Berlín: 8 de mayo de 1945

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El 6 de mayo corrían rumores de que la rendición absoluta de Alemania se produciría en cuestión de horas. Berlín había capitulado el 2 de mayo con la entrega de la ciudad a las tropas soviéticas por parte del general Helmuth Weidling. Dos días más tarde, las fuerzas alemanas en Holanda, Alemania Noroccidental y Dinamarca claudicaban ante al general británico Montgomery. Los rumores pronto dejaron de serlo. A las 02:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945 se firmaba en Reims, en el Cuartel General del Comandante Supremo Aliado, la rendición incondicional del Reich.

Sam recibió el encargo de marchar enseguida a Berlín para cubrir el acto formal de la capitulación alemana, a celebrar el día siguiente, 8 de mayo, en el Cuartel General Soviético.

Torgau es una pequeña ciudad, a unos ciento cincuenta kilómetros al suroeste de Berlín, en la que el 25 de abril de 1945 se habían encontrado las tropas estadounidenses y soviéticas en su avance hacia la capital de Alemania. Sam debía estar allí antes de las cuatro de la tarde del 8. Un jeep del ejército le condujo hasta la villa sajona. Al llegar le sorprendió la gran cantidad de periodistas que habían sido convocados en el mismo lugar, en el mismo momento y con idéntico objetivo. La escenificación de la capitulación alemana era un acto de enorme trascendencia que había de ser recogido debidamente para mostrarlo al mundo. El Reich, por medio de su jefe del Estado Mayor del Alto Mando, el general Alfred Jodl, había firmado ya en Reims el día 7 que todas las fuerzas bajo el mando alemán cesarían las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8 de mayo de 1945. Pero no era lo mismo Reims que Berlín. Stalin había montado en cólera al conocer la noticia, restaba protagonismo al Ejército Rojo, esencial en los más difíciles momentos de la guerra y de la lucha por la capitulación de Berlín, donde consiguió entrar en solitario.

En vehículos militares entraron en la capital alrededor de las nueve de la noche. La ciudad estaba a oscuras, solo alguna esporádica fogata iluminaba montones de escombros y ruinas. No había un alma por las calles. Jamás imaginó Sam que el bullicioso Berlín de principios de la década de 1930 pudiera conocer tan tétrico silencio. Sin más obstáculo que los cascotes repartidos por doquier, que los conductores sorteaban con la habilidad de quien está acostumbrado a transitar por caminos torcidos, cruzaron la ciudad en dirección al cuartel general soviético, ubicado en el casino de una antigua escuela de ingenieros militares de Karlshorst, al este de Berlín.

Pasadas las diez de la noche, los representantes de los países aliados fueron los primeros en entrar en una sala en la que se había dispuesto una larga mesa rectangular y ocupar sus asientos. Eran el general Spaatz, por Estados Unidos; el británico Arthur William Tedder, subcomandante de la fuerza expedicionaria aérea aliada; el francés Lattre de Tassigny, comandante del I Ejército galo, y el mariscal soviético Zhúkov. A las once en punto, coincidiendo con la hora marcada para el fin de las operaciones alemanas, hicieron su aparición los jerarcas alemanes: el mariscal de campo Wilhelm Keitel, el almirante Von Friedeburg y el general de aviación Stumpf. Se sentaron frente a los primeros. El acto fue sucinto y solemne. En medio de un general mutismo que amplificaba los carraspeos el chasquido de los flashes de los numerosos fotógrafos y el rodar de las cámaras cinematográficas Keitel entregó un documento firmado por Karl Dönitz, el heredero de Hitler según su testamento, en el que se estipulaba la capitulación sin condiciones de las fuerzas alemanas. Todos estamparon su firma en el acuerdo y a la medianoche la delegación alemana marchó. Se sirvió entonces una cena a los plenipotenciarios de los aliados en la que no faltó el caviar y el vodka ni un improvisado escenario sobre el que virtuosos soldados cantaron y bailaron.

Berlín estaba bajo control soviético. No se podía entrar ni salir de la capital alemana sin la correspondiente autorización. Robert Stern, teniente de la Oficina de Información de Guerra, conocido como Bob, su superior inmediato, tenía la misión de examinar la ciudad y buscar buenas localizaciones para que las cámaras filmaran el momento de cubrir la entrada del ejército norteamericano, pendiente de llegar a un acuerdo con los soviéticos. Bob no hablaba alemán y le pidió a Sam, tras aprobarlo Sparks, que le acompañara. Conocía la ciudad, chapurreaba el idioma y, además, ambos eran amigos de Lary.

Nadie les paró en el trayecto desde Torgau, fue un viaje tranquilo en el que apenas se cruzaron con un par de vehículos rusos. Las huellas de los recientes combates, sin embargo, los acompañaron durante todo el itinerario, más evidentes y devastadoras a medida que se acercaban a Berlín. Unos kilómetros antes empezaron a ver carros de combate y otros vehículos desvencijados abandonados en las cunetas. A su izquierda, el barrio de Steglitz estaba prácticamente arrasado, la mayoría de los edificios carecía de ventanas y puertas y en todas sus fachadas se apreciaban los impactos de los proyectiles. Un poco más adelante, el aeropuerto de Tempelhof y sus alrededores eran poco menos que un montón de escombros custodiados por patrullas soviéticas. Sin duda, había sido escenario de una lucha encarnizada, como todo Berlín.

El día que llegaron para cubrir la ceremonia de capitulación del Reich era de noche y no pudieron apreciar en toda su amplitud la auténtica dimensión del desastre. La ciudad estaba a oscuras ─obviamente no había electricidad─ y lo poco que se podía apreciar a la luz de alguna que otra fogata, que no sabían si eran rescoldos de un incendio mayor provocado por los proyectiles que aún no se había extinguido o un improvisado hogar, denotaba que había sido asolada casi por completo. Su fantasmal aspecto, contrariamente a lo habitual, no era potenciado por la lobreguez de la noche. Ahora, a mitad mañana, con un sol radiante, resultaba mucho más estremecedor. Tras meses de bombardeos, y desde el 20 de abril, día en que Hitler cumplía 56 años y recibía como regalo de los rusos los primeros obuses que alcanzaban Berlín, se había luchado palmo a palmo, casa a casa, cuerpo a cuerpo. […]

―¿Sabes que dijo Hitler en 1935? “Dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. Diez años se cumplen ahora.

Cuanto su vista abarcaba era un montón de ruinas, de escombros, de hierros retorcidos y personas tan astilladas como los cascotes esparcidos por doquier. Sam no reconocía Berlín en aquella especie de descuidado yacimiento arqueológico contemporáneo en que se había convertido la ciudad. Le resultaba difícil orientarse. Los rótulos de las calles no existían o estaban agujereados por balazos, y estas se hallaban llenas de escombros, bloqueadas algunas por antiguas trincheras y derrumbes, con manzanas convertidas en un descampado.

Tras pasar un par de controles llegaron a la puerta de Brandeburgo.  Parecía la de acceso al túnel del horror, aunque desde luego no se trataba de ninguna atracción y carecía de salida. Frente a ella, Pariser Platz era un inmenso solar, y Unter den Linden una pista de aterrizaje mal conservada.

Restos de trincheras de artillería, fosos para los cañones, habían sido tomados por los niños en Pariser Platz. Desde la cabina de un camión destrozado un par de muchachos, que no pasarían de los doce años, “dirigían” los movimientos de una docena de chiquillos y chiquillas que jugaban con ellos. Se quedaron mirándoles, no adivinaban qué tipo de juego era aquel: los niños hacían de soldados, eso era obvio, pero las niñas se limitaban a permanecer en corro simulando ignorar sus maniobras hasta que un par de chicos se dirigían a una de ellas y le ordenaban que les siguieran hasta la cabina del camión, lo que hacían obedientes. Una vez allí, desde su posición ya no podían ver qué pasaba.

―¿A qué juegan? ─preguntó Bob.

―No estoy seguro. Supongo que a ser adultos. Los niños, que hacen de soldados, van a donde están las niñas y dicen a una: Frau, komm mit!

―¿Y eso qué significa?

―¡Mujer, ven conmigo! Les dicen eso y ellas les siguen hasta los restos de aquel camión. ¿Ves? Juegan a lo que ven a su alrededor. Mimetizan, más que imitan, lo que hacen los adultos, como todos los niños.

―Ya. La mayoría de estos chicos solo ha conocido la guerra y todos han sido educados bajo el nazismo. Los rusos han hecho de las mujeres parte de su botín, han violado sistemáticamente. Jóvenes, viejas, niñas… Les daba lo mismo. Entraban en los búnkeres y con linternas alumbraban los rostros de las mujeres para poder elegir. Ahora han descendido mucho las violaciones, pero siguen siendo una amenaza diaria. Muchas han optado por tener un amante fijo. Cama por protección. Otras se ofrecen antes de que las fuercen. Cama por comida. También ha habido comportamientos exquisitos, sobre todo por parte de los oficiales, pero desde luego no ha sido la tónica general.

En medio de aquella desolación, la puerta de Brandeburgo se veía animada, como en un día festivo. Era punto de encuentro de quienes se dedicaban al trueque y al mercado negro. Se detuvieron. Sin llegar a bajar del coche, enseguida se vieron rodeados de gente que les pedía cualquier cosa de comer a cambio de relojes, joyas u otros objetos personales, aunque la mayoría de los relojes no funcionaban y las joyas eran baratijas. No había un solo hombre joven, y de mediana edad muy pocos, los lisiados o inválidos. Continuamente les pedían cigarrillos. El valor de un pitillo era el mismo que el cien gramos de pan. […]

El estrépito de un edificio, o de lo que quedaba de él, al ser demolido les sobresaltó. Fueron los únicos. Los demás ni se inmutaron. Cada uno siguió con lo suyo, fuera mujer, niño u hombre. Bastante tenían con preocuparse de sí mismos. Era uno de los edificios de la contigua Wilhelmstrasse, sede de varios ministerios, del partido nazi y de la Cancillería del Reich, y escenario de alguno de los más cruentos combates. La calle estaba llena de cráteres.

Grupos de mujeres se afanaban desescombrando; sobre los montones de ruinas, en fila, se pasaban una a otra un cubo lleno de ladrillos que habían recogido de entre los escombros, depositándolos en la calle ordenadamente para su posterior reutilización.

Muy cerca de la puerta de Brandeburgo, en Oberwallstrasse, el edificio en que se hallaba su antiguo apartamento estaba cortado en sección, una bomba lo había destrozado. Unos cuantos niños subían y bajaban por los destartalados tramos de escalera que permanecían en pie, brincando de un sitio a otro sin preocuparles el peligro, acostumbrados a convivir con él. Un señor mayor les echó a cajas destempladas.

Siguieron por Unter den Linden hasta Alexanderplatz. Mirasen donde mirasen, el paisaje era siempre el mismo. Berlín estaba uniformemente destruido. Más chiquillos entre las ruinas, grupos de mujeres que seleccionaban ladrillos y colas, largas colas de mujeres junto a las bombas de extracción de agua para llenar sus vasijas, cubos y palanganas, frente a una de las cantinas móviles desde la que los soviéticos servían diariamente sopa caliente, o ante las panaderías, que precisamente ese día habían vuelto a abrir para elaborar un pan negro y húmedo del que, no obstante, nadie se quejaba. Al detenerse de nuevo frente a una de estas colas, un par de muchachas que se hallaban en los últimos lugares, los más próximos al vehículo en que estos viajaban, salieron corriendo al ver que paraban.

―¿Por qué huyen?

―Temen a los militares. Los rusos, te decía, han cometido muchas salvajadas.

Al apercibirse por los gritos de las demás que no se trataba de soviéticos, regresaron a sus puestos.

―Se han asustado al verles ─les explicaba una mujer─. Como observarán son unas muchachas hermosas y robustas, y las muchachas así, rollizas, son las preferidas de los rusos. Ha sido ver que un vehículo se detenía y salir pitando. Cuando llegan los rusos no dan tiempo para preguntar acerca de sus intenciones. Las mañanas son más seguras, por eso las colas son también más largas. Por la mañana los rusos están durmiendo la borrachera de la noche anterior o todavía resacosos, o enfrascados en sus tareas de soldados, pero a medida que avanza el día van bebiendo y el peligro aumenta.

―No sé yo si son más peligrosos ebrios o sobrios ─intervino otra─. Para ellos solo somos parte de la recompensa que les corresponde por haber ganado la guerra, como los relojes que tanto les gustan, o los mecheros, o las joyas.

―Son unos animales, eso nada más, unos animales ─replicó una tercera─. ¿Saben que cuando ven una bombilla encendida se la llevan consigo creyendo que la luz está en su interior?

―Conmigo se portaron muy bien ─dijo una mujer de treinta y tantos años─. Estaba escondida con mis dos hijas en una buhardilla cuando de repente entraron. Asustada, me ofrecí enseguida para evitar que le hicieran nada a mi hija mayor, de 12 años. No solo nos tocaron a ninguna, sino que nos dejaron la comida que llevaban.

―A saber qué les harías ─espetó otra de edad parecida.

―No, si todavía hay quien quiere defender a esos bárbaros ─se quejaba una anciana.

Alguien dio el aviso en ese momento de un accidente en el que había muerto un caballo, a un par de manzanas. Rápidamente, muchas mujeres abandonaron la cola. ¿Tienes un cuchillo?, se preguntaban. Esa noche, las que consiguieran llegar más pronto y dispusieran de algún instrumento cortante podrían cenar unos suculentos filetes. Una ocasión así no se presentaba todos los días.

También algunos niños marcharon corriendo al lugar del siniestro. Como si de conejos se tratara, empezaron a salir por los boquetes de los muros medio derruidos, estrechas aberturas que solamente sus menudos cuerpos podían cruzar. Se mostraban tan recelosos como las lozanas muchachas que habían salido despavoridas al verles. Con inusitada rapidez desaparecían de la vista nada más adivinar la intención de dirigirse a ellos. Volvían enseguida a sus agujeros, de los que solo salían para mendigar o escarbar en la basura en busca de comida. Sucios, famélicos, desconfiados ─algunos también mutilados─, iban provistos de palos o barras de hierro cogidas de entre los escombros.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014. Nueva edición 2019.

8 de marzo: una reflexión en torno al feminismo

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Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas). Se eligió tal fecha porque el 8 de marzo de 1857 cientos de trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York salieron a la calle bajo el lema ‘pan y rosas’ para protestar por las míseras condiciones laborales y el fin del trabajo infantil. Muchas de ellas fueron asesinadas por la policía.

Recién iniciado el siglo XX surgieron en Gran Bretaña las suffragettes, activistas por los derechos cívicos de las mujeres, en particular el derecho al sufragio. En 1903 Emmeline Pankhurst fundó la Women Social and Polítical Union, confiriendo al movimiento feminista una nueva espectacularidad: mítines, manifestaciones, atentados al orden público, etc., con los consiguientes encarcelamientos y huelgas de hambre. Esta combatividad empezó a decaer cuando gran parte de las feministas inglesas decidieron pactar con el gobierno conservador con el fin de obtener el voto y con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Se llegó, así, gradualmente, a un cierto reconocimiento del papel de las mujeres y a la progresiva concesión, en los diversos países, del derecho al voto, lo que representó, paradójicamente, un elemento de freno para la política ‘progresista’, debido al papel que se había inculcado a las mujeres como mantenedoras del hogar (las segundas elecciones generales de la Segunda República Española celebradas en 1933, las primeras en que podían votar las mujeres, dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas).

El período de entreguerras se caracterizó, junto a las repercusiones de las ideologías fascista y nazi, de carácter declaradamente antifeminista, por un intento de feminización   –sobrevaloración de las cualidades femeninas–, que representó un retroceso en las reivindicaciones. El fanatismo y la belicosidad que caracterizaron estos años eran consideradas por muchas mujeres valores masculinos, a los que contraponían, como valores femeninos, la tolerancia, la compresión, la paz. “Los hombres son prescindibles, fuera, del Parlamento, de la existencia (…) se atreven incluso a jugar con la política (…) siempre ha sido así a lo largo de la historia … ¡Fuera!”, cantaba Claire Waldoff, la ‘reina del cabaret alemán’, en 1926.

Tras la Segunda Guerra Mundial un nuevo replanteamiento de carácter más amplio tuvo lugar en el movimiento feminista, cada vez más presente en la sociedad. En las décadas de 1960 y 1970, y en el marco de lo que algunos han bautizado como ‘eclosión de los nuevos movimientos sociales’, comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica. Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin de la sociedad capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas ‘desde dentro. Y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que ciertamente, denunciaban las desigualdades sociales, se oponían a ellas y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el ‘fin de la historia’, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el capitalismo es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

En este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter, El uno es el otro, 1986) ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana, ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese ‘otro mundo posible’, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el statu quo imperante al considerar su ‘problema’ como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada revolución de la mujer ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman.

Veamos. En la actualidad hay más mujeres trabajando que nunca. La mayoría en trabajos de mierda. Mas esto no es exclusivo de la mujer. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), “en el año 2018, sin considerar grupos de edad, la población en riesgo de pobreza relativa (tasa de riesgo de pobreza) en España de las mujeres con trabajo (12,2%) es más baja que la de los hombres con trabajo (13,5%)”. Por otra parte, también según el INE, “en el año 2019 las mujeres representaban casi el cuarenta y tres por ciento (42,8%) del total de quienes ocupaban los órganos superiores y los altos cargos de la Administración General del Estado (hasta Director/a General, y sin contabilizar los puestos de la Administración con categoría inferior a la de Director/a General)”. Otro documento (“Informe de las mujeres en los Consejos de las empresas cotizadas”, Atrevia, 2018), señala que “la presencia de la mujer en los consejos de las sociedades cotizadas del mercado continuo español se ha incrementado un 15% durante el año 2017, hasta sumar 258 consejeras, lo que supone algo más del 19% de sus 1.347 miembros”. En el Ibex 35 su presencia es del 24%.

¿Qué puede unir a unas y otras? ¿En serio alguien puede decir que tienen los mismos intereses? Ana Patricia Botín es una trabajadora, ¿no? La mujer que me ayuda en las tareas domésticas también. Ambas son mujeres, ambas trabajadoras, ergo ambas tienen una causa común. Tal paridad es una parida, pues plantear como una conquista el acceso de las mujeres al mundo del trabajo es un argumento falaz. “No tiene sentido reivindicar el concepto de ‘Mujer trabajadora’. El paso de mujer a asalariada no es ningún orgullo, sino una nueva forma de opresión en su vida”, leo en un artículo publicado en Rebelión el 8 de marzo de 2006 (“8 de marzo: Feminismo, roles y liberación”), que firma el Colectivo Libertario Cizalla. Me ha parecido sumamente lúcido y me ha reconfortado su lectura. Sigo con él: “Por una parte ponemos en duda que sea un logro tener tanto poder como un hombre para decidir sobre las vidas ajenas, y por la otra nos cuestionamos que sea un avance el que una mujer pueda matar legalmente tanto como un hombre para defender los intereses económicos de un Estado. […] No se puede acabar con la desigualdad generando más desigualdad. […] Reducir toda una lucha, del tipo que sea, a un mero día de hipócrita reivindicación no es más que vaciar de contenido esta”.

El género, por tanto, no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes. Considerar la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad no deja de ser una lucha por participar de los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Va a ser verdad el conocido refrán de que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, pues lo que estoy diciendo en absoluto es una novedad: “Yo, Hiparquía [considerada por muchas, y muchos, la primera feminista de la historia occidental], no seguí las costumbres del sexo femenino, sino que con corazón varonil seguí a los fuertes perros”. Pues eso.

Silvino Zapico, el minero a quien el franquismo castró

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El cuadro que encabeza estas líneas es de Eduardo Arroyo (El Minero Silvino Zapico es arrestado por la policía, tinta china sobre papel) y fue pintado en 1967 cuando este se hallaba autoexiliado en París. Silvino Zapico fue un minero asturiano al que detuvo la policía franquista en 1963 con motivo de la represión que siguió a la huelga de mineros asturianos, lo castró y apaleó, y se conoce como El arresto. En él vemos a un hombre vestido de negro a punto de entrar en la casa de Zapico, una niña trata de impedir la detención pero un personaje de evidentes trazos mironianos le invita a pasar. Es una clara referencia al papel condescendiente que Miró tuvo con la dictadura franquista. Pero no es de Miró de quien vamos a hablar.

En 1962 los mineros de Asturias protagonizaron una de las huelgas más sonadas que tuvieron lugar durante la dictadura franquista. El 5 de abril de dicho año, en el Pozo Nicolasa de Fábrica de Mieres, unos 25 picadores empezaron, progresiva y deliberadamente, a reducir su ritmo de trabajo. Por este motivo siete de ellos fueran suspendidos de empleo y sueldo. La solidaridad se convirtió en el principal motor de la respuesta obrera y el conflicto se extendió por toda Asturias y otras 25 provincias españolas. Un plante como el citado era motivo en aquellos tiempos para que sus protagonistas fueran juzgados por el código de Justicia Militar. Su delito: sedición.

Los huelguistas alcanzaron la cifra de 300.000 en toda España –la mayor con diferencia hasta entonces desde el fin de la Guerra Civil–, llegándose a decretar el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. El paro se mantuvo hasta principios de junio, si bien hubo nuevos plantes desde mediados de agosto a los primeros días de septiembre. Resultado de todo ello fue la deportación y dispersión de 126 mineros por 16 provincias españolas.

No fue obstáculo la represión para acallar a los mineros, y en 1963, en el mes de julio, las protestas se reprodujeron durante cuatro meses. La represión tampoco cesó y muchos mineros fueron detenidos y torturados. El minero Rafael González, de 36 años, murió el 3 de septiembre a consecuencia de los malos tratos recibidos en la Inspección de Policía de Sama de Langreo. Otros lograron sobrevivir, lo que no les libró del ensañamiento de los “defensores del orden”. Uno de ellos fue Silvino Zapico, que el mismo día del asesinato de Rafael González, y en el mismo lugar, fue castrado y apaleado. A su esposa le cortaron el pelo al cero. A otro minero, Vicente Bargaña, le quemaron los testículos. Al dirigente obrero Alfonso Braña lo torturaron y arrojaron luego su cuerpo a la calle, siendo recogido allí por un compañero suyo, pero se encontraba en tal estado que cuando llamaron a un médico para curarle este dijo no saber por dónde empezar.

No fueron estos los únicos casos, que fueron denunciados mediante una carta dirigida al ministro de Información y Turismo (Manuel Fraga Iribarne) que firmaron 102 intelectuales, entre ellos José Bergamín, Vicente Aleixandre, Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren, Gabriel Celaya, Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Carlos Barral, Juan y José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Paco Rabal y Fernando Fernán-Gómez. Los hechos fueron negados por el gobierno, que acusó a los firmantes de denunciar las “supuestas” torturas con la pretensión de “salir de su anonimato”. Finalmente, el 25 de octubre los 102 firmantes fueron expedientados “por delito de difusión de noticias falsas o tendenciosas”.

Hoy no hubieran castrado a Silvino Zapico. Hoy no podría existir ningún Silvino Zapico. Hoy la castración es mental. Hoy todos somos monórquidos de espíritu y lo llevamos la mar de bien. Pobre Zapico. Pobres de nosotros.