Covid-19: ¿Algo imprevisible?

Galería

En absoluto. Que nadie podía prever una cosa así –argumento al que tantas veces se recurre– es algo que no se sostiene. A no ser –y he aquí el meollo del asunto– que se tratase como una cuestión, si no menor, supeditada a la estricta salvaguarda de otros objetivos relacionados con los intereses económicos.

Veamos. En octubre de 2019 –dos meses antes del comienzo de la pandemia– el Foro de Davos llevó a cabo un ejercicio contra una posible ‎epidemia de coronavirus, con la participación del Johns Hopkins Center for Health Security y de la ‎Bill & Melinda Gates Foundation. Fue en Nueva York, el día 18. “El objetivo explícito del ejercicio realizado en Nueva York era planificar la respuesta de ciertas transnacionales y gobiernos ante una pandemia de coronavirus, cuando nada permitía predecir el ‎inicio de la epidemia detectada en la ciudad china de ‎Wuhan a inicios de diciembre”, explica un artículo que leo en el portal de la organización internacional Red Voltaire [1]. A este ejercicio –conocido como Evento 201– asistieron, dice el artículo:

  • Latoya Abbott, responsable de situaciones de riesgo del grupo hotelero estadounidense Marriott ‎International;‎
  • Sofia Borges, vicepresidente de la Fundación de las Naciones Unidas;
  • Brad Connett, presidente del grupo Henry Schein, líder mundial de la producción de material ‎médico;
  • Christopher Elias, responsable de Desarrollo Global de la Bill & Melinda Gates Foundation;‎
  • Tim Evans, ex director del departamento de Salud del Banco Mundial;‎
  • George Gao, director del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de la República ‎Popular China;‎
  • Avril Haines, ex directora adjunta de la CIA y ex miembro del Consejo de Seguridad Nacional de ‎Estados Unidos, bajo la administración Obama;
  • Jane Halton, ex ministro de Salud en Australia, miembro del consejo de administración del Banco ‎de Australia y Nueva Zelanda (ANZ);‎
  • Matthew Harrington, director de Edelman, la oficina de relaciones públicas más importante del ‎mundo;
  • Martin Knuchel, director para situaciones de crisis de la línea aérea alemana Lufthansa;‎
  • Eduardo Martinez, consejero jurídico de UPS, líder mundial de logística postal, y director de ‎UPS Foundation;‎
  • Stephen Redd, director adjunto del US Center for Disease Control and Prevention;‎
  • Hasti Taghi, vicepresidente del grupo de comunicación NBC Universal;‎
  • Adrian Thomas, vicepresidente de la transnacional farmacéutica Johnson & Johnson;‎ y
  • Lavan Thiru, gobernador del Banco Central de Singapur.

Como quiera que el artículo no aclara la fuente, y dada la susceptibilidad de la gente ante esta cuestión y su incondicional seguimiento de la versión oficial acerca del origen y causas del coronavirus, entro en la página del Foro de Davos. Allí leo lo siguiente:

“El Foro Económico Mundial ha anunciado el tema y los detalles de su 50ª Reunión Anual, que se celebrará del 21 al 24 de enero [de 2020] en Davos, Suiza. El tema de la reunión será Actores para un mundo coherente y sostenible.  […]

‘Las personas se están rebelando contra las ‘élites’ económicas que creen que las han traicionado, y nuestros esfuerzos para mantener el calentamiento global limitado a 1.5°C se están quedando peligrosamente cortos’, dijo el profesor Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial. ‘Con el mundo en una encrucijada tan crítica, este año debemos desarrollar un ‘Manifiesto de Davos 2020’ para reinventar el propósito y los cuadros de mando para las empresas y los gobiernos. Es para lo que se fundó el Foro Económico Mundial hace 50 años, y es a lo que queremos contribuir durante los próximos 50 años’.” [2]

Por su parte, la revista estadounidense de ciencia Neoscope publicó el 27 de enero de este año un artículo cuyo título es de por sí la mar de esclarecedor: “En una reciente simulación, un coronavirus mató a 65 millones de personas” [3]. Entre cosas, dice:

“En octubre de 2019, un grupo de 15 empresarios, funcionarios gubernamentales y expertos en salud se reunieron alrededor de una mesa en Nueva York para planificar la respuesta global a un brote mundial de un coronavirus nunca antes visto y completamente ficticio.

Fue un ejercicio de entrenamiento con similitudes inquietantes, en retrospectiva, con 2019-nCoV [Covid-19], el virus chino que se ha globalizado rápidamente este mes.

Tres horas y media después, el grupo terminó el ejercicio de simulación y, a pesar de sus mejores esfuerzos, no pudieron evitar que el hipotético coronavirus matara a 65 millones de personas. […]

En la simulación CAPS [Coronavirus Associated Pulmonary Syndrome] se infectó a personas de todo el mundo en seis meses y, a los 18 meses, mató a 65 millones de personas y provocó una crisis financiera mundial”.

Sería esta crisis financiera peor que la de 2008, si bien ya se venía pronosticando desde bastante tiempo antes su llegada, advirtiendo a la gente de que se avecinaba una nueva recesión de consecuencias imprevisibles. Es así que se creó “una lista de siete acciones que los líderes de los sectores público y privado podrían tomar ahora para prepararse para un escenario como el Evento 201”, pues era muy preocupante que “si el 2019-nCoV alcanza el nivel de pandemia, ya podría ser demasiado tarde para evitar los millones de muertes predichas”.

Hub, la red de noticias de la Johns Hopkins University, publicó a principios de noviembre de 2019 un artículo [4] en el que podemos leer:

“En 2001, fue un brote de viruela, provocado por terroristas en centros comerciales estadounidenses. Este otoño, fue un virus similar al SARS, que germinó silenciosamente entre granjas porcinas en Brasil antes de extenderse a todos los países del mundo.

Con cada pandemia ficticia que los expertos de Johns Hopkins han diseñado, la lección a la que se llega es la misma: no estamos preparados para nada.

‘Una vez estamos en medio de una pandemia severa, las opciones son muy limitadas’, dice Eric Toner, investigador principal del Centro para la Seguridad de la Salud de la Universidad Johns Hopkins. ‘El mayor bien puede suceder con la planificación previa’.

La última simulación de pandemia de ese centro, el Evento 201, dejó a los participantes justo en medio de un brote de coronavirus incontrolado que se estaba extendiendo como un incendio forestal fuera de Sudamérica para causar estragos en todo el mundo. Como narraron los presentadores de noticias ficticios de ‘GNN’ [Good News Network], el virus inmune-resistente (apodado CAPS) estaba paralizando el comercio y los viajes, enviando a la economía global a una caída libre. Las redes sociales estaban desenfrenadas con rumores y desinformación, los gobiernos colapsaron y los ciudadanos se rebelaron”.

¿Cómo, pues, puede hablarse de factor sorpresa? ¿Cómo que ‘nos pilló desprevenidos’?  Las pandemias no son algo nuevo en la historia, ni mucho menos. Desde el advenimiento de la sociedad industrial-capitalista, estas se han sucedido de forma más o menos periódica. Entre 1817 y 1881 hubo hasta seis pandemias de cólera: 1817, 1829, 1852, 1863, 1881-1896​ y 1899-1923. Se calcula que murieron unos diez millones de personas. Entre 1918 y 1919 la gripe española ocasionó entre veinte y cincuenta millones de víctimas. Entre 1968 y 1969 la gripe de Hong Kong fue responsable del fallecimiento de dos millones de personas. Desde 1976, el virus del ébola –con una mortalidad de entre el 50% y el 90% de los infectados– causa estragos. Desde 1981 la pandemia del sida se ha cobrado más de 30 millones de muertes. El siglo XXI empieza prácticamente (2003) con la epidemia del SARS (síndrome respiratorio agudo severo), que fue detectado por primera vez en noviembre de 2002 en la provincia de Cantón (China) y de allí pasó a otros países a través de viajes por medio aéreo o terrestre de personas infectadas. Es decir, como ahora. En dos meses causó 8.000 infectados y 700 muertes. Lla OMS (Organización Mundial de la Salud) y los laboratorios clasificaron a este virus como SARS-CoV, un tipo de coronavirus desconocido hasta entonces en seres humanos. En 2009-2010 hace su aparición la Pandemia de gripe A (H1N1), también llamada en un principio ‘gripe porcina’, causada por una variante del Influenzavirus A (subtipo H1N1). Esta vez la OMS, muy a su pesar, utilizó la categorización de pandemia. “Pese a que la mayoría de casos fueron considerados ‘leves’, la infección tuvo un número estimado de muertes de entre 100.000 y 400.000 tan solo el primer año de la pandemia, recoge el organismo. Los CDC (Centros para la Prevención y Control de Enfermedades) elevan ese número hasta los casi 600.000 en ese mismo periodo. Actualmente, es un ‘virus de la gripe humana habitual y continúa circulando de forma estacional alrededor del mundo’, apuntan desde los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.”. [5]

Para evitar que un nuevo virus pudiera causar una nueva pandemia es por lo que se llevó a cabo el Ejercicio 201, para que –como destacaba más arriba– “los líderes de los sectores público y privado [pudieran] tomar [medidas] para prepararse para un escenario como el Evento 201”. ¿O acaso el evento tenía como principal fundamento evaluar su impacto socio-económico?

Mucho se ha hablado sobre el origen del Covid-19 y no han faltado teorías que apuntan a una conspiración, de la cual, por razones sobre todo de espacio, hablaré en un próximo artículo. Desde las instituciones y la práctica totalidad de los medios de comunicación se afanan en desmentirlas y demonizarlas. No sé qué habrá de cierto en ellas, pero tal vez deberíamos prestarles un poco más de atención. “No hay que olvidar que todo mediático, ya sea por el salario ya sea por otras recompensas y gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios”, como señaló Debord [6]. No es posible creer nada que uno no haya sabido directamente por sí mismo. ¡Pero si todavía no sabemos la verdad sobre el asesinato de Kennedy! Y de las guerras de Irak, ¿qué me dicen? ¿Cuántos bulos fueron, a sabiendas, divulgados desde las más altas instancias para ‘justificar’ la intervención? ¿Conocemos la verdad de lo sucedido el 11-S?

Casi sería mejor para los gobernantes actuales –especialmente los de los países más afectados– que el origen del Covid-19 se debiera a un complot, cuanto más enrevesado mejor. Al menos así, podrían disimular sus carencias. Como proféticamente anunció Debord, “todos esos pánfilos ingenuos de la economía y la administración probablemente acabarán llevando al mundo a alguna gran catástrofe”, pues por primera vez se puede gobernar sin tener ningún conocimiento prominente ni ningún sentido de lo auténtico o de lo imposible. ¿Es que ustedes, como no participaron en el Ejercicio 201 no sabían nada de él? ¿Y para qué tienen ustedes tantos asesores? ¿Para que no nos salgamos del rumbo marcado?¿Para que Estado y economía se fundan en un mismo propósito: dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad de un continuo crecimiento económico? ¿Solo leen y se documentan acerca de cómo gestionar lo que las élites financieras disponen? Tiempo ha habido para dotarse de recursos suficientes, tanto de material como de profesionales sanitarios. Voluntad, desde luego, no. Solo se actúa cuando el problema es una amenaza. Y entonces se recurre al consabido argumento de que nadie podía prever algo así.

Bueno, aquí termino por hoy, que no lo dejo. Seguiré con el tema en próximos artículos.


[1] “El Foro de Davos se preparó para una ‎pandemia de coronavirus… dos meses ‎antes de su inicio‎”, Red Voltaire, 5 de febrero de 2020. https://www.voltairenet.org/article209125.html

[2] “Davos 2020: World Economic Forum announces the theme”, World Economic Forum, 17 de octubre de 2019. https://www.weforum.org/agenda/2019/10/davos-2020-wef-world-economic-forum-theme

[3] Kristin Houser: “In a recent simulation, a coronavirus killed 65 million people”, Neoscope, 27 de enero de 2020. https://futurism.com/neoscope/recent-simulation-coronavirus-killed-65-million-people

[4] Katie Pearce: “Pandemic simulation exercise spotlights massive preparedness gap”, Hub-JHU, 6 de noviembre de 2019. https://hub.jhu.edu/2019/11/06/event-201-health-security/

[5] “Coronavirus: las pandemias que pusieron al mundo en alerta en la historia reciente (y cómo se afrontaron)”, BBC News Mundo, 12 de marzo de 2020.

[6] Guy Debord: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988).

[7] “El coronavirus puso al mundo frente a las ‎dignidades solidarias y la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza”, Stella Calloni, Red Voltaire, 24 de marzo de 2020.

A cada uno según sus necesidades

Galería

“La vida, dicen, se ha desarrollado gradual-mente del protozoo al filósofo, y este desarro-llo, aseguran, es sin duda un progreso. Por desgracia, todo esto lo asegura el filósofo, no el protozoo”.

La cita está extraída del libro de Bertrand Russell Misticismo y lógica (1919) y si la traigo a colación es por analogía con el diálogo que de Pierre Leroux que reproduzco a continuación. Está saca-do del del libro de Dominique Laporte Historia de la mierda (primera edición, en francés, 1978; en español, 1980), concretamente del apartado “A cada uno según sus necesidades”, que cierra el libro. Se publicó originalmente en 1850, en el número 1 de la Revista del Orden Social y es una “fábula mimada y escenificada de la ciencia burguesa resistiendo socarronamente a la ciencia proletaria” (Lapierre) en el que nos ofrece con el personaje del yo una parodia del lysenkismo (Trofim Lysenko fue el inspirador de la doctrina oficial soviética en todo lo relativo a la biología). Y es que “toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor.” (Ivan Illich: La sociedad desescolarizada, 1971). Bien, vamos con el diálogo.

EL SABIO. ─ ¡Y bien!, ¿ignora usted que la orina contiene 933 partes de agua por 1.000?

YO. ─ No, no lo ignoro.

EL SABIO. ─ ¿Y no concluye nada de ello?

YO. ─ ¡Qué quiere usted que concluya si invalida mi opinión!

EL SABIO. ─ Me parece, sin embargo, que la conclusión es bien simple. Si de 1.000 partes hay en la orina 933 de agua, debería, ante todo, suprimir en su estimación 933 de ellas. Le quedarían entonces 67 partes de diferentes sales, incluida la urea. Usted supone que un hombre da como media 730 litros de orina al año. Saque la proporción: 1.000 : 67 = 730 : x; eso le dará

es decir, alrededor de 49 litros de materias útiles. ¿Cómo quiere usted que un hombre reproduzca su sustancia anual con 49 litros de distintas sales más un poco de urea?

YO, riendo.─ ¡Ah! ¿Así es cómo razonáis, vosotros, los químicos?

EL SABIO, acalorándose.─ ¡Está usted loco!, querido. ¿Sabe usted cuántos hectólitros de abono de materias fecales secas y pulverizadas se necesitan para abonar convenientemente una hectárea de tierra?

YO.─ Dígamelo.

EL SABIO.─ Veinte. Y no puede usted negar que hace falta al menos una hectárea de tierra fértil para alimentar a un hombre.

YO.─ Es muy cierto que, como media, una hectárea de tierra alrededor de las grandes ciudades produce en bruto unos 1.500 francos, lo cual supone 500 francos de producto neto. Tres cuartas partes de los franceses disponen de mucho menos para mantenerse. Pero, no importa, estoy de acuerdo en que en el actual estado de la agricultura hace falta una hectárea de tierra buena y bien cultivada para alimentar a un hombre; es decir, para satisfacer todas sus necesidades primarias.

EL SABIO.─ Y bien, ¿con qué puede usted fertilizar esa hectárea de tierra? Acabamos de ver que hacen falta 20 hectólitros de estiércol pulverizado para una hectárea de tierra y usted no tiene más que 49 litros de materias útiles procedentes de la orina, más las materias fecales.

YO.─ Ciertamente, razonando como vos, me vería en apuros.

EL SABIO.─ Y, ¿cómo razona usted, pues?

YO.─ Dígame usted ahora, ¿sabe cuánta agua entra en la leche?

EL SABIO.─ Lo he olvidado.

YO.─ Bien, entra precisamente tanta agua como en la orina. Ahí tenéis el análisis de Berzelius. La leche de vaca descremada contiene 92’875 partes de agua, de cada 100. El resto se compone de caseína, 2’600; azúcar lácteo, 3’500; ácido lácteo y lactosas, 0’600; sales alcalinas solubles, 0’185; fosfato de cales, 0’230. La leche no descremada contiene algo menos de agua, pero la diferencia no es grande: 87’6 de agua por cada 100 partes. ¿Quiere saber usted la composición de la leche de la mujer? La leche de la mujer contiene, según M. Payen, de cada 100 partes: mantequilla, 5’18; caseína, 0’24; residuo sólido de leche evaporada, 7’86; agua, 85’80. Me ha dicho usted que de cada 100 partes la orina contenía 933 de agua. Yo le respondo a usted que la leche contiene de 85 a 92 partes de agua; es decir, que de 1.000 partes encierra de 850 a 920 de agua. Ve usted claramente la leche tiene tanta agua como la orina. Si alguna diferencia hay, al menos es bastante ligera. He aquí una relación entre la orina y la leche que usted no había tenido en cuenta.

EL SABIO.─ ¿Y qué conclusión saca usted?

YO.─ Permítame que sea ahora yo quien le diga: ¿está usted loco, querido, o qué? Teniendo la leche tanta agua, ¡cree que es nutritiva!, ¿no? ¡Imagina usted que los niños de los hombres y los cachorros se alimentan con leche! ¡Quimeras!

EL SABIO.─ Desde luego, no sé qué contestar. Es cierto que la leche contiene tanta agua como la orina y, sin embargo, es nutritiva, y el agua no tendría los mismos efectos.

YO.─ Cuando usted bebe un vaso de leche bebe prácticamente agua y, sin embargo, alimenta.

EL SABIO.─ Sí que es cierto, me bebo un 92% de agua cuando bebo leche de vaca, según Berzelius.

YO.─ Y cuando su bebé chupa el pezón materno, chupa un 85% de agua, según Payen. Y vive de un modo encantador su bebé. Y, por mi parte, yo aconsejaría a su madre, como partidario que soy del doctor Loudon, que le nutriera así durante dos o tres años, hasta que el aparato dental estuviera bien formado. Las 85 partes de agua, combinadas con las 15 restantes, le darán sangre, músculos, nervios, huesos; en fin, todo lo necesario para obtener un hermoso muchacho.

EL SABIO.─ Hay que convenir en que la química de la Naturaleza es admirable.

YO.─ ¡Y que su química, o al menos la ciencia general, que de ella saca usted es bien estúpida!

EL SABIO.─ ¿Qué quiere usted decir?

YO.─ Lo que acabamos de decir, ¿no es también cierto para el vino?, ¿no contiene también el vino mucha agua?

EL SABIO. ─ Mucha.

YO.─ Mire, un excelente Bordeaux. De 100 partes de su volumen solo 15 son de alcohol. ¿Impide ello que el Burdeos sea vino o que produzca los efectos que produce?

EL SABIO.─ No.

YO.─ Y ¿cómo no habéis pensado que con la orina podría suceder lo mismo que con la leche o el vino?

EL SABIO.─ Estoy de acuerdo en que si usted quiere mostrarme un ser que bebiera orina del mismo modo que nosotros bebemos leche o vino y en quien ello produjera sangre, músculos, nervios, huesos, no tendría nada que decir.

YO.─ Una preciosa confesión y se la he tenido que arrancar con la fuerza de la verdad. Pues sí, esos seres existen.

EL SABIO.─ Muéstremelos.

YO.─ Hay que escribir un libro sobre el que hace mucho tiempo estoy pensando, pues nuestra ignorancia al respecto me parece insoportable. Pero, convenga usted en que si no viera diariamente alimentar a los niños con leche o a los hombres exaltando sus fuerzas con el vino, no creería en ello, ¡contienen tanta agua!

EL SABIO.─ Aunque usted no ha respondido a mi objeción respecto del estiércol pulverizado.

YO.─ El estiércol pulverizado lo han hecho los químicos, según sus principios, según sus ideas, de acuerdo con su credo: por tanto, es un absurdo.

EL SABIO.─ ¿No cree usted en la química?

YO.─ Creo en la Naturaleza. Shakespeare (sic) dijo: ─Entre la tierra y el cielo hay muchas más cosas que las que los sabios imaginan─ digo lo mismo que Shakespeare (sic).

Si ves al futuro, dile que no venga

Galería

Los años anteriores a la crisis de 2008 se caracterizaron por la exuberancia y el despilfarro de una aristocracia de banqueros de inversión que, sin otra lógica que la rentabilidad a corto plazo, buscaron el beneficio de manera desaforada en cualquier negocio que supusiera la obtención de ganancias inmediatas: ventas a corto plazo abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hipotecas basura, hedge funds…

Al respecto escribía yo en octubre de 2008, en un artículo titulado “La crisis del siglo. ¿Una más?”, lo siguiente:

‘El presidente Zapatero sostiene que dicha medida [el rescate financiero] no va a costar un euro al contribuyente. Eso sí, siempre que salga bien. ¿Y si no sale bien? ¿Quién responderá por ello? Y si sale bien, ¿ya está? ¿Aquí acaba todo, vamos a empezar de nuevo? ¿No hay responsables por la estafa llevada a cabo por los bancos occidentales, que han ganado una enorme cantidad de dinero a costa de las hipotecas basura y luego, cuando las cosas no van bien, suben el interés y si no pagas es tu problema, el banco se queda con la casa? ¿Nadie va responder por el hecho de que las empresas se hayan endeudado por encima de sus posibilidades? ¿Y los estados que han destinado millones y millones para defender intereses particulares incluso con guerras? ¿Quién es causante de la crisis de superproducción? ¿Nadie le pedirá cuentas a aquellos grandes que han aprovechado la crisis para eliminar o absorber a los más débiles? ¿Se seguirá apostando por un capitalismo defensor ante todo de ganar la guerra económica, es decir, eliminar a la competencia con la obtención de beneficios, no normales o razonables, sino lo suficientemente amplios como para distanciarse de las empresas de la competencia? ¿Se continuará salvando los bancos sin pedir a sus dirigentes responsabilidad alguna por su mala gestión, a pesar del dinero que han estado ganando y que se han guardado? ¿El Tercer Mundo, ese eufemismo que siempre empleamos para denominar los países pobres verá aún más disminuir las miserables ayudas, pues las necesitamos nosotros? ¿Continuaremos con la máxima de privatizar lo que es económicamente rentable y socializar las pérdidas? La respuesta en unos años’.

Han pasado esos años, casi doce. Visto lo visto, visto incluso lo que creíamos que no llegaríamos a ver, reniego y repudio todo movimiento en tanto que ‘conjunto de alteraciones o novedades ocurridas, durante un período de tiempo, en algunos campos de la actividad humana’ (RAE). Me sumo a las palabras de Enrico Baj cuando dice: ‘Muchos fanáticos pretenden que todo el mundo se ponga en movimiento porque el movimiento sería vida. Sin embargo, las cosas estáticas tienen una vida bastante larga, como las rocas y los árboles, y además, por suerte, el mundo en su mayor parte está hecho de cosas que están quietas, como las montañas, los grandes pardos, los lechos de los ríos. ¿Acaso querrías que se pusieran en movimiento? […] La dimensión humana se desarrolla siempre en el espacio y el tiempo, en los límites del territorio y la duración. La eterna velocidad omnipresente es una solemne memez’ (¿Qué es la ‘patafísica?, 1994). Cuanta razón tenía el periodista y político bonaerense Juan José Castelli (1764-1812) cuando dijo: ‘Si ves al futuro, dile que no venga’.

Presente perfecto, pasado imperfecto y ¿futuro?

Galería

Un presente atemporal; un pasado relegado del relato oficial, olvidado y prácticamente desparecido de los manuales de historia, y un futuro al que tememos, pues nada bueno esperamos él, determinan esta sociedad espectacular. Así, parece que vivamos un perpetuo presente en el que, no obstante, nunca dejan de ocurrir cosas aparentemente trascendentales que no son más que las banalidades de siempre, “anunciadas de forma apasionada como importantes noticias” (Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988). De forma circular se transmiten estas una y otra vez, se las reviste de una trascendencia que no tienen y no se discute su veracidad. Todo es importante, nos dicen, pero no para quién. Para la gran mayoría de la sociedad es obvio que no. Sigo con Debord: “solo muy de tarde y a sacudidas pasan las noticias verdaderamente importantes, las relativas a aquello que de verdad cambia”.

Se ha construido así un presente sin referencias. El actual modelo de sociedad es el único aceptado, nada puede existir fuera de él, eso de que otro mundo es posible no es más que mera utopía. Por otra parte, el discurso histórico ha pasado a ser lineal y unidireccional, además de manipulado desde las instancias políticas. Sea el partido que sea el que esté en el ‘poder’ tratará de adoctrinar a los niños y jóvenes desde su ‘ideología”. Se trata de hacer ‘buenos ciudadanos al servicio de la sociedad”, lo cual, dicho así, puede ser cumplido por todos ya que en realidad nada dice.

Con un futuro del que nada se espera porque se le teme (“Si ves al futuro, dile que no venga”, como decía el escritor bonaerense Juan José Castelli) y un pasado sin otra historia que aquella que se ajusta al discurso oficial-mediático, el presente no es atacable, pues no hay alternativa, se argumenta. Esta sociedad puede no ser perfecta, pero fuera de ella todo es pernicioso.

No es de extrañar, pues, que para nada se hable de acontecimientos “verdaderamente importantes”, de esos que de verdad afectan a nuestras vidas. Hace hoy veintiséis años, en 1991, se proclamaba el fin de la Unión Soviética tras firmarse el día antes el Tratado de Belavezha, que declaraba la Unión disuelta y establecía la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en su lugar. El presente se mostraba tremendamente cambiante y era indudable que las consecuencias de lo que sucediera iban a determinar el futuro de la humanidad. El desenlace de dos procesos en curso –la evolución de los países del antiguo bloque oriental y la posible unión europea– resultaban claves. En todo caso nadie podía dudar que Europa ya no sería como era hasta 1990.

Y así fue. La prueba es que, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo –el financiero siendo más precisos– mostró su notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo y empezó el desmantelamiento progresivo del llamado estado de bienestar. Se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994). El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado.

Ningún debate sobre ello, ninguna discusión, ninguna reflexión sobre algo tan trascendente como fue “el final del corto siglo XX” (Hobsbawm). Aunque bien pensado, casi mejor. Así se evita uno tener que leer y escuchar tantas imbecilidades y evita el correspondiente cabreo.

Termino con Debord: “El individuo a quien ese pensamiento espectacular empobrecido ha marcado profundamente, y más que cualquier otro elemento de su formación, se coloca ya de entrada al servicio del orden establecido, en tanto que su intención subjetiva puede haber sido totalmente contraria a ello. En lo esencial se guiará por el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le resulta familiar: aquel con el que ha aprendido a hablar. Sin duda intentará mostrarse contrario a la retórica, pero empleará su sintaxis. Este es uno de los éxitos más importantes obtenidos por la dominación espectacular”.

Bienvenida seas, debacle

Galería

El deterioro de una cosa constituye el nacimiento de otra. Cuanto más deteriorada está una cosa, más aún cuando su descomposición es irreversible, mayores son las posibilidades y probabilidades de que otra emerja. Es esta una ley de vida, de nuestra vida, es decir, de la vida no vivida. Una vida, por tanto, que solo puede verse alterada por el choque de inesperadas fuerzas de la naturaleza con las estructuras de nuestra civilización.

¿Llegará el día en que la naturaleza ‘se rebele’ y ‘se apodere’ del mundo? ¿Es este un mundo que se destruye a sí mismo? Ya en 1934 preguntaba, y se preguntaba, Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización: “¿De qué sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa suya bajo la forma de hombres sin freno?”. De nada evidentemente, como podemos comprobar día a día. Hemos olvidado –conscientemente– que formamos parte de ella. Creemos que nos pertenece, como si existiera un medio ambiente natural independiente del ser humano. Puede que el fin de la humanidad tarde mucho en llegar, pero el de la civilización tal como la conocemos –tal como la hemos construido– es posible que no tanto.

Bienvenida sea la próxima debacle, necesidad imperiosa para que esta sociedad, somnolienta, sugestionada e hipnotizada, mutante, dispuesta adaptarse a toda situación y circunstancia, supeditada voluntariamente a intenciones ajenas con las que identificarse al haberse quedado sin identidad alguna, sin su propia naturaleza, encuentre salida alguna. ¿Cuál será esta? ¿Qué otra cosa nacerá? Dos opciones hay y ninguna es buena, como las hijas de Elena. Solo que Elena, al menos, tenía tres. Dos opciones: 1. Un nuevo deambular por el camino diseñado sobre diseños anteriores, a su vez tomados de otros más remotos, siempre con el mismo propósito, reducir lo diferente a lo mismo, aceptando que la no vida es la única posible, y 2. El caos.

¿Con cual quedarse? Por supuesto, con la segunda. Como dice Padre Ubú en la obra de Alfred Jarry Ubú encadenado (1899), “No lo habremos demolido todo si no demolemos incluso los escombros. Y no veo otro procedimiento para hacerlo que levantar en ellos hermosas estructuras bien ordenadas”.

La religión, el Estado, el estercolero

Galería

Si los hombres fueran creyentes, sabios, religiosos, en lugar de reírse, como hacen, del socialismo, profesarían con respeto y veneración la doctrina del círculo. Cada uno recogería religiosamente su estiércol para dárselo al Estado; es decir, al preceptor, a guisa de impuesto o de contribución personal. La producción agrícola se vería inmediatamente doblada y la miseria desaparecería del globo.

Nada impediría que se hiciera un libro entero con los escritos de Pierre Leroux para darlo inmediatamente a leer como una ficción pariente del Gran Misterio. Esas líneas, sin embargo, han sido escritas y firmadas por Pierre Leroux, en 1850, en el número 1 de la Revista del Orden Social, que no pasaba por publicar relatos de Swift. Se inscriben en un amplio conjunto: en 1847 Leroux había publicado el Prospectus d’une Colonie agricole fondée sur un nouveau moyen de subsistance; luego, en 1849, una crítica, algo simplona, de Malthus, titulada Malthus y los economistas, o ¿habrá siempre pobres?, y, obra capital del género, la sorprendente Carta a los Estados de Jersey sobre un medio de quintuplicar, por no decir más, la producción agrícola del país (Londres-Jersey, 1853). Más conocido por su obra De l’Humanité, en la que intentaba resumir “las religiones positivas” en una supra-religión de la humanidad, esa “gran palabra” que las engloba todas, Pierre Leroux habrá demostrado que nadie se sacrifica al culto de la humanidad sin que le conduzca una visión cósmica del mundo, en la que se encuentra incluida como motor la relación del sujeto con su mierda; hasta el punto que es raro encontrar una manifestación tan patente como esta, que pertenece al autor de una obra que al fin y al cabo ha dado nombre a la institucionalización periodística de las representaciones mesiánicas del proletariado, en la gran tradición cósmica que persigue todavía hoy la prensa a través de los titulares de sus periódicos. Religión de la humanidad y culto de la necesidad se iluminan, en su evidente conexión, al ser referidas con la proximidad en que históricamente se han encarnado, en la obra de un hombre cuya parte esencial se su vida militante se consagró a convencer a sus contemporáneos de que se podía abolir para siempre la miseria, satisfacer las necesidades de todos, si se conseguía que cada uno regalara al Estado su mierda.

Lo insensato sería no atreverse a pensar que no se trata ahí de otra cosa más que de la verdad literal, la statolatría que mantiene hoy en día en el torno de la concentración a millones de sujetos, la imagen revelada de la rigurosa homología, que mantiene unidos los discursos “obscenos y feroces” del Estado-tirano y del Educador todopoderoso y regula su conducta común frente a su progenitura que, a falta de la férula del maestro, se embadurnarían mutuamente la cara con la propia mierda antes que regalarla.

En efecto, el totalitarismo habla así: “Recoge religiosamente tu estiércol y dalo como fruto de tu trabajo al Estado que te quiere bien, sepárate de esta mierda y recibirás de mí, en recompensa, la satisfacción de todas tus necesidades, te colmaré de mis regalos y nunca te faltará de nada”. […]

Se sabe que Malthus sostenía la tesis de que había una tendencia natural en la población a aumentar en proporción geométrica opuesta a la tendencia de los medios de subsistencia, que solo crecen en una proporción aritmética. De ahí la consecuencia fatal de iría agravándose hasta tal punto que “al cabo de dos siglos la población estaría, respecto a los medios de subsistencia, en una relación de 256 a 9’’ si no se ponían en funcionamiento los medios “para impedir que el crecimiento del capital sea menor que el de la población” (Mill). Los economistas respondían, en general, a esta alarma, recomendando, como se decía entonces, la “prudencia conyugal” y las costumbres fanerógamas de la escuela falansteriana, que suponían la esterilización de dos tercios de las mujeres.

Pierre Leroux responde de muy distinta forma, avanzando que, por naturaleza, “el hombre es reproductor de su propia subsistencia”: “me ha sido dado, dice en su carta a los estados de Jersey, oponer a la ley de Malthus la verdadera ley de la Naturaleza. Esta verdadera ley de la Naturaleza es lo que yo he llamado, por alusión a la circulación de los economistas, círculo natural o circulus”. Se trata, en efecto, de un círculo en el que el hombre está en posición de satisfacer sus necesidades cuando “hace sus necesidades”:

“He probado, pues, continúa, que la naturaleza ha establecido un círculo cuya mitad se llama producción y la otra consumición; una de estas dos mitades no existe sin la otra y una es igual a otra; y que este círculo constituye la vida fisiológica de cada ser e incluso de cada órgano en cada ser: Nutrición y Secreción. […]

Que estas secreciones son realmente, desde el punto de vista de la naturaleza, el precio de su subsistencia, siendo destinadas a otros seres de igual forma que las secreciones de otros seres le son destinadas a él. […]

He probado:

Que, por tanto, es soberanamente injusto achacar a la naturaleza los males actuales de la sociedad y decir como Malthus que ‘la naturaleza misma condena a muerte al hombre que no tiene su cubierto en el banquete de la vida’; es decir, aquel cuyos servicios son inútiles económicamente hablando.

Que el más miserable de los proletarios, que muere de hambre en nuestras ciudades, porque se le niegan las migajas de este banquete, no muere de hambre por culpa de Dios, puesto que este cuerpo que muere a falta de nutrición es un admirable laboratorio y una obra de Dios tan perfecta que todos los poderosos de la tierra, unidos a todos los sabios, no podrían producir artificialmente la riqueza útil que él produce.

Sino que este hombre que tenía por sí mismo el derecho a la vida y que para ella estaba dotado, muere, porque el círculo conocido de economistas, al excluirlo de su relación necesaria con la tierra, ha destruido el círculo natural.

Que, en una palabra, por naturaleza, cualquier hombre es a la vez productor y consumidor y que si consume, produce.”.

____________

“La religión, el Estado, el estercolero” es un apartado del capítulo “Digo lo mismo que Shakespeare (sic)”, del libro de Dominique Laporte Historia de la mierda (primera edición, en francés, 1978; en español, 1980).