Nuestras libertades y nuestras vidas

Galería

Las palabras que siguen son del historiador británico E. P. Thompson (1924-1993) y corresponden al artículo que publicó en 1982 en la revista New Society “The Heavy Dancers”. En 1985 se publicó de nuevo, junto a otros artículos suyos, en el libro homónimo (The Heavy Dancers), traducido al español en 1987 con el título Nuestras libertades y nuestras vidas. A pesar del tiempo transcurrido, las ideas de Thompson no han perdido ni un ápice de actualidad; más bien al contrario.

***

Todos tenemos opiniones. Todos estamos de acuerdo en que los demás tienen derecho a sus propias opiniones. Incluso estamos de acuerdo en que pueden tratar de hacernos cambiar de opinión y en que tienen derecho a manifestarse en la calle con sus pancartas.

Pero, ¿de qué modo cambian las ideas y opiniones? ¿Cómo pueden las opiniones surtir efecto en la política, en el poder? […]

Siguen naciendo ideas nuevas, pero o bien son recuperadas en un ‘consenso’ manipulado o empujadas hacia el margen de la vida pública, donde la gente todavía puede manifestarse con pancartas en las manos, pero a estas jamás se les permitirá tocar las palancas del poder. […]

En primer caso me refiero a todas las personas que trabajan en los laboratorios del espíritu y de la mente […]. Hasta hace poco estas personas nunca fueron excluidas del discurso de la nación, […] aunque es verdad que el discurso era estrecho y limitado por el sistema de clases, y que la mayor parte de la nación se quedaba en la calle, escuchando a través de las ventanas.

Pero los medios de comunicación que utilizaban estos artesanos intelectuales no requerían un capital inmenso para comprar un periódico o tener acceso –con permiso– a la radio o la televisión. La imprenta pequeña, el púlpito, el escenario: nada de todo esto se hallaba fuera de su alcance. […]

Estas voces no se limitaban a preguntar el cómo de las cosas: ¿cómo fijamos las leyes del trigo?, ¿cómo solucionamos el problema de los pobres? También preguntaban el porqué y el dónde. ¿Por qué –y en qué medida– debemos permitir que el estado tenga poder sobre los ciudadanos? ¿Adónde nos lleva el industrialismo?

Hoy día apenas plantear estas preguntas en el ruedo central de la ‘política’. Todavía podemos formularlas, pero se las mantiene fuera de allí, en los márgenes. Esto se debe en parte a nuestros asombrosos avances tecnológicos. Gran parte de la prensa popular está comprada, y con ella lo está también cierta parte de la mente pública. […]

Todo discurso político tiene que dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad del crecimiento económico y que el único problema estriba en encontrar el partido político más capacitado para conseguirlo. Pero a lo largo y ancho del mundo la gente hace preguntas sobre el porqué y el dónde. ¿Tenemos derecho a seguir contaminando este planeta que da vueltas? ¿A consumir y agotar los recursos que necesitarán las generaciones futuras? ¿No sería mejor el crecimiento cero, si pudiéramos dividir el producto de forma más juiciosa y equitativa?

Estas preguntas no pueden hacerse en los marcos a los que aludía antes. No son preguntas ‘políticas’ apropiadas. Esto se debe a la arrogancia insufrible de los principales partidos políticos. Hace mucho tiempo tuvieron la audacia, valiéndose del control parlamentario de la radio y la televisión, de confiscar para ellos mismos esta parte de la vida intelectual de la nación. La política fue definida como política de partidos y luego se la repartieron desigualmente, entre ellos. […]

He hablado de otra área innovadora de la que nacen las ideas nuevas. Me refiero a la tradición de la ‘disidencia’ popular. […]

A la larga, algunas de las acciones más humanitarias de la vida de nuestro país nacieron de esta cultura alternativa. […]

Pero siempre que esta cultura alternativa ha estado a punto de tocar el poder, ha sufrido una crisis de identidad. La razón misma de su existencia ha sido resistirse al poder, rechazar sus pretensiones e intrusiones. Y el poder –o el establishment– dispone de recursos inagotables para halagar al que ocasionalmente se concede un lugar en los rituales del poder.

Esto no es imaginario. Ha sucedido una y otra vez y continúa sucediendo. De este modo la ‘disidencia’ política se va atrapada en una dicotomía. Existe para protestar y para luchar de maneras alternativas. Si acepta un lugar entre los medios de comunicación oficiales, entonces cae dentro de los marcos consensuales oficiales. Peor aún: puede que, al permitir una breve imagen de protesta ‘airada’, parezca demostrar que la opinión es libre en este país: puede dar legitimidad al asesinato a gran escala de laopinión libre que se está perpetuando por doquier.

[…] No se trata solo de que las preguntas que normalmente se formulan dentro de los marcos oficiales prejuzgan los problemas, pues se refieren únicamente al cómo.  Se trata también de que estas preguntas mismas se enmarcan y ajustan cuidadosamente: solo pueden hacerse las preguntas apropiadas sobre el cómo, y deben hacerse del modo apropiado. […]

Existen rigurosos procedimientos para seleccionar a las personas que aspiran a ocupar cargos importantes en el funcionariado y se excluye de los mismos a las que albergan opiniones independientes o llevan una vida que no se ajusta a los convencionalismos. De esta forma se preselecciona para los altos cargos del estado únicamente a las personas que subordinan a las razones del poder y que se resisten a las innovaciones. Es un tamiz que se utiliza para tener la certeza de que a la cumbre solo llegarán las personas de espíritu mezquino y poco originales. […]

Estas personas no elegidas y seleccionadas por ellas mismas se arrogan poderes que dejarían atónitos a nuestros antepasados. Se supone que solo ellas pueden determinar en qué consiste el ‘interés nacional’ e invocar el temible imperativo de la ‘seguridad nacional’. Con ello prolongan en el presente las tradiciones de una antigua élite imperial y antidemocrática. […]

Vivimos en tiempos anormales. Nunca ha estado la civilización más cerca del final de trayecto, con tanta acumulación de poder destructivo, con unas defensas espirituales tan dispersas y confusas. […]

Con frecuencia, en la historia, es cierto, la ‘normalidad’ de una época que parece absurda al cabo de unos decenios. Los que vivían holgadamente, eran poderosos y creían ser actores no eran más que marionetas cuyos brazos y cabezas eran movidos por otros hilos.

Makin’ Whoopee! (o echar un quiqui, treparse al guayabo, enterrar la batata…)

Galería

Se sentía abandonada, sospechaba que su marido se entendía con otra. Pidió el divorcio, y el magistrado sentenció que recibiría una pensión. Pero su marido no ganaba lo suficiente y preguntó al juez qué pasaría si no cumplía con el pago. ‘Pues que irá directo a la cárcel’, respondió este. Y le aconsejo: ‘Será mejor que se quede con ella; es la manera más barata el magistrado, al tiempo que le aconseja que se quede con de echar un quiqui. O de trepar al guayabo, o enterrar la batata, según de dónde sean. De echar un polvo, vamos, que es lo que significa Makin’ Whoopee.

“Otra novia, otro junio, / otra alegre luna de miel, / otra estación, otra razón / para hacer el amor”. Pero “piensa en lo que un año puede dar de sí”. Al año, él lava los platos, la ropa de bebé e incluso cose. “Es lo que hay, amigos”, dice. Otro año más. Ella se siente abandonada, sospecha que él hace el amor con otra, él también duda de la fidelidad de su esposa. Llega divorcio, y la pensión que el magistrado fija que el hombre debe pasar a su ex. Este pregunta entonces al juez qué pasará si no cumple con el pago. Pues que irá directo a la cárcel, responde el magistrado, al tiempo que le aconseja que se quede con su esposa, Es lo que viene a decir la letra de esta canción (Makin’ Whoopee!) que compusieron Walter Donaldson (música) y Gus Khan (letra) para el musical de 1928 Whoopee!

Makin’ Whoopee es un eufemismo que se usa para referirse a la intimidad sexual, a “echar un polvo” o “echar un quiqui”, que decimos los españoles, o “treparse al guayabo” o “enterrar la batata”, como dicen en algunos países latinoamericanos. La canción nos cuenta cómo lo que comienza con nervios y una buena dosis de lujuria pronto se convierte en monótona vida matrimonial y una eventual infidelidad. Tras la luna de miel, el matrimonio puede llegar a ser una trampa de difícil escapatoria. Ya lo dijo García Márquez: “El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno”.

La versión de Makin’ Whoopee! que escuchan en el vídeo es la que grabó en 1957 Louis Armstrong (álbum Louis Armstrong Meets Oscar Peterson).

El amigo

Galería

‘Uno siempre a mi alrededor es excesivo –piensa el solitario–. Uno por uno acaban siendo dos’. Yo y mí están constantemente dialogando con apasionamiento; y esto no lo podríamos soportar sin un amigo. Para el solitario, el amigo es siempre el tercero; ese tercero es el corcho que impide que el diálogo entre los dos se vaya a pique. Lamentablemente, existen demasiadas profundidades para todos los solitarios. Por eso anhelan un amigo a su altura. Nuestra fe en otros revela lo que quisiéramos de nosotros mismos. Nos delata nuestra ansia de amistad. […] El auténtico respeto que no se atreve a solicitar amistad es: ‘¡Por lo menos sé mi enemigo!’. Quien quiere tener un amigo tiene también que querer luchar por él; y para luchar hay que poder ser su enemigo. […] Nuestro amigo debe ser nuestro enemigo. ¿Qué tu amigo debe sentirse horado de que te presentes a él tal y como eres? ¡Pues maldito lo que le importa eso a él! Quien se presenta tal como es termina suscitando irritación. ¡Qué razón tenéis cuando os asusta la desnudez! […]

¿Has visto a tu amigo durmiendo alguna vez para saber qué aspecto tiene? Pues, ¿qué es en otros momentos el rostro de tu amigo? No es más que tu propio rostro reflejado en un espejo tosco e imperfecto. ¿Has visto a tu amigo durmiendo? ¿Y no te horrorizó el aspecto que tenía en ese momento? Amigo mío, el hombre es algo que debe ser superado. Un amigo tiene que dominar el arte de adivinar y de quedarse callado. No te empeñes en verlo todo. Tu sueño te debe revelar qué es lo que hace tu amigo cuando está despierto. Tu compasión ha de ser un adivinar, para que estés seguro de que tu amigo quiere que le compadezcas. La compasión para con el amigo debe estar oculta bajo una dura cáscara; debes dejarte un diente al intentar morderla. Así tu compasión será dulce y delicada.

¿Eres para tu amigo aire puro y soledad, pan y medicina? Hay quien no puede romper sus cadenas y, sin embargo, redime a su amigo. ¿Qué eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo. ¿Qué eres un tirano? […] ¡Cuanta pobreza y cuanta avaricia […] hay aún en vuestra alma! Lo que vosotros le dais a vuestro amigo se lo doy yo a mi enemigo, y sin que ello me empobrezca más. Existe la camaradería, sí; pero, ¡ojalá exista también la amistad!

Friedrich Nietzsche: “El amigo”, Así habló Zaratustra (1893). Traducción de Francisco Javier Carretero Moreno (ed. 1999).

Culpa, dominación y sumisión.

Galería

Ser sumisos es un mecanismo perfecto de dominación, tan inmejorable que incluso cuando dejas de creer en dioses y la Superioridad y en todos los sofismas en base a los cuales se ha construido tal artificio siguen exis-tiendo marcas en lo más recóndito del espíritu que la razón no alcanza a borrar. Hemos de sentirnos culpables, infracto-res, pero ahí está el todopoderoso, los todopoderosos, para concederte el perdón.

Te perdonarán. Si te arrepientes. Si no lo haces de nuevo. Resígnate pues. Sé paciente. En este mundo sufrirás, sometido a los que están por encima de ti. Así es la vida, que no te angustien las calamidades, ya tendrás tu recompensa. Llegará en el otro mundo. O, si perseveras, incluso en este, te dicen los omniscientes definidores encargados de formar ciudadanos, es decir, seres dóciles.

Culpa. Hay que sentirse siempre culpable de algo, por algo, es la base de todo poder. Sin culpa no hay miedo.

Culpa. Remordimiento. Vergüenza. Confesión (declaración). Juicio. Arrepentimiento. Pena. Acatamiento. Claudicación. Otra vez.

Lo único que nos queda es la renuencia. La defección ante la epidemia espectacular y la aceptación de la inutilidad de cualquier aspiración es la única resistencia posible, la soledad la única compañera fiable. No erraba de pequeño al preferir mi mundo, si es que de un mundo propio puede hablarse en medio de la locura egotista. Un asedio permanente, sin embargo, contaminaba y degradaba toda experiencia, lo que producía en mí una cada vez mayor aversión por los elementos distorsionadores que impedían su natural evolución, elementos siempre debidos a la acción del hombre, o a su inacción, tanto da.

El fiasco, el desengaño, la indignación, la frustración, la impotencia fueron así absorbidos y superados por la aversión. No hay otra salida posible.

El dogma de las necesidades siempre crecientes

Galería

La expansión de la máquina durante los últimos dos siglos se vio acompañada por el dogma de las crecientes necesidades. La industria iba dirigida no solo hacia la multiplicación de los bienes y el incremento de su variedad, sino también hacia la multiplicación del deseo de dichos bienes. […] El dinero se convirtió en el símbolo del consumo honorable en todos los aspectos de la vida, desde el arte y la educación hasta el matrimonio y la religión.

[…] El objetivo de la industria tradicional no era incrementar el número de necesidades, sino satisfacer los niveles de una clase en particular. […] La idea de emplear el dinero para escapar a la propia clase y de gastar el dinero ostentosamente para marcar el hecho que uno ha escapado, no apareció en la sociedad en general hasta una fase bastante avanzada en el desarrollo del capitalismo, aunque se manifestó en las categorías superiores al principio mismo del régimen moderno.

[…] Según la doctrina de las necesidades crecientes se suponía que la masa de la humanidad tenía que adoptar para sí misma la meta final de un nivel de gastos principesco. Existía nada menos que una obligación moral de pedir mayores cantidades y más variadas especies de productos, siendo el único límite a esta obligación la persistente renuencia del fabricante capitalista a dar al trabajador una participación suficiente del ingreso industrial que le permitiera realizar una demanda efectiva. (En el momento culminante de la última ola de expansión financiera en los Estados Unidos el capitalista trató de resolver esta paradoja prestando dinero para el incremento del consumo –compras a plazos– sin aumentar los jornales, ni bajar los precios, ni reducir su propia excesiva participación en la renta nacional: una artimaña que no se les hubiera ocurrido ni siquiera a los Harpagones del siglo XVII, mucho más sobrios).  […]

Cuando se abandonan los niveles del consumo de clase y se examinan los hechos mismos desde el punto de vista de los procesos vitales que se han de satisfacer, se encuentra uno con que no hay un solo elemento que se pueda retener en dichas doctrinas.

Ante todo: las necesidades vitales son necesariamente limitadas. […] El valor de varios estímulos e intereses no se incrementa con una multiplicación cuantitativa, ni tampoco, más allá de un cierto punto, con una variedad sin fin. Una variedad de productos que cumplan funciones similares es como la dieta omnívora: un útil factor de seguridad. Pero esto no altera el hecho esencial de la estabilidad del deseo y la demanda. Un harén de un millar de mujeres puede satisfacer la vanidad de un monarca oriental, pero ¿cuál es el monarca suficientemente dotado por la naturaleza para satisfacer el harén?

La actividad saludable exige restricción, monotonía, repetición, así como cambio, variedad y expansión. El aburrimiento quejumbroso de un niño que posee demasiados juguetes se repita interminablemente en las vidas de los ricos, los cuales, no teniendo límite pecuniario a la expresión de sus deseos, son incapaces sin una tremenda fuerza de voluntad de restringirse a un solo canal lo bastante largo para aprovecharlo abriendo surcos y profundizándolo hasta el fin. […] Nadie está en mejor posición por tener muebles que se hacen pedazos en unos pocos años o, a falta de esta feliz manera de crear una nueva demanda, que ‘se pasan de moda’. […] En la medida en que las personas desarrollan intereses personales y estéticos quedan inmunes a los cambios frívolos del estilo y menosprecian el favorecer exigencias tan pobres. […]

[…] La vida, desde el preciso momento del nacer exige, para su cumplimiento, bienes y servicios que se sitúan usualmente en el departamento de ‘lujos’. La canción, la historia, la música, la pintura, la escultura, el juego en sí, el drama; todas estas cosas están fuera del campo de las necesidades humanas, pero no son cosas que han de ser incluidas después de satisfacer el estómago, por no decir nada de las necesidades emocionales, intelectuales e imaginativas del hombre. […]

Técnicamente hablando, los cambios en la forma y estilo son síntomas de inmadurez: marcan un periodo de transición. El error del capitalismo como credo reside en el intento de hacer que este periodo de transición sea permanente. Tan pronto como un artificio alcanza perfección técnica, no hay excusa para sustituirlo pretendiendo un incremento de eficacia […]

Pero obsérvese la maligna paradoja de la producción capitalista. Aunque el sistema fabril se ha basado en la doctrina de la expansión de las necesidades y de la masa de consumidores, se ha quedado corto universalmente en lo que se refiere al abastecimiento de las necesidades normales de la humanidad. […]

Normalizar el consumo es establecer un nivel que ninguna clase, cualesquiera que sean sus gastos, posee hoy. Pero ese nivel no puede expresarse en términos de una suma arbitraria de dinero […]. Y realmente, cuando más alto es el nivel de vida, menos puede expresarse adecuadamente en términos de dinero, y más debe expresarse en términos de ocio, de salud y actividad biológica, y de placer estético […].

[…] El máximo de maquinaria y de organización, el máximo de comodidades y de lujos, el máximo de consumo, no significan necesariamente un máximo de eficiencia vital o de expresión vital. El error consiste en pensar que la comodidad, la seguridad, la falta de enfermedad física, o una plétora de bienes son los mayores dones de la civilización, y en creer que a medida que aumentan los males de la vida se disolverán y desaparecerán. Pero la comodidad y la seguridad no son bienes incondicionados; son capaces de derrotar a la vida tan completamente como las penalidades y la incertidumbre, y la idea de que cualquier otro interés, arte, amistad, amor, parentesco, debe subordinarse a la producción creciente de comodidades y lujos, es simplemente una de las supersticiones de una sociedad utilitaria apegada al dinero.

[…] Como resultado, nuestra sociedad dominada por la máquina está orientada únicamente hacia las ‘cosas’ y sus miembros tienen toda clase de dominios excepto el dominio de sí mismos. No es cosa que asombre que Thoreau observara que sus miembros, incluso en una etapa temprana y relativamente inocente del comercio y la industria, llevaban vidas de callada desesperación. Colocando el negocio por encima de cualquier otra manifestación de la vida, nuestros líderes de la mecánica y de la finanza han descuidado el principal negocio de la vida: a saber, el crecimiento, la reproducción, el desarrollo, la expresión. Dedicando infinita atención al invento y la perfección de las incubadoras, olvidaron el huevo y su razón de existir.

Lewis Mumford: “¡Normalicen el consumo!”, Técnica y civilización (1934). Versión española de Constantino Aznar de Acevedo, 1971.

Nada es imposible

Galería

[…] Sería un gran error el buscar enteramente dentro del terreno de la técnica una respuesta a todos los problemas que ella misma ha suscitado. Pues el instrumento solo en parte determina el carácter de la sinfonía o la reacción del auditorio: el compositor, los músicos y el auditorio también han de ser tenidos en cuenta.

¿Qué diremos de la música que se ha producido hasta ahora? Mirando hacia atrás a la historia de la técnica moderna, se observa que a partir del siglo X los instrumentos han estado rascando y afinándose. Uno por uno, antes de que se encendieran las luces, nuevos miembros se añadieron a la orquesta y se esforzaron por leer la partitura. Hacia el siglo XVII se había reunido los violines y los instrumentos de viento de madera, y tocaban en sus altas notas el preludio a la gran ópera de la ciencia y la invención mecánicas. En el siglo XVIII acudieron los cobres a la orquesta, predominando los metales sobre la madera. Se inició la sinfonía que sonó en todas las salas y las galerías del mundo occidental. Finalmente en el siglo XIX, la voz humana misma, hasta entonces sometida y silenciosa se oyó tímidamente a través de las disonancias sistemáticas de la partitura, en el preciso momento en que los imponentes instrumentos de percusión se introducían. ¿Hemos oído la obra completa? Ni mucho menos. Todo lo que ocurrido hasta ahora ha sido un ensayo, y al fin, reconocida la importancia de los cantantes y el coro, tendremos que tocar la música de manera diferente, sometiendo los cobres insistentes y los timbales y concediéndole más importancia a los violines y las voces. Pero si esto llega a ser así, nuestra tarea es aún más difícil, pues tendremos que volver a escribir la música en el momento de tocarla, y cambiar al director y reagrupar a la orquesta en el momento preciso en que estamos rehaciendo los trozos más importantes. ¿Imposible? No, pues por mucho que la técnica y la ciencia modernas hayan fallado en sus posibilidades inherentes, han enseñado a la humanidad por lo menos una lección: nada es imposible.

Lewis Mumford: “Resumen y perspectivas”, Técnica y civilización (1934). Versión española de Constantino Aznar de Acevedo, 1971.

Opresión

Galería

[…] Porque hay una opresión a nivel de poder, hay una opresión también a nivel cultural.

[…] La opresión va de la regulación del individuo y de sus comportamientos a los medios y la difusión extrema de un sistema de producción y de consumo forzado y presente en todas partes. Esta opresión, para persuadir y coaccionar, se sirve de la burocracia y de sus impedimentos, de los formularios, de los impresos, de modos de hacer y de los plazos de pago, un continuo sistema de distracción del individuo. El hombre ya no tiene la disponibilidad de sí y de su propio tiempo […], sin embargo, tiene una ocupación que despilfarra un montón de tiempo y que constituye además una opresión mental. Evidentemente, el individuo actual vive más, más tiempo, pero no se sabe si vive más feliz que un individuo de ayer y creo que se trata de una cuestión muy difícil. En el pasado el poder tenía argumentos mucho más crueles y vulgares y bestiales para hacerse obedecer. Evidentemente a quien le caen los golpes o se ve sometido durante horas a un interrogatorio, deslumbrado por la lámpara, sufre una tortura; pero quien se ve bombardeado cotidianamente por el vídeo con tiempos de visión de cinco o seis horas al día, sufre un condicionamiento que es desde luego menos perceptible en apariencia pero en realidad más sutil y más dañino.

Se ha hablado mucho de las cámaras de gas de Hitler, pero ya está claro que desde hace años todas las ciudades del mundo se están convirtiendo en cámaras de gas. En las de Hitler prevalecía el principio de la solución rápida y en las cámaras de gas del mundo prevalece el sistema del envenenamiento profundo y lento que en cualquier caso es envenenamiento del individuo. […]

Creo que duración de la vida, calidad de vida y calidad de lo vivido están atravesados por una relación parangonable a la existente entre temperatura y humedad. No basta con dar un simple dato duración o temperatura. La temperatura se experimenta por el físico humano en relación a la humedad. ¿Qué decir de esos enfermos terminales contra quienes a menudo se infiere el encarnizamiento terapéutico? […]

 Pienso que el riesgo de evanescencia está en el género humano en sí mismo y por sí mismo, como lo tenemos ante nuestros ojos. Cada vez estoy más perplejo sobre la capacidad de resistencia del género humano y que debería manifestarse directamente en el hombre oprimido por mil sistemas informáticos y robotizantes. Actualmente el hombre da más bien la impresión de querer integrarse también en el nivel espiritual en los sistemas de integración planificados y ministeriales. Mira su aquiescencia a la moda y al conformismo. O bien, irracionalmente, va hacia el lado opuesto, va en busca de evasiones místicas. […]

Si el hombre no quiere salir del consumismo más o menos coactivo y no quiere recaer, más allá de aquel, en otros esquemas de condicionamiento psíquico, estaremos obligados a renunciar a las buenas esperanzas que siempre hemos tenido en el género humano, en la condición humana, en la aspiración a la igualdad y otras cosas.

Enrico Baj: “Popper y la quintupletta’ (extracto), en ¿Qué es la ‘patafísica? (1994).