Estado social, estado hipnótico

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El estado social, como el hipnótico, no es sino una forma del sueño, aquí sueño de mando convertido en acción. No tener sino ideas sugeridas y creerlas espontáneas: tal es la misión del sonámbulo, y asimismo la del hombre social.

Fue […] necesario, al principio de cualquier sociedad antigua, un gran despliegue de autoridad ejercido por unos cuantos hombres imperiosos y positivos. ¿Acaso gobernaron esencialmente, como se dice, mediante el terror y la impostura? De ninguna manera. Dominaron por su prestigio. El ejemplo del hipnotizador nos hace comprender la profunda significación de esta palabra. Para ser creído ciegamente por el hipnotizado, el hipnotizador no precisa mentir; tampoco necesita aterrorizar para ser obedecido pasivamente. Es prestigioso: ello lo explica todo.

Gabriel Tarde: Las leyes de la imitación (1890).

El Partido Comunista Obrero Alemán (1920-1929). La breve historia del KAPD

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Así se titula el primer artículo que publiqué en mi vida. Casi lo tenía olvidado cuando, buscando otras cosas, he topado con él. Me ha hecho ilusión y he decidido compartirlo en el blog por dos razones: por ser el primero y por haber sido publicado en una revista que dirigía alguien a quien he admirado toda mi vida: Eduardo Haro Tecglen. La revista, de periodicidad mensual, se titulaba Tiempo de Historia y se publicó entre 1974 y 1982. Mi artículo apareció en el número 38, correspondiente enero de 1978. Tenía yo 23 años.

El KAPD (Kommunistischen Arbeiter-Partei Deutschlands: Partido Comunista Obrero Alemán) nació de una escisión política en el seno del KPD (movimiento obrero,) en abril de 1920 por parte de sus miembros más izquierdistas. Tras el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo en enero de 1919 la dirección del partido pasó a manos del reformista Paul Levi y se orientó cada vez más –siguiendo así las consignas del ejecutivo de la III Internacional– hacia la táctica parlamentaria, queriendo de este modo reparar el error de la fracasada revolución de 1919 (el llamado Levantamiento Espartaquista) en Alemania, que para Lenin había consistido en considerar que “el parlamentarismo estaba pasado de moda” y no haber participado en las elecciones [Lenin (1920): El extremismo: enfermedad infantil del comunismo]. Levi, además, rechazaba por completo la acción directa, que espantaba a sus posibles electores.

La mayoría del partido, no obstante, rechazaba el parlamentarismo y propugnaba la lucha mediante los consejos obreros en la línea de algunos pensadores marxistas europeos como Anton Pannekoek, que consideraban que la Revolución rusa no había llegado más allá de la implantación de una nueva forma de capitalismo: el capitalismo de Estado, pues como decía Paul Mattick [Anton Pannekoek, 1960] se dejaban intactas las relaciones capital-trabajo al existir la misma separación entre los medios de producción y los trabajadores que en el mundo occidental.

Levi y los suyos resolvieron excluir a los disidentes y, de este modo, el 3 de abril de 1920 nacía el KAPD, al que se sumaron las cuatro quintas partes de la militancia. Se presentaba este como un partido diferente a los entonces existentes: “El Partido Comunista Obrero Alemán no es un partido en el sentido tradicional del término. No es un partido de jefes. Su tarea principal consiste en sostener en la medida de sus fuerzas al proletariado alemán sobre el camino que le conduzca a liberarse de toda dominación de jefes”.

El KAPD participó activamente en la insurrección de Rhur de abril de 1920 –tras el intento de golpe de Estado para instaurar un gobierno derechista fuerte que acabara con los desórdenes sociales– con la creación del Ejército Rojo del Ruhr. La insurrección fue sofocada por las tropas gubernamentales, muriendo en la lucha miles de obreros. Ello, y la posición minoritaria de sus tesis en la III Internacional, terminó por pasarle factura. Trató entonces de fundar una IV Internacional, lo que ocasionó la fractura en su seno. Tras escindirse de él la AAUD (Asociación Libre de Sindicatos Alemanes) en 1929 llegó su final, y con él el del movimiento revolucionario alemán.

Hecha esta síntesis del artículo, les dejo con él tal como aparece en la edición digital de la revista Tiempo de Historia. Si no lo leen correctamente, pueden acceder al mismo clicando aquí.

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Triunfo

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Triunfo fue una revista semanal ilustrada que se comenzó a publicar en Valencia el 2 de febrero de 1946. Fue su fundador Ángel Ezcurra Sánchez, quien encomendó la dirección a su hijo José Ángel Ezcurra (Orihuela, 3 de mayo de 1921 – Madrid, 1 de octubre de 2010). Condicionada por las circunstancias de la época, orientó en principio su contenido al mundo del espectáculo y las actualidades de tipo general, no políticas.

La escasez de prensa en aquella época favoreció su penetración en el mercado, ganando rápidamente lectores por el tono moderno de su presentación, la agilidad de sus textos y la abundancia de ilustración gráfica. La expansión adquirida decidió a los propietarios a trasladar la redacción a Madrid, lo que hicieron en 1948. Para obviar las dificultades que para ello imponía la reglamentación de prensa, la propiedad firmó un contrato de coedición y coexplotación económica con la Delegación Nacional de Prensa del Movimiento, valedero por cinco años, al término de los cuales quedó cancelado. Recobrada su autonomía, la propiedad prosiguió de 1952 a 1962. Aunque con alguna alternativa, la publicación de la revista siguió ahora en la línea ya tradicional de la misma, pero en dicho año 1962 inauguró una nueva etapa como semanario de información general, creándose para su explotación la empresa Prensa Periódica SA.

En 1967 alcanzó una tirada reconocida de 66.408 ejemplares. En 1969, José Ángel Ezcurra se independizó del grupo financiero que controlaba la sociedad, entrando la revista en una nueva fase en la que tuvieron mayor cabida los temas políticos y culturales. En 1971-1972 procedió a la publicación de suplementos monográficos o números extraordinarios, con el concurso de firmas de reconocido prestigio, pues entre sus colaboradores figuraron gente de la valía de Eduardo Haro Tecglen, Manuel Vázquez Montalbán (que también firmó bajo el seudónimo de Sixto Cámara), Luis Carandell, Jesús Aguirre, Víctor Márquez Reviriego, César Alonso de los Ríos, Enrique Miret Magdalena o José Luis Aranguren. Uno de estos suplementos, el dedicado al matrimonio, le acarreó la suspensión gubernativa por cuatro meses y multa de 250.000 pesetas. No sería la única vez, pues en los últimos años del franquismo y primeros tras la muerte del dictador Triunfo fue posiblemente, sin desmerecer a Cuadernos para el diálogo o Cambio 16, la publicación periódica más valiente de cuantas se editaban en España, ofreciendo una información precisa y rigurosa, crítica y comprometida. El 24 de julio de 1975 se abrió expediente a la revista por la publicación en el número 669 de una entrevista de Montserrat Roig a José Andreu Abelló, considerando que el texto vulneraba el artículo 2 de la Ley de Prensa e Imprenta. Para mayor afrenta aún, los indultos que el primer gobierno de la Monarquía (12 de diciembre de 1975) concedió a las publicaciones y periodistas sancionados por transgredir la Ley de Prensa no alcanzaron a Triunfo, que tuvo que cumplir íntegra toda su condena. El 10 de enero de 1976 reapareció Triunfo con una significativa portada: “La respuesta democrática”.

Dejó de publicarse en agosto de 1982, después de 933 números. En la última etapa, ya fallecido Franco, contrariamente a lo que cabía esperar, revistas como Triunfo ya no contaron con el favor del público, posiblemente ─aunque no es esta la única razón─ porque sus lectores la identificaban como una voz de cuestionamiento al régimen en momentos en que la prensa independiente a duras penas era tolerada. Triunfo, pues, desapareció y, con ella, muchos sueños y ambiciones que jamás llegaron a verse cumplidos. Su contenido, sin embargo, sigue vivo, mucho más que la mayoría de revistas y diarios que hoy en día se publican.

Puede consultarse a través de este enlace: http://www.triunfodigital.com/

Placer y culpa

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“Weird” (2013) / Fran Carneros.

Me tocaba, ya hacía tiempo que me tocaba, pero ese día, un día de verano al caer la tarde, no dejé de tocarme por aburrimiento o porque decidiera hacer otra cosa –como otras veces– sino porque de repente de mi polla empezó a salir un blanquecino líquido viscoso que yo sabía que se llamaba leche, pero no lo había visto hasta entonces. Lo sabía, sabía que salía de la pilila, me lo habían contado en la escuela –los niños, no los maestros–, como también de las tetas de las mujeres, pero desconocía qué se sentía: cierta extrañeza en los primeros momentos, cuando el ritmo se tornaba cada vez más regular y más acelerado, desconcierto a medida que iba perdiendo el control de lo que hacía, la rigidez cada vez mayor del pene, un posterior acaloramiento, la excitación –no exenta de temor– ante algo nuevo y placentero que no podía detenerse, y una especie de convulsión cuando la leche se disparó –fue eso, un disparo– a la que siguió una sensación de vacío que me resultó sumamente agradable.

Debo haberme hecho una paja, pensé. Luego vinieron las dudas, la confusión. Puede que fuera a los doce años, o no, lo de la primera paja, o el primer orgasmo, en solitario ─como el último suspiro─, o puede que fuera a los once, pues a los doce empecé a salir con una chica con la que nada sucedió –no hubo sexo, quiero decir– pero con cuya imagen en mi mente recuerdo haber repetido la experiencia.

No experimenté sensación alguna de culpa hasta que se lo comenté a Juan Luis. Tendrás que confesarte, me dijo. No lo hice y nada pasó, pero no conseguí evitar que el desasosiego se apoderase de mí e incluso sentir culpa por no sentirme culpable. Aun así, seguí masturbándome. Casi a diario. Sin comentar nada a nadie, ni siquiera a mis amigos después de lo que me dijera Juan Luis. Placer y culpa, combinación perfecta para doblegar conciencias. En aquel tiempo no supe adivinar tal extremo. Tardé años en descubrirlo, tantos como viví el placer asociado a la culpa, aunque fuera la de no sentirme culpable.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/21/placer-y-culpa/

Primeros besos

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“Beso en la cama”, óleo de Toulouse-Lautrec (1892).

Hay quien ve los besos como una fase del proceso de enamoramiento, cuando en realidad es el inicio de su fin. Luego comienza un proceso distinto cuyo final suele ser bien diferente. Pueden haber muchos primeros besos, pues no hay dos besos iguales, incluso con la misma persona pueden haber primeros besos largo tiempo. Muchos, no obstante, se confunden. No alcanzan a ver la diferencia. Creen que todo será a partir de entonces como los primeros besos, pero lo único que puede ser igual a los primeros besos son los propios primeros besos, aunque sean con la misma persona. Lo creen, creen tener la certeza de que así será, cuando los hechos demuestran de forma empírica que la verdadera certeza es que a partir de ese momento se inicia otro indisoluble, duradero y estable, cuando no imperecedero, que casi siempre tiene el mismo destino: el hastío.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/15/primeros-besos/

Los corchos también se hunden

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Abatido por el peso de los pensamientos que, como siempre, se presentan sin avisar, de los recuerdos que anclan mi identidad a un espacio y tiempo determinados, a una historia que no es la mía, dejo de ser consciente y me duermo. No sé a qué hora, nunca miro el reloj, es un detalle del que siempre prescindo. Si no miro la hora no hay tiempo, no puedo medirlo.

Despierto cuando el sol ya debe estar harto de contemplar cómo todo, lo pertrechado durante la noche o lo improvisado en el momento, se va desmoronando bajo su luz. Me ducho, desayuno, me visto y me dirijo a donde siempre: a ningún sitio.

Por el camino encuentro miríada de personas que van al mismo lugar. Como el corcho sobre el agua deambulan, dejándose llevar. Flotan, las aguas están calmadas. Nada hace predecir la catástrofe. De repente, una inesperada crecida. Nadie sabe qué hacer. Es imposible seguir deambulando. Todo el mundo trata de agarrarse a cualquier saliente, pero no hay bastantes. Mas cuando la gran mayoría elige los del mismo tipo. La deriva se convierte en el único e insalvable motor, un motor asíncrono que se alimenta de la inercia y la pasividad, que jamás había dejado de funcionar pero que ahora tiene mayor energía que nunca. El caos es absoluto y las grietas del ánimo, que permanecían poco profundas, se abren cada vez más y afloran a la superficie, presagiando un hundimiento irremediable.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/27/los-corchos-tambien-se-hunden/

Misantropía

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“Diógenes” (1873), óleo de Jules Bastien-Lepage.

Las cuatro paredes de mi casa son el único ámbito en que al menos siento estar protegido del rigor de la denominada vida real, la presumiblemente objetiva, la verdaderamente imaginaria. La relación con la gente nunca ha sido mi fuerte, desde la infancia. Cuestión de intereses, disposiciones distintas ante situaciones comunes.

La futilidad de nuestras intenciones la observé desde niño. Mis opiniones nunca eran tenidas en cuenta, como mucho eran tomadas con chanza por los mayores, a veces recibía alguna regañina por usar vocablos inadecuados, poco más, cosas de niños, nada trascendente. Lo mismo sucedía con mis acciones, o eran irrelevantes o eran perjudiciales, para mí o para los demás. Mi inclinación a la soledad era atribuida al retraimiento y la introversión, así me animaban a jugar con chicos de mi edad, lo que me obligaba a tomar decisiones, todo juego tiene sus reglas que deben ser de obligado cumplimiento, pero no siempre podemos llevarlas a efecto, algunas requieren unas cualidades físicas que no todos poseen, cierto grado de habilidad, de interés, además del estado de ánimo de uno y de los demás participantes, dándose la paradoja de vernos obligados a elegir entre las diversas posibilidades que se nos presentan, a decidir libremente, pues, cuando es del todo imposible, se requiere la  previa aceptación de las pautas establecidas y la adaptación a las mismas, lo contrario nos conduce necesariamente al fracaso.

Pronto advertí que las mismas circunstancias rodeaban del mismo modo cualquier otra situación, fuera en casa, en el colegio, con los amigos cuando los tuve, con las chicas cuando las descubrí, con los mayores. Un mismo esquema, una misma salida para todo. Siempre tropecé con la incomprensión, la arbitrariedad, el absurdo, aunque los partícipes en un hecho o situación concretos constituyeran el bastidor de un lienzo, que no se ve pero es indispensable para fijar la tela, que es más poderoso de lo que aparenta pues sin él la tela no se sostendría.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/12/misantropia/