Tristeza

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Tristeza del vencido, de quien nació ya derrotado de ánimo y la vida se encargó de aplastar. Pero ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Como les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.

Arrepentirse de todo, lo hecho y lo proyectado, delegar toda actitud y todo proceder, dejar de oír la voz de los deseos, arrepentirse desde que nacemos, por el simple hecho de haber nacido, por si no sabes transitar adecuadamente por la senda que te corresponde.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente el 30 de enero de 2018.

¡Qué bien se está en el jardín!

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Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?

No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. ¡Qué bien se está en el jardín!

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente el 30 de enero de 2018.

Caminando a ninguna parte (todos en la misma dirección)

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Nadie [me] había dicho que había más de un camino. Había tenido que descubrirlo solo y tomado uno de tantos sin que nadie, siempre el mismo, nadie, avisara no ya de cuál era el mejor sino de adónde conducía cada uno. El que yo elegí, alguno había que coger, es evidente que no me ha llevado a parte alguna. Era, es, aunque ya estoy cansado de caminar y me he detenido no sé si para siempre en esta ciudad en la que todavía creo que estoy de paso, un camino lleno de baches imperceptibles a simple vista, con el suelo de despojos de corazones infartados e hígados hinchados, sus márgenes señalados con lápidas sin inscripción alguna y donde nunca puede saberse si hay sol o está nublado o es de noche. Un camino largo, aparentemente recto, pero en realidad sinuoso y quebrado en extremo, descuidado, desnudo. Con gente, mucha gente. Caminando todos en la misma dirección. Algunos caminando en dirección contraria. Pocos. Saludos. Todo el mundo saludándose a pesar de tener las orejas cortadas. Otros la lengua. Sin ojos los más, pero mirándose unos a otros. Un colchón de vez en cuando. Para descansar. O para follar. Todos los colchones iguales. Sucios, manchados de semen y de sangre. Algunos colchones con un televisor junto a ellos, en el suelo. Todos emiten siempre el mismo programa.  Una mujer gorda cantando ópera, desde lo alto de un olivo. Hay quien se masturba mirándola. Los que no tienen ojos pasan de largo, pero alguno se detiene y llora, sin lágrimas. Cuando oscurece la gente se detiene. Muchos miran absortos las estrellas, sobre todo los que no tienen ojos.  De vez en cuando alguna cae y mata a alguien. Risas y llantos se mezclan sin poder discernir los que ríen de los que lloran. Alguna mujer aprovecha el momento para parir. No todas paren lo mismo. Una pare un pez enorme. Le gente se lo come. Otra, una manta, con la que otros se abrigan. Nadie duerme. Cuando amanece siguen caminando. El paisaje siempre es el mismo y el camino no tiene fin. Nadie se detiene. Los niños, que todavía tienen ojos, miran hacia el suelo. De vez en cuando un señor con chistera y maletín ordena a los guardias que le acompañan que les reúna y les obliga a mirar hacia arriba cuando el sol alcanza su cénit hasta que quedan deslumbrados. Luego vuelven con sus padres. Hay un autobús que recoge a los ancianos. Los lleva a un hospital, donde los cirujanos se afanan en cortarles los pies y colocarles unas ruedas en su lugar. Una orquesta interpreta canciones para sordos, que se hacinan, borrachos, junto a una inmensa barra de bar. Después siguen caminando. Algunos descansan en los colchones sucios de semen y sangre. Muchos follan solos. Otros, los menos, acompañados. Hasta que pasa la borrachera. Siguen caminando. Un policía les ayuda. Carga con ellos sobre su espalda. Llegado el momento, a algunos los deja caer en fosas sépticas. A los que han comido mucho les obliga a vomitar para que pesen menos y los otros tengan alimento.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Publicado anteriormente en Música de Comedia y Cabaret (28 de septiembre de 2015).

Buscando afecto entre las hijas del desarraigo

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Era asiduo del barrio chino, de lo que queda de él, iba casi todas las tardes. Ya no. Aunque creo que nota en falta ese ambiente de mujeres entradas en edad y carnes, de labios exageradamente pintados, rostros dolidos que ningún maquillaje puede disimular, almas pesarosas llenas de sufrimiento y cuerpos ajados de miseria y humillaciones, que venden su cuerpo por muy poco dinero, compartiendo espacio con jóvenes toxicómanas que, a pesar de sus pocos años, han visto ya su dignidad pisoteada, hijas del desarraigo cuyo único horizonte vital ni siquiera es la muerte, con la que coexisten a diario. Muchas están enfermas de sida y solo buscan una dosis de heroína que les ayude a soportar la miseria que aquellas calles concentran y de las que les resulta imposible salir. Son jóvenes cuyo mayor atractivo hace tiempo que ya no es su cuerpo sino la permisividad que muestran ante la aberrante imaginación de muchos hombres. Con ellas conviven travestis de exageradas formas femeninas proclives a otro tipo de fantasías, proxenetas y demás hijos del desahucio.

Don Cosme conoce bien aquel mundo pecaminoso e hiriente para las mentes biempensantes. Lo es él al fin y al cabo, mente biempensante. Aun así encuentra allí, o encontraba, me decía, más rasgos de humanidad que en el extenso erial lleno de fincas que rodea el barrio, poblado por otro tipo de hetairas, chulos y travestidos de espíritu.

Manuel Cerdá: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Todas las ciudades son igua-les. No tiene sentido huir.

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Atravesar la ciudad sin sentir desasosiego me resultaba impúdico, me indigna tanta presunción. También la resignación, la sumisión aceptada de los ahora trashumantes urbanos, su indiferencia. Pero tengo que atravesarla de punta a punta. No hay otro modo de cruzar la ciudad: en el extremo opuesto al barrio en que hace veinte años alquilé un pequeño piso se encuentra la salida a la autopista que conduce al pueblo en que tanto mi hermano como yo nacimos (yo primero, él después). Cruzar la ciudad, de sur a norte, recorrer de nuevo lugares que la memoria ha consolidado en forma de recuerdos de un tiempo en que todavía el enojo y el desánimo no superaban las esperanzas y el apasionamiento… ¿Cómo hacerlo sin que nuestro ánimo se llene de rabia, impotencia, desánimo y, finalmente, repugnancia?

 Más de una vez he pensado marcharme de aquí. Pero ¿adónde? Todas las ciudades son iguales y solo se distinguen por el olor de sus cloacas. E incluso así son iguales, con calles que tienen los mismos nombres: Desesperación, Angustia, Tristeza, Meapilas, Indiferencia, Desdén…, con profundos hoyos cubiertos de alfombras negras donde cae la gente cuando el encargado de regular la circulación recibe la orden del experto de apretar el botón llamado de higiene colectiva ─solo se salvan los que tienen el correspondiente pase de la autoridad, que unos sensores detectan─, con autobuses llenos de gente de camino al cementerio que siempre vuelven vacíos, con brigadas de obreros que se encargan de pintar de gris el cielo,  con elegantes casas  donde  vive una persona con su concubina y sus bastardos que han obtenido el certificado de familia y otras de dieciséis moradores a cuyos varones se les ha castrado  para  conseguir una  habitabilidad  sostenible que  permita seguir progresando, con luces que deslumbran y ciegan a los que en los hospitales ─siguiendo los planes dictados por el gobierno sobre comportamiento en las vías públicas─ se les han extirpado los ojos y sustituido por microcámaras, con cabinas ─a las que para poder entrar hay que tener el mismo pase que libra a sus poseedores de los hoyos─ en las que estos pueden respirar aromas de toda clase para poder seguir soportando el hedor que desprenden parados, emigrantes, putas y travestis, con teatros en los que gordas sopranos cantan arias por el agujero del culo para unos cuantos elegidos.

Sí, todas las ciudades son iguales. No tiene sentido huir, aunque a veces lo deseo, pues igual los boñigos tienen otros diseños, las sopranos cantan con el coño en vez de con el culo o los hoyos son cuadrados en vez de redondos, qué sé yo. Seguirán siendo, de todos modos, boñigos, sopranos, coños y hoyos. La misma mierda disfrazada de crisis.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Rosaura

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Me enamoré por primera vez a los trece años. Ella, Rosaura, tenía doce. Nunca había oído ese nombre, que entonces me pareció muy bonito, sobre todo cuando me dijo que significaba rosa de oro. Rosaura. Lo repetía varias veces seguidas antes de dormirme. Primero rezaba, aunque con poca convicción. Pronto dejaría de hacerlo, la ansiedad que me causaba tener que repetir todos los días lo mismo pudo con el peso de aquel inútil ritual que desviaba mi atención obligándome a estar pendiente de lo que decía. Mis pensamientos marchaban por otros derroteros y aquellos malditos rezos hacían que me sintiera culpable al estar pensando en otra cosa al mismo tiempo. […]

Su padre era guardabarrera y eso a mí me parecía un trabajo muy importante, de mucha responsabilidad, siempre atento a poner las barreras, aquellas pesadas y largas cadenas, para impedir que hubiese algún accidente. […] Era, pues, un hombre importante, gracias a él el tren nunca mató a nadie. Lo veía yo sereno, tranquilo, seguro de lo que hacía, a pesar de la gran responsabilidad que su trabajo conllevaba, y había tenido la suerte, la inmensa suerte, de que su hija se fijara en mí. […]

Tenía una fotografía de Rosaura, en la que estaba sumamente bella, con su dorada melena y una sonrisa como las que veía en el cine a través de sus cabellos. La contemplaba una y otra vez, todas las noches, antes de dormirme, cada vez más plácidamente desde que había abandonado los rezos y podía dirigir toda mi atención hacia algo en lo que realmente creía, y quería. Mis convicciones religiosas se habían debilitado notablemente. […]

Rosaura era mi religión. […]

Los días, no obstante, trascurrían al mismo ritmo y llegaba de nuevo el fin de semana. Y regresaba el guateque. Volveríamos a bailar juntos, más juntos todavía, rozando nuestras mejillas e incluso nuestros labios. Entonces era suficiente para mí. Todo era muy poético, allí bajo el cenador. O patético, no sé.  Y como suele suceder siempre, cuando aquel adolescente pusilánime empezó a sentirse fuerte abrazando a Rosaura y sintiendo la cercanía de sus labios, cuando ya empezaba a construirse un mundo más próximo al real, en el que ya no estaba solo ─o eso creía─, el futuro, ese tiempo que no existe pero que los hombres inventan para que cobren sentido sus decisiones, se impuso entre nosotros. La irrealidad, pues. Algún buen profesional, al que sin duda mi madre tendría en gran estima si hubiera llegado a conocer, decidió que don Leandro debía marchar, que no era rentable seguir manteniendo aquella línea de tren. Me lo dijo Rosaura el domingo siguiente, que se iba a marchar a otra población porque trasladaban a su padre. Era cuestión de semanas. Trascurrieron estas ─dos, tres, cuatro, no recuerdo─ como las anteriores, así de bobos éramos, digo éramos, en plural, y deseo pensar que así fue, en plural. […]

Era el último domingo que pasábamos juntos. Ella se iba, el lunes, por la mañana. A otro sitio, donde su padre podría seguir con la importante tarea de vigilar que nada malo sucediera cuando pasara el tren, pues al parecer había lugares donde el tren seguía siendo necesario; yo no entendía aquello de rentable. De hecho, no sé si lo entiendo todavía. […]

La acompañé a casa, sin decir nada, sin pedir permiso (mi madre me lo habría denegado). Salí con todos al finalizar el guateque, como el que intenta colarse en algún sitio, tratando de pasar desapercibido, furtivamente, me daba igual lo que ocurriera después, llegar tarde y aguantar más reproches y silencios, ya estaba acostumbrado. Sorprendentemente no pasó nada […].

El camino que llevaba a la estación era tranquilo, apenas había unas pocas farolas que emitían una tenue luz. Tranquilo como la oscuridad, como el silencio. La cogí de la mano, ella apretó, con fuerza, la mía. Me paré de repente, nos paramos, sin saber por qué, posiblemente para que el camino no acabase nunca y estuviéramos siempre vagando, sin rumbo, sin destino, solos los dos, siempre caminando en una aparente oscuridad que no era falta de luz excepto para los demás, pues solamente podía apreciarse con los ojos del alma. Una alianza de los astros que nos protegían de todo mal. Para nosotros todo resplandecía, o así me lo pareció. Fue verdad, entonces.

Yo nunca había visto a Rosaura tan hermosa, tan radiante. Sin soltarnos de la mano nos alejamos de las pocas farolas que había a ambos lados del camino, evitando así que algún despistado se diera cuenta de que allí había vida y pretendiera adentrarse en un mundo en el que nadie más podía tener cabida. Nos detuvimos de nuevo, nos miramos y comprendimos que debíamos juntar nuestros labios. Nada de roces. Y nos besamos durante toda la vida, hasta que ella tuvo que volver a casa. La vi entrar, la puerta se cerró y yo marché con una extraña y confusa mezcla de sentimientos que resultaba completamente nueva para mí. Rosaura se iba y puede que no volviera a verla. Eso me entristecía. Rosaura y yo nos habíamos besado.  Eso me alegraba.  No habría más.

Fragmentos de mi novela El viaje (2014, nueva edición 2019).

Policías por todas partes

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Diez minutos después la circulación adquirió cierta fluidez, íbamos lentos, pero no nos deteníamos. Menos mal. Al poco advertí el motivo: habían desviado el tráfico por la avenida de la Ausencia, de cuatro vías, de reciente construcción, que bordea parte de la ciudad y evita el paso por El Centro. ¡Maldita sea! No me resignaba a dejar de comprar la botella de whisky, pero para ello necesitaba pasar por El Centro. Ya me había tragado el atasco. Vi un sitio donde dejar el coche. Aparqué. Iré a pie, resolví. Dispongo de un mes para regresar a por el coche; hasta entonces no se lo llevará la grúa por abandono, creo, pensé.

Mucha gente en la misma dirección, hacia El Centro. Una concentración frente la sede del gobierno autonómico. Se dirigían allí, escuchaba que decían, hacia la plaza de la Avenencia. El palacete barroco que en sus tiempos albergara la residencia de los marqueses de Bosta, máximos representantes de la nueva aristocracia surgida tras el triunfo de los Borbones, acoge ahora a los nuevos señores, vasallos también, como aquellos, de los verdaderos mandatarios.

Les seguí, me venía de camino. Llegué a la plaza. Estaba llena de gente, a rebosar. Protestaban. Continuaban llegando personas, de todas las edades.

Me quedé en el otro extremo de la plaza, frente al palacete rodeado por la policía, atenta a que nadie pudiera acercarse demasiado a su imponente fachada no fuese que algún agente patológico ─la desobediencia, por ejemplo─ se instalase entre sus recios sillares y destruyera tan emblemática edificación. Uniformados, uniformes, todos iguales, una auténtica jauría, perfectamente entrenada para la caza, como comprobaría poco después.

La indignación era patente. […] Impresionaba. La emoción se contagiaba. En mi caso, durante unos instantes abrió una grieta en mi congénito escepticismo sobre la naturaleza del ser humano y su incapacidad de lograr una sociedad sin buitres y tiburones. Pronto se cerró, cuando pensé en la historia, en eso que denominamos evolución social. […]

Noté movimiento frente a la fachada principal del palacete. No alcanzaba desde mi posición a ver bien qué sucedía. La gente empezó a abandonar la plaza. Los que estaban en el centro no, se quedaron sentados en el suelo. Levantaban las manos, abiertas. La guardia pretoriana se desplegó.

De pronto, policías por todas partes. Brotaban como chispas de un incendio incontrolado. De los furgones aparcados en las bocacalles que dan a la plaza descendían como malcarados perros de caza sedientos en busca de la presa. Bien pertrechados, con casco, escudo y porra. Sin mirar ─les bastaba el olfato─ empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, indiscriminadamente. ¡Asesinos!, gritaban algunos, entre porrazos, patadas y empujones. ¡Hijos de puta!¡Cabrones! Todo sucedió muy rápido. Una joven ─pelo corto, pantalón vaquero, camiseta con una leyenda (Stop. Piensa), no tendría ni veinte años─ sacó el móvil e intentó grabar la intervención policial. Un policía, de un manotazo, le tiró el teléfono al suelo, ella también cayó. Rompió a llorar. Su compañero, o un chico que había a su lado, se encaró con el madero, le exigió que se identificase (no llevaba placa de identificación). Por respuesta, recibió un porrazo en el estómago. Se retorcía de dolor y el policía continuaba golpeándole.

Empujé al policía, que no llegó a caerse porque le sujetaron sus compañeros de camada. Sentí de repente un golpe en la espalada, a la altura de los riñones. Yo sí me caí. Traté de levantarme y otro me dio una patada. Volví a caerme. Dos me cogieron por los hombros, me arrastraron ─no podía ponerme de pie (bueno sí, pero no me dejaban)─ y me lanzaron al interior de un furgón como el que arroja un saco de patatas. El furgón estaba casi lleno, jóvenes la mayoría. Vi gente ensangrentada. Enseguida tiraron a dos más dentro y cerraron las puertas. ¡Blam!

Manuel Cerdà: El viaje (2024, nueva edición 2019).