Capítulo XXII.2. Segunda parte

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Tardó en sincerarse, las circunstancias no eran precisamente las más favorables para confiar en nadie, y menos en un hombre, aunque tuviera la apariencia apacible de Samuel. Nada tenía que perder ya, sin embargo. Al principio le pidió unos francos para alojarse en algún hostal, carecía de dinero y de lugar donde pasar la noche. Samuel se los dio, pero por allí iba a ser difícil encontrar habitación a esas horas y le ofreció su casa. Ella retomó su inicial irascibilidad y volvió a manifestar secamente que no era una puta. Samuel se disculpó por si sus palabras habían dado a entender algo ajeno a su intención y se marchó. ¡Cojones!, ¿otra vez?, pensaba mientras se alejaba recordando su primer encuentro con Marion.

La falta de curiosidad por nuestros problemas, lejos de suscitar indiferencia, suele mover al interés. Y este se va, como si nada, yo aquí, desamparada, angustiada, y él como si lloviera, habrase visto, qué tipo más raro. A Michelle empezaba a exacerbarle la actitud de Samuel, que más que de respeto se le antojaba despectiva.

―Espere ─dijo de nuevo, pero esta vez en tono cansino a la vez que airado─. ¿Es que le da igual lo que me pase? ─Samuel se echó a reír─. ¿Le hace gracia? ¿Le divierte mi desgracia?

Se había levantado del banco, con los brazos en jarras y evidentes ademanes de mal humor. A Samuel le divertía. Sus mohines eran propios de una niña enrabietada. La miró con una cálida sonrisa.

Se sentaron ambos en el banco y Michelle le refirió los motivos de su abatimiento. Vivía en Belleville, estaba casada con un fundidor que pasaba casi todo el día fuera de casa, a donde iba solo a dormir y, cuando la libido se lo demandaba, a copular. No tenía hijos. Solía salir con algunas compañeras del taller en que trabajaba a los bailes y cafés, siendo así como conoció a un individuo que desde el primer momento se mostró atento con ella, todo un caballero, con el que mantuvo lo que, para él, era simplemente un affaire, entendiendo ella que se trataba de una relación duradera. Ese día, el sujeto en cuestión la había citado en el baile. Se suponía que para escapar juntos, pero no apareció.

Vencido el recelo, Michelle finalmente aceptó una habitación en el domicilio de Samuel para pasar la noche. Sincerarse le dio confianza, si le había mentido y sus intenciones no eran tan altruistas como sus palabras y comportamiento daban a entender, ya veríamos, su situación difícilmente podía ir a peor, a no ser que aquel extraño fuera un Landrú o un Jack el Destripador, lo que, desde luego, no parecía. Entraron en el salón. Arrimados a una pared, sobre una butaca, había un montón de lienzos con su bastidor correspondiente. Michelle le preguntó si era pintor.

―Carezco de tal habilidad, me limito a comerciar con ellos ─respondió Samuel sin saber muy bien por qué.

―¿Con las pinturas esas?

―Con las que sean. Aunque lo cierto es que desde la muerte de mi socio ya no lo hago.

―¿Y a qué se dedica ahora?

―¿Ahora? A vivir. El negocio nos fue bien, dispongo del suficiente dinero para intentar disfrutar los años que me queden de vida, no necesito más y tampoco soy ambicioso.

―Habla usted como un viejo, resignado a su suerte.

―Todo lo contrario. Bueno, viejo soy, ya he cumplido los sesenta y tengo una hija más o menos de su edad. Pero ganas de vivir, créame, no me faltan.

―¿Su hija vive en París?

―No, en Nueva York.

―¿En Nueva York? ¡Qué suerte! Debe ser una ciudad fascinante.

―Deslumbra a primera vista, pero pronto adviertes que se trata de un espejismo.

―¿Cómo dice?

―Nada, cosas mías. Que no es para tanto.

―Lo que daría yo por conocer Nueva York, por viajar. Nunca he salido de París, o de Belleville más bien. ¿Qué hace allí su hija?, si no le molesta que le pregunte.

―Es cantante, trabaja en el teatro musical.

―Debe ser bonito eso. ¿Y usted no va verla?

―Claro que voy. Es más, pasado el verano me estableceré allí.

―¿Se va a vivir a Nueva York?

Yes.

―¡Ah! Eso sé lo que significa. ¿Quiere decir sí, verdad?

―Verdad.

Michelle bostezó. La curiosidad la mantenía despierta, pero sus vidriosos ojos evidenciaban su cansancio.

―¿Qué le parece si nos vamos a dormir? Está amaneciendo.

―¿A dormir?

―Cada uno en su habitación, Michelle. No se preocupe que yo no saldré de la mía. Además, puede echar el pestillo para sentirse más segura.

**

Poco durmió Samuel. La luz del día se filtraba entre las cortinas de su alcoba, aunque no puede decirse que ese fuera el motivo, otras veces se había acostado ya con el sol bien alto. ¿No habría sido demasiado confiado? Madame Couture siempre se lo decía. Por si las moscas, cerró con llave las dos puertas, la principal y la que daba al huerto, si bien se dio cuenta inmediatamente de la necedad de su acción; las ventanas, todas, se abrían por dentro. Por otra parte, pensó, que me robe o no tampoco tiene mayor trascendencia, siempre y cuando se lleve las cosas que carecen de valor sentimental, el resto es reemplazable. Por ello, cogió la cartera, sacó la documentación y puso dentro más dinero, unos doscientos francos que tenía en un cajón de su mesita de noche. Si quiere robarme, verá la cartera llena y saldrá corriendo.

**

A mitad mañana se levantó harto de dar vueltas en la cama. Michelle seguía durmiendo como una bendita. Ya habían dado las doce del mediodía cuando bajó por la escalera. Samuel estaba leyendo el periódico, en un sillón del comedor. Lo primero que hizo, alarmada, fue preguntar la hora.

―¡Dios mío!, las doce ya, he de irme, me echarán del taller de costura, ¡menuda es la dueña!

Samuel trató de calmarla.

―Olvídate del trabajo ─el tuteo le salió espontáneamente─, en del taller ese al menos. ¿No dijiste anoche que habías huido de casa y que tu marido te mataría si te encontraba? Seguro que irá a buscarte a ese sitio.

―Es verdad. A estas horas debe estar hecho una furia. ¿Qué hago? ─preguntó con candidez.

―Mi habitación da a la plaza. Cada vez que empezaba a dormirme las voces de algún que otro noctámbulo me lo impedía. He tenido, pues, tiempo para pensar y creo tener una solución a tu problema que también me conviene a mí. Te cuento. He pasado varios años fuera de París, regresé hace unos meses con unos amigos, una pareja. Ella se ocupaba de la casa, pero hace poco regresaron a su ciudad y necesito alguien para las labores propias de toda vivienda. Las condiciones económicas no van a ser problema, ¿te interesa?

 ―¿No se iba a Nueva York?

―Todavía no. Mientras, puedes encargarte de dicha tarea. Luego ya veremos. ¿Qué me dices?

Ante tal inesperada propuesta, Michelle no supo cómo reaccionar.

―Piénsatelo. ¿Qué tal si seguimos hablando del asunto mientras comemos? Estoy muerto de hambre, no sé tú.

Fueron a comer a La Bonne Franquette. Saludaron a Samuel ─cliente habitual─ con suma cordialidad y sentaron a la pareja en la mesa que solía ocupar regularmente, en la terraza, junto a la puerta. Sin haber pedido nada, al tiempo que les mostraban la carta, apareció un camarero con dos copas y una botella de champán. Como siempre, imagino que el señor tomará champán, ¿la señorita desea otra cosa? Michelle presenciaba atónita las atenciones de que era objeto su convidador, propias de un potentado. Los precios de los platos, no siendo de los restaurantes más caros de París, la escandalizaron, pero también la deslumbraron, nunca había tenido entre sus manos la carta de un restaurante. Miró a Samuel extrañada e indecisa, no sabía qué pedir, unos platos porque le parecían exageradamente caros, prohibitivos para su bolsillo, otros porque no sabía qué eran en realidad. Él se dio cuenta del aprieto en que se encontraba y le pidió permiso para elegir el menú. Michelle no puso objeción. A mí me gusta todo, dijo. Pidió Samuel escargots, ensalada con anchoas, foie de oca y boeuf bourguignon. Más que comer, Michelle devoraba, todo le parecía bueno, pocas veces ─o ninguna─ había comido así, ni la habían tratado con tanta distinción.

XXII.2_2acLa conversación se centró esta vez en Samuel. Michelle estaba intrigada por averiguar cosas de la vida de su nuevo patrono ─de la suya había poco que contar, lo más relevante ya se lo había explicado la noche anterior─, aunque nadie, viéndolos, diría que su relación era meramente contractual. Bueno, contractual posiblemente sí, laboral desde luego que no. La propia Michelle era la primera que, en esos momentos, había olvidado qué la había llevado allí. Gesticulaba mucho, reía y no paraba de hablar. Samuel estaba comunicativo, celebraba sus ocurrencias y respondía a todas sus preguntas, podría decirse que incluso le agradaba que se las hiciera. Tras dos largas horas de sobremesa y otra botella de champán, salieron de La Bonne Franquette un tanto achispados.

―Espero que no me pida que me ponga ahora con la casa, no estoy en muy buenas condiciones que digamos.

―¡La casa! Olvida la casa, los refugios y escondites. Vivamos. Mira qué día, qué sol. Vamos a dar un paseo. Y luego al circo.

―¿Al circo?

―¿No has dicho antes que te gustaba?

Michelle le había comentado que uno de sus mejores recuerdos era un día que vio la actuación de unos trapecistas en un circo ambulante. Tendría entonces unos diez años y nunca había vuelto a presenciar algo así. Las volteretas que daban en el aire, sin ninguna protección, la cautivaron.

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“En el Moulin Rouge: el baile” (1890). Toulouse-Lautrec.

Se puso un vestido de Camila y fueron al circo Medrano. Disfrutó como una niña, sobre todo con los saltimbanquis y los trapecistas, y los payasos Grock y Antonet. Cenaron en la Maison Dorée, más tarde acudieron al Folies Bèrgere ─donde actuaba la famosa Mistinguett con un compañero de reparto que prometía ser una estrella, de nombre Maurice Chevalier─ y terminaron la noche en el Moulin Rouge. Michelle había oído hablar de ambos cabarets, de sus soberbios espectáculos y su distendido y animado ambiente, pero nunca había pisado el mugriento suelo de ninguno de los dos, las entradas no eran precisamente baratas. En el Moulin Rouge ─abarrotado, como todos los días─ ocuparon uno de los palcos que se situaban en ambos extremos del salón. Desde allí se podía observar el espectáculo y la pista de baile, llena de parejas que, en principio, daban la sensación de ser perdurables y de otras evidentemente ocasionales. Ellos vestían con cierta uniformidad, esmerados trajes, algunos esmóquines, sombreros de copa. Ellas de manera más diversificada y colorista, con elegantes sombreros y largos guantes, blancos o negros. Se bebía hasta la ebriedad, se bailaba hasta el paroxismo, los camareros no paraban un solo instante, con las bandejas siempre llenas, aunque fuera de vasos vacíos. Cruzar por en medio de la pista con la bandeja era una temeridad, mantenerla en equilibrio una hazaña propia de los volatineros del Circo Medrano. Ellos también bailaron, bebieron, se divirtieron. Llegaron a casa de madrugada, contentos, la más mínima bobada les sumía en la hilaridad. Ni uno ni otro eran conscientes en esos momentos de qué tipo de vínculo les unía.

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Fotografía: El Moulin Rouge en 1898.

Capítulo XXII.2. Primera parte

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Capítulo XXII.1

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Capítulo XXI.4

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A mediados de marzo de 1909 Samuel conocía a su nieto. Camila, William y el pequeño Samuel ─que acababa de cumplir siete meses y lucía un vigoroso aspecto que anunciaba una pronta vivacidad─ llegaban por fin a París. La presencia … Sigue leyendo

Capítulo XXI.3

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Capítulo XXI.2

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Capítulo XX.5

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Capítulo XX.3. Tercera parte

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