Historia del pueblo valenciano

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Un buen día tras el verano de 1987 –no recuerdo la fecha exacta– quedé para cenar con mi amigo Mario García Bonafé, por aquel entonces director de Publicaciones de la IVEI (Institució Valenciana d’Estudis i Investigació), algo que hacíamos con relativa frecuencia. Ese día me comentó que el diario Levante les había propuesto colaborar en un proyecto consistente en la elaboración de una obra divulgativa destinada al público en general, y también a estudiantes y entendidos, sobre la historia del País Valenciano, obra que se editaría en fascículos y se distribuiría conjuntamente con el periódico, para lo que contaban con el patrocinio de la Caja de Ahorros de Valencia. La colaboración consistía sobre todo en diseñar su contenido y cómo llevarlo a cabo. Les dijo que creía contar con la persona adecuada para dirigir y coordinar el proyecto y que esa persona era yo. Mi primera reacción fue de asombro. Era algo que no esperaba y dudé de ser capaz de hacer tal cosa. Mas cuando Mario me dijo que si no creyera que estaba suficientemente cualificado para el trabajo no hubiese propuesto mi nombre, se desvanecieron las dudas y me puse enseguida a la tarea. Tenía yo 32 años y me enfrentaba al mayor reto que había tenido hasta la fecha. Fue una decisión acertada, a resultas de la cual hice mía la máxima nunca digas no a algo que te apetezca hacer, nunca digas no sé, no puedo… Di no a aquello que carezca de interés para ti. Si lo tiene, adelante. Eso sí, sé consciente de que vas a dedicarte en cuerpo y alma, como suele decirse, a tal menester, que te va a absorber. Esa máxima la he seguido toda mi vida.

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Noticia de la presentación de la ‘Historia del pueblo valenciano’ / ‘Levante-EMV’, 23 de septiembre de 1988.

No voy a entrar en detalles acerca del proceso de trabajo, que, por otra parte, se reflejan en los diversos recortes de prensa que acompañan este artículo. Sí respecto a nuestras intenciones, que se explicitan en el texto de Presentación de la obra y de la que extraigo las siguientes líneas:

“Con la intención de ofrecer a un público amplio y diverso un material que nos aleje de tópicas y ritualizadas visiones de nuestra historia, un equipo de profesionales de la misma –los autores y el equipo de dirección y coordinación–, conscientes de la importancia y del significado social del proyecto, nos pusimos a trabajar en la Historia del pueblo valenciano.

Cuál era esa historia y cuál nuestro origen fueron las cuestiones que nos llevaron a abarcar un amplio periodo cronológico que se retrotrae hasta el momento en que el hombre hizo su aparición en el actual territorio valenciano, ya que entendemos que nuestro pueblo tiene más de 750 años de antigüedad [el año de la publicación de la Historia… coincidía con el 750 aniversario de la conquista de Valencia por el rey Jaime I] y que nuestras raíces arrancan más allá de la fundación del antiguo reino. Nuestras tierras eran habitadas ya desde lo que denominamos prehistoria y, en ellas, íberos, romanos, visigodos o musulmanes, desarrollaron, en mayor o menor medida, sus culturas. Todavía sin ser “valencianos”, estos hombres y mujeres fueron, generación tras generación, la base humana con la que Jaime I, junto con las gentes llegadas con él de otras tierras de la Corona de Aragón, pudo edificar el nuevo reino. Durante siglos, los nuevos pobladores convivieron –no sin tensiones– con los antiguos habitantes, y fue precisamente durante estos siglos cuando se creó una ordenación jurídica propia que convertía a los valencianos en un pueblo diferenciado […].

Los valencianos, pues, poseemos una historia rica y plural. Es tal vez por ello que nuestra historiografía ha tenido un notable desarrollo. […].

[…] de una historia centrada en los grandes acontecimientos y los grandes protagonistas, de una historia de reyes y batallas, nuestra atención ha ido evolucionando hacia una historia preocupada por el estudio de las relaciones económicas y sociales, capaces de explicarnos los continuos procesos de cambio, y por el de esas masas anónimas, ignoradas durante tanto tiempo […].

No obstante, los actuales valencianos […] desconocemos en buena medida los orígenes y la evolución histórica de nuestra sociedad. A pesar de la gran cantidad de trabajos publicados […]. Muy probablemente, buena parte de culpa de esta situación la tengamos los mismos historiadores: preocupados por nuestra investigación, imbuidos en épocas más o menos remotas, hemos olvidado a menudo la importancia y la significación de que nuestro trabajo sea conocido fuera del marco académico, acercándonos así a aquella definición que Gramsci hacía de la historia en tanto que disciplina que “se refiere a los hombres, a tantos hombres como sea posible, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedad, y trabajan, luchan y se mejoran a sí mismos”.

[…]

Desde el convencimiento de que es una noble e importante tarea divulgar la historia de los valencianos han nacido las casi mil páginas que componen la presente obra […]. Hemos intentado, sin renunciar a la erudición y al rigor que debe caracterizar toda disciplina científica, realizar una obra ágil, comprensible y manejable que con un tono divulgativo hiciera accesible las nuevas aportaciones y corrientes interpretativas que han configurado la general renovación historiográfica de las últimas décadas. La Historia del pueblo valenciano va dirigida a los profesionales y a los que no lo son, a aquellos que estudian historia y a los que se interesan por ella por muy diversos motivos, con el fin de ofrecer un instrumento que les permita conocer o ampliar, en un sentido global, el estado de nuestro acontecer histórico.

Este trabajo quiere ser la expresión de una voluntad de colaboración entre historiadores de distintas especialidades e, incluso, de diferentes enfoques de la realidad histórica valenciana. […] Así pues, la Historia del pueblo valenciano es el intento de hacer llegar a un público heterogéneo cómo ha ido evolucionando la sociedad valenciana […] tratando de reconstruir el pasado en toda su amplitud y en toda su complejidad desde las posibilidades que nos ofrece el estado actual de nuestra investigación histórica”.

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‘Levante-EMV’, 5 de octubre de 1988.

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‘Levante-EMV’, 9 de octubre de 1988.

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‘Levante-EMV’, 13 de octubre de 1988.

La Historia del pueblo valenciano se presentó el 23 de septiembre de 1988. Consta de 960 páginas, distribuida en 48 fascículos y encuadernables en 3 tomos. Colaboraron 72 profesionales de la historia, en su mayoría profesores universitarios, algunos de los cuales no hacía muchos años habían sido profesores míos, a los que pedí asesoramiento. Para las distintas áreas conté con tres coordinadores: Vicent Ribes (compañero de promoción que acabada de regresar de México, donde había impartido docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Autónoma de Aguascalientes, y preparaba oposiciones para catedrático de instituto) y dos jóvenes recién licenciados y muy cualificados: Rafael Narbona (actualmente catedrático de Historia Medieval de la Universitat de València) y Manuel Chust (ahora catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Jaume I).

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‘Levante-EMV’, 14 de octubre de 1988.

Confiábamos en que la obra tendría una buena acogida, pero nadie esperaba el éxito que llegó a alcanzar. La tirada media del diario era de unos 40.000 ejemplares. El domingo 1 de octubre, día que salió el primer fascículo, esta fue de 72.000. Se agotaron rápidamente y se imprimieron 100.000 más para atender la demanda. También se quedaron cortas las tiradas de los números dos y tres (122.000).

Hoy, más de 125.000 bibliotecas y hogares tienen en sus estanterías la Historia del pueblo valenciano, y todavía me encuentro con alguien –normalmente ya de cierta edad– que, hablando, si sale el tema a colación, me dice: ¡Ah! ¿Eso lo hiciste tú? Yo lo tengo en mi casa.

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‘Levante-EMV’, 2 de junio de 1989.

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‘Levante-EMV’, 25 de noviembre de 1989.

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‘Levante-EMV’, 2 de diciembre de 1989.

El asesinato de los Rosenberg

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Portada del 20 de junio de ‘The New York Times’ con la noticia de la ejecución de los Rosenberg. Superpuesta, en el recuadro, la silla eléctrica en la que fueron asesinados. / CSU Archives/ Everett.

―¿Tú crees que eran culpables? ─preguntó Egon.
―Creo que no, pero ahora eso es lo de menos ─respondió Sam─. Una muerte dictada es siempre un asesinato. Sinceramente, en estos momentos me importa un bledo su culpabilidad. Asesinándolos han tratado tanto de castigar a los supuestos culpables como de dejar bien patente que no se juega con el sistema. Eso es fascismo, terrorismo de Estado. Querían matarlos. Por la seguridad de la nación, alegan. Esto nada tiene que ver con la seguridad nacional. Muy endeble debe ser esta si un matrimonio como los Rosenberg puede ponerla en entredicho. El asesinato de los Rosenberg, pues eso es, un asesinato, por mucho que se revista de legalidad solo resulta más abominable, tiene más que ver con la voluntad de destruir los movimientos políticos anteriores a la guerra que con la supuesta seguridad nacional. Eliminado Hitler, el gran enemigo es ahora el comunismo, ni siquiera la Unión Soviética. Que la gente crea que únicamente cuando no tengamos rival en el mundo, ni político, ni armamentístico, ni económico, ni ideológico, y hayamos impuesto nuestras normas y nuestro modo de concebir la existencia, conseguiremos la paz. Y para ello hay que atemorizar a la población con misterios, secretos, traiciones y la gran amenaza: otra guerra. Confía en el Gobierno, deja hacer, no pienses, ese es el mensaje que se esconde tras todo este montaje. Si no llega a ser por el Gobierno, vigilante… ¡Si eran personas normales! ¡Quién lo iba a decir! No te fíes, pues, de nadie, el enemigo puede ser quien menos lo esperes, tu vecino por ejemplo. ¿Por qué será que esta situación me recuerda otras ya vividas?
Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).
Julius y Ethel Rosenberg eran un matrimonio joven –él treinta y cinco años, ella treinta siete–, padres de dos hijos –Michael, de diez años de edad, y Robert, de seis–, que fueron acusados de espiar para la Unión Soviética revelando secretos acerca de la bomba atómica y condenados por ello a ser ejecutados en la silla eléctrica. No fueron pocos los que afirmaron que el juicio era una farsa y en todo el mundo occidental se organizaron actos de protesta contra la sentencia.
Su ejecución tuvo lugar en la prisión de Sing Sing el 19 de junio de 1953. Hoy, pues, se cumplen 65 años de este crimen legal. Desde entonces hasta el presente, el asesinato del matrimonio Rosenberg solo es uno más de tantos y tantos crímenes legales perpetrados por el poder con la impunidad que da la ‘abdicación colectiva del ejercicio de la inteligencia’ (Azaña) de que hacemos gala. En su memoria –y en la de tantas y tantas personas asesinadas interesadamente en medio del desinterés general, tantas que si pudiera elaborar una lista, esta excedería los límites no solo de cualquier entrada, sino de cualquier blog– reblogueo este artículo que publiqué tal día como hoy de hace tres años.

A MI MANERA

julius-y-ethel-rosenberg-durante-su-juicio-en-19511 Julius y Ethel Rosenberg durante su juicio en 1951. / AP

El 19 de junio de 1953 la Administración de los Estados Unidos de América llevaba a cabo uno de tantos execrables crímenes de su historia. A las ocho de la tarde de dicho día, poco después de ponerse el sol, la cámara de la muerte de la prisión de Sing Sing fue el último lugar que vieron Julius y Ethel Rosenberg. Concretamente la cámara de la muerte del penal, pues allí fueron asesinados en la silla eléctrica.

Julius y Ethel Rosenberg eran un matrimonio joven –él treinta y cinco años, ella treinta siete–, padres de dos hijos –Michael, de diez años de edad, y Robert, de seis–, acusados de espiar para la Unión Soviética revelando secretos acerca de la bomba atómica y condenados por ello a ser ejecutados en la silla eléctrica. Ese día se cumplía el catorce aniversario de…

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Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’: la noche de las barricadas

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Estudiantes vigilan una barricada

Estudiantes vigilan una barricada en el boulevard Saint-Michel la noche del 10. / SIPA/ Franceinfo.

La convocatoria del 10 de mayo fue un éxito. Anochecía y el Barrio Latino era un hervidero. En los alrededores de la Sorbona veinte mil estudiantes coreaban consignas contra De Gaulle, la policía, las autoridades académicas y a favor de la liberación de los detenidos. La zona estaba tomada por las fuerzas de seguridad. Tras ellas una multitud de descontentos, indignados, que no cesaba de protestar. A las diez y cuarto de la noche se levantó la primera barricada en la calle Le Goff. Se intentó negociar, pero sin resultado. Los estudiantes siguieron construyendo barricadas; se calculaba que pasada la media noche había más de cincuenta.

Estudiantes universitarios y de secundaria hacen frente a las CRS

Estudiantes universitarios y de secundaria hacen frente a las CRS en el bulevar Saint-Michel (París, 10 de mayo de 1968) / AFP/Franceinfo.

Estudiantes sobre una barricada levantada en el bulevar Saint-Michel

Estudiantes sobre una barricada levantada en el bulevar Saint-Michel (intersección con la calle Gay-Lussac) el 10 de mayo. / SIPAHIOGLU/SIPA/Franceinfo.

Hannah llamó desde casa de su amiga Nicole; se quedaría allí, era imposible circular por el centro de París. Lary y Nara no se aventuraron a regresar a su domicilio. Bill también llamó poco después para decir que estaba bien.

Antidisturbios de las CRS tratan de saltar una barricada

Antidisturbios de las CRS tratan de saltar una barricada a la entrada de la calle Gay-Lussac (a la altura de los jardines de Luxemburgo) la noche-madrugada del 10 al 11 de mayo. / SIPAHIOGLU/SIPA/Franceinfo.

Antidisturbios de las CRS lanzan granadas lacrimógenas

Antidisturbios de las CRS lanzan granadas lacrimógenas en el Barrio Latino la noche de las barricadas. / SIPAHIOGLU/SIPA/Franceinfo.

Una socorrista de la Cruz Roja auxilia a un herido

Una socorrista de la Cruz Roja auxilia a un herido por la policía en el Barrio Latino la noche-madrugada del 10 al 11 de mayo. / AFP/Franceinfo.

Coches ardiendo la calle Gay-Lussac

Coches ardiendo en la calle Gay-Lussac, a la altura de los jardines de Luxemburgo. / SIPAHIOGLU/ SIPA/Franceinfo.

Martha, Sam, Lary y Nara pasaron la noche pendientes de la radio. Por ella se enteraron de los enfrentamientos de esa noche, que pasaría a ser conocida como la de las barricadas: de los disparos de bombas lacrimógenas y balas de goma, del sordo ruido de los estallidos de los depósitos de gasolina de los coches, del lanzamiento de adoquines y cócteles molotov por parte de los manifestantes, de sus quejidos tras resultar heridos y, sobre todo, de la agresividad con que se empleaban los policías, agrediendo sin contemplación a cualquiera que encontraran a su paso; de su brutalidad no se libraban ni las mujeres embarazadas. Un periodista de Europa 1 refería que los policías maltrataban a los detenidos, arrestaban a los heridos de las camillas y seguían a los enfermeros hasta las casas particulares para hacer lo mismo con los lesionados que se hubieran refugiado en ellas.

Aspecto de la misma calle

Aspecto de la misma calle (Gay-Lussac) la mañana del 11 de mayo. / PARIS-DAY/SIPA/Franceinfo.

A mitad mañana del sábado, las dos parejas recorrieron el escenario del conflicto. A lo largo de los bulevares Saint-Germain y Saint-Michel, y hasta los jardines de Luxemburgo, la mayoría de las calles había sido desempedrada para construir barricadas y proveerse los manifestantes de proyectiles con que contrarrestar la actuación policial. Hasta diez barricadas contaron hasta llegar a la plaza de Edmond Rostand, donde había restos de siete más. Algunas tenían más de dos metros de altura y se habían levantado con coches, tablones, adoquines, cascotes, mobiliario urbano… Había vehículos que aún humeaban. En algunos lugares, se veían alambres tendidos de parte a parte de la calle a un metro y medio de altura. El Barrio Latino ofrecía un aspecto estremecedor.

―Más que el resultado de un ambiente de huelga estudiantil, lo que vemos parece propio de una huelga revolucionaria ─apreció Sam.

―Me recuerda un cuadro de Meissonier, La barricada. Afortunadamente, sin muertos.

―Por ahora.

Ese mismo sábado el Partido Comunista lanzó un llamamiento a los trabajadores y al pueblo de Francia para una respuesta masiva a la represión. Cohn-Bendit había pedido por la radio la convocatoria de una huelga general. Venciendo o tratando de aparcar las suspicacias de sus dirigentes hacia el movimiento estudiantil, la CGT (Confederación General del Trabajo), la poderosa organización sindical procomunista, junto a la CFDT (Confederación Francesa Democrática del Trabajo), próxima al Partido Socialista Unificado, convocaban la huelga general para el lunes. El movimiento se extendía.

―La cuestión ahora es ver que pasará el lunes, qué consecuencias tendrá la huelga general. Tengo la sensación que partidos y sindicatos se han subido a un tren en marcha que no saben a dónde va.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).

50 años de Mayo del 68

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The Guardian

The Guardian/Claude-Henri Bernardot/Musée des Beaux-Arts de Dole©

El próximo 2 de mayo de hace cincuenta años –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000.

Fue el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68, como nos referimos a los sucesos revolucionarios que tuvieron lugar en Francia los meses de mayo y junio del 1968. Sobre ellos publiqué en 2015 una serie de seis entradas, a las que seguían otras tres sobre lo que se ha venido en denominar “el espíritu de Mayo del 68” (que hacían referencia a lo que entonces llamé “los otros mayos del 68”), en las que trataba de analizar lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que, en definitiva, partían del mismo contexto y respondían a una misma motivación: “La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).

Cincuenta años después, mi valoración acerca de su significado y repercusión es la misma que la que tenía en 2015. Tras los hechos de Mayo del 68 se produjo un desmenuzamiento en migajas de un movimiento hasta entonces homogéneo –el movimiento obrero (el movimiento estudiantil lo que pretendía era emular sus grandes gestas)–, que se consolidó nada más acabar estos. Empezó entonces la época de los nuevos movimientos sociales –ecologismo, feminismo, pacifismo, antirracismo…– y del acuerdo tácito entre gobiernos, sindicatos, empresarios y financieros de que el sistema capitalista es la única alternativa viable: o eso, o el ‘comunismo’ practicado por la Unión Soviética. Hay que reformar este, sí, pero sin cuestionarlo, pues el sistema –ha demostrado que podía hacerlo– era capaz de satisfacer ampliamente las demandas de esos nuevos colectivos. Lo único que había que hacer es aceptar la realidad (el sistema).

Poco más puedo añadir a lo que ya escribí en la serie de nueve entradas a que antes hacía mención. Les dejo, pues, con un breve extracto de cada una de ellas y el enlace a las mismas por si les apetece leerlas.

Mayo del 68 (1): La década dorada

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Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista.

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Mayo del 68 (2): Los tiempos están cambiando

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Como respuesta a esta nueva forma de vida surgida tras la Segunda Guerra Mundial y a una cultura cada vez más “oficial” (bendecida desde todas las instancias) nacen dos grandes movimientos contraculturales. Uno se articulará alrededor de la música sobre todo: el pop-rock, la psicodelia. El movimiento hippie buscará reemplazar la organización familiar tradicional, de rígidas normas de conducta, por una vida comunitaria, optando por una vestimenta informal y descuidada e incorporando el uso de las drogas como medio para liberarse de la realidad opresora. Su símbolo sería el festival de Woodstock (1969), en Vermont (EE UU). El otro gran movimiento buscará referentes políticos y tratará de adecuar las tradicionales posiciones de la izquierda revolucionaria a los nuevos tiempos, estando fuertemente marcado por ellas y por el antiimperialismo, el anticolonialismo y la lucha por acabar con las desigualdades. Estos jóvenes leían a Marx, a Marcuse, a Sartre… Su símbolo sería el Mayo del 68 francés.

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Mayo del 68 (3): Prohibido prohibir

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El origen inmediato de los hechos de Mayo del 68 fue un conflicto estudiantil: el día 2 de mayo –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000 (en el curso de los diez años siguientes se triplicaría hasta llegar hasta los 651.000).

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Mayo del 68 (4): El poder está en la calle

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El lunes 13 París se llenaba de manifestantes. Entre la plaza de la República y la plaza Denfert-Rochereau –casi cinco kilómetros las separan, con el Sena de por medio– no cabía un alma. Sobre un millón de personas secundaron la llamada, al tiempo que nueve millones de trabajadores franceses se declaraban en huelga general. Ya no eran únicamente estudiantes quienes se manifestaban por las calles de París. Buen aniversario, mi general, gritaban, pues se cumplían diez años con De Gaulle al frente de la presidencia de la República francesa. Diez años es suficiente. Otros eran menos irónicos: De Gaulle asesinoDe Gaulle al paredónGobierno popular reclamaban obreros y estudiantes. Mayores emocionados con el puño en alto cantaban La Internacional mezclados con los jóvenes, que coreaban Esto solo es el principio, continuemos la luchaEl poder está en la callePolíticos, vuestros discursos nos importan un carajo. Resultaba incontable el número de banderas rojas y negras que ondeaban, así como el de pancartas con todo tipo de eslóganes, algunos tan ingeniosos como las pintadas que llenaban muchas fachadas y elementos del mobiliario urbano de clara inspiración situacionista: Seamos realistas, pidamos lo imposibleProhibido prohibirLa imaginación al poderBajo los adoquines está la playaNo le pongas parches, la estructura está podrida

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Mayo del 68 (y 5): Bajo los adoquines no estaba la playa

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La historia, como la vida, nunca sucede ni como los que han vivido un momento dado hubieran deseado ni como los demás después desearíamos que hubiera sucedido. Decía uno de los eslóganes de Mayo del 68 que “bajo los adoquines, la playa” (Sous les pavès, la plage). Pero no, no estaba la playa, y si estaba –o está– no se levantaron los suficientes adoquines como para llegar hasta ella.

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La música de Mayo del 68

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No es de la música que escuchaban aquellos jóvenes que protagonizaron la revolución cultural de 1968 –tanta y tan diversa que sobrepasaría con creces los límites de cualquiera de nuestras publicaciones– de la que nos ocupamos en esta entrada que completa la serie que dedicamos a Mayo del 68, sino de canciones compuestas dicho año a raíz de los hechos que tuvieron lugar en Francia, en París especialmente, hechos que, por otra parte, son los que hemos tratado en esta serie.

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Los otros Mayos del 68: Estados Unidos

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Decía Anthony Gyddens (“Aquel Mayo del 68 en California”, El País, 6 de mayo de 2008) que “desde una perspectiva europea podría parecer que París fue el foco principal de 1968, pero créanme que no fue así. En Europa los radicales eran bastante tradicionales”. Los verdaderos radicales estaban en California, donde ser revolucionario implicaba la politización, pero también, y, sobre todo, una forma de vida.

Esos movimientos se manifestaron radicalmente en contra de la guerra de Vietnam, del racismo y la obligatoria conformidad con las reglas establecidas y se solaparon con el movimiento hippie o con los Panteras Negras. La conjunción de ideas e intereses dio como resultado una oleada de protestas sin parangón hasta entonces. En los años 60 se formaron en Estados Unidos las comunas más extensas en las que se intentaba llevar a cabo un estilo de vida completamente alternativo. Las universidades, cada vez más masificadas, se mostraban especialmente activas. Los estudiantes se preguntaban no qué podían hacer ellos por su país, como habían hecho sus padres y abuelos, sino qué podía hacer su país por ellos.

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Los otros Mayos del 68: Checoslovaquia

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Al igual que ocurrió con Estados Unidos, la Unión Soviética –la segunda gran potencia mundial, con aspiraciones de convertirse en la primera– no podía consentir fisuras ni en su seno ni en el de sus países satélite. Solamente se es fuerte desde la homogeneidad. En el mes de julio los dirigentes soviéticos –al frente de los cuales estaba Leonidas Brežnev– manifestaron tener en su poder pruebas de que la República Federal Alemana pretendía anexionarse la zona norte de Checoslovaquia, por lo “ofrecía” al Ejército Rojo para que defendiera el país de la supuesta futura agresión. Lógicamente –digo lógicamente porque lo contrario hubiera significado algo totalmente opuesto al espíritu que animaba todas estas reformas– se rechazó la propuesta, una propuesta que no dejaba de ser un aviso recordatorio de que la URSS era la única que podía ejercer el control (en todos los sentidos) de los países autodenominados socialistas.

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Los otros Mayos del 68: México

© Armando Lenin Salgado 27 de septiembre de 1968

El Comité Olímpico Internacional (COI) había designado en 1963 a México como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, convirtiéndose así en el primer país del llamado Tercer mundo que acogía tan importante cita. El COI lo presidía un estadounidense, Avery Brundage, y la elección de México tenía una clara intencionalidad política: gracias a la ayuda de los Estados Unidos, el país azteca alcanzaba la estabilidad económica y social y se mostraba dinámico y emprendedor. Los demás países pobres debían tomar nota. A mediados de la década de 1940 habían empezado a llegar a México los capitales norteamericanos, iniciándose así la colonización económica del país. Eran los años de gobierno ininterrumpido del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que con una política interior autoritaria y corrupta, y al servicio de los Estados Unidos, dejaba de lado los grandes problemas estatales: migración, desigualdades, fracaso de la reforma agraria, paro, delincuencia…, problemas que generaban gran descontento y habían ocasionado diversas protestas estudiantiles y la creación de guerrillas urbanas.

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Canciones de la Primera Guerra Mundial

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Soldados estadounidenses y muchachas de la Young Men’s Christian Association (YMCA) cantando alrededor de un piano en Aix-les-Bains (Francia) en agosto de 1918.

Cien años se cumplirán el próximo noviembre del fin de la Primera Guerra Mundial, un hecho trascendental que acabó con el orden político y económico conformado a raíz de las revoluciones burguesas decimonónicas e inició otro nuevo, lleno de tensiones sociales y conflictos, que desembocó en una segunda guerra también mundial apenas veinte años después. Significó, por tanto, nada menos que el final del largo siglo XIX y el inicio del corto siglo XX, como bien ha definido historiográficamente Eric Hobsbawm.

No será esta, desde luego, la única entrada que publique a lo largo del año sobre la Primera Guerra Mundial. En esta primera, vamos a ocuparnos de algunas de las canciones que surgieron a raíz de la contienda, canciones que se hicieron muy populares entre las tropas y la población civil –la mayoría de las cuales nada (o poco) tenían que ver con la música militar– y cuyos temas hablaban de la nostalgia, la familia, el hogar, la novia que uno había dejado, su pueblo o su ciudad… Quiero aclarar que esta entrada fue publicada originalmente en Música de Comedia y Cabaret el 27 de junio de 2014 y que, por tanto, no es nueva. Lo único que he hecho es –como con tantas otras– trasladarla aquí.

Desde la Grecia clásica, filósofos y tratadistas han analizado los efectos de la música en el ser humano. “No se pueden tocar las reglas de la música, sin alterar las leyes fundamentales de la gobernación”, escribió Platón. La música, sostenían los pensadores medievales, proporciona “diversión y descanso, es necesaria en la guerra y en los tiempos de paz, produce efectos religiosos y morales, tranquiliza la mente inquieta, ennoblece el carácter, contribuye incluso a un sistema político más adecuado, es un medio curativo y afecta hasta a los mismos animales.” [Wladyslaw Tatarkiewicz: Historia de la estética II. La estética medieval, 1970].

En líneas generales, todo el pensamiento posterior, grosso modo, está de acuerdo en que la música es esencial en la vida del hombre. La música llega más lejos que ninguna otra arte, es la más próxima a nosotros y al mundo. Su poder es innegable: “Conozco a mucha gente, yo incluido, que no hubiera sobrevivido sin la música. Yo casi muero, y la música me ayudó a sobrevivir. Es increíblemente poderosa y debemos tener cuidado de que no sea utilizada de mala manera.” [Declaraciones de Stefan Koelsch a La Vanguardia, 17 de agosto de 2011].

pf_bousquet_quand_madelon_03La música nos proporciona placer, nos deleita, estimula nuestras emociones, los sentimientos cobran soni-do. En tiempos de guerra, todo ello se acrecienta. Puede ser una válvula de escape tanto para los civiles como para los soldados, pero también una herramienta de reivindica-ción y autoafirmación, en oposición a “los otros” –marchas, himnos–, e incluso –y ya es difícil que puede utilizarse de peor manera– un instrumento de tortura [véase al respecto nuestras entradas “J’attendrai” y “El peso del pasado”].

Comenzamos con una canción francesa que se estrenó poco antes de estallar la guerra europea: Quand Madelon (1914, letra de Louis Bousquet y música de Camille Robert). Quand Madelon describe cómo coqueteaban los soldados con una joven camarera y fue  un gran éxito de Charles-Joseph Pasquier, conocido como Bach. No al principio, sino ya avanzado el conflicto. Bach fue uno de tantos “cómicos troupiers” que actuaban por diversas ciudades y que al comenzar la guerra pasaron a hacerlo ante los soldados. La escuchamos por Line Renaud en una secuencia de La Madelon, película francesa dirigida en 1955 por Jean Boyer.

tipperary-posterMuchas de estas canciones eran melodías populares que los soldados llevaban en su equipaje emocional. Tipperary es un muni-cipio irlandés que en la actualidad cuenta con unos cinco mil habi-tantes. Jack Judge, un cantante de Music-hall originario de dicha localidad, compuso en 1912, junto con Harry Williams, y como homenaje a la misma It’s A Long Way To Tipperary (Es un largo camino hasta Tipperary). Al estallar la guerra el Séptimo Batallón del Regimiento Connaught Rangers del Ejército Británico –formado sobre todo por irlandeses y estrechamente ligado a Tipperary, donde parte del regimiento estuvo acuartelado entre 1908 y 1910– la tomó como una especie de himno y la popularizó hasta el punto que otras unidades del ejército británico hicieron lo mismo. Ello fue posible, en parte, al corresponsal del Daily Mail, George Curnock, que habló de ello en el diario. Sucedía esto en agosto de 1914 y en noviembre del mismo año la canción era grabada por el tenor John McCormack, llegando así a todo el mundo y convirtiéndose en una de las canciones más populares de la época (posiblemente porque no era una típica canción de guerra). Escuchemos la versión de McCormack.

La nostalgia es también el motivo central de Avec Bidasse, canción compuesta en 1914 por Henri Mailfait (música) y Louis Bousquet (letra) que evidencia la frustración ante una guerra que nadie creía que pudiera llegar, pero para la que todos se preparaban. ¿Te acuerdas Bidasse de los buenos tiempos?, pregunta el protagonista del tema desde el frente de batalla. Es de nuevo el cantante cómico y actor popular Bach, para quien fue creada, a quien escuchamos en esta versión (grabación de 1931).

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Batalla del Somme: hombres del 11 Batallón del Regimiento de Cheshire en las cercanías de Ovillers-la-Boisselle (julio de 1916).

La guerra avanzaba y mostraba ser la más brutal y mortífera de cuentas habían tenido lugar a lo largo de la historia. Los desastres de la guerra hacían mella, cada día más, entre los soldados y la población civil. Una de las batallas más sangrientas y de mayor duración (julio-noviembre de 1916) fue la del Somme (Picardía, Francia), en la que las tropas anglo-francesas derrotaron a las alemanas tras sufrir el ejército británico una de sus mayores pérdidas de hombres. Solo el primer día, el 1 de julio, este tuvo que contabilizar nada menos que 57.740 bajas (19.240 de ellas mortales).

En este contexto, Dòmhnall Ruadh Chorùna, un soldado escocés que combatía en ejército británico compuso en el mismo frente de batalla, para su novia, una de las canciones más populares en gaélico escocés: An Eala Bhàn (El cisne blanco), una canción de amor en la que le dice que no deja de pensar en ella a pesar de la brutalidad del momento (“Estoy cegado por el humo, / mis oídos están ensordecidos / por el sonoro rugir del cañón”). Dòmhnall Ruadh Chorùna –también conocido como Donald MacDonald– resultó malherido en la batalla del Somme, pero sobrevivió a la guerra. La versión que incluimos corre a cargo de Julie Fowlis, intérprete de música celta originaria de Escocia que canta principalmente en gaélico escocés.

El horror de la guerra acrecentó el antimilitarismo, activo desde el inicio de la conflagración incluso en países que, en un principio, no participaban en ella, como es el caso de Estados Unidos. Aquí –y en Gran Bretaña y Australia, que ya estaban en guerra– se hizo muy popular la canción I Didn’t Raise My Son to be a Soldier (No crié a mi hijo para ser un soldado): “No crié a mi chico para ser soldado, / lo traje al mundo para mi orgullo y alegría. / ¿Quién es nadie para ponerle un fusil al hombro / para disparar contra el querido hijo de otra madre? / (…) / No habrían guerras hoy en día / si todas las madres dijesen: / Yo no crié a mi chico para ser soldado”. Roosevelt dijo que la gente que aplaudía la canción es la misma que en su corazón aplaude otra se debería titular no crié a mi chica para ser madre. I Didn’t Raise My Son to be a Soldier sonó de nuevo con fuerza entre los movimientos de oposición a la guerra del Vietnam en Estados Unidos. Compuesta por Al Piantadosi (música) y Alfred Bryan (letra), fue grabada por los Peerless Quartet a finales de 1914. Esta es su versión.

En 1917 los estragos de la guerra se dejaban sentir en la población como nunca antes. El conflicto parecía no tener fin; la barbarie tampoco. La chanson de Craonne, un hermoso vals, es posiblemente el más claro ejemplo del antimilitarismo reinante en amplios sectores de la sociedad. Canción anónima escrita basándose en la música de Bonsoir m’amour, fue censurada por las autoridades militares, que llegaron a ofrecer una sustanciosa recompensa a quien informara acerca de su autor. “Adiós vida, adiós amor. / Adiós a todas la mujeres. / Todo ha acabado, para siempre, / en esta guerra infame”. El vídeo que sigue pertenece a la secuencia de la película Oh! What a Lovely War (¡Oh, qué guerra tan bonita!) –un filme musical británico de 1969 dirigido por Richard Attenborough– en el que se interpreta la canción.

Hubo, naturalmente, infinidad de marchas patrióticas que, ante todo, pretendían enaltecer el ánimo de las tropas. Algunas de ellas fueron compuestas por músicos militares. Es el caso de la conocida Marcha del coronel Bogey, famosa por ser parte de la banda sonora de El puente sobre el río Kwai. Se compuso en 1914 por el entonces teniente F. J. Ricketts (bajo el seudónimo de Kenneth J. Alford), director de banda del ejército británico. Vamos con la versión original y con una secuencia de la película que dirigió en 1957 el gran David Lean.

Otra marcha patriótica de gran ascendencia entre los soldados y la población civil rusa es El adiós de Slavianka (Slavianka significa ‘mujer eslava’). Aunque escrita con anterioridad al inicio de la guerra, en 1912, por el compositor Vasily Agapkin (militar director de orquesta) en honor a las mujeres búlgaras cuyos maridos partieron al frente en la Primera Guerra de los Balcanes, fue durante el conflicto cuando alcanzó enorme notoriedad al ser la canción con que los soldados rusos solían despedirse de los suyos para marchar al frente. En el siguiente vídeo –con imágenes de la contienda– es interpretada por los cantantes rusos Zara y Dmitri Pevzov.

Las marchas de las potencias centrales presentaban un carácter mucho más marcial. Prueba de ello es esta Die blauen Dragoner, marcha compuesta por Hans Hertel (música) y G.W. Harmssen (letra) en los momentos inciales de la contienda para el  regimiento “dragones azules” del ejército alemán, que posteriormente sería utilizada y popularizada por las SS. “Los dragones azules cabalgan. / (…) las bandas tocan / marchas con fanfarrias / cuyo sonido sube hasta las pálidas colinas”.

cover-of-sheet-music-over-there-1917-with-photo-of-singer-nora-bayesFinalizamos con un tema del último país que entró en la guerra, Estados Unidos. Lo hicieron en abril de 1917 y su intervención resultó decisiva. Una de las melodías más populares de aquel año fue Over here, over there, canción de propaganda pensada para animar a los jóvenes estadounidenses a alistarse en el ejército y luchar contra el “Hun” (el Huno), como despectiva-mente llamaban a los alemanes. Fue compuesta por George M. Cohan, actor, cantante, bailarín, autor, compositor, productor, empresario teatral, director y coreógrafo conocido como ‘El amo de Broadway’. En el vídeo que sigue escuchamos a Nora Bayes, popular cantante y actriz de la década de 1930, en la versión original de 1917.

La canción fue un éxito y en 1936 Roosevelt condecoró a Cohan con la Medalla de Oro del  Congreso. La canción se utilizó también durante la Segunda Guerra Mundial. Así, por ejemplo, aparece en la película estrenada en 1942 sobre la vida de Cohan que dirigió Michael Curtiz Yankee Doodle Dandy (Yanqui Dandy en la versión española). En ella James Cagney encarna a Cohan.

Que disfruten de un buen fin de semana.

 

 

Canciones de la Guerra Civil Española

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Republicanos en Almería. / Gerda Taro.

La sublevación militar que protagonizó parte del Ejército entre el 17 y el 18 de julio de 1936 contra la Segunda República Española desencadenó una guerra civil que se prolongó hasta 1939 y sumió al país en la miseria económica, moral e intelectual bajo la dictadura franquista.

El golpe de Estado triunfó en algunas ciudades y encontró una encarnizada oposición en otras tanto por parte de las fuerzas leales a la República como por la población civil. Esta reacción popular fue inmediata y espontánea, lo que contrasta con el posicionamiento que sobre el conflicto tuvieron las principales potencias europeas y Estados Unidos al suscribir el vergonzoso Pacto de No Intervención. Fue sobre todo la movilización popular la que consiguió frenar el golpe. Lamentablemente, no la guerra.

Mas también en estos países hubo una espontánea movilización por parte de la ciudadanía, concienciada de que la Guerra Civil española no era solamente un conflicto local sino que trascendía las fronteras. Combatir a los rebeldes de Franco era en definitiva combatir contra el nacionalismo y el fascismo. En España no se libraba solamente una guerra civil, era una guerra del fascismo contra la democracia, contra un sistema de vida y de gobierno. Miles de personas mostraron su solidaridad con la lucha de la izquierda española. Nacieron así las Brigadas Internacionales, unidades militares integradas por voluntarios extranjeros que lucharon a favor de la República durante la Guerra Civil Española. Más de cuarenta mil jóvenes de más de cincuenta países lucharon del lado de la República. Muchos perdieron la vida.

Tras el establecimiento del régimen dictatorial regido por Franco con mano férrea y cruel, la capacidad adquisitiva de los trabajadores se redujo, con respecto a la que tenían en la Segunda República, a la mitad entre 1942 y 1948. Hasta 1951 no se recuperó la renta per cápita de 1951. La escasez de productos básicos deterioró el nivel de vida de las clases populares hasta extremos de auténtica necesidad y hambre. Se inició, además, una durísima represión. Los partidos políticos y las organizaciones sindicales fueron prohibidos y se suprimieron las libertades civiles. Cerca de medio millón de personas marcharon al exilio, entre ellas los más destacados intelectuales.

Pero, sobre todo, la guerra ocasionó un elevadísimo número de víctimas. En su libro República y Guerra Civil (2007), el historiador Julián Casanova cifra el número de muertos en 600.000, de los cuales entre 100.000 y 130.000 fallecieron a causa de la violencia política en la zona franquista y 55.000 en la zona republicana. A ellos habría que añadir unas 50.000 víctimas de la violencia militar franquista (del 1 de abril hasta agosto de 1946).

Es a estos a quienes queremos recordar hoy –cuando se cumplen ochenta años del golpe de Estado que llevó al país a un brutal y sanguinario conflicto cuyas heridas aún no se han cerrado del todo– mediante esta breve recopilación de canciones que se hicieron muy populares entre las tropas y la población civil en la zona que siguió fiel a la República. La música nos proporciona placer, nos deleita, estimula nuestras emociones, los sentimientos cobran sonido. En tiempos de guerra, todo ello se acrecienta. Puede ser una válvula de escape tanto para los civiles como para los soldados, pero también una herramienta de reivindicación y autoafirmación.

Comenzamos con la popular canción El paso del Ebro (también conocida como El Ejército del Ebro o ¡Ay, Carmela!). Parece ser que fue compuesta en 1808-1810 durante la ocupación de España por las tropas de Napoleón y fue recuperada por los soldados del bando republicano durante la guerra civil. La versión es del Coro Popular Jabalón.

Si me quieres escribir, también conocida como Ya sabes mi paradero o El frente de Gandesa, es otra de las canciones más conocidas. Fue compuesta durante la decisiva batalla del Ebro (julio a noviembre de 1938) y la melodía se basa en una antigua canción que solían cantar las unidades militares españolas que combatieron en las guerras del Rif, en el norte de Marruecos. “Durante la batalla del Ebro, la letra de la canción podía cambiar en función de la localización de los combates y de las unidades que se veían envueltas. (…) Los moros mencionados en varias ocasiones en realidad son las tropas Regulares, las temidas fuerzas de choque marroquíes del Ejército franquista que estuvieron martilleando las posiciones republicanas en el frente de Gandesa durante meses”. (De Wikipedia, artículo “Canciones de la Guerra Civil Española”). Escuchamos Si me quieres escribir en la voz del destacado folclorista, compositor y profesor chileno Rolando Alarcón, quien en 1968 publicó el álbum –al que pertenece esta versión– Canciones de la Guerra Civil Española.

El tren blindado, El pino verde y Anda, jaleo son los tres nombres con que se conoce este tema de 1936 basado en una canción popular que recopiló Federico García Lorca en Los contrabandistas de Ronda. La que narra las acciones de un tren blindado que termina con los generales sublevados Franco, Mola y Queipo de Llano fue la más divulgada entre las tropas del frente y su letra es obra del poeta español perteneciente a la Generación del 27 Emilio Prados (Málaga 4 de marzo de 1899–México 24 de abril de 1962). Este, en 1938, colaboró con Rodolfo Halffter y Gustavo Pittaluga en un álbum que se grabó en París en diciembre de dicho año por un coro de milicianos para la colección Le Chant du monde, reeditado en 1963 con el título Chants de la guerre d’Espagne. Esta es la versión que sigue.

Federico García Lorca grabó en 1931, al piano, con la voz de Encarnación López La Argentinita, cinco discos gramofónicos de pizarra de 78 revoluciones por minuto que contenían una canción en cada cara. Entre ellas figura El Café de Chinitas. Su adaptación dio lugar a la canción En la plaza del mi pueblo, otro de los temas más populares entre los combatientes y la población civil de la España republicana que escuchamos por la actriz, cantante y compositora estadounidense Michele Greene, que la grabó en el álbum de 2003 Spain in My Heart: Songs of the Spanish Civil War.

Otra adaptación de uno de los poemas recopilados por García Lorca en Los contrabandistas de Ronda es la del popular El Vito. Su melodía se utilizó para la canción El Quinto Regimiento (también conocida como El Vito del Quinto Regimiento), en honor del que fue uno de los más tenaces cuerpos militares de voluntarios hasta que las milicias se desintegraron en febrero de 1937 y sus combatientes pasaron a integrar el Ejército Popular de la República. Del álbum a que acabamos de hacer referencia es esta versión que interpreta la cantante mexicana Lila Downs.

El músico estadounidense Pete Seeger (1919-2014) fue miembro del Congreso por los Derechos Civiles de Nueva York, organización cívica fundada en 1946 para la defensa de estos en unos momentos en que la histeria anticomunista cobraba cada día mayor protagonismo en el país norteamericano. Por ello fue investigado por el FBI y tuvo que comparecer en 1951 ante el Comité de Actividades Antiamericanas, siendo condenado a doce meses de prisión y a diecisiete de total y absoluta censura en los medios de comunicación locales. Al cumplirse los veinticinco años del estallido del conflicto, en 1961, se editó el álbum Songs of the Spanish Civil War, Vol. 1, que recogía grabaciones suyas con Ernst Buch aparecidas en los discos Six Songs for Democracy (1940) y Songs of the Lincoln Brigades (1944).Una de ellas es Los cuatro generales (The Four Generals): Franco, Mola, Varela y Queipo de Llano, quienes no podían tomar Madrid por la férrea resistencia. Esta versión musicalizada del poema de Federico García Lorca “Los cuatro muleros” quedó para siempre asociada al Batallón Abraham Lincoln (XV Brigada Internacional), una de las brigadas internacionales más activas que ayudaron a los antifascistas.

Con Pete Seeger interpretando otra de las canciones dedicada al Batallón Abraham Lincoln finalizamos. El tema que escuchamos es otra de de las versiones de ¡Ay Carmela!, ¡Viva la Quince Brigada!, y pertenece al álbum que mencionábamos en el párrafo anterior.

Que pasen un buen día.

La Revolución rusa: su legado

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October Revolution anniversary

El escritor austriaco Karl Kraus, siempre ‘políticamente incorrecto’, escribió en un artículo que publicó en su revista Die Fackel (La Antorcha) en 1920: “Dios nos conserve siempre el comunismo, para que esta chusma [los capitalistas] no se torne más desvergonzada y para que por lo menos, cuan-do se vayan a dormir tengan pesadillas.” (cit. Josep Fontana, “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, 2017). Y es que sin el temor del poder político y económico occidental al comunismo –así, en abstracto– el Estado de bienestar del que disfrutamos (en pasado) los habitantes de los países europeos capitalistas es más que probable que ni siquiera lo hubiéramos conocido.

La prueba es que, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo –el financiero siendo más precisos– mostro su notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo y empezó su desmantelamiento progresivo. Tras convertir Chile, mediante el orquestado golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal, poco más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieron en práctica dicha política en Occidente, lo que nos llevaría a eso que llaman crisis y a un cada vez mayor deterioro del nivel de bienestar social y de continuada pérdida de derechos y libertades.

Con el definitivo desmoronamiento de la Unión Soviética (1991) terminaba el mundo dividido y, historiográficamente hablando, el siglo XX, pues –como acertadamente señaló Hobsbawm– no son los años los que fijan los límites de los periodos de la historia, sino los procesos sociales y económicos. Se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado. Y en esas seguimos.

“Aunque los sucesores de Stalin no volvieron a recurrir nunca al terror en esta escala [la de Stalin], conservaron siempre un miedo a la disidencia que hizo muy difícil que tolerasen la democracia interna. Consiguieron, así, salvar el Estado soviético, pero fue a costa de renunciar a avanzar en la construcción de una sociedad socialista. El programa que había nacido para eliminarla tiranía del Estado terminó construyendo el Estado opresor.

A pesar de ello, las influencias del comunismo soviético sobre los movimientos revolucionarios del mundo entero siguió siendo percibida como una amenaza por los miembros de la coalición de los países capitalistas, dirigida por Estados Unidos, que después de la Segunda Guerra Mundial organizó la ficción de la ‘guerra fría’ para contener la ‘amenaza de la Unión Soviética’, a la vez que una cruzada global contra el ‘comunismo’, un nombre que aplicaban a todas las ideas o movimientos que pudieran significar un obstáculo para el desarrollo de la ‘libre empresa’” (Fontana: “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”).

Identificar comunismo con estalinismo lo convertía en una dictadura, como pudiera ser el fascismo o el nazismo, un régimen totalitario en definitiva, que concentra todos los poderes en un partido único y controla coactivamente las relaciones sociales bajo una sola ideología oficial. Y, claro, todo totalitarismo es malo. ¿Qué queda? La democracia. Precisamente la democracia era lo que la Revolución rusa quería alcanzar, entendiendo esta como el poder del pueblo, que es lo que etimológicamente significa. No es esta la democracia de que hacen gala los países capitalistas, supeditados al mayor de los totalitarismos, el del capital financiero.

Cito de nuevo a Fontana (“La Revolución que reinventó el mundo”, artículo introductorio que abre la serie de artículos “Debate sobre la Revolución de 1917” del diario Público con motivo de su centenario):

A partir de 1968 (…) el ‘socialismo realmente existente’ mostró claramente sus límites como proyecto revolucionario, cuando en París renunció a implicarse en los combates en la calle, y cuando en Praga aplastó las posibilidades de desarrollar un socialismo con rostro humano. Perdida su capacidad de generar esperanzas, dejó también de aparecer como una amenaza que inquietase a las clases propietarias de ‘occidente’, lo cual las permitió retirar las concesiones que habían hecho hasta entonces, al tiempo que la socialdemocracia se acomodaba a la situación y aceptaba plenamente la economía neoliberal.

En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieron que no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño. Sabíamos entonces, afirma, que lo que nuestra prensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre ‘occidente’ era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de su país. Hubiese deseado, concluye, haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal”.

Algo parecido al testimonio que recoge Fontana me sucedió hace unos días en el bar donde suelo almorzar, cuya dueña es rumana, ahora también española. Llegó aquí hace catorce años, en 2003, trece después de ser ejecutado Ceaucescu con su esposa por fusilamiento en una farsa de juicio, siendo sus horas finales transmitidas por televisión, imágenes que todos contemplamos atónitos, más aún muchos rumanos, pues encima ocurrió el día de Navidad, un día con mucho arraigo en Rumanía, de tradición secular, que se celebra con gran entusiasmo y armonía familiar. Me contó que su padre, que no tenía una afinidad ideológica concreta, lloraba preguntándose qué clase de espectáculo estaban dando al mundo. ¿Y ahora?, le pregunté. ¿Ahora?, pues los que estaban bien posicionados son muy ricos y los otros están igual que antes o peor.

Regreso a Fontana, a su texto “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”:

“No hay en estos momentos alternativas como las que en pasado aportaba la socialdemocracia para generar esperanzas de reformas y mejoras. Gabriel Zucman señala que la desigualdad está creciendo en todas partes en beneficio del 0,1 por 100 de los más ricos; pero que, como esto no se percibe ahora como un problema al que haya que poner remedio, lo más probable es que siga creciendo de forma acelerada, extremando la división que separa el pequeño núcleo de los que se benefician de ello de la gran mayoría de los que se empobrecen. Una desigualdad que parece en camino de llegar con el giro a la derecha que ha implicado la elección de Donald Trump.

A los cien a años de la revolución de 1917 parece que la única alternativa global debe basarse en un proyecto popular transnacional, integrado por componentes muy distintos de los partidos tradicionales del pasado: fuerzas como las que hoy surgen desde abajo, de las luchas cotidianas de los hombres y las mujeres.

Algo que en algún modo recuerda la invocación que Lenin hacía en 1917 a ‘la revolución socialista mundial’; pero que, en este caso, deberá construirse de nuevo de acuerdo con las circunstancias y necesidades del mundo en el siglo XXI”.

Así pues, ¿hay que empezar de nuevo? ¿Otra vez? Permítanme que termine con un par de párrafos de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), en la que abordo los mecanismos empleados por la CIA para asegurar ese mundo del pensamiento único, en el que el protagonista, Sam Shuterland, dice al respecto:

Cuando se afirma que esta es una sociedad democrática, en realidad se está diciendo que las instituciones, los partidos, las leyes del capitalismo, la forma de vida que este ofrece, eso que ahora está tan de moda denominar Estado de bienestar, es la única alternativa posible. O eso, o el totalitarismo. Quieren identificar democracia con capitalismo, y no es así: la democracia, tal como yo la entiendo, y presumo que tú también, se acerca más a una sociedad comunista que a una capitalista. De ahí el interés de identificar comunismo con estalinismo. Claro que, todo sea dicho, Stalin está poniendo las cosas muy fáciles para que así sea. No duda en utilizar métodos fascistas para acabar con cualquier oposición. Una burocracia se ha instalado en la Unión Soviética, ha usurpado el poder a los obreros y olvidado que la revolución socialista ha de tener necesariamente un carácter internacional. Ahora bien, si las personas no cambiamos, abrazamos unos valores y defendemos unos derechos que estimamos irrenunciables porque sin ellos no podemos, no sabemos vivir, poca cosa haremos.

Al responder su interlocutor que es necesaria, por tanto, una vanguardia que aglutine los sectores más conscientes y activos del proletariado, responde Sam:

Una vanguardia, dices. Una minoría política que canalice la insatisfacción de la mayoría. ¿Y después? Esa vanguardia llega al poder, con loables intenciones, las más nobles, las que van a instaurar una sociedad justa, igualitaria, socialista, comunista, verdaderamente democrática, llámala como quieras. Llega al poder y ¿qué pasa? Que se burocratiza, como ha sucedido en la Unión Soviética, y aparece de nuevo la desigualdad, la insatisfacción, regresan los privilegios, las clases.

Por supuesto este diálogo es mera ficción, pero como dijo el escritor Tom Clancy, la diferencia entre realidad y ficción es que la ficción tiene mayor sentido.

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).