El cerebro del agente de policía

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Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.

No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que lo que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener un diario en las manos, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está ahí: eran diarios.

El resultado de esta autopsia no dejara de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que pueda producir una aguja de ropavejero en un cubo de basuras? Quizás, a algunos contribuyentes demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.

Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.

Aquí se entristecen el moralista y el hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siècle* y una cantidad de publicaciones algo más frívolas, algunas de ellas traídas de Bélgica de contrabando.

He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un conductor que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, solo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.

La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial. Que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes; que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal solo encuentre en sus cráneos… No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris**, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras Obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso:

1º) El Código penal; 2º) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3º) un reducido número de tomos del gran diccionario, de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse [La Poli, en argot], 4º) y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.

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El cerebro del agente de policía fue escrito por Alfred Jarry en 1901. El texto que aquí figura se publicó en el libro ‘Patafísica, junto con Especulaciones, Madrid, Pepitas de calabaza, 2016.

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Notas:

* La Gaudriole tenía como subtítulo “diario de relatos alegres, historias picantes y novelas ilustres”. Fin de Siècle, “periódico literario ilustrado que aparece el sábado”, tenía una tirada de más de 70.000 ejemplares y se había vuelto mucho más insustancial y anodino.

** La Revue Blanche era una revista literaria y artística cercana al anarquismo que se publicó solamente entre 1899 y 1903. Le Cri de Paris era un periódico semanal de carácter político y satírico, muy cercano a La Revue Blanche, que apareció en 1897 y dejó de publicarse en 1940.

El comentario de un jeta y la respuesta de un bobo

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Publiqué el pasado 28 de septiembre una entrada titulada “Tres breves textos de Camus sobre la condición humana”. En uno de ellos dice Camus: ‘No tenemos tiempo de ser nosotros mismos. No tenemos tiempo más que de ser felices’. Si así es, parte del mío, un par de horas, lo perdí creyendo que lo que hacía, voluntariamente, me hacía feliz en tanto que contribuía a solucionar el problema que un lector me planteaba, fuera relevante o no. Creo que eso forma parte de la felicidad, de mi felicidad al menos. Ahora tengo dudas, pues me jode haber sido un bobo. Y no poco.

Mi madre –haciendo buena la aseveración de que nadie nos conoce mejor que nuestra madre– me decía continuamente que soy demasiado confiado. Demasiado, sí. Tanto que soy más bobo que el de Coria.

En fin, vamos al asunto que empiezo a sentir que estoy perdiendo el tiempo de nuevo por algo que no se lo merece. Pero es que me cabrea, y cuando algo me cabrea no puedo, no sé, dejarlo pasar. Si no lo vomito, se me indigesta. El comentario al que me refiero y leí al entrar al blog al día siguiente es este (tal cual está redactado, sin corregir):

Buenos breves textos, cada uno te deja pensando un rato largo.

A veer si me puedes ayudar con algo tangencial: Hace un tiempo estoy tratando de acordarme en que otra novela de Camus (que no es El Extranjero) uno de los personajes lee en un diario que “mataron a un árabe en la playa”

Ambas novelas las leí hace muchos años y no me puedo acordar cuál es la otra

un gusto pasar por acá

Saludos!

Mi respuesta:

Creo que te refieres a “La peste”. No soy ningún experto en la obra de Camus, pero por lo que sé Camus hace una referencia a “El extranjero” en ella. Te transcribo el párrafo tal como figura en una edición de “La peste” que tengo en casa (Seix Barral, 1983). Así empieza la página 46 de esta edición:

‘Por otra parte, tenía ataques de mal humor. Un día en que el tendero se había mostrado menos amable había vuelto a su casa en un estado de furor desmedido.

—Está con los otros, este canalla –repetía.

—¿Qué otros?

—Todos los otros.

Grand había incluso asistido a una escena curiosa con la vendedora de tabaco. En medio de una conversación, la vendedora había hablado de un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en una playa.’.

No sé si era esto lo que buscabas en tu memoria y si te ha servido para algo. En todo caso, te agradecía que me dijeras que has leído el comentario (con que cliques en el ‘me gusta’ o pongas un simple ‘leído’ es suficiente), pues en ocasiones uno se tira un buen rato con consultas como esta (ayer, sin ir más lejos, me costó un par de horas localizar el párrafo tras haberle dado antes varias vueltas a la cabeza) y luego solo obtiene la callada por respuesta. Y me digo: ¿es que no lo habrá leído siquiera?, ¿para qué le he dedicado un buen rato de mi tiempo a contestar? Y, claro, se te van las ganas de repetir la experiencia. No me importa estar una o dos horas, o el tiempo que sea, pero para nada por supuesto que no.

Deseo haberte sido útil. Afectuosos saludos.

Ya habrán adivinado que la callada por respuesta fue cuanto obtuve por parte de este individuo tan interesado en Camus. Le pedí esta especie de acuse de recibo porque no es la primera vez que me pasa. En mi blog Música de Comedia y Cabaret, inactivo desde febrero de este año, me preguntaban cosas sobre compositores, temas, bandas sonoras, partituras, actores… Si no sabía la respuesta –lo más frecuente, pues en música (de comedia, de cabaret y de lo que sea) no soy más que un simple aficionado– la buscaba y contestaba, aunque fuese para decir que lamentaba no saberlo y no haberlo podido averiguar. Más de una vez, muchas más, me quedé sin saber nada ya por parte de quien hacía la pregunta. Por eso ahora pedí al menos un simple ‘me gusta’. Como quiera que haciendo clic en el nombre del interesado me redirige a un blog que tiene en Blogspot vi que la última publicación que en este figuraba era del 28 de septiembre, por lo que supuse que no había leído aún la respuesta. No era así. Desde el 6 de este mes hay otra más. ¿Para qué quería saber esto? Ni lo sé ni me importa ya. Allá se las apañe.

Lo peor de todo: volverá a presentarse una situación similar y volveré a actuar del mismo modo. Lo dicho: soy bobo, más que el de Coria.

Que la vida les sea amable.

Jugando al juego de los tiranos y perpetuando la propia esclavitud.

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Los pobres […] creen que el trabajo ennoblece, libera. La nobleza de un minero en el fondo de su pozo, de una rebanada de panadería en la panadería o de una excavadora en una zanja, los golpea con admiración y los seduce. Se les ha dicho a menudo que la herramienta es sagrada y que finalmente los hemos convencido. El gesto más bello del hombre es el que levanta una carga, blande un instrumento, piensan. ‘Yo trabajo’, dicen, con orgullo doloroso y lamentable. La calidad de bestia de carga parece, en sus ojos, más cercana al ideal humano.

No puede uno ir y decirles que el trabajo no ennoblece y no libera; que el ser que se etiqueta a sí mismo como trabajador restringe, por este mismo hecho, sus facultades y sus aspiraciones como hombre; que para castigar a los ladrones y otros criminales y obligarlos a volver a sí mismos, los condenamos a trabajar, los hacemos trabajadores. Se niegan a creerle. Hay, sobre todo, una convicción que les es querida: es que el trabajo, tal como existe, es absolutamente necesario.

No se puede imaginar semejante tontería. La mayor parte del trabajo de hoy es completamente inútil. Como resultado de la falta total de solidaridad en las relaciones humanas, como resultado de la aplicación general de la doctrina imbécil que afirma que la competencia es fructífera, los nuevos medios de acción que los descubrimientos diarios ponen al servicio de la humanidad se desprecian, se olvidan. La competencia es estéril, restringe la iniciativa en lugar de desarrollarla. Se opone, por miedo al mañana –ese miedo al mañana siempre mucho más fuerte que el odio de los rivales– a cualquier intento un poco audaz, aferrándose a los viejos métodos.

Solo la solidaridad tendría la energía y la audacia necesarias para rechazar todas las reliquias del pasado y usar resueltamente los nuevos métodos. […] Al negarse a entender algo tan simple, al persistir en creer en la necesidad del trabajo en sus condiciones actuales y en la utilidad de su glorificación, los pobres juegan el juego de sus tiranos y perpetúan su propia esclavitud.

Georges Darien: La belle France (1901).

I Can’t Give You Anything but Love, Baby

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I Can’t Give You Anything but Love, Baby es una canción que compusieron en 1928 Jimmy McHugh (música) y Dorothy Fields (letra). Se estrenó en el espectáculo de Broadway Blackbirds of 1928. Fue un éxito, se convirtió en un estándar de jazz y se sucedieron las grabaciones.

La versión del vídeo es la que grabó Billie Holiday en 1936. A principios de la década de 1930, Billie cantaba regularmente en algunos clubes de Nueva York. El conocido productor John H. Hammond se interesó por ella, le presentó a Benny Goodman y este, entusiasmado con su voz, la invitó a grabar algunos discos con él en 1933. Luego, grabó también con Teddy Wilson y fueron estas grabaciones las que le proporcionaron fama y le consiguieron contratos para las famosas orquestas de Count Basie (1937) y de Artie Shaw (1938), en la que por primera vez una cantante negra formó parte de una orquesta de blancos.

Entre los temas que grabó con la Orquesta de Teddy Wilson figura I Can’t Give You Anything but Love, Baby, una grabación histórica, pues, con una joven Billie Holiday.

Dos años después, en 1938, se estrenaba la magnífica película de Howard Hawks Bringing Up Baby (1938, La fiera de mi niña), con Katharine Hepburn and Cary Grant. I Can’t Give You Anything but Love, Baby es una de las canciones de su banda sonora. La cantan a capela Hepburn y Grant cuando intentan encontrar al leopardo, que se llama Baby (por eso no he traducido la palabra en los subtítulos del video), y también suena en otros momentos del filme (no la versión de Billie Holiday). Yo he mezclado la versión de Holiday con fragmentos de la película y, bueno, espero que les guste.

Cenando en compañía de Samuel Beckett

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Me decidí por una ensalada y mero a la plancha ─me aseguraron que era fresco─, para beber un vino de garnacha, con cuerpo, poco ácido y con esa ligera aspereza que mi gusto celebra encontrar. Entre plato y plato, un corto texto de Beckett, Compañía. Lo cogí de mi biblioteca al azar. Inventor de la voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. Habla de sí mismo como de otro. Dice, hablando de sí mismo: “Habla de sí mismo como de otro.” Se imagina a sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. La confusión también es compañía hasta cierto punto. La esperanza diferida mejor es que nada. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón empieza a enfermar. Un corazón enfermo mejor es que nada. Hasta que empieza a partirse. Conque, hablando de sí mismo, concluye de momento: “De momento déjalo estar”

El camarero. No me apetece postre. Un café corto y un buen whisky de malta.

Aparte de la mesa que escogí para cenar, había tres más ocupadas, todas por más de una persona. La mía era la única que no. Observaba de cuando en cuando la gente sentada en ellas. [En una que había al fondo] se sentaban un hombre y una mujer de veintipocos años, no llegarían a los treinta. Él parecía acercarse más a la treintena, ella en cambio a los veinte. Vestían elegantemente, el hombre con aire más informal, americana de dril color crudo y camiseta negra de algodón; la mujer un vestido de color marrón ocre, largo y ceñido, anudado al cuello, y un foulard de seda azul Klein, con el que cubría los hombros. Desde mi posición, la espalda de la mujer, al descubierto, destacaba en la escena. Imposible no fijarse, la luz del seto situado a su lado se escapaba por entre las ramas del jazmín y se reflejaba en ella. La piel se veía tersa y suave, bronceada, un bronceado natural, ligeramente dorado, imposible de conseguir sin la acción del sol. Destacaba aún más con el color de su vestido y la media melena rubia. El azul del foulard acentuaba y atemperaba el contraste. Terminaron el primer plato, la joven se levantó y pude así observar su cuerpo al trasluz del foco situado junto a ella, la tela era fina y permitía adivinar una figura esbelta y seductora. Por unos momentos llegué a desearla.

Me preguntaba quiénes serían. Tal vez unos recién casados, o una pareja que celebraba un aniversario de algo, puede que de su boda (eso explicaría su bronceado caribeño). Como quiera que sea, deduzco de estos nimios vestigios que ambos viven bajo el mismo techo; la actitud de él parece corroborarlo. Durante el tiempo que ella está ausente, no mucho ─debe haber ido al baño─ el camarero sirve sus segundos platos. Él come, no la espera. Vuelve la chica y se sienta. Observo su cuerpo de nuevo mientras lo hace y luego su espalda. Empieza también a comer, no hablan entre ellos. Él mira el plato; ella no lo sé, desde mi posición no puedo ver su rostro. Sus miradas no parecen encontrarse, tampoco se buscan. Ella mira el reloj un par de veces en cuestión de minutos; tendrá sueño, estará aburrida. Él dice algo, una frase corta, ignoro si hay respuesta, apenas conversan, no deben tener nada que decirse ya a pesar de su juventud. Igual empezaron su relación demasiado pronto, siendo casi unos niños, como yo con Rosaura, pero a diferencia de nosotros nada les impidió seguir adelante. Demasiado tiempo, pues. Se acabaron las primeras veces, todo se repite, se conocen sobradamente, están cansados, mañana será el mismo día, aunque cenarán en otro sitio, lo más probable en casa, y comerán otras viandas, las que ella haya comprado y preparado, lo más probable.

Eran casi las doce de la noche, faltaban siete minutos para que las manecillas del reloj se juntasen en perfecta comunión y fuera la hora en que Cenicienta debe retirarse. Fin de la apariencia, hay que volver al redil. Ella le cogió la mano, él sonrió. Se besaron, pidieron la cuenta, se volvieron a besar. Marcharon, acaramelados, rodeando con sus brazos cintura y hombros; los de ella en la cintura, los de él en los hombros.

Sigo leyendo a Beckett: …con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo.

Terminé Compañía y el whisky. Hora de volver a la habitación.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

9 de octubre: ¡que siga el espectáculo!

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El 9 de octubre (Nou d’Octubre) es el ‘Dia de la Comunitat Valenciana’. Se eligió esa fecha porque el 9 de octubre de 1238 tuvo lugar la entrada victoriosa a la ciudad de Valencia del rey Jaime I.

Cuando el territorio del actual País Valenciano fue conquistado por el rey y sus huestes, era un reino taifa poblado por árabes, o balansiyanos mejor dicho, pues en aquellos momentos sus tierras se denominaban Balansiya, y de aquí viene el nombre de Valencia y de sus nativos, los valencianos. Más que hablar de ‘reconquista’, como se hizo durante tanto tiempo, o de ‘entrada a la ciudad’, hay que hacerlo de ‘conquista’, y más que de ‘repoblación’ de ‘ocupación’. El pueblo musulmán de al-Ándalus fue invadido por una minoría dominante mejor pertrechada –en 1272 aún poblaban el País Valenciano 200.000 musulmanes y 33.000 cristianos– que le obligaba a cambiar drásticamente su modo de vida, sus creencias y sus seculares tradiciones. Muchos fueron expulsados de sus casas y desposeídos de sus propiedades, y si no hubo una matanza generalizada, como en Mallorca, y buena parte de ellos pudo conservar sus tierras fue por las mismas características de la conquista, que no hicieron necesaria una repoblación inmediata.

La sensación de dominio, de haber sido invadidos y sometidos, que debieron experimentar aquellos hombres, mujeres y niños, no desearía vivirla: confinados a menudo en morerías, convertidos en mano de obra barata para los nuevos señores, obligados a bautizarse por la fuerza… ¿Por quién? Por otros. Simplemente eso: unos extraños, unos desconocidos.

Se ponía así fin a cinco siglos de cultura árabe que dejaron una huella imborrable. La agricultura, tras la conquista, se sirvió de su sistema de regadío. Los musulmanes   aprovecharon vestigios y mejoraron anteriores acueductos y estructuras que se remontan hasta la época romana, y dieron a conocer la noria al tiempo que perfeccionaron su uso, e introdujeron el naranjo, la caña de azúcar, el albaricoquero, el algarrobo, la alcachofa, el algodón, la palmera datilera y, aunque todavía no se cultivaba a gran escala, el arroz.

La toponimia actual conserva infinidad de nombres de origen musulmán. De los 542 municipios que integran la actual Comunidad Valenciana, alrededor de un centenar empiezan por los sufijos -al y -beni, manifiestamente árabes. Pero no solo estos. Mi pueblo, por ejemplo, Muro, es de origen árabe (aunque desconozcamos el porqué del topónimo), y otros muchos de una larga lista, como Silla (pequeña llanura), Manuel (salida de un valle), Monòver (florido) o Russafa (jardín). También, en todos los órdenes, son muchos los vocablos actuales provenientes de aquella época: alambique, alforja, alguacil, barrio, café, dársena, jaqueca, jarra, jinete, mazmorra, mengano, mezquino, rambla, rehén, sandía, tahona, y un largo etcétera.

El tortuoso trazado del núcleo histórico de muchísimas localidades valencianas es de origen musulmán y reflejo de dos formas distintas de organización social: las familias de al-Ándalus eran de tipo extenso y las cristianas nuclear. En las primeras, cuando un hijo suyo se casaba construían otra estancia quitando espacio al patio en un solar adyacente. Las cristianas irán añadiendo parcelas, una al lado de otra, formando calles rectilíneas.

Con todo esto quiero decir que, tras la conquista del territorio valenciano por las huestes de Jaime I, estas se encontraron con una sociedad más avanzada que la suya, cuyos logros sirvieron para cimentarla. Así pues, ¿qué se celebra el Nou d’Octubre? ¿El nacimiento de una nación, parafraseando el título de la película de D. W. Griffith de 1915? O de un pueblo, si lo prefieren: el valenciano. Una nueva sociedad, en definitiva. Si así es, ¿cómo se alcanzó? ¿Como en Estados Unidos?, ¿con la destrucción la cultura de las tribus indias y el genocidio de comunidades enteras? ¿O como hizo la Corona de Castilla (eso que llaman incipiente Reino de España) con las culturas precolombinas)? De los 200.000 habitantes que tenía la taifa de Valencia cuando fue conquistada, unos 40.000 marcharon de sus tierras. Los que se quedaron, los moriscos, terminaron siendo expulsados en 1609, no sin antes haber sufrido el excesivo celo inquisidor para que se evangelizaran y padecer el rechazo de los cristianos, que los consideraban demasiados prolíficos, trabajadores y mezquinos. Un tercio de la población valenciana –alrededor de 120.000 personas– se vio obligada a abandonar para siempre unas tierras que habían morado ya sus antepasados y consideraban suyas.

La medida no gustó a los nuevos señores, los verdaderos beneficiados con la Conquista. El Llibre del Repartiment registra la donación de propiedades expropiadas a los musulmanes una vez finalizada la conquista entre aquellos que habían ayudado en la campaña: órdenes militares, alto clero eclesiástico, nobles y caballeros, principalmente. Todo ello condujo a la formación de un régimen feudal especialmente duro, fuente de constantes conflictos entre los señores y los campesinos durante los tiempos medievales y hasta la época preindustrial.

Yo, la verdad, no sé qué demonios se celebra hoy. Es más, creo que no lo sé ni yo ni nadie. Entre los valencianos nunca ha habido eso que llaman ‘conciencia nacional’. No voy a entrar ahora en las causas, sigo limitándome a los hechos. Y estos me dicen que su faceta más folclórica y espectacular –versionada según los idearios de quienes en cada momento detentaba el poder– es la que ha predominado sobre cualquier otra consideración.

¿Qué no? A las pruebas me remito. ¡Con la lata que dieron los que se declaran ‘nacionalistas’ o ‘valencianistas’ cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de 1982! En él se pactó, entre otras cosas, que el territorio valenciano se denominaría oficialmente Comunidad (o Comunitat) Valenciana y se redactó de manera ambigua el articulado sobre la lengua de los valencianos. Los firmantes de aquel estatuto se convirtieron poco menos que en traidores. ¿Cómo que Comunitat Valenciana? ¡País Valencià! ¿Cómo que el valenciano es el idioma oficial? ¡El catalán! Algunos iban un poco más allá y reivindicaban nuestra pertenencia a los Països Catalans. Y con el himno… ¿Cómo podía ser el himno oficial el mismo de la Exposición Regional Valenciana de 1909, aquel que dice “Para ofrendar nuevas glorias a España”, aunque solo sonara la música? ¡Qué barbaridad!

Mucho ha llovido desde entonces. Aglutinados en torno a Compromís –una heterogénea mezcla en la que se juntan desde los antiguos procatalanistas a los que militaban en la derecha valencianista más rancia–, han hecho suyo el “donde dije digo, digo Diego” y, ¡hala! a ofrenar noves glòries a Espanya tots a una veu. Compromís y los demás partidos políticos, por supuesto. Todos a cumplir con su misión: continuar con el espectáculo y así seguir con el condicionamiento cultural en el ámbito del condicionamiento general.