San Lunes

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“Le Grand Saint Lundi” (1837). Jean Wendling.

Ayer, 1 de noviembre, se celebró el Día de todos los Santos. ¿De todos? No creo. Del que hablamos en la entrada de hoy seguro que no: San Lunes.

Cuando los efectos de la Revolución Industrial comenzaron a manifestarse en la sociedad inglesa –luego, en diferentes momentos y distintas circunstancias se extenderían progresivamente por todo el orbe– “había una cultura, hombres y mujeres que trabajaban y luchaban para vivir mejor, una forma de vida en definitiva. El nuevo orden que impuso la industrialización significó una ruptura con una determinada concepción del mundo. Esos hombres y esas mujeres, de tradiciones heredadas a lo largo del siglo XVIII que les convertían en ‘el inglés libre de nacimiento’, vieron –y vivieron–, cómo todo cambiaba a su alrededor y cómo se les escapaba una manera de vivir que, si bien nada tenía que envidiar a la sociedad industrial en cuanto a ciertos aspectos materiales, les permitía vivir más libres y, por tanto, más felices.” (Manuel Cerdà, Lucha de clases e industrialización, 1980).

Como en su día puso de manifiesto T.S. Ashton en su clásica obra The Industrial Revolution (1948), “las transformaciones no fueron únicamente industriales, sino sociales e intelectuales”. Antes de ese nuevo orden también se trabajaba, ¡y tanto que se trabajaba! Pero el trabajo intenso de unos días se alternaba, y compensaba, con la ociosidad de otros. Los ritmos de trabajo en la época preindustrial eran distintos. En el marco de una economía doméstica, de pequeños talleres y trabajo a domicilio que podía compartir la familia, predominaba la flexibilidad. Con la industrialización –es decir, con la cada vez mayor presencia de industrias mecánicas a gran escala–, el ritmo de trabajo tuvo que adaptarse al proceso de producción tanto en el medio urbano como en el rural. El tiempo se convirtió en una autoridad cada vez más poderosa y el reloj devino indispensable para regular la vida de las gentes, organizada ahora en torno al trabajo. El reloj o los tañidos de las campanas de los campanarios o el canto de las de los serenos, hasta que este se generalizó.

El tránsito de la sociedad preindustrial a la industrial-capitalista no se produjo sin “una resistencia empecinada y el siglo XVIII fue testigo de cómo se creaba una distancia profunda, una profunda alienación entre la cultura de los patricios y la de los plebeyos”, lo que comportó una paulatina destrucción de antiguas tradiciones firmemente arraigadas en el seno de las clases populares, de costumbres que expresaban, en gran parte, lo que ahora significa la palabra cultura. (E.P. Thompson, Costumbres en común, 1991).

Una de estas costumbres era San Lunes. “Parece ser que San Lunes era venerado casi universalmente donde quiera que existieran industrias de pequeña escala, domésticas y a domicilio; se observaba generalmente en las minas, y alguna vez continuó en industrias fabriles y pesadas. Se perpetuó en Inglaterra hasta el siglo XIX –y en realidad hasta el XX– por razones complejas de índole económica y social. En algunos oficios, los pequeños patronos aceptaron la institución y emplearon los lunes para tomar o entregar trabajo. (…) Donde la costumbre se encontraba profundamente establecida, el lunes era el día que se dejaba para el mercado y los asuntos personales”, sigue diciendo Thompson en su magnífico libro. De 1693 son estos versos impresos que recoge el autor británico en dicha obra:

“Ya sabes hermano que el Lunes es Domingo;

el Martes otro igual;

los Miércoles a la Iglesia has de ir y rezar;

el Jueves es media vacación;

el Viernes muy tarde para empezar a hilar;

el Sábado es nuevamente media vacación”.

San Lunes no fue pues, ni mucho menos, exclusivo de Gran Bretaña. El mundo anterior al nuestro no era tan desemejante como pueda parecernos. “Si bien [la globalización es] un fenómeno reciente, sus raíces se remontan a la Antigüedad. Lo novedoso del nombre no debe ocultar el hecho de que puede describir perfectamente una situación muy anterior, como era, por ejemplo, la del mundo entre la segunda mitad del siglo XVIII y la guerra de 1914”. (Ignacio Ramonet, Ramón Chao y Jacek Woźniak, Abecedario (subjetivo) de la globalización, 2003). “El lunes, ni las gallinas ponen”, dice el refranero mexicano. En Francia, por ejemplo, “le dimanche est le jour de la famille, le lundi celui de l’amitié”, recuerda Thompson citando a Georges Duveau. Y servidor de ustedes siempre ha conocido esta canción popular que todavía se canta en la zona en que nací (la comarca valenciana de l’Alcoià-Comtat):

“El dilluns volem fer festa,

el dimarts ‘pa’ descansar,

el dimecres ‘pa’ anar al cine,

el dijous ‘pa’ festejar,

el divendres traure comptes

‘pa’ el dissabte anar a cobrar,

i el diumenge, com és festa,

no ‘mos’ deixen treballar” *.

[El lunes queremos fiesta, / el martes para descansar, / el miércoles para ir al cine, / el jueves para festejar, / el viernes hacer cuentas / para el sábado ir a cobrar, / y el domingo, como es fiesta, no nos dejan trabajar.]

Desconozco el momento en que surgió la canción, pero es evidente es que ya avanzado el siglo XX. De lo contrario no se explica lo de “ir al cine”.

San Lunes, obviamente, feneció y no subió al calendario santoral, quedando fuera de “todos los santos”. No podía ser de otro modo.

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* Pa es contracción de per a (para en castellano). Mos (nos) es la expresión coloquial que se utiliza en la mayoría del País Valenciano para el pronombre ens (nos, nosotros).

12 de octubre. ¿Celebrando qué?

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“La conquista española de la nación azteca” (1951), mural de Diego Rivera. Palacio Nacional de la Ciudad de México.

Desde 1914, el 12 de octubre es un día de celebración. Pero ¿qué celebramos? En un principio se le llamó Día de la Raza y surgió a instancias del entonces presidente de la Unión Ibero-Americana, Faustino Rodríguez-San Pedro, abogado y político español que con anterioridad había sido ministro durante el reinado de Alfonso XIII. Como Día de la Raza se mantuvo en España la festividad hasta que en 1957 pasó a denominarse Fiesta de la Hispanidad. Muerto el dictador, se mantuvo la celebración y en 1987 cambió su nombre a Fiesta Nacional de España. Los motivos figuran en el Boletín Oficial del Estado del 8 de octubre de dicho año: “la fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efeméride histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”.

¿Qué? ¿Cómo? A ver. ¿Qué significa eso de que se inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos? Proyectar es, según la RAE, “idear, trazar o proponer el plan y los medios para la ejecución de algo”. ¿Cuál era la idea? ¿Cuál el plan? Es decir, el objetivo. Conseguir más riqueza, más poder. No se buscaba tanto encontrar nuevas tierras como trazar una ruta más corta hacia la India para comerciar con el preciado bien que entonces eran las especias. El ‘descubrimiento’ fue por azar, aunque eso es lo de menos en este contexto. ¿Los medios? Los que pusieron a disposición de Cristóbal Colón los Reyes Católicos. ¿De dónde sacaron el dinero para financiar el viaje? De un rico mercader, el valenciano Luis de Santángel, que prestó 1.140.000 maravedís para el primer viaje. Era, pues, una operación comercial, una cuestión de negocios. Una vez se dieron cuenta de que no habían llegado a las Indias, sino a un ‘Nuevo Mundo’ –nuevo para quienes no lo conocían, claro, no para los que ya lo habitaban– sí empezó esa “proyección lingüística y cultural” bajo el nombre de “evangelización”, algo a lo que ya estaba acostumbrada la monarquía hispánica que ese mismo año (1492) había terminado con el dominio musulmán en las tierras que pasarían a formar parte del incipiente Reino de España. Lo que el decreto de 1987 denomina “integración de los Reinos de España” nada tiene de integración, es simple y llanamente una apropiación, y por la fuerza. Se trataba de expandir una cultura y una religión ‘superiores’.

España, y Europa, los pueblos ‘civilizados’, sacaron buen provecho de la empresa. En términos económicos, por supuesto. Nuevos productos agrícolas que hoy siguen formando parte de nuestra alimentación, minerales que en Europa no se conocían y, sobre todo, oro y plata. Y todo ello a coste cero. Para los conquistadores, no para los nativos, que poco pudieron hacer ante la invasión por el mayor desarrollo tecnológico de las armas de los colonizadores. El coste para ellos fue brutal: el fin de civilizaciones milenarias y el exterminio de 90 millones de pobladores (por el uso de la fuerza y las enfermedades que importaron los europeos a unas gentes cuyos organismos carecían de anticuerpos para resistir los virus y bacterias); la destrucción de su modo de vida, sus costumbres y tradiciones; la imposición de otras ajenas que no podían entender; el trabajo forzoso y la esclavitud… Por supuesto, las culturas indígenas no eran idílicas, ni más ni menos que las europeas de la época. ¿Bárbaras? Tanto como las de los conquistadores. Pero eso no cambia las cosas.

¿Qué celebramos, pues? ¿La conquista y destrucción de pueblos? Se llame como se llame, el 12 de octubre cambió el mundo, sí, creó riqueza, asentó el capitalismo y propició el ‘milagro europeo’, un ‘milagro’ en exceso oneroso para sus verdaderos protagonistas, los explotados en nombre de otra civilización que se creía –por la fuerza– superior. Y me parece que sigue creyéndolo.

No encuentro, en consecuencia, motivo de celebración, ni como Día de la Raza, Fiesta de la Hispanidad o Fiesta Nacional de España. Ninguno. Y no se me ocurre otra manera de terminar este artículo que con un fragmento del poema “Sobre la Conquista”, de Eduardo Galeano, publicado originalmente en octubre de 2005 en la revista uruguaya Brecha. Pues una cosa es celebrar y otra recordar.

¿Cristóbal Colón descubrió América en 1492? ¿O antes que él la descubrieron los vikingos? ¿Y antes que los vikingos? Los que allí vivían, ¿no existían?

Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?

¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?

Nos han dicho, y nos siguen diciendo, que los peregrinos del Mayflower fueron a poblar América. ¿América estaba vacía?

Como Colón no entendía lo que decían, creyó que no sabían hablar.

Como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de razón.

(…)

Los invasores llamaron caníbales a los antiguos americanos, pero más caníbal era el Cerro Rico de Potosí, cuyas bocas comían carne de indios para alimentar el desarrollo capitalista de Europa.

Y los llamaron idólatras, porque creían que la naturaleza es sagrada y que somos hermanos de todo lo que tiene piernas, patas, alas o raíces.

Y los llamaron salvajes. En eso, al menos, no se equivocaron. Tan brutos eran los indios que ignoraban que debían exigir visa, certificado de buena conducta y permiso de trabajo a Colón, Cabral, Cortés, Alvarado, Pizarro y los peregrinos del Mayflower.

Nota final: También en muchos países americanos se celebra el 12 de octubre, en algunos desde el mismo momento de su invención. Y también ha ido cambiando la denominación, siendo en la actualidad el 12 de octubre el Día del Respeto a la Diversidad Cultural en Argentina, el Día de la Descolonización en Bolivia, el Día del Encuentro de Dos Mundos en Chile, el Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad en Ecuador, el Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural en Perú, o el Día de la Resistencia Indígena en Venezuela.

El ludismo en el Estado español

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“La fábrica” (1889), óleo de Santiago Rusiñol.

Las transformaciones tecnológicas que se generalizaron por Europa occidental a finales del XVIII y principios del XIX alcanzaron también a España. Esta ‘modernización’ –cuyos rasgos más característicos fueron el acelerado crecimiento demográfico durante casi todo el Setecientos, el impulso económico de la periferia con la aparición de los primeros núcleos industriales y el progresivo intento de llevar a cabo una reforma agraria liberal que supondría la proletarización y la miseria de gran parte del campesinado– conllevó un  empeoramiento de las condiciones de vida las clases populares que, como en Gran Bretaña, les llevó a añorar la sociedad paternalista de décadas anteriores y a poder soñar en el proyecto utópico de una monarquía sin intermediarios entre el rey sus súbditos. [Miquel Izard (1981): “Orígenes del movimiento obrero en España”, en Estudios sobre Historia de España. Obra homenaje a Manuel Tuñón de Lara, vol. 1]

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

El ludismo español no tuvo, por razones obvias, el auge y amplitud del inglés, pero los actos luditas no fueron ajenos al establecimiento de la sociedad industrial-capitalista. Hubo atentados y fueron abundantes las amenazas de destruir la maquinaria a principios del siglo XIX en Segovia, Ávila, Guadalajara y otros lugares de Castilla –donde la industria dispersa gozaba de larga tradición–, en Cataluña, en el País Valenciano (Alcoi) y en Galicia. En esta última, en 1789 la siderurgia de Sargadelos fue incendiada y otros ataques se constatan en la zona pesquera entre finales del XVIII y comienzos del XIX.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

En Alcoi, en 1821 unos mil doscientos hombres de los pueblos circundantes se dirigieron a la ciudad, armados con lo primero que encontraron a mano, y destruyeron las máquinas situadas en el exterior de la misma ─diecisiete, valoradas en dos millones de reales─, aceptando retirarse tras la promesa de las autoridades de desmontar las que se hallaban en su interior. Entre ochocientos y mil trabajadores fueron encausados y setenta y nueve de ellos acabaron en presidio. Durante todo 1822 se sucedieron los rumores de la celebración de reuniones para preparar nuevos ataques, si bien nada serio ocurrió hasta julio de 1823, cuando unos quinientos hombres de las poblaciones vecinas marcharon sobre la ciudad con dicha intención. Un enfrentamiento con las tropas terminó con la revuelta y con numerosos heridos y cinco detenidos. Se repitieron –aunque con menor intensidad– los episodios de destrucción de máquinas, o su intento al menos, en diversos momentos entre ese año y 1844.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

En Cataluña, el ludismo estuvo activo hasta, por lo menos, 1856. El primer acto ludita datado en Cataluña se remonta a 1823, cuando en Camprodon la multitud destruyó las máquinas de cardar y de hilar de la manufactura de Miquela Lacot. Cuatro de los asaltantes fueron sometidos a un consejo de guerra por haber destruido una máquina de fabricación inglesa. Los hechos de Camprodon fueron seguidos, el 24 de junio de 1824, de la publicación de una real orden que ordenaba a las autoridades que protegieran los establecimientos fabriles ante “los tristes resultados que padecieron las fábricas de Alcoy, Segovia y otras, por iguales causas de anteponer los jornaleros su interés y subsistencia a la autoridad pública”, al mismo tiempo que planteaba la necesidad de los ayuntamientos y los párrocos instruyeran al pueblo en el “bien que trae el uso de las máquinas” y la conveniencia de “emplear en caminos, obras públicas de la provincia y otras labores análogas a estos brazos que claman por ocupación, y abrigan, aunque callen, la inquietud y descontento a la par de su miseria”.

Entre 1827 y 1832 se produjo un notable aumento de las inversiones industriales en Cataluña. Ese último año se introdujo el primer telar mecánico y la fábrica Bonaplata, Vilaregut, Rull y Cía. pasó a ser la primera movida por una máquina de vapor. En ella trabajaban entre 600 y 700 obreros. Se inició de este modo una etapa de progresiva reducción de los costes de producción, que no debe atribuirse solo a la mecanización, también a la continuada sobreexplotación de la mano de obra. En 1835 la fábrica, conocida como El Vapor, fue destruida. El 5 de agosto una multitud heterogénea la incendió a pesar de la resistencia que encontraron por parte de un grupo de obreros, dirigidos por el hijo de Bonaplata, que disparó contra ella. Cuatro trabajadores fueron fusilados al día siguiente y muchos otros terminaron condenados a largas penas de prisión.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Otras actuaciones luditas se sucedieron en los años siguientes. En junio de 1836 grupos de obreros intentaron atacaron los talleres e intentaron destruir sus modernas máquinas en Sabadell. El 22 de marzo de 1844 la fábrica de Subirats, Vila y Cía. era incendiada en Igualada (Barcelona) y en septiembre, en Alcoi, se intentaron destruir las nuevas máquinas conocidas como caradas de mecha continua. En 1854 se produjo en Barcelona uno de los movimientos luditas de mayor alcance al ser destruidas gran cantidad de selfactinas (máquinas de hilar) por parte de los trabajadores del hilo a quienes su progresiva introducción –desde 1844– había dejado sin trabajo. El movimiento se extendió por otras poblaciones catalanas como Valls, Mataró, Manresa, Santpedor, Navarcles, Sallent o Sant Andreu del Palomar. Todavía en junio de 1856 aparecieron en diversos centros industriales catalanes pasquines incitando a destruir las fábricas de vapor, llegándose a producir algunos ataques (como el incendio provocado en una hilatura de Les Masies de Roda.

El amplio marco temporal que, como hemos visto, abarcó el ludismo nos muestra que este fue, ante todo, “un estallido violento de sentimientos contra un capitalismo industrial sin limitaciones que desplazaba sin contemplación alguna un código paternalista anticuado pero avalado por tradiciones muy arraigadas en la comunidad trabajadora” [E.P. Thompson (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra] y que los trabajadores lo utilizaron como un modo de presión para conseguir aumentos salariales o mejoras en las condiciones de trabajo. De este modo, como señalara Hobsbawm (1964, Labouring Men: Studies in the History of Labour), nos encontramos ante un incipiente sindicalismo que poco después conduciría a la clase obrera a organizarse de manera permanente –en 1864 se fundaba la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), o Primera Internacional–, a extender sus reivindicaciones y a adoptar otras formas de lucha, con la huelga como principal instrumento.

Extracto de mi artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13, 5-15.

Los destructores de máquinas: el ludismo

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Bedlam Furnace, Madeley Dale, Shropshire 1803 by Paul Sandby Munn 1773-1845

“Bedlam Furnace, Madeley Dale, Shropshire” (1803), acuarela de Paul Sandby Munn.

Desde mediados del siglo XVIII gran parte de Europa occidental, y Gran Bretaña de forma singular, conocieron un conjunto de cambios tecnológicos y sociológicos, propiciados por el proceso de industrialización, que conllevaron unas trasformaciones económicas y sociales sin precedentes hasta entonces. La humanidad estaba a punto de experimentar el cambio más trascendental de toda su existencia.

“Camino al trabajo” (1851), óleo de Jean-François Millet.

“Camino al trabajo” (1851), óleo de Jean-François Millet.

La Revolución industrial se materializó de forma diferente en cada país, pero en todos los lugares donde tuvo lugar actuaron como elemento común profundos trastornos sociales, consecuencia del cambio que experimentaban las estructuras sobre las que se asentaba la sociedad del Antiguo Régimen a otras más modernas que caracterizan la nueva sociedad industrial. La centralización de la producción en fábricas frente la antigua empresa familiar, la especialización de la actividad económica en vistas al merado nacional e internacional, el trasvase de población de los núcleos rurales a los centros urbanos, la aparición de nuevas clases sociales y de otra manera de entender las relaciones laborales –con una férrea disciplina en el trabajo y la sujeción a rígidos horarios en sombrías fábricas infernales– supusieron un cambio radical en la manera de vivir, en la propia concepción del mundo, de las clases populares. Este cambio no se llevó a cabo sin una fuerte resistencia por parte de los grupos afectados, que se manifestó en un importante número de conflictos sociales que, en un principio, tuvieron como objetivo primordial la destrucción de uno de los elementos más representativos del nuevo orden capitalista: las máquinas.

A finales de Setecientos, los trabajadores textiles de Leeds (Gran Bretaña) se quejaban de que las máquinas dejaban sin trabajo a miles de obreros, que por ello no podían “mantener a sus familias” al estar “privados de la posibilidad de enseñar un oficio a sus hijos”. Además, decían, comportan la despoblación, el abandono del comercio y la ruina de los agricultores. Podríamos citar muchos más ejemplos como este, pero en todos llegaríamos a la conclusión de que la introducción la maquinaria industrial dañaba seriamente los intereses de los trabajadores y era, por tanto, un enemigo natural al que había que destruir.

Grabado de 1813 de Ned Ludd.

Grabado de 1813 de Ned Ludd.

Según una vieja tradición, la palabra “ludita” –nombre con el que se conoce al destructor de máquinas– deriva de un tal Ned Ludlam (o Ludd), aprendiz de tejedor en Leicester (Gran Bretaña), quien en 1779 destruyó los telares de su maestro empleador al no poder soportar más las continuadas prisas y regañinas de este. Sin embargo, el ludismo no es un fenómeno nuevo de la sociedad industrial; desde el siglo XVI encontramos actos luditas en la historia de Gran Bretaña. Pero su generalización se producirá durante el proceso de liquidación de la legislación paternalista del Antiguo Régimen y la consiguiente aparición de la legislación laboral en la nueva sociedad de clases, en la que el trabajador era considerado únicamente una mercancía más de un orden social en el que el capitalista tenía plena libertad “para destruir las costumbres que regían la actividad comercial e industrial en general, bien mediante nueva maquinaria, el sistema de factoría o por una competencia sin restricciones, y reducción de salarios, desbancando a los rivales y envileciendo los niveles de vida y trabajo de la mano de obra cualificada.” [E.P. Thompson (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra]

Este nuevo orden social comportó una profunda transformación del modo de vida de la clase obrera: la ruptura que respecto al mundo anterior suponía la férrea disciplina de la fábrica, las insalubres condiciones en que llevaba a cabo su trabajo, la ocupación de mujeres y niños en las mismas condiciones, las largas y agotadoras jornadas laborales…, eran elementos ciertamente nuevos que no podían ser bien recibidos por la comunidad trabajadora. No ha de extrañarnos, pues, que esta sintiera una cierta nostalgia por el mundo preindustrial ante la agresión que suponía el industrialismo y que fueran las máquinas –símbolo del nuevo orden– el principal objetivo de su ira.

Grabado de 1830 sobre los actos luditas de Hampshire.

Grabado de 1830 sobre los actos luditas de Hampshire.

En la década de 1830 los condados del sur y el este de Inglaterra ─Hampshire y Wiltshire sobre todo─ se vieron agitados por una sucesión de revueltas campesinas: los trabajadores marchaban de un pueblo a otro en petición de mayores salarios, destrozando las máquinas trilladoras y quemando graneros y almiares. Capitán Swing era la firma que figuraba al pie de las cartas amenazadoras que, en los días anteriores a las revueltas, habían recibido los terratenientes, clérigos y granjeros acomodados, presentando las peticiones de los trabajadores.

Decía The Times que “casi no pasa una noche sin que a algún arrendatario le incendien una parva o un granero”. Los destructores de máquinas eran predominantemente “campesinos” o jornaleros agrícolas. Del volumen de la revuelta podemos hacernos una idea al considerar que hubo casi 2.000 personas juzgadas en 30 condados, 19 de las cuales fueron ejecutadas, 600 encarceladas y 500 deportadas a las colonias australianas.

Cuerda de presos deportados a Botany Bay (Australia).

Cuerda de presos deportados a Botany Bay (Australia).

Lámina de Henry Heath titulada "Swing!" (1830, Museo Británico).

Lámina de Henry Heath titulada “Swing!” (1830, Museo Británico).

¿Quién era el Capitán Swing? Son muchas las versiones que circularon en su día sobre él. Algunos lo describían como un desaliñado vagabundo, para los más era un respetable “forastero con una extraña vestimenta, pero de modales aparentemente por encima de las clases bajas”. Lo cierto es que todos y nadie vieron a Swing –como a Ludd–, que posiblemente nunca pasó de ser un personaje imaginario, un nombre utilizado para dar crédito a las cartas amenazadoras, las “cartas Swing”. Estas advertían a la víctima de las calamidades que le sobrevendrían si no accedía a las demandas del remitente, siendo el incendio la amenaza más frecuente. La mayoría eran lacónicas, como la siguiente: “Señor: Esta carta es para advertiros que si vuestras trilladoras no son destruidas por vos mismo, nosotros podremos manos a la obra. Firmado en nombre de todos. Swing”. O: “Esta es para informaros de lo que os sucederá, caballeros, si no destruís vuestras trilladoras y eleváis los salarios de los pobres y dais dos chelines y seis peniques diarios a los casados y dos chelines a los solteros. Os incendiaremos vuestros graneros con vosotros dentro. Este es el último aviso”. Nadie, sin embargo, hay que aclarar, fue quemado jamás con sus propiedades. Los ataques estuvieron siempre dirigidos contra la propiedad, no contra la vida de las personas, lo que muestra, como señalan Hobsbawm y Rudé [“Revolución industrial y revuelta agraria. El capitán Swing”, 1969] que “la escala de valores de los trabajadores era diametralmente opuesta a la de las clases altas, para quienes la propiedad era más preciosa ante la ley que la misma vida”.

Los sucesos de 1830 no son solo un ejemplo de movimiento campesino: también constituyen el único caso de un movimiento ludita que consiguió triunfar. La maquinaria no volvió a ser introducida en la campiña inglesa en la misma escala en que lo había sido antes de 1830. Se trataba de un intento por reafirmar los derechos de los trabajadores en tanto que hombres y ciudadanos en el nuevo orden social, un orden que los convertía prácticamente en esclavos, pues el capitalista tenía plena libertad para destruir las costumbres que regían la actividad laboral.

Movimientos como los del Capitán Swing se extendieron a otros países (Francia, Bélgica, Alemania, España…) a medida que avanzaba la Revolución industrial, pero no impidieron que esta siguiera adelante gracias a la explotación sin límites de los trabajadores, a los que se les daba menor valor que a las mercancías, aunque sí sirvieron para frenar innumerables abusos e injusticias. Hoy, me temo, los luditas serían calificados de terroristas.

Extracto de mi artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13, 5-15.

 

Esas malditas máquinas

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“Coalbrookdale de noche” (1801), óleo de Philip James de Loutherbourg.

Guisambola contemplaba, entre divertido y extrañado, a aquel muchacho que siempre parecía tener prisa y que en poco tiempo había conseguido distinguir casi tan bien las hierbas como él. ¿Y este chico de dónde habrá salido? Es el hijo de Vicent, el de Muro, le comentó una vez un vecino que se encontraba con él cuando Samuel entregó el pedido que días antes le había hecho. ¿De Muro? Guisambola también era de Muro. El dato aumentó su interés y la siguiente vez que lo visitó, le ofreció una mistela y unas pastas.

―Acércate, chico.

Guisambola había ido perdiendo vista, cada vez más, hasta quedarse prácticamente ciego; apenas distinguía sombras y bultos. Su memoria, sin embargo, había sido menos castigada y recordaba bastante bien su época de juventud.

―¿Así que tú eres de Muro?

―¿Yo? No sé.

Samuel desconocía que su familia proviniese de Muro, no sabía que él mismo había nacido y sido bautizado allí, nadie le había hablado nunca de sus orígenes. ¿Qué importancia podía tener?

―¿Tu padre no se llamaba Vicent, y tu abuelo Roque?

―Mi padre se llamaba Vicent, sí, pero mi abuelo… No sé.

―Yo conocía a tu abuelo. También nací en Muro, pero me vine para aquí hace muchos años. Tu padre debería ser un niño todavía, igual tendría tu edad. Yo también, un par de años más a lo sumo. Éramos vecinos. Lo recuerdo ayudando a tu abuelo. Era espabilado, y trabajador. Sabía casi todo de las faenas del campo, cuándo debía sembrarse y cuándo había que recolectar, y cómo hacerlo, cuándo se tenían que abonar los bancales y cuándo regarlos, y cómo, claro. Eran otros tiempos. Créeme que los echo de menos.

―¿Y por qué se vino?

―Por lo mismo que todos los que no han nacido en esta ciudad. En Muro, como en otros muchos pueblos a la redonda, cada vez se necesitaba más dinero para todo. No me preguntes por qué, no sabría responderte, pero la vida era cada día más difícil. Como otros muchos, de Muro y de otras localidades, encontramos en los fabricantes de Alcoi un gran alivio para combatir las penurias. Ellos comerciaban con telas y alguien tenía que hacerles el hilo. Todas las semanas venía un hombre con un carromato, se llevaba el hilo que habíamos elaborado y nos dejaba más lana para cardar e hilar. Todas las semanas, cada vez había más faena, a veces no se podía con tanta y los fabricantes se quejaban, amenazaban con no dar más trabajo si nos retrasábamos, pero luego no lo hacían, había demasiados pedidos que atender.

―¿Y qué pasó?

―Las máquinas, muchacho, las máquinas. Comenzaron los fabricantes a traerlas de fuera y acabaron con todo. Una máquina hace la labor de muchos hombres y nunca falta al trabajo ni se queja, ni protesta de nada. Pronto todos querían máquinas. Los fabricantes, claro, los demás no queríamos saber nada de ellas. Se redujo la cantidad de lana que traían cada semana, cada vez daban menos y abarataron los precios. Cosas de la competencia de las máquinas, decían. ¡Pero si eran suyas!

―¿Y si nadie las quería más que los fabricantes cómo es que ahora casi todos trabajan en ellas?

jacksonludditesll―Los que tenían las máquinas eran los mismos que antes nos daban lana para cardar y hacer hilo, y la gente necesita comer. Así que lo tomas o lo dejas. Se luchó por impedirlo, no creas, pero no se consiguió. A veces se gana, aunque las más se pierde. Hombres de todos los pueblos, no sé cuantos, muchos, nos organizamos para venir a Alcoi y destruir las máquinas. Veníamos con nuestras horcas, azadas, picos, con cualquier cosa que tuviéramos a mano. Más de mil éramos. Tu abuelo también vino. No conseguimos entrar en la ciudad, pero las que estaban en el exterior fueron hechas añicos. Ni una quedó. Lo sé muy bien, no sabes con que gusto le di a una de ellas con la azada. Un golpe seco y a la mierda la máquina ─Samuel rió─. Y así una, y otra, hasta que no quedó ninguna. Veinte por lo menos nos cargaríamos, más de las que había dentro. Eso sería en los años veinte, 1821 o 1822 si mal no recuerdo. Las autoridades prometieron que se desmontarían las que quedaban, pero eso nunca sucedió. Algunos, además, fueron luego encarcelados por ello.

―Ganaron las máquinas.

FrameBreaking-1812―Sus dueños. Pero no acabó ahí la cosa. Dos o tres años después, dos creo. Sí, dos. Dos años después volvimos a romper las máquinas. Ya estaba otra vez todo lleno de esos diabólicos artefactos. Pero éramos menos, la mitad como mucho. Tu abuelo y yo también vinimos. Tu abuelo tenía un par de cojones. Antes de llegar a la puerta de Cocentaina, había tropas esperándonos. Nos dijeron que marcháramos de allí si no queríamos que pasara nada. Exigimos hablar con el alcalde. Aceptaron y cuatro de nosotros fuimos a hablar con él. Me acuerdo muy bien de aquello. Dentro de Alcoi también había muchos que querían destruir las máquinas. Un par de ellos se añadió a la reunión, el mismo alcalde dijo que acudieran también de los de dentro. Le dijimos que no habían respetado la promesa de desmontar las máquinas, sino al contrario, y que las promesas se cumplían, que las máquinas iban a acabar con nosotros. Los alcoyanos explicaron que la situación en la ciudad no era mejor y que sus calles estaban llenas de cuadrillas de operarios mendigando de puerta en puerta para poder subsistir. El alcalde no aceptó desmontar las máquinas, los fabricantes tenían derecho a hacer lo que quisieran con sus bienes y propiedades, por eso eran suyos. Prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para remediar la miseria que nos asolaba, pero en la cuestión de las máquinas dijo que no podía intervenir.

―¿Y se fueron?

―Las tropas cargaron contra nosotros. Todos huimos en desbandada a los primeros golpes. Ellos cogieron a unos pocos, pero hirieron a muchos. Desde entonces la resistencia a las máquinas fue cada vez a menos, la gente empezó a no querer saber nada de protestas. Nada se puede contra el poderoso, decían. Difícilmente se conseguía un centenar de hombres dispuestos a lo que fuera. Poco a poco todo el mundo se ajustó a la nueva situación y uno tras otro fuimos abandonando nuestros pueblos y mudándonos aquí. El hambre es muy mala consejera, muchacho.

―Y usted se vino a trabajar con las máquinas.

―A mí las máquinas no me gustan.

―A mí tampoco, ni las fábricas.

Guisambola sonrió con la rotundidad de la respuesta de Samuel.

―Yo vine porque se venían mis hijos, no hice como tu abuelo, que decidió quedarse. Antes muerto que una de esas infernales y sombrías fábricas, decía. Ya te lo he dicho antes: tu abuelo tenía un par de cojones. No sé qué habrá sido de él. Pero una vez aquí decidí dedicarme a lo que sabía, mi madre y mi abuela me habían enseñado muchas cosas sobre las hierbas y sus propiedades. Y hasta ahora, aunque ya me queda poco, estoy muy viejo.

Fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015).

Veamos ahora –como hacemos en otras entradas de este tipo– cómo sucedieron los hechos de que habla Guisambola con Samuel, Samuel Valls, el protagonista de la novela.

Alcoi era una ciudad industrial desde mediados del siglo XVIII que funcionaba sobre la base del sistema de manufactura dispersa, la cual integraba una veintena de pueblos de los alrededores y daba trabajo a unas cuatro mil personas. Con el cambio tecnológico que acompañó el proceso de industrialización, gran parte de esta mano de obra campesina se vio privada de una parte importante de sus ingresos, a no ser que buscara trabajo en Alcoi, y su modo de vida resultó trastocado para siempre.

Cuando en 1818 entraron en Alcoi las primeras máquinas –de cardar e hilar– ya tuvieron que ser escoltadas ante los fundados rumores de que podrían ser asaltadas y destruidas. Idéntica situación se produjo en los dos años siguientes, hasta que el 2 de marzo de 1821 unos 1.200 hombres de los municipios vecinos se dirigieron a Alcoi y destruyeron las máquinas ubicadas en el exterior de la ciudad, aceptando retirarse solamente tras obtener la promesa por parte del ayuntamiento de que las situadas en el interior serían desmontadas. Diecisiete máquinas fueron hechas añicos y los daños ocasionados se valoraron en dos millones de reales. Inmediatamente, el alcalde de Alcoi solicitó ayuda militar y un regimiento de caballería, procedente de Xàtiva, y otro de infantería, desde Alicante, entraron en la ciudad el 6 de marzo. Los hechos tuvieron una gran repercusión y fueron debatidos en las Cortes en varias sesiones.

Sin embargo, la amenaza ludita no terminó aquí. El 29 de julio de 1823 unos quinientos hombres marcharon hacia Alcoi con el mismo propósito, produciéndose a la entrada de la ciudad un enfrentamiento con las tropas que mandaba el subteniente Tomás Sempere a resultas del cual humo numerosos heridos entre los campesinos y cinco de ellos fueron detenidos.

Entre 1823 y 1826 prosiguieron los rumores de que se preparaban nuevas acciones para destruir las máquinas En la mayoría de las ocasiones no pasaron de ahí, pero –aunque sin revestir la gravedad de los hechos mencionados– los intentos luditas se reprodujeron en 1823 y 1825, e incluso en años posteriores. Así, en 1844, la incorporación al proceso de producción textil de una nueva máquina –la carda de mecha de continua– provocó nuevos incidentes, si bien de escasa importancia.

A partir de esta fecha ya no se registra acción ludita alguna. La clase obrera comenzó a organizarse y a dirigir sus ataques no contra l0s medios materiales de producción sino contra la forma social de explotación.

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NOTAS

La palabra ludita –nombre con el que se conoce al destructor de máquinas– deriva de un tal Ned Ludlam (o Ludd), aprendiz de tejedor en Leicester (Gran Bretaña), quien en 1779 destruyó los telares de su maestro empleador al no poder soportar más las continuadas prisas y regañinas de este.

El ludismo (en Alcoi especialmente) ha sido uno de los temas a los que he dedicado más tiempo –y, en consecuencia, escrito más páginas– en mi trayectoria profesional como historiador.

Antes que yo, en 1965, Antonio Revert publicó el libro Primeros pasos del maquinismo en Alcoy. Sus consecuencias sociales.

De mi obra puede consultarse, especialmente, los capítulos sobre el mismo en mis libros Lucha de clases e industrialización (1980) y Els moviments socials al País Valencià (1982), y el artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13. No obstante, este resumen es un extracto de la entrada que redacté para la Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana (2005-2008).

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/02/esas-malditas-maquinas/