El origen del mundo

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Junto al velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.

―¿Ahí está el cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.

―Ya ve, ¿quién iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo chocho.

Les recibió un criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita, aunque más claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la muerte de sus suegros. Un bon vivant que, sin duda, decidió ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aun así, y a pesar de su estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres hacían.

A pesar de ser mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a Bonheur que les mostrase el Courbet.

―¡Ah! sí, el Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos, vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.

Se dirigió a una caja fuerte que había en un extremo de la habitación, giró varias veces la rueda de acuerdo con la clave numérica que, dijo, solo él conocía e introdujo una llave a continuación. La caja se abrió y Bonheur comenzó a sacar viejos papeles amarillentos que dejaba de cualquier manera en el suelo sin importarle que se desordenaran.

―Aquí está ─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que fumaba.

El príncipe, que seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:

―¡Por Dios, vaya con cuidado!

―Es mala la edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.

El príncipe no conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el paquete.

―Deben haberse pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que pruebe.

Bonheur alargó la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.

―No se preocupe, ya lo hago yo.

El tono de la voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía a desprenderse de él.

―Le ofrezco lo que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo que nadie ha pagado aún tal cantidad por un cuadro.

―No se trata de eso, excelencia.

―¿Ni por medio millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.

―Ni por uno tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo le prometí que lo mantendría a buen recaudo.

―¿Y qué ha sido de ella? ─preguntó Samuel.

―Ni idea. Hace tiempo que perdí el contacto.

[…]

―En fin, qué se le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato, ya de regreso a París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel.

―No sabe su alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la operación dada la rareza de carácter de Bonheur.

―¿Rareza de carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato, un cretino total. De todos modos, usted ha hecho todo lo posible y yo, al menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré recompensar debidamente su empeño.

Parecía que el príncipe se resignaba a marchar sin el Courbet.

―Por eso no se preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte. ¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del coño. Tal cual se lo cuento.

―Siempre disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.

―Si al menos lo disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra de tanta categoría.

―Bueno, robarlo sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni cuenta.

―Puede que hasta fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.

―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

Mareta, mareta

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Mareta, mareta es una nana documentada en el ámbito del actual País Valenciano desde principios del siglo XVIII que probablemente proviene de la localidad de Aigües (L’Alacantí).

La versión que suena en el vídeo es de la músico, compositora y pedagoga catalana Dámaris Gelabert (Barcelona, 1965), especializada en la música infantil. Las imágenes pertenecen a la película documental Babies (2010, Bebés). Dirigida por Thomas Balmes, sigue el crecimiento día a día de cuatro bebés, que viven en diversos puntos del mundo (Namibia, Mongolia, Japón y Estados Unidos) desde su nacimiento hasta que dan sus primeros pasos.

Mareta, mareta és una cançó de bressol documentada a l’àmbit de l’actual País Valencià des de principis del segle XVIII que probablement prové de la localitat d’Aigües (l’Alacantí).

La versió que sona al vídeo és de la músic, compositora i pedagoga catalana Dàmaris Gelabert (Barcelona, ​​1965), especialitzada en la música infantil. Les imatges pertanyen a la pel·lícula documental Babies (2010, ‘Nadons’). Dirigida per Thomas Balmes, segueix el creixement dia a dia de quatre nadons, que viuen en diversos punts del món (Namíbia, Mongòlia, Japó i Estats Units) des del seu naixement fins que fan els primers passos.

El lado lúdico de la muerte

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Hoy 1 de noviembre es el Día de Todos los Santos, día en que el cristianismo rinde culto a los santos y justos en general. La conmemoración –estrechamente relacionada con antiguas tradiciones paganas de origen celta– parece ser que fue instituida en el mundo cristiano por el papa Gregorio IV, quien ordenó en el año 835 honrar a todos los santos del cielo en esta fecha y recordar a los difuntos.

La creencia tradicional es que el 1 de noviembre los vivos visitan a los muertos y el 2 de noviembre los muertos visitan a los vivos. Cuando yo era pequeño vivía muy mal la noche del 1 al 2 de noviembre temiendo que el fantasma de algún difunto se me apareciera de repente. Y eso a pesar de que mi pueblo, Muro d’Alcoi (Alicante), dista solo cinco kilómetros de Cocentaina, donde desde 1346 se celebra la Fira de Tots Sants, antigua feria de ganado que fue evolucionando y, ya entonces –les hablo de hará unos cincuenta años– había, además de productos agrícolas y/o industriales, atracciones recreativas, circo, puestos de venta de dulces y de chucherías, etc.

Pero, así y todo, Todos los Santos no dejaba de ir asociado a la muerte, que era algo tétrico. Tal vez por ello –y considerando el peso que tenía el catolicismo en la España franquista– Halloween –cuyo aspecto festivo sobresale sobre todos los demás– ha terminado por imponerse.

No en todos los países la muerte se relaciona tan estrechamente con lo siniestro y lo tenebroso. El Día de los Muertos de México y las diversas maneras en que se celebra la festividad en muchos países latinoamericanos nada tienen que ver con mis vivencias. El color y los motivos alegres son sus protagonistas. Aun así, Halloween tiene cada vez más relevancia, además de en España, en países como Argentina, Chile, Colombia, México, Perú y, general, el conjunto de Centroamérica.

Hecha esta introducción –que ha quedado bastante más extensa de lo que en un principio pretendía– vamos con lo que es la entrada en sí: cinco cortos animados que hemos seleccionado con motivo de estas fechas en los que el aspecto lúdico de la muerte prima sobre el tétrico. El primero de ellos es todo un clástico: The Skeleton Dance (La danza de los esqueletos), un corto animado de 1929 que produjo y dirigió Walt Disney con dibujos de Ub Iwerks y música de Carl Stalling.

La Danse macabre (Danza macabra) es el título de una breve composición sinfónica que compuso en 1874 Camille Saint-Saëns inspirándose en un poema de Henri Cazalis. Se estrenó en París en enero de 1875 y nos presenta a la Muerte tocando el violín a media noche con los esqueletos bailando a su ritmo. Hasta el amanecer, cuando con el canto del gallo, y como dice la leyenda, los muertos regresan a sus tumbas. La pieza de Saint-Saëns ha sido tema recurrente de las bandas sonoras de películas y de cortometrajes. De los últimos, nos quedamos con este que realizó S.E. Henderson en 2010.

Día de los Muertos se titula el corto que viene a continuación, cuyo argumento se centra en una niña que visita la tierra de los muertos, donde aprende el verdadero significado de la fiesta mexicana Día de Muertos, que también se celebra en otros países de América Central. Fue realizado por Ashley Graham Kate Reynolds y Lindsey St. Pierre como trabajo de final de graduación en el Ringling College of Art and Design (Sarasota, Estados Unidos). La música es de Corey Wallace. Fue galardonado con el Oscar Estudiantil a Mejor Corto Animado en 2013, año de su producción.

Trick or Treat es obra de Brad Chmielewski con dibujos de Ethan Barnowsky, Brad Chmielewski y Jake Williams, y se realizó en 2012. Trick or Treat, que podríamos traducir como “Travesura o golosina” –no como “truco o trato”, pues con treat lo que los niños piden es un regalo, como unas chucherías o unos caramelos, por ejemplo–, nos ofrece una divertida situación con unos peques que van de casa en casa y que al final solo se asustan cuando ven al adulto de verdad, sin disfraz.

Finalizamos la entrada con The Ritual, primer cortometraje de Mike Gambardella que resultó ganador del concurso MODO Halloween que convoca en Londres The Foundry para aquellos cortometrajes realizados con su programa de animación MODO.

Those Were the Days

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Había una vez una taberna en la que solíamos tomar un par de copas.

Recuerdo cómo nos reíamos durante horas y pensábamos en todas las grandes cosas que haríamos.

¡Qué tiempos aquellos!, amigo mío. Creíamos que nunca terminarían, que cantaríamos y bailaríamos siempre y que un día viviríamos la vida que elegimos, que lucharíamos y nunca perderíamos.

Éramos jóvenes y estábamos convencidos de cuál era nuestro camino.

Luego, ocupados, los años pasaron muy de prisa. Perdimos las grandes esperanzas en el camino.

Esta noche me detuve frente a la taberna. Nada parece ser como era.

Oh, amigo mío, somos más viejos, pero no más sabios, porque en nuestros corazones los sueños siguen siendo los mismos.

¡Qué tiempos aquellos!, sí. ¡Qué tiempos!

Más sabe el diablo por viejo que por diablo

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Sigo hoy con el diablo. Ayer era Satanás quien, por boca de Mark Twain, nos hablaba de la miserabilidad de la condición humana. Hoy, por boca de C. S. Lewis, lo hace Escrutopo, un anciano diablo que sabe mucho acerca de nuestra naturaleza y nuestro carácter.

“The Devil”, Nicholas Cort ©

No creo en dioses ni diablos, ni que exista el más allá ni otra vida después de esta. Aunque viendo la deplorable situación actual en todos los órdenes de la vida, empiezo a replantearme esta incredulidad y a tener dudas sobre la existencia del diablo. Hay quienes dicen que todos tenemos un diablo dentro. Y, sí, al parecer es cierto. Los diablos se han apoderado de nuestros espíritus y voluntades de manera tan sutil, tan hábil, que ni nos hemos dado cuenta. El diablo es un ser sumamente inteligente. Lo ha mostrado con creces. También que conforme pasa el tiempo lo es cada vez más. De ahí el refrán “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” es en este caso una irrebatible verdad. Al menos como nos lo dibuja el escritor Irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963) en su novela epistolar Cartas del diablo a su sobrino (1942), que originalmente publicó por partes en el periódico Manchester Guardian (hoy The Guardian) con el nombre de The Screwtape letters (Las cartas de). Estas –un total de treinta y una– las escribe el maligno e insaciable Escrutopo, un anciano diablo, a su sobrino Orugario, un demonio principiante. Escrutopo reprocha al joven, que también es su discípulo, los errores que ha cometido durante su aprendizaje como malvado diablo (o buen diablo, según se mire).

Ya en la primera deja bien claro cómo hacer el mal de manera eficiente, lo que pasa por que los diablos mayores se adueñen del espíritu de las personas y, en consecuencia, de sus almas y voluntades. Así se lo decía Escrutopo a su sobrino:

“[Debes] orientar las lecturas de tu paciente [para] que vea muy a menudo a su amigo materialista. […] Si hubiese vivido hace unos siglos es posible que sí: en aquella época los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamiento. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. […] Ahora [el hombre] no piensa, ante todo, si las doctrinas son ‘ciertas’ o ‘falsas’, sino ‘académicas’ o ‘prácticas’, ‘superadas’ o ‘actuales’, ‘convencionales’ o ‘implacables’. La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado”.

¿Ven cómo es cierto que el diablo sabe más por viejo que por diablo?, ¿cómo es más listo que el hambre? Ya en 1942, por boca de Lewis, se expresaba en estos términos. Visto lo visto, razón no lo faltaba. Al contrario. Hoy puede enorgullecerse de su sabiduría. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos, arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y de lo que no. Y es a ellos a quien hay que hacer caso. ¿Qué cojones de atrevimiento es ese de querer ir por libre? ¿No sabes que, como escribió Thoreau, “con el pretexto del orden y el gobierno civil se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza”? Escrutopo tiene las cosas muy claras y aconseja a su sobrino que nunca olvide que “la gratitud mira al pasado y el amor al presente; el miedo, la avaricia, la lujuria y la ambición miran hacia delante”.

Orugario se pone mano a la obra, más como quiera que no avanza, que no lo hace bien, en la carta XIII Escrutopo le explica los errores que comete:

“En primer lugar, según tú mismo dices, permitiste que tu paciente leyera un libro del que realmente disfrutaba, no para que hiciese comentarios ingeniosos a costa de él ante sus nuevos amigos, sino porque disfrutaba de ese libro. […] el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo por ello mismo y sin importarle un comino lo que digan los demás está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad y que los sustituya por la ‘mejor’ gente, la comida ‘adecuada’ o los libros ‘importantes’”.

¿Qué decirle ya a Escrutopo? Chapeau! Lúcido análisis. Bravo, señor diablo. Valoramos a la gente por lo que tiene y no por lo que es, distinguimos entre los nuestros y los otros y abandonamos a la gente (en abstracto), entre ellos, y sobre todo, a los más necesitados. Creemos que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontamos a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creemos, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguiremos ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y nuestros bienes y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecemos de referentes. La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nada es lo que es, sino que lo que aparenta. ¿Qué comemos, qué leemos, si no es aquello que los ‘críticos’ y los ‘expertos’ nos recomiendan? ¿Y qué nos recomiendan? Lo que le interesa al diablo, que de finanzas sabe también un rato largo.

Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, decimos, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas. Con y para el diablo.

Una primera versión de este artículo fue publicada en este blog el 2 de febrero de 2018.

El forastero misterioso

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Con doce años leí Las aventuras de Huckleberry Finn. La obra de Mark Twain me cautivó hasta tal punto que mi imaginación –que no debía ser poca, siempre me decían que estaba en las nubes– nada pudo transformar ni añadir. Prácticamente devoré las casi cuatrocientas páginas que comprendían la historia de Huck, un muchacho poco mayor que yo, secuestrado por su propio padre –un borracho al que todos daban por muerto– porque quería los seis mil dólares que en su día se encontró en una cueva con su amigo Tom Sawyer. Este consiguió huir de donde aquel lo tenía encerrado, pero en vez de regresar a la cómoda casa donde lo habían acogido decidió marcharse del pueblo, ya que no quería ser “civilizado”, no le gustaban las buenas costumbres que trataban de inculcarle ni ir a la escuela, y escapó con Jim, un negro esclavo de la casa, río Misisipi abajo en un accidentando y largo viaje lleno de toda clase de aventuras.

Aunque la obra termina “bien”, el principio de rebeldía que destilaba, la reflexión que hacía sobre la arbitrariedad de las convenciones sociales, el contagioso anhelo de libertad de sus protagonistas, la visión crítica del racismo que traslucían las situaciones en que se veía envuelto Jim, la importancia que Twain daba a la amistad, fueron aspectos que me calaron muy hondo.

La intuición de que el mundo era más amplio de lo que hasta entonces había pensado y más desigual de lo que hasta el momento había observado, y que ello se debía a la ignorancia, al miedo a lo desconocido, al comportamiento egoísta y mezquino del común de la gente, comenzó a transformarse en evidencia cuando, poco después, leí otra obra de Twain con el mismo o mayor ahínco. Se titulaba El forastero misterioso y su trama se ubicaba en una aldea austriaca en el siglo XVI, aunque bien hubiera podido suceder en cualquier otro lugar y cualquier otra época. En esta ocasión, el protagonista era también un muchacho, Theodor Fischer. Él, y sus dos amigos inseparables, eran los únicos que sabían que el forastero llegado a la aldea que tanta ascendencia tenía sobre sus vecinos era en realidad un ángel llamado Satanás, sobrino del mismo diablo, que decidió quedarse en el cielo pero conservaba las simpatías por su tío.

La crítica hacia el comportamiento humano, que Twain mostraba a través de la figura de Satanás, era inmisericorde. Los habitantes de la aldea, que vivían en un permanente estado de opresión, miedo y superchería, resultaban fácilmente manipulables en aquel ambiente. Para Satán, al menos, era pan comido, con sus hechizos y su magia. Conozco a tu raza –decía Satanás–. Está hecha de borregos. Está gobernada por minorías.

La hipocresía que regía las vidas de los aldeanos, su creencia en una fuerza superior que dirigía sus destinos, la imposibilidad de cambiar las cosas dada su condición de seres inferiores, la intolerancia y rigidez que guiaban sus actos en nombre de una moral que permitía la persecución y ejecución en la hoguera de quienes contradecían la validez de hábitos y costumbres ancestrales, era asuntos que Twain exponía en su novela sin concesiones de ningún tipo. No todos podía digerirlos a esa edad, pero algo en mi interior me decía que el mundo no era todo lo bueno que había imaginado. ¿Quiénes son de verdad los buenos? ¿Son buenos todos los que dicen serlo? ¿Son buenos los que mandan? ¿Son buenas sus normas? ¿Eran buenos los que esclavizaban a los negros, los que quemaban en la hoguera a las mujeres que consideraban brujas? ¿Eran buenos mis amigos, que despreciaban a los menesterosos y se burlaban del aspecto? ¿Lo eran los padres, que compartían ese desprecio y trataban al servicio con absoluta desconsideración? ¿Y los maestros del colegio, donde jamás había visto un chico que no fuera impoluto y bien vestido? Ellos, los maestros, se suponía que lo sabían todo. Luego, si lo sabían todo ¿por qué no lo decían? ¿O acaso no era así?

Cuando, ya adulto, releí El forastero misterioso subrayé: Satán solía decir que nuestra raza vivía una vida de autoengaño continuo e ininterrumpido. Se estafaba a sí misma desde la cuna hasta la tumba con imposturas e ilusiones que tomaba por realidades, y esto convertía su vida entera en una impostura. De la veintena de buenas cualidades que imaginaba tener y de las que se envanecía, en realidad no poseía prácticamente ninguna. Se consideraba a sí misma como oro, y era solamente latón.

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Publicado anteriormente en Música de Comedia y Cabaret el 27 de mayo de 2015.

Muro (mi pueblo), sus políticos y José Antonio

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El pasado día 24 se exhumaron los restos de Franco del Valle de los Caídos –solo 44 años después de que fuese enterrado– y se trasladaron a un cementerio. De “victoria de la democracia española” nada de nada. A buenas horas mangas verdes. Sigue habiendo miles de fosas comunes en las cunetas, de desparecidos, de símbolos y monumentos que ensalzan el régimen franquista. Sin ir más lejos, la tumba de José Antonio Primo de Rivera se encuentra delante del altar mayor de la basílica del Valle de los Caídos. Ahora parece que también serán exhumados. No sé si lo harán con la misma celeridad, pero sea cual sea el ritmo de esta, me da a mí que seguro que antes de que desparezca del cementerio de mi pueblo (Muro, al norte de la provincia de Alicante) la cruz que recoge la fotografía, en la que se lee la inscripción Caídos por Dios y por España. José Antonio Presente.

Al respecto publiqué en este blog un artículo titulado “La cruz de los caídos de mi pueblo” (2 de febrero de 2018) en el que manifestaba que me ofende y me duele su simple visión cada vez que voy al cementerio a visitar la tumba de mis padres y otros familiares. Y –escribía– me duele aún más que el gobierno del Ayuntamiento desde 1999 hasta hoy esté en manos de partidos que se dicen ‘de izquierda’. Desde ese año han sido alcaldes Rafael Climent González (de Compromís, 1999-2015; desde 2015 conseller de Economía sostenible, Sectores productivos, Comercio y Empleo de la Generalitat Valenciana), Francesc Ramón Valls Pascual (de Esquerra Unida, 2015-2017), Jovita Cerdà García (2017-2019) y, en la actualidad, Gabriel Tomás Salvador, candidato de EUPV y hoy ‘no adscrito’ al ser elegido ‘por sorpresa’ con los votos del PP y Ciudadanos y no renunciar al cargo.

A este último es al único de los mencionados que no me he dirigido. Harto ya de comprobar que la dichosa cruz se la trae al pairo a los políticos locales. A los demás, en persona o por correo electrónico, en varias ocasiones. También a algunos de sus colaboradores. ¿Resultado? Pueden suponer que ninguno. De lo contrario no estaría escribiendo esto ahora. De acuerdo con que el cementerio es parroquial y no municipal, pero ello no es razón para saltarse incluso la propia Ley de Memoria Democrática y para la Convivencia de la Comunitat Valenciana. Los detalles los explico en el otro artículo.

Así que arrojo la tolla. Que hagan con la cruz lo que quieran, es decir, nada. Mas cuando una cosa se me indigesta necesito vomitarla, y la única manera que se me ha ocurrido para ello es este vídeo. Entiendo que pueda molestar a alguien, pues, entre otras cosas, para eso lo he hecho.