¡Soledad, patria mía!

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¡Soledad, patria mía, soledad! […] Una cosa es estar abandonado y otra estar solo. Ahora ya lo sabes. Y también sabes que serás siempre un extraño y un salvaje entre los hombres; sí, un extraño y un salvaje, aun cuando te amen. Porque lo que ellos quieren por encima de todo es que se les trate con indulgencia. […] Cuando estabas en tu isla, como un torrente de vino entre cántaros vacíos, dando y repartiendo, escanciando a los sedientos, hasta que acabaste siendo tú el único que tenía sed en medio de tanto borracho, entonces te lamentabas por la noche: ¿No es más dichoso el que roba que el que toma? […]

¡Soledad, patria mía, soledad! […] Nada nos preguntamos y nada nos echamos en cara, nos abrimos el uno al otro, y juntos atravesamos puertas abiertas. […] El que quiera saberlo todo de los hombres habrá de arremeter contra todo; mas para eso yo tengo las manos demasiado limpias. Yo ya no quiero respirar donde respiran ellos. ¡Cómo habré podido vivir durante tanto tiempo en medio de su estrépito y de su mal aliento! […] Si alguien pregona su saber con toques de campanas, los tenderos ahogan su sonido con el tintineo de las monedas. Entre ellos, todo es hablar, pero ya nadie entiende. Todo cae en el agua; nada cala en un pozo profundo. Entre ellos, todo es hablar: nada es llevado a término; a nada se pone fin. […] Entre ellos, todo habla, todo es pulverizado a fuerza de palabras […] Y lo que en otro tiempo se consideraba como un misterio y un arcano de las almas profundas, hoy se encuentra a merced de cualquier pregonero y de otros charlatanes callejeros. […] La indulgencia y la compasión han sido siempre mis peligros mayores: no hay ser humano que no quiera ser tratado con benevolencia y que le compadezcan. […] Cuando se vive entre los hombres se acaba por no saberlos conocer. ¡Hay tanto de apariencia en sus semblantes! […] A sus anquilosados sabios yo los llamaba investigadores, y así aprendí a decir unas palabras por otras.

Friedrich Nietzsche: “El retorno a casa”, Así habló Zaratustra (1893). Traducción de Francisco Javier Carretero Moreno (ed. 1999).

Nota bene: La soledad nada tiene que ver con estar solo, ni con el aburrimiento, ni con pasarlo mal. De ahí la foto que ilustra en la entrada. Yo, en el Hotel Plaza de Nueva York, hace unos añitos.

Ideales

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¿Os habéis preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia conturbada, cuánto ‘dios’ tuvo que ser sacrificado tal vez? […] Durante demasiado tiempo el hombre ha contemplado ‘con malos ojos’ sus inclinaciones naturales, de modo que estas han acabado por hermanarse en él con la ‘mala conciencia’. […] Los ideales que hasta ahora han existido […] son ideales hostiles a la vida, ideales calumniadores del mundo. […] ¡Qué complaciente, qué afectuoso se muestra todo el mundo con nosotros tan pronto como hacemos lo que hace todo el mundo y nos ‘dejamos llevar’ como todo el mundo!

Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972 (traducción de Andrés Sánchez Pascual).

Cansados de ‘el hombre’

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¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra el hombre? –pues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda–. No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano ‘hombre’ ocupe el primer plano y pulule en él; el que el ‘hombre manso’, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como ‘hombre superior’; –más aún, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida…

[…] El empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa… Hoy no vemos nada que aspire a ser más grande, barruntamos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano –el hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ‘mejor’… Justo en esto reside la fatalidad de Europa– al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él, la esperanza en él, más aún, la voluntad de él. Actualmente la visión del hombre cansa –¿qué es hoy el nihilismo si no es eso?… Estamos cansados de el hombre…

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Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972, traducción de Andrés Sánchez Pascual.