La desobediencia civil (y III)

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¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia.

Vi hasta qué punto podía confiar como vecinos o amigos en la gente con la que vivía, que su amistad era de poco fiar, que no se proponían hacer el bien. […]

Nunca me he negado a pagar el impuesto de carreteras porque tan deseoso estoy de ser un buen vecino, como de ser un mal súbdito; y respecto del mantenimiento de las escuelas, estoy contribuyendo ahora a la educación de mis compatriotas. No me niego a pagar los impuestos por ninguna razón en concreto; simplemente deseo negarle mi lealtad al Estado, retirarme y mantenerme al margen. Aunque pudiera saberlo, no me importaría conocer el destino de mi dinero, hasta que se comprara con él a un hombre o a un mosquetón para matar   –el dinero es inocente– pero me interesaría conocer las consecuencias que tendría mi lealtad. A mi modo, en silencio, le declaro la guerra al Estado, aunque todavía haré todo el uso de él y le sacaré todo el provecho que pueda, como suele hacerse en estos casos. […]

No tengo interés en discutir con ningún hombre o nación. No deseo ser puntilloso y establecer distinciones sutiles; ni tampoco quiero presentarme como el mejor de mis conciudadanos. […]

De todos modos, el gobierno no es algo que me preocupe demasiado, y voy a pensar muy poco en él. No son muchas las ocasiones en que me afecta directamente, ni siquiera en este mundo en que vivimos. Si un hombre piensa con libertad, sueña con libertad e imagina con libertad, nunca le va a parecer que es aquello que no es, y ni los gobernantes ni los reformadores ineptos podrán en realidad coaccionarle.

Sé que la mayoría de los hombres piensan de distinto modo, pero son aquellos que se dedican profesionalmente al estudio de estos temas u otros semejantes, los que más me preocupan; los estadistas y legisladores, que se hallan tan plenamente integrados en las instituciones que jamás las pueden contemplar con actitud clara y crítica. Hablan de cambiar a la sociedad, pero no se sienten cómodos fuera de ella. Puede que se trate de hombres de cierta experiencia y criterio, y, sin lugar a dudas, han inventado soluciones ingeniosas e incluso útiles, por lo que sinceramente les damos las gracias; pero todo su talento y su utilidad se encuentran dentro de límites muy reducidos. Suelen olvidar que al mundo no lo gobiernan ni la política ni la conveniencia. […] ¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan solo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.

La desobediencia civil (II)

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El Estado nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia intelectual o moral de un hombre sino con su cuerpo, con sus sentidos. No se arma de honradez o de inteligencia sino que recurre a la simple fuerza física. Yo no he nacido para ser violentado. Seguiré mi propio camino. Veremos quién es el más fuerte.

¡Loado sea el hombre auténtico que, como dice mi vecino, tiene un hueso en la espalda que no le permite doblegarse! […]

Por supuesto, no es un deber del hombre dedicarse a la erradicación del mal, por monstruoso que sea. Puede tener, como le es lícito, otros asuntos entre manos; pero sí es su deber al menos, lavarse las manos de él. Y si no se va a preocupar más de él, que, por lo menos, en la práctica, no le dé su apoyo. Si me entrego a otros fines y consideraciones, antes de dedicarme a ellos, debo, como mínimo, asegurarme de que no estoy pisando a otros hombres. Ante todo, debo permitir que también los demás puedan realizar sus propósitos. […] Al soldado que se niega a luchar en una guerra injusta le aplauden aquellos que aceptan mantener al gobierno injusto que la libra; le aplauden aquellos cuyos actos y autoridad él desprecia y desdeña, como si el Estado fuera un penitente que contratase a uno para que se fustigase por sus pecados, pero que no considerase la posibilidad de dejar de pecar ni por un momento. Así, con el pretexto del orden y del gobierno civil, se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza. Tras la primera vergüenza por pecar surge la indiferencia y lo Inmoral se convierte, como si dijéramos, en amoral y no del todo innecesario en la vida que nos hemos forjado. […]

Los que, sin estar de acuerdo con la naturaleza y las medidas de un gobierno, le entregan su lealtad y su apoyo son, sin duda, sus seguidores más conscientes y por tanto suelen ser el mayor obstáculo para su reforma. […]

Lo que importa no es que el comienzo sea pequeño; lo que se hace bien una vez, queda bien hecho para siempre. […]

Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría. Pero cuando se opone con todas sus fuerzas es imparable. Si las alternativas son encerrar a los justos en prisión o renunciar a la guerra y a la esclavitud, el Estado no dudará cuál elegir. Si mil hombres dejaran de pagar sus impuestos este año, tal medida no sería ni violenta ni cruel, mientras que, si los pagan, se capacita al Estado para cometer actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes. Esta es la definición de una revolución pacífica, si tal es posible. Si el recaudador de impuestos o cualquier otro funcionario público me preguntara –como así ha sucedido– pero, ¿qué debo hacer?, mi respuesta sería: Si de verdad deseas colaborar, renuncia al cargo. Una vez que el súbdito ha retirado su lealtad y el funcionario ha renunciado a su cargo, la revolución está conseguida. Incluso aunque haya derramamiento de sangre. ¿Acaso no hay un tipo de derramamiento de sangre cuando se hiere la conciencia? Por esa herida se vierten la auténtica humanidad e inmortalidad del hombre y su hemorragia le ocasiona una muerte interminable. Ya veo correr esos ríos de sangre. […]

Los ricos están siempre vendidos a la institución que les hace ricos. Hablando en términos absolutos, a mayor riqueza menos virtud; porque el dinero vincula al hombre con sus bienes y le permite conseguirlos y, desde luego, la obtención de ese dinero en sí mismo no constituye ninguna gran virtud. […]

El Estado nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia intelectual o moral de un hombre sino con su cuerpo, con sus sentidos. No se arma de honradez o de inteligencia sino que recurre a la simple fuerza física. Yo no he nacido para ser violentado. Seguiré mi propio camino. Veremos quién es el más fuerte. ¿Qué fuerza tiene la multitud? Solo pueden obligarme aquellos que obedecen a una ley superior a la mía. Me obligan a ser como ellos. Yo no oigo que a los hombres les obliguen a vivir de tal o cual manera las masas. ¿Qué vida sería esa? Cuando veo que un gobierno me dice: ‘La bolsa o la vida’, ¿por qué voy a apresurarme a darle mi dinero? Puede que se halle en grandes aprietos y no sepa qué hacer: yo no puedo hacer nada por él. Debe salvarse a sí mismo, como hago yo. No merece la pena lloriquear. Yo no soy el responsable del buen funcionamiento de la máquina de la sociedad. Yo no soy el hijo del maquinista. Observo que cuando una bellota y una castaña caen al lado, una no permanece inerte para dejar espacio a la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes y brotan y crecen y florecen lo mejor que pueden, hasta que una acaso ensombrece y destruye a la otra. Si una planta no puede vivir de acuerdo con su naturaleza muere, y lo mismo le ocurre al hombre. […]

La desobediencia civil (I)

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Este es un resumen personal que hice cuando estuve ingresado en el hospital del conocido ensayo de Henry David Thoreau La desobediencia civil (1849) que publicaré en tres entradas (hoy, mañana y pasado mañana).

Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. […] La ley nunca hizo a los hombres más justos y, debido al respeto que les infunde, incluso los bienintencionados se convierten en agentes de la injusticia. […]

La masa sirve al Estado no como hombres, sino básicamente como máquinas, con sus cuerpos. Ellos forman el ejército constituido y la milicia, los carceleros, la policía, los ayudantes del sheriff, etc. En la mayoría de los casos no ejercitan con libertad ni la crítica ni el sentido moral, sino que se igualan a la madera y a la tierra y a las piedras, e incluso se podrían fabricar hombres de madera que hicieran el mismo servicio. Tales individuos no infunden más respeto que los hombres de paja o los terrones de arcilla. No tienen más valor que caballos o perros, y sin embargo se les considera, en general, buenos ciudadanos. Otros, como muchos legisladores, políticos, abogados, ministros y funcionarios, sirven al Estado fundamentalmente con sus cabezas, y como casi nunca hacen distinciones morales, con capaces de servir tanto al diablo, sin pretenderlo, como a Dios. Unos pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformadores en un sentido amplio y los hombres sirven al Estado además con sus conciencias y, por tanto, las más de las veces se enfrentan a él y, a menudo, se les trata como enemigos. Un hombre prudente sólo será útil como hombre y no se someterá a ser ‘arcilla’ y ‘tapar un agujero para detener el viento. […]

Al que se entrega por entero a los demás se le toma por un inútil y un egoísta, pero al que se entrega solamente en parte, se le considera un benefactor y un filántropo. […]

Yo no me enfrento con enemigos lejanos sino con los que cerca de casa cooperan con ellos y les apoyan, y sin los cuales estos últimos serían inofensivos. […]

¿Cuál es el valor de un hombre honrado y de un patriota hoy? Dudan y se lamentan y a veces redactan escritos, pero no hacen nada serio y eficaz. Esperarán con la mejor disposición a que otros remedien el mal, para poder dejar de lamentarse. Como mucho, depositan un simple voto y hacen un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia al pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso, hay novecientos noventa y nueve que alardean de serio, y es más fácil tratar con el auténtico poseedor de una cosa que con los que pretenden tenerla.

Las votaciones son una especie de juego, como las damas o el backgammon que incluyen un suave tinte moral; un jugar con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales; y desde luego incluye apuestas. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Quizás deposito el voto que creo más acertado, pero no estoy realmente convencido de que eso deba prevalecer. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación, por tanto, nunca excede el nivel de lo conveniente. Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que la Justicia debiera prevalecer. Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar, ni deseará que prevalezca frente al poder de la mayoría. Hay muy poca virtud en la acción de las masas. Cuando la mayoría vote al fin por la abolición de la esclavitud, será porque les es indiferente la esclavitud o porque sea tan escasa que no merezca la pena mantenerla. Para entonces ellos serán los únicos esclavos. […]

Jugando al juego de los tiranos y perpetuando la propia esclavitud.

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Los pobres […] creen que el trabajo ennoblece, libera. La nobleza de un minero en el fondo de su pozo, de una rebanada de panadería en la panadería o de una excavadora en una zanja, los golpea con admiración y los seduce. Se les ha dicho a menudo que la herramienta es sagrada y que finalmente los hemos convencido. El gesto más bello del hombre es el que levanta una carga, blande un instrumento, piensan. ‘Yo trabajo’, dicen, con orgullo doloroso y lamentable. La calidad de bestia de carga parece, en sus ojos, más cercana al ideal humano.

No puede uno ir y decirles que el trabajo no ennoblece y no libera; que el ser que se etiqueta a sí mismo como trabajador restringe, por este mismo hecho, sus facultades y sus aspiraciones como hombre; que para castigar a los ladrones y otros criminales y obligarlos a volver a sí mismos, los condenamos a trabajar, los hacemos trabajadores. Se niegan a creerle. Hay, sobre todo, una convicción que les es querida: es que el trabajo, tal como existe, es absolutamente necesario.

No se puede imaginar semejante tontería. La mayor parte del trabajo de hoy es completamente inútil. Como resultado de la falta total de solidaridad en las relaciones humanas, como resultado de la aplicación general de la doctrina imbécil que afirma que la competencia es fructífera, los nuevos medios de acción que los descubrimientos diarios ponen al servicio de la humanidad se desprecian, se olvidan. La competencia es estéril, restringe la iniciativa en lugar de desarrollarla. Se opone, por miedo al mañana –ese miedo al mañana siempre mucho más fuerte que el odio de los rivales– a cualquier intento un poco audaz, aferrándose a los viejos métodos.

Solo la solidaridad tendría la energía y la audacia necesarias para rechazar todas las reliquias del pasado y usar resueltamente los nuevos métodos. […] Al negarse a entender algo tan simple, al persistir en creer en la necesidad del trabajo en sus condiciones actuales y en la utilidad de su glorificación, los pobres juegan el juego de sus tiranos y perpetúan su propia esclavitud.

Georges Darien: La belle France (1901).

La obediencia y el mando

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La obediencia tiene sus alegrías: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

El primer móvil auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación […]. Estamos acostumbrados a considerar la desobediencia –en la escuela, en el ejército, en la ley– abundantemente provista de sanciones. […]

Dostoievski habla de individuos ‘a quienes su naturaleza apacible e indolente destina a una mendicidad perpetua… Por decirlo así, han venido al mundo a condición de no emprender nada por sí mismos y carecer de voluntad propia y, así, de vivir como títeres de cualquiera. Su misión en este mundo se reduce a ejecutar las órdenes de otros’. Y Augusto Comte escribía ya: ‘La despreocupada seguridad y la irresponsabilidad total propias de la existencia servil llegan a hacerla soportable largo tiempo, y a veces incluso deseable’. […]

Bryce advierte que la razón principal de la obediencia a las leyes reside simplemente en la indolencia. ‘Por ello, una voluntad enérgica e infatigable llega ser a veces un poder tan formidable, casi una fuerza hipnótica’. ‘La indolencia es precisamente la que hace a los desheredados tan conservadores como los propietarios; aquellos se aferran a sus miserias familiares con casi tanta tenacidad como otros a sus privilegios’ (Aldous Huxley).

‘¿Qué sabes hacer?’, preguntan a Diógenes, apresado y vendido por unos piratas. ‘Mandar hombres’, responde; y añade, dirigiéndose a su interlocutor: ‘Pregunta si hay alguien que quiera comprar un dueño’. […]

‘Hecho demostrado por una larga serie de observaciones es el afán más o menos vivo que impulsa a cualquier hombre a dominar a todos los demás’ (Saint-Simon). Y su discípulo Enfantin confiesa francamente: ‘Por necesidad y por gusto, y hasta diría por pasión casi, me siento hombre de poder más bien que de libertad’. Marat afirmaba ya: ‘El afán de dominio es algo natural al corazón humano y, sea cual fuera el aspecto que asuma, siempre aspira a predominar’ […].

[Al niño, desde que nace] ‘Ora se le mece o lisonjea para apaciguarle, ora se le amenaza o pega para hacerle callar. O hacemos lo que le place o exigimos de él lo que nos place; nos sometemos a sus caprichos, o bien le sometemos a los nuestros. No hay término medio: ha de dar órdenes o recibirlas. Sus primeras ideas son las de dominio y sujeción’ (Rousseau). […]

Annenkov describe así a Marx en su madurez: ‘Notable moralmente como tipo de hombre compuesto de energía, voluntad e inquebrantable convicción, Marx no era menos interesante en el aspecto físico. Cabellera negra y abundante, manos cubiertas de pelo, chaqueta abotonada al través, parecía un hombre en posesión del derecho y del poder de imponer el respeto, a pesar de lo singular de su porte y de sus gestos. Sus movimientos eran torpes, pero llenos de valor y de seguridad. Sus maneras resultaban opuestas a toda etiqueta, pero arrogantes y un tanto desdeñosas. Su voz, tajante y metálica, armonizaba de modo extraño con los categóricos juicios que formulaba acerca de los hombres y de las cosas. Hablaba solo en términos imperativos, sin tolerancia alguna hacia la contradicción, y en un tono cuya vivacidad me chocaba casi dolorosamente. Este tono expresaba el firme convencimiento acerca de su misión: dominar a los espíritus y dictarles leyes. Ante mí erguíase un dictador democrático…’.

Los biógrafos de Bakunin describen a sí mismo a este –a pesar de su doctrina contraria a la autoridad– como hombre concluyente y de temperamento autoritario. Y ello no es monopolio del sexo masculino. Benjamin Constant anota en su Diario íntimo: ‘Mme. de Staël se encuentra hoy en Ginebra. Bonstetten, Schlegel, Sismondi y yo hemos comido cual escolares sin tutela. ¡Singular mujer! Su dominio, inexplicable, es, sin embargo, verdaderamente real en cuanto la rodea. Si supiera gobernarse a sí misma, gobernaría al mundo’.

Así, a la voluntad común de poder hay que añadir, en ciertos individuos, rasgos diferentes cuyo conjunto puede ser denominado temperamento autoritario: convicción, confianza en sí mismos, orgullo, impaciencia para las resistencias, desdén, quizás. […]

Quien sabe mandar, afirma Nietzsche, halla siempre a quienes han de obedecer. […]

No podemos dejar de señalar la existencia de una categoría de hombres poco numerosa, pero psicológicamente interesante: la integrada por quienes no revelan disposición para la obediencia, pero tampoco afán de mando. ‘Siempre he despreciado mezclarme a un rebaño, siquiera para ser jefe, y aun cuando se trate de una manada de lobos. El león vive solo, y eso es lo que hago’. Así dice un personaje de Byron. Pero Chateaubriand escribe, hablando de su juventud: ‘Yo no podía contar con los amigos fáciles que proporciona la fortuna, por cuanto ningún provecho cabía obtener de un pobre pilluelo sin dinero para sus gastos corrientes; pero tampoco me incorporé a ninguna clientela, puesto que odio a los protectores. En los juegos, no pretendía dirigir a nadie, pero tampoco quería ser mandado. No servía ni para tirano ni para esclavo, y así he permanecido’. […]

Nos limitaremos a afirmar que tal repugnancia a servir y a ser servido conduciría lógicamente a la soledad, o bien a asociarse únicamente con quienes comparten la misma aversión, de lo cual no se dan apenas ejemplos. […] Basta decir que hay hombres de sensibilidad viva cuyo amor y franqueza se han visto pagados con la vejación y la lisonja, y a quienes su decepción aleja tanto de la disciplina como del mando. […]

La obediencia tiene sus inconvenientes: el del libre albedrío individual limitado o contrariado; el del esfuerzo y su anonimato; el del esfuerzo ignorado y considerado como algo natural; el de los reproches, merecidos o no, de las sanciones; el de saberse artífice oscuro de los éxitos y culpable de los fracasos y reveses.

Pero también tiene sus alegrías la obediencia: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil, experimentada nuevamente en la madurez; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. […] Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

Maurice Marsal: “La obediencia y el mando”, capítulo III de su obra La autoridad (1971, primera edición tanto en francés como en español).

Tres breves textos de Camus acerca de la condición humana

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Cada vez que escucho un discurso político o leo a aquellos que nos dirigen, me asusta, desde hace años, no oír nada que produzca un sonido humano. Son siempre las mismas palabras que dicen las mismas mentiras. Que los hombres se acomoden a ellas, que la cólera del pueblo no haya abatido todavía los fantoches, es una prueba, a mi modo de ver, de que los hombres no conceden ninguna importancia a sus gobiernos y que en verdad juegan toda una parte de sus vidas y de sus llamados intereses vitales.

Agosto de 1937.

El individuo que tanto prometía y que trabaja ahora en una oficina. No hace nada, por otra parte, vuelve a su casa, se acuesta y espera fumando la hora de la cena, se acuesta otra vez y duerme hasta la mañana siguiente. El domingo se levanta muy tarde y, acodado en la ventana, contempla la lluvia o el sol, los transeúntes o el silencio. Así todo el año. Espera. Espera morir. Para qué las promesas, ya que de todos modos…

La política y la suerte de los hombres están labradas por hombres sin ideal ni grandeza. Los que llevan en sí la grandeza, no hacen política. Así en todo. Pero se trata ahora de crear en sí un nuevo hombre. Se trata de que los hombres de acción sean también hombres de ideal y los poetas industriales. Se trata de vivir sin sueños, de llevarlos a la acción. No hay que perderse ni renunciar a ellos.

No tenemos tiempo de ser nosotros mismos. No tenemos tiempo más que de ser felices.

Diciembre de 1937.

Lo que tiene de sórdido y miserable la condición de un hombre que trabaja y una civilización fundada sobre hombres que trabajan.

Pero se trata de subsistir, de no ceder. La reacción natural es siempre la de dispersarse fuera de las horas de trabajo, de crear en torno a sí admiraciones fáciles, un público, un pretexto a cobardías y comedias (la mayoría de los hogares fueron creados para eso). Otra reacción inevitable es hacer frases. Esta última suele ir también junto con aquella, si se agrega el abandono físico, la incultura del cuerpo y el relajamiento de la voluntad.

En primer lugar hay que callarse, suprimir al público y saber juzgarse; equilibrar una aplicada cultura del cuerpo con una aplicada consciencia de vivir; abandonar toda pretensión y consagrarse a un doble trabajo de liberación respecto al dinero y a nuestras propias vanidades y cobardías. Vivir en regla. No están de más dos años en una vida para reflexionar sobre un solo punto. Hay que liquidar todos los estados anteriores y esforzarse, primeramente, en no olvidar lo aprendido, y luego en aprender pacientemente.

A ese precio hay una oportunidad entre diez de escapar a la más sórdida y miserable de las condiciones: el hombre que trabaja.

Abril de 1938.

Albert Camus: Carnets (primera edición 1962, París; primera edición en español 1963, Buenos aires).

El sindicalismo

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Las reivindicaciones de este [el sindicalismo] nunca van más allá del capitalismo. El fin del sindicalismo no es sustituir el sistema capitalista por otro modo de producción, sino mejorar las condiciones de vida de los obreros en el seno del mismo capitalismo. […]

Los sindicatos crecen a medida que se desarrolla el capitalismo y la gran industria, y crecen hasta convertirse en gigantescas organizaciones que comprenden a millares de afiliados extendiéndose por todo un país y con ramificaciones en cada ciudad y en cada fábrica. El sindicato nombra funcionarios (presidentes, secretarios, tesoreros) que gestionan sus asuntos y se ocupan de sus finanzas, tanto a escala local como en el plano estatal. Estos funcionarios son los dirigentes de los sindicatos; ellos son los que mantienen negociaciones con los capitalistas, tarea esta para la que se han convertido en maestros. El presidente de un sindicato es un personaje importante que trata de igual a igual con el empresario capitalista y discute con él acerca de los intereses de los trabajadores. Los funcionarios son especialistas del trabajo sindical, mientras que los obreros sindicados, absorbidos por su trabajo en las fábricas, no pueden juzgar ni dirigir por sí mismos.

Una organización así no es ya una únicamente una asamblea de obreros; constituye un cuerpo organizado que posee una política, un carácter, una mentalidad, tradiciones y funciones, que le son propias. […]

Los funcionarios sindicales no trabajan en la fábrica, no son explotados por los capitalistas, no se ven amenazados por el paro, sino que se mueven en oficinas, en puestos relativamente estables; discuten sobre problemas sindicales, toman la palabra en las asambleas de obreros y negocian con los patronos. Cierto es que estos deben estar al lado de los obreros puesto que su misión es defender sus intereses y reivindicaciones contra los capitalistas. Pero esto en su papel no es muy distinto del de un abogado de cualquier organización.

Ello no obstante, existe una diferencia, puesto que la mayor parte de los dirigentes sindicales, salidos de las filas de la clase obrera, han pasado también por la experiencia de la explotación capitalista. Y, por tanto, se consideran como parte de la clase obrera cuyo espíritu de cuerpo no va a agotarse. Pero, de todas formas, su nueva forma de vida tiende a debilitar también en ellos esa tradición ancestral. En el plano económico ya no pueden ser considerados como proletarios. Se mueven alrededor de los capitalistas, negocian con ellos los salarios y las horas de trabajo haciendo valer cada parte de sus propios intereses, rivalizando de la misma manera que dos empresas capitalistas. Los funcionarios sindicales aprenden así a conocer el punto de vista de los capitalistas tan bien como el de los trabajadores; se preocupan por los ‘intereses de la industria’ y tratan de actuar como mediadores. […]

La concentración de capitales debilita la posición de los sindicatos incluso en aquellas de la industria en que son más poderosos. Pese a su importancia, los fondos de apoyo a los huelguistas son ínfimos comparados con los recursos financieros del adversario. Una o dos cerradas de empresas bastan para agotarlos por completo. El sindicato entonces es incapaz de luchar; y lo es incluso en el caso de que el patrón decida reducir los salarios y aumentar las horas de trabajo. El sindicato no tiene entonces más remedio que aceptar las desfavorables proposiciones de la patronal y su habilidad para negociar no le sirve de nada. Es en ese momento cuando empiezan los problemas, puesto que los trabajadores quieren luchar. Estos se niegan a rendirse sin combate y saben que tienen poco que perder si se rebelan. Los dirigentes sindicales, por el contrario, mucho que perder: la potencia financiera de los sindicatos y a veces incluso su misma existencia se ve amenazada. Intentarán, pues, por todos los medios impedir que se desencadene un combate que consideran sin salida; tratarán de convencer a los trabajadores de que les interesa aceptar las condiciones del patrono. En última instancia, pues, actúan como portavoces de los capitalistas. Y la situación se hace aún más grave cuando los obreros insisten en continuar la lucha sin tener en cuenta las órdenes de los sindicatos. En ese caso la potencia sindical se vuelve contra los trabajadores. […]

El sindicalismo está ligado estrechamente al capitalismo; en los períodos de prosperidad el sindicalismo tiene más posibilidades de ver aceptadas sus reivindicaciones salariales. Pero en los períodos de crisis económicas se ve precisado a esperar a que el capitalismo recobre su expansión. […]

El sindicalismo constituye una verdadera potencia; dispone de fondos considerables y de una influencia moral cuidadosamente mantenida a través de diversas publicaciones. Esa potencia se halla concentrada en manos de los dirigentes sindicales que la utilizan cada vez que los intereses particulares de los sindicatos entran en conflicto con los de los trabajadores. Aunque haya sido construido por y para los obreros, el sindicalismo domina a los trabajadores del mismo modo que el gobierno domina al pueblo. […]

El sindicalismo no puede acabar con el capitalismo. Tal es la lección que hay que sacar de lo que antecede. Las victorias que el capitalismo consigue no aportan sino soluciones a corto plazo. […]

La impotencia del sindicalismo no tiene nada de sorprendente, porque si un grupo aislado de trabajadores puede moverse en una correlación de fuerzas justa cuando se opone a un patrono aislado, resulta impotente, en cambio, cuando tiene que hacer frente a un empresario apoyado por el conjunto de la clase capitalista. Y esto es lo que ocurre actualmente: el poder estatal, la potencia financiera del capitalismo, la opinión pública burguesa, la virulencia de la prensa capitalista coinciden y colaboran para vencer al grupo de trabajadores combativos. […]

Son los trabajadores mismos quienes tienen que cambiar. Tendrán que ampliar su concepción del mundo y mirar más allá de las paredes de la fábrica, hacia el conjunto de la sociedad. Tendrán que elevarse por encima de la mezquindad que les rodea y enfrentarse con el estado. […].

Anton Pannekoek (1936): “El sindicalismo”. Artículo publicado originalmente en 1936 en International Council Correspondence, vol. II, núm. 2, con el seudónimo de J. Harper. Extraído del libro Crítica del bolchevismo (selección de artículos de A. Pannekoek, K. Korsch y P. Mattick), 1976, Barcelona.