EL BLOG DE MANUEL CERDÀ

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Canciones de la Primera Guerra Mundial

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Soldados estadounidenses y muchachas de la Young Men’s Christian Association (YMCA) cantando alrededor de un piano en Aix-les-Bains (Francia) en agosto de 1918.

Cien años se cumplirán el próximo noviembre del fin de la Primera Guerra Mundial, un hecho trascendental que acabó con el orden político y económico conformado a raíz de las revoluciones burguesas decimonónicas e inició otro nuevo, lleno de tensiones sociales y conflictos, que desembocó en una segunda guerra también mundial apenas veinte años después. Significó, por tanto, nada menos que el final del largo siglo XIX y el inicio del corto siglo XX, como bien ha definido historiográficamente Eric Hobsbawm.

No será esta, desde luego, la única entrada que publique a lo largo del año sobre la Primera Guerra Mundial. En esta primera, vamos a ocuparnos de algunas de las canciones que surgieron a raíz de la contienda, canciones que se hicieron muy populares entre las tropas y la población civil –la mayoría de las cuales nada (o poco) tenían que ver con la música militar– y cuyos temas hablaban de la nostalgia, la familia, el hogar, la novia que uno había dejado, su pueblo o su ciudad… Quiero aclarar que esta entrada fue publicada originalmente en Música de Comedia y Cabaret el 27 de junio de 2014 y que, por tanto, no es nueva. Lo único que he hecho es –como con tantas otras– trasladarla aquí, pues –así lo he mencionado repetidas veces– ambos blogs están en proceso de remodelación y, ni en uno ni en otro, he empezado a publicar aún, cosa que, por otra parte, deseo hacer cuanto antes.

Desde la Grecia clásica, filósofos y tratadistas han analizado los efectos de la música en el ser humano. “No se pueden tocar las reglas de la música, sin alterar las leyes fundamentales de la gobernación”, escribió Platón. La música, sostenían los pensadores medievales, proporciona “diversión y descanso, es necesaria en la guerra y en los tiempos de paz, produce efectos religiosos y morales, tranquiliza la mente inquieta, ennoblece el carácter, contribuye incluso a un sistema político más adecuado, es un medio curativo y afecta hasta a los mismos animales.” [Wladyslaw Tatarkiewicz: Historia de la estética II. La estética medieval, 1970].

En líneas generales, todo el pensamiento posterior, grosso modo, está de acuerdo en que la música es esencial en la vida del hombre. La música llega más lejos que ninguna otra arte, es la más próxima a nosotros y al mundo. Su poder es innegable: “Conozco a mucha gente, yo incluido, que no hubiera sobrevivido sin la música. Yo casi muero, y la música me ayudó a sobrevivir. Es increíblemente poderosa y debemos tener cuidado de que no sea utilizada de mala manera.” [Declaraciones de Stefan Koelsch a La Vanguardia, 17 de agosto de 2011].

pf_bousquet_quand_madelon_03La música nos proporciona placer, nos deleita, estimula nuestras emociones, los sentimientos cobran sonido. En tiempos de guerra, todo ello se acrecienta. Puede ser una válvula de escape tanto para los civiles como para los soldados, pero también una herramienta de reivindicación y autoafirmación, en oposición a “los otros” –marchas, himnos–, e incluso –y ya es difícil que puede utilizarse de peor manera– un instrumento de tortura [véase al respecto nuestras entradas “J’attendrai” y “El peso del pasado”].

Comenzamos con una canción francesa que se estrenó poco antes de estallar la guerra europea: Quand Madelon (1914, letra de Louis Bousquet y música de Camille Robert). Quand Madelon describe cómo coqueteaban los soldados con una joven camarera y fue  un gran éxito de Charles-Joseph Pasquier, conocido como Bach. No al principio, sino ya avanzado el conflicto. Bach fue uno de tantos “cómicos troupiers” que actuaban por diversas ciudades y que al comenzar la guerra pasaron a hacerlo ante los soldados. La escuchamos por Line Renaud en una secuencia de La Madelon, película francesa dirigida en 1955 por Jean Boyer.

tipperary-posterMuchas de estas canciones eran melodías populares que los soldados llevaban en su equipaje emocional. Tipperary es un municipio irlandés que en la actualidad cuenta con unos cinco mil habitantes. Jack Judge, un cantante de Music-hall originario de dicha localidad, compuso en 1912, junto con Harry Williams, y como homenaje a la misma It’s A Long Way To Tipperary (Es un largo camino hasta Tipperary). Al estallar la guerra el Séptimo Batallón del Regimiento Connaught Rangers del Ejército Británico –formado sobre todo por irlandeses y estrechamente ligado a Tipperary, donde parte del regimiento estuvo acuartelado entre 1908 y 1910– la tomó como una especie de himno y la popularizó hasta el punto que otras unidades del ejército británico hicieron lo mismo. Ello fue posible, en parte, al corresponsal del Daily Mail, George Curnock, que habló de ello en el diario. Sucedía esto en agosto de 1914 y en noviembre del mismo año la canción era grabada por el tenor John McCormack, llegando así a todo el mundo y convirtiéndose en una de las canciones más populares de la época (posiblemente porque no era una típica canción de guerra). Escuchemos la versión de McCormack.

La nostalgia es también el motivo central de Avec Bidasse, canción compuesta en 1914 por Henri Mailfait (música) y Louis Bousquet (letra) que evidencia la frustración ante una guerra que nadie creía que pudiera llegar, pero para la que todos se preparaban. ¿Te acuerdas Bidasse de los buenos tiempos?, pregunta el protagonista del tema desde el frente de batalla. Es de nuevo el cantante cómico y actor popular Bach, para quien fue creada, a quien escuchamos en esta versión (grabación de 1931).

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Batalla del Somme: hombres del 11 Batallón del Regimiento de Cheshire en las cercanías de Ovillers-la-Boisselle (julio de 1916).

La guerra avanzaba y mostraba ser la más brutal y mortífera de cuentas habían tenido lugar a lo largo de la historia. Los desastres de la guerra hacían mella, cada día más, entre los soldados y la población civil. Una de las batallas más sangrientas y de mayor duración (julio-noviembre de 1916) fue la del Somme (Picardía, Francia), en la que las tropas anglo-francesas derrotaron a las alemanas tras sufrir el ejército británico una de sus mayores pérdidas de hombres. Solo el primer día, el 1 de julio, este tuvo que contabilizar nada menos que 57.740 bajas (19.240 de ellas mortales).

En este contexto, Dòmhnall Ruadh Chorùna, un soldado escocés que combatía en ejército británico compuso en el mismo frente de batalla, para su novia, una de las canciones más populares en gaélico escocés: An Eala Bhàn (El cisne blanco), una canción de amor en la que le dice que no deja de pensar en ella a pesar de la brutalidad del momento (“Estoy cegado por el humo, / mis oídos están ensordecidos / por el sonoro rugir del cañón”). Dòmhnall Ruadh Chorùna –también conocido como Donald MacDonald– resultó malherido en la batalla del Somme, pero sobrevivió a la guerra. La versión que incluimos corre a cargo de Julie Fowlis, intérprete de música celta originaria de Escocia que canta principalmente en gaélico escocés.

El horror de la guerra acrecentó el antimilitarismo, activo desde el inicio de la conflagración incluso en países que, en un principio, no participaban en ella, como es el caso de Estados Unidos. Aquí –y en Gran Bretaña y Australia, que ya estaban en guerra– se hizo muy popular la canción I Didn’t Raise My Son to be a Soldier (No crié a mi hijo para ser un soldado): “No crié a mi chico para ser soldado, / lo traje al mundo para mi orgullo y alegría. / ¿Quién es nadie para ponerle un fusil al hombro / para disparar contra el querido hijo de otra madre? / (…) / No habrían guerras hoy en día / si todas las madres dijesen: / Yo no crié a mi chico para ser soldado”. Roosevelt dijo que la gente que aplaudía la canción es la misma que en su corazón aplaude otra se debería titular no crié a mi chica para ser madre. I Didn’t Raise My Son to be a Soldier sonó de nuevo con fuerza entre los movimientos de oposición a la guerra del Vietnam en Estados Unidos. Compuesta por Al Piantadosi (música) y Alfred Bryan (letra), fue grabada por los Peerless Quartet a finales de 1914. Esta es su versión.

En 1917 los estragos de la guerra se dejaban sentir en la población como nunca antes. El conflicto parecía no tener fin; la barbarie tampoco. La chanson de Craonne, un hermoso vals, es posiblemente el más claro ejemplo del antimilitarismo reinante en amplios sectores de la sociedad. Canción anónima escrita basándose en la música de Bonsoir m’amour, fue censurada por las autoridades militares, que llegaron a ofrecer una sustanciosa recompensa a quien informara acerca de su autor. “Adiós vida, adiós amor. / Adiós a todas la mujeres. / Todo ha acabado, para siempre, / en esta guerra infame”. El vídeo que sigue pertenece a la secuencia de la película Oh! What a Lovely War (¡Oh, qué guerra tan bonita!) –un filme musical británico de 1969 dirigido por Richard Attenborough– en el que se interpreta la canción.

Hubo, naturalmente, infinidad de marchas patrióticas que, ante todo, pretendían enaltecer el ánimo de las tropas. Algunas de ellas fueron compuestas por músicos militares. Es el caso de la conocida Marcha del coronel Bogey, famosa por ser parte de la banda sonora de El puente sobre el río Kwai. Se compuso en 1914 por el entonces teniente F. J. Ricketts (bajo el seudónimo de Kenneth J. Alford), director de banda del ejército británico. Vamos con la versión original y con una secuencia de la película que dirigió en 1957 el gran David Lean.

Otra marcha patriótica de gran ascendencia entre los soldados y la población civil rusa es El adiós de Slavianka (Slavianka significa ‘mujer eslava’). Aunque escrita con anterioridad al inicio de la guerra, en 1912, por el compositor Vasily Agapkin (militar director de orquesta) en honor a las mujeres búlgaras cuyos maridos partieron al frente en la Primera Guerra de los Balcanes, fue durante el conflicto cuando alcanzó enorme notoriedad al ser la canción con que los soldados rusos solían despedirse de los suyos para marchar al frente. En el siguiente vídeo –subtitulado al español– es interpretada por los cantantes rusos Zara y Dmitri Pevzov.

Las marchas de las potencias centrales presentaban un carácter mucho más marcial. Prueba de ello es esta Die blauen Dragoner, marcha compuesta por Hans Hertel (música) y G.W. Harmssen (letra) en los momentos inciales de la contienda para el  regimiento “dragones azules” del ejército alemán, que posteriormente sería utilizada y popularizada por las SS. “Los dragones azules cabalgan. / (…) las bandas tocan / marchas con fanfarrias / cuyo sonido sube hasta las pálidas colinas”.

cover-of-sheet-music-over-there-1917-with-photo-of-singer-nora-bayesFinalizamos con un tema del último país que entró en la guerra, Estados Unidos. Lo hicieron en abril de 1917 y su intervención resultó decisiva. Una de las melodías más populares de aquel año fue Over here, over there, canción de propaganda pensada para animar a los jóvenes estadounidenses a alistarse en el ejército y luchar contra el “Hun” (el Huno), como despectivamente llamaban a los alemanes. Fue compuesta por George M. Cohan, actor, cantante, bailarín, autor, compositor, productor, empresario teatral, director y coreógrafo conocido como ‘El amo de Broadway’. En el vídeo que sigue escuchamos a Nora Bayes, popular cantante y actriz de la década de 1930, en la versión original de 1917.

La canción fue un éxito y en 1936 Roosevelt condecoró a Cohan con la Medalla de Oro del Congreso. La canción se utilizó también durante la Segunda Guerra Mundial. Así, por ejemplo, aparece en la película estrenada en 1942 sobre la vida de Cohan que dirigió Michael Curtiz Yankee Doodle Dandy (Yanqui Dandy en la versión española). En ella James Cagney encarna a Cohan. Veamos la interpretación de Cagney con Frances Langford.

Que disfruten de un buen fin de semana.

 

 

Canciones de la Guerra Civil Española

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Republicanos en Almería. / Gerda Taro.

La sublevación militar que protagonizó parte del Ejército entre el 17 y el 18 de julio de 1936 contra la Segunda República Española desencadenó una guerra civil que se prolongó hasta 1939 y sumió al país en la miseria económica, moral e intelectual bajo la dictadura franquista.

El golpe de Estado triunfó en algunas ciudades y encontró una encarnizada oposición en otras tanto por parte de las fuerzas leales a la República como por la población civil. Esta reacción popular fue inmediata y espontánea, lo que contrasta con el posicionamiento que sobre el conflicto tuvieron las principales potencias europeas y Estados Unidos al suscribir el vergonzoso Pacto de No Intervención. Fue sobre todo la movilización popular la que consiguió frenar el golpe. Lamentablemente, no la guerra.

Mas también en estos países hubo una espontánea movilización por parte de la ciudadanía, concienciada de que la Guerra Civil española no era solamente un conflicto local sino que trascendía las fronteras. Combatir a los rebeldes de Franco era en definitiva combatir contra el nacionalismo y el fascismo. En España no se libraba solamente una guerra civil, era una guerra del fascismo contra la democracia, contra un sistema de vida y de gobierno. Miles de personas mostraron su solidaridad con la lucha de la izquierda española. Nacieron así las Brigadas Internacionales, unidades militares integradas por voluntarios extranjeros que lucharon a favor de la República durante la Guerra Civil Española. Más de cuarenta mil jóvenes de más de cincuenta países lucharon del lado de la República. Muchos perdieron la vida.

Tras el establecimiento del régimen dictatorial regido por Franco con mano férrea y cruel, la capacidad adquisitiva de los trabajadores se redujo, con respecto a la que tenían en la Segunda República, a la mitad entre 1942 y 1948. Hasta 1951 no se recuperó la renta per cápita de 1951. La escasez de productos básicos deterioró el nivel de vida de las clases populares hasta extremos de auténtica necesidad y hambre. Se inició, además, una durísima represión. Los partidos políticos y las organizaciones sindicales fueron prohibidos y se suprimieron las libertades civiles. Cerca de medio millón de personas marcharon al exilio, entre ellas los más destacados intelectuales.

Pero, sobre todo, la guerra ocasionó un elevadísimo número de víctimas. En su libro República y Guerra Civil (2007), el historiador Julián Casanova cifra el número de muertos en 600.000, de los cuales entre 100.000 y 130.000 fallecieron a causa de la violencia política en la zona franquista y 55.000 en la zona republicana. A ellos habría que añadir unas 50.000 víctimas de la violencia militar franquista (del 1 de abril hasta agosto de 1946).

Es a estos a quienes queremos recordar hoy –cuando se cumplen ochenta años del golpe de Estado que llevó al país a un brutal y sanguinario conflicto cuyas heridas aún no se han cerrado del todo– mediante esta breve recopilación de canciones que se hicieron muy populares entre las tropas y la población civil en la zona que siguió fiel a la República. La música nos proporciona placer, nos deleita, estimula nuestras emociones, los sentimientos cobran sonido. En tiempos de guerra, todo ello se acrecienta. Puede ser una válvula de escape tanto para los civiles como para los soldados, pero también una herramienta de reivindicación y autoafirmación.

Comenzamos con la popular canción El paso del Ebro (también conocida como El Ejército del Ebro o ¡Ay, Carmela!). Parece ser que fue compuesta en 1808-1810 durante la ocupación de España por las tropas de Napoleón y fue recuperada por los soldados del bando republicano durante la guerra civil. La versión es del Coro Popular Jabalón.

Si me quieres escribir, también conocida como Ya sabes mi paradero o El frente de Gandesa, es otra de las canciones más conocidas. Fue compuesta durante la decisiva batalla del Ebro (julio a noviembre de 1938) y la melodía se basa en una antigua canción que solían cantar las unidades militares españolas que combatieron en las guerras del Rif, en el norte de Marruecos. “Durante la batalla del Ebro, la letra de la canción podía cambiar en función de la localización de los combates y de las unidades que se veían envueltas. (…) Los moros mencionados en varias ocasiones en realidad son las tropas Regulares, las temidas fuerzas de choque marroquíes del Ejército franquista que estuvieron martilleando las posiciones republicanas en el frente de Gandesa durante meses”. (De Wikipedia, artículo “Canciones de la Guerra Civil Española”). Escuchamos Si me quieres escribir en la voz del destacado folclorista, compositor y profesor chileno Rolando Alarcón, quien en 1968 publicó el álbum –al que pertenece esta versión– Canciones de la Guerra Civil Española.

El tren blindado, El pino verde y Anda, jaleo son los tres nombres con que se conoce este tema de 1936 basado en una canción popular que recopiló Federico García Lorca en Los contrabandistas de Ronda. La que narra las acciones de un tren blindado que termina con los generales sublevados Franco, Mola y Queipo de Llano fue la más divulgada entre las tropas del frente y su letra es obra del poeta español perteneciente a la Generación del 27 Emilio Prados (Málaga 4 de marzo de 1899–México 24 de abril de 1962). Este, en 1938, colaboró con Rodolfo Halffter y Gustavo Pittaluga en un álbum que se grabó en París en diciembre de dicho año por un coro de milicianos para la colección Le Chant du monde, reeditado en 1963 con el título Chants de la guerre d’Espagne. Esta es la versión que sigue.

Federico García Lorca grabó en 1931, al piano, con la voz de Encarnación López La Argentinita, cinco discos gramofónicos de pizarra de 78 revoluciones por minuto que contenían una canción en cada cara. Entre ellas figura El Café de Chinitas. Su adaptación dio lugar a la canción En la plaza del mi pueblo, otro de los temas más populares entre los combatientes y la población civil de la España republicana que escuchamos por la actriz, cantante y compositora estadounidense Michele Greene, que la grabó en el álbum de 2003 Spain in My Heart: Songs of the Spanish Civil War.

Otra adaptación de uno de los poemas recopilados por García Lorca en Los contrabandistas de Ronda es la del popular El Vito. Su melodía se utilizó para la canción El Quinto Regimiento (también conocida como El Vito del Quinto Regimiento), en honor del que fue uno de los más tenaces cuerpos militares de voluntarios hasta que las milicias se desintegraron en febrero de 1937 y sus combatientes pasaron a integrar el Ejército Popular de la República. Del álbum a que acabamos de hacer referencia es esta versión que interpreta la cantante mexicana Lila Downs.

El músico estadounidense Pete Seeger (1919-2014) fue miembro del Congreso por los Derechos Civiles de Nueva York, organización cívica fundada en 1946 para la defensa de estos en unos momentos en que la histeria anticomunista cobraba cada día mayor protagonismo en el país norteamericano. Por ello fue investigado por el FBI y tuvo que comparecer en 1951 ante el Comité de Actividades Antiamericanas, siendo condenado a doce meses de prisión y a diecisiete de total y absoluta censura en los medios de comunicación locales. Al cumplirse los veinticinco años del estallido del conflicto, en 1961, se editó el álbum Songs of the Spanish Civil War, Vol. 1, que recogía grabaciones suyas con Ernst Buch aparecidas en los discos Six Songs for Democracy (1940) y Songs of the Lincoln Brigades (1944).Una de ellas es Los cuatro generales (The Four Generals): Franco, Mola, Varela y Queipo de Llano, quienes no podían tomar Madrid por la férrea resistencia. Esta versión musicalizada del poema de Federico García Lorca “Los cuatro muleros” quedó para siempre asociada al Batallón Abraham Lincoln (XV Brigada Internacional), una de las brigadas internacionales más activas que ayudaron a los antifascistas.

Con Pete Seeger interpretando otra de las canciones dedicada al Batallón Abraham Lincoln finalizamos. El tema que escuchamos es otra de de las versiones de ¡Ay Carmela!, ¡Viva la Quince Brigada!, y pertenece al álbum que mencionábamos en el párrafo anterior.

Que pasen un buen día.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/17/canciones-de-la-guerra-civil-espanola/

El primer debate electoral televisado de la historia

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J.F. Kennedy y R. Nixon durante el primer debate electoral televisado de la historia.

El 26 de septiembre de 1960 tuvo lugar en Chicago (Estados Unidos) el primer debate electoral televisado de la historia. Los protagonistas fueron Richard Nixon, entonces vicepresidente, del Partido Republicano, y John Fitzgerald Kennedy, del Partido Demócrata, ambos aspirantes a la presidencia.

Cuando se celebró el debate, cara a cara, Nixon tenía mal aspecto, terminaba de salir del hospital donde había estado ingresado un par de semanas por una lesión en una pierna, estaba sin afeitar desde hacía unos días y se negó a maquillarse. Kennedy daba una imagen diametralmente opuesta, impoluto, bronceado, bien afeitado, sonriente, relajado.

El debate se radió y se televisó. Por televisión fue seguido por setenta millones de personas que, según una encuesta, dieron la victoria a Kennedy, por gran mayoría. En cambio, quienes lo oyeron por la radio opinaron que el vencedor fue Nixon; como mucho dieron un empate.

Nixon subestimó el poder de la televisión. Y perdió. ¿Hubiera ganado Kennedy sin ella? Él mismo, según dicen algunos, reconoció a posteriori que no.

Todavía no ha comenzado en España oficialmente la campaña electoral (empieza a las 00:00 horas del 4 de diciembre) y ya llevamos tiempo viendo a los candidatos y otros conocidos políticos en televisión haciendo variedad de cosas que nada tienen que ver con la política en shows de todo tipo, incluyendo programas del corazón. Bailan, nos cuentan sus aficiones, cómo ligan, nos muestran sus casas, cocinan, cantan… Todavía no han aparecido en ese programa cutre programa –bueno, como tantos otros– que emite Cuatro titulado Adán y Eva, pero tiempo al tiempo. Igual no estaría de más. Ningún interés me suscita ver sus partes pudendas, pero recuerden que Hitler, Franco y Napoleón eran monórquidos.

No me parece mal que hagan todo eso, ni bien tampoco. Lo encuentro irrelevante, aunque sin duda no es así. ¿Por qué lo hacen? Obviamente, para mostrarse como alguien cercano, accesible, alguien con el que los espectadores puedan identificarse. Desde los tiempos de Kennedy hasta hoy los políticos han aprendido que, ante todo, hay que ser un buen showman.

La imagen es lo que cuenta y la televisión –sea cuál sea el soporte mediante el cual se transmiten imágenes a distancia– sigue siendo, a tal efecto, el instrumento idóneo por excelencia.

Los políticos saben que, como dice la canción de Irving Berlin, “There’s no business like show business”, y que, por tanto, recurriendo a la letra que escribió Aldir Blanc para otra hermosa canción, O Bêbado e a Equilibrista, “sabe que o show de todo artista / tem que continuar”. Esto ya no lo encuentro tan irrelevante: es el triunfo de la política como espectáculo. La pregunta que hay que hacerse ahora es quién ganaría unas elecciones si los electores solamente conocieran los programas de las diversas opciones que se les presentan (incluyendo, por supuesto, no votar entre ellas). O simplemente si los leen.

Ya lo dijo Ludwig Feuerbach en el prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo (1841): “Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado”. Extraigo la cita del libro de Guy Debord La sociedad del espectáculo (1967).

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/02/el-poder-de-la-television/

La Revolución rusa: su legado

October Revolution anniversary

El escritor austriaco Karl Kraus, siempre ‘políticamente incorrecto’, escribió en un artículo que publicó en su revista Die Fackel (La Antorcha) en 1920: “Dios nos conserve siempre el comunismo, para que esta chusma [los capitalistas] no se torne más desvergonzada y para que por lo menos, cuan-do se vayan a dormir tengan pesadillas.” (cit. Josep Fontana, “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, 2017). Y es que sin el temor del poder político y económico occidental al comunismo –así, en abstracto– el Estado de bienestar del que disfrutamos (en pasado) los habitantes de los países europeos capitalistas es más que probable que ni siquiera lo hubiéramos conocido.

La prueba es que, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo –el financiero siendo más precisos– mostro su notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo y empezó su desmantelamiento progresivo. Tras convertir Chile, mediante el orquestado golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal, poco más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieron en práctica dicha política en Occidente, lo que nos llevaría a eso que llaman crisis y a un cada vez mayor deterioro del nivel de bienestar social y de continuada pérdida de derechos y libertades.

Con el desmoronamiento definitivo de la Unión Soviética (1991) terminaba el mundo dividido y, historiográficamente hablando, el siglo XX, pues –como acertadamente señaló Hobsbawm– no son los años los que fijan los límites de los periodos de la historia, sino los procesos sociales y económicos. Se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado. Y en esas seguimos.

“Aunque los sucesores de Stalin no volvieron a recurrir nunca al terror en esta escala [la de Stalin], conservaron siempre un miedo a la disidencia que hizo muy difícil que tolerasen la democracia interna. Consiguieron, así, salvar el Estado soviético, pero fue a costa de renunciar a avanzar en la construcción de una sociedad socialista. El programa que había nacido para eliminarla tiranía del Estado terminó construyendo el Estado opresor.

A pesar de ello, las influencias del comunismo soviético sobre los movimientos revolucionarios del mundo entero siguió siendo percibida como una amenaza por los miembros de la coalición de los países capitalistas, dirigida por Estados Unidos, que después de la Segunda Guerra Mundial organizó la ficción de la ‘guerra fría’ para contener la ‘amenaza de la Unión Soviética’, a la vez que una cruzada global contra el ‘comunismo’, un nombre que aplicaban a todas las ideas o movimientos que pudieran significar un obstáculo para el desarrollo de la ‘libre empresa’” (Fontana: “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”).

Identificar comunismo con estalinismo lo convertía en una dictadura, como pudiera ser el fascismo o el nazismo, un régimen totalitario en definitiva, que concentra todos los poderes en un partido único y controla coactivamente las relaciones sociales bajo una sola ideología oficial. Y, claro, todo totalitarismo es malo. ¿Qué queda? La democracia. Precisamente la democracia era lo que la Revolución rusa quería alcanzar, entendiendo esta como el poder del pueblo, que es lo que etimológicamente significa. No es esta la democracia de que hacen gala los países capitalistas, supeditados al mayor de los totalitarismos, el del capital financiero.

Cito de nuevo a Fontana (“La Revolución que reinventó el mundo”, artículo introductorio que abre la serie de artículos “Debate sobre la Revolución de 1917” del diario Público con motivo de su centenario):

A partir de 1968 (…) el ‘socialismo realmente existente’ mostró claramente sus límites como proyecto revolucionario, cuando en París renunció a implicarse en los combates en la calle, y cuando en Praga aplastó las posibilidades de desarrollar un socialismo con rostro humano. Perdida su capacidad de generar esperanzas, dejó también de aparecer como una amenaza que inquietase a las clases propietarias de ‘occidente’, lo cual las permitió retirar las concesiones que habían hecho hasta entonces, al tiempo que la socialdemocracia se acomodaba a la situación y aceptaba plenamente la economía neoliberal.

En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieron que no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño. Sabíamos entonces, afirma, que lo que nuestra prensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre ‘occidente’ era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de su país. Hubiese deseado, concluye, haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal”.

Algo parecido al testimonio que recoge Fontana me sucedió hace unos días en el bar donde suelo almorzar, cuya dueña es rumana, ahora también española. Llegó aquí hace catorce años, en 2003, trece después de ser ejecutado Ceaucescu con su esposa por fusilamiento en una farsa de juicio, siendo sus horas finales transmitidas por televisión, imágenes que todos contemplamos atónitos, más aún muchos rumanos, pues encima ocurrió el día de Navidad, un día con mucho arraigo en Rumanía, de tradición secular, que se celebra con gran entusiasmo y armonía familiar. Me contó que su padre, que no tenía una afinidad ideológica concreta, lloraba preguntándose qué clase de espectáculo estaban dando al mundo. ¿Y ahora?, le pregunté. ¿Ahora?, pues los que estaban bien posicionados son muy ricos y los otros están igual que antes o peor.

Regreso a Fontana, a su texto “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”:

“No hay en estos momentos alternativas como las que en pasado aportaba la socialdemocracia para generar esperanzas de reformas y mejoras. Gabriel Zucman señala que la desigualdad está creciendo en todas partes en beneficio del 0,1 por 100 de los más ricos; pero que, como esto no se percibe ahora como un problema al que haya que poner remedio, lo más probable es que siga creciendo de forma acelerada, extremando la división que separa el pequeño núcleo de los que se benefician de ello de la gran mayoría de los que se empobrecen. Una desigualdad que parece en camino de llegar con el giro a la derecha que ha implicado la elección de Donald Trump.

A los cien a años de la revolución de 1917 parece que la única alternativa global debe basarse en un proyecto popular transnacional, integrado por componentes muy distintos de los partidos tradicionales del pasado: fuerzas como las que hoy surgen desde abajo, de las luchas cotidianas de los hombres y las mujeres.

Algo que en algún modo recuerda la invocación que Lenin hacía en 1917 a ‘la revolución socialista mundial’; pero que, en este caso, deberá construirse de nuevo de acuerdo con las circunstancias y necesidades del mundo en el siglo XXI”.

Así pues, ¿hay que empezar de nuevo? ¿Otra vez? Permítanme que termine con un par de párrafos de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), en la que abordo los mecanismos empleados por la CIA para asegurar ese mundo del pensamiento único, en el que el protagonista, Sam Shuterland, dice al respecto:

Cuando se afirma que esta es una sociedad democrática, en realidad se está diciendo que las instituciones, los partidos, las leyes del capitalismo, la forma de vida que este ofrece, eso que ahora está tan de moda denominar Estado de bienestar, es la única alternativa posible. O eso, o el totalitarismo. Quieren identificar democracia con capitalismo, y no es así: la democracia, tal como yo la entiendo, y presumo que tú también, se acerca más a una sociedad comunista que a una capitalista. De ahí el interés de identificar comunismo con estalinismo. Claro que, todo sea dicho, Stalin está poniendo las cosas muy fáciles para que así sea. No duda en utilizar métodos fascistas para acabar con cualquier oposición. Una burocracia se ha instalado en la Unión Soviética, ha usurpado el poder a los obreros y olvidado que la revolución socialista ha de tener necesariamente un carácter internacional. Ahora bien, si las personas no cambiamos, abrazamos unos valores y defendemos unos derechos que estimamos irrenunciables porque sin ellos no podemos, no sabemos vivir, poca cosa haremos.

Al responder su interlocutor que es necesaria, por tanto, una vanguardia que aglutine los sectores más conscientes y activos del proletariado, responde Sam:

Una vanguardia, dices. Una minoría política que canalice la insatisfacción de la mayoría. ¿Y después? Esa vanguardia llega al poder, con loables intenciones, las más nobles, las que van a instaurar una sociedad justa, igualitaria, socialista, comunista, verdaderamente democrática, llámala como quieras. Llega al poder y ¿qué pasa? Que se burocratiza, como ha sucedido en la Unión Soviética, y aparece de nuevo la desigualdad, la insatisfacción, regresan los privilegios, las clases.

Por supuesto este diálogo es mera ficción, pero como dijo el escritor Tom Clancy, la diferencia entre realidad y ficción es que la ficción tiene mayor sentido.

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Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/11/13/la-revolucion-rusa-su-legado/

 

 

La Revolución rusa: el final

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Lenin y Trotski en el segundo aniversario de la Revolución rusa (1919).

Una revolución –tal como utilizamos el concepto desde la Ilustración– es un cambio profundo y brusco en la organización del Estado y en la estructura social. Representa una ruptura en la continuidad en el orden político, económico, social o cultural e implica una serie de trasformaciones drásticas y radicales con independencia de su carácter violento. Mas no todo se transforma al mismo ritmo. La mentalidad, como dijo Le Goff, es lo que cambia con mayor lentitud. Y como quiera que las revoluciones las protagonizan las personas –unas que lideran y dirigen la multitud, la masa, la clase obrera, las clases populares, como prefieran, que ven en esa élite/vanguardia directora a los defensores del común de sus intereses, que no siempre son ‘revolucionarios’– tal aseveración comporta una discordancia entre unos y otros.

Esta consideración no es únicamente válida para la Revolución rusa, sino para cualquier revolución en general. Sin embargo, en Rusia, dada su estructura social y las características de su proceso revolucionario, cobra mayor relevancia y significación. Máximo Gorki, figura emblemática de la Revolución, testigo de la misma y conciencia preocupada por su evolución, lo que le condujo a sucesivos encuentros y desencuentros con los bolcheviques, escribió en el periódico Vida Nueva, que él mismo dirigía, en 1918: “No cabe duda de que hay muchas contradicciones en mis opiniones políticas, contradicciones que no puedo ni quiero conciliar porque, para que mi alma estuviera en paz, tendría que acabar con esta parte de mí que ama apasionada y dolorosamente al hombre ruso vivo, pecador, patético”.

En 1921, oficiosamente por problemas de salud, Gorki se estableció en Sorrento, desde donde mantenía correspondencia con intelectuales y políticos soviéticos. Las citas que de sus cartas hago a continuación están sacadas de la película documental Lenin, Gorki, la revolución a destiempo (2017), una producción de Arte France y Zadig Productions. Sobre la forma de llevar a cabo la revolución, se pronuncia en estos términos:

“Un lector me escribe: ‘Un soldado me dijo que había disertado porque tenía que tenía que ocuparse de sus dos hijos a los que su mujer, la muy guara, había abandonado. Cientos de miles de soldados desertan a causa de las mujeres, ¿cómo se puede solucionar este problema?’. Un grupo de campesinos me escribe: ‘Le rogamos nos diga cómo interpretar la igualdad que se ha proclamado oficialmente entre las mujeres y nosotros; a los campesinos abajo firmantes nos preocupa una ley que puede tener como resultado el aumento de la desigualdad ahora que las mujeres se encargan solas del pueblo. Han abolido la familia será la ruina para la agricultura’. Un grupo de soldados me escribe: ‘Cada vez hay más casos de soldados que, al ser engañados por sus mujeres, les infligen un castigo brutal. Por favor, utilice su influencia para que la prensa social denuncie este fenómeno y muestre que las mujeres no son las auténticas culpables’. Me preguntan qué hacer con los popes, cómo curar la sífilis, me piden que mande folletos informativos sobre los derechos de la mujer. Estas cuestiones no tienen respuesta en nuestros periódicos, enfrascados en sus controversias tóxicas. Los editores olvidan que, fuera del círculo de su influencia, existen decenas de millones de hombres que ven cómo se despierta en ellos el profundo deseo de edificar nuevas formas de vida. No responderles es despreciarlos, y esto es un terrible error”.

Gorki es consciente de esa discordancia a que me refería al principio y sus causas:

“(…) los verdaderos responsables del drama no son los leninistas ni los contrarrevolucionarios. El principal responsable, el enemigo más pernicioso y más poderoso, es la gran estupidez rusa” (…) “Cada noche, desde hace dos semanas, grupos de gente entran a robar en las bodegas, se emborrachan, se pelean a botellazo limpio; en todos los robos los hombres son abatidos como si fueran lobos rabiosos. Exterminar fríamente al prójimo se ha convertido en una práctica corriente. Todo esto marca el triunfo de la brutalidad asiática que nos corrompe por dentro. Es anarquismo zoológico, rebeldía rusa”.

Acerca de la Guerra Civil Rusa y recién firmada la Paz de Brest-Litovsk, escribe sobre marzo de 1918:

“Parte de nuestra inteligencia se ha pasado al convencimiento pernicioso de la existencia de una singularidad rusa, así como una semiadoración por el pueblo inundado en la servidumbre, el alcoholismo y las oscuras supersticiones de la Iglesia. Dicho pueblo, oprimido hasta el aturdimiento, débil, ignorante y con tendencia a la anarquía, está llamado a ser el mesías de Europa. Curiosa idea sentimental que no disgusta a los comisarios del pueblo. Quieren encender, con leña húmeda de Rusia, una hoguera para iluminar el mundo occidental”.

He aquí el quid de la cuestión: ¿cómo ese pueblo podía convertirse en el mesías de Europa? Como cuando tuvo lugar la Revolución francesa –cuyos excesos describe Dickens en su novela Historia de dos ciudades–, ‘las masas’ tampoco –como luego diría Trotski respecto a la Revolución rusa– siguieron una trayectoria recta, sino en zigzag: “se lanzaban por ese camino [el de la revolución] en lucha con su propio pasado, con sus creencias de ayer y, en parte, con las de hoy” (Historia de la Revolución rusa, vol. II, 1932). De aquí que Gorki escriba este pasaje que es una excelente descripción sobre la naturaleza y comportamiento humano en unos momentos en que la situación político-social derivada de la Guerra Civil Rusa era especialmente grave:

“La ciudad está agobiada de calor, helada de estupor, confinada en un silencio apenas interrumpido unos momentos por una serie de sonidos delirantes: una voz canta en falsete, quejumbrosa. En el arroyo plateado, en la arena dorada, busco la huella de una hermosa muchacha. Una voz ronca le interrumpe: ‘¿Qué has hecho esta mañana?’. ‘Un poco de tiro’. ‘¿Cuántos disparos?’. ‘Tres’. ‘¿Han gritado?’. ‘No, ¿por qué?’. ‘¿Dices que se han dejado disparar sin reaccionar?’. ‘Sí, son muy disciplinados a su manera, saben que se han metido en problemas y que deben pagar por ello’. ‘¿Nobles?’. ‘No, se han santiguado delante de la fosa; era gente normal’. Un momento de silencio. Y después vuelve a cantar: ‘Luna brillante, guíame’. ‘¿Tú también has disparado?’. ‘Sí, ¿por qué no?’. La voz ronca se vuelve socarrona. ‘¿Cantas, oh, mi bella muchacha? Pero tú tienes que coserte la camisa tú mismo, cretino. Espera un poco, las chicas llegarán… cuando sea el momento, todo llegará, todo”.

Nunca llegó. Ni la ansiada nueva sociedad comunista ni el hombre nuevo que debía impulsarla. En mi opinión –y retomo el argumento de que la mentalidad es lo que cambia con mayor lentitud–, no hubo tiempo para ello. La especial coyuntura de condiciones históricas en que tuvo que evolucionar Rusia posrevolucionaria son la principal razón. También, por supuesto, la toma de decisiones. Pero vayamos por partes.

Todo el poder para los sóviets / Todo el poder para el partido

En el mundo occidental, y entre tendencias dentro del partido, se estimó que la Nueva Política Económica (NEP) era una política de retirada ante la imposibilidad de poner en práctica un comunismo ideal. Mas, en realidad, se trataba de una vuelta al capitalismo dirigido de los primeros meses de la Revolución, una ‘improvisación necesaria’. Su objetivo básico era aumentar la producción y productividad agrícola y restablecer la alianza básica de la revolución entre el campesinado y el proletariado. Por eso, la requisa se sustituyó por un impuesto en especie fijo y proporcional, que solo era una parte del excedente, lo cual implicaba volver a conceder a los campesinos el derecho a comerciar con la parte del excedente que quedaba a su disposición, o lo que es lo mismo: la vuelta al mercado agrícola, a las relaciones de mercado como nexo de unión esencial entre agricultura e industria y al restablecimiento de una esfera de circulación para la moneda.

Esta misma política, como veíamos en el artículo de anteayer, se extendió a la industria. Todo esto exigía una gestión equilibrada. Las empresas ya no debían contar con el Estado para financiar sus actividades o para compensar sus compras y ventas, excepto en algunos sectores de la industria pesada, y tenían que cubrir los gastos de explotación, las tasas e impuestos, sin olvidar descontar los fondos de amortización, de proveer las reservas y preparar las futuras inversiones. Es decir, si bien la propiedad era del Estado, las empresas industriales tenían que ser dirigidas de acuerdo con métodos capitalistas para hacerse sólidas y rentables.

Las consecuencias de esta política económica fueron favorables para la agricultura (aumentó la producción y restableció el vínculo con el campesinado), pero no para la industria y los trabajadores industriales. Para solucionar el desajuste entre precios agrícolas e industriales, los trust de todas las industrias se unieron formando sindicatos comerciales que monopolizaban las ventas. De este modo se detuvo la caída de los precios y en 1923, año de abundante cosecha, los precios tendieron a distanciarse a favor de los industriales. Era la que se llamó crisis de las tijeras, que solo pudo solucionarse estableciendo controles de precios y por tanto vulnerando los principios de la NEP.

En este nuevo contexto, el trabajo dejaba de ser un servicio estatal y el pago de salarios un sistema de racionamiento gratuito y un derecho social. Los salarios volvieron a justarse entre el patrono y el sindicato y la mano de obra sobrante era despedida, habiendo en 1923 más de un millón de desempleados. El descontento de los trabajadores se veía avivado con la presencia de los ‘administradores rojos’, que pese a su origen y afiliaciones predominantemente burguesas, adquirieron un lugar reconocido y respetado en la economía soviética. Algunos de ellos fueron admitidos como miembros del partido, recibían tasas de remuneración especiales fuera de las escalas salariales normales y muy por encima de ellas.

En 1936, en su libro La revolución traicionada, Trotsky escribe a propósito de las medidas del X Congreso de 1921:

“La prohibición de los partidos de oposición causó la prohibición de las fracciones en el seno del Partido bolchevique; la prohibición de las fracciones dio lugar a la prohibición de pensar otra cosa que lo que hiciese el jefe infalible. El monolitismo policiaco del partido tuvo como consecuencia la impunidad burocrática que a su vez se tornó la causa de todas las variantes de desmoralización y de corrupción”.

No es tanto que la Revolución rusa renunciase al ideal leninista de abolición gradual de todos los mecanismos de poder del Estado como que “el Estado que aspiraban construir los bolcheviques se vio sometido a pruebas indeseables. No iba a poder ser un Estado dirigido por una cocinera, ni a transitar, cómodamente, del dominio sobre las personas a la administración de las cosas. En su inicio la Dictadura del proletariado se asociaba a lo que se entiende por ‘Tipo de Estado’ y no como forma de régimen político. No olvidemos que la teoría marxista considera que todo Estado es, en última instancia, una dictadura de unas clases sobre otras, aunque esa dictadura pueda adoptar la forma de diferentes clases de régimen (siempre es preferible la democracia parlamentaria a la dictadura fascista), aunque ambos modelos constituyan diferentes formas de ejercer una dominación de clase. Pues bien, el régimen soviético terminó asociando, sin diferenciación alguna, el tipo de Estado y la clase de régimen, alejándose de cualquier evolución democrática. (…) El aislamiento de la revolución rusa acentuó sus rasgos nacionales y estos, a su vez, favorecieron dicho aislamiento. No obstante, este recorrido no se efectúa sin contradicciones y mucho menos sin resistencias. Si hasta 1923 los pasos atrás (NEP, limitación de la democracia soviética y partidaria…) eran reconocidos como lo que fueron, a partir de ese año ya forman parte del cuadro completo y dejan de ser retrocesos inevitables para convertirse en virtudes (Bujarin: ¡Enriqueceos!, el socialismo a paso de tortuga). (José Luis Mateos Fernández: “Un siglo después (1917-2017): Un legado entre escombros”, Público 20/10/2017, artículo que forma parte de la serie “Debate sobre la Revolución de 1917”, que abre un artículo introductorio de mi querido amigo y colega, el profesor Josep Fontana, del que hablaremos mañana).

Como escribió Rosa Luxemburgo en sus Notas sobre la Revolución rusa (1918) la burocracia era el único elemento activo que quedaba una vez el control de la situación quedó en manos del partido único.

La dictadura de burocracia

La NEP duró poco: se consideró un peligro que alimentaba la contrarrevolución. Ahora bien, cabe preguntarse qué quedaba en 1923 de los principios que inspiraron la revolución. Son muchos los historiadores y politólogos que consideran que la Revolución Rusa terminó en el año 1923, cuando se elaboró una nueva Constitución que otorgaba todo el poder al Soviet Supremo, con lo que la organización política quedaba controlada por el Partido Comunista, muy jerarquizado, cuyo principal órgano era el Comité Central, dirigido por el Secretario General (en 1922 fue elegido como tal Stalin). Para otros, ya en 1921, cuando terminó la guerra civil, el sistema político ruso se había convertido en un Estado totalitario de partido único, gobernado desde arriba por el Consejo de Comisarios del Pueblo en sociedad con el Comité Central del Partido Comunista.

El proceso que condujo a tal situación comenzó el mismo 1917. En diciembre de 1917 se disolvió e ilegalizó al partido Kadete (Partido Democrático Constitucional) por ‘contrarrevolucionario’. Le siguió, ese mismo mes, la acción de la Checa, Comisión Extraordinaria Panrusa para combatir la contrarrevolución y el sabotaje, actuando contra los anarquistas la noche del 11 al 12 de abril, cuando muchos centros anarquistas fueron cerrados por agentes de la Checa, obligándoles a entregar las armas que poseían y deteniendo a 600 personas. En 1922, dos acontecimientos marcaron la última etapa en la consolidación de un régimen de dictadura de partido único: la abolición y transformación de la Checa y el proceso público contra los dirigentes eseritas, como se denominaba a los militantes del PSR (Partido Social-Revolucionario), el principal rival de los bolcheviques que contaba con el apoyo de muchos campesinos por proponer la “socialización de las tierras”. La Checa se disolvió, pero se creó el OGPU, o Directorio Político Unificado del Estado, con poderes aún más amplios.

¿Era posible otro camino?

  1. El acoso militar externo e interno hacia la Rusia posrevolucionaria exigió un gran esfuerzo defensivo que requería numerosos recursos materiales y humanos, los cuales, en consecuencia, no podían dedicarse a la producción de bienes que satisficieran las necesidades más perentorias de las grandes masas.
  2. Rusia, como veíamos, era un país eminentemente agrario. La Revolución necesitaba al campesinado, pero al mismo tiempo los sectores urbanos pro-occidentales lo veía como una clase atrasada en la que no se podía confiar del todo.
  3. Una profunda desorganización social resultó de los fenómenos anteriores. La política económica descrita llevó a la escasez y el hambre (hambruna de 1921-1922), lo que tuvo perversos efectos políticos. Poco a poco fue consolidándose un apparátchik (un aparato administrativo gubernamental) –no olvidemos que son las personas quienes hacen las revoluciones– integrado al principio por militantes comunistas que creían fervientemente en la Revolución, pero pronto repleto de arribistas carentes de principios y escrúpulos cuya única motivación era ocupar los cargos administrativos y políticos. Pertenecer al partido significaba disponer de mayores raciones alimentarias y otras ventajas sociales.

Por todo ello, muchos historiadores afirman que cuando Stalin accedió al poder, las bases de la dictadura de partido único estaban ya establecidas. Fuese o no así, lo cierto es que fue como terminó: “Stalin, que presidió la edad de hierro de la URSS, fue un autócrata de una ferocidad, una crueldad y una falta de escrúpulos excepcionales o, a decir de algunos, únicas. Pocos hombres han manipulado el terror en tal escala. No cabe duda de que bajo el liderazgo de alguna otra figura del Partido Bolchevique, los sufrimientos de los pueblos de la URSS habrían sido menores, al igual que la cantidad de víctimas. No obstante, cualquier política e modernización acelerada de la URSS, en circunstancias de la época, habría resultado forzosamente despiadada, porque había que imponerla contra la mayoría de la población, a la que se condenaba a grandes sacrificios, impuestos en gran medida por la coacción. La ‘economía de dirección centralizada’, responsable mediante los ‘planes’ de llevar a cabo esta ofensiva industrializadora, estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica.” (Hobsbawm: Historia del siglo XX).

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Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/11/12/la-revolucion-rusa-el-final/

La Revolución rusa: las tareas inmediatas de la Revolución (internacionalización y centralización)

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Lenin dirigiéndose al Ejército Rojo en Moscú el 5 de mayo de 1920; a la derecha de la foto Leon Trotski.

El primer acto del Gobierno revolucionario fue dar cumplimiento al primer decreto anunciado por Lenin: “comienzo de las negociaciones en pro de una paz justa y democrática sin anexiones ni indemnizaciones”. La llamada a las partes beligerante no tuvo ningún eco y, ante la superioridad de las tropas alemanas, Lenin y Trotski acabaron firmando una paz que ellos mismos tildaron de vergonzosa: la Paz de Brest-Litovsk (marzo de 1918), por la que Rusia perdía Ucrania y la mayor parte de los territorios occidentales.

Antes de que terminara la guerra mundial, Alemania era un país exhausto con un régimen en descomposición. Surgieron entonces consejos obreros y de soldados con un claro objetivo: acabar la guerra. El movimiento se extendió rápida y espontáneamente por todo el país. En noviembre, al terminar la guerra, se presentó el siguiente dilema: el triunfo de una república soviética basada en los consejos o, por el contrario, la evolución de estos hacia la formación de una república democrática. Las dos repúblicas se proclamaron el mismo día, el 9 de noviembre, y durante un tiempo hubo una situación de doble poder. La disyuntiva se resolvió finalmente en enero de 1919 con el conflicto armado. El SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) –que acordó una alianza con el Comando Militar Supremo alemán– recurrió al ejército y a los freikorps para acabar con el levantamiento (Revolución de Noviembre) y sus líderes. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo –dirigentes del KPD (Partido Comunista de Alemania)– fueron asesinados en enero de 1919. La dirección del partido pasó a manos del reformista Paul Levi y se orientó cada vez más –siguiendo así las consignas del ejecutivo de la III Internacional– hacia la táctica parlamentaria, queriendo de este modo reparar el error de la fracasada revolución de 1919 (el llamado Levantamiento Espartaquista) en Alemania, que para Lenin había consistido en considerar que “el parlamentarismo estaba pasado de moda” y no haber participado en las elecciones [Lenin (1920): El extremismo: enfermedad infantil del comunismo].

¿Qué había pasado para que los bolcheviques fueran objeto de tan acerada crítica? Los bolcheviques no abandonaban la esperanza de una revolución en Alemania, pero en 1920 habían cometido “lo que hoy se nos parece como un error fundamental, al dividir permanentemente el movimiento obrero internacional” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). En 1919 se había formado la III Internacional (conocida también como Internacional Comunista o Komintern), concebida como un primer acto de la inminente revolución mundial. En su II Congreso Mundial (Moscú, 19 de julio al 7 de agosto de 1920) se “estructuró un nuevo movimiento comunista internacional según el modelo del partido de vanguardia de Lenin, constituido por una élite de ‘revolucionarios profesionales’ con plena dedicación”, es decir, “lo que buscaban Lenin y los bolcheviques no era un movimiento internacional de socialistas simpatizantes con la revolución de octubre, sino un cuerpo de activistas totalmente comprometido y disciplinado: una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria” (Hobsbawm cit.). ¿Hubiera tenido lugar la ansiada revolución internacional de haber sido otro el desarrollo del Levantamiento Espartaquista alemán? Nunca lo sabremos. A mi juicio, nunca el mundo estuvo tan cerca. Pero eso no importa ahora.

La colosal tarea de la que hablaba Carr [véase artículo anterior] era tan gigantesca como compleja. Establecer un control efectivo sobre el caos en que estaba sometido el territorio del difunto Imperio ruso y crear un nuevo orden social que enlazara con las aspiraciones de las masas obreras y campesinas que habían visto en los bolcheviques a sus salvadores y liberadores tropezaba con una tenaz oposición, que desembocó en un conflicto armado múltiple –la Guerra Civil Rusa (1917-1923)–entre el nuevo Gobierno bolchevique y su Ejército Rojo y los militares del ex ejército zarista y opositores al bolchevismo, agrupados en el denominado Movimiento Blanco, compuesto por conservadores y liberales favorables a la monarquía y socialistas contrarios a la revolución bolchevique y relacionados estrechamente a la Iglesia ortodoxa rusa. En 1920 era evidente que la revolución bolchevique no era algo que fuera a suceder de manera inminente en Occidente, menos aun cuando igual de evidente era que los bolcheviques no había conseguido asentarse por completo en Rusia. Apenas recién constituido el Ejército Rojo bajo la dirección de Trotski –a finales de 1919 contaba con 30.000 oficiales y 5 millones de hombres– tuvo que entrar en acción contra los ejércitos de rusos blancos, dirigidos por generales zaristas, que querían derrocar el gobierno revolucionario.

Es en esta atmósfera de guerra civil y aislamiento internacional que hay que encuadrar tanto la política internacional bolchevique, que a grandes rasgos acabamos de ver, como la organización económica del nuevo Estado, que se dividió en tres periodos y políticas económicas definidas:

El capitalismo dirigido de los primeros ocho meses

Según Lenin, el nuevo régimen es el que debía poner las bases para la transición al socialismo, por lo que el objetivo inmediato no era la confiscación o nacionalización de los bienes, sino establecer un régimen de capitalismo dirigido que le permitiera apoderarse de ciertos puntos claves de la economía para consolidar el poder político que ya se había conseguido y ejercer ciertas medidas de control sobre la industria destinadas a que esta siguiera funcionando y a proteger al nuevo régimen tanto de la desintegración económica como de una posible ‘huelga de capitales’. Desde esta perspectiva hay que entender las siguientes disposiciones económicas:

a) Decreto del Control de los Trabajadores de 15 de noviembre que daba a los comités de trabajadores de cada fabrica el derecho a supervisar la dirección, señalar un mínimo de producción y tener acceso a correspondencia y cuentas, pero se reservaba expresamente al propietario el derecho a dar órdenes para la gerencia de la empresa, excepto si se contaba con la sanción de las autoridades competentes.

b) Nacionalización de los bancos y su fusión en un solo Banco Central.

c) Monopolio estatal del comercio de granos (medida ya aprobada por el Gobierno provisional).

d) Nacionalización de la industria bélica y las consideradas claves para la economía, así como aquellas en las que su dueño se negaba a cumplir el decreto de control de los trabajadores y las que habían sido cerradas o abandonadas por sus dueños.

Este capitalismo de Estado –esta ‘etapa de transición’– se desenvolvió en una situación, como veíamos, inestable y no sobrevivió al verano de 1918 por la actitud de los comités de fábrica y el estallido pleno de la guerra civil, pues la burguesía en masa se pasó a las zonas de rusos blancos. La necesidad de las autoridades de ejercer un control directo sobre la producción llevó a promulgar el Decreto de General de Nacionalización (28 de julio) por el que se procedía a la nacionalización de todas las empresas de cierta importancia sin distinción. Mil se nacionalizaron en 1918 y entre tres y cuatro mil en el otoño de 1919. Comenzaba lo que se ha dado en llamar comunismo de guerra.

El comunismo de guerra

Tercera Internacional ComunistaLa falta de combustibles, materias primas y alimentos hicieron disminuir la producción industrial, aumentando el absentismo y cerrando muchas empresas. Las ciudades perdieron entre la tercera y cuarta parte de la población por la inmigración al campo, al tiempo que aumentaba la inflación y se depreciaba la moneda. La escasez de bienes del mercado conllevó la ocultación de parte de las cosechas y el florecimiento del mercado negro. Así las cosas, ¿cómo alimentar al Ejército Rojo y a los trabajadores de las industrias de guerra? Se optó por la requisa de productos agrícolas y la asignación centralizada de víveres tanto para la industria como para el comunismo de guerra. El excedente de cada granja –una vez cubiertas las necesidades mínimas de subsistencia y asegurado el grano para la siembra– era confiscado y el Comisariado de Abastos (Narcomprod) se encargaba de organizar la recogida del producto y su distribución entre el ejército, la industria y los principales puntos de abastecimiento para el racionamiento de los trabajadores.

La nacionalización de las industrias continuó hasta abarcar no solamente la gran industria y la de tamaño medio, sino también la pequeña industria, pues en noviembre de 1920 se decretó la nacionalización de todas las empresas mecanizadas con más de cinco empleados. Las condiciones de trabajo se parecían cada vez más a las del ejército y debido a la escasez de materia prima y combustible se primó las industrias de choque, relacionadas directamente con la guerra, sobre las industrias de consumo. Ello acarreó el alejamiento de las masas campesinas de la política bolchevique. La alianza que forjó la Revolución de Octubre amenazaba resquebrajarse, se produjeron levantamientos campesinos en 1921 en las regiones del Volga, Siberia Occidental, Norte del Cáucaso y Rusia Central. También se abrió una importante brecha entre los trabajadores industriales y el Estado: en la segunda mitad de 1920 las huelgas eran algo habitual y aumentaba el absentismo. A ello se sumó la revuelta de los marineros de Kronstadt, la última gran rebelión en contra de los bolcheviques durante la guerra civil (marzo de 1921).

La Nueva Política Económica (NEP)

La situación, que hemos descrito a grandes líneas, llevó a Lenin a plantear la abolición de la práctica de requisas y a iniciar los principios de una Nueva Política Económica. “El antídoto [del comunismo de guerra], familiarmente conocido como la NEP, consistió en (…) una serie de medidas que no fueron concebidas de una sola vez, sino que fueron desarrollándose gradualmente una después de la otra. Primero empezó enfrentando el punto de mayor peligro, como una política agrícola para aumentar el suministro de alimentos ofreciendo nuevos incentivos a los campesinos; luego evolucionó hacia una política comercial para la promoción del comercio y el intercambio, incluyendo una política financiera para una moneda estatal; y finalmente, enfrentando el problema más profundo de todos, se transformó en una política industrial tendiente al aumento de la productividad industrial, condición para la construcción de un sistema socialista. La característica principal de la NEP fue la negación o revocación de las políticas del comunismo de guerra” (Carr: Historia de la Rusia de la Rusia Soviética).

Y aquí lo dejo por hoy. Continuaremos mañana con el quinto artículo de esta de serie de seis sobre la Revolución rusa con motivo de conmemorarse su primer aniversario, el último sobre su evolución histórica, pues en el sexto nos ocuparemos de su legado y repercusión actual. En él abordaremos la evolución de la Nueva Política Económica y la transición al régimen de partido único, que daría paso al afianzamiento del dominio de Stalin sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética y sobre la III Internacional. La Revolución rusa desde entones fue otra cosa que nada tenía a ver con los principios y valores que la germinaron. Mañana lo veremos.

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2017/11/10/la-revolucion-rusa-las-tareas-inmediatas-de-la-revolucion-internacionalizacion-y-centralizacion/

 

La Revolución rusa: la Revolución de Octubre

cap9

Manifestantes civiles y soldados que se unieron a la Revolución (1917).

Como decíamos en el primer capítulo de esta serie de seis sobre la Revolución rusa con motivo de conmemorarse su primer centenario, publicado este martes, 7 de noviembre, otro 7 de noviembre, este de 1917, la Guardia Roja tomaba sin resistencia el Palacio de Invierno en Petrogrado (actual San Petersburgo), residencia oficial de los zares y capital de Rusia. Comenzaba así la conocida como Revolución de Octubre, pues en aquellos años Rusia se regía por el calendario juliano, según el cual dicha fecha correspondía al 25 de octubre.

De golpe, todo el edificio del Estado ruso se vino abajo. La movilización social era de tal calibre, y la fragilidad del régimen tan acentuada (las tropas del zar se negaron a atacar a la multitud y empezaron a fraternizar con ella), que –como dice Hobsbawm (Historia del siglo XX)– “llegado el momento, no fue necesario tomar el poder, sino simplemente ocuparlo”. Se ha dicho, añade, que hubo más heridos durante el rodaje de la película de Eisenstein Octubre (1927) que en el asalto al Palacio de Invierno.

1

Asamblea obrera en la fábrica Putílov de Petrogrado (actual San Petersburgo) en febrero de 1917.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Lenin y los bolcheviques se opusieron rotundamente a la conflagración, cosa que hicieron también muchos de los partidos socialistas de la II Internacional, aunque no todos. Los desastres de la guerra más brutal y mortífera de cuantas habían tenido lugar a lo largo de la historia, hacían mella, cada día más, entre los soldados y la población civil. Un sentimiento antibelicista se propagó entre las clases populares. El socialismo vio reforzada su influencia política y el movimiento obrero organizado de las grandes fábricas de armamento protagonizó las mayores movilizaciones sociales.

2

Enfrentamiento entre los bolcheviques y las fuerzas del orden (Petrogrado, marzo de 1917).

La desastrosa participación de Rusia en la guerra desembocó en una revuelta popular. El 25 de febrero de 1917 las huelgas se sucedían sin interrupción. El 27 se formaba el Comité Ejecutivo del Sóviet Supremo de Petrogrado y el 2 de marzo abdicaba el zar. Se formó entonces un Gobierno provisional compuesto por las fuerzas liberales y demócratas, pero junto a él estaba el verdadero órgano que había dirigido la revolución: el Sóviet de Petrogrado.

El 9 de abril Lenin regresaba a Rusia tras un largo exilio, siendo recibido como un héroe por obreros y soldados. Al día siguiente presentaba en un discurso que dio en el Palacio Táuride de Petrogrado sus Tesis de Abril, el programa de una nueva revolución que transferiría el poder al proletariado y a los campesinos más pobres: “La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”.

A lo largo de la primavera los Comités obreros de fábrica se atribuyeron el ejercicio exclusivo de su autoridad en la fábrica, los campesinos se apoderaron de la tierra y la repartieron entre ellos y en las unidades militares se formaron Comités de Soldados. El ejército, por su parte, se desintegraba y los soldados que regresaban a sus aldeas se pusieron del lado de la revolución.

Desde abril hasta octubre, Lenin trató de concentrar en torno a su programa la adhesión de su propio partido y la de los sóviets. Ahora contaba también con la inestimable colaboración de Trotski, quien el 5 de mayo había regresado de su exilio en Nueva York con el convencimiento de que el Partido Bolchevique, bajo la dirección de Lenin, era el único que podía dirigir la revolución inconclusa y llevar a los trabajadores al poder.

La adhesión de su partido la consiguió en verano de 1917, la de los sóviets fue más difícil. En junio, cuando se reunió el Primer Congreso Panruso de los Sóviets (máximo órgano de gobierno), Lenin anunció que su partido estaba preparado para tomar el poder; pero, los delgados mayoritarios eran los socialistas revolucionarios (285), seguidos de los mencheviques (248), quedando en último lugar los bolcheviques (105). Sin embargo, la autoridad y el prestigio del Gobierno provisional y de aquellos que le apoyaban estaban desgastándose rápidamente, la gente estaba cansada de la guerra y exigía una rápida solución a la cuestión agraria. La influencia de los bolcheviques iba creciendo rápidamente en las fábricas y en el ejército. En septiembre, tras el abortado golpe derechista del general Kornilov, los bolcheviques obtuvieron la mayoría en los sóviets de Petrogrado y Moscú. Lenin resucitó la consigna ‘todo el poder para los sóviets’, ya enunciado en abril, que suponía un desafío directo al gobierno provisional y el Comité del Partido Bolchevique decidió preparar una toma inmediata del poder

El 25 de octubre, la Guardia Roja, formada por obreros industriales, avanzó sobre el Palacio de Invierno. Fue un golpe sin sangre. El Gobierno provisional se vino abajo sin resistencia. El golpe se había preparado para coincidir con el Segundo Congreso Panruso de los Sóviets y al día siguiente del golpe comenzaron las sesiones del Congreso, donde esta vez los bolcheviques tenían la mayoría y asumieron por tanto la dirección del acto. El Congreso Panruso de los Sóviets aprobó la disolución del gobierno provisional y el paso del poder a los sóviets, al igual que tres importantes decretos:

  1. Comienzo de negociaciones en pro de una ‘paz justa y democrática’ sin anexiones ni indemnizaciones, a la vez que se pedía ayuda a los obreros de los países beligerantes para poner fin a la guerra.
  2. Abolición de las propiedades de los terratenientes sin indemnización. La propiedad privada de la tierra quedaba abolida a perpetuidad, el derecho de usufructo se otorgaba a todos los campesinos rusos que las trabajaran con sus propias manos.
  3. Se creaba un Consejo de Comisarios del Pueblo, como Gobierno Provisional Obrero y campesino, que gobernaría el país bajo la autoridad del Congreso Panruso de los Sóviets y de su Comité Ejecutivo, hasta la formación de la Asamblea Constituyente. Para cumplimentar este mandato, que desde febrero habían reclamado tanto los sóviets como el Gobierno provisional, se celebraron elecciones que ya estaba convocadas para el 25 de noviembre. En un país esencialmente rural, el resultado fue desfavorable a los bolcheviques. Los socialistas revolucionarios obtuvieron la mayoría absoluta con 267 de los 520 diputados, frente a 161 de los bolcheviques.

Cuando los diputados electos se reunieron en enero de 1918, el Gobierno Obrero y Campesino estaba firmemente establecido en Petrogrado y era improbable que abdicara en favor de un grupo que representaba los ‘confusos’ intereses de las áreas rurales. Así las cosas, el Gobierno impidió por la fuerza que la Asamblea Constituyente volviera a reunirse. Los bolcheviques minimizaron el hecho de dar la ‘espalada a las convenciones de la democracia burguesa’, teniendo en cuenta el desfase existente en la sociedad rusa en el momento en que el Gobierno provisional había convocado las elecciones y su celebración tras la toma del poder por los bolcheviques. Sin embargo, el abandono de esta ‘convención’ democrática se puede considerar el primer paso para el establecimiento en Rusia de una dictadura de partido único. Uno de los presagios más lúcidos fue el de Rosa Luxemburgo, admiradora de Lenin y de otros muchos aspectos de la revolución bolchevique: “(…) Es cierto que toda institución democrática tiene sus límites y defectos, hecho común a la totalidad de las instituciones humanas. Pero el remedio inventado por Trotski y Lenin, la supresión de la democracia en general, es aún peor que el mal que se quiere evitar. Sofoca, en realidad, la fuente viva de la que únicamente pueden surgir las correcciones de las insuficiencias congénitas a las instituciones sociales: una vida política activa, libre y enérgica de las más amplias masas. (…) Pero la cuestión no se agota con la Asamblea Constituyente y el derecho electoral; no hemos considerado aún la abolición de las garantías más importantes para una vida pública sana y para la actividad política de las masas trabajadoras: libertad de prensa, de agitación y de reunión, que han sido denegadas para todos los adversarios del gobierno soviético. Ante estas violaciones, las mencionadas argumentaciones de Trotski sobre la pesadez de los cuerpos electorales democráticos, están lejos de ser concluyentes. Por el contrario, es un hecho notorio e incontestable que, sin una ilimitada libertad de prensa, sin una vida libre de asociación y de reunión, es totalmente imposible concebir el dominio de las grandes masas populares”. (La Revolución Rusa, 1917).

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Lenin y Trotski con soldados de Petrogrado (1917).

Tras la toma del poder y la disolución de la asamblea constituyente, pocas personas imaginaron en Europa Occidental que el régimen revolucionario pudiera subsistir más allá de unos pocos días o semanas. Ni los mismos dirigentes bolcheviques estaban convencidos de ello. A no ser que la revolución se extendiera a Europa. La autoridad del Gobierno Obrero y Campesino apenas se extendía más allá de Petrogrado, las fuerzas armadas a su disposición solo eran unos pocos miles de guardias rojos y se estaban organizando ejércitos de cosacos y ‘rusos blancos’. Como escribió Edward Hallet Carr en su magna obra A History of Soviet Russia (14 volúmenes, publicada entre 1950 y 1978 y traducida al castellano como Historia de la Rusia de la Rusia Soviética –los tres tomos que abarcan de 1917 a 1923– por Alianza Editorial), que sigue siendo la más ambiciosa, más reconocida y mejor documentada historia de la Revolución rusa, “Para los bolcheviques había sido fácil derribar al raquítico Gobierno provisional. Sustituirlo, establecer un control efectivo sobre el caos en que estaba sometido el territorio del difunto Imperio ruso, y crear un nuevo orden social que enlazara con las aspiraciones de las masas obreras y campesinas que habían visto en los bolcheviques a sus salvadores y liberadores, era una tarea mucho más formidable y compleja”.

De esta tarea colosal, que había que acometer cuanto antes –el tiempo apremiaba– nos ocuparemos mañana. Espero. Ya les comenté que, con las correcciones de mi última novela, Prudencio Calamidad, que no tardará en salir, se me ha echado el tiempo encima y voy un tanto a salto de mata.

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).