El primer beso

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El camino que llevaba a la estación era tranquilo, apenas había unas pocas farolas que emitían una tenue luz. Tranquilo como la oscuridad, como el silencio. La cogí de la mano, ella apretó, con fuerza, la mía. Me paré de repente, nos paramos, sin saber por qué, posiblemente para que el camino no acabase nunca y estuviéramos siempre vagando, sin rumbo, sin destino, solos los dos, siempre caminando en una aparente oscuridad que no era falta de luz excepto para los demás, pues solamente podía apreciarse con los ojos del alma. Una alianza de los astros que nos protegían de todo mal. Para nosotros todo resplandecía, o así me lo pareció. Fue verdad, entonces.

Yo nunca había visto a Rosaura tan hermosa, tan radiante. Sin soltarnos de la mano nos alejamos de las pocas farolas que había a ambos lados del camino, evitando así que algún despistado se diera cuenta de que allí había vida y pretendiera adentrarse en un mundo en el que nadie más podía tener cabida. Nos detuvimos de nuevo, nos miramos y comprendimos que debíamos juntar nuestros labios. Nada de roces. Y nos besamos durante toda la vida, hasta que ella tuvo que volver a casa. La vi entrar, la puerta se cerró y yo marché con una extraña y confusa mezcla de sentimientos que resultaba completamente nueva para mí. Rosaura se iba y puede que no volviera a verla. Eso me entristecía. Rosaura y yo nos habíamos besado. Eso me alegraba. No habría más besos con Rosaura. Eso me frustraba. No entendía que el deseo tuviera que morir tan pronto, nada más nacer. Impotencia. Rabia. Luego comprendería que a lo largo de nuestra existencia siempre es así.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva ed. 2019).

Lucha de clases e industrialización

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Estoy reescribiendo el primer libro que publiqué en solitario (en 1980), un libro de historia que se titulaba Lucha de clases e industrialización. La formación de una conciencia de clase en una ciudad obrera del País Valencià (Alcoi: 1821-1873). Lo he intentado antes un par de veces, pero por una u otra razón, terminé dejándolo. La última vez acabó siendo una parte importante de la trama de mi novela El corto tiempo de las cerezas. Al terminarla, las situaciones creadas y los personajes ‘me pedían más’ y me puse con Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), secuela de esta. Luego, seguí con la literatura y abandoné el proyecto. No obstante, nunca dejé de considerarlo un tema pendiente que algún día retomaría. Y ese día llegó. Ya listo el borrador, y vista una prueba impresa de su maquetación, me hallo volcado en su redacción definitiva. Mientras seguiré publicando en el blog, pero de manera muy irregular, por lo que ruego a todos que me disculpen si a veces no respondo a la mayoría de los comentarios ni apenas visito sus blogs. Créanme que materialmente no puedo, o no lo terminaré nunca.

Que la vida sea amable con todos ustedes.

Estado, monarquía y república

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[El fin del Estado] es organizar la explotación más vasta del trabajo en provecho del capital que está concentrado en manos de un puñado; así, pues, es el triunfo del reino de la alta finanza, de la bancocracia bajo la protección poderosa del poder fiscal, burocrático y […] es, por consiguiente, especialmente despótico aun enmascarándose bajo el juego parlamentario del del pseudoconstitucionalismo. La producción capitalista contemporánea y las especulaciones de los bancos exigen, para su desenvolvimiento futuro y más completo, una centralización estatista enorme, que sería la única capaz de someter los millones de trabajadores a su explotación. La organización federal de abajo a arriba, de las asociaciones obreras, de grupos, de comunas, de cantones y, en fin, de regiones y pueblos, es la única condición para una libertad verdadera y no ficticia, pero que repugna a su convicción en el mismo grado que toda autonomía económica es incompatible con sus métodos. Al contrario, se entienden a maravilla con la llamada democracia representativa: porque esa nueva forma estatista, basada en la pretendida dominación de una pretendida voluntad del pueblo que se supone expresada por los pretendidos representantes del pueblo en las reuniones supuestamente populares, reúne en sí las dos condiciones principales para su progreso: la centralización estatista y la sumisión real del pueblo soberano a la minoría intelectual que lo gobierna, que pretende representarlo y que infaliblemente le explota. […]

Y lo mismo que la producción capitalista y la especulación de los bancos que, a fin de cuentas, devora esa producción misma deben, por temor a la bancarrota, ampliar sin cesar sus límites en detrimento de las especulaciones y producciones menos grandes, a las que engloban y aspiran a universalizarse, lo mismo el Estado moderno, militar por necesidad, lleva en sí la aspiración inevitable a convertirse en un Estado universal […]

[…] La diferencia esencial entre la monarquía y la república más democrática está en que, en la primera, la clase de burócratas oprime y saquea al pueblo para mayor provecho de los privilegiados y de las clases propietarias, así como de sus propios bolsillos en nombre del soberano, mientras que en la república oprimirá y robará al pueblo del mismo modo en provecho de los mismos bolsillos y de las mismas clases, pero ya en nombre de la voluntad del pueblo. En la república, el llamado pueblo, el pueblo legal, a quien se supone representado por el Estado, sofoca y sofocará siempre al pueblo viviente y real. Pero el pueblo no estará más aligerado si el palo que le pega lleva el nombre de palo del pueblo.

Mijaíl Bakunin: Estatismo y anarquía, 1873. Hay varias ediciones en castellano. La consultada por mí es la publicada por la editorial Orbis, Barcelona, 1984.