Indiferencia

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Puedo entender, que no aceptar, todo menos la indiferencia.

Puedo entender, que no aceptar, a quien considere que en Europa no se debe dejar entrar a migrantes económicos ni a migrantes refugiados.

Puedo entender, que no aceptar, que piensen que es un beneficio para los demás. Somos demasiados y es cuestión de supervivencia.

Puedo entender, que no aceptar, que alguien piense así. Incluso a los que teniendo capacidad para decidir, dictaminar y resolver no hacen nada por evitarlo, más bien lo contrario.

Puedo entender, que no aceptar, los motivos de su actuación.

Pero nunca llegaré a entender a los indiferentes. Esos me producen verdadero asco. No hay actitud más abyecta, más repugnante. Ninguna compasión siento por sus desgracias. Tampoco sienten ellos conmiseración alguna por los infortunios de los otros. Es más: posiblemente ni siquiera les consideren unos desdichados, pues ni siquiera los consideran.

Publicado anteriormente el 1 de febrero de 2018.

The Golden Age

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Suelo decir siempre que publico un vídeo que si les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hagan constar en YouTube. En este caso, por razones obvias, mejor diré que si lo consideran merecedor de su reconocimiento le pongan un ‘me gusta’ en YouTube. Muchas gracias.

Solo para mayores de 18 años. Así he calificado yo mismo este vídeo por el contenido de sus imágenes y porque, de no hacerlo, seguro que alguien lo denunciaría. Las 31 fotografías de Joel-Peter Witkin que, acompañadas por la música de Shostakovich, lo conforman, se exhibieron en 1988, con otras muchas más, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), primero, y acto seguido en la Sala Parpalló de la Diputación de Valencia, que por entonces dirigía Artur Heras. No pasó nada. Me cuesta creer que si esta misma exposición se presentase hoy no levantara airadas protestas, manifestaciones y denuncias por parte de los veladores morales de nuestros rancios valores, meapilas varios y demás personas de mente biempensante. O igual no. Es posible que ni siquiera se hubiese llevado a cabo ante el temor a este tipo de reacciones. En todo caso, la autocensura no hubiera faltado. Si ven el vídeo, imagino que estarán de acuerdo conmigo.

No me detendré, por razones de espacio, en la biografía de este fotógrafo neoyorkino nacido en 1939, cuya obra fotográfica ‘grita la iconografía cristiana presa en las garras del infierno’ y cuya ‘verdadera esencia reside en la mezcla alquímica del tradicionalismo y los traumas psíquicos de la humanidad: el sexo, el dolor y la muerte’, una obra que es una ‘blasfemia elevada hasta un grado de belleza desconcertante’, ‘la revelación de la perversidad glorificada por el arte’. Son palabras del que fuera comisario de la mencionada exposición (Alain Dupuy) que figuran en el catálogo de la misma. Del catálogo extraigo también las que siguen, del propio Witkin (“El porqué de mi obra”):

‘El ser humano es el único ser vivo con imaginación. Ningún océano, montaña o galaxia tiene capacidad para representarse el destino. Por desgracia, el mundo de hoy se está convirtiendo en sistemas materiales que anestesian la tendencia de todo individuo a forjarse un destino. Es como si nuestros corazones y nuestras mentes hubieran sido bañados en plástico. Mientras tanto, estamos sacrificando nuestro derecho como seres humanos al conocimiento de lo ignoto. El no sentir la necesidad de plantearse en la vida otra ambición que no sea la indulgencia material, supone la gran desesperanza de nuestro tiempo.

Todos aspiramos a deslindar las conexiones humanas y místicas que nos emparentan con nuestros semejantes y con Dios, así como a una introspección profunda encaminada al entendimiento y la satisfacción de las capacidades que nos han sido dadas para poder ver cuanto hay de alegre y dramático en la evolución de cada uno en su persecución de la verdad. Este es el porqué de mi obra. Los cambios en mi obra reflejan la intensidad y la claridad de mi vida. La progresión de mi obra se mide en el grado de contemplación que esta refleja’.

En cuanto a la música, que a mi parece de lo más apropiada, se trata del tango del ballet The Golden Age (La edad de oro), que compuso Dmitri Shostakovich en 1930, una mirada satírica del cambio político y cultural en la Europa de los años veinte del siglo pasado, años que en muchas cosas nos recuerdan el momento actual.

Presente perfecto, pasado imperfecto y ¿futuro?

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Un presente atemporal; un pasado relegado del relato oficial, olvidado y prácticamente desparecido de los manuales de historia, y un futuro al que tememos, pues nada bueno esperamos él, determinan esta sociedad espectacular. Así, parece que vivamos un perpetuo presente en el que, no obstante, nunca dejan de ocurrir cosas aparentemente trascendentales que no son más que las banalidades de siempre, “anunciadas de forma apasionada como importantes noticias” (Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988). De forma circular se transmiten estas una y otra vez, se las reviste de una trascendencia que no tienen y no se discute su veracidad. Todo es importante, nos dicen, pero no para quién. Para la gran mayoría de la sociedad es obvio que no. Sigo con Debord: “solo muy de tarde y a sacudidas pasan las noticias verdaderamente importantes, las relativas a aquello que de verdad cambia”.

Se ha construido así un presente sin referencias. El actual modelo de sociedad es el único aceptado, nada puede existir fuera de él, eso de que otro mundo es posible no es más que mera utopía. Por otra parte, el discurso histórico ha pasado a ser lineal y unidireccional, además de manipulado desde las instancias políticas. Sea el partido que sea el que esté en el ‘poder’ tratará de adoctrinar a los niños y jóvenes desde su ‘ideología”. Se trata de hacer ‘buenos ciudadanos al servicio de la sociedad”, lo cual, dicho así, puede ser cumplido por todos ya que en realidad nada dice.

Con un futuro del que nada se espera porque se le teme (“Si ves al futuro, dile que no venga”, como decía el escritor bonaerense Juan José Castelli) y un pasado sin otra historia que aquella que se ajusta al discurso oficial-mediático, el presente no es atacable, pues no hay alternativa, se argumenta. Esta sociedad puede no ser perfecta, pero fuera de ella todo es pernicioso.

No es de extrañar, pues, que para nada se hable de acontecimientos “verdaderamente importantes”, de esos que de verdad afectan a nuestras vidas. Hace hoy veintiséis años, en 1991, se proclamaba el fin de la Unión Soviética tras firmarse el día antes el Tratado de Belavezha, que declaraba la Unión disuelta y establecía la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en su lugar. El presente se mostraba tremendamente cambiante y era indudable que las consecuencias de lo que sucediera iban a determinar el futuro de la humanidad. El desenlace de dos procesos en curso –la evolución de los países del antiguo bloque oriental y la posible unión europea– resultaban claves. En todo caso nadie podía dudar que Europa ya no sería como era hasta 1990.

Y así fue. La prueba es que, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo –el financiero siendo más precisos– mostró su notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo y empezó el desmantelamiento progresivo del llamado estado de bienestar. Se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994). El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado.

Ningún debate sobre ello, ninguna discusión, ninguna reflexión sobre algo tan trascendente como fue “el final del corto siglo XX” (Hobsbawm). Aunque bien pensado, casi mejor. Así se evita uno tener que leer y escuchar tantas imbecilidades y evita el correspondiente cabreo.

Termino con Debord: “El individuo a quien ese pensamiento espectacular empobrecido ha marcado profundamente, y más que cualquier otro elemento de su formación, se coloca ya de entrada al servicio del orden establecido, en tanto que su intención subjetiva puede haber sido totalmente contraria a ello. En lo esencial se guiará por el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le resulta familiar: aquel con el que ha aprendido a hablar. Sin duda intentará mostrarse contrario a la retórica, pero empleará su sintaxis. Este es uno de los éxitos más importantes obtenidos por la dominación espectacular”.

Bienvenida seas, debacle

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El deterioro de una cosa constituye el nacimiento de otra. Cuanto más deteriorada está una cosa, más aún cuando su descomposición es irreversible, mayores son las posibilidades y probabilidades de que otra emerja. Es esta una ley de vida, de nuestra vida, es decir, de la vida no vivida. Una vida, por tanto, que solo puede verse alterada por el choque de inesperadas fuerzas de la naturaleza con las estructuras de nuestra civilización.

¿Llegará el día en que la naturaleza ‘se rebele’ y ‘se apodere’ del mundo? ¿Es este un mundo que se destruye a sí mismo? Ya en 1934 preguntaba, y se preguntaba, Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización: “¿De qué sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa suya bajo la forma de hombres sin freno?”. De nada evidentemente, como podemos comprobar día a día. Hemos olvidado –conscientemente– que formamos parte de ella. Creemos que nos pertenece, como si existiera un medio ambiente natural independiente del ser humano. Puede que el fin de la humanidad tarde mucho en llegar, pero el de la civilización tal como la conocemos –tal como la hemos construido– es posible que no tanto.

Bienvenida sea la próxima debacle, necesidad imperiosa para que esta sociedad, somnolienta, sugestionada e hipnotizada, mutante, dispuesta adaptarse a toda situación y circunstancia, supeditada voluntariamente a intenciones ajenas con las que identificarse al haberse quedado sin identidad alguna, sin su propia naturaleza, encuentre salida alguna. ¿Cuál será esta? ¿Qué otra cosa nacerá? Dos opciones hay y ninguna es buena, como las hijas de Elena. Solo que Elena, al menos, tenía tres. Dos opciones: 1. Un nuevo deambular por el camino diseñado sobre diseños anteriores, a su vez tomados de otros más remotos, siempre con el mismo propósito, reducir lo diferente a lo mismo, aceptando que la no vida es la única posible, y 2. El caos.

¿Con cual quedarse? Por supuesto, con la segunda. Como dice Padre Ubú en la obra de Alfred Jarry Ubú encadenado (1899), “No lo habremos demolido todo si no demolemos incluso los escombros. Y no veo otro procedimiento para hacerlo que levantar en ellos hermosas estructuras bien ordenadas”.

Yo también fui maestro

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Hoy se celebra el Día del Maestro, “festividad en la que se conmemora a las personas que se dedican a enseñar a estudiantes de manera profesional”, según leo en Wikipedia. Durante unos años, entre 1997 y 2011, fui profesor del departamento de Historia del Arte de la Universitat de València. A lo largo de dichos años fue incrementándose paulatinamente mi decepción al ver cómo funcionaba el departamento y, por extensión, la universidad en general. Terminó mi experiencia como el rosario de la aurora, largándome el último día de clase de un portazo. No me renovaron ya el contrato, lógicamente. Lo cuento más detalladamente en la entrada que en su día publiqué en este blog “El PP, el ostracismo funcionarial y mi paso por la Universidad”. Hoy quisiera hacerles partícipes de un par de actividades que llevé a cabo con los alumnos en este tiempo y que, a mi juicio, muestran bien a las claras el despropósito del del sistema de enseñanza universitaria tal como funciona, en el que lo último que se tiene en cuenta es el alumnado.

La primera fue en 1999, si no recuerdo mal. Tenía que impartir ese año la docencia de la asignatura “Escultura Contemporánea”. Ni de lejos es mi especialidad, pero son sabidos los criterios que rigen a la hora de adjudicar a los distintos profesores las asignaturas cada curso académico: antigüedad y jerarquía. Planteé una teoría al principio del curso en la que enmarcar los distintos aspectos que el temario contemplaba. La escultura de la época contemporánea, especialmente desde los inicios del siglo XX, había seguido, al igual que las demás artes plásticas, un camino que la distanciaba cada vez más de la sociedad, hasta convertirse en algo absolutamente ininteligible y en una actividad privada –eso sí, financiada por los gobiernos (siempre tan cultos sus miembros y tan preocupados por el bienestar general)– que nada tiene que decir ya a la sociedad. Nada nuevo ni original. Lo explica, mucho mejor, Hobsbawm en su excelente libro A la zaga. Por ello, afirmaba, la mayor parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo, siendo benignos, una mercancía que se compra y se vende en el mercado. El mercado del arte es un mercado como otro cualquiera, solo que más exclusivo, por lo irracional de los precios y el esnobismo de sus potenciales acaudalados compradores.

Dicha afirmación, como punto de partida, originó cierta perplejidad entre los alumnos. Así las cosas, pedí voluntarios para realizar conmigo una exposición, y cinco se prestaron a ello, cinco voluntarias para ser precisos. Ninguna tenía la más mínima experiencia en dicho campo, jamás habían esculpido ni pintado nada. Yo menos. Solicité permiso en el Centro Cultural la Beneficencia (Valencia) –que entones albergaba en sus instalaciones la Sala Parpalló, dedicada al arte contemporáneo–, al lado del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM), y nos prestaron una sala con sus correspondientes vitrinas. A ratos fuimos haciendo con nuestras propias manos seis esculturas.

Cinco de ellas se exhibieron una mañana de un domingo de mayo dentro de una sala y la sexta la situamos fuera de ella con la finalidad de comprobar más detenidamente cuál era la reacción del público visitante. Cuando alguien se acercaba le dábamos un breve escrito en el que explicábamos que los autores de la muestra –un colectivo anónimo que creía en la democratización del arte– no consideraba que la escultura fuera digna de ser exhibida en un museo sin la aprobación general de los que la contemplaran y les pedíamos que, por ello, le dieran nombre a la obra depositando una papeleta con el título que creyeran más conveniente en una urna colocada al efecto junto a la escultura.

Cinco de ellas se exhibieron una mañana de un domingo de mayo dentro de una sala y la sexta la situamos fuera de ella con la finalidad de comprobar más detenidamente cuál era la reacción del público visitante. Cuando alguien se acercaba le dábamos un breve escrito en el que explicábamos que los autores de la muestra –un colectivo anónimo que creía en la democratización del arte– no consideraba que la escultura fuera digna de ser exhibida en un museo sin la aprobación general de los que la contemplaran y les pedíamos que, por ello, le dieran nombre a la obra depositando una papeleta con el título que creyeran más conveniente en una urna colocada al efecto junto a la escultura.

La exposición fue vista por unas trescientas personas, las cuales visitaban también las otras salas del Centro y las del IVAM. Nadie objetó nada, nadie dijo algo así como vaya mierda de obras, o quién demonios habrá hecho este desaguisado. Nadie se pronunció en contra. Es más: más de doscientos se prestaron a darle nombre. Consumismo, fue el que ganó. Conservo las papeletas, junto con imágenes de la muestra (por desgracia, no encuentro todas las fotografías que tomé del proceso y de la exposición). Fue, pues, un “éxito” al menos tan grande como el que tenían el resto de las exposiciones que la gente visitaba (por supuesto, de reputados artistas). Pensemos por un momento qué hubiera pasado si, en vez de realizar una exposición de escultura contemporánea (conceptual, claro, no dábamos para más) hubiésemos hecho una representación teatral o un recital de música. ¿Qué reacción habría tenido la gente? Mejor no probarlo. En cambio, en este caso, la gente comió gato creyendo que era liebre. Y no pasó nada. La exposición la titulamos ¿esCULTURA?

Sí conservo un buen número de imágenes de la segunda acción, que llevamos a cabo nueve años después, el 18 de mayo de 2008, con motivo del Día Internacional de los Museos, de nuevo en el Centro Cultural La Beneficencia, acción en la que pretendíamos evaluar la respuesta de la gente ante una serie de obras que podríamos calificar de arte contemporáneo (conceptual). Esta vez en la experiencia participó toda la clase (excepto aquellos que por diversas razones no podían). Impartía entonces la asignatura “El Arte desde 1950: últimas tendencias artísticas”. El “guión” era parecido. Partíamos de la premisa que cualquier objeto, o idea, expuesto en un museo nunca es cuestionado como arte por aquellos que frecuentan estos cementerios del arte. Si está ahí, por algo será. Gustará más o menos, se “comprenderá” o no, pero en ningún momento se dudará de que sea una obra artística.

Para esta “exposición” –al aire libre, en uno de los patios del Centro– los alumnos, repartidos en grupos, realizaron con sus propios medios ocho obras (esculturas). Junto a ellas, se exhibía también una obra de un artista valenciano reconocido que ya figuraba en el patio. Estas son las obras hechas por los alumnos:

Esta, la “de verdad”:

A la entrada se entregaba a cada visitante una hoja impresa con las nueve esculturas que acaban de ver y con el siguiente texto:

“DEMOCRATICEMOS EL ARTE. PARTICIPA

Con motivo del Día Internacional de los Museos, un colectivo de artistas valencianos ha decidido donar a este Centro dos de las obras expuestas.

Este colectivo anónimo desearía que esas dos obras fueran elegidas por votación popular. Le rogamos, pues, que colabore con nosotros en esta iniciativa pionera y democrática eligiendo las dos que, a su juicio, considere de mayor interés.

Por favor, marque con una “X” dos de las obras de esta exposición.”

Dicha hoja debían depositarla en esta urna:

¿La reacción de la gente? Observen:

Las ganadoras fueros las siguientes (votaron un total de 336 personas):

                Primer lugar: Escultura núm. 9 (60 votos).

                Segundo lugar: Escultura núm. 1 (55 votos).

                Tercer lugar: Escultura núm. 7 (53 votos).

Evidentemente, la obra que consiguió el primer lugar fue la “real”. Sus materiales, el acabado, no dejaban duda de que se trataba de una “verdadera” escultura. Así lo entendieron los visitantes. Pero he aquí que a tan solo 5 votos quedó la número 1 y a 7 la número 7.

¡Ah! A todos los que implicamos en ambas acciones les explicábamos a la salida de que iba aquello. De ningún modo se trataba del tomar el pelo a la gente. En todo caso, de que reflexionaran sobre había otros que sí lo hacían.

¿Conclusión? Usted misma/mismo.

Más sabe el diablo por viejo que por diablo

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Sigo hoy con el diablo. Ayer era Satanás quien, por boca de Mark Twain, nos hablaba de la miserabilidad de la condición humana. Hoy, por boca de C. S. Lewis, lo hace Escrutopo, un anciano diablo que sabe mucho acerca de nuestra naturaleza y nuestro carácter.

“The Devil”, Nicholas Cort ©

No creo en dioses ni diablos, ni que exista el más allá ni otra vida después de esta. Aunque viendo la deplorable situación actual en todos los órdenes de la vida, empiezo a replantearme esta incredulidad y a tener dudas sobre la existencia del diablo. Hay quienes dicen que todos tenemos un diablo dentro. Y, sí, al parecer es cierto. Los diablos se han apoderado de nuestros espíritus y voluntades de manera tan sutil, tan hábil, que ni nos hemos dado cuenta. El diablo es un ser sumamente inteligente. Lo ha mostrado con creces. También que conforme pasa el tiempo lo es cada vez más. De ahí el refrán “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” es en este caso una irrebatible verdad. Al menos como nos lo dibuja el escritor Irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963) en su novela epistolar Cartas del diablo a su sobrino (1942), que originalmente publicó por partes en el periódico Manchester Guardian (hoy The Guardian) con el nombre de The Screwtape letters (Las cartas de). Estas –un total de treinta y una– las escribe el maligno e insaciable Escrutopo, un anciano diablo, a su sobrino Orugario, un demonio principiante. Escrutopo reprocha al joven, que también es su discípulo, los errores que ha cometido durante su aprendizaje como malvado diablo (o buen diablo, según se mire).

Ya en la primera deja bien claro cómo hacer el mal de manera eficiente, lo que pasa por que los diablos mayores se adueñen del espíritu de las personas y, en consecuencia, de sus almas y voluntades. Así se lo decía Escrutopo a su sobrino:

“[Debes] orientar las lecturas de tu paciente [para] que vea muy a menudo a su amigo materialista. […] Si hubiese vivido hace unos siglos es posible que sí: en aquella época los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamiento. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. […] Ahora [el hombre] no piensa, ante todo, si las doctrinas son ‘ciertas’ o ‘falsas’, sino ‘académicas’ o ‘prácticas’, ‘superadas’ o ‘actuales’, ‘convencionales’ o ‘implacables’. La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado”.

¿Ven cómo es cierto que el diablo sabe más por viejo que por diablo?, ¿cómo es más listo que el hambre? Ya en 1942, por boca de Lewis, se expresaba en estos términos. Visto lo visto, razón no lo faltaba. Al contrario. Hoy puede enorgullecerse de su sabiduría. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos, arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y de lo que no. Y es a ellos a quien hay que hacer caso. ¿Qué cojones de atrevimiento es ese de querer ir por libre? ¿No sabes que, como escribió Thoreau, “con el pretexto del orden y el gobierno civil se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza”? Escrutopo tiene las cosas muy claras y aconseja a su sobrino que nunca olvide que “la gratitud mira al pasado y el amor al presente; el miedo, la avaricia, la lujuria y la ambición miran hacia delante”.

Orugario se pone mano a la obra, más como quiera que no avanza, que no lo hace bien, en la carta XIII Escrutopo le explica los errores que comete:

“En primer lugar, según tú mismo dices, permitiste que tu paciente leyera un libro del que realmente disfrutaba, no para que hiciese comentarios ingeniosos a costa de él ante sus nuevos amigos, sino porque disfrutaba de ese libro. […] el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo por ello mismo y sin importarle un comino lo que digan los demás está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad y que los sustituya por la ‘mejor’ gente, la comida ‘adecuada’ o los libros ‘importantes’”.

¿Qué decirle ya a Escrutopo? Chapeau! Lúcido análisis. Bravo, señor diablo. Valoramos a la gente por lo que tiene y no por lo que es, distinguimos entre los nuestros y los otros y abandonamos a la gente (en abstracto), entre ellos, y sobre todo, a los más necesitados. Creemos que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontamos a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creemos, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguiremos ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y nuestros bienes y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecemos de referentes. La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nada es lo que es, sino que lo que aparenta. ¿Qué comemos, qué leemos, si no es aquello que los ‘críticos’ y los ‘expertos’ nos recomiendan? ¿Y qué nos recomiendan? Lo que le interesa al diablo, que de finanzas sabe también un rato largo.

Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, decimos, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas. Con y para el diablo.

Una primera versión de este artículo fue publicada en este blog el 2 de febrero de 2018.

Muro (mi pueblo), sus políticos y José Antonio

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El pasado día 24 se exhumaron los restos de Franco del Valle de los Caídos –solo 44 años después de que fuese enterrado– y se trasladaron a un cementerio. De “victoria de la democracia española” nada de nada. A buenas horas mangas verdes. Sigue habiendo miles de fosas comunes en las cunetas, de desparecidos, de símbolos y monumentos que ensalzan el régimen franquista. Sin ir más lejos, la tumba de José Antonio Primo de Rivera se encuentra delante del altar mayor de la basílica del Valle de los Caídos. Ahora parece que también serán exhumados. No sé si lo harán con la misma celeridad, pero sea cual sea el ritmo de esta, me da a mí que seguro que antes de que desparezca del cementerio de mi pueblo (Muro, al norte de la provincia de Alicante) la cruz que recoge la fotografía, en la que se lee la inscripción Caídos por Dios y por España. José Antonio Presente.

Al respecto publiqué en este blog un artículo titulado “La cruz de los caídos de mi pueblo” (2 de febrero de 2018) en el que manifestaba que me ofende y me duele su simple visión cada vez que voy al cementerio a visitar la tumba de mis padres y otros familiares. Y –escribía– me duele aún más que el gobierno del Ayuntamiento desde 1999 hasta hoy esté en manos de partidos que se dicen ‘de izquierda’. Desde ese año han sido alcaldes Rafael Climent González (de Compromís, 1999-2015; desde 2015 conseller de Economía sostenible, Sectores productivos, Comercio y Empleo de la Generalitat Valenciana), Francesc Ramón Valls Pascual (de Esquerra Unida, 2015-2017), Jovita Cerdà García (2017-2019) y, en la actualidad, Gabriel Tomás Salvador, candidato de EUPV y hoy ‘no adscrito’ al ser elegido ‘por sorpresa’ con los votos del PP y Ciudadanos y no renunciar al cargo.

A este último es al único de los mencionados que no me he dirigido. Harto ya de comprobar que la dichosa cruz se la trae al pairo a los políticos locales. A los demás, en persona o por correo electrónico, en varias ocasiones. También a algunos de sus colaboradores. ¿Resultado? Pueden suponer que ninguno. De lo contrario no estaría escribiendo esto ahora. De acuerdo con que el cementerio es parroquial y no municipal, pero ello no es razón para saltarse incluso la propia Ley de Memoria Democrática y para la Convivencia de la Comunitat Valenciana. Los detalles los explico en el otro artículo.

Así que arrojo la tolla. Que hagan con la cruz lo que quieran, es decir, nada. Mas cuando una cosa se me indigesta necesito vomitarla, y la única manera que se me ha ocurrido para ello es este vídeo. Entiendo que pueda molestar a alguien, pues, entre otras cosas, para eso lo he hecho.