Paul Robeson: negro, comunista, activista de los derechos civiles… Demasiado para el stablishment estadounidense

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Muy caro pagó Paul Robeson su coherencia y su compromiso. Robeson sabía muy bien que la última causa del racismo –como de todas las demás discriminaciones– no es otra que la desigualdad, y este fue el principio por el qué se guió toda su vida. Fiel siempre a su forma de ser, a pesar de la persecución política a que se vio sometido obró siempre de acuerdo con su conciencia. Esta actitud le condenó al ostracismo y le condujo finalmente a la muerte. Ejemplo de integridad –algo que cada día se nota más en falta–, bien está que lo recordemos hoy, día en que se cumplen 122 años de su nacimiento.

El 9 de abril de 1898 venía al mundo en Princeton (Nueva Jersey, Estados Unidos). Su padre, William Drew Robeson, había sido un esclavo que logró fugarse de su amo en Carolina del Norte a los 15 años. Consiguió estudiar en la Universidad Lincoln de Filadelfia y se convirtió en pastor metodista de una pequeña congregación. Su esposa, Maria Louisa Bustill, maestra, falleció en 1904 dejándolo viudo con cuatro hijos, de los que Paul era el más pequeño.

En 1910, el padre y los cuatro hijos se trasladaron a vivir a Somerville (Nueva Jersey). Allí, Paul consiguió una beca de cuatro años que le permitió ser el tercer estudiante negro que ingresó en Rutgers, la Universidad Estatal de Nueva Jersey (una de las pocas que admitía afroamericanos). Marchó luego a Nueva York y se estableció en Harlem para estar cerca de la Universidad de Columbia. Se casó con Eslanda Cardozo Goode, antropóloga y activista, y se graduó como abogado. Como tal, encontró trabajo en un bufete, que abandonó al poco al negarse una de las secretarias (blanca) a escribir al dictado de un negro.

Su mujer y sus amigos le animaron entonces a que se dedicara al teatro, pues en sus años de estudiante –además de haber sido jugador de rugby, de béisbol y de baloncesto– había mostrado en grupos universitarios que lo que de ser actor no se le daba nada mal. Hizo algún que otro papel de relevancia y en 1924 inició su trayectoria cinematográfica como protagonista del largometraje de 1925 dirigido por Oscar Micheaux –uno de los primeros en realizar películas sobre la vida de los afroamericanos (él también lo era)– Body and Soul, llegando a firmar un contrato inusual para la época: mil dólares semanales y el tres por cien de los beneficios de la película.

Body and Soul, obviamente –aún no se había inventado el cine sonoro– era muda, lo que no permitió a Robeson exhibir sus grandes cualidades como cantante bajo-barítono. No tardaría en hacerlo. En 1927 se estrenaba en Broadway el musical de Jerome Kern Show Boat con un tema nuevo para sus teatros: los problemas sociales de la mezcla de razas. Kern había pensado en Robeson para el papel de Joe, el estibador que canta la conocida y bella canción “Ol’ Man River”. Este, sin embargo, no estaba disponible –ya era un popular actor y cantante, entre los afroamericanos sobre todo– y el papel recayó en Jules Bledsoe. Aun así, Robeson quedaría para siempre ligado a Show Boat al hacer de Joe en el estreno la obra en Londres en 1928, en su reposición en Broadway en 1932 y en la versión cinematográfica homónima (Magnolia la titularon al doblarla al español) que dirigió James Whale en 1936. Veamos de esta última la secuencia en que canta “Ol’ Man River”.

Con su voz conmovió a los espectadores que le vieron en el teatro y luego a quienes lo hicieron en el cine. Sus discos se vendían a millones y su popularidad, cada vez mayor, se extendió a Europa, convirtiéndolo en la gran personalidad negra del momento. Así, también en 1936 fue el protagonista de la película británica Song of Freedom (Un trono por una canción), de J. Elder Wills. Le escuchamos en “Lonely Road” (música de Eric Ansell y letra de Henrik Ege). Aparece algo más de pasado un minuto.

Tras Song of Freedom intervino en varias películas más y demostró sus excelentes dotes como actor y cantante, así como su alto nivel de compromiso social. Robeson huía de los personajes estereotipados, no los aceptaba, y de filmes intrascendentes. Así, por ejemplo, The Proud Valley se rodó en la cuenca carbonífera de Gales del Sur, el corazón de la principal minera de carbón de la región de Gales, y documenta perfectamente las duras realidades de la vida de los mineros. Así también, tras el estreno de Seis destinos, no dudó en sumarse a los manifestantes que protestaban por ser una película cuyo montaje final resultaba, dijo, ofensiva para los afroamericanos y anunció que dejaba el cine debido a los papeles denigrantes que se les daba a los negros.

En 1936 participó en la guerra civil española, dentro la Brigada Lincoln, compuesta por voluntarios antifascistas estadounidenses. Vamos a escuchar a Robeson en una de las canciones revolucionarias de la guerra española que grabó a raíz de esta experiencia e interpretó ante sus compañeros del Batallón Abraham Lincoln, una de las brigadas internacionales más activas que ayudaron a los antifascistas. Se trata de The Four Insurgent Generals, versión musicalizada del poema de Federico García Lorca “Los cuatro muleros”. Los cuatro generales son Franco, Mola, Varela y Queipo de Llano, quienes confiaban en tomar pronto Madrid, pero no lo conseguían gracias a la férrea defensa de la población civil, las milicias y el ejército republicano.

En Estados Unidos, su conciencia le llevó a ser un firme defensor de los derechos civiles y un activo luchador contra el racismo y la segregación que establecía, entre otras, la ley Lynch, la cual permitía ahorcar a cualquier negro que hubiera tenido relaciones sentimentales con una mujer blanca.

La Segunda Guerra Mundial reafirmó a Estados Unidos como la gran potencia mundial. Liquidado el nazismo –que no el fascismo (la dictadura de Franco fue vergonzosamente tolerada, y aceptada, por los países ‘democráticos’)–, la CIA empezó su estrategia para conseguir ese mundo global y único en el que nos encontramos. Equiparando nazismo y comunismo como dos totalitarismos, la única solución era la democracia (la democracia capitalista, por supuesto). Para ello –y a través de fundaciones como la Rockefeller– puso en marcha el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), con sede en París, con la misión domesticar el pensamiento y controlar las mentes de la gente.

Pocos escritores y artistas de EE UU y de Europa desoyeron los llamados del CLC; la mayoría, evidentemente, desconociendo que la CIA estaba detrás, pero beneficiándose de las grandes prebendas que suponía participar en los eventos que organizaba el CLC o publicar en las revistas que promocionaba. Viajes en primera clase, hospedaje en los mejores hoteles, comidas y cenas en buenos restaurantes…, y sobre todo reputación. Tampoco músicos y cantantes. Muchas de las giras de algunos intérpretes de jazz afroamericanos estaban patrocinadas por el CLC o el Departamento de Estado. Una manera –hipócrita– de presentar a Estados Unidos como garante de la libertad. ¿Ven?, son negros, y nosotros no solo no los ignoramos, sino que reconocemos su valía y la promocionamos.

En este contexto, Robeson comenzó a ser investigado por la CIA y el FBI. Había viajado a la Unión Soviética en 1934 y, aunque nunca fue militante del Partido Comunista de los Estados Unidos de América, jamás ocultó sus simpatías por el comunismo y mantuvo un estrecho contacto con miembros y líderes del mismo. Su película Native Land, dirigida en 1942 por Paul Strand y Leo Hurwitz, fue tildada de propaganda comunista por el FBI. En Native Land, mezclando ficción con material de archivo, Robeson narraba la represión que sufrían activistas sociales y sindicalistas. Era una producción de Frontier Films, un modelo alternativo al de la industria hollywoodiense, cuyos estudios controlaban también la distribución y la exhibición de películas. Vemos una secuencia de Native Land

En 1946, Robeson creó la American Crusade Against Lynching (Campaña americana contra los linchamientos), que inmediatamente se consideró una amenaza frente a la más moderada NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color). Robeson, sin embargo, consiguió el apoyo de W.E.B. Du Bois, sociólogo, historiador y activista por los derechos civiles que había sido uno de los cofundadores de la NAACP. En 1949 Robeson se mostró muy activo en la defensa de los “Siete de Martinsville”, organizando numerosos actos de protesta contra la decisión del jurado de Martinsville (Virginia) de sentenciar a muerte a siete hombres negros acusados de violar a una mujer blanca. El juicio duró solo una semana y todos los miembros del jurado eran, lógicamente, blancos. Las peticiones de clemencia no hicieron mella en el presidente Truman y en 1951 los siete fueron ejecutados en la silla eléctrica. Por ello, Robeson y el Congreso por los Derechos Civiles presentaron ante la ONU un documento titulado We Charge Genocide, en el que acusaban al gobierno de Estados Unidos de ser culpable de genocidio según el artículo II de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio por no haber actuado contra los linchamientos. La ONU, lógicamente, no emprendió ninguna acción.

Robeson se vio obligado a marchar al extranjero a trabajar porque sus conciertos fueron cancelados a instancias del FBI tras los atentados que el Ku Klux Klan llevó a cabo contra salas donde realizaba sus conciertos.

En 1956 fue llamado para declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses después de negarse a firmar una declaración jurada afirmando que él no era un comunista. Cuando se le preguntó acerca de su afiliación con el partido comunista se negó a responder. “Algunos de los estadounidenses más brillantes y distinguidos están a punto de ir a la cárcel por el hecho de no responder a esa pregunta, y voy a unirme a ellos, si es necesario”, dijo. Un senador republicano le espetó que ya que tanto gustaba del socialismo soviético por qué no se había quedado a vivir en Moscú. Robeson replicó: “Porque mi padre fue esclavo y mi pueblo murió construyendo este país. Yo me quedaré aquí y seré parte de él, y ni usted y ninguna gente de mentalidad fascista me sacará de mi país. ¿Está claro?”.

Las autoridades le retiraron el pasaporte y su carnet profesional y nunca más volvió a un escenario. Ganaba entonces 100.000 dólares anuales, una fortuna. Después sobrevivió con su esposa con 5.000 dólares al año en Harlem, dinero que obtenía cantando en pequeñas iglesias y, en hebreo, en sinagogas. Esta situación terminó siendo insoportable para Robeson. La pérdida de contacto con el público y con sus amigos descalabró su salud. Su compromiso no por ello decayó. Aquí le vemos en el “primer” concierto no oficial de la Ópera de Sídney ante los obreros que la construían en 1960.

En 1963 su salud emporó aún más y falleció en Filadelfia el 23 de enero de 1976. Según su hijo, su enfermedad –sufría una fuerte depresión, alucinaciones e incluso trató de suicidarse– fue provocada por disidentes anticomunistas a sueldo de la CIA en 1961 durante una fiesta en Moscú, donde había acudido a dar conciertos y conferencias. Le suministraron un potente alucinógeno sintético llamado BZ del que ya nunca se recuperó.

Lo suyo no fue morir, fue morirse

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Creía haberlo olvidado todo, pero seguía presente en su memoria. Cuando su cuerpo empezó a ajarse y su mente a deteriorarse, algo en su interior le dijo que debía hacer un inventario ante mórtem de lo que había sido su vida. Afloraron los recuerdos y se puso a indagar en los porqués. Se dio cuenta entonces de que estaba jodido, de que solo había sido un funámbulo de la vida venido a menos. Y se sintió como Iván Illich, el personaje de Tolstói, que se conoció demasiado tarde y lo único consciente que hizo a lo largo de su vida fue abandonarla. Eso sí, sabedor de haber malgastado todo cuanto se le había dado y que eso no se podía remediar. ¿Qué queda?, se preguntó. Nada. Y como Illich lo suyo ya no fue morir, fue morirse.

Cómo mi hijo descubrió antes que yo que escribir una novela era algo vital para mí

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Hoy, 7 de abril, mi hijo cumple 39 años. Ya lo celebraremos cuando sea posible. Lógicamente, en un día así son muchos los recuerdos que a cualquier padre, o madre, le vienen a la mente. Por mi cabeza pululan infinidad de pensamientos, de recuerdos, de situaciones vividas. Tenemos y hemos tenido una relación paterno-filial intensa y hermosa, que nunca llegará a resquebrajarse suceda lo que suceda. Una relación gratificante y enriquecedora sin la que probablemente jamás hubiese llegado a realizar algo con lo que soñaba desde la adolescencia: escribir y publicar novelas. A él se lo debo. Cómo fue lo conté en una entrada en este blog el 16 febrero del año pasado y que hoy, con unas modificaciones, he decidido, por razones obvias, publicar de nuevo.

A principios de 2014 publiqué mi primera novela, El viaje. Hoy son ya cuatro las que llevo editadas, o autoeditadas, siendo más precisos. Vaya autor más prolífico, puede que piensen, o más alocado; pero de eso nada. No es que un buen día se me ocurriera escribir una novela y luego otra y así sucesivamente hasta cuatro. Ni soy tan fecundo ni tan cándido. Quiero, pues, hablarles de cómo surgió en mi la necesidad de escribir novelas.

Siempre me ha gustado escribir, desde pequeño. Cuando era adolescente quería ser escritor o periodista (en este último caso, corresponsal de guerra). Por diversas razones, que ya he explicado en otras entradas, acabé estudiando Filosofía y Letras (sección Historia) –así se denominaba entonces–, me convertí en historiador y como tal trabajé –y me llevó a poder hacer otras cosas centradas en algo que siempre me ha preocupado: la divulgación– hasta unos años antes de mi jubilación (en julio de 2018).

Ello no fue óbice para que persistiera en mí el ansia por escribir aquello que la imaginación urdía, tramaba y fraguaba en mi mente, siempre dispuesta a aventurarse en el mundo de la fantasía. Libreta y portaminas, o estilográfica, eran, son, instrumentos inseparables de mi día a día. Siempre me acompañaban, y me siguen acompañando. Iba a la playa con mi hijo cuando era pequeño y, sobre todo si con nosotros venía algún amiguito suyo, allí estaba yo, en mi tumbona, bajo la sombrilla, escribiendo. Iba de viaje con él –me gusta viajar solo, o con niños–, nos sentábamos en algún sitio a tomar o comer algo y enseguida sacaba la libreta y el portaminas. Un momento –estaba con él y, obviamente, era el centro de mi atención–, solo un momento, pero era preciso anotar mis impresiones, mis consideraciones, mis ideas.

El mundo mental de los niños absorbe fácilmente la realidad cotidiana y la adapta al suyo. En mi caso –que me reconozco un niño disfrazado de adulto–, mi hijo asimiló –a su manera, naturalmente– esa inquietud mía y consideró que escribir una novela era una de las cosas más trascendentes que uno podía hacer en la vida. Una novela, no un libro de otro género. Un año antes de que naciera publiqué mis dos primeros libros, ambos de historia, y el mismo año que nació (1981) el tercero, también de historia. Y seguí publicando. Quiero decir con esto que mi hijo siempre estuvo al corriente de que su padre escribía libros. ¿Pero es lanovela?, preguntaba. No, eso ya lo haré algún día. ¿Cuándo? Y ¿entonces esto no es lo que escribes en la libreta? ¿Y para qué lo haces? ¿Y por qué? Todas estas preguntas imagino, y no creo estar equivocado, se debían a esa agudeza mental tan propia de los niños. Había captado perfectamente lo que escribir una novela representaba para mí, para aquel adolescente que soñaba con ser escritor. Naturalmente, a él le dediqué la primera novela que di por terminada, El corto tiempo de las cerezas, aunque luego apareciera a la venta tras El viaje. Mi hijo entonces ya tenía 33 años, yo 60. ¡Por fin! Todo llega. Es cuestión de perseverar, de empeñarse con tesón, de mantener siempre vivas la ilusión y la curiosidad, de nunca dejar de soñar, de dejar correr la fantasía. Y de tener un buen motivo: mi hijo en este caso. Él descubrió antes que yo lo que escribir ficción representaba para mí. A mí me costó más darme cuenta de escribir era una necesidad tan imperiosa como respirar. Luego ya tuve que luchar con el aire viciado que tanto lo dificulta y con la contaminación de la que todos acabamos afectados. Pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Hay que seguir escribiendo.

¡Adelante pueblo! ¡Atrás a toda máquina!

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Interesante texto de Enrico Baj, publicado en 1994, que considero especialmente relevante en los momentos actuales, en que es tanta la información que nos hallamos cada día más desinformados. El problema, como dice Baj, somos nosotros, los intelectuales de mierda que producimos manipulaciones de imágenes y de palabras, que suministramos los textos a la televisión y demás medios de comunicación (y control), que producimos bellas y lustrosas superficies, diseños refinados y eslóganes de gran impacto. Y no nos preocupamos de nada, y menos todavía de la destrucción que sembramos con nuestra insensibilidad.

Me iría bien […] dirigirme a mis compañeros, reapropiándome finalmente de ese término. Dirigirme a los intelectuales, a los pintores, a los hombres de la cultura y de buen sentido que saben lo que es el buen juicio, mejor que dar el pego de buena persona. Dar el pego son las vacías trapacerías de los políticos, dar el pego es el estilo ministerial. Amigos he tenido un montón, en el ámbito de las artes y las letras, y en todos los ámbitos. […].

Artistas y literatos antes se reunían […], discutían animadamente de sus problemas, sacudiendo sobre la mesa su imaginación. Ahora, dispersos como en las batallas napoleónicas en Rusia, se prestan a todo […]. Separados, van detrás de una u otra masa […]. Hablan de justicia social, de defensa de los débiles, de derecha e izquierda, de conservación y de progreso. En el barullo de todas estas palabras me da la impresión de reencontrarme en los tiempos de los boletines de guerra, cuando cada día nos informaban que nuestras tropas se habían asentado en posiciones más ventajosas, lo que, leído en clave, significaba que nuestras tropas se habían retirado. […]

Llenarse la boca de justicia y humanidad es algo que está al alcance de todos. Que prometer puestos de trabajo, o librecambismos salvíficos o capitalismos difusos, o asistencia a los indigentes cuesta poco esfuerzo […].

A fuerza de palabras vacías […] se están transformando en la cultura de la inmundicia, en el tamtam metropolitano rapeado del estadio y del autódromo con aplastamiento de bielas pistones chapas y pulverización de cebreros, vértebras y vasos sanguíneos. Horrorizante, sin embargo, continuamente proyectado en el aparato de TV para mayor audience de espectadores morbosos con ocasión de la muerte […]. Parece que, para gloria de sus periodistas, la televisión quiere domesticarnos con la visión de los niños decapitados o amputados, y con cráneos aplastados, con salpicaduras de sangre, con muertos de hambre en amplias regiones del Globo […]. Hasta el punto que si no existiesen estos cadáveres, se necesitaría incluso inventarlos o bien, piensan en las direcciones de las TV, encontrar otro Hitler que los suministre porque ‘el espectáculo debe continuar’ […].

¡Viva! ¡No problems! Si tienes un bello campo de cereal que no te rinde bastante, ¡lo conviertes en un basurero y sacas diez veces más! En cambio, el problema existe. El problema somos nosotros los intelectuales de mierda, que producimos manipulaciones de imágenes y de palabras, que suministramos los textos a la TV para anuncios publicitarios o para masacres de thriller, que todo es lo mismo; que producimos bellas y lustrosas superficies, diseños refinados y eslóganes de gran impacto. Y no nos preocupamos de nada, y menos todavía de la destrucción que sembramos con nuestra indiferencia.

Todo esto constituye, como escribió Benjamin Péret, gran surrealista revolucionario, ‘le deshonneur des poètes’, el deshonor de los poetas, el deshonor de toda la cultura.

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Enrico Baj: “¡Adelante pueblo! ¡Atrás a toda máquina! Llamamiento al intelectual de masas” (extracto), en ¿Qué es la ‘patafísica? (1994).

Veinte años

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Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Pocas canciones hay tan bellas como Veinte años, se cante como o habanera o como bolero, pues su melodía es una auténtica delicia. La compuso la cantante, compositora y guitarrista cubana María Teresa Vera (1895-1965) en 1935. La letra es de la también cubana Guillermina Aramburu (1894-194?), hija de un destacado periodista, nacido en Guanajay (Cuba), masón y hombre de ideas autonomistas, primero, y luego separatistas. Ambas eran amigas desde niñas y no fue hasta muchos años después de la muerte de Guillermina en Nueva York, que María Teresa Vera reveló lo que hasta entonces había permanecido en secreto.

Muchos han sido sus intérpretes –empezando por la propia María Teresa– y muchas son sus grabaciones, mas a mi juicio ninguna supera la de Sílvia Pérez Cruz. Veinte años forma parte de la banda sonora de la vida de la cantante y compositora catalana, pues era una de las canciones preferidas de su padre, Càstor Pérez, también cantante y compositor de habaneras.

No es la primera vez que dedico una entrada a, ni tampoco el primer vídeo que hago con una canción interpretada por ella. Y es que como ya señalé anteriormente adoro a esta mujer de personalísima voz, versátil como pocas, poderosa, magnética y seductora, exenta de cualquier artificio, que consigue hipnotizar a quien la escucha desde la primera nota que sale de su privilegiada garganta.

La versión del video es una grabación en directo que ofreció Sívia durante la Gala Premis Ciutat de Barcelona (2013), acompañada a la guitarra por Mario Mas. En cuanto a las imágenes corresponden a la película ‘The Best of Me’ (2014, ‘Lo mejor de mí’).

Más sobre Sílvia Pérez Cruz en este blog:

Sílvia Pérez Cruz

Paraules d’amor

Vídeo de Sílvia Pérez Cruz con su padre, Càstor Pérez, interpretando Veinte años en YouTube:

CORTOS ANIMADOS PARA PEQUES IV: CLÁSICOS CON LOS ANIMALES DE PROTAGONISTAS

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Sigo con más vídeos para niños en estos días que no pueden salir de casa. Hoy, con unos fragmentos de composiciones de la llamada música clásica que tienen en común a los animales como protagonistas. Creía que iba a ser más fácil elaborar esta entrada, pero ¡qué va! Vídeos que cumplan la condición los hay a montones. Eso así, a cuál más infumable. Que ser niño no significa ser bobo. Bobos serán quienes los hacen y quienes se los ponen a los pobres.

No existe una música específica para niños, por mucho que las discográficas y las productoras de espectáculos musicales se empeñen en lo contrario. La música es sentimiento, vida, y hay música –independientemente del género al que se adscriba– que puede ser disfrutada por niños y adultos. Hay música alegre, divertida, tierna… y hay sentimientos, como la alegría y la ternura, que asociamos al candor e inocencia de los peques. Pero no son exclusivos de ellos. Existe la música, y punto. Por supuesto, una es más apta que otra para los oídos infantiles, ¡faltaría más! Pero insisto: no existe la “música para niños”.

Vamos a comenzar con El vuelo del moscardón (conocido también como “El vuelo del abejorro o el vuelo de la abeja”, un interludio orquestal escrito por Nikolái Rimski-Kórsakov para su ópera El cuento del zar Saltán (1900), pieza que cierra el cuadro I del acto III.

El “Dúo de Papageno y Papagena” pertenece a la ópera cómica de Wolfgang Amadeus Mozart La flauta mágica (Die Zauberflöte), un cuento de hadas, una historia de amor, que fue la última ópera que se escenificó en vida del autor. Él mismo la dirigió, en el Freihaus-Theater auf der Wieden de Viena, el 30 de septiembre de 1791, dos meses antes de fallecer. Papageno es un ser mitad pájaro y mitad persona que lleva una gran jaula a sus espaldas enamorado de Papagena, una bella joven. El vídeo que sigue pertenece a la producción de la Ópera de París (Opéra National de Paris) de 2001. Detlef Roth es Papageno y Gaële Le Roi, Papagena.

El carnaval de los animales (Le carnaval des animaux) es una suite musical que compuso en 1886 el compositor francés Camille Saint-Saëns. La concibió como un divertimento para un día de carnaval y en ella los instrumentos recrean los sonidos de animales de todo tipo: leones, gallinas, tortugas, canguros, burros, peces, pajaritos… De El carnaval de los animales incluimos los movimientos “Aquarium” y “Final”. El primero es una animación de Tom Scott, quien interpreta con su hermano Jonathan (Scott Brothers Duo) esta versión para piano obra del segundo. El segundo lo vemos en versión de L’Harmonie Laval (Quebec, Canadá) durante un concierto celebrado en mayo de 2013 con imágenes del filme de Disney Fantasía 2000.

En 1877 Piotr Ilich Chaikovski estrenaba en el Teatro Bolshói de Moscú el que posiblemente sea el ballet más popular de la historia, todavía uno de los más representados: El lago de los cisnes, un encargo que el Bolshói le había hecho dos años antes y cuyo libreto se basa en el cuento alemán Der geraubte Schleier (1782-1786, El velo robado), de Johann Karl August Musäus, que narra cómo un malvado mago convierte a jóvenes doncellas en cisnes. El hechizo solo puede ser vencido por el amor. De El lago de los cisnes contemplamos el número del segundo acto “Danza de los pequeños cisnes” (Allegro moderato) por el Ballet de la Ópera de París en una representación de 2005.

Y para terminar uno de los Cuadros de una exposición, una famosa suite de 15 piezas que compuso Modest Músorgski en 1874. La escribió en principio para piano, pero es más conocida en la orquestación y arreglos que hizo el compositor francés Maurice Ravel en 1922. Músorgski quiso con esta obra rendir un homenaje a su amigo Víktor Hartmann (1834-1873), inspirándose a tal efecto en la exposición póstuma de pinturas que nada más fallecer este se inauguró en San Petersburgo. Uno de estos cuadros da título a la pieza que escuchamos, “Ballet de polluelos en sus cáscaras”. El vídeo recoge la escenificación que de la pieza interpretó la New World Symphony de Miami en un concierto celebrado en el New World Center de dicha ciudad en 2012.

Confío en que le haya gustado esta selección y que, a ser posible, hayan compartido los vídeos con peques. Que pasen un buen fin de semana (o lo mejor posible).

Esa arbitraria y caprichosa muerte

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La muerte no es como la vida, que se presenta siempre sin avisar, sin preguntar si la aceptas, si la quieres o la deseas. Es arbitraria. Sabe que es dueña y señora de todos nosotros, que estamos aquí mientras lo consienta, que nada más nacer ya estamos en sus manos. Y así actúa: con prepotencia, como todos los dueños y señores de todos los tiempos, con arbitrariedad, caprichosamente, pues nos tiene en sus manos, y nos tomará como quiera y cuando quiera, y de la forma que le apetezca. A algunos les envía antes un emisario. Ella ya está dentro de nosotros, pero ha decidido comportarse de manera cruel: unos análisis, unas pruebas que no comprendemos, así lo indican, y para explicárnoslas está su recadero, quien nos comunicará cuánto nos falta para tan, generalmente, poco deseado encuentro.

Acaban de condenarte a muerte y te lo han soltado así, sin ningún tipo de contemplaciones. Cierto que en el corredor de la muerte estamos desde que nacemos, pero el condenado, bien que no siempre –pues a veces ya está tan exhausto de morir en vida que ansía vivir la muerte– recibe sin duda la mayor tortura cuando se le comunica la aciaga noticia de su próximo fin.

Con otros es todavía más cruel, pues a veces ese plazo no se cumple y la incertidumbre y el desasosiego los acompañan un tiempo más, la mayoría de las ocasiones sumidos en el dolor y conscientes de ese terrible, y al parecer necesario, deterioro progresivo solo porque ella, la muerte, así lo ha dispuesto. Sus emisarios, confundidos, nunca saben qué hacer ni qué decir. Algunos te facilitan su encuentro, pues conocen dónde están sus dominios y cómo llegar a ellos, pero otros, que se consideran simples mensajeros cuya obligación consiste únicamente en comunicar las nuevas, se limitan a decir: es lo que hay.

En ese momento, que puede ser más o menos breve o durar una eternidad, pero que generalmente va unido a un progresivo y lamentable proceso degenerativo que alcanza tanto a las facultades físicas como a las intelectuales, es la muerte quien dispone, y eso es algo para lo que hemos de prepararnos desde que somos capaces de asimilar conceptos y expresarlos. Debería ser, esta, materia obligatoria en las escuelas. Al menos de ese modo, llegado el momento sabríamos con mayor precisión, creíble al menos, cómo afrontar el trance. Aunque igual no sirve de nada: nuestra mente se encuentra completamente expuesta y vulnerable a cualquier pensamiento.

Otros, pocos, son más afortunados: no saben nada, no hay recadero de por medio, la muerte llega como la vida, sin avisar, y se acabó. Los criterios por los que actúa, la muerte, de forma tan gratuita los desconozco. Lo cierto es que no elegimos cómo morir, como tampoco decidimos cómo nacer, pero a diferencia de cuando morimos al nacer no tenemos herramientas con las que defendernos, no porque no las haya, que las hay, sino porque nadie te avisa de que van a sacarte de allí; es un desahucio sin previo aviso, que no te da tiempo a recoger tus cosas, que te arroja a la nada sin tiempo para prepararte para ello.