Los mártires de Chicago

Galería

“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.

Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887 y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887, hoy hace, pues, 132 años. Lingg se suicidó en su celda antes del ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33 años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe (estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como veremos.

El origen de todo ello hay que enmarcarlo en la lucha por la jornada laboral de ocho horas. Esta se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó la jornada laboral de ocho horas en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa.

Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna:

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!

¡Ocho horas de trabajo!

¡Ocho horas de reposo!

¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo.

Y llegó el día 4 y los sucesos a que nos referíamos al principio. Esa noche del tuvo lugar una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas, que reunió a cuatro mil personas. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, 1953), “se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca, como veíamos antes. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los cinco obreros ajusticiados, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

Hiroshima

Galería

Se cumplen hoy, 6 de agosto, 74 años del ataque atómico sobre la ciudad japonesa de  Hiroshima, un ataque tan brutal como innecesario, una demostración de fuerza cuya finalidad iba más allá de terminar con la guerra.

El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego hecho líquido.

Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril, él era vicepresidente) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”

Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada hace poco.

Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Álamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.

Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares– y se había conseguido un arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo –en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.

Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial, “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1995, 35).

Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre. “A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5 de agosto de 2015).

El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una encuesta de la revista Fortune, realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser preocupante, muy preocupante.

Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde. ¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decíamos, la decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.

El excesivismo (la historia del asno que creó una escuela pictórica)

Galería

Con motivo de la edición de 1910 del Salón de Artistas Independientes de París se presentaba públicamente pocos días antes de su inauguración –que tuvo lugar el 18 de marzo– una nueva vanguardia pictórica denominada excesivismo. Lo hizo a través de un manifiesto al estilo futurista, que se publicó en los periódicos, en el que se abogaba por “destruir los museos y pisotear las infames rutinas”.

El excesivismo –que llegó a causar gran revuelo– estaba representado en el Salón por un solo cuadro: El sol se durmió sobre el Adriático. No había más obras, ni las habría en un futuro. Y es que el autor del cuadro, Joachim-Raphaël Boronali, era en realidad un asno. Boronali era el anagrama de Aliborón, el asno de las fábulas de La Fontaine.

El Lapin Agile en 1913.

Veamos cómo se gestó el movimiento y cómo se pintó esta obra única en todos los sentidos. La idea fue del periodista Roland Dorgelès, habitual de Montmartre y del cabaret Lapin Agile, el más antiguo de París, cuyo ambiente era más intelectual que el del resto de los cabarets parisinos. Entre sus clientes habituales, además de Dorgelès, y entre otros, estaban Guillaume Apollinaire, Charles Dullin, Maurice Utrillo, Max Jacob, Amedeo Modigliani y Pablo Picasso.

Père Frédé (Frédéric Gérard), su dueño, era músico, pintor, poeta y animador. Un individuo sin duda peculiar, de pelo y barba canosos, largos y descuidados, siempre con su pipa y su sombrero o gorra típica de los marineros. De vez en cuando cogía la guitarra y anunciaba que iba a hacer “un poco de arte”, interpretando generalmente algunos poemas de Ronsard y otras antiguas canciones. Entre tema y tema, algún joven poeta declamaba sus últimos versos sin prestar demasiada atención a la rima. Otras canciones, de procaces letras la mayoría, eran coreadas por la clientela mientras la joven Eliane, siempre sonriente, se movía la sala con su bandeja llena de vasos. Sobre su puerta aparecía escrito en letras blancas: ‘El primer deber del hombre es tener un buen estómago’.

El Lapin Agile en 1907.

Frédé tenía un asno, Lolo, quien sería el encargado de pintar con su cola la obra que expondrían en el Salón haciendo creer a todo el mundo que su autor era un tal Joachim-Raphaël Boronali, principal representante de un nuevo movimiento. Contaban para ello con la colaboración del pintor Pierre Girieud y del joven crítico André Warnod, que trabajaba para la revista satírica Fantasio. Con gran regodeo, llenaron unos cubos con los colores azul, verde, amarillo y rojo y con el asno iban dando vueltas a su alrededor hasta que este se paraba junto a uno de ellos, que resultaba ser el elegido y en el que mojaban su cola, a la que habían atado un pincel. Entonces le mostraban zanahorias y tabaco, sus manjares preferidos, para estimularle y que la agitara. Llevaron a cabo la acción en presencia de un alguacil a fin de que diera fe del proceso seguido en la ejecución. El resultado fue una especie de marina recargada de color a la que pusieron el ampuloso título de El sol se durmió sobre el Adriático.

Obviamente, se divirtieron de lo lindo con la ocurrencia, pero el regocijo alcanzó su cenit cuando, inaugurada la muestra, leyeron los comentarios de los críticos. El cuadro no pasó desapercibido, los representantes del fauvismo, el cubismo o el futurismo, las tendencias más en boga de las vanguardias pictóricas, no merecieron tanta atención. Se dijeron muchas cosas sobre él, que si era una obra que indicaba una “precoz habilidad”, “una torpeza en la factura”, “un temperamento todavía confuso y colorista” o, incluso, un “exceso de personalidad”, y se vendió ¡por cuatrocientos francos! Las carcajadas aún resuenan en La Butte. Días después, Le Matin, en cuya redacción se había presentado Dorgelès con las pruebas que revelaban la verdadera personalidad del autor, publicaba un artículo suyo con el sugerente título “Un asno, líder de una escuela”.

Publicado anteriormente en este blog el 31 de enero de 2018.

Lucha de clases e industrialización

Galería

Lucha de clases e industrialización (2)Entre el 8 y el 13 de julio de 1873 los obreros de la ciudad de Alcoi protagonizaron la primera huelga general de carácter revolucionario que tuvo lugar en el Estado español, una insurrección que marcó no solo el devenir de la clase obrera local y de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores, sino que fue determinante en el fin de la Primera República. Popular-mente se la ha conocido siempre con el sobrenombre de El Petrolio, por ser el petróleo el líquido con que los insurrectos rociaron e incendiaron la casa consistorial y algunos inmuebles colindantes desde donde se ofrecía resistencia a los amotinados. Los sucesos del Petrolio se saldaron con la muerte de forma violenta del alcalde y de quince personas más, siete de los cuales eran guardias civiles y tres huelguistas. En los días inmediatos a la entrada del ejército en la ciudad se instruyó un sumario en el que fueron encausados entre 600 y 700 trabajadores, de los que 286 acabaron siendo procesados y muchos de ellos encarcelados, acusados de 110 delitos.

Los hechos del Petrolio fueron el objeto de investigación de mi tesis de licenciatura que dirigió mi buen amigo, lamentablemente ya fallecido (2002), Alfons Cucó. Alfons me recomendó hablar con Mario García Bonafé, quien gracias a ello se convertiría en otro gran amigo. Mario –con su cuñado, luego también amigo, Rafael Aracil– había trabajado sobre la industrialización valenciana, y la alcoyana en particular, y la clase obrera. Su ayuda fue esencial a la hora de abordar metodológicamente la investigación. Fue entonces cuando entre en contacto con la historiografía marxista británica promovida por el llamado grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña que propugnaba una “historia desde abajo”, especialmente con la obra de E.P. Thompson.

Partí, así, de la base de que el término clase obrera es un concepto moderno, propio de la sociedad que se origina con la industrialización capitalista. Es una categoría histórica que se define en su efectivo acontecer y que solo existe realmente en el momento histórico en que adquiere conciencia de sí misma como tal, cuando –como consecuencia de múltiples y diversas experiencias compartidas– se da cuenta de la identidad de sus intereses y de la oposición de estos respecto a la clase dominante. Las clases, pues, son formaciones históricas que surgen del propio proceso de la lucha de clases y su análisis es en realidad el análisis de la lucha de clases.

Cómo llegó el proletariado alcoyano a adquirir esa conciencia es el tema que analiza la tesis y el libro, para lo que se remonta a los inicios de la industrialización y la aparición del maquinismo y estudia las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera y su lucha desde las tempranas manifestaciones luditas (a partir de 1821) hasta la insurrección de julio 1873 (la conocida Revolución del petróleo, el Petroli).

Con John Foster

Con John Foster en 1988.

La tesis llevaba por título “El movimiento obrero alcoyano: de los orígenes a la Internacional (1821-1873)”. Resumida y abreviada se editó en 1980 con otro título aún más largo: Lucha de clases e industrialización. La formación de una conciencia de clase en una ciudad obrera del País Valencià (Alcoi: 1821-1873). El título he de reconocer que lo saqué del libro del historiador británico John Foster Class Struggle and the Industrial Revolution (Early Industrial Capitalism in three English Towns), publicado en Londres en 1974 (Methuen). Fue uno de los que Mario García Bonafé me recomendó leer y me fue muy útil. A Foster no le pareció mal; todo lo contrario.

El libro, de solo 136 páginas, tuvo una muy buena aceptación tanto académica como popular y se agotó la tirada. Hoy es un libro inencontrable, sobre todo porque la editorial, Almudín, hace tiempo que cerró. Pero, aunque siguiera estando activa y pudiera, por tanto, reeditar el libro, no daría mi consentimiento. Han pasado muchos años desde 1980, tanto para la monografía como para mí, y eso se trasluce en el libro. En la actualidad considero Lucha de clases una obra de juventud, de excesos y carencias. Eso sí, no renuncio a reeditarla algún día.

Estuve a punto de hacerlo en 2008, año en que se cumplían 135 años de la revolución del Petrolio. La reescribí por completo. Pero, hete aquí, que sucedió lo peor que le puede pasar a un autor: perder el manuscrito al dañarse el disco duro de mi ordenador y no tener copia de seguridad. Del borrador, por fortuna, sí tenía y me puse de nuevo manos a la obra. Sin embargo, por entonces mis inquietudes se orientaban más que nada hacia el campo de la novelística y decidí novelar los hechos, surgiendo de este modo El corto tiempo de las cerezas.

La idea de reeditarla –de reescribirla– persiste, no obstante. Me ofrecieron hacerlo hará tres o cuatro años en una de las colecciones de la Institució Alfons el Magnànim, de la Diputación de Valencia, pero uno no puede publicar un libro en una editorial institucional cuando es más que crítico con este tipo de iniciativas que enarbolan sin pudor la bandera de la meritocracia y amiguismo más descarados.

Se me ha ocurrido mientras escribía estas líneas buscar en internet alguna referencia del libro y me encuentro con esto: “Ahora el Círculo Industrial [de Alcoi], merecedor de la Medalla de Oro a juicio de la izquierda institucional, reedita el libro de Coloma [La Revolución Internacionalista Alcoyana de 1873 (El Petrolio), 1959]. De gran interés si se busca indagar en el franquismo sociológico más rancio. Un cuento de mártires y villanos. Pero si la intención fuese rescatar una investigación histórica, digna de tal nombre, publicarían la obra de Clara Lida, Anarquismo y Revolución en la España del XIX, o Lucha de clases e industrialización, de Cerdà. Lástima.” (Diego Fernández Vilaplana, profesor de Historia y Geografía del IES Nou Derramador de Ibi, “El Petrolio”, diario Información, 29 de mayo de 2018).

Pues nada, un motivo más para terminar de reescribir el libro y editarlo de nuevo. Perdón, de autoeditarlo.

Que pasen un buen día.

El género como categoría de análisis histórico. Una reflexión en torno al 8 de marzo

Galería

jean-franc3a7ois_millet1

“Las espigadoras” (1857), óleo de Jean-François Millet.

Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas), una jornada que no ha perdido un ápice de su carácter reivindicativo –todo lo contrario– pero sobre la que cabe preguntarse qué es lo que en realidad reivindica en estos momentos.

Hubo un tiempo –allá por las décadas de 1960 y 1970–, en el marco de lo que algunos han bautizado como “eclosión de los nuevos movimientos sociales”, en que comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica.

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin del orden social capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas “desde dentro” y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que, ciertamente, denunciaban las desigualdades del actual modelo de sociedad y se oponían a ellas, y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el “fin de la historia”, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el orden social capitalista –por algo se llama así– es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

poverty-has-a-womans-face_optEn este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter: El uno es el otro, 1986)  ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese “otro mundo posible”, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el status quo imperante al considerar su “problema” como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

“Men-Women”. Pauline-Siebers©

“Men-Women”. Pauline-Siebers ©

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada “revolución de la mujer” ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman. Y la verdad: que quién me explote sea un hombre o una mujer es secundario, lo que me importa es que no me exploten.

El género no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes.

**

Nota: Publiqué esta entrada por primera vez hoy hace tres años en mi blog (ahora inactivo) Música de Comedia y Cabaret, poco después de que este dejara de ser anónimo y empezara a publicar en él otros escritos míos. Iba a actualizarlo, pero al final me he limitado a corregir alguna que otra cosa, pocas. Sigo pensando lo mismo. Sigo rechazando una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Mas de esto ya hablé en la entrada Manifiesto fundacional de la AIL. A ella les remito en todo caso.

50 años de Mayo del 68

Galería

The Guardian

The Guardian/Claude-Henri Bernardot/Musée des Beaux-Arts de Dole©

El próximo 2 de mayo de hace cincuenta años –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000.

Fue el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68, como nos referimos a los sucesos revolucionarios que tuvieron lugar en Francia los meses de mayo y junio del 1968. Sobre ellos publiqué en 2015 una serie de seis entradas, a las que seguían otras tres sobre lo que se ha venido en denominar “el espíritu de Mayo del 68” (que hacían referencia a lo que entonces llamé “los otros mayos del 68”), en las que trataba de analizar lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que, en definitiva, partían del mismo contexto y respondían a una misma motivación: “La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).

Cincuenta años después, mi valoración acerca de su significado y repercusión es la misma que la que tenía en 2015. Tras los hechos de Mayo del 68 se produjo un desmenuzamiento en migajas de un movimiento hasta entonces homogéneo –el movimiento obrero (el movimiento estudiantil lo que pretendía era emular sus grandes gestas)–, que se consolidó nada más acabar estos. Empezó entonces la época de los nuevos movimientos sociales –ecologismo, feminismo, pacifismo, antirracismo…– y del acuerdo tácito entre gobiernos, sindicatos, empresarios y financieros de que el sistema capitalista es la única alternativa viable: o eso, o el ‘comunismo’ practicado por la Unión Soviética. Hay que reformar este, sí, pero sin cuestionarlo, pues el sistema –ha demostrado que podía hacerlo– era capaz de satisfacer ampliamente las demandas de esos nuevos colectivos. Lo único que había que hacer es aceptar la realidad (el sistema).

Poco más puedo añadir a lo que ya escribí en la serie de nueve entradas a que antes hacía mención. Les dejo, pues, con un breve extracto de cada una de ellas y el enlace a las mismas por si les apetece leerlas.

Mayo del 68 (1): La década dorada

1

Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista.

Seguir leyendo…

Mayo del 68 (2): Los tiempos están cambiando

2

Como respuesta a esta nueva forma de vida surgida tras la Segunda Guerra Mundial y a una cultura cada vez más “oficial” (bendecida desde todas las instancias) nacen dos grandes movimientos contraculturales. Uno se articulará alrededor de la música sobre todo: el pop-rock, la psicodelia. El movimiento hippie buscará reemplazar la organización familiar tradicional, de rígidas normas de conducta, por una vida comunitaria, optando por una vestimenta informal y descuidada e incorporando el uso de las drogas como medio para liberarse de la realidad opresora. Su símbolo sería el festival de Woodstock (1969), en Vermont (EE UU). El otro gran movimiento buscará referentes políticos y tratará de adecuar las tradicionales posiciones de la izquierda revolucionaria a los nuevos tiempos, estando fuertemente marcado por ellas y por el antiimperialismo, el anticolonialismo y la lucha por acabar con las desigualdades. Estos jóvenes leían a Marx, a Marcuse, a Sartre… Su símbolo sería el Mayo del 68 francés.

Seguir leyendo…

Mayo del 68 (3): Prohibido prohibir

3

El origen inmediato de los hechos de Mayo del 68 fue un conflicto estudiantil: el día 2 de mayo –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000 (en el curso de los diez años siguientes se triplicaría hasta llegar hasta los 651.000).

Seguir leyendo…

Mayo del 68 (4): El poder está en la calle

4

El lunes 13 París se llenaba de manifestantes. Entre la plaza de la República y la plaza Denfert-Rochereau –casi cinco kilómetros las separan, con el Sena de por medio– no cabía un alma. Sobre un millón de personas secundaron la llamada, al tiempo que nueve millones de trabajadores franceses se declaraban en huelga general. Ya no eran únicamente estudiantes quienes se manifestaban por las calles de París. Buen aniversario, mi general, gritaban, pues se cumplían diez años con De Gaulle al frente de la presidencia de la República francesa. Diez años es suficiente. Otros eran menos irónicos: De Gaulle asesinoDe Gaulle al paredónGobierno popular reclamaban obreros y estudiantes. Mayores emocionados con el puño en alto cantaban La Internacional mezclados con los jóvenes, que coreaban Esto solo es el principio, continuemos la luchaEl poder está en la callePolíticos, vuestros discursos nos importan un carajo. Resultaba incontable el número de banderas rojas y negras que ondeaban, así como el de pancartas con todo tipo de eslóganes, algunos tan ingeniosos como las pintadas que llenaban muchas fachadas y elementos del mobiliario urbano de clara inspiración situacionista: Seamos realistas, pidamos lo imposibleProhibido prohibirLa imaginación al poderBajo los adoquines está la playaNo le pongas parches, la estructura está podrida

Seguir leyendo…

Mayo del 68 (y 5): Bajo los adoquines no estaba la playa

6

La historia, como la vida, nunca sucede ni como los que han vivido un momento dado hubieran deseado ni como los demás después desearíamos que hubiera sucedido. Decía uno de los eslóganes de Mayo del 68 que “bajo los adoquines, la playa” (Sous les pavès, la plage). Pero no, no estaba la playa, y si estaba –o está– no se levantaron los suficientes adoquines como para llegar hasta ella.

Seguir leyendo…

La música de Mayo del 68

8

 

No es de la música que escuchaban aquellos jóvenes que protagonizaron la revolución cultural de 1968 –tanta y tan diversa que sobrepasaría con creces los límites de cualquiera de nuestras publicaciones– de la que nos ocupamos en esta entrada que completa la serie que dedicamos a Mayo del 68, sino de canciones compuestas dicho año a raíz de los hechos que tuvieron lugar en Francia, en París especialmente, hechos que, por otra parte, son los que hemos tratado en esta serie.

Seguir leyendo…

Los otros Mayos del 68: Estados Unidos

9

Decía Anthony Gyddens (“Aquel Mayo del 68 en California”, El País, 6 de mayo de 2008) que “desde una perspectiva europea podría parecer que París fue el foco principal de 1968, pero créanme que no fue así. En Europa los radicales eran bastante tradicionales”. Los verdaderos radicales estaban en California, donde ser revolucionario implicaba la politización, pero también, y, sobre todo, una forma de vida.

Esos movimientos se manifestaron radicalmente en contra de la guerra de Vietnam, del racismo y la obligatoria conformidad con las reglas establecidas y se solaparon con el movimiento hippie o con los Panteras Negras. La conjunción de ideas e intereses dio como resultado una oleada de protestas sin parangón hasta entonces. En los años 60 se formaron en Estados Unidos las comunas más extensas en las que se intentaba llevar a cabo un estilo de vida completamente alternativo. Las universidades, cada vez más masificadas, se mostraban especialmente activas. Los estudiantes se preguntaban no qué podían hacer ellos por su país, como habían hecho sus padres y abuelos, sino qué podía hacer su país por ellos.

Seguir leyendo…

Los otros Mayos del 68: Checoslovaquia

9a

Al igual que ocurrió con Estados Unidos, la Unión Soviética –la segunda gran potencia mundial, con aspiraciones de convertirse en la primera– no podía consentir fisuras ni en su seno ni en el de sus países satélite. Solamente se es fuerte desde la homogeneidad. En el mes de julio los dirigentes soviéticos –al frente de los cuales estaba Leonidas Brežnev– manifestaron tener en su poder pruebas de que la República Federal Alemana pretendía anexionarse la zona norte de Checoslovaquia, por lo “ofrecía” al Ejército Rojo para que defendiera el país de la supuesta futura agresión. Lógicamente –digo lógicamente porque lo contrario hubiera significado algo totalmente opuesto al espíritu que animaba todas estas reformas– se rechazó la propuesta, una propuesta que no dejaba de ser un aviso recordatorio de que la URSS era la única que podía ejercer el control (en todos los sentidos) de los países autodenominados socialistas.

Seguir leyendo…

Los otros Mayos del 68: México

© Armando Lenin Salgado 27 de septiembre de 1968

El Comité Olímpico Internacional (COI) había designado en 1963 a México como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, convirtiéndose así en el primer país del llamado Tercer mundo que acogía tan importante cita. El COI lo presidía un estadounidense, Avery Brundage, y la elección de México tenía una clara intencionalidad política: gracias a la ayuda de los Estados Unidos, el país azteca alcanzaba la estabilidad económica y social y se mostraba dinámico y emprendedor. Los demás países pobres debían tomar nota. A mediados de la década de 1940 habían empezado a llegar a México los capitales norteamericanos, iniciándose así la colonización económica del país. Eran los años de gobierno ininterrumpido del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que con una política interior autoritaria y corrupta, y al servicio de los Estados Unidos, dejaba de lado los grandes problemas estatales: migración, desigualdades, fracaso de la reforma agraria, paro, delincuencia…, problemas que generaban gran descontento y habían ocasionado diversas protestas estudiantiles y la creación de guerrillas urbanas.

Seguir leyendo…

Canciones de la Primera Guerra Mundial

Galería

us-soldiers-and-ymca-girls-gathered-around-a-piano-player-and-enjoying-a-sing-along-during-leisure-time-from-wwi-aix-le-bains-france-august-1918

Soldados estadounidenses y muchachas de la Young Men’s Christian Association (YMCA) cantando alrededor de un piano en Aix-les-Bains (Francia) en agosto de 1918.

Cien años se cumplirán el próximo noviembre del fin de la Primera Guerra Mundial, un hecho trascendental que acabó con el orden político y económico conformado a raíz de las revoluciones burguesas decimonónicas e inició otro nuevo, lleno de tensiones sociales y conflictos, que desembocó en una segunda guerra también mundial apenas veinte años después. Significó, por tanto, nada menos que el final del largo siglo XIX y el inicio del corto siglo XX, como bien ha definido historiográficamente Eric Hobsbawm.

No será esta, desde luego, la única entrada que publique a lo largo del año sobre la Primera Guerra Mundial. En esta primera, vamos a ocuparnos de algunas de las canciones que surgieron a raíz de la contienda, canciones que se hicieron muy populares entre las tropas y la población civil –la mayoría de las cuales nada (o poco) tenían que ver con la música militar– y cuyos temas hablaban de la nostalgia, la familia, el hogar, la novia que uno había dejado, su pueblo o su ciudad… Quiero aclarar que esta entrada fue publicada originalmente en Música de Comedia y Cabaret el 27 de junio de 2014 y que, por tanto, no es nueva. Lo único que he hecho es –como con tantas otras– trasladarla aquí.

Desde la Grecia clásica, filósofos y tratadistas han analizado los efectos de la música en el ser humano. “No se pueden tocar las reglas de la música, sin alterar las leyes fundamentales de la gobernación”, escribió Platón. La música, sostenían los pensadores medievales, proporciona “diversión y descanso, es necesaria en la guerra y en los tiempos de paz, produce efectos religiosos y morales, tranquiliza la mente inquieta, ennoblece el carácter, contribuye incluso a un sistema político más adecuado, es un medio curativo y afecta hasta a los mismos animales.” [Wladyslaw Tatarkiewicz: Historia de la estética II. La estética medieval, 1970].

En líneas generales, todo el pensamiento posterior, grosso modo, está de acuerdo en que la música es esencial en la vida del hombre. La música llega más lejos que ninguna otra arte, es la más próxima a nosotros y al mundo. Su poder es innegable: “Conozco a mucha gente, yo incluido, que no hubiera sobrevivido sin la música. Yo casi muero, y la música me ayudó a sobrevivir. Es increíblemente poderosa y debemos tener cuidado de que no sea utilizada de mala manera.” [Declaraciones de Stefan Koelsch a La Vanguardia, 17 de agosto de 2011].

pf_bousquet_quand_madelon_03La música nos proporciona placer, nos deleita, estimula nuestras emociones, los sentimientos cobran soni-do. En tiempos de guerra, todo ello se acrecienta. Puede ser una válvula de escape tanto para los civiles como para los soldados, pero también una herramienta de reivindica-ción y autoafirmación, en oposición a “los otros” –marchas, himnos–, e incluso –y ya es difícil que puede utilizarse de peor manera– un instrumento de tortura [véase al respecto nuestras entradas “J’attendrai” y “El peso del pasado”].

Comenzamos con una canción francesa que se estrenó poco antes de estallar la guerra europea: Quand Madelon (1914, letra de Louis Bousquet y música de Camille Robert). Quand Madelon describe cómo coqueteaban los soldados con una joven camarera y fue  un gran éxito de Charles-Joseph Pasquier, conocido como Bach. No al principio, sino ya avanzado el conflicto. Bach fue uno de tantos “cómicos troupiers” que actuaban por diversas ciudades y que al comenzar la guerra pasaron a hacerlo ante los soldados. La escuchamos por Line Renaud en una secuencia de La Madelon, película francesa dirigida en 1955 por Jean Boyer.

tipperary-posterMuchas de estas canciones eran melodías populares que los soldados llevaban en su equipaje emocional. Tipperary es un muni-cipio irlandés que en la actualidad cuenta con unos cinco mil habi-tantes. Jack Judge, un cantante de Music-hall originario de dicha localidad, compuso en 1912, junto con Harry Williams, y como homenaje a la misma It’s A Long Way To Tipperary (Es un largo camino hasta Tipperary). Al estallar la guerra el Séptimo Batallón del Regimiento Connaught Rangers del Ejército Británico –formado sobre todo por irlandeses y estrechamente ligado a Tipperary, donde parte del regimiento estuvo acuartelado entre 1908 y 1910– la tomó como una especie de himno y la popularizó hasta el punto que otras unidades del ejército británico hicieron lo mismo. Ello fue posible, en parte, al corresponsal del Daily Mail, George Curnock, que habló de ello en el diario. Sucedía esto en agosto de 1914 y en noviembre del mismo año la canción era grabada por el tenor John McCormack, llegando así a todo el mundo y convirtiéndose en una de las canciones más populares de la época (posiblemente porque no era una típica canción de guerra). Escuchemos la versión de McCormack.

La nostalgia es también el motivo central de Avec Bidasse, canción compuesta en 1914 por Henri Mailfait (música) y Louis Bousquet (letra) que evidencia la frustración ante una guerra que nadie creía que pudiera llegar, pero para la que todos se preparaban. ¿Te acuerdas Bidasse de los buenos tiempos?, pregunta el protagonista del tema desde el frente de batalla. Es de nuevo el cantante cómico y actor popular Bach, para quien fue creada, a quien escuchamos en esta versión (grabación de 1931).

hombres-del-11-batallc3b3n-del-regimiento-de-cheshire-en-las-cercanc3adas-de-ovillers-la-boisselle-julio-de-1916

Batalla del Somme: hombres del 11 Batallón del Regimiento de Cheshire en las cercanías de Ovillers-la-Boisselle (julio de 1916).

La guerra avanzaba y mostraba ser la más brutal y mortífera de cuentas habían tenido lugar a lo largo de la historia. Los desastres de la guerra hacían mella, cada día más, entre los soldados y la población civil. Una de las batallas más sangrientas y de mayor duración (julio-noviembre de 1916) fue la del Somme (Picardía, Francia), en la que las tropas anglo-francesas derrotaron a las alemanas tras sufrir el ejército británico una de sus mayores pérdidas de hombres. Solo el primer día, el 1 de julio, este tuvo que contabilizar nada menos que 57.740 bajas (19.240 de ellas mortales).

En este contexto, Dòmhnall Ruadh Chorùna, un soldado escocés que combatía en ejército británico compuso en el mismo frente de batalla, para su novia, una de las canciones más populares en gaélico escocés: An Eala Bhàn (El cisne blanco), una canción de amor en la que le dice que no deja de pensar en ella a pesar de la brutalidad del momento (“Estoy cegado por el humo, / mis oídos están ensordecidos / por el sonoro rugir del cañón”). Dòmhnall Ruadh Chorùna –también conocido como Donald MacDonald– resultó malherido en la batalla del Somme, pero sobrevivió a la guerra. La versión que incluimos corre a cargo de Julie Fowlis, intérprete de música celta originaria de Escocia que canta principalmente en gaélico escocés.

El horror de la guerra acrecentó el antimilitarismo, activo desde el inicio de la conflagración incluso en países que, en un principio, no participaban en ella, como es el caso de Estados Unidos. Aquí –y en Gran Bretaña y Australia, que ya estaban en guerra– se hizo muy popular la canción I Didn’t Raise My Son to be a Soldier (No crié a mi hijo para ser un soldado): “No crié a mi chico para ser soldado, / lo traje al mundo para mi orgullo y alegría. / ¿Quién es nadie para ponerle un fusil al hombro / para disparar contra el querido hijo de otra madre? / (…) / No habrían guerras hoy en día / si todas las madres dijesen: / Yo no crié a mi chico para ser soldado”. Roosevelt dijo que la gente que aplaudía la canción es la misma que en su corazón aplaude otra se debería titular no crié a mi chica para ser madre. I Didn’t Raise My Son to be a Soldier sonó de nuevo con fuerza entre los movimientos de oposición a la guerra del Vietnam en Estados Unidos. Compuesta por Al Piantadosi (música) y Alfred Bryan (letra), fue grabada por los Peerless Quartet a finales de 1914. Esta es su versión.

En 1917 los estragos de la guerra se dejaban sentir en la población como nunca antes. El conflicto parecía no tener fin; la barbarie tampoco. La chanson de Craonne, un hermoso vals, es posiblemente el más claro ejemplo del antimilitarismo reinante en amplios sectores de la sociedad. Canción anónima escrita basándose en la música de Bonsoir m’amour, fue censurada por las autoridades militares, que llegaron a ofrecer una sustanciosa recompensa a quien informara acerca de su autor. “Adiós vida, adiós amor. / Adiós a todas la mujeres. / Todo ha acabado, para siempre, / en esta guerra infame”. El vídeo que sigue pertenece a la secuencia de la película Oh! What a Lovely War (¡Oh, qué guerra tan bonita!) –un filme musical británico de 1969 dirigido por Richard Attenborough– en el que se interpreta la canción.

Hubo, naturalmente, infinidad de marchas patrióticas que, ante todo, pretendían enaltecer el ánimo de las tropas. Algunas de ellas fueron compuestas por músicos militares. Es el caso de la conocida Marcha del coronel Bogey, famosa por ser parte de la banda sonora de El puente sobre el río Kwai. Se compuso en 1914 por el entonces teniente F. J. Ricketts (bajo el seudónimo de Kenneth J. Alford), director de banda del ejército británico. Vamos con la versión original y con una secuencia de la película que dirigió en 1957 el gran David Lean.

Otra marcha patriótica de gran ascendencia entre los soldados y la población civil rusa es El adiós de Slavianka (Slavianka significa ‘mujer eslava’). Aunque escrita con anterioridad al inicio de la guerra, en 1912, por el compositor Vasily Agapkin (militar director de orquesta) en honor a las mujeres búlgaras cuyos maridos partieron al frente en la Primera Guerra de los Balcanes, fue durante el conflicto cuando alcanzó enorme notoriedad al ser la canción con que los soldados rusos solían despedirse de los suyos para marchar al frente. En el siguiente vídeo –con imágenes de la contienda– es interpretada por los cantantes rusos Zara y Dmitri Pevzov.

Las marchas de las potencias centrales presentaban un carácter mucho más marcial. Prueba de ello es esta Die blauen Dragoner, marcha compuesta por Hans Hertel (música) y G.W. Harmssen (letra) en los momentos inciales de la contienda para el  regimiento “dragones azules” del ejército alemán, que posteriormente sería utilizada y popularizada por las SS. “Los dragones azules cabalgan. / (…) las bandas tocan / marchas con fanfarrias / cuyo sonido sube hasta las pálidas colinas”.

cover-of-sheet-music-over-there-1917-with-photo-of-singer-nora-bayesFinalizamos con un tema del último país que entró en la guerra, Estados Unidos. Lo hicieron en abril de 1917 y su intervención resultó decisiva. Una de las melodías más populares de aquel año fue Over here, over there, canción de propaganda pensada para animar a los jóvenes estadounidenses a alistarse en el ejército y luchar contra el “Hun” (el Huno), como despectiva-mente llamaban a los alemanes. Fue compuesta por George M. Cohan, actor, cantante, bailarín, autor, compositor, productor, empresario teatral, director y coreógrafo conocido como ‘El amo de Broadway’. En el vídeo que sigue escuchamos a Nora Bayes, popular cantante y actriz de la década de 1930, en la versión original de 1917.

La canción fue un éxito y en 1936 Roosevelt condecoró a Cohan con la Medalla de Oro del  Congreso. La canción se utilizó también durante la Segunda Guerra Mundial. Así, por ejemplo, aparece en la película estrenada en 1942 sobre la vida de Cohan que dirigió Michael Curtiz Yankee Doodle Dandy (Yanqui Dandy en la versión española). En ella James Cagney encarna a Cohan.

Que disfruten de un buen fin de semana.