Simone Weil y los partidos políticos

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Simone Weil (1909-1943) fue una filósofa y escritora francesa de origen judío. El interés por conocer personalmente el mundo del trabajo y sus efectos psicológicos la llevó a trabajar en la fábrica Renault durante un tiempo (1934-1935). Allí, escribiría después, “recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca que los romanos imprimían con hierro candente en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces me he considerado siempre una esclava”.

Pacifista, pero fiel a sus ideales anarquistas, participó en la Guerra Civil Española en el bando republicano (en la columna de Durruti). Después de una temporada en los Estados Unidos, se estableció en Inglaterra, desde donde colaboró con la Resistencia francesa. Nacida en un ambiente judaico, su inquietud mística la acercó a un cristianismo en la línea existencialista de Kierkegaard.

Cuando falleció a causa de una tuberculosis, a los 34 años, era casi una desconocida. Muy poco de cuanto había escrito se había publicado, siendo después de la Segunda Guerra Mundial que sus amigos comenzaron a editar sus textos. Así fueron conociéndose obras como La pesanteur et la grâce (1947), La connaissance surnaturelle (1949), La condition ouvrière (1951), Attente de Dieu (1951), Oppression et liberté (1955), además del opúsculo del que hablamos hoy Note sur la suppression générale des partis politiques (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos), escrito en 1940, que vio la luz por primera vez en la antología de su obra que editó Gallimard en 1957 Écrits de Londres et dernières lettres. En 1960, también en Gallimard, Albert Camus lo recogió en la selección que hizo de la obra de Weil Écrits historiques et politiques.

Camus y T. S. Eliot (en 1949 prologó la edición de su obra L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain) fueron de los primeros intelectuales que mostraron su interés por el pensamiento de Weil. Numerosos les siguieron en los años posteriores, especialmente anarquistas y cristianos. Juan José Tamayo, teólogo español vinculado a la Teología de la Liberación, la calificó de “intelectual compasiva” (“Simone Weil, intelectual compasiva”, El País, 23 de agosto de 1999). Entre otras cosas, dice en su lúcido artículo:

“Muy pocas personas fueron capaces de comprender la profundidad de su pensamiento heterodoxo, la autenticidad de su fe religiosa aconfesional y la radicalidad de su militancia obrera no partidista. (…) fue una pensadora a contracorriente de los intelectuales de su tiempo, a quienes fustigó con severidad inusitada, ubicándolos del lado de los idólatras y los burgueses. Los trabajadores, afirma, sufren ‘una especie de vértigo interior que los intelectuales pocas veces han tenido ocasión de conocer’. Tilda de egoísta a la modernidad y tacha de idólatras a los pensadores modernos porque se sienten cautivados y poseídos de sus conquistas, que cada vez son menos universales y solo alcanzan a grupos sociales reducidos. Sitúa al mismo nivel la idolatría de la ciencia y la de la Iglesia. (…) Llama la atención asimismo sobre la ausencia de compasión en los intelectuales. (…) Por sus actitudes solidario-compasivas fue objeto de burla y desdén en ciertos ambientes culturales, donde se la etiquetaba malévolamente de ‘virgen roja de la tribu de Leví’ o ‘portadora de los evangelios moscovitas’; y se la consideraba excéntrica y alocada. (…)

Sobre ese “vértigo interior” al que se refería Tamayo escribe Weil en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos: “¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi que discutían en la calle se han visto arrastrados por el vértigo mental al constatar que estaban de acuerdo en todos los puntos!”. ¿Cómo pueden llegar a coincidir un nazi y un comunista? Weil defiende que “primero hay que reconocer cuál es el criterio del bien” y que este solo “puede ser la verdad, la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública”. “La democracia, el poder de los más, no son bienes –prosigue–. Son medios con vistas al bien, estimados eficaces con razón o sin ella”.

Simone Weil como soldado durante la Guerra Civil Española en 1936.

Weil recurre a Rousseau para argumentar su exposición: “Rousseau partía de dos evidencias. Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre, difieren”. En consecuencia, “la verdad es una”, como la justicia. En cambio, “los errores, las injusticias son indefinidamente variables”. Pensaba Rousseau –continúa– “que casi siempre una voluntad común de todo un pueblo era, de hecho, conforme con la justicia, por neutralización mutua y compensación de pasiones particulares. Ese era para él el único motivo de preferir la voluntad del pueblo a una voluntad particular”. Defiende Weil que “en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no hay ninguna especie de pasión colectiva”, mas “cuando hay pasión colectiva en un país, es probable que una voluntad particular cualquiera esté más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien que lo que constituye su caricatura”.

Los partidos políticos son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”.

Para Weil, “solo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al dominio de los hechos es del orden de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de elevarse por encima del dominio de los hechos. Es un pensamiento animal. Posee la noción de bien solo lo suficiente como para cometer el error de tomar tal o cual medio por el bien absoluto”. Y eso es lo que sucede con los partidos: un partido es, en principio, un “instrumento para servir a una cierta concepción del bien público”. Así, “un hombre, aunque pase toda su vida escribiendo y examinando problemas de ideas, solo raramente tiene una doctrina. Una colectividad no la tiene jamás. No es una mercancía colectiva. Se puede hablar, cierto es, de doctrina cristiana, doctrina hindú, doctrina pitagórica, etc. Lo que se designa entonces con esa palabra no es ni individual, ni colectivo; es una cosa situada infinitamente por encima de este o aquel nivel. Es, pura y simplemente, la verdad”.

“La finalidad de un partido político –dice unas líneas después– es algo vago e irreal. Si fuera real, exigiría un esfuerzo muy grande de atención, pues una concepción del bien público no es algo fácil de pensar. La existencia del partido es palpable, evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Así, es inevitable que de hecho sea el partido para sí mismo su propia finalidad”. Por ello, “la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solo en lo que respecta a una nación, sino en lo que respecta al globo terrestre”. Estos, “hablan, cierto es, de educación de los que se les han acercado, simpatizantes, jóvenes, nuevos adherentes”, pero “es una mentira”, pues “se trata de un adiestramiento para preparar la influencia mucho más severa que el partido ejerce sobre el pensamiento de sus miembros”. La existencia de partidos políticos conlleva la imposibilidad de “intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el Juego. Cualquiera que se interese por lo público desea interesarse eficazmente. Por lo que quienes se inclinan por la preocupación hacia el bien público, o renuncian a pensar en ello y se orientan hacia otra cosa, o pasan por el aro de los partidos. En este caso también eso les causa preocupaciones que excluyen la del bien público”.

Por todo esto, “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que  –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”. Por tanto, “la supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente legítima en principio, y en la práctica solo parece susceptible de efectos buenos”.

Se equivocará, y mucho, quién crea ver en la propuesta de Weil de supresión de los partidos una apuesta por cualquier tipo de gobierno dictatorial o totalitario. Cuando escribió esta Nota –pues eso es el texto, un escrito breve– el nazismo estaba en pleno apogeo y ella lo sufría. Además, había participado en la guerra de España y seguro que le dolerían profundamente sucesos como los de Barcelona de mayo de 1937. Lo que Weil viene a decir es que, sin partidos, “los candidatos no dirán a los electores: ‘Tengo tal etiqueta’ –lo que, prácticamente, no dice en rigor nada al público sobre su actitud concreta respecto a los problemas concretos–, sino: ‘Pienso tal y tal y tal cosa respecto de tal y tal y tal problema’”, y “los electores se asociarán y se disociarán según el juego natural y cambiante de las afinidades”.

Los mártires de Chicago

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“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.

Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887 y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887, hoy hace, pues, 132 años. Lingg se suicidó en su celda antes del ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33 años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe (estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como veremos.

El origen de todo ello hay que enmarcarlo en la lucha por la jornada laboral de ocho horas. Esta se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó la jornada laboral de ocho horas en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa.

Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna:

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!

¡Ocho horas de trabajo!

¡Ocho horas de reposo!

¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo.

Y llegó el día 4 y los sucesos a que nos referíamos al principio. Esa noche del tuvo lugar una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas, que reunió a cuatro mil personas. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, 1953), “se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca, como veíamos antes. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los cinco obreros ajusticiados, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

Catalunya: Esto ya no va de independencia

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Veo retransmitidos en directo los sucesos de estos días en Catalunya; en Barcelona, sobre todo. Los contemplo con expectación, pero sin preocupación. Los contemplo incluso con la tranquilidad propia de quien asiste a un espectáculo, pues así me los presentan: como un espectáculo, con sus anuncios autopromocionales, sus patrocinadores, sus interrupciones para la publicidad, con las correspondientes sobreimpresiones que anuncian lo que veremos “a continuación”, o “en unos instantes”, una y otra vez.

La tranquilidad dura poco. Tertulianos, analistas, politólogos, economistas, asesores asesorados, columnistas y, por supuesto, políticos parecen competir a ver quién suelta la gilipollez más grande o a ver quién la tiene más larga. En los demás medios ‘de comunicación’ españoles sucede tres cuartos de lo mismo.

“Es una vergüenza la naturalización de la represión por parte de televisiones, periódicos, intelectuales, tertulianos y tuiteros españoles. Están convencidos de que viven en una democracia cuasi perfecta y cualquier crítica a la falta de libertad es interpretada como un ataque de los secesionistas catalanes y una conspiración antiespañola”. Son palabras del artículo de Hibai Arbide Aza –abogado en Barcelona hasta que se fue a vivir a Atenas, donde trabaja como periodista freelance para diversos medios– publicado en El Salto, que lleva el acertado título “Vivir en otro mundo”, uno de los pocos, poquísimos, artículos escritos, entiendo, desde el sentido común y no desde la prepotencia.

Sigue diciendo Arbide Aza: “Una parte significativa de España –la parte sobrerrepresentada en los medios, la cultura y la política– ha decidido vivir en un mundo de fantasía. Su mundo, en el que la Constitución que nos dimos entre todos garantiza nuestros derechos y libertades gracias una transición modélica que cerró las heridas abiertas por una guerra civil en la que hubo excesos en ambos bandos. Una fantasía obscena que solo se sostiene gracias a la repetición machacona del mantra. Un mundo ficticio pero mucho más cómodo de habitar que la jodida realidad. Una ensoñación donde la policía protege los derechos fundamentales, los jueces interpretan la norma conforme a las garantías de un Estado social y de derecho, los representantes políticos velan por el bien común y los medios de comunicación ejercen su función de control del poder”. En este mundo tan falso como interesado, tan irreal como espectacular, se puede ser lo que se quiera. Independentista también, por supuesto. Ahora bien, atente a las consecuencias si no te ciñes a mis reglas de juego. Como nos recuerda en el mencionado artículo Arbide Aza, estamos ante la misma clase de cinismo que la famosa frase atribuida al dictador ugandés Idi Amin: ‘Hay libertad de expresión. Lo que no garantizo es que haya libertad después de expresarte’.

Prepotencia y mediocridad son una mala combinación. Quienes al mismo tiempo mandan y sirven al verdadero poder, el económico, acaban por considerarse a sí mismos, como escribió Tolstoi (El reino de Dios está en vosotros, 1894), seres superiores que “caen en un estado de embriaguez de poder y servilismo al mismo tiempo, con lo que también pierden la conciencia de su responsabilidad”.

“Los responsables policiales admiten su ‘perplejidad’ ante el fenómeno que de la noche a la mañana ha emergido en las calles”, leo en La Vanguardia (19 de octubre). Pues menuda panda de lelos que están al frente de la policía. También los políticos dicen mostrarse sorprendidos. Otros que tal. Vaya ojos de lince.

A ver. Irrumpieron cual elefante en cacharrería cuando el referéndum del 1 de octubre de 2017 con una desmedida, violenta e innecesaria actuación policial. Encarcelaron a los ‘líderes del procés’ y se ensañaron para que todo el mundo tuviera claro que con el Estado no se juega. Que sepa a quien se le ocurra cuestionar su mantra que sobre él caerá todo el peso de la ley. ¿Qué digo peso?, una descomunal maza. De acuerdo con su aviesa lógica, les juzgaron y les impusieron unas penas que el rotativo The Guardian tildó de “draconianas” y calificó de “vergüenza para España” (14 de octubre). Y para rematar la faena cometieron (¿intencionadamente?) la torpeza (o la destreza, vete a saber) de hacer pública la condena un 14 de octubre (el 14 de octubre de 1940 el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, fue condenado a muerte por un consejo de guerra de los militares franquistas, siendo fusilado al alba del día siguiente). ¡Claro que sí! Pa’ chulo, chulo mi pirulo.

Y es que como tengan que salirse lo más mínimo del guión sus esquemas mentales se hacen añicos. Este es el único mundo posible, la única forma de organización social factible. Nada puede existir fuera de ellos. Su cerebro no da para más, demasiados años de adocenamiento continuado (voluntario).

Así las cosas, es natural que estén desconcertados. No esperaban una respuesta de tal calibre. ¿Cómo?, ¿cómo puede ser?, ¿qué pasa? Es el suyo un mundo tan irreal que ni alcanzan a vislumbrar que lo que sucede en Catalunya (me refiero solo a las acciones violentas, o de fuerza) antes han tenido lugar en otros lugares. Que grupos ‘antisistema’ protesten en Bayona con motivo de la cumbre del G-7, vale; que en el movimiento de los chalecos amarillos haya grupos violentos, pues también. Pero, ¿entre nosotros? Somos los mejores, oé, oé, oé…

“Esto ya no va de independencia”, les aclara la pintada que figura en la fotografía con la que ilustro este artículo. Con su actuación han propiciado una acción que no entraba en sus cálculos, pero nada nueva. Se remonta a los enragés de la Revolución francesa y se reproduce, por poner uno de los ejemplos más conocidos, en el Mayo del 68 francés –cuyas imágenes de enfrentamientos, barricadas, adoquines levantados para ser usados como munición se asemejan muchísimo a las que vemos estos días de Barcelona–, se deja ver en los bluosons noirs y en otros muchos movimientos contraculturales de lo que ahora se denominan ‘tribus urbanas’. Nada nuevo, salvando todas las distancias.

El comunicado “CNT Barcelona ante los últimos acontecimientos represivos” (19 de octubre) puede que les aclare algo: “[…]  como organización de clase nos situamos en contra tanto del Estado español, como del proyecto de Estado catalán. Ya que todo Estado, en el ejercicio del monopolio de la violencia, y como instrumento de la oligarquía, tiene como objetivo el control y la extracción de la riqueza que genera la clase trabajadora en beneficio de unos pocos. En esta ocasión la propia burguesía catalana ha sido víctima de las redes represivas de una Democracia liberal de la que ha sido parte indispensable durante décadas. No podemos olvidar la tortura en las cárceles catalanas, la corrupción sistemática y la represión hacia nuestra organización y otros muchos colectivos y personas que han sido objeto de la misma. En un claro ejercicio de hipocresía y cinismo, hemos sido testigos de cómo el presidente Quim Torra animaba a manifestarse al pueblo catalán para luego reprimirlo con la policía. El conseller d’interior, Miquel Buch, defendía la actuación de los mossos, condenando la ‘violencia de los manifestantes’. Oriol Junqueras sigue insistiendo en que el conflicto debe resolverse en las urnas, como no. […] Nos desmarcamos de los partidos políticos, de estas organizaciones ‘sindicales’, del nacionalismo”.

Frente al nacionalismo, pues, el internacionalismo. La acción directa no es algo que haya surgido de la noche a la mañana, es una estrategia utilizada en infinidad de ocasiones por los anarquistas. También la solidaridad. Sí, solidaridad (“adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”, RAE), aunque a alguien pueda escandalizarle. Si bien, igual el que se escandaliza clica luego en el ‘me gusta’ de cualquier publicación –aquí o donde sea– con un texto de Kropotkin o Malatesta. Y junto al internacionalismo, la libertad de los pueblos y la descentralización del poder. Entre los calificados como antisistema entrarían los CDR, una formación anticapitalista que no se conforma con un simple cambio de rostros y de partidos al frente de unas instituciones al servicio del poder económico, que –lógicamente; sí, lógicamente– cuentan con un sector (minoritario) que entronca con lo que decíamos.

Afirmaba al principio del artículo que contemplo los hechos con expectación, pero sin preocupación. Y es que la gente –a la que se le insufla miedo– se acojona pensado que es el caos, el desastre total. Tranquilos. No pasará nada. ¿Qué demonios va a pasar? ¿Qué sucedió en Mayo del 68 con los episodios violentos, o de fuerza, en las calles? Nada.  Y eso que contaban con un respaldo social muchísimo mayor. Las aguas volvieron a su cauce. ¿Alguien puede llegar a imaginar que estos grupos lleguen a hacerse con el poder?, ¿qué se haga realidad su modelo de sociedad? ¡Venga ya! Se pretende restaurar el equilibrio. Pues bien, un equilibrista se caerá enseguida si la cuerda no está bien tensada. Por una parte (la ‘constitucional’) ya lo está. Por la otra se está tensando ahora. Ya verán cómo, más tarde o más temprano, habrá un acuerdo que no sé si solucionará gran cosa, pero se dirá que sí y todos los actores políticos se atribuirán el mérito y se mostrarán satisfechos. Los grupúsculos de los CDR a la marginalidad y los grupos anarquistas y anticapitalistas proseguirán su tarea en otra parte. Mientras, más follón. Dicen que la violencia no se combate con más violencia, ¿y el nacionalismo sí con más nacionalismo y mano dura?

Jugando al juego de los tiranos y perpetuando la propia esclavitud.

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Los pobres […] creen que el trabajo ennoblece, libera. La nobleza de un minero en el fondo de su pozo, de una rebanada de panadería en la panadería o de una excavadora en una zanja, los golpea con admiración y los seduce. Se les ha dicho a menudo que la herramienta es sagrada y que finalmente los hemos convencido. El gesto más bello del hombre es el que levanta una carga, blande un instrumento, piensan. ‘Yo trabajo’, dicen, con orgullo doloroso y lamentable. La calidad de bestia de carga parece, en sus ojos, más cercana al ideal humano.

No puede uno ir y decirles que el trabajo no ennoblece y no libera; que el ser que se etiqueta a sí mismo como trabajador restringe, por este mismo hecho, sus facultades y sus aspiraciones como hombre; que para castigar a los ladrones y otros criminales y obligarlos a volver a sí mismos, los condenamos a trabajar, los hacemos trabajadores. Se niegan a creerle. Hay, sobre todo, una convicción que les es querida: es que el trabajo, tal como existe, es absolutamente necesario.

No se puede imaginar semejante tontería. La mayor parte del trabajo de hoy es completamente inútil. Como resultado de la falta total de solidaridad en las relaciones humanas, como resultado de la aplicación general de la doctrina imbécil que afirma que la competencia es fructífera, los nuevos medios de acción que los descubrimientos diarios ponen al servicio de la humanidad se desprecian, se olvidan. La competencia es estéril, restringe la iniciativa en lugar de desarrollarla. Se opone, por miedo al mañana –ese miedo al mañana siempre mucho más fuerte que el odio de los rivales– a cualquier intento un poco audaz, aferrándose a los viejos métodos.

Solo la solidaridad tendría la energía y la audacia necesarias para rechazar todas las reliquias del pasado y usar resueltamente los nuevos métodos. […] Al negarse a entender algo tan simple, al persistir en creer en la necesidad del trabajo en sus condiciones actuales y en la utilidad de su glorificación, los pobres juegan el juego de sus tiranos y perpetúan su propia esclavitud.

Georges Darien: La belle France (1901).

Amar y odiar

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Buscar en mí la felicidad de los otros, mi dignidad personal en la dignidad de los que me rodean, ser libre en la libertad de los otros, tal es todo mi credo, la aspiración de toda mi vida.

Amar es querer la libertad, la independencia total del otro, es este el primer acto de amor verdadero; es la emancipación completa del objeto al que se ama; verdaderamente no se puede amar más que a un ser perfectamente libre, independiente no solamente de todos los demás sino incluso y sobre todo de aquel de quien es amado y a quien se ama. Esta es mi profesión de fe política, social y religiosa, este es el sentido íntimo no solo de mis acciones y mis tendencias políticas, sino hasta donde puedo de mi existencia particular e individual; porque el tiempo en el que estos dos tipos de acciones podrían ir por separado está ya muy lejos; ahora el hombre quiere la libertad en todas las acepciones de esta palabra, o no la quiere. Querer, al amar, la dependencia de aquella persona a la que se ama, es amar una cosa y no un ser humano, pues el hombre solamente se distingue de la cosa por la libertad; y si el amor también implicara la dependencia sería lo más peligroso y lo más infamante del mundo, porque reaviva entonces una fuente inagotable de esclavitud y embrutecimiento para la humanidad. Todo lo que emancipe a los hombres, todo lo que al hacerlos entrar en sí mismos suscita en ellos el principio de su vida propia, de una actividad original y verdaderamente independiente, todo lo que les da la fuerza para ser ellos mismos, todo esto es verdad; todo lo demás es falso, liberticida, absurdo. […] La verdad no es una teoría sino un hecho, la vida misma, es la comunidad de los hombres libres e independientes: es la unidad del amor que surge de las profundidades misteriosas e infinitas de la libertad.

[…] No debe haber perdón sino guerra implacable contra mis enemigos, porque son los enemigos de todo cuanto hay de humano en nosotros, enemigos de nuestra dignidad y nuestra libertad.

Hemos amado demasiado tiempo,

ahora queremos odiar.

Sí, la capacidad de odiar es inseparable de la capacidad de amar.

[Carta de Mijaíl Bakunin a su hermano Pavel. París, 29 de marzo de 1845]

Y si el destino, desde mi infancia, hubiera querido hacer de mí un marinero, probablemente sería todavía ahora un hombre honrado que no habría pensado en la política y no hubiera buscado otras aventuras que las del mar. Pero la suerte lo decidió todo de otra manera y mi necesidad de movimiento y de acción han quedado insatisfechas. Esta necesidad, unida luego a la exaltación democrática, ha sido por así decirlo mi único móvil. En lo que se refiere a esta exaltación, pude ser definida con muy pocas palabras: el amor a la libertad y un odio invencible contra toda opresión, odio más intenso incluso cuando la opresión pesaba no sobre mí sino sobre otros. Buscar en mí la felicidad de los otros, mi dignidad personal en la dignidad de los que me rodean, ser libre en la libertad de los otros, tal es todo mi credo, la aspiración de toda mi vida.

[Texto escrito por Bakunin em 1848-1849]

Documentos extraídos del libro de Arthur Lehning ‘Conversaciones con Bakunin’, 1999, Barcelona: Anagrama.

Pensamientos revolucionarios

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Todas las leyes humanas son obra del egoísmo, cuando no de la perversidad.

Los cuatro elementos

Yo creo que ya no los llama nadie así; pero no importa: los griegos, que en tantas cosas mostraron un acierto superior, así los denominaron. De todas suertes, en la antigua Grecia, en la moderna Francia y hasta en la futura Patagonia, el hombre –lo mismo el individuo que la especie– necesita de los cuatro elementos para poder vivir.

Sin embargo, siendo suyos no dispone de ellos.

Aire y agua, luz y tierra, son de todos y de cada uno por la única ley que no será nunca reformada ni abolida: por la ley suprema de la Naturaleza. Es increíble, pero cierto, que contrariando esta ley, más difícil de contrariar o eludir que las mezquinas legislaciones sociales, se ha conseguido privar al hombre de la posesión de aquellos cuatro elementos. A lo sumo, le han dejado tres. Ni aun eso, pues el dominio del aire ha sido limitado por un supuesto derecho contra natura, que encierra a seres humanos en viviendas sin ventilación. El agua misma suele estar sujeta a las limitaciones de la propiedad, pues hay propietarios –individuales o colectivos– hasta del agua que brota de las peñas o baja de las nubes.

Tal vez se niegue que ‘los cuatro elementos’ sean indispensables para el hombre, que ya sin ellos vive. Pero yo a mi vez, niego que viva; ¡si esto no es vivir! ¿Puede negarse que los cinco sentidos son necesarios solo por existir quien carezca de uno de ellos, o de más de uno?

Los mudos y los ciegos no conocen la plenitud de la vida; pero son excepciones en la humanidad.

Tampoco pueden gozar de la existencia los que no disponen de la tierra que, como el aire y la luz, debiera ser de todos. Y estos, ciertamente, no son en el mundo excepcionales como los ciegos o los mudos. Los que por su número constituyen excepción en la familia humana son precisamente los dueños y señores de la tierra, del aire, del agua… esperando que algún invento de Edison les permita apoderarse de la luz del sol y hacernos pagar contribución por la claridad del día.

N. ESTÉVANEZ

Conforme

La polilla, tan pequeña, diminuta, despreciable, acaba con los muebles, con los árboles, con los edificios. No ciertamente en un día, pero acaba con ellos.

Lo mismo ha de suceder con entidades sociales, históricas, potentes, como las naciones; su polilla las devorará.

¿Es un mal? ¿Conviene a la humanidad que los Estados se apolillen?

Importa poco; no es un mal ni un bien; es un hecho positivo, inevitable, fatal, como es natural la decadencia y la muerte de cuanto alumbra el sol.

Todos los seres, individuales o colectivos, está sujetos a las leyes de la naturaleza, ante las cuales no valen subterfugios, ni fraudes ni caciques, ni interpretaciones.

De ellas, sin embargo, ha intentado la humanidad defenderse; testigo: el pararrayos.

¿Y no se ha de defender de las ridículas reglamentaciones y de los absurdos códigos formulados por pigmeos?

¡También hay pararrayos para la nube negra de las legislaciones!

Todas las leyes humanas son obra del egoísmo, cuando no de la perversidad.

Morirán los legisladores, perecerán las leyes, sucumbirán los Estados, será disuelta la sociedad actual con sus artificios y convencionalismos. Solo sobrevivirán a las catástrofes dos entidades paralelas, que desempeñan análogas funciones en la economía del Universo, la humanidad y la polilla.

Tal vez al llegar aquí se preguntará el lector: ¿a qué viene esto?

Pues nada, es que acabo de leer en un periódico el renglón siguiente:

‘Los anarquistas, esa polilla de la sociedad…’.

Conforme.

N. ESTÉVANEZ

Mateo del Morral: Pensamientos revolucionarios de Nicolás Estévanez. Edición original: Barcelona, Antonio López, 1906. Texto extraído de la edición de José J. Olañeta Editor (Pequeña biblioteca Calamvs Scriptorivs), Barcelona-Palma de Mallorca 1978.

Un producto estatal: el partido político.

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El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda, tertulia, farsa y corrupción.

[…] El marxismo ha sido la influencia doctrinal más reaccionaria y la táctica de combate más catastrófica que la clase trabajadora ha tenido durante los últimos cuarenta años. […] En la medida en que el marxismo –socialdemócrata o bolchevique– apela al partido político para hacer la revolución, se opone a ella, y su acción, en vez de redundar en beneficio de la sociedad, redunda en el del Estado.

[…] La verdad es que el partido, aunque vinculado especialmente a un grupo de intereses sociales, es una organización de políticos ‘profesionales’, aliados a ciertos sectores de la sociedad mediante un contrato implícito, en virtud del cual el partido recibe apoyo electoral –o de otra clase– para elevarse al poder, a cambio de cumplir luego un programa beneficioso para quienes le apoyaron; contrato implícito o tácito de que los políticos de toda apelación se olvidan en el poder, parcial o totalmente, con lo que dan a entender que su programa no es más que un truco electoral, una plataforma de propaganda, y que el único propósito del partido político es la elevación de unos ‘profesionales’ de la política a la cumbre del Estado, su incorporación a la clase estatal. El partido político es un instrumento para la conquista del poder, no importa por qué procedimientos, y tanto da que su táctica sea electoral como insurreccional, parlamentaria o dictatorial. […]

Pero aun puestos en el mejor de los casos, que no es el más frecuente, poco importa que los fundadores de un partido político sean honestos Catones, probos hasta lo increíble. Lo fundamental es que prometen gobernar con arreglo a su programa. Este, monárquico o republicano, dictatorial o democrático, sea lo que fuere, siempre implicará el intento claro de imponer al país una doctrina y la ambición de regirle según el plan de unos cuantos, muy pocos, ciudadanos. […] El derecho a formar partidos políticos queda, en realidad, circunscrito a unos pocos ciudadanos de condiciones privilegiadas, ya individuales, ya sociales.

[…] Esto supone que, aun en el país en que todos los ciudadanos mayores de edad son electores y elegibles ‘de jure’, solo unos cuantos son elegibles ‘de facto’.

[…] Lo único que el ciudadano puede hacer a través de los partidos, aun en la mejor de las democracias, si alguna vez es buena, es pedir que se siga gobernándole, ni importa por quién, ni aun cómo. Quien quiera decir todo lo contrario no hallará modo de hacerlo, y si lo hallase no le serviría para nada; siempre será gobernado por el gobierno que él no ha elegido. […]

El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda, tertulia, farsa y corrupción. Ya supone el reparto del poder entre varios partidos, ya el turno de estos en el disfrute del mismo; y el hecho de que todos, sin posibilidad de aplicar su programa, pongan tal empeño en subir al poder o en mantenerse en él, solo se entiende considerando que el poder es el Estado, y el Estado una clase social privilegiada, a la que pertenecen todos los políticos, pero en mayor medida quienes adquieren más autoridad. […] Pero, aun dentro del régimen democrático, y sin que un partido elimine a los demás, es posible ver […] que el partido que llega al poder cambia hasta los porteros de los ministerios y los serenos de las aldeas, cae como una plaga de langosta sobre todos los puestos en que, a costa de la hacienda pública, se vive sin trabajar.

Con o sin honestidad, la política es una carrera en todas partes, y nada tiene de extraño que, así las cosas, los políticos den en carreristas. Tal es la regla general, solo confirmada por sus excepciones. Allá donde el político tiene intereses y medios de vida ajenos a la política, interviene en esta para defenderlos; donde no, la política es su medio de vida; y, como todos sabemos, hay que darles un buen sueldo, pues si no se les hace económicamente independientes se corrompen, ponen en venta su autoridad. Tenemos aquí un parasitismo de la peor clase, el cual no puede quedar disculpado con decir que las tareas gubernamentales no dejan tiempo al político para dedicarse a otras y que, como estas tareas son demandadas de un modo u otro por la sociedad, esta debe pagarlas.

[…] Podemos recordar el aviso de Lord Acton: ‘El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente’.

Para acabar, ocupémonos de una contingencia muy digna de atención. Aun admitiendo que todos los defectos inherentes al sistema de partidos, producto y reflejo del estatal, todavía hay quienes insisten en la conveniencia de que el proletariado ‘tome el poder’ a través de su ‘partido de clase’ en un periodo democrático, para hacer la revolución desde el Gobierno. Esta ‘revolución desde arriba’ es ilusoria, porque el poder político –es decir: el gobierno y el parlamento, con todas sus funciones ejecutivas y legislativas– no es sino la manifestación de un estado social determinado y, sobre todo, la de un poder efectivo cuya suprema expresión es la fuerza armada. El poder político es tal mientras tiene tras sí la fuerza armada del Estado. […] Es lo que siempre ha ocurrido y en todas partes ocurrirá. De por sí, el llamado poder político es una ficción, un disimulo de la fuerza estatal, y esta solo puede respaldarlo o consentirlo, mantenerlo en activo, cuando él es su servidor.

José García Pradas: Origen, esencia y fin de la Sociedad de clases (1948, Rennes, MLE-CNT en Francia, Editorial Libertad).