Callos a la manera de Oporto

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Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo,

me sirvieron el amor como unos callos fríos.

Le dije con delicadeza al misionero de la cocina

que los prefería calientes,

que los callos (y eran a la manera de Oporto) nunca se comen fríos.

Se impacientaron conmigo.

Nunca se puede tener razón, ni en un restaurante.

No los comí, no pedí otra cosa, pagué la cuenta,

y vine a pasear por toda la calle.

¿Alguien sabe lo que quiere decir esto?

No lo sé yo, y fue a mí a quien sucedió…

(Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín

particular o público o del vecino.

Sé muy bien que nuestro jugar era su dueño.

Y que la tristeza es de hoy).

Lo sé de sobra,

pero si pedí amor, ¿por qué me trajeron callos

a la manera de Oporto fríos?

No es un plato que se pueda comer frío,

pero me lo trajeron frío.

No protesté, pero estaba frío.

Nunca se puede comer frío, pero llegó frío. Poema de Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa), escrito entre 1927 y 1935. Extraído del libro Fernando Pessoa Poesía (Madrid, 1983). Traducción de José Antonio Llardent.

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Viajar: imaginar

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Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.

Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré [1801-1881, filósofo positivista francés autor de un Diccionario de la lengua francesa, obra más conocida como el Littré], que nunca se equivoca.

Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.

Está del otro lado de la vida.

Louis-Ferdinand Céline: epígrafe que abre su novela Viaje al fin de la noche (Voyage au bout de la nuit, 1952).