¿Incita a la pederastia el Dúo Dinámico?

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Eso es lo que afirma la Asociación de Biempensantes y Comehostias de España (ABCdE), que pide que se tipifique como delito la apología de la pederastia en el Código Penal. Recuerdan que en España la edad mínima para consentir una relación sexual se sitúa a partir de los 16 años y que no se puede normalizar el abuso de menores en nuestro país.

Ese sería el caso, apunta la asociación, del Dúo Dinámico, quienes llevan desde 1960, año en que grabaron la canción Quince años tiene mi amor, haciendo apología de tan execrable transgresión. Y, por si fuera poco, dos años después grabaron otra de letra todavía más maligna y perniciosa, Lolita.

Ante tal rotunda petición, que en quince días ha conseguido en Mojigato.org nada menos que 13 firmas autógrafas y 65.554 dactilares, la Inquifiscalía General del Estado ha emitido un comunicado en el que reclama la introducción en el Código Penal del delito de apología de la pederastia. Tras analizar la letra de las mencionadas canciones, una vez elaborados los preceptivos informes previos del Comité de expertos en Ética Patética, ha encontrado razones sobradas para ello. Así, afirma, la canción Quince años tiene mi amor contiene frases de marcado carácter lascivo como “tiene una mirada que nadie puede aguantar” o es “dulce, tierna como una flor” y otras que se podrían considerar delito de estupro: “si le doy mi mano ella la acariciará, si le doy un beso ya sabe lo que es soñar”. En parecidos términos se pronuncia respecto a Lolita, cuya letra es aún más explícita: “Te quiero, pues eres la muchacha con quien yo siempre he soñado. Te quiero y quiero que este sueño sea un día realizado. Lolita, Lolita, mi amor. Lolita, Lolita”. Vamos, que ni Humbert Humbert les supera.

Los miembros de la Inquifiscalía General aclaran que no se oponen a que las melodías de ambas canciones sigan sonando, pero siempre y cuando sea con otras letras. Sugieren, por ejemplo, que la protagonista de Quince años tiene mi amor pase a tener Veinticinco y que Lolita se llame Lola y que no sea una ‘muchacha’, sino una mujer. Que los componentes del Dúo Dinámico ya tienen una edad, caramba, carambita, carambirurá. Nada menos que 83 años ha cumplido cada uno de ellos, y desde que tenían 24 andan compartiendo sus perversas correrías e incitando a las personas de bien a cometer actos impuros contrarios a la mansedumbre moral lógica y de natural ordenamiento.

Finalmente, lamentan no poder actuar con mayor celo dada la actual legislación y por eso piden que la apología de la pederastia se tipifique como delito, pues así podrían ordenar la apertura de diligencias para determinar la gravedad de la más que evidente fechoría y, entretanto, prohibir la reproducción, por cualquier medio o soporte, de las canciones con sus actuales letras, retirándose toda grabación existente de las mismas y produciéndose a su inmediata destrucción.

Menos mal que todavía queda gente que muestra estar a la altura de los tiempos.

The Golden Age (La edad de oro)

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Este vídeo ha sido calificado para mayores de 18 años por razones obvias, como podrán comprobar si lo ven. Si así lo hacen y lo consideran merecedor de su reconocimiento les agradeceré que pongan un ‘me gusta’ en YouTube. Muchas gracias.

Las 31 fotografías de Joel-Peter Witkin que, acompañadas por la música de Shostakovich, conforman el vídeo, se exhibieron en 1988, con otras muchas más, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), primero, y acto seguido en la Sala Parpalló de la Diputación de Valencia, que por entonces dirigía mi amigo Artur Heras. No pasó nada. Me cuesta creer que si esta misma exposición se presentase hoy no levantara airadas protestas, manifestaciones y denuncias por parte de los veladores morales de nuestros rancios valores, meapilas varios y demás personas de mente biempensante. O igual no. Es posible que ni siquiera se hubiese llevado a cabo ante el temor a este tipo de reacciones. En todo caso, la autocensura no hubiera faltado. Y es que la obra de Witkin se muestra tremendamente actual en los momentos que vivimos.

La llamada edad de oro del capitalismo comprende el período transcurrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta la crisis del petróleo de 1973. Fue esta una época que se caracterizó por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

La crisis de 1973 evidenció los primeros síntomas de que el crecimiento económico sostenido que había caracterizado la economía de los países capitalistas desde la reconstrucción de posguerra llegaba a su fin. Tras convertir Chile, mediante el orquestado golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal, poco más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieron en práctica dicha política en Occidente, lo que nos llevaría a eso que llaman crisis y a un cada vez mayor deterioro del nivel de bienestar social y de continuada pérdida de derechos y libertades. Con el definitivo desmoronamiento de la Unión Soviética (1991) se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Finalizaba victoriosamente la batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). Y de aquellos barros, estos lodos en que nos vamos hundiendo poco a poco.

Así las cosas, las fotografías de Joel-Peter Witkin cobran un especial protagonismo en el momento actual, al igual que la reflexión que él mismo hace acerca de la humanidad en un texto publicado en el catálogo de la mencionada exposición titulado “El porqué de mi obra”:

El ser humano es el único ser vivo con imaginación. Ningún océano, montaña o galaxia tiene capacidad para representarse el destino. Por desgracia, el mundo de hoy se está convirtiendo en sistemas materiales que anestesian la tendencia de todo individuo a forjarse un destino. Es como si nuestros corazones y nuestras mentes hubieran sido bañados en plástico. Mientras tanto, estamos sacrificando nuestro derecho como seres humanos al conocimiento de lo ignoto. El no sentir la necesidad de plantearse en la vida otra ambición que no sea la indulgencia material, supone la gran desesperanza de nuestro tiempo.

Si alguna vez creímos que volveríamos a disfrutar de una nueva edad de oro, si luego ya no lo veíamos tan claro y empezábamos a dudar, mas sin dejar de perder la esperanza, hoy podemos estar seguros de que aquellos tiempos son solo cosa del pasado y nunca regresarán.

En cuanto a la música, que a mi parece de lo más apropiada, se trata del tango del ballet The Golden Age (La edad de oro), que compuso Dmitri Shostakovich en 1930, y es una mirada satírica del cambio político y cultural en la Europa de los años veinte del siglo pasado, años que en muchas cosas nos recuerdan igualmente este incierto y oscuro presente que, presagiando el futuro, es cada día más negro.

Fumadores y coronavirus

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El doctor Zahir Amoura, jefe del departamento de Medicina Interna del Hospital Pitie-Salpetriére de París, centro público ligado a la Universidad de la Sorbona, avanzó hace unos días la hipótesis de que el porcentaje de fumadores entre los enfermos de Covid-19 es notoriamente inferior a la media. En un artículo que publica el diario El Mundo (24 de abril) leo: “De los 343 pacientes hospitalizados en su centro sanitario, con una edad media de 65 años, solo el 4,4% eran fumadores habituales. Y entre los 139 que han ido a consulta, edad media 44 años, solo el 5,3% tenía el vicio. Según el último barómetro de Sanidad Pública de Francia, un 30% de los franceses entre 45 y 54 es fumador. En la franja 65-75 años el 8,8% de las mujeres y el 11,3% de los hombres fuman”. Y un poco más delante, en el mismo reportaje: “Un estudio chino, publicado a finales de marzo en el New England Journal of Medicine, sobre más de mil contagiados recensaba un 12,6% de fumadores, muy inferior también al porcentaje de fumadores en China, 28%. […] La hipótesis es que la nicotina, al fijarse sobre el receptor celular que utiliza el coronavirus le impide hacerlo a él y, después penetrar en las células y propagarse”, es decir, la nicotina de los fumadores cierra al virus la puerta de entrada a las células porque estaba allí antes.

Se trata solo de una hipótesis, pero los datos están ahí. No han tardado en desmentirla otros médicos y diversas organizaciones sanitarias, como la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica. Mas, con una diferencia, o eso al menos me parece a mí. Los detractores del doctor Zahir Amoura se limitan a repetir que el tabaco es muy malo y mata utilizando los manidos argumentos de siempre. No rebaten los datos con otros semejantes.

¿Qué quieren que les diga? Desconfío de la mierdicina, esa medicina de “la prostituida ciencia de estos días despreciables” (Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo), sometida a imperativos de rentabilidad económica. Me fío más de los datos. Y estos me han llevado a reflexionar acerca de los nocivos efectos del tabaco y a extraer mis propias conclusiones. Helas aquí:

No diré que fumar no mata. Por supuesto que lo hace, como otras tantas cosas: levantarse de noche y regresar a casa también de noche para trabajar ‘en lo que sea’ y ‘al precio que sea’, no poder llegar a fin de mes o siquiera comenzarlo, que te desahucien por no poder hacer frente al pago de la hipoteca a causa de una crisis de la que solo eres víctima, que tus hijos no tengan presente ni futuro alguno… Por ejemplo. No es la actual una existencia fácil y hay que ir con mucho tiento. Hay que cuidarse, pues, y analizar detenidamente los efectos perjudiciales de cada situación

Aclarado que el tabaco puede dañar la salud, aclarado también que en determinados casos –como en la actual epidemia de coronavirus– puede, por el contrario, protegernos, como muestran los datos que veíamos antes y nadie ha desmentido, hay que estar atentos y leer al pie de la letra los mensajes de las insanas autoridades sanitarias. Tal vez aquí resida el quid de la cuestión y aúne a defensores y detractores de la hipótesis de Amoura. Esta será, pues, mi gran aportación a la ciencia.

Verán. No toda cajetilla de tabaco es apropiada para todos. Hay que fijarse en las distintas leyendas que llevan impresas cada una de ellas, que para eso están. Si los cigarrillos son de una cajetilla en la que se indica que “obstruye las arterias” o “puede causar un infarto”, ni se le ocurra fumarse uno solo, siquiera una calada. Un poco de sentido común, ¡caray! Si son de una cajetilla que dice que “mata o perjudica gravemente su salud y las de los que están en su entorno” o “el humo es malo sus hijos, familia y amigos”, depende. Es cosa de afectos. Conozco un camarero –al que espero encontrar en el bar cuando este vuelva a abrir, si lo hace– que me decía “Yo de este. Menuda panda de buitres me rodea”. Si la leyenda es que “daña los dientes y encías”, es el adecuado para quienes usen dentadura postiza. Los que provienen de una cajetilla en la que se lee que “aumenta el riesgo de impotencia”, resulta indicado para los asexuales o los individuos de edad muy avanzada que ya pasan del sexo. Si la leyenda es que “aumenta el riesgo de ceguera”, pues para invidentes. Y si indica que “reduce la fertilidad”, para los que no quieren tener hijos. También hay para aquellos que ya están que cansados de vivir: los que pone que “acorta la vida”.

¡Ojo! Hay algunas leyendas con doble intención y ciertamente confusas. Como la de “fumar puede matar al hijo que espera”. ¿Qué significa esta frase? ¿Se refiere a un hijo/a que nacerá en unos meses o al hijo de uno en general? Porque esto no se aclara. Un día había quedado yo con mi hijo (39 añitos) y este se retrasaba, algo no habitual en él. Ambos somos muy puntuales. Decidí fumarme un cigarrillo para hacer más corta la espera y en eso me fijo en la cajetilla de cigarrillos. “Fumar puede matar al hijo que espera”, decía. Lo apagué inmediatamente. Llamé a mi hijo. No respondía. Otra vez. El mismo resultado. Pueden imaginarse la angustia que pasé hasta que por fin llegó. Ya no he vuelto a fumar más cigarrillos de ese tipo.

Por tanto, y concluyo, es necesario estar bien informados y saber descifrar e interpretar los distintos mensajes. Para ello nada mejor que el sentido común, o el sinsentido, como prefieran.

Los niños se portaron como niños ayer en Valencia y algunos ciudadanos actuaron como policías amateurs

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Me preguntaba ayer (“Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus”) qué iba a pasar con los niños, especialmente con los peques, el primer día que podían salir a la calle tras el irracional y cruel encierro a que han estado sometidos durante 43 días. Era de suponer que querrían ir al parque, ansiosos, y jugar y juntarse con sus amiguitos. Los padres debían hacer de vigilantes. Colaboradores necesarios de la policía, tenían la obligación de impedir que tal cosa sucediera y mantener a los niños lejos de cualquier contacto con los demás. Resulta obvio que tal misión no iba a ser fácil. Y no lo fue. Los niños pasaron olímpicamente de normas y los padres se vieron impotentes para frenar su júbilo, dejando de mantener la obligatoria distancia también entre ellos. En unos sitios se cerraron los parques infantiles y los jardines públicos. En otros no, como en Valencia, donde –decía también ayer– al parecer somos un poco más sádicos, pues la labor de vigilancia por parte de los padres se incrementaba. Los problemas también. Los niños hicieron de niños y los padres ejercieron como padres, aunque fuera desbordados por la situación. Fallaron como policías, pues. Pero ahí estaban esos ciudadanos responsables, contribuyentes escrupulosos, para hacer de colaboradores, de delatores, sacar el policía que llevan dentro y alimentan de noticias y opiniones mediáticas, y hacer buena la máxima de Rousseau: “Un pueblo libre […] obedece leyes, pero solo estas, y precisamente por la fuera de ellas no obedece a los hombres”.

En fin, que se armó la de dios. Hoy señala al respecto el diario Las Provincias que “algunas escenas que se dieron en algunos parques de Valencia, sobre todo en el Jardín del Turia, pusieron sobre aviso al Consistorio, que a primera hora de la tarde advirtió de que si no se cumplían las normas volverían a cerrar los parques y jardines”. Esas escenas fueron grabadas por los ‘policías amateurs’ y se divulgaron a través de las redes sociales. Mostraban cientos de niños jugando juntos, con padres hablando a escasa distancia, especialmente en determinados tramos del Jardín del Turia y los alrededores del Palau de la Música.

La diosa imbecilidad, mucho más que la astucia de la razón, ejercía así, una vez más, su señorío mundano. ¿Ahora hay que estigmatizar también a los niños? De acuerdo en que el primer móvil que auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación, y que cuando esto sucede el miedo se apodera de gran parte de la sociedad, dispuesta a sacrificar sus libertades por la seguridad. Pero “sacrificar libertad por seguridad es tan insensato como preferir incompetencia a competencia, o la autocracia a la rendición de cuentas” (Antonio Escohotado).

El vídeo que sigue es uno de los que más ha circulado por las redes sociales. Habrá quien vea en él un ejercicio de responsabilidad. Yo solo veo un par de mentecatos confidentes que criminalizan a los padres y propician un clima de inseguridad que facilita la exclusión, la discriminación y la estigmatización. ¡Dejad a los niños en paz!

Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus

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Me indigna la iniquidad con que se está tratando a los niños durante la pandemia de coronavirus. Desatino, despropósito, necedad… Cualquier calificativo se queda corto. Ni tiene pies ni cabeza, ni base científica alguna. Hoy, después de 43 días de cautiverio –que se dice pronto–, los niños españoles pueden volver a salir a la calle. Eso sí, con un montón de restricciones.

Me he asomado unas cuantas veces a la terraza, pero sin éxito. La mía es una calle poco transitada, muy tranquila. Me hubiese gustado ver –aunque ni desde mi terraza ni desde ningún otro sitio habría sido posible– un paisaje como el que describen los Hermanos Grimm en El flautista de Hamelín, en el que los niños salieran de sus casas corriendo como pollos en un gran gallinero cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, todos los muchachos y las jovencitas, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas, y numerosos piececitos corriendo y batiendo el suelo, escuchar los menudos zapatitos repiquetear, muchas manitas palmotear, y contemplar cómo el bullicio va en aumento a medida que trascurre la mañana. Son estas palabras de los Grimm que he adaptado a conveniencia.

Se mire por donde se mire, lo que está haciendo con los niños es dislate cuyas consecuencias sobre su salud física y mental es imposible evaluar, ya que una situación así no tiene precedentes. Y lo más irritante es que todo esto se hace por si acaso. La socióloga Ainhoa Flecha, en un artículo publicado en El Salto el 23 de abril, “No son vectores, son niños y niñas”, dice: “Hoy por hoy, afirmar categóricamente que los niños no son un vector de contagio importante del sars-covd-2 sería poco prudente, tan poco prudente como afirmar que sí lo son o que este encierro no les va a afectar. Frente a la falta de datos, hay quienes consideran que más vale ser cautos y confinarlos ‘por si acaso’.” Poderoso motivo. ¡Por si acaso! ¡Cágate lorito! “Sabemos, por ejemplo –sigue Flecha–, que ‘los hombres’ juegan un papel importante en las agresiones sexuales. En realidad, sabemos que son unos pocos hombres, pero como no sabemos quiénes son exactamente ¿sería justificado que confináramos a todos los hombres, culpables e inocentes, de 20h a 7h indefinidamente ‘por si acaso’? Los asaltos nocturnos probablemente se reducirían y muchas nos sentiríamos más seguras al volver a casa, pero ¿sería aceptable?”.

Es comúnmente admitido que los problemas psicológicos que se manifiestan en los adultos tienen su raíz en la manera que se ha desarrollado nuestro comportamiento durante los primeros años de vida. Yo me pregunto qué va a pasar especialmente con los peques, como les va a afectar este despropósito. Es de suponer que querrán ir al parque, a jugar. En el parque no se puede, le tendrá que decir su acompañante. O si se puede, pero de ningún modo en la zona de juegos, como aquí en Valencia, donde al parecer somos un poco más sádicos. Imaginen, que no es mucho imaginar, que una de estas personitas ve casualmente ve a un amiguito o amiguita. Querrá acercarse. ¡No hagas eso! O que una persona adulta querida por ellos se cruza en su camino. Es lógico que traten de correr hacia ella. ¡Cuidado! Y la persona en cuestión se aparta de ellos. ¿Cómo les explicas a los peques ahora todo esto después de 43 días encerrados? Y, sobre todo, ¿cómo repercutirá en su salud, como afectará a su carácter y personalidad?

En un artículo titulado “El confinamiento infantil no tiene base científica”, publicado en CTXT. Revista Contexto el pasado 21 de abril, que firma la doctora Ewa Chmielewska, muy bien documentado, señala la autora que los estudios científicos recientes basados en el análisis del Covid-19 en poblaciones reales muestran que los niños se infectan menos que los adultos y que la tasa de transmisión en ellos es menor. “La tentación de prescribir el confinamiento total de los niños ante la falta de datos al respecto es por eso una reacción cruel e irracional, basada en los prejuicios acerca de la infancia propios del adultocentrismo más agresivo. […] No parece importar el daño que a corto y a largo plazo supone este encierro irracional de los niños y niñas, un colectivo que por definición no tiene derecho a autorepresentarse y al que parece que, ahora, ni sus propios padres pueden representar”.

En cambio, en el BOE extraordinario del 25 de abril sobre la regulación de la salida de los niños menores de 14 años, se dice que “una salida controlada de la población infantil puede reportar beneficios asociados a un estilo de vida más saludable, prevenir algunos problemas asociados al mantenimiento prolongado del estado de alarma, como puede ser la mejora de la calidad del sueño o la síntesis de vitamina D, así como una mejora en el bienestar social o familiar”. Así, con dos cojones, sin rubor alguno.

Ni son vectores los niños ni puede sostenerse que el confinamiento domiciliario no tiene repercusiones importantes sobre su salud, como se deduce de lo publicado en el BOE. “La reclusión domiciliaria estricta de siete millones de niños y niñas es un experimento cuyas consecuencias se desconocen. Sin embargo, disponemos de revisiones científicas que reportan secuelas a medio y largo plazo ─incluyendo insomnio, depresión o estrés postraumático─ en personas confinadas durante nueve días, con diferencias significativas por cada día adicional” (Flecha).

Sostiene Chmielewska que “afirmar, como hacen algunos expertos, que los niños son resilientes y sobrevivirán a esta crisis sin mayor problema es uno de los clichés que más se repiten durante estas semanas. Sostener que los daños que sufren los niños por culpa del confinamiento son pasajeros es algo así como justificar el uso transitorio de la violencia o el maltrato: como si dijéramos que recibir una bofetada de vez en cuando no supone un problema o que el ambiente de violencia doméstica que muchos niños tienen que soportar estos días en una intensidad superior a lo habitual no les causará perjuicio alguno. Lo que numerosos psicólogos y educadores sostienen es que el encierro en casa afecta directamente el desarrollo físico y neuropsicológico de los niños”.

La gravedad de los efectos que este encierro a largo plazo sobre los niños no puede, por tanto, evaluarse aún. Mas sí se sabe cuáles son estos en casos de encierro prolongado en adultos. Chmielewska alude a ejemplos como los de los astronautas o científicos de expediciones polares. Javier Salas, citando en El País a Larry Palinkas, psicólogo de la Universidad del Sur de California, habla de fenómenos como ‘empanada mental’ o ‘hibernación cerebral’, algo que el citado científico asocia con trastornos de sueño, ‘desaceleración del cuerpo y la mente debido a la estimulación restringida’ o ‘signos de pequeño deterioro del funcionamiento cognitivo’. “Si estos son los efectos del encierro en los adultos –continúa Chmielewska–, ¿es ético asumir que no se darán en los niños? ¿Es justo arriesgar que este tipo de ‘deterioro cognitivo’ se produzca en un organismo que está todavía en fase de desarrollo cognitivo? Podríamos pensar también en otros posibles problemas, tales como el efecto que la reducción de los estímulos visuales tiene en bebés, cuyo desarrollo de las conexiones neuronales relacionadas con la vista depende de estímulos visuales exteriores. ¿Se desarrollará correctamente la vista de un bebé si se limita su campo de visión a apenas unos metros durante varios meses? ¿Qué sucederá si esta situación se alarga? Igualmente, conviene tener en cuenta los efectos negativos que para el desarrollo de los menores supone la privación de la educación y la sociabilidad. […] A medida que pasan los días, hay también cada vez más publicaciones que alertan sobre el impacto del cierre de escuelas y del distanciamiento social en la salud mental de los niños, como por ejemplo el artículo de Joyce Lee publicado el 14 de abril en The Lancet: “Mental health effects of school closures during COVID-19”.

Ainhoa Flecha, madre, como Chmielewska, que también muestra la misma preocupación, apunta: “Somos muchas las que, estando 24h al lado de nuestros hijos e hijas, los vemos cada día más irritables y ansiosos, menos activos, más apáticos. Estudios preliminares que se están publicando revelan el incremento del tiempo de uso de pantallas, una reducción drástica del ejercicio físico y un empeoramiento de los hábitos alimenticios. Sabemos también que muchos menores viven en pisos sin luz natural ni espacio suficiente y que muchos otros sufren violencia y/o abusos sexuales en casa”.

Una vez más la pandemia de coronavirus, y la forma de gestionarla, pone de manifiesto “la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza” (Stella Calloni, Red Voltaire, 24 de marzo), la miserabilidad de una sociedad cada día más desigual, más elitista y excluyente. Como siempre, los efectos de una situación de crisis se ceban en los sectores más desfavorecidos. En el caso que nos ocupa, los niños cuyos padres tienen un buen nivel de ingresos económicos gozan de unas ventajas de las que carecen los demás. No es lo mismo una familia –pongamos padre, madre y dos hijos– que vive en un pequeño piso que una de iguales características que disfruta de una confortable y amplia vivienda con terraza o jardín. Ni siquiera la convivencia puede ser igual. No es lo mismo la familia que no tiene preocupaciones económicas que la que ya le cuesta llegar a fin de mes o no llega y ve cómo se abre un futuro cada día más incierto. Y, por supuesto, la convivencia entre los miembros de la familia será más tensa y difícil en el último caso. Por no hablar de la alimentación, los recursos tecnológicos para hacer los deberes escolares, el apoyo de los padres con conocimientos al respecto o con los medios suficientes. Esta desigualdad dentro de la desigualdad general que sufren los niños en su conjunto tampoco parece importar gran cosa. Según la norma del BOE que regula la salida de los niños a la calle, estos pueden hacerlo con un adulto responsable, entendiendo como tal “aquella persona mayor de edad que conviva en el mismo domicilio con el niño o niña actualmente, o se trate de un empleado de hogar a cargo del menor”. En este último caso, no es indispensable que el cuidador conviva en el hogar del menor, pues como es bien sabido ¿qué familia española no tiene cuidador o cuidadora en casa? ¡Por favor!

En fin, que estoy muy cabreado. Me gustaría ser un nuevo flautista de Hamelín y que los niños y niñas me siguieran al son de mi música. No que tocaría el flautista. Nosotros cantaríamos estos versos de Celaya, musicalizados, aunque él no los escribiera pensando en los niños:

Nosotros somos quien somos.

¡Basta de Historia y de cuentos!

¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado,

ni damos cuerda al recuerdo.

Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.

Somos un río derecho.

Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.

Somos a muerte lo ibero

que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,

transformándonos crecemos

y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora

de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

La visión del mundo de Goethe a través de sus máximas y reflexiones

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Si yerro todo el mundo puede darse cuenta; si miento, no.

En el mundo lo que importa no es conocer a los hombres, sino ser, en el momento adecuado, más listo que los demás. Todas las ferias y todos los que pregonan su mercancía dan prueba de ello.

Cuando el hombre reflexiona sobre su condición física o moral, habitualmente se halla enfermo.

El favor como símbolo de soberanía lo practican los débiles.

La suciedad es esplendorosa si el sol luce.

Los indios de los desiertos hacen voto de no comer pescado.

Somos tan estrechos de miras que siempre pensamos que tenemos la razón; y es así que podemos imaginar un espíritu tan extraordinario que no tan solo yerre, sino que incluso encuentre placer en el error.

Cuando perdemos el interés, perdemos también la memoria.

El mundo es como una campana partida: hace ruido, pero no suena.

Si tuviéramos que estudiar todas las leyes, no tendríamos tiempo para transgredirlas.

Aquel que tiene un contacto frecuente con niños se dará cuenta de que no hay acción externa sobre ellos que no produzca siempre la correspondiente reacción.

Realmente solo sabemos cuando sabemos poco; con el saber crece la duda.

Todo nuestro arte consiste en renunciar a nuestra existencia por tal de seguir existiendo.

La verdad contradice nuestra naturaleza; el error, en cambio, no. Y eso por una razón muy simple: mientras que la verdad exige que reconozcamos nuestra limitación, el error nos halaga, haciéndonos creer en uno u otro sentido que somos ilimitados.

Todos los hombres, tan pronto alcanzan la libertad, hacen valer sus carencias: los fuertes la exageración, los débiles la dejadez.

En el mundo hay muchas cosas buenas y excelentes, pero eso no se pueden palpar.

No hemos de preguntarnos si existe plena coincidencia, sino si caminamos en el mismo sentido.

¡Cabría al menos pensar si no se puede pensar aquello que pensamos!

¿Qué clase de época es esta que hemos envidiar a los muertos?

Los sentidos no engañan, engaña el juicio.

Con las personas que en principio me importan siempre estoy de acuerdo; al resto ya no les aguanto nada, y eso es todo.

__________

Extraído del libro J.W.V. Gothe. Màximes i reflexions, Albatros Edicions, 1992.

¿Bulo o verdad?

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Resulta que la Cadena SER (Sociedad Española de Radiodifusión) informó ayer, 20 de abril, de la existencia de un correo de la Guardia Civil remitido a las diferentes comandancias en el que insta a sus unidades a identificar noticias falsas y fake news “susceptibles de provocar estrés social y desafección a instituciones del Gobierno”. Fechado el pasado 15, insta a los agentes a la “identificación, estudio y seguimiento en relación con la situación creada por el COVID-19 de campañas de desinformación, así como publicaciones desmintiendo bulos y fake news susceptibles de generación de estrés social y desafección a instituciones del Gobierno”. La finalidad es realizar un gran informe que correría a cargo de la Unidad de Coordinación de Ciberseguridad, que en informes previos describe la desinformación como “conjunto de publicaciones en Internet, principalmente en redes sociales, de noticias falsas, medias verdades o información altamente subjetiva presentada como objetiva, con una finalidad desestabilizadora, de polarización de la opinión pública en asuntos de interés general, o de estrés social, quebrando la confianza en los poderes y representantes públicos”.

Igual que el GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) tratan de identificar mensajes falsos difundidos en internet y a través de las redes sociales que van desde teorías conspiratorias hasta narrativas que buscan perjudicar la imagen de los gobiernos e instituciones.

Pues nada. Vamos a ver si es cierto y son capaces de determinar qué es un bulo y qué no. ¿Es bulo el siguiente apunte o es “información altamente subjetiva presentada como objetiva”, como señala el correo en cuestión?:

Los políticos españoles, sin excepción, son extraordinarios. Y el rey, por supuesto. Y la familia real. Son más que buenos. Son fantásticos. Son tan ecuánimes, rectos y versados, que saben de todo e igual sirven para un roto que para un descosido. Muestran tanta eficacia que, luego, las empresas privadas y grupos financieros se los rifan, pues es sumamente difícil encontrar gente de tanta valía y con tanta formación. Los organismos y entidades –sean públicos o privados– también tienen su corazoncito y son conscientes de que “este virus lo paramos unidos”. Todos a una, como en Fuenteovejuna, saldremos de esta esta infausta situación más fortalecidos. Construiremos un mundo nuevo, un ser humano nuevo, y la solidaridad y la cooperación se convertirán en valores irrenunciables.

Todo ello se lo debemos a nuestros entregados políticos. ¡Para que luego hablemos mal de ellos y critiquemos su gestión! Admitamos de una vez nuestra inferioridad moral e intelectual y reconozcamos su infinita superioridad. No nos los merecemos. Son excelsos y sabedores de la verdad. ¿Qué haríamos sin ellos? ¿Quiénes somos para cuestionarlos y decir o publicar fake news que contradigan su criterio y el de las sabias instituciones y organismos internacionales? Nadie, no somo nadie. Así que no hay nada que decir. ¡Y punto en boca!