Covid-19: hacia un nuevo orden mundial.

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En un artículo titulado “El coronavirus puso al mundo frente a las ‎dignidades solidarias y la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza”, la periodista y escritora argentina Stella Calloni [1] expone que las potencias occidentales, ‎incluyendo a los países de la Unión Europea, están adoptando una visión economicista y ‎administrativa del problema del Covid-19 y optan por replegarse sobre sí mismas, cerrando sus fronteras y ‎restringiendo sus exportaciones de insumos médicos en espera de un remedio milagroso. Y es que –prosigue– esta “nueva cepa del ya existente [coronavirus], cuya mutación está siendo investigada, [ha puesto] al mundo ‎entre las dignidades solidarias y la miserabilidad de un sistema que agoniza, capaz de utilizar los ‎efectos de una pandemia para imponer un estado de terror a nivel global y justificar una crisis de ‎las bolsas. […] En tanto, lo que se está viendo en Europa es nada más y nada menos que el ‎desenmascaramiento de la destrucción del sistema de bienestar que, con sus bajas y sus altas, ‎se había logrado instalar en esos países”.

Este 31 de marzo Thierry Meyssan publicó en Red Voltaire un nuevo artículo [2] sumamente esclarecedor, a mi juicio, sobre los efectos de la pandemia de Covid-19. “La primera enseñanza que nos deja lo que está sucediendo es, por consiguiente, que en los ‎países desarrollados la lógica administrativa prevalece sobre la experiencia médica”, afirma periodista y activista político francés. “No dudo que milenios de experiencia ‎médica y sanitaria tienen que ser más eficaces contra una enfermedad que las ‘recetas’ ‎burocráticas”, prosigue. Es así que “en casi todos los ‎países estamos viendo la palabra de los políticos quedar en segundo plano ante la palabra de los ‎altos funcionarios del sector de la salud, que lógicamente deben ser más eficaces. Y esto es lógico ‎dado el hecho que la decisión de confinamiento es puramente administrativa. Se ha aceptado ‎colectivamente luchar por los hospitales y tratar de protegernos de la enfermedad, en vez de ‎combatirla”.

Puede que alguien rebata esta argumentación aduciendo que tales medidas son las que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero la OMS no es un organismo médico, es una agencia de la ONU encargada de ‎cuestiones de salud, y sus funcionarios –aunque sean médicos– actúan ante todo como políticos. “En las actuales circunstancias de la crisis del coronavirus, los altos funcionarios del sector de la ‎salud se ven investidos abruptamente de una autoridad que normalmente no tienen. Ante eso, ‎banqueros y militares aspiran ahora a una promoción similar, en detrimento de los políticos.” (Meyssan: artículo citado en nota 2).

Sin entrar –al menos por ahora– en posibles teorías conspiratorias, lo cierto es que desde mucho antes de que el Covid-19 iniciara su propagación se venía hablando de que una nueva crisis estaba por llegar, y preparando a la opinión pública y la gente en general de que esta podía ser mucho más grave que la de 2008. “Todos los factores para una nueva crisis financiera estaban y están presentes y ‎juntos desde hace varios años, al menos desde 2017-2018. Cuando la atmósfera está saturada de ‎materias inflamables, en cualquier momento, una chispa puede provocar una explosión ‎financiera. Es difícil prever dónde puede producirse la chispa. La chispa es como si fuera un ‎detonador, pero no es la causa profunda de la crisis. Todavía no sabemos si la fuerte caída bursátil ‎de fines de febrero de 2020 va a ‘degenerar’ en una enorme crisis financiera. Pero es una posibilidad ‎real” [3].

Así las cosas, “lo que comenzó, al menos aparentemente, como una crisis de salud que afectaba exclusivamente a China y de la que incluso el capitalismo occidental, según sus ensoñaciones, podría sacar beneficios, se ha convertido en una crisis global con un dramático impacto socio-económico, más allá del sanitario, que también. […] China no solo está superando la crisis de salud condicionada por el Covid-19, sino que está demostrando que su modelo socio-político tiene mucha más capacidad que los occidentales para afrontar una crisis global como la que estamos viviendo. La evidente –aunque pretendan disimularlo– capacidad de China para resolver la cuestión está incidiendo en el inicio de un cambio en la correlación de fuerzas en la batalla ideológico-político-cultural a nivel mundial” [4].

Basta señalar que la globalización económica ha llevado a que quede un solo fabricante de respiradores ‎artificiales… y a que ese fabricante sea chino. Los procedimientos de licitación imponen un plazo ‎de varios meses antes de lograr disponer de ese “producto” y los políticos no están para saltarse ‎esos procedimientos. Estados Unidos ha tenido que intervenir empresas para resolver ese ‎problema. Y en España, ya lo han visto, han engañado al gobierno como a un chino (los chinos).

Al respecto es muy interesante lo que dice Meyssan en otro artículo [5] sobre la cultura china: “Cuando el país sufre una catástrofe –terremoto, huracán o epidemia– es porque ‎el gobernante ha perdido [el] mandato celestial. Ante esa percepción cultural de las cosas, y ‎a pesar de que vivimos en la era moderna, el presidente Xi Jinping se sintió amenazado por la ‎irresponsabilidad del gobierno regional de la provincia de Hubei. El Consejo de Estado decidió ‎entonces asumir el control de la situación y decretó el confinamiento de la población de la capital ‎provincial, la ciudad de Wuhan, en solo días construyó varios hospitales, envió equipos ‎de trabajadores de la salud a visitar cada familia de Wuhan –casa por casa– para tomar la ‎temperatura a cada habitante y aplicar diversos controles de salud, ordenó que toda persona ‎que presentara síntomas sospechosos fuese llevada de inmediato a una instalación sanitaria para someterla a ‎exámenes de salud más detallados y aplicó a las personas que parecían infectadas un tratamiento ‎a base de cloroquina. Los casos más graves eran internados en salas de cuidados ‎intensivos y recibían un tratamiento a base del medicamento cubano denominado Interferón ‎Alfa 2B recombinante (IFNrec). Esta gran operación de salud pública apunta también a demostrar ‎que el Partido Comunista conserva su ‘mandato celestial’”. El régimen de partido único queda, así, reforzado y se convierte en ejemplo de buena gestión.

“En este marco de situaciones múltiples, los medios del sistema ocultan verdades, y frente a una ‎tragedia humanitaria no dudan en manipular las informaciones y utilizarlas también como armas ‎de una guerra ciega” [6].‎ ‎Estaríamos, pues, ante un posible –puede que probable–gobierno ‎financiero mundial, de quien dependerían las decisiones y medidas que tendrán que implementar los gobiernos. Algo muy parecido al sistema de gobierno de partido único. El pensamiento único hace ya tiempo que es aceptado y consentido por la opinión pública y la sociedad.

“Nada permite creer que tal gobierno mundial haría las cosas mejor que los gobiernos nacionales. ‎Lo que sí es seguro es que esa entelequia escaparía a toda forma de control democrático” [7]. ¿Cuáles serían las potencias más influyentes dentro de ese nuevo orden? China, sobre todo, y Estados Unidos. ¿Y Europa? ¿No era el ‘viejo mundo’? Pues incapacitada por senilidad, a rebufo de los nuevos amos.


[1] Stella Calloni: “El coronavirus puso al mundo frente a las ‎dignidades solidarias y la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza”, Red Voltaire, 24 de marzo de 2020.

[2] Thierry Meyssan: “Golpistas a la sombra del coronavirus”, Red Voltaire, 31 de marzo de 2020.

[3] Eric Toussaint, cientifista político, profesor de las universidades ‎de Lieja y de París, quien está al frente del Comité para la Abolición de la Deuda Ilegítima ‎‎(CADTM).‎ Citado por Calloni (ver nota 1).

[4] Izquierda Castellana: “Realmente, ¿a qué crisis nos enfrentamos?”, La Haine, 20 de marzo de 2020.

[5] Thierry Meyssan: “Covid-19: propaganda y manipulación”, Red Voltaire, 21 de marzo de 2020.

[6] Stella Calloni, artículo citado en nota 1.

[7] Thierry Meyssan, artículo citado en nota 2.

Covid-19: ¿Algo imprevisible?

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En absoluto. Que nadie podía prever una cosa así –argumento al que tantas veces se recurre– es algo que no se sostiene. A no ser –y he aquí el meollo del asunto– que se tratase como una cuestión, si no menor, supeditada a la estricta salvaguarda de otros objetivos relacionados con los intereses económicos.

Veamos. En octubre de 2019 –dos meses antes del comienzo de la pandemia– el Foro de Davos llevó a cabo un ejercicio contra una posible ‎epidemia de coronavirus, con la participación del Johns Hopkins Center for Health Security y de la ‎Bill & Melinda Gates Foundation. Fue en Nueva York, el día 18. “El objetivo explícito del ejercicio realizado en Nueva York era planificar la respuesta de ciertas transnacionales y gobiernos ante una pandemia de coronavirus, cuando nada permitía predecir el ‎inicio de la epidemia detectada en la ciudad china de ‎Wuhan a inicios de diciembre”, explica un artículo que leo en el portal de la organización internacional Red Voltaire [1]. A este ejercicio –conocido como Evento 201– asistieron, dice el artículo:

  • Latoya Abbott, responsable de situaciones de riesgo del grupo hotelero estadounidense Marriott ‎International;‎
  • Sofia Borges, vicepresidente de la Fundación de las Naciones Unidas;
  • Brad Connett, presidente del grupo Henry Schein, líder mundial de la producción de material ‎médico;
  • Christopher Elias, responsable de Desarrollo Global de la Bill & Melinda Gates Foundation;‎
  • Tim Evans, ex director del departamento de Salud del Banco Mundial;‎
  • George Gao, director del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de la República ‎Popular China;‎
  • Avril Haines, ex directora adjunta de la CIA y ex miembro del Consejo de Seguridad Nacional de ‎Estados Unidos, bajo la administración Obama;
  • Jane Halton, ex ministro de Salud en Australia, miembro del consejo de administración del Banco ‎de Australia y Nueva Zelanda (ANZ);‎
  • Matthew Harrington, director de Edelman, la oficina de relaciones públicas más importante del ‎mundo;
  • Martin Knuchel, director para situaciones de crisis de la línea aérea alemana Lufthansa;‎
  • Eduardo Martinez, consejero jurídico de UPS, líder mundial de logística postal, y director de ‎UPS Foundation;‎
  • Stephen Redd, director adjunto del US Center for Disease Control and Prevention;‎
  • Hasti Taghi, vicepresidente del grupo de comunicación NBC Universal;‎
  • Adrian Thomas, vicepresidente de la transnacional farmacéutica Johnson & Johnson;‎ y
  • Lavan Thiru, gobernador del Banco Central de Singapur.

Como quiera que el artículo no aclara la fuente, y dada la susceptibilidad de la gente ante esta cuestión y su incondicional seguimiento de la versión oficial acerca del origen y causas del coronavirus, entro en la página del Foro de Davos. Allí leo lo siguiente:

“El Foro Económico Mundial ha anunciado el tema y los detalles de su 50ª Reunión Anual, que se celebrará del 21 al 24 de enero [de 2020] en Davos, Suiza. El tema de la reunión será Actores para un mundo coherente y sostenible.  […]

‘Las personas se están rebelando contra las ‘élites’ económicas que creen que las han traicionado, y nuestros esfuerzos para mantener el calentamiento global limitado a 1.5°C se están quedando peligrosamente cortos’, dijo el profesor Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial. ‘Con el mundo en una encrucijada tan crítica, este año debemos desarrollar un ‘Manifiesto de Davos 2020’ para reinventar el propósito y los cuadros de mando para las empresas y los gobiernos. Es para lo que se fundó el Foro Económico Mundial hace 50 años, y es a lo que queremos contribuir durante los próximos 50 años’.” [2]

Por su parte, la revista estadounidense de ciencia Neoscope publicó el 27 de enero de este año un artículo cuyo título es de por sí la mar de esclarecedor: “En una reciente simulación, un coronavirus mató a 65 millones de personas” [3]. Entre cosas, dice:

“En octubre de 2019, un grupo de 15 empresarios, funcionarios gubernamentales y expertos en salud se reunieron alrededor de una mesa en Nueva York para planificar la respuesta global a un brote mundial de un coronavirus nunca antes visto y completamente ficticio.

Fue un ejercicio de entrenamiento con similitudes inquietantes, en retrospectiva, con 2019-nCoV [Covid-19], el virus chino que se ha globalizado rápidamente este mes.

Tres horas y media después, el grupo terminó el ejercicio de simulación y, a pesar de sus mejores esfuerzos, no pudieron evitar que el hipotético coronavirus matara a 65 millones de personas. […]

En la simulación CAPS [Coronavirus Associated Pulmonary Syndrome] se infectó a personas de todo el mundo en seis meses y, a los 18 meses, mató a 65 millones de personas y provocó una crisis financiera mundial”.

Sería esta crisis financiera peor que la de 2008, si bien ya se venía pronosticando desde bastante tiempo antes su llegada, advirtiendo a la gente de que se avecinaba una nueva recesión de consecuencias imprevisibles. Es así que se creó “una lista de siete acciones que los líderes de los sectores público y privado podrían tomar ahora para prepararse para un escenario como el Evento 201”, pues era muy preocupante que “si el 2019-nCoV alcanza el nivel de pandemia, ya podría ser demasiado tarde para evitar los millones de muertes predichas”.

Hub, la red de noticias de la Johns Hopkins University, publicó a principios de noviembre de 2019 un artículo [4] en el que podemos leer:

“En 2001, fue un brote de viruela, provocado por terroristas en centros comerciales estadounidenses. Este otoño, fue un virus similar al SARS, que germinó silenciosamente entre granjas porcinas en Brasil antes de extenderse a todos los países del mundo.

Con cada pandemia ficticia que los expertos de Johns Hopkins han diseñado, la lección a la que se llega es la misma: no estamos preparados para nada.

‘Una vez estamos en medio de una pandemia severa, las opciones son muy limitadas’, dice Eric Toner, investigador principal del Centro para la Seguridad de la Salud de la Universidad Johns Hopkins. ‘El mayor bien puede suceder con la planificación previa’.

La última simulación de pandemia de ese centro, el Evento 201, dejó a los participantes justo en medio de un brote de coronavirus incontrolado que se estaba extendiendo como un incendio forestal fuera de Sudamérica para causar estragos en todo el mundo. Como narraron los presentadores de noticias ficticios de ‘GNN’ [Good News Network], el virus inmune-resistente (apodado CAPS) estaba paralizando el comercio y los viajes, enviando a la economía global a una caída libre. Las redes sociales estaban desenfrenadas con rumores y desinformación, los gobiernos colapsaron y los ciudadanos se rebelaron”.

¿Cómo, pues, puede hablarse de factor sorpresa? ¿Cómo que ‘nos pilló desprevenidos’?  Las pandemias no son algo nuevo en la historia, ni mucho menos. Desde el advenimiento de la sociedad industrial-capitalista, estas se han sucedido de forma más o menos periódica. Entre 1817 y 1881 hubo hasta seis pandemias de cólera: 1817, 1829, 1852, 1863, 1881-1896​ y 1899-1923. Se calcula que murieron unos diez millones de personas. Entre 1918 y 1919 la gripe española ocasionó entre veinte y cincuenta millones de víctimas. Entre 1968 y 1969 la gripe de Hong Kong fue responsable del fallecimiento de dos millones de personas. Desde 1976, el virus del ébola –con una mortalidad de entre el 50% y el 90% de los infectados– causa estragos. Desde 1981 la pandemia del sida se ha cobrado más de 30 millones de muertes. El siglo XXI empieza prácticamente (2003) con la epidemia del SARS (síndrome respiratorio agudo severo), que fue detectado por primera vez en noviembre de 2002 en la provincia de Cantón (China) y de allí pasó a otros países a través de viajes por medio aéreo o terrestre de personas infectadas. Es decir, como ahora. En dos meses causó 8.000 infectados y 700 muertes. Lla OMS (Organización Mundial de la Salud) y los laboratorios clasificaron a este virus como SARS-CoV, un tipo de coronavirus desconocido hasta entonces en seres humanos. En 2009-2010 hace su aparición la Pandemia de gripe A (H1N1), también llamada en un principio ‘gripe porcina’, causada por una variante del Influenzavirus A (subtipo H1N1). Esta vez la OMS, muy a su pesar, utilizó la categorización de pandemia. “Pese a que la mayoría de casos fueron considerados ‘leves’, la infección tuvo un número estimado de muertes de entre 100.000 y 400.000 tan solo el primer año de la pandemia, recoge el organismo. Los CDC (Centros para la Prevención y Control de Enfermedades) elevan ese número hasta los casi 600.000 en ese mismo periodo. Actualmente, es un ‘virus de la gripe humana habitual y continúa circulando de forma estacional alrededor del mundo’, apuntan desde los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.”. [5]

Para evitar que un nuevo virus pudiera causar una nueva pandemia es por lo que se llevó a cabo el Ejercicio 201, para que –como destacaba más arriba– “los líderes de los sectores público y privado [pudieran] tomar [medidas] para prepararse para un escenario como el Evento 201”. ¿O acaso el evento tenía como principal fundamento evaluar su impacto socio-económico?

Mucho se ha hablado sobre el origen del Covid-19 y no han faltado teorías que apuntan a una conspiración, de la cual, por razones sobre todo de espacio, hablaré en un próximo artículo. Desde las instituciones y la práctica totalidad de los medios de comunicación se afanan en desmentirlas y demonizarlas. No sé qué habrá de cierto en ellas, pero tal vez deberíamos prestarles un poco más de atención. “No hay que olvidar que todo mediático, ya sea por el salario ya sea por otras recompensas y gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios”, como señaló Debord [6]. No es posible creer nada que uno no haya sabido directamente por sí mismo. ¡Pero si todavía no sabemos la verdad sobre el asesinato de Kennedy! Y de las guerras de Irak, ¿qué me dicen? ¿Cuántos bulos fueron, a sabiendas, divulgados desde las más altas instancias para ‘justificar’ la intervención? ¿Conocemos la verdad de lo sucedido el 11-S?

Casi sería mejor para los gobernantes actuales –especialmente los de los países más afectados– que el origen del Covid-19 se debiera a un complot, cuanto más enrevesado mejor. Al menos así, podrían disimular sus carencias. Como proféticamente anunció Debord, “todos esos pánfilos ingenuos de la economía y la administración probablemente acabarán llevando al mundo a alguna gran catástrofe”, pues por primera vez se puede gobernar sin tener ningún conocimiento prominente ni ningún sentido de lo auténtico o de lo imposible. ¿Es que ustedes, como no participaron en el Ejercicio 201 no sabían nada de él? ¿Y para qué tienen ustedes tantos asesores? ¿Para que no nos salgamos del rumbo marcado?¿Para que Estado y economía se fundan en un mismo propósito: dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad de un continuo crecimiento económico? ¿Solo leen y se documentan acerca de cómo gestionar lo que las élites financieras disponen? Tiempo ha habido para dotarse de recursos suficientes, tanto de material como de profesionales sanitarios. Voluntad, desde luego, no. Solo se actúa cuando el problema es una amenaza. Y entonces se recurre al consabido argumento de que nadie podía prever algo así.

Bueno, aquí termino por hoy, que no lo dejo. Seguiré con el tema en próximos artículos.


[1] “El Foro de Davos se preparó para una ‎pandemia de coronavirus… dos meses ‎antes de su inicio‎”, Red Voltaire, 5 de febrero de 2020. https://www.voltairenet.org/article209125.html

[2] “Davos 2020: World Economic Forum announces the theme”, World Economic Forum, 17 de octubre de 2019. https://www.weforum.org/agenda/2019/10/davos-2020-wef-world-economic-forum-theme

[3] Kristin Houser: “In a recent simulation, a coronavirus killed 65 million people”, Neoscope, 27 de enero de 2020. https://futurism.com/neoscope/recent-simulation-coronavirus-killed-65-million-people

[4] Katie Pearce: “Pandemic simulation exercise spotlights massive preparedness gap”, Hub-JHU, 6 de noviembre de 2019. https://hub.jhu.edu/2019/11/06/event-201-health-security/

[5] “Coronavirus: las pandemias que pusieron al mundo en alerta en la historia reciente (y cómo se afrontaron)”, BBC News Mundo, 12 de marzo de 2020.

[6] Guy Debord: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988).

Fumando espero

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Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Fumar mata. Estoy harto de leer esta leyenda en las cajetillas de cigarrillos, junto a otras que anuncian terribles presagios para quienes fumamos: “Fumar perjudica gravemente la salud”, “Fumar provoca infartos”, “Fumar acorta la vida”, “Fumar reduce la fertilidad de los hombres” –a buenas horas– o “Fumar puede matar al hijo que espera”. ¿Yo? ¿A estas alturas?

Vale, no diré que no. Fumar mata. De acuerdo, Estado protector. De acuerdo, improductivo Estado productor. Igual tiene razón: fumar es malo, causa estragos terribles en nuestro cuerpo y nos mata de forma lenta y dolorosa. Y beber también, nos dice. Gracias por velar por nosotros señores del Estado y sus instituciones. Gracias por preocuparse por nuestra salud, ya que son incapaces de proteger nuestro bienestar.

Digo esto último porque, al parecer, levantarse de noche y regresar a casa –también de noche– para trabajar ‘en lo que sea’ y al precio que sea, no poder llegar a fin de mes –o siquiera comenzarlo–, que te desahucien por no poder hacer frente al pago de la hipoteca a causa de una crisis de la que solo eres víctima, que tus hijos no tengan presente ni futuro alguno, debe ser bueno para salud. No veo leyendas ni fotografías como las que figuran en las cajetillas de tabaco junto a andamios, fábricas, talleres, almacenes, oficinas… No leo artículos –en la prensa de gran tirada al menos, esa que se dice que crea opinión– que nos advierta de los males que un sistema injusto, insolidario, hipócrita y tremendamente desigual puede ocasionar en nuestra salud.

A ver si tanto empeño en que no fumemos es porque –dicen sus doctos fariseos, los poseedores de la ‘verdad eterna’– salir a fumar le cuesta a la empresa 4.000 euros al año por trabajador. Dicen. Es mejor, pues, que muramos de forma menos gravosa. Gracias, señores. Y señoras. Fumar es malo… Fumar es malo… Ustedes sí son malos: unos parásitos sociales, unos perritos falderos indignos y depreciables.

¿Saben qué les digo? Como en la canción de Brassens La ballade des gens qui sont nés quelque part, que qué bien estaríamos en este mundo sin tanto idiota, que qué bella sería la vida sin estos tontos y qué bueno sería verlos “empalados de una vez por todas en sus campanarios”. ¡Va por ustedes!

Presente perfecto, pasado imperfecto y ¿futuro?

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Un presente atemporal; un pasado relegado del relato oficial, olvidado y prácticamente desparecido de los manuales de historia, y un futuro al que tememos, pues nada bueno esperamos él, determinan esta sociedad espectacular. Así, parece que vivamos un perpetuo presente en el que, no obstante, nunca dejan de ocurrir cosas aparentemente trascendentales que no son más que las banalidades de siempre, “anunciadas de forma apasionada como importantes noticias” (Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988). De forma circular se transmiten estas una y otra vez, se las reviste de una trascendencia que no tienen y no se discute su veracidad. Todo es importante, nos dicen, pero no para quién. Para la gran mayoría de la sociedad es obvio que no. Sigo con Debord: “solo muy de tarde y a sacudidas pasan las noticias verdaderamente importantes, las relativas a aquello que de verdad cambia”.

Se ha construido así un presente sin referencias. El actual modelo de sociedad es el único aceptado, nada puede existir fuera de él, eso de que otro mundo es posible no es más que mera utopía. Por otra parte, el discurso histórico ha pasado a ser lineal y unidireccional, además de manipulado desde las instancias políticas. Sea el partido que sea el que esté en el ‘poder’ tratará de adoctrinar a los niños y jóvenes desde su ‘ideología”. Se trata de hacer ‘buenos ciudadanos al servicio de la sociedad”, lo cual, dicho así, puede ser cumplido por todos ya que en realidad nada dice.

Con un futuro del que nada se espera porque se le teme (“Si ves al futuro, dile que no venga”, como decía el escritor bonaerense Juan José Castelli) y un pasado sin otra historia que aquella que se ajusta al discurso oficial-mediático, el presente no es atacable, pues no hay alternativa, se argumenta. Esta sociedad puede no ser perfecta, pero fuera de ella todo es pernicioso.

No es de extrañar, pues, que para nada se hable de acontecimientos “verdaderamente importantes”, de esos que de verdad afectan a nuestras vidas. Hace hoy veintiséis años, en 1991, se proclamaba el fin de la Unión Soviética tras firmarse el día antes el Tratado de Belavezha, que declaraba la Unión disuelta y establecía la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en su lugar. El presente se mostraba tremendamente cambiante y era indudable que las consecuencias de lo que sucediera iban a determinar el futuro de la humanidad. El desenlace de dos procesos en curso –la evolución de los países del antiguo bloque oriental y la posible unión europea– resultaban claves. En todo caso nadie podía dudar que Europa ya no sería como era hasta 1990.

Y así fue. La prueba es que, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo –el financiero siendo más precisos– mostró su notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo y empezó el desmantelamiento progresivo del llamado estado de bienestar. Se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994). El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado.

Ningún debate sobre ello, ninguna discusión, ninguna reflexión sobre algo tan trascendente como fue “el final del corto siglo XX” (Hobsbawm). Aunque bien pensado, casi mejor. Así se evita uno tener que leer y escuchar tantas imbecilidades y evita el correspondiente cabreo.

Termino con Debord: “El individuo a quien ese pensamiento espectacular empobrecido ha marcado profundamente, y más que cualquier otro elemento de su formación, se coloca ya de entrada al servicio del orden establecido, en tanto que su intención subjetiva puede haber sido totalmente contraria a ello. En lo esencial se guiará por el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le resulta familiar: aquel con el que ha aprendido a hablar. Sin duda intentará mostrarse contrario a la retórica, pero empleará su sintaxis. Este es uno de los éxitos más importantes obtenidos por la dominación espectacular”.

Bienvenida seas, debacle

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El deterioro de una cosa constituye el nacimiento de otra. Cuanto más deteriorada está una cosa, más aún cuando su descomposición es irreversible, mayores son las posibilidades y probabilidades de que otra emerja. Es esta una ley de vida, de nuestra vida, es decir, de la vida no vivida. Una vida, por tanto, que solo puede verse alterada por el choque de inesperadas fuerzas de la naturaleza con las estructuras de nuestra civilización.

¿Llegará el día en que la naturaleza ‘se rebele’ y ‘se apodere’ del mundo? ¿Es este un mundo que se destruye a sí mismo? Ya en 1934 preguntaba, y se preguntaba, Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización: “¿De qué sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa suya bajo la forma de hombres sin freno?”. De nada evidentemente, como podemos comprobar día a día. Hemos olvidado –conscientemente– que formamos parte de ella. Creemos que nos pertenece, como si existiera un medio ambiente natural independiente del ser humano. Puede que el fin de la humanidad tarde mucho en llegar, pero el de la civilización tal como la conocemos –tal como la hemos construido– es posible que no tanto.

Bienvenida sea la próxima debacle, necesidad imperiosa para que esta sociedad, somnolienta, sugestionada e hipnotizada, mutante, dispuesta adaptarse a toda situación y circunstancia, supeditada voluntariamente a intenciones ajenas con las que identificarse al haberse quedado sin identidad alguna, sin su propia naturaleza, encuentre salida alguna. ¿Cuál será esta? ¿Qué otra cosa nacerá? Dos opciones hay y ninguna es buena, como las hijas de Elena. Solo que Elena, al menos, tenía tres. Dos opciones: 1. Un nuevo deambular por el camino diseñado sobre diseños anteriores, a su vez tomados de otros más remotos, siempre con el mismo propósito, reducir lo diferente a lo mismo, aceptando que la no vida es la única posible, y 2. El caos.

¿Con cual quedarse? Por supuesto, con la segunda. Como dice Padre Ubú en la obra de Alfred Jarry Ubú encadenado (1899), “No lo habremos demolido todo si no demolemos incluso los escombros. Y no veo otro procedimiento para hacerlo que levantar en ellos hermosas estructuras bien ordenadas”.

Esos felices estúpidos

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Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han ocupado (u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados. […]

No resulta difícil comprender de qué manera el poder político, económico o burocrático aumenta el potencial nocivo de una persona estúpida. […] Los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la lógica de un malvado. Las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. […]

Se pueden prever las acciones de un malvado, sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden preparar las oportunas defensas.

Con una persona estúpida […] es absolutamente imposible. […] Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmando. […]

La persona inteligente sabe que es inteligente. El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto está penosamente imbuido del sentido de su propia candidez. Al contrario que todos estos personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido no está inhibido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciousness. Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimiento y sin razón. Estúpidamente.

Carlo. M. Cipolla: Fragmento de “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, en Allegro ma non troppo, 1988.

Catalunya: Esto ya no va de independencia

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Veo retransmitidos en directo los sucesos de estos días en Catalunya; en Barcelona, sobre todo. Los contemplo con expectación, pero sin preocupación. Los contemplo incluso con la tranquilidad propia de quien asiste a un espectáculo, pues así me los presentan: como un espectáculo, con sus anuncios autopromocionales, sus patrocinadores, sus interrupciones para la publicidad, con las correspondientes sobreimpresiones que anuncian lo que veremos “a continuación”, o “en unos instantes”, una y otra vez.

La tranquilidad dura poco. Tertulianos, analistas, politólogos, economistas, asesores asesorados, columnistas y, por supuesto, políticos parecen competir a ver quién suelta la gilipollez más grande o a ver quién la tiene más larga. En los demás medios ‘de comunicación’ españoles sucede tres cuartos de lo mismo.

“Es una vergüenza la naturalización de la represión por parte de televisiones, periódicos, intelectuales, tertulianos y tuiteros españoles. Están convencidos de que viven en una democracia cuasi perfecta y cualquier crítica a la falta de libertad es interpretada como un ataque de los secesionistas catalanes y una conspiración antiespañola”. Son palabras del artículo de Hibai Arbide Aza –abogado en Barcelona hasta que se fue a vivir a Atenas, donde trabaja como periodista freelance para diversos medios– publicado en El Salto, que lleva el acertado título “Vivir en otro mundo”, uno de los pocos, poquísimos, artículos escritos, entiendo, desde el sentido común y no desde la prepotencia.

Sigue diciendo Arbide Aza: “Una parte significativa de España –la parte sobrerrepresentada en los medios, la cultura y la política– ha decidido vivir en un mundo de fantasía. Su mundo, en el que la Constitución que nos dimos entre todos garantiza nuestros derechos y libertades gracias una transición modélica que cerró las heridas abiertas por una guerra civil en la que hubo excesos en ambos bandos. Una fantasía obscena que solo se sostiene gracias a la repetición machacona del mantra. Un mundo ficticio pero mucho más cómodo de habitar que la jodida realidad. Una ensoñación donde la policía protege los derechos fundamentales, los jueces interpretan la norma conforme a las garantías de un Estado social y de derecho, los representantes políticos velan por el bien común y los medios de comunicación ejercen su función de control del poder”. En este mundo tan falso como interesado, tan irreal como espectacular, se puede ser lo que se quiera. Independentista también, por supuesto. Ahora bien, atente a las consecuencias si no te ciñes a mis reglas de juego. Como nos recuerda en el mencionado artículo Arbide Aza, estamos ante la misma clase de cinismo que la famosa frase atribuida al dictador ugandés Idi Amin: ‘Hay libertad de expresión. Lo que no garantizo es que haya libertad después de expresarte’.

Prepotencia y mediocridad son una mala combinación. Quienes al mismo tiempo mandan y sirven al verdadero poder, el económico, acaban por considerarse a sí mismos, como escribió Tolstoi (El reino de Dios está en vosotros, 1894), seres superiores que “caen en un estado de embriaguez de poder y servilismo al mismo tiempo, con lo que también pierden la conciencia de su responsabilidad”.

“Los responsables policiales admiten su ‘perplejidad’ ante el fenómeno que de la noche a la mañana ha emergido en las calles”, leo en La Vanguardia (19 de octubre). Pues menuda panda de lelos que están al frente de la policía. También los políticos dicen mostrarse sorprendidos. Otros que tal. Vaya ojos de lince.

A ver. Irrumpieron cual elefante en cacharrería cuando el referéndum del 1 de octubre de 2017 con una desmedida, violenta e innecesaria actuación policial. Encarcelaron a los ‘líderes del procés’ y se ensañaron para que todo el mundo tuviera claro que con el Estado no se juega. Que sepa a quien se le ocurra cuestionar su mantra que sobre él caerá todo el peso de la ley. ¿Qué digo peso?, una descomunal maza. De acuerdo con su aviesa lógica, les juzgaron y les impusieron unas penas que el rotativo The Guardian tildó de “draconianas” y calificó de “vergüenza para España” (14 de octubre). Y para rematar la faena cometieron (¿intencionadamente?) la torpeza (o la destreza, vete a saber) de hacer pública la condena un 14 de octubre (el 14 de octubre de 1940 el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, fue condenado a muerte por un consejo de guerra de los militares franquistas, siendo fusilado al alba del día siguiente). ¡Claro que sí! Pa’ chulo, chulo mi pirulo.

Y es que como tengan que salirse lo más mínimo del guión sus esquemas mentales se hacen añicos. Este es el único mundo posible, la única forma de organización social factible. Nada puede existir fuera de ellos. Su cerebro no da para más, demasiados años de adocenamiento continuado (voluntario).

Así las cosas, es natural que estén desconcertados. No esperaban una respuesta de tal calibre. ¿Cómo?, ¿cómo puede ser?, ¿qué pasa? Es el suyo un mundo tan irreal que ni alcanzan a vislumbrar que lo que sucede en Catalunya (me refiero solo a las acciones violentas, o de fuerza) antes han tenido lugar en otros lugares. Que grupos ‘antisistema’ protesten en Bayona con motivo de la cumbre del G-7, vale; que en el movimiento de los chalecos amarillos haya grupos violentos, pues también. Pero, ¿entre nosotros? Somos los mejores, oé, oé, oé…

“Esto ya no va de independencia”, les aclara la pintada que figura en la fotografía con la que ilustro este artículo. Con su actuación han propiciado una acción que no entraba en sus cálculos, pero nada nueva. Se remonta a los enragés de la Revolución francesa y se reproduce, por poner uno de los ejemplos más conocidos, en el Mayo del 68 francés –cuyas imágenes de enfrentamientos, barricadas, adoquines levantados para ser usados como munición se asemejan muchísimo a las que vemos estos días de Barcelona–, se deja ver en los bluosons noirs y en otros muchos movimientos contraculturales de lo que ahora se denominan ‘tribus urbanas’. Nada nuevo, salvando todas las distancias.

El comunicado “CNT Barcelona ante los últimos acontecimientos represivos” (19 de octubre) puede que les aclare algo: “[…]  como organización de clase nos situamos en contra tanto del Estado español, como del proyecto de Estado catalán. Ya que todo Estado, en el ejercicio del monopolio de la violencia, y como instrumento de la oligarquía, tiene como objetivo el control y la extracción de la riqueza que genera la clase trabajadora en beneficio de unos pocos. En esta ocasión la propia burguesía catalana ha sido víctima de las redes represivas de una Democracia liberal de la que ha sido parte indispensable durante décadas. No podemos olvidar la tortura en las cárceles catalanas, la corrupción sistemática y la represión hacia nuestra organización y otros muchos colectivos y personas que han sido objeto de la misma. En un claro ejercicio de hipocresía y cinismo, hemos sido testigos de cómo el presidente Quim Torra animaba a manifestarse al pueblo catalán para luego reprimirlo con la policía. El conseller d’interior, Miquel Buch, defendía la actuación de los mossos, condenando la ‘violencia de los manifestantes’. Oriol Junqueras sigue insistiendo en que el conflicto debe resolverse en las urnas, como no. […] Nos desmarcamos de los partidos políticos, de estas organizaciones ‘sindicales’, del nacionalismo”.

Frente al nacionalismo, pues, el internacionalismo. La acción directa no es algo que haya surgido de la noche a la mañana, es una estrategia utilizada en infinidad de ocasiones por los anarquistas. También la solidaridad. Sí, solidaridad (“adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”, RAE), aunque a alguien pueda escandalizarle. Si bien, igual el que se escandaliza clica luego en el ‘me gusta’ de cualquier publicación –aquí o donde sea– con un texto de Kropotkin o Malatesta. Y junto al internacionalismo, la libertad de los pueblos y la descentralización del poder. Entre los calificados como antisistema entrarían los CDR, una formación anticapitalista que no se conforma con un simple cambio de rostros y de partidos al frente de unas instituciones al servicio del poder económico, que –lógicamente; sí, lógicamente– cuentan con un sector (minoritario) que entronca con lo que decíamos.

Afirmaba al principio del artículo que contemplo los hechos con expectación, pero sin preocupación. Y es que la gente –a la que se le insufla miedo– se acojona pensado que es el caos, el desastre total. Tranquilos. No pasará nada. ¿Qué demonios va a pasar? ¿Qué sucedió en Mayo del 68 con los episodios violentos, o de fuerza, en las calles? Nada.  Y eso que contaban con un respaldo social muchísimo mayor. Las aguas volvieron a su cauce. ¿Alguien puede llegar a imaginar que estos grupos lleguen a hacerse con el poder?, ¿qué se haga realidad su modelo de sociedad? ¡Venga ya! Se pretende restaurar el equilibrio. Pues bien, un equilibrista se caerá enseguida si la cuerda no está bien tensada. Por una parte (la ‘constitucional’) ya lo está. Por la otra se está tensando ahora. Ya verán cómo, más tarde o más temprano, habrá un acuerdo que no sé si solucionará gran cosa, pero se dirá que sí y todos los actores políticos se atribuirán el mérito y se mostrarán satisfechos. Los grupúsculos de los CDR a la marginalidad y los grupos anarquistas y anticapitalistas proseguirán su tarea en otra parte. Mientras, más follón. Dicen que la violencia no se combate con más violencia, ¿y el nacionalismo sí con más nacionalismo y mano dura?