Todos somos negros

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O al menos muy oscuros. En origen todos los seres humanos fuimos, si no negros, oscuros de piel. Lo explica muy bien Marvin Harris (Nuestra especie, 1991). Todo depende en buena parte de la melanina, un pigmento al que debe la coloración la piel y cuya función es proteger las capas cutáneas superficiales del sol. La radiación solar convierte las sustancias grasas de la epidermis en vitamina D, imprescindible para una correcta absorción de calcio, el cual, como es sabido, resulta fundamental para la fortaleza de los huesos. La vitamina D está en presente solo en algunos alimentos, especialmente en los aceites e hígados de los peces. Los pueblos alejados de la costa no podían obtener la cantidad necesaria de vitamina D de los peces hasta tiempos relativamente recientes, por lo que esta dependía de los rayos del sol. Por eso, los esquimales no tienen la piel clara, pues su hábitat es rico en vitamina D.

A medida que los humanos fueron desplazándose desde África a otros lugares, y según se iban trasladando más al norte, la piel tuvo que adaptarse a los distintos climas. La necesidad de que fuese oscura para protegerse de los rayos del sol disminuía, así, según la latitud. Con una piel más clara, los humanos podían producir una suficiente cantidad de vitamina D. Hasta hace tan solo 10.000 años –puede que 12.000– negros y blancos compartimos el mismo color. Hasta esa fecha no existió la que denominamos “raza blanca”, y es posible –aunque esto sea solo una hipótesis– que el homo sapiens original no fuese tampoco lo que ahora entendemos por “negro”, sino –como decíamos al principio– muy oscuro de piel.

El cambio de pigmentación entre los humanos debió empezar, según Harris, hace unos 5.000 años y alcanzaría los niveles actuales poco antes de la era cristiana. Los pobladores de la Europa septentrional tenían necesariamente que vestir abundantes ropas para protegerse de los fríos inviernos. “Solo un circulito del rostro del niño –afirma Harris– se podía dejar a la influencia del sol, a través de las gruesas ropas, por lo que favoreció la supervivencia de personas con las traslúcidas manchas sonrosadas en las mejillas”.

La selección cultural completó el proceso. Cuando los humanos comenzaron a plantearse qué niños alimentar y cuáles descuidar, los de piel clara cobraron ventaja, ya que la experiencia mostraba que se criaban más altos, más fuertes y más sanos que los de piel oscura (al poder su piel absorber la vitamina D). Los de piel oscura, en cambio, no podían crecer igual si no tenían una alimentación rica en aceites e hígados de pescado, lo cual era imposible para las poblaciones alejadas de la costa. Así, en Europa, “el blanco era hermoso porque era saludable”.

¿Y en el resto? El periodo comprendido entre el 9.000 y el 4.000 a.C. –lo que conoce como Mesolítico– fue el último de la larga era glacial y empezó hace 100.000 años. El color de la piel de los diversos pueblos que poblaban la tierra fue adaptándose a las nuevas condiciones climatológicas, más cálidas, que permitieron el aumento de los bosques y la biodiversidad (aunque también provocó la inundación de amplias zonas costeras). Y, por supuesto, a los cambios que esto conllevó en su comportamiento y en su cultura material.

La evolución de la piel negra siguió el mismo camino, pero al revés. “Con el sol gravitando directamente sobre la cabeza la mayor parte del año y al ser la ropa un obstáculo para el trabajo y la supervivencia, nunca existió carencia de vitamina D […] Los padres favorecían a los niños más oscuros porque la experiencia demostraba que, al crecer, corrían menos riesgo de contraer enfermedades mortales y deformadoras. El negro era hermoso porque el negro era saludable”.

De ese modo, los humanos comenzamos a dividirnos también en función del color de nuestra piel. Y en esas seguimos. Solo que ahora sabemos que todos provenimos del mismo tronco genético y continuamos, de forma espuria, dividiéndonos en base a lo indivisible.

¿Incita a la pederastia el Dúo Dinámico?

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Eso es lo que afirma la Asociación de Biempensantes y Comehostias de España (ABCdE), que pide que se tipifique como delito la apología de la pederastia en el Código Penal. Recuerdan que en España la edad mínima para consentir una relación sexual se sitúa a partir de los 16 años y que no se puede normalizar el abuso de menores en nuestro país.

Ese sería el caso, apunta la asociación, del Dúo Dinámico, quienes llevan desde 1960, año en que grabaron la canción Quince años tiene mi amor, haciendo apología de tan execrable transgresión. Y, por si fuera poco, dos años después grabaron otra de letra todavía más maligna y perniciosa, Lolita.

Ante tal rotunda petición, que en quince días ha conseguido en Mojigato.org nada menos que 13 firmas autógrafas y 65.554 dactilares, la Inquifiscalía General del Estado ha emitido un comunicado en el que reclama la introducción en el Código Penal del delito de apología de la pederastia. Tras analizar la letra de las mencionadas canciones, una vez elaborados los preceptivos informes previos del Comité de expertos en Ética Patética, ha encontrado razones sobradas para ello. Así, afirma, la canción Quince años tiene mi amor contiene frases de marcado carácter lascivo como “tiene una mirada que nadie puede aguantar” o es “dulce, tierna como una flor” y otras que se podrían considerar delito de estupro: “si le doy mi mano ella la acariciará, si le doy un beso ya sabe lo que es soñar”. En parecidos términos se pronuncia respecto a Lolita, cuya letra es aún más explícita: “Te quiero, pues eres la muchacha con quien yo siempre he soñado. Te quiero y quiero que este sueño sea un día realizado. Lolita, Lolita, mi amor. Lolita, Lolita”. Vamos, que ni Humbert Humbert les supera.

Los miembros de la Inquifiscalía General aclaran que no se oponen a que las melodías de ambas canciones sigan sonando, pero siempre y cuando sea con otras letras. Sugieren, por ejemplo, que la protagonista de Quince años tiene mi amor pase a tener Veinticinco y que Lolita se llame Lola y que no sea una ‘muchacha’, sino una mujer. Que los componentes del Dúo Dinámico ya tienen una edad, caramba, carambita, carambirurá. Nada menos que 83 años ha cumplido cada uno de ellos, y desde que tenían 24 andan compartiendo sus perversas correrías e incitando a las personas de bien a cometer actos impuros contrarios a la mansedumbre moral lógica y de natural ordenamiento.

Finalmente, lamentan no poder actuar con mayor celo dada la actual legislación y por eso piden que la apología de la pederastia se tipifique como delito, pues así podrían ordenar la apertura de diligencias para determinar la gravedad de la más que evidente fechoría y, entretanto, prohibir la reproducción, por cualquier medio o soporte, de las canciones con sus actuales letras, retirándose toda grabación existente de las mismas y produciéndose a su inmediata destrucción.

Menos mal que todavía queda gente que muestra estar a la altura de los tiempos.

The Golden Age (La edad de oro)

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Este vídeo ha sido calificado para mayores de 18 años por razones obvias, como podrán comprobar si lo ven. Si así lo hacen y lo consideran merecedor de su reconocimiento les agradeceré que pongan un ‘me gusta’ en YouTube. Muchas gracias.

Las 31 fotografías de Joel-Peter Witkin que, acompañadas por la música de Shostakovich, conforman el vídeo, se exhibieron en 1988, con otras muchas más, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), primero, y acto seguido en la Sala Parpalló de la Diputación de Valencia, que por entonces dirigía mi amigo Artur Heras. No pasó nada. Me cuesta creer que si esta misma exposición se presentase hoy no levantara airadas protestas, manifestaciones y denuncias por parte de los veladores morales de nuestros rancios valores, meapilas varios y demás personas de mente biempensante. O igual no. Es posible que ni siquiera se hubiese llevado a cabo ante el temor a este tipo de reacciones. En todo caso, la autocensura no hubiera faltado. Y es que la obra de Witkin se muestra tremendamente actual en los momentos que vivimos.

La llamada edad de oro del capitalismo comprende el período transcurrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta la crisis del petróleo de 1973. Fue esta una época que se caracterizó por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

La crisis de 1973 evidenció los primeros síntomas de que el crecimiento económico sostenido que había caracterizado la economía de los países capitalistas desde la reconstrucción de posguerra llegaba a su fin. Tras convertir Chile, mediante el orquestado golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal, poco más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieron en práctica dicha política en Occidente, lo que nos llevaría a eso que llaman crisis y a un cada vez mayor deterioro del nivel de bienestar social y de continuada pérdida de derechos y libertades. Con el definitivo desmoronamiento de la Unión Soviética (1991) se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Finalizaba victoriosamente la batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). Y de aquellos barros, estos lodos en que nos vamos hundiendo poco a poco.

Así las cosas, las fotografías de Joel-Peter Witkin cobran un especial protagonismo en el momento actual, al igual que la reflexión que él mismo hace acerca de la humanidad en un texto publicado en el catálogo de la mencionada exposición titulado “El porqué de mi obra”:

El ser humano es el único ser vivo con imaginación. Ningún océano, montaña o galaxia tiene capacidad para representarse el destino. Por desgracia, el mundo de hoy se está convirtiendo en sistemas materiales que anestesian la tendencia de todo individuo a forjarse un destino. Es como si nuestros corazones y nuestras mentes hubieran sido bañados en plástico. Mientras tanto, estamos sacrificando nuestro derecho como seres humanos al conocimiento de lo ignoto. El no sentir la necesidad de plantearse en la vida otra ambición que no sea la indulgencia material, supone la gran desesperanza de nuestro tiempo.

Si alguna vez creímos que volveríamos a disfrutar de una nueva edad de oro, si luego ya no lo veíamos tan claro y empezábamos a dudar, mas sin dejar de perder la esperanza, hoy podemos estar seguros de que aquellos tiempos son solo cosa del pasado y nunca regresarán.

En cuanto a la música, que a mi parece de lo más apropiada, se trata del tango del ballet The Golden Age (La edad de oro), que compuso Dmitri Shostakovich en 1930, y es una mirada satírica del cambio político y cultural en la Europa de los años veinte del siglo pasado, años que en muchas cosas nos recuerdan igualmente este incierto y oscuro presente que, presagiando el futuro, es cada día más negro.