hace unos días que si al final les echaban se irían al pueblo de sus abuelos. Viven aún y al menos allí tienen casa.

─ ¡Qué asco, tío! ¡Qué mierda todo!

─ Me las piro, estoy de una mala hostia que te cagas. Voy a ver si encuentro al Ripi y sus colegas. Creo que quieren ir al banco a montar un pifostio de mil pares de cojones. ¿Os apuntáis?

No encontraron al Ripi y a los otros y El Chino no se acordaba del nombre del banco. El Chino se fue. Les avisaría, quedaron, si conseguía averiguarlo.

─ Otra vez el puto parque, el puto banco. ¿Un banco no es un sitio donde descansar? Descansar eternamente será. ¿A quién hostias se le ocurriría poner el mismo nombre a cosas tan distintas? Los hay capullos.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible a través de Amazon.

Publicado anteriormente el 30 de enero de 2018.