Mis novelas

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EL VIAJE

EL CORTO TIEMPO DE LAS CEREZAS

ADIÓS, MIRLO, ADIÓS (BYE BYE BLACKBIRD)

PRUDENCIO CALAMIDAD

Sobre mi trayectoria profesional véase Wikipedia o las diversas entradas de la sección de este blog Sobre mí.

¿Qué razón, la suya o la nuestra?

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―La situación se enmaraña a pasos de gigante ─se lamentaba Martha─. El mensaje chovinista y racista del nacionalsocialismo parece que cuaja cada vez más entre la opinión pública. Esta mañana, cuando compré el codillo, delante de mí había una mujer que pidió lo mismo. Nada más irse, la dependienta, que creo que es también la dueña, comentó con las clientas que quedábamos, tres éramos, que era judía y compraba cerdo para disimular. No pueden negarlo por mucho que se empeñen, dijo una, su físico ya les delata. Dijo delata. ¿Qué os parece? No pienso volver a comprar más en esa tienda.

―Todo esto se veía venir hace tiempo, pero nadie creía que llegaría a cuajar entre la población hasta este punto. Yo mismo era al principio de esa opinión. Los alemanes no se dejarán arrastrar por la agresividad y la xenofobia del mensaje de Hitler, pensaba. Ya sufrimos bastante con la última guerra. ¡Joder que no! Si parece que lo estaban deseando. Hace algo más de un año los nazis consiguieron ser el segundo partido del Reichstag con casi seis millones y medio de votos. Me temo que en las próximas elecciones esa cifra aumentará.

―La verdad es que no lo creo pero quiero creerlo, no lo sé, pero quiero confiar en que finalmente se impondrá la razón.

―¿Qué razón, Sam? ¿La suya o la nuestra? Me niego a creer que todo esto sea cosa de unos fanáticos a los que sigue un pueblo desorientado. Fanatismo… ¡No, no y no!  Hitler solo hace que reunirse con los principales magnates, recorre el país de un lado a otro buscando apoyos entre los hombres de negocios. Ellos temen al comunismo, y se los dan. Pero los comunistas ya no son los únicos enemigos, ahora lo son todos los que no comulgan con su credo y cualquiera que simplemente no sea como ellos, incluyendo su físico. A un amigo mío, que no es judío, los de las SA le dieron el otro día una paliza porque su aspecto así parecía indicarlo. No tuvo tiempo siquiera de explicarse. Tres costillas rotas, una ceja partida, moratones por todo el cuerpo. ¿Y la gente? Pues, ya ves, encantada.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), nueva edición 2019.

Esperando a ser fusilado (o no)

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Formaron como todas las mañanas. Había unos militares, unos soldados y un oficial, o suboficial, Sam no supo adivinar la graduación. En cuanto les vieron todos sabían que estaban esperando a los que iban a fusilar en el Campo de la Bota. O casi todos, a Sam se lo tuvieron que explicar. Por algún motivo no habían podido llegar antes. Luego se enteraron de que se les había estropeado la camioneta y no tenían otra, despertando a mitad noche al mecánico para que la arreglara. El deber ante todo, eran muchos los rojos a liquidar.

Antes de pasar lista, el oficial se dirigió a los presos.

―Los que vaya nombrando que salgan de la formación y se sitúen donde están aquellos soldados.

Sacó un sobre del bolsillo. Parsimoniosamente lo abrió, desplegó la cuartilla que había en su interior, se puso las gafas, se quedó mirando los nombres que en ella figuraban, miró luego a los reclusos, todos con los ojos puestos en el papel, esperando que su nombre no figurara en la lista, pronto necrológica. Encendió un cigarrillo, dio una honda calada y se puso a leer en voz alta.

―José… ─hizo una pausa.

José es un nombre muy común y obviamente un número elevado de presos se llamaba así. Los rostros de los que no se llamaban José mudaron la expresión, los tensos músculos se relajaron. Solo unos instantes, pues no sabían cuántos nombres incluía esta vez la lista, aunque desde luego más de uno. Los que se llamaban José, en cambio, estaban rígidos, nerviosos.

―José Martínez… ─y otra pausa.

Cuatro se llamaban José Martínez. La mayoría giró la vista buscándolos. ¿Cuál de los cuatro sería? En la fila de delante de Sam un hombre no mucho más mayor que él se puso a temblequear, sus piernas parecía que no le sostendrían mucho tiempo. Era uno de ellos, de los cuatro que respondían por José Martínez. Faltaba el último apellido.

―¡La vista al frente, coño! ─gritó el oficial─. ¡Vaya panda de miedicas! No me extraña que estéis todos aquí. Sigamos ─y volvió a dar una calada al cigarrillo, lenta, recreándose con el humo, jugando con él en su boca.

―¡Será cabrón! ─dijo España, que estaba al lado de Sam.

―¡Silencio, hostias! ¡A ver! José Martínez Riutort.

Nadie se movió. El hombre que estaba delante de Sam, más petrificado todavía, empezó a decir con voz entrecortada y entre sollozos No, no, no… Era el seleccionado.

―¿Qué pasa? ¿Nadie se llama José Martínez Riutort? ─clamaba el oficial─. ¿O es que no tenéis lo que un hombre debe tener? ¡Sois todos unos maricones!

El militar se dio cuenta inmediatamente de donde estaba. Seguía temblando de miedo y repitiendo No, no, no… Lloraba.

―Vaya por Dios, ahí está. Miradlo. Como una nenaza. ¿Así defiendes tus ideas? ¿Ese es tu compromiso? ¡Sal de ahí, inmediatamente!

Se dirigió hacia él y lo sacó de la fila a empujones. Dos soldados se lo llevaron. Continuó leyendo. Tres nombres más. Cuatro reclusos menos. Se fueron y el funcionario de turno procedió al habitual recuento.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016, nueva edición 2019).

Entrada publicada por primera vez en este blog el 29 de enero de 2018.

El Zyklon B

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Prisioneros del campo de concentración de Auschwitz son conducidos a la cámara de gas (verano de 1944).

Prisioneros del campo de concentración de Auschwitz son conducidos a la cámara de gas (verano de 1944). / The Auschwitz Album.

El Zyklon B era un gas compuesto por cianuro de hidrógeno cristalino. Se almacenaba en envases completamente sellados que se abrían para verterse en las tuberías de las cámaras de gas, a donde conducían los nazis a los prisioneros de los campos de exterminio haciéndoles creer que iban a ser desinfectados. Su muerte se producía tras unos 20-25 minutos de atroces sufrimientos.

Ya en 1941, una investigación desveló un cártel entre la Standard Oil estadounidense de John D. Rockefeller y la IG Farben (IG Farbenindustrie AG), un conglomerado alemán de compañías químicas fundado el 25 de diciembre de 1925 al fusionarse las compañías BASF, Bayer, Hoechst. IG Farben llegó a tener una filial en Auschwitz donde se producían las mayores cantidades de gasolina sintética y goma que necesitaba el ejército alemán. Sus instalaciones eran más grandes que el propio campo. Llegó a tener una mano de obra de trescientos mil “esclavos”, de los que murieron al menos treinta mil. IG Farben fue el mayor apoyo de Hitler. Nada más finalizar la guerra, las investigaciones del gobierno estadounidense determinaron que sin IG Farben no hubiera sido posible. Ya un año antes de que Hitler se hiciera con el poder, IG Farben donó nada menos que cuatrocientos mil marcos al partido nazi. Iniciada la guerra, sus responsables aseguraron a Hitler que podían fabricar gasolina artificial, solucionando así el problema de la escasez de petróleo, y todos los explosivos y toda la gasolina sintética que empleaba la Wehrmacht procedían de IG Farben. Es más, cuando se ocupaba un territorio, automáticamente IG Farben se hacía cargo de sus industrias. El poder de la Farben era, pues, enorme, y su rama farmacéutica llegó incluso a experimentar sus medicamentos en los presos. Sin embargo, su director, Otto Ambros, declarado culpable en Nuremberg de esclavización y asesinatos en serie, fue condenado solo a ocho años de prisión y acabó trabajando en la US Army Chemical Corps. No fue el único, ni mucho menos.

Used Zyklon B canisters in Auschwitz museum

Latas de Zyklon B utilizadas por los nazis para llevar a cabo la “solución final”. / Museo estatal Auschwitz-Birkenau.

Extracto de la conversación entre Helmut Schneider (músico, superviviente del campo de exterminio de Mauthausen), Kurt von Lewinski (directivo de IG Farben) y Sam Sutherland (principal protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós):

―Si estoy aquí es porque le vi en Mauthausen, asistí a varias de las fiestas que organizaban los jerarcas nazis y en las que parecía ser un invitado de honor.

―¿Qué dice ahora?

―Le vi. Era uno más de ellos, y le trataban muy bien.

―Tonterías. Eso que dice son tonterías. Yo solo era un químico que dirigía una empresa, una parte de una empresa, ridícula.

―Que fabricaba el Zyklon B ─precisó Sam.

―Que fabricaba Zyklon B, sí. ¿Y?

―Ese gas sirvió para asesinar a millones de seres humanos. Usted controlaba su fabricación en Auschwitz, adecuaba la producción a las necesidades de los nazis, con quienes mantenía excelentes relaciones. Tenemos pruebas suficientes que le incriminan.

―¿Quiénes? ¿Quiénes tienen pruebas?

―Trabajo en el Centro de Documentación Judía que dirige Wiesenthal.

―Acabáramos. Entiendo su animadversión, sus ansias de venganza. Pero yo no tengo nada que ver con eso que llaman “solución final”.

―Usted no solo fue un colaborador necesario, sino uno de sus artífices.

―¿Por haber desarrollado unos conocimientos estrictamente profesionales? ¡Por favor!

―Profesionales, sí. Fue usted un excelente profesional. De la muerte.

―¿Yo? Seamos serios, señores, que ya no son unos jovencitos. ¿Y el plutonio que se usa en la fabricación de bombas atómicas? ¿Es su descubridor el culpable, pues, de lo sucedido en Hiroshima y Nagasaki? ¿Lo es acaso Einstein por sus investigaciones en energía nuclear? Yo no he matado a nadie en mi vida. Pero, en fin, vayamos al grano. ¿Quién está detrás de ustedes? ¿Los israelís? Pueden matarme ahora mismo. Para eso han venido, ¿no?

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Nueva edición 2019. Para conseguirla (edición en papel y ebook) clique aquí.

Democracia versus capitalismo

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Cuando se afirma que esta es una sociedad democrática, en realidad se está diciendo que las instituciones, los partidos, las leyes del capitalismo, la forma de vida que este ofrece, eso que ahora está tan de moda denominar Estado de bienestar, es la única alternativa posible. O eso, o el totalitarismo. Quieren identificar democracia con capitalismo, y no es así: la democracia, tal como yo la entiendo, y presumo que tú también, se acerca más a una sociedad comunista que a una capitalista. De ahí el interés de identificar comunismo con estalinismo. Claro que, todo sea dicho, Stalin está poniendo las cosas muy fáciles para que así sea. No duda en utilizar métodos fascistas para acabar con cualquier oposición. Una burocracia se ha instalado en la Unión Soviética, ha usurpado el poder a los obreros y olvidado que la revolución socialista ha de tener necesariamente un carácter internacional. Ahora bien, si las personas no cambiamos, abrazamos unos valores y defendemos unos derechos que estimamos irrenunciables porque sin ellos no podemos, no sabemos vivir, poca cosa haremos.

Sam Shuterland, protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Nueva edición 2019. Para conseguirla (edición en papel y ebook) clique aquí.

No me importa qué clase de comunista es usted

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Cita de Jason Epstein que abre mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Jason Epstein es un escritor y editor estadounidense. Fue uno de los fundadores de la revista bimensual The New York Review of Books, desde la que destapó algunas de las operaciones de la CIA para conformar “un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro”.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Nueva edición 2019. Para adquirir la novela (edición en papel y ebook) clique aquí.

Adiós, mirlo, adiós (Bye bye Blackbird), nueva edición

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Una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la Trilogía del siglo, pero para mí mucho mejor (…) está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento, más emoción.

Da gusto poder comenzar una entrada para publicitar una novela con palabras como estas. Son de Rosa Berros Canuria y las publicó en la reseña que hizo de Adiós, mirlo, adiós (Bye bye Blackbird) en la revista MoonMagazine (2016). Pocas veces puede uno presumir de una valoración crítica tan elogiosa, por lo que, con el permiso de Rosa, las voy a utilizar hasta la saciedad.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) salió a la venta a mediados de septiembre de 2016. Fue terminar El corto tiempo de las cerezas y, el mismo día, volver a experimentar la misma sensación que conté ayer. Puede que Samuel no tuviese ya muchas cosas más que decir y hacer. Puede, que tampoco está tan claro. Pero ¿qué pasa con su hija, Camila?, ¿qué sería de ese nieto al que tanta ilusión tenía por conocer y no llegó a hacerlo? La historia tenía que continuar. Continuó. El resultado fue Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), su secuela, publicada en 2016.

Aunque una y otra pueden leerse de forma independiente, forman una única unidad tanto en su trama como en su discurso y se enmarcan en el periodo histórico comprendido entre 1820 y 1990, es decir, desde los inicios de la industrialización a la caída del Muro de Berlín.

Ninguna de las dos, no obstante, pretenden contar la historia de una época a través de los hechos más sobresalientes, sino como algunos de estos fueron vividos por sus protagonistas y condicionaron sus vidas. Los personajes son el hilo conductor de los hechos, el elemento fundamental de la narración, en la que la música es un elemento narrativo más. Los hechos no se pueden modificar, siquiera en la ficción, pero la presencia de personajes inventados en su acontecer, junto a otros reales, permite ofrecer una visión en la que los acontecimientos se enmarcan en una realidad particular, aquella que es vivida. Un mismo hecho no influye por igual a todas las personas. Sus efectos sobre nosotros no son ajenos a nuestra voluntad, sea mediante la aceptación –Así es la vida…–, el rechazo, o la abulia, la apatía, la indolencia…

Y ahora, como hice ayer, incluyo el resumen del argumento que figuraba en aquella primera edición:

Sam Sutherland, un joven escritor neoyorkino, visita en Berlín a sus padres, músicos, que actúan en uno de sus clubs nocturnos más famosos con su propia big band. Es noviembre de 1929, el nazismo está en pleno ascenso y la crisis económica comienza a hacer estragos. Allí conocerá a Helmut, joven también músico, y a Martha, hija de un artista de cabaret que hace de travestido, con la que se casará y tendrá tres hijos. Menos Helmut, todos marcharán a Nueva York, donde Sam y Martha se implicarán en el movimiento de defensa de los derechos civiles. El primero acaba ante el Comité de Actividades Antiamericanas y migran a París. Allí, las cosas tampoco serán como creían y la abandonarán tras los hechos de Mayo del 68.

Una novela que abarca desde el final de la guerra de 1914-1918 a la caída del Muro de Berlín en la que Sam y los otros protagonistas –a los que hay que añadir a Lary, alto funcionario de la Administración estadounidense, y a Greg, director internacional de la Fundación Fairfield– se verán envueltos en una trama que incluye, además un misterioso asesinato, a simpatizantes y defensores de la República española, refugiados del nazismo, pasadores que les ayudaban a cruzar la frontera de los Pirineos, prisioneros de los campos de concentración españoles y de exterminio alemanes, nazis reciclados por el Gobierno norteamericano, agentes de la CIA, dirigentes e impulsores del Congreso por la Libertad de la Cultura…

El lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único.

También, al igual ayer decía respecto a El corto tiempo de las cerezas, el argumento sigue siendo el mismo. No he modificado el texto, simplemente he corregido las erratas y eliminado alguna que otra redundancia. He tratado de hacer una edición más atractiva, más manejable, con menos páginas –a causa de la nueva maquetación– y, así, sacarla a la venta a menor precio. Y me he servido de la crítica que de Rosa Berros Canuria tanto para el texto de la contraportada como para el vídeo.

Les dejo, pues, con esta nueva edición de Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), y con el nuevo vídeo de promoción. Seguro que son muchos los que desconocen su existencia, o les ha pasado desapercibida. Deseo, espero, que suscite el interés suficiente en ellos y que la lean, es decir, que la compren. Está disponible en edición de papel y ebook. Para conseguirla cliquen aquí.