La recompensa

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A MI MANERA

la-recompensa-gran-gatsby Fotograma de la película “El gran Gatsby” (original en color).

Un hombre (…) encontró una cartera repleta de dinero, más de mil dólares, la mayoría en billetes de cien, cuando se dirigía a uno de los restaurantes más lujosos de Nueva York donde trabajaba como camarero. No había tenido nunca un billete de cien en sus manos, ni visto tanto dinero junto; eso no lo ganaba él en un año. Visiblemente nervioso, lo primero que hizo al llegar al trabajo fue contárselo a un íntimo amigo, compañero suyo, camarero también. Nuestro hombre estaba hecho un lío y no sabía si devolver o no la cartera a su propietario. En la documentación que había con el dinero figuraba su nombre y las señas; se trataba de un acaudalado hombre de negocios que vivía en un lujoso inmueble de la Quinta Avenida. Desde el primer momento, su amigo le aconsejó que se…

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Los maricones tienen que estar debidamente identificados

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Miembros de la SA (Sturmabteilung) vigilan las calles de Berlín (1933). / Bundesarchiv.

Berlín, febrero-marzo de 1933.

―Han clausurado Eldorado. Hay un pequeño cartel pegado en la puerta que dice que se cierra el local por orden de la autoridad.

―Pues Helmut y Sam se dirigían hacia allí. Hoy libra Helmut y había quedado con unos amigos. Parecía presentirlo, decía que igual era la última vez. Insistía por eso para que fuéramos con él, pero yo no me encuentro bien.

―¿Qué te ocurre?

―Nada, me siento cansada y tengo náuseas.

―Eso decía tu madre cuando estaba embarazada de ti. ¿Te ha visto el médico?

―No creo que lo esté. Sí tengo un retraso, pero de unos pocos días. Mi regla siempre ha sido irregular. De todos modos, si sigo así iré. Anda, ayúdame a preparar la cena. Supongo que, al estar cerrado, Sam regresará pronto. Hace tiempo que marcharon.

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El cabaret Eldorado en febrero-marzo de 1933 tras ser clausurado por las autoridades tras la llegada al poder del NSDAP. / Bundesarchiv.

Esa, efectivamente, era la intención de Sam, y también de Helmut. Tal como estaban las cosas, no les extrañó demasiado verlo cerrado. Se acercaron a leer el cartel y dieron media vuelta. En eso escucharon a sus espaldas el plash de pisadas de calzado sobre la calle mojada ─hacía poco menos de una hora que había dejado de llover─. Sonaban fuertes, enérgicas. Sam giró la cabeza hacia atrás.

―No te vuelvas ─exclamó Helmut─. Sigue, con paso decidido, pero que no parezca apresurado.

―¿Qué ocurre?

A Helmut no le dio tiempo a explicarle los motivos de su zozobra. Inmediatamente oyeron gritar: ¡Eh, vosotros, alto ahí!

―No te detengas, haz como si no oyeras nada. Hazme caso.

―¿Estáis sordos? ─escucharon que decía una abrupta y cortante voz a sus espaldas─. ¡Que os detengáis!

No pudieron más que obedecer, estaban en medio de la calle. Un par de bravucones muchachos, que apenas alcanzarían los dieciocho años de edad, les miraban desafiantes, engallados, sonreían con suficiencia. Vestían el uniforme de los miembros de las SA, con su característica camisa parda. Les pidieron la documentación.

―Ustedes no son policías ─dijo molesto Sam con una dicción del alemán más que deficiente─ ¿por qué he de mostrarles nada?

Uno de ellos, rubio, imberbe, de ojos claros, porte altanero, sonrió, cogió su porra y le dio con ella en el estómago. Sam se contrajo, había sido un fuerte golpe que, además, le había pillado de improviso. Helmut lo sujetó.

―Mira, mira cómo se quieren ─decía uno de los camisas pardas al otro; ambos reían.

Helmut y Sam les dieron sus documentos.

―Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ─el rubito parecía llevar la voz cantante─. No solo son maricones, también judíos, y seguro que comunistas ¿no? Porque sois todo eso, ¿verdad?

Ni uno ni otro decían nada. Humillados, avergonzados de sí mismos y de tener que vivir semejante situación, permanecían en silencio.

―¿Verdad? ¿O es que también sois mudos? A ver, tú, el que habla raro, el extranjero, no, tú ─dirigiéndose a Helmut─ repite conmigo: Soy un maricón, un cerdo judío y un comunista.

Helmut calló. El joven rubio le dio un par de bofetadas.

―¡Grita! Soy un cerdo judío, soy maricón. ¡Grítalo! Soy un perro comunista. ¡Un perro! ¡Ladra! ¡Qué ladres! Y luego me lames las botas.

El otro, tan displicente como su camarada, examinaba atentamente la documentación. Se acercó a este y le mostró el pasaporte de Sam mientras le decía algo al oído.

―Así que eres americano. ¿Y qué haces por aquí?

―Soy escritor.

―Es decir, un cabrón de esos que vienen a husmear y luego hablan mal de nuestro pueblo. Venga, ¡largo de aquí! ─y arrojó el pasaporte de Sam al suelo mojado─. Vamos, rápido, antes de que me arrepienta. Tú ─a Helmut─ pasas mañana por la Kripo a por tu documentación. ¿No sabes que los maricones tienen que estar debidamente identificados?

Azarados, dolidos y lastimados, Helmut y Sam regresaron a casa de ese último. Cuando llegaron, Helmut sangraba por la nariz.

―¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? ─exclamó Martha al verlos.

―Imagínatelo. Seguro que han sido esas bestias de camisa parda ─dijo Dieter.

Explicaron lo sucedido. Sam se quejaba aún del porrazo en el estómago. Martha le dio un calmante.

Pasado el estupor con que escucharon a Sam y Helmut narrar su vejatorio episodio con los SA, la rabia y la consiguiente impotencia, la principal preocupación se centró en la situación de Helmut. ¿Qué hacer en su caso? ¿Y si no lo dejaban salir de la Kripo? ¿Y si lo encarcelaban?

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).

Conciencia

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Conciencia

“En la tienda de comestibles Winther en Skagen”, interior de la taberna (1886), óleo de Peder Severin Krøyer.

―¿Conciencia dices? Conciencia tienen, saben lo que quieren: ser como sus amos. ¿Tanto crees que han cambiado aquellos con los que trabajamos en el martinete?, ¿actuarían ahora de otro modo? ¿Se negaría Pasqualet a aceptar tratos como el que hizo con Blanes? Y los amigotes aquellos con que celebraba su suerte, ¿rechazarían los embutidos que les obsequió, una mierda comparándolos con los que comerá en su casa?, ¿ya no le invitarían a sentarse con ellos?

―También nosotros hemos comido de los manjares de Blanes.

―Éramos unos críos.

―¿Ahora no lo haríamos? Ahora no lo necesitamos, podemos comprarlos nosotros, puede que no tan buenos pero igual de sabrosos. ¿Pero y si no tuviéramos nada que llevarnos a la boca? ¿No los cogeríamos otra vez si Marieta viniese con una cesta llena, aunque fuera de los restos de lo que come Blanes?

―Es posible.

―Pues lo mismo, Samuel.

―La gente se mueve, pues, por necesidad, por interés.

―Por supuesto. ¿Por qué va a ser si no?

―Me das la razón entonces.

―De ningún modo. La situación es otra, Samuel.

―Las personas no.

―Pero sí sus intereses. Ahora estos son comunes, ahora son de clase, del conjunto de los trabajadores. Claro que quieren paliar su necesidad, pero no con parches, saben que solo conseguirán emanciparse si se construye una sociedad distinta, sin explotadores y explotados, y saben también que eso depende de ellos mismos, de nosotros, de todos los trabajadores.

―¿Y quién regirá esa nueva sociedad? Si la mayoría no tiene siquiera idea de leer ni de escribir, ni se preocupa por ello. Mientras la ignorancia anide en su interior como algo natural, inherente a su condición, nada se podrá hacer. Mi padre no sabía leer ni escribir, nada de nada sabía más que trabajar, y eso es lo único que hizo hasta su muerte. Ignorante toda su vida ¿qué podía ser si no un esclavo de los ricos? Ellos sí saben leer y escribir, y hacer cuentas, y redactar leyes. ¿Y mi madre?, siempre en la iglesia, rezando e incluso pidiendo perdón por sus pecados. ¿Qué pecados? Y Marieta, ya ves a Marieta, como si fuera un perro faldero de doña Mercedes.

―Pero no es culpa suya.

―Yo no digo eso. Digo que ninguna revolución será posible sin una mínima instrucción. Tu mismo me insistías en la necesidad de que aprendiese a leer y escribir. Tenías razón. Lo he reconocido muchas veces. ¿Ya no es necesario, Blas? Una revolución no puede tener éxito si su objetivo solo es la destrucción del orden existente. Las revoluciones se hacen tanto con la cabeza como con los brazos. Al final, otros acabarán mandando y los más seguirán en la ignorancia, acostumbrados a la docilidad y a contentarse con unas migajas.

―Sí, Samuel, todo eso está muy bien. Pero la revolución hay que hacerla cuando se presenta, y puede que este sea el momento preciso. Cada día entiendo menos tu actitud, tu incredulidad ante todo, tu desconfianza hacia la gente.

―Supongo que así salí del gran taller donde fue fabricada esta vida.

―Bonita frase, Samuel, pero…

―No es mía.

―Imagino que la leerías en alguno de los libros de la biblioteca de don Anselmo.

―La leí en uno de ellos, sí. ¿No te parece bien?

―No digas bobadas, Samuel. Pero no todo el mundo tiene acceso a algo así.

―Y aunque lo tuviera, Blas, aunque lo tuviera.

―Cada vez te comprendo menos.

―¿Sabes? Creo que a mí me pasa lo mismo.

―¿Qué?

―Que cada día me entiendo menos. Muchas veces me pregunto qué hago aquí.

―¿Cómo dices?

―Que hago aquí, si toda mi vida va a ser igual, el periódico, las diligencias… Me cansa, empieza a pesarme.

―¿Y quieres hacer?

―No lo sé.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018)

Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), mis dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

Prisioneros en el campo de Miranda del Ebro

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Imagen del libro “Historia del Campo de Concentración de Miranda de Ebro (1937-1947)”, de José Ángel Fernández.

Cuarenta y ocho horas después Sam era conducido a Miranda de Ebro con otros extranjeros más. (…) Los casi seiscientos kilómetros que separan la localidad burgalesa de Barcelona les resultaron interminables. Viajaban en una camioneta sin cubrir, hacía un frío espantoso, propio del mes de diciembre. Se tapaban con unas mantas, como podían, pues solo tenían cuatro y eran siete. Se daban con los pies unos a otros para calentárselos, como si estuvieran practicando el fútbol. Los guardianes les reprendían por ello. El día era gris, pero afortunadamente no llovía. La humedad, sin embargo, penetraba en los huesos y les atería; no dejaron de tiritar durante todo el trayecto. La destartalada y vieja camioneta, afortunadamente, no podía alcanzar mucha velocidad. El viento era así menos cortante; el viaje, sin embargo, más largo. Salieron de buena mañana, antes del primer recuento, y llegaron ya de noche, sin haber comido más que un trozo de pan negro y una lata de sardinas cada uno. Se detuvieron varias veces, nunca les dijeron por qué, ni les dejaron descender ni les quitaron las esposas. Fusil en ristre, uno se quedaba vigilándolos.

Entumecidos, bajaron del vehículo. (…) Allí había gente de todas las nacionalidades, [aunque] el grueso de la población reclusa era español. (…)

La “internacionalización” cada vez mayor del campo de concentración ─en aquellos momentos Depósito de Concentración─ pretendía suavizar la mala consideración que el exterior se tenía de la España franquista. Todos se regían por los mismos preceptos, pero con los extranjeros el trato era otro. A no ser que se tratara de brigadistas internacionales, lógicos desafectos al régimen, no se les integraba en los batallones de trabajo y había cierta permisividad con ellos. Sam pudo comprobarlo la primera mañana en el campo. Se había levantado este en el solar de la fábrica Sulfatos Españoles SA, junto a la línea férrea Madrid-Bilbao. Uno de sus laterales estaba separado de la vía del tren por una alambrada. Por el espacio entre la vía y la alambrada pasaba gente que tenía algún bancal cercano.  Esa mañana, un hombre caminaba tranquilamente con su burro cuando un grupo de extranjeros ─aliados, del barracón al que Sam había destinado─ al ver el animal se miraron entre sí. Fue suficiente. Al instante levantaron el brazo haciendo el saludo fascista y empezaron a gritar ¡Franco, Franco, Franco! Ni que decir tiene que los arrestaron, pero su castigo consistió simplemente en raparles el pelo.

El campo de Miranda de Ebro ocupaba una extensión de cuarenta y dos mil metros cuadrados y se preveía una ocupación “óptima” de mil doscientos prisioneros, pero siempre superó esta cifra. En el momento del internamiento de Sam, casi el doble se hacinaba en treinta barracones ─dos hileras de quince, paralelas─, no había siquiera suficientes colchones para todos y muchos se veían obligados a dormir en el suelo.

―No he podido pegar ojo en toda la noche. Es terrible, al menos en Barcelona el suelo estaba seco, aquí te duermes un rato y te despiertas al poco. Está siempre húmedo y frío ─explicaba el holandés, compañero de viaje de Sam y de barracón.

―No te quejes ─objetaba un veterano prisionero que ostentaba el dudoso honor de haber sido uno de los primeros ocupantes del campo─. Llegué aquí en noviembre de 1937, a principios. Me capturaron el 20 de octubre, cerca de Gijón, un día antes que fuera tomada por los fascistas. Con otros muchos me llevaron a Oviedo y de allí, en tren, hasta aquí, en vagones de esos que se usan para transportar ganado. Un día entero estuvimos dentro, el tren paraba muchas veces. No nos dejaron salir para nada, ni para hacer nuestras necesidades. Nada más llegar, nos hicieron formar en dos bloques, los que teníamos manta y los que no. Entonces nos obligaron a cortar la nuestra por la mitad y dar esta a quienes no tenían. Apenas podíamos taparnos. Así que nos moríamos de frío, unos y otros.

―Dos días estuvimos nosotros, en vagones de esos que dices, de madera. Vinimos desde Barcelona. Seríamos más de quinientos, puede que un millar. A la mayoría nos habían hecho prisioneros en la batalla del Ebro. Llegué aquí más o menos por estas fechas, pero de 1938. ¡Menudo frío pasamos! Ahora no sé si es porque tengo manta y un buen tabardo que me dio uno cuando le soltaron, o porque me he acostumbrado, pero aquellos primeros meses… ¡La hostia aquellos primeros meses!, que espanto. Hubo quien no puedo resistirlo. Más de uno.

―El invierno anterior fue aún más crudo. Y la comida… Bueno, la comida era igual de mala que ahora, pero es que no había cantina ni modo de conseguir nada más. Caían como moscas. Ahí, junto a esa alambrada, sacábamos a los muertos. Todos los días un camión venía y se los llevaba. No sé adónde.

Sam (…) había hecho buenas migas con El holandés, con quien compartía un pequeño rincón en una de las sucias e inhóspitas naves en que el franquismo almacenaba sus cautivos. Ambos sabían que pronto o tarde, pronto más bien, saldrían de allí, pero su situación era bien distinta. Sam sería expulsado de España, entregado a la legación estadounidense en Madrid, y marcharía a Nueva York. El holandés, en cambio, temía ser repatriado. Holanda era territorio ocupado y él, teniente del ejército de su país, había sido hecho prisionero por los nazis cuando la invasión. Consiguió escapar del tren que iba conducirle a un campo de concentración alemán y los nazis lo reclamaron a España por si hubiera cruzado ilegalmente la frontera. Localizado casualmente en Barcelona en una inspección rutinaria por el puerto, fue detenido y se dictó orden de expulsión sobre él que, no obstante, por el momento no se había llevado a cabo.

―A los yanquis os liberan pronto. No estarás aquí mucho tiempo ─le decía a Sam─. Te expulsarán y podrás luchar con tu país. En cambio, yo… Espero que no acaben repatriándome y me destierren a las colonias. Quiero seguir combatiendo. Estoy casado, tengo dos niños, de cuatro y dos años, una preciosidad. Por ellos, quiero hacerlo por ellos. ¿Qué mundo les espera si no conseguimos frenar el fascismo y borrar para siempre su pernicioso ideario de la sociedad?

―Ha pasado ya mucho tiempo desde que se decidió tu repatriación, ¿no? Verás cómo no llega a hacerse efectiva.

―¿Y qué hago? ¿Esperar aquí la resolución del conflicto, impotente? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que ganen unos u otros? ¿Y si finalmente es Hitler el vencedor? No soporto este apartamiento, esta especie de limbo en que me hallo. ¿Sabes? Hay unos belgas en la misma situación que yo y están planeando una fuga. Me voy a sumar a ellos.

―¿Y si te capturan?

―Sam, en la vida hay que correr riesgos, y en tiempos como estos más. ¿Conformarse con la suerte? Eso nunca. Mira esos desgraciados.

Un grupo de cuatro hombres, sentados en el suelo, se despiojaban unos a otros. Dos levantaban los brazos y los otros dos escarbaban en los sobacos. Sus cabezas rapadas denotaban que allí ya se habían alojado tan incómodos huéspedes. Los estrujaban con los dedos. Uno cantaba en voz alta el número de piojos arrancados.

―Es todo cuanto hacen. Así pasan las horas. ¿Qué será de ellos si algún día los piojos dejan de existir?

―A saber desde cuándo llevan aquí, sin conocer qué les espera, sin que nadie les diga nada sobre su situación jurídica, si es que tienen alguna. Eso puede con la entereza de cualquiera.

―Yo no quiero acabar así. Los hombres han de saber afrontar el sufrimiento ─el espíritu militar del holandés parecía salir a flote─. No me refiero a la idea cristiana de un sufrimiento redentor. El sufrimiento no redime, no puede haber dios alguno que condene a los humanos a tanta atrocidad. No aguanto a quienes se escudan en él para resignarse. ¡Qué desdichado soy, cuánto infortunio! Se quejan, se lamentan continuamente, se relamen en la desgracia hasta autoconvencerse de que un cúmulo de circunstancias ajenas a su conducta se han confabulado para arruinarles la vida. Las cosas no son así, Sam. Nada nos puede ser impuesto si no aceptamos ser dominados. Pero es más cómodo regodearse en la apatía. ¿Y yo qué puedo hacer? ¡Qué horror, qué mundo me ha tocado vivir! Pura falsedad. Aprendí un refrán español en el frente: Unos por otros y la casa sin barrer. He de salir de aquí, he de escapar, intentarlo es mi deber, es un deber de todo prisionero. Aunque no sé si esta maldita cagalera no acabará antes conmigo. No debería haber abandonado la cola, creo que voy a cagarme encima.

Acuciado por la necesidad de evacuación de su vientre, que se presentaba de repente nada más sentir el primer retortijón, con las manos sobre sus tripas, se puso rápidamente en la cola que había siempre formada frente a las letrinas. En el campo de Miranda de Ebro se hacía cola para casi todo, hasta para defecar. La colitis era una enfermedad común entre los prisioneros a consecuencia de la mala comida. La escasez de las raciones estaba en abierta contraposición con su calidad. A las patatas ni les quitaban los ojos, las habichuelas no había manera de que se deshicieran en la boca, y cuando había carne la de los gusanos predominaba sobre la que supuestamente comían. Había así quien nada más haber terminado de evacuar se ponía otra vez en la cola, pues sabía que en un rato volvería a tener ganas. Las letrinas eran una simple zanja abierta en un extremo del campo que habían cubierto con maderas con un agujero a cada metro y un par de tableros a modo de boxes entre uno y otro.

―¿Ya está otra vez el holandés en la cola? ─preguntó a Sam uno de los compañeros de barracón.

―Es la quinta vez en una hora. Ayer ya estaba igual. En la enfermería le han dado unas pastillas, le calman el dolor en el vientre, pero nada más.

―He visto morir así a más de uno. Las pastillas esas que dan no hacen nada. A saber qué demonios serán. A ellos les da igual que muramos, es más, si lo hacemos por una enfermedad como esta mejor, dicen que es muerte natural y un problema menos. ¡Pero si a uno que tenía un cáncer solo le daban aspirinas! Murió como un perro, gritando de dolor, aullando. Lo suyo eran aullidos, aún los tengo aquí dentro, en la cabeza. Aquí no cabemos tantos como abarca su odio.

―Casi tres años que terminó la guerra y siguen matando. Y ahora no me refiero a que te dejen morir como un perro sin asistencia ─comentó otro que llegaba en ese momento y se sumó a la conversación.

―¿Y tú qué haces envuelto con la manta? Hoy no hace tanto frío. No te encontrarás mal tú también.

―¿Yo? ¡Qué va! Estos hijos de puta no van a poder conmigo. La manta la llevo porque si no se va sola.

―¿Cómo que se va sola?

―No me digas que la tuya no tiene piojos.

Rieron. Pocas ocasiones tenían de hacerlo. Trataban, pues, de que durase, repitiendo la ocurrencia varias veces. Otro más se acercó.

―¿De qué os reís? ¿Eh? ¿De qué? Decidme, ¿qué os hace tanta gracia?

Buscaba la risa como otros resguardarse del frío. Con la sonrisa en la boca esperó la respuesta para soltar una reconfortante carcajada.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018)

Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), mis dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

El corto tiempo de las cerezas

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird)

Habrá que seguir viajando. No queda otra

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Erik Johansson

Erik Johansson

Tras el viaje que, en tiempo presente y por motivos no deseados, me vi obligado a emprender en busca de mí mismo, por no saber decir no, una odisea digna de Ulises, empezó para mí una nueva vida, o eso creía.

Continué viajando con una nueva identidad. Mas como quiera que siempre me he considerado curioso, y quienes me conocen ya consideraron que lo era antes de considerarlo yo, y como quiera también que no conozco mejores compañeros de viaje que la soledad, la imaginación, una libreta y un portaminas (o pluma en su defecto), decidí ahora que puedo –alguna ventaja ha de tener aquel que se dedica a escribir– hacerlo en otro tiempo que no fuera el presente.

Para mí –lo he dicho otras veces– escribir es como respirar. En según qué circunstancias el aire viciado te lo impide, pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Aun así, acabamos contaminados por la atmósfera que nos rodea sin siquiera darnos cuenta y conformamos la realidad a través de nuestro ánimo adulterado. Solamente en la ficción somos capaces de soportar nuestras renuncias y asentimientos.

Muchas cosas me sucedieron en este nuevo viaje que llevé a cabo en un tiempo que, iba a escribir, no era el mío, pero no es así. Mejor, más preciso, es decir que realicé ese nuevo viaje en un tiempo en el que aún no había nacido y al que llegaría poco más de cien años después. Sin embargo, cuando me di cuenta había terminado. Duró un rot de cirera*. Las cerezas… ¡Ay las cerezas! Tan sabrosas, dulces y frescas, pero tan fugaces… El corto tiempo de las cerezas… Qué breve, pero ¡cuánto se disfruta! Tanto como el tiempo que viví durante este periplo –pues eso fue– teñido de rojo, de rojo cereza, el color de la pasión, el delirio, el frenesí, el deseo desenfrenado, el sufrimiento y el padecimiento, el de la revolución y el de la sangre, la que nos hace vivir o la que otros derraman para que sigamos viviendo, y el del terciopelo de los tapizados de pomposos teatros y ostentosas mansiones también.

De todas ellas, unas dejaron mayor impronta que otras, pero todas las viví, las buenas y las malas, las gratificantes y las desilusionantes. En más de una ocasión sin saber distinguirlas. Seguí buscado un lugar en el mundo que no fuera el que se nos adjudica nada más nacer, pero no lo conseguí. Era el momento de volar, de hacer el equipaje, de empacar mi ansiedad y mi desasosiego, mis frustraciones y esperanzas, y migrar de nuevo, como los mirlos que no soportan la ciudad. Y, así, me fui canturreando Adiós, adiós, mirlo (Bye Bye Blackbird).

Otro tiempo –creí, luego observé que solo era una prolongación del mismo–, otros lugares –creí, luego me di cuenta de que ciertamente eran diferentes, pero no distintos–. No por ello dejé de volar, pero antes me despedí –en principio para siempre– de estos confusos tiempos de cerezas y adioses.

Mi nuevo viaje me llevó a explorar otras realidades alejadas de lo que socialmente se considera ‘normal’, inexplicables, pues, para los humanos, que tratamos de justificar todo mediante la lógica o la ciencia. En esta ocasión fui acompañado de un guía, un tal Argararemon, un ‘esente’  que se presentó antes de revelar su verdadera identidad como un genio de esos que aparecen en los cuentos y dijo llamarse Prudencio Calamidad. Un tipo original, curioso cuanto menos. Menudo nombrecito se le ocurrió.

Habiendo viajado por el presente, el pasado y, si no el futuro, por otras dimensiones temporales distintas, comprobé que ningún tiempo ni lugar era el mío. O con ninguno me identificaba. El desasosiego, la angustia, la zozobra, no habían desaparecido. Y creo que nunca desaparecerán. La clave del por qué me la dio una joven durante una asamblea que tuvo lugar en el Théâtre de l’Odéon, en París, tras ser ocupado por los estudiantes el 13 de mayo de 1968, entre cuyos asistentes se encontraba Sartre. Cierto es –dijo– que estructura actual del sistema social  se sostiene sobre una base que “está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará”.

Tiene razón, toda, pero a mi me cuesta aceptarlo. ¿Cómo es posible? Me vienen entones a la mente las palabras que La Boétie escribió a mediados del siglo XVI: “¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece”.

Mi confusión y perplejidad se acrecientan cada vez que me preguntó por qué. Y esa pregunta está dentro de mi cabeza, repitiéndose como un disco rayado. La única conclusión a que he llegado hasta el momento –y que creo será definitiva– es que somos imbéciles. Individualmente no todos, pero cuando nos juntamos, cuando nos organizamos en eso que llamamos sociedad, nos convertimos en el ser más imbécil que habita el planeta. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Martillea mi mente la puñetera preguntita. También, ¿cómo es posible?

Necesito una respuesta, he de hallar alguna satisfacción a mis dudas, por poca que sea. Es que es verdad. No somos más imbéciles porque es imposible. Los humanos tenemos el monopolio de la imbecilidad, es un gen incrustado en nuestro ADN. De eso estoy totalmente convencido y numerosos datos empíricos así lo corroboran.

Pienso dedicar, en consecuencia, la mayor parte de mi tiempo ‘libre’ a poner en orden las muchísimas notas, anotaciones y otra documentación que con el tiempo he ido recopilando movido por esa curiosidad de que hablaba al principio. Y confío en que de todo ello surja mi próximo libro, que, por el momento, y no creo que cambie, se titulará Tratado sobre la imbecilidad congénita al género humano.

Accederé mientras al blog con bastante menos regularidad, por lo que aprovecho para desearles a todos feliz verano (o invierno, según desde donde se me lea) y, sobre todo, muy sobre todo, un buen descanso (‘alivio en la fatiga y en las dificultades físicas o morales’, RAE). No olviden, como dijo el genial comediante y escritor italiano Eros Drusiani, que “los malos a veces descansan, los imbéciles nunca”. Así es, la imbecilidad no se toma ni un solo minuto de vacaciones.

* Rot de cirera es una expresión valenciana que se utiliza para decir que algo dura muy poco. Durar menys que un rot de cirera (literalmente ‘durar menos que un eructo de cereza´)