Culpa, dominación y sumisión.

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Ser sumisos es un mecanismo perfecto de dominación, tan inmejorable que incluso cuando dejas de creer en dioses y la Superioridad y en todos los sofismas en base a los cuales se ha construido tal artificio siguen exis-tiendo marcas en lo más recóndito del espíritu que la razón no alcanza a borrar. Hemos de sentirnos culpables, infracto-res, pero ahí está el todopoderoso, los todopoderosos, para concederte el perdón.

Te perdonarán. Si te arrepientes. Si no lo haces de nuevo. Resígnate pues. Sé paciente. En este mundo sufrirás, sometido a los que están por encima de ti. Así es la vida, que no te angustien las calamidades, ya tendrás tu recompensa. Llegará en el otro mundo. O, si perseveras, incluso en este, te dicen los omniscientes definidores encargados de formar ciudadanos, es decir, seres dóciles.

Culpa. Hay que sentirse siempre culpable de algo, por algo, es la base de todo poder. Sin culpa no hay miedo.

Culpa. Remordimiento. Vergüenza. Confesión (declaración). Juicio. Arrepentimiento. Pena. Acatamiento. Claudicación. Otra vez.

Lo único que nos queda es la renuencia. La defección ante la epidemia espectacular y la aceptación de la inutilidad de cualquier aspiración es la única resistencia posible, la soledad la única compañera fiable. No erraba de pequeño al preferir mi mundo, si es que de un mundo propio puede hablarse en medio de la locura egotista. Un asedio permanente, sin embargo, contaminaba y degradaba toda experiencia, lo que producía en mí una cada vez mayor aversión por los elementos distorsionadores que impedían su natural evolución, elementos siempre debidos a la acción del hombre, o a su inacción, tanto da.

El fiasco, el desengaño, la indignación, la frustración, la impotencia fueron así absorbidos y superados por la aversión. No hay otra salida posible.

Triunfo

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Triunfo fue una revista semanal ilustrada que se comenzó a publicar en Valencia el 2 de febrero de 1946. Fue su fundador Ángel Ezcurra Sánchez, quien encomendó la dirección a su hijo José Ángel Ezcurra (Orihuela, 3 de mayo de 1921 – Madrid, 1 de octubre de 2010). Condicionada por las circunstancias de la época, orientó en principio su contenido al mundo del espectáculo y las actualidades de tipo general, no políticas.

La escasez de prensa en aquella época favoreció su penetración en el mercado, ganando rápidamente lectores por el tono moderno de su presentación, la agilidad de sus textos y la abundancia de ilustración gráfica. La expansión adquirida decidió a los propietarios a trasladar la redacción a Madrid, lo que hicieron en 1948. Para obviar las dificultades que para ello imponía la reglamentación de prensa, la propiedad firmó un contrato de coedición y coexplotación económica con la Delegación Nacional de Prensa del Movimiento, valedero por cinco años, al término de los cuales quedó cancelado. Recobrada su autonomía, la propiedad prosiguió de 1952 a 1962. Aunque con alguna alternativa, la publicación de la revista siguió ahora en la línea ya tradicional de la misma, pero en dicho año 1962 inauguró una nueva etapa como semanario de información general, creándose para su explotación la empresa Prensa Periódica SA.

En 1967 alcanzó una tirada reconocida de 66.408 ejemplares. En 1969, José Ángel Ezcurra se independizó del grupo financiero que controlaba la sociedad, entrando la revista en una nueva fase en la que tuvieron mayor cabida los temas políticos y culturales. En 1971-1972 procedió a la publicación de suplementos monográficos o números extraordinarios, con el concurso de firmas de reconocido prestigio, pues entre sus colaboradores figuraron gente de la valía de Eduardo Haro Tecglen, Manuel Vázquez Montalbán (que también firmó bajo el seudónimo de Sixto Cámara), Luis Carandell, Jesús Aguirre, Víctor Márquez Reviriego, César Alonso de los Ríos, Enrique Miret Magdalena o José Luis Aranguren. Uno de estos suplementos, el dedicado al matrimonio, le acarreó la suspensión gubernativa por cuatro meses y multa de 250.000 pesetas. No sería la única vez, pues en los últimos años del franquismo y primeros tras la muerte del dictador Triunfo fue posiblemente, sin desmerecer a Cuadernos para el diálogo o Cambio 16, la publicación periódica más valiente de cuantas se editaban en España, ofreciendo una información precisa y rigurosa, crítica y comprometida. El 24 de julio de 1975 se abrió expediente a la revista por la publicación en el número 669 de una entrevista de Montserrat Roig a José Andreu Abelló, considerando que el texto vulneraba el artículo 2 de la Ley de Prensa e Imprenta. Para mayor afrenta aún, los indultos que el primer gobierno de la Monarquía (12 de diciembre de 1975) concedió a las publicaciones y periodistas sancionados por transgredir la Ley de Prensa no alcanzaron a Triunfo, que tuvo que cumplir íntegra toda su condena. El 10 de enero de 1976 reapareció Triunfo con una significativa portada: “La respuesta democrática”.

Dejó de publicarse en agosto de 1982, después de 933 números. En la última etapa, ya fallecido Franco, contrariamente a lo que cabía esperar, revistas como Triunfo ya no contaron con el favor del público, posiblemente ─aunque no es esta la única razón─ porque sus lectores la identificaban como una voz de cuestionamiento al régimen en momentos en que la prensa independiente a duras penas era tolerada. Triunfo, pues, desapareció y, con ella, muchos sueños y ambiciones que jamás llegaron a verse cumplidos. Su contenido, sin embargo, sigue vivo, mucho más que la mayoría de revistas y diarios que hoy en día se publican.

Puede consultarse a través de este enlace: http://www.triunfodigital.com/

Todos somos negros

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O al menos muy oscuros. En origen todos los seres humanos fuimos morenos, oscuros de piel. Lo explica muy bien Marvin Harris (Nuestra especie, 1991). Todo depende en buena parte de la melanina, un pigmento al que debe la coloración la piel y cuya función es proteger las capas cutáneas superficiales del sol. La radiación solar convierte las sustancias grasas de la epidermis en vitamina D, imprescindible para una correcta absorción de calcio, el cual, como es sabido, resulta fundamental para la fortaleza de los huesos. La vitamina D está en presente solo en algunos alimentos, especialmente en los aceites e hígados de los peces. Los pueblos alejados de la costa no podían obtener la cantidad necesaria de vitamina D de los peces hasta tiempos relativamente recientes, por lo que esta dependía de los rayos del sol. Por eso, los esquimales no tienen la piel clara, pues su hábitat es rico en vitamina D.

A medida que los humanos fueron desplazándose desde África a otros lugares, y según se iban trasladando más al norte, la piel tuvo que adaptarse a los distintos climas. La necesidad de que fuese oscura para protegerse de los rayos del sol disminuía, así, según la latitud. Con una piel más clara, los humanos podían producir una suficiente cantidad de vitamina D. Hasta hace tan solo 10.000 años –puede que 12.000– negros y blancos compartimos el mismo color. Hasta esa fecha no existió la que denominamos “raza blanca”, y es posible –aunque esto sea solo una hipótesis– que el homo sapiens original no fuese tampoco lo que ahora entendemos por “negro”, sino –como decíamos al principio– muy oscuro de piel.

Reconstrucción de la cabeza de un hombre mesolítico.

Reconstrucción de la cabeza de un hombre mesolítico.

El cambio de pigmentación entre los humanos debió empezar, según Harris, hace unos 5.000 años y alcanzaría los niveles actuales poco antes de la era cristiana. Los pobladores de la Europa septentrional tenían necesariamente que vestir abundantes ropas para protegerse de los fríos inviernos. “Solo un circulito del rostro del niño –afirma Harris– se podía dejar a la influencia del sol, a través de las gruesas ropas, por lo que favoreció la supervivencia de personas con las traslúcidas manchas sonrosadas en las mejillas”.

La selección cultural completó el proceso. Cuando los humanos comenzaron a plantearse qué niños alimentar y cuáles descuidar, los de piel clara cobraron ventaja, ya que la experiencia mostraba que se criaban más altos, más fuertes y más sanos que los de piel oscura (al poder su piel absorber la vitamina D). Los de piel oscura, en cambio, no podían crecer igual si no tenían una alimentación rica en aceites e hígados de pescado, lo cual era imposible para las poblaciones alejadas de la costa. Así, en Europa, “el blanco era hermoso porque era saludable”.

¿Y en el resto? El periodo comprendido entre el 9.000 y el 4.000 a.C. –lo que conoce como Mesolítico– fue el último de la larga era glacial que empezó hace 100.000 años. El color de la piel de los diversos pueblos que poblaban la tierra fue adaptándose a las nuevas condiciones climatológicas, más cálidas, que permitieron el aumento de los bosques y la biodiversidad (aunque también provocó la inundación de amplias zonas costeras). Y, por supuesto, a los cambios que esto conllevó en su comportamiento y en su cultura material.

La evolución de la piel negra siguió el mismo camino, pero al revés. “Con el sol gravitando directamente sobre la cabeza la mayor parte del año y al ser la ropa un obstáculo para el trabajo y la supervivencia, nunca existió carencia de vitamina D (…) Los padres favorecían a los niños más oscuros porque la experiencia demostraba que, al crecer, corrían menos riesgo de contraer enfermedades mortales y deformadoras. El negro era hermoso porque el negro era saludable”.

De ese modo, los humanos comenzamos a dividirnos también en función del color de nuestra piel. Y en esas seguimos. Solo que ahora sabemos que todos provenimos del mismo tronco genético y continuamos, espuriamente, dividiéndonos en base a lo indivisible.

El museo de mamá, la CIA y el expresionismo abstracto

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Tres damas de la alta sociedad, tan altruistas ellas y tan sensibilizadas con los graves problemas que sufría en aquellos momentos la sociedad estadounidense (la Bolsa de Wall Street se había hundido hacía poco), fueron las responsables de que el 7 de noviembre de 1929 abriera sus puertas por primera vez el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Eran las mecenas y coleccionista de arte Lillie P. Bliss, la galerista y coleccionista Mary Quinn Sullivan, y Abby Aldrich Rockefeller, de profesión su apellido, casada con el multimillonario John Davison Rockefeller, Jr.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El MoMA, el primer museo de arte moderno del mundo, nació con la finalidad de potenciar “las artes visuales de nuestro tiempo”. Pero no cualquier arte visual. Con el tiempo –cada vez más aquel proveniente de las tendencias abstraccionistas, es decir, “el arte por el arte”, sin contacto con la realidad, una especie de ente metafísico que se rige por sus propias leyes. También –cómo no– para arrebatar a París el título capital mundial del arte, que pasaba a Nueva York, la gran potencia del mundo tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

Nelson Rockefeller, que fue director de MoMA durante las décadas de 1950 y 1960, veía el MoMA como una parte de su propia familia, hasta el punto de que lo llamaba “el museo de mamá”. Tras la Segunda Guerra Mundial –como cuenta, y demuestra, Frances Stonor Saunders en su libro La CIA y la guerra fría cultural (1999)– la CIA encontró en el MoMA un fiel colaborador en su campaña para crear un frente cultural “democrático” en su batalla “por la conquista de la mente humana”, como afirmaría más tarde Kennedy.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

La CIA y el MoMA invirtieron vastas sumas de dinero en la promoción de la pintura abstracta expresionista y los pintores correspondientes como un antídoto contra el arte con contenido social. En palabras del propio Nelson Rockefeller, “la pintura de la libre empresa”. Exposiciones fuertemente subvencionadas de pintura expresionista abstracta fueron organizadas por toda Europa, se movilizó a los críticos de arte y las revistas especializadas publicaron como artículos y  venga artículos llenos de generosos elogios.

Y así acabaron aquellos pintores que fueron utilizados para tal fin, ajenos a los tejemanejes que unos y otros se traían entre manos. Pollock murió en un accidente de coche, conducía borracho, como solía estar siempre, se convirtió en un alcohólico. Rothko, enganchado a los tranquilizantes y el alcohol, terminó suicidándose. También Franz Kline se mató con el alcohol. La fama les había encumbrado; la fama les destruyó. Además, con espurios fines.

Las actrices favoritas del padre de Alma Leonor

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portLiado más de lo que esperaba, y de lo que deseaba, he andado últimamente. Las correcciones de mi novela Prudencio Calamidad parecía que no iban a terminar nunca. No ha sido así, afortunadamente, y en nada, esta misma semana, estará a la venta. Lógicamente, los placeres –los espirituales, siendo precisos– escasean por falta de tiempo, pero siempre hay algún que otro momento que necesitas parar y recrearte un poco. Y en un momento de esos –cuya duración no sabría especificar, pues pasó en un santiamén– leí el libro de Alma Leonor López Pilar (alter ego de María Pilar López Almena) Las actrices favoritas de mi padre. Me sedujo ya desde el momento en que leí en la contracubierta que esas actrices favoritas eran “todas ellas protagonistas de un álbum de cromos de 1954 que aún conservo”. Yo nací en 1954 y desde que en 1960, o 1961, recuerdo que fui con mis padres a un cine de verano de mi pueblo a ver Un rayo de luz, hasta que marché a estudiar fuera a los 18 años, vería en los dos cines que allí había –tanto en invierno como verano– centenares de películas, muchas de las cuales aparecen en el libro de Alma y/o están protagonizadas por esas estrellas del celuloide predilectas de su padre, pues mi pueblo tenía entonces alrededor de 4.000 habitantes y las películas que se proyectaban –ocho a la semana entre los dos cines– no siempre eran las que hacía poco se habían estrenado. Además, fueran para mayores incluso ‘con reparos’, como las calificaba la censura religiosa de entonces, en mi pueblo todas, al final, eran ‘autorizadas para todos los públicos’, pues no nos ponían impedimento alguno para entrar. Con mis padres, solo, con amigos, el cine fue para mí una escuela de formación sentimental, como también para Alma, “en la España de posguerra que conoció mi padre cuando iba al cine los domingos y también en la España tardofranquista que conocí yo en mi niñez y adolescencia cuando veía esas películas con él, pero en el televisor de casa”.

Con este presupuesto comencé a leer Las actrices favoritas de mi padre, es decir, partiendo de una premisa preconcebida, lo que no es la mejor manera de adentrarse en la lectura de lo que sea, pues ello había generado en mí una serie de expectativas que luego podía ocurrir que no se vieran satisfechas. No fue así. Todo lo contrario. Leí el libro prácticamente de un tirón y me fascinó. Escrito en primera persona, si no estuviera firmado por Alma Leonor y no figurase en la contracubierta (o en otra parte del relato que ya descubrirá quien la lea) que dicho nombre es el alter ego de la autora, hubiera asegurado que se trata de una obra autobiográfica. Y, esto solo sucede, a juicio de un servidor, cuando verdaderamente se siente pasión por lo que se está haciendo. Pero la pasión de nada sirve si no se sabe transmitir al lector, haciéndolo cómplice, en este caso, de una historia que está llena de emociones y sentimientos que van enriqueciendo el mundo cognoscitivo del lector a medida que avanza en su lectura. Y esto Alma Leonor (o María del Pilar) lo consigue de la única manera que creo que es posible: haciendo un uso adecuado de la técnica narrativa.

“Mi padre sabía que su mujer le quería mucho, pero la realidad es que se había marchado de su lado. Pasara lo que pasara con mi madre, mi padre lo perdió todo con ella, pero tampoco refugió su tristeza en la bebida. Solo se refugió en mí, la zote para en baile su hija, con la que podía revivir, con las películas de la televisión, los momentos de su felicidad añorada: cuando iba con su mujer al cine a ver esas mismas películas”. Era aquella una época en que “la realidad española estaba muy próxima a esas películas, con sus mismas contradicciones”, escribe la autora. Esa realidad se plasmaba en el cine, en las películas que veía con su padre, sobre todo las producidas en Hollywood, una de las grandes factorías de sueños. Padre e hija soñaban, cada uno a su manera, en “esos ambientes lentos, llenos de tabúes y anhelos perdidos tras encorsetados preceptos morales que se narraban en las películas europeas y que tanto se parecían a la vida diaria de los españoles de los años cuarenta y cincuenta. Una vida de renuncias y sudor, de trabajo de campo y patatas en la cocina, una vida articulada entre la intensa represión moral del franquismo y la penuria económica generalizada. El temor y el hambre, la exageración de la moral y las buenas costumbres, la alienación y el obligado acomodo a una forma de vida gris, producían aislamiento y rencor, soledad y resignación. Producían sombras, silencios y ritmos lentos. El cine norteamericano era una escapatoria de la realidad en tecnicolor, el europeo era la realidad gris vista en las desdichas de personajes reconocibles, sí, pero ajenos”.

Al padre de Alma le gustaban especialmente Rita Hayworth, “su favorita, por encima de las demás”, aunque “no le gustaban las rubias del cine, sino las morenas”, pero, claro, él siempre las veía morenas “en el cine en blanco y negro”. Y también Veronica Lake, Grace Kelly, Kim Novak, Ginger Rogers, Cyd Charisse, Gene Tierney, Barbara Stanwyck, Susan Hayward, Ava Gardner (“la andaluza”), “imágenes inalcanzables, peligrosas representaciones de una sensualidad tenida por inmoral”, imágenes que para él era una “recreación de la realidad a través de elementos imaginarios”, meras representaciones mentales puesto que padecía la enfermedad de Alzheimer. También otras actrices francesas e italianas: Anna Magnani (“su actriz favorita, decía que le recordaba a su madre cuando era hermosa, fuerte y brava”), Gina Lollobrigida, Silvana Pampanini o Silvana Mangano. En cambio, Marilyn Monroe, “no era una de sus actrices favoritas”.

Nació así en esa niña-joven el amor por el cine. Siguió formándose en la fábrica de ilusiones que es el cine, pero que, como en los aquejados de Alzheimer –y no solo en ellos– ocasiona pérdida de contacto o distorsión de la realidad. Hasta configurar sus propios gustos. Los de su padre “estaban más en consonancia con sus inquietudes particulares para con las actrices que con la profesionalidad o la fama de todas ellas. Las conocía, sí, pero actrices de las que yo luego llegué a confesarme enamorada (…) nunca entraron en su elenco de estrellas. Mujeres como Marilyn, pero también, por ejemplo, Greta Garbo, Ingrid Bergman, Marlene Dietrich –muy poco tenía en cuenta mi padre a estas actrices suecas o alemanas, incluidas Lilly Palmer o Romy Schneider, [que] para mí fueron todo un descubrimiento–, Alice Guy, Mae West, Jean Harlow, Maureen O’Hara, Dorothy Dandridge, Mitzi Gaynor, Irene Dunne” y Audrey Hepburb, Hedy Lamarr o Katharine Hepburn”.

“Desde que era una cría, entendí bien que la ausencia es una realidad con la que convive, y a veces tan viva como la propia presencia de un ser querido”, escribe Alma Leonor. “¿Qué será de mi alma, que hace tiempo / bate el récord continuo de la ausencia?”, escribió Alberti. Pero para eso está el cine.

Pueden seguir a Alma Leonor en su blog Helicón.

Que les vaya bien (o lo mejor posible).

 

De regreso a la ‘normalidad’

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Antes que nada, aclaremos el concepto de normalidad en la acepción que más se ajusta al contexto en que aquí la uso. Es el que, según la RAE, significa “cualidad o condición de normal”, y aunque suele aplicarse más a las cosas que a las personas, el vocablo ‘normal’ expresa que “se halla en su estado natural”. Así es como pueden verme en esta fotografía: en estado natural.

Ya finalizaron mis ‘vacaciones con Prudencio y Robin, Johnny y Tomate. Han sido verdaderamente flipantes. Ahora toca, como les dije en su momento, contárselas a ustedes de la mejor manera que sé, en forma de novela, de ficción (más bien ciencia ficción). De este modo, continúo viviendo esa realidad virtual y mi mente sigue construyendo una realidad conceptual que vuelca en la escritura. De este modo, consigo también regresar a normalidad y relegar la normalidad, entendida ahora como lo que “se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”.

Prudencio, Prude, o Argararemon, o quien finalmente sea el enigmático personaje que es, o se hace pasar, por genio, nos dijo (a los chicos y a mí): “Los humanos nunca estaréis preparados para entender comportamientos que no se adecuen a vuestro sentido de la normalidad, de lo que consideráis ‘normal’ y tratáis de justificar mediante la lógica o la ciencia”. Robin, Johnny y Tomate han disipado cualquier duda –las cosas que hace Prudencio no son simples trucos baratos de magia, no, escapan a toda compresión humana– y han establecido una relación ciertamente peculiar con él. Yo también. Y es que lo que nos une a todos es vivir ‘otra normalidad’, aquella que no distingue el sueño, la fantasía si prefieren, de la realidad.

Lo mismo me une –además y, sobre todo, del gran amor que siento por ellas– a estas maravillosas trillizas, tres mujeres pequeñitas, 6 añitos, quienes en su mundo no paran de crear y conocer su propio yo en relación con él con instrumentos como la imaginación y la fantasía, los mismos instrumentos de los que se sirve uno, aunque a diferencia de ellas, para sobrevivir, que no es poco. Así las cosas, por eso decía antes que en esta fotografía pueden verme en estado natural (tengo otras más bonitas, pero he puesto esta porque no se les ve la cara, solo a una un trocito que asoma por el lado derecho de la imagen). Créanme cuando les digo que me entiendo mejor con ellas que con los adultos, tengo más cosas que compartir, incluso que hablar, que con los mayores. Con ellas, vivo.

Anhelos, sueños, deseos. Igualdad, libertad, fraternidad. Justicia. Mayoría, minoría. Líder, cabecilla. Pueblo, masa. Lucha. Muerte. Cambio, transformación. Acción. Reacción. Normas, leyes. Burocracia. Desilusión, decepción. Desigualdad, sometimiento, antagonismo. Acatamiento, sumisión. Indolencia. Indiferencia. Disconformidad, rebeldía. Y vuelta a empezar. Siempre igual. Total, ¿para qué? ¿Empezar “otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma” (Hans C. Andersen, El caracol y el rosal, 1861).

Que tedioso, ¿no? Que fatigoso, que cansado, que coñazo de vida. Escribió David Henry Thoreau en Walden (1854) que “la mayoría de los hombres (…) se afanan tanto por los puros artificios e innecesarias labores de la vida, que no les queda tiempo para cosechar sus mejores frutas”.

Ciento sesenta y tres años han pasado desde que se editó Walden por primera vez, pero estas palabras son tan certeras que parecen escritas hoy mismo. Yo no estoy dispuesto a dejar que se pierda mi cosecha, quiero recoger los frutos y disfrutarlos, y así, me identifico también con Paul Lafargue y su reivindicación del “derecho a la pereza”, entendida esta como el derecho a vivir, a que el trabajo sea una prolongación de la vida y no al revés. Esto es lo que significa para mí Prudencio Calamidad. ¿Un esfuerzo? Desde luego. ¿Un trabajo? Ni de coña. Como los niños. Ya me lo decía mi madre: És que eres com un xiquet (como un niño). No se equivocaba. Afortunadamente. Y si no que no se lo pregunten a las nenas. Ellas lo saben muy bien.

¡A ver si hacemos caso a la crítica!

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111Entro hoy en Facebook y me encuentro una más que agradable sorpresa al leer una reseña de Rosa Berros en su blog de crítica literaria ‘Cuéntame una historia’ de mis novelas El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós.

Su lectura me ha saciado de satisfacción y elevado mi narcisismo hasta excelsas cotas, pero también me ha movido a reflexionar acerca de este intrincado mundo de la edición y la crítica.

Escribe Rosa Berros que Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) es “una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la ‘Trilogía del siglo’, pero para mí mucho mejor (…) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento más emoción.

La novela se lee perfectamente sin saber nada de la historia anterior, pero siempre que una novela me gusta no puedo resistir la tentación de leer cualquier continuación o precedente escrito que exista, así era cuestión de tiempo que me acercara a El corto tiempo de las cerezas.

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En esta novela se tratan episodios históricos de la segunda mitad del siglo XIX, un siglo que se dilata hasta 1914, si no cronológicamente, sí históricamente. (…) Es Samuel quien interpreta los hechos porque, aunque la novela está contada en tercera persona, el narrador no es omnisciente sino que, a partir de cierto momento, está siempre en la cabeza de Samuel y habla desde la perspectiva de Samuel.

Y por boca del narrador y a través de los ojos de Manuel Cerdà nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela (aunque igual se disfrutan si se leen en orden inverso) y transitar por ese siglo desdichado de ‘Adiós, mirlo, adiós’ en el que ‘ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad’”.

Rosa Berros Canuria: “El corto tiempo de las cerezas. Manuel Cerdà”, Cuéntame una historia, 9 de septiembre de 2017.

Así las cosas, me pregunto ¿por qué no se hace más caso a la crítica, a la crítica independiente, y menos a esa que no deja de ser una prolongación promocional de las grandes editoriales. ¿Es que acaso a esta mujer se le ido la olla? Lean su blog y verán que no. Entonces, ¿por qué Ken Follet vende millones de ejemplares y yo he de conformarme con unos pocos centenares, muy pocos? Más allá de otras consideraciones –que las hay, y muchas–, la última respuesta la tienen ustedes: los lectores.