La muerte de Roque

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Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.

Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.

Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.

La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

Reseña de “El corto tiempo de las cerezas”

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No es una novela de ficción dentro de un entorno histórico concreto, sino que el autor, Manuel Cerdá, nos cuenta la historia de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX introduciendo unos personajes de ficción que le dan interés al relato, sin perder nunca el rigor historicista, a lo que, de otro modo, sería un frío relato histórico. Algún crítico lo ha comparado con Ken Follet, con ciertas matizaciones. Para mí las matizaciones son: en primer lugar, que Manuel Cerdà, como historiador que es, ha puesto el rigor histórico y la ética personal del historiador por encima del interés literario, sin que ello, y aquí radica el mérito, disminuya el interés de la novela. En segundo lugar, Manuel Cerdà es un humanista, un experto en cualquier manifestación artística […]

Quien habla en términos tan elogiosos de mi novela El corto tiempo de las cerezas es Josep Castelló i Vives en una reseña que publicó en su blog Trepig ayer, 10 de enero. Josep Castelló (Pedreguer, 1944) es un enamorado de su tierra y sus gentes, de su país y de su identidad, de la literatura y de las tradiciones de su pueblo y, sobre todo, de transmitir estas a sus hijos y, ahora, a sus nietos. Esta pasión le ha llevado a publicar Contes del pansero (2005), El tresor dels maulets (2008), El Montgó i l’esbarzer (2009) y El drac Ocaive (2018), que se enmarcan dentro de la literatura juvenil.

Josep Castelló es también, y ante todo, mi amigo, circunstancia esta que espero que nadie considere el principal motivo de su reseña. Yo sé que no es así, que su honestidad no se lo permitiría y que lo que ha escrito es lo que siente. Y esto hace que –independientemente de sus amables palabras hacia mi novela– su reseña haya sido una entrañable sorpresa para mí. Así pues solo puedo decir: moltíssimes gràcies, benvolgut Josep.El corto tiempo de las cerezas está disponible en edición de papel y ebook. Para conseguirla cliquen AQUÍ.

En Whitechapel con el cortador de cabezas

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Samuel deambuló por las iluminadas calles cercanas al teatro. Era de noche, una noche rara para Londres, calurosa y estrellada. A medida que avanzaba hacia el este, las calles se estrechaban y perdían resplandor y esplendor. No sabía dónde estaba, pero el silencio, la soledad, el abandono, la oscuridad, le indicaban que había elegido una mala ruta. La miseria no está lejos del bienestar, pensó Samuel, que apenas había caminado una hora. Junto al pestilente canal de Soochow Creek vio dos cadáveres abandonados a las puertas de un edificio. Era la morgue. […]

Se hallaba en pleno East End, en el distrito de Whitechapel […]. Numerosas prostitutas poblaban las calles, unos viejos faroles con cristales tan sucios que apenas dejaban traspasar la ya de por sí tenue luz que desprendían, señalaban la presencia de diversos antros, lóbregos y peligrosos para cualquier extraño.

Entró en uno de ellos. Tuvo que atravesar un oscuro patio al fondo del cual se distinguía una exigua luz en una puerta que daba acceso a una sala de variedades sin nombre alguno. En la fachada solo se leía en una vieja chapa oxidada de latón Music-hall. Era un local sucio, con el suelo de tierra lleno de porquería. El mostrador estaba cargado de botellas y el resto de la sala permanecía casi a oscuras. Toda clase de sujetos, la mayoría andrajosos, tan sucios como el resto del local, viejos casi todos ─o sumamente desgastados por el paso del tiempo─, bebían cerveza en grandes cantidades, y whisky, acompañados algunos de viejas prostitutas, de ajados rostros y grises cabellos adornados con rosas marchitas, con la blusa abierta, que ofrecían sus servicios y los de algunas jóvenes de unos catorce o quince años, de lívidas mejillas, vestidas con mugrientas y raídas sedas y terciopelos, todo ello en medio de un griterío infernal.

Un par de jovencitas se quitaban la ropa al son de conocidas melodías a las que el propio dueño del local ponía letra, pues nadie tenía dinero suficiente para pagarse un letrista.

―¿Le gustan? ¿Quiere pasar un buen rato con alguna de ellas? ¿O prefiere…? ─le preguntó un sujeto con evidentes síntomas de embriaguez.

―Deja al señor en paz ─escuchó que decía alguien.

Un hombre que tendría más o menos la edad de Samuel, al menos de apariencia, de rostro cuarteado, curtido por el sol, sin afeitar, cuya afilada mirada, férrea y agresiva, reflejaba un temperamento duro, recriminaba al pesado beodo. Sus modales respondían a los de un tipo rudo, a la vez que astuto y osado, puede que temerario y cruel. Vestía una amplia y sucia camisa azul y viejos y anchos pantalones negros que sujetaba con un gran cinturón del que pendía un machete. […]

―Ande, tome una copa conmigo, no sabe dónde se ha metido. Aquí, si no va con cuidado, le robarán hasta el alma. […] Permítame que me presente. Me llamó, Skull.

―¿Skull? ─preguntó Samuel extrañado─. No me cuadra con su acento. ¿De dónde es usted?

―Soy argentino, señor mío. Skull es como me conocen todos aquí, así que ese es mi nombre. ¿No sabe qué significa Skull? ─Samuel se encogió de hombros─. Cráneo, amigo, significa cráneo, cabeza.

―Por su sensatez, supongo. Veo que sabe obrar con cautela.

―No señor, no. ¡Sensatez! ─y soltó una enorme risotada─. Con eso no hubiera llegado a ningún sitio. Por las cabezas de los demás. ¿No ha oído hablar de los coleccionistas de cráneos?

Samuel le miró de arriba abajo. Advirtió el machete.

―¿Se dedica a cortar cabezas humanas? ─preguntó atónito.

―¿Humanas? ¡Jamás! ¡Andá a la reconcha de tu madre! ¿Por quién me toma usted? De todos modos, cabezas ya no se cortan apenas, ahora se prefiere el bicho entero. No me confunda con uno de esos desesperados aventureros que están a la que caiga. Soy un hombre de negocios. Verá. Yo era cazador de animales y los vendía a los zoológicos, pero pronto la gente se cansó de ver fieras, ya no era novedad, quería otras cosas. Me dediqué entonces, le hablo de hará unos veinte o veinticinco años, a lo que algunos ignorantes llaman zoos humanos. Tiene narices la cosa. ¿Humanos? Si así fuera, quien acudiera a ver a los salvajes es que no se diferencia de ellos. No, amigo, no. Yo cazo bichos de apariencia humana.

―Recuerdo haber visto en París…

―¿En París? Entonces, sí. Debe haber visto en el jardín de no sé qué…

―El Jardín de Aclimatación.

―Eso es, amigo. ¡Un éxito! Estuvo usted allí, claro. Todo el mundo pasó por el dichoso jardín ese. ¿Qué vio?

―No recuerdo el nombre de su… ¿especie?

―Digamos especie. Está bien.

―Aunque a mí me parecieron tan humanos como nosotros, el color de su piel algo rojizo, pero por lo demás…

―Creo adivinar que no le gustó.

―No. La verdad es que no. Había quienes les arrojaban alimentos o cualquier cosa para ver cómo reaccionaban. Reían a todo pulmón con su manera de comportarse. Vi cómo un grupo se desternillaba al ver una mujer enferma temblequeando en su choza.

―Serían los galibis, seguro. Fue un gran éxito. Pero le entiendo. Es usted una persona sensible. Mal asunto, amigo mío, este mundo no es para los sensibles. De todos modos, no se engañe, no son seres humanos. No es que se lo diga yo, lo dice la ciencia, y la razón. ¿Cree usted que un estado como el francés consentiría los asesinatos? Y no crea que es exclusivo de Francia, exhibiciones de este tipo se pueden contemplar en Hamburgo, Londres, Barcelona, Nueva York, Ginebra… ¿Se han vuelto todos locos acaso?

La mirada de Samuel reflejaba el desconcierto que sentía oyendo a Skull, no tanto por lo que decía como por la manera en que lo hacía.

―¿Le sorprende que hable así? ─prosiguió Skull─. Aquí donde me ve, tengo mi cultura y mis estudios de antropología. Unos empresarios circenses se pusieron en contacto conmigo precisamente por esto último. La gente estaba harta de ver animales, como le decía, ya no eran novedad alguna. Y así empezó la cosa. Luego me independicé. Nada de intermediarios, directamente con los máximos responsables. En 1881 el profesor Virchow, de Berlín, me encargó la captura de un centenar de primitivos de la Tierra del Fuego. Por supuesto, con el beneplácito de los gobiernos chileno y alemán. Era una misión científica. Primero fueron expuestos en diversas ciudades y, después, sirvieron para la experimentación en laboratorios y hospitales. Hasta el rey Leopoldo II de Bélgica me mandó a una misión para la Exposición Universal de Bruselas de hace cuatro o cinco años. Nada menos que casi trescientos negros del Congo, de todas las edades. Le traje también otros animales. En fin, un negocio como otro cualquiera, aunque duro y arriesgado, se lo aseguro. Qué hago en un antro como este, se preguntará. Reclutar gente para la próxima expedición. A África.

―Bueno, yo he de marcharme.

―Como quiera, amigo, pero antes acabe el vaso ¿no?

Samuel apuró el whisky de un trago e inmediatamente el camarero, desde detrás del mostrador, volvió a llenar el vaso. Samuel sacó un billete de cinco libras para que se cobrase y salir de allí.

―¿Qué hace? ¿Se ha vuelto loco? ─exclamó Skull al tiempo que cogía el billete, aún en la mano de Samuel─. Por menos, aquí pueden rebanarle el cuello. Esconda eso ─le metió las cinco libras en el bolsillo y le dio al mozo un par de chelines─. Aún sobra ─añadió─. Vamos, le acompañaré a la calle, pero antes permítame que le enseñe el suntuoso local al que le ha conducido su temeridad.

Skull cogió del brazo a Samuel y lo llevó a una primera estancia situada en el piso de arriba a la que se accedía por una escalera, junto a la entrada del establecimiento. La oscuridad era casi absoluta y le costó llegar a distinguir la gran cantidad de hombres y mujeres que descansaban, dormían o dormitaban en el suelo o apoyados en las mesas y bancos, echados unos sobre otros.

―Es gente que no tiene dónde caerse muerta, vienen aquí, toman una bebida cualquiera y pueden permanecer en esta habitación hasta el cierre el establecimiento. Ya ve, amigo, así es la vida. Ande, vámonos, le noto agobiado.

Una vez fuera, le indicó que fuese en línea recta hasta el final de la calle, siempre por el medio de la calzada, evitando los cruces con los oscuros callejones. Al final de la misma, nada más girar a la derecha, encontraría otro Music-hall de bastante mejor reputación que el acababa de abandonar y le sería fácil coger un coche.

Samuel hizo lo que el estrafalario personaje le aconsejaba. Llegando al extremo de la calle, sin embargo, vio bajo un farol una pequeña que no tendría más de cinco o seis años, sentada en el suelo, con un mendrugo de pan, con el que más jugaba que comía, seco y duro. Le miraba fijamente, con esa falta de pudor que caracteriza las miradas de los niños. No pudo más que detenerse. Aquel rostro demacrado, aquellos enclenques brazos y piernas, el vestido hecho jirones, las manos y cara sucias… Había visto tantos niños así, él era uno de ellos, y su amigo Esclafit, y sus hermanos, y tantos otros… […] Era una niña rubita, de grandes ojos que se hundían en el rostro, pero de mirada inexpresiva. Podría pasar por un ángel con un buen baño y ropa limpia, cambiar su aspecto costaría menos que una botella de champán, pero ¿y su mirada?, ¿cómo podría su mirada convertirse en la de una niña dichosa, feliz?, ¿cómo cambiar su vida? […] Samuel le sonrió, la niña hizo un gesto, una mueca cercana una sonrisa. Echó mano de la cartera, sacó un billete de cinco libras y cuando iba a entregárselo sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo, inconsciente.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

El origen del mundo

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Junto al velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.

―¿Ahí está el cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.

―Ya ve, ¿quién iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo chocho.

Les recibió un criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita, aunque más claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la muerte de sus suegros. Un bon vivant que, sin duda, decidió ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aun así, y a pesar de su estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres hacían.

A pesar de ser mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a Bonheur que les mostrase el Courbet.

―¡Ah! sí, el Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos, vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.

Se dirigió a una caja fuerte que había en un extremo de la habitación, giró varias veces la rueda de acuerdo con la clave numérica que, dijo, solo él conocía e introdujo una llave a continuación. La caja se abrió y Bonheur comenzó a sacar viejos papeles amarillentos que dejaba de cualquier manera en el suelo sin importarle que se desordenaran.

―Aquí está ─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que fumaba.

El príncipe, que seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:

―¡Por Dios, vaya con cuidado!

―Es mala la edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.

El príncipe no conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el paquete.

―Deben haberse pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que pruebe.

Bonheur alargó la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.

―No se preocupe, ya lo hago yo.

El tono de la voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía a desprenderse de él.

―Le ofrezco lo que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo que nadie ha pagado aún tal cantidad por un cuadro.

―No se trata de eso, excelencia.

―¿Ni por medio millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.

―Ni por uno tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo le prometí que lo mantendría a buen recaudo.

―¿Y qué ha sido de ella? ─preguntó Samuel.

―Ni idea. Hace tiempo que perdí el contacto.

[…]

―En fin, qué se le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato, ya de regreso a París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel.

―No sabe su alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la operación dada la rareza de carácter de Bonheur.

―¿Rareza de carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato, un cretino total. De todos modos, usted ha hecho todo lo posible y yo, al menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré recompensar debidamente su empeño.

Parecía que el príncipe se resignaba a marchar sin el Courbet.

―Por eso no se preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte. ¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del coño. Tal cual se lo cuento.

―Siempre disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.

―Si al menos lo disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra de tanta categoría.

―Bueno, robarlo sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni cuenta.

―Puede que hasta fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.

―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

Aristide Bruant: el hombre que insultaba a sus clientes

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Imaginen que entran a un cabaret, o a un local de ocio nocturno. Un hombre, sentado al piano, está cantando. Ustedes ocupan una mesa y hacen algo de ruido. Entonces, el hombre del piano, sin dejar de tocar, les dice que son unos maleducados. Más tarde, también durante la actuación, se levanta alguien –no importa el motivo– y este espeta: “Todos los clientes son unos cerdos, sobre todo los que se van antes de tiempo”. Pues así es como procedía durante sus actuaciones Aristide Bruant (1851-1925), un cantante francés de cabaret que componía sus propias canciones y llegó a interpretarlas en su propio local, el Mirliton, en París, en Montmartre.

Bruant llegó a París en 1866 y se estableció en Montmartre, por entonces lugar de encuentro de artistas y escritores consagrados que compartían espacio e inquietudes con jóvenes admiradores de su obra, ansiosos por ocupar un lugar en el mundo del arte y el espectáculo. “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”, cantaba en su canción Le Chat Noir. Y la consiguió. En este cabaret, Le Chat Noir, logró hacerse célebre, ganar dinero y abrir su local: el Mirliton.

Afiche de Bruant. Obra de Toulouse-Lautrec.

El día de la inauguración, en 1881, la clientela era tan escasa que podía contarse con los dedos de una mano. Aristide Bruant ─hombre procaz, desvergonzado, atrevido y buen comunicador─, que ya de por sí tenía un fuerte carácter, se cabreó como pocas veces antes y se metió con los presentes en el local, insultándoles. Para su sorpresa, nadie se molestó, antes al contrario: recibieron sus groserías con regocijo, reían la ocurrencia y le seguían el juego. Cada día era más complicado épater le bourgeois.

El ambiente que se respiraba en El Mirliton según un grabado contemporáneo del pintor y litógrafo francés Steinlen.

Bruant era también un avispado hombre de negocios. Así que siguió comportándose del mismo modo con los clientes. Y esta manera de obrar contribuyó, y no poco, a aumentar su popularidad y la del cabaret, que empezó a llenarse y siempre estaba a rebosar. A Bruant cada día le iba mejor. Su éxito fue fulgurante y pronto se retiró, marchando a Courtenay, donde vivió en una gran casa rodeado de perros y servidumbre mientras pasaba el tiempo con la caza y la pesca. El Mirliton, no obstante, siguió abierto y continuó proporcionándole buenos ingresos. Pero él ya no actuaba, sino que utilizaba dobles que vestían como él: chaqueta de terciopelo negro, camisa roja, bufanda roja larga y botas altas. Eso sí, el ritual era el mismo. Así, podríamos decir que, probablemente, Bruant fue el primero en vivir de su imagen.

**

Uno de los dobles de Aristide Bruant es uno de los personajes de en mi novela El corto tiempo de las cerezas. Una noche que Samuel Valls (protagonista de la misma) deambulaba por el distrito londinense de Whitechapel, en el East End, un desconocido le ayudó a salir de un embrollo en que, sin querer, se había metido. Resultó llamarse William Sutherland y era uno de los dobles de Bruant. No sospechaba entonces Samuel que acabaría convirtiéndose en su yerno, aunque algo barruntó cuando le presentó a Camila, su hija, en el Mirliton.

El corto tiempo de las cerezas está a la venta a través de Amazon.

Migrantes en la isla de Ellis

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El Bretaña se aproximaba a la bahía de Nueva York. Desde cubierta se veían cada vez más altos los edificios, se agrandaban por momentos.  El barco se detuvo en la isla de Ellis. La cercana estatua de la Libertad parecía darles la bienvenida. Samuel creyó que ya habían llegado, pero no era así. Allí solo desembarcaron los pasajeros de tercera clase, migrantes que habían dejado su país y con ello, creían, también su infortunio. Estados Unidos era para millones de trabajadores de finales del siglo XIX y principios del XX la tierra de las oportunidades, la esperanza de lograr una vida digna con su esfuerzo.

De pronto, junto al barco, entre vallas de madera, vio alineados ─no supo calcular el número, puede que un centenar─ a hombres, mujeres y niños, compañeros suyos de viaje de los que en ningún momento advirtió su presencia. La expresión de sus rostros, no obstante, le resultaba familiar: evidenciaban esa apatía que caracteriza a los perdedores, a los ya derrotados antes de emprender batalla alguna. ¿Dónde estaba toda esta gente?, preguntó al capitán. Abajo, son los que vienen buscando mejorar su suerte, los que viajan en tercera clase, no tienen acceso a las plantas superiores, respondió este. Claro, claro, entiendo, dijo Samuel.

El barco siguió hacia la bahía alta una vez que los pasajeros de tercera hubieran abandonado el buque para pasar los correspondientes exámenes médico y administrativo. Los nativos blancos estadounidenses de las clases media y alta no querían en sus tierras a inmigrantes de los pueblos eslavos o mediterráneos, ni semitas; para ellos suponían una carga o una amenaza para la seguridad de la cada día más próspera nación que hacía del progreso seña de identidad nacional.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas.

En el Café de Levante

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El Café de Levante, en la Barceloneta, no era, precisamente, uno de los lugares recomendables de la ciudad. Por supuesto, dicha aseveración podía aplicarse a la gente de bien. El resto encontraba allí, y en otros cafetines semejantes, un lugar donde olvidar por un rato las cotidianas desdichas. Entre sus parroquianos había traficantes de todo tipo de productos, rufianes que dejaban desplumado en un santiamén al más precavido, sobre todo si se prestaba a jugar a los dados, mujeres descarriadas y de costumbres relajadas, marineros de los buques anclados en el vecino puerto. Lo mejor de cada casa se reunía, o compartía espacio, en aquellos cafetines, luego cafés-cantante, que poco tenían que ver con los lujosos cafés del centro y del ensanche de Barcelona. Su fachada era poco llamativa ─un simple cartel anunciaba su existencia─ y su interior sobrio y no demasiado espacioso, aunque generalmente abarrotado, sin apenas decoración: solo un mostrador, mesas y sillas, todo de madera de pino; como mucho una sala de billar, cuyo tapete verde se aprovechaba para que sobre él rodaran los cúbicos dados en vez de las esféricas bolas. Tampoco la iluminación ─de quinqués de aceite─ podía competir ─por otra parte, ni mucho menos lo pretendía, había poco que mostrar─ con la de gas de los establecimientos de clientela más selecta. Nada de bebidas exóticas o de moda; vino y aguardiente, sobre todo aguardiente, se consumían en grandes cantidades. Una cosa, no obstante, tenían en común: la satisfacción de la sensualidad, al menos a juicio de Samuel: ¿Ves? Aquí solo vale la complacencia de los sentidos, la gente viene a beber o a fornicar y consigue ambas cosas sin reparar en su coste.

A su lado, en una mesa, unos marineros que hablaban en un idioma que Samuel desconocía ─alemán, le dijo Yákov que era─, ebrios, hacían corro alrededor de una mujer de unos treinta y pocos años, demacrada, desgreñada, vestida solo con camisola y enaguas, que cantaba coplas de lo más obscenas. Los alemanes no entendían nada de las letras, pero sí el procaz lenguaje corporal de su intérprete. Risoteaban y gritaban, estruendosos. Aplaudían cualquier gesto obsceno y animaban a la mujer a desprenderse de la camisola, toqueteándola por todas partes. A la llamada de la generalizada jarana, viendo que corría el alcohol y que los marineros no refrenaban para nada sus impulsos, como evidenciaba el constante entrar y salir de las manos en los bolsillos en busca de cuartos, otras muchachas ─alguna muy joven, puede que ni llegase a los quince años─ se sumaron a la juerga y al vaciado de sus bolsas. Dos de ellos, que todavía mantenían la conciencia suficiente para contar los cuartos, besaban a las chicas alocadamente mientras sus manos se perdían bajo faldas, camisolas y refajos. Mira, mira, qué tetitas más lindas, decía uno ─así al menos lo tradujo Yákov─ mientras le subía la camisa a una jovencita y dejaba sus lozanos y turgentes pechos al aire entre las risas de los presentes y de la propia protagonista, que se tapó inmediatamente. Todos bebían sin mesura. La mujer que cantaba pronto dejó de hacerlo, mientras uno le sujetaba la cabeza otro vertía en su boca un vaso de aguardiente. Ella no oponía resistencia, su capacidad de aguante se había esfumado hacía tiempo. Otra canción, otro vaso, o más de uno, hasta caer al suelo absolutamente borracha. Entonces se la llevaron un par de marineros, los alrededores del Café de Levante disponían de numerosos recovecos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015, nueva edición 2019).