Yo también fui maestro

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Hoy se celebra el Día del Maestro, “festividad en la que se conmemora a las personas que se dedican a enseñar a estudiantes de manera profesional”, según leo en Wikipedia. Durante unos años, entre 1997 y 2011, fui profesor del departamento de Historia del Arte de la Universitat de València. A lo largo de dichos años fue incrementándose paulatinamente mi decepción al ver cómo funcionaba el departamento y, por extensión, la universidad en general. Terminó mi experiencia como el rosario de la aurora, largándome el último día de clase de un portazo. No me renovaron ya el contrato, lógicamente. Lo cuento más detalladamente en la entrada que en su día publiqué en este blog “El PP, el ostracismo funcionarial y mi paso por la Universidad”. Hoy quisiera hacerles partícipes de un par de actividades que llevé a cabo con los alumnos en este tiempo y que, a mi juicio, muestran bien a las claras el despropósito del del sistema de enseñanza universitaria tal como funciona, en el que lo último que se tiene en cuenta es el alumnado.

La primera fue en 1999, si no recuerdo mal. Tenía que impartir ese año la docencia de la asignatura “Escultura Contemporánea”. Ni de lejos es mi especialidad, pero son sabidos los criterios que rigen a la hora de adjudicar a los distintos profesores las asignaturas cada curso académico: antigüedad y jerarquía. Planteé una teoría al principio del curso en la que enmarcar los distintos aspectos que el temario contemplaba. La escultura de la época contemporánea, especialmente desde los inicios del siglo XX, había seguido, al igual que las demás artes plásticas, un camino que la distanciaba cada vez más de la sociedad, hasta convertirse en algo absolutamente ininteligible y en una actividad privada –eso sí, financiada por los gobiernos (siempre tan cultos sus miembros y tan preocupados por el bienestar general)– que nada tiene que decir ya a la sociedad. Nada nuevo ni original. Lo explica, mucho mejor, Hobsbawm en su excelente libro A la zaga. Por ello, afirmaba, la mayor parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo, siendo benignos, una mercancía que se compra y se vende en el mercado. El mercado del arte es un mercado como otro cualquiera, solo que más exclusivo, por lo irracional de los precios y el esnobismo de sus potenciales acaudalados compradores.

Dicha afirmación, como punto de partida, originó cierta perplejidad entre los alumnos. Así las cosas, pedí voluntarios para realizar conmigo una exposición, y cinco se prestaron a ello, cinco voluntarias para ser precisos. Ninguna tenía la más mínima experiencia en dicho campo, jamás habían esculpido ni pintado nada. Yo menos. Solicité permiso en el Centro Cultural la Beneficencia (Valencia) –que entones albergaba en sus instalaciones la Sala Parpalló, dedicada al arte contemporáneo–, al lado del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM), y nos prestaron una sala con sus correspondientes vitrinas. A ratos fuimos haciendo con nuestras propias manos seis esculturas.

Cinco de ellas se exhibieron una mañana de un domingo de mayo dentro de una sala y la sexta la situamos fuera de ella con la finalidad de comprobar más detenidamente cuál era la reacción del público visitante. Cuando alguien se acercaba le dábamos un breve escrito en el que explicábamos que los autores de la muestra –un colectivo anónimo que creía en la democratización del arte– no consideraba que la escultura fuera digna de ser exhibida en un museo sin la aprobación general de los que la contemplaran y les pedíamos que, por ello, le dieran nombre a la obra depositando una papeleta con el título que creyeran más conveniente en una urna colocada al efecto junto a la escultura.

Cinco de ellas se exhibieron una mañana de un domingo de mayo dentro de una sala y la sexta la situamos fuera de ella con la finalidad de comprobar más detenidamente cuál era la reacción del público visitante. Cuando alguien se acercaba le dábamos un breve escrito en el que explicábamos que los autores de la muestra –un colectivo anónimo que creía en la democratización del arte– no consideraba que la escultura fuera digna de ser exhibida en un museo sin la aprobación general de los que la contemplaran y les pedíamos que, por ello, le dieran nombre a la obra depositando una papeleta con el título que creyeran más conveniente en una urna colocada al efecto junto a la escultura.

La exposición fue vista por unas trescientas personas, las cuales visitaban también las otras salas del Centro y las del IVAM. Nadie objetó nada, nadie dijo algo así como vaya mierda de obras, o quién demonios habrá hecho este desaguisado. Nadie se pronunció en contra. Es más: más de doscientos se prestaron a darle nombre. Consumismo, fue el que ganó. Conservo las papeletas, junto con imágenes de la muestra (por desgracia, no encuentro todas las fotografías que tomé del proceso y de la exposición). Fue, pues, un “éxito” al menos tan grande como el que tenían el resto de las exposiciones que la gente visitaba (por supuesto, de reputados artistas). Pensemos por un momento qué hubiera pasado si, en vez de realizar una exposición de escultura contemporánea (conceptual, claro, no dábamos para más) hubiésemos hecho una representación teatral o un recital de música. ¿Qué reacción habría tenido la gente? Mejor no probarlo. En cambio, en este caso, la gente comió gato creyendo que era liebre. Y no pasó nada. La exposición la titulamos ¿esCULTURA?

Sí conservo un buen número de imágenes de la segunda acción, que llevamos a cabo nueve años después, el 18 de mayo de 2008, con motivo del Día Internacional de los Museos, de nuevo en el Centro Cultural La Beneficencia, acción en la que pretendíamos evaluar la respuesta de la gente ante una serie de obras que podríamos calificar de arte contemporáneo (conceptual). Esta vez en la experiencia participó toda la clase (excepto aquellos que por diversas razones no podían). Impartía entonces la asignatura “El Arte desde 1950: últimas tendencias artísticas”. El “guión” era parecido. Partíamos de la premisa que cualquier objeto, o idea, expuesto en un museo nunca es cuestionado como arte por aquellos que frecuentan estos cementerios del arte. Si está ahí, por algo será. Gustará más o menos, se “comprenderá” o no, pero en ningún momento se dudará de que sea una obra artística.

Para esta “exposición” –al aire libre, en uno de los patios del Centro– los alumnos, repartidos en grupos, realizaron con sus propios medios ocho obras (esculturas). Junto a ellas, se exhibía también una obra de un artista valenciano reconocido que ya figuraba en el patio. Estas son las obras hechas por los alumnos:

Esta, la “de verdad”:

A la entrada se entregaba a cada visitante una hoja impresa con las nueve esculturas que acaban de ver y con el siguiente texto:

“DEMOCRATICEMOS EL ARTE. PARTICIPA

Con motivo del Día Internacional de los Museos, un colectivo de artistas valencianos ha decidido donar a este Centro dos de las obras expuestas.

Este colectivo anónimo desearía que esas dos obras fueran elegidas por votación popular. Le rogamos, pues, que colabore con nosotros en esta iniciativa pionera y democrática eligiendo las dos que, a su juicio, considere de mayor interés.

Por favor, marque con una “X” dos de las obras de esta exposición.”

Dicha hoja debían depositarla en esta urna:

¿La reacción de la gente? Observen:

Las ganadoras fueros las siguientes (votaron un total de 336 personas):

                Primer lugar: Escultura núm. 9 (60 votos).

                Segundo lugar: Escultura núm. 1 (55 votos).

                Tercer lugar: Escultura núm. 7 (53 votos).

Evidentemente, la obra que consiguió el primer lugar fue la “real”. Sus materiales, el acabado, no dejaban duda de que se trataba de una “verdadera” escultura. Así lo entendieron los visitantes. Pero he aquí que a tan solo 5 votos quedó la número 1 y a 7 la número 7.

¡Ah! A todos los que implicamos en ambas acciones les explicábamos a la salida de que iba aquello. De ningún modo se trataba del tomar el pelo a la gente. En todo caso, de que reflexionaran sobre había otros que sí lo hacían.

¿Conclusión? Usted misma/mismo.

Muro (mi pueblo), sus políticos y José Antonio

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El pasado día 24 se exhumaron los restos de Franco del Valle de los Caídos –solo 44 años después de que fuese enterrado– y se trasladaron a un cementerio. De “victoria de la democracia española” nada de nada. A buenas horas mangas verdes. Sigue habiendo miles de fosas comunes en las cunetas, de desparecidos, de símbolos y monumentos que ensalzan el régimen franquista. Sin ir más lejos, la tumba de José Antonio Primo de Rivera se encuentra delante del altar mayor de la basílica del Valle de los Caídos. Ahora parece que también serán exhumados. No sé si lo harán con la misma celeridad, pero sea cual sea el ritmo de esta, me da a mí que seguro que antes de que desparezca del cementerio de mi pueblo (Muro, al norte de la provincia de Alicante) la cruz que recoge la fotografía, en la que se lee la inscripción Caídos por Dios y por España. José Antonio Presente.

Al respecto publiqué en este blog un artículo titulado “La cruz de los caídos de mi pueblo” (2 de febrero de 2018) en el que manifestaba que me ofende y me duele su simple visión cada vez que voy al cementerio a visitar la tumba de mis padres y otros familiares. Y –escribía– me duele aún más que el gobierno del Ayuntamiento desde 1999 hasta hoy esté en manos de partidos que se dicen ‘de izquierda’. Desde ese año han sido alcaldes Rafael Climent González (de Compromís, 1999-2015; desde 2015 conseller de Economía sostenible, Sectores productivos, Comercio y Empleo de la Generalitat Valenciana), Francesc Ramón Valls Pascual (de Esquerra Unida, 2015-2017), Jovita Cerdà García (2017-2019) y, en la actualidad, Gabriel Tomás Salvador, candidato de EUPV y hoy ‘no adscrito’ al ser elegido ‘por sorpresa’ con los votos del PP y Ciudadanos y no renunciar al cargo.

A este último es al único de los mencionados que no me he dirigido. Harto ya de comprobar que la dichosa cruz se la trae al pairo a los políticos locales. A los demás, en persona o por correo electrónico, en varias ocasiones. También a algunos de sus colaboradores. ¿Resultado? Pueden suponer que ninguno. De lo contrario no estaría escribiendo esto ahora. De acuerdo con que el cementerio es parroquial y no municipal, pero ello no es razón para saltarse incluso la propia Ley de Memoria Democrática y para la Convivencia de la Comunitat Valenciana. Los detalles los explico en el otro artículo.

Así que arrojo la tolla. Que hagan con la cruz lo que quieran, es decir, nada. Mas cuando una cosa se me indigesta necesito vomitarla, y la única manera que se me ha ocurrido para ello es este vídeo. Entiendo que pueda molestar a alguien, pues, entre otras cosas, para eso lo he hecho.

Catalunya: Esto ya no va de independencia

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Veo retransmitidos en directo los sucesos de estos días en Catalunya; en Barcelona, sobre todo. Los contemplo con expectación, pero sin preocupación. Los contemplo incluso con la tranquilidad propia de quien asiste a un espectáculo, pues así me los presentan: como un espectáculo, con sus anuncios autopromocionales, sus patrocinadores, sus interrupciones para la publicidad, con las correspondientes sobreimpresiones que anuncian lo que veremos “a continuación”, o “en unos instantes”, una y otra vez.

La tranquilidad dura poco. Tertulianos, analistas, politólogos, economistas, asesores asesorados, columnistas y, por supuesto, políticos parecen competir a ver quién suelta la gilipollez más grande o a ver quién la tiene más larga. En los demás medios ‘de comunicación’ españoles sucede tres cuartos de lo mismo.

“Es una vergüenza la naturalización de la represión por parte de televisiones, periódicos, intelectuales, tertulianos y tuiteros españoles. Están convencidos de que viven en una democracia cuasi perfecta y cualquier crítica a la falta de libertad es interpretada como un ataque de los secesionistas catalanes y una conspiración antiespañola”. Son palabras del artículo de Hibai Arbide Aza –abogado en Barcelona hasta que se fue a vivir a Atenas, donde trabaja como periodista freelance para diversos medios– publicado en El Salto, que lleva el acertado título “Vivir en otro mundo”, uno de los pocos, poquísimos, artículos escritos, entiendo, desde el sentido común y no desde la prepotencia.

Sigue diciendo Arbide Aza: “Una parte significativa de España –la parte sobrerrepresentada en los medios, la cultura y la política– ha decidido vivir en un mundo de fantasía. Su mundo, en el que la Constitución que nos dimos entre todos garantiza nuestros derechos y libertades gracias una transición modélica que cerró las heridas abiertas por una guerra civil en la que hubo excesos en ambos bandos. Una fantasía obscena que solo se sostiene gracias a la repetición machacona del mantra. Un mundo ficticio pero mucho más cómodo de habitar que la jodida realidad. Una ensoñación donde la policía protege los derechos fundamentales, los jueces interpretan la norma conforme a las garantías de un Estado social y de derecho, los representantes políticos velan por el bien común y los medios de comunicación ejercen su función de control del poder”. En este mundo tan falso como interesado, tan irreal como espectacular, se puede ser lo que se quiera. Independentista también, por supuesto. Ahora bien, atente a las consecuencias si no te ciñes a mis reglas de juego. Como nos recuerda en el mencionado artículo Arbide Aza, estamos ante la misma clase de cinismo que la famosa frase atribuida al dictador ugandés Idi Amin: ‘Hay libertad de expresión. Lo que no garantizo es que haya libertad después de expresarte’.

Prepotencia y mediocridad son una mala combinación. Quienes al mismo tiempo mandan y sirven al verdadero poder, el económico, acaban por considerarse a sí mismos, como escribió Tolstoi (El reino de Dios está en vosotros, 1894), seres superiores que “caen en un estado de embriaguez de poder y servilismo al mismo tiempo, con lo que también pierden la conciencia de su responsabilidad”.

“Los responsables policiales admiten su ‘perplejidad’ ante el fenómeno que de la noche a la mañana ha emergido en las calles”, leo en La Vanguardia (19 de octubre). Pues menuda panda de lelos que están al frente de la policía. También los políticos dicen mostrarse sorprendidos. Otros que tal. Vaya ojos de lince.

A ver. Irrumpieron cual elefante en cacharrería cuando el referéndum del 1 de octubre de 2017 con una desmedida, violenta e innecesaria actuación policial. Encarcelaron a los ‘líderes del procés’ y se ensañaron para que todo el mundo tuviera claro que con el Estado no se juega. Que sepa a quien se le ocurra cuestionar su mantra que sobre él caerá todo el peso de la ley. ¿Qué digo peso?, una descomunal maza. De acuerdo con su aviesa lógica, les juzgaron y les impusieron unas penas que el rotativo The Guardian tildó de “draconianas” y calificó de “vergüenza para España” (14 de octubre). Y para rematar la faena cometieron (¿intencionadamente?) la torpeza (o la destreza, vete a saber) de hacer pública la condena un 14 de octubre (el 14 de octubre de 1940 el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, fue condenado a muerte por un consejo de guerra de los militares franquistas, siendo fusilado al alba del día siguiente). ¡Claro que sí! Pa’ chulo, chulo mi pirulo.

Y es que como tengan que salirse lo más mínimo del guión sus esquemas mentales se hacen añicos. Este es el único mundo posible, la única forma de organización social factible. Nada puede existir fuera de ellos. Su cerebro no da para más, demasiados años de adocenamiento continuado (voluntario).

Así las cosas, es natural que estén desconcertados. No esperaban una respuesta de tal calibre. ¿Cómo?, ¿cómo puede ser?, ¿qué pasa? Es el suyo un mundo tan irreal que ni alcanzan a vislumbrar que lo que sucede en Catalunya (me refiero solo a las acciones violentas, o de fuerza) antes han tenido lugar en otros lugares. Que grupos ‘antisistema’ protesten en Bayona con motivo de la cumbre del G-7, vale; que en el movimiento de los chalecos amarillos haya grupos violentos, pues también. Pero, ¿entre nosotros? Somos los mejores, oé, oé, oé…

“Esto ya no va de independencia”, les aclara la pintada que figura en la fotografía con la que ilustro este artículo. Con su actuación han propiciado una acción que no entraba en sus cálculos, pero nada nueva. Se remonta a los enragés de la Revolución francesa y se reproduce, por poner uno de los ejemplos más conocidos, en el Mayo del 68 francés –cuyas imágenes de enfrentamientos, barricadas, adoquines levantados para ser usados como munición se asemejan muchísimo a las que vemos estos días de Barcelona–, se deja ver en los bluosons noirs y en otros muchos movimientos contraculturales de lo que ahora se denominan ‘tribus urbanas’. Nada nuevo, salvando todas las distancias.

El comunicado “CNT Barcelona ante los últimos acontecimientos represivos” (19 de octubre) puede que les aclare algo: “[…]  como organización de clase nos situamos en contra tanto del Estado español, como del proyecto de Estado catalán. Ya que todo Estado, en el ejercicio del monopolio de la violencia, y como instrumento de la oligarquía, tiene como objetivo el control y la extracción de la riqueza que genera la clase trabajadora en beneficio de unos pocos. En esta ocasión la propia burguesía catalana ha sido víctima de las redes represivas de una Democracia liberal de la que ha sido parte indispensable durante décadas. No podemos olvidar la tortura en las cárceles catalanas, la corrupción sistemática y la represión hacia nuestra organización y otros muchos colectivos y personas que han sido objeto de la misma. En un claro ejercicio de hipocresía y cinismo, hemos sido testigos de cómo el presidente Quim Torra animaba a manifestarse al pueblo catalán para luego reprimirlo con la policía. El conseller d’interior, Miquel Buch, defendía la actuación de los mossos, condenando la ‘violencia de los manifestantes’. Oriol Junqueras sigue insistiendo en que el conflicto debe resolverse en las urnas, como no. […] Nos desmarcamos de los partidos políticos, de estas organizaciones ‘sindicales’, del nacionalismo”.

Frente al nacionalismo, pues, el internacionalismo. La acción directa no es algo que haya surgido de la noche a la mañana, es una estrategia utilizada en infinidad de ocasiones por los anarquistas. También la solidaridad. Sí, solidaridad (“adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”, RAE), aunque a alguien pueda escandalizarle. Si bien, igual el que se escandaliza clica luego en el ‘me gusta’ de cualquier publicación –aquí o donde sea– con un texto de Kropotkin o Malatesta. Y junto al internacionalismo, la libertad de los pueblos y la descentralización del poder. Entre los calificados como antisistema entrarían los CDR, una formación anticapitalista que no se conforma con un simple cambio de rostros y de partidos al frente de unas instituciones al servicio del poder económico, que –lógicamente; sí, lógicamente– cuentan con un sector (minoritario) que entronca con lo que decíamos.

Afirmaba al principio del artículo que contemplo los hechos con expectación, pero sin preocupación. Y es que la gente –a la que se le insufla miedo– se acojona pensado que es el caos, el desastre total. Tranquilos. No pasará nada. ¿Qué demonios va a pasar? ¿Qué sucedió en Mayo del 68 con los episodios violentos, o de fuerza, en las calles? Nada.  Y eso que contaban con un respaldo social muchísimo mayor. Las aguas volvieron a su cauce. ¿Alguien puede llegar a imaginar que estos grupos lleguen a hacerse con el poder?, ¿qué se haga realidad su modelo de sociedad? ¡Venga ya! Se pretende restaurar el equilibrio. Pues bien, un equilibrista se caerá enseguida si la cuerda no está bien tensada. Por una parte (la ‘constitucional’) ya lo está. Por la otra se está tensando ahora. Ya verán cómo, más tarde o más temprano, habrá un acuerdo que no sé si solucionará gran cosa, pero se dirá que sí y todos los actores políticos se atribuirán el mérito y se mostrarán satisfechos. Los grupúsculos de los CDR a la marginalidad y los grupos anarquistas y anticapitalistas proseguirán su tarea en otra parte. Mientras, más follón. Dicen que la violencia no se combate con más violencia, ¿y el nacionalismo sí con más nacionalismo y mano dura?

El cerebro del agente de policía

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Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.

No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que lo que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener un diario en las manos, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está ahí: eran diarios.

El resultado de esta autopsia no dejara de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que pueda producir una aguja de ropavejero en un cubo de basuras? Quizás, a algunos contribuyentes demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.

Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.

Aquí se entristecen el moralista y el hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siècle* y una cantidad de publicaciones algo más frívolas, algunas de ellas traídas de Bélgica de contrabando.

He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un conductor que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, solo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.

La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial. Que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes; que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal solo encuentre en sus cráneos… No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris**, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras Obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso:

1º) El Código penal; 2º) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3º) un reducido número de tomos del gran diccionario, de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse [La Poli, en argot], 4º) y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.

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El cerebro del agente de policía fue escrito por Alfred Jarry en 1901. El texto que aquí figura se publicó en el libro ‘Patafísica, junto con Especulaciones, Madrid, Pepitas de calabaza, 2016.

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Notas:

* La Gaudriole tenía como subtítulo “diario de relatos alegres, historias picantes y novelas ilustres”. Fin de Siècle, “periódico literario ilustrado que aparece el sábado”, tenía una tirada de más de 70.000 ejemplares y se había vuelto mucho más insustancial y anodino.

** La Revue Blanche era una revista literaria y artística cercana al anarquismo que se publicó solamente entre 1899 y 1903. Le Cri de Paris era un periódico semanal de carácter político y satírico, muy cercano a La Revue Blanche, que apareció en 1897 y dejó de publicarse en 1940.

El comentario de un jeta y la respuesta de un bobo

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Publiqué el pasado 28 de septiembre una entrada titulada “Tres breves textos de Camus sobre la condición humana”. En uno de ellos dice Camus: ‘No tenemos tiempo de ser nosotros mismos. No tenemos tiempo más que de ser felices’. Si así es, parte del mío, un par de horas, lo perdí creyendo que lo que hacía, voluntariamente, me hacía feliz en tanto que contribuía a solucionar el problema que un lector me planteaba, fuera relevante o no. Creo que eso forma parte de la felicidad, de mi felicidad al menos. Ahora tengo dudas, pues me jode haber sido un bobo. Y no poco.

Mi madre –haciendo buena la aseveración de que nadie nos conoce mejor que nuestra madre– me decía continuamente que soy demasiado confiado. Demasiado, sí. Tanto que soy más bobo que el de Coria.

En fin, vamos al asunto que empiezo a sentir que estoy perdiendo el tiempo de nuevo por algo que no se lo merece. Pero es que me cabrea, y cuando algo me cabrea no puedo, no sé, dejarlo pasar. Si no lo vomito, se me indigesta. El comentario al que me refiero y leí al entrar al blog al día siguiente es este (tal cual está redactado, sin corregir):

Buenos breves textos, cada uno te deja pensando un rato largo.

A veer si me puedes ayudar con algo tangencial: Hace un tiempo estoy tratando de acordarme en que otra novela de Camus (que no es El Extranjero) uno de los personajes lee en un diario que “mataron a un árabe en la playa”

Ambas novelas las leí hace muchos años y no me puedo acordar cuál es la otra

un gusto pasar por acá

Saludos!

Mi respuesta:

Creo que te refieres a “La peste”. No soy ningún experto en la obra de Camus, pero por lo que sé Camus hace una referencia a “El extranjero” en ella. Te transcribo el párrafo tal como figura en una edición de “La peste” que tengo en casa (Seix Barral, 1983). Así empieza la página 46 de esta edición:

‘Por otra parte, tenía ataques de mal humor. Un día en que el tendero se había mostrado menos amable había vuelto a su casa en un estado de furor desmedido.

—Está con los otros, este canalla –repetía.

—¿Qué otros?

—Todos los otros.

Grand había incluso asistido a una escena curiosa con la vendedora de tabaco. En medio de una conversación, la vendedora había hablado de un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en una playa.’.

No sé si era esto lo que buscabas en tu memoria y si te ha servido para algo. En todo caso, te agradecía que me dijeras que has leído el comentario (con que cliques en el ‘me gusta’ o pongas un simple ‘leído’ es suficiente), pues en ocasiones uno se tira un buen rato con consultas como esta (ayer, sin ir más lejos, me costó un par de horas localizar el párrafo tras haberle dado antes varias vueltas a la cabeza) y luego solo obtiene la callada por respuesta. Y me digo: ¿es que no lo habrá leído siquiera?, ¿para qué le he dedicado un buen rato de mi tiempo a contestar? Y, claro, se te van las ganas de repetir la experiencia. No me importa estar una o dos horas, o el tiempo que sea, pero para nada por supuesto que no.

Deseo haberte sido útil. Afectuosos saludos.

Ya habrán adivinado que la callada por respuesta fue cuanto obtuve por parte de este individuo tan interesado en Camus. Le pedí esta especie de acuse de recibo porque no es la primera vez que me pasa. En mi blog Música de Comedia y Cabaret, inactivo desde febrero de este año, me preguntaban cosas sobre compositores, temas, bandas sonoras, partituras, actores… Si no sabía la respuesta –lo más frecuente, pues en música (de comedia, de cabaret y de lo que sea) no soy más que un simple aficionado– la buscaba y contestaba, aunque fuese para decir que lamentaba no saberlo y no haberlo podido averiguar. Más de una vez, muchas más, me quedé sin saber nada ya por parte de quien hacía la pregunta. Por eso ahora pedí al menos un simple ‘me gusta’. Como quiera que haciendo clic en el nombre del interesado me redirige a un blog que tiene en Blogspot vi que la última publicación que en este figuraba era del 28 de septiembre, por lo que supuse que no había leído aún la respuesta. No era así. Desde el 6 de este mes hay otra más. ¿Para qué quería saber esto? Ni lo sé ni me importa ya. Allá se las apañe.

Lo peor de todo: volverá a presentarse una situación similar y volveré a actuar del mismo modo. Lo dicho: soy bobo, más que el de Coria.

Que la vida les sea amable.

9 de octubre: ¡que siga el espectáculo!

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El 9 de octubre (Nou d’Octubre) es el ‘Dia de la Comunitat Valenciana’. Se eligió esa fecha porque el 9 de octubre de 1238 tuvo lugar la entrada victoriosa a la ciudad de Valencia del rey Jaime I.

Cuando el territorio del actual País Valenciano fue conquistado por el rey y sus huestes, era un reino taifa poblado por árabes, o balansiyanos mejor dicho, pues en aquellos momentos sus tierras se denominaban Balansiya, y de aquí viene el nombre de Valencia y de sus nativos, los valencianos. Más que hablar de ‘reconquista’, como se hizo durante tanto tiempo, o de ‘entrada a la ciudad’, hay que hacerlo de ‘conquista’, y más que de ‘repoblación’ de ‘ocupación’. El pueblo musulmán de al-Ándalus fue invadido por una minoría dominante mejor pertrechada –en 1272 aún poblaban el País Valenciano 200.000 musulmanes y 33.000 cristianos– que le obligaba a cambiar drásticamente su modo de vida, sus creencias y sus seculares tradiciones. Muchos fueron expulsados de sus casas y desposeídos de sus propiedades, y si no hubo una matanza generalizada, como en Mallorca, y buena parte de ellos pudo conservar sus tierras fue por las mismas características de la conquista, que no hicieron necesaria una repoblación inmediata.

La sensación de dominio, de haber sido invadidos y sometidos, que debieron experimentar aquellos hombres, mujeres y niños, no desearía vivirla: confinados a menudo en morerías, convertidos en mano de obra barata para los nuevos señores, obligados a bautizarse por la fuerza… ¿Por quién? Por otros. Simplemente eso: unos extraños, unos desconocidos.

Se ponía así fin a cinco siglos de cultura árabe que dejaron una huella imborrable. La agricultura, tras la conquista, se sirvió de su sistema de regadío. Los musulmanes   aprovecharon vestigios y mejoraron anteriores acueductos y estructuras que se remontan hasta la época romana, y dieron a conocer la noria al tiempo que perfeccionaron su uso, e introdujeron el naranjo, la caña de azúcar, el albaricoquero, el algarrobo, la alcachofa, el algodón, la palmera datilera y, aunque todavía no se cultivaba a gran escala, el arroz.

La toponimia actual conserva infinidad de nombres de origen musulmán. De los 542 municipios que integran la actual Comunidad Valenciana, alrededor de un centenar empiezan por los sufijos -al y -beni, manifiestamente árabes. Pero no solo estos. Mi pueblo, por ejemplo, Muro, es de origen árabe (aunque desconozcamos el porqué del topónimo), y otros muchos de una larga lista, como Silla (pequeña llanura), Manuel (salida de un valle), Monòver (florido) o Russafa (jardín). También, en todos los órdenes, son muchos los vocablos actuales provenientes de aquella época: alambique, alforja, alguacil, barrio, café, dársena, jaqueca, jarra, jinete, mazmorra, mengano, mezquino, rambla, rehén, sandía, tahona, y un largo etcétera.

El tortuoso trazado del núcleo histórico de muchísimas localidades valencianas es de origen musulmán y reflejo de dos formas distintas de organización social: las familias de al-Ándalus eran de tipo extenso y las cristianas nuclear. En las primeras, cuando un hijo suyo se casaba construían otra estancia quitando espacio al patio en un solar adyacente. Las cristianas irán añadiendo parcelas, una al lado de otra, formando calles rectilíneas.

Con todo esto quiero decir que, tras la conquista del territorio valenciano por las huestes de Jaime I, estas se encontraron con una sociedad más avanzada que la suya, cuyos logros sirvieron para cimentarla. Así pues, ¿qué se celebra el Nou d’Octubre? ¿El nacimiento de una nación, parafraseando el título de la película de D. W. Griffith de 1915? O de un pueblo, si lo prefieren: el valenciano. Una nueva sociedad, en definitiva. Si así es, ¿cómo se alcanzó? ¿Como en Estados Unidos?, ¿con la destrucción la cultura de las tribus indias y el genocidio de comunidades enteras? ¿O como hizo la Corona de Castilla (eso que llaman incipiente Reino de España) con las culturas precolombinas)? De los 200.000 habitantes que tenía la taifa de Valencia cuando fue conquistada, unos 40.000 marcharon de sus tierras. Los que se quedaron, los moriscos, terminaron siendo expulsados en 1609, no sin antes haber sufrido el excesivo celo inquisidor para que se evangelizaran y padecer el rechazo de los cristianos, que los consideraban demasiados prolíficos, trabajadores y mezquinos. Un tercio de la población valenciana –alrededor de 120.000 personas– se vio obligada a abandonar para siempre unas tierras que habían morado ya sus antepasados y consideraban suyas.

La medida no gustó a los nuevos señores, los verdaderos beneficiados con la Conquista. El Llibre del Repartiment registra la donación de propiedades expropiadas a los musulmanes una vez finalizada la conquista entre aquellos que habían ayudado en la campaña: órdenes militares, alto clero eclesiástico, nobles y caballeros, principalmente. Todo ello condujo a la formación de un régimen feudal especialmente duro, fuente de constantes conflictos entre los señores y los campesinos durante los tiempos medievales y hasta la época preindustrial.

Yo, la verdad, no sé qué demonios se celebra hoy. Es más, creo que no lo sé ni yo ni nadie. Entre los valencianos nunca ha habido eso que llaman ‘conciencia nacional’. No voy a entrar ahora en las causas, sigo limitándome a los hechos. Y estos me dicen que su faceta más folclórica y espectacular –versionada según los idearios de quienes en cada momento detentaba el poder– es la que ha predominado sobre cualquier otra consideración.

¿Qué no? A las pruebas me remito. ¡Con la lata que dieron los que se declaran ‘nacionalistas’ o ‘valencianistas’ cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de 1982! En él se pactó, entre otras cosas, que el territorio valenciano se denominaría oficialmente Comunidad (o Comunitat) Valenciana y se redactó de manera ambigua el articulado sobre la lengua de los valencianos. Los firmantes de aquel estatuto se convirtieron poco menos que en traidores. ¿Cómo que Comunitat Valenciana? ¡País Valencià! ¿Cómo que el valenciano es el idioma oficial? ¡El catalán! Algunos iban un poco más allá y reivindicaban nuestra pertenencia a los Països Catalans. Y con el himno… ¿Cómo podía ser el himno oficial el mismo de la Exposición Regional Valenciana de 1909, aquel que dice “Para ofrendar nuevas glorias a España”, aunque solo sonara la música? ¡Qué barbaridad!

Mucho ha llovido desde entonces. Aglutinados en torno a Compromís –una heterogénea mezcla en la que se juntan desde los antiguos procatalanistas a los que militaban en la derecha valencianista más rancia–, han hecho suyo el “donde dije digo, digo Diego” y, ¡hala! a ofrenar noves glòries a Espanya tots a una veu. Compromís y los demás partidos políticos, por supuesto. Todos a cumplir con su misión: continuar con el espectáculo y así seguir con el condicionamiento cultural en el ámbito del condicionamiento general.

Mi vecino, el Open Arms y la señora Calvo

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Entraba en casa y me encuentro a un vecino en el portal. Cuánto tiempo, cómo va y otras frases similares y habituales dan paso a un comentario suyo sobre los migrantes bastante desafortunado. Viene a decir que estos no son náufragos y que en realidad van a buscarlos. Lo ha ‘visto’ en la tele, aclara cuando le pregunto algo así como ¿qué cojones dices? Llega el ascensor y me subo. Eso sí, con un poco más de mala leche. Me acuerdo entonces que un día me dijo que en las elecciones de 2015 –en las últimas ni lo sé ni me importa– había votado a Podemos para las Cortes valencianas y a Compromís para el Ayuntamiento de Valencia. Eso me dijo. Si no fue verdad, tanto me da que me da lo mismo.

¿Y al capullo este que mosca le ha picado ahora?, pienso. Ya en casa busco en internet noticias sobre el Open Arms. Tecleo en Google ‘Open’ y como sugerencias de resultados de búsqueda aparecen en segundo lugar, tras ‘Open Arms’, ‘Open Arms mafia’. Acabáramos. No refugiados, ni humanidad, ni tragedia, no. Mafia. Acojonante.

Luego hago clic en ‘Última hora’ y me encuentro unas declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo, que acaban de rematarme. Esto ya no me resulta acojonante, me deja acojonado, que no es lo mismo. Dice la vicepresidenta en una entrevista a la cadena SER que el Open Arms “tiene licencia para ayuda humanitaria, para transporte de víveres”, “Esa es la licencia que tiene desde el punto de vista de la concesión administrativa y la legalidad española, y ese es su cometido”. Y remata: “Las instituciones, los poderes y los ciudadanos, todos estamos sometidos a las leyes, y todo el mundo sabe lo que puede hacer y lo que no y nadie está a salvo de esto, incluido un barco como este”. [Sonido de fanfarria]

A ver si me aclaro, señora. ¿De verdad se cree lo que está diciendo? Parece ser que así es, que siquiera es consciente del cinismo y la hipocresía que hay tras sus palabras. Tal es la prepotencia con la que, como política curtida, está acostumbrada a actuar que se lo cree y todo. Miedo me da.

Verá, señora Calvo, la Constitución de 1978 –por la que actualmente nos regimos– reconoce una serie de derechos que en la práctica no se cumplen y estoy seguro que usted lo reconocerá. Vamos con unos pocos. El artículo 14 dice que “los españoles son iguales ante la ley”, el 27.1 que “todos tienen el derecho a la educación”, el 35.1 garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia”, el 39.1 afirma que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”, el 39.4 que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos”, el 43.1 “reconoce el derecho a la protección de la salud”, el 47 dice que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho”, el 50 que “los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad”, y podríamos seguir.

Dice usted también en la mencionada entrevista que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues este es su caso. El suyo, el del Gobierno, el de su partido, el de sus militantes… Ninguno de los artículos citados esa ‘ley de leyes’ que es la Constitución los cumplen. Ni uno. La supuesta igualdad ante la ley viene determinada ante todo por el dinero que tenga uno para costearse un buen abogado. El derecho a la educación existe, claro, y además la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años, pero ¿las condiciones en que estudia el hijo de una familia trabajadora –no digo ya en paro– son las mismas que las de aquel que proviene de una familia acaudalada? Por no hablar de la enseñanza superior, cuyas matriculas son cada vez más elevadas. Decir que se garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio” parece una broma de mal gusto. ¿Es necesario recordar las escandalosas cifras de paro, los trabajos en precario mal remunerados, los salarios indignos e insuficientes, la falta de una adecuada cobertura social? Así, decir que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia” es una falacia (según el INE, el 21,6% de los españoles vive por debajo del umbral de la pobreza y el 16,9% de los hogares tiene ‘mucha dificultad’ para llegar a fin de mes), como también afirmar que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos” cuando en España uno de cada tres niños vive por debajo del umbral de la pobreza y uno de cada diez es pobre severo. Lo mismo cabe decir del “derecho a la protección de la salud” con hospitales saturados, faltos de medios y recursos, y una medicina en manos privadas que proletariza a los profesionales y sirve a quienes más tienen sin los inconvenientes de la pública. En cuanto al “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” ya no sé qué calificativo emplear, pero el año pasado hubo casi 60.000 desahucios. Muchos de estos desahuciados han tenido que vivir –malvivir siendo precisos– de la pensión de sus padres cuando estas, ya de por sí, para la mayoría de ellos resultaban, como mucho, justitas para ir tirando.

Nada de esto cumplen. Le recuerdo sus palabras: “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues háganlo. ¡Ah!, claro, es que no pueden. La ley… La ley siempre favorece a los poderosos, incluida su Constitución. La justicia, no obstante, es algo muy distinto. A la pregunta que lanzaba Kropotkin en Palabras de un rebelde (París 1885) a los jóvenes que se iniciaban en la vida pública –‘¿Qué partido tomaréis: el de la ley contra justicia o el de la justicia contra la ley?’– ustedes no tienen duda alguna: el de la ley contra la justicia. No le quepa duda. Va, a ver si ahora el Open Arms regresa a España y pueden multarlo con 901.000 euros por incumplir la prohibición de Fomento de “realizar operaciones de búsqueda y salvamento”.

Le recuerdo que en el Mediterráneo está también el Ocean Viking, fletado por Médicos sin Fronteras (MSF) y SOS Méditerranée, con 356 migrantes a bordo. Igual le pueden poner otra multa.