Al final llegarás

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Al final llegarás 3

No te preocupes. Al final llegarás a donde tenías que llegar. Sin sobresaltos ni grandes peligros. Puede que también sin regocijos. Pero no se puede tener todo.

Sé lógico y firma el contrato que tenías preparado desde nada más nacer. Te evitará la turbación en que, de lo contrario, se mueven las conciencias y sensaciones de los pocos insensatos que no lo hacen.

No te preocupes por averiguar el instante de tener que decidir por ti mismo. No es necesario. Sigue el camino. Es único. Ya llegarás a la meta, aunque atravesada la pancarta que así lo indica adviertas un paisaje del todo distinto al que creías que ibas a encontrar.

¿Hacerlo por tu cuenta? Ni se te ocurra. Eso está reservado para quienes pueden costear elevados peajes. Ellos poseen la inmunidad absoluta (que, todo sea dicho, no está reñida con la necedad). ¿Tú puedes? ¿No? ¿Sí? Marcho campo a través. Puedes, claro que puedes, pero tendrás que pagar un precio aún mayor.

Otra opción es dormir hasta que te encuentren en avanzado estado de descomposición, o descompuesto del todo. Igual plantan sobre tus despojos un árbol, de algo habrás servido. Aunque lo más probable es que pases inadvertido, como todos, y unas máquinas allanen el terreno preparándolo para edificar zonas residenciales en donde otros puedan esperar más confortablemente el mismo desenlace, transformado el paisaje en un erial de cemento, gris como sus moradores, del que árboles y plantas ornamentales abominan (por eso siempre están marchitas).

Padre Ubú y Madre Ubú toman las riendas del carro del Estado (paritariamente)

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Cabaret Voltaire, 1919.

‘The Greatest-Ever-Dada-Show’, espectáculo del Cabaret Voltaire de 1919 con marionetas de Sophie Taeuber-Arp.

La AIL (Asociación Internacional de Lesbianos), de la que sigo siendo fundador y único miembro por ahora, observa y vive estos días con gran preocupación los errores conceptuales de bulto que continuamente cometen instituciones, organizaciones y entidades políticas y de carácter social, cultural y económico, medios de evasión (según ellos, de comunicación) en sus comunicados, mensajes, noticias, reportajes y espectáculos afines. La vacía retórica que los envuelve pone de relieve, una vez más, una visión del mundo artificial que abraza la religión del progreso y a sus fervientes y fanáticos sacerdotes.

No es tanto que esta Weltanschauung impostada y falsa ni siquiera nos considera a los lesbianos lo que nos alarma como la falsificación de la existencia real y efectiva que se deriva de tal visión. Ya en 1906 Enrico Baj declaraba: “Si lo imaginario llega a ser suprimido a favor del imaginario de los mass-media, o si el imaginario individual es sustituido por el imaginario colectivo (acontecimiento deseado y buscado tantas veces por los partidos de masas), preveo un flaco futuro para el individuo.” (cf. ¿Qué es la ‘patafísica?, ed. 2007).

Estos días ha tenido lugar en España un cambio de Gobierno. Ahora, Padre Ubú y Madre Ubú se han subido el carro del Estado para dirigirlo paritariamente, aunque sin parir nada nuevo. ¿Habré leído pocas veces hoy el titular que el órgano colegiado del nuevo Gobierno es un ‘Consejo de ministras y ministros’? Ministras en primer lugar, pues es este ‘un Gobierno feminista’, repiten también continuamente los hagiógrafos del poder. Hay quien va más allá: ‘El Gobierno con más ministras de Europa. España hace historia con un Ejecutivo en el que 11 de los 18 cargos los ocupan las mujeres, por encima de países como Finlandia, Suecia y Noruega’ (El País), ‘Un buen Gabinete’ (editorial de El País), ‘el primero con más mujeres que hombres: 11 ministras y 6 ministros’ (20 minutos, ayer)… Hay más. Más tópicos. Y entre todas las alabanzas al nuevo Gobierna (igual debería escribirse así a partir de ahora) aparece alguien que transmite un mensaje clarificador: “En un momento clave para la Unión Europea, tener a Nadia Calviño como nuestra nueva ministra de Economía es una garantía de que España seguirá aumentando su peso en las instituciones europeas. Enhorabuena Nadia” (tweet de Ana Botín del 5 de junio tras hacerse público el nombramiento).

A ver. Si un diario neoliberal como El País habla favorablemente del nuevo Gobierna, si Madre Botín se deshace en halagos hacia la nueva ministra de Economía, ¿qué más se necesita para que nos demos cuenta de que lo único paritario que hay es el acatamiento, la subordinación y la servitud al Poder? Poder con P de Padre Ubú, o de podredumbre.

Entendemos que no se trata de eso, que subirse al carro que tira del Estado para, desde arriba del mismo, rogar a sus amos/as y señores/as unas míseras gracias en beneficio de todas/os, lo que repercutirá en mejoras vitales para quienes tiran de él, solo sirve para reforzar los valores que sustentan el estado de cosas que se critica en nombre del feminismo, tales como la agresividad, la competitividad, la subordinación y sumisión, la eficacia, la utilidad, el rendimiento…, valores masculinos en definitiva. No consientas que haya personas que tengan que arrastrar carro alguno, y menos en un mundo tecnológicamente cada vez más avanzado. Es así de simple. Yo no quiero tener que tirar del carro, a mí me da igual que quién me explote sea un hombre o una mujer, lo que me importa es que no me exploten.

Problemas de ser lesbiano

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CAP

En nombre de la Asociación Internacional de Lesbianos, de la que soy fundador y único miembro por ahora, quiero manifestar mi más enérgica repulsa a la constante discriminación de que somos objeto en y desde todas las instancias, como muestra el caso que paso a exponer a continuación.

Según el Instituto Nacional de Estadística, la población de España es de algo más de 46 millones y medio de personas (46.549.045 según datos a 01/01/2017), de las cuales casi 23 millones son hombres y algo más de 23 millones mujeres. El INE no establece otra diferencia. Lógico, los niños y niñas son también personas –sin voz ni opinión, pero personas–, solo que de menor tamaño.

Doy por supuesto que me hallo incluido en el grupo de los hombres. Digo por supuesto porque nadie me ha preguntado qué soy en realidad. Cuando nací, el médico observó que tenía pilila y en el certificado de nacimiento puso ‘varón’, es decir, hombre, macho, caballero, señor, individuo (sinónimos que figuran en los diccionarios). Que don Paco, el médico que atendió el parto, no lo hiciera, preguntarme, me parece de lo más natural. Pero que nadie lo haya hecho después es intolerable, por mucho que responda al axioma “Las chicas no tienen pilila y nunca la tendrán” (Los Inhumanos dixit).

Como persona, como individuo de la especie humana, como ser racional, pues, o supuestamente racional, me cabrea sobremanera sentirme excluido. Mi personalidad y carácter, mi manera de sentir y, en consecuencia, de comportarme son –siempre lo han sido– más propias de lo que tradicionalmente se ha considerado que configura ‘lo femenino’, el estereotipo femenino. Esta afirmación puede ser corroborada empíricamente por los testimonios de quienes me conocen a fondo.

Si la diferencia entre ser hombre (grande o pequeño) y ser mujer (grande o pequeña) es tener o no pilila, ‘soy’, pues, hombre. Si no, ‘soy’ mujer. En todo caso ‘soy’. De esto sí estoy seguro. ¿Podría decirse, por tanto, que soy una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre? Ya sé que esta es una frase muy manida, pero uno es así de simple. Podría. Pero yo prefiero definirme lesbiano. Me explico. Es que a mí me gustan las mujeres, afirmación que también puede ser corroborada empíricamente por diversos testimonios de entre ese más de 23 millones mujeres que habitan en España, e incluso fuera de España.

Tal estado de cosas me genera un permanente y creciente desosiego y un enorme desconcierto. Un desconcierto que no se reduce al dilema metafísico de quién soy o qué soy y que, por tanto, correspondería dilucidar a mi capacidad cognitiva. Ya quisiera. Pero no, afecta directamente a mi vida cotidiana, a mi día a día. Hasta el punto de quedarme paralizado ante la imposibilidad de reconocerme (me da igual que me reconozcan). O es verdad que la diferencia entre un hombre (grande o pequeño) y una mujer (grande o pequeña) estriba en tener pilila o no, o bien no soy capaz de descifrar la significación del mensaje visual de las señales que, se supone, me transmiten los semáforos de Valencia ciudad, esos que llaman ‘paritarios’ (de parida, evidentemente). ¿Qué leches son los muñequitos (o muñequitas) con falda? ¿Mujeres? Si es porque llevan falda, si esa es la diferencia, de acuerdo. Si no, yo qué demonios sé. ¿Mujer? ¿Hombre? Imposible averiguarlo, pues no hay forma de saber si, bajo la falda, la persona que representa la figura en cuestión tiene pilila o no. Menos mal que no soy escocés. Y que resido en Valencia –bueno, en El Cabanyal, que no es lo mismo, porque si fuera en Madrid… Observan la fotografía. No tengo pareja, ni mujer ni hombre.

Madrid

Terrible. ¿Y yo? ¿Yo cuando cruzo? Mujer con falda (o escocés) o ser asexuado (como muestran las imágenes, el muñequito que no lleva falda carece de sexo). No hay más opciones, pues para los lesbianos no veo ninguna señal. ¿Qué hago? ¿Espero pacientemente a que llegue mi turno? Es evidente que nunca saldrá el muñequito (muñequita) que me identifique. ¿Me salto las señales y cruzo cuando no me toca? ¡Qué difícil es ser buen ciudadano!

¡Ahí va! Acabo de acordarme de que tengo dos multas sin pagar por haber cruzado cuando no debía. Da igual. Ya me embargarán el montante a través del banco, y con los intereses que los genios que conciben tales invenciones se compren unos orinales de sombrero por si un día se les ocurre hacer la voltereta y la mierda que hay en sus cerebros se expande por doquier. ¿O es ahora cuando llevan el orinal puesto? Yo ya no sé nada, excepto que me discriminan y excluyen.

¿En nombre de Dios? Pues a mí, que soy Dios, nadie me ha preguntado

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René Magritte (1898-1967). God, the Eighth Day, 1937.

René Magritte: ‘God, the Eighth Day’ (1937)

Unas personas nombradas por otras personas que se disfrazan como los ciudadanos de la Antigua Roma –llevan una especie de túnica negra y un gorro con flecos– condenan y castigan a quienes se les ocurre manifestar con palabras lo que debería quedarse en pensamientos sin decir. Es la Ley, dicen. Así, con la ele mayúscula, que lo mayúsculo siempre impresiona más.

A Valtonyc lo han condenado por calumnias e injurias graves a la Corona, también en mayúscula, como la C de mi apellido o la C de mis cojones. A Evaristo, de La Polla Records, por llamar hijos de puta a los miembros del Cuerpo Nacional de Policía, también con P mayúscula, como la P de polla.

Injurias, calumnias…, conceptos lingüísticos cambiantes y adaptables a la determinada representación social de cada momento histórico. Lo que en un momento puede ser una injuria, en otros puede ser un elogio. Y en este, es posible que la Corona se haya sentido vilipendiada por Valtonyc y la Policía denigrada y difamada por Evaristo. Pero es que a Willy Toledo resulta que unos leguleyos de un clan que se hace llamar Asociación de Abogados Cristianos, en nombre de la secta Católica y Apostólica Romana, va y lo denuncian por publicar en Facebook lo siguiente: “Yo me cago en Dios y me sobra mierda para cagarme en el dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María. Este país es una vergüenza insoportable. Me puede el asco. Iros a la mierda. Viva el coño insumiso”. Y esos sentenciadores de túnica negra y gorro con flecos toman en consideración su rogativa y le acusan de presunto delito de ofensa religiosa y quieren que pague 10 euros al día de multa al día durante un año. Y, si no, a la cárcel.

Hasta aquí podríamos llegar. ¡En nombre de Dios! ¿En nombre de Dios? ¿Cómo puede sentirse ofendido Dios? Vaya panda de cretinos. “Dios soy yo”, escribió Boris Vian. Y yo también, afirmo. Yo, Manuel. Al fin y al cabo, Manuel significa “el Dios que está entre nosotros”. O eso dicen los bibliafilos. Vian es Dios, yo soy Dios, tú eres Dios. Dios no puede demostrar lo contrario, ninguna prueba ha dado de su real existencia. Ni a mí ni a nadie. En cambio, Dios no puede decir lo mismo de mí. Yo publico este blog y escribo sus entradas, también tengo libros y novelas publicadas, que he escrito yo. Él no ha escrito nada que se sepa. Otros, dicen que, inspirados por él, han escrito cosas que son “palabra de Dios”. Pero a mí puede inspirarme la vecina de enfrente. Eso no prueba nada. Yo tengo mi biografía en Wikipedia, él su hagiografía. Y, así y todo, estos comehostias se atreven a castigar a alguien sin haberme consultado. Menuda falta de consideración. ¿Y aún quieren que yo los respete?

Hablar por hablar

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hablar-por-hablar

Decía Salomón –o dice Ambrosio de Milán que decía– que los labios del sabio son las armas de la inteligencia, por lo que deben permanecer atados al sentido y, en consecuencia, hacer que, de este modo, la expresión sea brillante, que resplandezca la inteligencia, que el discurso y la exposición no necesite sentencias ajenas, sino que la palabra sea capaz de defenderse con sus propias armas; que, en fin, no salga de la boca ninguna palabra inútil y sin sentido.

Si así fue, Salomón era un alma de cántaro que confiaba en exceso en la capacidad y criterio no tanto del sabio como de los receptores de su discurso. O que creía en la naturaleza de la bondad intrínseca del ser humano. O igual solo eran palabras ‘sabiamente’ ajustadas a su proyecto de consolidar el reino unido de Israel.

A la vista de los resultados, bonitas palabras que para nada sirvieron. Hoy más que nunca se da gran importancia a la comunicación –se habla de la “era de la comunicación”– y al debate, pues se supone que vivimos también en la “era de la información”. Conversar. Hay que hablar. Con unos, con otros. Y, sí, lo hacemos. Intercambiamos palabras, pero poco más. “Desatados’ los labios del sabio del sentido, tal es el egocentrismo individual y colectivo que caracteriza nuestra sociedad, los argumentos han dejado de ser necesarios. Es más, han pasado a ser accesorios, cuando no inútiles. Hablamos con los demás para reafirmarnos en nosotros mismos. Y de nosotros mismos hablamos con los demás. Y los demás de ellos cuando hablan con nosotros.

Hablar, para que cobre sentido la vida y así nos la podamos creer. Repitiendo siempre las mismas cosas, usando los mismos argumentos. Rutina. Lo de menos es llegar a conclusión alguna.

Las palabras ya solo son sonidos, música ambiental. Hemos subvertido su significado. Nada dicen, pues nada decimos. Hablamos. Hablamos por hablar. ¿Comunicarse? No sé. Eso es otra cosa. Saber y conocer son cosas distintas.

Que les vaya bien (o lo mejor posible).

¡A vivir, que son dos días! O uno si no te portas bien (dicen)

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a-vivir-que

Desde que venimos al mundo, a este por lo menos, dominado por la codicia y la vanidad, se nos instruye en la idea que necesariamente hemos de vivir más años que las generaciones anteriores, y estas a su vez más que las previas a ellas, y así sucesivamente desde que los expertos contemporáneos elevaron vida y muerte a categorías políticas.

Se nos instruye para que temamos a la muerte en la ambición de una vida lo más longeva posible, eso sí, basada en el trabajo y en la indolencia. No fumes, no bebas, no te drogues, no comas esto ni aquello, no estés tanto tiempo sentado, no te estreses… No, siempre no, la vida desde la negación, la prohibición. Nos sentimos obligados a hacer esfuerzos continuamente si queremos vivir, y lógicamente luego exigimos la recompensa, pues nos creemos dueños de nuestro destino. Normas, reglas, dictámenes, exámenes. Desde pequeños. Y, si no, el castigo: la muerte. Si no comes, si no duermes lo que debes, si no cumples con los preceptos de Dios o de los superiores, si no te arrepientes, si no rezas, si no eres casto, si no cumples las obligaciones con los maestros, con los padres, con los que deciden y determinan, el castigo: la muerte, prematura y presumiblemente dolorosa. O el apartamiento, que viene a ser lo mismo, o parecido.

Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta

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nadie

Despreciamos los extremos cuando sin ellos nada seríamos. Hemos creído en el poder del ser humano sobre la naturaleza, como si no formáramos parte de ella y nos perteneciera. La primavera, como el otoño, son lo mismo: el tránsito del frío al calor en el primer caso y del calor al frío en el segundo. ¿Por qué, pues, preferimos la primavera al otoño? Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas.

No elegimos, hemos perdido esa capacidad y la conciencia de ser, aceptamos el justo medio no como mal menor, ni siquiera necesario, sino como la materialización misma de la realidad, convirtiendo la apariencia en experiencia. Hay lugares en los que siempre hace frío a pesar de que el termómetro marque 38° y otros verdaderamente cálidos aunque nunca sobrepasen los 0°, pongamos por caso. Los primeros nos parecen excesivamente bochornosos, los segundos demasiado gélidos, y nos refugiamos en nuestras madrigueras y ponemos el aire acondicionado, y ahí, en ese espacio que consideramos nuestro, creemos encontrar el equilibrio, aislados, indiferentes a cuanto suceda más allá de nuestras fronteras, hasta que los definidores, por medio de sus representantes, indican, desde refugios más seguros en los que están entre otras cosas los termómetros, que hemos de ayudar a construir el equilibrio, que hemos de laborar con empeño para asegurar el orden de las cosas, nuestro orden, el que se sustenta en el justo medio, en el rechazo de los extremos, aunque quienes nos certifican esto lo hagan desde uno de ellos.

Pero eso no importa, alguien tiene que velar por el bien general, alguien ha de tener la suficiente amplitud de miras, y eso solamente puede hacerse desde lo alto, donde la perspectiva es siempre mejor. Los más, los demás, miran alguna vez hacia arriba y se dan cuenta de que algunos tienen su mismo origen y han llegado a situarse bastante más por encima de lo que jamás imaginaran. Después miran hacia abajo, las más de las veces, donde ya están, y advierten la presencia de los competidores, y aunque saben que hay miseria suficiente para todos bregan por conseguir una buena porción. Arriba y abajo, si bien prescinden de mirar hacia lo más elevado, saben que ahí nunca llegarán. Por eso buscan la relatividad de las cosas en el mundo de lo absoluto. Creen que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontan a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creen, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguirán ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y sus bienes y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecen de referentes.

La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta. Las cosas son lo que representan, lo que significan. Una piedra es una piedra y un perro es un perro. Sin embargo, una piedra de cincuenta mil años de antigüedad es más preciada que otra más reciente, e independientemente de ello, la piedra reciente, o la de cincuenta mil años, es asimismo más estimada según el lugar que ocupe, según el edificio de que forme parte. O un cuadro. Prescindiendo de sus cualidades artísticas, o estéticas, que al fin al cabo son las que los expertos han creído ver en él, no es otra cosa que una tela manchada de colores. Naturalmente, no todos emborronan igual las superficies ni manejan con la misma destreza los pigmentos, ni tienen la misma habilidad con el dibujo, ni captan del mismo modo ambientes o rostros. No todos los cuadros son iguales, tampoco las personas. Pero he aquí que no es eso lo importante, pues un cuadro que se atribuía a un determinado autor y se consideraba una obra maestra, digna de un genio, pierde valor y estimación cuando se descubre que no pertenecía a dicho pintor sino a otro de menos relevancia. El cuadro, no obstante, sigue siendo el mismo, pero lo que parecía ser ya no es. Al perro que tiene dinero le llaman señor perro, dice un proverbio árabe. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia.