Los guías de la libertad: pasadores durante la Segunda Guerra Mundial

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La noche se presentó lluviosa, una lluvia tenue, una llovizna más bien que no impedía seguir avanzando pero que hacía las cosas más difíciles. La temperatura era gélida. El clima de los próximos días, no obstante, auguraba ser peor aún. Emprendieron, por tanto, el ansiado último tramo a pesar de las adversas condiciones. Faltaba poco y el grupo parecía contar con más ánimos que en los días anteriores, incluyendo el de la partida de Toulouse. El terreno era accidentado, algo más del que hasta entonces habían cruzado; también empezaba a ser más peligroso a causa del persistente sirimiri, era fácil resbalar.

―Ahora sí puedo decirles que ya prácticamente hemos llegado ─dijo el pasador en lo alto de una cima desde la que se divisaba las luces, escasas, de un núcleo habitado─. Aquello de allí es Arcavell. En cuanto descendamos estaremos en España.

El alivio que sintieron al oír las palabras del guía duró poco. Un desprendimiento de tierras a causa de la lluvia les sorprendió, un gran pedrusco golpeó al guía en una pierna.

―No sé si me la he roto, me duele mucho el tobillo y se está hinchando por momentos, no puedo seguir. Conservemos la calma. Queda poco, a mí me acercáis a esa caseta que hay nada más pasar esas rocas. Vosotros seguís el camino que os marco en este mapa. Deberéis esperar a que haya algo de luz, pues tenéis que distinguir bien los puntos que os señalo. Entonces bajáis por el camino que estoy dibujando y enseguida estaréis en Arcavell. Es un pueblo pequeño, no os vais a perder. Poco antes de entrar a él hay una casa con un pozo, esta que marco, se ve enseguida de todos modos. Fijaos bien, si sobre el pozo hay un cubo es que no hay peligro, si el cubo no está esperáis, no entréis ni os acerquéis hasta que lo veáis. Una vez seguros, preguntáis por Miquel El Ferrat, así como suena. Le explicáis lo que me ha sucedido, él se encargará de mí y os ayudará a llegar a La Seu d’Urgell. En La Seu no tenéis ya de qué preocuparos, los policías reciben cincuenta pesetas por persona por hacer la vista gorda, no tendréis problema para coger el tren para Barcelona.

Hicieron lo que Batet les indicaba. Le dejaron en la caseta y siguieron el camino que les había señalado sobre el mapa. El frío era intenso y de pronto se puso a nevar, copiosamente. Se refugiaron en un recoveco de las montañas que les rodeaban, ateridos y asustados. No lograban en esas condiciones precisar con exactitud donde se encontraban ni entender el mapa que les había hecho Batet.

―Esto es una locura, no puede acabar bien ─lamentaba el abogado parisino.

―Locura o no, no hay vuelta atrás ─dijo Sam.

―¿Y si volvemos al hostal?

―¿Cómo? ¿Por dónde? Si ya tenemos dificultades para poder interpretar lo que este buen hombre nos ha señalizado sobre plano. ¿Usted acaso recuerda el camino de vuelta?

―No puedo más. Nunca escaparemos.

La mujer rompió a llorar. Demasiada tensión, demasiada fatiga. No podía ser. Cuando estaban tan cerca.

―Volvamos tú y yo. Por aquí acabarán cogiéndonos.

―¡De aquí no se mueve nadie! Nos pondrían en peligro a todos. Después de lo que hemos pasado no pueden venirse abajo ahora. ¿No ven que tenemos a tiro de piedra nuestro objetivo? No sé las circunstancias que les han traído hasta aquí, pero estoy seguro que han sido muy poco agradables. Los que huimos de los nazis o sus colaboracionistas franceses hemos sufrido mucho. No creo que ustedes sean la excepción. ¿Van, pues, a echarlo todo a perder? ¿Ahora les va a poder el miedo? Si dan media vuelta se perderán. Entonces sí es fácil que les detengan y, luego, a los demás. Tranquilícense. Miren, está a punto de amanecer, ya casi no nieva. Hay que seguir.

Las palabras del hombre que habían recogido en el hotel París de Toulouse y que había permanecido callado prácticamente desde que iniciaran el camino causaron un efecto balsámico, tal vez por inesperadas. Nadie dijo nada más. La pareja se limitó a permanecer abrazada. Las primeras luces del alba iluminaron un paisaje completamente blanco y también los ánimos. Recuperada la confianza, que no la seguridad, desde lo alto de un peñasco, mapa en mano, trataban de reconocer sobre el terreno el itinerario marcado por Batet. La nieve dificultaba la observación.

―Este, este es el camino, por aquí, miren ─dijo jubiloso el hombre que había conseguido calmar la situación.

―¿A ver? Sí, este es, no hay duda ─confirmó el abogado.

―Vamos, antes que se haga completamente de día.

Todo parecía indicar que estaban en lo cierto: unos metros en línea recta, una curva, una subida, una bajada, todo cuanto divisaban se correspondía con las indicaciones marcadas en el mapa por Batet. Hasta que llegaron a una bifurcación.

―No estoy seguro de si es por aquí. Mirad, hay dibujado un sendero y ante nosotros hay dos.

Se detuvieron a analizar el mapa.

―Es este. ¿Ven? Aquí, esta línea, ese es el otro sendero ─señalo Sam al poco.

―Es verdad, ese es. Vaya mierda de mapa, apenas se distingue la línea.

―Lo hemos manoseado demasiado.

―Shh… Cállense. ─dijo de repente el abogado─. ¿Oyen?

Por el sendero que casi les confunde, se acercaba alguien. Inmóviles, guardaron un absoluto mutismo. Eran más de uno, pues escucharon voces. Sam y el otro hombre subieron al ribazo que separaba ambas sendas hasta su punto de convergencia, donde se hallaban. Se trataba de una pareja de guardias civiles, que al parecer también había advertido su presencia. Cargaban sus fusiles, hablaban en voz baja y miraban a uno y otro lado. Ya más cerca les escucharon decir: Quien sea debe estar por ahí, en el camino de al lado.

―Escóndanse tras esos arbustos y guarden silencio, ni respiren. Es la Guardia Civil, en un par de minutos estará aquí, saben que hay alguien, han oído algo ─indicó Sam a sus compañeros de viaje.

―¿Y usted?

―No se preocupen. A mí poco pueden hacerme. O me cogen a mí o nos cogen a todos. Yo, en realidad, no huyo de los nazis. Soy escritor. Pero ahora no hay tiempo para explicaciones. Venga, rápido, que no tardarán. Ya estamos seguros de cuál es el camino. Y de que ya estamos en España. Márchense cuando nos hayamos alejado. ¡Vamos! Háganme caso. Ustedes se juegan la vida, yo no.

Con mucha precaución hicieron lo que Sam decía.  La mujer le dio un beso en la mejilla.

Sam, como si no se hubiera dado cuenta de nada, se puso a caminar sendero arriba. No quería que sospecharan que no estaba solo y que los ruidos que los guardias habían escuchado creyeran que se debían a la típica ligereza de quien, sintiéndose seguro, cree que nada le va suceder.

¡Alto a la Guardia Civil!, se oyó de pronto. Sam se limitó a levantar los brazos.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), nueva edición 2019.

¿Y a mí que me importa qué clase de comunista es usted?

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Había una vez un mitin comunista en Union Square. La policía vino a romperlo, y pronto los agentes empezaron a utilizar sus porras. Uno de los manifestantes objetó que no era comunista sino anticomunista. “No me importa qué clase de comunista es usted”, dijo el funcionario, y continuaron golpeándolo.

Jason Epstein, “The CIA and the Intellectuals”, The New York Review of Books, 20 de abril de 1967.

Esta cita de Jason Epstein abre mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). La elegí porque considero que es lo suficientemente representativa lo que trata de trasmitir esta. Por eso, como se puede leer en la contraportada, “el lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único”.

Una de las operaciones de la CIA más exitosas de todos los tiempos fue la llamada Guerra Fría cultural. La guerra fría que llevaron a cabo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la disolución de la Unión Soviética las dos grandes superpotencias mundiales, EE UU y la URSS, y sus países satélites, no fue solo política, económica y militar. Alcanzó también el mundo de la cultura, en la más amplia acepción del término. Y lo hizo con tal éxito que logró lo que parecía imposible: la unificación del pensamiento, el pensamiento único. Para ello se valió de un eficaz instrumento: el Congreso por la Libertad de la Cultura (1950-1969), que tenía su sede en París. El Congreso por la Libertad de la Cultura no fue otra cosa que una tapadera de la CIA, que lo financiaba a través de diversas fundaciones.

Jason Epstein es un escritor y editor estadounidense. Fue uno de los fundadores de la revista bimensual The New York Review of Books, desde la que destapó algunas de las operaciones de la CIA para conformar “un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro”.

El 20 de abril de 1967 Epstein publicó en The New York Review of Books, revista de la que era director, un artículo titulado “The CIA and the Intellectuals”. Escribía Epstein que en un indeterminado momento de la década de 1950 comenzó a sospechar que la CIA, junto con el Departamento de Estado, la Fundación Ford y otras instituciones similares, había convertido el antiestalinismo en una floreciente sub-profesión para un número de antiguos radicales y otros intelectuales de izquierda que entonces eran y siguen siendo mis amigos en Nueva York. El anticomunismo organizado ─proseguía─ había llegado a ser tanto una industria dentro de la vida intelectual de Nueva York como el comunismo en sí lo había sido, o menos, una década antes, y se trataba en muchos casos de las mismas personas. Eso sí, señalaba, con una importante diferencia: la mayor opulencia con que la nueva empresa se prodigaba en las operaciones de sus ramificaciones en Europa, Asia, África y América Latina, junto con las publicaciones subvencionadas en todos estos lugares, por no hablar de las conferencias y seminarios a gran escala y en muchos países y del transporte aéreo. ¿Cómo no sospechar? Consiguió destapar que la CIA y la Fundación Ford, entre otros organismos, han establecido y financiado un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro, con el evidente propósito de identificar el liberalismo y el estalinismo como comparables si no como herejías indistinguibles, en definitiva como estructuras internas de subversión. ¿Por qué? ¿Para qué? El contraste entre la riqueza y la pobreza en los Estados Unidos y en otras partes nos pareció a muchos de nosotros la verdadera fuente de todo lo que estaba envenenando el mundo. El verdadero problema no era por más tiempo el estalinismo, y había empezado a parecer que probablemente no era el comunismo tampoco. Ciertamente, hubo muchos intelectuales, escritores y académicos, sobre todo entre los europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos, que no tenían idea de dónde se estaban metiendo, pero que, sin embargo, fueron susceptibles a los encantos del dinero americano. Manifestaba sentirse desesperado al recordar aquellos que tanto suspiraban por la situación en Polonia y tan poco sobre las dictaduras latinoamericanas respaldadas por los Estados Unidos, o sobre el problema de los negros, o las protestas en todo el mundo sobre nuestra guerra de Vietnam. La deprimente realidad, terminaba, es que el grupo de intelectuales que habían sido arbitrariamente colocados en altos cargos periodísticos y culturales por medio de los fondos de los Estados Unidos, nunca fueron, como resultado de este patrocinio, completamente libres. Lo que les limitaba no era tan simple como la coacción, la coerción, aunque en algunos niveles puede haber estado involucrado, sino algo más parecido a las relaciones inevitables entre el empleador y el empleado.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016, nueva edición 2019) está disponible a través de Amazon.

30 años de la caída del Muro de Berlín

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La noche del 9 de noviembre de 1989, jueves, Sam y Martha seguían por televisión las noticias que llegaban desde Berlín, donde el símbolo por excelencia de la división del mundo en bloques ─el muro levantado en 1961 que separaba el este del oeste─ parecía tener las horas contadas. También, con él, el final de una época. A lo largo de la tarde habían escuchado en la radio que el secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de la República Democrática Alemana, Günter Schabowski, había anunciado la revocación de las limitaciones que impedían a los ciudadanos del este viajar fuera de sus fronteras. Nadie esperaba tal medida, ni el propio Schabowski parecía ser consciente del efecto que iban a causar sus palabras.

La segunda edición del telediario de la televisión española abría a las nueve de la noche con imágenes de Willy Brandt dirigiéndose a la multitud congregada junto a la Puerta de Brandeburgo y de aquellos que derribaban el muro con martillos, picos, con cualquier objeto a mano. Mucha gente se concentraba a una y otra parte del mismo y se sucedían las muestras de alegría de los primeros que cruzaban el muro y de los primeros que los recibían. Instantes después el plano medio de la presentadora ocupaba la pantalla. Buenas noches. Berlín, como acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado, literalmente, un muro que hasta hace veinticuatro horas significaba la división entre el Este y el Oeste. Hoy mismo, fuerzas policiales de la Alemania Oriental han comenzado el derribo de la vergonzosa muralla y los dirigentes de las dos Alemanias ya proclaman a los cuatro vientos su deseo de lograr una nación unida. Las superpotencias, mientras tanto, han acogido con satisfacción el derribo del muro, pero no han ocultado su preocupación por la perspectiva de una sola Alemania. En esta oleada imparable de cambios, esta misma tarde ha llegado la noticia de la dimisión del número uno del régimen búlgaro Todor Zhivkov. En Moscú, el Kremlin se ha felicitado por la apertura del Muro de Berlín y el proceso de cambios abiertos en la Alemania del este. Sin embargo, el portavoz oficial, Gerasimov, ha advertido al Gobierno federal alemán que las fronteras actuales no deben modificarse ni debe hablarse de reunificación alemana.

Tras un breve reportaje sobre la rueda de prensa de Gerasimov, la locutora explicó las reacciones de las principales potencias. Salieron entonces imágenes de Kennedy pidiendo la desaparición del muro. Estados Unidos se pregunta cuál va a ser su papel en la nueva Europa, aunque todos tienen claro que las relaciones van a cambiar mucho entre los dos bloques, comentaba la corresponsal de Televisión Española desde Nueva York. El embajador de la RFA decía que era un día de la libertad que incoaba un proceso que llevaría a una democracia con elecciones libres, a una relación en que las personas podrán determinar su propia vida en libertad.

―No lo entiendo. Parece ser que a todo el mundo le ha pillado por sorpresa. ¡Vaya mierda, pues, de servicios secretos! No me lo creo, querida.

Continuaron atentos a la radio ─todas las emisoras hablaban del tema en parecidos términos─ y a la espera de la tercera edición del telediario. Casi a la una de la madrugada el presentador comunicaba que se hallaban en disposición de poder ofrecer la crónica sobre lo que estaba sucediendo en Berlín que previamente habían anunciado. El enviado especial refería que en Berlín Este había normalidad absoluta en las calles. Solo algunos curiosos, decía, se han acercado a la puerta de Brandeburgo. En el Oeste, en el Checkpoint Charlie, paso fronterizo entre los dos Berlines, llegan los primeros curiosos y las primeras cámaras de televisión. Todos esperan a los primeros que quieran cruzar, pero la policía del Este no sabe nada de la nueva normativa. Mientras sale la nueva ley sobre libertad de viajes, los otros alemanes tienen que solicitar salir al extranjero, pero ninguna autoridad puede rechazar esa petición. Volvía a aparecer el corresponsal: Poco antes de la medianoche aquí, en Glienicke, la frontera se ha abierto de manera informal para todos los alemanes del Este que querían venir aquí, al Oeste. Seguían imágenes de una pareja que acababa de cruzar tras presentar solo el carné de identidad, al que se limitaron a ponerle un sello. Es la primera vez que están en el Oeste, pero no se piensan quedar. En casa, en el Este, al otro lado, les espera su hijo, y a las ocho el trabajo, como cada día.

―Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista. ¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí, faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire. Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desaparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados. El rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita caretas.

―Así es, Sam. Se trata de que la gente vea que ha llegado el fin de los totalitarismos y que este es el mejor de los mundos posibles.

―Pura propaganda, puta propaganda. ¿Es que aquí, entre nosotros, el primer mundo, no hay quien vive en una situación incomparablemente peor que la tenían los alemanes del este? Nos estamos acostumbrando a ver de nuevo mendigos por las calles. El tres por cien de los neoyorkinos no tiene techo bajo el que cobijarse; en el Reino Unido son unos cuatrocientos mil. Lo leí hace poco en la prensa. Esto era inimaginable, nadie hubiera vaticinado algo así hace treinta años. ¿Qué se ha hecho mal? Los países capitalistas son más ricos que nunca, vale, pero no sus habitantes. Pero, claro, nuestros pobres son únicamente desheredados que no supieron aprovechar las oportunidades del sistema. Miremos para otro lado. ¿Qué pasará cuando los nuevos “ciudadanos demócratas” vean los escaparates llenos de esos productos hasta ahora solo reservados a nosotros, pero no tengan dinero para comprarlos? ¡Cuánta hipocresía! La que se nos viene encima, Martha.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016 (nueva edición 2019).

En una sauna gay

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Dieter hacía tiempo que había dejado de ser el hombre taciturno de sus primeros tiempos en Nueva York. Aunque el ambiente homosexual de la capital estadounidense le parecía sombrío e hipócrita, visitaba con cierta regularidad algunos de los locales que solía frecuentar la clientela masculina que buscaba la compañía de otros hombres. Uno de ellos era St. Mark’s Baths, unos baños turcos situados a escasas manzanas de Broadway, lugar muy conocido en el mundo gay neoyorquino.

Pagó el dólar que costaba entrar, le dieron una toalla y se dirigió al vestuario. Allí se desvistió, dejó sus cosas en una taquilla, ajustó la toalla a su cintura y pasó a la contigua sala de vapor. No era la primera vez que acudía. Una tenue luz arropaba a algunas parejas que estaban charlando amistosamente hasta que abandonaban la sala para ocupar alguna de las habitaciones privadas que ofrecían los baños entre sus servicios. Se sentó en el extremo de un banco. De pie, frente a él, se hallaba un joven de aspecto latino, bien formado, con abundante vello en el pecho, atractivo. Dieter no le quitaba ojo, le parecía un auténtico adonis. No sabía si podría ser un prostituto de los que diariamente se dejaban ver en los entornos homosexuales. Prefería que lo fuera, le gustaba y solo quería sexo. Era el mejor modo de obtenerlo, de que no se negase a mantener relaciones con él. El joven se dio cuenta de las intenciones de Dieter, se acercó y rápidamente intimaron, o mejor dicho, llegaron a un acuerdo económico, pues efectivamente ejercía aquel la prostitución.

Estaban en una de las habitaciones, en la que tanto se daban masajes profesionales como se alquilaba a los clientes por horas o fracciones de media hora. Habían mantenido sexo durante un buen rato y conversaban amigablemente. Dieter fumaba un Raleigh. De repente oyeron un silbato y gritos de ¡Todo el mundo fuera!

Resultaba obvio que se trataba de una redada de la policía. Entre los clientes se hallaban cuatro detectives de incógnito que habían pasado desapercibidos hasta el momento. Abrieron la puerta de la salita donde estaba Dieter con su amigo.

¡Cúbranse, so guarros!, les ordenó un tipo grandote vestido solo con una toalla y con la placa identificadora de policía en la mano. Enseguida llegaron unos agentes de uniforme y los llevaron a trompicones hasta el vestíbulo. No admitían ninguna protesta, no dejaban hablar a nadie y trataban a todo el mundo con absoluta displicencia. Seguían saliendo hombres medio desnudos de las distintas salas, conducidos a empujones y patadas. El hall, aun siendo amplio, pronto se llenó. Las puertas estaban cerradas y el local rodeado de policías.

Der ganze Reichtum gehört mir allein, / Die Augen, der Mund, und Du selbst bist mein! [Toda riqueza pertenece a mí solo. / Los ojos, la boca, tú mismo eres mío]. Dieter se puso de pronto a cantar un tango alemán que solía interpretar en Eldorado berlinés cuando era Charlotte Von Laster, Zwei Dunkle Augen.

Ninguno de los presentes sabía alemán, ni entre los clientes y empleados ni entre los policías, pero los primeros rieron a mandíbula batiente mientras se irritaban los segundos. Los gestos atrevidos y burlescos de que hizo gala, recordando sin duda sus buenos tiempos de artista de cabaret, eran lo suficientemente explícitos y sarcásticos. Un policía se le encaró, se quedó mirándole fijamente y le dio un empujón contra la pared. A Dieter se le cayó la toalla. Entonces los policías empezaron a hacer guasa sobre el tamaño de sus genitales. Mira, mira qué pequeña la tiene, decía uno. Por eso es maricón, ¿qué va a hacer una mujer con eso?, comentaba otro para regocijo de sus compañeros. ¿Tú qué, eres de los que solo recibe? Porque ya me dirás si no… Un detective llamó al orden. Pónganse sus ropas, rápido, conminó. Varios policías acompañaron al vestuario a un total de quince hombres, de mediana edad la mayoría, avergonzados, asustados los jóvenes, chaperos casi todos. Aparte de Dieter, solamente uno plantó cara a la policía.

―Ustedes no pueden hacer esto. Soy un ciudadano honrado y no hago daño a nadie viniendo aquí.

―¡Cállate, maricón! ─gritó uno de los policías de paisano.

Fueron introducidos a empujones en el furgón policial, los quince, y llevados a comisaría. Una vez allí, los metieron en los calabozos. Empezaron a identificarles. Sacaban a uno, le tomaban las huellas digitales, le hacían las fotografías de rigor y les anunciaban que ya tendrían noticias del juez. A Dieter y al otro hombre que protestó lo que consideraba un atropello por parte de la policía, los dejaron los últimos. Dieter, así, salía de comisaría de madrugada, sin haber podido hasta entonces comunicarse con nadie.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016, nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente en Música de Comedia y Cabaret (10 de noviembre de 2016).

Con los refugiados en Marsella

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Marsella parecía concentrar toda la vigilancia que habían notado a faltar en el último tramo del trayecto. La estación de Saint-Charles se hallaba fuertemente custodiada, había mucha policía y agentes de paisano que pedían la documentación a la mayoría de cuantos circulaban por ella. Descendieron la escalinata de Saint-Charles.

Eran casi las diez de la mañana y la ciudad presentaba un ajetreo que ni París antes de declararse la guerra. Todos parecían tener prisa. Marsella se había convertido en una babel donde se juntaba un alto e indeterminado número de perseguidos por el Reich en Alemania y los países ocupados por sus tropas y de refugiados españoles. Enseguida, prácticamente a los pies de la escalinata, vieron el rótulo del hotel Splendide, el mismo en que se hospedaba Varian Fry, el representante del Comité Americano de Rescate de Emergencia.

El hall estaba abarrotado de gente de todas las edades que, en fila, aguardaban pacientemente alguna cosa. Habitación no, pues no había, les dijeron en recepción. Sam, entonces, preguntó por Varian Fry.

―¡Ah! Ustedes también vienen a ver al americano. Está en su habitación. Pónganse a la cola ─dijo el recepcionista.

―¿Todas estas personas esperan para hablar con el señor Fry? ─preguntó Sam, asombrado.

―Hay días que más. Ya le hemos dicho que busque algún piso por ahí para establecer su oficina. No podemos ni pasar.

Nada más establecerse Fry en el Splendide y comenzar su tarea, se corrió la voz de que un americano acababa de llegar a Marsella, tenía dinero ─tres mil dólares en efectivo─ y ayudaba a escapar a los perseguidos por el nazismo. Recibía en su habitación a los que figuraban en sus listas, unos pocos cada día, pero en una semana a lo sumo comenzaron a formarse largas colas frente a la misma. Y es que la atestada Marsella se hubiera quedado casi vacía de la noche a la mañana si los allí concentrados contasen con los papeles preceptivos para poder abandonarla. Muchos eran los que de buena mañana hacían cola en cualquiera de las oficinas de las organizaciones que atendían a los refugiados, y luego en otra, y en otra más, y así día tras otro, esperando que la fortuna les sonriese, vestidos con sus mejores ropas para causar buena impresión.

En medio de las protestas de los refugiados, que creían que pretendía saltarse la cola, Sam subió a la habitación de Fry. Se presentó como el americano que esperaba. Fry lo saludó afectuosamente y expresó su alegría por verle, ya dudaba de obtener refuerzos y se hallaba ciertamente desbordado. Cuando bajaron a recepción ─Fry tenía una habitación reservada en previsión de cualquier eventualidad─ al director del hotel casi le da un síncope al enterarse de que su nuevo huésped era un colaborador suyo. ¿Más gente todavía? Fry le explicó que, ahora que estaba Sam y contaban con más recursos, en breve dejarían de utilizar el hotel como oficina. Conseguir alojamiento para los Morel no era fácil, el Splendide estaba lleno, también los demás hoteles, tampoco entre los particulares que alquilaban habitaciones había posibilidad alguna. Finalmente, el director del hotel accedió a acondicionar un cuarto destinado a otros menesteres.

Varian Fry, periodista de treinta y dos años, delgado, más alto que la media, moreno, de ojos verdes, que había estudiado en Harvard, era un hombre cuyo aspecto ─gafas redondas y amplia frente─ no engañaba. Afable, dinámico e inteligente, creía firmemente en los derechos humanos. Hablaba un correcto francés y algo de alemán. Había pedido cuatro semanas de permiso en su trabajo como editor en el Foreign Policy Association’s Headline Books. Sam se entendió enseguida con él. Fry le explicó que no le llevó mucho tiempo darse cuenta de que no todos los miembros de la lista se hallaban en peligro mortal. Había muchos artistas “degenerados” que gozaban de gran celebridad y, por lo tanto, de cierta protección en la Francia de Vichy, pero existían otros que carecían de nombradía y se hallaban en verdadero peligro. Sin consultar con nadie, siguió contándole, cambió la táctica del Comité y se dispuso a ayudar al mayor número de personas que reuniesen los requisitos de la ley acerca del visado especial, estuvieran o no en la lista. […]

La complicidad entre Sam y Fry fue inmediata. Fry encargó a Sam poner orden entre toda aquella gente que se agolpaba en el hall del Splendide y buscar un sitio donde establecer una oficina. Consiguió alquilar un apartamento en el número 60 de la calle Grignan, estableciendo allí el Centro Americano de Socorros. Casi enfrente del mismo, Sam contempló una papelería en cuyo escaparate había dos carteles: uno decía Comercio judío, el otro anunciaba que A partir del 1 de noviembre la dirección de esta casa será católica y francesa, así como su personal.

El primer día en las nuevas oficinas fue especialmente agotador, una larga cola se formó desde el despacho hasta la calle. Doscientas o trescientas personas calcularon que habría. Desde las ocho de la mañana no pararon de recibir gente ─cada día entrevistaban entre sesenta y setenta personas─, solo habían podido hacer un par de breves descansos para comer alguna cosa. Aunque contaban con la colaboración de unos pocos expatriados estadounidenses, ciudadanos franceses y refugiados, era imposible atender a todo el mundo.

Era tarde, más de las once de la noche. Casi todos habían marchado ya. Sam y Varian se disponían a cerrar el despacho. Un hombre de mediana edad, con un traje cruzado gris marengo, camisa blanca con el cuello recién almidonado, corbata a rayas en tonos azules, bien afeitado y peinado, al que había entrevistado Sam a primera hora de la tarde y denegado por el momento el visado puesto que entendía que había casos más urgentes, permanecía sentado en una silla en el recibidor del oscuro piso en que habían establecido la oficina. Con la cabeza gacha, la mano derecha sobre la frente y el codo apoyado en la rodilla, pensaron que se había quedado dormido. En cierto modo así era, no parecía consciente cuando le avisaron de que iban a cerrar, se mostraba un tanto perplejo. Al reconocer a Sam se puso de rodillas, implorando. Por favor, tengan compasión, no puedo quedarme aquí, y mi mujer está embarazada, suplicaba entrecortadamente. Varian y Sam trataban de calmarlo sin resultado alguno. Le decían que estudiarían su caso con mayor detenimiento, que igual ─dijo Sam─ se había precipitado en sus conclusiones, que marchara tranquilo, que al día siguiente hablarían.

―Vengo escuchando la misma cantinela todos los días. En embajadas, consulados, oficinas de repatriados. De entrada, ya te dicen que no es posible, y si insistes que ya veremos mañana.

El hombre estaba visiblemente alterado, fuera de sí.

―De verdad se lo digo. Mañana…

―Mañana, mañana… Mañana me dirán lo mismo. Claro, como no soy uno de esos artistas a los que protegen. Yo soy un simple comerciante de provincias, como yo hay miles. ¿Vale más su vida que la mía?

―Tranquilícese, hombre. Vamos a hablar, pasemos dentro.

Varian se disponía a abrir de nuevo la puerta del despacho cuando de pronto el hombre empezó a sudar y a respirar con dificultad. Dijo sentirse mareado, le faltaba el aire, no podía pronunciar palabra. Se agarró fuertemente el brazo izquierdo y cayó al suelo inconsciente. Varian lo cogió, estaba muerto.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird).

La recompensa

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Un hombre (…) encontró una cartera repleta de dinero, más de mil dólares, la mayoría en billetes de cien, cuando se dirigía a uno de los restaurantes más lujosos de Nueva York donde trabajaba como camarero. No había tenido nunca un billete de cien en sus manos, ni visto tanto dinero junto; eso no lo ganaba él en un año. Visiblemente nervioso, lo primero que hizo al llegar al trabajo fue contárselo a un íntimo amigo, compañero suyo, camarero también. Nuestro hombre estaba hecho un lío y no sabía si devolver o no la cartera a su propietario. En la documentación que había con el dinero figuraba su nombre y las señas; se trataba de un acaudalado hombre de negocios que vivía en un lujoso inmueble de la Quinta Avenida. Desde el primer momento, su amigo le aconsejó que se la quedara, que a un tipo como al que pertenecía la cartera le sobraba el dinero mientras que a él le arreglaba la vida una buena temporada.

Por la noche, lo habló también con su mujer, una irlandesa católica, como él; ambos eran emigrantes, profundamente religiosos y esperaban un tercer hijo. Ella dudaba, pero cuanto más lo pensaba más favorable se mostraba a quedarse con el dinero. ¿No ves cómo vivimos? Piensa en los niños. A él, sin embargo, le ocurría lo contrario. Su moral, concluyó, no le permitía hacer una cosa así.

A la mañana siguiente se presentó en la mansión del dueño de la cartera para hacerle entrega de la misma. Le recibió un criado, con librea, más elegante que él mismo cuando, los días festivos, se ponía sus mejores ropas. Le dijo que esperara un rato en el vestíbulo, suntuoso, más amplio que su casa; cualquiera de los muebles, objetos o cuadros que lo decoraban seguramente tenía más valor que todas sus posesiones juntas. Si esto es así, ¡cómo será el resto de la casa!, pensó. Salió por fin el potentado dueño de todo aquello, que se deshizo en halagos hacia el comportamiento del camarero y le gratificó con veinte dólares. ¡Veinte dólares! ¡Será miserable! Mira que solo darte veinte cochinos dólares. Ya te dije que no le devolvieras el dinero. No se lo merece, ni él ni todos esos acaparadores que ya ves cuánto nos valoran, le dijo su amigo al enterarse.

La casualidad hizo que unas semanas después debieran servir en casa del magnate un ágape para un centenar de invitados que el millonario caballero había encargado al restaurante donde trabajaban los dos amigos. Fíjate en esa figurilla ─un pájaro tallado en cristal con incrustaciones de zafiros y rubíes y adornos en plata y oro─, debe valer una fortuna, con lo pequeña que es, y el muy avaro solo te dio veinte dólares. ¡Qué asco de gente! El honrado camarero seguía creyendo que había actuado conforme su conciencia le dictaba, pero se sentía cada vez más enojado y defraudado, especialmente ante el derroche extravagante que tenía lugar ante sus ojos (…); también porque saludó al dueño de la casa y este no solo no se acordaba de él sino que ni siquiera le devolvió el saludo.

Cuando terminó la celebración, mientras recogían las cosas, se cercioró de que nadie le miraba y escondió la figurilla en su chaqueta. La mala suerte quiso que, ya saliendo de la casa, tropezara y la figurilla cayera al suelo. Llamaron a la policía, que obviamente le detuvo. La figurilla en cuestión estaba valorada nada menos que en cinco mil dólares. Se enfrentaba a una condena que podía llegar a varios años de prisión, según considerase el juez la gravedad del delito. De nada sirvió que su mujer consiguiera hablar con el ofendido propietario de la figurilla. No dudo de la honradez de su marido, me demostró su rectitud al devolverme el dinero. Pero todos nos extraviamos alguna vez. ¿Y qué hace usted cuando uno de sus hijos realiza una acción que pueda llevarle por el camino del descarrío y la perdición? Corregirle. ¿Cómo? Con un castigo. En lo que pueda intentaré que la pena que le impongan a su marido sea lo más leve posible, pero no retiraré la denuncia. Es lo mejor que puedo hacer por él.

Finalmente, el camarero fue condenado a un año de cárcel. Lógicamente, perdió su empleo.

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“La recompensa” figura en mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) como un relato de Sam Shuterland, su protagonista principal. Para conseguirla clique aquí.

Entrada publicada anteriormente el 29 de enero de 2018.

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