Los corchos también se hunden

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Abatido por el peso de los pensamientos que, como siempre, se presentan sin avisar, de los recuerdos que anclan mi identidad a un espacio y tiempo determinados, a una historia que no es la mía, dejo de ser consciente y me duermo. No sé a qué hora, nunca miro el reloj, es un detalle del que siempre prescindo. Si no miro la hora no hay tiempo, no puedo medirlo.

Despierto cuando el sol ya debe estar harto de contemplar cómo todo, lo pertrechado durante la noche o lo improvisado en el momento, se va desmoronando bajo su luz. Me ducho, desayuno, me visto y me dirijo a donde siempre: a ningún sitio.

Por el camino encuentro miríada de personas que van al mismo lugar. Como el corcho sobre el agua deambulan, dejándose llevar. Flotan, las aguas están calmadas. Nada hace predecir la catástrofe. De repente, una inesperada crecida. Nadie sabe qué hacer. Es imposible seguir deambulando. Todo el mundo trata de agarrarse a cualquier saliente, pero no hay bastantes. Mas cuando la gran mayoría elige los del mismo tipo. La deriva se convierte en el único e insalvable motor, un motor asíncrono que se alimenta de la inercia y la pasividad, que jamás había dejado de funcionar pero que ahora tiene mayor energía que nunca. El caos es absoluto y las grietas del ánimo, que permanecían poco profundas, se abren cada vez más y afloran a la superficie, presagiando un hundimiento irremediable.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/27/los-corchos-tambien-se-hunden/

Misantropía

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“Diógenes” (1873), óleo de Jules Bastien-Lepage.

Las cuatro paredes de mi casa son el único ámbito en que al menos siento estar protegido del rigor de la denominada vida real, la presumiblemente objetiva, la verdaderamente imaginaria. La relación con la gente nunca ha sido mi fuerte, desde la infancia. Cuestión de intereses, disposiciones distintas ante situaciones comunes.

La futilidad de nuestras intenciones la observé desde niño. Mis opiniones nunca eran tenidas en cuenta, como mucho eran tomadas con chanza por los mayores, a veces recibía alguna regañina por usar vocablos inadecuados, poco más, cosas de niños, nada trascendente. Lo mismo sucedía con mis acciones, o eran irrelevantes o eran perjudiciales, para mí o para los demás. Mi inclinación a la soledad era atribuida al retraimiento y la introversión, así me animaban a jugar con chicos de mi edad, lo que me obligaba a tomar decisiones, todo juego tiene sus reglas que deben ser de obligado cumplimiento, pero no siempre podemos llevarlas a efecto, algunas requieren unas cualidades físicas que no todos poseen, cierto grado de habilidad, de interés, además del estado de ánimo de uno y de los demás participantes, dándose la paradoja de vernos obligados a elegir entre las diversas posibilidades que se nos presentan, a decidir libremente, pues, cuando es del todo imposible, se requiere la  previa aceptación de las pautas establecidas y la adaptación a las mismas, lo contrario nos conduce necesariamente al fracaso.

Pronto advertí que las mismas circunstancias rodeaban del mismo modo cualquier otra situación, fuera en casa, en el colegio, con los amigos cuando los tuve, con las chicas cuando las descubrí, con los mayores. Un mismo esquema, una misma salida para todo. Siempre tropecé con la incomprensión, la arbitrariedad, el absurdo, aunque los partícipes en un hecho o situación concretos constituyeran el bastidor de un lienzo, que no se ve pero es indispensable para fijar la tela, que es más poderoso de lo que aparenta pues sin él la tela no se sostendría.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/12/misantropia/

Besos, realidad e ilusión

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“Los amantes” (1928). René Magritte.

Los primeros besos hacen realidad la ilusión. Si uno no es consciente de su fugacidad corre el riesgo de dependencia hacia una constante e infructuosa búsqueda del acto de reencontrarnos en otro, de reconocernos, circunstancia que se da en las primeras veces, cuando solo se percibe la euforia que toda acción amatoria conlleva y no nos importan las consecuencias, inconscientes de que podemos acabar siendo adictos del delirio, como les ocurre a los bebedores que confunden los momentáneos efectos reparadores del ánimo producidos por vinos y licores en algo permanente y acaban siendo unos alcohólicos. Por eso las putas no suelen besar a sus clientes aunque les dejen correrse en su cara, son conscientes del peligro que ello acarrea. Los besos pueden extasiar, pero también esclavizar. El fin del proceso que lo ha desencadenado puede así continuarse con el inicio de otro en el que ya está todo programado: más besos, un polvo, otro más intenso, más polvos, deseo, ilusión, nos queremos, vivamos juntos, una casa, un hijo tal vez, más probablemente, un día, otro, muchos días, continuidad, conformidad, inestabilidad, pocos besos, ninguno, pocos polvos, ninguno, indiferencia, resignación, cansancio, hastío. Nunca se sabe cuándo va a tener lugar el primer beso, ni siquiera si llegará, aunque antes ya hayamos besado, en cambio es de necios desconocer lo que después va a suceder si uno confunde ilusión con realidad.