Menos sensibilidad que una almeja

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Stephen Maffin (2009)

Decimos que alguien tiene menos sensibilidad que una almeja cuando da muestras –o creemos que las da– de sentir escasa o ninguna conmiseración por quienes sufren penalidades o desgracias; alguien, pues, falto de humanidad.

Cuando a una almeja le echamos unas gotitas de limón se contrae, reacciona. Sobre nuestros ojos caen todos los días, no gotas, chorros de toda clase de sustancias mucho más ácidas que el limón, algunas incluso tóxicas. Caen en forma de imágenes y noticias, que vemos o leemos según sea el medio por el que nos enteramos de cuanto sucede a nuestro alrededor. Y no nos contraemos (contraer es también, según la RAE, “asumir obligaciones o compromisos”). Tampoco reaccionamos (“actuar por reacción de la actuación de otro, o por efecto de un estímulo”) a no ser en beneficio propio. Bien vamos al oculista o cerramos los ojos; da igual que nos quedemos ciegos. Sí, tenemos menos sensibilidad que una almeja.

La ballade des gens qui sont nés quelque part (La balada de los idiotas felices)

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Otro vídeo, otra canción de Georges Brassens: La ballade des gens qui sont nés quelque part (La balada de la gente nacida en cualquier lugar). Conocida también en español como La balada de los idiotas felices, Brassens –autor de música y letra– la grabó por primera vez en su álbum Fernande, de 1972.

Con él despido esta semana de fastos patrios en la que los que vivimos en el País Valenciano hemos tenido que soportar dos veces: el 9 (Día de la Comunidad Valenciana) y el 12 (Fiesta nacional de España). No todos, obviamente, pues las calles se han llenado de fervorosos patriotas. Se ha visto mucha gente con banderas y pancartas en mano que jamás llegarán a tocar las auténticas palancas del poder, alejadas tanto de ellos como de aquellos que dicen representar ‘sus intereses’. El País Valenciano es ejemplo de que, al final, unos y otros persiguen el mismo objetivo: “ofrendar nuevas glorias a España”, o lo que es lo mismo, a quienes de verdad la controlan, la élite financiera. “Todo discurso político tiene que dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad del crecimiento económico y que el único problema estriba en encontrar el partido político más capacitado para conseguirlo”. Estos, con su “arrogancia insufrible”, “hace mucho tiempo tuvieron la audacia, valiéndose del control parlamentario de la radio y la televisión, de conquistar para ellos esta parte intelectual de la nación. La política fue definida como política de partidos y luego se la repartieron, desigualmente, entre ellos”. Son palabras de E.P. Thompson (Nuestras libertades y nuestras vidas, 1987), de quien no puede decirse que sea un antisistema. Pero es que Thompson fue uno de los grandes historiadores del siglo XX.

A mí –ya lo he dicho otras veces, y escrito– España me la suda, me suda la polla por delante y por detrás, como dijo el gran Pepe Rubianes. Parafraseando a Camus, amo demasiado la gente para ser nacionalista. Abomino de quienes anteponen la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que este tipo de asuntos también se la sudan.

Que políticos y acólitos dejen ya tan manido asunto y con su pan se lo coman, a ver si se les indigesta. Que dejen de marearnos, se vayan a la playa y disfruten un poco, que siempre están con la misma cuestión. ¡Cuánta milonga! ¡Qué manera de perder el tiempo! En este mismo sentido me la sudan también el País Valenciano (o Comunitat Valenciana), Cataluña (o Catalunya), Francia (o France), Rusia (o Россия), China (o 中华人民共和国), Estados Unidos (o United States of America) que Tuvalu. En todas partes existe, como canta Brassens, “la raza de los chauvinistas, de los portadores de estandartes”, a quienes poco a poco “sus ínfulas suben tan alto que cualquiera les debe envidiar”. Son “los felices idiotas nacidos en cualquier lugar”, imbéciles miserables “que no tiene(n) en el mundo nada de lo que pueda(n) enorgullecerse [y] se refugia(n) en este último recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece(n) por casualidad; en ello se ceba(n), y en su gratitud estúpida está(n) dispuesto(s) incluso a defender a cualquier precio todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación” (Arthur Schopenhauer: Eudemonología o el arte de ser feliz, explicado en 50 reglas para la vida, 1951).

Ciertamente, como dice Brassens, la vida sería más bella si no existiesen esos felices idiotas nacidos en cualquier lugar. Que la ideología se desvanezca y sea la razón la que identifique los verdaderos problemas que afectan al día a día de la gente se me antoja una utopía, pues “debido a su inhibición (de políticos e intelectuales, mejor ‘expertos’) de todo ‘utopismo’ y a su represión de la ‘educación de los deseos’”, esta dinámica “reproduce en el interior del capitalismo las razones mismas del capital –la definición utilitarista de ‘necesidad’–, y por ende en el momento mismo que invita a luchar contra su poder, inculca a su vez la obediencia a sus reglas” (E.P. Thompson: Miseria de la teoría, 1978).

Y ya. Basta de hablar de los idiotas estos. No merecen tanto.

Feliz domingo.

La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre)

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Las llaman mujeres de vida alegre quienes frecuentan esas “guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos” que son los prostíbulos, quienes acuden “a las solícitas y complacientes mujeres de la calle” en busca de sexo y de consuelo que alivie su miserable existencia. Pero, como dice la canción de Brassens, no ríen. Más bien lloran. Eso sí, tras marchar el cliente después de tener relaciones sexuales con ellas en esas guaridas que mencionaba. Nunca antes. Hay que fingir, y fingir bien, para poder conseguir unos ingresos mínimamente estables.

Este es el caso –como tantos otros– de Violeta, uno de los personajes de mi novela El viaje, a la que pertenecen las frases que entrecomillo. Violeta era “una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos”. Ni don Cosme, otro protagonista, que se encaprichó de ella y la trataba con suma consideración, pues en ella “encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos”. Ni él, ni quienes jamás llegaron a plantearse la diferencia entre una muñeca sexual y una mujer de carne y hueso, trataron vez alguna con la verdadera Violeta, la persona, sino con la “puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas”.

No existen los clientes, sino los puteros, malnacidos que se provechan de la explotación de que son objeto las ‘mujeres de vida alegre’. Les importa un bledo. No son conscientes, como canta Brassens, de que esa puta con la que se entretienen y de la que muchas veces se ríen perfectamente hubiera podido ser su madre. Y ve y diles que son unos hijos de puta, que lo son. Díselo y verás cómo se ponen.

Bueno, les dejo ya con Georges Brassens, quien describe la vida de estas ‘mujeres alegres’ mucho mejor que yo, y su canción La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre), de su autoría (música y letra), que salió a la luz en el álbum de 1961 Le temps ne fait rien à l’affaire. He traducido el texto tras ver una por una las traducciones al español que existen en internet. Ya me hubiera gustado utilizar alguna de ellas, pero en todas encontré errores de bulto derivados de una mala traducción de palabras y expresiones propias del argot francés. Iba a decir que cuanto daño hacen los traductores automáticos, pero no es así. Creo que es más correcto decir qué mal se utilizan los traductores automáticos. No sé si mi traducción es mejor, creo que sí, pero si advierten algún error les agradecería que me lo comunicaran.

Que pasen un buen día.

Mujeres

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cap 2

La imbecilidad no se toma ni un solo minuto de vacaciones, afirmaba al final de la anterior entrada que publiqué. Yo sí. Una cosa es escribir un tratado sobre la imbecilidad y otra muy distinta quedar atrapado en sus redes.

Así, hace unos días decidí dedicar el rato que, generalmente, paso por la tarde-noche frente al ordenador a otras cosas, a aquello que en ese momento me apeteciese y me resultara placentero. Fue de ese modo que me puse a buscar en internet fotografías de rostros conocidos de mujeres –actrices, sobre todo– con un único criterio y una sola finalidad: que me transmitieran algo, ese algo que es imposible de definir con palabras, pero que perturba, fascina, encandila, enamora…, ese algo que ‘que me pone’, en definitiva, para confeccionar con ellas un vídeo con una canción que me encanta (Mulheres, de Martinho da Vila). Abrí una carpeta y allí se juntaron los rostros de aquellos primeros amores platónicos de juventud –como Julie Christie, Jacqueline Bisset o Candice Bergen– junto a otros más actuales y conocidos, algunos de los cuales –he de confesar– correspondían a mujeres cuya existencia desconocía, pero que celebro haber descubierto.

Este ha sido el resultado. Véanlo si les apetece y si luego les quedan ganas de seguir leyendo les cuento cómo se formó en mi mente la idea de confeccionarlo. Pero antes el vídeo, que es el protagonista de la entrada:

¿Les gustó? Lo celebro. ¿No? Otra vez será. En todo caso –por eso he dejado esta parte más personal, más íntima, para después del vídeo– les explico el motivo que me impulsó a ello. Verán. Nací el 17 de Gidouille del año 92 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista (en el calendario occidental 1 de julio de 1954). Toda una premonición.

Mi padre era un buen sastre y tenía un taller en el que trabajaban unas ocho o diez chicas. Con ellas pasaba muchas horas. De pequeño me llevaban a pasear y ya más mayorcito escuchaba en su compañía la radio, las canciones de moda del momento.

También mi madre trabajaba en el taller y se encargaba de las tareas domésticas con la ayuda de mi abuela, que vivía en la casa contigua. La hermana de mi abuela estaba paralítica y, habiendo sido su padre, mi bisabuelo, maestro, me enseñó a leer muy pronto, a los dos años.

Mi primera escuela –hasta casi los diez años, cuando comencé a estudiar lo que entonces se denominaba Bachillerato Elemental– fue de monjas, franciscanas.

Me críe, pues, entre mujeres. En mi casa no se respiraba esa atmósfera varonil que impregnaba todo. O yo no la percibí.

Llegó el momento –tras comenzar el Bachillerato Elemental y encontrar una pandilla de amigos varones– que empezamos a salir juntos chicos y chicas. Íbamos al cine, todos los sábados y domingos. Poco después, los domingos por la tarde, llegaron los primeros guateques. Nos reuníamos para bailar, introduciendo así nuevos elementos en ese ritual de mutuo conocimiento recién iniciado que suponía la posibilidad de un mayor acercamiento, más carnal, es decir, más real, hacia las chicas.

Yo, la verdad, me sentía en aquel ambiente como pez en el agua. Y me desenvolvía bien. Tanto que mis amigos –ante quienes había mostrado ser bastante negado en cosas ‘de chicos’, como el fútbol, juego en el que mi mayor hazaña fue abrirme la ceja al intentar cabecear el balón con tanto tino que choqué con la cabeza del otro– me tachaban a veces de mariquita. Pero el mariquita era generalmente el que ligaba todos los veranos con la chica más deseada, la que solía venir de otro lugar a pasar el estío, o parte de él, en el pueblo.

Fue entonces que empezó a forjarse en mi mente la máxima de que en la vida dos de las cosas más importantes son –no me atrevo a decir, como Boris Vian, que las únicas–  “el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington”. Y miren por dónde el verano que cumplí los 18 años, el de 1972, recuerdo perfectamente haber comprado dos elepés que todavía conservo y ahora mismo tengo en mis manos: Duke Ellington (de la serie Jazz Spectrum de Verve, vol. XIII) y, también de Verve, el legendario Getz/Gilberto. A esas dos cosas yo añadiría los libros, y escribir, sobre todo escribir.

Pasado ese verano, iniciaría mis estudios en Valencia. Nuevos elementos, nuevas inquietudes, despertaron en mí: la lucha por cambiar el mundo y la sociedad en que vivíamos nada más ni nada menos. Mas estas recién adquiridas ideas no aminoraron mi querencia por las mujeres, antes al contrario. Éramos mucho menos timoratos que la mayoría de los jóvenes de hoy, incluyendo la sexualidad.

Y ya termino esta paja mental. Creo que me estoy enrollando demasiado. Me he jubilado hace unos días y he tenido que vaciar mi despacho, el que he ocupado durante más de treinta y cinco años. Al traerme todas mis cosas traté de hacer sitio en casa –sigo intentándolo, pero es que tengo libros, documentos varios, fotografías, papeles de diversa índole, en todas las habitaciones, amontnados, menos en el baño, la cocina y la terraza– y entonces aparecieron viejos recuerdos plasmados en papel fotográfico.

Una canción sonó espontáneamente en mi mente al volver a contemplar aquellas fotografías en blanco y negro: Mulheres (Mujeres), de Martinho da Vila (de su álbum Tá Delícia, tá Gostoso, que se comercializó en 1995). Porque me gusta y porque, en cierto modo, me siento identificado con su letra. Y se me ocurrió hacer el vídeo. Hubiera sido de muy mal gusto usar las fotografías originales. Un caballero –menos aún si, como yo, es lesbiano– jamás haría algo así. Con ninguna de las mujeres que en él aparecen he pasado ni un segundo, no las conozco personalmente, pero son rostros conocidos –es en lo primero que me fijo, en el rostro, en la sensualidad que emana– y susceptibles, por tanto, de transformar la imaginación en realidad, por deformada que esté. Esos rostros me enamoran –o ‘me ponen’– como en su día me enamoraron los de las mujeres que sí conocí.

Una última cosa: cada vez que le he dicho a una mujer, como en la canción, “eres el sol de mi vida, mi voluntad, no eres mentira, eres verdad, eres todo lo que un día soñé para mí” ha sido en todo momento desde la más absoluta sinceridad. Puede que sea un monógamo sucesivo, pero leal con las personas que quiero, siempre.

Que la vida les sea amable.

Manifiesto fundacional de la AIL

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Manifiesto 2a

Hoy, 17 de Gidouille del año 145 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista (en el calendario vulgar 1 de julio de 2018), la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL) hace su solemne presentación a todos los individuos (e individuas) discordantes y disconformes con la argamasa social que mantiene mansas y unidas a las personas en un estado de idiocia colectiva mediante este Manifiesto fundacional.

Qué significa ser lesbiano

Los lesbianos somos hombres, si por hombre se entiende aquel que tiene pene y testículos, o polla y cojones. Sin embargo, nuestra personalidad y carácter, nuestra manera de sentir y, en consecuencia, de comportarse, son más propias de lo que habitualmente se considera que configura ‘lo femenino’. Entendemos que no es el género el que nos separa, sino la desigual participación en la distribución de bienes, y nos sentimos tan castrados por la sociedad patriarcal como las propias mujeres.

Los lesbianos aspiramos a una sociedad formada por seres iguales, libres y responsables, y nos oponemos a la tendencia en boga que predica la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad. Rechazamos, así, una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos.

Negamos rotundamente que personas como las que están al frente de organizaciones financieras internacionales, bancos, ejecutivos estatales o autonómicos sean consideradas más mujeres que nosotros. No es verdad que estas, y muchas otras, carezcan de pene y testículos, o polla y cojones. La diferencia es que, en vez de tenerlos entre las piernas, como los varones, los tienen incrustados en el cerebro.

Aclarado este extremo, fundamental en nuestro credo, los lesbianos, que somos hombres, es decir, machos, es decir, que tenemos pene y testículos, nos sentimos atraídos y encandilados por las hembras, es decir, por las personas que tienen vagina y ovarios. Generalmente en su sitio, no el cerebro, aunque a veces –somos hombres y nos cuesta evitarlo– hacemos buena la paremia que dice que tira més un pèl de figa que la maroma d’un barco.

Qué es la AIL y quién puede formar parte de ella

Por todo lo expuesto hasta ahora, los que nos declaramos lesbianos reclamamos el reconocimiento de nuestra identidad y nos agrupamos en la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL), organización desordenadamente organizada que lucha por una sociedad eudaimónica en la que el individuo (o individua) sea un ser social y no un ser colectivo, mito actual de nuestra sociedad, capaz de desarrollar procesos conscientes sobre su propia existencia.

La AIT está abierta a todo aquel, toda aquella –o tal vez sea mejor decir ‘todo aquella’ y ‘toda aquel’– que se sienta identificado, o identificada, con los razonamientos de este manifiesto, sean hombres, es decir, varones, machos, caballeros, señores, individuos (sinónimos que figuran en los diccionarios), o mujeres, es decir, hembras, féminas, damas, señoras, señoritas, doncellas, muchachas, mozas, chicas (sinónimos que figuran en los diccionarios), sean heterosexuales, homosexuales, bisexuales, asexuales o practicantes de cualquier parafilia que no comporte la explotación, e independientemente del tamaño de cada uno, es decir, sean grandes o pequeños (vulgarmente llamados niños).

Declaración de principios de la AIL

  1. Nos oponemos a todo tipo de explotación (sexual, laboral, moral, intelectual…), venga de donde venga y la ejerza quien la ejerza. Y, puesto que nos oponemos, la combatimos con todos los medios lícitos a nuestro alcance, pasándonos por el forro el principio de legalidad. Cada individuo es una excepción y ha de vivir bajo su propia ley. No hay verdades absolutas. En esta sociedad, la única verdad es la ausencia de verdad.
  2. La AIT hace suyas las palabras del Nuevo Manifiesto Futurista que redactó Enrico Baj: “Estamos a favor del feminismo, a favor de la mujer portadora de vida y no de destrucción. Rechazamos, pues, la imagen de una paridad sexual que no existe y la machización en la jefatura de la industria, en la competencia y en la violencia”.
  3. Abominamos de los serviles colaboracionistas de todo poder instituido que se prostituyen física e intelectualmente, incluso de aquellos que no son conscientes de que se están prostituyendo al haber pasado ya por la máquina de descerebrar.
  4. Reprobamos el proceder de madres y padres engendradores de niños y niñas que, sin su consentimiento, pasan más horas que ellos en centros de domesticación social para que puedan ‘realizarse’ en el trabajo lamiendo los culos de sus amos, al tiempo que otros congéneres limpian los de sus hijos mientras.
  5. Reivindicamos, en consecuencia, que niños y niñas dejen de estar considerados como seres humanos de pequeño tamaño que carecen de cualquier derecho Su opinión también cuenta y nos importa mucho.
  6. Aborrecemos a los parásitos sociales, a la gente que no produce nada y vive de lo que otros producen, despilfarrando lo han ganado a costa de los demás; a los determinadores de todo tipo, sus normas y sus leyes; a quienes les mantienen en sus torres de marfil y, aún más, a quienes no solo condenan estos comportamientos, sino que incluso admiran a sus protagonistas y ansían ser como ellos.
  7. Reivindicamos el derecho a la pereza y reiteramos las siguientes palabras de Lafargue: “Un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión”. Hay que luchar por el placer, no por el trabajo, por los Derechos de la Pereza, “mil veces más nobles y más sagrados”.
  8. Despreciamos la competitividad, el militarismo, el patriotismo, el nacionalismo, el egocentrismo, la eterna velocidad con que vivimos en aras a un progreso inexistente, las masas y las grandes multitudes, su inercia mental y su servilismo, la cacactualidad y sus manipulados y manipuladores propagadores y propagandistas, las pompas institucionales y sus espectáculos, la burocracia y todo principio de autoridad.
  9. Amamos el juego, la creatividad, la imaginación, la quietud pensativa, el sueño, la pereza y el dolce far niente, la fantasía, la contemplación, la locura liberadora, la vida vivida y buscada, la resistencia del ser humano contra los abusos y la arrogancia del poder en su vida cotidiana, la restitución de lo robado legalmente, que no legítimamente, en bienes y tiempo.
  10. Ser lesbiano es una forma de ver y vivir la vida que se sirve de la transgresión, la provocación, la agitación y toda acción que perturbe la normalidad de la vacua vida cotidiana.

¡Lesbianos de todo el mundo, unámonos en torno a la AIL!

Terrasse del Lesbiano Mayor, sede de la AIL.

    17 de Gidouille del año 145 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista, tres horas después de su inicio.

Firman el Manifiesto (y esperan que pronto haya muchos más se adhieran a él y se integren en la AIL):

Yo: Lesbiano Mayor

Mi: Lesbiano Pequeño

Me: Lesbiano de Soluciones Imaginarias

Conmigo: Lesbiano Gurú

Pité, silbé, y que a gusto me quedé

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Final-1990

Amor celebra el primer gol marcado por el Barça al Real Madrid en la final de la Copa del Rey de 1990.

En 1990, el 5 de abril. Por eso lo cuento ahora. En caso de haber cometido una infracción o de haber incurrido en el delito de injurias a la Corona y de ultrajes a España, una cosa y otra ya habrían prescrito. Aunque nunca se sabe. Igual hay que mostrar aún ahora muestras de arrepentimiento y no se puede decir que me quedé a gusto. Hablo –que no lo había dicho todavía– de pitar al Rey y al himno de España, la Marcha Real. Fue, como decía, el 5 de abril de 1990 aquí, en Valencia, con motivo de la final de la Copa del Rey entre el F.C. Barcelona y el Real Madrid. Fui, para más inri, con mi hijo, a quien le faltaban dos días para cumplir 9 años (pueden ver las entradas, que conservaba y acabo de escanear para incluirlas aquí). Nos sentamos con los seguidores del Barça, pues más que ir a ver un partido de fútbol yo iba a ver al Barça. Hace mucho tiempo que digo –desde que, en parecidos términos, se lo escuché a Ernest Lluch, de quien tuve el honor de ser amigo– que a mí el fútbol, sí, me gusta, está bien, pero lo que se dice gustar, gustar, solo me gusta el Barça. Por eso, ya me cuidé cuando compré las entradas en la reventa, pues era la única manera de conseguirlas, de que estas correspondieran a la parte del campo reservada para la afición blaugrana. Por cierto, pagué casi el triple de su precio en taquilla. ¡Uy! ¿Otra infracción?

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Bueno, a lo que íbamos. Entró el Rey, sonaron las primeras notas del himno y pitada al canto. A mí, la verdad, aquello me divertía y digamos que me sumé a la fiesta. Luego empezó el partido y ya está. A otra cosa, mariposa, que no es para tanto, leche.

Todo esto no tendría por qué pasar, pero pasa y seguirá pasando. ¿Por qué llamar Copa del Rey a lo que antes se denominaba Copa del Generalísimo? ¿No se dan cuenta los responsables de tal circunstancia de que en el fondo establecen un vínculo entre franquismo y monarquía? Y como en tiempos del dictador aquel de los cojones, o del cojón –pues será casualidad, pero tanto Franco como Hitler y Napoleón tenían un solo testículo–, a ver quién era el guapo que se atrevía ya no a silbar sino a quedarse sentado siquiera cuando sonaba el himno, con tanta prohibición solo consiguen hacer aún más evidente tal conexión. Es que lo ponen a huevo. Llámenla Copa de España, por ejemplo. Aunque bien pensado, tampoco sé si es muy buen idea. O simplemente La Copa, como coloquialmente nos referimos a ella. ¿Verás hoy la final de La Copa?, solemos decir, y todos saben de qué copa se trata. U otro. Yo que sé. Pero dejen de hacer política, mala política por si fuera poco, con eventos de todo tipo, sean de índole social, académica, artística o deportiva.

Por otra parte, ¿por qué ha de sonar el himno cada vez que tiene lugar un evento de cualquier clase, incluidas conmemoraciones religiosas o fiestas populares? ¿Y qué puñetas pintan los políticos en ellos? La Nit de la Cremà es el acto que clausura las Fallas con la quema de los monumentos, siendo el último en arder, a la una de la madrugada del 20 de marzo, el monumento fallero de la plaza del Ayuntamiento, que está fuera de concurso, ya que es la falla oficial del Ayuntamiento. Pues bien, la cremà de la Falla Municipal se cierra con el himno de la Comunitat Valenciana, o himno de la Exposición, pues fue compuesto por el maestro José Serrano para Exposición Regional Valenciana de 1909, aquel que puso letra Maximiliano Thous y que empieza con el verso “Per a ofrenar noves glòries a Espanya…”. Y, acto seguido, suenan los primeros minutos del de España, también entre abucheos otras veces, no este año. ¿Por qué será? Dejen a los falleros organizar su fiesta como quieran o sepan. Un poco de sensatez, por favor. Aunque mucho me temo que esto es pedir peras al olmo.

También en mi pueblo sucede algo parecido. La patrona de Muro es la Mare de Déu dels Desamparats y, en honor a ella, se celebran las fiestas de Moros y Cristianos la segunda semana de mayo. La Virgen es traslada en procesión de la ermita donde permanece todo el año a la iglesia parroquial. Allí permanece una semana, trascurrida la cual otra procesión retorna la imagen a su ermita (el acto es conocido como La Pujà). Pues bien, acabo de visionar un vídeo sobre La Pujà de 2017 –la de este año, obviamente, aún no ha tenido lugar– y ¿cómo termina el acto? Con el himno nacional, la Marcha Real, y con las autoridades presentes. Y eso que los mureros y mureras tenemos un himno dedicado a la Mare de Déu que le da mil patadas al de España. Porque, la verdad, el de España es feo, pero feo, feo, feo a rabiar, mientras que el himno que compuso mi paisano Francisco Esteve (1915-1989) es ciertamente bonito, su melodía es de lo más emotiva. Que cierren las fiestas con él y no que, al igual que en las Fallas, tras sonar este, ¡hala! pedacito de himno de España.

En fin, qué quieren que les diga. ¿Que todo es un sinsentido?, ¿que no se puede, mejor no se debe, mezclar churras con merinas? Para el caso que me van a hacer… Total, que dentro de un rato comienza el partido, que lo veré por televisión, y que espero, deseo, ansío, que gane el Barça. Sevilla me cae muy bien, y los sevillanos, pero el Betis también es de la capital andaluza y me cae mejor. Que es un espectáculo, nada más que eso.

Catalunya: más allá del nacionalismo

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Mi opinión sobre el nacionalismo la dejé bien clara en mi artículo España me la suda y no ha cambiado un ápice. Allí decía que “parafraseando a Camus, amo demasiado la gente para ser nacionalista. Y me suda la polla quien anteponga la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que posiblemente este tipo de asuntos también se la sudan”.

Ayer se proclamó la República catalana por parte de Parlamento catalán, abriéndose así el proceso constituyente. Inmediatamente, el Senado español aprobó la aplicación del artículo 155 de la Constitución española y el presidente del Gobierno español cesó al Gobierno catalán, disolvió el Parlamento catalán y convocó elecciones el 21 de diciembre. Y en esas estamos. Mucho me temo que el conflicto va para largo. “Quien con fuego juega, se quema”, dice el refranero español, aunque también “Quien con fuego juega, en la cama se mea”. Aquí están pasando las dos cosas: se ha jugado con el sentimiento de la gente –mucha de la cual ha seguido las soflamas de los discursos oficiales y/u oficialistas como las ratas a Hamelín– y el fuego ha prendido, pero quienes lo han provocado se mean en la cama (algunos de risa).

Veamos en que me sustento para afirmar esto. ¿Qué se dirime en Catalunya? ¿Es realmente un conflicto entre naciones dentro de un Estado? Si así fuera, y tal como han sucedido y siguen sucediendo los hechos –con una política represiva por parte del Estado español que nos retrotrae a modos y tiempos sombríos propios del peor franquismo– me posiciono en favor de la República catalana, aunque solo sea porque hay cosas que nadie puede prohibir, como que las personas actúen y se expresen en libertad. Y, sobre todo, porque una cosa es el nacionalismo y otra la independencia. También si de lo que se trata es de una cuestión de estados de ánimo, pues entiendo que el conflicto me atañe como persona y que no me dejan otra opción que elegir entre uno y otro nacionalismo. No hacerlo supone que el español –mejor dicho: ese nacionalismo adulterado, hinchado de mitos y falacias, carente de razones, que algunos quieren identificar con los ‘genuinos valores patrios’– se imponga. Así que, puestos a elegir, me quedo con el nacionalismo catalán. ¿Qué quieren que les diga? El español ya lo conozco, de sobra, desde hace mucho tiempo, y no lo quiero. No quiero regresar a aquellos tiempos de silencio y miedo, de constante represión física y moral, a aquella España oprimida, forzosamente uniforme, con una historia única, con una sola lengua, a la que debíamos adherirnos sí o sí. No la quiero. El otro nacionalismo, al menos, no lo he padecido. Y eso de que ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’ es de pusilánimes y miedosos. Prefiero la audacia transgresora, enfrentarme a lo desconocido.

Si la cosa va, pues, de sentimientos y emociones, me siento mucho más cerca de Catalunya. El catalán –precisando: la variante dialectal del catalán que se habla en el País Valenciano– es mi lengua materna, con la que me expreso, con la que me relaciono con los míos, la lengua en que estudió mi hijo –lo que no ha sido ningún obstáculo, por mucho que algunos cuestionen esta opción, para que hoy hable y escriba perfectamente el castellano, el catalán y el inglés–, y Catalunya –Barcelona concretamente– es la ciudad en que vivió mi padre desde que marchó en 1925, a los 16 años, para hacerse sastre –lo consiguió y fue un buen sastre– hasta que tuvo que huir a través de los Pirineos en 1939, para acabar en un campo de internamiento francés, pasar al campo de Miranda de Ebro y regresar a su lugar de origen a finales de la década de 1940. Conozco bien la ciudad y allí tengo buenos amigos. Además, entre cantar y bailar al son de Manolo Escobar y su canción Y viva España –como leo ahora mismo que ha finalizado en Madrid una concentración en defensa de la unidad de España con presencia de la presidenta de Madrid y del PP de la comunidad– o al de la música de la Companyia Elèctrica Dharma, como ayer en la Plaça de Sant Jaume, qué quieren que les diga.

Pero no, no esto lo que, en última instancia, se dirime en Catalunya. Catalunya es una de las regiones más ricas de Europa y la primera economía de España por volumen de PIB (sobre el 20%), algo así como Alemania respecto a Europa. La lógica del capitalismo es la acumulación del capital como motor del crecimiento económico. Y, puesto que “el dinero hace girar el mundo” –como cantan Liza Minelli y Joel Grey en el famoso número del no menos famoso musical Cabaret–, cuanto más se concentre en unas pocas manos más fácil será hacer creer que todo obedece al curso de la historia, más fácil resultará controlar los mecanismos de poder indispensables para que ningún otro modelo de sociedad parezca viable.

¿Una Catalunya independiente? Ante tal eventualidad, el capital español cierra filas y se alía con quien defiende el estatus quo imperante, que tanta rentabilidad le ha dado. Con el capital no se juega. Experimentos ni con gaseosa. Leo una noticia publicada hoy mismo, día 28, en Cinco Días (Prisa, El País): “la aplicación del artículo 155 es un blindaje para que los inversores extranjeros se mantengan tranquilos. Lo es en tanto pone unas elecciones sobre la mesa y la solución democrática al conflicto que esperan los mercados para volver al alza”. Acabáramos. Este es el verdadero quid de la cuestión. El capitalismo español –el capitalismo en el Estado español, el capitalismo en su conjunto mejor– no puede consentir que se pongan en riesgo sus intereses. Vale que al final la República catalana lo más probable es que se quede en nada. Pero ¿y si por una de esas las cosas no van según lo previsto y se llena de baches el camino por el que transitan inversiones e inversores? Dejémonos de pamplinas y vamos a poner las cosas en su sitio. Así que a por ellos, oé…

Y aquí es cuando uno (yo) se encuentra absolutamente perplejo y pesaroso. ¿Cómo es posible que la gente se movilice por esa España “una”?, que lo de grande está por ver, y lo libre suena a choteo. ¿Cómo es posible que no lo haga por otros problemas mucho más acuciantes en el día a día de los españoles? Hablo de cuestiones como el paro, la precariedad laboral, la arbitrariedad empresarial, las dificultades para llegar a fin de mes, la gente sin futuro, los migrantes, los más en definitiva. ¿Cómo es posible? Me resulta inconcebible. No pasa nada, pues ante todo y por encima de todo yo soy español, español, español…, A por ellos… ¡Qué cojones! Ya ahí estoy, vitoreando a unas fuerzas policiales represoras, agresivas, violentas; reverenciando la Constitución española como la Biblia un amish, repitiendo los mantras del pensamiento políticamente correcto, es decir, del único aceptado.

Me cuesta comprender cómo esa gente no grita contra quienes, con su política económica, la han conducido a un considerable descenso de su nivel de vida. ¡Son los mismos! Una política económica defensora de los principios neoliberales ha generado una desigualdad que nos recuerda los primeros tiempos de la Revolución industrial. Y la han llevado a cabo, con todos los matices que se quiera, los gobiernos españoles del PP y del PSOE, y los catalanes del PSC, CIU y CDC.

Con su gestión de la “crisis” se han vaciado las arcas públicas. El rescate bancario en España ha costado al erario público, a todos nosotros, más de 60.000 millones de euros. Por ahora. Al mismo tiempo, se han recortado salarios y pensiones, se ha precarizado el empleo, se han perdido derechos laborales, el paro se ha desbocado, uno de cada cinco españoles se encuentra en riesgo de pobreza… Pero no pasa nada. Yo soy español, español, español… Esos castigados por tan negligente, nefasta y servil gestión son los que cantan Y viva España, siendo como son quienes promueven estas peligrosas actuaciones generadoras de odio los causantes de su deterioro en el nivel de vida. Me preocupa que se generalice la aversión hacia todo lo catalán, sobre todo hacia las personas. Me preocupa menos lo contrario: la aversión catalana hacia todo lo español. Buena parte de la militancia independista abraza la causa con tanto fervor porque ven la independencia la solución a su retroceso en el nivel de vida, además de todos los motivos emocionales que puedan tener. Pero, en el fondo, esto no deja de ser aquello de Sé realista, pide lo imposible. Imaginemos que se consigue una República catalana como la que propone la CUP, con medidas como la nacionalización de la banca. Magnífico. Me voy ya para allá. Yo quiero la nacionalización de la banca y el fin del poder de de las élites financieras que controlan y dirigen la política. ¿Qué creen que pasaría? Imposible.

Como escribió Anton Pannekoek (Lucha de clase y nación, 1912) “lo nacional no sólo es una manifestación pasajera en el proletariado, sino que entonces constituye, como toda ideología burguesa, un obstáculo para la lucha de clases”. Nada se puede conseguir desde dentro del sistema. ¿Qué pasó con el 15M? Que se acabó la movilización, se canalizó a través de las instituciones del sistema y aquí seguimos, a la sopa boba.