Nunca se dirá bastante

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Sin título. Sarolta Bán (2011).

Nunca se dirá bastante que las actuales reivindicaciones del sindicalismo están condenadas al fracaso, y no tanto por la división y la dependencia de sus organismos reconocidos como por la indigencia de sus programas.

Nunca se dirá bastante a los trabajadores explotados que se trata de sus insustituibles vidas con las que podrían lo que quisiesen, de sus mejores años que transcurren sin ningún placer significativo, sin tomar las armas siquiera.

No hay que pedir que se afiance o que se eleve el ‘mínimo vital’, sino que se deje de mantener al mínimo la vida de las masas. No hay que pedir solo pan, sino también juegos. (…)

La cuestión a plantear no es la subida de los salarios, sino las condiciones que se imponen en Occidente a las personas.

Hay que negarse a luchar dentro del sistema para obtener concesiones de detalle que inmediatamente son cuestionadas o recuperadas en otra parte por el capitalismo. Debe plantearse radicalmente el problema de la supervivencia o destrucción del sistema.

No hay que hablar de acuerdos posibles, sino de realidades inaceptables. (…) La lucha social no deber ser burocrática, sino apasionada. (…) Nunca se dirá bastante.

Por la Internacional letrista: Michèle I. Bernstein, André-Frank Conord, Mohamed Dahou, G.-E. Debord, Jacques Fillon, Gil J. Wolman.

“El mínimo de la vida”. Potlach, 4 (13 de julio de 1954).

La música de Mayo del 68

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No es de la música que escuchaban aquellos jóvenes que protagonizaron la revolución cultural de 1968 –tanta y tan diversa que sobrepasaría con creces los límites de cualquiera de nuestra publicaciones– de la que nos ocupamos en esta entrada que completa la serie que dedicamos a Mayo del 68, sino de  canciones compuestas dicho año a raíz de los hechos que tuvieron lugar en Francia, en París especialmente, hechos que, por otra parte, son los que hemos tratado en esta serie. Por supuesto, 1968 fue mucho más y podríamos decir que hubo otros “mayos del 68”, pero de ellos –como anunciamos en la primera entrada– hablaremos en sucesivas entregas.

No obstante, empezamos con un tema de 1967, una canción de Georges Moustaki: Ma liberté. Mayo del 68 –lo comentábamos, aunque con otras palabras, a modo de conclusión en la última entrada: “Mayo del 68 (y 5): Bajo los adoquines no estaba la playa”– acabó siendo sobre todo el triunfo del “yo” y el fin del “nosotros”. Que no era eso lo que el movimiento pretendía, es obvio. Que fue su legado, malgré tout, también. “Mi libertad, has sido tú quien me ha ayudado a soltar amarras, para ir a no importa dónde, para llegar la final de los caminos del azar, para arrancar, soñando, una rosa de los vientos de algún rayo de luna.” ¿Mi? ¿La? No me refiero, naturalmente, a las notas musicales.

Una de las canciones que durante los días de la revuelta fue adoptada por la juventud como una especie de himno –no fue la única– es Il est 5 heures, Paris s’éveille (Son las cinco de la mañana, París despierta), de Jacques Dutronc, cantante de éxito que ya había conseguido un par de números uno en el ranking de canciones más escuchadas en Francia. Con letra de Jacques Lanzmann     –inspirada en una canción de 1802, Tableau de Paris à cinq heures du matin, de Marc-Antoine-Madeleine Désaugiers–, miles de gargantas corearon “París despierta, París despierta” durante las manifestaciones.

evariste-face-pochetteUno de aquellos jóvenes –dieciséis años cumplía el 11 de mayo– era el cantante y actor francés Renaud Séchan, quien escribió Crève Salope (Revienta cabrona, refiriéndose a la boca de su padre, es decir, a las palabras que salen de ella. “J’lui réponds: Ta gueule sale con, ça t’regarde pas! / Et j’ui ai dit: Crève salope!”), exposición de las ideas que movían la lucha generacional inspiradora del Mayo francés. “Venía de manifestarme en el Barrio. / Llego a casa cansado, agotado. / Mi padre me dice: buenas noches, chiquillo, ¿cómo te va? / Yo le respondí: ¡cierra la boca!, asqueroso gilipollas, no es asunto  tuyo. / Y le dije: ¡revienta cabrona! / Y le dije: ¡jódete carroña! / Y le dije: ¡jódete basura!”. Con parecidos términos se dirige a a su profesora de inglés o al director del instituto. Condenado a la guillotina “dije: ¡Revienta cabrona! / dije: ¡jódete carroña! / dije: ¡jódete cabrón!”. La cantó a capella cuando se ocupó la Sorbona y nunca ha sido registrada en disco.

Semejante es el mensaje de La révolution, un tema de Evariste, cantante, físico e investigador francés que grabó varios discos entre 1967 y 1975. “¿Qué haces en la calle criatura?”, pregunta el padre. “La Revolución”, “contra la sociedad de consumo”, “la Revolución”. Escuchamos Evariste con un coro formado por miembros del Comité Revolucionario de Agitación Cultural (Sorbona libre).

El 10 mayo –cuya noche pasaría a ser conocida como la de las barricadas– Léo Ferré cantaba en Mutualité pour la Fédération anarchiste por primera vez Les Anarchistes: “No hay más que uno entre cien y, sin embargo, existen; / la mayoría españoles, vaya a saber por qué. / Uno diría que en España no los comprenden / los anarquistas recibieron de todo: bofetadas y adoquines/ (…) / Tienen una bandera negra que se burla de la esperanza, / y la melancolía para avanzar en la vida, /cuchillos para cortar el pan de la amistad / y oxidadas armas para no olvidar / que solo hay uno entre cien y, sin embargo, existen, /y que se mantienen firmes, codo a codo, / dichosos y por ello siempre en pie: los anarquistas.”

La brutalidad con que las fuerzas de seguridad reprimieron a los manifestantes llevó a Claude Nougaro a componer Paris Mai. “La Consagración de la Primavera suena como una masacre, / pero cada día que pasa embellece mi voz. / Es posible que abrigue un Stravinski”.

Nougaro, ex legionario, no era precisamente un izquierdista ni un cantante comprometido, pero tampoco un insensible carente de empatía. La emisión de Paris Mai por radio y televisión fue prohibida.

Dominique Grange

Dominique Grange

 

El Comité Revolucionario de Agitación Cultural (CRAC) a que antes nos referíamos antes estaba integrado por artistas de todo tipo que apoyaban el movimiento. Una de las figuras más emblemáticas del mismo era Dominique Grange (Lyon, 1940), cuya voz fue una de las pocas que nadie consiguió acallar tras el fin de la rebelión. Pagó por ello, por supuesto; estuvo vetada en la radio y televisión francesas durante años y grabar sus temas se convirtió en una odisea. Esta sí fue, y sigue siéndolo, una cantante comprometida. Suya es la canción A bas l’état policier, cuyo disco se vendía en las manifestaciones a tres francos. Fue compuesta en las horas bajas del movimiento “pero –decía– estamos en París / Praga y México / y de Berlín a Tokio / millones gritando que / ¡Abajo el Estado policial”

Hubo más canciones, pero creemos que esta sucinta selección se ajusta bastante a lo que fue la “música de Mayo del 68”. Espero que ustedes opinen lo mismo. Que pasen un buen día.

Mayo del 68 (y 5): Bajo los adoquines no estaba la playa

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La historia, como la vida, nunca sucede ni como los que han vivido un momento dado hubieran deseado ni como los demás después desearíamos que hubiera sucedido. Decía uno de los eslóganes de Mayo del 68 que “bajo los adoquines, la playa” (Sous les pavès, la plage). Pero no, no estaba la playa, y si estaba –o está– no se levantaron los suficientes adoquines como para llegar hasta ella.

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Ni Mayo del 68 fue el principio de la imposición del “relativismo intelectual y moral” que, según Sarkozy, domina la sociedad desde entonces, ni la revolución fracasada o traicionada como otros afirman. No fue la revolución y nunca pareció que pudiera serlo (Hobsbawm), pues una revolución no podía ser protagonizada solamente por los estudiantes. Contrariamente a lo que se cree –dice Ignacio Ramonet– Mayo del 68 no fue una rebelión política, sino una revolución cultural. Su apariencia era política –jerga revolucionaria, consignas subversivas, barricadas, exhibición de iconos insurrectos (Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Che Guevara)– y parecía responder al requerimiento de Marx de “transformar el mundo”. Pero en realidad respondía al postulado de Rimbaud de “cambiar la vida”. Sarkozy, que tanto abomina de Mayo del 68, no hubiera podido entonces –por su condición de divorciado casado con una divorciada y luego con una modelo (“una multidivorciada y simpática ninfómana”, como la define Ramonet)– ser siquiera candidato a la Presidencia de la República.

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Mayo del 68 fue también el fin de una manera de protestar contra las sempiternas injusticias que siempre han tenido que soportar las clases populares de todos los lugares del mundo en todos los momentos de la historia y el inicio de otro concepto de lo que la protesta significaba hasta entonces. Hasta que la clase obrera no se sumó a huelga general todo parecía ser una algarabía estudiantil más enérgica y violenta de lo habitual. Cuando los obreros se retiraron de la escena, Mayo del 68 encontró rápidamente el fin. Mayo del 68 fue el último gran acto en que la clase obrera, mediante la huelga general y, en cierta medida, la acción directa, puso en jaque el sistema imperante. La edad de oro del capitalismo, los años del boom económico y de la sociedad de consumo, parecía resquebrajarse ante el difícil equilibrio entre el aumento de la producción y la capacidad de los consumidores de absorberlo. De repente. Sin casi aviso previo. A los políticos les pilló en bragas (incluido el PCF, como hemos visto). Pero la clase obrera ya había sido derrotada con anterioridad, el propio sistema que los obreros habían aupado (el comunismo) mostraba que no había acabado con las clases sociales: el capital ya no estaba en manos privadas, pero sí en poder del Estado, unos poseían los resortes del poder y los otros seguían sometidos a estos.

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Mayo del 68 significó, pues, el fracaso de la tradicional huelga general en tanto que preludio de una nueva sociedad justa e igualitaria. Ni siquiera los trabajadores llegaron a plantearse seriamente un “cambio de sistema”. Las huelgas que acaecerían después, tanto en Francia como en el resto de Occidente, ya se limitarán únicamente a ser un instrumento para conseguir mejoras laborales. Nada más. Era imposible que los deseos de los trabajadores pudieran conjugarse con los de los estudiantes. Muchos de ellos eran hijos de obreros, que habían podido ir a la Universidad gracias al esfuerzo de sus padres.

Mayo del 68 fue sobre todo una lucha generacional que inició el camino de lo que luego se denominaría “nuevos movimientos sociales”. Cuestiones como el ecologismo –cuyas propuestas acabó abrazando Cohn-Bendit (en 2004 fue elegido diputado al Parlamento Europeo en representación de los verdes)– eran para los obreros cosa de pijos y poco más. Como el feminismo, el racismo o la libre sexualidad, como tantas otras cosas que estaban en el origen del movimiento. A partir de Mayo del 68 estas cuestiones se abordarán de manera diferente y se acomodarán al sistema: lo cuestionarán –!cómo no! – pero no considerarán imprescindible un cambio del mismo para desarrollar sus propuestas. La etnicidad o la otredad no son más que representaciones construidas a partir de una dialéctica de poder ya establecida, y el poder que sostiene el sistema capitalista no es otro que el económico.

Soyez realiste, demandez l’impossibleEl desmenuzamiento en migajas de un movimiento hasta entonces homogéneo –el movimiento obrero (el movimiento estudiantil lo que pretendía era emular sus grandes gestas)– se consolidó nada más acabar los hechos de Mayo. Comienza la época de los nuevos movimientos sociales  –ecologismo, feminismo, pacifismo, antirracismo…– y del acuerdo tácito entre gobiernos, sindicatos, empresarios y financieros de que el sistema capitalista es la única alternativa viable: o eso, o el comunismo practicado por la Unión Soviética. Hay que reformar este, sí, pero sin cuestionarlo, pues el sistema –ha demostrado que podía hacerlo– era capaz de satisfacer ampliamente las demandas de esos nuevos colectivos. Lo único que había que hacer es aceptar la realidad (el sistema). La violencia se volvía entonces gratuita, innecesaria, contraproducente. El mismo 1968 The Beatles lanzaban al mercado uno de sus grandes éxitos (Revolution). Su letra refleja ya el espíritu de la nueva época.

Dices que quieres una revolución.

Bueno, ya sabes

que todos queremos cambiar el mundo.

Me dices que eso es evolución.

Bueno, ya sabes

que todos queremos cambiar el mundo.

Pero cuando hablas de destrucción,

entérate de que no podrás contar conmigo.

¿La herencia del 68? “Sed realistas, pedid lo imposible” (Soyez realiste, demandez l’impossible). Me quedo con lo que decía el sociólogo esloveno Slavoj Žižek: “La verdadera utopía es la creencia de que el sistema mundial actual puede reproducirse de forma indefinida; la única forma de ser verdaderamente realistas es prever lo que, en las coordenadas de este sistema, no tiene más remedio que parecer imposible”.