El precio de un parlamentario.

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UN TEXTO DE BORIS VIAN (Primera traducción al español).

La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? Elija la segunda solución. Abatido vale más aún. Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

El vocablo ‘parlamentario’ deriva, como se sabe, del viejo francés ‘hablar mentiroso’ [en español diríamos ser un bolero, un trolero, un charlatán…], y su significado resulta evidente. […]

Una cuestión que a veces nos preguntamos es el valor de un parlamentario; se dice de hecho corrientemente ‘Fulano se vende” o “Fulano es un vendido”, pero se omite especificar el precio. ¿Es posible, a partir de algunos de los elementos de que disponemos, fijar un baremo aproximado que permita sacarles provecho? La actual afluencia de visitantes que se respira es ciertamente molesta, y el extranjero, el turista que intentamos atraer a nuestro territorio, puede querer llevarse a casa un recuerdo que no sea la Torre Eiffel. La Cámara de Diputados está a punto de convertirse, más allá de nuestras fronteras, tan valiosa como nuestro primer monumento de exportación: ¿por qué no aprovecharla y no renunciar a algunos de sus pensionados? […]

Excelente ocasión para montar un fructífero pequeño comercio. […]

Es muy de tener en cuenta el hecho de que estar ya vendido no impide en ningún momento que el parlamentario vivo siga estando en venta. Es este uno de los pocos casos comerciales de transferibilidad permanente […] La venta de un parlamentario es una operación financiera compleja que pone en juego un código más o menos oculto, bastante ridículamente mantenido en secreto por las partes interesadas a pesar de que el hombre corriente conoce el mínimo detalle. […]

Eliminemos de entrada esta idea de que tenemos interés en comprar al parlamentario mediante contratación-compra o a crédito. En realidad, en estas condiciones, el parlamentario nunca le pertenece a usted. El procedimiento es tramposo: un individuo, aún no parlamentario, se os presenta y se os ofrece, a cambio de nada, pues es astuto, ha de ser elegido. Al elegirlo, tendrá derecho a decir que es su parlamentario; pero le demuestra inmediatamente lo contrario al votar algunos impuestos progresivos que lo arruinan y no conducen a nada, pues –atención a la astucia– él siempre se las apaña, gracias al déficit, para que sea nula la venta, y, milagro de la estrategia, es usted el que está en bancarrota. El juego es la leche. Está harto, pero el parlamentario tiene más de un truco en su saco y sabe cómo cubrirse con la amenaza de severos castigos ante cualquier propaganda a favor de una huelga fiscal (que uniría otra vez de inmediato sus combinaciones maquiavélicas), para que el consumidor esté lo suficientemente desarmado. […]

La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? […] Elija la segunda solución Caballero abatido vale más aún. […] Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

Extracto de la crónica de Boris Vian Le prix d’un parlamentaire, publicada por primera vez en el diario La Parisienne en 1953.

Traducción propia del mismo en la edición de su libro Traité de civisme, edición de Nicole Bertolt (© Cohérie Vian, 2006 y 2015), Le Livre de Poche).

El arte de tirarse pedos

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En plena Belle Époque, el marsellés Joseph Pujol mostró poseer un enorme talento en el arte de la flatulencia, tanto que sus pedos se cotizaban muchísimo más que la voz y las cualidades interpreta-tivas de la mismísima Sarah Bernardt. Era el artista mejor pagado del momento y la gente llenaba el Moulin Rouge para verlo actuar. En 1900 Sarah Bernardt ganaba tres mil francos diarios, Le Pétomane –nombre artístico de Pujol por razones obvias– veinte mil. No fue un artista cualquiera, pues. En absoluto.

Joseph Pujol consiguió algo que, desde luego, no está al alcance de todos: vivir de sus flatulencias. Por eso fue conocido con el nombre artístico de Le Pétomane (algo así como El Pedómano). Unas flatulencias que reunían los elementos fundamentales de la música: melodía, ritmo y armonía, y los combinaba. Aunque no sé si, por ello, calificarlas de música. Sonoridad, desde luego, no le falta. ¿Música de viento tal vez?

Joseph Pujol (Marsella, Francia, 1857-1945; su padre era catalán, de Mataró) descubrió su especial habilidad, la de controlar a voluntad sonoras ventosidades, siendo adolescente, un día mientras nadaba en el mar. Al parecer, se sumergió en el agua y contuvo la respiración. Sintió entonces un frío helado que penetraba por su “retaguardia”. Salió asustado y se sorprendió al ver que brotaba agua de su ano.

Debutó en el Moulin Rouge el 11 de febrero de 1890, apenas cuatro meses después de su inauguración. Un buen día fue a ver a su director, Charles Zidler, explicándole que su número consistía en beber y cantar por el culo. “Soy pedómano, señor Zidler, y quiero convertirme en El Pedómano del Moulin Rouge”, se presentó. “¿Puede usted tocar la Marsellesa?, preguntó Zidler. Dicho y hecho. Zidler, que estaba acostumbrado a presenciar números de lo más insólitos, le contrató. Su repertorio incluía imitaciones y melodías populares con su ano como instrumento. Con el mismo tocaba otros instrumentos más convencionales, apagaba velas, fumaba cigarrillos, etc. Causó sensación, contándose entre sus admiradores Eduardo, príncipe de Gales, el rey Leopoldo II de Bélgica, el príncipe de Orleans y Sigmund Freud.

Pujol preparaba a conciencia su espectáculo y era sumamente meticuloso en todos los detalles del mismo. En pocos días, se convirtió en la gran estrella de las variedades parisienses. Al estallar la Primera Guerra Mundial se retiró a Marsella, se hizo panadero y nunca más volvió a subir a un escenario. Supongo que sí seguiría tirándose pedos.

Llegó a grabar discos, pero no se han conservado. Ya en su tiempo proliferaron los imitadores, que han continuado hasta hoy. Pero ninguno logró lo que él. A su muerte, la Facultad de Medicina de París ofreció una buena cantidad de dinero para hacerse con su cuerpo y poder estudiarlo, pero sus hijos se negaron. ¿Cuál era el origen de las extraordinarias virtudes de su ano? Nunca lo sabremos.

En 1983 Pasquale Festa Campanile estrenó una película basada en su vida, Il Pétomane, en la que Ugo Tognazzi hacía de Pujol. Vamos, pues, con Tognazzi y un momento del singular show de Le Pétomane en el Jardin d’hiver del Moulin Rouge.

Que pasen un buen domingo. Y coman lo que les apetezca, no les preocupe si les provoca flato. ¿Quién sabe si sus vidas pueden cambiar para siempre gracias a un pedo?

Una versión de esta entrada fue publicada anteriormente en Música de Comedia y Cabaret el 26 de mayo de 2014.

Un producto estatal: el partido político.

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El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda, tertulia, farsa y corrupción.

[…] El marxismo ha sido la influencia doctrinal más reaccionaria y la táctica de combate más catastrófica que la clase trabajadora ha tenido durante los últimos cuarenta años. […] En la medida en que el marxismo –socialdemócrata o bolchevique– apela al partido político para hacer la revolución, se opone a ella, y su acción, en vez de redundar en beneficio de la sociedad, redunda en el del Estado.

[…] La verdad es que el partido, aunque vinculado especialmente a un grupo de intereses sociales, es una organización de políticos ‘profesionales’, aliados a ciertos sectores de la sociedad mediante un contrato implícito, en virtud del cual el partido recibe apoyo electoral –o de otra clase– para elevarse al poder, a cambio de cumplir luego un programa beneficioso para quienes le apoyaron; contrato implícito o tácito de que los políticos de toda apelación se olvidan en el poder, parcial o totalmente, con lo que dan a entender que su programa no es más que un truco electoral, una plataforma de propaganda, y que el único propósito del partido político es la elevación de unos ‘profesionales’ de la política a la cumbre del Estado, su incorporación a la clase estatal. El partido político es un instrumento para la conquista del poder, no importa por qué procedimientos, y tanto da que su táctica sea electoral como insurreccional, parlamentaria o dictatorial. […]

Pero aun puestos en el mejor de los casos, que no es el más frecuente, poco importa que los fundadores de un partido político sean honestos Catones, probos hasta lo increíble. Lo fundamental es que prometen gobernar con arreglo a su programa. Este, monárquico o republicano, dictatorial o democrático, sea lo que fuere, siempre implicará el intento claro de imponer al país una doctrina y la ambición de regirle según el plan de unos cuantos, muy pocos, ciudadanos. […] El derecho a formar partidos políticos queda, en realidad, circunscrito a unos pocos ciudadanos de condiciones privilegiadas, ya individuales, ya sociales.

[…] Esto supone que, aun en el país en que todos los ciudadanos mayores de edad son electores y elegibles ‘de jure’, solo unos cuantos son elegibles ‘de facto’.

[…] Lo único que el ciudadano puede hacer a través de los partidos, aun en la mejor de las democracias, si alguna vez es buena, es pedir que se siga gobernándole, ni importa por quién, ni aun cómo. Quien quiera decir todo lo contrario no hallará modo de hacerlo, y si lo hallase no le serviría para nada; siempre será gobernado por el gobierno que él no ha elegido. […]

El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda, tertulia, farsa y corrupción. Ya supone el reparto del poder entre varios partidos, ya el turno de estos en el disfrute del mismo; y el hecho de que todos, sin posibilidad de aplicar su programa, pongan tal empeño en subir al poder o en mantenerse en él, solo se entiende considerando que el poder es el Estado, y el Estado una clase social privilegiada, a la que pertenecen todos los políticos, pero en mayor medida quienes adquieren más autoridad. […] Pero, aun dentro del régimen democrático, y sin que un partido elimine a los demás, es posible ver […] que el partido que llega al poder cambia hasta los porteros de los ministerios y los serenos de las aldeas, cae como una plaga de langosta sobre todos los puestos en que, a costa de la hacienda pública, se vive sin trabajar.

Con o sin honestidad, la política es una carrera en todas partes, y nada tiene de extraño que, así las cosas, los políticos den en carreristas. Tal es la regla general, solo confirmada por sus excepciones. Allá donde el político tiene intereses y medios de vida ajenos a la política, interviene en esta para defenderlos; donde no, la política es su medio de vida; y, como todos sabemos, hay que darles un buen sueldo, pues si no se les hace económicamente independientes se corrompen, ponen en venta su autoridad. Tenemos aquí un parasitismo de la peor clase, el cual no puede quedar disculpado con decir que las tareas gubernamentales no dejan tiempo al político para dedicarse a otras y que, como estas tareas son demandadas de un modo u otro por la sociedad, esta debe pagarlas.

[…] Podemos recordar el aviso de Lord Acton: ‘El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente’.

Para acabar, ocupémonos de una contingencia muy digna de atención. Aun admitiendo que todos los defectos inherentes al sistema de partidos, producto y reflejo del estatal, todavía hay quienes insisten en la conveniencia de que el proletariado ‘tome el poder’ a través de su ‘partido de clase’ en un periodo democrático, para hacer la revolución desde el Gobierno. Esta ‘revolución desde arriba’ es ilusoria, porque el poder político –es decir: el gobierno y el parlamento, con todas sus funciones ejecutivas y legislativas– no es sino la manifestación de un estado social determinado y, sobre todo, la de un poder efectivo cuya suprema expresión es la fuerza armada. El poder político es tal mientras tiene tras sí la fuerza armada del Estado. […] Es lo que siempre ha ocurrido y en todas partes ocurrirá. De por sí, el llamado poder político es una ficción, un disimulo de la fuerza estatal, y esta solo puede respaldarlo o consentirlo, mantenerlo en activo, cuando él es su servidor.

José García Pradas: Origen, esencia y fin de la Sociedad de clases (1948, Rennes, MLE-CNT en Francia, Editorial Libertad).

Opresión

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[…] Porque hay una opresión a nivel de poder, hay una opresión también a nivel cultural.

[…] La opresión va de la regulación del individuo y de sus comportamientos a los medios y la difusión extrema de un sistema de producción y de consumo forzado y presente en todas partes. Esta opresión, para persuadir y coaccionar, se sirve de la burocracia y de sus impedimentos, de los formularios, de los impresos, de modos de hacer y de los plazos de pago, un continuo sistema de distracción del individuo. El hombre ya no tiene la disponibilidad de sí y de su propio tiempo […], sin embargo, tiene una ocupación que despilfarra un montón de tiempo y que constituye además una opresión mental. Evidentemente, el individuo actual vive más, más tiempo, pero no se sabe si vive más feliz que un individuo de ayer y creo que se trata de una cuestión muy difícil. En el pasado el poder tenía argumentos mucho más crueles y vulgares y bestiales para hacerse obedecer. Evidentemente a quien le caen los golpes o se ve sometido durante horas a un interrogatorio, deslumbrado por la lámpara, sufre una tortura; pero quien se ve bombardeado cotidianamente por el vídeo con tiempos de visión de cinco o seis horas al día, sufre un condicionamiento que es desde luego menos perceptible en apariencia pero en realidad más sutil y más dañino.

Se ha hablado mucho de las cámaras de gas de Hitler, pero ya está claro que desde hace años todas las ciudades del mundo se están convirtiendo en cámaras de gas. En las de Hitler prevalecía el principio de la solución rápida y en las cámaras de gas del mundo prevalece el sistema del envenenamiento profundo y lento que en cualquier caso es envenenamiento del individuo. […]

Creo que duración de la vida, calidad de vida y calidad de lo vivido están atravesados por una relación parangonable a la existente entre temperatura y humedad. No basta con dar un simple dato duración o temperatura. La temperatura se experimenta por el físico humano en relación a la humedad. ¿Qué decir de esos enfermos terminales contra quienes a menudo se infiere el encarnizamiento terapéutico? […]

 Pienso que el riesgo de evanescencia está en el género humano en sí mismo y por sí mismo, como lo tenemos ante nuestros ojos. Cada vez estoy más perplejo sobre la capacidad de resistencia del género humano y que debería manifestarse directamente en el hombre oprimido por mil sistemas informáticos y robotizantes. Actualmente el hombre da más bien la impresión de querer integrarse también en el nivel espiritual en los sistemas de integración planificados y ministeriales. Mira su aquiescencia a la moda y al conformismo. O bien, irracionalmente, va hacia el lado opuesto, va en busca de evasiones místicas. […]

Si el hombre no quiere salir del consumismo más o menos coactivo y no quiere recaer, más allá de aquel, en otros esquemas de condicionamiento psíquico, estaremos obligados a renunciar a las buenas esperanzas que siempre hemos tenido en el género humano, en la condición humana, en la aspiración a la igualdad y otras cosas.

Enrico Baj: “Popper y la quintupletta’ (extracto), en ¿Qué es la ‘patafísica? (1994).

NADIE, NI NADA, ES LO QUE ES, SINO LO QUE APARENTA

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nadie ni nada

Despreciamos los extremos cuando sin ellos nada seríamos. Hemos creído en el poder del ser humano sobre la naturaleza, como si no formáramos parte de ella y nos perteneciera. La primavera, como el otoño, son lo mismo: el tránsito del frío al calor en el primer caso y del calor al frío en el segundo. ¿Por qué, pues, preferimos la primavera al otoño? Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas. Y así vivimos, en ellas.

No elegimos, hemos perdido esa capacidad y la conciencia de ser, aceptamos el justo medio no como mal menor, ni siquiera necesario, sino como la materialización misma de la realidad, convirtiendo la apariencia en experiencia. Hay lugares en los que siempre hace frío a pesar de que el termómetro marque 38° y otros verdaderamente cálidos aunque nunca sobrepasen los 0°, pongamos por caso. Los primeros nos parecen excesivamente bochornosos, los segundos demasiado gélidos, y nos refugiamos en nuestras madrigueras y ponemos el aire acondicionado. Y ahí, en ese espacio que consideramos nuestro, creemos encontrar el equilibrio, aislados, indiferentes a cuanto suceda más allá de nuestras fronteras, hasta que los definidores, por medio de sus representantes, indican, desde refugios más seguros en los que están entre otras cosas los termómetros, que hemos de ayudar a construir el equilibrio, que hemos de laborar con empeño para asegurar el orden de las cosas, nuestro orden, el que se sustenta en el justo medio, en el rechazo de los extremos, aunque quienes nos certifican esto lo hagan desde uno de ellos.

Pero eso no importa, alguien tiene que velar por el bien general, alguien ha de tener la suficiente amplitud de miras, y eso solamente puede hacerse desde lo alto, donde la perspectiva es siempre mejor. Los más, los demás, miran alguna vez hacia arriba y se dan cuenta de que algunos tienen su mismo origen y han llegado a situarse bastante más por encima de lo que jamás imaginaran. Después miran hacia abajo, las más de las veces, donde ya están, y advierten la presencia de los competidores, y aunque saben que hay miseria suficiente para todos bregan por conseguir una buena porción. Arriba y abajo, si bien prescinden de mirar hacia lo más elevado; saben que ahí nunca llegarán. Por eso buscan la relatividad de las cosas en el mundo de lo absoluto. Creen que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontan a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creen, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguirán ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y sus bienes y propiedades no serán cuantiosos, pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecen de referentes.

La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta. Las cosas son lo que representan, lo que significan. Una piedra es una piedra y un perro es un perro. Sin embargo, una piedra de cincuenta mil años de antigüedad es más preciada que otra más reciente, e independientemente de ello, la piedra reciente, o la de cincuenta mil años, es asimismo más estimada según el lugar que ocupe, según el edificio de que forme parte. O un cuadro. Prescindiendo de sus cualidades artísticas, o estéticas, que al fin al cabo son las que los expertos han creído ver en él, no es otra cosa que una tela manchada de colores. Naturalmente, no todos emborronan igual las superficies ni manejan con la misma destreza los pigmentos, ni tienen la misma habilidad con el dibujo, ni captan del mismo modo ambientes o rostros. No todos los cuadros son iguales, tampoco las personas. Pero he aquí que no es eso lo importante, pues un cuadro que se atribuía a un determinado autor y se consideraba una obra maestra, digna de un genio, pierde valor y estimación cuando se descubre que no pertenecía a dicho pintor sino a otro de menos relevancia. El cuadro, no obstante, sigue siendo el mismo, pero lo que parecía ser ya no es. Al perro que tiene dinero le llaman señor perro, dice un proverbio árabe. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia.

Publicado anteriormente el 2 de febrero de 2018.

¿Escuela o lugar de adoctrinamiento?

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Mi lámpara encendida

La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. Mas todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela.

Hasta el siglo pasado [el XIX], los niños de padres de clase media se ‘fabricaban’ en casa con la ayuda de preceptores y escuelas privadas. Solo con el advenimiento de la sociedad industrial la producción en masa de la ‘niñez’ comenzó a ser factible y a ponerse al alcance de la multitud. […]

Crecer pasando por la niñez significa estar condenado a un proceso de conflicto humano entre la conciencia de sí y el papel que impone una sociedad que está pasando por su propia edad escolar. […]

La disyunción actual entre una sociedad adulta que pretende ser humanitaria y un ambiente escolar que remeda la realidad no puede seguir imponiéndose.

[…] La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. […] Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. […]

Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor. […] A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela no les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el dinero que obtendrán. Y los padres de clase media confían sus hijos a un profesor que evita que aprendan aquello que los pobres aprenden en la calle. […] los niños aprenden aquello que sus maestros quieren enseñarles no de estos, sino de sus iguales, de las tiras de cómic [y tablets ahora], de la simple observación al pasar y, sobre todo, del solo hecho de participar en el ritual de la escuela. […]

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Imagen de portada de “La sociedad desescolarizada” (edición de Seix Barral, 1972).

[…] La escuela los instruye acerca de su propia inferioridad mediante el cobrador de impuestos que les hace pagar por ella, mediante el demagogo que les suscita las esperanzas de tenerla, o bien mediante sus niños cuando estos se ven luego enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita su respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede la salvación solo a través de la escuela. La Iglesia les da al menos la posibilidad de arrepentirse en la hora de su muerte. La escuela les deja con la esperanza (una esperanza falsificada) de que sus nietos la conseguirán. Esta esperanza es, por cierto, otro aprendizaje más que proviene de la escuela; pero no de los profesores.

Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que han aprendido. Tanto los brillantes como los lerdos han confiado siempre en la memorización, la lectura y el ingenio para pasar sus exámenes, movidos por el garrote o por la obtención de una carrera ambicionada. Los adultos tienden a crear fantasías románticas sobre su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su aprendizaje al maestro cuya paciencia aprendieron a admirar. […]

La escuela, por su naturaleza, tiende a reclamar la totalidad del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a su vez hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta. El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio actúa como maestro de ceremonias que guía a sus alumnos a lo largo de un ritual dilatado y laberíntico. Es árbitro del cumplimiento de las normas y administra las intrincadas rúbricas de iniciación a la vida. […] Sin hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber profundo, somete a sus alumnos a ciertas rutinas básicas. El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios, al Estado. Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo, no solo en la escuela, sino en la sociedad en general. […] El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse en la vida privada de su alumno a fin de ayudarlo a desarrollarse como persona. Cuando esta función la desempeña un custodio y predicador, significa por lo común que persuade al alumno a someterse a una visión de la verdad y de su sentido de lo justo.

[…] Todas las defensas de la libertad individual quedan anuladas en los tratos de un maestro de escuela con su alumno. Cuando el maestro funde en su persona las funciones de juez, ideólogo y médico, el estilo fundamental de la sociedad es pervertido por el proceso mismo que debería preparar para la vida. Un maestro que combine estos tres poderes contribuye mucho más a la deformación del niño que las leyes que dictan su menor edad legal o económica, o que restringen su libertad de reunión o de vivienda.

Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer servicios terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros vocacionales y laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus clientes a decidir, a desarrollar sus personalidades y a aprender. Pero el sentido común le dice al cliente que dichos profesionales deben abstenerse de imponer sus opiniones […]. Los maestros de escuela y los curas son los únicos profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público obligado. […] Para el niño, el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote: es al mismo tiempo guía, maestro y administrador de un ritual sagrado. […] Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes de valor se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad, legalidad y valor personal se difuminan y eventualmente quedan eliminadas. Se hace sentir cada transgresión como un delito múltiple. […]

La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de la cultura occidental y los sumerge en un ambiente mucho más primitivo, mágico y mortalmente serio. […] se suspende físicamente a los menores durante muchos años sucesivos en las normas de la realidad ordinaria […]. La norma de la asistencia posibilita que el aula sirva de útero mágico, del cual el niño es dado periódicamente a luz al terminar el día escolar y el año escolar, hasta que es lanzado finalmente a la vida adulta. […].

Ivan Illich: “Fenomenología de la escuela”, La sociedad desescolarizada (1971).

El hombre superior

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‘Diógenes sentado en su tinaja’, óleo de Jean-Léon Gérôme (1860).

¿Creéis vosotros, hombres superiores, que estoy aquí para reparar lo que vosotros habéis estropeado? ¿O para prepararos a los que sufrís un lecho que os resulte más cómodo? ¿O para mostraros a los que andáis errantes, extraviados y perdidos por los montes, un sendero nuevo y más sencillo? ¡No, no y mil veces no! Hace falta que cada vez perezcan más los de vuestro linaje, y que perezcan los mejores, pues vuestro destino debe ser peor y más duro cada vez. No creo que sufráis aún lo suficiente; porque estáis sufriendo por vosotros, no por el hombre.

1

La primera vez que habité entre los hombres cometí una torpeza propia del solitario: la de lanzarme a la plaza pública. Y al hablarles a todos no hablaba a nadie. […] Pero la mañana siguiente me reportó una nueva verdad; y entonces aprendí a decir: ¡Qué me importa a mí la plebe, con su bullicio y sus orejas alargadas! […] nadie de cuantos acuden a la plaza pública cree en hombres superiores. Y si empeñáis en hablar allí, hacedlo a buena hora, pero sabed que la plebe dirá, guiñando el ojo, que todos somos iguales. ‘Hombres superiores! –dice la plebe guiñando el ojo–, ¡no existen hombres superiores! Todos somos iguales, y un hombre vale tanto como otro. ¡Ante Dios todos somos iguales!’ ¡Ante Dios! Pero ese Dios ha muerto, y ante la plebe no queremos ser iguales. ¡Huid de la plaza pública, hombres superiores! […]

3

[…] Al superhombre es a quien amo: él es para mí lo primero y el único; no el hombre, no el prójimo, no el más pobre, ni el más afligido, ni el mejor. […] También hay muchas cosas que me hacen amar y tener esperanzas. […] habéis despreciado, hombres superiores, y eso me hace concebir esperanzas; porque los que desprecian mucho son también los que veneran mucho. Os habéis desesperado, y eso os honra, pues no habéis aprendido a resignaros, no habéis aprendido la sensatez del mediocre. Hoy los mediocres se han convertido en amos: todos exhortan a la resignación, a la modestia, a la sensatez, a la laboriosidad, a la consideración para con los demás, y a toda esa larga serie de virtudes pequeñas. […] ¡Qué asco, qué asco, qué asco! Esas gentes no se cansan de preguntar cómo puede conservarse el hombre mejor, durante más tiempo y de un modo más agradable. ¡Y con eso son los amos del presente! ¡Superadme, hermanos míos, a esos amos de hoy, a esas gentes mediocres, pues ellas constituyen el peligro mayor para el superhombre! ¡Superadme, hermanos míos, las consideraciones mezquinas, le trajín de las hormigas, el bienestar miserable, la ‘felicidad del mayor número’! ¡Caed en la desesperación antes que resignaros! ¡Os amo, hombres superiores, porque no sabéis vivir en el presente! ¡Pues no podríais vivir de una forma mejor!

4

¿Tenéis valor, hermanos míos? ¿Sois personas intrépidas? No me refiero al valor delante de testigos, sino al valor del solitario, al valor del águila, a ese valor que ya no puede ser contemplado por ningún dios. Las almas frías, las acémilas, los ciegos, los borrachos, no tienen lo que yo llamo corazón. Corazón tiene quien no conoce el miedo, y lo domina; quien ve el abismo, pero lo hace con orgullo; quien contempla el abismo, pero con ojos de águila; quien lo aferra con garras de águila.

5

[…] el mal es la fuerza mayor que puede tener el hombre. El hombre ha de volverse más bueno y más malo. […] A quien predica a las mentes mediocres le puede venir bien padecer y sufrir por los pecados de los hombres. Pero yo gozo del pecado grande, dado que constituye mi consuelo mayor. No digo esto para quienes tienen las orejas largas; no todas las palabras resultan oportunas en cualquier boca. Estas cosas son sutiles y lejanas, y las pezuñas de las ovejas no deben alcanzarlas.

6

¿Creéis vosotros, hombres superiores, que estoy aquí para reparar lo que vosotros habéis estropeado? ¿O para prepararos a los que sufrís un lecho que os resulte más cómodo? ¿O para mostraros a los que andáis errantes, extraviados y perdidos por los montes, un sendero nuevo y más sencillo? ¡No, no y mil veces no! Hace falta que cada vez perezcan más los de vuestro linaje, y que perezcan los mejores, pues vuestro destino debe ser peor y más duro cada vez. […] No creo que sufráis aún lo suficiente; porque estáis sufriendo por vosotros, no por el hombre. […]

7

No me basta con que el rayo no dañe a nadie. No quiero desviarlo; quiero enseñarle a actuar para mí. […] No quiero ser luz para los hombres de hoy, ni que me tengan por tal. A los hombres de hoy lo que quiero es cegarlos.

8

No aspiréis a nada que esté por encima de vuestras fuerzas. Quienes aspiran a algo que está por encima de sus fuerzas, presentan una perversa falsedad. […] esos sutiles farsantes, esos impostores, hacen que se desconfíe de las cosas grandes; […] se disfrazan con grandes palabras que designan virtudes espectaculares, y con obras falsas y deslumbrantes. Nada me parece hoy más preciado y escaso que la sinceridad. ¿No pertenece el presente a la plebe? Pero la plebe no sabe qué es lo grande, ni lo pequeño, ni lo recto y lo honrado. La plebe es inocentemente engañosa, y siempre miente.

9

[…] el presente pertenece a la plebe. Como la plebe ha aprendido a creer sin razones, ¿quién la va a disuadir de sus creencias con razones? En la plaza pública, además, se convence con gestos. […] Tened también cuidado con los doctos, porque os odian a causa de su esterilidad. […] Tened cuidado con ellos. El no tener fiebre dista mucho del conocimiento. […]

20

Haced como el viento cuando sale de sus cuevas en el monte, tratando de bailar al son de su propio silbido, y haciendo temblar al mar y agitarse a su paso. […] ¡Bendito sea el que odia a los tísicos perros de la plebe y a toda esa ralea fracasada y sombría, ese espíritu de todos los espíritus libres, la tempestad que ríe mientras arroja el polvo en los ojos de todo pesimista y de todo ulcerado! Lo peor de vosotros, hombres superiores, es que no habéis aprendido a bailar como hay que hacerlo: por encima de vuestras cabezas. ¡Aprended a reíros de vosotros, sin importaros nada! […] ¡Y no olvidéis la risa a carcajadas! […].

Friedrich Nietzsche: “El hombre superior”, Así habló Zaratustra (1893). Traducción de Francisco Javier Carretero Moreno (ed. 1999).