La niña que quería matar a Dios

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Natalia tenía siete años cuando escribió aquella carta a los Reyes Magos pidiéndoles que le trajeran una muñeca, una cocina y un juego de lápices de colores. No era mucho, pues su mayor deseo figuraba al final de la misiva: “que se ponga buena mi abuelita”. Los Reyes fueron generosos con ella e incluso la obsequiaron con algún juguete más que no figuraba en la lista. Pero diez días después su abuela murió. Su madre le explicó que, por encima de todos, incluso de los Reyes Magos, estaba Dios, y que ese era su designio.

Al año siguiente, tomó la primera comunión. Por aquel entonces a Natalia le preocupaba el estado de su salud de su amiguita Paula. Había sufrido un accidente. Tenía su misma edad, eran vecinas, y el autobús escolar que la llevaba al colegio se salió de la carretera. Paula fue la peor parada. Los médicos dijeron que podía quedarse tetrapléjica. Natalia rezó con todas sus fuerzas para que se curara pronto y pudiera acompañarla en aquel ritual tan importante para ella. Asistió, pero sentada en silla de ruedas y con problemas en el habla. Natalia ni siquiera podía entender lo que decía.

Tres años después llegó el momento de la confirmación. Esta vez rogó al Altísimo por ella misma. Quería aprobar matemáticas e inglés, asignaturas que llevaba muy mal. Suspendió ambas.

Quiero ser monja, dijo a sus padres al cabo de un par de meses. La sorpresa de sus progenitores fue mayúscula. Eran católicos, iban a misa, pero más por convención que por convicción. ¿Por qué quieres ser monja?, ¿sabes lo que eso significa?, le preguntaron sin salir del asombro que les habían causado sus palabras. Claro –respondió Natalia–, casarse con Dios. ¿Casarse con Dios?, tú no sabes lo que estás diciendo, exclamó su madre. Sí, sí lo sé. Natalia lo tenía claro. ¿Y por qué quieres casarte con Dios?, inquirieron sus padres, convencidos de todo aquello era pura niñería. Para estar con él y poder matarlo, respondió Natalia.

Publicado anteriormente en este blog el 27 de enero de 2018.

De viaje

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Pensé, al poco de dar por concluida la conversación con mi hermano ─lo que no significaba que ya hubiésemos colgado el teléfono─, con un pragmatismo más propio de él que de mí: igual ahora vendemos la casa, lo que quede de ella, el solar ─mi hermano era propietario de las dos terceras partes y se encargaba, en consecuencia, de su mantenimiento y de los gravámenes correspondientes─, y si la vendemos conseguiré más tiempo, un bien preciado ya, para disfrutarlo en otro lugar. Pienso. A veces pienso así, solo a veces. Pienso que tengo muchas cosas que hacer todavía antes de que la vida decida prescindir de mí, o yo de ella si su congénere, la muerte, avisa con suficiente antelación de sus pretensiones, es decir, si hay desahucio, extrema necesidad.

El whisky trajo algo de lucidez a mi mente. ¿Vender la casa? ¿El solar? ¿A quién? ¿Ahora? ¿Para qué? Y llamé yo, a mi hermano. Le pregunté por sus intenciones. Por supuesto que nadie va a querer comprar el solar, tal como están las cosas no vale nada, la crisis… ¿Entonces? Y me explicó que pensaba donar el terreno que ocupaba el inmueble y su amplio huerto/jardín, más de tres fanegadas, al ayuntamiento para levantar un parque que llevaría el nombre de mi abuelo, prócer local que hizo construir la casona nada más conseguir formar parte de la élite municipal gracias al negocio del vino, cuando pocos años antes era un simple agricultor que nada tenía. Para honor y gloria suya, de mi hermano. Eso sí, no debía yo preocuparme, él me daría mi parte ─según estimación de su valor en el mercado─ si mis necesidades eran de índole crematístico.  De acuerdo, para ti el honor ─tu honor─ y el prestigio ─tu prestigio─, me conformo con las sobras de tu orgullo. ¿Y yo qué he de hacer? Tú no te preocupes, Pedro lo tendrá todo preparado, me dijo. Pedro era el hijo de quien fuera casero durante mucho tiempo de la casa, que también se llamaba Pedro, y mi hermano le había encargado que continuara su cuidado a la muerte de su padre.

Me obligué, así, a realizar el viaje, como simple testaferro de mi hermano, por la mísera necesidad de subsistir. Me obligué, sí. Mi ánimo no abrigaba el más mínimo interés por ese viaje, por ninguno que no fuera una huida definitiva hacia donde disponga la fatalidad. No sentía siquiera curiosidad por ver la casa medio en ruinas, o en ruina total. Podía haberle dicho a mi hermano que no, que no iba, que me había salido un trabajo de repartidor de pizzas en Nueva Zelanda y debía partir urgentemente. No lo hice, me vendrían muy bien los cuartos con que mi hermano compraba la respetabilidad. […]

Comencé a preparar el viaje. Con detenimiento, todo debía estar calculado hasta el más mínimo detalle, sin imprevistos de ningún tipo, se trataba de ir y regresar cuanto antes. Pero nunca se sabe. Busque en internet información sobre mi pueblo. Los poco más de tres mil habitantes con que contaba en el momento de mi marcha a la universidad, a los dieciocho años, eran ahora nueve mil, y habían construido hacía poco un hotel a las afueras. Me quedaría en él. Reservé, un par de noches. El siguiente paso fue determinar el medio de transporte: podía ir en tren, en autobús o utilizar el coche. Opté por esto último tras comprobar que mi viejo utilitario aún arrancaba ─no recordaba cuánto tiempo hacía que no lo usaba─, más que nada por disponer de libertad para regresar lo antes posible.

Fui tan meticuloso con los preparativos que incluso tuve en cuenta la posibilidad de que no volviera, podía suceder cualquier  cosa,  perderme  para  siempre,  por ejemplo, y recogí  todo cuanto pude de lo que mi memoria había ido dejando esparcido por cualquier lugar, lo que me obligó a una exhaustiva y minuciosa búsqueda que, por otra parte, me sirvió para hacer limpieza, pues no había orden alguno y se podía encontrar recuerdos, pedazos de recuerdos a veces únicamente, debajo del sofá o de la cama, entre las telarañas del llamado cuarto de estar ─lleno de ellas por eso, por ser de estar─, en el bidé o incluso en la nevera, y en el techo sobre todo. Todo lo recogí, por si no volvía, todo lo necesario, pues dejé muchas cosas que sin duda sería fácil encontrar en cualquier sitio, como los pensamientos, los proyectos o las intenciones.

Manuel Cerdà: El viaje (nueva edición, 2019).

En el Café de Levante

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El Café de Levante, en la Barceloneta, no era, precisamente, uno de los lugares recomendables de la ciudad. Por supuesto, dicha aseveración podía aplicarse a la gente de bien. El resto encontraba allí, y en otros cafetines semejantes, un lugar donde olvidar por un rato las cotidianas desdichas. Entre sus parroquianos había traficantes de todo tipo de productos, rufianes que dejaban desplumado en un santiamén al más precavido, sobre todo si se prestaba a jugar a los dados, mujeres descarriadas y de costumbres relajadas, marineros de los buques anclados en el vecino puerto. Lo mejor de cada casa se reunía, o compartía espacio, en aquellos cafetines, luego cafés-cantante, que poco tenían que ver con los lujosos cafés del centro y del ensanche de Barcelona. Su fachada era poco llamativa ─un simple cartel anunciaba su existencia─ y su interior sobrio y no demasiado espacioso, aunque generalmente abarrotado, sin apenas decoración: solo un mostrador, mesas y sillas, todo de madera de pino; como mucho una sala de billar, cuyo tapete verde se aprovechaba para que sobre él rodaran los cúbicos dados en vez de las esféricas bolas. Tampoco la iluminación ─de quinqués de aceite─ podía competir ─por otra parte, ni mucho menos lo pretendía, había poco que mostrar─ con la de gas de los establecimientos de clientela más selecta. Nada de bebidas exóticas o de moda; vino y aguardiente, sobre todo aguardiente, se consumían en grandes cantidades. Una cosa, no obstante, tenían en común: la satisfacción de la sensualidad, al menos a juicio de Samuel: ¿Ves? Aquí solo vale la complacencia de los sentidos, la gente viene a beber o a fornicar y consigue ambas cosas sin reparar en su coste.

A su lado, en una mesa, unos marineros que hablaban en un idioma que Samuel desconocía ─alemán, le dijo Yákov que era─, ebrios, hacían corro alrededor de una mujer de unos treinta y pocos años, demacrada, desgreñada, vestida solo con camisola y enaguas, que cantaba coplas de lo más obscenas. Los alemanes no entendían nada de las letras, pero sí el procaz lenguaje corporal de su intérprete. Risoteaban y gritaban, estruendosos. Aplaudían cualquier gesto obsceno y animaban a la mujer a desprenderse de la camisola, toqueteándola por todas partes. A la llamada de la generalizada jarana, viendo que corría el alcohol y que los marineros no refrenaban para nada sus impulsos, como evidenciaba el constante entrar y salir de las manos en los bolsillos en busca de cuartos, otras muchachas ─alguna muy joven, puede que ni llegase a los quince años─ se sumaron a la juerga y al vaciado de sus bolsas. Dos de ellos, que todavía mantenían la conciencia suficiente para contar los cuartos, besaban a las chicas alocadamente mientras sus manos se perdían bajo faldas, camisolas y refajos. Mira, mira, qué tetitas más lindas, decía uno ─así al menos lo tradujo Yákov─ mientras le subía la camisa a una jovencita y dejaba sus lozanos y turgentes pechos al aire entre las risas de los presentes y de la propia protagonista, que se tapó inmediatamente. Todos bebían sin mesura. La mujer que cantaba pronto dejó de hacerlo, mientras uno le sujetaba la cabeza otro vertía en su boca un vaso de aguardiente. Ella no oponía resistencia, su capacidad de aguante se había esfumado hacía tiempo. Otra canción, otro vaso, o más de uno, hasta caer al suelo absolutamente borracha. Entonces se la llevaron un par de marineros, los alrededores del Café de Levante disponían de numerosos recovecos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015, nueva edición 2019).

El pájaro despistado

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“Visitando la ciudad” (2013). Jacqueline McIntyre.

Nada queda. El barrio ─unas cuantas calles─ es otro. Yo también. Pero ahí seguimos, entre el cementerio y el tanatorio, rodeados de zombis. Si la muerte es ausencia de vida, lo somos desde hace mucho tiempo, zombis. Murió Vladimiro, el zapatero; Joaquín vendió su camión y marchó con su esposa al pueblo de esta; cerró Pilar, la pescadera; también Olegario, que tenía una tienda de ropa, y Casimiro (cada vez había menos niños que compraran las chucherías y tebeos de su kiosco). La pequeña fachada roja de su reducido puesto persiste no obstante; unos pakistanís han instalado allí una frutería y la repintaron del mismo color. Murió también doña Amalia, que sabía cómo hacer desaparecer las verrugas simplemente frotándolas un instante con los dedos de su mano, y se fue el olor a jazmín que salía del patio de su casa; sus hijos la vendieron, hoy es un edificio de pisos, de seis alturas. Nos dejó El Gran Hogart, el mago ─en realidad se llamaba Vicente─, que seguía fascinando a propios y extraños con sus trucos en el bar de Valentín a cambio de una copa. Las acacias las cortaron tiempo ha. Aun así, de vez en cuando todavía se ve algún pájaro. Siempre hay despistados.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Entrada publicada en mi blog Música de Comedia y Cabaret el 21 de diciembre de 2014.

El desahucio

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Actuación de los antidisturbios durante un desahucio en Parla (Madrid) el 16 de febrero de 2017 / Juan Medina / Reuters.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Quiénes?

─ Por eso he visto pasar cuando venía dos lecheras a toda hostia.

─ ¿Dos? Allí hay por lo menos diez. Se está armando un pifostio de mil pares de cojones. Hay mucha gente sentada frente al portal para que no puedan sacarlos del piso, más de cien personas. Yo me he enterado al salir de casa, me lo ha dicho El Chino y me he ido con él para allá. Serían las nueve y algo, pero llevaban allí desde las siete y media de la mañana. También los maderos. Ya han avisado que si no se marcha todo el mundo empiezan a repartir gomazos.

─ ¡Qué cabrones! ¿Y Edu y sus padres?

─  No sé, creo que siguen en el piso, pero ya os digo que la cosa se está poniendo fea. He venido antes a avisaros, pero no estabais.

─ Acabamos de llegar.

─ ¿Os venís?

─ ¡Claro, hostias! Vamos.

Poco más de quinientos metros, seis calles, les separaban. Los cuatro muchachos se dirigieron hacia allí a paso apresurado. Los gritos y abucheos eran cada vez más perceptibles e inteligibles. Al dar la vuelta a la penúltima bocacalle se toparon con decenas de personas, de todas las edades, si bien predominaban los jóvenes, que corrían en dirección contraria a la suya.

─ ¿Qué pasa, Chino? ─preguntó Robin a su colega tras dar también media vuelta y ponerse a correr junto a él.

─ Los putos perros… Están rabiosos, reparten que da gusto, a quien sea.

Unos antidisturbios perseguían al grupo porra en mano. Al fondo se veía a otros con fusiles dispuestos a lanzar bolas de goma. Escasos metros les separaban. Unos cuantos jóvenes, entre ellos El Chino y Robin, empujaron con todas sus fuerzas un par de contenedores. La calle era bastante estrecha y la acción surgió efecto:  frenó el ímpetu de los perseguidores, que no tuvieron más remedio que apartarlos para poder seguir. Ganaron así unos preciosos segundos, unos metros, los suficientes para ensanchar la distancia y que la gente se dispersara por diversas calles. Ellos se escondieron tras un montón de cascotes que todavía no se habían limpiado de un último derribo acaecido solo unos días antes. Desde allí vieron pasar de largo a unos cuantos antidisturbios que proseguían en su intento de alcanzar a quienes huían. Al poco llegó el silencio.

─ ¡Putos maderos! ¡Qué asco! ¿Cómo ha sido, Chino?

─ Estábamos sentados, frente al portal.  Nada más irte tú a por estos comenzaron a dar badana para dejarlo libre. Uno de los mandamases dijo que iban a desalojar la calle y enseguida se acercaron con sus escudos y sus cascos, porra en mano y, ¡hala!, a la más mínima resistencia, al que no se levantaba enseguida, gomazo. La gente les decía de todo. Así que siguieron repartiendo hostias como panes, les daba igual quien fuera. A Ramón, el del quiosco, le han dado una leche y sangraba por la cara.

─ ¿Al quiosquero? Pero si es un viejales.

─ Dijo que él no se movía de allí, que lo que estaban haciendo no estaba bien, que cómo eran capaces de hacer una cosa así, dejar en la calle a una familia. Se cagó en los bancos, en los jueces y en los políticos. Dos lo cogieron de los sobacos. Ramón se agarró a los hierros de la puerta y no podían con él. Uno le dio un porrazo en la mano y, claro, se soltó. Les dijo, yo estaba cerca, lo vi y oí todo, que si de verdad eran personas lo que debían hacer era defender a la familia de Edu y que eran unos miserables. Miserables, dijo. Entonces fue cuando le dieron en toda la chola y se lo llevaron a rastras a una lechera. La gente gritaba que lo dejaran estar, les decíamos de todo: perros, vendidos, asesinos, ¿qué defendéis?, ¿a quiénes?, pero los muy cabrones empezaron a repartir con más ganas y se llevaban a las lecheras a cuantos podían a empujones y hostias. A Patri se la llevaron arrastrándola del pelo. Mientras, otros con unas enormes tenazas cortaban una cadena que alguien había puesto en la puerta para que no pudiesen entrar. Entonces nos pusimos a tirarles lo que encontrábamos a mano y echamos a correr.  Ellos nos siguieron, claro.  Empezaron las carreras, más hostias. Mira el gomazo que me han arreado, y menos mal que lo vi venir a tiempo, me di la vuelta y me agaché, el cachoperro apuntaba a la cara.

El Chino se levantó la camiseta y mostró un gran moratón en su espalda.

Unos veinte minutos después se acercaron de nuevo a la calle donde vivía Edu con su familia hasta unas horas antes. Ya no había nadie, unos pocos policías vigilaban el portal y otros más los extremos del tramo de la calle que daban a otras. Dieron media vuelta.

─ Míralos ─dijo Robin─, mira a los putos perros guardianes cómo protegen a los cerdos. El mejor poli es el poli muerto. Así se mueran todos, como dice ese de la tele, entre terribles sufrimientos.

Los demás rieron y añadieron otros improperios de su cosecha.

─ ¿Qué será de Edu y sus padres? ─preguntó Tomate.

─ ¡A saber! Se los habrán llevado también. No sé.

─ ¡Qué hijos de puta! ¿Y ahora qué harán?

─ A mí me dijo Edu hace unos días que si al final les echaban se irían al pueblo de sus abuelos. Viven aún y al menos allí tienen casa.

─ ¡Qué asco, tío! ¡Qué mierda todo!

─ Me las piro, estoy de una mala hostia que te cagas. Voy a ver si encuentro al Ripi y sus colegas. Creo que quieren ir al banco a montar un pifostio de mil pares de cojones. ¿Os apuntáis?

No encontraron al Ripi y a los otros y El Chino no se acordaba del nombre del banco. El Chino se fue. Les avisaría, quedaron, si conseguía averiguarlo.

─ Otra vez el puto parque, el puto banco. ¿Un banco no es un sitio donde descansar? Descansar eternamente será. ¿A quién hostias se le ocurriría poner el mismo nombre a cosas tan distintas? Los hay capullos.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible a través de Amazon.

Publicado anteriormente el 30 de enero de 2018.

Violeta, vendedora de amor (y 2)

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Violeta 2

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Violeta debió creer que era el momento apropiado para contarle su condición a la persona adecuada. No erró. Infiero también que don Cosme se sintió aún más atraído por Violeta al verla tan hundida y abatida. Igual fue entonces cuando se enamoró de ella. El amor a los desvalidos es consustancial al espíritu cristiano. (…)

Violeta y don Cosme resultaron ser convenientes, podían avenirse bien una y otro. (…) A ambos la vida los había ido poco a poco apartando de lo que se llama mundo real, que no es otro que aquel construido desde la irrealidad en que vivimos y que consideramos salvífico en tanto que siempre nos relacionamos con él desde el ego. Ambos se habían formado en el ascetismo, en una existencia austera y mortificante; don Cosme entregado al cuidado de su madre y a sus negocios, Violeta al de su hijo y también a sus negocios. En última instancia ambos se dedicaban a lo mismo: la venta de mercancía para subsistir; él más desahogadamente, ella con apuros, pero en el fondo desde los mismos parámetros, y por la fuerza ─las circunstancias─, por la fuerza pues. (…)

Violeta y don Cosme parecían estar destinados a auxiliarse el uno al otro en su porfía por escapar de la sordidez en que transcurría su existencia y, si no, al menos evadirse de ella y aliviar profundamente sus respectivos males procurando la satisfacción temporal de sus cuerpos; para las almas no existe terapia alguna. El día en que don Cosme subió a una de las habitaciones con Violeta le pagó por sus servicios, que al parecer no requirieron del sexo. Ella no quería, pero don Cosme insistió. Violeta acabó cogiendo el dinero. Es obvio que lo precisaba, como también, por lo que pude yo columbrar en nuestras charlas, que él no. Sí que lo cogiera.

En los siguientes encuentros propuso don Cosme que se vieran fuera del club, salir a cenar, tomar una copa por ahí, ir al cine, al teatro, pasear simplemente o charlar sentados en un banco del Parque de la Ilusión bajo los robles (…). No desconfiaba Violeta de la buena fe de don Cosme ni del verdadero sentido de sus intenciones, pero no podía abandonar el local cuando le viniese en gana, era su trabajo. Le sugirió este que se vieran después, o antes, de la jornada laboral. Le pagaría por ello, al fin y al cabo era también una forma como otra de utilizar su cuerpo. Por lógica debería pagar más, pues precisaba también de su espíritu. (…)

Finalmente Violeta aceptó, no sin ciertas reticencias. Entendía, por mucha aversión que sintiera, las transacciones comerciales entre puta y cliente con fines sexuales. Su cuerpo, como el de todas las otras mujeres que ejercían el mismo oficio ─no sé si llamarlo profesión─ era un artículo que, en función de su estado de conservación, como los tomates, las lechugas, las iglesias o los castillos, adquiría un valor determinado. No era gratuito, podía estar marchito o falto de una restauración, o bien conservar su lozanía por ser aún fresco o haber sido rehabilitado (esto último con mayor o menor fortuna, según la inversión efectuada en el negocio y el profesional contratado). Dependiendo de todo ello variaba su cotización. Pero la propuesta de don Cosme iba más allá, no quería su cuerpo, la quería a ella, deseaba su complicidad, conchabar ─vocablo que tiene doble acepción: puede referirse a la acción de contratar a alguien como sirviente o trabajador a sueldo, pero también a la unión de dos personas para un fin determinado, sobre todo si este se considera irregular, o prohibido─, y esto era totalmente  nuevo  para Violeta. (…)

Desconozco el momento en que Violeta decidió emprender con él ese viaje a la esperanza, es decir, a ningún sitio concreto, su hábitat natural, el de la esperanza. Mas lo cierto es que, con el tiempo, surgió entre ellos algo parecido al cariño, el afecto, la comprensión. Julián, el marido de Violeta, sabía de la existencia de don Cosme. Nada decía, me decía don Cosme. Julián no quería que Violeta trabajara en un club de alterne, pero callaba, aguantaba, tratando tal vez de convencerse de que era una nueva Irma la Dulce.

Violeta ya había hablado con Julián de don Cosme, desde hacía tiempo. (…) Le contó que era un hombre de vida solitaria necesitado de compañía, y qué mejor compañía que aquella de la que al separarnos lo hacemos más reconfortados con nosotros mismos, como le sucedía a don Cosme. Violeta sabía que así debía ser, no era tonta, ella estaba para escuchar y comprender, asentir en lo que para él resultaba incuestionable y discutir lo que estimase dudable, y estaba también el afecto desprovisto de interés que sentía Violeta por aquel hombre necesitado. (…)

Don Cosme no puso objeción alguna cuando Violeta le dijo que quería presentarle a su marido, solamente preguntó qué le parecería a Julián su visita. Sabía tan bien como Violeta que ella nunca dejaría a Julián ─años de infortunio habían fortalecido los vínculos entre dos almas débiles─ y que su papel se reducía al de gregario. Toda su vida lo había sido, gregario, analogía y extensión de su madre. Sin ella se hallaba incompleto. (…)

Finalmente, don Cosme fue invitado a comer. Mejor que a cenar, de día la vida se ve distinta, también la muerte, que parece acecharnos con más ahínco a partir del anochecer. Conoció a Julián, al hijo de su protegida, la casa en que moraban, el barrio en que se hallaba su hogar. Todo fue bien. (…)

Don Cosme conocía bastantes particularidades de la vida de Violeta y no se sorprendió al ver la humilde casa que compartía con su hijo y con Julián en el barrio de San Patricio, ni descubrió nada realmente nuevo al tenerlos a estos cara a cara, al menos nada sustancial. Violeta le había hablado de todo ello espontáneamente, con la franqueza que acompaña el desahogo emocional, pero le impactó sobremanera la visión del barrio en que se hallaba la morada, más pobre aún que las vidas cotidianas de quienes lo habitaban, tan cercano al caos como alejado de lo que se supone ha de ser un espacio donde vivir. Sus pocas calles estaban siempre llenas de gente, sobre todo de día. Ancianos de años se sentaban en los pocos bancos que había en un descuidado y destartalado parque, o en sillas que sacaban a la calle, con otros cuya vejez ya se había acomodado en su espíritu e incluso mostraba sus señales en sus rostros independientemente de su edad. Unos y otros trataban entre charlas y chascarrillos llevar con resignación la extremaunción social que dosificadamente se les administraba a diario. De todos modos, por muchos que fueran y mucho que hablaran, aunque fuera a gritos, en el barrio solía imperar el silencio, un silencio que a veces rompía el sonido de deteriorados motores de vetustas furgonetas cargadas de chatarra. También las sirenas de los coches de la policía cada vez con mayor frecuencia. Personas de todas las edades convivían, coexistían sería más preciso, en un espacio cerrado de accesos bien definidos. A todos ellos les unía la indolencia, el abatimiento, el desaliento, la falta de ánimo para cambiar su suerte. (…)

Fue en ese ambiente de miseria y fracaso, de desigualdad y malestar, de degradación física y moral en el que cualquier ilusión, por ingenua que fuera, parecía pretenciosa, o tal vez a causa de él, donde don Cosme encontró la familia que seguramente había deseado tener siempre ─incluso desde antes de la muerte de su madre─ pero nunca se atrevió a causa del desgraciado accidente sufrido a los veinte años. A partir de ese momento comenzó a sentirse cada día más intimidado ante la presencia de una mujer, especialmente si le resultaba atractiva o simplemente adecuada. ¿A qué mujer podía gustarle un tuerto? ¿Cómo pretender a nadie si no era capaz de mirar a los ojos fijamente, si se sentía grotesco con su inexpresivo ojo de cristal y consideraba risible su aspecto? ¿Podría considerar alguna mujer digno de confianza al poseedor de una mirada tan poco límpida, que igual infundía temor que mofa? ¿Quién en esas condiciones desearía compartir su vida con él?, aparte de su madre, claro. Pero con ella no podía tener sexo y, en consecuencia, resultaba imposible la comunión absoluta que deseaba, y eso buscaba don Cosme mientras se refugiaba en el seno de su madre, sabedor de que más pronto o más tarde sería expulsado de allí.

Como cristiano que era, aunque no practicante, le resultaba imposible entender que la vida pudiese transcurrir por otro camino que no fuese el de la resignación, la abnegación, la conmiseración. ¿Qué mejor, pues, que una puta para sustituir a una madre?

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Un culo donde vivir

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Acabo de compartir (hoy, domingo, a las 11:50 hora española) esta entrada en Facebook. Ha durado menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Los custodios de la moral han bloqueado mi cuenta durante 24 horas.

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Fotografía: Fine Art.