Refugiados en Marsella

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El viejo puerto de Marsella en 1943.

Marsella parecía concentrar toda la vigilancia que habían notado a faltar en el último tramo del trayecto. La estación de Saint-Charles se hallaba fuertemente custodiada, había mucha policía y agentes de paisano que pedían la documentación a la mayoría de cuantos circulaban por ella. Descendieron la escalinata de Saint-Charles.

Eran casi las diez de la mañana y la ciudad presentaba un ajetreo que ni París antes de declararse la guerra. Todos parecían tener prisa. Marsella se había convertido en una babel donde se juntaba un alto e indeterminado número de perseguidos por el Reich en Alemania y los países ocupados por sus tropas y de refugiados españoles. Enseguida, prácticamente a los pies de la escalinata, vieron el rótulo del hotel Splendide, el mismo en que se hospedaba Varian Fry, el representante del Comité Americano de Rescate de Emergencia.

Colas de refugiados ante el hotel Splendide (1940) / Hans Cahnmann—Varian Fry Institute.

El hall estaba abarrotado de gente de todas las edades que, en fila, aguardaban pacientemente alguna cosa. Habitación no, pues no había, les dijeron en recepción. Sam, entonces, preguntó por Varian Fry.

―¡Ah! Ustedes también vienen a ver al americano. Está en su habitación. Pónganse a la cola ─dijo el recepcionista.

―¿Todas estas personas esperan para hablar con el señor Fry? ─preguntó Sam, asombrado.

―Hay días que más. Ya le hemos dicho que busque algún piso por ahí para establecer su oficina. No podemos ni pasar.

Varian Fry en Marsella.

Nada más establecerse Fry en el Splendide y comenzar su tarea, se corrió la voz de que un americano acababa de llegar a Marsella, tenía dinero ─tres mil dólares en efectivo─ y ayudaba a escapar a los perseguidos por el nazismo. Recibía en su habitación a los que figuraban en sus listas, unos pocos cada día, pero en una semana a lo sumo comenzaron a formarse largas colas frente a la misma. Y es que la atestada Marsella se hubiera quedado casi vacía de la noche a la mañana si los allí concentrados contasen con los papeles preceptivos para poder abandonarla. Muchos eran los que de buena mañana hacían cola en cualquiera de las oficinas de las organizaciones que atendían a los refugiados, y luego en otra, y en otra más, y así día tras otro, esperando que la fortuna les sonriese, vestidos con sus mejores ropas para causar buena impresión.

En medio de las protestas de los refugiados, que creían que pretendía saltarse la cola, Sam subió a la habitación de Fry. Se presentó como el americano que esperaba. Fry lo saludó afectuosamente y expresó su alegría por verle, ya dudaba de obtener refuerzos y se hallaba ciertamente desbordado. Cuando bajaron a recepción ─Fry tenía una habitación reservada en previsión de cualquier eventualidad─ al director del hotel casi le da un síncope al enterarse de que su nuevo huésped era un colaborador suyo. ¿Más gente todavía? Fry le explicó que, ahora que estaba Sam y contaban con más recursos, en breve dejarían de utilizar el hotel como oficina. Conseguir alojamiento para los Morel no era fácil, el Splendide estaba lleno, también los demás hoteles, tampoco entre los particulares que alquilaban habitaciones había posibilidad alguna. Finalmente, el director del hotel accedió a acondicionar un cuarto destinado a otros menesteres.

Varian Fry, periodista de treinta y dos años, delgado, más alto que la media, moreno, de ojos verdes, que había estudiado en Harvard, era un hombre cuyo aspecto ─gafas redondas y amplia frente─ no engañaba. Afable, dinámico e inteligente, creía firmemente en los derechos humanos. Hablaba un correcto francés y algo de alemán. Había pedido cuatro semanas de permiso en su trabajo como editor en el Foreign Policy Association’s Headline Books. Sam se entendió enseguida con él. Fry le explicó que no le llevó mucho tiempo darse cuenta de que no todos los miembros de la lista se hallaban en peligro mortal. Había muchos artistas “degenerados” que gozaban de gran celebridad y, por lo tanto, de cierta protección en la Francia de Vichy, pero existían otros que carecían de nombradía y se hallaban en verdadero peligro. Sin consultar con nadie, siguió contándole, cambió la táctica del Comité y se dispuso a ayudar al mayor número de personas que reuniesen los requisitos de la ley acerca del visado especial, estuvieran o no en la lista. […]

La complicidad entre Sam y Fry fue inmediata. Fry encargó a Sam poner orden entre toda aquella gente que se agolpaba en el hall del Splendide y buscar un sitio donde establecer una oficina. Consiguió alquilar un apartamento en el número 60 de la calle Grignan, estableciendo allí el Centro Americano de Socorros. Casi enfrente del mismo, Sam contempló una papelería en cuyo escaparate había dos carteles: uno decía Comercio judío, el otro anunciaba que A partir del 1 de noviembre la dirección de esta casa será católica y francesa, así como su personal.

El primer día en las nuevas oficinas fue especialmente agotador, una larga cola se formó desde el despacho hasta la calle. Doscientas o trescientas personas calcularon que habría. Desde las ocho de la mañana no pararon de recibir gente ─cada día entrevistaban entre sesenta y setenta personas─, solo habían podido hacer un par de breves descansos para comer alguna cosa. Aunque contaban con la colaboración de unos pocos expatriados estadounidenses, ciudadanos franceses y refugiados, era imposible atender a todo el mundo.

Era tarde, más de las once de la noche. Casi todos habían marchado ya. Sam y Varian se disponían a cerrar el despacho. Un hombre de mediana edad, con un traje cruzado gris marengo, camisa blanca con el cuello recién almidonado, corbata a rayas en tonos azules, bien afeitado y peinado, al que había entrevistado Sam a primera hora de la tarde denegado por el momento el visado puesto que entendía que había casos más urgentes, permanecía sentado en una silla en el recibidor del oscuro piso en que habían establecido la oficina. Con la cabeza gacha, la mano derecha sobre la frente y el codo apoyado en la rodilla, pensaron que se había quedado dormido. En cierto modo así era, no parecía consciente cuando le avisaron de que iban a cerrar, se mostraba un tanto perplejo. Al reconocer a Sam se puso de rodillas, implorando. Por favor, tengan compasión, no puedo quedarme aquí, y mi mujer está embarazada, suplicaba entrecortadamente. Varian y Sam trataban de calmarlo sin resultado alguno. Le decían que estudiarían su caso con mayor detenimiento, que igual ─dijo Sam─ se había precipitado en sus conclusiones, que marchara tranquilo, que al día siguiente hablarían.

―Vengo escuchando la misma cantinela todos los días. En embajadas, consulados, oficinas de repatriados. De entrada, ya te dicen que no es posible, y si insistes que ya veremos mañana.

El hombre estaba visiblemente alterado, fuera de sí.

―De verdad se lo digo. Mañana…

―Mañana, mañana… Mañana me dirán lo mismo. Claro, como no soy uno de esos artistas a los que protegen. Yo soy un simple comerciante de provincias, como yo hay miles. ¿Vale más su vida que la mía?

―Tranquilícese, hombre. Vamos a hablar, pasemos dentro.

Varian se disponía a abrir de nuevo la puerta del despacho cuando de pronto el hombre empezó a sudar y a respirar con dificultad. Dijo sentirse mareado, le faltaba el aire, no podía pronunciar palabra. Se agarró fuertemente el brazo izquierdo y cayó al suelo inconsciente. Varian lo cogió, estaba muerto.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014. Nueva edición 2019.

París 22 de junio de 1963: el concierto yeyé que acabo como el rosario de la aurora

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Uno de cada tres jóvenes franceses escuchaba un programa radiofónico titulado Salut les Copains, de la emisora Europa 1, dedicado a la música pop. Lo emitían todos los viernes de cinco a siete de la tarde. Hannah, a punto de cumplir los 16, no se perdía ni uno, estaba atenta a la recomendación semanal y procuraba comprar el disco en cuanto le era posible. Tenía un tocadiscos que sus padres le habían regalado el año anterior, al terminar el curso, como recompensa a sus buenas notas. Hasta entonces debía compartir con su hermano uno viejo, lo que era fuente de continuas broncas. Tenían gustos distintos. A Hannah le gustaban François Hardy ─cuyo modo de vestir imitaba─ y Sylvie Vartan, los Beach Boys y los Beatles, y la música yeyé que tanto promocionaba el programa; Bill era fan de Les Chaussettes Noires, Johnny Hallyday y Vince Taylor, sobre todo de este último. El tocadiscos de Hannah era uno de los últimos modelos, un Teppaz estéreo ─desde 1958 los discos podían grabarse y reproducirse por estereofonía─ y tenía también radio. Era, sin duda, el que Hannah deseaba. Bill también hubiera estado encantado de poseer otro igual, pero se apañaba con el viejo portátil. Su gran ambición seguía siendo una motocicleta.

Cuando Salut les Copains emplazó a los jóvenes parisinos a las nueve de la noche al concierto que organizaba en la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963 con motivo de la salida del Tour de Francia para celebrar el año de existencia de la revista homónima, de tanta repercusión como el espacio radiofónico, preveía una buena acogida de su iniciativa, aunque no tanto como la que finalmente consiguió. Ese día la mayoría de los jóvenes tenía prisa, nadie quería perderse el espectáculo en el que participaban los cantantes más populares del momento: Danyel Gérard, Mike Shannon, Les Chats Sauvages, Les Gam’s, Richard Anthony y, los más esperados, Johnny Hallyday y Sylvie Vartan. Todos deseaban ocupar los lugares más próximos al escenario. Se esperaba que acudieran unos veinte mil jóvenes, pero el número de asistentes desbordó cualquier previsión: fueron casi doscientos mil. El metro y los autobuses iban hasta el tope y a medida que uno se acercaba a la plaza las doce vías que en ella desembocan estaban llenas de muchachos y muchachas. Muchos, de ambos sexos, vestían jeans y camisetas de algodón, zapatillas de deporte o botas. La plaza De la Nation era un enorme escaparte de la moda juvenil. Abundaban las chicas al estilo de François Hardy o Sylvie Vartan, peinadas con lacias medias melenas y vestidas con faldas a cuadros y suéteres lisos, rojos o negros la mayoría. Entre ellos predominaban los pantalones estrechos, los suéteres de cuello redondo bajo los que asomaba la camisa y también la chaqueta y corbata estrecha. El pelo tipo Johnny Hallyday o Vince Taylor se repetía entre los muchachos, especialmente entre los que pertenecían a alguna de las pandillas de blousons noirs o, como Bill, se movían en su ambiente.

Un par de horas antes de empezar el concierto era casi imposible acceder a la plaza. Esta y las calles adyacentes estaban a rebosar, no se llegaba a ver el asfalto desde los balcones y terrazas, solo cabezas se apreciaban, y ninguna calva, todas de jóvenes. Muchos se sujetaban de las rejas o cualquier asidero a mano para ver a sus ídolos, otros ocupaban los tejados, se subían los árboles, a las farolas, a los toldos de los cafés. Los más bizarros aupaban a hombros a las muchachas. Tres mil gendarmes trataban de mantener el orden, pero no daban abasto. Los coches de la policía estaban atrapados en medio de la marea juvenil, y la gala no había comenzado aún. […]

Cuando se escucharon los primeros sones de una guitarra eléctrica empezó el delirio, y con Sylvie Vartan y Johnny Hallyday llegó el éxtasis. Al tiempo, en algunas zonas de la plaza empezaron a verse algunos claros. Chicos y chicas se apartaban, los blousons arrojaban botellas de cerveza vacías contra los escaparates y provocaban a cuantos les recriminaban su actitud. Sucedió un intercambio de insultos e increpaciones, puñetazos y golpes. Bien pertrechados con palos, cadenas, puños americanos y otros objetos contundentes, se hicieron los amos de la situación. La policía no podía llegar hasta ellos.

Con la adrenalina a tope por la agresiva y belicosa atmósfera que le rodeaba, Bill cogió una silla de un café y la lanzó contra el cristal del mismo, que se hizo añicos. Algunos policías, que no advirtió, habían logrado ya acceder a la plaza. Lo cogieron entre cuatro y lo metieron a trompicones en un furgón.

La noche terminó con grandes destrozos en el mobiliario público, lunas de escaparates apedreadas, toldo de cafés arrancados, coches volcados… Las reacciones en los días siguientes eran de lo más críticas. Esa música, esos programas, esas modas, nada puedo pueden traer, decía la prensa. Les Nouvelles littéraires hablaba de aquellos jóvenes como de la cohorte despolitizada y desdramatizada de los franceses de menos de veinte añosbien alimentada, ignorante en historia, opulenta, realistaParis-Presse jugaba con el título del programa radiofónico y la revista y titulaba su artículo de fondo Salut les voyous! (gamberros). La mayor parte de las opiniones se centraban en los desórdenes que siguieron al concierto, extendiendo la responsabilidad a los organizadores y a las ganas de bronca de un amplio sector de la juventud aparentemente desencantada de todo. Algunos, además, hicieron gala de una tremenda miopía analítica. El propio presidente de la República, Charles de Gaulle, sin ir más lejos, comentó: Estos jóvenes tienen energía de sobra. Podrían empelarla construyendo carreteras. Otros, en cambio, intentaron explicar el movimiento. Desde las páginas de Le Monde, Edgar Morin hacía un análisis más sociológico de los hechos y calificaba a los jóvenes congregados en la plaza De la Nation de yeyés [artículo “El tiempo de los yeyé”], dando así nombre a esta tendencia juvenil cuyo sentido último de sus acciones era ese gozar en todas las formas [que] engloba (y se vierte en) el gozar individualista burgués: gozar de un lugar al sol, gozar de bienes y propiedades; el gozar consumidor, a fin de cuentas.

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El concierto de la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963 es uno de los episodios que trata mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). De aquí he entresacado el texto que publico hoy, exceptuando el último párrafo. No por estar novelado, este es menos riguroso. Traté de documentarme lo mejor posible sobre él y cuanto narro se ajusta a lo que fue. Otra cosa es mi mayor o menor acierto en la forma de contarlo.

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Completo la entrada con una lista de reproducción con algunos de los grupos y cantantes de moda entre la entonces aún denominada generación yeyé: Danyel Gérard, Les Chats Sauvages, Les Gam’s, Richard Anthony, Sylvie Vartan y Johnny Hallyday. Lamentablemente, no he encontrado ninguno del concierto, al menos con imágenes.
Los que figuran son: 1. Danyel Gérard, catapultado al éxito tras grabar la versión francesa de Speedy Gonzales (1962), de Pat Boone (Le petit Gonzalès), quien interpreta el tema en un programa de la televisión francesa del 28 abril 1962. / 2. Les Chats Sauvages (desde 1962 con Mike Shannon de vocalista) era uno de los grupos más admirados por los jóvenes enragés. En el vídeo que sigue los vemos interpretando la canción Je suis amoureux de toi en el programa de la televisión francesa ‘Age tendre et tête de bois’ el 8 de junio de 1963. / 3. Del mismo programa anterior, el mismo día, es esta actuación de Les Gam’s, grupo vocal femenino de rock francés, muy popular a principios de la década de 1960, pero cuya carrera fue efímera, en la que cantan Il a le truc (1963). / 4. Richard Anthony y Johnny Hallyday fueron quienes más discos vendieron en Francia durante 1962. A este año corresponde el siguiente vídeo en el que interpreta J’entends siffler le train, adaptación de 500 Miles, canción estadounidense compuesta por Hedy West en 1961, que se situó en el número de uno de ventas en Francia en 1962. / 5. Sylvie Vartan, una de las chicas yeyé por excelencia, quien había grabado su primer disco en 1961, era, con Johnny Hallyday –con quien se casaría en 1965– era uno de los platos fuertes del concierto. La vemos en el programa de televisión ‘Voulez vous jouer avec nous?’ (febrero de 1963) cantando un de sus éxitos del momento, Le locomotion, que había grabado en 1962. / 6. Y finalmente, Johnny Hallyday, el más idolatrado, cerraba el concierto. Lo vemos en una actuación en directo en Ámsterdam del mismo 1963, no sé si anterior o posterior al concierto de la plaza De la Nation, pero seguro que de los vídeos aquí insertados es el que más se acerca a lo que los jóvenes franceses asistentes al mismo contemplarían. Interpreta el conocido I Got a Woman, el ya clásico r&b de 1954 que previamente habían grabado, entre otros, Ray Charles y Elvis Presley.

El asesinato de los Rosenberg

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Tal día como hoy, 19 de junio, pero de 1953, la Administración de los Estados Unidos de América llevaba a cabo uno de los más execrables crímenes de su historia, lo que no es poco. A las ocho de la tarde de dicho día, poco después de ponerse el sol, la cámara de la muerte de la prisión de Sing Sing (Sing Sing Correctional Facility), en el pueblo de Ossining (Estado de Nueva York) fue el último lugar que vieron Julius y Ethel Rosenberg. Concretamente la cámara de la muerte del penal, pues allí fueron asesinados –me niego a decir ejecutados– en la silla eléctrica.

Julius y Ethel Rosenberg eran un matrimonio joven –él treinta y cinco años, ella treinta siete–, padres de dos hijos –Michael, de diez años de edad, y Robert, de seis–, acusados de espiar para la Unión Soviética revelando secretos acerca de la bomba atómica y condenados por ello a ser ejecutados en la silla eléctrica. Ese día se cumplía el catorce aniversario de su boda. Llevaban detenidos desde julio de 1950 y, tras un largo proceso plagado de irregularidades, habían sido condenados a muerte el 5 de abril del año siguiente. Él era ingeniero eléctrico, ella peleaba por ser actriz y cantante. Ambos eran neoyorquinos, del Lower East Side. Con dieciséis años, Julius Rosenberg, cuyo padre era sastre, al tiempo que estudiaba en el City College de Nueva York ingresó en la Liga de los Jóvenes Comunistas, encorajinado ante el ascenso del nazismo y cansado de contemplar diariamente las desigualdades sociales y raciales de su país, de las que el Lower East era un ejemplo manifiesto.En 1948 la Unión Soviética llevó a cabo las primeras pruebas con la bomba atómica. Un año después, la contrainteligencia del FBI afirmaba que el KGB, el servicio secreto ruso, poseía valiosa información sobre el proyecto Manhattan, el plan secreto de los Estados Unidos sobre la energía atómica. ¿Cómo había llegado a sus manos? Las pistas condujeron a Klaus Fuchs, un físico de origen alemán que había trabajado en el proyecto en el centro de investigación nuclear de Los Álamos (Nuevo México). A través de Fuchs, el FBI llegó hasta David Greenglass, hermano de Ethel, sargento del ejército y especialista en mecánica que también había trabajado en Los Álamos. Greenglass confesó haber pasado secretos a los soviéticos e implicó a su hermana y al esposo de esta, que fueron detenidos. Pronto, Julius fue acusado de ser el máximo responsable de la red de espionaje, aunque el fiscal no consiguió aportar prueba solvente al respecto, como tampoco de ninguno de los demás hechos que se le imputaba tanto a él como a su esposa. El furor anticomunista reinante, explotado por McCarthy hasta el paroxismo, y la oportunidad de presentar ante la opinión pública un éxito que mostraba que el Estado velaba por la seguridad de los suyos, hacía que de la ejecución del matrimonio se pudiera sacar demasiado provecho como para ser indulgentes.

No fueron pocos los que afirmaron que el juicio era una farsa, lo que, no obstante, no impidió que este terminara con el peor veredicto posible: la condena a ser ejecutados. El juez, Irving R. Kaufman, al leer la sentencia dijo: Su crimen es peor que el asesinato. Y argumentó: Yo creo que vuestra conducta, entregando en manos de los rusos la bomba atómica años antes de que Rusia pudiera disponer de tal fórmula, ha provocado la agresión comunista en Corea, que ha costado más de cincuenta mil víctimas. ¡Quién sabe si otros millones de inocentes no pagarán el precio de vuestra traición! Con vuestra traición, vosotros, Julius y Ethel Rosenberg, sin ninguna duda habéis cambiado el curso de la historia en perjuicio de nuestro país. El hermano de Ethel se libró de la pena capital al haber acusado a esta y a su cuñado. Ya muertos, declararía que lo hizo en falso. La maquinaria coercitiva del Estado se había puesto en marcha y nadie ni nada la detendría; hasta los hijos de los Rosenberg fueron expulsados de la escuela.

En todo el mundo occidental se organizaron actos de protesta contra la condena impuesta a los Rosenberg. Empezaron las apelaciones y los retrasos en la aplicación de la pena, al tiempo que en muchas ciudades tenían lugar mítines y manifestaciones y se mandaban peticiones de clemencia a la Casa Blanca. Sartre había dicho: No os asombréis si gritamos de un extremo al otro de Europa: ¡Cuidado! ¡Norteamérica está rabiosa! Rompamos todos los lazos que nos unen a ella si no queremos ser mordidos y contagiados de hidrofobia. La desmesura era tal que hasta el papa, Pio XII, había pedido indulgencia a Eisenhower.

Desde varios días antes de la fecha fijada para la ejecución las movilizaciones se sucedieron en varias ciudades estadounidenses y europeas. Diariamente, numerosas personas se manifestaban frente a la Casa Blanca. El día 15 un nutrido grupo de manifestantes con carteles pidiendo que no se les ejecutara acompañaron al hijo mayor del matrimonio, Michael, a la Casa Blanca para pedir clemencia para con sus padres. Con ellos iba su abuela, que llevaba de la mano al hijo pequeño. Michael entregó una carta para el presidente Eisenhower en la que, entre otras cosas, decía: Espero que reciba usted mi carta, porque es una carta para que no permita usted que pase nada a mi mamá y a mi papá. Nadie quiso recibir al chico.

A las ocho en punto de la tarde entró Julius. Se sentó ayudado por los guardias, que le indicaron cómo debía colocarse. Lo ataron y acto seguido le pusieron una especie de máscara que solo dejaba al aire las fosas nasales y la boca, levantaron la pernera derecha del pantalón y sujetaron a la pantorrilla una plancha de metal por la que penetraría la corriente eléctrica, complementando la que llegaba directamente a la cabeza. Julius parecía un muñeco articulado que adoptaba la postura que marcaban los titiriteros de la muerte. El director del presidio dio la señal. Se oyó el ruido de la llave eléctrica que daba paso a la corriente. Julius dio un respingo. Sus manos y pies se contrajeron. Se oyó un seco quejido. El cuerpo se sacudía con la corriente. Minuto largo después cesó el zumbido. Se acercaron los médicos. Un guardia abrió la camisa de Julius, sin muchos miramientos. No la desbrochó, se limitó a desgarrarla. Los facultativos le auscultaron. Todavía respiraba. Otra descarga. Otros interminables cincuenta y siete segundos que parecieron eternos. Las convulsiones del cuerpo eran más violentas que la primera vez, pero no ya no se oyó quejido alguno. La boca comenzó a ponerse morada y una baba sanguinolenta salió de ella. Olía a quemado. Se detuvo la descarga. Los médicos volvieron a reconocerlo. Declaro muerto a este hombre, pronunció uno de ellos. Apenas habían pasado un par de largos minutos. Dos guardias con bata blanca desataron el cuerpo y lo colocaron en una camilla de ruedas. Tenía los ojos hundidos y estaba blanco como el mármol.

A las ocho y seis minutos de la tarde entró Ethel. Le habían cortado el pelo para que le llegase mejor la corriente, llevaba un vestido verde, los labios apretados. Su muerte fue más cruel aún, ya que hicieron falta cinco descargas. Se dijo luego que la causa radicó en que la silla estaba diseñada para un cuerpo “normal” y, supuestamente, masculino, y no para una mujer pequeña y frágil como ella. Tardó casi cinco minutos en morir. Tras la cuarta descarga, los dos médicos aplicaron sendos estetoscopios sobre su cuerpo para comprobar si había muerto. No estaban seguros. El verdugo, Joseph P. Francel, abandonó por un momento el cuadro de interruptores, situado a unos tres metros de la silla, para preguntar si era necesaria otra descarga. Los médicos asintieron con la cabeza. Volvieron a atar bien sujeta a Ethel y tras la quinta descarga uno de los médicos pudo decir por fin Declaro muerta a esta mujer.

No cruzar. Línea de policía, se indicaba en las vallas de madera tras las cuales debían colocarse en fila centenares de personas que querían rendirles un último homenaje ante sus cuerpos en la funeraria J.J. Morris, donde habían sido velados toda la noche entre otros, por la señora Sophie Rosenberg y la señora Tessie Greenglass, madres de Julius y Ethel respectivamente. Llegado el momento, poco antes de las dos de la tarde, los policías empezaron a apartar a la gente y a hacer sitio para que pudieran salir los féretros en sendos coches fúnebres. Sus familiares se colocaron detrás y la gente les siguió. Las aceras estaban igualmente llenas de personas, varias filas se situaban a ambos lados de la calzada. Había muchos policías y guardias a caballo.

El cortejo emprendió camino al cementerio de Wellwood en Pine Lawn, en Long Island, en Nueva York, a poco más de tres kilómetros de distancia. Más de dos mil personas les acompañaron hasta allí. La policía llegó a hablar de siete mil vehículos en línea, cifra que sin duda exageró para justificar las innumerables trabas que ponía a quienes querían llegar hasta el cementerio escudándose en problemas de tráfico. Llegados a Pine Lawn, bajaron los ataúdes de los vehículos. Ramos y coronas de flores fueron depositados inmediatamente junto a ellos. Sophie Rosenberg, madre de Julius, se deshacía en llantos. Emanuel Bloch, el abogado del matrimonio y tutor de sus hijos, con traje negro, la sujetaba y trataba de reconfortarla. Bloch pronunció el panegírico. Reivindicó su inocencia y calificó de asesinato lo ocurrido.

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El asesinato de los Rosenberg es uno de los episodios que trata mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). De aquí he entresacado la mayoría del texto que publico hoy. No por estar novelado, este es menos riguroso. Traté de documentarme lo mejor posible sobre él y cuanto narro se ajusta a lo que fue. Otra cosa es mi mayor o menor acierto en la forma de contarlo.

Poco después, el protagonista de la novela, Sam Sutherland, escribía un artículo sobre dicho asesinato titulado “Quo Vadis, America?”, que publicaría en The Nation y le llevaría a ser investigado por la Comisión McCarthy. He aquí parte del mismo:

El principal enemigo está entre nosotros y se llama intolerancia, se manifiesta diariamente en nuestra vida cotidiana y en nuestros comportamientos excluyentes y constituye el verdadero caldo de cultivo para el desarrollo de las ideologías totalitarias como el fascismo. […] En Alemania se obligaba a los judíos a llevar un distintivo amarillo que los diferenciara de los demás; a nosotros no nos hace falta con los negros, los distinguimos enseguida, y a los ‘comunistas’ los reconocemos todavía más pronto, su hedor maligno lo invade todo. […] Como los nazis, perseguimos a los que son físicamente distintos (los negros, los negros pobres, sobre todo) y aquellos que no piensan como ‘se debe pensar’ (los comunistas, los supuestos comunistas y quien quiera seguir pensando por sí mismo). […] los nazis utilizaban la cámara de gas, nosotros también, y la silla eléctrica […] Hitler escribió en Mi lucha: ‘¿Quién puede negar mi derecho a exterminar a millones de eslavos, que se multiplican como insectos?’. Cámbiese ‘eslavos’ por ‘comunistas’ y la frase podría haberla pronunciado el mismo McCarthy, supongo que todavía orgulloso, como los que siguen sus ridículas y perniciosas ideas, de la inútil muerte ─asesinato─ de Julius y Ethel Rosenberg.

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