Menos sensibilidad que una almeja

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Decimos que alguien tiene menos sensibilidad que una almeja cuando da muestras –o creemos que las da– de sentir escasa o ninguna conmiseración por quienes sufren penalidades o desgracias; alguien, pues, falto de humanidad.

Cuando a una almeja le echamos unas gotitas de limón se contrae, reacciona. Sobre nuestros ojos caen todos los días, no gotas, chorros de toda clase de sustancias mucho más ácidas que el limón, algunas incluso tóxicas. Caen en forma de imágenes y noticias, que vemos o leemos según sea el medio por el que nos enteramos de cuanto sucede a nuestro alrededor. Y no nos contraemos (contraer es también, según la RAE, “asumir obligaciones o compromisos”). Tampoco reaccionamos (“actuar por reacción de la actuación de otro, o por efecto de un estímulo”) a no ser en beneficio propio. Bien vamos al oculista o cerramos los ojos; da igual que nos quedemos ciegos. Sí, tenemos menos sensibilidad que una almeja.

Entrada publicada anteriormente el 27 de marzo de 2018.

Asociación Internacional de Lesbianos

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Reproduzco el Manifiesto fundacional de la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL) que publiqué el 17 de Gidouille del año 145 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, ‘especialista’ (en el calendario vulgar 1 de julio de 2018), día en que se fundó la asociación, tres horas después de su inicio.

Tuvo esta lugar en la Terrasse del Lesbiano Mayor, donde tiene su sede. Hasta la fecha, sus únicos miembros somos los que la fundamos: Yo (Lesbiano Mayor), Mi (Lesbiano Pendolista), Me (Lesbiano de Soluciones Imaginarias) y Conmigo (Lesbiano Incivil). La AIL sigue estando abierta a todos los individuos (e individuas) discordantes y disconformes con la argamasa social que mantiene mansas y unidas a las personas en un estado de idiocia colectiva. Hacemos, por tanto, un llamamiento a quienes sientan afinidad con nuestros principios para que se sumen a la AIL. No hay cuota. Puedes elegir nombre y, si mandas tu foto, te remitiremos el carnet de miembro.

Qué significa ser lesbiano

Los lesbianos somos hombres, si por hombre se entiende aquel que tiene pene y testículos, o polla y cojones. Sin embargo, nuestra personalidad y carácter, nuestra manera de sentir y, en consecuencia, de comportarnos, son más propias de lo que habitualmente se considera que configura ‘lo femenino’. Entendemos que no es el género el que nos separa, sino la desigual participación en la distribución de bienes, y nos sentimos tan castrados por la sociedad patriarcal como las propias mujeres.

Los lesbianos aspiramos a una sociedad formada por seres iguales, libres y responsables, y nos oponemos a la tendencia en boga que predica la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad. Rechazamos, así, una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos.

Negamos rotundamente que personas como las que están al frente de organizaciones financieras internacionales, bancos, ejecutivos estatales o autonómicos sean consideradas más mujeres que nosotros. No es verdad que estas, y muchas otras, carezcan de pene y testículos, o polla y cojones. La diferencia es que, en vez de tenerlos entre las piernas, como los varones, los tienen incrustados en el cerebro.

Qué es la AIL y quién puede formar parte de ella

Por todo lo expuesto hasta ahora, los que nos declaramos lesbianos reclamamos el reconocimiento de nuestra identidad y nos agrupamos en la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL), organización desordenadamente organizada por una sociedad eudaimónica en la que el individuo (o individua) sea un ser social y no un ser colectivo, mito actual de nuestra sociedad, capaz de desarrollar procesos conscientes sobre su propia existencia.

La AIL está abierta a todo aquel, toda aquella –o ‘todo aquella’ y ‘toda aquel’– que se sienta identificado, o identificada, con los razonamientos de este manifiesto, sean hombres, es decir, varones, machos, caballeros, señores, individuos (sinónimos que figuran en los diccionarios), o mujeres, es decir, hembras, féminas, damas, señoras, señoritas, doncellas, muchachas, mozas, chicas (sinónimos que figuran en los diccionarios), sean heterosexuales, homosexuales, bisexuales, asexuales o practicantes de cualquier parafilia que no comporte la explotación, e independientemente del tamaño de cada uno, es decir, sean grandes o pequeños (vulgarmente llamados niños).

Declaración de principios de la AIL

1. Nos oponemos a todo tipo de explotación (sexual, laboral, moral, intelectual…), venga de donde venga y la ejerza quien la ejerza. Y, puesto que nos oponemos, la combatimos con todos los medios lícitos a nuestro alcance, pasándonos por el forro el principio de legalidad. Cada individuo es una excepción y ha de vivir bajo su propia ley. No hay verdades absolutas. En esta sociedad, la única verdad es la ausencia de verdad.

2. La AIT hace suyas las palabras del Nuevo Manifiesto Futurista que redactó Enrico Baj: ‘Estamos a favor del feminismo, a favor de la mujer portadora de vida y no de destrucción. Rechazamos, pues, la imagen de una paridad sexual que no existe y la machización en la jefatura de la industria, en la competencia y en la violencia’.

3. Abominamos de los serviles colaboracionistas de todo poder instituido que se prostituyen física e intelectualmente, incluso de aquellos que no son conscientes de que se están prostituyendo al haber pasado ya por la máquina de descerebrar del padre Ubú.

4. Reprobamos el proceder de madres y padres engendradores de niños y niñas a los que, sin su consentimiento, obligan a pasar más horas que ellos en centros de domesticación social para que puedan ‘realizarse’ en el trabajo lamiendo los culos de sus amos, al tiempo que otros congéneres limpian los de sus hijos mientras.

5. Reivindicamos, en consecuencia, que niños y niñas dejen de estar considerados como seres humanos de pequeño tamaño que carecen de cualquier derecho Queremos lesbianitos y no corderitos.

6. Aborrecemos a los parásitos sociales, a la gente que no produce nada y vive de lo que otros producen, despilfarrando lo han ganado a costa de los demás; a los determinadores de todo tipo, sus normas y sus leyes; a quienes les mantienen en sus torres de marfil y, aún más, a quienes no solo condenan estos comportamientos, sino que incluso admiran a sus protagonistas y ansían ser como ellos.

7. Reivindicamos el derecho a la pereza y reiteramos las siguientes palabras de Lafargue: “Un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión”. Hay que luchar por el placer, no por el trabajo, por los Derechos de la Pereza, “mil veces más nobles y más sagrados”.

8. Despreciamos la competitividad, el militarismo, el patriotismo, el nacionalismo y el patridiotismo, el egocentrismo, la eterna velocidad con que vivimos en aras a un progreso inexistente, las masas y las grandes multitudes, la inercia mental y el servilismo, la cacactualidad y sus manipulados y manipuladores propagadores y propagandistas, las pompas institucionales y sus espectáculos, la burocracia y todo principio de autoridad.

9. Amamos el juego, la creatividad, la imaginación, la quietud pensativa, el sueño, la pereza y el dolce far niente, la fantasía, la contemplación, la locura liberadora, la vida vivida y buscada, la resistencia del ser humano contra los abusos y la arrogancia del poder en su vida cotidiana, la restitución de lo robado legalmente, que no legítimamente, en bienes y tiempo.

Ser lesbiano es una forma de ver y vivir la vida que se sirve de la transgresión, la provocación, la agitación y toda acción que perturbe la normalidad de la vacua vida cotidiana.

Nota: La imagen de nuestro logo es una dactilopintura de Carla Insa titulada Mi visión de Monet, realizada en 2014, cuando tenía cuatro años.

Indiferencia

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Puedo entender, que no aceptar, todo menos la indiferencia.

Puedo entender, que no aceptar, a quien considere que en Europa no se debe dejar entrar a migrantes económicos ni a migrantes refugiados.

Puedo entender, que no aceptar, que piensen que es un beneficio para los demás. Somos demasiados y es cuestión de supervivencia.

Puedo entender, que no aceptar, que alguien piense así. Incluso a los que teniendo capacidad para decidir, dictaminar y resolver no hacen nada por evitarlo, más bien lo contrario.

Puedo entender, que no aceptar, los motivos de su actuación.

Pero nunca llegaré a entender a los indiferentes. Esos me producen verdadero asco. No hay actitud más abyecta, más repugnante. Ninguna compasión siento por sus desgracias. Tampoco sienten ellos conmiseración alguna por los infortunios de los otros. Es más: posiblemente ni siquiera les consideren unos desdichados, pues ni siquiera los consideran.

Publicado anteriormente el 1 de febrero de 2018.

Menos sensibilidad que una almeja

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Stephen Maffin (2009)

Decimos que alguien tiene menos sensibilidad que una almeja cuando da muestras –o creemos que las da– de sentir escasa o ninguna conmiseración por quienes sufren penalidades o desgracias; alguien, pues, falto de humanidad.

Cuando a una almeja le echamos unas gotitas de limón se contrae, reacciona. Sobre nuestros ojos caen todos los días, no gotas, chorros de toda clase de sustancias mucho más ácidas que el limón, algunas incluso tóxicas. Caen en forma de imágenes y noticias, que vemos o leemos según sea el medio por el que nos enteramos de cuanto sucede a nuestro alrededor. Y no nos contraemos (contraer es también, según la RAE, “asumir obligaciones o compromisos”). Tampoco reaccionamos (“actuar por reacción de la actuación de otro, o por efecto de un estímulo”) a no ser en beneficio propio. Bien vamos al oculista o cerramos los ojos; da igual que nos quedemos ciegos. Sí, tenemos menos sensibilidad que una almeja.

La ballade des gens qui sont nés quelque part (La balada de los idiotas felices)

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Otro vídeo, otra canción de Georges Brassens: La ballade des gens qui sont nés quelque part (La balada de la gente nacida en cualquier lugar). Conocida también en español como La balada de los idiotas felices, Brassens –autor de música y letra– la grabó por primera vez en su álbum Fernande, de 1972.

Con él despido esta semana de fastos patrios en la que los que vivimos en el País Valenciano hemos tenido que soportar dos veces: el 9 (Día de la Comunidad Valenciana) y el 12 (Fiesta nacional de España). No todos, obviamente, pues las calles se han llenado de fervorosos patriotas. Se ha visto mucha gente con banderas y pancartas en mano que jamás llegarán a tocar las auténticas palancas del poder, alejadas tanto de ellos como de aquellos que dicen representar ‘sus intereses’. El País Valenciano es ejemplo de que, al final, unos y otros persiguen el mismo objetivo: “ofrendar nuevas glorias a España”, o lo que es lo mismo, a quienes de verdad la controlan, la élite financiera. “Todo discurso político tiene que dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad del crecimiento económico y que el único problema estriba en encontrar el partido político más capacitado para conseguirlo”. Estos, con su “arrogancia insufrible”, “hace mucho tiempo tuvieron la audacia, valiéndose del control parlamentario de la radio y la televisión, de conquistar para ellos esta parte intelectual de la nación. La política fue definida como política de partidos y luego se la repartieron, desigualmente, entre ellos”. Son palabras de E.P. Thompson (Nuestras libertades y nuestras vidas, 1987), de quien no puede decirse que sea un antisistema. Pero es que Thompson fue uno de los grandes historiadores del siglo XX.

A mí –ya lo he dicho otras veces, y escrito– España me la suda, me suda la polla por delante y por detrás, como dijo el gran Pepe Rubianes. Parafraseando a Camus, amo demasiado la gente para ser nacionalista. Abomino de quienes anteponen la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que este tipo de asuntos también se la sudan.

Que políticos y acólitos dejen ya tan manido asunto y con su pan se lo coman, a ver si se les indigesta. Que dejen de marearnos, se vayan a la playa y disfruten un poco, que siempre están con la misma cuestión. ¡Cuánta milonga! ¡Qué manera de perder el tiempo! En este mismo sentido me la sudan también el País Valenciano (o Comunitat Valenciana), Cataluña (o Catalunya), Francia (o France), Rusia (o Россия), China (o 中华人民共和国), Estados Unidos (o United States of America) que Tuvalu. En todas partes existe, como canta Brassens, “la raza de los chauvinistas, de los portadores de estandartes”, a quienes poco a poco “sus ínfulas suben tan alto que cualquiera les debe envidiar”. Son “los felices idiotas nacidos en cualquier lugar”, imbéciles miserables “que no tiene(n) en el mundo nada de lo que pueda(n) enorgullecerse [y] se refugia(n) en este último recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece(n) por casualidad; en ello se ceba(n), y en su gratitud estúpida está(n) dispuesto(s) incluso a defender a cualquier precio todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación” (Arthur Schopenhauer: Eudemonología o el arte de ser feliz, explicado en 50 reglas para la vida, 1951).

Ciertamente, como dice Brassens, la vida sería más bella si no existiesen esos felices idiotas nacidos en cualquier lugar. Que la ideología se desvanezca y sea la razón la que identifique los verdaderos problemas que afectan al día a día de la gente se me antoja una utopía, pues “debido a su inhibición (de políticos e intelectuales, mejor ‘expertos’) de todo ‘utopismo’ y a su represión de la ‘educación de los deseos’”, esta dinámica “reproduce en el interior del capitalismo las razones mismas del capital –la definición utilitarista de ‘necesidad’–, y por ende en el momento mismo que invita a luchar contra su poder, inculca a su vez la obediencia a sus reglas” (E.P. Thompson: Miseria de la teoría, 1978).

Y ya. Basta de hablar de los idiotas estos. No merecen tanto.

Feliz domingo.

La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre)

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Las llaman mujeres de vida alegre quienes frecuentan esas “guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos” que son los prostíbulos, quienes acuden “a las solícitas y complacientes mujeres de la calle” en busca de sexo y de consuelo que alivie su miserable existencia. Pero, como dice la canción de Brassens, no ríen. Más bien lloran. Eso sí, tras marchar el cliente después de tener relaciones sexuales con ellas en esas guaridas que mencionaba. Nunca antes. Hay que fingir, y fingir bien, para poder conseguir unos ingresos mínimamente estables.

Este es el caso –como tantos otros– de Violeta, uno de los personajes de mi novela El viaje, a la que pertenecen las frases que entrecomillo. Violeta era “una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos”. Ni don Cosme, otro protagonista, que se encaprichó de ella y la trataba con suma consideración, pues en ella “encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos”. Ni él, ni quienes jamás llegaron a plantearse la diferencia entre una muñeca sexual y una mujer de carne y hueso, trataron vez alguna con la verdadera Violeta, la persona, sino con la “puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas”.

No existen los clientes, sino los puteros, malnacidos que se provechan de la explotación de que son objeto las ‘mujeres de vida alegre’. Les importa un bledo. No son conscientes, como canta Brassens, de que esa puta con la que se entretienen y de la que muchas veces se ríen perfectamente hubiera podido ser su madre. Y ve y diles que son unos hijos de puta, que lo son. Díselo y verás cómo se ponen.

Bueno, les dejo ya con Georges Brassens, quien describe la vida de estas ‘mujeres alegres’ mucho mejor que yo, y su canción La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre), de su autoría (música y letra), que salió a la luz en el álbum de 1961 Le temps ne fait rien à l’affaire. He traducido el texto tras ver una por una las traducciones al español que existen en internet. Ya me hubiera gustado utilizar alguna de ellas, pero en todas encontré errores de bulto derivados de una mala traducción de palabras y expresiones propias del argot francés. Iba a decir que cuanto daño hacen los traductores automáticos, pero no es así. Creo que es más correcto decir qué mal se utilizan los traductores automáticos. No sé si mi traducción es mejor, creo que sí, pero si advierten algún error les agradecería que me lo comunicaran.

Que pasen un buen día.

Mujeres

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cap 2

La imbecilidad no se toma ni un solo minuto de vacaciones, afirmaba al final de la anterior entrada que publiqué. Yo sí. Una cosa es escribir un tratado sobre la imbecilidad y otra muy distinta quedar atrapado en sus redes.

Así, hace unos días decidí dedicar el rato que, generalmente, paso por la tarde-noche frente al ordenador a otras cosas, a aquello que en ese momento me apeteciese y me resultara placentero. Fue de ese modo que me puse a buscar en internet fotografías de rostros conocidos de mujeres –actrices, sobre todo– con un único criterio y una sola finalidad: que me transmitieran algo, ese algo que es imposible de definir con palabras, pero que perturba, fascina, encandila, enamora…, ese algo que ‘que me pone’, en definitiva, para confeccionar con ellas un vídeo con una canción que me encanta (Mulheres, de Martinho da Vila). Abrí una carpeta y allí se juntaron los rostros de aquellos primeros amores platónicos de juventud –como Julie Christie, Jacqueline Bisset o Candice Bergen– junto a otros más actuales y conocidos, algunos de los cuales –he de confesar– correspondían a mujeres cuya existencia desconocía, pero que celebro haber descubierto.

Este ha sido el resultado. Véanlo si les apetece y si luego les quedan ganas de seguir leyendo les cuento cómo se formó en mi mente la idea de confeccionarlo. Pero antes el vídeo, que es el protagonista de la entrada:

¿Les gustó? Lo celebro. ¿No? Otra vez será. En todo caso –por eso he dejado esta parte más personal, más íntima, para después del vídeo– les explico el motivo que me impulsó a ello. Verán. Nací el 17 de Gidouille del año 92 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista (en el calendario occidental 1 de julio de 1954). Toda una premonición.

Mi padre era un buen sastre y tenía un taller en el que trabajaban unas ocho o diez chicas. Con ellas pasaba muchas horas. De pequeño me llevaban a pasear y ya más mayorcito escuchaba en su compañía la radio, las canciones de moda del momento.

También mi madre trabajaba en el taller y se encargaba de las tareas domésticas con la ayuda de mi abuela, que vivía en la casa contigua. La hermana de mi abuela estaba paralítica y, habiendo sido su padre, mi bisabuelo, maestro, me enseñó a leer muy pronto, a los dos años.

Mi primera escuela –hasta casi los diez años, cuando comencé a estudiar lo que entonces se denominaba Bachillerato Elemental– fue de monjas, franciscanas.

Me críe, pues, entre mujeres. En mi casa no se respiraba esa atmósfera varonil que impregnaba todo. O yo no la percibí.

Llegó el momento –tras comenzar el Bachillerato Elemental y encontrar una pandilla de amigos varones– que empezamos a salir juntos chicos y chicas. Íbamos al cine, todos los sábados y domingos. Poco después, los domingos por la tarde, llegaron los primeros guateques. Nos reuníamos para bailar, introduciendo así nuevos elementos en ese ritual de mutuo conocimiento recién iniciado que suponía la posibilidad de un mayor acercamiento, más carnal, es decir, más real, hacia las chicas.

Yo, la verdad, me sentía en aquel ambiente como pez en el agua. Y me desenvolvía bien. Tanto que mis amigos –ante quienes había mostrado ser bastante negado en cosas ‘de chicos’, como el fútbol, juego en el que mi mayor hazaña fue abrirme la ceja al intentar cabecear el balón con tanto tino que choqué con la cabeza del otro– me tachaban a veces de mariquita. Pero el mariquita era generalmente el que ligaba todos los veranos con la chica más deseada, la que solía venir de otro lugar a pasar el estío, o parte de él, en el pueblo.

Fue entonces que empezó a forjarse en mi mente la máxima de que en la vida dos de las cosas más importantes son –no me atrevo a decir, como Boris Vian, que las únicas–  “el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington”. Y miren por dónde el verano que cumplí los 18 años, el de 1972, recuerdo perfectamente haber comprado dos elepés que todavía conservo y ahora mismo tengo en mis manos: Duke Ellington (de la serie Jazz Spectrum de Verve, vol. XIII) y, también de Verve, el legendario Getz/Gilberto. A esas dos cosas yo añadiría los libros, y escribir, sobre todo escribir.

Pasado ese verano, iniciaría mis estudios en Valencia. Nuevos elementos, nuevas inquietudes, despertaron en mí: la lucha por cambiar el mundo y la sociedad en que vivíamos nada más ni nada menos. Mas estas recién adquiridas ideas no aminoraron mi querencia por las mujeres, antes al contrario. Éramos mucho menos timoratos que la mayoría de los jóvenes de hoy, incluyendo la sexualidad.

Y ya termino esta paja mental. Creo que me estoy enrollando demasiado. Me he jubilado hace unos días y he tenido que vaciar mi despacho, el que he ocupado durante más de treinta y cinco años. Al traerme todas mis cosas traté de hacer sitio en casa –sigo intentándolo, pero es que tengo libros, documentos varios, fotografías, papeles de diversa índole, en todas las habitaciones, amontnados, menos en el baño, la cocina y la terraza– y entonces aparecieron viejos recuerdos plasmados en papel fotográfico.

Una canción sonó espontáneamente en mi mente al volver a contemplar aquellas fotografías en blanco y negro: Mulheres (Mujeres), de Martinho da Vila (de su álbum Tá Delícia, tá Gostoso, que se comercializó en 1995). Porque me gusta y porque, en cierto modo, me siento identificado con su letra. Y se me ocurrió hacer el vídeo. Hubiera sido de muy mal gusto usar las fotografías originales. Un caballero –menos aún si, como yo, es lesbiano– jamás haría algo así. Con ninguna de las mujeres que en él aparecen he pasado ni un segundo, no las conozco personalmente, pero son rostros conocidos –es en lo primero que me fijo, en el rostro, en la sensualidad que emana– y susceptibles, por tanto, de transformar la imaginación en realidad, por deformada que esté. Esos rostros me enamoran –o ‘me ponen’– como en su día me enamoraron los de las mujeres que sí conocí.

Una última cosa: cada vez que le he dicho a una mujer, como en la canción, “eres el sol de mi vida, mi voluntad, no eres mentira, eres verdad, eres todo lo que un día soñé para mí” ha sido en todo momento desde la más absoluta sinceridad. Puede que sea un monógamo sucesivo, pero leal con las personas que quiero, siempre.

Que la vida les sea amable.