La ciudad del sol

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En la casa de campo de mis abuelos paternos, a unos pocos kilómetros del pueblo en que nació mi padre, cercana a un antiguo balneario, pasábamos todos los meses de agosto. El río que trascurría prácticamente a su lado, el bello paisaje de sauces que lo envolvía, el mismo balneario ya en desuso, los recovecos que se abrían por doquier, los exploraba cual intrépido aventurero que unas veces era un indio, otras un vaquero, un bandolero tipo Robin Hood, un fugitivo de alguna causa injusta o cualquier otro personaje que la mente de un niño puede imaginar, que no son pocos. La ciudad quedaba entonces lejos, muy lejos, y el colegio, los maestros, los exámenes…

Cuando el tiempo lo impedía, cuando hacían su aparición las fugaces tormentas de verano, subía al desván, a escudriñar los múltiples objetos que allí se almacenaban, muchos de ellos ausentes del recuerdo. Había muchos libros de mi abuelo, impenitente lector, ya entonces fallecido. Mi abuela, a quien los achaques de la edad empezaban a hacer estragos, iba a venirse a vivir con nosotros. Escuché que iban a vender la casa y cambiar el campo por la playa. Tal vez por eso, los libros de mi abuelo estaban allí, en cajas de cartón, como tantas otras cosas. Empecé a ojearlos, las fotografías las tenía ya muy vistas. Me llamó la atención un volumen, de menor grosor que los demás. Su encuadernación era preciosa, de piel de color rojo y estampaciones en oro formando triángulos en las cuatro esquinas de la portada, en cuyo centro había un curioso sol con sus rayos, también dorado, bajo el cual, troquelado, aparecía el título: La imaginaria ciudad del sol –que me resultó de lo más sugerente– y el nombre del autor: Tomasso Campanella. Lo de Campanella me hizo gracia.

Comencé a leer, su comprensión no era difícil. Pronto en mi imaginación comenzó a tomar forma aquella ciudad situada sobre una colina y dividida en siete grandes círculos, en los que había inmensos palacios, galerías en cuyas paredes se representaban figuras matemáticas y se describía la tierra, ánforas adosadas a los muros llenas de centenarios brebajes que usaban como remedios de sus enfermedades, paredes en las que había pintadas toda clase de piedras preciosas y vulgares, todos los mares, ríos, lagos y fuentes del mundo, todas las especies de árboles y hierbas, de peces, aves y animales terrestres, todas las artes mecánicas, sus instrumentos y el diferente uso que de cada uno de ellos se hacía en las diferentes naciones… Su modo de vida era muy distinto al que conocía. En la Ciudad del Sol todo era de todos, hasta los placeres, cada uno de sus moradores recibía de la comunidad, regida por sabios, lo que necesitaba.

Fui a por una libreta y un lápiz. Me marchaba al día siguiente y deducía que era el último mes de agosto que pasaría allí. Copié algunas de las frases que más sugerentes me parecían (también desconcertantes): Hombres y mujeres visten igual (…) todos se educan en todas las artes y aprenden con facilidad ()las casas, los dormitorios, los lechos y todas las demás cosas necesarias son comunes () cambian de vestido cuatro veces al año y son los médicos quienes determinan la clase y necesidad de los vestidos () la soberbia es repudiada como el vicio más execrable () no existe la fea costumbre de tener siervos pues se bastan y sobran a sí mismos () las funciones y servicios se distribuyen a todos por igual, ninguno tiene que trabajar más de cuatro horas al día () la pobreza extrema convierte a los hombres en viles, astutos, engañosos, ladrones, intrigantes, vagabundos, embusteros, testigos falsos, etc., la riqueza los hace insolentes, soberbios, ignorantes, traidores, petulantes, falsificadores, jactanciosos, egoístas, provocadores, etc., la comunidad hace a todos los hombres ricos y pobres a un tiempo: ricos, porque todo lo tienen; pobres, porque nada poseen y al mismo tiempo no sirven a las cosas, sino que las cosas les obedecen a ellos

Hoy, casi cincuenta años después, buscando otras cosas –como suele ser habitual en estos casos–, he encontrado aquella libreta, ya de hojas amarillentas y ajada escritura. El tiempo pasa, los recuerdos caen en el olvido. Hasta que despiertan de nuevo. Como ahora. Entonces, la memoria vuelve a ser realidad. Digo bien: realidad (“Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio”, RAE). Y es que, como dijo Simone de Beauvoir “¿Qué es un adulto? Un niño inflado por la edad”.

Publicado originalemnte en mi blog Música de Comedia y Cabaret en septiembre de 2015.

El Tío Silvino

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El Tío Silvino vivía en una pequeña y destartalada casa de campo, en plena sierra, sin agua corriente ni luz eléctrica. Le tildaban de loco porque estaba siempre sentado a la puerta de su casucha, por donde solamente pasaba alguien de uvas a peras, esperando. ¿Qué esperaba?, él nunca lo dijo. Cuando alguien le preguntaba qué hacía se limitaba a responder: Aquí, esperando. Si insistía: ¿Qué esperas, Silvino? o ¿A quién esperas?, él siempre respondía: Espero. Hablaba solo y en ocasiones discutía, supongo que con sus ilusiones. A veces íbamos adrede hasta la chabola para reírnos un rato a su costa, escondiéndonos entre los matorrales y dando voces del tipo ¿Qué esperas, Silvino? o Ya estoy aquí, Silvino, o Silvino, Silvino, agárrame el pepino.

Un buen día nos lo encontramos sentado en un banco de piedra que había al lado de la fachada del asilo, circunspecto, con la mirada gacha, semblante compungido. Alguno de los que pasaban por su lado le saludaba, pero él parecía no enterarse. Leo me dijo que su padre encontró al tío Silvino desfallecido, cargó su burra con él y lo llevó al pueblo. Le examinó don Rafael, el médico, y le diagnosticó no sé qué enfermedad, tampoco sabía Leo cuál, pero lo suficientemente grave como para suprimir definitivamente los hábitos adquiridos con el tiempo. Las autoridades determinaron su ingreso en el asilo. Aturdido, supongo, no fue hasta la mañana siguiente que se dio cuenta de dónde estaba, o al menos de que el paisaje ya no era el suyo. Supe por Leo, y Leo por habérselo escuchado a sus padres, que de repente, al despertar esa primera mañana de su estancia en el asilo, o puede que fuera a la siguiente, empezó a gritar Soy Silvino Leal, ¿quién me ha traído aquí?, ¿qué hago en este sitio? y a proferir improperios en contra de los responsables de haber tomado tal decisión y de las monjas que gobernaban el asilo. Quiso marchar, pero no le dejaron.

Está completamente alelado, escuchamos que comentaba la madre de Leo con unas vecinas. Desde que le dejó Remedios, ya no levantó cabeza. Nos enteramos –o eso dedujimos de la conversación– que Remedios era el nombre de una antigua novia suya que entró a servir en la ciudad en una casa de acaudalados comerciantes. Cada vez que pasaba el cartero le preguntaba si había carta para él. La respuesta siempre era la misma: Hoy no, Silvino. A ver si mañana… Alguien le dijo que Remedios había muerto. Al parecer por compasión, pues lo cierto era que nadie había sabido nada de ella desde que marchó a servir.  Silvino enmudeció y ya no volvió a pronunciar palabra, miró al suelo y no levantó más la vista.

No sé muy bien como fue –puede que el detalle se haya perdido en el desván de mi memoria–que se nos ocurrió a mi amigo Leo y a mí –tampoco recuerdo quién lo pensó primero– escribir una carta al Tío Silvino que firmaría Remedios. Copiamos una antigua misiva que la madre de Leo conservaba de su padre, Leonardo, de cuando estaba haciendo el servicio militar, y cambiamos los nombres. Donde ponía Leonardo pusimos Silvino y firmamos como ella, Remedios. Recuerdo que empezaba algo así como Perdona que no te haya escrito hasta hoy, y añadimos que había estado enferma mucho tiempo, muy enferma, muchos años, y que por eso no había podido escribirle antes. El resto, cosas muy simples, las que figuraban en la carta que conservaba la madre de Leo: te echo de menos, te quiero, cosas así. Es posible que se despidiera ─nos despidiéramos─ con una frase del tipo Ardo en deseos de volver a verte y estrecharte en mis brazos. O algo así.

Silvino, Silvino, el cartero nos ha dado esta carta para ti, se le había olvidado al pasar. El hombre se quedó mirando la carta, en silencio. No sé leer, manifestó al poco. Anda, leédmela vosotros, y nos devolvió la carta. Nos entró miedo, no sabíamos cómo responder, nos miramos y a punto estuvimos de salir corriendo. Venga chicos, leédmela. Nos armamos de valor y con voz trémula le leí aquellas frases que rozaban lo grotesco. No llegué al final. Para asombro nuestro, el tío Silvino se echó a reír. Su reacción nos paralizó, desconcertados como estábamos. ¡Pero si Milagros hace años que murió! ¿Cómo se os ha ocurrido…? Sus carcajadas le impedían seguir. Nos miraba, sin embargo, condescendiente, con benevolencia; pero seguíamos asustados. El tío Silvino se dio cuenta de que estábamos a punto de echar a correr. Tranquilos, chicos, sé que no habéis actuado con mala intención. Además, os agradezco que me hagáis hecho reír un rato. Entonces sonrió, una sonrisa llena de cariño. Anda, iros. ¡Qué críos!, y rió otra vez.

¿Puedo preguntarle una cosa?, añadí cuando ya nos disponíamos a largarnos, entre avergonzados y aliviados. ¿Qué quieres saber, muchacho? Dudé un momento si hacerle o no la pregunta, no por ser indiscreto ─concepto que, creo, todavía no había asimilado; del todo al menos─, por miedo a su reacción. Pero la curiosidad podía más. Le pregunté. ¿Entonces qué esperaba? ¿Por qué siempre que le preguntaban qué hacía contestaba que esperar? Sonrío de nuevo. Nada, hijo mío, el fin de la tristeza. Cosas mías. ¡Hala!, marchad a jugar. Y cuando queráis me traéis otra carta. Nos fuimos y él quedó allí riendo.

Al día siguiente, el tío Silvino no estaba sentado en el banco, como todos los días. Nos enteramos de que había muerto la noche anterior. ¿Lo mataríamos nosotros? Yo, al menos, me lo pregunté, y Leo creo que también. Pocas veces volvimos a hablar del tío Silvino.

Mujeres desnudas

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Tendría once, doce años… No sé, no me acuerdo. Soñaba con mujeres sin más vestido que el deseo. Nada me resultaba más misterioso que una mujer desnuda. Alguna había visto en un libro que había en el despacho de mi padre, pero eran pinturas, no eran mujeres de verdad. Aquellas imágenes, aún así, me excitaban. Me habían dicho que la desnudez era pecado y que había que sentir vergüenza de tal estado, pero nadie me explicó por qué. ¡Pero si hasta había en libro una reproducción de la Virgen de la Leche y se veía una teta! Debía tener bula, por algo era la madre de Dios. Ningún mayor me dio nunca respuesta alguna a la pregunta de cuáles eran los motivos por los que no podemos estar desnudos. Pues porque no, ¿de dónde sacas esas ideas?

Había cerca de mi pueblo una base militar estadounidense de esas que se establecieron en diversos puntos del país a principios de la década de 1950. Para nosotros, los niños, la presencia de los americanos, así los llamaban todos, era cuanto menos algo exótico, si bien apenas se dejaban ver por el pueblo, lo que acrecentaba nuestra curiosidad hacia aquellos hombres que en las películas habíamos visto protagonizar numerosas e increíbles hazañas. Se fueron en 1964 y quedaron prácticamente abandonadas Las Casitas, así llamábamos al conjunto de los chaletitos, no más de una docena, donde residían. Nuestra curiosidad aumentó y comenzamos a indagar con mayor ahínco por los alrededores, buscando alguna cosa que hubiesen dejado. Nos intrigaba saber qué hacían, cómo vivían… Sabíamos que eran distintos a nosotros.

En las abandonadas Casitas de los Americanos Álvaro encontró un día una revista con chicas desnudas, un ejemplar de Play Boy. ¡Mujeres desnudas! ¡Por fin! La dicha se apoderó de nuestros ojos felinos que reflejaban el anhelo por verificar si lo representado en nuestra imaginación se ajustaba a lo real. También la ansiedad. Nuestros ánimos se calmaron, pero la curiosidad seguía intacta y el deseo de disfrutar contemplando las imágenes de aquellas mujeres desnudas era mayor que nunca. Jamás antes habíamos gozado de una oportunidad así, estábamos fascinados y todos queríamos estar a solas con la revista. Mas como no hubiera acuerdo por quién sería el primero en disponer de tal privilegio después de Álvaro, él la había encontrado, decidimos repartir su posesión, tres días cada uno, mediante sorteo.

A mí me tocó el último. Hube de esperar casi un mes, los plazos no se cumplían con demasiada meticulosidad, pero al fin fue mía, un martes. Como si del bien más preciado se tratase –en realidad en aquellos momentos era lo más valioso que poseía– la escondí bajo el jersey, con parte de ella metida en el pantalón para que no se cayese de camino a casa. Andaba despacio, tenía miedo a que se notase que debajo del suéter llevaba la revista, cuando me cruzaba con alguien ralentizaba todavía más el paso, azorado y temeroso de que me descubrieran, agachaba la mirada para pasar más desapercibido. Pero nadie se fijó, nadie dijo nada, ni siquiera la pareja de guardias civiles que también se cruzaron en mi camino. Y así llegué a casa.

Subí rápidamente a mi habitación, miré las mujeres desnudas detenidamente con el sosiego que solo la soledad proporciona. Me sentía excitado, algo desconcertado, y pasaba las páginas una y otra vez. Recuerdo especialmente la imagen de una mujer junto a una piscina, de espaldas, girando la cabeza a la cámara y sonriendo, el culo al aire.

Me llamaron para comer y escondí la revista en una hornacina en la que había una imagen de santa Rita, patrona de los imposibles, por quien mi abuela sentía gran devoción y creyó oportuno que en mi habitación hubiese una representación suya. Pero santa Rita no demostró sus facultades conmigo. Al día siguiente, al regresar del colegio, me dirigí de inmediato a la hornacina y la revista no estaba allí. La tenía mi madre, quien en el mismo instante en que yo levantaba una y otra vez a santa Rita para cerciorarme de que la revista había desaparecido, entró en la habitación, blandiéndola en su mano derecha. La prueba del delito, del pecado, era culpable, no tenía excusa posible. ¿Qué es esto? Desconozco la razón, pero todas las reprimendas empezaban siempre igual, con preguntas así de obvias, tal vez para buscar en mi respuesta el nivel de conocimiento acerca del hecho que se juzgase y determinar en consecuencia el grado de responsabilidad. Rompió la revista en pedazos y la tiró al suelo. Inmediatamente recogió los trozos y se desvaneció mi esperanza de que dejara allí y poder seguir recreándome en la contemplación de tetas y culos. Pero no, se los llevó.

Nunca más supe de la revista, de lo que quedaba de ella, supongo que aquellas mujeres desnudas acabarían en lugar que les correspondía: en la basura, al fin y al cabo eran mujeres despreciables, impúdicas, decían los mayores. Mis amigos mostraron cierta incredulidad en el momento de contarles lo sucedido, creían que quería quedarme la revista para mí solo. Recriminaron mi negligencia. Insistía yo en que las cosas habían sucedido tal cual las contaba y poco a poco su resistencia fue aminorando, especialmente al preguntarme sobre lo que más les preocupaba: qué le había dicho a mi madre sobre cómo había conseguido la revista. Entonces los ánimos se calmaron, les pareció una prueba de valentía que me hubiese presentado como el único responsable. Y volvimos a Las Casitas. Pero la búsqueda resultó infructuosa. Tendría que pasar mucho tiempo hasta poder ver otra vez mujeres desnudas.

Publicado originalmente en mi blog Música  de Comedia y Cabaret el 15 de marzo de 2015.

En una sauna gay

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Dieter hacía tiempo que había dejado de ser el hombre taciturno de sus primeros tiempos en Nueva York. Aunque el ambiente homosexual de la capital estadounidense le parecía sombrío e hipócrita, visitaba con cierta regularidad algunos de los locales que solía frecuentar la clientela masculina que buscaba la compañía de otros hombres. Uno de ellos era St. Mark’s Baths, unos baños turcos situados a escasas manzanas de Broadway, lugar muy conocido en el mundo gay neoyorquino.

Pagó el dólar que costaba entrar, le dieron una toalla y se dirigió al vestuario. Allí se desvistió, dejó sus cosas en una taquilla, ajustó la toalla a su cintura y pasó a la contigua sala de vapor. No era la primera vez que acudía. Una tenue luz arropaba a algunas parejas que estaban charlando amistosamente hasta que abandonaban la sala para ocupar alguna de las habitaciones privadas que ofrecían los baños entre sus servicios. Se sentó en el extremo de un banco. De pie, frente a él, se hallaba un joven de aspecto latino, bien formado, con abundante vello en el pecho, atractivo. Dieter no le quitaba ojo, le parecía un auténtico adonis. No sabía si podría ser un prostituto de los que diariamente se dejaban ver en los entornos homosexuales. Prefería que lo fuera, le gustaba y solo quería sexo. Era el mejor modo de obtenerlo, de que no se negase a mantener relaciones con él. El joven se dio cuenta de las intenciones de Dieter, se acercó y rápidamente intimaron, o mejor dicho, llegaron a un acuerdo económico, pues efectivamente ejercía aquel la prostitución.

Estaban en una de las habitaciones, en la que tanto se daban masajes profesionales como se alquilaba a los clientes por horas o fracciones de media hora. Habían mantenido sexo durante un buen rato y conversaban amigablemente. Dieter fumaba un Raleigh. De repente oyeron un silbato y gritos de ¡Todo el mundo fuera!

Resultaba obvio que se trataba de una redada de la policía. Entre los clientes se hallaban cuatro detectives de incógnito que habían pasado desapercibidos hasta el momento. Abrieron la puerta de la salita donde estaba Dieter con su amigo.

¡Cúbranse, so guarros!, les ordenó un tipo grandote vestido solo con una toalla y con la placa identificadora de policía en la mano. Enseguida llegaron unos agentes de uniforme y los llevaron a trompicones hasta el vestíbulo. No admitían ninguna protesta, no dejaban hablar a nadie y trataban a todo el mundo con absoluta displicencia. Seguían saliendo hombres medio desnudos de las distintas salas, conducidos a empujones y patadas. El hall, aun siendo amplio, pronto se llenó. Las puertas estaban cerradas y el local rodeado de policías.

Der ganze Reichtum gehört mir allein, / Die Augen, der Mund, und Du selbst bist mein! [Toda riqueza pertenece a mí solo. / Los ojos, la boca, tú mismo eres mío]. Dieter se puso de pronto a cantar un tango alemán que solía interpretar en Eldorado berlinés cuando era Charlotte Von Laster, Zwei Dunkle Augen.

Ninguno de los presentes sabía alemán, ni entre los clientes y empleados ni entre los policías, pero los primeros rieron a mandíbula batiente mientras se irritaban los segundos. Los gestos atrevidos y burlescos de que hizo gala, recordando sin duda sus buenos tiempos de artista de cabaret, eran lo suficientemente explícitos y sarcásticos. Un policía se le encaró, se quedó mirándole fijamente y le dio un empujón contra la pared. A Dieter se le cayó la toalla. Entonces los policías empezaron a hacer guasa sobre el tamaño de sus genitales. Mira, mira qué pequeña la tiene, decía uno. Por eso es maricón, ¿qué va a hacer una mujer con eso?, comentaba otro para regocijo de sus compañeros. ¿Tú qué, eres de los que solo recibe? Porque ya me dirás si no… Un detective llamó al orden. Pónganse sus ropas, rápido, conminó. Varios policías acompañaron al vestuario a un total de quince hombres, de mediana edad la mayoría, avergonzados, asustados los jóvenes, chaperos casi todos. Aparte de Dieter, solamente uno plantó cara a la policía.

―Ustedes no pueden hacer esto. Soy un ciudadano honrado y no hago daño a nadie viniendo aquí.

―¡Cállate, maricón! ─gritó uno de los policías de paisano.

Fueron introducidos a empujones en el furgón policial, los quince, y llevados a comisaría. Una vez allí, los metieron en los calabozos. Empezaron a identificarles. Sacaban a uno, le tomaban las huellas digitales, le hacían las fotografías de rigor y les anunciaban que ya tendrían noticias del juez. A Dieter y al otro hombre que protestó lo que consideraba un atropello por parte de la policía, los dejaron los últimos. Dieter, así, salía de comisaría de madrugada, sin haber podido hasta entonces comunicarse con nadie.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014 (nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente en mi blog Música de Comedia y Cabaret (10 de noviembre de 2016).

Esas malditas máquinas. Los hechos luditas de Alcoi de 1821.

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Tal día como hoy en 1821, 2 de marzo, unos 1.200 hombres de los pueblos circundantes de Alcoi se dirigieron a la ciudad, armados con lo primero que encontraron a mano, y destruyeron las máquinas situadas en el exterior de la misma.

Alcoi era una ciudad industrial desde mediados del siglo XVIII que funcionaba sobre la base del sistema de manufactura dispersa, la cual integraba una veintena de pueblos de los alrededores y daba trabajo a unas cuatro mil personas. Con el cambio tecnológico que acompañó el proceso de industrialización, gran parte de esta mano de obra campesina se vio privada de una parte importante de sus ingresos, a no ser que buscara trabajo en Alcoi, y su modo de vida resultó trastocado para siempre.

Cuando en 1818 entraron en Alcoi las primeras máquinas –de cardar e hilar– ya tuvieron que ser escoltadas ante los fundados rumores de que podrían ser asaltadas y destruidas. Idéntica situación se produjo en los dos años siguientes, hasta que el 2 de marzo de 1821 unos 1.200 hombres de los municipios vecinos se dirigieron a Alcoi y destruyeron las máquinas ubicadas en el exterior de la ciudad, aceptando retirarse solamente tras obtener la promesa por parte del ayuntamiento de que las situadas en el interior serían desmontadas. Diecisiete máquinas fueron hechas añicos y los daños ocasionados se valoraron en dos millones de reales. Inmediatamente, el alcalde de Alcoi solicitó ayuda militar y un regimiento de caballería, procedente de Xàtiva, y otro de infantería, desde Alicante, entraron en la ciudad el 6 de marzo. Esta acción ludita [de Ned Ludlam, o Ludd, aprendiz de tejedor en Leicester que en 1779 destruyó los telares de su maestro empleador al no poder soportar más las continuadas prisas y regañinas de este] tuvo una gran repercusión y fueron debatidos en las Cortes en varias sesiones.

Lo que sigue es un fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas, en el que un viejo campesino que participó en los hechos cuenta, más de cuarenta años después, como sucedieron estos al joven Samuel, principal protagonista de la misma.

Guisambola contemplaba, entre divertido y extrañado, a aquel muchacho que siempre parecía tener prisa y que en poco tiempo había conseguido distinguir casi tan bien las hierbas como él. ¿Y este chico de dónde habrá salido? Es el hijo de Vicent, el de Muro, le comentó una vez un vecino que se encontraba con él cuando Samuel entregó el pedido que días antes le había hecho. ¿De Muro? Guisambola también era de Muro. El dato aumentó su interés y la siguiente vez que lo visitó, le ofreció una mistela y unas pastas.

―Acércate, chico.

Hasta bien mayor, Guisambola había conservado buena parte de su vigor físico, pero en los últimos años había ido perdiendo vista, cada vez más, hasta quedarse prácticamente ciego; apenas distinguía sombras y bultos. Su memoria, sin embargo, había sido menos castigada y recordaba bastante bien su época de juventud.

―¿Así que tú eres de Muro?

―¿Yo? No sé.

Samuel desconocía que su familia proviniese de Muro, no sabía que él mismo había nacido y sido bautizado allí, nadie le había hablado nunca de sus orígenes. ¿Qué importancia podía tener?

―¿Tu padre no se llamaba Vicent, y tu abuelo Roque?

―Mi padre se llamaba Vicent, sí, pero mi abuelo… No sé.

―Yo conocía a tu abuelo. También nací en Muro, pero me vine para aquí hace muchos años. Tu padre debería ser un niño todavía, igual tendría tu edad. Yo también, un par de años más a lo sumo. Éramos vecinos. Lo recuerdo ayudando a tu abuelo. Era espabilado, y trabajador. Sabía casi todo de las faenas del campo, cuándo debía sembrarse y cuándo había que recolectar, y cómo hacerlo, cuándo se tenían que abonar los bancales y cuándo regarlos, y cómo, claro. Eran otros tiempos. Créeme que los echo de menos.

―¿Y por qué se vino?

―Por lo mismo que todos los que no han nacido en esta ciudad. En Muro, como en otros muchos pueblos a la redonda, cada vez se necesitaba más dinero para todo. No me preguntes por qué, no sabría responderte, pero la vida era cada día más difícil. Como otros muchos, de Muro y de otras localidades, encontramos en los fabricantes de Alcoi un gran alivio para combatir las penurias. Ellos comerciaban con telas y alguien tenía que hacerles el hilo. Todas las semanas venía un hombre con un carromato, se llevaba el hilo que habíamos elaborado y nos dejaba más lana para cardar e hilar. Todas las semanas, cada vez había más faena, a veces no se podía con tanta y los fabricantes se quejaban, amenazaban con no dar más trabajo si nos retrasábamos, pero luego no lo hacían, había demasiados pedidos que atender.

―¿Y qué pasó?

―Las máquinas, muchacho, las máquinas. Comenzaron los fabricantes a traerlas de fuera y acabaron con todo. Una máquina hace la labor de muchos hombres y nunca falta al trabajo ni se queja, ni protesta de nada. Pronto todos querían máquinas. Los fabricantes, claro, los demás no queríamos saber nada de ellas. Se redujo la cantidad de lana que traían cada semana, cada vez daban menos y abarataron los precios. Cosas de la competencia de las máquinas, decían. ¡Pero si eran suyas!

―¿Y si nadie las quería más que los fabricantes cómo es que ahora casi todos trabajan en ellas?

―Los que tenían las máquinas eran los mismos que antes nos daban lana para cardar y hacer hilo, y la gente necesita comer. Así que lo tomas o lo dejas. Se luchó por impedirlo, no creas, pero no se consiguió. A veces se gana, aunque las más se pierde. Hombres de todos los pueblos, no sé cuantos, muchos, nos organizamos para venir a Alcoi y destruir todas las máquinas. Veníamos con nuestras horcas, azadas, picos, con cualquier cosa que tuviéramos a mano. Más de mil éramos. Tu abuelo también vino. No conseguimos entrar en la ciudad, pero las que estaban en el exterior fueron hechas añicos. Ni una quedó. Lo sé muy bien, no sabes con que gusto le di a una de ellas con la azada. Un golpe seco y a la mierda la máquina ─Samuel rió─. Y así una, y otra, hasta que no quedó ninguna. Veinte por lo menos nos cargaríamos, más de las que había dentro. Eso sería en los años veinte, 1821 o 1822 si mal no recuerdo. Las autoridades prometieron que se desmontarían las que quedaban, pero eso nunca sucedió. Algunos, además, fueron luego encarcelados por ello.

―Ganaron las máquinas.

―Sus dueños. Pero no acabó ahí la cosa. Dos o tres años después, dos creo. Sí, dos. Dos años después volvimos a romper las máquinas. Ya estaba otra vez todo lleno de esos diabólicos artefactos. Pero éramos menos, la mitad como mucho. Tu abuelo y yo también vinimos. Tu abuelo tenía un par de cojones. Antes de llegar a la puerta de Cocentaina, había tropas esperándonos. Nos dijeron que marcháramos de allí si no queríamos que pasara nada. Exigimos hablar con el alcalde. Aceptaron y cuatro de nosotros fuimos a hablar con él. Me acuerdo muy bien de aquello. Dentro de Alcoi también había muchos que querían destruir las máquinas. Un par de ellos se añadió a la reunión, el mismo alcalde dijo que acudieran también de los de dentro. Le dijimos que no habían respetado la promesa de desmontar las máquinas, sino al contrario, y que las promesas se cumplían, que las máquinas iban a acabar con nosotros. Los alcoyanos explicaron que la situación en la ciudad no era mejor y que sus calles estaban llenas de cuadrillas de operarios mendigando de puerta en puerta para poder subsistir. El alcalde no aceptó desmontar las máquinas, los fabricantes tenían derecho a hacer lo que quisieran con sus bienes y propiedades, por eso eran suyos. Prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para remediar la miseria que nos asolaba, pero en la cuestión de las máquinas dijo que no podía intervenir.

―¿Y se fueron?

―Las tropas cargaron contra nosotros. Todos huimos en desbandada a los primeros golpes. Ellos cogieron a unos pocos, pero hirieron a muchos. Desde entonces la resistencia a las máquinas fue cada vez a menos, la gente empezó a no querer saber nada de protestas. Nada se puede contra el poderoso, decían. Difícilmente se conseguía un centenar de hombres dispuestos a lo que fuera. Poco a poco todo el mundo se ajustó a la nueva situación y uno tras otro fuimos abandonando nuestros pueblos y mudándonos aquí. El hambre es muy mala consejera, muchacho.

―Y usted se vino a trabajar con las máquinas.

―A mí las máquinas no me gustan.

―A mí tampoco, ni las fábricas.

Guisambola sonrió con la rotundidad de la respuesta de Samuel.

―Yo vine porque se venían mis hijos, no hice como tu abuelo, que decidió quedarse. Antes muerto que una de esas infernales y sombrías fábricas, decía. Ya te lo he dicho antes: tu abuelo tenía un par de cojones. No sé qué habrá sido de él. Pero una vez aquí decidí dedicarme a lo que sabía, mi madre y mi abuela me habían enseñado muchas cosas sobre las hierbas y sus propiedades. Y hasta ahora, aunque ya me queda poco, estoy muy viejo.

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Tristeza

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Tristeza del vencido, de quien nació ya derrotado de ánimo y la vida se encargó de aplastar. Pero ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Como les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.

Arrepentirse de todo, lo hecho y lo proyectado, delegar toda actitud y todo proceder, dejar de oír la voz de los deseos, arrepentirse desde que nacemos, por el simple hecho de haber nacido, por si no sabes transitar adecuadamente por la senda que te corresponde.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente el 30 de enero de 2018.

Ante el pelotón de fusilamiento

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El pelotón estaba formado por seis cazadores, seis jóvenes soldados […]. En el extremo de la plaza más elevado, frente al campanario, estaba plantado el palo [al que sería atado]. Cientos, puede que miles de ojos, le observaban. ¿Con qué mirada quedarse para el último instante?, pensaba. El oficial al mando no consintió que le ejecutaran sin ser maniatado temiendo que pudiese suceder algún incidente […]. ¿Qué mirar antes que la venda tapara sus ojos anunciando la definitiva oscuridad? ¿A quién? Su esposa no estaba, le había rogado que no presenciase su ejecución, era un dolor innecesario que a él le haría más insoportables los últimos momentos de su vida y que a ella la llenaría de aflicción, imprimiendo en su memoria un triste recuerdo difícil de borrar. ¿Con qué imagen despedirse del mundo? ¿Con la de sus verdugos, los oficiales, las autoridades, el juez, los soldados que parecían tan desasosegados como él? ¿Tal vez con la de aquellos a quienes complacía el espectáculo, con una de esas caras satisfechas que imperturbables fisgonean en el rostro del reo y pronostican acerca de cuál será su última reacción? ¿Por qué no? Mirarlos fijamente, clavar los ojos en los suyos. ¿Con odio? ¿Con desprecio? ¿Desafiante? ¿Con indiferencia? ¿Cuál sería la mejor manera de que no olvidaran nunca aquella última mirada? ¿La señora que viste elegantemente de negro y mira con rictus compungido al pobre desgraciado que ha osado transgredir la norma y debe pagar por ello?  ¿Por qué no tú, que hace poco estabas en la calle clamando justicia y arrojando petróleo? ¿O me fijaré en ti, que sabías que nada tenía que ver y no me defendiste? ¿O en ti, que me delataste? O miraré al cura, que sigue a mi lado, junto a las autoridades, a pesar de haber rechazado su servicio.

Detuvo su mirada en unos niños que jugaban con unos trozos de madera en corro, sentados en el suelo, ajenos a todo, apartados de la multitud. Atraídos, sin duda, por el contagioso frenesí que parecía dominar todas las conciencias habían acudido a ver qué sucedía. Ya habían sonado los tambores y las cornetas, ya le habían atado al poste. Solo faltaba la orden final, el último redoble, el seco ruido de los disparos que volvería a despertar la curiosidad de los niños. Mientras, seguían jugando. Él ya no los vería, ya tendría los ojos vendados. Mejor así. ¿Cómo mirar a un niño a los ojos en el momento en que seguramente serás la viva representación del espanto? ¿Y por qué no? ¿Por qué no intentar decirle mira en lo que puedes convertirte? Verdugo o víctima, elige. Daba igual lo que pensara. Daba igual todo. Mejor no pensar. También daba igual pensar en no pensar, no podía controlar eso. […]

Los niños volvieron la vista, él cerró los ojos, la venda los cubrió dejándolo en la oscuridad, inmensa. Sintió miedo, pavor. Eran unos instantes eternos, le flojeaban las piernas, temblaba. ¡Preparados! Oyó el clic-clac de los fusiles. ¡Apunten!

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), nueva edición 2019.