Más sabe el diablo por viejo que por diablo

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Sigo hoy con el diablo. Ayer era Satanás quien, por boca de Mark Twain, nos hablaba de la miserabilidad de la condición humana. Hoy, por boca de C. S. Lewis, lo hace Escrutopo, un anciano diablo que sabe mucho acerca de nuestra naturaleza y nuestro carácter.

“The Devil”, Nicholas Cort ©

No creo en dioses ni diablos, ni que exista el más allá ni otra vida después de esta. Aunque viendo la deplorable situación actual en todos los órdenes de la vida, empiezo a replantearme esta incredulidad y a tener dudas sobre la existencia del diablo. Hay quienes dicen que todos tenemos un diablo dentro. Y, sí, al parecer es cierto. Los diablos se han apoderado de nuestros espíritus y voluntades de manera tan sutil, tan hábil, que ni nos hemos dado cuenta. El diablo es un ser sumamente inteligente. Lo ha mostrado con creces. También que conforme pasa el tiempo lo es cada vez más. De ahí el refrán “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” es en este caso una irrebatible verdad. Al menos como nos lo dibuja el escritor Irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963) en su novela epistolar Cartas del diablo a su sobrino (1942), que originalmente publicó por partes en el periódico Manchester Guardian (hoy The Guardian) con el nombre de The Screwtape letters (Las cartas de). Estas –un total de treinta y una– las escribe el maligno e insaciable Escrutopo, un anciano diablo, a su sobrino Orugario, un demonio principiante. Escrutopo reprocha al joven, que también es su discípulo, los errores que ha cometido durante su aprendizaje como malvado diablo (o buen diablo, según se mire).

Ya en la primera deja bien claro cómo hacer el mal de manera eficiente, lo que pasa por que los diablos mayores se adueñen del espíritu de las personas y, en consecuencia, de sus almas y voluntades. Así se lo decía Escrutopo a su sobrino:

“[Debes] orientar las lecturas de tu paciente [para] que vea muy a menudo a su amigo materialista. […] Si hubiese vivido hace unos siglos es posible que sí: en aquella época los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamiento. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. […] Ahora [el hombre] no piensa, ante todo, si las doctrinas son ‘ciertas’ o ‘falsas’, sino ‘académicas’ o ‘prácticas’, ‘superadas’ o ‘actuales’, ‘convencionales’ o ‘implacables’. La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado”.

¿Ven cómo es cierto que el diablo sabe más por viejo que por diablo?, ¿cómo es más listo que el hambre? Ya en 1942, por boca de Lewis, se expresaba en estos términos. Visto lo visto, razón no lo faltaba. Al contrario. Hoy puede enorgullecerse de su sabiduría. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos, arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y de lo que no. Y es a ellos a quien hay que hacer caso. ¿Qué cojones de atrevimiento es ese de querer ir por libre? ¿No sabes que, como escribió Thoreau, “con el pretexto del orden y el gobierno civil se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza”? Escrutopo tiene las cosas muy claras y aconseja a su sobrino que nunca olvide que “la gratitud mira al pasado y el amor al presente; el miedo, la avaricia, la lujuria y la ambición miran hacia delante”.

Orugario se pone mano a la obra, más como quiera que no avanza, que no lo hace bien, en la carta XIII Escrutopo le explica los errores que comete:

“En primer lugar, según tú mismo dices, permitiste que tu paciente leyera un libro del que realmente disfrutaba, no para que hiciese comentarios ingeniosos a costa de él ante sus nuevos amigos, sino porque disfrutaba de ese libro. […] el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo por ello mismo y sin importarle un comino lo que digan los demás está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad y que los sustituya por la ‘mejor’ gente, la comida ‘adecuada’ o los libros ‘importantes’”.

¿Qué decirle ya a Escrutopo? Chapeau! Lúcido análisis. Bravo, señor diablo. Valoramos a la gente por lo que tiene y no por lo que es, distinguimos entre los nuestros y los otros y abandonamos a la gente (en abstracto), entre ellos, y sobre todo, a los más necesitados. Creemos que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontamos a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creemos, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguiremos ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y nuestros bienes y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecemos de referentes. La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nada es lo que es, sino que lo que aparenta. ¿Qué comemos, qué leemos, si no es aquello que los ‘críticos’ y los ‘expertos’ nos recomiendan? ¿Y qué nos recomiendan? Lo que le interesa al diablo, que de finanzas sabe también un rato largo.

Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, decimos, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas. Con y para el diablo.

Una primera versión de este artículo fue publicada en este blog el 2 de febrero de 2018.

Precaución y Medicina

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El principio de precaución comporta la adopción de medidas preventivas. No porque se tenga la seguridad de que son necesarias, no. Por si acaso lo fueran. La Medicina –o Mierdicina– nos dice que hay que ser precavidos. Y que no lo eres tendrás tu castigo. No abuses, contrólate, nada de extremos, no fumes, no bebas. Eso no tiene mérito, así cualquiera. Si te portas mal morirás. Medicina y religión se dan, pues, la mano. Miedo, amenazas, precaución. “Haga ejercicio, fume menos y reduzca el consumo de alcohol”, decía el último informe de Medicina laboral que me hicieron (años ha). Y sin pudor o vergüenza alguna acababa con un “apto para el trabajo”. ¡No te jode! Eso ya lo sabía yo. Para esa estupidez no me hace falta ningún médico, ningún gurú. Dejaros de chorradas y ayudad a la gente a disfrutar un poco de la vida: tome tal pastilla, o tal potingue, o venga una vez al mes, o cuando corresponda, y le desintoxicaremos, sin pagar, por la Seguridad Social (de otro modo ya puede hacerse; ya hay quien puede hacerlo, mejor dicho). No se preocupe, hemos avanzado mucho, tenemos remedio para que no deje el placer, el suyo, aunque no sea el mío. ¿La ciencia al servicio de la humanidad? ¿La Medicina aliada del placer? Imposible. Medicina preventiva, medicina laboral. Trabajo y luego descanso. Si no se descansa no se rinde, no se produce, y no puede darse la entente cordiale entre los que no han llegado alcanzar la luz, pero son los que suministran la energía, y los que disfrutan de un todo luminoso y tienen la llave del interruptor.

Es posible que esté siendo injusto con la Medicina. No en los términos en que a ella me refiero, sino al aislarla así de las otras ciencias, o disciplinas, o como se las quiera llamar. Quien puede permitirse un buen abogado podrá eludir penas, quien puede contratar un buen arquitecto tendrá una estupenda casa, un buen economista conseguirá que pague poco a Hacienda y le aconsejará como invertir el dinero negro, buenos profesores le garantizarán una buena educación. Ciencias, disciplinas, o como se las quiera llamar, abstracciones al fin y al cabo, pura metafísica, presuntas realidades intangibles. No es cuestión de profesiones, sino de profesionales.

Así que sea precavido, cuídese, trabaje, ahorre… Y que la rueda siga girando, que el espectáculo ha de continuar. Ahora bien, recuerde que el guión está escrito y los personajes principales repartidos de antemano, pero en su mano está representar el papel que le han asignado o negarse. De usted depende.

Saber y conocer

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Contrariamente a lo que hubiera cabido esperar, el acceso del hombre al conocimiento, que no al pensamiento, no ha supuesto liberación alguna para el ser humano. Las contradicciones afloran como si hubiesen estado ocultas en lo más hondo de la mayor profundidad, cual sombras chinescas que hastiadas de tanto luto necesitan luz y color, anunciando el fin de la historia, pues hemos llegado, dicen quienes así piensan, al mejor de los mundos posibles y, en consecuencia, a la última etapa de la evolución humana, lo que probablemente sea cierto, aunque por razones muy distintas de las que alegan argumentos a favor de tal extravagante razonamiento: la pérdida progresiva de valores por la abstracción de toda experiencia, la pasividad con que afrontamos el devenir, el desaliento, la aniquilación.

Hemos empobrecido intelectualmente, nuestra capacidad de pensar es cada vez más limitada. Las injusticias y desigualdades son tan habituales que ya forman parte del ordenamiento natural. Represión y prohibición atenúan la tolerancia –todo tiene sus límites, no todo puede hacerse, pretextan– y acrecientan la conformidad y la resignación. Es el tiempo inmóvil que vivimos, paradójicamente, de manera tan acelerada. Y es que una cosa es conocer y otra muy distinta es saber. Se pueden conocer muchas cosas, pero no saber nada de ellas.

Una versión anterior fue publicada en este blog el 1 de febrero de 2018.

NADIE, NI NADA, ES LO QUE ES, SINO LO QUE APARENTA

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nadie ni nada

Despreciamos los extremos cuando sin ellos nada seríamos. Hemos creído en el poder del ser humano sobre la naturaleza, como si no formáramos parte de ella y nos perteneciera. La primavera, como el otoño, son lo mismo: el tránsito del frío al calor en el primer caso y del calor al frío en el segundo. ¿Por qué, pues, preferimos la primavera al otoño? Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas. Y así vivimos, en ellas.

No elegimos, hemos perdido esa capacidad y la conciencia de ser, aceptamos el justo medio no como mal menor, ni siquiera necesario, sino como la materialización misma de la realidad, convirtiendo la apariencia en experiencia. Hay lugares en los que siempre hace frío a pesar de que el termómetro marque 38° y otros verdaderamente cálidos aunque nunca sobrepasen los 0°, pongamos por caso. Los primeros nos parecen excesivamente bochornosos, los segundos demasiado gélidos, y nos refugiamos en nuestras madrigueras y ponemos el aire acondicionado. Y ahí, en ese espacio que consideramos nuestro, creemos encontrar el equilibrio, aislados, indiferentes a cuanto suceda más allá de nuestras fronteras, hasta que los definidores, por medio de sus representantes, indican, desde refugios más seguros en los que están entre otras cosas los termómetros, que hemos de ayudar a construir el equilibrio, que hemos de laborar con empeño para asegurar el orden de las cosas, nuestro orden, el que se sustenta en el justo medio, en el rechazo de los extremos, aunque quienes nos certifican esto lo hagan desde uno de ellos.

Pero eso no importa, alguien tiene que velar por el bien general, alguien ha de tener la suficiente amplitud de miras, y eso solamente puede hacerse desde lo alto, donde la perspectiva es siempre mejor. Los más, los demás, miran alguna vez hacia arriba y se dan cuenta de que algunos tienen su mismo origen y han llegado a situarse bastante más por encima de lo que jamás imaginaran. Después miran hacia abajo, las más de las veces, donde ya están, y advierten la presencia de los competidores, y aunque saben que hay miseria suficiente para todos bregan por conseguir una buena porción. Arriba y abajo, si bien prescinden de mirar hacia lo más elevado; saben que ahí nunca llegarán. Por eso buscan la relatividad de las cosas en el mundo de lo absoluto. Creen que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontan a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creen, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguirán ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y sus bienes y propiedades no serán cuantiosos, pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecen de referentes.

La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta. Las cosas son lo que representan, lo que significan. Una piedra es una piedra y un perro es un perro. Sin embargo, una piedra de cincuenta mil años de antigüedad es más preciada que otra más reciente, e independientemente de ello, la piedra reciente, o la de cincuenta mil años, es asimismo más estimada según el lugar que ocupe, según el edificio de que forme parte. O un cuadro. Prescindiendo de sus cualidades artísticas, o estéticas, que al fin al cabo son las que los expertos han creído ver en él, no es otra cosa que una tela manchada de colores. Naturalmente, no todos emborronan igual las superficies ni manejan con la misma destreza los pigmentos, ni tienen la misma habilidad con el dibujo, ni captan del mismo modo ambientes o rostros. No todos los cuadros son iguales, tampoco las personas. Pero he aquí que no es eso lo importante, pues un cuadro que se atribuía a un determinado autor y se consideraba una obra maestra, digna de un genio, pierde valor y estimación cuando se descubre que no pertenecía a dicho pintor sino a otro de menos relevancia. El cuadro, no obstante, sigue siendo el mismo, pero lo que parecía ser ya no es. Al perro que tiene dinero le llaman señor perro, dice un proverbio árabe. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia.

Publicado anteriormente el 2 de febrero de 2018.

Los Raskólnikov

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Los Raskólnikov

“Occupying Main Street” (2012), óleo de Michael D’Antuono.

Raskólnikov pensaba que había dos clases de hombres: los que solo están en este mundo para reproducir la especie, para perpetuarla, y los que están llamados a hacer cosas extraordinarias, para los que no cuentan las normas.
Hoy abundan los Raskólnikov, los que se creen excepcionales y, en consecuencia, consideran que las reglas –que ellos mismos dictan– solo atañen a los demás. Hay, sin embargo, una notable diferencia entre el protagonista de Crimen y castigo y los actuales Raskólnikov. Al primero la conciencia le pudo cuando se dio cuenta de que no era ese ser extraordinario que creía y del sinsentido de su crimen, y se entregó.

Manifiesto fundacional de la AIL

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Manifiesto 2a

Hoy, 17 de Gidouille del año 145 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista (en el calendario vulgar 1 de julio de 2018), la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL) hace su solemne presentación a todos los individuos (e individuas) discordantes y disconformes con la argamasa social que mantiene mansas y unidas a las personas en un estado de idiocia colectiva mediante este Manifiesto fundacional.

Qué significa ser lesbiano

Los lesbianos somos hombres, si por hombre se entiende aquel que tiene pene y testículos, o polla y cojones. Sin embargo, nuestra personalidad y carácter, nuestra manera de sentir y, en consecuencia, de comportarse, son más propias de lo que habitualmente se considera que configura ‘lo femenino’. Entendemos que no es el género el que nos separa, sino la desigual participación en la distribución de bienes, y nos sentimos tan castrados por la sociedad patriarcal como las propias mujeres.

Los lesbianos aspiramos a una sociedad formada por seres iguales, libres y responsables, y nos oponemos a la tendencia en boga que predica la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad. Rechazamos, así, una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos.

Negamos rotundamente que personas como las que están al frente de organizaciones financieras internacionales, bancos, ejecutivos estatales o autonómicos sean consideradas más mujeres que nosotros. No es verdad que estas, y muchas otras, carezcan de pene y testículos, o polla y cojones. La diferencia es que, en vez de tenerlos entre las piernas, como los varones, los tienen incrustados en el cerebro.

Aclarado este extremo, fundamental en nuestro credo, los lesbianos, que somos hombres, es decir, machos, es decir, que tenemos pene y testículos, nos sentimos atraídos y encandilados por las hembras, es decir, por las personas que tienen vagina y ovarios. Generalmente en su sitio, no el cerebro, aunque a veces –somos hombres y nos cuesta evitarlo– hacemos buena la paremia que dice que tira més un pèl de figa que la maroma d’un barco.

Qué es la AIL y quién puede formar parte de ella

Por todo lo expuesto hasta ahora, los que nos declaramos lesbianos reclamamos el reconocimiento de nuestra identidad y nos agrupamos en la Asociación Internacional de Lesbianos (AIL), organización desordenadamente organizada que lucha por una sociedad eudaimónica en la que el individuo (o individua) sea un ser social y no un ser colectivo, mito actual de nuestra sociedad, capaz de desarrollar procesos conscientes sobre su propia existencia.

La AIT está abierta a todo aquel, toda aquella –o tal vez sea mejor decir ‘todo aquella’ y ‘toda aquel’– que se sienta identificado, o identificada, con los razonamientos de este manifiesto, sean hombres, es decir, varones, machos, caballeros, señores, individuos (sinónimos que figuran en los diccionarios), o mujeres, es decir, hembras, féminas, damas, señoras, señoritas, doncellas, muchachas, mozas, chicas (sinónimos que figuran en los diccionarios), sean heterosexuales, homosexuales, bisexuales, asexuales o practicantes de cualquier parafilia que no comporte la explotación, e independientemente del tamaño de cada uno, es decir, sean grandes o pequeños (vulgarmente llamados niños).

Declaración de principios de la AIL

  1. Nos oponemos a todo tipo de explotación (sexual, laboral, moral, intelectual…), venga de donde venga y la ejerza quien la ejerza. Y, puesto que nos oponemos, la combatimos con todos los medios lícitos a nuestro alcance, pasándonos por el forro el principio de legalidad. Cada individuo es una excepción y ha de vivir bajo su propia ley. No hay verdades absolutas. En esta sociedad, la única verdad es la ausencia de verdad.
  2. La AIT hace suyas las palabras del Nuevo Manifiesto Futurista que redactó Enrico Baj: “Estamos a favor del feminismo, a favor de la mujer portadora de vida y no de destrucción. Rechazamos, pues, la imagen de una paridad sexual que no existe y la machización en la jefatura de la industria, en la competencia y en la violencia”.
  3. Abominamos de los serviles colaboracionistas de todo poder instituido que se prostituyen física e intelectualmente, incluso de aquellos que no son conscientes de que se están prostituyendo al haber pasado ya por la máquina de descerebrar.
  4. Reprobamos el proceder de madres y padres engendradores de niños y niñas que, sin su consentimiento, pasan más horas que ellos en centros de domesticación social para que puedan ‘realizarse’ en el trabajo lamiendo los culos de sus amos, al tiempo que otros congéneres limpian los de sus hijos mientras.
  5. Reivindicamos, en consecuencia, que niños y niñas dejen de estar considerados como seres humanos de pequeño tamaño que carecen de cualquier derecho Su opinión también cuenta y nos importa mucho.
  6. Aborrecemos a los parásitos sociales, a la gente que no produce nada y vive de lo que otros producen, despilfarrando lo han ganado a costa de los demás; a los determinadores de todo tipo, sus normas y sus leyes; a quienes les mantienen en sus torres de marfil y, aún más, a quienes no solo condenan estos comportamientos, sino que incluso admiran a sus protagonistas y ansían ser como ellos.
  7. Reivindicamos el derecho a la pereza y reiteramos las siguientes palabras de Lafargue: “Un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión”. Hay que luchar por el placer, no por el trabajo, por los Derechos de la Pereza, “mil veces más nobles y más sagrados”.
  8. Despreciamos la competitividad, el militarismo, el patriotismo, el nacionalismo, el egocentrismo, la eterna velocidad con que vivimos en aras a un progreso inexistente, las masas y las grandes multitudes, su inercia mental y su servilismo, la cacactualidad y sus manipulados y manipuladores propagadores y propagandistas, las pompas institucionales y sus espectáculos, la burocracia y todo principio de autoridad.
  9. Amamos el juego, la creatividad, la imaginación, la quietud pensativa, el sueño, la pereza y el dolce far niente, la fantasía, la contemplación, la locura liberadora, la vida vivida y buscada, la resistencia del ser humano contra los abusos y la arrogancia del poder en su vida cotidiana, la restitución de lo robado legalmente, que no legítimamente, en bienes y tiempo.
  10. Ser lesbiano es una forma de ver y vivir la vida que se sirve de la transgresión, la provocación, la agitación y toda acción que perturbe la normalidad de la vacua vida cotidiana.

¡Lesbianos de todo el mundo, unámonos en torno a la AIL!

Terrasse del Lesbiano Mayor, sede de la AIL.

    17 de Gidouille del año 145 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista, tres horas después de su inicio.

Firman el Manifiesto (y esperan que pronto haya muchos más se adhieran a él y se integren en la AIL):

Yo: Lesbiano Mayor

Mi: Lesbiano Pequeño

Me: Lesbiano de Soluciones Imaginarias

Conmigo: Lesbiano Gurú

Acusan al Dúo Dinámico de incitar a la pederastia

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La Asociación de Biempensantes y Comehostias de España (ABCdE) pide que se tipifique como delito la apología de la pederastia en el Código Penal. Recuerdan que en España la edad mínima para consentir una relación sexual se sitúa a partir de los 16 años y que no se puede normalizar el abuso de menores en nuestro país.

Ese sería el caso, apunta la asociación, del Dúo Dinámico, quienes llevan desde 1960, año en que grabaron la canción Quince años tiene mi amor, haciendo apología de tan execrable transgresión. Y, por si fuera poco, dos años después grabaron otra de letra todavía más maligna y perniciosa, Lolita.

Ante tal rotunda petición, que en quince días ha conseguido en Mojigato.org nada menos que 13 firmas autógrafas y 65.554 dactilares, la Inquifiscalía General del Estado ha emitido un comunicado en el que reclama la introducción en el Código Penal del delito de apología de la pederastia. Tras analizar la letra de las mencionadas canciones, una vez elaborados los preceptivos informes previos del Comité de expertos en Ética Patética, ha encontrado razones sobradas para ello. Así, afirma, la canción Quince años tiene mi amor contiene frases de marcado carácter lascivo como “tiene una mirada que nadie puede aguantar” o es “dulce, tierna como una flor” y otras que se podrían considerar delito de estupro: “si le doy mi mano ella la acariciará, si le doy un beso ya sabe lo que es soñar”. En parecidos términos se pronuncia respecto a Lolita, cuya letra es aún más explícita: “Te quiero, pues eres la muchacha con quien yo siempre he soñado. Te quiero y quiero que este sueño sea un día realizado. Lolita, Lolita, mi amor. Lolita, Lolita”. Vamos, que ni Humbert Humbert les supera.

Los miembros de la Inquifiscalía General aclaran que no se oponen a que las melodías de ambas canciones sigan sonando, pero siempre y cuando sea con otras letras. Sugieren, por ejemplo, que la protagonista de Quince años tiene mi amor pase a tener Veinticinco y que Lolita se llame Lola y que no sea una ‘muchacha’, sino una mujer. Que los componentes del Dúo Dinámico ya tienen una edad, caramba, carambita, carambirurá. Nada menos que ochenta y un años ha cumplido cada uno de ellos, y desde que tenían 24 andan compartiendo sus perversas correrías e incitando a las personas de bien a cometer actos impuros contrarios a la mansedumbre moral lógica y de natural ordenamiento.

Finalmente, lamentan no poder actuar con mayor celo dada la actual legislación y por eso piden que la apología de la pederastia se tipifique como delito, pues así podrían ordenar la apertura de diligencias para determinar la gravedad de la más que evidente fechoría y, entretanto, prohibir la reproducción, por cualquier medio o soporte, de las canciones con sus actuales letras, retirándose toda grabación existente de las mismas y produciéndose a su inmediata destrucción.

Menos mal que todavía queda gente que muestra estar a la altura de los tiempos.