La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre)

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Las llaman mujeres de vida alegre quienes frecuentan esas “guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos” que son los prostíbulos, quienes acuden “a las solícitas y complacientes mujeres de la calle” en busca de sexo y de consuelo que alivie su miserable existencia. Pero, como dice la canción de Brassens, no ríen. Más bien lloran. Eso sí, tras marchar el cliente después de tener relaciones sexuales con ellas en esas guaridas que mencionaba. Nunca antes. Hay que fingir, y fingir bien, para poder conseguir unos ingresos mínimamente estables.

Este es el caso –como tantos otros– de Violeta, uno de los personajes de mi novela El viaje, a la que pertenecen las frases que entrecomillo. Violeta era “una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos”. Ni don Cosme, otro protagonista, que se encaprichó de ella y la trataba con suma consideración, pues en ella “encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos”. Ni él, ni quienes jamás llegaron a plantearse la diferencia entre una muñeca sexual y una mujer de carne y hueso, trataron vez alguna con la verdadera Violeta, la persona, sino con la “puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas”.

No existen los clientes, sino los puteros, malnacidos que se provechan de la explotación de que son objeto las ‘mujeres de vida alegre’. Les importa un bledo. No son conscientes, como canta Brassens, de que esa puta con la que se entretienen y de la que muchas veces se ríen perfectamente hubiera podido ser su madre. Y ve y diles que son unos hijos de puta, que lo son. Díselo y verás cómo se ponen.

Bueno, les dejo ya con Georges Brassens, quien describe la vida de estas ‘mujeres alegres’ mucho mejor que yo, y su canción La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre), de su autoría (música y letra), que salió a la luz en el álbum de 1961 Le temps ne fait rien à l’affaire. He traducido el texto tras ver una por una las traducciones al español que existen en internet. Ya me hubiera gustado utilizar alguna de ellas, pero en todas encontré errores de bulto derivados de una mala traducción de palabras y expresiones propias del argot francés. Iba a decir que cuanto daño hacen los traductores automáticos, pero no es así. Creo que es más correcto decir qué mal se utilizan los traductores automáticos. No sé si mi traducción es mejor, creo que sí, pero si advierten algún error les agradecería que me lo comunicaran.

Que pasen un buen día.

Ser o no ser

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AAAA

O aceptas o niegas. Lo aprendí de pequeño. Me pusieron delante un plato de espinacas y pescado y no lo comí. Por la simple razón que no me gustaba. O aceptas o niegas. Claro que de poco me sirvió. A la mayoría, al parecer, le gusta el pescado y las espinacas.

La conformidad o la negación. La mayoría, no obstante, supongo que en su afán de encontrar algún sentido a su devenir, optan por el término medio. Pero el término medio no existe. En consecuencia, ni se resisten ni cuestionan ni se cuestionan. La razón la desconozco, tal vez no la haya. Desconozco igualmente los motivos por los que el sometimiento disfrazado de indolencia es la opción preferida. Puedo entender la aceptación o la negación, pero ─insisto─ no a los indiferentes, carne de cañón de determinadores y proyectistas sociales y copartícipes necesarios de las destrucciones y atrocidades que jalonan la historia de la humanidad. No es que acepten como mal menor hechos y situaciones ante las se sientan indefensos o impotentes, o consideren que no tienen solución alguna. Nada puede ser perfecto, ni nadie, es la pasmosa abulia que caracteriza nuestro tiempo, del que ha llegado a ser su rasgo más distintivo, es el sometimiento voluntario, la certidumbre de que siempre habrá quien domine y quien aspire a pertenecer al grupo de los poderosos, o al menos ser sus mamporreros. Así es la vida, dicen. Renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer, la misma percepción de la existencia humana ha ido alterándose hasta perder la capacidad de discernir lo útil de lo inútil, lo representado de lo real, abandonando así la capacidad de elegir y la razón individual de las vidas.

Siendo el hombre el ser más imperfecto de cuantos hay en la naturaleza, dice que siente cuando en realidad consiente. Cree en normas, reglas, dictámenes, leyes, constituciones, sin cuestionarse el porqué de su germen, ni el sentido de sus disposiciones, ni a quién sirven y para qué. La inmutabilidad del dogma. Así todo es más fácil. Los dogmas carecen de significado intelectual. Cuestión de fe. No hay que ejercitar la razón. Normas, leyes, preceptos. División entre los que se benefician de ellas, los que creen beneficiarse y los que aspiran a tal beneficio, excluyendo a quienes se resisten a aceptar sin más. La vida en sociedad, lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representada. Aceptación de la negación, no somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. Es en el desorden y la desigualdad que sentimos reconocer otros semejantes a nosotros mismos. Y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Habrá que seguir viajando. No queda otra

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Erik Johansson

Erik Johansson

Tras el viaje que, en tiempo presente y por motivos no deseados, me vi obligado a emprender en busca de mí mismo, por no saber decir no, una odisea digna de Ulises, empezó para mí una nueva vida, o eso creía.

Continué viajando con una nueva identidad. Mas como quiera que siempre me he considerado curioso, y quienes me conocen ya consideraron que lo era antes de considerarlo yo, y como quiera también que no conozco mejores compañeros de viaje que la soledad, la imaginación, una libreta y un portaminas (o pluma en su defecto), decidí ahora que puedo –alguna ventaja ha de tener aquel que se dedica a escribir– hacerlo en otro tiempo que no fuera el presente.

Para mí –lo he dicho otras veces– escribir es como respirar. En según qué circunstancias el aire viciado te lo impide, pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Aun así, acabamos contaminados por la atmósfera que nos rodea sin siquiera darnos cuenta y conformamos la realidad a través de nuestro ánimo adulterado. Solamente en la ficción somos capaces de soportar nuestras renuncias y asentimientos.

Muchas cosas me sucedieron en este nuevo viaje que llevé a cabo en un tiempo que, iba a escribir, no era el mío, pero no es así. Mejor, más preciso, es decir que realicé ese nuevo viaje en un tiempo en el que aún no había nacido y al que llegaría poco más de cien años después. Sin embargo, cuando me di cuenta había terminado. Duró un rot de cirera*. Las cerezas… ¡Ay las cerezas! Tan sabrosas, dulces y frescas, pero tan fugaces… El corto tiempo de las cerezas… Qué breve, pero ¡cuánto se disfruta! Tanto como el tiempo que viví durante este periplo –pues eso fue– teñido de rojo, de rojo cereza, el color de la pasión, el delirio, el frenesí, el deseo desenfrenado, el sufrimiento y el padecimiento, el de la revolución y el de la sangre, la que nos hace vivir o la que otros derraman para que sigamos viviendo, y el del terciopelo de los tapizados de pomposos teatros y ostentosas mansiones también.

De todas ellas, unas dejaron mayor impronta que otras, pero todas las viví, las buenas y las malas, las gratificantes y las desilusionantes. En más de una ocasión sin saber distinguirlas. Seguí buscado un lugar en el mundo que no fuera el que se nos adjudica nada más nacer, pero no lo conseguí. Era el momento de volar, de hacer el equipaje, de empacar mi ansiedad y mi desasosiego, mis frustraciones y esperanzas, y migrar de nuevo, como los mirlos que no soportan la ciudad. Y, así, me fui canturreando Adiós, adiós, mirlo (Bye Bye Blackbird).

Otro tiempo –creí, luego observé que solo era una prolongación del mismo–, otros lugares –creí, luego me di cuenta de que ciertamente eran diferentes, pero no distintos–. No por ello dejé de volar, pero antes me despedí –en principio para siempre– de estos confusos tiempos de cerezas y adioses.

Mi nuevo viaje me llevó a explorar otras realidades alejadas de lo que socialmente se considera ‘normal’, inexplicables, pues, para los humanos, que tratamos de justificar todo mediante la lógica o la ciencia. En esta ocasión fui acompañado de un guía, un tal Argararemon, un ‘esente’  que se presentó antes de revelar su verdadera identidad como un genio de esos que aparecen en los cuentos y dijo llamarse Prudencio Calamidad. Un tipo original, curioso cuanto menos. Menudo nombrecito se le ocurrió.

Habiendo viajado por el presente, el pasado y, si no el futuro, por otras dimensiones temporales distintas, comprobé que ningún tiempo ni lugar era el mío. O con ninguno me identificaba. El desasosiego, la angustia, la zozobra, no habían desaparecido. Y creo que nunca desaparecerán. La clave del por qué me la dio una joven durante una asamblea que tuvo lugar en el Théâtre de l’Odéon, en París, tras ser ocupado por los estudiantes el 13 de mayo de 1968, entre cuyos asistentes se encontraba Sartre. Cierto es –dijo– que estructura actual del sistema social  se sostiene sobre una base que “está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará”.

Tiene razón, toda, pero a mi me cuesta aceptarlo. ¿Cómo es posible? Me vienen entones a la mente las palabras que La Boétie escribió a mediados del siglo XVI: “¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece”.

Mi confusión y perplejidad se acrecientan cada vez que me preguntó por qué. Y esa pregunta está dentro de mi cabeza, repitiéndose como un disco rayado. La única conclusión a que he llegado hasta el momento –y que creo será definitiva– es que somos imbéciles. Individualmente no todos, pero cuando nos juntamos, cuando nos organizamos en eso que llamamos sociedad, nos convertimos en el ser más imbécil que habita el planeta. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Martillea mi mente la puñetera preguntita. También, ¿cómo es posible?

Necesito una respuesta, he de hallar alguna satisfacción a mis dudas, por poca que sea. Es que es verdad. No somos más imbéciles porque es imposible. Los humanos tenemos el monopolio de la imbecilidad, es un gen incrustado en nuestro ADN. De eso estoy totalmente convencido y numerosos datos empíricos así lo corroboran.

Pienso dedicar, en consecuencia, la mayor parte de mi tiempo ‘libre’ a poner en orden las muchísimas notas, anotaciones y otra documentación que con el tiempo he ido recopilando movido por esa curiosidad de que hablaba al principio. Y confío en que de todo ello surja mi próximo libro, que, por el momento, y no creo que cambie, se titulará Tratado sobre la imbecilidad congénita al género humano.

Accederé mientras al blog con bastante menos regularidad, por lo que aprovecho para desearles a todos feliz verano (o invierno, según desde donde se me lea) y, sobre todo, muy sobre todo, un buen descanso (‘alivio en la fatiga y en las dificultades físicas o morales’, RAE). No olviden, como dijo el genial comediante y escritor italiano Eros Drusiani, que “los malos a veces descansan, los imbéciles nunca”. Así es, la imbecilidad no se toma ni un solo minuto de vacaciones.

* Rot de cirera es una expresión valenciana que se utiliza para decir que algo dura muy poco. Durar menys que un rot de cirera (literalmente ‘durar menos que un eructo de cereza´)

La primera paja

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Eric Fischl: “Sleepwalker” (1981).

Mis primeros escarceos amorosos se iniciaron en el cine, en los dos cinematógrafos que había en el pueblo, pero fue en el jardín donde empezaron a sobrepasar la frontera del tanteo. Siempre en penumbra, la del cine, la del jardín al atardecer. También mi primera experiencia sexual, mi primer orgasmo. En solitario, al caer la tarde de un día de verano. En el cenador, sin saber que me estaba masturbando.

Tendría yo once o doce años, supongo, pues es la edad a la que esto suele pasar. Yo me tocaba, ya hacía tiempo que me tocaba, pero ese día, el de la paja, no dejé de tocarme por aburrimiento o porque decidiera hacer otra cosa sino porque de repente de mi polla empezó a salir leche. Yo ya sabía que de allí salía leche, me lo habían contado en la escuela ─los niños, no los maestros─, como también de las tetas de las mujeres, pero desconocía qué se sentía: cierta extrañeza en los primeros momentos, cuando el ritmo se tornaba cada vez más regular y más acelerado, desconcierto a medida que iba perdiendo el control de lo que hacía, la rigidez cada vez mayor del pene, un posterior acaloramiento, la excitación ─no exenta de temor─ ante algo nuevo y placentero que no podía detenerse, y una especie de convulsión cuando la leche se disparó ―fue eso, un disparo― a la que siguió una sensación de vacío que me resultó sumamente agradable.

Debo haberme hecho una paja, pensé. Luego vinieron las dudas, la confusión. Puede que fuera a los doce años, o no, lo de la primera paja, o el primer orgasmo, en solitario ─el primer orgasmo, como el último suspiro─, o puede que fuera a los once, pues a los doce conocí a Rosaura. O quizás conocí a Rosaura a los trece. Sí, más bien, dejémoslo así, al fin y al cabo la memoria colocará el recuerdo donde a ella le parezca, según sus indescifrables criterios.

No recuerdo sensación de culpa hasta que se lo comenté a Juan Luis. Tendrás que confesarte, me dijo. No lo hice y nada pasó, pero no conseguí evitar que el desasosiego se apoderase de mí e incluso sentir culpa por no sentirme culpable. Duró un tiempo, aunque seguí masturbándome. Casi a diario. Sin comentar nada a nadie, ni siquiera a mis amigos después de lo que me dijera Juan Luis. Placer y culpa, combinación perfecta para doblegar conciencias.

Fue una época de confusión, de perplejidad, que la presencia de Rosaura, mi amor por ella, me ayudó a superar. Mientras, los engranajes de la corrección seguían funcionando y cumpliendo su misión.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

¡Qué bien se está en el jardín!

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Jardín de Monet en Vetheuil (1880). Óleo de Claude Monet.

Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?

No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas, que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. ¡Qué bien se está en el jardín!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Policías por todas partes

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CNN.

Diez minutos después la circulación adquirió cierta fluidez, íbamos lentos pero no nos deteníamos. Menos mal. Al poco advertí el motivo: habían desviado el tráfico por la avenida de la Ausencia, de cuatro vías, de reciente construcción, que bordea parte de la ciudad y evita el paso por El Centro. ¡Maldita sea! No me resignaba a dejar de comprar la botella de whisky, pero para ello necesitaba pasar por El Centro. Ya me había tragado el atasco. Vi un sitio donde dejar el coche. Aparqué. Iré a pie, resolví. Dispongo de un mes para regresar a por el coche; hasta entonces no se lo llevará la grúa por abandono, creo, pensé.

Mucha gente en la misma dirección, hacia El Centro. Una concentración frente la sede del gobierno autonómico. Se dirigían allí, escuchaba que decían, hacia la plaza de la Avenencia. El palacete barroco que en sus tiempos albergara la residencia de los marqueses de Bosta, máximos representantes de la nueva aristocracia surgida tras el triunfo de los Borbones, acoge ahora a los nuevos señores, vasallos también, como aquellos, de los verdaderos mandatarios.

Les seguí, me venía de camino. Llegué a la plaza. Estaba llena de gente, a rebosar. Protestaban. Continuaban llegando personas, de todas las edades.

Me quedé en el otro extremo de la plaza, frente al palacete rodeado por la policía, atenta a que nadie pudiera acercarse demasiado a su imponente fachada no fuese que algún agente patológico ─la desobediencia, por ejemplo─ se instalase entre sus recios sillares y destruyera tan emblemática edificación. Uniformados, uniformes, todos iguales, una auténtica jauría, perfectamente entrenada para la caza, como comprobaría poco después.

La indignación era patente. (…) Impresionaba. La emoción se contagiaba. En mi caso, durante unos instantes abrió una grieta en mi congénito escepticismo sobre la naturaleza del ser humano y su incapacidad de lograr una sociedad sin buitres y tiburones. Pronto se cerró, cuando pensé en la historia, en eso que denominamos evolución social.

(…)

Noté movimiento frente a la fachada principal del palacete. No alcanzaba desde mi posición a ver bien qué sucedía. La gente empezó a abandonar la plaza. Los que estaban en el centro no, se quedaron sentados en el suelo. Levantaban las manos, abiertas. La guardia pretoriana se desplegó.

De pronto, policías por todas partes. Brotaban como chispas de un incendio incontrolado. De los furgones aparcados en las bocacalles que dan a la plaza descendían como malcarados perros de caza sedientos en busca de la presa. Bien pertrechados, con casco, escudo y porra. Sin mirar ─les bastaba el olfato─ empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, indiscriminadamente. ¡Asesinos!, gritaban algunos, entre porrazos, patadas y empujones. ¡Hijos de puta!, ¡Cabrones! Todo sucedió muy rápido. Una joven ─pelo corto, pantalón vaquero, camiseta con una leyenda (Stop. Piensa), no tendría ni veinte años─ sacó el móvil e intentó grabar la intervención policial. Un policía, de un manotazo, le tiró el teléfono al suelo, ella también cayó. Rompió a llorar. Su compañero, o un chico que había a su lado, se encaró con el madero, le exigió que se identificase (no llevaba placa de identificación). Por respuesta, recibió un porrazo en el estómago. Se retorcía de dolor y el policía continuaba golpeándole.

Empujé al policía, que no llegó a caerse porque le sujetaron sus compañeros de camada. Sentí de repente un golpe en la espalada, a la altura de los riñones. Yo sí me caí. Traté de levantarme y otro me dio una patada. Volví a caerme. Dos me cogieron por los hombros, me arrastraron ─no podía ponerme de pie (bueno sí, pero no me dejaban)─ y me lanzaron al interior de un furgón como el que arroja un saco de patatas. El furgón estaba casi lleno, jóvenes la mayoría. Vi gente ensangrentada. Enseguida tiraron a dos más dentro y cerraron las puertas. ¡Blam!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Tristeza

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Tristeza del vencido, de quien nació ya derrotado de ánimo y la vida se encargó de aplastar. Pero ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Como les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.

Arrepentirse de todo, lo hecho y lo proyectado, delegar toda actitud y todo proceder, dejar de oír la voz de los deseos, arrepentirse desde que nacemos, por el simple hecho de haber nacido, por si no sabes transitar adecuadamente por la senda que te corresponde.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).