30 años de la caída del Muro de Berlín

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La noche del 9 de noviembre de 1989, jueves, Sam y Martha seguían por televisión las noticias que llegaban desde Berlín, donde el símbolo por excelencia de la división del mundo en bloques ─el muro levantado en 1961 que separaba el este del oeste─ parecía tener las horas contadas. También, con él, el final de una época. A lo largo de la tarde habían escuchado en la radio que el secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de la República Democrática Alemana, Günter Schabowski, había anunciado la revocación de las limitaciones que impedían a los ciudadanos del este viajar fuera de sus fronteras. Nadie esperaba tal medida, ni el propio Schabowski parecía ser consciente del efecto que iban a causar sus palabras.

La segunda edición del telediario de la televisión española abría a las nueve de la noche con imágenes de Willy Brandt dirigiéndose a la multitud congregada junto a la Puerta de Brandeburgo y de aquellos que derribaban el muro con martillos, picos, con cualquier objeto a mano. Mucha gente se concentraba a una y otra parte del mismo y se sucedían las muestras de alegría de los primeros que cruzaban el muro y de los primeros que los recibían. Instantes después el plano medio de la presentadora ocupaba la pantalla. Buenas noches. Berlín, como acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado, literalmente, un muro que hasta hace veinticuatro horas significaba la división entre el Este y el Oeste. Hoy mismo, fuerzas policiales de la Alemania Oriental han comenzado el derribo de la vergonzosa muralla y los dirigentes de las dos Alemanias ya proclaman a los cuatro vientos su deseo de lograr una nación unida. Las superpotencias, mientras tanto, han acogido con satisfacción el derribo del muro, pero no han ocultado su preocupación por la perspectiva de una sola Alemania. En esta oleada imparable de cambios, esta misma tarde ha llegado la noticia de la dimisión del número uno del régimen búlgaro Todor Zhivkov. En Moscú, el Kremlin se ha felicitado por la apertura del Muro de Berlín y el proceso de cambios abiertos en la Alemania del este. Sin embargo, el portavoz oficial, Gerasimov, ha advertido al Gobierno federal alemán que las fronteras actuales no deben modificarse ni debe hablarse de reunificación alemana.

Tras un breve reportaje sobre la rueda de prensa de Gerasimov, la locutora explicó las reacciones de las principales potencias. Salieron entonces imágenes de Kennedy pidiendo la desaparición del muro. Estados Unidos se pregunta cuál va a ser su papel en la nueva Europa, aunque todos tienen claro que las relaciones van a cambiar mucho entre los dos bloques, comentaba la corresponsal de Televisión Española desde Nueva York. El embajador de la RFA decía que era un día de la libertad que incoaba un proceso que llevaría a una democracia con elecciones libres, a una relación en que las personas podrán determinar su propia vida en libertad.

―No lo entiendo. Parece ser que a todo el mundo le ha pillado por sorpresa. ¡Vaya mierda, pues, de servicios secretos! No me lo creo, querida.

Continuaron atentos a la radio ─todas las emisoras hablaban del tema en parecidos términos─ y a la espera de la tercera edición del telediario. Casi a la una de la madrugada el presentador comunicaba que se hallaban en disposición de poder ofrecer la crónica sobre lo que estaba sucediendo en Berlín que previamente habían anunciado. El enviado especial refería que en Berlín Este había normalidad absoluta en las calles. Solo algunos curiosos, decía, se han acercado a la puerta de Brandeburgo. En el Oeste, en el Checkpoint Charlie, paso fronterizo entre los dos Berlines, llegan los primeros curiosos y las primeras cámaras de televisión. Todos esperan a los primeros que quieran cruzar, pero la policía del Este no sabe nada de la nueva normativa. Mientras sale la nueva ley sobre libertad de viajes, los otros alemanes tienen que solicitar salir al extranjero, pero ninguna autoridad puede rechazar esa petición. Volvía a aparecer el corresponsal: Poco antes de la medianoche aquí, en Glienicke, la frontera se ha abierto de manera informal para todos los alemanes del Este que querían venir aquí, al Oeste. Seguían imágenes de una pareja que acababa de cruzar tras presentar solo el carné de identidad, al que se limitaron a ponerle un sello. Es la primera vez que están en el Oeste, pero no se piensan quedar. En casa, en el Este, al otro lado, les espera su hijo, y a las ocho el trabajo, como cada día.

―Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista. ¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí, faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire. Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desaparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados. El rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita caretas.

―Así es, Sam. Se trata de que la gente vea que ha llegado el fin de los totalitarismos y que este es el mejor de los mundos posibles.

―Pura propaganda, puta propaganda. ¿Es que aquí, entre nosotros, el primer mundo, no hay quien vive en una situación incomparablemente peor que la tenían los alemanes del este? Nos estamos acostumbrando a ver de nuevo mendigos por las calles. El tres por cien de los neoyorkinos no tiene techo bajo el que cobijarse; en el Reino Unido son unos cuatrocientos mil. Lo leí hace poco en la prensa. Esto era inimaginable, nadie hubiera vaticinado algo así hace treinta años. ¿Qué se ha hecho mal? Los países capitalistas son más ricos que nunca, vale, pero no sus habitantes. Pero, claro, nuestros pobres son únicamente desheredados que no supieron aprovechar las oportunidades del sistema. Miremos para otro lado. ¿Qué pasará cuando los nuevos “ciudadanos demócratas” vean los escaparates llenos de esos productos hasta ahora solo reservados a nosotros, pero no tengan dinero para comprarlos? ¡Cuánta hipocresía! La que se nos viene encima, Martha.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016 (nueva edición 2019).

El origen del mundo

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Junto al velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.

―¿Ahí está el cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.

―Ya ve, ¿quién iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo chocho.

Les recibió un criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita, aunque más claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la muerte de sus suegros. Un bon vivant que, sin duda, decidió ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aun así, y a pesar de su estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres hacían.

A pesar de ser mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a Bonheur que les mostrase el Courbet.

―¡Ah! sí, el Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos, vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.

Se dirigió a una caja fuerte que había en un extremo de la habitación, giró varias veces la rueda de acuerdo con la clave numérica que, dijo, solo él conocía e introdujo una llave a continuación. La caja se abrió y Bonheur comenzó a sacar viejos papeles amarillentos que dejaba de cualquier manera en el suelo sin importarle que se desordenaran.

―Aquí está ─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que fumaba.

El príncipe, que seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:

―¡Por Dios, vaya con cuidado!

―Es mala la edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.

El príncipe no conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el paquete.

―Deben haberse pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que pruebe.

Bonheur alargó la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.

―No se preocupe, ya lo hago yo.

El tono de la voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía a desprenderse de él.

―Le ofrezco lo que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo que nadie ha pagado aún tal cantidad por un cuadro.

―No se trata de eso, excelencia.

―¿Ni por medio millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.

―Ni por uno tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo le prometí que lo mantendría a buen recaudo.

―¿Y qué ha sido de ella? ─preguntó Samuel.

―Ni idea. Hace tiempo que perdí el contacto.

[…]

―En fin, qué se le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato, ya de regreso a París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel.

―No sabe su alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la operación dada la rareza de carácter de Bonheur.

―¿Rareza de carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato, un cretino total. De todos modos, usted ha hecho todo lo posible y yo, al menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré recompensar debidamente su empeño.

Parecía que el príncipe se resignaba a marchar sin el Courbet.

―Por eso no se preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte. ¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del coño. Tal cual se lo cuento.

―Siempre disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.

―Si al menos lo disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra de tanta categoría.

―Bueno, robarlo sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni cuenta.

―Puede que hasta fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.

―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

Todas las ciudades son igua-les. No tiene sentido huir.

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Atravesar la ciudad sin sentir desasosiego me resultaba impúdico, me indigna tanta presunción. También la resignación, la sumisión aceptada de los ahora trashumantes urbanos, su indiferencia. Pero tengo que atravesarla de punta a punta. No hay otro modo de cruzar la ciudad: en el extremo opuesto al barrio en que hace veinte años alquilé un pequeño piso se encuentra la salida a la autopista que conduce al pueblo en que tanto mi hermano como yo nacimos (yo primero, él después). Cruzar la ciudad, de sur a norte, recorrer de nuevo lugares que la memoria ha consolidado en forma de recuerdos de un tiempo en que todavía el enojo y el desánimo no superaban las esperanzas y el apasionamiento… ¿Cómo hacerlo sin que nuestro ánimo se llene de rabia, impotencia, desánimo y, finalmente, repugnancia?

 Más de una vez he pensado marcharme de aquí. Pero ¿adónde? Todas las ciudades son iguales y solo se distinguen por el olor de sus cloacas. E incluso así son iguales, con calles que tienen los mismos nombres: Desesperación, Angustia, Tristeza, Meapilas, Indiferencia, Desdén…, con profundos hoyos cubiertos de alfombras negras donde cae la gente cuando el encargado de regular la circulación recibe la orden del experto de apretar el botón llamado de higiene colectiva ─solo se salvan los que tienen el correspondiente pase de la autoridad, que unos sensores detectan─, con autobuses llenos de gente de camino al cementerio que siempre vuelven vacíos, con brigadas de obreros que se encargan de pintar de gris el cielo,  con elegantes casas  donde  vive una persona con su concubina y sus bastardos que han obtenido el certificado de familia y otras de dieciséis moradores a cuyos varones se les ha castrado  para  conseguir una  habitabilidad  sostenible que  permita seguir progresando, con luces que deslumbran y ciegan a los que en los hospitales ─siguiendo los planes dictados por el gobierno sobre comportamiento en las vías públicas─ se les han extirpado los ojos y sustituido por microcámaras, con cabinas ─a las que para poder entrar hay que tener el mismo pase que libra a sus poseedores de los hoyos─ en las que estos pueden respirar aromas de toda clase para poder seguir soportando el hedor que desprenden parados, emigrantes, putas y travestis, con teatros en los que gordas sopranos cantan arias por el agujero del culo para unos cuantos elegidos.

Sí, todas las ciudades son iguales. No tiene sentido huir, aunque a veces lo deseo, pues igual los boñigos tienen otros diseños, las sopranos cantan con el coño en vez de con el culo o los hoyos son cuadrados en vez de redondos, qué sé yo. Seguirán siendo, de todos modos, boñigos, sopranos, coños y hoyos. La misma mierda disfrazada de crisis.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Rosaura

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Me enamoré por primera vez a los trece años. Ella, Rosaura, tenía doce. Nunca había oído ese nombre, que entonces me pareció muy bonito, sobre todo cuando me dijo que significaba rosa de oro. Rosaura. Lo repetía varias veces seguidas antes de dormirme. Primero rezaba, aunque con poca convicción. Pronto dejaría de hacerlo, la ansiedad que me causaba tener que repetir todos los días lo mismo pudo con el peso de aquel inútil ritual que desviaba mi atención obligándome a estar pendiente de lo que decía. Mis pensamientos marchaban por otros derroteros y aquellos malditos rezos hacían que me sintiera culpable al estar pensando en otra cosa al mismo tiempo. […]

Su padre era guardabarrera y eso a mí me parecía un trabajo muy importante, de mucha responsabilidad, siempre atento a poner las barreras, aquellas pesadas y largas cadenas, para impedir que hubiese algún accidente. […] Era, pues, un hombre importante, gracias a él el tren nunca mató a nadie. Lo veía yo sereno, tranquilo, seguro de lo que hacía, a pesar de la gran responsabilidad que su trabajo conllevaba, y había tenido la suerte, la inmensa suerte, de que su hija se fijara en mí. […]

Tenía una fotografía de Rosaura, en la que estaba sumamente bella, con su dorada melena y una sonrisa como las que veía en el cine a través de sus cabellos. La contemplaba una y otra vez, todas las noches, antes de dormirme, cada vez más plácidamente desde que había abandonado los rezos y podía dirigir toda mi atención hacia algo en lo que realmente creía, y quería. Mis convicciones religiosas se habían debilitado notablemente. […]

Rosaura era mi religión. […]

Los días, no obstante, trascurrían al mismo ritmo y llegaba de nuevo el fin de semana. Y regresaba el guateque. Volveríamos a bailar juntos, más juntos todavía, rozando nuestras mejillas e incluso nuestros labios. Entonces era suficiente para mí. Todo era muy poético, allí bajo el cenador. O patético, no sé.  Y como suele suceder siempre, cuando aquel adolescente pusilánime empezó a sentirse fuerte abrazando a Rosaura y sintiendo la cercanía de sus labios, cuando ya empezaba a construirse un mundo más próximo al real, en el que ya no estaba solo ─o eso creía─, el futuro, ese tiempo que no existe pero que los hombres inventan para que cobren sentido sus decisiones, se impuso entre nosotros. La irrealidad, pues. Algún buen profesional, al que sin duda mi madre tendría en gran estima si hubiera llegado a conocer, decidió que don Leandro debía marchar, que no era rentable seguir manteniendo aquella línea de tren. Me lo dijo Rosaura el domingo siguiente, que se iba a marchar a otra población porque trasladaban a su padre. Era cuestión de semanas. Trascurrieron estas ─dos, tres, cuatro, no recuerdo─ como las anteriores, así de bobos éramos, digo éramos, en plural, y deseo pensar que así fue, en plural. […]

Era el último domingo que pasábamos juntos. Ella se iba, el lunes, por la mañana. A otro sitio, donde su padre podría seguir con la importante tarea de vigilar que nada malo sucediera cuando pasara el tren, pues al parecer había lugares donde el tren seguía siendo necesario; yo no entendía aquello de rentable. De hecho, no sé si lo entiendo todavía. […]

La acompañé a casa, sin decir nada, sin pedir permiso (mi madre me lo habría denegado). Salí con todos al finalizar el guateque, como el que intenta colarse en algún sitio, tratando de pasar desapercibido, furtivamente, me daba igual lo que ocurriera después, llegar tarde y aguantar más reproches y silencios, ya estaba acostumbrado. Sorprendentemente no pasó nada […].

El camino que llevaba a la estación era tranquilo, apenas había unas pocas farolas que emitían una tenue luz. Tranquilo como la oscuridad, como el silencio. La cogí de la mano, ella apretó, con fuerza, la mía. Me paré de repente, nos paramos, sin saber por qué, posiblemente para que el camino no acabase nunca y estuviéramos siempre vagando, sin rumbo, sin destino, solos los dos, siempre caminando en una aparente oscuridad que no era falta de luz excepto para los demás, pues solamente podía apreciarse con los ojos del alma. Una alianza de los astros que nos protegían de todo mal. Para nosotros todo resplandecía, o así me lo pareció. Fue verdad, entonces.

Yo nunca había visto a Rosaura tan hermosa, tan radiante. Sin soltarnos de la mano nos alejamos de las pocas farolas que había a ambos lados del camino, evitando así que algún despistado se diera cuenta de que allí había vida y pretendiera adentrarse en un mundo en el que nadie más podía tener cabida. Nos detuvimos de nuevo, nos miramos y comprendimos que debíamos juntar nuestros labios. Nada de roces. Y nos besamos durante toda la vida, hasta que ella tuvo que volver a casa. La vi entrar, la puerta se cerró y yo marché con una extraña y confusa mezcla de sentimientos que resultaba completamente nueva para mí. Rosaura se iba y puede que no volviera a verla. Eso me entristecía. Rosaura y yo nos habíamos besado.  Eso me alegraba.  No habría más.

Fragmentos de mi novela El viaje (2014, nueva edición 2019).

Policías por todas partes

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Diez minutos después la circulación adquirió cierta fluidez, íbamos lentos, pero no nos deteníamos. Menos mal. Al poco advertí el motivo: habían desviado el tráfico por la avenida de la Ausencia, de cuatro vías, de reciente construcción, que bordea parte de la ciudad y evita el paso por El Centro. ¡Maldita sea! No me resignaba a dejar de comprar la botella de whisky, pero para ello necesitaba pasar por El Centro. Ya me había tragado el atasco. Vi un sitio donde dejar el coche. Aparqué. Iré a pie, resolví. Dispongo de un mes para regresar a por el coche; hasta entonces no se lo llevará la grúa por abandono, creo, pensé.

Mucha gente en la misma dirección, hacia El Centro. Una concentración frente la sede del gobierno autonómico. Se dirigían allí, escuchaba que decían, hacia la plaza de la Avenencia. El palacete barroco que en sus tiempos albergara la residencia de los marqueses de Bosta, máximos representantes de la nueva aristocracia surgida tras el triunfo de los Borbones, acoge ahora a los nuevos señores, vasallos también, como aquellos, de los verdaderos mandatarios.

Les seguí, me venía de camino. Llegué a la plaza. Estaba llena de gente, a rebosar. Protestaban. Continuaban llegando personas, de todas las edades.

Me quedé en el otro extremo de la plaza, frente al palacete rodeado por la policía, atenta a que nadie pudiera acercarse demasiado a su imponente fachada no fuese que algún agente patológico ─la desobediencia, por ejemplo─ se instalase entre sus recios sillares y destruyera tan emblemática edificación. Uniformados, uniformes, todos iguales, una auténtica jauría, perfectamente entrenada para la caza, como comprobaría poco después.

La indignación era patente. […] Impresionaba. La emoción se contagiaba. En mi caso, durante unos instantes abrió una grieta en mi congénito escepticismo sobre la naturaleza del ser humano y su incapacidad de lograr una sociedad sin buitres y tiburones. Pronto se cerró, cuando pensé en la historia, en eso que denominamos evolución social. […]

Noté movimiento frente a la fachada principal del palacete. No alcanzaba desde mi posición a ver bien qué sucedía. La gente empezó a abandonar la plaza. Los que estaban en el centro no, se quedaron sentados en el suelo. Levantaban las manos, abiertas. La guardia pretoriana se desplegó.

De pronto, policías por todas partes. Brotaban como chispas de un incendio incontrolado. De los furgones aparcados en las bocacalles que dan a la plaza descendían como malcarados perros de caza sedientos en busca de la presa. Bien pertrechados, con casco, escudo y porra. Sin mirar ─les bastaba el olfato─ empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, indiscriminadamente. ¡Asesinos!, gritaban algunos, entre porrazos, patadas y empujones. ¡Hijos de puta!¡Cabrones! Todo sucedió muy rápido. Una joven ─pelo corto, pantalón vaquero, camiseta con una leyenda (Stop. Piensa), no tendría ni veinte años─ sacó el móvil e intentó grabar la intervención policial. Un policía, de un manotazo, le tiró el teléfono al suelo, ella también cayó. Rompió a llorar. Su compañero, o un chico que había a su lado, se encaró con el madero, le exigió que se identificase (no llevaba placa de identificación). Por respuesta, recibió un porrazo en el estómago. Se retorcía de dolor y el policía continuaba golpeándole.

Empujé al policía, que no llegó a caerse porque le sujetaron sus compañeros de camada. Sentí de repente un golpe en la espalada, a la altura de los riñones. Yo sí me caí. Traté de levantarme y otro me dio una patada. Volví a caerme. Dos me cogieron por los hombros, me arrastraron ─no podía ponerme de pie (bueno sí, pero no me dejaban)─ y me lanzaron al interior de un furgón como el que arroja un saco de patatas. El furgón estaba casi lleno, jóvenes la mayoría. Vi gente ensangrentada. Enseguida tiraron a dos más dentro y cerraron las puertas. ¡Blam!

Manuel Cerdà: El viaje (2024, nueva edición 2019).

El viaje: reseña de Rosa Berros

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El viaje es la crónica que los años imprimen en todo lo que tocan, que es, ni más ni menos, todo. Cambian las ciudades, las personas, los amigos, las clases sociales, la economía que deviene en una gran crisis. Cambian hasta los recuerdos cuando se enfrentan a la realidad y nos damos cuenta de que lo recordado es falso. Aunque bien pudiera ser que lo falso y engañoso sea la realidad y solo los recuerdos existan.


De la reseña de Rosa Berros Canuria sobre mi novela El viaje.

El resto de la reseña pueden leerla clicando AQUÍ.

El viaje está disponible a través de Amazon.

Cenando en compañía de Samuel Beckett

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Me decidí por una ensalada y mero a la plancha ─me aseguraron que era fresco─, para beber un vino de garnacha, con cuerpo, poco ácido y con esa ligera aspereza que mi gusto celebra encontrar. Entre plato y plato, un corto texto de Beckett, Compañía. Lo cogí de mi biblioteca al azar. Inventor de la voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. Habla de sí mismo como de otro. Dice, hablando de sí mismo: “Habla de sí mismo como de otro.” Se imagina a sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. La confusión también es compañía hasta cierto punto. La esperanza diferida mejor es que nada. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón empieza a enfermar. Un corazón enfermo mejor es que nada. Hasta que empieza a partirse. Conque, hablando de sí mismo, concluye de momento: “De momento déjalo estar”

El camarero. No me apetece postre. Un café corto y un buen whisky de malta.

Aparte de la mesa que escogí para cenar, había tres más ocupadas, todas por más de una persona. La mía era la única que no. Observaba de cuando en cuando la gente sentada en ellas. [En una que había al fondo] se sentaban un hombre y una mujer de veintipocos años, no llegarían a los treinta. Él parecía acercarse más a la treintena, ella en cambio a los veinte. Vestían elegantemente, el hombre con aire más informal, americana de dril color crudo y camiseta negra de algodón; la mujer un vestido de color marrón ocre, largo y ceñido, anudado al cuello, y un foulard de seda azul Klein, con el que cubría los hombros. Desde mi posición, la espalda de la mujer, al descubierto, destacaba en la escena. Imposible no fijarse, la luz del seto situado a su lado se escapaba por entre las ramas del jazmín y se reflejaba en ella. La piel se veía tersa y suave, bronceada, un bronceado natural, ligeramente dorado, imposible de conseguir sin la acción del sol. Destacaba aún más con el color de su vestido y la media melena rubia. El azul del foulard acentuaba y atemperaba el contraste. Terminaron el primer plato, la joven se levantó y pude así observar su cuerpo al trasluz del foco situado junto a ella, la tela era fina y permitía adivinar una figura esbelta y seductora. Por unos momentos llegué a desearla.

Me preguntaba quiénes serían. Tal vez unos recién casados, o una pareja que celebraba un aniversario de algo, puede que de su boda (eso explicaría su bronceado caribeño). Como quiera que sea, deduzco de estos nimios vestigios que ambos viven bajo el mismo techo; la actitud de él parece corroborarlo. Durante el tiempo que ella está ausente, no mucho ─debe haber ido al baño─ el camarero sirve sus segundos platos. Él come, no la espera. Vuelve la chica y se sienta. Observo su cuerpo de nuevo mientras lo hace y luego su espalda. Empieza también a comer, no hablan entre ellos. Él mira el plato; ella no lo sé, desde mi posición no puedo ver su rostro. Sus miradas no parecen encontrarse, tampoco se buscan. Ella mira el reloj un par de veces en cuestión de minutos; tendrá sueño, estará aburrida. Él dice algo, una frase corta, ignoro si hay respuesta, apenas conversan, no deben tener nada que decirse ya a pesar de su juventud. Igual empezaron su relación demasiado pronto, siendo casi unos niños, como yo con Rosaura, pero a diferencia de nosotros nada les impidió seguir adelante. Demasiado tiempo, pues. Se acabaron las primeras veces, todo se repite, se conocen sobradamente, están cansados, mañana será el mismo día, aunque cenarán en otro sitio, lo más probable en casa, y comerán otras viandas, las que ella haya comprado y preparado, lo más probable.

Eran casi las doce de la noche, faltaban siete minutos para que las manecillas del reloj se juntasen en perfecta comunión y fuera la hora en que Cenicienta debe retirarse. Fin de la apariencia, hay que volver al redil. Ella le cogió la mano, él sonrió. Se besaron, pidieron la cuenta, se volvieron a besar. Marcharon, acaramelados, rodeando con sus brazos cintura y hombros; los de ella en la cintura, los de él en los hombros.

Sigo leyendo a Beckett: …con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo.

Terminé Compañía y el whisky. Hora de volver a la habitación.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).