Cómo Marion se hizo anarquista

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‘La jeune bergère’ (1885), óleo de William-Adolphe Bouguereau.

Mis padres trabajaban en una fábrica de tapones cerca de Cognac. A mí, desde muy pequeña me pusieron a servir en casa de un médico. Yo odiaba ese trabajo. Sí, señora; sí, señor; lo que diga la señora, lo que diga el señor… Pero no había más remedio que llevar un jornal a casa. Mis padres, sin embargo, estaban contentos, para ellos era una buena ocupación. Decían de él, del médico, que era un cirujano de primera y lo llamaban de todas partes. Vivía a cuerpo de rey, pero era un tipo despreciable, ruin. Un día, tendría yo unos catorce años, llegó un pobre trabajador; su hijo, de unos diez años, estaba muy mal. ‘Ya lo vi ayer y te dije que no se podía hacer nada por él, ¿qué quieres que haga?, Dios tendrá sus razones para llevárselo’, le espetó. Aquel hombre, que no dudaba en arrastrarse ante él para salvar al pequeño, le recordó que también le había dicho que posiblemente una intervención quirúrgica le permitiría seguir con vida. Padecía de algo de los nervios, no recuerdo qué. ‘Sí, te lo dije, pero también te dije que para ello habría que desplazarse a París y que eso cuesta mucho dinero. ¿Lo tienes? Aunque yo, sentando un mal precedente, renunciara a mis honorarios, ¿qué pasaría con mis colegas? ¿Tú acaso trabajas gratis?’. Y por mucho que el pobre hombre suplicó no hubo nada que hacer. El chico falleció al poco, tres o cuatro días después a lo sumo. Aquello me sublevó. ¿Cómo se puede ser tan canalla? Pero, sobre todo, pensé, ¿qué clase de sociedad es esta que permite que alguien que puede salvar una vida no lo haga por dinero?, ¿cómo es que ni siquiera su prestigio se vio afectado por una acción tan indigna de quien dice ser hombre? Al día siguiente, el muy miserable partía para Javezac. ‘No me esperes a comer, querida’, escuché que le decía a su esposa, ‘he de ir a la finca de madame Duval’, una asquerosa ricachona, ‘no tiene nada pero ya sabes cuánto le gusta que los demás se compadezcan de su imaginaria mala salud’. Empecé entonces a interesarme por las ideas revolucionarias que muchos pregonaban. Los jóvenes solíamos pasear por el Charente, tonteábamos, pero no todos, también había quien tenía conciencia de la situación y se rebelaba contra ese estado de cosas, abusivo, egoísta, despiadado. Desde entonces, todo cuanto ganaba me lo gastaba en comprar libros y periódicos anarquistas. Algunas veces, como no entregaba dinero a mi padre, al llegar a casa me encontraba con que todos estaban comiendo y yo tenía en la mesa el plato puesto al revés.


Portada de ‘Le Petit Journal’ (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.

Al final me marché, no aguantaba más. Un joven, Pierre se llamaba, me acuerdo perfectamente de él, tenía contactos en París con el círculo próximo a Ravachol y me vine para acá dispuesta a batallar contra tanta injusticia. Eso era en 1892, tenía yo diecisiete años. Nada más llegar, me enteré que a Ravachol lo acababan de detener por haber atentado contra el juez Benoît y el fiscal Bulot. En ninguno caso hubo muertos. Un camarero, al que la actitud de Ravachol hizo sospechar, avisó a la policía y lo detuvieron. Fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad, pero a los burgueses les pareció poco castigo y volvieron a juzgarle por otras acciones anteriores a los hechos. Se le acusó entonces del asesinato de cinco personas y la violación de una sepultura. Él negó la mayoría de los cargos, pero daba igual, la decisión estaba tomada de antemano, el juicio tenía por única finalidad poder dictar una sentencia que satisficiera a los asustados burgueses, así que lo condenaron a muerte. La guillotina acabó con él en Montbrison. Murió gritando ¡Viva la anarquía!

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015, nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente en este blog el 27 de enero de 2018.

Cuando los apaches eran dueños de París

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Puede que suene extraño, pero a principios del siglo XX los apaches eran los dueños de París. No de todo París, precisemos, pero sí de los bajos fondos, y por la noche de Montmartre. Por eso el famoso cuplé Si vas París, papá, un one-step de 1929 que compuso Rafael Oropesa, advertía del peligro: “Si vas a París, papá, cuidado con los apaches”. ¿Lo recuerdan? En todo caso empecemos con él. Laura Valenzuela lo canta en la película Pierna creciente, falda menguante, dirigida en 1970 por Javier Aguirre y protagonizada por Laura Valenzuela, Fernando Fernán Gómez, Emma Cohen e Isabel Garcés.

“Apaches” de París a principios del siglo XX.

Si vas París, papá es un tema sobradamente conocido, de esos que forman parte de la memoria musical popular y quien más y quien menos –sobre todo si ya tiene cierta edad– ha escuchado o tarareado alguna vez. Y la frase en cuestión –“Si vas París, papá, cuidado con los apaches”– más conocida aún. Tanto que no nos preguntamos –ese fue mi caso– ¿qué demonios hacían los apaches en París?, ¿y por qué había que ir con cuidado con ellos? La palabra apache –aparte, por supuesto, de referirse a los indios nómadas de las llanuras de Nuevo México– significa también “bandido o salteador de París y, por ext., de las grandes poblaciones” (RAE).

Portada de la revista “Le Petit Journal” de 1907. “El apache es la plaga de París”, dice la leyenda.

A principios del siglo XX la pequeña plaza Du Tertre en Montmartre podía resultar por el día un tanto ruidosa dada la continua afluencia de gente, pero los animados grupos que por la noche la cruzaban en busca de manduca y jarana llegaban a convertirla en un constante guirigay. En las calles adyacentes se encontraban muchos de los lugares frecuentados tanto por la bohemia parisina como por burgueses ávidos de diversión y, a ser posible, emociones fuertes. Especialmente en el tramo comprendido entre las plazas Blanche y Pigalle garantizaba ambas cosas en los numerosos cafés y cabarets que allí se concentraban, como el Quat’z’Arts o el cada día más famoso Moulin Rouge. También a allí se había trasladado Le Chat Noir, poco a ver lo que era. La zona atraía todo el esnobismo francés y extranjero y se la consideraba la cuna del vicio, la inmoralidad y la delincuencia.

Unos nuevo tipos, poco familiares hasta entonces, vestidos con anchas camisas o camisetas de rayas, gorra y pañuelo al cuello, y armados de revólver o puñal, campaban aquí a sus anchas: los apaches, como se denominaba a los malhechores de los bajos fondos de París. Controlaban la prostitución y no había asunto turbio que escapara de sus manos. Los clientes tenían dónde elegir: desde jóvenes casi adolescentes a maduras mujeres curtidas en mil batallas cotidianas se ofrecían a las puertas de los cabarets; las más lozanas eran invitadas a pasar por sus dueños.

“Le Petit Journal” (1904, imagen de la portada): Enfrentamiento entre la policía y los apaches.

Para ir a La Butte de noche se debían tomar, pues, las debidas precauciones; era territorio apache. En este ambiente –además de los sempiternos valses– otros bailes de moda, como el cakewalk o el tango, que no hacía mucho que se conocían en París y causaban auténtico furor, sobre todo entre los jóvenes, apreció uno nuevo: el baile apache, también conocido como tango apache, pues algo de parecido tenía con el tango argentino, tan en boga en Europa. Este baile de las clases populares pronto atrajo a otros sectores más pudientes de la sociedad parisina.

Imaginemos a alguien de aquella época que contemplara tan osado baile por primera vez, como es el caso del protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas, Samuel Valls, cuando vivía en la plaza Du Tertre, donde todos los años se conmemoraba el 14 de julio con un baile popular:

La orquesta paró de pronto y subió al escenario un acordeonista que se puso a tocar el “Valse des rayons”, del ballet de Offenbach Le Papillon. La gente formó un corro y una pareja ─él ataviado con el típico atuendo que identificaba a los hampones parisinos, ella con una blusa roja y una falda de campana negra a la altura de las canillas─ iniciaron un lascivo baile que Samuel advirtió por la brusquedad de los movimientos que se trataba de un baile apache, la última originalidad de París. Había oído hablar de él, un par de años antes empezó a popularizarlo la famosa artista del music-hall Mistinguett en un espectáculo del Moulin Rouge, sabía que era enérgico y agresivo, pues se inspiraba en las peleas de las prostitutas con sus chulos, pero aun así le sorprendió la violencia de la coreografía. El hombre, de unos treinta años, un tipo fornido, todo músculo, hacía gestos a la mujer, que parecía algo más joven, si bien era difícil precisar su edad por su abultado maquillaje, de que se acercara. Ella le ignoraba, con la mano indicaba que la dejara en paz. Rudamente, de un manotazo, el tipo la cogió del brazo y la lanzó al suelo. A continuación la levantó de los cabellos, aproximó la cara de la chica a la suya y dieron unos pasos de tango mientras él sacaba un cuchillo con el que acariciaba el rostro de su pareja, a la que zarandeaba y volteaba en todas direcciones y volvía a arrojar a los pies de los espectadores, que jaleaban con júbilo sus maniobras. Más volteretas, otro empujón, ella trataba de defenderse, otro bofetón ─puede que simulado, pero el golpe de la mano en la mejilla se oyó incluso desde la posición de Samuel─ y de nuevo al suelo. Al final, como si un fardo se tratara, la levantó, desfallecida la puso sobre sus hombros, boca abajo, de modo que la falda caía sobre la cabeza de la joven, y abandonó el círculo. Fin de la actuación. Gritos de bravo y fuertes aplausos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015, nueva edición 2019).

Vamos con el baile en cuestión en esta filmación de 1934 realizada en los estudios Pathé de Londres.

Tal fue la popularidad de la danza que tuvo su traslación al cine. Desde la década de los treinta del siglo XX el baile apache hizo apariciones esporádicas en diversas películas, como Luces de la ciudad (1931) de Charles Chaplin, Ámame esta noche (1932), Charlie Chan en París (1935), Queen of Hearts (1936) o Pin Up Girl (1944), por citar algunos ejemplos. Veamos, si les parece, una secuencia –en la precisamente suena la música del “Valse des rayons”– del film Charlie Chan en París (1935). La danzarina es Dorothy Appleby y él, se especula, un joven Anthony Quinn.

Para finalizar, una secuencia de un corto de 1939, Montmartre Madness, que dirigió Arthur Dreifuss.

Que pasen un buen fin de semana.

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Versión actualizada de la entrada publicada anteriormente en este blog el 29 de enero de 2018.

Los miserables de Nueva York

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Una mañana [Samuel] fue con William a visitar el barrio en que este se había criado, el Lower East. El Lower East Side, en el sureste de Manhattan, era uno de los barrios más antiguos de Nueva York, al tiempo que de los más degradados y, con diferencia, el más densamente poblado, con mucha diferencia, nada menos que la zona más habitada del planeta. Sus moradores eran trabajadores inmigrantes europeos como los que Samuel vio en la isla de Ellis, aquellos que habían viajado con él como si fueran fantasmas. En una de sus calles, tan necesitada de todo como sobrada de gente y miseria, había crecido William hasta que consiguió un trabajo de lavaplatos en un hotel que le permitió costearse los estudios en el Conservatorio de Nueva York. Allí también nació su afición por la música negra, pues cuando era niño negros y blancos convivían sin ningún tipo de problema.

―Ahora, sin embargo, fíjate, no verás un solo negro. Aquí son casi todos italianos. Sería muy raro, lo mirarían con extrañeza, cuando no animadversión.

―¿Los han echado de aquí?

―Más o menos. Eran pocos comparados con los demás inmigrantes, irlandeses, italianos, alemanes, polacos, eslovenos… Cada nacionalidad fue agrupándose en zonas concretas, los negros acabaron por marcharse, no tenían otro remedio.

En Mulberry Street ─donde William hacía la observación a Samuel─ había tanta gente en la calle como en la Quinta Avenida, pero sus aspectos eran bien distintos y sus ocupaciones, por supuesto, otras. Numerosos carritos con verduras ocupaban gran parte de la vía pública. A su lado circulaban carros y tartanas, nada de calesas ni automóviles. El poco espacio de calle que quedaba libre y las aceras estaban igualmente atestadas de gente, la mayoría con rasgos que identificaban fácilmente su lugar de origen, el sur de Italia: piel morena curtida por el sol, mediana estatura, pelo negro, poblados bigotes apenas recortados… Vestían ropas ordinarias, de bastos tejidos y presurosa confección, si bien había quien mostraba en su vestimenta y su pose que las cosas no le iban mal. Un tipo sentado a la puerta de su tienda de zapatos, muchos de los cuales colgaban de unos estantes sujetos sobre la misma fachada –como de otras lo hacían vestidos de mujer, sencillos y rectos–, se distinguía por su más cuidada apariencia: traje con chaleco, camisa de cuello americano y corbata roja, bien peinado, con raya de tiralíneas, atusado bigote y mirada satisfecha. Las fachadas de casi todos los edificios eran de ladrillo rojo, pero estaban sucias y las escaleras de incendios que iban por fuera de ellas se usaban como un espacio más.

A Mulberry la cruzaba la calle Hester, donde William había nacido, como otros muchos hijos de inmigrantes europeos. Su estampa resultaba aún más lamentable, los mismos sucios edificios, el mismo uso indiscriminado del espacio, el suelo lleno de desperdicios, la ropa tendida entre los estrechos callejones que separaban los edificios y en los balcones, en los que se amontonaban los colchones que no cabían en las casas pues la mayoría de ellas eran al mismo tiempo taller de confección textil. También era numerosa la presencia de carritos con verduras y ropa, ambas de menor calidad que las que acababan de ver en la calle vecina. Unos niños jugaban con el agua que salía de una de las bocas de riego, otros comían las hortalizas ya pasadas que los vendedores arrojaban a los toneles de basura.

―En una casa como aquella viví yo hasta los quince años, la que yo habité la derribaron hace tiempo –William señalaba un destartalado y mugriento edificio compartimentado en diminutos apartamentos a los que se accedía por el estrecho callejón que aquel conformaba con el inmueble vecino–. Apenas cabíamos mi padre, mi madre, mi hermano y yo, pues debíamos compartir el espacio con las telas, hilos y género que traían los fabricantes para su confección. Mi padre trabajaba en el puerto, también mi hermano, yo ayudaba a mi madre, que trabajaba por lo menos diez horas al día, no hacía otra cosa que coser. Cogía las piezas acabadas, las doblaba y las dejaba en un montón; también preparaba los hilos.

En la práctica totalidad de los balcones o de los rellanos de las escaleras de incendios se veían cuerdas atadas a postes o a las fachadas colindantes, de las que colgaban toda clase de prendas de vestir, sábanas, colchas… Predominaban los colores blanco y negro y podía parecer que el lugar se había engalanado para una ocasión especial, pero nada más lejos de la realidad, bastaba con fijarse en los abundantes remiendos con que todas las telas estaban necesariamente reforzadas.

Niños durmiendo en Mulberry Street (1890).
Fotografía de Jacob Riis.

William y Samuel no se atrevían a entrar a ninguno de aquellos minúsculos espacios, no era tan obscena su curiosidad. De pronto oyeron el grito de un niño, se había caído desde lo alto de una farola cuya cima pretendía alcanzar, posiblemente con la única pretensión de comprobar cómo se veían las cosas desde arriba. Acudieron enseguida en su auxilio. Nada serio, le sangraba un poco el codo izquierdo y le costaba caminar, debía haberse producido un esguince. Lo acompañaron a su compartimento, una ínfima habitación que tanto a uno como a otro les resultaba familiar. Tendría como mucho tres por seis metros y carecía de ventana. La puerta, al abrirse, casi rozaba con el cabezal de la cama, una sola, que se apoyaba en la pared a fin de ganar más espacio. Sobre la cama, un viejo colchón y unas raídas mantas que a saber los años que tendrían, pero limpias, como el resto del habitáculo, como la mujer que les recibió, la madre de la accidentada criatura. En un santiamén uno se hacía una idea –que no podía ser inexacta pues todo estaba a la vista, no había recoveco alguno donde guardar o esconder nada– de lo limitado que debía ser el horizonte de sus vidas, tan menguado como el cuchitril que les servía de abrigo cuando no trabajaban. Un cajón que hacía de mesa, algo de ropa, poca, colgada de la puerta y de una de las paredes, un viejo hornillo en el suelo, una palangana, unas cacerolas –no se observaba platos ni cubiertos–, una silla y un taburete con la rejilla hendida era todo, no había otra cosa. Aquella mujer, con el pelo recogido, vestida pobre pero pulcramente, les agradeció el detalle que habían tenido con su hijo y se disculpó por no tener con qué obsequiarles, lo que, en aquel contexto, equivalía a decir que les ofrecía todo cuanto poseía, es decir, nada. Samuel le dio el dinero que llevaba encima, algo más de cien dólares. La mujer se quedó mirándole, era mucho dinero, el equivalente al salario de un obrero durante diez semanas. Desconfiaba, no sabía si cogerlo.

―Anda, vámonos de aquí.

Le dijo a William, dejando el dinero sobre la cama. No hubiera soportado que lo rechazara. Para arrebatos de dignidad ya tenía suficiente con el de Marion.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (nueva edición 2019). Disponible en Amazon.

Publicado anteriormente en este blog el 29 de enero de 2018.

El desahucio

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Actuación de los antidisturbios durante un desahucio en Parla (Madrid) el 16 de febrero de 2017 / Juan Medina / Reuters.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Quiénes?

─ Por eso he visto pasar cuando venía dos lecheras a toda hostia.

─ ¿Dos? Allí hay por lo menos diez. Se está armando un pifostio de mil pares de cojones. Hay mucha gente sentada frente al portal para que no puedan sacarlos del piso, más de cien personas. Yo me he enterado al salir de casa, me lo ha dicho El Chino y me he ido con él para allá. Serían las nueve y algo, pero llevaban allí desde las siete y media de la mañana. También los maderos. Ya han avisado que si no se marcha todo el mundo empiezan a repartir gomazos.

─ ¡Qué cabrones! ¿Y Edu y sus padres?

─  No sé, creo que siguen en el piso, pero ya os digo que la cosa se está poniendo fea. He venido antes a avisaros, pero no estabais.

─ Acabamos de llegar.

─ ¿Os venís?

─ ¡Claro, hostias! Vamos.

Poco más de quinientos metros, seis calles, les separaban. Los cuatro muchachos se dirigieron hacia allí a paso apresurado. Los gritos y abucheos eran cada vez más perceptibles e inteligibles. Al dar la vuelta a la penúltima bocacalle se toparon con decenas de personas, de todas las edades, si bien predominaban los jóvenes, que corrían en dirección contraria a la suya.

─ ¿Qué pasa, Chino? ─preguntó Robin a su colega tras dar también media vuelta y ponerse a correr junto a él.

─ Los putos perros… Están rabiosos, reparten que da gusto, a quien sea.

Unos antidisturbios perseguían al grupo porra en mano. Al fondo se veía a otros con fusiles dispuestos a lanzar bolas de goma. Escasos metros les separaban. Unos cuantos jóvenes, entre ellos El Chino y Robin, empujaron con todas sus fuerzas un par de contenedores. La calle era bastante estrecha y la acción surgió efecto:  frenó el ímpetu de los perseguidores, que no tuvieron más remedio que apartarlos para poder seguir. Ganaron así unos preciosos segundos, unos metros, los suficientes para ensanchar la distancia y que la gente se dispersara por diversas calles. Ellos se escondieron tras un montón de cascotes que todavía no se habían limpiado de un último derribo acaecido solo unos días antes. Desde allí vieron pasar de largo a unos cuantos antidisturbios que proseguían en su intento de alcanzar a quienes huían. Al poco llegó el silencio.

─ ¡Putos maderos! ¡Qué asco! ¿Cómo ha sido, Chino?

─ Estábamos sentados, frente al portal.  Nada más irte tú a por estos comenzaron a dar badana para dejarlo libre. Uno de los mandamases dijo que iban a desalojar la calle y enseguida se acercaron con sus escudos y sus cascos, porra en mano y, ¡hala!, a la más mínima resistencia, al que no se levantaba enseguida, gomazo. La gente les decía de todo. Así que siguieron repartiendo hostias como panes, les daba igual quien fuera. A Ramón, el del quiosco, le han dado una leche y sangraba por la cara.

─ ¿Al quiosquero? Pero si es un viejales.

─ Dijo que él no se movía de allí, que lo que estaban haciendo no estaba bien, que cómo eran capaces de hacer una cosa así, dejar en la calle a una familia. Se cagó en los bancos, en los jueces y en los políticos. Dos lo cogieron de los sobacos. Ramón se agarró a los hierros de la puerta y no podían con él. Uno le dio un porrazo en la mano y, claro, se soltó. Les dijo, yo estaba cerca, lo vi y oí todo, que si de verdad eran personas lo que debían hacer era defender a la familia de Edu y que eran unos miserables. Miserables, dijo. Entonces fue cuando le dieron en toda la chola y se lo llevaron a rastras a una lechera. La gente gritaba que lo dejaran estar, les decíamos de todo: perros, vendidos, asesinos, ¿qué defendéis?, ¿a quiénes?, pero los muy cabrones empezaron a repartir con más ganas y se llevaban a las lecheras a cuantos podían a empujones y hostias. A Patri se la llevaron arrastrándola del pelo. Mientras, otros con unas enormes tenazas cortaban una cadena que alguien había puesto en la puerta para que no pudiesen entrar. Entonces nos pusimos a tirarles lo que encontrábamos a mano y echamos a correr.  Ellos nos siguieron, claro.  Empezaron las carreras, más hostias. Mira el gomazo que me han arreado, y menos mal que lo vi venir a tiempo, me di la vuelta y me agaché, el cachoperro apuntaba a la cara.

El Chino se levantó la camiseta y mostró un gran moratón en su espalda.

Unos veinte minutos después se acercaron de nuevo a la calle donde vivía Edu con su familia hasta unas horas antes. Ya no había nadie, unos pocos policías vigilaban el portal y otros más los extremos del tramo de la calle que daban a otras. Dieron media vuelta.

─ Míralos ─dijo Robin─, mira a los putos perros guardianes cómo protegen a los cerdos. El mejor poli es el poli muerto. Así se mueran todos, como dice ese de la tele, entre terribles sufrimientos.

Los demás rieron y añadieron otros improperios de su cosecha.

─ ¿Qué será de Edu y sus padres? ─preguntó Tomate.

─ ¡A saber! Se los habrán llevado también. No sé.

─ ¡Qué hijos de puta! ¿Y ahora qué harán?

─ A mí me dijo Edu hace unos días que si al final les echaban se irían al pueblo de sus abuelos. Viven aún y al menos allí tienen casa.

─ ¡Qué asco, tío! ¡Qué mierda todo!

─ Me las piro, estoy de una mala hostia que te cagas. Voy a ver si encuentro al Ripi y sus colegas. Creo que quieren ir al banco a montar un pifostio de mil pares de cojones. ¿Os apuntáis?

No encontraron al Ripi y a los otros y El Chino no se acordaba del nombre del banco. El Chino se fue. Les avisaría, quedaron, si conseguía averiguarlo.

─ Otra vez el puto parque, el puto banco. ¿Un banco no es un sitio donde descansar? Descansar eternamente será. ¿A quién hostias se le ocurriría poner el mismo nombre a cosas tan distintas? Los hay capullos.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible a través de Amazon.

Publicado anteriormente el 30 de enero de 2018.

El Zyklon B

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Prisioneros del campo de concentración de Auschwitz son conducidos a la cámara de gas (verano de 1944).

Prisioneros del campo de concentración de Auschwitz son conducidos a la cámara de gas (verano de 1944). / The Auschwitz Album.

El Zyklon B era un gas compuesto por cianuro de hidrógeno cristalino. Se almacenaba en envases completamente sellados que se abrían para verterse en las tuberías de las cámaras de gas, a donde conducían los nazis a los prisioneros de los campos de exterminio haciéndoles creer que iban a ser desinfectados. Su muerte se producía tras unos 20-25 minutos de atroces sufrimientos.

Ya en 1941, una investigación desveló un cártel entre la Standard Oil estadounidense de John D. Rockefeller y la IG Farben (IG Farbenindustrie AG), un conglomerado alemán de compañías químicas fundado el 25 de diciembre de 1925 al fusionarse las compañías BASF, Bayer, Hoechst. IG Farben llegó a tener una filial en Auschwitz donde se producían las mayores cantidades de gasolina sintética y goma que necesitaba el ejército alemán. Sus instalaciones eran más grandes que el propio campo. Llegó a tener una mano de obra de trescientos mil “esclavos”, de los que murieron al menos treinta mil. IG Farben fue el mayor apoyo de Hitler. Nada más finalizar la guerra, las investigaciones del gobierno estadounidense determinaron que sin IG Farben no hubiera sido posible. Ya un año antes de que Hitler se hiciera con el poder, IG Farben donó nada menos que cuatrocientos mil marcos al partido nazi. Iniciada la guerra, sus responsables aseguraron a Hitler que podían fabricar gasolina artificial, solucionando así el problema de la escasez de petróleo, y todos los explosivos y toda la gasolina sintética que empleaba la Wehrmacht procedían de IG Farben. Es más, cuando se ocupaba un territorio, automáticamente IG Farben se hacía cargo de sus industrias. El poder de la Farben era, pues, enorme, y su rama farmacéutica llegó incluso a experimentar sus medicamentos en los presos. Sin embargo, su director, Otto Ambros, declarado culpable en Nuremberg de esclavización y asesinatos en serie, fue condenado solo a ocho años de prisión y acabó trabajando en la US Army Chemical Corps. No fue el único, ni mucho menos.

Used Zyklon B canisters in Auschwitz museum

Latas de Zyklon B utilizadas por los nazis para llevar a cabo la “solución final”. / Museo estatal Auschwitz-Birkenau.

Extracto de la conversación entre Helmut Schneider (músico, superviviente del campo de exterminio de Mauthausen), Kurt von Lewinski (directivo de IG Farben) y Sam Sutherland (principal protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós):

―Si estoy aquí es porque le vi en Mauthausen, asistí a varias de las fiestas que organizaban los jerarcas nazis y en las que parecía ser un invitado de honor.

―¿Qué dice ahora?

―Le vi. Era uno más de ellos, y le trataban muy bien.

―Tonterías. Eso que dice son tonterías. Yo solo era un químico que dirigía una empresa, una parte de una empresa, ridícula.

―Que fabricaba el Zyklon B ─precisó Sam.

―Que fabricaba Zyklon B, sí. ¿Y?

―Ese gas sirvió para asesinar a millones de seres humanos. Usted controlaba su fabricación en Auschwitz, adecuaba la producción a las necesidades de los nazis, con quienes mantenía excelentes relaciones. Tenemos pruebas suficientes que le incriminan.

―¿Quiénes? ¿Quiénes tienen pruebas?

―Trabajo en el Centro de Documentación Judía que dirige Wiesenthal.

―Acabáramos. Entiendo su animadversión, sus ansias de venganza. Pero yo no tengo nada que ver con eso que llaman “solución final”.

―Usted no solo fue un colaborador necesario, sino uno de sus artífices.

―¿Por haber desarrollado unos conocimientos estrictamente profesionales? ¡Por favor!

―Profesionales, sí. Fue usted un excelente profesional. De la muerte.

―¿Yo? Seamos serios, señores, que ya no son unos jovencitos. ¿Y el plutonio que se usa en la fabricación de bombas atómicas? ¿Es su descubridor el culpable, pues, de lo sucedido en Hiroshima y Nagasaki? ¿Lo es acaso Einstein por sus investigaciones en energía nuclear? Yo no he matado a nadie en mi vida. Pero, en fin, vayamos al grano. ¿Quién está detrás de ustedes? ¿Los israelís? Pueden matarme ahora mismo. Para eso han venido, ¿no?

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Nueva edición 2019. Para conseguirla (edición en papel y ebook) clique aquí.

Violeta, vendedora de amor (y 2)

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Violeta 2

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Violeta debió creer que era el momento apropiado para contarle su condición a la persona adecuada. No erró. Infiero también que don Cosme se sintió aún más atraído por Violeta al verla tan hundida y abatida. Igual fue entonces cuando se enamoró de ella. El amor a los desvalidos es consustancial al espíritu cristiano. (…)

Violeta y don Cosme resultaron ser convenientes, podían avenirse bien una y otro. (…) A ambos la vida los había ido poco a poco apartando de lo que se llama mundo real, que no es otro que aquel construido desde la irrealidad en que vivimos y que consideramos salvífico en tanto que siempre nos relacionamos con él desde el ego. Ambos se habían formado en el ascetismo, en una existencia austera y mortificante; don Cosme entregado al cuidado de su madre y a sus negocios, Violeta al de su hijo y también a sus negocios. En última instancia ambos se dedicaban a lo mismo: la venta de mercancía para subsistir; él más desahogadamente, ella con apuros, pero en el fondo desde los mismos parámetros, y por la fuerza ─las circunstancias─, por la fuerza pues. (…)

Violeta y don Cosme parecían estar destinados a auxiliarse el uno al otro en su porfía por escapar de la sordidez en que transcurría su existencia y, si no, al menos evadirse de ella y aliviar profundamente sus respectivos males procurando la satisfacción temporal de sus cuerpos; para las almas no existe terapia alguna. El día en que don Cosme subió a una de las habitaciones con Violeta le pagó por sus servicios, que al parecer no requirieron del sexo. Ella no quería, pero don Cosme insistió. Violeta acabó cogiendo el dinero. Es obvio que lo precisaba, como también, por lo que pude yo columbrar en nuestras charlas, que él no. Sí que lo cogiera.

En los siguientes encuentros propuso don Cosme que se vieran fuera del club, salir a cenar, tomar una copa por ahí, ir al cine, al teatro, pasear simplemente o charlar sentados en un banco del Parque de la Ilusión bajo los robles (…). No desconfiaba Violeta de la buena fe de don Cosme ni del verdadero sentido de sus intenciones, pero no podía abandonar el local cuando le viniese en gana, era su trabajo. Le sugirió este que se vieran después, o antes, de la jornada laboral. Le pagaría por ello, al fin y al cabo era también una forma como otra de utilizar su cuerpo. Por lógica debería pagar más, pues precisaba también de su espíritu. (…)

Finalmente Violeta aceptó, no sin ciertas reticencias. Entendía, por mucha aversión que sintiera, las transacciones comerciales entre puta y cliente con fines sexuales. Su cuerpo, como el de todas las otras mujeres que ejercían el mismo oficio ─no sé si llamarlo profesión─ era un artículo que, en función de su estado de conservación, como los tomates, las lechugas, las iglesias o los castillos, adquiría un valor determinado. No era gratuito, podía estar marchito o falto de una restauración, o bien conservar su lozanía por ser aún fresco o haber sido rehabilitado (esto último con mayor o menor fortuna, según la inversión efectuada en el negocio y el profesional contratado). Dependiendo de todo ello variaba su cotización. Pero la propuesta de don Cosme iba más allá, no quería su cuerpo, la quería a ella, deseaba su complicidad, conchabar ─vocablo que tiene doble acepción: puede referirse a la acción de contratar a alguien como sirviente o trabajador a sueldo, pero también a la unión de dos personas para un fin determinado, sobre todo si este se considera irregular, o prohibido─, y esto era totalmente  nuevo  para Violeta. (…)

Desconozco el momento en que Violeta decidió emprender con él ese viaje a la esperanza, es decir, a ningún sitio concreto, su hábitat natural, el de la esperanza. Mas lo cierto es que, con el tiempo, surgió entre ellos algo parecido al cariño, el afecto, la comprensión. Julián, el marido de Violeta, sabía de la existencia de don Cosme. Nada decía, me decía don Cosme. Julián no quería que Violeta trabajara en un club de alterne, pero callaba, aguantaba, tratando tal vez de convencerse de que era una nueva Irma la Dulce.

Violeta ya había hablado con Julián de don Cosme, desde hacía tiempo. (…) Le contó que era un hombre de vida solitaria necesitado de compañía, y qué mejor compañía que aquella de la que al separarnos lo hacemos más reconfortados con nosotros mismos, como le sucedía a don Cosme. Violeta sabía que así debía ser, no era tonta, ella estaba para escuchar y comprender, asentir en lo que para él resultaba incuestionable y discutir lo que estimase dudable, y estaba también el afecto desprovisto de interés que sentía Violeta por aquel hombre necesitado. (…)

Don Cosme no puso objeción alguna cuando Violeta le dijo que quería presentarle a su marido, solamente preguntó qué le parecería a Julián su visita. Sabía tan bien como Violeta que ella nunca dejaría a Julián ─años de infortunio habían fortalecido los vínculos entre dos almas débiles─ y que su papel se reducía al de gregario. Toda su vida lo había sido, gregario, analogía y extensión de su madre. Sin ella se hallaba incompleto. (…)

Finalmente, don Cosme fue invitado a comer. Mejor que a cenar, de día la vida se ve distinta, también la muerte, que parece acecharnos con más ahínco a partir del anochecer. Conoció a Julián, al hijo de su protegida, la casa en que moraban, el barrio en que se hallaba su hogar. Todo fue bien. (…)

Don Cosme conocía bastantes particularidades de la vida de Violeta y no se sorprendió al ver la humilde casa que compartía con su hijo y con Julián en el barrio de San Patricio, ni descubrió nada realmente nuevo al tenerlos a estos cara a cara, al menos nada sustancial. Violeta le había hablado de todo ello espontáneamente, con la franqueza que acompaña el desahogo emocional, pero le impactó sobremanera la visión del barrio en que se hallaba la morada, más pobre aún que las vidas cotidianas de quienes lo habitaban, tan cercano al caos como alejado de lo que se supone ha de ser un espacio donde vivir. Sus pocas calles estaban siempre llenas de gente, sobre todo de día. Ancianos de años se sentaban en los pocos bancos que había en un descuidado y destartalado parque, o en sillas que sacaban a la calle, con otros cuya vejez ya se había acomodado en su espíritu e incluso mostraba sus señales en sus rostros independientemente de su edad. Unos y otros trataban entre charlas y chascarrillos llevar con resignación la extremaunción social que dosificadamente se les administraba a diario. De todos modos, por muchos que fueran y mucho que hablaran, aunque fuera a gritos, en el barrio solía imperar el silencio, un silencio que a veces rompía el sonido de deteriorados motores de vetustas furgonetas cargadas de chatarra. También las sirenas de los coches de la policía cada vez con mayor frecuencia. Personas de todas las edades convivían, coexistían sería más preciso, en un espacio cerrado de accesos bien definidos. A todos ellos les unía la indolencia, el abatimiento, el desaliento, la falta de ánimo para cambiar su suerte. (…)

Fue en ese ambiente de miseria y fracaso, de desigualdad y malestar, de degradación física y moral en el que cualquier ilusión, por ingenua que fuera, parecía pretenciosa, o tal vez a causa de él, donde don Cosme encontró la familia que seguramente había deseado tener siempre ─incluso desde antes de la muerte de su madre─ pero nunca se atrevió a causa del desgraciado accidente sufrido a los veinte años. A partir de ese momento comenzó a sentirse cada día más intimidado ante la presencia de una mujer, especialmente si le resultaba atractiva o simplemente adecuada. ¿A qué mujer podía gustarle un tuerto? ¿Cómo pretender a nadie si no era capaz de mirar a los ojos fijamente, si se sentía grotesco con su inexpresivo ojo de cristal y consideraba risible su aspecto? ¿Podría considerar alguna mujer digno de confianza al poseedor de una mirada tan poco límpida, que igual infundía temor que mofa? ¿Quién en esas condiciones desearía compartir su vida con él?, aparte de su madre, claro. Pero con ella no podía tener sexo y, en consecuencia, resultaba imposible la comunión absoluta que deseaba, y eso buscaba don Cosme mientras se refugiaba en el seno de su madre, sabedor de que más pronto o más tarde sería expulsado de allí.

Como cristiano que era, aunque no practicante, le resultaba imposible entender que la vida pudiese transcurrir por otro camino que no fuese el de la resignación, la abnegación, la conmiseración. ¿Qué mejor, pues, que una puta para sustituir a una madre?

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Violeta, vendedora de amor (1)

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Violeta_Marine Vacth

Marine Vacth en un fotograma de la película ‘Jeune et jolie’ (2013, ‘Joven y bonita’).

Don Cosme ─me contó─ llegó a intimar con una prostituta de nombre Violeta (en realidad se llamaba Ramona). Tanto que quiso casarse con ella. Si no lo hizo fue porque ya estaba casada. Tenía unos cuarenta años, Violeta; don Cosme pasaba de los sesenta en aquellos momentos. De esto hace ya algún tiempo, no mucho. Era madre, Ramona, de un chico de once años ─creo recordar─, del que desconocía quién pudiera ser el padre. Alguien que probablemente estuviera tan solo y falto de afecto como don Cosme se enamoró de ella, puede que movido por la necesidad o la conmiseración, o por ambas cosas a la vez. ¡Qué sé yo! Se casó y dio su apellido al niño. Julián ─se llamaba Julián el esposo de Violeta─ decidió sacarla de la prostitución y de aquel mundo lóbrego y gélido incluso en los días que el sol resplandece con toda su intensidad.

Durante un tiempo ─sigo el relato que me hiciera don Cosme a lo largo de nuestros encuentros─ todo fue bien. El marido de Violeta ─la llamaremos siempre así, es como se presentaba ella cada vez; además, tanto Julián como don Cosme se habían enamorado de Violeta, no de Ramona; a Ramona lo más probable es que jamás la conocieran, puede que ni ella misma se acordase de que en un tiempo fue Ramona─ trabajaba en una fundición dedicada a la reparación y construcción de máquinas para la industria textil y a la fabricación de maquinaria oleo-vinícola. Cerró. La revolución, la crisis. Julián se quedó, pues, sin trabajo, y lo que es peor, sin sueldo. Buscó nuevo empleo, como tantos otros que atravesaban su misma situación. Como tantos otros, pasó a engrosar las filas de hombres y mujeres que ven cómo su existencia se va disipando entre la sensación de inutilidad, el desespero y la impotencia. Lo poco que cobraba del subsidio por desempleo no era suficiente para cubrir siquiera las necesidades más apremiantes del día a día. Además, el hijo de Violeta sufría un leve retraso mental y, consecuencia de este, una dependencia continua de su madre. Cambiar ahora ─un ahora que empezó cuando Violeta se casó con Julián y pudo dedicarse a su cuidado─ cualquier rutina de su vida hubiera supuesto un trauma terrible para el joven, me explicó don Cosme. (…)

Julián se mostró reacio a que Violeta regresase otra vez al barrio chino a vender su cuerpo. Él lo conocía muy bien, sabía el placer que le proporcionaba, el deleite que alcanzaba con sus caricias, el gozo de ser correspondido del mismo modo, conocía el cuerpo de Violeta mejor que el suyo, había pasado noches enteras durmiendo en su cama, disfrutando la dicha de dos cuerpos que se aman y se entregan, que siguen necesitándose al día siguiente de todos los días, compartiendo alegrías ─pocas─, llantos y penas. No podía soportar que nadie más fuera partícipe de esas sensaciones. Sabía que Violeta le amaba, que acostarse con otro no era más que una relación contractual, efímera, que en realidad ella no se entregaba ─eso únicamente sucedía con él─, que era una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos. No era Ramona entonces, era Violeta. Claro que Julián, como don Cosme, a quien habían conocido era a Violeta, no a Ramona, y de ella se habían enamorado, pero Julián no soportaba siquiera pensar en ello, la sola representación mental que descarada y provocativamente se exhibía en su cerebro sin consentimiento alguno por su parte, anulando el raciocinio y cercenando argumentos, le atormentaba. Entonces Violeta se convertía de verdad en puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas.

Al final, Violeta consiguió trabajo en un club de alterne, uno de los pocos que quedaban abiertos en aquel barrio sombrío, opaco a cualquier irradiación de vida. La calle era la casa de aquellas mujeres rendidas y devaluadas y el vecindario su parentela. Su trabajo consistía, le dijo a Julián, en servir en la barra. Los clientes eran para las demás. Pero algunos la conocían de antes y reclamaban sus servicios, y a veces no se podía negar. El dinero, era necesario el dinero. A Julián no se lo podía decir. Él cuidaba del chico ─al que quería como un hijo─ cuando Violeta trabajaba y se ocupaba de la casa. Era un buen hombre, por lo que parece. Lo que parece es lo que le pareció a don Cosme, yo me limito a trasladar a estas páginas lo que me contó, añadiendo si acaso alguna cuestión conjetural pero sin entrar en otras consideraciones.

Asiduo de esas guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos, con que se construyen los barrios chinos, en la barra de uno de los pocos clubs de alterne que permanecían abiertos fue donde conoció a Violeta. Para don Cosme aquel barrio no era inhóspito, tal vez sí despiadado, sabía que las opciones de sus moradores se limitaban a la fuga o a la muerte, pero allí encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos. Trataba a las solícitas y complacientes mujeres de la calle como en verdad las consideraba, como trabajadoras sociales. Se mostraba atento y respetuoso con ellas, no solía acostarse con nadie, tomaba una copa y charlaba un rato, en todo caso algo de petting si se terciaba. Con el tiempo llegó a satisfacerle más que la cópula, respecto a la que siempre me pareció observar cierta renuencia por su parte. Como creyente que era, se apiadaba de quienes no sabían disimular su desánimo y no juzgaba a nadie: habrá un juicio final en el cual dios juzgará a todos los hombres y solo él tiene esa potestad, pensaba, o se decía a sí mismo, y a los demás, a mí al menos, para esquivar problemas morales.

Violeta pertenecía al grupo de mujeres ─vendan su cuerpo, su fuerza de trabajo física o su intelecto─ que han perdido toda capacidad de simulación y se atrincheran en una coraza de indolencia. Su mirada reflejaba indiferencia, ni odio ni pasión; era la de un ser errático en su desventura sin posibilidad de horizonte alguno. A don Cosme le gustó desde el mismo instante que la vio detrás de la barra cuando, como varias tardes a la semana ─dos, tres, cuatro─, entró al club a tomar una copa y charlar un rato con quien más predispuesta estuviera a escuchar confidencias o lamentaciones como si fuese una persona afortunada. Debía serlo más que su contertulio, aparentarlo por lo menos daba confianza y garantizaba cierta estabilidad en sus ingresos. Ese día, detrás de la barra solamente estaba Violeta. Don Cosme se sentó en el taburete del centro, había tres más a ambos lados, los seis vacíos. La gente que frecuentaba el barrio chino estaba tan depauperada como su entorno y no disponía de dinero suficiente para malgastarlo en una cata de sentimientos previa al encuentro sexual.

Entabló conversación con Violeta en términos que desconozco pero que debieron ser satisfactorios, pues volvió al día siguiente, y al otro, tal vez a los dos días. Desde entonces fue aún más asiduo del club en el que servía copas la nueva camarera que antes ejerciera de meretriz. Una de estas veces ─debió ser antes de que Violeta le explicase su situación, incluso es probable que ocurriese el mismo día─ subió con ella a una de las habitaciones que había en la planta superior, a la que se accedía por una estrecha y desvencijada escalera de caracol, para tener sexo, pero al menos por parte de él ya había surgido el cariño y, con este, habían regresado los principales valores morales derivados de su particular existencia que, dadas las circunstancias en que había transcurrido, eran por encima de todo la conmiseración, la abnegación y la resignación. Si hubo o no relaciones sexuales en aquel primer encuentro don Cosme nunca lo aclaró. Infiero que determinadas caricias, algún que otro sobeo habría entre ambos, lo más probable a instancias de él. Poco más. No sé. Tampoco me incumbe.

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