No decirle mariquita

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“No decirle mariquita, que tiene nombre también”. Así comienza esta sevillana compuesta por José Valladares que interpreta él mismo. Estoy convencido de que lo hizo con toda su buena voluntad, pero le salió un dislate de proporciones considerables. ¿Qué culpa tiene el pobre homosexual si “Dios quiso hacerle hombre cuando venía para mujer”?, se pregunta. No tiene culpa de que “su madre le pariera mariquita”. Él es “bueno y decente”, y “devoto y creyente”. Total, que quería hacer una canción en defensa de la homosexualidad y compuso una sevillana delo más homófoba.

No me gustan las sevillanas. Y, por supuesto, esta no es una excepción. Sin embargo, cuando casualmente la escuché, la asocié enseguida a toda esta gente que va de abanderado de la vida con su bandera de España, esa que quieren que jamás deje de ser “una, grande y libre”. “No decirle mariquita, que tiene nombre también”, canta Valladares. Para estos se me ocurren muchos nombres sin tener que llamarlos mariquita: maricón (con acento en la n que decía mi admirado Pepe Rubianes, pues les jode más), chupapollas, facha, cahoperros… Todos aquellos improperios que puedan molestar a quienes salen en el vídeo como los que simpatizan con ellos.

Que pasen un buen día. Los fachas no.

El té que compartieron un estadounidense y un soviético a mediados de los años 20

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El estadounidense es Vincent Youmans, el soviético Dmitri Shostakóvich, dos grandes compositores del siglo XX. El té lo hizo el primero, aunque lo compartieron los dos. Eso sí, por separado y con un par de años de diferencia. Hoy, a pesar del paso de los años, sigue sabiendo delicioso, incluso a quien, como un servidor, el té no le gusta.

Vincent Youmans (1898-1946) fue uno de los grandes compositores del teatro y del cine musicales estadounidenses. Autor de una docena de musicales para Broadway y otras tantas bandas sonoras para filmes musicales de Hollywood, uno de sus éxitos más notables fue No, No, Nanette, musical estrenado en Broadway y el londinense West End en 1925. A él pertenece la canción que justifica el título de la entrada, “Té para dos” (Tea for Two), celebérrima canción versionada y grabada infinidad de veces, probablemente la más popular del centenar que nos legó.

Dmitri Shostakóvich (1906-1975) era un compositor de estilo muy diferente al de Youmans. El primero representante indiscutible de la llamada ‘música popular’; el segundo –si bien con matices, con muchos matices– de la que se denomina ‘música culta’. Shostakóvich es autor de tres óperas, varios ballets, quince sinfonías, numerosos conciertos instrumentales, preludios y sonatas para piano.

Dos años después del estreno de No, No, Nanette, en 1927 –cuando la canción ya era conocida y había logrado el favor del público–, Shostakóvich hizo una curiosa apuesta con el director de orquesta Nikolai Malko, también soviético. Se jugó cien rublos a que era capaz de realizar una versión orquestal de Tea for Two en una hora, habiéndola oído solo una vez. Ganó. La estrenó en Moscú el 25 de noviembre de 1928 con el título de Tahití Trot, y acabó incluyéndola en su ballet La edad de oro.

Vamos, pues, con las dos versiones. La de Youmans, en su orquestación original, a cargo de Jason Graae y Rebecca Luker durante un recital ofrecido con motivo del estreno en 1972 en Chicago de No, No, Nanette. La imagen del vídeo, lamentablemente, no es de muy buena calidad. La versión de Shostakóvich, Tahití Trot, en un fragmento del documental Bolshoi Ballet in Cinema de la temporada 2019-2020.

Que la vida sea amable con ustedes.

Amores imposibles: No te puedo querer

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No elegimos enamorarnos y, si sucede, ni cuándo ni de quién. Otra cosa es que el enamoramiento fructifique y llegue a buen puerto, pues el amor puede ser algo maravilloso como decía Cole Porter o un tormento si ocurre como en la letra de la conocida copla: “Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero”. Tal situación puede llevarnos a la locura. Por eso, antes de que esta se apodere de nosotros le decimos a la otra persona: “No te puedo querer”.

Esto es lo que le pasa al protagonista del vídeo de hoy, un baserritarra (vasco que vive en un caserío) que se enamora, o al menos se siente fuertemente atraído por un guardia civil. Compleja situación sin duda, difícil donde las haya. Es un amor imposible, de esos que responden a un “No te puedo querer”.

El vídeo es cien por cien vasco, exceptuando a un servidor. Se trata de un fragmento (‘El baserritarra gay y la Guardia Civil’) de uno de los episodios del programa de la cadena de la televisión vasca Euskal Telebista Vaya Semanita. Cambio Radical, emitido en 2011. He eliminado el sonido original y lo he reemplazado por el pasodoble No te puedo querer, compuesto en 1948 también por un vasco: el bilbaíno Carmelo Larrea (1907-1980). Y también bilbaíno es su intérprete, La Otxoa (José Antonio Nielfa), cantante “humorista con faldas”, como él se autorretrata, que fue encarcelado en 1968 por homosexual, por ‘vago y maleante’, y se convirtió en uno de los iconos de la lucha por la libertad afectiva y sexual en los años setenta y ochenta del pasado siglo. Para que luego se diga del humor vasco.

En fin, tanto si les ha gustado el vídeo como si no, que disfruten de un feliz día.

Brother, Can You Spare A Dime? (Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?)

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Brother, Can You Spare a Dime? ─que podríamos traducir como “Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?”─ fue uno de los temas más conocidos en Estados Unidos durante la Gran Depresión. Esta férrea canción fue compuesta en 1931 por Jay Gorney, con letra de de E. Y. Yip Harburg, para el musical de Broadway New Americana. Está basada en una canción de cuna que Gorney ─en realidad Abraham Jacob Gornetzsky, nacido en 1894 en Bialystock (actual Polonia, entonces Rusia), de donde huyó tras el pogromo de 1906─ escuchaba cuando era niño.

Los “felices años 20” llegaron a su fin poco antes de terminar la década. El 24 de octubre de 1929 los valores de la Bolsa de Nueva York cayeron en picado y no consiguieron recuperarse. Apenas habían transcurrido diez años desde el fin de la Primera Guerra Mundial y otra vez el mundo parecía caminar hacia el abismo. Esta vez, la hecatombe alcanzaba al viejo y al nuevo continente; es más, Nueva York fue el epicentro del terremoto financiero que colapsó la economía mundial y sumió en la pobreza, la miseria y el desamparo a millones de trabajadores tras arruinar a poderosos capitalistas y a cuantos habían invertido en bolsa. La gente empezó a perder su empleo, sus ingresos, sus ahorros ─lo que valía cien en 1921 costaba diez años después trescientos─ y sus casas. Sucedió hace ciento un años, pero parece sea un déjà vu, ¿no creen?

Entonces, como ahora, los efectos de la crisis económica pronto traspasaron el umbral de los despachos financieros y se dejaron sentir en el conjunto de la población. Largas colas de obreros demandando trabajo y un mayor número de menesterosos pidiendo limosna formaban parte del paisaje cotidiano de las ciudades occidentales. El número de parados aumentaba día a día: a principios de la década de 1930 el 23% de los trabajadores estaban desempleados en Gran Bretaña y Bélgica, el 24 en Suecia, el 25 en Estados Unidos, el 29 en Austria, el 31 en Noruega, el 32 en Dinamarca y el 40 en Alemania.

Muchos se quedaron también sin hogar. Y hubo manifestaciones y otros actos de protesta que, cómo no, se atribuían a agentes comunistas interesados en desestabilizar el sistema. De eso se acusaba, por ejemplo, al Consejo de Desempleados de Harlem, que organizó grupos de defensa para resistir los desahucios. Cuando llegaban los alguaciles para hacer efectiva la orden, decenas, centenares, incluso miles de personas se concentraban en el lugar para impedirlo bajo el lema “Si no hay trabajo, no hay renta”. Los guardias sacaban a la calle el mobiliario, y nada más irse estos, los grupos contra desahucio los volvían a subir al apartamento.

¿Les suena todo esto? Podríamos decir la consabida frase parece que fue ayer, y sí, lo fue, pero hoy la realidad se muestra más terrible todavía. ¿Será verdad que la historia se repite? ¿O es que no cambiaremos nunca y que la codicia, el egoísmo y la indolencia pueden más que el altruismo y la solidaridad? De ahí el desconcierto que nos invade durante esta crisis social que amenaza con ser más cruel aún que la de 1929, el mismo desconcierto que muestra el protagonista de la canción. Está desconcertado. Es uno de tantos que había levantado su fe y esperanza en progreso de su país. Luego vino el crac. No entiende lo que pudo haber ocurrido para que todo vaya tan mal, prosigue. ¿Les suena también?

Bella, triste, melancólica, Brother, Can You Spare a Dime?  finaliza con ira, repitiendo el principio ─Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?─ una octava más alto. Se pregunta por qué las gentes que levantaron la nación, construyeron los ferrocarriles, los rascacielos, lucharon en la guerra, cultivaron la tierra e hicieron lo que su país les pedía se encuentran abandonadas, viven en la miseria. Como ahora, aunque lo peor todavía está por venir. Por todo lo expuesto, he creído conveniente que las imágenes –fragmentos de vídeos de esta misma semana– recogieran la realidad actual de los más desfavorecidos, los que siempre acaban pagando los platos que rompieron otros. La versión de Brother, Can You Spare a Dime? que suena es la que grabó Bing Crosby en 1932, el mismo año de su estreno.

EL TIO PEP

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Hoy, segundo domingo de mayo, Dia de la Mare de Déu dels Desamparats, es el día central de las fiestas de Moros y Cristianos de mi pueblo, Muro. Hoy debería haberse celebrado la Entrada Cristiana, lo que obviamente no va a suceder. Tal vez por ello, más que nunca, siento nostalgia. No creo que hubiera estado en Muro hoy de todos modos, pues desde que dejé de salir a las fiestas no me apetece ver las entradas, menos de la de Cristianos. Además, desde que falleció mi madre, Amparo, que hoy celebraba su onomástica, las veces que he ido durante las fiestas me he limitado a comer con mi familia, sin ver la entrada o muy poco de ella.

Comencé a salir en las fiestas a los 18 años, cuando me hice miembro de la filà Pirates y, salvo alguna razón de fuerza mayor, seguí haciéndolo hasta que la puñetera ley antitabaco impidió poder fumar dentro de nuestro local social y/o llevar el puro encendido durante la entrada, el acto que más me gusta y en el que más disfrutaba. Llámenme cabezota, pero prohibiciones de este tipo en actos festivos no las aguanto. He de decir, no obstante, que llovía sobre mojado, pues siempre me ha gustado ser ‘cabo de escuadra’ (el que va delante de la ‘escuadra’, de once miembros generalmente, marcando el ritmo de paso). Debido a tal circunstancia terminaba con las manos medio sangrando y la espalda destrozada. Cosas que tiene la edad.

Este vídeo es de la Entrada Cristiana del año 2009, si no recuerdo mal el último que salí. No muestra tanto el desfile como los momentos que lo preceden, cuando los miembros de una escuadra determinada nos reunimos unas horas antes y comemos, bebemos, nos divertimos y desmadramos un poco, amenizados por unos cuantos músicos de la banda que luego nos acompañará durante el desfile. Ese año salimos de rojos (por el color de la camisa del traje oficial) y no sacamos, como otros años, un traje especial para la ocasión, lo que no fue óbice para que disfrutáramos de lo lindo. La escuadra de la que yo formaba parte era la Esquadra Sanedrín, llamada así porque la integrábamos los miembros más veteranos. Y ya se sabe que, en estos casos, la veteranía es un grado, que se dice.

La nostalgia y la melancolía sonaban en mi interior más que la música mientras confeccionaba el vídeo, pues más de uno de los que en él aparecen han fallecido durante este tiempo. Sirva, pues, también este vídeo como homenaje a ellos.