Los mártires de Chicago y las víctimas de hoy

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“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.

Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887 y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y a Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887. Lingg se suicidó en su celda antes del ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33 años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe (estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como veremos.

En la noche del 4 de mayo de 1886 –hoy, pues, se cumplen 134 años– una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas acabó con la vida de un elevado número de obreros –además de numerosos heridos– y de ocho policías. El hecho es conocido sobre todo porque dio origen la celebración del Primero de Mayo.

La lucha por la jornada laboral de ocho horas se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó esta en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, una vez creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa. Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que esta se extendiera a todos los oficios se generalizó. En 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna: “¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día! ¡Ocho horas de trabajo! ¡Ocho horas de reposo! ¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo. El 4 más de 20.000 se concentraron pacíficamente en Haymarket Square. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (1953), “se trata, evidentemente, de una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”. Los cinco hombres citados al principio fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los que cinco obreros ajusticiados de afiliación anarquista, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

Que 134 años después no solo no se haya conseguido reducir la jornada de 8 horas que entonces se demandaba, sino que tener un trabajo estable con un salario más o menos digno con dicho horario sea el sueño de muchos, dice muy poco en favor de la sociedad que hemos creado. ¿Cómo es esa palabra tan explotada en todos los ámbitos?, ¿progreso? ¿Qué progreso? ¿En beneficio de quién y para qué?

En estos tiempos, el trabajo parece que se implora, que gobernantes y políticos mendigan a los inversores unas migajas de su hacienda como buenos mamporreros que son del poder para que sus administrados puedan seguir existiendo –que no viviendo– con trabajos precarios y sueldos de miseria, asumiéndose la marginalidad y la pobreza como algo inherente a cualquier forma de organización social. Las bases sobre las que se sustenta la sociedad actual responden a un modelo que comienza a tambalearse. Ya no es el modelo de sociedad que surgió con la Revolución industrial y la Revolución francesa, el capital industrial pasa a ser un apéndice del financiero, la economía productiva está subordinada a la economía especulativa. Lo que, por otra parte, no es algo que no fuera previsible que ocurriera de este modo. Ya lo decía Bakunin en 1873: el único fin del Estado “es organizar la explotación más vasta del trabajo en provecho del capital que está concentrado en manos de un puñado: así pues, es el triunfo de la alta finanza, de la bancocracia bajo la protección poderosa del poder fiscal, burocrático y policial que se apoya sobre todo en la fuerza militar y es, por consiguiente, esencialmente despótico aún enmascarándose bajo el juego parlamentario del pseudoconstitucionalismo. La producción capitalista contemporánea y las especulaciones de los bancos [conllevan] una centralización estatista enorme […] y la sumisión real del pueblo soberano a la minoría intelectual que lo gobierna, que pretende representarlo y que infaliblemente le explota” (Estatismo y anarquía). Es entonces cuando se habla de orden, pero “lo que hoy se entiende por orden, según los partidarios de lo existente, es la monstruosidad de que hayan de trabajar nueve décimas partes de la humanidad para procurar lujo, felicidades y satisfacción de todas sus pasiones, hasta las más execrables, a un puñado de holgazanes”. Estas palabras las escribió Piotr Kropotkin en 1885 (Palabras de un rebelde). Ese hoy de 1885 es también el hoy de 2020.

¿Qué ha sucedido para que en mundo de continuos avances y cambios tecnológicos que han obligado a reorganizar los tiempos de vida y los ritmos de trabajo ninguno de los cambios que han tenido lugar hayan beneficiado en lo más mínimo a la mayoría de la sociedad, que es la trabajadora? Es más, su situación es cada vez peor. Que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, como dijo Marx, está fuera de duda. Y en toda lucha siempre hay quien gana y quien pierde. Ahora bien, que siempre pierdan los mismos no está nada claro, a menos que admitamos que no se puede luchar con las mismas armas cuando uno no sabe cómo funcionan y el otro las controla a placer. Eso que llaman “luchar desde dentro” es evidente que no ha servido para nada. Para nada sustancial al menos. ¿Por qué seguimos insistiendo en un modelo que se muestra agotado? Cuesta de entender. Me sigo preguntando como La Boétie en 1548 (Discurso de la servidumbre voluntaria): “¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? […] Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo […] Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece […] Hay una sola [cosa] que los hombres, no sé por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad”. Somos, por tanto, el problema, y no la solución.

Unos arriba (los pocos). Otros abajo (los más)

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Arriba cada vez menos, abajo cada vez más. Los de arriba disfrutan de espléndidas atalayas desde las que se contemplan las mejores vistas. Nada se lo impide, están en lo alto. Desde sus suntuosas fortalezas ven todo, y a todos, controlan todo, y a todos. Nadie se lo impide, nadie está por arriba. Definen. Algunos de ellos acaparan las portadas de los informativos y periódicos más serios, que nos hablan de sus proezas al frente de las grandes sociedades o empresas multinacionales, grandes gobiernos, grandes bancos y otros grandes organismos financieros. Otros, en cambio, siquiera se dejan ver y prefieren los seudónimos: mercados, por ejemplo. Dicen que son grandes hombres. Ellos también, a sí mismos y de sí mismos; están convencidos.

Todos tienen su corte de profesionales, pues pueden pagar sus servicios: políticos que administran sus intereses, historiadores que glosan sus gestas, cronistas que nos informan de sus proezas diarias, juristas que reglamentan sus derechos, científicos e investigadores que encauzan debidamente el progreso, artistas que les hacen de bufones. Y tienen bula para todo. Eso sí, de vez en cuando eligen a uno para sacrificarlo en un ritual mediático, lo juzgan y condenan, lo meten en una cárcel y así los que se dejan ver no tienen problema para poder seguir exhibiéndose impúdicamente.

En sus atalayas gozan de mansiones que construyen los arquitectos más prestigiosos, los mismos que levantan gigantescos e impresionantes recipientes de nada, y tienen orquestas que amenizan sus fiestas, y autógrafos que ellos llaman cuadros, y se curan antes, y son más altos y más guapos, y ni siquiera utilizan papel higiénico porque tienen muchas lenguas que les limpian el culo ─algunas incluso ansían tan preciado momento─ y sonríen cuando los demás les imitan, y más cuando les admiran. Saben que nunca conseguirán acceder a su selecto club. Tienen su propia omertà, su propio código de silencio, se protegen entre ellos.

Un nivel más bajo, pegado al anterior ─tanto que algunos de este nivel se confunden y creen estar en el primero─ también hay atalayas, más pequeñas y con vistas solo hacia adelante y hacia abajo. Las ocupan quienes están al frente de sociedades o empresas menores, gobiernos menores, bancos menores y otros organismos financieros menores. Se creen llamados a decidir por los demás, y por tanto dictaminar de qué manera se aplican las fórmulas que los dictaminadores del primer nivel consideran beneficiosas para el conjunto de la sociedad, es decir, para controladores y definidores. La mayoría ha pasado por prestigiosas universidades y otros templos de adocenamiento intelectual y se consideran auténticos mesías. También cuentan con su corte de profesionales, que, como ellos, ha pasado por universidades y otros templos de adocenamiento intelectual, de donde han salido completos, atiborrados de hechos y certezas. Se llevan bien con los primeros, al fin y al cabo han salido del mismo sitio, la misma piara, algunos incluso de cloacas o estercoleros (por eso el hedor a falsedad que desprenden no les molesta).

En el nivel inferior no alcanzan a ver lo que sucede en los de arriba, un manto de indiferencia les incomunica y aísla, un manto pulcro, reluciente, sumamente cuidado, tan aparentemente real que los etéreos cachivaches que de él cuelgan se confunden con las estrellas los días de bonanza y con simples nubarrones los días encapotados. No cuentan con atalayas a pesar de que el espacio de este nivel es extraordinariamente amplio, pero son tantos sus moradores que solo los que habitan en los estratos más elevados, los inmediatos a los confines superiores, disfrutan de cierta capacidad de movimiento entre el inmutable paisaje de delirios y enajenaciones. Ocupan uniformes habitáculos de formas y tamaños distintos, burda imitación de las atalayas, menos llamativos, aunque igual de anodinos, si bien sus moradores los encuentran acogedores y confortables y consideran una suerte residir en ellos, sobre todo porque pueden comparar esta, su suerte, con la de quienes habitan más abajo, a quienes sí pueden ver. Tratan de imitar el modo de vida de los de arriba ─tal vez porque observan el de los de abajo─, pues creen que pueden llegar hasta allí, a lo más alto, que algún día conseguirán traspasaran la deslumbrante bóveda que les separa.

El espacio de que disponen los estratos inmediatos va reduciéndose a medida que desciende el nivel, de modo proporcionalmente inverso al número de moradores. Las formas y tamaños de los habitáculos se van unificando hasta adquirir todos el mismo volumen. En los últimos ya no hay formas ni tamaños. Son los que alojan a los vencidos, a los derrotados, a los inútiles, a los menesterosos y, en general, a todos aquellos socialmente insolventes o cuya aportación a lo que llaman desarrollo nunca pasará de ser mera anécdota y, en consecuencia, jamás recogerá sus necesidades, aunque no parece que esto les preocupe en demasía, hace tiempo que dejaron de mirar hacia arriba y ya no saben cómo se hace, van siempre con la mirada gacha, buscan en el suelo los desperdicios que puedan haber arrojado los de los otros niveles.

Mientras que en el primer y segundo niveles el estado de ánimo imperante es la vanidad, la complacencia de quien se sabe detentador del poder y es buen conocedor de los tejemanejes inherentes a la dominación, en el resto predomina el desorden propio de quienes nunca saben a dónde van a pesar de estar dando vueltas continuamente, atenuado sin embargo por el sentimiento de creer contar con un papel en la representación continuada que los primeros proyectan y dirigen por pequeño que sea, aunque carezca de diálogo. La resignación, el fatalismo, predomina sobre cualquier otro fundamento. La indolencia, así, es común a casi todos ellos.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

La obediencia y el mando

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La obediencia tiene sus alegrías: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

El primer móvil auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación […]. Estamos acostumbrados a considerar la desobediencia –en la escuela, en el ejército, en la ley– abundantemente provista de sanciones. […]

Dostoievski habla de individuos ‘a quienes su naturaleza apacible e indolente destina a una mendicidad perpetua… Por decirlo así, han venido al mundo a condición de no emprender nada por sí mismos y carecer de voluntad propia y, así, de vivir como títeres de cualquiera. Su misión en este mundo se reduce a ejecutar las órdenes de otros’. Y Augusto Comte escribía ya: ‘La despreocupada seguridad y la irresponsabilidad total propias de la existencia servil llegan a hacerla soportable largo tiempo, y a veces incluso deseable’. […]

Bryce advierte que la razón principal de la obediencia a las leyes reside simplemente en la indolencia. ‘Por ello, una voluntad enérgica e infatigable llega ser a veces un poder tan formidable, casi una fuerza hipnótica’. ‘La indolencia es precisamente la que hace a los desheredados tan conservadores como los propietarios; aquellos se aferran a sus miserias familiares con casi tanta tenacidad como otros a sus privilegios’ (Aldous Huxley).

‘¿Qué sabes hacer?’, preguntan a Diógenes, apresado y vendido por unos piratas. ‘Mandar hombres’, responde; y añade, dirigiéndose a su interlocutor: ‘Pregunta si hay alguien que quiera comprar un dueño’. […]

‘Hecho demostrado por una larga serie de observaciones es el afán más o menos vivo que impulsa a cualquier hombre a dominar a todos los demás’ (Saint-Simon). Y su discípulo Enfantin confiesa francamente: ‘Por necesidad y por gusto, y hasta diría por pasión casi, me siento hombre de poder más bien que de libertad’. Marat afirmaba ya: ‘El afán de dominio es algo natural al corazón humano y, sea cual fuera el aspecto que asuma, siempre aspira a predominar’ […].

[Al niño, desde que nace] ‘Ora se le mece o lisonjea para apaciguarle, ora se le amenaza o pega para hacerle callar. O hacemos lo que le place o exigimos de él lo que nos place; nos sometemos a sus caprichos, o bien le sometemos a los nuestros. No hay término medio: ha de dar órdenes o recibirlas. Sus primeras ideas son las de dominio y sujeción’ (Rousseau). […]

Annenkov describe así a Marx en su madurez: ‘Notable moralmente como tipo de hombre compuesto de energía, voluntad e inquebrantable convicción, Marx no era menos interesante en el aspecto físico. Cabellera negra y abundante, manos cubiertas de pelo, chaqueta abotonada al través, parecía un hombre en posesión del derecho y del poder de imponer el respeto, a pesar de lo singular de su porte y de sus gestos. Sus movimientos eran torpes, pero llenos de valor y de seguridad. Sus maneras resultaban opuestas a toda etiqueta, pero arrogantes y un tanto desdeñosas. Su voz, tajante y metálica, armonizaba de modo extraño con los categóricos juicios que formulaba acerca de los hombres y de las cosas. Hablaba solo en términos imperativos, sin tolerancia alguna hacia la contradicción, y en un tono cuya vivacidad me chocaba casi dolorosamente. Este tono expresaba el firme convencimiento acerca de su misión: dominar a los espíritus y dictarles leyes. Ante mí erguíase un dictador democrático…’.

Los biógrafos de Bakunin describen a sí mismo a este –a pesar de su doctrina contraria a la autoridad– como hombre concluyente y de temperamento autoritario. Y ello no es monopolio del sexo masculino. Benjamin Constant anota en su Diario íntimo: ‘Mme. de Staël se encuentra hoy en Ginebra. Bonstetten, Schlegel, Sismondi y yo hemos comido cual escolares sin tutela. ¡Singular mujer! Su dominio, inexplicable, es, sin embargo, verdaderamente real en cuanto la rodea. Si supiera gobernarse a sí misma, gobernaría al mundo’.

Así, a la voluntad común de poder hay que añadir, en ciertos individuos, rasgos diferentes cuyo conjunto puede ser denominado temperamento autoritario: convicción, confianza en sí mismos, orgullo, impaciencia para las resistencias, desdén, quizás. […]

Quien sabe mandar, afirma Nietzsche, halla siempre a quienes han de obedecer. […]

No podemos dejar de señalar la existencia de una categoría de hombres poco numerosa, pero psicológicamente interesante: la integrada por quienes no revelan disposición para la obediencia, pero tampoco afán de mando. ‘Siempre he despreciado mezclarme a un rebaño, siquiera para ser jefe, y aun cuando se trate de una manada de lobos. El león vive solo, y eso es lo que hago’. Así dice un personaje de Byron. Pero Chateaubriand escribe, hablando de su juventud: ‘Yo no podía contar con los amigos fáciles que proporciona la fortuna, por cuanto ningún provecho cabía obtener de un pobre pilluelo sin dinero para sus gastos corrientes; pero tampoco me incorporé a ninguna clientela, puesto que odio a los protectores. En los juegos, no pretendía dirigir a nadie, pero tampoco quería ser mandado. No servía ni para tirano ni para esclavo, y así he permanecido’. […]

Nos limitaremos a afirmar que tal repugnancia a servir y a ser servido conduciría lógicamente a la soledad, o bien a asociarse únicamente con quienes comparten la misma aversión, de lo cual no se dan apenas ejemplos. […] Basta decir que hay hombres de sensibilidad viva cuyo amor y franqueza se han visto pagados con la vejación y la lisonja, y a quienes su decepción aleja tanto de la disciplina como del mando. […]

La obediencia tiene sus inconvenientes: el del libre albedrío individual limitado o contrariado; el del esfuerzo y su anonimato; el del esfuerzo ignorado y considerado como algo natural; el de los reproches, merecidos o no, de las sanciones; el de saberse artífice oscuro de los éxitos y culpable de los fracasos y reveses.

Pero también tiene sus alegrías la obediencia: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil, experimentada nuevamente en la madurez; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. […] Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

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Maurice Marsal: “La obediencia y el mando”, capítulo III de su obra La autoridad (1971, primera edición tanto en francés como en español).

Los mártires de Chicago

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“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.

Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887 y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887, hoy hace, pues, 132 años. Lingg se suicidó en su celda antes del ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33 años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe (estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como veremos.

El origen de todo ello hay que enmarcarlo en la lucha por la jornada laboral de ocho horas. Esta se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó la jornada laboral de ocho horas en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa.

Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna:

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!

¡Ocho horas de trabajo!

¡Ocho horas de reposo!

¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo.

Y llegó el día 4 y los sucesos a que nos referíamos al principio. Esa noche del tuvo lugar una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas, que reunió a cuatro mil personas. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, 1953), “se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca, como veíamos antes. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los cinco obreros ajusticiados, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

Jugando al juego de los tiranos y perpetuando la propia esclavitud.

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Los pobres […] creen que el trabajo ennoblece, libera. La nobleza de un minero en el fondo de su pozo, de una rebanada de panadería en la panadería o de una excavadora en una zanja, los golpea con admiración y los seduce. Se les ha dicho a menudo que la herramienta es sagrada y que finalmente los hemos convencido. El gesto más bello del hombre es el que levanta una carga, blande un instrumento, piensan. ‘Yo trabajo’, dicen, con orgullo doloroso y lamentable. La calidad de bestia de carga parece, en sus ojos, más cercana al ideal humano.

No puede uno ir y decirles que el trabajo no ennoblece y no libera; que el ser que se etiqueta a sí mismo como trabajador restringe, por este mismo hecho, sus facultades y sus aspiraciones como hombre; que para castigar a los ladrones y otros criminales y obligarlos a volver a sí mismos, los condenamos a trabajar, los hacemos trabajadores. Se niegan a creerle. Hay, sobre todo, una convicción que les es querida: es que el trabajo, tal como existe, es absolutamente necesario.

No se puede imaginar semejante tontería. La mayor parte del trabajo de hoy es completamente inútil. Como resultado de la falta total de solidaridad en las relaciones humanas, como resultado de la aplicación general de la doctrina imbécil que afirma que la competencia es fructífera, los nuevos medios de acción que los descubrimientos diarios ponen al servicio de la humanidad se desprecian, se olvidan. La competencia es estéril, restringe la iniciativa en lugar de desarrollarla. Se opone, por miedo al mañana –ese miedo al mañana siempre mucho más fuerte que el odio de los rivales– a cualquier intento un poco audaz, aferrándose a los viejos métodos.

Solo la solidaridad tendría la energía y la audacia necesarias para rechazar todas las reliquias del pasado y usar resueltamente los nuevos métodos. […] Al negarse a entender algo tan simple, al persistir en creer en la necesidad del trabajo en sus condiciones actuales y en la utilidad de su glorificación, los pobres juegan el juego de sus tiranos y perpetúan su propia esclavitud.

Georges Darien: La belle France (1901).

La Revolución rusa: el final

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Lenin y Trotski en el segundo aniversario de la Revolución rusa (1919).

Una revolución –tal como utilizamos el concepto desde la Ilustración– es un cambio profundo y brusco en la organización del Estado y en la estructura social. Representa una ruptura en la continuidad en el orden político, económico, social o cultural e implica una serie de trasformaciones drásticas y radicales con independencia de su carácter violento. Mas no todo se transforma al mismo ritmo. La mentalidad, como dijo Le Goff, es lo que cambia con mayor lentitud. Y como quiera que las revoluciones las protagonizan las personas –unas que lideran y dirigen la multitud, la masa, la clase obrera, las clases populares, como prefieran, que ven en esa élite/vanguardia directora a los defensores del común de sus intereses, que no siempre son ‘revolucionarios’– tal aseveración comporta una discordancia entre unos y otros.

Esta consideración no es únicamente válida para la Revolución rusa, sino para cualquier revolución en general. Sin embargo, en Rusia, dada su estructura social y las características de su proceso revolucionario, cobra mayor relevancia y significación. Máximo Gorki, figura emblemática de la Revolución, testigo de la misma y conciencia preocupada por su evolución, lo que le condujo a sucesivos encuentros y desencuentros con los bolcheviques, escribió en el periódico Vida Nueva, que él mismo dirigía, en 1918: “No cabe duda de que hay muchas contradicciones en mis opiniones políticas, contradicciones que no puedo ni quiero conciliar porque, para que mi alma estuviera en paz, tendría que acabar con esta parte de mí que ama apasionada y dolorosamente al hombre ruso vivo, pecador, patético”.

En 1921, oficiosamente por problemas de salud, Gorki se estableció en Sorrento, desde donde mantenía correspondencia con intelectuales y políticos soviéticos. Las citas que de sus cartas hago a continuación están sacadas de la película documental Lenin, Gorki, la revolución a destiempo (2017), una producción de Arte France y Zadig Productions. Sobre la forma de llevar a cabo la revolución, se pronuncia en estos términos:

“Un lector me escribe: ‘Un soldado me dijo que había disertado porque tenía que tenía que ocuparse de sus dos hijos a los que su mujer, la muy guara, había abandonado. Cientos de miles de soldados desertan a causa de las mujeres, ¿cómo se puede solucionar este problema?’. Un grupo de campesinos me escribe: ‘Le rogamos nos diga cómo interpretar la igualdad que se ha proclamado oficialmente entre las mujeres y nosotros; a los campesinos abajo firmantes nos preocupa una ley que puede tener como resultado el aumento de la desigualdad ahora que las mujeres se encargan solas del pueblo. Han abolido la familia será la ruina para la agricultura’. Un grupo de soldados me escribe: ‘Cada vez hay más casos de soldados que, al ser engañados por sus mujeres, les infligen un castigo brutal. Por favor, utilice su influencia para que la prensa social denuncie este fenómeno y muestre que las mujeres no son las auténticas culpables’. Me preguntan qué hacer con los popes, cómo curar la sífilis, me piden que mande folletos informativos sobre los derechos de la mujer. Estas cuestiones no tienen respuesta en nuestros periódicos, enfrascados en sus controversias tóxicas. Los editores olvidan que, fuera del círculo de su influencia, existen decenas de millones de hombres que ven cómo se despierta en ellos el profundo deseo de edificar nuevas formas de vida. No responderles es despreciarlos, y esto es un terrible error”.

Gorki es consciente de esa discordancia a que me refería al principio y sus causas:

“(…) los verdaderos responsables del drama no son los leninistas ni los contrarrevolucionarios. El principal responsable, el enemigo más pernicioso y más poderoso, es la gran estupidez rusa” (…) “Cada noche, desde hace dos semanas, grupos de gente entran a robar en las bodegas, se emborrachan, se pelean a botellazo limpio; en todos los robos los hombres son abatidos como si fueran lobos rabiosos. Exterminar fríamente al prójimo se ha convertido en una práctica corriente. Todo esto marca el triunfo de la brutalidad asiática que nos corrompe por dentro. Es anarquismo zoológico, rebeldía rusa”.

Acerca de la Guerra Civil Rusa y recién firmada la Paz de Brest-Litovsk, escribe sobre marzo de 1918:

“Parte de nuestra inteligencia se ha pasado al convencimiento pernicioso de la existencia de una singularidad rusa, así como una semiadoración por el pueblo inundado en la servidumbre, el alcoholismo y las oscuras supersticiones de la Iglesia. Dicho pueblo, oprimido hasta el aturdimiento, débil, ignorante y con tendencia a la anarquía, está llamado a ser el mesías de Europa. Curiosa idea sentimental que no disgusta a los comisarios del pueblo. Quieren encender, con leña húmeda de Rusia, una hoguera para iluminar el mundo occidental”.

He aquí el quid de la cuestión: ¿cómo ese pueblo podía convertirse en el mesías de Europa? Como cuando tuvo lugar la Revolución francesa –cuyos excesos describe Dickens en su novela Historia de dos ciudades–, ‘las masas’ tampoco –como luego diría Trotski respecto a la Revolución rusa– siguieron una trayectoria recta, sino en zigzag: “se lanzaban por ese camino [el de la revolución] en lucha con su propio pasado, con sus creencias de ayer y, en parte, con las de hoy” (Historia de la Revolución rusa, vol. II, 1932). De aquí que Gorki escriba este pasaje que es una excelente descripción sobre la naturaleza y comportamiento humano en unos momentos en que la situación político-social derivada de la Guerra Civil Rusa era especialmente grave:

“La ciudad está agobiada de calor, helada de estupor, confinada en un silencio apenas interrumpido unos momentos por una serie de sonidos delirantes: una voz canta en falsete, quejumbrosa. En el arroyo plateado, en la arena dorada, busco la huella de una hermosa muchacha. Una voz ronca le interrumpe: ‘¿Qué has hecho esta mañana?’. ‘Un poco de tiro’. ‘¿Cuántos disparos?’. ‘Tres’. ‘¿Han gritado?’. ‘No, ¿por qué?’. ‘¿Dices que se han dejado disparar sin reaccionar?’. ‘Sí, son muy disciplinados a su manera, saben que se han metido en problemas y que deben pagar por ello’. ‘¿Nobles?’. ‘No, se han santiguado delante de la fosa; era gente normal’. Un momento de silencio. Y después vuelve a cantar: ‘Luna brillante, guíame’. ‘¿Tú también has disparado?’. ‘Sí, ¿por qué no?’. La voz ronca se vuelve socarrona. ‘¿Cantas, oh, mi bella muchacha? Pero tú tienes que coserte la camisa tú mismo, cretino. Espera un poco, las chicas llegarán… cuando sea el momento, todo llegará, todo”.

Nunca llegó. Ni la ansiada nueva sociedad comunista ni el hombre nuevo que debía impulsarla. En mi opinión –y retomo el argumento de que la mentalidad es lo que cambia con mayor lentitud–, no hubo tiempo para ello. La especial coyuntura de condiciones históricas en que tuvo que evolucionar Rusia posrevolucionaria son la principal razón. También, por supuesto, la toma de decisiones. Pero vayamos por partes.

Todo el poder para los sóviets / Todo el poder para el partido

En el mundo occidental, y entre tendencias dentro del partido, se estimó que la Nueva Política Económica (NEP) era una política de retirada ante la imposibilidad de poner en práctica un comunismo ideal. Mas, en realidad, se trataba de una vuelta al capitalismo dirigido de los primeros meses de la Revolución, una ‘improvisación necesaria’. Su objetivo básico era aumentar la producción y productividad agrícola y restablecer la alianza básica de la revolución entre el campesinado y el proletariado. Por eso, la requisa se sustituyó por un impuesto en especie fijo y proporcional, que solo era una parte del excedente, lo cual implicaba volver a conceder a los campesinos el derecho a comerciar con la parte del excedente que quedaba a su disposición, o lo que es lo mismo: la vuelta al mercado agrícola, a las relaciones de mercado como nexo de unión esencial entre agricultura e industria y al restablecimiento de una esfera de circulación para la moneda.

Esta misma política, como veíamos en el artículo de anteayer, se extendió a la industria. Todo esto exigía una gestión equilibrada. Las empresas ya no debían contar con el Estado para financiar sus actividades o para compensar sus compras y ventas, excepto en algunos sectores de la industria pesada, y tenían que cubrir los gastos de explotación, las tasas e impuestos, sin olvidar descontar los fondos de amortización, de proveer las reservas y preparar las futuras inversiones. Es decir, si bien la propiedad era del Estado, las empresas industriales tenían que ser dirigidas de acuerdo con métodos capitalistas para hacerse sólidas y rentables.

Las consecuencias de esta política económica fueron favorables para la agricultura (aumentó la producción y restableció el vínculo con el campesinado), pero no para la industria y los trabajadores industriales. Para solucionar el desajuste entre precios agrícolas e industriales, los trust de todas las industrias se unieron formando sindicatos comerciales que monopolizaban las ventas. De este modo se detuvo la caída de los precios y en 1923, año de abundante cosecha, los precios tendieron a distanciarse a favor de los industriales. Era la que se llamó crisis de las tijeras, que solo pudo solucionarse estableciendo controles de precios y por tanto vulnerando los principios de la NEP.

En este nuevo contexto, el trabajo dejaba de ser un servicio estatal y el pago de salarios un sistema de racionamiento gratuito y un derecho social. Los salarios volvieron a justarse entre el patrono y el sindicato y la mano de obra sobrante era despedida, habiendo en 1923 más de un millón de desempleados. El descontento de los trabajadores se veía avivado con la presencia de los ‘administradores rojos’, que pese a su origen y afiliaciones predominantemente burguesas, adquirieron un lugar reconocido y respetado en la economía soviética. Algunos de ellos fueron admitidos como miembros del partido, recibían tasas de remuneración especiales fuera de las escalas salariales normales y muy por encima de ellas.

En 1936, en su libro La revolución traicionada, Trotsky escribe a propósito de las medidas del X Congreso de 1921:

“La prohibición de los partidos de oposición causó la prohibición de las fracciones en el seno del Partido bolchevique; la prohibición de las fracciones dio lugar a la prohibición de pensar otra cosa que lo que hiciese el jefe infalible. El monolitismo policiaco del partido tuvo como consecuencia la impunidad burocrática que a su vez se tornó la causa de todas las variantes de desmoralización y de corrupción”.

No es tanto que la Revolución rusa renunciase al ideal leninista de abolición gradual de todos los mecanismos de poder del Estado como que “el Estado que aspiraban construir los bolcheviques se vio sometido a pruebas indeseables. No iba a poder ser un Estado dirigido por una cocinera, ni a transitar, cómodamente, del dominio sobre las personas a la administración de las cosas. En su inicio la Dictadura del proletariado se asociaba a lo que se entiende por ‘Tipo de Estado’ y no como forma de régimen político. No olvidemos que la teoría marxista considera que todo Estado es, en última instancia, una dictadura de unas clases sobre otras, aunque esa dictadura pueda adoptar la forma de diferentes clases de régimen (siempre es preferible la democracia parlamentaria a la dictadura fascista), aunque ambos modelos constituyan diferentes formas de ejercer una dominación de clase. Pues bien, el régimen soviético terminó asociando, sin diferenciación alguna, el tipo de Estado y la clase de régimen, alejándose de cualquier evolución democrática. (…) El aislamiento de la revolución rusa acentuó sus rasgos nacionales y estos, a su vez, favorecieron dicho aislamiento. No obstante, este recorrido no se efectúa sin contradicciones y mucho menos sin resistencias. Si hasta 1923 los pasos atrás (NEP, limitación de la democracia soviética y partidaria…) eran reconocidos como lo que fueron, a partir de ese año ya forman parte del cuadro completo y dejan de ser retrocesos inevitables para convertirse en virtudes (Bujarin: ¡Enriqueceos!, el socialismo a paso de tortuga). (José Luis Mateos Fernández: “Un siglo después (1917-2017): Un legado entre escombros”, Público 20/10/2017, artículo que forma parte de la serie “Debate sobre la Revolución de 1917”, que abre un artículo introductorio de mi querido amigo y colega, el profesor Josep Fontana, del que hablaremos mañana).

Como escribió Rosa Luxemburgo en sus Notas sobre la Revolución rusa (1918) la burocracia era el único elemento activo que quedaba una vez el control de la situación quedó en manos del partido único.

La dictadura de burocracia

La NEP duró poco: se consideró un peligro que alimentaba la contrarrevolución. Ahora bien, cabe preguntarse qué quedaba en 1923 de los principios que inspiraron la revolución. Son muchos los historiadores y politólogos que consideran que la Revolución Rusa terminó en el año 1923, cuando se elaboró una nueva Constitución que otorgaba todo el poder al Soviet Supremo, con lo que la organización política quedaba controlada por el Partido Comunista, muy jerarquizado, cuyo principal órgano era el Comité Central, dirigido por el Secretario General (en 1922 fue elegido como tal Stalin). Para otros, ya en 1921, cuando terminó la guerra civil, el sistema político ruso se había convertido en un Estado totalitario de partido único, gobernado desde arriba por el Consejo de Comisarios del Pueblo en sociedad con el Comité Central del Partido Comunista.

El proceso que condujo a tal situación comenzó el mismo 1917. En diciembre de 1917 se disolvió e ilegalizó al partido Kadete (Partido Democrático Constitucional) por ‘contrarrevolucionario’. Le siguió, ese mismo mes, la acción de la Checa, Comisión Extraordinaria Panrusa para combatir la contrarrevolución y el sabotaje, actuando contra los anarquistas la noche del 11 al 12 de abril, cuando muchos centros anarquistas fueron cerrados por agentes de la Checa, obligándoles a entregar las armas que poseían y deteniendo a 600 personas. En 1922, dos acontecimientos marcaron la última etapa en la consolidación de un régimen de dictadura de partido único: la abolición y transformación de la Checa y el proceso público contra los dirigentes eseritas, como se denominaba a los militantes del PSR (Partido Social-Revolucionario), el principal rival de los bolcheviques que contaba con el apoyo de muchos campesinos por proponer la “socialización de las tierras”. La Checa se disolvió, pero se creó el OGPU, o Directorio Político Unificado del Estado, con poderes aún más amplios.

¿Era posible otro camino?

  1. El acoso militar externo e interno hacia la Rusia posrevolucionaria exigió un gran esfuerzo defensivo que requería numerosos recursos materiales y humanos, los cuales, en consecuencia, no podían dedicarse a la producción de bienes que satisficieran las necesidades más perentorias de las grandes masas.
  2. Rusia, como veíamos, era un país eminentemente agrario. La Revolución necesitaba al campesinado, pero al mismo tiempo los sectores urbanos pro-occidentales lo veía como una clase atrasada en la que no se podía confiar del todo.
  3. Una profunda desorganización social resultó de los fenómenos anteriores. La política económica descrita llevó a la escasez y el hambre (hambruna de 1921-1922), lo que tuvo perversos efectos políticos. Poco a poco fue consolidándose un apparátchik (un aparato administrativo gubernamental) –no olvidemos que son las personas quienes hacen las revoluciones– integrado al principio por militantes comunistas que creían fervientemente en la Revolución, pero pronto repleto de arribistas carentes de principios y escrúpulos cuya única motivación era ocupar los cargos administrativos y políticos. Pertenecer al partido significaba disponer de mayores raciones alimentarias y otras ventajas sociales.

Por todo ello, muchos historiadores afirman que cuando Stalin accedió al poder, las bases de la dictadura de partido único estaban ya establecidas. Fuese o no así, lo cierto es que fue como terminó: “Stalin, que presidió la edad de hierro de la URSS, fue un autócrata de una ferocidad, una crueldad y una falta de escrúpulos excepcionales o, a decir de algunos, únicas. Pocos hombres han manipulado el terror en tal escala. No cabe duda de que bajo el liderazgo de alguna otra figura del Partido Bolchevique, los sufrimientos de los pueblos de la URSS habrían sido menores, al igual que la cantidad de víctimas. No obstante, cualquier política e modernización acelerada de la URSS, en circunstancias de la época, habría resultado forzosamente despiadada, porque había que imponerla contra la mayoría de la población, a la que se condenaba a grandes sacrificios, impuestos en gran medida por la coacción. La ‘economía de dirección centralizada’, responsable mediante los ‘planes’ de llevar a cabo esta ofensiva industrializadora, estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica.” (Hobsbawm: Historia del siglo XX).

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).

La Revolución rusa: las tareas inmediatas de la Revolución (internacionalización y centralización)

Galería

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Lenin dirigiéndose al Ejército Rojo en Moscú el 5 de mayo de 1920; a la derecha de la foto Leon Trotski.

El primer acto del Gobierno revolucionario fue dar cumplimiento al primer decreto anunciado por Lenin: “comienzo de las negociaciones en pro de una paz justa y democrática sin anexiones ni indemnizaciones”. La llamada a las partes beligerante no tuvo ningún eco y, ante la superioridad de las tropas alemanas, Lenin y Trotski acabaron firmando una paz que ellos mismos tildaron de vergonzosa: la Paz de Brest-Litovsk (marzo de 1918), por la que Rusia perdía Ucrania y la mayor parte de los territorios occidentales.

Antes de que terminara la guerra mundial, Alemania era un país exhausto con un régimen en descomposición. Surgieron entonces consejos obreros y de soldados con un claro objetivo: acabar la guerra. El movimiento se extendió rápida y espontáneamente por todo el país. En noviembre, al terminar la guerra, se presentó el siguiente dilema: el triunfo de una república soviética basada en los consejos o, por el contrario, la evolución de estos hacia la formación de una república democrática. Las dos repúblicas se proclamaron el mismo día, el 9 de noviembre, y durante un tiempo hubo una situación de doble poder. La disyuntiva se resolvió finalmente en enero de 1919 con el conflicto armado. El SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) –que acordó una alianza con el Comando Militar Supremo alemán– recurrió al ejército y a los freikorps para acabar con el levantamiento (Revolución de Noviembre) y sus líderes. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo –dirigentes del KPD (Partido Comunista de Alemania)– fueron asesinados en enero de 1919. La dirección del partido pasó a manos del reformista Paul Levi y se orientó cada vez más –siguiendo así las consignas del ejecutivo de la III Internacional– hacia la táctica parlamentaria, queriendo de este modo reparar el error de la fracasada revolución de 1919 (el llamado Levantamiento Espartaquista) en Alemania, que para Lenin había consistido en considerar que “el parlamentarismo estaba pasado de moda” y no haber participado en las elecciones [Lenin (1920): El extremismo: enfermedad infantil del comunismo].

¿Qué había pasado para que los bolcheviques fueran objeto de tan acerada crítica? Los bolcheviques no abandonaban la esperanza de una revolución en Alemania, pero en 1920 habían cometido “lo que hoy se nos parece como un error fundamental, al dividir permanentemente el movimiento obrero internacional” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). En 1919 se había formado la III Internacional (conocida también como Internacional Comunista o Komintern), concebida como un primer acto de la inminente revolución mundial. En su II Congreso Mundial (Moscú, 19 de julio al 7 de agosto de 1920) se “estructuró un nuevo movimiento comunista internacional según el modelo del partido de vanguardia de Lenin, constituido por una élite de ‘revolucionarios profesionales’ con plena dedicación”, es decir, “lo que buscaban Lenin y los bolcheviques no era un movimiento internacional de socialistas simpatizantes con la revolución de octubre, sino un cuerpo de activistas totalmente comprometido y disciplinado: una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria” (Hobsbawm cit.). ¿Hubiera tenido lugar la ansiada revolución internacional de haber sido otro el desarrollo del Levantamiento Espartaquista alemán? Nunca lo sabremos. A mi juicio, nunca el mundo estuvo tan cerca. Pero eso no importa ahora.

La colosal tarea de la que hablaba Carr [véase artículo anterior] era tan gigantesca como compleja. Establecer un control efectivo sobre el caos en que estaba sometido el territorio del difunto Imperio ruso y crear un nuevo orden social que enlazara con las aspiraciones de las masas obreras y campesinas que habían visto en los bolcheviques a sus salvadores y liberadores tropezaba con una tenaz oposición, que desembocó en un conflicto armado múltiple –la Guerra Civil Rusa (1917-1923)–entre el nuevo Gobierno bolchevique y su Ejército Rojo y los militares del ex ejército zarista y opositores al bolchevismo, agrupados en el denominado Movimiento Blanco, compuesto por conservadores y liberales favorables a la monarquía y socialistas contrarios a la revolución bolchevique y relacionados estrechamente a la Iglesia ortodoxa rusa. En 1920 era evidente que la revolución bolchevique no era algo que fuera a suceder de manera inminente en Occidente, menos aun cuando igual de evidente era que los bolcheviques no había conseguido asentarse por completo en Rusia. Apenas recién constituido el Ejército Rojo bajo la dirección de Trotski –a finales de 1919 contaba con 30.000 oficiales y 5 millones de hombres– tuvo que entrar en acción contra los ejércitos de rusos blancos, dirigidos por generales zaristas, que querían derrocar el gobierno revolucionario.

Es en esta atmósfera de guerra civil y aislamiento internacional que hay que encuadrar tanto la política internacional bolchevique, que a grandes rasgos acabamos de ver, como la organización económica del nuevo Estado, que se dividió en tres periodos y políticas económicas definidas:

El capitalismo dirigido de los primeros ocho meses

Según Lenin, el nuevo régimen es el que debía poner las bases para la transición al socialismo, por lo que el objetivo inmediato no era la confiscación o nacionalización de los bienes, sino establecer un régimen de capitalismo dirigido que le permitiera apoderarse de ciertos puntos claves de la economía para consolidar el poder político que ya se había conseguido y ejercer ciertas medidas de control sobre la industria destinadas a que esta siguiera funcionando y a proteger al nuevo régimen tanto de la desintegración económica como de una posible ‘huelga de capitales’. Desde esta perspectiva hay que entender las siguientes disposiciones económicas:

a) Decreto del Control de los Trabajadores de 15 de noviembre que daba a los comités de trabajadores de cada fabrica el derecho a supervisar la dirección, señalar un mínimo de producción y tener acceso a correspondencia y cuentas, pero se reservaba expresamente al propietario el derecho a dar órdenes para la gerencia de la empresa, excepto si se contaba con la sanción de las autoridades competentes.

b) Nacionalización de los bancos y su fusión en un solo Banco Central.

c) Monopolio estatal del comercio de granos (medida ya aprobada por el Gobierno provisional).

d) Nacionalización de la industria bélica y las consideradas claves para la economía, así como aquellas en las que su dueño se negaba a cumplir el decreto de control de los trabajadores y las que habían sido cerradas o abandonadas por sus dueños.

Este capitalismo de Estado –esta ‘etapa de transición’– se desenvolvió en una situación, como veíamos, inestable y no sobrevivió al verano de 1918 por la actitud de los comités de fábrica y el estallido pleno de la guerra civil, pues la burguesía en masa se pasó a las zonas de rusos blancos. La necesidad de las autoridades de ejercer un control directo sobre la producción llevó a promulgar el Decreto de General de Nacionalización (28 de julio) por el que se procedía a la nacionalización de todas las empresas de cierta importancia sin distinción. Mil se nacionalizaron en 1918 y entre tres y cuatro mil en el otoño de 1919. Comenzaba lo que se ha dado en llamar comunismo de guerra.

El comunismo de guerra

Tercera Internacional ComunistaLa falta de combustibles, materias primas y alimentos hicieron disminuir la producción industrial, aumentando el absentismo y cerrando muchas empresas. Las ciudades perdieron entre la tercera y cuarta parte de la población por la inmigración al campo, al tiempo que aumentaba la inflación y se depreciaba la moneda. La escasez de bienes del mercado conllevó la ocultación de parte de las cosechas y el florecimiento del mercado negro. Así las cosas, ¿cómo alimentar al Ejército Rojo y a los trabajadores de las industrias de guerra? Se optó por la requisa de productos agrícolas y la asignación centralizada de víveres tanto para la industria como para el comunismo de guerra. El excedente de cada granja –una vez cubiertas las necesidades mínimas de subsistencia y asegurado el grano para la siembra– era confiscado y el Comisariado de Abastos (Narcomprod) se encargaba de organizar la recogida del producto y su distribución entre el ejército, la industria y los principales puntos de abastecimiento para el racionamiento de los trabajadores.

La nacionalización de las industrias continuó hasta abarcar no solamente la gran industria y la de tamaño medio, sino también la pequeña industria, pues en noviembre de 1920 se decretó la nacionalización de todas las empresas mecanizadas con más de cinco empleados. Las condiciones de trabajo se parecían cada vez más a las del ejército y debido a la escasez de materia prima y combustible se primó las industrias de choque, relacionadas directamente con la guerra, sobre las industrias de consumo. Ello acarreó el alejamiento de las masas campesinas de la política bolchevique. La alianza que forjó la Revolución de Octubre amenazaba resquebrajarse, se produjeron levantamientos campesinos en 1921 en las regiones del Volga, Siberia Occidental, Norte del Cáucaso y Rusia Central. También se abrió una importante brecha entre los trabajadores industriales y el Estado: en la segunda mitad de 1920 las huelgas eran algo habitual y aumentaba el absentismo. A ello se sumó la revuelta de los marineros de Kronstadt, la última gran rebelión en contra de los bolcheviques durante la guerra civil (marzo de 1921).

La Nueva Política Económica (NEP)

La situación, que hemos descrito a grandes líneas, llevó a Lenin a plantear la abolición de la práctica de requisas y a iniciar los principios de una Nueva Política Económica. “El antídoto [del comunismo de guerra], familiarmente conocido como la NEP, consistió en (…) una serie de medidas que no fueron concebidas de una sola vez, sino que fueron desarrollándose gradualmente una después de la otra. Primero empezó enfrentando el punto de mayor peligro, como una política agrícola para aumentar el suministro de alimentos ofreciendo nuevos incentivos a los campesinos; luego evolucionó hacia una política comercial para la promoción del comercio y el intercambio, incluyendo una política financiera para una moneda estatal; y finalmente, enfrentando el problema más profundo de todos, se transformó en una política industrial tendiente al aumento de la productividad industrial, condición para la construcción de un sistema socialista. La característica principal de la NEP fue la negación o revocación de las políticas del comunismo de guerra” (Carr: Historia de la Rusia de la Rusia Soviética).

Y aquí lo dejo por hoy. Continuaremos mañana con el quinto artículo de esta de serie de seis sobre la Revolución rusa con motivo de conmemorarse su primer aniversario, el último sobre su evolución histórica, pues en el sexto nos ocuparemos de su legado y repercusión actual. En él abordaremos la evolución de la Nueva Política Económica y la transición al régimen de partido único, que daría paso al afianzamiento del dominio de Stalin sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética y sobre la III Internacional. La Revolución rusa desde entones fue otra cosa que nada tenía a ver con los principios y valores que la germinaron. Mañana lo veremos.

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).