ALL TOO SOON

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All too Soon (Demasiado pronto) es un tema que compuso Duke Ellington en 1940 con letra de Carl Sigman y que ha sido grabado por numerosos cantantes e instrumentistas.

La versión que suena en el vídeo es la que grabó ese gran saxofonista que fue Johnny Hodges (1907-1970) en el álbum Buenos Aires Blues (1963). En cuanto a las imágenes corresponden a la película de Ingmar Bergman Summer with Monika (1953, Un verano con Mónica), con Harriet Andersson y Lars Ekborg.

Los mártires de Chicago

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“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar”.

Son palabras que George Engel –un alemán de 50 años, tipógrafo de profesión y anarquista de convicción– pronunció ante el tribunal de la Corte Suprema del Estado de Illinois cuando se le preguntó si tenía algo que decir antes de que se dictara sentencia. El veredicto se hizo público el 14 de septiembre de 1887 y condenó a muerte por ahorcamiento a Engel y Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Los cuatro primeros fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887, hoy hace, pues, 132 años. Lingg se suicidó en su celda antes del ahorcamiento. También se condenó a cadena perpetua al pastor metodista y obrero del textil Samuel Fielden (inglés de 39 años) y a Michael Schwab (alemán de 33 años, tipógrafo), y a quince años de trabajos forzados a Oscar Neebe (estadounidense de 36 años, vendedor). Todos ellos estaban acusados de asesinato al ser considerados cabecillas de una conspiración anarquista cuya acción causó la muerte de ocho policías al arrojar una bomba uno de sus miembros el 4 de mayo de 1886 durante una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago). Claro que según fuentes oficiales. La realidad fue otra, como veremos.

El origen de todo ello hay que enmarcarlo en la lucha por la jornada laboral de ocho horas. Esta se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó la jornada laboral de ocho horas en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa.

Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna:

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!

¡Ocho horas de trabajo!

¡Ocho horas de reposo!

¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió los días 2 y 3 de mayo.

Y llegó el día 4 y los sucesos a que nos referíamos al principio. Esa noche del tuvo lugar una concentración de protesta cerca de Haymarket Square en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas, que reunió a cuatro mil personas. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, 1953), “se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca, como veíamos antes. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los cinco obreros ajusticiados, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

30 años de la caída del Muro de Berlín

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La noche del 9 de noviembre de 1989, jueves, Sam y Martha seguían por televisión las noticias que llegaban desde Berlín, donde el símbolo por excelencia de la división del mundo en bloques ─el muro levantado en 1961 que separaba el este del oeste─ parecía tener las horas contadas. También, con él, el final de una época. A lo largo de la tarde habían escuchado en la radio que el secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de la República Democrática Alemana, Günter Schabowski, había anunciado la revocación de las limitaciones que impedían a los ciudadanos del este viajar fuera de sus fronteras. Nadie esperaba tal medida, ni el propio Schabowski parecía ser consciente del efecto que iban a causar sus palabras.

La segunda edición del telediario de la televisión española abría a las nueve de la noche con imágenes de Willy Brandt dirigiéndose a la multitud congregada junto a la Puerta de Brandeburgo y de aquellos que derribaban el muro con martillos, picos, con cualquier objeto a mano. Mucha gente se concentraba a una y otra parte del mismo y se sucedían las muestras de alegría de los primeros que cruzaban el muro y de los primeros que los recibían. Instantes después el plano medio de la presentadora ocupaba la pantalla. Buenas noches. Berlín, como acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado, literalmente, un muro que hasta hace veinticuatro horas significaba la división entre el Este y el Oeste. Hoy mismo, fuerzas policiales de la Alemania Oriental han comenzado el derribo de la vergonzosa muralla y los dirigentes de las dos Alemanias ya proclaman a los cuatro vientos su deseo de lograr una nación unida. Las superpotencias, mientras tanto, han acogido con satisfacción el derribo del muro, pero no han ocultado su preocupación por la perspectiva de una sola Alemania. En esta oleada imparable de cambios, esta misma tarde ha llegado la noticia de la dimisión del número uno del régimen búlgaro Todor Zhivkov. En Moscú, el Kremlin se ha felicitado por la apertura del Muro de Berlín y el proceso de cambios abiertos en la Alemania del este. Sin embargo, el portavoz oficial, Gerasimov, ha advertido al Gobierno federal alemán que las fronteras actuales no deben modificarse ni debe hablarse de reunificación alemana.

Tras un breve reportaje sobre la rueda de prensa de Gerasimov, la locutora explicó las reacciones de las principales potencias. Salieron entonces imágenes de Kennedy pidiendo la desaparición del muro. Estados Unidos se pregunta cuál va a ser su papel en la nueva Europa, aunque todos tienen claro que las relaciones van a cambiar mucho entre los dos bloques, comentaba la corresponsal de Televisión Española desde Nueva York. El embajador de la RFA decía que era un día de la libertad que incoaba un proceso que llevaría a una democracia con elecciones libres, a una relación en que las personas podrán determinar su propia vida en libertad.

―No lo entiendo. Parece ser que a todo el mundo le ha pillado por sorpresa. ¡Vaya mierda, pues, de servicios secretos! No me lo creo, querida.

Continuaron atentos a la radio ─todas las emisoras hablaban del tema en parecidos términos─ y a la espera de la tercera edición del telediario. Casi a la una de la madrugada el presentador comunicaba que se hallaban en disposición de poder ofrecer la crónica sobre lo que estaba sucediendo en Berlín que previamente habían anunciado. El enviado especial refería que en Berlín Este había normalidad absoluta en las calles. Solo algunos curiosos, decía, se han acercado a la puerta de Brandeburgo. En el Oeste, en el Checkpoint Charlie, paso fronterizo entre los dos Berlines, llegan los primeros curiosos y las primeras cámaras de televisión. Todos esperan a los primeros que quieran cruzar, pero la policía del Este no sabe nada de la nueva normativa. Mientras sale la nueva ley sobre libertad de viajes, los otros alemanes tienen que solicitar salir al extranjero, pero ninguna autoridad puede rechazar esa petición. Volvía a aparecer el corresponsal: Poco antes de la medianoche aquí, en Glienicke, la frontera se ha abierto de manera informal para todos los alemanes del Este que querían venir aquí, al Oeste. Seguían imágenes de una pareja que acababa de cruzar tras presentar solo el carné de identidad, al que se limitaron a ponerle un sello. Es la primera vez que están en el Oeste, pero no se piensan quedar. En casa, en el Este, al otro lado, les espera su hijo, y a las ocho el trabajo, como cada día.

―Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista. ¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí, faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire. Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desaparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados. El rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita caretas.

―Así es, Sam. Se trata de que la gente vea que ha llegado el fin de los totalitarismos y que este es el mejor de los mundos posibles.

―Pura propaganda, puta propaganda. ¿Es que aquí, entre nosotros, el primer mundo, no hay quien vive en una situación incomparablemente peor que la tenían los alemanes del este? Nos estamos acostumbrando a ver de nuevo mendigos por las calles. El tres por cien de los neoyorkinos no tiene techo bajo el que cobijarse; en el Reino Unido son unos cuatrocientos mil. Lo leí hace poco en la prensa. Esto era inimaginable, nadie hubiera vaticinado algo así hace treinta años. ¿Qué se ha hecho mal? Los países capitalistas son más ricos que nunca, vale, pero no sus habitantes. Pero, claro, nuestros pobres son únicamente desheredados que no supieron aprovechar las oportunidades del sistema. Miremos para otro lado. ¿Qué pasará cuando los nuevos “ciudadanos demócratas” vean los escaparates llenos de esos productos hasta ahora solo reservados a nosotros, pero no tengan dinero para comprarlos? ¡Cuánta hipocresía! La que se nos viene encima, Martha.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016 (nueva edición 2019).

La desobediencia civil (y III)

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¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia.

Vi hasta qué punto podía confiar como vecinos o amigos en la gente con la que vivía, que su amistad era de poco fiar, que no se proponían hacer el bien. […]

Nunca me he negado a pagar el impuesto de carreteras porque tan deseoso estoy de ser un buen vecino, como de ser un mal súbdito; y respecto del mantenimiento de las escuelas, estoy contribuyendo ahora a la educación de mis compatriotas. No me niego a pagar los impuestos por ninguna razón en concreto; simplemente deseo negarle mi lealtad al Estado, retirarme y mantenerme al margen. Aunque pudiera saberlo, no me importaría conocer el destino de mi dinero, hasta que se comprara con él a un hombre o a un mosquetón para matar   –el dinero es inocente– pero me interesaría conocer las consecuencias que tendría mi lealtad. A mi modo, en silencio, le declaro la guerra al Estado, aunque todavía haré todo el uso de él y le sacaré todo el provecho que pueda, como suele hacerse en estos casos. […]

No tengo interés en discutir con ningún hombre o nación. No deseo ser puntilloso y establecer distinciones sutiles; ni tampoco quiero presentarme como el mejor de mis conciudadanos. […]

De todos modos, el gobierno no es algo que me preocupe demasiado, y voy a pensar muy poco en él. No son muchas las ocasiones en que me afecta directamente, ni siquiera en este mundo en que vivimos. Si un hombre piensa con libertad, sueña con libertad e imagina con libertad, nunca le va a parecer que es aquello que no es, y ni los gobernantes ni los reformadores ineptos podrán en realidad coaccionarle.

Sé que la mayoría de los hombres piensan de distinto modo, pero son aquellos que se dedican profesionalmente al estudio de estos temas u otros semejantes, los que más me preocupan; los estadistas y legisladores, que se hallan tan plenamente integrados en las instituciones que jamás las pueden contemplar con actitud clara y crítica. Hablan de cambiar a la sociedad, pero no se sienten cómodos fuera de ella. Puede que se trate de hombres de cierta experiencia y criterio, y, sin lugar a dudas, han inventado soluciones ingeniosas e incluso útiles, por lo que sinceramente les damos las gracias; pero todo su talento y su utilidad se encuentran dentro de límites muy reducidos. Suelen olvidar que al mundo no lo gobiernan ni la política ni la conveniencia. […] ¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan solo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.

La desobediencia civil (II)

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El Estado nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia intelectual o moral de un hombre sino con su cuerpo, con sus sentidos. No se arma de honradez o de inteligencia sino que recurre a la simple fuerza física. Yo no he nacido para ser violentado. Seguiré mi propio camino. Veremos quién es el más fuerte.

¡Loado sea el hombre auténtico que, como dice mi vecino, tiene un hueso en la espalda que no le permite doblegarse! […]

Por supuesto, no es un deber del hombre dedicarse a la erradicación del mal, por monstruoso que sea. Puede tener, como le es lícito, otros asuntos entre manos; pero sí es su deber al menos, lavarse las manos de él. Y si no se va a preocupar más de él, que, por lo menos, en la práctica, no le dé su apoyo. Si me entrego a otros fines y consideraciones, antes de dedicarme a ellos, debo, como mínimo, asegurarme de que no estoy pisando a otros hombres. Ante todo, debo permitir que también los demás puedan realizar sus propósitos. […] Al soldado que se niega a luchar en una guerra injusta le aplauden aquellos que aceptan mantener al gobierno injusto que la libra; le aplauden aquellos cuyos actos y autoridad él desprecia y desdeña, como si el Estado fuera un penitente que contratase a uno para que se fustigase por sus pecados, pero que no considerase la posibilidad de dejar de pecar ni por un momento. Así, con el pretexto del orden y del gobierno civil, se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza. Tras la primera vergüenza por pecar surge la indiferencia y lo Inmoral se convierte, como si dijéramos, en amoral y no del todo innecesario en la vida que nos hemos forjado. […]

Los que, sin estar de acuerdo con la naturaleza y las medidas de un gobierno, le entregan su lealtad y su apoyo son, sin duda, sus seguidores más conscientes y por tanto suelen ser el mayor obstáculo para su reforma. […]

Lo que importa no es que el comienzo sea pequeño; lo que se hace bien una vez, queda bien hecho para siempre. […]

Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría. Pero cuando se opone con todas sus fuerzas es imparable. Si las alternativas son encerrar a los justos en prisión o renunciar a la guerra y a la esclavitud, el Estado no dudará cuál elegir. Si mil hombres dejaran de pagar sus impuestos este año, tal medida no sería ni violenta ni cruel, mientras que, si los pagan, se capacita al Estado para cometer actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes. Esta es la definición de una revolución pacífica, si tal es posible. Si el recaudador de impuestos o cualquier otro funcionario público me preguntara –como así ha sucedido– pero, ¿qué debo hacer?, mi respuesta sería: Si de verdad deseas colaborar, renuncia al cargo. Una vez que el súbdito ha retirado su lealtad y el funcionario ha renunciado a su cargo, la revolución está conseguida. Incluso aunque haya derramamiento de sangre. ¿Acaso no hay un tipo de derramamiento de sangre cuando se hiere la conciencia? Por esa herida se vierten la auténtica humanidad e inmortalidad del hombre y su hemorragia le ocasiona una muerte interminable. Ya veo correr esos ríos de sangre. […]

Los ricos están siempre vendidos a la institución que les hace ricos. Hablando en términos absolutos, a mayor riqueza menos virtud; porque el dinero vincula al hombre con sus bienes y le permite conseguirlos y, desde luego, la obtención de ese dinero en sí mismo no constituye ninguna gran virtud. […]

El Estado nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia intelectual o moral de un hombre sino con su cuerpo, con sus sentidos. No se arma de honradez o de inteligencia sino que recurre a la simple fuerza física. Yo no he nacido para ser violentado. Seguiré mi propio camino. Veremos quién es el más fuerte. ¿Qué fuerza tiene la multitud? Solo pueden obligarme aquellos que obedecen a una ley superior a la mía. Me obligan a ser como ellos. Yo no oigo que a los hombres les obliguen a vivir de tal o cual manera las masas. ¿Qué vida sería esa? Cuando veo que un gobierno me dice: ‘La bolsa o la vida’, ¿por qué voy a apresurarme a darle mi dinero? Puede que se halle en grandes aprietos y no sepa qué hacer: yo no puedo hacer nada por él. Debe salvarse a sí mismo, como hago yo. No merece la pena lloriquear. Yo no soy el responsable del buen funcionamiento de la máquina de la sociedad. Yo no soy el hijo del maquinista. Observo que cuando una bellota y una castaña caen al lado, una no permanece inerte para dejar espacio a la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes y brotan y crecen y florecen lo mejor que pueden, hasta que una acaso ensombrece y destruye a la otra. Si una planta no puede vivir de acuerdo con su naturaleza muere, y lo mismo le ocurre al hombre. […]

La desobediencia civil (I)

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Este es un resumen personal que hice cuando estuve ingresado en el hospital del conocido ensayo de Henry David Thoreau La desobediencia civil (1849) que publicaré en tres entradas (hoy, mañana y pasado mañana).

Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. […] La ley nunca hizo a los hombres más justos y, debido al respeto que les infunde, incluso los bienintencionados se convierten en agentes de la injusticia. […]

La masa sirve al Estado no como hombres, sino básicamente como máquinas, con sus cuerpos. Ellos forman el ejército constituido y la milicia, los carceleros, la policía, los ayudantes del sheriff, etc. En la mayoría de los casos no ejercitan con libertad ni la crítica ni el sentido moral, sino que se igualan a la madera y a la tierra y a las piedras, e incluso se podrían fabricar hombres de madera que hicieran el mismo servicio. Tales individuos no infunden más respeto que los hombres de paja o los terrones de arcilla. No tienen más valor que caballos o perros, y sin embargo se les considera, en general, buenos ciudadanos. Otros, como muchos legisladores, políticos, abogados, ministros y funcionarios, sirven al Estado fundamentalmente con sus cabezas, y como casi nunca hacen distinciones morales, con capaces de servir tanto al diablo, sin pretenderlo, como a Dios. Unos pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformadores en un sentido amplio y los hombres sirven al Estado además con sus conciencias y, por tanto, las más de las veces se enfrentan a él y, a menudo, se les trata como enemigos. Un hombre prudente sólo será útil como hombre y no se someterá a ser ‘arcilla’ y ‘tapar un agujero para detener el viento. […]

Al que se entrega por entero a los demás se le toma por un inútil y un egoísta, pero al que se entrega solamente en parte, se le considera un benefactor y un filántropo. […]

Yo no me enfrento con enemigos lejanos sino con los que cerca de casa cooperan con ellos y les apoyan, y sin los cuales estos últimos serían inofensivos. […]

¿Cuál es el valor de un hombre honrado y de un patriota hoy? Dudan y se lamentan y a veces redactan escritos, pero no hacen nada serio y eficaz. Esperarán con la mejor disposición a que otros remedien el mal, para poder dejar de lamentarse. Como mucho, depositan un simple voto y hacen un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia al pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso, hay novecientos noventa y nueve que alardean de serio, y es más fácil tratar con el auténtico poseedor de una cosa que con los que pretenden tenerla.

Las votaciones son una especie de juego, como las damas o el backgammon que incluyen un suave tinte moral; un jugar con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales; y desde luego incluye apuestas. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Quizás deposito el voto que creo más acertado, pero no estoy realmente convencido de que eso deba prevalecer. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación, por tanto, nunca excede el nivel de lo conveniente. Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que la Justicia debiera prevalecer. Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar, ni deseará que prevalezca frente al poder de la mayoría. Hay muy poca virtud en la acción de las masas. Cuando la mayoría vote al fin por la abolición de la esclavitud, será porque les es indiferente la esclavitud o porque sea tan escasa que no merezca la pena mantenerla. Para entonces ellos serán los únicos esclavos. […]

El origen del mundo

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Junto al velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.

―¿Ahí está el cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.

―Ya ve, ¿quién iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo chocho.

Les recibió un criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita, aunque más claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la muerte de sus suegros. Un bon vivant que, sin duda, decidió ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aun así, y a pesar de su estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres hacían.

A pesar de ser mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a Bonheur que les mostrase el Courbet.

―¡Ah! sí, el Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos, vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.

Se dirigió a una caja fuerte que había en un extremo de la habitación, giró varias veces la rueda de acuerdo con la clave numérica que, dijo, solo él conocía e introdujo una llave a continuación. La caja se abrió y Bonheur comenzó a sacar viejos papeles amarillentos que dejaba de cualquier manera en el suelo sin importarle que se desordenaran.

―Aquí está ─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que fumaba.

El príncipe, que seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:

―¡Por Dios, vaya con cuidado!

―Es mala la edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.

El príncipe no conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el paquete.

―Deben haberse pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que pruebe.

Bonheur alargó la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.

―No se preocupe, ya lo hago yo.

El tono de la voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía a desprenderse de él.

―Le ofrezco lo que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo que nadie ha pagado aún tal cantidad por un cuadro.

―No se trata de eso, excelencia.

―¿Ni por medio millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.

―Ni por uno tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo le prometí que lo mantendría a buen recaudo.

―¿Y qué ha sido de ella? ─preguntó Samuel.

―Ni idea. Hace tiempo que perdí el contacto.

[…]

―En fin, qué se le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato, ya de regreso a París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel.

―No sabe su alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la operación dada la rareza de carácter de Bonheur.

―¿Rareza de carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato, un cretino total. De todos modos, usted ha hecho todo lo posible y yo, al menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré recompensar debidamente su empeño.

Parecía que el príncipe se resignaba a marchar sin el Courbet.

―Por eso no se preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte. ¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del coño. Tal cual se lo cuento.

―Siempre disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.

―Si al menos lo disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra de tanta categoría.

―Bueno, robarlo sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni cuenta.

―Puede que hasta fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.

―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).