Marihuana

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Las drogas han existido siempre y todas las civilizaciones y culturas las han usado para distintos fines: en rituales, ceremonias religiosas y profanas, como medicina y, por supuesto, con objetivos meramente lúdicos. Con el auge de las religiones monoteístas se consideró que estas alteraban la mente y comenzaron a ser demonizadas. En tiempos de la Inquisición se creía que la mandrágora o la belladona –plantas que pueden llegar a tener efectos alucinógenos– eran las que hacían volar a las brujas. Y a la hoguera que iban las pobres. Hasta entonces el consumo de drogas era una cuestión moral. En el siglo XIX, de la mano del Romanticismo, se produce una liberalización de las costumbres y en la prensa de la época encontramos anuncios de todo tipo de sustancias que luego se prohibirían. Entre ellas, por supuesto, la marihuana, que es la sustancia psicoactiva de la que queremos hablar en esta entrada.

¿Por qué se prohibió? Entre otros motivos, están los intereses de la industria textil, que en la década de 1930, tras el descubrimiento de fibras sintéticas como el nailon, el cáñamo –planta de la que se obtiene (aunque la de uso industrial tiene una muy baja concentración de aceites ricos en THC, principal constituyente psicoactivo del cannabis)– el cáñamo era un firme competidor. Pero también el cáñamo industrial se consumía fumado o en infusión. No eran tantos sus efectos pero algo hacía. En mi pueblo, Muro d’Alcoi, al norte de la provincia de Alicante, donde la industria del cáñamo tuvo cierta importancia desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX, en la memoria popular queda constancia de su presencia y de su uso como estupefaciente. Así, la expresión dur un canyamó es una frase coloquial que equivale a decir que uno va “colocado”.

La razón última de su prohibición, no obstante, estriba en que la marihuana tiene efectos liberadores y ello hace más difícil la docilidad y la sumisión. Placer y trabajo, placer y moral, siempre han estado reñidos. No es la ‘salud pública’ la que preocupa, es la del trabajador, que ha de estar en condiciones para producir. El riesgo de la marihuana no puede ser otro que el derivado del hecho de que los consumidores se sientan mejor, más felices, más propensos al placer y más reticentes a las férreas disciplinas laborales a cambio de míseros salarios y los abusos de la autoridad.

Por supuesto, el consumo de la marihuana continuó –y continúa– desde que se prohibió este en 1937 en Estados Unidos (Marihuana Tax Act) y luego fue extendiéndose al resto de países. Harry J. Anslinger, impulsor de la ley, alegaba como razones para su prohibición las siguientes (entre otras).

“Hay unos 100.000 fumadores de marihuana en los Estados Unidos y la mayoría son negros, hispanos, filipinos y artistas. Su música satánica, el jazz y swing, es resultado de su consumo de marihuana. La marihuana hace que las mujeres blancas busquen relaciones sexuales con negros, artistas y cualquier otro”.

“La razón primaria para prohibir la marihuana es su efecto en las razas degeneradas”.

“La marihuana es una droga adictiva que produce en sus usuarios locura, criminalidad y muerte”.

“La marihuana hace que los oscuros crean que son tan buenos como los blancos”.

“La marihuana lleva al pacifismo y el lavado de cerebro comunista”.

“Si fumas un porro, es probable que mates a tu hermano”.

Frases sacadas del artículo “Historia de la ilegalización del cannabis”. Se puede encontrar en internet en diversas páginas.

La prohibición, obviamente, como ya ocurriera con la del consumo de alcohol durante la ley seca, no frenó su consumo. Las razones en que se apoyaba –por mucho que se les haya querido dar después una pátina científica– con el tiempo han mostrado ser injustificadas e indefendibles. Además, desde el punto de vista terapéutico se ha probado que sus efectos beneficiosos para la salud son múltiples. Por ello, algunos países han comenzado a cambiar la legislación al respecto. En Holanda se permite su compra y consumo en pequeñas cantidades a través de los coffee-shops. También en los estados norteamericanos de Colorado y Washington. En Uruguay es legal su venta y cultivo. También en Corea del Norte. Otros países –como Suiza, Alemania, Bélgica, España y Portugal– han despenalizado su consumo, aunque no su tenencia. Y poco más.

Las voces a favor de una legislación más permisiva inciden especialmente en los beneficios de la marihuana con fines medicinales. Pero no es del uso terapéutico de lo que quiero hablar, sino de su uso lúdico. Ese es, en última instancia, el que realmente impide que se legalice la marihuana a todos los efectos. Para defender la libertad de cada uno a consumirla cuándo y cómo le venga en gana recurriré al pensador y filósofo Antonio Escohotado. Conocido por sus posiciones antiprohibicionistas, es autor –dentro de una vasta producción– de Historia general de las drogas (1983, 3 vols.) y El libro de los venenos (1990), un pequeño vademécum personal, histórico y científico de aquellas sustancias comúnmente denominadas drogas.

Escohotado afirma –no solo él, dicho sea de paso– que la toxicidad de la marihuana fumada es insignificante. “No se conoce ningún caso de persona que haya padecido intoxicación letal o siquiera aguda por vía inhalatoria, dato que cobra especial valor considerando el enorme número de usuarios cotidianos”. Y eso que alguna de la que se vende es de dudosa calidad, especialmente la transformada en hachís (la resina). Sin embargo, cuando es de calidad “cabe esperar claros cambios en la esfera sensible. Se captan lados imprevistos en las imágenes percibidas, el oído –y especialmente la sensibilidad musical– aumentan, las sensaciones corporales son más intensas, el paladar y el tacto dejan de ser rutinarios”. Ello nos desinhibe, y cuando alguien se desinhibe se libera de temores. He aquí el “peligro”. Incitar a la persona a hacer cosas que siempre quiso hacer y no se atrevió.

“Como fármaco recreativo –prosigue Escohotado–, la marihuana tiene pocos iguales. Su mínima toxicidad, el hecho de basta interrumpir uno o dos días el consumo para borrar tolerancias, la baratura del producto en comparación con otras drogas y, fundamentalmente, el cuadro de efectos subjetivos probables en reuniones de pocas o muchas personas, son factores de peso a la hora de decidirse por ella. Promociona actitudes lúdicas, a la vez que formas de ahondar la comunicación, y todo ello dentro de disposiciones desinhibitorias especiales, donde no se produce ni el derrumbamiento de la autocrítica (al estilo de la borrachera etílica) ni la sobreexcitación derivada de estimulantes muy activos, con su inevitable tendencia a la rigidez. A esos efectos, el inconveniente principal son los ‘malos rollos’ –casi siempre de tipo paranoide– que pueden hacer presa en algún contertulio. Sin embargo, esos episodios quedan reducidos al mínimo entre usuarios avezados, y se desvanecen fácilmente cuando los demás prestan a esa persona el apoyo debido”. ¿Y si se fuma en soledad? En este caso, dice Escohotado, “el lado a mi juicio más interesante es lo que W. Benjamin llamó ‘un sentimiento sordo de sospecha y congoja’, gracias al cual penetramos de lleno en zonas colmadas por lucidez depresiva. El entusiasmo inmediato, tan sano en sí, suele contener enormes dosis de insensatez y vanidad, que se dejan escudriñar bastante a fondo con ayuda de una buena marihuana. Por supuesto, muchas personas huyen de la depresividad como del mismo demonio, y considerarán disparatado buscar introspección en sustancias psicoactivas. Pero otros creen que convocar ocasionalmente la lucidez depresiva es mejor que acabar cayendo de improviso en una depresión propiamente dicha, cuando empieza a hacer aguas la frágil nave de capacidad y propia estima”.

Concluyendo: la marihuana apenas es tóxica, no nos lleva a la irrealidad (todo lo contrario), agudiza los sentidos, no dificulta la atención ni distorsiona la percepción, incrementa la sensibilidad, nos libera de ataduras, refuerza la introspección (otra cosa es que uno tema enfrentarse a sí mismo), relaja y tranquiliza, desinhibe, no aísla, y, por supuesto, no conduce a la toma de otras drogas que sí son dañinas (o más dañinas; hasta el agua puede ser dañina si toma en exceso).

Servidor de ustedes lleva años fumando habitualmente marihuana. Buena, eso sí. Durante esos años –y entre otras cosas– he escrito y publicado varios libros, he dirigido obras colectivas (entre ellas la Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana, que consta de 18 volúmenes y en la que colaboraron más de doscientas personas) y una revista (Taller d´història), he pronunciado conferencias y charlas, he participado en congresos y seminarios, realizado excavaciones arqueológico-industriales, he trabajado en un museo (el de Etnología de Valencia) y he sido profesor universitario.

Fumar marihuana no me ha impedido llevar a cabo todo ello. Jamás he tenido ningún problema ni nadie ha manifestado la menor queja acerca de mi comportamiento profesional. ¿Qué a usted no le sucede esto? Pues es muy fácil: no fume. Pero que nos dejen en paz a quienes consideramos que es una fuente placer y lucidez que incluso puede llegar a enriquecernos vitalmente. Es una cuestión de responsabilidad individual. Ahora bien, si uno tiene una vida miserable la marihuana no lo solucionará. En este caso, mejor olvidarla.

Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus

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Me indigna la iniquidad con que se está tratando a los niños durante la pandemia de coronavirus. Desatino, despropósito, necedad… Cualquier calificativo se queda corto. Ni tiene pies ni cabeza, ni base científica alguna. Hoy, después de 43 días de cautiverio –que se dice pronto–, los niños españoles pueden volver a salir a la calle. Eso sí, con un montón de restricciones.

Me he asomado unas cuantas veces a la terraza, pero sin éxito. La mía es una calle poco transitada, muy tranquila. Me hubiese gustado ver –aunque ni desde mi terraza ni desde ningún otro sitio habría sido posible– un paisaje como el que describen los Hermanos Grimm en El flautista de Hamelín, en el que los niños salieran de sus casas corriendo como pollos en un gran gallinero cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, todos los muchachos y las jovencitas, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas, y numerosos piececitos corriendo y batiendo el suelo, escuchar los menudos zapatitos repiquetear, muchas manitas palmotear, y contemplar cómo el bullicio va en aumento a medida que trascurre la mañana. Son estas palabras de los Grimm que he adaptado a conveniencia.

Se mire por donde se mire, lo que está haciendo con los niños es dislate cuyas consecuencias sobre su salud física y mental es imposible evaluar, ya que una situación así no tiene precedentes. Y lo más irritante es que todo esto se hace por si acaso. La socióloga Ainhoa Flecha, en un artículo publicado en El Salto el 23 de abril, “No son vectores, son niños y niñas”, dice: “Hoy por hoy, afirmar categóricamente que los niños no son un vector de contagio importante del sars-covd-2 sería poco prudente, tan poco prudente como afirmar que sí lo son o que este encierro no les va a afectar. Frente a la falta de datos, hay quienes consideran que más vale ser cautos y confinarlos ‘por si acaso’.” Poderoso motivo. ¡Por si acaso! ¡Cágate lorito! “Sabemos, por ejemplo –sigue Flecha–, que ‘los hombres’ juegan un papel importante en las agresiones sexuales. En realidad, sabemos que son unos pocos hombres, pero como no sabemos quiénes son exactamente ¿sería justificado que confináramos a todos los hombres, culpables e inocentes, de 20h a 7h indefinidamente ‘por si acaso’? Los asaltos nocturnos probablemente se reducirían y muchas nos sentiríamos más seguras al volver a casa, pero ¿sería aceptable?”.

Es comúnmente admitido que los problemas psicológicos que se manifiestan en los adultos tienen su raíz en la manera que se ha desarrollado nuestro comportamiento durante los primeros años de vida. Yo me pregunto qué va a pasar especialmente con los peques, como les va a afectar este despropósito. Es de suponer que querrán ir al parque, a jugar. En el parque no se puede, le tendrá que decir su acompañante. O si se puede, pero de ningún modo en la zona de juegos, como aquí en Valencia, donde al parecer somos un poco más sádicos. Imaginen, que no es mucho imaginar, que una de estas personitas ve casualmente ve a un amiguito o amiguita. Querrá acercarse. ¡No hagas eso! O que una persona adulta querida por ellos se cruza en su camino. Es lógico que traten de correr hacia ella. ¡Cuidado! Y la persona en cuestión se aparta de ellos. ¿Cómo les explicas a los peques ahora todo esto después de 43 días encerrados? Y, sobre todo, ¿cómo repercutirá en su salud, como afectará a su carácter y personalidad?

En un artículo titulado “El confinamiento infantil no tiene base científica”, publicado en CTXT. Revista Contexto el pasado 21 de abril, que firma la doctora Ewa Chmielewska, muy bien documentado, señala la autora que los estudios científicos recientes basados en el análisis del Covid-19 en poblaciones reales muestran que los niños se infectan menos que los adultos y que la tasa de transmisión en ellos es menor. “La tentación de prescribir el confinamiento total de los niños ante la falta de datos al respecto es por eso una reacción cruel e irracional, basada en los prejuicios acerca de la infancia propios del adultocentrismo más agresivo. […] No parece importar el daño que a corto y a largo plazo supone este encierro irracional de los niños y niñas, un colectivo que por definición no tiene derecho a autorepresentarse y al que parece que, ahora, ni sus propios padres pueden representar”.

En cambio, en el BOE extraordinario del 25 de abril sobre la regulación de la salida de los niños menores de 14 años, se dice que “una salida controlada de la población infantil puede reportar beneficios asociados a un estilo de vida más saludable, prevenir algunos problemas asociados al mantenimiento prolongado del estado de alarma, como puede ser la mejora de la calidad del sueño o la síntesis de vitamina D, así como una mejora en el bienestar social o familiar”. Así, con dos cojones, sin rubor alguno.

Ni son vectores los niños ni puede sostenerse que el confinamiento domiciliario no tiene repercusiones importantes sobre su salud, como se deduce de lo publicado en el BOE. “La reclusión domiciliaria estricta de siete millones de niños y niñas es un experimento cuyas consecuencias se desconocen. Sin embargo, disponemos de revisiones científicas que reportan secuelas a medio y largo plazo ─incluyendo insomnio, depresión o estrés postraumático─ en personas confinadas durante nueve días, con diferencias significativas por cada día adicional” (Flecha).

Sostiene Chmielewska que “afirmar, como hacen algunos expertos, que los niños son resilientes y sobrevivirán a esta crisis sin mayor problema es uno de los clichés que más se repiten durante estas semanas. Sostener que los daños que sufren los niños por culpa del confinamiento son pasajeros es algo así como justificar el uso transitorio de la violencia o el maltrato: como si dijéramos que recibir una bofetada de vez en cuando no supone un problema o que el ambiente de violencia doméstica que muchos niños tienen que soportar estos días en una intensidad superior a lo habitual no les causará perjuicio alguno. Lo que numerosos psicólogos y educadores sostienen es que el encierro en casa afecta directamente el desarrollo físico y neuropsicológico de los niños”.

La gravedad de los efectos que este encierro a largo plazo sobre los niños no puede, por tanto, evaluarse aún. Mas sí se sabe cuáles son estos en casos de encierro prolongado en adultos. Chmielewska alude a ejemplos como los de los astronautas o científicos de expediciones polares. Javier Salas, citando en El País a Larry Palinkas, psicólogo de la Universidad del Sur de California, habla de fenómenos como ‘empanada mental’ o ‘hibernación cerebral’, algo que el citado científico asocia con trastornos de sueño, ‘desaceleración del cuerpo y la mente debido a la estimulación restringida’ o ‘signos de pequeño deterioro del funcionamiento cognitivo’. “Si estos son los efectos del encierro en los adultos –continúa Chmielewska–, ¿es ético asumir que no se darán en los niños? ¿Es justo arriesgar que este tipo de ‘deterioro cognitivo’ se produzca en un organismo que está todavía en fase de desarrollo cognitivo? Podríamos pensar también en otros posibles problemas, tales como el efecto que la reducción de los estímulos visuales tiene en bebés, cuyo desarrollo de las conexiones neuronales relacionadas con la vista depende de estímulos visuales exteriores. ¿Se desarrollará correctamente la vista de un bebé si se limita su campo de visión a apenas unos metros durante varios meses? ¿Qué sucederá si esta situación se alarga? Igualmente, conviene tener en cuenta los efectos negativos que para el desarrollo de los menores supone la privación de la educación y la sociabilidad. […] A medida que pasan los días, hay también cada vez más publicaciones que alertan sobre el impacto del cierre de escuelas y del distanciamiento social en la salud mental de los niños, como por ejemplo el artículo de Joyce Lee publicado el 14 de abril en The Lancet: “Mental health effects of school closures during COVID-19”.

Ainhoa Flecha, madre, como Chmielewska, que también muestra la misma preocupación, apunta: “Somos muchas las que, estando 24h al lado de nuestros hijos e hijas, los vemos cada día más irritables y ansiosos, menos activos, más apáticos. Estudios preliminares que se están publicando revelan el incremento del tiempo de uso de pantallas, una reducción drástica del ejercicio físico y un empeoramiento de los hábitos alimenticios. Sabemos también que muchos menores viven en pisos sin luz natural ni espacio suficiente y que muchos otros sufren violencia y/o abusos sexuales en casa”.

Una vez más la pandemia de coronavirus, y la forma de gestionarla, pone de manifiesto “la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza” (Stella Calloni, Red Voltaire, 24 de marzo), la miserabilidad de una sociedad cada día más desigual, más elitista y excluyente. Como siempre, los efectos de una situación de crisis se ceban en los sectores más desfavorecidos. En el caso que nos ocupa, los niños cuyos padres tienen un buen nivel de ingresos económicos gozan de unas ventajas de las que carecen los demás. No es lo mismo una familia –pongamos padre, madre y dos hijos– que vive en un pequeño piso que una de iguales características que disfruta de una confortable y amplia vivienda con terraza o jardín. Ni siquiera la convivencia puede ser igual. No es lo mismo la familia que no tiene preocupaciones económicas que la que ya le cuesta llegar a fin de mes o no llega y ve cómo se abre un futuro cada día más incierto. Y, por supuesto, la convivencia entre los miembros de la familia será más tensa y difícil en el último caso. Por no hablar de la alimentación, los recursos tecnológicos para hacer los deberes escolares, el apoyo de los padres con conocimientos al respecto o con los medios suficientes. Esta desigualdad dentro de la desigualdad general que sufren los niños en su conjunto tampoco parece importar gran cosa. Según la norma del BOE que regula la salida de los niños a la calle, estos pueden hacerlo con un adulto responsable, entendiendo como tal “aquella persona mayor de edad que conviva en el mismo domicilio con el niño o niña actualmente, o se trate de un empleado de hogar a cargo del menor”. En este último caso, no es indispensable que el cuidador conviva en el hogar del menor, pues como es bien sabido ¿qué familia española no tiene cuidador o cuidadora en casa? ¡Por favor!

En fin, que estoy muy cabreado. Me gustaría ser un nuevo flautista de Hamelín y que los niños y niñas me siguieran al son de mi música. No que tocaría el flautista. Nosotros cantaríamos estos versos de Celaya, musicalizados, aunque él no los escribiera pensando en los niños:

Nosotros somos quien somos.

¡Basta de Historia y de cuentos!

¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado,

ni damos cuerda al recuerdo.

Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.

Somos un río derecho.

Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.

Somos a muerte lo ibero

que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,

transformándonos crecemos

y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora

de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

La visión del mundo de Goethe a través de sus máximas y reflexiones

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Si yerro todo el mundo puede darse cuenta; si miento, no.

En el mundo lo que importa no es conocer a los hombres, sino ser, en el momento adecuado, más listo que los demás. Todas las ferias y todos los que pregonan su mercancía dan prueba de ello.

Cuando el hombre reflexiona sobre su condición física o moral, habitualmente se halla enfermo.

El favor como símbolo de soberanía lo practican los débiles.

La suciedad es esplendorosa si el sol luce.

Los indios de los desiertos hacen voto de no comer pescado.

Somos tan estrechos de miras que siempre pensamos que tenemos la razón; y es así que podemos imaginar un espíritu tan extraordinario que no tan solo yerre, sino que incluso encuentre placer en el error.

Cuando perdemos el interés, perdemos también la memoria.

El mundo es como una campana partida: hace ruido, pero no suena.

Si tuviéramos que estudiar todas las leyes, no tendríamos tiempo para transgredirlas.

Aquel que tiene un contacto frecuente con niños se dará cuenta de que no hay acción externa sobre ellos que no produzca siempre la correspondiente reacción.

Realmente solo sabemos cuando sabemos poco; con el saber crece la duda.

Todo nuestro arte consiste en renunciar a nuestra existencia por tal de seguir existiendo.

La verdad contradice nuestra naturaleza; el error, en cambio, no. Y eso por una razón muy simple: mientras que la verdad exige que reconozcamos nuestra limitación, el error nos halaga, haciéndonos creer en uno u otro sentido que somos ilimitados.

Todos los hombres, tan pronto alcanzan la libertad, hacen valer sus carencias: los fuertes la exageración, los débiles la dejadez.

En el mundo hay muchas cosas buenas y excelentes, pero eso no se pueden palpar.

No hemos de preguntarnos si existe plena coincidencia, sino si caminamos en el mismo sentido.

¡Cabría al menos pensar si no se puede pensar aquello que pensamos!

¿Qué clase de época es esta que hemos envidiar a los muertos?

Los sentidos no engañan, engaña el juicio.

Con las personas que en principio me importan siempre estoy de acuerdo; al resto ya no les aguanto nada, y eso es todo.

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Extraído del libro J.W.V. Gothe. Màximes i reflexions, Albatros Edicions, 1992.