Cómo a Samuel se le ocurrió montar un cabaret

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Aún no era muy tarde, poco más de las diez de la noche, no habían cenado y sí, en cambio, tomado varios vasos de vino peleón. Llegaron a plaza Real y se sentaron en una mesa de la Cervecería Ambos Mundos, recién inaugurada. La afición por la cerveza había aumentado considerablemente en los últimos tiempos y se habían abierto nuevas cervecerías, algunas verdaderamente lujosas, que eran a la vez café y restaurante. Cenaron croquettes de volaille, poulet rôti y poissons frits, pues la carta estaba en francés, como correspondía a un establecimiento selecto y moderno.

―Fíjate, les ponen el nombre en francés y parece que vayas a pedir vete a saber qué. Luego son croquetas, pollo y pescado frito. No entiendo cómo no triunfó tu caviar, igual es porque no era francés.

El local estaba prácticamente lleno y la clientela se veía sumamente complacida, en nada se parecía a la de los cafetines de la Barceloneta, aquí todo el mundo iba bien vestido, aunque a muchos se les notaba en demasía las ganas de aparentar.

Subieron por las Ramblas, después de cenar, hasta el Café Hispano Americano, un flamante local que había abierto sus puertas hacía unos meses en el Paseo de Gràcia, entre las calles Diputación y Consell de Cent y que nada tenía que envidiar a los establecimientos   del centro. Su entrada principal daba al paseo, pero había dos más en la parte de atrás, que ocupaba un amplio jardín. Contrariamente a los cafés de la parte vieja de la ciudad, instalados la mayoría en edificios excesivamente compartimentados cuya función original no era precisamente la de alojar un café, constaba de un holgado salón y un subterráneo que albergaba tres salas de billares y otra destinada al juego de tresillo. Las mesas eran de mármol de la mejor calidad y las sillas sumamente cómodas. No se había escatimado en su decoración. Lo que más llamaba la atención, no obstante, era el acuario en forma de glorieta instalado en el centro del salón rodeado de estalactitas y coronado por un busto egipcio que durante la noche se iluminaba y ofrecía un aspecto del local más esplendoroso.

Como casi todos los días había concierto, en esta ocasión fragmentos de La Cenerentola de Rossini, I Puritani de Bellini, Fausto de Gounod, el Capricho de Salón de Batta y el dúo de Dinorah, de Meyerbeer.  Tanto los parroquianos como los que acudían por primera vez al Hispano Americano seguían la función con interés, o eso al menos mostraban, y suma consideración. El ambiente era tan distinto al del Café de Levante que en vez de haber andado media hora entre un lugar y otro parecía que les hubiesen transportado a otro mundo. Igual por eso, a medio camino, estaba la cervecería Ambos Mundos.

―¿Sabes qué sería un buen negocio? Montar un café ─dijo de repente Samuel.

―Eso es una bobería, hay demasiados.

―Pero ninguno que, con su oferta, logre satisfacer lo que en última instancia quiere la mayoría de quienes los frecuentan: diversión y mujeres. En eso no hay diferencia entre los que acuden a los cafetines y los que ves aquí, todos desean divertirse, gozar, pero aquellos, pobres desgraciados, serán siempre unos viciosos, en cambio, los que tienen dinero únicamente se entretienen con los placeres mundanos. Mira aquel ─señaló disimuladamente a un orondo y bien vestido caballero que bostezaba entre calada y calada de un enorme cigarro y trago y trago de su copa─, en el fondo se aburre. Qué no daría por tener a su lado a una desinhibida muchacha en vez de la gorda esa que está con él, que debe ser su esposa.

―El que posee dinero tiene las amantes que quiere.

―Precisamente por eso. Un café con bellas mujeres en el escenario, también sirviendo las mesas, con atrevidas actuaciones en vez de estos recatados números, con los mejores vinos y licores… Eso funcionaría. Tú que conoces París deberías saberlo.

―No estoy tan seguro. De todos modos, ¿con qué dinero vas a montar el café?

―Todavía no lo sé. Eso ya lo solucionaré. Pero si los ricos son los que tienen mucho dinero habrá que sacárselo a ellos. Están ahí, mostrando sin recato alguno su opulencia, arrogantes, seguros de que el futuro está en sus manos. Aprovechémonos, pues, de la situación. ¿Tú hablas francés?

Oui, monsieur, naturellement.

―Pues me vas a acompañar a París.

─ ¿A París a qué?

―A ver los cafés-concerts, los salones de espectáculos, los bailes… He leído en la prensa muchas cosas sobre ellos, no son como los de aquí, algunos al menos, los que yo quiero ver, aquellos en que hermosas mujeres ligeras de ropa muestran las piernas y bailan. Tú los habrás visto ¿no?

―He estado en alguno que otro, sí. ¿Pero exactamente qué es lo que quieres montar?

― No lo sé, no conozco esos sitios, por eso quiero ir.

―Me parece que no tienes las ideas muy claras.

―Al contrario, clarísimas. Todos esos ricachones que cada día abundan más necesitan lugares donde divertirse, no saben qué hacer con el dinero y les vamos a dar la oportunidad de que crean que con él lo consiguen todo, bellas mujeres, selectas bebidas…

―¿Y cómo conseguirás que los ricos sean los clientes principales del local?

―Poniendo los precios tan altos que solo ellos puedan permitírselo. Eso les gusta, a veces es su razón de ser. Les preocupa tanto, o más, gastar que ganar.

―¿Y si no van?

―Irán. Conozco bien a ese tipo de gente.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (nueva edición 2019). Disponible en Amazon.

¿ESCUELA O LUGAR DE ADOCTRINAMIENTO?

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La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. Mas todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela.

Hasta el siglo pasado [el XIX], los niños de padres de clase media se ‘fabricaban’ en casa con la ayuda de preceptores y escuelas privadas. Solo con el advenimiento de la sociedad industrial la producción en masa de la ‘niñez’ comenzó a ser factible y a ponerse al alcance de la multitud. […]

Crecer pasando por la niñez significa estar condenado a un proceso de conflicto humano entre la conciencia de sí y el papel que impone una sociedad que está pasando por su propia edad escolar. […]

La disyunción actual entre una sociedad adulta que pretende ser humanitaria y un ambiente escolar que remeda la realidad no puede seguir imponiéndose.

[…] La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. […] Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. […]

Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor. […] A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela no les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el dinero que obtendrán. Y los padres de clase media confían sus hijos a un profesor que evita que aprendan aquello que los pobres aprenden en la calle. […] Los niños aprenden aquello que sus maestros quieren enseñarles no de estos, sino de sus iguales, de las tiras de cómic [y tablets ahora], de la simple observación al pasar y, sobre todo, del solo hecho de participar en el ritual de la escuela. […]

[…] La escuela los instruye acerca de su propia inferioridad mediante el cobrador de impuestos que les hace pagar por ella, mediante el demagogo que les suscita las esperanzas de tenerla, o bien mediante sus niños cuando estos se ven luego enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita su respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede la salvación solo a través de la escuela. La Iglesia les da al menos la posibilidad de arrepentirse en la hora de su muerte. La escuela les deja con la esperanza (una esperanza falsificada) de que sus nietos la conseguirán. Esta esperanza es, por cierto, otro aprendizaje más que proviene de la escuela; pero no de los profesores.

Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que han aprendido. Tanto los brillantes como los lerdos han confiado siempre en la memorización, la lectura y el ingenio para pasar sus exámenes, movidos por el garrote o por la obtención de una carrera ambicionada. Los adultos tienden a crear fantasías románticas sobre su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su aprendizaje al maestro cuya paciencia aprendieron a admirar. […]

La escuela, por su naturaleza, tiende a reclamar la totalidad del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a su vez hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta. El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio actúa como maestro de ceremonias que guía a sus alumnos a lo largo de un ritual dilatado y laberíntico. Es árbitro del cumplimiento de las normas y administra las intrincadas rúbricas de iniciación a la vida. […] Sin hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber profundo, somete a sus alumnos a ciertas rutinas básicas. El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios, al Estado. Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo, no solo en la escuela, sino en la sociedad en general. […] El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse en la vida privada de su alumno a fin de ayudarlo a desarrollarse como persona. Cuando esta función la desempeña un custodio y predicador, significa por lo común que persuade al alumno a someterse a una visión de la verdad y de su sentido de lo justo.

[…] Todas las defensas de la libertad individual quedan anuladas en los tratos de un maestro de escuela con su alumno. Cuando el maestro funde en su persona las funciones de juez, ideólogo y médico, el estilo fundamental de la sociedad es pervertido por el proceso mismo que debería preparar para la vida. Un maestro que combine estos tres poderes contribuye mucho más a la deformación del niño que las leyes que dictan su menor edad legal o económica, o que restringen su libertad de reunión o de vivienda.

Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer servicios terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros vocacionales y laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus clientes a decidir, a desarrollar sus personalidades y a aprender. Pero el sentido común le dice al cliente que dichos profesionales deben abstenerse de imponer sus opiniones […]. Los maestros de escuela y los curas son los únicos profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público obligado. […] Para el niño, el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote: es al mismo tiempo guía, maestro y administrador de un ritual sagrado. […] Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes de valor se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad, legalidad y valor personal se difuminan y eventualmente quedan eliminadas. Se hace sentir cada transgresión como un delito múltiple. […]

La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de la cultura occidental y los sumerge en un ambiente mucho más primitivo, mágico y mortalmente serio. […] Se suspende físicamente a los menores durante muchos años sucesivos en las normas de la realidad ordinaria […]. La norma de la asistencia posibilita que el aula sirva de útero mágico, del cual el niño es dado periódicamente a luz al terminar el día escolar y el año escolar, hasta que es lanzado finalmente a la vida adulta. […].

Ivan Illich: “Fenomenología de la escuela”, La sociedad desescolarizada (1971)

Entrada publicada anteriormente el 17 de mayo de 2019.