La muerte de Roque

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Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.

Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.

Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.

La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

El hombre que estornudaba mierda (o siempre hay un roto para un descosido)

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Juan José Morales Rojo, 40 años recién cumplidos, funcionario del ayuntamiento desde los 26, administrativo. Llevaba una vida tranquila, sosegada, una vida como tantas otras, anodina pues. Huérfano desde antes de cumplir un año, se crió con su abuela, que se desvivía por él. Juan José hizo luego lo mismo con ella, la cuidó hasta el último momento. Hasta que falleció pocos meses antes de cumplir los cien años. No tenía aficiones aparte de leer y ver la televisión, y solo una vez había conocido carnalmente a una mujer, un día que acudió a un prostíbulo.

Durante los correspondientes días de permiso por el luctuoso suceso, su tranquila, sosegada e insustancial vida comenzó a parecerle aburrida, muy aburrida, cansina, cada día más. La astenia y el hastío dominaban su ánimo. Decidió cambiar. Se compró ropa más a la moda y en una famosa peluquería le hicieron un corte de pelo acorde con su nuevo look.

Llegó el momento de incorporarse de nuevo al trabajo. Como siempre, cogió el autobús. Iba lleno. Él, de pie, con la mano agarrada al asidero de la barra. De repente le entraron unas enormes ganas de estornudar, tremendas. No le dio tiempo ni a sacar un pañuelo y de su nariz salió mierda, llegando a salpicar a un niño de menos de un año que estaba a su lado, en un carrito. La reacción de los pasajeros se la pueden imaginar. Guarro, cochino, puerco, asqueroso, cerdo…, fueron los improperios más suaves que salieron de sus bocas. Nuestro hombre, petrificado, no alcanzaba a reaccionar. Los insultos subían de tono mientras él intentaba explicar lo que no comprendía. ¿Yo? ¡Yo no he sido! Yo… Bueno, pero No sé, no entiendo nada… El conductor paró el autobús. Lo echaron sin contemplaciones al tiempo que los insultos subían de tono.

El ayuntamiento no quedaba lejos. Se fue caminando. Caminando y cavilando. Azarado, turbado, temeroso de que aquello volviera a repetirse. ¿Él? ¿Él sacaba mierda por la nariz al estornudar? Eso carecía de sentido alguno. No, no podía ser. ¡A saber qué demonios habría pasado en el autobús!

Cuando llegó, sus compañeros le expresaron sus condolencias y se extrañaron de su nuevo look, que dijeron que le favorecía, aunque no era lo que de verdad pensaban. A sus espaldas se descojonaron por el cambio. Se sentó en su mesa, encendió el ordenador mientras revisaba papeles y correspondencia y reemprendió sus habituales tareas, interrumpidas por el deceso de su abuela. No había olvidado el episodio del autobús. Seguía sin poder explicarse qué había pasado. Un percance que vete a saber que lo desencadenaría, concluyó. Su cabeza retenía el recuerdo, y lo dejó en eso, en un recuerdo, algo sumamente desagradable que no tenía por qué suceder otra vez.

Autoconvencido de que el episodio había sido una de esas malas jugadas de la vida, un hecho puntual, volvió a estornudar. Y volvió a estornudar mierda. La única diferencia es que esta vez sí tuvo tiempo de sacar un pañuelo. Fue al cuarto de baño, lo miró, estaba manchado de mierda. Se hurgó la nariz, no salía nada.

Su inicial preocupación se convirtió en angustia. Desconcertado, asustado, ahora era consciente de que alguna cosa rara, puede que grave, le pasaba. ¿Cómo remediarlo? ¿Qué clase de médico trataría un síntoma así? ¿A quién acudir? Muchas preguntas, para las que carecía de respuesta, obnubilaban su mente. En eso, estornudó otra vez. El mismo resultado. Se dio entonces cuenta de que solo le quedaba un pañuelo y fue a la farmacia a por más, y también a por un antihistamínico que le quitase las ganas de estornudar.

La farmacéutica –a quien conocía por ser cliente habitual– quiso saber más detalles a fin de darle uno u otro medicamento. Respondía con vaguedades cuando le sobrevino un tremendo estornudo, más gigantesco que la primera vez, tanto que la bata blanca de la farmacéutica se manchó de mierda.

Perdón, no sé, ya antes… Deme alguna cosa… Mañana iré al médico… No sé cómo se podrá solucionar esto, si es que tiene solución… La farmacéutica intentó aliviarle quitando hierro al asunto. Tranquilícese, no es tan grave como cree. La gente no lo sabe. pero es más común delo que imagina. Nuestro hombre se calmó y le contó todo. Era hora de cerrar. Ella dijo que le sabía mal dejarlo en aquel estado de zozobra. Él sugirió timorato tomar algo, le estaría muy agradecido, serían de gran ayuda los consejos que pudiera darle. La farmacéutica no puso pega alguna. Fueron a una cafetería próxima, se sentaron en una mesa, pidieron una cerveza cada uno y entablaron animada conversación.

En un momento de la misma, cuando habían empezado a aflorar algunas intimidades, ella le confesó su secreto mejor guardado: era coprófila. Salieron de la cafetería con la complicidad que antes no tenían y quedaron para seguir charlando al día siguiente. Su relación fue estrechándose hasta que al cabo de un par de semanas se hicieron novios y luego se casaron, no sin que antes ella almacenara y pidiera más dosis de aquellos medicamentos que tenía en la farmacia para poder estornudar. Y fueron felices y comieron perdices. Sí, perdices, aunque casi siempre con una salsa al chocolate que les salía excelente. Sus invitados alababan el plato y preguntaban cómo se hacía aquella salsa tan suculenta. Pero nunca, a nadie, revelaron el secreto de la receta.

Una primera versión de este relato fue publicada en este blog el 29 de enero de 2018.

Reseña de “El corto tiempo de las cerezas”

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No es una novela de ficción dentro de un entorno histórico concreto, sino que el autor, Manuel Cerdá, nos cuenta la historia de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX introduciendo unos personajes de ficción que le dan interés al relato, sin perder nunca el rigor historicista, a lo que, de otro modo, sería un frío relato histórico. Algún crítico lo ha comparado con Ken Follet, con ciertas matizaciones. Para mí las matizaciones son: en primer lugar, que Manuel Cerdà, como historiador que es, ha puesto el rigor histórico y la ética personal del historiador por encima del interés literario, sin que ello, y aquí radica el mérito, disminuya el interés de la novela. En segundo lugar, Manuel Cerdà es un humanista, un experto en cualquier manifestación artística […]

Quien habla en términos tan elogiosos de mi novela El corto tiempo de las cerezas es Josep Castelló i Vives en una reseña que publicó en su blog Trepig ayer, 10 de enero. Josep Castelló (Pedreguer, 1944) es un enamorado de su tierra y sus gentes, de su país y de su identidad, de la literatura y de las tradiciones de su pueblo y, sobre todo, de transmitir estas a sus hijos y, ahora, a sus nietos. Esta pasión le ha llevado a publicar Contes del pansero (2005), El tresor dels maulets (2008), El Montgó i l’esbarzer (2009) y El drac Ocaive (2018), que se enmarcan dentro de la literatura juvenil.

Josep Castelló es también, y ante todo, mi amigo, circunstancia esta que espero que nadie considere el principal motivo de su reseña. Yo sé que no es así, que su honestidad no se lo permitiría y que lo que ha escrito es lo que siente. Y esto hace que –independientemente de sus amables palabras hacia mi novela– su reseña haya sido una entrañable sorpresa para mí. Así pues solo puedo decir: moltíssimes gràcies, benvolgut Josep.El corto tiempo de las cerezas está disponible en edición de papel y ebook. Para conseguirla cliquen AQUÍ.

Los guías de la libertad: pasadores durante la Segunda Guerra Mundial

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La noche se presentó lluviosa, una lluvia tenue, una llovizna más bien que no impedía seguir avanzando pero que hacía las cosas más difíciles. La temperatura era gélida. El clima de los próximos días, no obstante, auguraba ser peor aún. Emprendieron, por tanto, el ansiado último tramo a pesar de las adversas condiciones. Faltaba poco y el grupo parecía contar con más ánimos que en los días anteriores, incluyendo el de la partida de Toulouse. El terreno era accidentado, algo más del que hasta entonces habían cruzado; también empezaba a ser más peligroso a causa del persistente sirimiri, era fácil resbalar.

―Ahora sí puedo decirles que ya prácticamente hemos llegado ─dijo el pasador en lo alto de una cima desde la que se divisaba las luces, escasas, de un núcleo habitado─. Aquello de allí es Arcavell. En cuanto descendamos estaremos en España.

El alivio que sintieron al oír las palabras del guía duró poco. Un desprendimiento de tierras a causa de la lluvia les sorprendió, un gran pedrusco golpeó al guía en una pierna.

―No sé si me la he roto, me duele mucho el tobillo y se está hinchando por momentos, no puedo seguir. Conservemos la calma. Queda poco, a mí me acercáis a esa caseta que hay nada más pasar esas rocas. Vosotros seguís el camino que os marco en este mapa. Deberéis esperar a que haya algo de luz, pues tenéis que distinguir bien los puntos que os señalo. Entonces bajáis por el camino que estoy dibujando y enseguida estaréis en Arcavell. Es un pueblo pequeño, no os vais a perder. Poco antes de entrar a él hay una casa con un pozo, esta que marco, se ve enseguida de todos modos. Fijaos bien, si sobre el pozo hay un cubo es que no hay peligro, si el cubo no está esperáis, no entréis ni os acerquéis hasta que lo veáis. Una vez seguros, preguntáis por Miquel El Ferrat, así como suena. Le explicáis lo que me ha sucedido, él se encargará de mí y os ayudará a llegar a La Seu d’Urgell. En La Seu no tenéis ya de qué preocuparos, los policías reciben cincuenta pesetas por persona por hacer la vista gorda, no tendréis problema para coger el tren para Barcelona.

Hicieron lo que Batet les indicaba. Le dejaron en la caseta y siguieron el camino que les había señalado sobre el mapa. El frío era intenso y de pronto se puso a nevar, copiosamente. Se refugiaron en un recoveco de las montañas que les rodeaban, ateridos y asustados. No lograban en esas condiciones precisar con exactitud donde se encontraban ni entender el mapa que les había hecho Batet.

―Esto es una locura, no puede acabar bien ─lamentaba el abogado parisino.

―Locura o no, no hay vuelta atrás ─dijo Sam.

―¿Y si volvemos al hostal?

―¿Cómo? ¿Por dónde? Si ya tenemos dificultades para poder interpretar lo que este buen hombre nos ha señalizado sobre plano. ¿Usted acaso recuerda el camino de vuelta?

―No puedo más. Nunca escaparemos.

La mujer rompió a llorar. Demasiada tensión, demasiada fatiga. No podía ser. Cuando estaban tan cerca.

―Volvamos tú y yo. Por aquí acabarán cogiéndonos.

―¡De aquí no se mueve nadie! Nos pondrían en peligro a todos. Después de lo que hemos pasado no pueden venirse abajo ahora. ¿No ven que tenemos a tiro de piedra nuestro objetivo? No sé las circunstancias que les han traído hasta aquí, pero estoy seguro que han sido muy poco agradables. Los que huimos de los nazis o sus colaboracionistas franceses hemos sufrido mucho. No creo que ustedes sean la excepción. ¿Van, pues, a echarlo todo a perder? ¿Ahora les va a poder el miedo? Si dan media vuelta se perderán. Entonces sí es fácil que les detengan y, luego, a los demás. Tranquilícense. Miren, está a punto de amanecer, ya casi no nieva. Hay que seguir.

Las palabras del hombre que habían recogido en el hotel París de Toulouse y que había permanecido callado prácticamente desde que iniciaran el camino causaron un efecto balsámico, tal vez por inesperadas. Nadie dijo nada más. La pareja se limitó a permanecer abrazada. Las primeras luces del alba iluminaron un paisaje completamente blanco y también los ánimos. Recuperada la confianza, que no la seguridad, desde lo alto de un peñasco, mapa en mano, trataban de reconocer sobre el terreno el itinerario marcado por Batet. La nieve dificultaba la observación.

―Este, este es el camino, por aquí, miren ─dijo jubiloso el hombre que había conseguido calmar la situación.

―¿A ver? Sí, este es, no hay duda ─confirmó el abogado.

―Vamos, antes que se haga completamente de día.

Todo parecía indicar que estaban en lo cierto: unos metros en línea recta, una curva, una subida, una bajada, todo cuanto divisaban se correspondía con las indicaciones marcadas en el mapa por Batet. Hasta que llegaron a una bifurcación.

―No estoy seguro de si es por aquí. Mirad, hay dibujado un sendero y ante nosotros hay dos.

Se detuvieron a analizar el mapa.

―Es este. ¿Ven? Aquí, esta línea, ese es el otro sendero ─señalo Sam al poco.

―Es verdad, ese es. Vaya mierda de mapa, apenas se distingue la línea.

―Lo hemos manoseado demasiado.

―Shh… Cállense. ─dijo de repente el abogado─. ¿Oyen?

Por el sendero que casi les confunde, se acercaba alguien. Inmóviles, guardaron un absoluto mutismo. Eran más de uno, pues escucharon voces. Sam y el otro hombre subieron al ribazo que separaba ambas sendas hasta su punto de convergencia, donde se hallaban. Se trataba de una pareja de guardias civiles, que al parecer también había advertido su presencia. Cargaban sus fusiles, hablaban en voz baja y miraban a uno y otro lado. Ya más cerca les escucharon decir: Quien sea debe estar por ahí, en el camino de al lado.

―Escóndanse tras esos arbustos y guarden silencio, ni respiren. Es la Guardia Civil, en un par de minutos estará aquí, saben que hay alguien, han oído algo ─indicó Sam a sus compañeros de viaje.

―¿Y usted?

―No se preocupen. A mí poco pueden hacerme. O me cogen a mí o nos cogen a todos. Yo, en realidad, no huyo de los nazis. Soy escritor. Pero ahora no hay tiempo para explicaciones. Venga, rápido, que no tardarán. Ya estamos seguros de cuál es el camino. Y de que ya estamos en España. Márchense cuando nos hayamos alejado. ¡Vamos! Háganme caso. Ustedes se juegan la vida, yo no.

Con mucha precaución hicieron lo que Sam decía.  La mujer le dio un beso en la mejilla.

Sam, como si no se hubiera dado cuenta de nada, se puso a caminar sendero arriba. No quería que sospecharan que no estaba solo y que los ruidos que los guardias habían escuchado creyeran que se debían a la típica ligereza de quien, sintiéndose seguro, cree que nada le va suceder.

¡Alto a la Guardia Civil!, se oyó de pronto. Sam se limitó a levantar los brazos.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), nueva edición 2019.

Caminando a ninguna parte (todos en la misma dirección)

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Nadie [me] había dicho que había más de un camino. Había tenido que descubrirlo solo y tomado uno de tantos sin que nadie, siempre el mismo, nadie, avisara no ya de cuál era el mejor sino de adónde conducía cada uno. El que yo elegí, alguno había que coger, es evidente que no me ha llevado a parte alguna. Era, es, aunque ya estoy cansado de caminar y me he detenido no sé si para siempre en esta ciudad en la que todavía creo que estoy de paso, un camino lleno de baches imperceptibles a simple vista, con el suelo de despojos de corazones infartados e hígados hinchados, sus márgenes señalados con lápidas sin inscripción alguna y donde nunca puede saberse si hay sol o está nublado o es de noche. Un camino largo, aparentemente recto, pero en realidad sinuoso y quebrado en extremo, descuidado, desnudo. Con gente, mucha gente. Caminando todos en la misma dirección. Algunos caminando en dirección contraria. Pocos. Saludos. Todo el mundo saludándose a pesar de tener las orejas cortadas. Otros la lengua. Sin ojos los más, pero mirándose unos a otros. Un colchón de vez en cuando. Para descansar. O para follar. Todos los colchones iguales. Sucios, manchados de semen y de sangre. Algunos colchones con un televisor junto a ellos, en el suelo. Todos emiten siempre el mismo programa.  Una mujer gorda cantando ópera, desde lo alto de un olivo. Hay quien se masturba mirándola. Los que no tienen ojos pasan de largo, pero alguno se detiene y llora, sin lágrimas. Cuando oscurece la gente se detiene. Muchos miran absortos las estrellas, sobre todo los que no tienen ojos.  De vez en cuando alguna cae y mata a alguien. Risas y llantos se mezclan sin poder discernir los que ríen de los que lloran. Alguna mujer aprovecha el momento para parir. No todas paren lo mismo. Una pare un pez enorme. Le gente se lo come. Otra, una manta, con la que otros se abrigan. Nadie duerme. Cuando amanece siguen caminando. El paisaje siempre es el mismo y el camino no tiene fin. Nadie se detiene. Los niños, que todavía tienen ojos, miran hacia el suelo. De vez en cuando un señor con chistera y maletín ordena a los guardias que le acompañan que les reúna y les obliga a mirar hacia arriba cuando el sol alcanza su cénit hasta que quedan deslumbrados. Luego vuelven con sus padres. Hay un autobús que recoge a los ancianos. Los lleva a un hospital, donde los cirujanos se afanan en cortarles los pies y colocarles unas ruedas en su lugar. Una orquesta interpreta canciones para sordos, que se hacinan, borrachos, junto a una inmensa barra de bar. Después siguen caminando. Algunos descansan en los colchones sucios de semen y sangre. Muchos follan solos. Otros, los menos, acompañados. Hasta que pasa la borrachera. Siguen caminando. Un policía les ayuda. Carga con ellos sobre su espalda. Llegado el momento, a algunos los deja caer en fosas sépticas. A los que han comido mucho les obliga a vomitar para que pesen menos y los otros tengan alimento.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Publicado anteriormente en Música de Comedia y Cabaret (28 de septiembre de 2015).

Buscando afecto entre las hijas del desarraigo

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Era asiduo del barrio chino, de lo que queda de él, iba casi todas las tardes. Ya no. Aunque creo que nota en falta ese ambiente de mujeres entradas en edad y carnes, de labios exageradamente pintados, rostros dolidos que ningún maquillaje puede disimular, almas pesarosas llenas de sufrimiento y cuerpos ajados de miseria y humillaciones, que venden su cuerpo por muy poco dinero, compartiendo espacio con jóvenes toxicómanas que, a pesar de sus pocos años, han visto ya su dignidad pisoteada, hijas del desarraigo cuyo único horizonte vital ni siquiera es la muerte, con la que coexisten a diario. Muchas están enfermas de sida y solo buscan una dosis de heroína que les ayude a soportar la miseria que aquellas calles concentran y de las que les resulta imposible salir. Son jóvenes cuyo mayor atractivo hace tiempo que ya no es su cuerpo sino la permisividad que muestran ante la aberrante imaginación de muchos hombres. Con ellas conviven travestis de exageradas formas femeninas proclives a otro tipo de fantasías, proxenetas y demás hijos del desahucio.

Don Cosme conoce bien aquel mundo pecaminoso e hiriente para las mentes biempensantes. Lo es él al fin y al cabo, mente biempensante. Aun así encuentra allí, o encontraba, me decía, más rasgos de humanidad que en el extenso erial lleno de fincas que rodea el barrio, poblado por otro tipo de hetairas, chulos y travestidos de espíritu.

Manuel Cerdá: El viaje (2014, nueva edición 2019).

¿Y a mí que me importa qué clase de comunista es usted?

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Había una vez un mitin comunista en Union Square. La policía vino a romperlo, y pronto los agentes empezaron a utilizar sus porras. Uno de los manifestantes objetó que no era comunista sino anticomunista. “No me importa qué clase de comunista es usted”, dijo el funcionario, y continuaron golpeándolo.

Jason Epstein, “The CIA and the Intellectuals”, The New York Review of Books, 20 de abril de 1967.

Esta cita de Jason Epstein abre mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). La elegí porque considero que es lo suficientemente representativa lo que trata de trasmitir esta. Por eso, como se puede leer en la contraportada, “el lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único”.

Una de las operaciones de la CIA más exitosas de todos los tiempos fue la llamada Guerra Fría cultural. La guerra fría que llevaron a cabo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la disolución de la Unión Soviética las dos grandes superpotencias mundiales, EE UU y la URSS, y sus países satélites, no fue solo política, económica y militar. Alcanzó también el mundo de la cultura, en la más amplia acepción del término. Y lo hizo con tal éxito que logró lo que parecía imposible: la unificación del pensamiento, el pensamiento único. Para ello se valió de un eficaz instrumento: el Congreso por la Libertad de la Cultura (1950-1969), que tenía su sede en París. El Congreso por la Libertad de la Cultura no fue otra cosa que una tapadera de la CIA, que lo financiaba a través de diversas fundaciones.

Jason Epstein es un escritor y editor estadounidense. Fue uno de los fundadores de la revista bimensual The New York Review of Books, desde la que destapó algunas de las operaciones de la CIA para conformar “un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro”.

El 20 de abril de 1967 Epstein publicó en The New York Review of Books, revista de la que era director, un artículo titulado “The CIA and the Intellectuals”. Escribía Epstein que en un indeterminado momento de la década de 1950 comenzó a sospechar que la CIA, junto con el Departamento de Estado, la Fundación Ford y otras instituciones similares, había convertido el antiestalinismo en una floreciente sub-profesión para un número de antiguos radicales y otros intelectuales de izquierda que entonces eran y siguen siendo mis amigos en Nueva York. El anticomunismo organizado ─proseguía─ había llegado a ser tanto una industria dentro de la vida intelectual de Nueva York como el comunismo en sí lo había sido, o menos, una década antes, y se trataba en muchos casos de las mismas personas. Eso sí, señalaba, con una importante diferencia: la mayor opulencia con que la nueva empresa se prodigaba en las operaciones de sus ramificaciones en Europa, Asia, África y América Latina, junto con las publicaciones subvencionadas en todos estos lugares, por no hablar de las conferencias y seminarios a gran escala y en muchos países y del transporte aéreo. ¿Cómo no sospechar? Consiguió destapar que la CIA y la Fundación Ford, entre otros organismos, han establecido y financiado un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro, con el evidente propósito de identificar el liberalismo y el estalinismo como comparables si no como herejías indistinguibles, en definitiva como estructuras internas de subversión. ¿Por qué? ¿Para qué? El contraste entre la riqueza y la pobreza en los Estados Unidos y en otras partes nos pareció a muchos de nosotros la verdadera fuente de todo lo que estaba envenenando el mundo. El verdadero problema no era por más tiempo el estalinismo, y había empezado a parecer que probablemente no era el comunismo tampoco. Ciertamente, hubo muchos intelectuales, escritores y académicos, sobre todo entre los europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos, que no tenían idea de dónde se estaban metiendo, pero que, sin embargo, fueron susceptibles a los encantos del dinero americano. Manifestaba sentirse desesperado al recordar aquellos que tanto suspiraban por la situación en Polonia y tan poco sobre las dictaduras latinoamericanas respaldadas por los Estados Unidos, o sobre el problema de los negros, o las protestas en todo el mundo sobre nuestra guerra de Vietnam. La deprimente realidad, terminaba, es que el grupo de intelectuales que habían sido arbitrariamente colocados en altos cargos periodísticos y culturales por medio de los fondos de los Estados Unidos, nunca fueron, como resultado de este patrocinio, completamente libres. Lo que les limitaba no era tan simple como la coacción, la coerción, aunque en algunos niveles puede haber estado involucrado, sino algo más parecido a las relaciones inevitables entre el empleador y el empleado.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016, nueva edición 2019) está disponible a través de Amazon.