I love Paris

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Sin título

Zaz y Rhiannon Giddens interpretando ‘I love Paris’ (Jazzopen Stuttgart, 11 de julio de 2015).

I love Paris es una canción de Cole Porter perteneciente a su musical Can-Can, el penúltimo que estrenó en Broadway, en 1953. Can-Can se mantuvo en cartel durante casi novecientas representaciones seguidas e incluía canciones tan conocidas como “It’s All Right with Me”, “C’est magnifique” y “I Love Paris”. Esta última, incomprensiblemente, pasó a un segundo plano en la adaptación cinematográfica, que se estrenó en 1960 con el mismo título, dirigida por Walter Lang, y con un reparto encabezado por Frank Sinatra, Shirley MacLaine, Maurice Chevalier, Louis Jourdan y Juliet Prowse.

I love Paris, una ‘declaración’ de amor a la capital francesa, invita al optimismo, al goce, como el cancán. Por eso me encanta esta versión de Zaz –cantante cuya fuerza vocal y frescura transmiten alegría, inyectan vida, como la canción– que ofreció durante el concierto que dio en el festival Jazzopen de Stuttgart el 11 de julio de 2015. Un concierto de lujo para el que contó con el acompañamiento de la SWR (Radio Alemana del Sudoeste) Big Band, una magnífica orquesta con músicos altísima calidad y, para el tema que nos ocupa en concreto, también de Rhiannon Giddens, cantante, violinista e intérprete de banjo, estadounidense, con la que se marca un excelente scat.

En fin, que lo disfruten. No me cabe duda de ello.

NADIE, NI NADA, ES LO QUE ES, SINO LO QUE APARENTA

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nadie ni nada

Despreciamos los extremos cuando sin ellos nada seríamos. Hemos creído en el poder del ser humano sobre la naturaleza, como si no formáramos parte de ella y nos perteneciera. La primavera, como el otoño, son lo mismo: el tránsito del frío al calor en el primer caso y del calor al frío en el segundo. ¿Por qué, pues, preferimos la primavera al otoño? Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas. Y así vivimos, en ellas.

No elegimos, hemos perdido esa capacidad y la conciencia de ser, aceptamos el justo medio no como mal menor, ni siquiera necesario, sino como la materialización misma de la realidad, convirtiendo la apariencia en experiencia. Hay lugares en los que siempre hace frío a pesar de que el termómetro marque 38° y otros verdaderamente cálidos aunque nunca sobrepasen los 0°, pongamos por caso. Los primeros nos parecen excesivamente bochornosos, los segundos demasiado gélidos, y nos refugiamos en nuestras madrigueras y ponemos el aire acondicionado. Y ahí, en ese espacio que consideramos nuestro, creemos encontrar el equilibrio, aislados, indiferentes a cuanto suceda más allá de nuestras fronteras, hasta que los definidores, por medio de sus representantes, indican, desde refugios más seguros en los que están entre otras cosas los termómetros, que hemos de ayudar a construir el equilibrio, que hemos de laborar con empeño para asegurar el orden de las cosas, nuestro orden, el que se sustenta en el justo medio, en el rechazo de los extremos, aunque quienes nos certifican esto lo hagan desde uno de ellos.

Pero eso no importa, alguien tiene que velar por el bien general, alguien ha de tener la suficiente amplitud de miras, y eso solamente puede hacerse desde lo alto, donde la perspectiva es siempre mejor. Los más, los demás, miran alguna vez hacia arriba y se dan cuenta de que algunos tienen su mismo origen y han llegado a situarse bastante más por encima de lo que jamás imaginaran. Después miran hacia abajo, las más de las veces, donde ya están, y advierten la presencia de los competidores, y aunque saben que hay miseria suficiente para todos bregan por conseguir una buena porción. Arriba y abajo, si bien prescinden de mirar hacia lo más elevado; saben que ahí nunca llegarán. Por eso buscan la relatividad de las cosas en el mundo de lo absoluto. Creen que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontan a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creen, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguirán ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y sus bienes y propiedades no serán cuantiosos, pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecen de referentes.

La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta. Las cosas son lo que representan, lo que significan. Una piedra es una piedra y un perro es un perro. Sin embargo, una piedra de cincuenta mil años de antigüedad es más preciada que otra más reciente, e independientemente de ello, la piedra reciente, o la de cincuenta mil años, es asimismo más estimada según el lugar que ocupe, según el edificio de que forme parte. O un cuadro. Prescindiendo de sus cualidades artísticas, o estéticas, que al fin al cabo son las que los expertos han creído ver en él, no es otra cosa que una tela manchada de colores. Naturalmente, no todos emborronan igual las superficies ni manejan con la misma destreza los pigmentos, ni tienen la misma habilidad con el dibujo, ni captan del mismo modo ambientes o rostros. No todos los cuadros son iguales, tampoco las personas. Pero he aquí que no es eso lo importante, pues un cuadro que se atribuía a un determinado autor y se consideraba una obra maestra, digna de un genio, pierde valor y estimación cuando se descubre que no pertenecía a dicho pintor sino a otro de menos relevancia. El cuadro, no obstante, sigue siendo el mismo, pero lo que parecía ser ya no es. Al perro que tiene dinero le llaman señor perro, dice un proverbio árabe. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia.

Publicado anteriormente el 2 de febrero de 2018.

Esas adorables personas pequeñas

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…Y esas descerebradas personas grandes, debo añadir. Verán. Me encantan esas personas pequeñas que llamamos niños. Esté donde esté, si hay algún peque cerca de mí, o simplemente si pasa a mi lado, es imposible que no haga algún gesto, algún ademán, que intente arrancarle una sonrisa o una mueca de complicidad. Imposible. Lo he dicho muchas veces y espero seguir diciéndolo hasta el fin de mis días. Cuando alguien juzga o califica mi comportamiento de infantil, cuando alguien me dice que hago cosas de críos o que actúo como uno de ellos –o peor–, me siento elogiado, y si me apuran diría que sobrevalorado.

Como puedo pasarme horas y horas absorto en su mundo, en el que quisiera penetrar más aún, se me ocurrió hacer este vídeo. Vídeos sobre niños hay para aburrir. De niños ya no tanto. Aun así, me descargué un montón de ellos con tal finalidad.

Más allá del hecho de que su vida personal se divulgue públicamente, lo que no sé si yo haría con un hijo mío, al visualizarlos percibí que, sobre los pobres peques, los satisfechos grandes perpetran –sí, perpetran– toda clase de barrabasadas y barbaridades con la única finalidad de exhibirlos –en redes sociales para más inri la mayoría de las veces– y reír las gracias que, se supone, deberían hacernos reír.

Pues no, señores papás (y/o señoras mamás), a mí no me hace ni pizca de gracia ver cómo los asustan a propósito, cómo dejan que –por poner ejemplos de cosas que he visto– su cabeza se quede atrapada entre unos barrotes, cómo se quedan impasibles cámara en mano esperando a grabar el momento en que se caen de bruces, cómo –en definitiva– se divierten sobresaltándoles y gastándoles ‘bromas’ de dudoso gusto. Insisto en que más allá de consideraciones morales acerca de su exhibición pública en redes sociales y similares. De lo contrario no hubiera hecho este vídeo.

En fin, que lo que prometía ser un plácido rato visualizando la inocencia, el candor, la naturalidad o la espontaneidad propia de los peques acabó volviéndose en algo molesto e irritante, y yo haciendo de censor de lo censurable. ¡Pobres peques!

¡Ah! La música es de Beethoven, el segundo movimiento de la Sonata para piano núm. 5 (Primavera). Sus intérpretes, Esther Abrami (violín) e Iyad Sughayer (piano).

¿Escuela o lugar de adoctrinamiento?

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Mi lámpara encendida

La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. Mas todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela.

Hasta el siglo pasado [el XIX], los niños de padres de clase media se ‘fabricaban’ en casa con la ayuda de preceptores y escuelas privadas. Solo con el advenimiento de la sociedad industrial la producción en masa de la ‘niñez’ comenzó a ser factible y a ponerse al alcance de la multitud. […]

Crecer pasando por la niñez significa estar condenado a un proceso de conflicto humano entre la conciencia de sí y el papel que impone una sociedad que está pasando por su propia edad escolar. […]

La disyunción actual entre una sociedad adulta que pretende ser humanitaria y un ambiente escolar que remeda la realidad no puede seguir imponiéndose.

[…] La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. […] Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. […]

Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor. […] A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela no les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el dinero que obtendrán. Y los padres de clase media confían sus hijos a un profesor que evita que aprendan aquello que los pobres aprenden en la calle. […] los niños aprenden aquello que sus maestros quieren enseñarles no de estos, sino de sus iguales, de las tiras de cómic [y tablets ahora], de la simple observación al pasar y, sobre todo, del solo hecho de participar en el ritual de la escuela. […]

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Imagen de portada de “La sociedad desescolarizada” (edición de Seix Barral, 1972).

[…] La escuela los instruye acerca de su propia inferioridad mediante el cobrador de impuestos que les hace pagar por ella, mediante el demagogo que les suscita las esperanzas de tenerla, o bien mediante sus niños cuando estos se ven luego enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita su respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede la salvación solo a través de la escuela. La Iglesia les da al menos la posibilidad de arrepentirse en la hora de su muerte. La escuela les deja con la esperanza (una esperanza falsificada) de que sus nietos la conseguirán. Esta esperanza es, por cierto, otro aprendizaje más que proviene de la escuela; pero no de los profesores.

Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que han aprendido. Tanto los brillantes como los lerdos han confiado siempre en la memorización, la lectura y el ingenio para pasar sus exámenes, movidos por el garrote o por la obtención de una carrera ambicionada. Los adultos tienden a crear fantasías románticas sobre su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su aprendizaje al maestro cuya paciencia aprendieron a admirar. […]

La escuela, por su naturaleza, tiende a reclamar la totalidad del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a su vez hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta. El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio actúa como maestro de ceremonias que guía a sus alumnos a lo largo de un ritual dilatado y laberíntico. Es árbitro del cumplimiento de las normas y administra las intrincadas rúbricas de iniciación a la vida. […] Sin hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber profundo, somete a sus alumnos a ciertas rutinas básicas. El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios, al Estado. Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo, no solo en la escuela, sino en la sociedad en general. […] El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse en la vida privada de su alumno a fin de ayudarlo a desarrollarse como persona. Cuando esta función la desempeña un custodio y predicador, significa por lo común que persuade al alumno a someterse a una visión de la verdad y de su sentido de lo justo.

[…] Todas las defensas de la libertad individual quedan anuladas en los tratos de un maestro de escuela con su alumno. Cuando el maestro funde en su persona las funciones de juez, ideólogo y médico, el estilo fundamental de la sociedad es pervertido por el proceso mismo que debería preparar para la vida. Un maestro que combine estos tres poderes contribuye mucho más a la deformación del niño que las leyes que dictan su menor edad legal o económica, o que restringen su libertad de reunión o de vivienda.

Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer servicios terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros vocacionales y laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus clientes a decidir, a desarrollar sus personalidades y a aprender. Pero el sentido común le dice al cliente que dichos profesionales deben abstenerse de imponer sus opiniones […]. Los maestros de escuela y los curas son los únicos profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público obligado. […] Para el niño, el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote: es al mismo tiempo guía, maestro y administrador de un ritual sagrado. […] Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes de valor se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad, legalidad y valor personal se difuminan y eventualmente quedan eliminadas. Se hace sentir cada transgresión como un delito múltiple. […]

La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de la cultura occidental y los sumerge en un ambiente mucho más primitivo, mágico y mortalmente serio. […] se suspende físicamente a los menores durante muchos años sucesivos en las normas de la realidad ordinaria […]. La norma de la asistencia posibilita que el aula sirva de útero mágico, del cual el niño es dado periódicamente a luz al terminar el día escolar y el año escolar, hasta que es lanzado finalmente a la vida adulta. […].

Ivan Illich: “Fenomenología de la escuela”, La sociedad desescolarizada (1971).

El desahucio

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Actuación de los antidisturbios durante un desahucio en Parla (Madrid) el 16 de febrero de 2017 / Juan Medina / Reuters.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Quiénes?

─ Por eso he visto pasar cuando venía dos lecheras a toda hostia.

─ ¿Dos? Allí hay por lo menos diez. Se está armando un pifostio de mil pares de cojones. Hay mucha gente sentada frente al portal para que no puedan sacarlos del piso, más de cien personas. Yo me he enterado al salir de casa, me lo ha dicho El Chino y me he ido con él para allá. Serían las nueve y algo, pero llevaban allí desde las siete y media de la mañana. También los maderos. Ya han avisado que si no se marcha todo el mundo empiezan a repartir gomazos.

─ ¡Qué cabrones! ¿Y Edu y sus padres?

─  No sé, creo que siguen en el piso, pero ya os digo que la cosa se está poniendo fea. He venido antes a avisaros, pero no estabais.

─ Acabamos de llegar.

─ ¿Os venís?

─ ¡Claro, hostias! Vamos.

Poco más de quinientos metros, seis calles, les separaban. Los cuatro muchachos se dirigieron hacia allí a paso apresurado. Los gritos y abucheos eran cada vez más perceptibles e inteligibles. Al dar la vuelta a la penúltima bocacalle se toparon con decenas de personas, de todas las edades, si bien predominaban los jóvenes, que corrían en dirección contraria a la suya.

─ ¿Qué pasa, Chino? ─preguntó Robin a su colega tras dar también media vuelta y ponerse a correr junto a él.

─ Los putos perros… Están rabiosos, reparten que da gusto, a quien sea.

Unos antidisturbios perseguían al grupo porra en mano. Al fondo se veía a otros con fusiles dispuestos a lanzar bolas de goma. Escasos metros les separaban. Unos cuantos jóvenes, entre ellos El Chino y Robin, empujaron con todas sus fuerzas un par de contenedores. La calle era bastante estrecha y la acción surgió efecto:  frenó el ímpetu de los perseguidores, que no tuvieron más remedio que apartarlos para poder seguir. Ganaron así unos preciosos segundos, unos metros, los suficientes para ensanchar la distancia y que la gente se dispersara por diversas calles. Ellos se escondieron tras un montón de cascotes que todavía no se habían limpiado de un último derribo acaecido solo unos días antes. Desde allí vieron pasar de largo a unos cuantos antidisturbios que proseguían en su intento de alcanzar a quienes huían. Al poco llegó el silencio.

─ ¡Putos maderos! ¡Qué asco! ¿Cómo ha sido, Chino?

─ Estábamos sentados, frente al portal.  Nada más irte tú a por estos comenzaron a dar badana para dejarlo libre. Uno de los mandamases dijo que iban a desalojar la calle y enseguida se acercaron con sus escudos y sus cascos, porra en mano y, ¡hala!, a la más mínima resistencia, al que no se levantaba enseguida, gomazo. La gente les decía de todo. Así que siguieron repartiendo hostias como panes, les daba igual quien fuera. A Ramón, el del quiosco, le han dado una leche y sangraba por la cara.

─ ¿Al quiosquero? Pero si es un viejales.

─ Dijo que él no se movía de allí, que lo que estaban haciendo no estaba bien, que cómo eran capaces de hacer una cosa así, dejar en la calle a una familia. Se cagó en los bancos, en los jueces y en los políticos. Dos lo cogieron de los sobacos. Ramón se agarró a los hierros de la puerta y no podían con él. Uno le dio un porrazo en la mano y, claro, se soltó. Les dijo, yo estaba cerca, lo vi y oí todo, que si de verdad eran personas lo que debían hacer era defender a la familia de Edu y que eran unos miserables. Miserables, dijo. Entonces fue cuando le dieron en toda la chola y se lo llevaron a rastras a una lechera. La gente gritaba que lo dejaran estar, les decíamos de todo: perros, vendidos, asesinos, ¿qué defendéis?, ¿a quiénes?, pero los muy cabrones empezaron a repartir con más ganas y se llevaban a las lecheras a cuantos podían a empujones y hostias. A Patri se la llevaron arrastrándola del pelo. Mientras, otros con unas enormes tenazas cortaban una cadena que alguien había puesto en la puerta para que no pudiesen entrar. Entonces nos pusimos a tirarles lo que encontrábamos a mano y echamos a correr.  Ellos nos siguieron, claro.  Empezaron las carreras, más hostias. Mira el gomazo que me han arreado, y menos mal que lo vi venir a tiempo, me di la vuelta y me agaché, el cachoperro apuntaba a la cara.

El Chino se levantó la camiseta y mostró un gran moratón en su espalda.

Unos veinte minutos después se acercaron de nuevo a la calle donde vivía Edu con su familia hasta unas horas antes. Ya no había nadie, unos pocos policías vigilaban el portal y otros más los extremos del tramo de la calle que daban a otras. Dieron media vuelta.

─ Míralos ─dijo Robin─, mira a los putos perros guardianes cómo protegen a los cerdos. El mejor poli es el poli muerto. Así se mueran todos, como dice ese de la tele, entre terribles sufrimientos.

Los demás rieron y añadieron otros improperios de su cosecha.

─ ¿Qué será de Edu y sus padres? ─preguntó Tomate.

─ ¡A saber! Se los habrán llevado también. No sé.

─ ¡Qué hijos de puta! ¿Y ahora qué harán?

─ A mí me dijo Edu hace unos días que si al final les echaban se irían al pueblo de sus abuelos. Viven aún y al menos allí tienen casa.

─ ¡Qué asco, tío! ¡Qué mierda todo!

─ Me las piro, estoy de una mala hostia que te cagas. Voy a ver si encuentro al Ripi y sus colegas. Creo que quieren ir al banco a montar un pifostio de mil pares de cojones. ¿Os apuntáis?

No encontraron al Ripi y a los otros y El Chino no se acordaba del nombre del banco. El Chino se fue. Les avisaría, quedaron, si conseguía averiguarlo.

─ Otra vez el puto parque, el puto banco. ¿Un banco no es un sitio donde descansar? Descansar eternamente será. ¿A quién hostias se le ocurriría poner el mismo nombre a cosas tan distintas? Los hay capullos.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible a través de Amazon.

Publicado anteriormente el 30 de enero de 2018.

El hombre superior

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‘Diógenes sentado en su tinaja’, óleo de Jean-Léon Gérôme (1860).

¿Creéis vosotros, hombres superiores, que estoy aquí para reparar lo que vosotros habéis estropeado? ¿O para prepararos a los que sufrís un lecho que os resulte más cómodo? ¿O para mostraros a los que andáis errantes, extraviados y perdidos por los montes, un sendero nuevo y más sencillo? ¡No, no y mil veces no! Hace falta que cada vez perezcan más los de vuestro linaje, y que perezcan los mejores, pues vuestro destino debe ser peor y más duro cada vez. No creo que sufráis aún lo suficiente; porque estáis sufriendo por vosotros, no por el hombre.

1

La primera vez que habité entre los hombres cometí una torpeza propia del solitario: la de lanzarme a la plaza pública. Y al hablarles a todos no hablaba a nadie. […] Pero la mañana siguiente me reportó una nueva verdad; y entonces aprendí a decir: ¡Qué me importa a mí la plebe, con su bullicio y sus orejas alargadas! […] nadie de cuantos acuden a la plaza pública cree en hombres superiores. Y si empeñáis en hablar allí, hacedlo a buena hora, pero sabed que la plebe dirá, guiñando el ojo, que todos somos iguales. ‘Hombres superiores! –dice la plebe guiñando el ojo–, ¡no existen hombres superiores! Todos somos iguales, y un hombre vale tanto como otro. ¡Ante Dios todos somos iguales!’ ¡Ante Dios! Pero ese Dios ha muerto, y ante la plebe no queremos ser iguales. ¡Huid de la plaza pública, hombres superiores! […]

3

[…] Al superhombre es a quien amo: él es para mí lo primero y el único; no el hombre, no el prójimo, no el más pobre, ni el más afligido, ni el mejor. […] También hay muchas cosas que me hacen amar y tener esperanzas. […] habéis despreciado, hombres superiores, y eso me hace concebir esperanzas; porque los que desprecian mucho son también los que veneran mucho. Os habéis desesperado, y eso os honra, pues no habéis aprendido a resignaros, no habéis aprendido la sensatez del mediocre. Hoy los mediocres se han convertido en amos: todos exhortan a la resignación, a la modestia, a la sensatez, a la laboriosidad, a la consideración para con los demás, y a toda esa larga serie de virtudes pequeñas. […] ¡Qué asco, qué asco, qué asco! Esas gentes no se cansan de preguntar cómo puede conservarse el hombre mejor, durante más tiempo y de un modo más agradable. ¡Y con eso son los amos del presente! ¡Superadme, hermanos míos, a esos amos de hoy, a esas gentes mediocres, pues ellas constituyen el peligro mayor para el superhombre! ¡Superadme, hermanos míos, las consideraciones mezquinas, le trajín de las hormigas, el bienestar miserable, la ‘felicidad del mayor número’! ¡Caed en la desesperación antes que resignaros! ¡Os amo, hombres superiores, porque no sabéis vivir en el presente! ¡Pues no podríais vivir de una forma mejor!

4

¿Tenéis valor, hermanos míos? ¿Sois personas intrépidas? No me refiero al valor delante de testigos, sino al valor del solitario, al valor del águila, a ese valor que ya no puede ser contemplado por ningún dios. Las almas frías, las acémilas, los ciegos, los borrachos, no tienen lo que yo llamo corazón. Corazón tiene quien no conoce el miedo, y lo domina; quien ve el abismo, pero lo hace con orgullo; quien contempla el abismo, pero con ojos de águila; quien lo aferra con garras de águila.

5

[…] el mal es la fuerza mayor que puede tener el hombre. El hombre ha de volverse más bueno y más malo. […] A quien predica a las mentes mediocres le puede venir bien padecer y sufrir por los pecados de los hombres. Pero yo gozo del pecado grande, dado que constituye mi consuelo mayor. No digo esto para quienes tienen las orejas largas; no todas las palabras resultan oportunas en cualquier boca. Estas cosas son sutiles y lejanas, y las pezuñas de las ovejas no deben alcanzarlas.

6

¿Creéis vosotros, hombres superiores, que estoy aquí para reparar lo que vosotros habéis estropeado? ¿O para prepararos a los que sufrís un lecho que os resulte más cómodo? ¿O para mostraros a los que andáis errantes, extraviados y perdidos por los montes, un sendero nuevo y más sencillo? ¡No, no y mil veces no! Hace falta que cada vez perezcan más los de vuestro linaje, y que perezcan los mejores, pues vuestro destino debe ser peor y más duro cada vez. […] No creo que sufráis aún lo suficiente; porque estáis sufriendo por vosotros, no por el hombre. […]

7

No me basta con que el rayo no dañe a nadie. No quiero desviarlo; quiero enseñarle a actuar para mí. […] No quiero ser luz para los hombres de hoy, ni que me tengan por tal. A los hombres de hoy lo que quiero es cegarlos.

8

No aspiréis a nada que esté por encima de vuestras fuerzas. Quienes aspiran a algo que está por encima de sus fuerzas, presentan una perversa falsedad. […] esos sutiles farsantes, esos impostores, hacen que se desconfíe de las cosas grandes; […] se disfrazan con grandes palabras que designan virtudes espectaculares, y con obras falsas y deslumbrantes. Nada me parece hoy más preciado y escaso que la sinceridad. ¿No pertenece el presente a la plebe? Pero la plebe no sabe qué es lo grande, ni lo pequeño, ni lo recto y lo honrado. La plebe es inocentemente engañosa, y siempre miente.

9

[…] el presente pertenece a la plebe. Como la plebe ha aprendido a creer sin razones, ¿quién la va a disuadir de sus creencias con razones? En la plaza pública, además, se convence con gestos. […] Tened también cuidado con los doctos, porque os odian a causa de su esterilidad. […] Tened cuidado con ellos. El no tener fiebre dista mucho del conocimiento. […]

20

Haced como el viento cuando sale de sus cuevas en el monte, tratando de bailar al son de su propio silbido, y haciendo temblar al mar y agitarse a su paso. […] ¡Bendito sea el que odia a los tísicos perros de la plebe y a toda esa ralea fracasada y sombría, ese espíritu de todos los espíritus libres, la tempestad que ríe mientras arroja el polvo en los ojos de todo pesimista y de todo ulcerado! Lo peor de vosotros, hombres superiores, es que no habéis aprendido a bailar como hay que hacerlo: por encima de vuestras cabezas. ¡Aprended a reíros de vosotros, sin importaros nada! […] ¡Y no olvidéis la risa a carcajadas! […].

Friedrich Nietzsche: “El hombre superior”, Así habló Zaratustra (1893). Traducción de Francisco Javier Carretero Moreno (ed. 1999).

When the circus leaves town (Cuando el circo abandona la ciudad)

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Para mí –y para mis amigos, claro, y para los niños en general– era todo un acontecimiento la llegada de un circo al pueblo. Acudíamos a ver cómo lo montaban, los carromatos donde vivían aquellos artistas que iban de acá para allá y debían haber visto un montón de cosas, los animales enjaulados que mirábamos con respeto y temor –leones, tigres, serpientes e incluso algún elefante– y los que con su comportamiento nos movían al regocijo, como los monos. Y, luego, por supuesto, a la función de estreno, que en ocasiones era la única o la primera de las dos que el circo ofrecería ese día, pues a mi pueblo –que tenía por entonces unos cuatro mil habitantes–, no venían esos grandes circos que acudían a las ciudades, pero a esa edad la ilusión y la imaginación son más poderosas que la realidad. Tampoco venían en verano como en la canción, sino pasadas las Navidades, cuando los grandes dejaban las grandes ciudades y parte de la troupe se dedicaba a viajar por los pueblos. Durante la función hacía un frío que pelaba, pero nosotros, los niños, ni nos enterábamos, absortos como estábamos con los trapecistas, los acróbatas, los domadores y los animales, los magos o los payasos. De que hacía frío solo tengo constancia porque después me salían sabañones. Y luego el circo se marchaba. Nosotros nos quedábamos y por un tiempo seguíamos soñando, a la espera de que el circo nos visitase de nuevo.

Desde entonces, el circo ha sido uno de mis espectáculos favoritos. Seguí yendo, y cuando tuve un hijo íbamos los dos. Ahora a los grandes. Por algo vivíamos en una gran ciudad. Hasta que al entrar en la adolescencia –como he contado en otra entrada– mi hijo me dijo un buen día: ‘¿Por qué no te buscas a otro que te acompañe al circo?’. Sus gustos, obviamente, empezaban a cambiar y, al parecer, estaba ya un poco harto de tanto circo, pues íbamos a todos cuantos pasaban por Valencia. Normalmente en Navidades, pero porque no solían acudir en otras épocas del año, que, si no, también. Hoy el circo, no es, lógicamente, algo tan extraordinario para mí, pero así y todo le hice caso a mi hijo y con los peques que me rodean trato de ir tantas veces es posible, pasándomelo tan bien como ellos, o puede que más, pues disfruto con el espectáculo y con su compañía.

Y esto trata de reflejar el vídeo que figura bajo estas líneas, impregnando de nostalgia por unos tiempos que no volverán y por un espectáculo que ya ni es ni representa lo que fue. La canción que suena se titula When the circus leaves town (Cuando el circo abandona la ciudad; el pueblo mejor) y fue compuesta por Jackie Barnett y Jimmy Durante en 1955, año en que este la grabó acompañado de la orquesta Roy Bargy.