Covid-19 y el arte de birlibirloque: saldremos mejores, más solidarios, renovados y cambiados.

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“Más juntos que nunca”, “Juntos lo conseguiremos”, “Saldremos de esta”, “Saldremos adelante”, “Unidos venceremos al virus”, “Salimos más fuertes”… Eslóganes como estos se repiten cual mantra desde todas las instancias e instituciones, y han calado tan profundamente que muchos los reproducen en las redes sociales, convencidos –o abducidos– de que, una vez pase la primera oleada de la pandemia del Covid-19 –¿o acaso alguien duda de que no van a venir más?–, seremos mejores, más solidarios, saldremos renovados y cambiados. Vamos, que el hombre nuevo que debía crear la nueva sociedad comunista nacida de la Revolución soviética será por fin una realidad. Y sin violencia ni confortación alguna con otros.

Tengo dudas, muchas dudas, todas las dudas, pero voy a confiar en que tales afirmaciones no carecen de fundamento, a pesar de no encontrarlo. Voy a suponer que quienes así piensan y tanta confianza depositan en la humanidad y su inmediato futuro tienen razón y yo, pesimista incorregible, nihilista y misántropo, estoy equivocado.

Según el Banco Mundial, “la crisis en marcha revertirá casi todos los avances logrados en los últimos cinco años. […] Entre 40 millones y 60 millones de personas caerán en la pobreza extrema (vivir con menos de 1,90 dólares USA al día) en 2020. […] La tasa de pobreza extrema mundial podría aumentar entre 0,3 y 0,7 puntos porcentuales, hasta llegar a alrededor del 9 % en 2020”. Mas como quiera que no hay dificultad que “todos unidos” no podamos superar, “saldremos adelante”, más fuertes y mejores.

Forbes (11 de abril de 2020), consciente de la necesidad de que estemos “más juntos que nunca”, señala que “las personas más ricas del mundo no son inmunes al coronavirus”. Y añade: “A medida que la pandemia se fue apoderando de Europa y América, los mercados de valores mundiales se desplomaron, arrastrando muchas fortunas. Al 18 de marzo, cuando se finalizó el estudio para esta lista, Forbes contaba con 2.095 milmillonarios, 58 menos que hace un año […]. De los multimillonarios que quedan, el 51% son más pobres que el año pasado. En términos brutos, los milmillonarios de todo el mundo tienen un patrimonio valorado en 8 billones de dólares, lo que supone una disminución de 700.000 millones de dólares desde 2019”. Lo superaremos también, con la buena voluntad de todos. Y conseguiremos, ¡cómo no!, que los más de 1.000 millones de personas todavía carecen de acceso al agua limpia dispongan de la necesaria, que los 2,4 millones de niños que mueren de enfermedades transmitidas por el agua cada año se conviertan en una cifra insignificante, que los aproximadamente 1.000 millones de personas que no saben leer ni escribir hagan ahora ambas cosas con fluidez, que los 6 millones de niños de menos de cinco años que mueren cada año como consecuencia del hambre ahora se puedan hartar hasta la saciedad. Y así todo, pues vamos a salir renovados. ¡Faltaría más!

También la obscenidad (se dice que algo es obsceno cuando ofende al pudor o la decencia, es decir, a la dignidad y honestidad de nuestros actos) desaparecerá de la vida pública. Las excéntricas e impúdicas acciones que hasta el momento han protagonizado los multimillonarios dejarán de existir. Ya no habrá más casos como estos de los que daba noticia el periódico mexicano El Clarinete hace un par de años: “Datta Phuge, un empresario indio, mandó fabricar esta camisa de oro de 22 quilates. Se necesitaron 15 artesanos trabajando durante 16 días, tiene un peso de 3,3 kilogramos y un valor de 242.000 USD. […] Este Mercedes SL600 fue presentado en el salón del automóvil de Dubái en el año del aniversario de la creación del famoso modelo de la marca alemana. El auto está cubierto de diamantes, es propiedad del príncipe saudí (Amir) y cuesta 4´8 millones de USD. […] El millonario jeque árabe, Hamad Bin Hamdan, hizo construir su nombre en el suelo con la intención de que pudiese ser visto desde el espacio; las letras tienen 1 km de altura y 3 km de longitud. […] El conocido magnate ruso Pavel Durov, decidió divertirse un rato lanzando billetes en forma de avión desde una ventana de un edificio de San Petersburgo; los billetes eran de 5.000 rublos (unos 165 UDS). […] Un edificio de 40 plantas y 37.000 metros cuadrados es la vivienda del hombre más rico de la India, el empresario Mukesh Ambani. La vivienda está situada en la calle Altamount de Bombai y, pese a que se desconoce su valor, se presume como una de las viviendas más caras del mundo”. Estamos todos unidos, no lo olviden, y saldremos mejores, no les quepa duda.

Lo mismo ocurrirá con las extravagancias de los personajes famosos. Así, por ejemplo, Rihanna (o Jennifer Lopez, depende de dónde se lea) dejará de pedir que reemplacen los asientos en los baños por unos nuevos antes de entrar a un hotel; a David y Victoria Beckham ni se les ocurrirá volver a gastarse 240.000 dólares decorando la habitación de su hija pequeña o regalar a su hijo Romeo, como cuando tenía dos años, una fortaleza de madera que costó 180.000 euros; la hija mayor de Beyoncé y Jay Z, que aún no ha cumplido 8 años, dejará de vivir rodeada de lujo y caprichos como una cuna en forma de carruaje, biberones con zafiros, una trona con cristales de Swarovski, pendientes con diamantes, un caballito balancín de oro, una Barbie de edición especial decorada con diamantes e incrustaciones de oro blanco o una casita de muñecas que vale más de 25.000 euros, y ya no le organizaran más fiestas de cumpleaños con gastos de 60.000 euros en rosas y 2.000 euros en la tarta, y la hija de Kim Kardashian y Kanye West, que tiene desde los 3 años un vestidor más grande que la casa entera de muchas personas (mide 180 metros cuadrados y está valorado en más de dos millones de dólares) y tiene dos estilistas a su servicio, vestirá ropa de mercadillo. Ni estos ni otros dislates, que he sacado de la revista Elle (25 de julio de 2018), tendrán cabida en ese nuevo mundo que todos juntos, más unidos que nunca, vamos a levantar.

Por fin, pues hemos aprendido de la historia un montón, viviremos dignamente, sin odios ni rencores, sin violencia ni vanas confrontaciones que a nada conducen. Contentos y orgullosos de nuestro ahora recto proceder, saldremos a la calle de paseo, reconoceremos a mucha gente que antes siquiera vimos y, con voz también mejorada, todos a una cantaremos: “¡Viva la gente¡ / la hay donde quiera que vas. / ¡Viva la gente¡ / es lo que nos gusta más. / Con más gente a favor de gente / en cada pueblo y nación / habría menos gente difícil / y más gente con corazón”.

Así será. Ya lo verán. ¿Que cómo? Pues por arte de birlibirloque. Porque, en caso contrario, ya me dirán de qué modo.

Brother, Can You Spare A Dime? (Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?)

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Brother, Can You Spare a Dime? ─que podríamos traducir como “Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?”─ fue uno de los temas más conocidos en Estados Unidos durante la Gran Depresión. Esta férrea canción fue compuesta en 1931 por Jay Gorney, con letra de de E. Y. Yip Harburg, para el musical de Broadway New Americana. Está basada en una canción de cuna que Gorney ─en realidad Abraham Jacob Gornetzsky, nacido en 1894 en Bialystock (actual Polonia, entonces Rusia), de donde huyó tras el pogromo de 1906─ escuchaba cuando era niño.

Los “felices años 20” llegaron a su fin poco antes de terminar la década. El 24 de octubre de 1929 los valores de la Bolsa de Nueva York cayeron en picado y no consiguieron recuperarse. Apenas habían transcurrido diez años desde el fin de la Primera Guerra Mundial y otra vez el mundo parecía caminar hacia el abismo. Esta vez, la hecatombe alcanzaba al viejo y al nuevo continente; es más, Nueva York fue el epicentro del terremoto financiero que colapsó la economía mundial y sumió en la pobreza, la miseria y el desamparo a millones de trabajadores tras arruinar a poderosos capitalistas y a cuantos habían invertido en bolsa. La gente empezó a perder su empleo, sus ingresos, sus ahorros ─lo que valía cien en 1921 costaba diez años después trescientos─ y sus casas. Sucedió hace ciento un años, pero parece sea un déjà vu, ¿no creen?

Entonces, como ahora, los efectos de la crisis económica pronto traspasaron el umbral de los despachos financieros y se dejaron sentir en el conjunto de la población. Largas colas de obreros demandando trabajo y un mayor número de menesterosos pidiendo limosna formaban parte del paisaje cotidiano de las ciudades occidentales. El número de parados aumentaba día a día: a principios de la década de 1930 el 23% de los trabajadores estaban desempleados en Gran Bretaña y Bélgica, el 24 en Suecia, el 25 en Estados Unidos, el 29 en Austria, el 31 en Noruega, el 32 en Dinamarca y el 40 en Alemania.

Muchos se quedaron también sin hogar. Y hubo manifestaciones y otros actos de protesta que, cómo no, se atribuían a agentes comunistas interesados en desestabilizar el sistema. De eso se acusaba, por ejemplo, al Consejo de Desempleados de Harlem, que organizó grupos de defensa para resistir los desahucios. Cuando llegaban los alguaciles para hacer efectiva la orden, decenas, centenares, incluso miles de personas se concentraban en el lugar para impedirlo bajo el lema “Si no hay trabajo, no hay renta”. Los guardias sacaban a la calle el mobiliario, y nada más irse estos, los grupos contra desahucio los volvían a subir al apartamento.

¿Les suena todo esto? Podríamos decir la consabida frase parece que fue ayer, y sí, lo fue, pero hoy la realidad se muestra más terrible todavía. ¿Será verdad que la historia se repite? ¿O es que no cambiaremos nunca y que la codicia, el egoísmo y la indolencia pueden más que el altruismo y la solidaridad? De ahí el desconcierto que nos invade durante esta crisis social que amenaza con ser más cruel aún que la de 1929, el mismo desconcierto que muestra el protagonista de la canción. Está desconcertado. Es uno de tantos que había levantado su fe y esperanza en progreso de su país. Luego vino el crac. No entiende lo que pudo haber ocurrido para que todo vaya tan mal, prosigue. ¿Les suena también?

Bella, triste, melancólica, Brother, Can You Spare a Dime?  finaliza con ira, repitiendo el principio ─Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?─ una octava más alto. Se pregunta por qué las gentes que levantaron la nación, construyeron los ferrocarriles, los rascacielos, lucharon en la guerra, cultivaron la tierra e hicieron lo que su país les pedía se encuentran abandonadas, viven en la miseria. Como ahora, aunque lo peor todavía está por venir. Por todo lo expuesto, he creído conveniente que las imágenes –fragmentos de vídeos de esta misma semana– recogieran la realidad actual de los más desfavorecidos, los que siempre acaban pagando los platos que rompieron otros. La versión de Brother, Can You Spare a Dime? que suena es la que grabó Bing Crosby en 1932, el mismo año de su estreno.

RENTABILIZAR LA MUERTE: POR FIN LLEGA EL FDRC

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Lo anunciamos hace tiempo, en un artículo publicado el 12 de junio de 2018 en el que presentamos el FDRC (Funny Death Remote Control). Por si ha olvidado –cosa harto probable– qué es este innovador artilugio y cuál es su función, recordemos que se trata de un mando a distancia que permite cambiar las luces de los semáforos a voluntad de quien lo maneja.

Como su propio nombre indica, su uso es de lo más divertido. Imaginen. El semáforo está en verde para la circulación de vehículos y, en consecuencia, en rojo para los peatones. De repente, ambos se ponen en verde. El viandante cruza, al vehículo no le da tiempo a detenerse y ¡pumba catapumba!, ¡fostión al canto! A veces el peatón sale expelido como un pedo desbocado y su cuerpo queda esparcido a pedazos por el suelo. Quienes lo han visto dicen que, con la sangre y los sesos, el paisaje cobra un precioso color con brillantes motas blanquecinas, cual si fuera una escena sacada de un cuadro del expresionismo abstracto. Otras, el vehículo trata de esquivarlo y, como suele decirse, ya que todas las cosas se dicen por algo, pues algo es algo, es peor el remedio que la enfermedad. Los pifostios que se montan son la leche. Como en las películas de acción, pero sin pantalla de por medio. Espectáculo puro.

Su uso sigue estando prohibido, pero sabemos de buena fuente que, tras largas deliberaciones, los países más avanzados han llegado a un consenso sobre su legalización, la cual –ahora sí– parece inminente. A ello ha contribuido la crisis social provocada por el coronavirus, con el consiguiente desfase entre recursos y población.

Hasta el momento, solo unos pocos poseían un FDRC, aquellos cuya capacidad adquisitiva permite hacer frente a su elevadísimo precio, y ni siquiera así era fácil conseguir uno en caso de no contar con las necesarias influencias y los imprescindibles buenos contactos entre los que dictaminan las leyes generales que monitorizan la existencia y los mecanismos de control de las reacciones inmediatas ante el horror, el homicidio o la sangre, evitando así el desorden general que supondría el igualitarismo.

El panorama social que se abre a partir de la nueva realidad que se impone a causa de la crisis, además de hacer aconsejable su legalización cuanto antes, supondrá una considerable bajada del precio de venta del FDRC. Ello se debe sobre todo a que quienes ya lo han probado, dicen haberse enganchado al mismo muy rápidamente, pues el juego de cambiar la luz de los semáforos al antojo de sus propietarios/usuarios verdaderamente engancha. Es de esperar que sus ventas sean millonarias.

La gran mayoría de las situaciones que crea resultan descacharrantes, lo que no es óbice para que los jugadores se tomen en serio lo que aparentemente es solo un mero entretenimiento. Acaloradas discusiones tienen lugar entre ellos acerca de los lugares donde los FDRCeros se citan y se cruzan elevadas apuestas.

Al principio las supremas autoridades mundiales llegaron a penalizar su uso y tenencia, pero pronto se dieron cuenta de lo ineficaz de tales medidas. Es por ello que optaron por encargar a la CIEP (Comisión Internacional de Expertos Paticéfalos) un estudio acerca de la conveniencia de su legalización y la regulación de su uso y práctica. La prohibición, constataron estos, no solo era inútil, sino tremendamente perniciosa para el conjunto de la sociedad, pues, al no existir reglamentación alguna, se hacía un uso anárquico del FDRC, llegando a causar víctimas entre personas respetables y provechosas, como el eminente doctor Min-Dun-Di, el magnate de las finanzas Cagalló D’Or o la modelo Lognleg Shortmind, cuyas contribuciones al progreso de la humanidad son por todos conocidas y reconocidas, gnomos incluidos.

Con la crisis, autoridades e instituciones ha instado a los doctos miembros de la CIEP a ser más precisos, dada la urgencia. Estos, con su privilegiada y pertinaz testa, han coincidido en la inmediata legalización del FDRC en su nuevo y definitivo informe, añadiendo a las razones arriba mencionadas que su práctica comportará múltiples beneficios a la sociedad, siempre que se regule su uso, por supuesto. Entre los beneficios, múltiples, como decíamos, hay que destacar la disminución del paro y la creación de puestos de trabajo. Los CIEPorros aclaran que es evidente que el juego reporta la eliminación de excedentes laborales cuyo aporte a la sociedad es, obviamente, nulo, y cuyo número va y va a ir en aumento. Si estos, explican, participan voluntariamente en el juego, su existencia al menos habrá servido para algo. Proponen, en consecuencia, que aquellos desahuciados sociales carentes de recursos económicos reciban como compensación un puesto de trabajo con contrato y todo en caso de sobrevivir o, en caso contrario, sean sus herederos quienes reciban una recompensa económica, que naturalmente deberán invertir para beneficio del conjunto de la sociedad.

¿Y eso como se financia?, clamaron los dictaminadores. Fácil, replicaron los CIEPorros. Hay que considerar otras variables económicas. Como quiera que será necesario acotar una zona y fijar un horario para el juego del FDRC, que lógicamente se publicarán y publicitarán, el evento atraerá, sobre todo al principio, numerosos espectadores, a los cuales se les cobrará la entrada. Se puede, asimismo, organizar campeonatos y vender los derechos de emisión en directo, lo que generaría importantes ingresos. Por no hablar de otros que, a mayor o menor escala, también verían incrementado su peculio: chapistas, mecánicos de automóviles, médicos, fabricantes y vendedores de chuches y elixires varios, enfermeros, curanderos, malabaristas, vendedores de seguros, enterradores, funerarias, otarios y notarios, entre muchos más. Por supuesto, cada uno deberá abonar los correspondientes impuestos. Más finanzas, por tanto.

El minucioso y preciso análisis costo-beneficio efectuado por la CIEP ha movido a los dictaminadores gerenciales de los intereses de la civilización a la legalización del FDRC y a la redacción del Reglamento de Participación Ciudadana en Espectáculos Públicos, que recoge las medidas que la Comisión recomendaba. En breve se publicarán en los respectivos boletines oficiales de las franquicias gubernamentales que administran los países y sus bienes. A partir de ese momento… ¡a jugar! Pronto verá en vallas publicitarias y marquesinas de autobuses anuncios como este: ‘Muestra tu amor a tus seres queridos: apúntate en cuanto se abra la inscripción’. Sabia medida, pues, aunque como advierten los más ortodoxos el juego, de este modo, perderá gran parte de su encanto, si no todo. Pero todo sea por el progreso.

Por si alguien tiene alguna duda de la veracidad de lo expuesto, he decirle que mis fuentes son de lo más fiables, ecuánimes y verificables, como ya demostré en el artículo sobre la incitación a la pederastia por parte del Dúo Dinámico, en el que me serví de las mismas.

The Golden Age (La edad de oro)

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Este vídeo ha sido calificado para mayores de 18 años por razones obvias, como podrán comprobar si lo ven. Si así lo hacen y lo consideran merecedor de su reconocimiento les agradeceré que pongan un ‘me gusta’ en YouTube. Muchas gracias.

Las 31 fotografías de Joel-Peter Witkin que, acompañadas por la música de Shostakovich, conforman el vídeo, se exhibieron en 1988, con otras muchas más, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), primero, y acto seguido en la Sala Parpalló de la Diputación de Valencia, que por entonces dirigía mi amigo Artur Heras. No pasó nada. Me cuesta creer que si esta misma exposición se presentase hoy no levantara airadas protestas, manifestaciones y denuncias por parte de los veladores morales de nuestros rancios valores, meapilas varios y demás personas de mente biempensante. O igual no. Es posible que ni siquiera se hubiese llevado a cabo ante el temor a este tipo de reacciones. En todo caso, la autocensura no hubiera faltado. Y es que la obra de Witkin se muestra tremendamente actual en los momentos que vivimos.

La llamada edad de oro del capitalismo comprende el período transcurrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta la crisis del petróleo de 1973. Fue esta una época que se caracterizó por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

La crisis de 1973 evidenció los primeros síntomas de que el crecimiento económico sostenido que había caracterizado la economía de los países capitalistas desde la reconstrucción de posguerra llegaba a su fin. Tras convertir Chile, mediante el orquestado golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal, poco más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieron en práctica dicha política en Occidente, lo que nos llevaría a eso que llaman crisis y a un cada vez mayor deterioro del nivel de bienestar social y de continuada pérdida de derechos y libertades. Con el definitivo desmoronamiento de la Unión Soviética (1991) se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Finalizaba victoriosamente la batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). Y de aquellos barros, estos lodos en que nos vamos hundiendo poco a poco.

Así las cosas, las fotografías de Joel-Peter Witkin cobran un especial protagonismo en el momento actual, al igual que la reflexión que él mismo hace acerca de la humanidad en un texto publicado en el catálogo de la mencionada exposición titulado “El porqué de mi obra”:

El ser humano es el único ser vivo con imaginación. Ningún océano, montaña o galaxia tiene capacidad para representarse el destino. Por desgracia, el mundo de hoy se está convirtiendo en sistemas materiales que anestesian la tendencia de todo individuo a forjarse un destino. Es como si nuestros corazones y nuestras mentes hubieran sido bañados en plástico. Mientras tanto, estamos sacrificando nuestro derecho como seres humanos al conocimiento de lo ignoto. El no sentir la necesidad de plantearse en la vida otra ambición que no sea la indulgencia material, supone la gran desesperanza de nuestro tiempo.

Si alguna vez creímos que volveríamos a disfrutar de una nueva edad de oro, si luego ya no lo veíamos tan claro y empezábamos a dudar, mas sin dejar de perder la esperanza, hoy podemos estar seguros de que aquellos tiempos son solo cosa del pasado y nunca regresarán.

En cuanto a la música, que a mi parece de lo más apropiada, se trata del tango del ballet The Golden Age (La edad de oro), que compuso Dmitri Shostakovich en 1930, y es una mirada satírica del cambio político y cultural en la Europa de los años veinte del siglo pasado, años que en muchas cosas nos recuerdan igualmente este incierto y oscuro presente que, presagiando el futuro, es cada día más negro.

Fumadores y coronavirus

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El doctor Zahir Amoura, jefe del departamento de Medicina Interna del Hospital Pitie-Salpetriére de París, centro público ligado a la Universidad de la Sorbona, avanzó hace unos días la hipótesis de que el porcentaje de fumadores entre los enfermos de Covid-19 es notoriamente inferior a la media. En un artículo que publica el diario El Mundo (24 de abril) leo: “De los 343 pacientes hospitalizados en su centro sanitario, con una edad media de 65 años, solo el 4,4% eran fumadores habituales. Y entre los 139 que han ido a consulta, edad media 44 años, solo el 5,3% tenía el vicio. Según el último barómetro de Sanidad Pública de Francia, un 30% de los franceses entre 45 y 54 es fumador. En la franja 65-75 años el 8,8% de las mujeres y el 11,3% de los hombres fuman”. Y un poco más delante, en el mismo reportaje: “Un estudio chino, publicado a finales de marzo en el New England Journal of Medicine, sobre más de mil contagiados recensaba un 12,6% de fumadores, muy inferior también al porcentaje de fumadores en China, 28%. […] La hipótesis es que la nicotina, al fijarse sobre el receptor celular que utiliza el coronavirus le impide hacerlo a él y, después penetrar en las células y propagarse”, es decir, la nicotina de los fumadores cierra al virus la puerta de entrada a las células porque estaba allí antes.

Se trata solo de una hipótesis, pero los datos están ahí. No han tardado en desmentirla otros médicos y diversas organizaciones sanitarias, como la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica. Mas, con una diferencia, o eso al menos me parece a mí. Los detractores del doctor Zahir Amoura se limitan a repetir que el tabaco es muy malo y mata utilizando los manidos argumentos de siempre. No rebaten los datos con otros semejantes.

¿Qué quieren que les diga? Desconfío de la mierdicina, esa medicina de “la prostituida ciencia de estos días despreciables” (Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo), sometida a imperativos de rentabilidad económica. Me fío más de los datos. Y estos me han llevado a reflexionar acerca de los nocivos efectos del tabaco y a extraer mis propias conclusiones. Helas aquí:

No diré que fumar no mata. Por supuesto que lo hace, como otras tantas cosas: levantarse de noche y regresar a casa también de noche para trabajar ‘en lo que sea’ y ‘al precio que sea’, no poder llegar a fin de mes o siquiera comenzarlo, que te desahucien por no poder hacer frente al pago de la hipoteca a causa de una crisis de la que solo eres víctima, que tus hijos no tengan presente ni futuro alguno… Por ejemplo. No es la actual una existencia fácil y hay que ir con mucho tiento. Hay que cuidarse, pues, y analizar detenidamente los efectos perjudiciales de cada situación

Aclarado que el tabaco puede dañar la salud, aclarado también que en determinados casos –como en la actual epidemia de coronavirus– puede, por el contrario, protegernos, como muestran los datos que veíamos antes y nadie ha desmentido, hay que estar atentos y leer al pie de la letra los mensajes de las insanas autoridades sanitarias. Tal vez aquí resida el quid de la cuestión y aúne a defensores y detractores de la hipótesis de Amoura. Esta será, pues, mi gran aportación a la ciencia.

Verán. No toda cajetilla de tabaco es apropiada para todos. Hay que fijarse en las distintas leyendas que llevan impresas cada una de ellas, que para eso están. Si los cigarrillos son de una cajetilla en la que se indica que “obstruye las arterias” o “puede causar un infarto”, ni se le ocurra fumarse uno solo, siquiera una calada. Un poco de sentido común, ¡caray! Si son de una cajetilla que dice que “mata o perjudica gravemente su salud y las de los que están en su entorno” o “el humo es malo sus hijos, familia y amigos”, depende. Es cosa de afectos. Conozco un camarero –al que espero encontrar en el bar cuando este vuelva a abrir, si lo hace– que me decía “Yo de este. Menuda panda de buitres me rodea”. Si la leyenda es que “daña los dientes y encías”, es el adecuado para quienes usen dentadura postiza. Los que provienen de una cajetilla en la que se lee que “aumenta el riesgo de impotencia”, resulta indicado para los asexuales o los individuos de edad muy avanzada que ya pasan del sexo. Si la leyenda es que “aumenta el riesgo de ceguera”, pues para invidentes. Y si indica que “reduce la fertilidad”, para los que no quieren tener hijos. También hay para aquellos que ya están que cansados de vivir: los que pone que “acorta la vida”.

¡Ojo! Hay algunas leyendas con doble intención y ciertamente confusas. Como la de “fumar puede matar al hijo que espera”. ¿Qué significa esta frase? ¿Se refiere a un hijo/a que nacerá en unos meses o al hijo de uno en general? Porque esto no se aclara. Un día había quedado yo con mi hijo (39 añitos) y este se retrasaba, algo no habitual en él. Ambos somos muy puntuales. Decidí fumarme un cigarrillo para hacer más corta la espera y en eso me fijo en la cajetilla de cigarrillos. “Fumar puede matar al hijo que espera”, decía. Lo apagué inmediatamente. Llamé a mi hijo. No respondía. Otra vez. El mismo resultado. Pueden imaginarse la angustia que pasé hasta que por fin llegó. Ya no he vuelto a fumar más cigarrillos de ese tipo.

Por tanto, y concluyo, es necesario estar bien informados y saber descifrar e interpretar los distintos mensajes. Para ello nada mejor que el sentido común, o el sinsentido, como prefieran.

Los niños se portaron como niños ayer en Valencia y algunos ciudadanos actuaron como policías amateurs

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Me preguntaba ayer (“Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus”) qué iba a pasar con los niños, especialmente con los peques, el primer día que podían salir a la calle tras el irracional y cruel encierro a que han estado sometidos durante 43 días. Era de suponer que querrían ir al parque, ansiosos, y jugar y juntarse con sus amiguitos. Los padres debían hacer de vigilantes. Colaboradores necesarios de la policía, tenían la obligación de impedir que tal cosa sucediera y mantener a los niños lejos de cualquier contacto con los demás. Resulta obvio que tal misión no iba a ser fácil. Y no lo fue. Los niños pasaron olímpicamente de normas y los padres se vieron impotentes para frenar su júbilo, dejando de mantener la obligatoria distancia también entre ellos. En unos sitios se cerraron los parques infantiles y los jardines públicos. En otros no, como en Valencia, donde –decía también ayer– al parecer somos un poco más sádicos, pues la labor de vigilancia por parte de los padres se incrementaba. Los problemas también. Los niños hicieron de niños y los padres ejercieron como padres, aunque fuera desbordados por la situación. Fallaron como policías, pues. Pero ahí estaban esos ciudadanos responsables, contribuyentes escrupulosos, para hacer de colaboradores, de delatores, sacar el policía que llevan dentro y alimentan de noticias y opiniones mediáticas, y hacer buena la máxima de Rousseau: “Un pueblo libre […] obedece leyes, pero solo estas, y precisamente por la fuera de ellas no obedece a los hombres”.

En fin, que se armó la de dios. Hoy señala al respecto el diario Las Provincias que “algunas escenas que se dieron en algunos parques de Valencia, sobre todo en el Jardín del Turia, pusieron sobre aviso al Consistorio, que a primera hora de la tarde advirtió de que si no se cumplían las normas volverían a cerrar los parques y jardines”. Esas escenas fueron grabadas por los ‘policías amateurs’ y se divulgaron a través de las redes sociales. Mostraban cientos de niños jugando juntos, con padres hablando a escasa distancia, especialmente en determinados tramos del Jardín del Turia y los alrededores del Palau de la Música.

La diosa imbecilidad, mucho más que la astucia de la razón, ejercía así, una vez más, su señorío mundano. ¿Ahora hay que estigmatizar también a los niños? De acuerdo en que el primer móvil que auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación, y que cuando esto sucede el miedo se apodera de gran parte de la sociedad, dispuesta a sacrificar sus libertades por la seguridad. Pero “sacrificar libertad por seguridad es tan insensato como preferir incompetencia a competencia, o la autocracia a la rendición de cuentas” (Antonio Escohotado).

El vídeo que sigue es uno de los que más ha circulado por las redes sociales. Habrá quien vea en él un ejercicio de responsabilidad. Yo solo veo un par de mentecatos confidentes que criminalizan a los padres y propician un clima de inseguridad que facilita la exclusión, la discriminación y la estigmatización. ¡Dejad a los niños en paz!

Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus

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Me indigna la iniquidad con que se está tratando a los niños durante la pandemia de coronavirus. Desatino, despropósito, necedad… Cualquier calificativo se queda corto. Ni tiene pies ni cabeza, ni base científica alguna. Hoy, después de 43 días de cautiverio –que se dice pronto–, los niños españoles pueden volver a salir a la calle. Eso sí, con un montón de restricciones.

Me he asomado unas cuantas veces a la terraza, pero sin éxito. La mía es una calle poco transitada, muy tranquila. Me hubiese gustado ver –aunque ni desde mi terraza ni desde ningún otro sitio habría sido posible– un paisaje como el que describen los Hermanos Grimm en El flautista de Hamelín, en el que los niños salieran de sus casas corriendo como pollos en un gran gallinero cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, todos los muchachos y las jovencitas, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas, y numerosos piececitos corriendo y batiendo el suelo, escuchar los menudos zapatitos repiquetear, muchas manitas palmotear, y contemplar cómo el bullicio va en aumento a medida que trascurre la mañana. Son estas palabras de los Grimm que he adaptado a conveniencia.

Se mire por donde se mire, lo que está haciendo con los niños es dislate cuyas consecuencias sobre su salud física y mental es imposible evaluar, ya que una situación así no tiene precedentes. Y lo más irritante es que todo esto se hace por si acaso. La socióloga Ainhoa Flecha, en un artículo publicado en El Salto el 23 de abril, “No son vectores, son niños y niñas”, dice: “Hoy por hoy, afirmar categóricamente que los niños no son un vector de contagio importante del sars-covd-2 sería poco prudente, tan poco prudente como afirmar que sí lo son o que este encierro no les va a afectar. Frente a la falta de datos, hay quienes consideran que más vale ser cautos y confinarlos ‘por si acaso’.” Poderoso motivo. ¡Por si acaso! ¡Cágate lorito! “Sabemos, por ejemplo –sigue Flecha–, que ‘los hombres’ juegan un papel importante en las agresiones sexuales. En realidad, sabemos que son unos pocos hombres, pero como no sabemos quiénes son exactamente ¿sería justificado que confináramos a todos los hombres, culpables e inocentes, de 20h a 7h indefinidamente ‘por si acaso’? Los asaltos nocturnos probablemente se reducirían y muchas nos sentiríamos más seguras al volver a casa, pero ¿sería aceptable?”.

Es comúnmente admitido que los problemas psicológicos que se manifiestan en los adultos tienen su raíz en la manera que se ha desarrollado nuestro comportamiento durante los primeros años de vida. Yo me pregunto qué va a pasar especialmente con los peques, como les va a afectar este despropósito. Es de suponer que querrán ir al parque, a jugar. En el parque no se puede, le tendrá que decir su acompañante. O si se puede, pero de ningún modo en la zona de juegos, como aquí en Valencia, donde al parecer somos un poco más sádicos. Imaginen, que no es mucho imaginar, que una de estas personitas ve casualmente ve a un amiguito o amiguita. Querrá acercarse. ¡No hagas eso! O que una persona adulta querida por ellos se cruza en su camino. Es lógico que traten de correr hacia ella. ¡Cuidado! Y la persona en cuestión se aparta de ellos. ¿Cómo les explicas a los peques ahora todo esto después de 43 días encerrados? Y, sobre todo, ¿cómo repercutirá en su salud, como afectará a su carácter y personalidad?

En un artículo titulado “El confinamiento infantil no tiene base científica”, publicado en CTXT. Revista Contexto el pasado 21 de abril, que firma la doctora Ewa Chmielewska, muy bien documentado, señala la autora que los estudios científicos recientes basados en el análisis del Covid-19 en poblaciones reales muestran que los niños se infectan menos que los adultos y que la tasa de transmisión en ellos es menor. “La tentación de prescribir el confinamiento total de los niños ante la falta de datos al respecto es por eso una reacción cruel e irracional, basada en los prejuicios acerca de la infancia propios del adultocentrismo más agresivo. […] No parece importar el daño que a corto y a largo plazo supone este encierro irracional de los niños y niñas, un colectivo que por definición no tiene derecho a autorepresentarse y al que parece que, ahora, ni sus propios padres pueden representar”.

En cambio, en el BOE extraordinario del 25 de abril sobre la regulación de la salida de los niños menores de 14 años, se dice que “una salida controlada de la población infantil puede reportar beneficios asociados a un estilo de vida más saludable, prevenir algunos problemas asociados al mantenimiento prolongado del estado de alarma, como puede ser la mejora de la calidad del sueño o la síntesis de vitamina D, así como una mejora en el bienestar social o familiar”. Así, con dos cojones, sin rubor alguno.

Ni son vectores los niños ni puede sostenerse que el confinamiento domiciliario no tiene repercusiones importantes sobre su salud, como se deduce de lo publicado en el BOE. “La reclusión domiciliaria estricta de siete millones de niños y niñas es un experimento cuyas consecuencias se desconocen. Sin embargo, disponemos de revisiones científicas que reportan secuelas a medio y largo plazo ─incluyendo insomnio, depresión o estrés postraumático─ en personas confinadas durante nueve días, con diferencias significativas por cada día adicional” (Flecha).

Sostiene Chmielewska que “afirmar, como hacen algunos expertos, que los niños son resilientes y sobrevivirán a esta crisis sin mayor problema es uno de los clichés que más se repiten durante estas semanas. Sostener que los daños que sufren los niños por culpa del confinamiento son pasajeros es algo así como justificar el uso transitorio de la violencia o el maltrato: como si dijéramos que recibir una bofetada de vez en cuando no supone un problema o que el ambiente de violencia doméstica que muchos niños tienen que soportar estos días en una intensidad superior a lo habitual no les causará perjuicio alguno. Lo que numerosos psicólogos y educadores sostienen es que el encierro en casa afecta directamente el desarrollo físico y neuropsicológico de los niños”.

La gravedad de los efectos que este encierro a largo plazo sobre los niños no puede, por tanto, evaluarse aún. Mas sí se sabe cuáles son estos en casos de encierro prolongado en adultos. Chmielewska alude a ejemplos como los de los astronautas o científicos de expediciones polares. Javier Salas, citando en El País a Larry Palinkas, psicólogo de la Universidad del Sur de California, habla de fenómenos como ‘empanada mental’ o ‘hibernación cerebral’, algo que el citado científico asocia con trastornos de sueño, ‘desaceleración del cuerpo y la mente debido a la estimulación restringida’ o ‘signos de pequeño deterioro del funcionamiento cognitivo’. “Si estos son los efectos del encierro en los adultos –continúa Chmielewska–, ¿es ético asumir que no se darán en los niños? ¿Es justo arriesgar que este tipo de ‘deterioro cognitivo’ se produzca en un organismo que está todavía en fase de desarrollo cognitivo? Podríamos pensar también en otros posibles problemas, tales como el efecto que la reducción de los estímulos visuales tiene en bebés, cuyo desarrollo de las conexiones neuronales relacionadas con la vista depende de estímulos visuales exteriores. ¿Se desarrollará correctamente la vista de un bebé si se limita su campo de visión a apenas unos metros durante varios meses? ¿Qué sucederá si esta situación se alarga? Igualmente, conviene tener en cuenta los efectos negativos que para el desarrollo de los menores supone la privación de la educación y la sociabilidad. […] A medida que pasan los días, hay también cada vez más publicaciones que alertan sobre el impacto del cierre de escuelas y del distanciamiento social en la salud mental de los niños, como por ejemplo el artículo de Joyce Lee publicado el 14 de abril en The Lancet: “Mental health effects of school closures during COVID-19”.

Ainhoa Flecha, madre, como Chmielewska, que también muestra la misma preocupación, apunta: “Somos muchas las que, estando 24h al lado de nuestros hijos e hijas, los vemos cada día más irritables y ansiosos, menos activos, más apáticos. Estudios preliminares que se están publicando revelan el incremento del tiempo de uso de pantallas, una reducción drástica del ejercicio físico y un empeoramiento de los hábitos alimenticios. Sabemos también que muchos menores viven en pisos sin luz natural ni espacio suficiente y que muchos otros sufren violencia y/o abusos sexuales en casa”.

Una vez más la pandemia de coronavirus, y la forma de gestionarla, pone de manifiesto “la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza” (Stella Calloni, Red Voltaire, 24 de marzo), la miserabilidad de una sociedad cada día más desigual, más elitista y excluyente. Como siempre, los efectos de una situación de crisis se ceban en los sectores más desfavorecidos. En el caso que nos ocupa, los niños cuyos padres tienen un buen nivel de ingresos económicos gozan de unas ventajas de las que carecen los demás. No es lo mismo una familia –pongamos padre, madre y dos hijos– que vive en un pequeño piso que una de iguales características que disfruta de una confortable y amplia vivienda con terraza o jardín. Ni siquiera la convivencia puede ser igual. No es lo mismo la familia que no tiene preocupaciones económicas que la que ya le cuesta llegar a fin de mes o no llega y ve cómo se abre un futuro cada día más incierto. Y, por supuesto, la convivencia entre los miembros de la familia será más tensa y difícil en el último caso. Por no hablar de la alimentación, los recursos tecnológicos para hacer los deberes escolares, el apoyo de los padres con conocimientos al respecto o con los medios suficientes. Esta desigualdad dentro de la desigualdad general que sufren los niños en su conjunto tampoco parece importar gran cosa. Según la norma del BOE que regula la salida de los niños a la calle, estos pueden hacerlo con un adulto responsable, entendiendo como tal “aquella persona mayor de edad que conviva en el mismo domicilio con el niño o niña actualmente, o se trate de un empleado de hogar a cargo del menor”. En este último caso, no es indispensable que el cuidador conviva en el hogar del menor, pues como es bien sabido ¿qué familia española no tiene cuidador o cuidadora en casa? ¡Por favor!

En fin, que estoy muy cabreado. Me gustaría ser un nuevo flautista de Hamelín y que los niños y niñas me siguieran al son de mi música. No que tocaría el flautista. Nosotros cantaríamos estos versos de Celaya, musicalizados, aunque él no los escribiera pensando en los niños:

Nosotros somos quien somos.

¡Basta de Historia y de cuentos!

¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado,

ni damos cuerda al recuerdo.

Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.

Somos un río derecho.

Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.

Somos a muerte lo ibero

que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,

transformándonos crecemos

y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora

de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.