San Lunes

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“Le Grand Saint Lundi” (1837). Jean Wendling.

Ayer, 1 de noviembre, se celebró el Día de todos los Santos. ¿De todos? No creo. Del que hablamos en la entrada de hoy seguro que no: San Lunes.

Cuando los efectos de la Revolución Industrial comenzaron a manifestarse en la sociedad inglesa –luego, en diferentes momentos y distintas circunstancias se extenderían progresivamente por todo el orbe– “había una cultura, hombres y mujeres que trabajaban y luchaban para vivir mejor, una forma de vida en definitiva. El nuevo orden que impuso la industrialización significó una ruptura con una determinada concepción del mundo. Esos hombres y esas mujeres, de tradiciones heredadas a lo largo del siglo XVIII que les convertían en ‘el inglés libre de nacimiento’, vieron –y vivieron–, cómo todo cambiaba a su alrededor y cómo se les escapaba una manera de vivir que, si bien nada tenía que envidiar a la sociedad industrial en cuanto a ciertos aspectos materiales, les permitía vivir más libres y, por tanto, más felices.” (Manuel Cerdà, Lucha de clases e industrialización, 1980).

Como en su día puso de manifiesto T.S. Ashton en su clásica obra The Industrial Revolution (1948), “las transformaciones no fueron únicamente industriales, sino sociales e intelectuales”. Antes de ese nuevo orden también se trabajaba, ¡y tanto que se trabajaba! Pero el trabajo intenso de unos días se alternaba, y compensaba, con la ociosidad de otros. Los ritmos de trabajo en la época preindustrial eran distintos. En el marco de una economía doméstica, de pequeños talleres y trabajo a domicilio que podía compartir la familia, predominaba la flexibilidad. Con la industrialización –es decir, con la cada vez mayor presencia de industrias mecánicas a gran escala–, el ritmo de trabajo tuvo que adaptarse al proceso de producción tanto en el medio urbano como en el rural. El tiempo se convirtió en una autoridad cada vez más poderosa y el reloj devino indispensable para regular la vida de las gentes, organizada ahora en torno al trabajo. El reloj o los tañidos de las campanas de los campanarios o el canto de las de los serenos, hasta que este se generalizó.

El tránsito de la sociedad preindustrial a la industrial-capitalista no se produjo sin “una resistencia empecinada y el siglo XVIII fue testigo de cómo se creaba una distancia profunda, una profunda alienación entre la cultura de los patricios y la de los plebeyos”, lo que comportó una paulatina destrucción de antiguas tradiciones firmemente arraigadas en el seno de las clases populares, de costumbres que expresaban, en gran parte, lo que ahora significa la palabra cultura. (E.P. Thompson, Costumbres en común, 1991).

Una de estas costumbres era San Lunes. “Parece ser que San Lunes era venerado casi universalmente donde quiera que existieran industrias de pequeña escala, domésticas y a domicilio; se observaba generalmente en las minas, y alguna vez continuó en industrias fabriles y pesadas. Se perpetuó en Inglaterra hasta el siglo XIX –y en realidad hasta el XX– por razones complejas de índole económica y social. En algunos oficios, los pequeños patronos aceptaron la institución y emplearon los lunes para tomar o entregar trabajo. (…) Donde la costumbre se encontraba profundamente establecida, el lunes era el día que se dejaba para el mercado y los asuntos personales”, sigue diciendo Thompson en su magnífico libro. De 1693 son estos versos impresos que recoge el autor británico en dicha obra:

“Ya sabes hermano que el Lunes es Domingo;

el Martes otro igual;

los Miércoles a la Iglesia has de ir y rezar;

el Jueves es media vacación;

el Viernes muy tarde para empezar a hilar;

el Sábado es nuevamente media vacación”.

San Lunes no fue pues, ni mucho menos, exclusivo de Gran Bretaña. El mundo anterior al nuestro no era tan desemejante como pueda parecernos. “Si bien [la globalización es] un fenómeno reciente, sus raíces se remontan a la Antigüedad. Lo novedoso del nombre no debe ocultar el hecho de que puede describir perfectamente una situación muy anterior, como era, por ejemplo, la del mundo entre la segunda mitad del siglo XVIII y la guerra de 1914”. (Ignacio Ramonet, Ramón Chao y Jacek Woźniak, Abecedario (subjetivo) de la globalización, 2003). “El lunes, ni las gallinas ponen”, dice el refranero mexicano. En Francia, por ejemplo, “le dimanche est le jour de la famille, le lundi celui de l’amitié”, recuerda Thompson citando a Georges Duveau. Y servidor de ustedes siempre ha conocido esta canción popular que todavía se canta en la zona en que nací (la comarca valenciana de l’Alcoià-Comtat):

“El dilluns volem fer festa,

el dimarts ‘pa’ descansar,

el dimecres ‘pa’ anar al cine,

el dijous ‘pa’ festejar,

el divendres traure comptes

‘pa’ el dissabte anar a cobrar,

i el diumenge, com és festa,

no ‘mos’ deixen treballar” *.

[El lunes queremos fiesta, / el martes para descansar, / el miércoles para ir al cine, / el jueves para festejar, / el viernes hacer cuentas / para el sábado ir a cobrar, / y el domingo, como es fiesta, no nos dejan trabajar.]

Desconozco el momento en que surgió la canción, pero es evidente es que ya avanzado el siglo XX. De lo contrario no se explica lo de “ir al cine”.

San Lunes, obviamente, feneció y no subió al calendario santoral, quedando fuera de “todos los santos”. No podía ser de otro modo.

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* Pa es contracción de per a (para en castellano). Mos (nos) es la expresión coloquial que se utiliza en la mayoría del País Valenciano para el pronombre ens (nos, nosotros).

12 de octubre. ¿Celebrando qué?

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“La conquista española de la nación azteca” (1951), mural de Diego Rivera. Palacio Nacional de la Ciudad de México.

Desde 1914, el 12 de octubre es un día de celebración. Pero ¿qué celebramos? En un principio se le llamó Día de la Raza y surgió a instancias del entonces presidente de la Unión Ibero-Americana, Faustino Rodríguez-San Pedro, abogado y político español que con anterioridad había sido ministro durante el reinado de Alfonso XIII. Como Día de la Raza se mantuvo en España la festividad hasta que en 1957 pasó a denominarse Fiesta de la Hispanidad. Muerto el dictador, se mantuvo la celebración y en 1987 cambió su nombre a Fiesta Nacional de España. Los motivos figuran en el Boletín Oficial del Estado del 8 de octubre de dicho año: “la fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efeméride histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”.

¿Qué? ¿Cómo? A ver. ¿Qué significa eso de que se inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos? Proyectar es, según la RAE, “idear, trazar o proponer el plan y los medios para la ejecución de algo”. ¿Cuál era la idea? ¿Cuál el plan? Es decir, el objetivo. Conseguir más riqueza, más poder. No se buscaba tanto encontrar nuevas tierras como trazar una ruta más corta hacia la India para comerciar con el preciado bien que entonces eran las especias. El ‘descubrimiento’ fue por azar, aunque eso es lo de menos en este contexto. ¿Los medios? Los que pusieron a disposición de Cristóbal Colón los Reyes Católicos. ¿De dónde sacaron el dinero para financiar el viaje? De un rico mercader, el valenciano Luis de Santángel, que prestó 1.140.000 maravedís para el primer viaje. Era, pues, una operación comercial, una cuestión de negocios. Una vez se dieron cuenta de que no habían llegado a las Indias, sino a un ‘Nuevo Mundo’ –nuevo para quienes no lo conocían, claro, no para los que ya lo habitaban– sí empezó esa “proyección lingüística y cultural” bajo el nombre de “evangelización”, algo a lo que ya estaba acostumbrada la monarquía hispánica que ese mismo año (1492) había terminado con el dominio musulmán en las tierras que pasarían a formar parte del incipiente Reino de España. Lo que el decreto de 1987 denomina “integración de los Reinos de España” nada tiene de integración, es simple y llanamente una apropiación, y por la fuerza. Se trataba de expandir una cultura y una religión ‘superiores’.

España, y Europa, los pueblos ‘civilizados’, sacaron buen provecho de la empresa. En términos económicos, por supuesto. Nuevos productos agrícolas que hoy siguen formando parte de nuestra alimentación, minerales que en Europa no se conocían y, sobre todo, oro y plata. Y todo ello a coste cero. Para los conquistadores, no para los nativos, que poco pudieron hacer ante la invasión por el mayor desarrollo tecnológico de las armas de los colonizadores. El coste para ellos fue brutal: el fin de civilizaciones milenarias y el exterminio de 90 millones de pobladores (por el uso de la fuerza y las enfermedades que importaron los europeos a unas gentes cuyos organismos carecían de anticuerpos para resistir los virus y bacterias); la destrucción de su modo de vida, sus costumbres y tradiciones; la imposición de otras ajenas que no podían entender; el trabajo forzoso y la esclavitud… Por supuesto, las culturas indígenas no eran idílicas, ni más ni menos que las europeas de la época. ¿Bárbaras? Tanto como las de los conquistadores. Pero eso no cambia las cosas.

¿Qué celebramos, pues? ¿La conquista y destrucción de pueblos? Se llame como se llame, el 12 de octubre cambió el mundo, sí, creó riqueza, asentó el capitalismo y propició el ‘milagro europeo’, un ‘milagro’ en exceso oneroso para sus verdaderos protagonistas, los explotados en nombre de otra civilización que se creía –por la fuerza– superior. Y me parece que sigue creyéndolo.

No encuentro, en consecuencia, motivo de celebración, ni como Día de la Raza, Fiesta de la Hispanidad o Fiesta Nacional de España. Ninguno. Y no se me ocurre otra manera de terminar este artículo que con un fragmento del poema “Sobre la Conquista”, de Eduardo Galeano, publicado originalmente en octubre de 2005 en la revista uruguaya Brecha. Pues una cosa es celebrar y otra recordar.

¿Cristóbal Colón descubrió América en 1492? ¿O antes que él la descubrieron los vikingos? ¿Y antes que los vikingos? Los que allí vivían, ¿no existían?

Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?

¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?

Nos han dicho, y nos siguen diciendo, que los peregrinos del Mayflower fueron a poblar América. ¿América estaba vacía?

Como Colón no entendía lo que decían, creyó que no sabían hablar.

Como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de razón.

(…)

Los invasores llamaron caníbales a los antiguos americanos, pero más caníbal era el Cerro Rico de Potosí, cuyas bocas comían carne de indios para alimentar el desarrollo capitalista de Europa.

Y los llamaron idólatras, porque creían que la naturaleza es sagrada y que somos hermanos de todo lo que tiene piernas, patas, alas o raíces.

Y los llamaron salvajes. En eso, al menos, no se equivocaron. Tan brutos eran los indios que ignoraban que debían exigir visa, certificado de buena conducta y permiso de trabajo a Colón, Cabral, Cortés, Alvarado, Pizarro y los peregrinos del Mayflower.

Nota final: También en muchos países americanos se celebra el 12 de octubre, en algunos desde el mismo momento de su invención. Y también ha ido cambiando la denominación, siendo en la actualidad el 12 de octubre el Día del Respeto a la Diversidad Cultural en Argentina, el Día de la Descolonización en Bolivia, el Día del Encuentro de Dos Mundos en Chile, el Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad en Ecuador, el Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural en Perú, o el Día de la Resistencia Indígena en Venezuela.

El ludismo en el Estado español

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“La fábrica” (1889), óleo de Santiago Rusiñol.

Las transformaciones tecnológicas que se generalizaron por Europa occidental a finales del XVIII y principios del XIX alcanzaron también a España. Esta ‘modernización’ –cuyos rasgos más característicos fueron el acelerado crecimiento demográfico durante casi todo el Setecientos, el impulso económico de la periferia con la aparición de los primeros núcleos industriales y el progresivo intento de llevar a cabo una reforma agraria liberal que supondría la proletarización y la miseria de gran parte del campesinado– conllevó un  empeoramiento de las condiciones de vida las clases populares que, como en Gran Bretaña, les llevó a añorar la sociedad paternalista de décadas anteriores y a poder soñar en el proyecto utópico de una monarquía sin intermediarios entre el rey sus súbditos. [Miquel Izard (1981): “Orígenes del movimiento obrero en España”, en Estudios sobre Historia de España. Obra homenaje a Manuel Tuñón de Lara, vol. 1]

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

El ludismo español no tuvo, por razones obvias, el auge y amplitud del inglés, pero los actos luditas no fueron ajenos al establecimiento de la sociedad industrial-capitalista. Hubo atentados y fueron abundantes las amenazas de destruir la maquinaria a principios del siglo XIX en Segovia, Ávila, Guadalajara y otros lugares de Castilla –donde la industria dispersa gozaba de larga tradición–, en Cataluña, en el País Valenciano (Alcoi) y en Galicia. En esta última, en 1789 la siderurgia de Sargadelos fue incendiada y otros ataques se constatan en la zona pesquera entre finales del XVIII y comienzos del XIX.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

En Alcoi, en 1821 unos mil doscientos hombres de los pueblos circundantes se dirigieron a la ciudad, armados con lo primero que encontraron a mano, y destruyeron las máquinas situadas en el exterior de la misma ─diecisiete, valoradas en dos millones de reales─, aceptando retirarse tras la promesa de las autoridades de desmontar las que se hallaban en su interior. Entre ochocientos y mil trabajadores fueron encausados y setenta y nueve de ellos acabaron en presidio. Durante todo 1822 se sucedieron los rumores de la celebración de reuniones para preparar nuevos ataques, si bien nada serio ocurrió hasta julio de 1823, cuando unos quinientos hombres de las poblaciones vecinas marcharon sobre la ciudad con dicha intención. Un enfrentamiento con las tropas terminó con la revuelta y con numerosos heridos y cinco detenidos. Se repitieron –aunque con menor intensidad– los episodios de destrucción de máquinas, o su intento al menos, en diversos momentos entre ese año y 1844.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

En Cataluña, el ludismo estuvo activo hasta, por lo menos, 1856. El primer acto ludita datado en Cataluña se remonta a 1823, cuando en Camprodon la multitud destruyó las máquinas de cardar y de hilar de la manufactura de Miquela Lacot. Cuatro de los asaltantes fueron sometidos a un consejo de guerra por haber destruido una máquina de fabricación inglesa. Los hechos de Camprodon fueron seguidos, el 24 de junio de 1824, de la publicación de una real orden que ordenaba a las autoridades que protegieran los establecimientos fabriles ante “los tristes resultados que padecieron las fábricas de Alcoy, Segovia y otras, por iguales causas de anteponer los jornaleros su interés y subsistencia a la autoridad pública”, al mismo tiempo que planteaba la necesidad de los ayuntamientos y los párrocos instruyeran al pueblo en el “bien que trae el uso de las máquinas” y la conveniencia de “emplear en caminos, obras públicas de la provincia y otras labores análogas a estos brazos que claman por ocupación, y abrigan, aunque callen, la inquietud y descontento a la par de su miseria”.

Entre 1827 y 1832 se produjo un notable aumento de las inversiones industriales en Cataluña. Ese último año se introdujo el primer telar mecánico y la fábrica Bonaplata, Vilaregut, Rull y Cía. pasó a ser la primera movida por una máquina de vapor. En ella trabajaban entre 600 y 700 obreros. Se inició de este modo una etapa de progresiva reducción de los costes de producción, que no debe atribuirse solo a la mecanización, también a la continuada sobreexplotación de la mano de obra. En 1835 la fábrica, conocida como El Vapor, fue destruida. El 5 de agosto una multitud heterogénea la incendió a pesar de la resistencia que encontraron por parte de un grupo de obreros, dirigidos por el hijo de Bonaplata, que disparó contra ella. Cuatro trabajadores fueron fusilados al día siguiente y muchos otros terminaron condenados a largas penas de prisión.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Otras actuaciones luditas se sucedieron en los años siguientes. En junio de 1836 grupos de obreros intentaron atacaron los talleres e intentaron destruir sus modernas máquinas en Sabadell. El 22 de marzo de 1844 la fábrica de Subirats, Vila y Cía. era incendiada en Igualada (Barcelona) y en septiembre, en Alcoi, se intentaron destruir las nuevas máquinas conocidas como caradas de mecha continua. En 1854 se produjo en Barcelona uno de los movimientos luditas de mayor alcance al ser destruidas gran cantidad de selfactinas (máquinas de hilar) por parte de los trabajadores del hilo a quienes su progresiva introducción –desde 1844– había dejado sin trabajo. El movimiento se extendió por otras poblaciones catalanas como Valls, Mataró, Manresa, Santpedor, Navarcles, Sallent o Sant Andreu del Palomar. Todavía en junio de 1856 aparecieron en diversos centros industriales catalanes pasquines incitando a destruir las fábricas de vapor, llegándose a producir algunos ataques (como el incendio provocado en una hilatura de Les Masies de Roda.

El amplio marco temporal que, como hemos visto, abarcó el ludismo nos muestra que este fue, ante todo, “un estallido violento de sentimientos contra un capitalismo industrial sin limitaciones que desplazaba sin contemplación alguna un código paternalista anticuado pero avalado por tradiciones muy arraigadas en la comunidad trabajadora” [E.P. Thompson (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra] y que los trabajadores lo utilizaron como un modo de presión para conseguir aumentos salariales o mejoras en las condiciones de trabajo. De este modo, como señalara Hobsbawm (1964, Labouring Men: Studies in the History of Labour), nos encontramos ante un incipiente sindicalismo que poco después conduciría a la clase obrera a organizarse de manera permanente –en 1864 se fundaba la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), o Primera Internacional–, a extender sus reivindicaciones y a adoptar otras formas de lucha, con la huelga como principal instrumento.

Extracto de mi artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13, 5-15.