¡Adelante pueblo! ¡Atrás a toda máquina!

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Interesante texto de Enrico Baj, publicado en 1994, que considero especialmente relevante en los momentos actuales, en que es tanta la información que nos hallamos cada día más desinformados. El problema, como dice Baj, somos nosotros, los intelectuales de mierda que producimos manipulaciones de imágenes y de palabras, que suministramos los textos a la televisión y demás medios de comunicación (y control), que producimos bellas y lustrosas superficies, diseños refinados y eslóganes de gran impacto. Y no nos preocupamos de nada, y menos todavía de la destrucción que sembramos con nuestra insensibilidad.

Me iría bien […] dirigirme a mis compañeros, reapropiándome finalmente de ese término. Dirigirme a los intelectuales, a los pintores, a los hombres de la cultura y de buen sentido que saben lo que es el buen juicio, mejor que dar el pego de buena persona. Dar el pego son las vacías trapacerías de los políticos, dar el pego es el estilo ministerial. Amigos he tenido un montón, en el ámbito de las artes y las letras, y en todos los ámbitos. […].

Artistas y literatos antes se reunían […], discutían animadamente de sus problemas, sacudiendo sobre la mesa su imaginación. Ahora, dispersos como en las batallas napoleónicas en Rusia, se prestan a todo […]. Separados, van detrás de una u otra masa […]. Hablan de justicia social, de defensa de los débiles, de derecha e izquierda, de conservación y de progreso. En el barullo de todas estas palabras me da la impresión de reencontrarme en los tiempos de los boletines de guerra, cuando cada día nos informaban que nuestras tropas se habían asentado en posiciones más ventajosas, lo que, leído en clave, significaba que nuestras tropas se habían retirado. […]

Llenarse la boca de justicia y humanidad es algo que está al alcance de todos. Que prometer puestos de trabajo, o librecambismos salvíficos o capitalismos difusos, o asistencia a los indigentes cuesta poco esfuerzo […].

A fuerza de palabras vacías […] se están transformando en la cultura de la inmundicia, en el tamtam metropolitano rapeado del estadio y del autódromo con aplastamiento de bielas pistones chapas y pulverización de cebreros, vértebras y vasos sanguíneos. Horrorizante, sin embargo, continuamente proyectado en el aparato de TV para mayor audience de espectadores morbosos con ocasión de la muerte […]. Parece que, para gloria de sus periodistas, la televisión quiere domesticarnos con la visión de los niños decapitados o amputados, y con cráneos aplastados, con salpicaduras de sangre, con muertos de hambre en amplias regiones del Globo […]. Hasta el punto que si no existiesen estos cadáveres, se necesitaría incluso inventarlos o bien, piensan en las direcciones de las TV, encontrar otro Hitler que los suministre porque ‘el espectáculo debe continuar’ […].

¡Viva! ¡No problems! Si tienes un bello campo de cereal que no te rinde bastante, ¡lo conviertes en un basurero y sacas diez veces más! En cambio, el problema existe. El problema somos nosotros los intelectuales de mierda, que producimos manipulaciones de imágenes y de palabras, que suministramos los textos a la TV para anuncios publicitarios o para masacres de thriller, que todo es lo mismo; que producimos bellas y lustrosas superficies, diseños refinados y eslóganes de gran impacto. Y no nos preocupamos de nada, y menos todavía de la destrucción que sembramos con nuestra indiferencia.

Todo esto constituye, como escribió Benjamin Péret, gran surrealista revolucionario, ‘le deshonneur des poètes’, el deshonor de los poetas, el deshonor de toda la cultura.

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Enrico Baj: “¡Adelante pueblo! ¡Atrás a toda máquina! Llamamiento al intelectual de masas” (extracto), en ¿Qué es la ‘patafísica? (1994).

Rebelión y revolución (Albert Camus)

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En vez de matar y morir para producir el ser que somos, tenemos que vivir y hacer vivir para crear lo que somos.

‘Me rebelo, luego existimos’, decía el esclavo. La rebelión metafísica añadió entonces el ‘existimos solos’ de que vivimos todavía en la actualidad. Pero si estamos solos bajo el cielo vacío, si, por lo tanto, hay que morir para siempre, ¿cómo podemos existir realmente? […] Después de esto los pensamientos puramente históricos han venido a decir que ser era hacer. No éramos, pero debíamos ser por todos los medios. Nuestra revolución es una tentativa para para conquistar un ser nuevo, para hacerlo, fuera de toda regla moral. Por eso se condena a no vivir sino para la historia y en el terror. El hombre no es nada, según ella, si no obtiene en la historia, de grado o por fuerza, el consentimiento unánime. En este punto preciso se pasa el límite, y la rebelión es traicionada primeramente, y luego lógicamente asesinada, pues nunca ha afirmado en su movimiento más puro sino la existencia de un límite, justamente, y el ser dividido que somos: no es en su origen la negación total de todo ser. Es el rechazo de una parte de la existencia en nombre de otra parte que exalta. […] La negación total es la única que justifica el proyecto de una totalidad que conquistar. […] La reivindicación de la rebelión es la unidad; la reivindicación de la revolución histórica es la totalidad. […] Una es creadora, la otra nihilista. La primera se dedica a crear para ser cada vez más; la segunda está obligada a producir para negar cada vez más. La revolución histórica se obliga a hacer siempre, con la esperanza, sin cesar defraudada, de ser un día. ‘Obedeced’, decía Federico el Grande a sus súbditos. Pero en la hora de la muerte dijo: ‘Estoy cansado de reinar sobre esclavos’. […] La rebelión, en efecto, le dice y le dirá cada vez más frecuentemente que hay que tratar de hacer, no para comenzar a ser un día, a los ojos de un mundo reducido al consentimiento, sino en función de ese ser oscuro que se descubre ya en el movimiento de insurrección. Esta regla no es formal ni está sometida la historia; es lo que podemos precisar al descubrirla en su estado puro en la creación artística. Anotemos antes únicamente que al ‘Me rebelo, luego existimos’ y al ‘Existimos solos’ de la rebelión metafísica, la rebelión contra la historia añade que en vez de matar y morir para producir el ser que somos, tenemos que vivir y hacer vivir para crear lo que somos.

Albert Camus: L’homme révolté, 1951. Texto extraído de la edición española de 1996:  El hombre rebelde (edición de José María Guelbenzu).

Boris Vian: reflexiones y aforismos sobre el trabajo.

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Le fléau de l’homme, le travail.

El flagelo del hombre, el trabajo.

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Libération = suppression du travail.

Liberación = supresión del trabajo.

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En autre, travailler ne donne pas bonne conscience. La preuve : on a une bonne conscience uniquement lorsque le travail est terminé –c’est-à-dire achevé– mort.

Además, trabajar no da buena conciencia. La prueba: uno tiene una buena conciencia solo cuando el trabajo está terminado, es decir, acabado, muerto.

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Un titre: pourquoi travaillez-vous ?

Un título: ¿por qué trabajas?

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5 activités : 1. production de production ; 2. Production > consommation ; 3. production = consommation ; 4.   production < consommation ; 5. destruction de production

5 actividades: 1. producción de producción; 2. Producción > consumo; 3. producción = consumo; 4. producción < consumo; 5. destrucción de la producción

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insatisfaction de leur travail dépersonnalisé ? non, insatisfaction de leur travail tout court.

¿insatisfacción por su trabajo despersonalizado? no, insatisfacción con su trabajo por completo.

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Le droit au travail ? vous l’avez si seulement ce n’était un devoir.

¿El derecho al trabajo? lo tendrías solo si fuera un deber.

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Je n’aime pas qu’il y ait des hommes qui fassent des travaux inutiles. J’aimerais mieux qu’ils se reposent.

No me gusta que haya hombres que realizan trabajos innecesarios. Prefiero que descansen.

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Le travail est probablement ce qu’il y a sur terre de bas et de plus ignoble. Il n’est pas possible de regarder un travailleur sans maudire ce qui a fait que cet homme travaille, alors qu’il pourrait nager, dormir dans l’herbe ou simplement lire ou faire l’amour avec sa femme. Le travail peut prendre des tas formes ; c’est surtout ce qu’on est forcé de faire régulièrement sans en avoir envie, et ce n’est pas encore ça, mais on le définit bien par des exemples : ce sont les huit heures par jour que le constable passe à son bureau, les dix heures par jour que le figurant gesticule au studio, les ruisseaux de sueur que le terrassier sécrète sous les poils de son torse brillant.

El trabajo es probablemente la cosa más baja y despreciable de la tierra. No es posible ver a un trabajador sin maldecir qué hizo que este hombre trabajara cuando podía nadar, dormir en la hierba o simplemente leer o hacer el amor con su mujer. El trabajo puede tomar muchas formas; es sobre todo lo que nos vemos obligados a hacer regularmente sin querer, y aún no es eso, pero se define bien con unos ejemplos: las ocho horas al día que el agente pasa en su oficina, las diez horas al día que el figurante gesticula en el ensayo, los chorros de sudor que el trabajador de la tierra segrega bajo el vello de su brillante torso.

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Reflexiones y aforismos extraídos del libro Traité de civisme, edición de Nicole Bertolt (© Cohérie Vian, 2006, Le Livre de Poche). Traducción propia.

A cada uno según sus necesidades

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“La vida, dicen, se ha desarrollado gradual-mente del protozoo al filósofo, y este desarro-llo, aseguran, es sin duda un progreso. Por desgracia, todo esto lo asegura el filósofo, no el protozoo”.

La cita está extraída del libro de Bertrand Russell Misticismo y lógica (1919) y si la traigo a colación es por analogía con el diálogo que de Pierre Leroux que reproduzco a continuación. Está saca-do del del libro de Dominique Laporte Historia de la mierda (primera edición, en francés, 1978; en español, 1980), concretamente del apartado “A cada uno según sus necesidades”, que cierra el libro. Se publicó originalmente en 1850, en el número 1 de la Revista del Orden Social y es una “fábula mimada y escenificada de la ciencia burguesa resistiendo socarronamente a la ciencia proletaria” (Lapierre) en el que nos ofrece con el personaje del yo una parodia del lysenkismo (Trofim Lysenko fue el inspirador de la doctrina oficial soviética en todo lo relativo a la biología). Y es que “toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor.” (Ivan Illich: La sociedad desescolarizada, 1971). Bien, vamos con el diálogo.

EL SABIO. ─ ¡Y bien!, ¿ignora usted que la orina contiene 933 partes de agua por 1.000?

YO. ─ No, no lo ignoro.

EL SABIO. ─ ¿Y no concluye nada de ello?

YO. ─ ¡Qué quiere usted que concluya si invalida mi opinión!

EL SABIO. ─ Me parece, sin embargo, que la conclusión es bien simple. Si de 1.000 partes hay en la orina 933 de agua, debería, ante todo, suprimir en su estimación 933 de ellas. Le quedarían entonces 67 partes de diferentes sales, incluida la urea. Usted supone que un hombre da como media 730 litros de orina al año. Saque la proporción: 1.000 : 67 = 730 : x; eso le dará

es decir, alrededor de 49 litros de materias útiles. ¿Cómo quiere usted que un hombre reproduzca su sustancia anual con 49 litros de distintas sales más un poco de urea?

YO, riendo.─ ¡Ah! ¿Así es cómo razonáis, vosotros, los químicos?

EL SABIO, acalorándose.─ ¡Está usted loco!, querido. ¿Sabe usted cuántos hectólitros de abono de materias fecales secas y pulverizadas se necesitan para abonar convenientemente una hectárea de tierra?

YO.─ Dígamelo.

EL SABIO.─ Veinte. Y no puede usted negar que hace falta al menos una hectárea de tierra fértil para alimentar a un hombre.

YO.─ Es muy cierto que, como media, una hectárea de tierra alrededor de las grandes ciudades produce en bruto unos 1.500 francos, lo cual supone 500 francos de producto neto. Tres cuartas partes de los franceses disponen de mucho menos para mantenerse. Pero, no importa, estoy de acuerdo en que en el actual estado de la agricultura hace falta una hectárea de tierra buena y bien cultivada para alimentar a un hombre; es decir, para satisfacer todas sus necesidades primarias.

EL SABIO.─ Y bien, ¿con qué puede usted fertilizar esa hectárea de tierra? Acabamos de ver que hacen falta 20 hectólitros de estiércol pulverizado para una hectárea de tierra y usted no tiene más que 49 litros de materias útiles procedentes de la orina, más las materias fecales.

YO.─ Ciertamente, razonando como vos, me vería en apuros.

EL SABIO.─ Y, ¿cómo razona usted, pues?

YO.─ Dígame usted ahora, ¿sabe cuánta agua entra en la leche?

EL SABIO.─ Lo he olvidado.

YO.─ Bien, entra precisamente tanta agua como en la orina. Ahí tenéis el análisis de Berzelius. La leche de vaca descremada contiene 92’875 partes de agua, de cada 100. El resto se compone de caseína, 2’600; azúcar lácteo, 3’500; ácido lácteo y lactosas, 0’600; sales alcalinas solubles, 0’185; fosfato de cales, 0’230. La leche no descremada contiene algo menos de agua, pero la diferencia no es grande: 87’6 de agua por cada 100 partes. ¿Quiere saber usted la composición de la leche de la mujer? La leche de la mujer contiene, según M. Payen, de cada 100 partes: mantequilla, 5’18; caseína, 0’24; residuo sólido de leche evaporada, 7’86; agua, 85’80. Me ha dicho usted que de cada 100 partes la orina contenía 933 de agua. Yo le respondo a usted que la leche contiene de 85 a 92 partes de agua; es decir, que de 1.000 partes encierra de 850 a 920 de agua. Ve usted claramente la leche tiene tanta agua como la orina. Si alguna diferencia hay, al menos es bastante ligera. He aquí una relación entre la orina y la leche que usted no había tenido en cuenta.

EL SABIO.─ ¿Y qué conclusión saca usted?

YO.─ Permítame que sea ahora yo quien le diga: ¿está usted loco, querido, o qué? Teniendo la leche tanta agua, ¡cree que es nutritiva!, ¿no? ¡Imagina usted que los niños de los hombres y los cachorros se alimentan con leche! ¡Quimeras!

EL SABIO.─ Desde luego, no sé qué contestar. Es cierto que la leche contiene tanta agua como la orina y, sin embargo, es nutritiva, y el agua no tendría los mismos efectos.

YO.─ Cuando usted bebe un vaso de leche bebe prácticamente agua y, sin embargo, alimenta.

EL SABIO.─ Sí que es cierto, me bebo un 92% de agua cuando bebo leche de vaca, según Berzelius.

YO.─ Y cuando su bebé chupa el pezón materno, chupa un 85% de agua, según Payen. Y vive de un modo encantador su bebé. Y, por mi parte, yo aconsejaría a su madre, como partidario que soy del doctor Loudon, que le nutriera así durante dos o tres años, hasta que el aparato dental estuviera bien formado. Las 85 partes de agua, combinadas con las 15 restantes, le darán sangre, músculos, nervios, huesos; en fin, todo lo necesario para obtener un hermoso muchacho.

EL SABIO.─ Hay que convenir en que la química de la Naturaleza es admirable.

YO.─ ¡Y que su química, o al menos la ciencia general, que de ella saca usted es bien estúpida!

EL SABIO.─ ¿Qué quiere usted decir?

YO.─ Lo que acabamos de decir, ¿no es también cierto para el vino?, ¿no contiene también el vino mucha agua?

EL SABIO. ─ Mucha.

YO.─ Mire, un excelente Bordeaux. De 100 partes de su volumen solo 15 son de alcohol. ¿Impide ello que el Burdeos sea vino o que produzca los efectos que produce?

EL SABIO.─ No.

YO.─ Y ¿cómo no habéis pensado que con la orina podría suceder lo mismo que con la leche o el vino?

EL SABIO.─ Estoy de acuerdo en que si usted quiere mostrarme un ser que bebiera orina del mismo modo que nosotros bebemos leche o vino y en quien ello produjera sangre, músculos, nervios, huesos, no tendría nada que decir.

YO.─ Una preciosa confesión y se la he tenido que arrancar con la fuerza de la verdad. Pues sí, esos seres existen.

EL SABIO.─ Muéstremelos.

YO.─ Hay que escribir un libro sobre el que hace mucho tiempo estoy pensando, pues nuestra ignorancia al respecto me parece insoportable. Pero, convenga usted en que si no viera diariamente alimentar a los niños con leche o a los hombres exaltando sus fuerzas con el vino, no creería en ello, ¡contienen tanta agua!

EL SABIO.─ Aunque usted no ha respondido a mi objeción respecto del estiércol pulverizado.

YO.─ El estiércol pulverizado lo han hecho los químicos, según sus principios, según sus ideas, de acuerdo con su credo: por tanto, es un absurdo.

EL SABIO.─ ¿No cree usted en la química?

YO.─ Creo en la Naturaleza. Shakespeare (sic) dijo: ─Entre la tierra y el cielo hay muchas más cosas que las que los sabios imaginan─ digo lo mismo que Shakespeare (sic).

Dignidad e indignidad de la inteligencia. Un texto de Fernando Pessoa.

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Hay algo de sórdido, y tanto más sórdido cuanto que es ridículo, en la costumbre que tienen los débiles de erigir en tragedias del universo tristes comedias de sus propias tragedias. […]

Si un hombre es cobarde puede no hablar de ello –que es lo mejor–, o bien decir ‘soy cobarde’, con la palabra propia y brutal. En un caso tiene la ventaja de la dignidad, en el otro la de la sinceridad; en ambos casos se librará de lo cómico: pues en un caso no ha dicho nada y, por tanto, no hay nada que descubrir, porque él mismo lo ha revelado. Pero el cobarde que necesita demostrar que no lo es, o decir que la cobardía es universal, o confesar su debilidad de un modo confuso y figurado, que nada revela, pero nada vela, es ridículo en general e irritante para la inteligencia. […]

La dignidad de la inteligencia está en reconocer que es limitada y que el universo [la realidad] existe fuera de ella. Reconocer, con disgusto o no, que las leyes naturales no se someten a nuestros deseos, que el mundo existe independientemente de nuestra voluntad, que el hecho de estar tristes nada demuestra sobre el estado moral de los astros, ni siquiera de la gente que pasa por delante de nuestras ventanas: en eso está el verdadero uso de la razón y la dignidad racional del alma. […]

Circunscribo a mí la tragedia que es mía. La sufro, pero la sufro de frente, sin metafísica ni sociología. Me confieso vencido por la vida, pero no me confieso abatido.

Tragedias muchos las tienen; todos, incluso, si entre ellas contáramos las ocasionales. Pero lo que a cada cual compete, como hombre, es no hablar de su tragedia; y lo que a cada cual compete, como artista, es o ser hombre y callar sobre ella escribiendo o cantando sobre otras cosas, o extraer de ella, con firmeza y grandeza, una lección universal.

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Fernando Pessoa: La educación del estoico (1928). El texto seleccionado ha sido extraído de la edición publicada por Acantilado (2005, traducción de Roser Vilagrassa).

Ideales

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¿Os habéis preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia conturbada, cuánto ‘dios’ tuvo que ser sacrificado tal vez? […] Durante demasiado tiempo el hombre ha contemplado ‘con malos ojos’ sus inclinaciones naturales, de modo que estas han acabado por hermanarse en él con la ‘mala conciencia’. […] Los ideales que hasta ahora han existido […] son ideales hostiles a la vida, ideales calumniadores del mundo. […] ¡Qué complaciente, qué afectuoso se muestra todo el mundo con nosotros tan pronto como hacemos lo que hace todo el mundo y nos ‘dejamos llevar’ como todo el mundo!

Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972 (traducción de Andrés Sánchez Pascual).

El precio de un parlamentario (un texto de Boris Vian)

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La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? Elija la segunda solución. Abatido vale más aún. Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

El vocablo ‘parlamentario’ deriva, como se sabe, del viejo francés ‘hablar mentiroso’ [en español diríamos ser un bolero, un trolero, un charlatán…], y su significado resulta evidente. […]

Una cuestión que a veces nos preguntamos es el valor de un parlamentario; se dice de hecho corrientemente ‘Fulano se vende” o “Fulano es un vendido”, pero se omite especificar el precio. ¿Es posible, a partir de algunos de los elementos de que disponemos, fijar un baremo aproximado que permita sacarles provecho? La actual afluencia de visitantes que se respira es ciertamente molesta, y el extranjero, el turista que intentamos atraer a nuestro territorio, puede querer llevarse a casa un recuerdo que no sea la Torre Eiffel. La Cámara de Diputados está a punto de convertirse, más allá de nuestras fronteras, tan valiosa como nuestro primer monumento de exportación: ¿por qué no aprovecharla y no renunciar a algunos de sus pensionados? […]

Excelente ocasión para montar un fructífero pequeño comercio. […]

Es muy de tener en cuenta el hecho de que estar ya vendido no impide en ningún momento que el parlamentario vivo siga estando en venta. Es este uno de los pocos casos comerciales de transferibilidad permanente […] La venta de un parlamentario es una operación financiera compleja que pone en juego un código más o menos oculto, bastante ridículamente mantenido en secreto por las partes interesadas a pesar de que el hombre corriente conoce el mínimo detalle. […]

Eliminemos de entrada esta idea de que tenemos interés en comprar al parlamentario mediante contratación-compra o a crédito. En realidad, en estas condiciones, el parlamentario nunca le pertenece a usted. El procedimiento es tramposo: un individuo, aún no parlamentario, se os presenta y se os ofrece, a cambio de nada, pues es astuto, ha de ser elegido. Al elegirlo, tendrá derecho a decir que es su parlamentario; pero le demuestra inmediatamente lo contrario al votar algunos impuestos progresivos que lo arruinan y no conducen a nada, pues –atención a la astucia– él siempre se las apaña, gracias al déficit, para que sea nula la venta, y, milagro de la estrategia, es usted el que está en bancarrota. El juego es la leche. Está harto, pero el parlamentario tiene más de un truco en su saco y sabe cómo cubrirse con la amenaza de severos castigos ante cualquier propaganda a favor de una huelga fiscal (que uniría otra vez de inmediato sus combinaciones maquiavélicas), para que el consumidor esté lo suficientemente desarmado. […]

La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? […] Elija la segunda solución Caballero abatido vale más aún. […] Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

Extracto de la crónica de Boris Vian “Le prix d’un parlamentaire”, publicada por primera vez en el diario La Parisienne en 1953. Traducción propia del mismo en la edición de su libro Traité de civisme, edición de Nicole Bertolt (© Cohérie Vian, 2006, Le Livre de Poche).