Los mártires de Chicago y las víctimas de hoy

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“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.

Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887 y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y a Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887. Lingg se suicidó en su celda antes del ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33 años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe (estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como veremos.

En la noche del 4 de mayo de 1886 –hoy, pues, se cumplen 134 años– una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas acabó con la vida de un elevado número de obreros –además de numerosos heridos– y de ocho policías. El hecho es conocido sobre todo porque dio origen la celebración del Primero de Mayo.

La lucha por la jornada laboral de ocho horas se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó esta en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, una vez creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa. Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que esta se extendiera a todos los oficios se generalizó. En 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna: “¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día! ¡Ocho horas de trabajo! ¡Ocho horas de reposo! ¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo. El 4 más de 20.000 se concentraron pacíficamente en Haymarket Square. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (1953), “se trata, evidentemente, de una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”. Los cinco hombres citados al principio fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los que cinco obreros ajusticiados de afiliación anarquista, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

Que 134 años después no solo no se haya conseguido reducir la jornada de 8 horas que entonces se demandaba, sino que tener un trabajo estable con un salario más o menos digno con dicho horario sea el sueño de muchos, dice muy poco en favor de la sociedad que hemos creado. ¿Cómo es esa palabra tan explotada en todos los ámbitos?, ¿progreso? ¿Qué progreso? ¿En beneficio de quién y para qué?

En estos tiempos, el trabajo parece que se implora, que gobernantes y políticos mendigan a los inversores unas migajas de su hacienda como buenos mamporreros que son del poder para que sus administrados puedan seguir existiendo –que no viviendo– con trabajos precarios y sueldos de miseria, asumiéndose la marginalidad y la pobreza como algo inherente a cualquier forma de organización social. Las bases sobre las que se sustenta la sociedad actual responden a un modelo que comienza a tambalearse. Ya no es el modelo de sociedad que surgió con la Revolución industrial y la Revolución francesa, el capital industrial pasa a ser un apéndice del financiero, la economía productiva está subordinada a la economía especulativa. Lo que, por otra parte, no es algo que no fuera previsible que ocurriera de este modo. Ya lo decía Bakunin en 1873: el único fin del Estado “es organizar la explotación más vasta del trabajo en provecho del capital que está concentrado en manos de un puñado: así pues, es el triunfo de la alta finanza, de la bancocracia bajo la protección poderosa del poder fiscal, burocrático y policial que se apoya sobre todo en la fuerza militar y es, por consiguiente, esencialmente despótico aún enmascarándose bajo el juego parlamentario del pseudoconstitucionalismo. La producción capitalista contemporánea y las especulaciones de los bancos [conllevan] una centralización estatista enorme […] y la sumisión real del pueblo soberano a la minoría intelectual que lo gobierna, que pretende representarlo y que infaliblemente le explota” (Estatismo y anarquía). Es entonces cuando se habla de orden, pero “lo que hoy se entiende por orden, según los partidarios de lo existente, es la monstruosidad de que hayan de trabajar nueve décimas partes de la humanidad para procurar lujo, felicidades y satisfacción de todas sus pasiones, hasta las más execrables, a un puñado de holgazanes”. Estas palabras las escribió Piotr Kropotkin en 1885 (Palabras de un rebelde). Ese hoy de 1885 es también el hoy de 2020.

¿Qué ha sucedido para que en mundo de continuos avances y cambios tecnológicos que han obligado a reorganizar los tiempos de vida y los ritmos de trabajo ninguno de los cambios que han tenido lugar hayan beneficiado en lo más mínimo a la mayoría de la sociedad, que es la trabajadora? Es más, su situación es cada vez peor. Que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, como dijo Marx, está fuera de duda. Y en toda lucha siempre hay quien gana y quien pierde. Ahora bien, que siempre pierdan los mismos no está nada claro, a menos que admitamos que no se puede luchar con las mismas armas cuando uno no sabe cómo funcionan y el otro las controla a placer. Eso que llaman “luchar desde dentro” es evidente que no ha servido para nada. Para nada sustancial al menos. ¿Por qué seguimos insistiendo en un modelo que se muestra agotado? Cuesta de entender. Me sigo preguntando como La Boétie en 1548 (Discurso de la servidumbre voluntaria): “¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? […] Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo […] Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece […] Hay una sola [cosa] que los hombres, no sé por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad”. Somos, por tanto, el problema, y no la solución.

Simone Weil y los partidos políticos

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Simone Weil (1909-1943) fue una filósofa y escritora francesa de origen judío. El interés por conocer personalmente el mundo del trabajo y sus efectos psicológicos la llevó a trabajar en la fábrica Renault durante un tiempo (1934-1935). Allí, escribiría después, “recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca que los romanos imprimían con hierro candente en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces me he considerado siempre una esclava”.

Pacifista, pero fiel a sus ideales anarquistas, participó en la Guerra Civil Española en el bando republicano (en la columna de Durruti). Después de una temporada en los Estados Unidos, se estableció en Inglaterra, desde donde colaboró con la Resistencia francesa. Nacida en un ambiente judaico, su inquietud mística la acercó a un cristianismo en la línea existencialista de Kierkegaard.

Cuando falleció a causa de una tuberculosis, a los 34 años, era casi una desconocida. Muy poco de cuanto había escrito se había publicado, siendo después de la Segunda Guerra Mundial que sus amigos comenzaron a editar sus textos. Así fueron conociéndose obras como La pesanteur et la grâce (1947), La connaissance surnaturelle (1949), La condition ouvrière (1951), Attente de Dieu (1951), Oppression et liberté (1955), además del opúsculo del que hablamos hoy Note sur la suppression générale des partis politiques (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos), escrito en 1940, que vio la luz por primera vez en la antología de su obra que editó Gallimard en 1957 Écrits de Londres et dernières lettres. En 1960, también en Gallimard, Albert Camus lo recogió en la selección que hizo de la obra de Weil Écrits historiques et politiques.

Camus y T. S. Eliot (en 1949 prologó la edición de su obra L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain) fueron de los primeros intelectuales que mostraron su interés por el pensamiento de Weil. Numerosos les siguieron en los años posteriores, especialmente anarquistas y cristianos. Juan José Tamayo, teólogo español vinculado a la Teología de la Liberación, la calificó de “intelectual compasiva” (“Simone Weil, intelectual compasiva”, El País, 23 de agosto de 1999). Entre otras cosas, dice en su lúcido artículo:

“Muy pocas personas fueron capaces de comprender la profundidad de su pensamiento heterodoxo, la autenticidad de su fe religiosa aconfesional y la radicalidad de su militancia obrera no partidista. (…) fue una pensadora a contracorriente de los intelectuales de su tiempo, a quienes fustigó con severidad inusitada, ubicándolos del lado de los idólatras y los burgueses. Los trabajadores, afirma, sufren ‘una especie de vértigo interior que los intelectuales pocas veces han tenido ocasión de conocer’. Tilda de egoísta a la modernidad y tacha de idólatras a los pensadores modernos porque se sienten cautivados y poseídos de sus conquistas, que cada vez son menos universales y solo alcanzan a grupos sociales reducidos. Sitúa al mismo nivel la idolatría de la ciencia y la de la Iglesia. (…) Llama la atención asimismo sobre la ausencia de compasión en los intelectuales. (…) Por sus actitudes solidario-compasivas fue objeto de burla y desdén en ciertos ambientes culturales, donde se la etiquetaba malévolamente de ‘virgen roja de la tribu de Leví’ o ‘portadora de los evangelios moscovitas’; y se la consideraba excéntrica y alocada. (…)

Sobre ese “vértigo interior” al que se refería Tamayo escribe Weil en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos: “¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi que discutían en la calle se han visto arrastrados por el vértigo mental al constatar que estaban de acuerdo en todos los puntos!”. ¿Cómo pueden llegar a coincidir un nazi y un comunista? Weil defiende que “primero hay que reconocer cuál es el criterio del bien” y que este solo “puede ser la verdad, la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública”. “La democracia, el poder de los más, no son bienes –prosigue–. Son medios con vistas al bien, estimados eficaces con razón o sin ella”.

Simone Weil como soldado durante la Guerra Civil Española en 1936.

Weil recurre a Rousseau para argumentar su exposición: “Rousseau partía de dos evidencias. Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre, difieren”. En consecuencia, “la verdad es una”, como la justicia. En cambio, “los errores, las injusticias son indefinidamente variables”. Pensaba Rousseau –continúa– “que casi siempre una voluntad común de todo un pueblo era, de hecho, conforme con la justicia, por neutralización mutua y compensación de pasiones particulares. Ese era para él el único motivo de preferir la voluntad del pueblo a una voluntad particular”. Defiende Weil que “en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no hay ninguna especie de pasión colectiva”, mas “cuando hay pasión colectiva en un país, es probable que una voluntad particular cualquiera esté más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien que lo que constituye su caricatura”.

Los partidos políticos son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”.

Para Weil, “solo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al dominio de los hechos es del orden de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de elevarse por encima del dominio de los hechos. Es un pensamiento animal. Posee la noción de bien solo lo suficiente como para cometer el error de tomar tal o cual medio por el bien absoluto”. Y eso es lo que sucede con los partidos: un partido es, en principio, un “instrumento para servir a una cierta concepción del bien público”. Así, “un hombre, aunque pase toda su vida escribiendo y examinando problemas de ideas, solo raramente tiene una doctrina. Una colectividad no la tiene jamás. No es una mercancía colectiva. Se puede hablar, cierto es, de doctrina cristiana, doctrina hindú, doctrina pitagórica, etc. Lo que se designa entonces con esa palabra no es ni individual, ni colectivo; es una cosa situada infinitamente por encima de este o aquel nivel. Es, pura y simplemente, la verdad”.

“La finalidad de un partido político –dice unas líneas después– es algo vago e irreal. Si fuera real, exigiría un esfuerzo muy grande de atención, pues una concepción del bien público no es algo fácil de pensar. La existencia del partido es palpable, evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Así, es inevitable que de hecho sea el partido para sí mismo su propia finalidad”. Por ello, “la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solo en lo que respecta a una nación, sino en lo que respecta al globo terrestre”. Estos, “hablan, cierto es, de educación de los que se les han acercado, simpatizantes, jóvenes, nuevos adherentes”, pero “es una mentira”, pues “se trata de un adiestramiento para preparar la influencia mucho más severa que el partido ejerce sobre el pensamiento de sus miembros”. La existencia de partidos políticos conlleva la imposibilidad de “intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el Juego. Cualquiera que se interese por lo público desea interesarse eficazmente. Por lo que quienes se inclinan por la preocupación hacia el bien público, o renuncian a pensar en ello y se orientan hacia otra cosa, o pasan por el aro de los partidos. En este caso también eso les causa preocupaciones que excluyen la del bien público”.

Por todo esto, “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que  –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”. Por tanto, “la supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente legítima en principio, y en la práctica solo parece susceptible de efectos buenos”.

Se equivocará, y mucho, quién crea ver en la propuesta de Weil de supresión de los partidos una apuesta por cualquier tipo de gobierno dictatorial o totalitario. Cuando escribió esta Nota –pues eso es el texto, un escrito breve– el nazismo estaba en pleno apogeo y ella lo sufría. Además, había participado en la guerra de España y seguro que le dolerían profundamente sucesos como los de Barcelona de mayo de 1937. Lo que Weil viene a decir es que, sin partidos, “los candidatos no dirán a los electores: ‘Tengo tal etiqueta’ –lo que, prácticamente, no dice en rigor nada al público sobre su actitud concreta respecto a los problemas concretos–, sino: ‘Pienso tal y tal y tal cosa respecto de tal y tal y tal problema’”, y “los electores se asociarán y se disociarán según el juego natural y cambiante de las afinidades”.

Los mártires de Chicago

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“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.

Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887 y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887, hoy hace, pues, 132 años. Lingg se suicidó en su celda antes del ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33 años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe (estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como veremos.

El origen de todo ello hay que enmarcarlo en la lucha por la jornada laboral de ocho horas. Esta se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó la jornada laboral de ocho horas en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa.

Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna:

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!

¡Ocho horas de trabajo!

¡Ocho horas de reposo!

¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo.

Y llegó el día 4 y los sucesos a que nos referíamos al principio. Esa noche del tuvo lugar una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas, que reunió a cuatro mil personas. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, 1953), “se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca, como veíamos antes. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los cinco obreros ajusticiados, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).