La primera paja

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Mis primeros escarceos amorosos se iniciaron en el cine, en los dos cinematógrafos que había en el pueblo, pero fue en el jardín donde empezaron a sobrepasar la frontera del tanteo. Siempre en penumbra, la del cine, la del jardín al atardecer. También mi primera experiencia sexual, mi primer orgasmo. En solitario, al caer la tarde de un día de verano. En el cenador, sin saber que me estaba masturbando.

Tendría yo once o doce años, supongo, pues es la edad a la que esto suele pasar. Yo me tocaba, ya hacía tiempo que me tocaba, pero ese día, el de la paja, no dejé de tocarme por aburrimiento o porque decidiera hacer otra cosa sino porque de repente de mi polla empezó a salir leche. Yo ya sabía que de allí salía leche, me lo habían contado en la escuela ─los niños, no los maestros─, como también de las tetas de las mujeres, pero desconocía qué se sentía: cierta extrañeza en los primeros momentos, cuando el ritmo se tornaba cada vez más regular y más acelerado, desconcierto a medida que iba perdiendo el control de lo que hacía, la rigidez cada vez mayor del pene, un posterior acaloramiento, la excitación ─no exenta de temor─ ante algo nuevo y placentero que no podía detenerse, y una especie de convulsión cuando la leche se disparó ―fue eso, un disparo―, a la que siguió una sensación de vacío que me resultó sumamente agradable.

Debo haberme hecho una paja, pensé. Luego vinieron las dudas, la confusión. Puede que fuera a los doce años, o no, lo de la primera paja, o el primer orgasmo, en solitario ─el primer orgasmo, como el último suspiro─, o puede que fuera a los once, pues a los doce conocí a Rosaura. O quizás conocí a Rosaura a los trece. Sí, más bien, dejémoslo así, al fin y al cabo la memoria colocará el recuerdo donde a ella le parezca, según sus indescifrables criterios.

No recuerdo sensación de culpa hasta que se lo comenté a Juan Luis. Tendrás que confesarte, me dijo. No lo hice y nada pasó, pero no conseguí evitar que el desasosiego se apoderase de mí e incluso sentir culpa por no sentirme culpable. Duró un tiempo, aunque seguí masturbándome. Casi a diario. Sin comentar nada a nadie, ni siquiera a mis amigos después de lo que me dijera Juan Luis. Placer y culpa, combinación perfecta para doblegar conciencias.

Fue una época de confusión, de perplejidad, que la presencia de Rosaura, mi amor por ella, me ayudó a superar. Mientras, los engranajes de la corrección seguían funcionando y cumpliendo su misión.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva ed. 2019).

El primer beso

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El camino que llevaba a la estación era tranquilo, apenas había unas pocas farolas que emitían una tenue luz. Tranquilo como la oscuridad, como el silencio. La cogí de la mano, ella apretó, con fuerza, la mía. Me paré de repente, nos paramos, sin saber por qué, posiblemente para que el camino no acabase nunca y estuviéramos siempre vagando, sin rumbo, sin destino, solos los dos, siempre caminando en una aparente oscuridad que no era falta de luz excepto para los demás, pues solamente podía apreciarse con los ojos del alma. Una alianza de los astros que nos protegían de todo mal. Para nosotros todo resplandecía, o así me lo pareció. Fue verdad, entonces.

Yo nunca había visto a Rosaura tan hermosa, tan radiante. Sin soltarnos de la mano nos alejamos de las pocas farolas que había a ambos lados del camino, evitando así que algún despistado se diera cuenta de que allí había vida y pretendiera adentrarse en un mundo en el que nadie más podía tener cabida. Nos detuvimos de nuevo, nos miramos y comprendimos que debíamos juntar nuestros labios. Nada de roces. Y nos besamos durante toda la vida, hasta que ella tuvo que volver a casa. La vi entrar, la puerta se cerró y yo marché con una extraña y confusa mezcla de sentimientos que resultaba completamente nueva para mí. Rosaura se iba y puede que no volviera a verla. Eso me entristecía. Rosaura y yo nos habíamos besado. Eso me alegraba. No habría más besos con Rosaura. Eso me frustraba. No entendía que el deseo tuviera que morir tan pronto, nada más nacer. Impotencia. Rabia. Luego comprendería que a lo largo de nuestra existencia siempre es así.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva ed. 2019).

De viaje

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Comencé a preparar el viaje. Con detenimiento, todo debía estar calculado hasta el más mínimo detalle, sin imprevistos de ningún tipo, se trataba de ir y regresar cuanto antes. Pero nunca se sabe. […] Fui tan meticuloso con los preparativos que incluso tuve en cuenta la posibilidad de que no volviera, podía suceder cualquier  cosa,  perderme  para  siempre,  por ejemplo, y recogí  todo cuanto pude de lo que mi memoria había ido dejando esparcido por cualquier lugar, lo que me obligó a una exhaustiva y minuciosa búsqueda que, por otra parte, me sirvió para hacer limpieza, pues no había orden alguno y se podía encontrar recuerdos, pedazos de recuerdos a veces únicamente, debajo del sofá o de la cama, entre las telarañas del llamado cuarto de estar ─lleno de ellas por eso, por ser de estar─, en el bidé o incluso en la nevera, y en el techo sobre todo. Todo lo recogí, por si no volvía, todo lo necesario, pues dejé muchas cosas que sin duda sería fácil encontrar en cualquier sitio, como los pensamientos, los proyectos o las intenciones.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva ed. 2019).