El precio de un parlamentario.

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UN TEXTO DE BORIS VIAN (Primera traducción al español).

La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? Elija la segunda solución. Abatido vale más aún. Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

El vocablo ‘parlamentario’ deriva, como se sabe, del viejo francés ‘hablar mentiroso’ [en español diríamos ser un bolero, un trolero, un charlatán…], y su significado resulta evidente. […]

Una cuestión que a veces nos preguntamos es el valor de un parlamentario; se dice de hecho corrientemente ‘Fulano se vende” o “Fulano es un vendido”, pero se omite especificar el precio. ¿Es posible, a partir de algunos de los elementos de que disponemos, fijar un baremo aproximado que permita sacarles provecho? La actual afluencia de visitantes que se respira es ciertamente molesta, y el extranjero, el turista que intentamos atraer a nuestro territorio, puede querer llevarse a casa un recuerdo que no sea la Torre Eiffel. La Cámara de Diputados está a punto de convertirse, más allá de nuestras fronteras, tan valiosa como nuestro primer monumento de exportación: ¿por qué no aprovecharla y no renunciar a algunos de sus pensionados? […]

Excelente ocasión para montar un fructífero pequeño comercio. […]

Es muy de tener en cuenta el hecho de que estar ya vendido no impide en ningún momento que el parlamentario vivo siga estando en venta. Es este uno de los pocos casos comerciales de transferibilidad permanente […] La venta de un parlamentario es una operación financiera compleja que pone en juego un código más o menos oculto, bastante ridículamente mantenido en secreto por las partes interesadas a pesar de que el hombre corriente conoce el mínimo detalle. […]

Eliminemos de entrada esta idea de que tenemos interés en comprar al parlamentario mediante contratación-compra o a crédito. En realidad, en estas condiciones, el parlamentario nunca le pertenece a usted. El procedimiento es tramposo: un individuo, aún no parlamentario, se os presenta y se os ofrece, a cambio de nada, pues es astuto, ha de ser elegido. Al elegirlo, tendrá derecho a decir que es su parlamentario; pero le demuestra inmediatamente lo contrario al votar algunos impuestos progresivos que lo arruinan y no conducen a nada, pues –atención a la astucia– él siempre se las apaña, gracias al déficit, para que sea nula la venta, y, milagro de la estrategia, es usted el que está en bancarrota. El juego es la leche. Está harto, pero el parlamentario tiene más de un truco en su saco y sabe cómo cubrirse con la amenaza de severos castigos ante cualquier propaganda a favor de una huelga fiscal (que uniría otra vez de inmediato sus combinaciones maquiavélicas), para que el consumidor esté lo suficientemente desarmado. […]

La verdadera manera de comprar un parlamentario es el método directo. Nos preguntamos: ¿debemos comprarlo de pie o abatido tras un disparo? […] Elija la segunda solución Caballero abatido vale más aún. […] Fijemos las cifras: personalmente consideramos bastante barato todo parlamentario muerto que nos sea ofrecido por una suma de uno a cinco millones según corpulencia. Puede parecer caro. En realidad, un rápido cálculo al nivel de la escuela primaria hará que advierta enseguida que, vivo, es aún más ruinoso.

Extracto de la crónica de Boris Vian Le prix d’un parlamentaire, publicada por primera vez en el diario La Parisienne en 1953.

Traducción propia del mismo en la edición de su libro Traité de civisme, edición de Nicole Bertolt (© Cohérie Vian, 2006 y 2015), Le Livre de Poche).

Y Dios creó a la mujer… E hizo una chapuza.

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Y Roger Vadim creó a Brigitte Bardot. Puestos a atribuir la creación de la mujer –y del hombre– a alguien, prefiero la Brigitte Bardot que creó, o recreó, Vadim en la película Et Dieu… créa la femme (1956) que la Eva que según los cristianos es obra de Dios, esa Eva veleidosa que por una puñetera manzana –tiene cojones la cosa– condenó a la humanidad, eternamente a una vida de aflicción y dolor, ni más ni menos. Menuda chapuza hizo. Aunque el resultado de su ‘experimento’ era de cajón que no podía salir bien. ¿A quién se le ocurre poblar el mundo a partir de únicamente dos personas? Desde luego que a nadie con dos dedos de frente. ¿No sabía que para que la especie continuase era preciso recurrir al incesto?, ¿que los descendientes debían necesariamente ser fruto de las relaciones sexuales entre hermanos? Y luego entre primos hermanos, y así hasta ahora. ¿Y que eso reduce la variabilidad genética y aumenta considerablemente el número de tarados? Vean, si no, los linajes de las familias reales.  Imposible que no lo supiera. Es omnisciente. ¡Ay!, las prisas por descansar…

Claro que, por otra parte, tal vez sea cierto el asunto este de Adán y Eva. Explica mejor de ninguna otra posibilidad el enorme número de tarados que rigen el destino de la humanidad (reyes, presidentes, ministros, consejeros, alcaldes, concejales y cargos varios) desde unas instituciones que conforman el Estado y están al servicio del que ha mostrado ser el único dios que veneran estos tarados, el mercado, y que regulan los mercaderes-financieros, sumos sacerdotes de todo este tinglado. Con el apoyo de más tarados, obviamente. Pues como decía Boris Vian (Traité de civisme, 1950), “¿Un general sin soldados es peligroso?, “¿un comisario o un prefecto de policía sin agentes?, “un papa sin cardenales, sin arzobispos y sin curas? Los ingleses lo saben: un rey sin poder es maravillosamente inofensivo”.

Estas pajas mentales me las hacía mientras subía a YouTube el vídeo que figura al principio, el cual recoge varias escenas de la película de Vadim –algunas de ellas consideradas sumamente escandalosas en su momento, y en posteriores (en España no se estrenó hasta 1971)– con una más que sensual Brigitte Bardot, sensualidad que acentúa la música de Paul Misraki, autor de la banda sonora. Mientras esperaba a que me indicase que ya estaba listo para ser publicado, pues tarda un montón. Y como aún me sobraba tiempo se me ha ocurrido buscar en internet información acerca de Adán y Eva y su descendencia. ¡La leche! ¡La de artículos, escritos de diversa índole, fórums, comentarios, etc., que hay! Me reconforta comprobar que hay quien práctica el onanismo mental mucho más asiduamente que yo. Buen fin de semana.

Reflexión

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Hoy, dicen, es jornada de reflexión. Pues nada, a reflexionar. Si te acuerdas aún de qué es eso de reflexionar (pensar atenta y detenidamente sobre algo). Si te acuerdas aún de qué es eso de pensar.

Yo sé que poco, que nada, va a influir este vídeo en tu decisión. Sé que pierdo el tiempo. Desde que empecé a hacerlo lo sabía, y me resistía a terminarlo. Pero, como decía Zaratustra, “es difícil vivir entre los hombres porque ¡resulta tan difícil guardar silencio!”. Y aquí estoy, a estas horas de un magnífico día soleado, frente al ordenador, terminándolo. Tú no sé. Reflexionando, supongo. Y como tú infinidad de ‘virtuosos’, entre ellos quienes esperan recibir tu voto, aquellos que sentados en su ciénaga dicen: ‘No mordemos a nadie, huimos de los que muerden, y opinamos de todo como nos dictan’. (Friedrich Nietzsche: ‘Así habló Zaratustra’).

La música que acompaña al vídeo –producto de imágenes de otros vídeos que he procurado fuesen todos de este año– y mancillo usándola aquí, es la preciosa Pequeña Czarda que compuso el excelente compositor y músico saxofonista de jazz Pedro Iturralde (Falces, Navarra, 1929) cuando tenía solo veinte años.

Interpreta la Pequeña Czarda la Stanisław Moniuszko School of Music (Academia de Música Stanislaw Moniuszko) de Gdansk. Grabación efectuada en la Sala de conciertos de la Akademia Filmu i Telewizji (Academia de cine y televisión) de Varsovia el 1 de marzo de 2018.

El arte del gran timo

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El progreso –eso que llaman progreso desde una visión unidireccional de la historia– lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representada. No somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. No nos juzgamos a nosotros en cuanto lo que somos, sino a los semejantes en la medida de lo que somos, de nuestras insatisfacciones e intereses. Es en el desorden que se toma por orden y en la desigualdad en tanto que consecuencia ineludible y necesaria de las reglas del juego económico que sentimos reconocer otros semejantes y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra. En ese momento creemos no formar parte de los más, de aquellos que saben, aunque no siempre lo quieran reconocer, que el destino reservado a todos ellos es el mismo: conformarse si no quieren ser tachados de agitadores, resignarse a lo que la suerte les ha deparado o ser excluidos, cuando no destruidos, por antisociales, locos, violentos o subversivos, pues únicamente han de tener por horizonte ser sumisos, obedientes, han de acatar –es por su bien– las decisiones de quienes hacen y deshacen, delegando sus acciones en los representantes de un pasado reinventado bajo la forma de la apariencia y el espectáculo, los especialistas en hacer real lo ficticio mediante lo que ellos llaman política, los encargados de hacer que se respete una realidad despreciable que dicen representar en instituciones cuyo prestigio viene definido por su mayor o menor servilismo hacia los definidores, los que nos dicen qué es lo permitido, pero no lo posible, los inventores de la falsa contestación, del silencio, la inacción, los que aseguran la vida organizada, fragmentada, los perpetuadores de la tradicional división del mundo entre puteadores y puteados.

Para hacer “aceptable el engaño político que se cobija bajo el nombre de democracia, y que pase el otro engaño llamado sufragio universal, se sustituyeron las palabras amo y esclavo, señor y siervo, por estas otras más dulces y pasaderas: capitalista y obrero”, escribía Anselmo Lorenzo en 1903 (Criterio libertario). Es así, añadía, que “corporaciones e individuos han hecho condición de vida de su servidumbre al privilegio”, hasta el punto que “el Congreso se ha convertido en el monopolio de los políticos de oficio, es decir, de los ambiciosos, de los charlatanes, de los inhábiles para toda otra profesión”, o que cuanto menos no han mostrado su habilidad para ejercer otra. Tal vez porque “mientras que para ejercer una profesión cualquiera se necesita cuando menos un aprendizaje y para las de carácter más elevado se exige un título que acredite la capacidad del profesor, para legislar no se necesita más que la sans-façon del candidato y el voto del elector o el pucherazo del cacique”.

Para rematar la farsa se disfraza este de igualdad ante la ley (todos votamos, todos decidimos), algo que –sigo con Lorenzo– “es imposible por ilegal, por punible; la ley es insostenible por anacrónica; la grandeza del hombre no cabe en la pequeñez de la ley, y por añadidura tenemos la incapacidad profesional de los legisladores”. La igualdad ante la ley no es otra cosa que “un señuelo, una trampa democrático-burguesa para cazar incautos, o lo que es lo mismo, electores, progresistas platónicos, sumisos a la explotación, y, sobre todo, para convertir en cómplices a las mismas víctimas de la iniquidad, que es lo más refinado en el arte del gran timo, del arte de engañar a la multitud”.

28-A (con A de ABSTENCIÓN)

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Izquierda, derecha, adelante, atrás… Adelante, atrás… Atrás, atrás… Un, dos, tres… Y vuelta a empezar.

No te degrades. No votes.

Fraude, vileza, calumnia, hipocresía, mentira, todo el cieno que yace en el fondo de la bestia humana; he ahí el hermoso espectáculo que nos ofrece un país civilizado cuando llega un periodo electoral. Así es y será mientras haya elecciones para elegir amos.

Las Cortes son siempre inferiores al término medio del país, no solo en conciencia sino en inteligencia. Un país culto se rebaja con su representación. Si sus propósitos fueran estar representado por imbéciles y malos sujetos no estaría más acertado en la elección.

Piotr Kropotkin: Palabras de un rebelde (París 1885)

El mayor espectáculo del mundo de gira de nuevo por España

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Regresa tras unos años de ausencia “El mayor espectáculo del mundo”. Esta nueva gira –que de la que seguro que tienen noticia por la gran campaña publicitaria realizada– se iniciará oficialmente el próximo 12 abril y finalizará el 28 con una gran función de gala.

El mayor espectáculo de la historia

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La unificación cultural, el pensamiento único, la aceptación sin reservas del mezquino mundo actual, evidencia esta frase de Pessoa: “El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad”.

Pessoa la escribió entre 1913 y 1935 y está recogida en el Libro del desasosiego. Hace ya un siglo, pues, año arriba año abajo. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo cobra mayor vigor que nunca. La pasmosa abulia que caracteriza nuestro comportamiento social tiene en el sometimiento voluntario su rasgo más distintivo. Predomina una generalizada certidumbre de que nada se puede realmente transformar y que, por tanto, siempre habrá quien mande, quien domine, quién esté arriba, y quién no. Unos arriba, otros abajo, esto es lo que hay. Así es la vida, dice la gran mayoría. ¿Y ya está?

Renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer, la misma percepción de la existencia humana ha ido alterándose hasta perder la capacidad de discernir lo útil de lo inútil, lo representado de lo real, abandonando la capacidad de elegir y la razón individual de las vidas. Un espectáculo más, aberrante y sorprendente, se añade a la fantasmagoría de nuestra época.