Cansados de ‘el hombre’

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¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra el hombre? –pues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda–. No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano ‘hombre’ ocupe el primer plano y pulule en él; el que el ‘hombre manso’, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como ‘hombre superior’; –más aún, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida…

[…] El empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa… Hoy no vemos nada que aspire a ser más grande, barruntamos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano –el hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ‘mejor’… Justo en esto reside la fatalidad de Europa– al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él, la esperanza en él, más aún, la voluntad de él. Actualmente la visión del hombre cansa –¿qué es hoy el nihilismo si no es eso?… Estamos cansados de el hombre…

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Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972, traducción de Andrés Sánchez Pascual.

León Tolstói y la ciencia de cómo vivir

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El trabajo manual es obligación y felicidad para todo; la actividad intelectual es una labor peculiar que se convierte en deber y felicidad solo para quienes tienen la correspondiente vocación. […] El hombre que cumple la obligación de mantener su existencia con el trabajo de sus propias manos y, pese a todo, privándose del sueño y el descanso, encuentra la posibilidad de discurrir y laborar con buen fruto en el dominio intelectual, demuestra con ello su vocación. Quien rehúye ese deber moral común a todas las personas y, bajo el pretexto de su inclinación por las ciencias y las artes, se crea una vida de parásito, ese no producirá nunca más que seudociencia y seudoarte.

[…] El falso papel que la ciencia y el arte desempeñan en nuestra sociedad emana de que las tal llamadas personas instruidas, con los científicos y artistas a la cabeza, constituyen una casta privilegiada, igual que los sacerdotes. Y esta posee los defectos propios de todas las castas. Uno de ellos es que deshonra y humilla el mismo principio en aras del cual se organizó. En lugar de una religión verdadera se obtiene una religión falsa. En lugar de verdadera ciencia, seudociencia. Y asimismo respecto al arte. Un defecto de la casta es que gravita sobre las masas y, encima de eso, las priva de lo que se suponía iba a difundir entre ellas. Mas el defecto primordial de esta casta radica en la contradicción –consoladora para sus miembros– entre los principios que ellos profesan y su manera de actuar.

[…] Si los partidarios de las ciencias y las artes tuvieran realmente en cuenta el bien de la humanidad y supieran en qué consiste el bien del hombre […] se ocuparían solo de aquellas ciencias y aquellas artes que conducen a dicho objetivo. No habría ciencias jurídicas, ni ciencia militar, ni economía políticas ni ciencia de las finanzas, puesto que todas esas materias no tienen otra finalidad que el bienestar de unos pueblos en detrimento de otros. […]

No es en el conocimiento de las cosas en lo que estriba la sabiduría humana. Hay un sinfín de cosas que no podemos saber. No radica en eso la sabiduría, en saber cuanto más mejor. La sabiduría humana estriba en el conocimiento del orden en que es necesario saber las cosas […].

Y de todas las ciencias que el hombre puede y debe saber, la más importante es la ciencia de cómo vivir, haciendo el mínimo mal y el máximo bien […].

Mi fuero interno me dice que necesito el bien y la felicidad para mí, para mí solo. La razón me dice: todos los hombres, todos los seres desean lo mismo que yo. Todos los seres que buscan la felicidad personal, lo mismo que yo, me aplastarán: está claro que no puedo poseer la felicidad que yo deseo […]. No teniendo la posibilidad de alcanzar la felicidad, de aspirar a ella, esto equivale a no vivir.

¿Así que, no puedo vivir?

[…] Yo solo puedo ser entonces feliz cuando en este mundo haya de existir un orden de tal naturaleza en el que todos los seres amen a los demás más que a sí mismos. Todo el mundo sería feliz si todos los seres dejaran de amarse a sí mismos, y amaran a los demás.

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León Tolstói en una carta dirigida al escritor Roiman Rolland, gran admirador suyo. Escrita en Yásnaia Poliana (finca propiedad de Tolstói; donde nació, vivió y fue enterrado). Fechada el 3-4 de octubre de 1887. Extraída del libro León Tolstói. Cartas (1984). Traducción de Pedro Mateo Marino.

Ayudando a seguir creando más y más rebaños de corderos

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El siguiente texto de Morris es de 1885 y está sacado del libro de E.P. Thompson William Morris (1955). Pienso en el nuevo Gobierno que acaba de formarse en España y solo acierto a decir: cuánta razón tenía.

Me gustaría que vuestro amigo[1] supiera hacia donde tiende el sistema entero de paliativos, a saber, a la creación de una nueva clase media para actuar como parachoques entre el proletariado y sus amos directos y más visibles; la única esperanza de la burguesía para retardar la llegada del socialismo se halla en este truco. Dejemos que nuestro amigo piense en una sociedad unificada de este modo. Dejémosle que considere cuán mansamente los obreros bien pagados de hoy se ofrecen al esquilador. ¿Y ayudaremos a nuestros amos a seguir creando más y más rebaños de corderos? […] Yo creo que si nuestro amigo conociera tan bien como yo la terrible degradación mental de nuestras clases medias, su hipocresía, su cobardía, su tristeza, eso le haría prescindir del intento de utilizar su amado instrumento de mejora: el Parlamento.

Estamos trabajando para producir una nueva Sociedad, no una limpieza de nuestro presente tiránico fango, al que convertiríamos en una forma mejorada, de impecable funcionamiento del mismo ‘orden’, una masa de gente gris y inútil organizada en clases, entre las cuales el antagonismo sería moderado y velado, de modo que pudieran actuar como fresnos unos sobre los otros, para la seguridad de la estabilidad del sistema.

La verdadera misión de los socialistas es grabar en los obreros la idea de que son una clase, de donde se deduce que son Sociedad; si nos mezclamos con el Parlamento llevaremos la confusión y la oscuridad a las mentes del pueblo, en lugar de hacerlas más agudas y de esclarecerlas. […] Si por casualidad se deriva algún bien de la legislación de las clases dirigentes, es mucho más probable que las concesiones necesarias les sean arrancadas por miedo a nuestra organización que por el engatusamiento y halagos de toda una vida de compromiso con los ‘socialistas parlamentarios’ que estos se verían impelidos a llevar, y que es mortal para ese sentimiento de exaltada esperanza y fraternidad que es lo único que puede mantener unido a un partido revolucionario.


[1] El ‘amigo’ al que se refiere es John Lincoln Mahon, miembro de la Liga Socialista.

Fragmentos de hombres, migajas de vida

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El grito enorme que se eleva desde todas nuestras ciudades industriales, más ruidoso que el rugir de los hornos, nos dice en cada momento […] que allí producimos de todo, menos hombres. […]

Tenemos que darnos cuenta de que se nos presenta una difícil elección en esta materia. Debemos hacer de esta criatura o un instrumento o un ser humano. No podemos hacer amabas cosas. Los hombres no están hechos para trabajar con la precisión de los instrumentos, para ser exactos y perfectos en todas sus acciones. […]

En esta época hay un afán constante por separar ambas clases de trabajo; queremos que unos hombres estén siempre pensando y otros siempre trabajando, y a los primeros les llamamos caballeros y a los segundos operarios. En realidad, empero, el trabajador debería pensar con frecuencia y el pensador también tendría que trabajar a menudo. Tal como están las cosas convertimos a ambos en ungentle [sin gentileza, sin caballerosidad], el uno envidiando y el otro despreciando a su hermano. Al final, el grueso de la sociedad está compuesto por pensadores mórbidos y por obreros miserables. […]

Hemos estudiado mucho y perfeccionado sobremanera, últimamente, ese gran invento de la civilización que es la división del trabajo; empero, le damos un nombre falso. Hablando en propiedad, no es el trabajo lo dividido, sino los hombres. Divididos en meros segmentos de hombres, rotos en fragmentos diminutos y migajas de vida; de modo que toda la inteligencia que le queda a un hombre no basta para fabricar un alfiler o un clavo, sino que se agota a sí misma en hacer la punta o la cabeza de un clavo.

John Ruskin: Las piedras de Venecia (1851-1853).

La religión, el Estado, el estercolero

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Si los hombres fueran creyentes, sabios, religiosos, en lugar de reírse, como hacen, del socialismo, profesarían con respeto y veneración la doctrina del círculo. Cada uno recogería religiosamente su estiércol para dárselo al Estado; es decir, al preceptor, a guisa de impuesto o de contribución personal. La producción agrícola se vería inmediatamente doblada y la miseria desaparecería del globo.

Nada impediría que se hiciera un libro entero con los escritos de Pierre Leroux para darlo inmediatamente a leer como una ficción pariente del Gran Misterio. Esas líneas, sin embargo, han sido escritas y firmadas por Pierre Leroux, en 1850, en el número 1 de la Revista del Orden Social, que no pasaba por publicar relatos de Swift. Se inscriben en un amplio conjunto: en 1847 Leroux había publicado el Prospectus d’une Colonie agricole fondée sur un nouveau moyen de subsistance; luego, en 1849, una crítica, algo simplona, de Malthus, titulada Malthus y los economistas, o ¿habrá siempre pobres?, y, obra capital del género, la sorprendente Carta a los Estados de Jersey sobre un medio de quintuplicar, por no decir más, la producción agrícola del país (Londres-Jersey, 1853). Más conocido por su obra De l’Humanité, en la que intentaba resumir “las religiones positivas” en una supra-religión de la humanidad, esa “gran palabra” que las engloba todas, Pierre Leroux habrá demostrado que nadie se sacrifica al culto de la humanidad sin que le conduzca una visión cósmica del mundo, en la que se encuentra incluida como motor la relación del sujeto con su mierda; hasta el punto que es raro encontrar una manifestación tan patente como esta, que pertenece al autor de una obra que al fin y al cabo ha dado nombre a la institucionalización periodística de las representaciones mesiánicas del proletariado, en la gran tradición cósmica que persigue todavía hoy la prensa a través de los titulares de sus periódicos. Religión de la humanidad y culto de la necesidad se iluminan, en su evidente conexión, al ser referidas con la proximidad en que históricamente se han encarnado, en la obra de un hombre cuya parte esencial se su vida militante se consagró a convencer a sus contemporáneos de que se podía abolir para siempre la miseria, satisfacer las necesidades de todos, si se conseguía que cada uno regalara al Estado su mierda.

Lo insensato sería no atreverse a pensar que no se trata ahí de otra cosa más que de la verdad literal, la statolatría que mantiene hoy en día en el torno de la concentración a millones de sujetos, la imagen revelada de la rigurosa homología, que mantiene unidos los discursos “obscenos y feroces” del Estado-tirano y del Educador todopoderoso y regula su conducta común frente a su progenitura que, a falta de la férula del maestro, se embadurnarían mutuamente la cara con la propia mierda antes que regalarla.

En efecto, el totalitarismo habla así: “Recoge religiosamente tu estiércol y dalo como fruto de tu trabajo al Estado que te quiere bien, sepárate de esta mierda y recibirás de mí, en recompensa, la satisfacción de todas tus necesidades, te colmaré de mis regalos y nunca te faltará de nada”. […]

Se sabe que Malthus sostenía la tesis de que había una tendencia natural en la población a aumentar en proporción geométrica opuesta a la tendencia de los medios de subsistencia, que solo crecen en una proporción aritmética. De ahí la consecuencia fatal de iría agravándose hasta tal punto que “al cabo de dos siglos la población estaría, respecto a los medios de subsistencia, en una relación de 256 a 9’’ si no se ponían en funcionamiento los medios “para impedir que el crecimiento del capital sea menor que el de la población” (Mill). Los economistas respondían, en general, a esta alarma, recomendando, como se decía entonces, la “prudencia conyugal” y las costumbres fanerógamas de la escuela falansteriana, que suponían la esterilización de dos tercios de las mujeres.

Pierre Leroux responde de muy distinta forma, avanzando que, por naturaleza, “el hombre es reproductor de su propia subsistencia”: “me ha sido dado, dice en su carta a los estados de Jersey, oponer a la ley de Malthus la verdadera ley de la Naturaleza. Esta verdadera ley de la Naturaleza es lo que yo he llamado, por alusión a la circulación de los economistas, círculo natural o circulus”. Se trata, en efecto, de un círculo en el que el hombre está en posición de satisfacer sus necesidades cuando “hace sus necesidades”:

“He probado, pues, continúa, que la naturaleza ha establecido un círculo cuya mitad se llama producción y la otra consumición; una de estas dos mitades no existe sin la otra y una es igual a otra; y que este círculo constituye la vida fisiológica de cada ser e incluso de cada órgano en cada ser: Nutrición y Secreción. […]

Que estas secreciones son realmente, desde el punto de vista de la naturaleza, el precio de su subsistencia, siendo destinadas a otros seres de igual forma que las secreciones de otros seres le son destinadas a él. […]

He probado:

Que, por tanto, es soberanamente injusto achacar a la naturaleza los males actuales de la sociedad y decir como Malthus que ‘la naturaleza misma condena a muerte al hombre que no tiene su cubierto en el banquete de la vida’; es decir, aquel cuyos servicios son inútiles económicamente hablando.

Que el más miserable de los proletarios, que muere de hambre en nuestras ciudades, porque se le niegan las migajas de este banquete, no muere de hambre por culpa de Dios, puesto que este cuerpo que muere a falta de nutrición es un admirable laboratorio y una obra de Dios tan perfecta que todos los poderosos de la tierra, unidos a todos los sabios, no podrían producir artificialmente la riqueza útil que él produce.

Sino que este hombre que tenía por sí mismo el derecho a la vida y que para ella estaba dotado, muere, porque el círculo conocido de economistas, al excluirlo de su relación necesaria con la tierra, ha destruido el círculo natural.

Que, en una palabra, por naturaleza, cualquier hombre es a la vez productor y consumidor y que si consume, produce.”.

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“La religión, el Estado, el estercolero” es un apartado del capítulo “Digo lo mismo que Shakespeare (sic)”, del libro de Dominique Laporte Historia de la mierda (primera edición, en francés, 1978; en español, 1980).

El parlamentarismo

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Ese monstruoso y venerado aparato que es el parlamentarismo no funciona en absoluto. Resulta ridículo seguir aferrado al parlamentarismo en nombre de la equidad y de la democracia.

Hace no mucho tiempo [el parlamentarismo] constituía un movimiento espiritual. Probablemente un fenómeno de reacción. Heine, Börne, la literatura política del 48 y anterior a Bismarck. Al cabo de poco tiempo, se ha convertido simplemente en un medio (muy imperfecto) de entenderse. Antes, se hacía política en la medida en que las gentes con vocación política buscaban compañeros de partidos y se comprometían. Hoy en día se ha convertido en un escrutinio de la propia voluntad política. Ya no se buscan medios para alcanzar un fin, sino ese mismo fin. No hay que dejarse engañar por los programas de los partidos; no son más que avatismos. Mucho más importante es la indiferencia de los electores. Políticamente indiferentes: … por cien. […] Puesto que ya sabemos cuáles son los motivos por los que una parte todavía grande del resto ingresa en un partido, puede decirse que ese monstruoso y venerado aparato que es el parlamentarismo no funciona en absoluto. Por ello resulta ridículo (por mucho que el bolchevismo confiera un tinte trágico a esa ridiculez), seguir aferrado al parlamentarismo en nombre de la equidad y de la democracia. […]

La prensa constituye otro de esos intentos. Forma la opinión pública, pero después se la considera más bien como un espejo de la misma.

Administración de justicia.

Escuela.

Grafomanía. Círculos editoriales no asociados.

Resumiendo: un inmenso cuerpo humano regido por una casta de reyes, señores feudales y financieros, o de políticos y financieros. Grupos que muestran determinadas tendencias y ambiciones, pero con un conocimiento muy escaso sobre los otros grupos. […] Es como si cada uno estuviera aferrado al lugar donde ha crecido. La organización de la comunicación no ha avanzado a la misma velocidad que los obstáculos del tráfico. En este terreno se desarrollan las brillantes y libres capacidades de cada cual. Esa es la imagen real. Y no aquella que ha esbozado el socialismo de una clase burguesa que ha monopolizado para sí todos los bienes materiales y espirituales. Esta burguesía es incapaz de aprovechar los bienes espirituales, y los materiales no tienen sino unos pocos usufructuarios. […]

En el centro, el individuo. Su impotencia. El enorme desarrollo de los hechos. Ese abismo insalvable entre el individuo y la comunidad. Los elementos constituyentes de una nueva ética, solo en la medida en que tengan en cuenta el estado de las cosas. […]

La vida inconsciente.

La vida consciente pero automática.

Los ideales representan un papel muy limitado. En ocasiones, conducen a extrañas explosiones. Revoluciones. […]

Estamos ante la soberanía absoluta de la rutina. La reacción por incapacidad [humana] y no por mala voluntad. Dominio de los políticos del pasado. Dominio de las ideas del pasado. […]

Socialistas de noviembre: proclamarse con entusiasmo socialista de noviembre. Por qué se quedó uno al margen; por qué intervino. Los oportunistas de las jornadas de noviembre se asimilarán; serán funcionarios socialistas del mismo modo que fueron funcionarios clericales.

Si no se puede socializar la economía, se podría al menos preparar las bases intelectuales de esa socialización. De eso ni se habla. Pensamos: como cabezas no pasan de mediocres, pero ellos, los líderes socialistas, se convertirán en políticos; ahora constatamos con horror que sí son cabezas.

Robert Musil: “Cuaderno 19. 1919-1921. ¡Último baile!”, en Diarios 1899-1941/42, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim, 1994 (primera edición, en alemán, 1976).

La desobediencia civil (y III)

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¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia.

Vi hasta qué punto podía confiar como vecinos o amigos en la gente con la que vivía, que su amistad era de poco fiar, que no se proponían hacer el bien. […]

Nunca me he negado a pagar el impuesto de carreteras porque tan deseoso estoy de ser un buen vecino, como de ser un mal súbdito; y respecto del mantenimiento de las escuelas, estoy contribuyendo ahora a la educación de mis compatriotas. No me niego a pagar los impuestos por ninguna razón en concreto; simplemente deseo negarle mi lealtad al Estado, retirarme y mantenerme al margen. Aunque pudiera saberlo, no me importaría conocer el destino de mi dinero, hasta que se comprara con él a un hombre o a un mosquetón para matar   –el dinero es inocente– pero me interesaría conocer las consecuencias que tendría mi lealtad. A mi modo, en silencio, le declaro la guerra al Estado, aunque todavía haré todo el uso de él y le sacaré todo el provecho que pueda, como suele hacerse en estos casos. […]

No tengo interés en discutir con ningún hombre o nación. No deseo ser puntilloso y establecer distinciones sutiles; ni tampoco quiero presentarme como el mejor de mis conciudadanos. […]

De todos modos, el gobierno no es algo que me preocupe demasiado, y voy a pensar muy poco en él. No son muchas las ocasiones en que me afecta directamente, ni siquiera en este mundo en que vivimos. Si un hombre piensa con libertad, sueña con libertad e imagina con libertad, nunca le va a parecer que es aquello que no es, y ni los gobernantes ni los reformadores ineptos podrán en realidad coaccionarle.

Sé que la mayoría de los hombres piensan de distinto modo, pero son aquellos que se dedican profesionalmente al estudio de estos temas u otros semejantes, los que más me preocupan; los estadistas y legisladores, que se hallan tan plenamente integrados en las instituciones que jamás las pueden contemplar con actitud clara y crítica. Hablan de cambiar a la sociedad, pero no se sienten cómodos fuera de ella. Puede que se trate de hombres de cierta experiencia y criterio, y, sin lugar a dudas, han inventado soluciones ingeniosas e incluso útiles, por lo que sinceramente les damos las gracias; pero todo su talento y su utilidad se encuentran dentro de límites muy reducidos. Suelen olvidar que al mundo no lo gobiernan ni la política ni la conveniencia. […] ¿Una democracia, tal como la entendemos, es el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso adelante tendente a reconocer y organizar los derechos del hombre? Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin interferir con él ni acogerse a él, tan solo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y glorioso aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.