Cómo mi hijo descubrió antes que yo que escribir una novela era algo vital para mí

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Hoy, 7 de abril, mi hijo cumple 39 años. Ya lo celebraremos cuando sea posible. Lógicamente, en un día así son muchos los recuerdos que a cualquier padre, o madre, le vienen a la mente. Por mi cabeza pululan infinidad de pensamientos, de recuerdos, de situaciones vividas. Tenemos y hemos tenido una relación paterno-filial intensa y hermosa, que nunca llegará a resquebrajarse suceda lo que suceda. Una relación gratificante y enriquecedora sin la que probablemente jamás hubiese llegado a realizar algo con lo que soñaba desde la adolescencia: escribir y publicar novelas. A él se lo debo. Cómo fue lo conté en una entrada en este blog el 16 febrero del año pasado y que hoy, con unas modificaciones, he decidido, por razones obvias, publicar de nuevo.

A principios de 2014 publiqué mi primera novela, El viaje. Hoy son ya cuatro las que llevo editadas, o autoeditadas, siendo más precisos. Vaya autor más prolífico, puede que piensen, o más alocado; pero de eso nada. No es que un buen día se me ocurriera escribir una novela y luego otra y así sucesivamente hasta cuatro. Ni soy tan fecundo ni tan cándido. Quiero, pues, hablarles de cómo surgió en mi la necesidad de escribir novelas.

Siempre me ha gustado escribir, desde pequeño. Cuando era adolescente quería ser escritor o periodista (en este último caso, corresponsal de guerra). Por diversas razones, que ya he explicado en otras entradas, acabé estudiando Filosofía y Letras (sección Historia) –así se denominaba entonces–, me convertí en historiador y como tal trabajé –y me llevó a poder hacer otras cosas centradas en algo que siempre me ha preocupado: la divulgación– hasta unos años antes de mi jubilación (en julio de 2018).

Ello no fue óbice para que persistiera en mí el ansia por escribir aquello que la imaginación urdía, tramaba y fraguaba en mi mente, siempre dispuesta a aventurarse en el mundo de la fantasía. Libreta y portaminas, o estilográfica, eran, son, instrumentos inseparables de mi día a día. Siempre me acompañaban, y me siguen acompañando. Iba a la playa con mi hijo cuando era pequeño y, sobre todo si con nosotros venía algún amiguito suyo, allí estaba yo, en mi tumbona, bajo la sombrilla, escribiendo. Iba de viaje con él –me gusta viajar solo, o con niños–, nos sentábamos en algún sitio a tomar o comer algo y enseguida sacaba la libreta y el portaminas. Un momento –estaba con él y, obviamente, era el centro de mi atención–, solo un momento, pero era preciso anotar mis impresiones, mis consideraciones, mis ideas.

El mundo mental de los niños absorbe fácilmente la realidad cotidiana y la adapta al suyo. En mi caso –que me reconozco un niño disfrazado de adulto–, mi hijo asimiló –a su manera, naturalmente– esa inquietud mía y consideró que escribir una novela era una de las cosas más trascendentes que uno podía hacer en la vida. Una novela, no un libro de otro género. Un año antes de que naciera publiqué mis dos primeros libros, ambos de historia, y el mismo año que nació (1981) el tercero, también de historia. Y seguí publicando. Quiero decir con esto que mi hijo siempre estuvo al corriente de que su padre escribía libros. ¿Pero es lanovela?, preguntaba. No, eso ya lo haré algún día. ¿Cuándo? Y ¿entonces esto no es lo que escribes en la libreta? ¿Y para qué lo haces? ¿Y por qué? Todas estas preguntas imagino, y no creo estar equivocado, se debían a esa agudeza mental tan propia de los niños. Había captado perfectamente lo que escribir una novela representaba para mí, para aquel adolescente que soñaba con ser escritor. Naturalmente, a él le dediqué la primera novela que di por terminada, El corto tiempo de las cerezas, aunque luego apareciera a la venta tras El viaje. Mi hijo entonces ya tenía 33 años, yo 60. ¡Por fin! Todo llega. Es cuestión de perseverar, de empeñarse con tesón, de mantener siempre vivas la ilusión y la curiosidad, de nunca dejar de soñar, de dejar correr la fantasía. Y de tener un buen motivo: mi hijo en este caso. Él descubrió antes que yo lo que escribir ficción representaba para mí. A mí me costó más darme cuenta de escribir era una necesidad tan imperiosa como respirar. Luego ya tuve que luchar con el aire viciado que tanto lo dificulta y con la contaminación de la que todos acabamos afectados. Pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Hay que seguir escribiendo.

Cómo surgió en mí la necesidad de escribir novelas

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Con Nelo, mi hijo, en 1987. Fotografía de Elisa Pascual

Con Nelo, mi hijo, en 1987. Fotografía de Elisa Pascual

A principios de 2014 publiqué mi primera novela, El viaje. Cinco años después ya son cuatro las que llevo editadas, o autoeditadas, siendo más precisos. Vaya autor más prolífico, puede que piensen, o más alocado, pero de eso nada. No es que un buen día se me ocurriera escribir una novela y luego otra y así sucesivamente hasta cuatro. Ni soy tan fecundo ni tan cándido. Quiero, pues, antes de empezar a anunciar la nueva de edición de las tres novelas que comentaba ayer en la entrada Comenzar de nuevo, hablarles e cómo surgió en mi la necesidad de escribir novelas, o la vocación.

Al iniciar mi andadura por el mundo este de los blogs con Música de Comedia y Cabaret a finales de 2012 los originales de las novelas El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós estaban terminados, lo que no significa listos para ser publicados. La premura por publicar una novela, o cualquier otro libro, es lógica, pero del todo desaconsejable. Claro que tenemos ganas de publicar (más si es la primera vez), de mostrar nuestra obra. Pero calma, que repose, como pasa con los arroces. Yo, en cuanto termino una novela, la dejo –que no la olvido– alrededor de un año. Pasado este vuelvo con ella y me sorprendo de los errores, y también de los aciertos, que encuentro.

El viaje había ‘reposado’ ya su tiempo y estaba lista para su publicación. Aunque la publiqué por primera vez a principios de 2014, su gestación viene de mucho antes. Siempre me ha gustado escribir, desde pequeño. Cuando era adolescente quería ser escritor o periodista (en este último caso, corresponsal de guerra). Por diversas razones, que ya he explicado otras veces, acabé estudiando Filosofía y Letras (sección Historia) –así se denominaba entonces–, me convertí en historiador y como tal trabajé –y me llevó a poder hacer otras cosas centradas en algo que siempre me ha preocupado: la divulgación– hasta unos años antes de mi jubilación (en julio de 2018).

Ello no fue óbice para que persistiera en mí el ansia por escribir aquello que la imaginación urdía, tramaba y fraguaba en mi mente, siempre dispuesta a aventurarse en el mundo de la fantasía. Libreta y portaminas, o estilográfica, eran, son, instrumentos inseparables de mi día a día. Siempre me acompañaban, y me siguen acompañando. Iba a la playa con mi hijo cuando era pequeño y, sobre todo si con nosotros venía algún amiguito suyo, allí estaba yo, en mi tumbona, bajo la sombrilla, escribiendo. Iba de viaje con él –me gusta viajar solo, o con niños–, nos sentábamos en algún sitio a tomar o comer algo y enseguida sacaba la libreta y el portaminas. Un momento –estaba con él y, obviamente, era el centro de mi atención–, solo un momento, pero era preciso anotar mis impresiones, mis consideraciones, mis ideas.

El mundo mental de los niños absorbe fácilmente la realidad cotidiana y la adapta al suyo. En mi caso –que me reconozco un niño disfrazado de adulto–, mi hijo asimiló –a su manera, naturalmente– esa inquietud mía y consideró que escribir una novela era una de las cosas más trascendentes que uno podía hacer en la vida. Una novela, no un libro de otro género. Un año antes de que naciera publiqué mis dos primeros libros, ambos de historia, y el mismo año que nació (1981) el tercero, también de historia. Y seguí publicando. Quiero decir con esto que mi hijo siempre estuvo al corriente de que su padre escribía libros. ¿Pero es la novela?, preguntaba. No, eso ya lo haré algún día. ¿Cuándo? Y ¿entonces esto no es lo que escribes en la libreta? Y ¿para qué lo haces?, ¿por qué? Todas estas preguntas imagino, y no creo estar equivocado, se debían a esa agudeza mental tan propia de los niños. Había captado perfectamente lo que escribir una novela representaba para mí, para aquel adolescente que soñaba con ser escritor. Naturalmente, a él le dediqué la primera novela que di por terminada, El corto tiempo de las cerezas, aunque luego apareciera a la venta tras El viaje. Mi hijo entonces ya tenía 33 años, yo 60. ¡Por fin! Todo llega. Es cuestión de perseverar, de empeñarse con tesón, de mantener siempre vivas la ilusión y la curiosidad, de nunca dejar de soñar, de dejar correr la fantasía.

Igual mi hijo descubrió antes que yo lo que escribir ficción representaba para mí. A mí me costó más. De hecho, las palabras con las que al respecto más me identifico, y que ni tan solo pongo en boca mía, son las Sam Sutherland, protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird): “Escribir es como respirar. En según qué circunstancias el aire viciado te lo impide, pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Aun así, acabamos contaminados por la atmósfera que nos rodea sin siquiera darnos cuenta y conformamos la realidad a través de nuestro ánimo adulterado. Solamente en la ficción somos capaces de soportar nuestras renuncias y asentimientos, evadirnos y ser otro. Aunque ¿qué otro? El que la existencia, nuestra existencia, demanda. Siempre somos otro. ¿Qué es ficción, qué no? ¿Qué hemos vivido en verdad fuera de nuestra imaginación? Llegados a este punto todo se vuelve frustración. Aun así, prefiero la ficción, al menos puedo cabrearme con quien quiera, destruir lo que considere y construir lo que crea. Luego viene el choque con la realidad, no tanto por la divergencia que pueda darse entre lo fantaseado y lo concreto como por la dificultad para distinguir ambos extremos. La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre, somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho”.

A mi manera. O eso procuré.

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A mi manera

Esta entrada es una especie de continuación de la que publiqué el pasado 23 de abril y lleva por título A mi manera. Entonces no tenía previsto elaborarla, pero me gusta tanto la canción (en la versión de Sinatra muy especialmente), me identifico tanto con su letra, que decidí hacer el vídeo que figura al final, decisión en la que tiene mucho que ver una afición que he descubierto recientemente: la de confeccionar vídeos.

Había preparado un largo escrito, podríamos decir que ‘explicativo’, tratando de ‘contextualizar’ las imágenes. Mas ahora, cuando me decido a publicar el vídeo, no me convence. No lo que he escrito, sino incluirlo aquí. Al fin y al cabo, como dice la canción, “todo me lo comí y lo escupí”. Pues ya está. Al final acababa dedicando demasiado espacio a determinados comportamientos de mindundis profesionales que en su día (2016) me afectaron hasta el punto de sufrir un infarto a causa de la miocardiopatía de Takotsubo (síndrome del corazón roto), algo que únicamente le sucede a una cada de diez mil mujeres y a muy pocos hombres, y se debe a un excesivo estrés emocional. Y no, no es eso. Ya lo publicaré más delante en la sección que titulé “Sobre mi vida”.

Vamos hoy, pues, con la canción, una canción que compusieron en 1967 Claude François y Jacques Revaux (con letra de François y Gilles Thibaut) y lleva por título Comme d’habitude. Poco después, el cantante canadiense Paul Anka, que estaba de vacaciones en Francia, vio a François interpretarla en un programa de televisión y le fascinó la melodía. Compró los derechos y adaptó la letra, cambiando totalmente su sentido: ‘Sí, hubo veces, / seguro que lo sabéis, / que mordí / más de lo que podía masticar, / pero durante ese tiempo, / cuando había dudas, / todo me lo comí / y lo escupí, / me encaré con todo / y no me hundí, / lo hice a mi manera’.

“Sus versos son un pliego de descargos y orgullosa exhibición de alguien que sabe que está a punto de caer ‘el telón final’. Efectivamente, estaban hechos a la medida de un Sinatra. En 1968, en una fiesta celebrada en Las Vegas, [Paul Anka] mostró a Frank sus esfuerzos. El crooner, que llevaba una temporada dándose caprichos como grabar con Antonio Carlos Jobim mientras tonteaba con las tendencias pop, advirtió enseguida que My way era justo lo que necesitaba: potenciaba su imagen de gran vividor, capaz de ponerse el mundo por montera, aparte de darle una gravedad que había perdido con banalidades. Con arreglos de Don Costa, registró My way el 30 de diciembre de 1968. El entusiasmo de los músicos y de su hija Nancy, presente en la sesión, le impulsó a bautizar su primer LP de 1969 como My way.” (Diego A. Manrique, “La sorprendente historia de ‘My way’”, El País, (07/04/2004).

Que disfruten de un buen día, a ser posible ‘a su manera’. Yo, es lo que intento reflejar en el vídeo (otra cosa es que se entienda) así he tratado de vivir y así pienso seguir lo que me quede de vida. Mi madre –dicen que nadie nos conoce mejor que nuestra madre– siempre me decía: Fill meu, tu no serveixes ni per la política ni per als negocis, eres massa cabut (cabezota) i massa confiat. No se equivocó un ápice. Así he sido y seré. Así me ha ido y me irá. Hacer las cosas a la manera de uno tiene un precio. Elevado generalmente (ya ven ahora, autopublicando mis novelas y contando las ventas por unidades). Pero qué satisfacción tan grande poder decir: ‘Yo lo hice a mi manera. / Pues, ¿qué es un hombre?, ¿lo que tiene? / Si no es él mismo, no tiene nada. / Decir las cosas que realmente siente / y no las palabras de alguien que se arrodilla. / Mi historia muestra que encajé los golpes / y lo hice a mi manera. / Sí, fue a mi manera’.

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