La obediencia y el mando

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La obediencia tiene sus alegrías: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

El primer móvil auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación […]. Estamos acostumbrados a considerar la desobediencia –en la escuela, en el ejército, en la ley– abundantemente provista de sanciones. […]

Dostoievski habla de individuos ‘a quienes su naturaleza apacible e indolente destina a una mendicidad perpetua… Por decirlo así, han venido al mundo a condición de no emprender nada por sí mismos y carecer de voluntad propia y, así, de vivir como títeres de cualquiera. Su misión en este mundo se reduce a ejecutar las órdenes de otros’. Y Augusto Comte escribía ya: ‘La despreocupada seguridad y la irresponsabilidad total propias de la existencia servil llegan a hacerla soportable largo tiempo, y a veces incluso deseable’. […]

Bryce advierte que la razón principal de la obediencia a las leyes reside simplemente en la indolencia. ‘Por ello, una voluntad enérgica e infatigable llega ser a veces un poder tan formidable, casi una fuerza hipnótica’. ‘La indolencia es precisamente la que hace a los desheredados tan conservadores como los propietarios; aquellos se aferran a sus miserias familiares con casi tanta tenacidad como otros a sus privilegios’ (Aldous Huxley).

‘¿Qué sabes hacer?’, preguntan a Diógenes, apresado y vendido por unos piratas. ‘Mandar hombres’, responde; y añade, dirigiéndose a su interlocutor: ‘Pregunta si hay alguien que quiera comprar un dueño’. […]

‘Hecho demostrado por una larga serie de observaciones es el afán más o menos vivo que impulsa a cualquier hombre a dominar a todos los demás’ (Saint-Simon). Y su discípulo Enfantin confiesa francamente: ‘Por necesidad y por gusto, y hasta diría por pasión casi, me siento hombre de poder más bien que de libertad’. Marat afirmaba ya: ‘El afán de dominio es algo natural al corazón humano y, sea cual fuera el aspecto que asuma, siempre aspira a predominar’ […].

[Al niño, desde que nace] ‘Ora se le mece o lisonjea para apaciguarle, ora se le amenaza o pega para hacerle callar. O hacemos lo que le place o exigimos de él lo que nos place; nos sometemos a sus caprichos, o bien le sometemos a los nuestros. No hay término medio: ha de dar órdenes o recibirlas. Sus primeras ideas son las de dominio y sujeción’ (Rousseau). […]

Annenkov describe así a Marx en su madurez: ‘Notable moralmente como tipo de hombre compuesto de energía, voluntad e inquebrantable convicción, Marx no era menos interesante en el aspecto físico. Cabellera negra y abundante, manos cubiertas de pelo, chaqueta abotonada al través, parecía un hombre en posesión del derecho y del poder de imponer el respeto, a pesar de lo singular de su porte y de sus gestos. Sus movimientos eran torpes, pero llenos de valor y de seguridad. Sus maneras resultaban opuestas a toda etiqueta, pero arrogantes y un tanto desdeñosas. Su voz, tajante y metálica, armonizaba de modo extraño con los categóricos juicios que formulaba acerca de los hombres y de las cosas. Hablaba solo en términos imperativos, sin tolerancia alguna hacia la contradicción, y en un tono cuya vivacidad me chocaba casi dolorosamente. Este tono expresaba el firme convencimiento acerca de su misión: dominar a los espíritus y dictarles leyes. Ante mí erguíase un dictador democrático…’.

Los biógrafos de Bakunin describen a sí mismo a este –a pesar de su doctrina contraria a la autoridad– como hombre concluyente y de temperamento autoritario. Y ello no es monopolio del sexo masculino. Benjamin Constant anota en su Diario íntimo: ‘Mme. de Staël se encuentra hoy en Ginebra. Bonstetten, Schlegel, Sismondi y yo hemos comido cual escolares sin tutela. ¡Singular mujer! Su dominio, inexplicable, es, sin embargo, verdaderamente real en cuanto la rodea. Si supiera gobernarse a sí misma, gobernaría al mundo’.

Así, a la voluntad común de poder hay que añadir, en ciertos individuos, rasgos diferentes cuyo conjunto puede ser denominado temperamento autoritario: convicción, confianza en sí mismos, orgullo, impaciencia para las resistencias, desdén, quizás. […]

Quien sabe mandar, afirma Nietzsche, halla siempre a quienes han de obedecer. […]

No podemos dejar de señalar la existencia de una categoría de hombres poco numerosa, pero psicológicamente interesante: la integrada por quienes no revelan disposición para la obediencia, pero tampoco afán de mando. ‘Siempre he despreciado mezclarme a un rebaño, siquiera para ser jefe, y aun cuando se trate de una manada de lobos. El león vive solo, y eso es lo que hago’. Así dice un personaje de Byron. Pero Chateaubriand escribe, hablando de su juventud: ‘Yo no podía contar con los amigos fáciles que proporciona la fortuna, por cuanto ningún provecho cabía obtener de un pobre pilluelo sin dinero para sus gastos corrientes; pero tampoco me incorporé a ninguna clientela, puesto que odio a los protectores. En los juegos, no pretendía dirigir a nadie, pero tampoco quería ser mandado. No servía ni para tirano ni para esclavo, y así he permanecido’. […]

Nos limitaremos a afirmar que tal repugnancia a servir y a ser servido conduciría lógicamente a la soledad, o bien a asociarse únicamente con quienes comparten la misma aversión, de lo cual no se dan apenas ejemplos. […] Basta decir que hay hombres de sensibilidad viva cuyo amor y franqueza se han visto pagados con la vejación y la lisonja, y a quienes su decepción aleja tanto de la disciplina como del mando. […]

La obediencia tiene sus inconvenientes: el del libre albedrío individual limitado o contrariado; el del esfuerzo y su anonimato; el del esfuerzo ignorado y considerado como algo natural; el de los reproches, merecidos o no, de las sanciones; el de saberse artífice oscuro de los éxitos y culpable de los fracasos y reveses.

Pero también tiene sus alegrías la obediencia: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil, experimentada nuevamente en la madurez; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. […] Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

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Maurice Marsal: “La obediencia y el mando”, capítulo III de su obra La autoridad (1971, primera edición tanto en francés como en español).

Cansados de ‘el hombre’

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¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra el hombre? –pues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda–. No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano ‘hombre’ ocupe el primer plano y pulule en él; el que el ‘hombre manso’, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como ‘hombre superior’; –más aún, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida…

[…] El empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa… Hoy no vemos nada que aspire a ser más grande, barruntamos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano –el hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ‘mejor’… Justo en esto reside la fatalidad de Europa– al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él, la esperanza en él, más aún, la voluntad de él. Actualmente la visión del hombre cansa –¿qué es hoy el nihilismo si no es eso?… Estamos cansados de el hombre…

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Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972, traducción de Andrés Sánchez Pascual.

León Tolstói y la ciencia de cómo vivir

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El trabajo manual es obligación y felicidad para todo; la actividad intelectual es una labor peculiar que se convierte en deber y felicidad solo para quienes tienen la correspondiente vocación. […] El hombre que cumple la obligación de mantener su existencia con el trabajo de sus propias manos y, pese a todo, privándose del sueño y el descanso, encuentra la posibilidad de discurrir y laborar con buen fruto en el dominio intelectual, demuestra con ello su vocación. Quien rehúye ese deber moral común a todas las personas y, bajo el pretexto de su inclinación por las ciencias y las artes, se crea una vida de parásito, ese no producirá nunca más que seudociencia y seudoarte.

[…] El falso papel que la ciencia y el arte desempeñan en nuestra sociedad emana de que las tal llamadas personas instruidas, con los científicos y artistas a la cabeza, constituyen una casta privilegiada, igual que los sacerdotes. Y esta posee los defectos propios de todas las castas. Uno de ellos es que deshonra y humilla el mismo principio en aras del cual se organizó. En lugar de una religión verdadera se obtiene una religión falsa. En lugar de verdadera ciencia, seudociencia. Y asimismo respecto al arte. Un defecto de la casta es que gravita sobre las masas y, encima de eso, las priva de lo que se suponía iba a difundir entre ellas. Mas el defecto primordial de esta casta radica en la contradicción –consoladora para sus miembros– entre los principios que ellos profesan y su manera de actuar.

[…] Si los partidarios de las ciencias y las artes tuvieran realmente en cuenta el bien de la humanidad y supieran en qué consiste el bien del hombre […] se ocuparían solo de aquellas ciencias y aquellas artes que conducen a dicho objetivo. No habría ciencias jurídicas, ni ciencia militar, ni economía políticas ni ciencia de las finanzas, puesto que todas esas materias no tienen otra finalidad que el bienestar de unos pueblos en detrimento de otros. […]

No es en el conocimiento de las cosas en lo que estriba la sabiduría humana. Hay un sinfín de cosas que no podemos saber. No radica en eso la sabiduría, en saber cuanto más mejor. La sabiduría humana estriba en el conocimiento del orden en que es necesario saber las cosas […].

Y de todas las ciencias que el hombre puede y debe saber, la más importante es la ciencia de cómo vivir, haciendo el mínimo mal y el máximo bien […].

Mi fuero interno me dice que necesito el bien y la felicidad para mí, para mí solo. La razón me dice: todos los hombres, todos los seres desean lo mismo que yo. Todos los seres que buscan la felicidad personal, lo mismo que yo, me aplastarán: está claro que no puedo poseer la felicidad que yo deseo […]. No teniendo la posibilidad de alcanzar la felicidad, de aspirar a ella, esto equivale a no vivir.

¿Así que, no puedo vivir?

[…] Yo solo puedo ser entonces feliz cuando en este mundo haya de existir un orden de tal naturaleza en el que todos los seres amen a los demás más que a sí mismos. Todo el mundo sería feliz si todos los seres dejaran de amarse a sí mismos, y amaran a los demás.

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León Tolstói en una carta dirigida al escritor Roiman Rolland, gran admirador suyo. Escrita en Yásnaia Poliana (finca propiedad de Tolstói; donde nació, vivió y fue enterrado). Fechada el 3-4 de octubre de 1887. Extraída del libro León Tolstói. Cartas (1984). Traducción de Pedro Mateo Marino.

Ayudando a seguir creando más y más rebaños de corderos

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El siguiente texto de Morris es de 1885 y está sacado del libro de E.P. Thompson William Morris (1955). Pienso en el nuevo Gobierno que acaba de formarse en España y solo acierto a decir: cuánta razón tenía.

Me gustaría que vuestro amigo[1] supiera hacia donde tiende el sistema entero de paliativos, a saber, a la creación de una nueva clase media para actuar como parachoques entre el proletariado y sus amos directos y más visibles; la única esperanza de la burguesía para retardar la llegada del socialismo se halla en este truco. Dejemos que nuestro amigo piense en una sociedad unificada de este modo. Dejémosle que considere cuán mansamente los obreros bien pagados de hoy se ofrecen al esquilador. ¿Y ayudaremos a nuestros amos a seguir creando más y más rebaños de corderos? […] Yo creo que si nuestro amigo conociera tan bien como yo la terrible degradación mental de nuestras clases medias, su hipocresía, su cobardía, su tristeza, eso le haría prescindir del intento de utilizar su amado instrumento de mejora: el Parlamento.

Estamos trabajando para producir una nueva Sociedad, no una limpieza de nuestro presente tiránico fango, al que convertiríamos en una forma mejorada, de impecable funcionamiento del mismo ‘orden’, una masa de gente gris y inútil organizada en clases, entre las cuales el antagonismo sería moderado y velado, de modo que pudieran actuar como fresnos unos sobre los otros, para la seguridad de la estabilidad del sistema.

La verdadera misión de los socialistas es grabar en los obreros la idea de que son una clase, de donde se deduce que son Sociedad; si nos mezclamos con el Parlamento llevaremos la confusión y la oscuridad a las mentes del pueblo, en lugar de hacerlas más agudas y de esclarecerlas. […] Si por casualidad se deriva algún bien de la legislación de las clases dirigentes, es mucho más probable que las concesiones necesarias les sean arrancadas por miedo a nuestra organización que por el engatusamiento y halagos de toda una vida de compromiso con los ‘socialistas parlamentarios’ que estos se verían impelidos a llevar, y que es mortal para ese sentimiento de exaltada esperanza y fraternidad que es lo único que puede mantener unido a un partido revolucionario.


[1] El ‘amigo’ al que se refiere es John Lincoln Mahon, miembro de la Liga Socialista.

Fragmentos de hombres, migajas de vida

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El grito enorme que se eleva desde todas nuestras ciudades industriales, más ruidoso que el rugir de los hornos, nos dice en cada momento […] que allí producimos de todo, menos hombres. […]

Tenemos que darnos cuenta de que se nos presenta una difícil elección en esta materia. Debemos hacer de esta criatura o un instrumento o un ser humano. No podemos hacer amabas cosas. Los hombres no están hechos para trabajar con la precisión de los instrumentos, para ser exactos y perfectos en todas sus acciones. […]

En esta época hay un afán constante por separar ambas clases de trabajo; queremos que unos hombres estén siempre pensando y otros siempre trabajando, y a los primeros les llamamos caballeros y a los segundos operarios. En realidad, empero, el trabajador debería pensar con frecuencia y el pensador también tendría que trabajar a menudo. Tal como están las cosas convertimos a ambos en ungentle [sin gentileza, sin caballerosidad], el uno envidiando y el otro despreciando a su hermano. Al final, el grueso de la sociedad está compuesto por pensadores mórbidos y por obreros miserables. […]

Hemos estudiado mucho y perfeccionado sobremanera, últimamente, ese gran invento de la civilización que es la división del trabajo; empero, le damos un nombre falso. Hablando en propiedad, no es el trabajo lo dividido, sino los hombres. Divididos en meros segmentos de hombres, rotos en fragmentos diminutos y migajas de vida; de modo que toda la inteligencia que le queda a un hombre no basta para fabricar un alfiler o un clavo, sino que se agota a sí misma en hacer la punta o la cabeza de un clavo.

John Ruskin: Las piedras de Venecia (1851-1853).

Nuestras libertades y nuestras vidas

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Las palabras que siguen son del historiador británico E. P. Thompson (1924-1993) y corresponden al artículo que publicó en 1982 en la revista New Society “The Heavy Dancers”. En 1985 se publicó de nuevo, junto a otros artículos suyos, en el libro homónimo (The Heavy Dancers), traducido al español en 1987 con el título Nuestras libertades y nuestras vidas. A pesar del tiempo transcurrido, las ideas de Thompson no han perdido ni un ápice de actualidad; más bien al contrario.

***

Todos tenemos opiniones. Todos estamos de acuerdo en que los demás tienen derecho a sus propias opiniones. Incluso estamos de acuerdo en que pueden tratar de hacernos cambiar de opinión y en que tienen derecho a manifestarse en la calle con sus pancartas.

Pero, ¿de qué modo cambian las ideas y opiniones? ¿Cómo pueden las opiniones surtir efecto en la política, en el poder? […]

Siguen naciendo ideas nuevas, pero o bien son recuperadas en un ‘consenso’ manipulado o empujadas hacia el margen de la vida pública, donde la gente todavía puede manifestarse con pancartas en las manos, pero a estas jamás se les permitirá tocar las palancas del poder. […]

En primer caso me refiero a todas las personas que trabajan en los laboratorios del espíritu y de la mente […]. Hasta hace poco estas personas nunca fueron excluidas del discurso de la nación, […] aunque es verdad que el discurso era estrecho y limitado por el sistema de clases, y que la mayor parte de la nación se quedaba en la calle, escuchando a través de las ventanas.

Pero los medios de comunicación que utilizaban estos artesanos intelectuales no requerían un capital inmenso para comprar un periódico o tener acceso –con permiso– a la radio o la televisión. La imprenta pequeña, el púlpito, el escenario: nada de todo esto se hallaba fuera de su alcance. […]

Estas voces no se limitaban a preguntar el cómo de las cosas: ¿cómo fijamos las leyes del trigo?, ¿cómo solucionamos el problema de los pobres? También preguntaban el porqué y el dónde. ¿Por qué –y en qué medida– debemos permitir que el estado tenga poder sobre los ciudadanos? ¿Adónde nos lleva el industrialismo?

Hoy día apenas plantear estas preguntas en el ruedo central de la ‘política’. Todavía podemos formularlas, pero se las mantiene fuera de allí, en los márgenes. Esto se debe en parte a nuestros asombrosos avances tecnológicos. Gran parte de la prensa popular está comprada, y con ella lo está también cierta parte de la mente pública. […]

Todo discurso político tiene que dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad del crecimiento económico y que el único problema estriba en encontrar el partido político más capacitado para conseguirlo. Pero a lo largo y ancho del mundo la gente hace preguntas sobre el porqué y el dónde. ¿Tenemos derecho a seguir contaminando este planeta que da vueltas? ¿A consumir y agotar los recursos que necesitarán las generaciones futuras? ¿No sería mejor el crecimiento cero, si pudiéramos dividir el producto de forma más juiciosa y equitativa?

Estas preguntas no pueden hacerse en los marcos a los que aludía antes. No son preguntas ‘políticas’ apropiadas. Esto se debe a la arrogancia insufrible de los principales partidos políticos. Hace mucho tiempo tuvieron la audacia, valiéndose del control parlamentario de la radio y la televisión, de confiscar para ellos mismos esta parte de la vida intelectual de la nación. La política fue definida como política de partidos y luego se la repartieron desigualmente, entre ellos. […]

He hablado de otra área innovadora de la que nacen las ideas nuevas. Me refiero a la tradición de la ‘disidencia’ popular. […]

A la larga, algunas de las acciones más humanitarias de la vida de nuestro país nacieron de esta cultura alternativa. […]

Pero siempre que esta cultura alternativa ha estado a punto de tocar el poder, ha sufrido una crisis de identidad. La razón misma de su existencia ha sido resistirse al poder, rechazar sus pretensiones e intrusiones. Y el poder –o el establishment– dispone de recursos inagotables para halagar al que ocasionalmente se concede un lugar en los rituales del poder.

Esto no es imaginario. Ha sucedido una y otra vez y continúa sucediendo. De este modo la ‘disidencia’ política se va atrapada en una dicotomía. Existe para protestar y para luchar de maneras alternativas. Si acepta un lugar entre los medios de comunicación oficiales, entonces cae dentro de los marcos consensuales oficiales. Peor aún: puede que, al permitir una breve imagen de protesta ‘airada’, parezca demostrar que la opinión es libre en este país: puede dar legitimidad al asesinato a gran escala de laopinión libre que se está perpetuando por doquier.

[…] No se trata solo de que las preguntas que normalmente se formulan dentro de los marcos oficiales prejuzgan los problemas, pues se refieren únicamente al cómo.  Se trata también de que estas preguntas mismas se enmarcan y ajustan cuidadosamente: solo pueden hacerse las preguntas apropiadas sobre el cómo, y deben hacerse del modo apropiado. […]

Existen rigurosos procedimientos para seleccionar a las personas que aspiran a ocupar cargos importantes en el funcionariado y se excluye de los mismos a las que albergan opiniones independientes o llevan una vida que no se ajusta a los convencionalismos. De esta forma se preselecciona para los altos cargos del estado únicamente a las personas que subordinan a las razones del poder y que se resisten a las innovaciones. Es un tamiz que se utiliza para tener la certeza de que a la cumbre solo llegarán las personas de espíritu mezquino y poco originales. […]

Estas personas no elegidas y seleccionadas por ellas mismas se arrogan poderes que dejarían atónitos a nuestros antepasados. Se supone que solo ellas pueden determinar en qué consiste el ‘interés nacional’ e invocar el temible imperativo de la ‘seguridad nacional’. Con ello prolongan en el presente las tradiciones de una antigua élite imperial y antidemocrática. […]

Vivimos en tiempos anormales. Nunca ha estado la civilización más cerca del final de trayecto, con tanta acumulación de poder destructivo, con unas defensas espirituales tan dispersas y confusas. […]

Con frecuencia, en la historia, es cierto, la ‘normalidad’ de una época que parece absurda al cabo de unos decenios. Los que vivían holgadamente, eran poderosos y creían ser actores no eran más que marionetas cuyos brazos y cabezas eran movidos por otros hilos.

La religión, el Estado, el estercolero

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Si los hombres fueran creyentes, sabios, religiosos, en lugar de reírse, como hacen, del socialismo, profesarían con respeto y veneración la doctrina del círculo. Cada uno recogería religiosamente su estiércol para dárselo al Estado; es decir, al preceptor, a guisa de impuesto o de contribución personal. La producción agrícola se vería inmediatamente doblada y la miseria desaparecería del globo.

Nada impediría que se hiciera un libro entero con los escritos de Pierre Leroux para darlo inmediatamente a leer como una ficción pariente del Gran Misterio. Esas líneas, sin embargo, han sido escritas y firmadas por Pierre Leroux, en 1850, en el número 1 de la Revista del Orden Social, que no pasaba por publicar relatos de Swift. Se inscriben en un amplio conjunto: en 1847 Leroux había publicado el Prospectus d’une Colonie agricole fondée sur un nouveau moyen de subsistance; luego, en 1849, una crítica, algo simplona, de Malthus, titulada Malthus y los economistas, o ¿habrá siempre pobres?, y, obra capital del género, la sorprendente Carta a los Estados de Jersey sobre un medio de quintuplicar, por no decir más, la producción agrícola del país (Londres-Jersey, 1853). Más conocido por su obra De l’Humanité, en la que intentaba resumir “las religiones positivas” en una supra-religión de la humanidad, esa “gran palabra” que las engloba todas, Pierre Leroux habrá demostrado que nadie se sacrifica al culto de la humanidad sin que le conduzca una visión cósmica del mundo, en la que se encuentra incluida como motor la relación del sujeto con su mierda; hasta el punto que es raro encontrar una manifestación tan patente como esta, que pertenece al autor de una obra que al fin y al cabo ha dado nombre a la institucionalización periodística de las representaciones mesiánicas del proletariado, en la gran tradición cósmica que persigue todavía hoy la prensa a través de los titulares de sus periódicos. Religión de la humanidad y culto de la necesidad se iluminan, en su evidente conexión, al ser referidas con la proximidad en que históricamente se han encarnado, en la obra de un hombre cuya parte esencial se su vida militante se consagró a convencer a sus contemporáneos de que se podía abolir para siempre la miseria, satisfacer las necesidades de todos, si se conseguía que cada uno regalara al Estado su mierda.

Lo insensato sería no atreverse a pensar que no se trata ahí de otra cosa más que de la verdad literal, la statolatría que mantiene hoy en día en el torno de la concentración a millones de sujetos, la imagen revelada de la rigurosa homología, que mantiene unidos los discursos “obscenos y feroces” del Estado-tirano y del Educador todopoderoso y regula su conducta común frente a su progenitura que, a falta de la férula del maestro, se embadurnarían mutuamente la cara con la propia mierda antes que regalarla.

En efecto, el totalitarismo habla así: “Recoge religiosamente tu estiércol y dalo como fruto de tu trabajo al Estado que te quiere bien, sepárate de esta mierda y recibirás de mí, en recompensa, la satisfacción de todas tus necesidades, te colmaré de mis regalos y nunca te faltará de nada”. […]

Se sabe que Malthus sostenía la tesis de que había una tendencia natural en la población a aumentar en proporción geométrica opuesta a la tendencia de los medios de subsistencia, que solo crecen en una proporción aritmética. De ahí la consecuencia fatal de iría agravándose hasta tal punto que “al cabo de dos siglos la población estaría, respecto a los medios de subsistencia, en una relación de 256 a 9’’ si no se ponían en funcionamiento los medios “para impedir que el crecimiento del capital sea menor que el de la población” (Mill). Los economistas respondían, en general, a esta alarma, recomendando, como se decía entonces, la “prudencia conyugal” y las costumbres fanerógamas de la escuela falansteriana, que suponían la esterilización de dos tercios de las mujeres.

Pierre Leroux responde de muy distinta forma, avanzando que, por naturaleza, “el hombre es reproductor de su propia subsistencia”: “me ha sido dado, dice en su carta a los estados de Jersey, oponer a la ley de Malthus la verdadera ley de la Naturaleza. Esta verdadera ley de la Naturaleza es lo que yo he llamado, por alusión a la circulación de los economistas, círculo natural o circulus”. Se trata, en efecto, de un círculo en el que el hombre está en posición de satisfacer sus necesidades cuando “hace sus necesidades”:

“He probado, pues, continúa, que la naturaleza ha establecido un círculo cuya mitad se llama producción y la otra consumición; una de estas dos mitades no existe sin la otra y una es igual a otra; y que este círculo constituye la vida fisiológica de cada ser e incluso de cada órgano en cada ser: Nutrición y Secreción. […]

Que estas secreciones son realmente, desde el punto de vista de la naturaleza, el precio de su subsistencia, siendo destinadas a otros seres de igual forma que las secreciones de otros seres le son destinadas a él. […]

He probado:

Que, por tanto, es soberanamente injusto achacar a la naturaleza los males actuales de la sociedad y decir como Malthus que ‘la naturaleza misma condena a muerte al hombre que no tiene su cubierto en el banquete de la vida’; es decir, aquel cuyos servicios son inútiles económicamente hablando.

Que el más miserable de los proletarios, que muere de hambre en nuestras ciudades, porque se le niegan las migajas de este banquete, no muere de hambre por culpa de Dios, puesto que este cuerpo que muere a falta de nutrición es un admirable laboratorio y una obra de Dios tan perfecta que todos los poderosos de la tierra, unidos a todos los sabios, no podrían producir artificialmente la riqueza útil que él produce.

Sino que este hombre que tenía por sí mismo el derecho a la vida y que para ella estaba dotado, muere, porque el círculo conocido de economistas, al excluirlo de su relación necesaria con la tierra, ha destruido el círculo natural.

Que, en una palabra, por naturaleza, cualquier hombre es a la vez productor y consumidor y que si consume, produce.”.

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“La religión, el Estado, el estercolero” es un apartado del capítulo “Digo lo mismo que Shakespeare (sic)”, del libro de Dominique Laporte Historia de la mierda (primera edición, en francés, 1978; en español, 1980).