La Canción del descerebramiento

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Ciento veinte años se cumplieron a principios de año de la primera vez que se escuchó en público esta genial canción titulada Canción del descerebramiento (Chanson du décervelage). Fue el 20 de enero de 1898 en el Théâtre des Pantins (6, rue Ballu), cuando se volvió a representar la igualmente genial Ubú Rey, obra de teatro del aún más genial Alfred Jarry. Para esta representación los actores fueron reemplazados por marionetas accionadas por Jarry y su amigo Franc-Nohain, marionetas que había creado Pierre Bonnard y a las que daban voz Louise France, Fanny Zaessinger, Jovita Nadal, Jocotot y Lardennoy. Claude Terrasse interpretó al piano la Obertura de Ubú Rey, La Marcha de los polacos y la Canción del descerebramiento.

Ubú Rey se había estrenado, con actores (Firmin Gémier en el papel de Padre Ubú y Louise France como Madre Ubú) el 10 de diciembre de 1896 en París, en el Théâtre de l’OEuvre, también con música de Terrasse. En la nueva versión, cuyo texto varía un poco de la primera, además de reemplazar los actores por marionetas, se introdujo al final de la Escena II del Acto Primero la Chanson du décervelage. Las partituras –como pueden observar en la ilustración que encabeza esta entrada– fueron publicadas unos meses después por la editorial del Mercure de France, con cubierta original de Alfred Jarry.

Un año antes, Jarry preparaba Ubu Cocu (Ubú Cornudo), obra de la que, en definitiva, acabó formando parte la Chanson du décervelage. Un resumen y adelanto de Ubu Cocu había sido publicado el 1 de diciembre de 1896 –año del estreno de Ubú Rey– en La Revue Blanche con el título “Paralipòmenes d’Ubu”. La obra, sin embargo, no vería la luz hasta 1944.

Conocía Ubú Rey y los demás Ubú (Ubú en la colina, Ubú Cornudo y Ubú Enadenado) por un libro que tengo de la editorial Bruguera de 1980, Todo Ubú, del cual he extraído parte de la información arriba mencionada. Sin embargo, la versión de la canción que figura en el vídeo no la había escuchado hasta hace unos días. Desde entonces no me canso de escucharla, ya me la sé de memoria, y me levanto cantándola. Corresponde este a una emisión del programa de la televisión francesa (ORTF) Les Raisins verts, de 95 minutos, que se emitió el 21 de setiembre de 1965 (aunque en los créditos que aparecen al final del vídeo ponga 1963, les aseguro que es 1965). En él se ofreció una excelente versión televisiva de Ubú Rey, repleta de efectos especiales electrónicos, con Jean Bouise (Padre Ubú), Rosy Varte (Madre Ubú), Hubert Deschamps (Capitán Bordura) y Henri Virlogeux (el rey Wenceslao). Por cierto, está a la venta en DVD

Bueno, espero que disfruten y celebren como se merece esta maravillosa Canción del descerebramiento, que no ha perdido un ápice de actualidad –como toda la obra de Jarry, dicho sea de paso– 120 años después de su estreno. La máquina de descerebrar, probado está, funciona mejor que nunca. A las pruebas me remito. ¿No leen la prensa, no ven la televisión, no siguen la cacatualidad? Nunca ha habido tanto descerebrado.

Una última cosa. Me quejaba yo de que mi vídeo “Bienvenidos de nuevo” que publiqué en Música de Comedia y Cabaret, con música de Jule Styne, solo había tenido 75 visitas. Pues este lleva por ahora 115, y 15 por lo menos las habré hecho yo. ¡Cágate lorito!

En pleno siglo XXI

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René Magritte: ‘La Thérapeute’ (1937).

“En pleno siglo XXI…”. Imagino que habrán leído u oído en infinidad de ocasiones frases que comienzan con estas palabras, generalmente para referirse a algo que, se supone, debería darse necesariamente en la sociedad actual. Veamos un par de ejemplos:

“Parece mentira que, en pleno siglo XXI, tengamos que seguir escribiendo columnas sobre las mujeres, o sea, sobre la maldita discriminación y sobre el sexismo.” (Rosa Montero, El País, 4 de diciembre de 2001).

“No es posible que en pleno sigo XXI haya 629 personas en un barco a la deriva por el Mediterráneo.” (Mònica Oltra, vicepresidenta del Gobierno valenciano, EFE, 11 de junio de 2018).

Frases como estas nos llevan a pensar –esa es, por otra parte, la intención de quien las escribe o pronuncia– que, necesariamente, hay comportamientos y actitudes que, y vamos con otra manida frase, “no tienen cabida en la sociedad actual”. Dos ejemplos más:

“La mayoría de ayuntamientos convocaron un minuto de silencio para manifestar abiertamente que cualquier intento de desestabilizar la convivencia pacífica, democrática y la libertad de la ciudadanía no tiene cabida en la sociedad actual.” (Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 19 de agosto de 2017”).

“El diputado provincial y alcalde de la capital insta a la presidenta Irene García, y al PSOE, a ‘un cambio de posición para acabar con unas prácticas que no tienen cabida en la sociedad actual’.” (Artículo publicado en Diario Bahía de Cádiz el 6 de julio de 2017).

Y es que hay que estar –y esta sí que es ya es una frase alucinante–, “a la altura de los tiempos”. Otros dos ejemplos:

“El portavoz de En Comú Podem en el Congreso, Xavi Domènech, ha señalado que igual que la consulta del 9 de noviembre de 2014 en Cataluña fue una gran expresión de democracia, en este momento ‘un nuevo 9N ya no está a la altura de los tiempos que estamos viviendo’ y espera que no se repita.” (Artículo publicado en eldiario.es, (20 de diciembre de 2016).

“CCOO-Servicios de Castilla-La Mancha ha instado a las patronales del comercio de la región a ‘estar a la altura de los tiempos, a dinamizar la negociación colectiva y a asumir que ha llegado el momento de repartir de forma más justa los beneficios generados en el sector’.” (Noticia publicada en La Vanguardia, 9 de junio de 2018).

Solo unos minutos he necesitado para buscar y encontrar en internet estas frases. No sé qué les parecerán a ustedes, pero para mí son de una simpleza abrumadora, propias de una visión unidireccional de la historia como progreso, un progreso que se supone, además, ha de ser continuo e indefinido. Yo me pregunto, y pregunto: ¿por qué razón en pleno siglo XXI han de existir cosas que no tengan cabida en la sociedad actual?, ¿qué cojones significa eso de estar a la altura de los tiempos?

¿Cómo fue el siglo XX? Si ha vivido el siglo XX, parte de él, claro, por poco sensato que uno sea, difícilmente podrá contradecir opiniones como estas:

“El siglo más terrible de la historia occidental.” (Isaiah Berlín),

“Un siglo de matanzas y guerras.” (René Dumont).

“El siglo más violento de la historia humana.” (William Golding).

El siglo que “despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas la ilusiones e ideales.” (Yehudi Menuhin).

[citas extraídas del libro de Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1994]

Y qué pasa, que llega el siglo XXI y ¡cuernoenpanza!, que diría el Padre Ubú, ahora sí, ahora va a ir todo de puta madre. ¿Cómo? ¿Por arte de birlibirloque? ¡Los tiempos!, leches, ¡los tiempos!¡Pero si idénticas frases se usaban en el siglo XX para referirse al XIX! Como dicen algunos murcianos, “Acho pijo, ¿es que no lo ves?”. Pues, al parecer, no, no se ven. O sí se ven y lo único que sucede es que a casi el todo el mundo les parecen que son una manera lógica de expresarse.

Pues no. Va a ser que no es así. Lo que con esas frases se nos dice es que nunca seremos capaces de cambiar la marcha los acontecimientos y de tomar el control de nuestras vidas. Y esto –ahora emerge mi vena de historiador, o lo queda de ella– es simple y llanamente una auténtica necedad, una gilipollez digna de primer curso de ignorancia y pedantería. No necesito argumentar las razones que me llevan a emplear tales calificativos. La historia está a mi favor. Es tan simple como echar un vistazo a cualquier libro de historia. No es necesario que tengan en cuenta la opinión del historiador que lo haya escrito, es suficiente con que se fijen en los hechos y los números. ¿De verdad alguien puede sostener con un mínimo de rigor que el curso de la historia es lineal, que ha avanzado y avanza guiada por el progreso hacia un futuro que siempre ha de ser mejor que el de cualquier tiempo anterior?

Que los políticos y los acólitos del poder desvaríen y recurran constantemente a frases hechas no me preocupa. Lo que sí me preocupa es que expresiones de este tipo, necedades, sandeces y gilipolleces varias, se hayan instalado en nuestras mentes, cual tumor inextirpable. De hecho, constantemente leo en los blogs y en otros sitios, frases similares. Pues nada. ¡Viva la sociedad triunfante que rige nuestras vidas!

Paris s’éveille

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Révolution permanente.fr (twitter.com/RevPermanente)

Cincuenta años separan las dos imágenes en blanco y negro de las dos en color que figuran bajo estas líneas.

Las cuatro corresponden a la conmemoración del Primero de Mayo en París y recogen enfrentamientos entre manifestantes y policías. Las dos primeras fueron tomadas en 1968, las dos segundas ayer mismo.

No quiero insinuar ningún paralelismo entre lo que sucedió en París el 1 de mayo de 1968 y lo ocurrido ayer más allá del que muestran las fotografías. Quiero decir que no creo que los enfrentamientos de ayer desemboquen en un nuevo Mayo del 68. Ahora bien, sí tienen algo en común: desde los tiempos de la Revolución Francesa siempre ha habido enragés (furiosos, rabiosos), los hay ahora y los seguirá habiendo. Los enragés de 1968 –influidos por el pensamiento situacionista–, como los de antes y los de ahora, lo que pretendían era dinamitar los cimientos de un sistema alienante y opresor, perturbar el orden de cosas. Por eso, se oponían, y se oponen, a cualquier vía reformista, a la participación en las instituciones, y rechazan canalizar su rabia a través de los partidos políticos o los sindicatos, “la izquierda del capital”. Los enragés de los tiempos de la Revolución Francesa justificaban “los motines y los asaltos a las tiendas, como un medio de ‘restituir al pueblo lo que le hacían pagar demasiado caro desde hace mucho tiempo’” (Wikipedia). Como sucedió ayer en París con el saqueo a un McDonald’s.

El 2 de mayo de 1968 –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. Era el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68.

¿’Despertó’ ayer París de nuevo? Lo dudo. Tampoco es mi intención hacer pronósticos acerca de lo que pueda pasar a no a partir de ahora. Soy historiador, no futurólogo. Por tanto, no es del futuro de lo que hablo sino del pasado, más concretamente de las relaciones entre pasado y presente. En el texto de la contraportada de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), entre otras cosas, se dice: “El lector advertirá [en ella] muchas situaciones en las que verá reflejadas las actuales circunstancias que vivimos tras el triunfo del pensamiento único”.

Adiós, mirlo, adiós es una de las dos novelas que conforman mi nuevo libro Tiempos de cerezas y adioses. En ella los hechos de Mayo del 68 en París juegan un papel relevante y suponen para su principal protagonista, Sam Sutherland, junto a otras situaciones que ahora no vienen al caso, la frustración y el desencanto al comprobar que su forma de actuar hasta entonces –marcada por la sinceridad, la confianza y la lealtad con sus amigos (la amistad es para él un valor inquebrantable)– se viene abajo.

Así pues, lo que les propongo desde esta entrada es ‘revivir’, o ‘evocar’, los hechos de Mayo del 68 en París tal como los vivió Sam y los otros protagonistas de la novela. Con el título genérico Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’ publicaré desde ya (hoy mismo) una serie de entradas –a las que añadiré un subtítulo para diferenciarlas– que coincidirán con el día en que se centran los hechos. Serán estas diez en total e irán apareciendo entre hoy y finales de mayo.

Cada uno que extraiga sus propias conclusiones. Si ello les hace reflexionar sobre este sistema y lo que se puede esperar de él, mejor. Y si, además, ello motiva a alguien a comprar Tiempos de cerezas y adioses, pues mejor todavía.

Y les dejo con música. Con una canción de 1968. En la versión de aquel año y en otra de casi cincuenta años después (de 2015). Me refiero a Il est 5 heures, Paris s’éveille (Son las cinco de la mañana, París despierta), de Jacques Dutronc, cantante de éxito que ya había conseguido un par de números uno en el ranking de canciones más escuchadas en Francia, una de las canciones que durante los días de la revuelta de 1968 fue adoptada por la juventud como una especie de himno. Con letra de Jacques Lanzmann –inspirada en una canción de 1802, Tableau de Paris à cinq heures du matin, de Marc-Antoine-Madeleine Désaugiers–, miles de gargantas corearon “París despierta, París despierta” durante las manifestaciones. El otro vídeo es una muy buena versión de Zaz, que interpretó en el festival Stuttgart Jazz de 2015.

Y es que, como el título de la canción de Julio Iglesias, “la vida sigue igual”. Y seguirá. “Toda la vida en las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo, 1967).

50 años de Mayo del 68

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The Guardian

The Guardian/Claude-Henri Bernardot/Musée des Beaux-Arts de Dole©

El próximo 2 de mayo de hace cincuenta años –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000.

Fue el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68, como nos referimos a los sucesos revolucionarios que tuvieron lugar en Francia los meses de mayo y junio del 1968. Sobre ellos publiqué en 2015 una serie de seis entradas, a las que seguían otras tres sobre lo que se ha venido en denominar “el espíritu de Mayo del 68” (que hacían referencia a lo que entonces llamé “los otros mayos del 68”), en las que trataba de analizar lo sucedido en la antigua Checoslovaquia, Estados Unidos y México, contestaciones que, en definitiva, partían del mismo contexto y respondían a una misma motivación: “La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el impulso del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado”. (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994).

Cincuenta años después, mi valoración acerca de su significado y repercusión es la misma que la que tenía en 2015. Tras los hechos de Mayo del 68 se produjo un desmenuzamiento en migajas de un movimiento hasta entonces homogéneo –el movimiento obrero (el movimiento estudiantil lo que pretendía era emular sus grandes gestas)–, que se consolidó nada más acabar estos. Empezó entonces la época de los nuevos movimientos sociales –ecologismo, feminismo, pacifismo, antirracismo…– y del acuerdo tácito entre gobiernos, sindicatos, empresarios y financieros de que el sistema capitalista es la única alternativa viable: o eso, o el ‘comunismo’ practicado por la Unión Soviética. Hay que reformar este, sí, pero sin cuestionarlo, pues el sistema –ha demostrado que podía hacerlo– era capaz de satisfacer ampliamente las demandas de esos nuevos colectivos. Lo único que había que hacer es aceptar la realidad (el sistema).

Poco más puedo añadir a lo que ya escribí en la serie de nueve entradas a que antes hacía mención. Les dejo, pues, con un breve extracto de cada una de ellas y el enlace a las mismas por si les apetece leerlas.

Mayo del 68 (1): La década dorada

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Tanto la década de 1960 como la precedente de 1950 se caracterizaron por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

Las muestras de disconformidad y descontento hacia la nueva sociedad vinieron de la mano de los jóvenes. La juventud irrumpía por primera vez como sujeto histórico, accediendo a ese Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista.

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Mayo del 68 (2): Los tiempos están cambiando

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Como respuesta a esta nueva forma de vida surgida tras la Segunda Guerra Mundial y a una cultura cada vez más “oficial” (bendecida desde todas las instancias) nacen dos grandes movimientos contraculturales. Uno se articulará alrededor de la música sobre todo: el pop-rock, la psicodelia. El movimiento hippie buscará reemplazar la organización familiar tradicional, de rígidas normas de conducta, por una vida comunitaria, optando por una vestimenta informal y descuidada e incorporando el uso de las drogas como medio para liberarse de la realidad opresora. Su símbolo sería el festival de Woodstock (1969), en Vermont (EE UU). El otro gran movimiento buscará referentes políticos y tratará de adecuar las tradicionales posiciones de la izquierda revolucionaria a los nuevos tiempos, estando fuertemente marcado por ellas y por el antiimperialismo, el anticolonialismo y la lucha por acabar con las desigualdades. Estos jóvenes leían a Marx, a Marcuse, a Sartre… Su símbolo sería el Mayo del 68 francés.

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Mayo del 68 (3): Prohibido prohibir

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El origen inmediato de los hechos de Mayo del 68 fue un conflicto estudiantil: el día 2 de mayo –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes, Primero de Mayo, en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. El número de estudiantes universitarios franceses al término de la Segunda Guerra Mundial era de menos de 100.000 y en 1960 ya estaba por encima de los 200.000 (en el curso de los diez años siguientes se triplicaría hasta llegar hasta los 651.000).

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Mayo del 68 (4): El poder está en la calle

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El lunes 13 París se llenaba de manifestantes. Entre la plaza de la República y la plaza Denfert-Rochereau –casi cinco kilómetros las separan, con el Sena de por medio– no cabía un alma. Sobre un millón de personas secundaron la llamada, al tiempo que nueve millones de trabajadores franceses se declaraban en huelga general. Ya no eran únicamente estudiantes quienes se manifestaban por las calles de París. Buen aniversario, mi general, gritaban, pues se cumplían diez años con De Gaulle al frente de la presidencia de la República francesa. Diez años es suficiente. Otros eran menos irónicos: De Gaulle asesinoDe Gaulle al paredónGobierno popular reclamaban obreros y estudiantes. Mayores emocionados con el puño en alto cantaban La Internacional mezclados con los jóvenes, que coreaban Esto solo es el principio, continuemos la luchaEl poder está en la callePolíticos, vuestros discursos nos importan un carajo. Resultaba incontable el número de banderas rojas y negras que ondeaban, así como el de pancartas con todo tipo de eslóganes, algunos tan ingeniosos como las pintadas que llenaban muchas fachadas y elementos del mobiliario urbano de clara inspiración situacionista: Seamos realistas, pidamos lo imposibleProhibido prohibirLa imaginación al poderBajo los adoquines está la playaNo le pongas parches, la estructura está podrida

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Mayo del 68 (y 5): Bajo los adoquines no estaba la playa

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La historia, como la vida, nunca sucede ni como los que han vivido un momento dado hubieran deseado ni como los demás después desearíamos que hubiera sucedido. Decía uno de los eslóganes de Mayo del 68 que “bajo los adoquines, la playa” (Sous les pavès, la plage). Pero no, no estaba la playa, y si estaba –o está– no se levantaron los suficientes adoquines como para llegar hasta ella.

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La música de Mayo del 68

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No es de la música que escuchaban aquellos jóvenes que protagonizaron la revolución cultural de 1968 –tanta y tan diversa que sobrepasaría con creces los límites de cualquiera de nuestras publicaciones– de la que nos ocupamos en esta entrada que completa la serie que dedicamos a Mayo del 68, sino de canciones compuestas dicho año a raíz de los hechos que tuvieron lugar en Francia, en París especialmente, hechos que, por otra parte, son los que hemos tratado en esta serie.

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Los otros Mayos del 68: Estados Unidos

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Decía Anthony Gyddens (“Aquel Mayo del 68 en California”, El País, 6 de mayo de 2008) que “desde una perspectiva europea podría parecer que París fue el foco principal de 1968, pero créanme que no fue así. En Europa los radicales eran bastante tradicionales”. Los verdaderos radicales estaban en California, donde ser revolucionario implicaba la politización, pero también, y, sobre todo, una forma de vida.

Esos movimientos se manifestaron radicalmente en contra de la guerra de Vietnam, del racismo y la obligatoria conformidad con las reglas establecidas y se solaparon con el movimiento hippie o con los Panteras Negras. La conjunción de ideas e intereses dio como resultado una oleada de protestas sin parangón hasta entonces. En los años 60 se formaron en Estados Unidos las comunas más extensas en las que se intentaba llevar a cabo un estilo de vida completamente alternativo. Las universidades, cada vez más masificadas, se mostraban especialmente activas. Los estudiantes se preguntaban no qué podían hacer ellos por su país, como habían hecho sus padres y abuelos, sino qué podía hacer su país por ellos.

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Los otros Mayos del 68: Checoslovaquia

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Al igual que ocurrió con Estados Unidos, la Unión Soviética –la segunda gran potencia mundial, con aspiraciones de convertirse en la primera– no podía consentir fisuras ni en su seno ni en el de sus países satélite. Solamente se es fuerte desde la homogeneidad. En el mes de julio los dirigentes soviéticos –al frente de los cuales estaba Leonidas Brežnev– manifestaron tener en su poder pruebas de que la República Federal Alemana pretendía anexionarse la zona norte de Checoslovaquia, por lo “ofrecía” al Ejército Rojo para que defendiera el país de la supuesta futura agresión. Lógicamente –digo lógicamente porque lo contrario hubiera significado algo totalmente opuesto al espíritu que animaba todas estas reformas– se rechazó la propuesta, una propuesta que no dejaba de ser un aviso recordatorio de que la URSS era la única que podía ejercer el control (en todos los sentidos) de los países autodenominados socialistas.

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Los otros Mayos del 68: México

© Armando Lenin Salgado 27 de septiembre de 1968

El Comité Olímpico Internacional (COI) había designado en 1963 a México como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, convirtiéndose así en el primer país del llamado Tercer mundo que acogía tan importante cita. El COI lo presidía un estadounidense, Avery Brundage, y la elección de México tenía una clara intencionalidad política: gracias a la ayuda de los Estados Unidos, el país azteca alcanzaba la estabilidad económica y social y se mostraba dinámico y emprendedor. Los demás países pobres debían tomar nota. A mediados de la década de 1940 habían empezado a llegar a México los capitales norteamericanos, iniciándose así la colonización económica del país. Eran los años de gobierno ininterrumpido del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que con una política interior autoritaria y corrupta, y al servicio de los Estados Unidos, dejaba de lado los grandes problemas estatales: migración, desigualdades, fracaso de la reforma agraria, paro, delincuencia…, problemas que generaban gran descontento y habían ocasionado diversas protestas estudiantiles y la creación de guerrillas urbanas.

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El poder de la imagen. Los políticos y la televisión

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Hace exactamente 57 años, el 26 de septiembre de 1960, tuvo lugar en Chicago el primer debate electoral televisado de la historia. Los protagonistas fueron Richard Nixon, entonces vicepresidente, del Partido Republicano, y John Fitzgerald Kennedy, del Partido Demócrata, ambos aspirantes a la presidencia.

Cuando se celebró el debate, cara a cara, Nixon tenía mal aspecto, terminaba de salir del hospital donde había estado ingresado un par de semanas por una lesión en una pierna, estaba sin afeitar desde hacía unos días y se negó a maquillarse. Kennedy daba una imagen diametralmente opuesta, impoluto, bronceado, bien afeitado, sonriente, relajado.

El debate se radió y se televisó. Por televisión fue seguido por setenta millones de personas que, según una encuesta, dieron la victoria a Kennedy, por gran mayoría. En cambio, quienes lo oyeron por la radio opinaron que el vencedor fue Nixon; como mucho dieron un empate.

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J.F. Kennedy y R. Nixon durante el primer debate electoral televisado de la historia.

Nixon subestimó el poder de la televisión. Y perdió. ¿Hubiera ganado Kennedy sin ella? Él mismo, según dicen algunos, reconoció a posteriori que no.

Hoy, los políticos han aprendido bien la lección y nadie duda del enorme poder que la televisión tiene. Según el informe “Televisión en abierto. Contribución a la sociedad española” –publicado por la consultora Deloitte el 19 de junio de 2017–, la televisión es el medio preferido para informarse para el 44% de los españoles, seguido de los medios digitales (25%) y las redes sociales (13%). Lógicamente, los políticos –y sus adictos y vacuos tertulianos audiovisuales–, sobre todo en los momentos en que la praxis política adquiere mayor relevancia –como cuando se celebran elecciones o como en estos días con el problema catalán– se prodigan en televisión haciendo gala de un enorme conocimiento de las técnicas de mercadotecnia política. Según el tema que se aborde se muestran más o menos circunspectos. Ahora, por ejemplo, la situación no está para muchas frivolidades. Pero es cosa de días. Llevamos mucho tiempo viéndolos en televisión haciendo variedad de cosas que nada tienen que ver con la política en shows de todo tipo, incluyendo programas del corazón. Bailan, nos cuentan sus aficiones, cómo ligan, nos muestran sus casas, cocinan, cantan… Todavía no han aparecido en programas tipo Adán y Eva o Mujeres, hombres y viceversa, pero tiempo al tiempo.

No me parece mal que hagan todo eso, ni bien tampoco. Lo encuentro irrelevante, aunque sin duda no es así. ¿Por qué lo hacen? Obviamente, para mostrarse como alguien cercano, accesible, alguien con el que los espectadores puedan identificarse. Desde los tiempos de Kennedy hasta hoy los políticos han aprendido que, ante todo, hay que ser un buen showman.

La imagen es lo que cuenta y la televisión –sea cuál sea el soporte mediante el cual se transmiten imágenes a distancia– sigue siendo, como veíamos, el instrumento idóneo por excelencia.

Los políticos saben que, como dice la canción de Irving Berlin, “There’s no business like show business”, y que, por tanto, recurriendo a la letra que escribió Aldir Blanc para otra hermosa canción, O Bêbado e a Equilibrista, “sabe que o show de todo artista / tem que continuar”. Esto ya no lo encuentro tan irrelevante: es el triunfo de la política como espectáculo. La pregunta que hay que hacerse ahora es quién ganaría unas elecciones si los electores solamente conocieran los programas de las diversas opciones que se les presentan (incluyendo, por supuesto, no votar entre ellas). O simplemente si los leen. Y quien dice elecciones dice las diversas alternativas a la cuestión catalana o las diferentes formas de combatir, o no, la corrupción, de la que, por cierto, nadie habla en estos días.

Ya lo dijo Ludwig Feuerbach en el prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo (1841): “Sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado”. Extraigo la cita del libro de Guy Debord La sociedad del espectáculo (1967).

En fin, llamen a esto política, llámenlo como quieran. También pueden llamar vaca a una fregona, pero no esperen que esta dé leche. Y, mientras, todos entretenidos (entretener = “divertir, recrear el ánimo de alguien”, RAE) viendo esos interminables debates en los que todos hablan y nadie dice nada.

Rata de dos patas

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“Rata de dos patas” (de Manuel Eduardo Toscano) es una de las más famosas canciones de Paquita la del Barrio perteneciente a su álbum de 2001 Taco placero. Su letra es un iracundo mensaje contra un hombre que la engañó y se ha convertido en una especie de himno contra el machismo en México. La veracruzana Paquita la del Barrio (1947) se casó a los 15 años con un hombre de 42 y, estando embarazada del tipejo, se enteró de que este estaba también casado con otra en otro pueblo, donde además tenía familia. Una auténtica miserable rata “de dos patas” a la que, sin embargo, ella –una jovencita acuciada por la necesidad– no tuvo valor de dejar en aquel momento.

Ratas como el canalla en cuestión abundan desgraciadamente, y situaciones como la que tuvo que vivir Paquita la del Barrio también. Es lo que tiene la miseria. En este caso la económica, pues hay otra que es la que, en última instancia, hace posible la primera: la miseria moral. Hay muchas ratas de dos patas, demasiadas, de acuerdo con la acepción que da la RAE de la palabra rata: “persona despreciable”. Y hoy por hoy la rata mayor es Donald Trump y su política, especialmente la migratoria, que tanto recuerda la de Alemania en tiempos del nazismo.

Trump es la rata mayor, sin duda, pero no la única. En principio, porque es el presidente nada menos que de la primera potencia mundial y sus decisiones nos afectan a todos, unas más y otras menos, a unos más y a otros menos. Y porque no llegó a la presidencia caído del cielo, sino que fue democráticamente elegido, del mismo modo que Hitler. Muchas ratas, pues, le llevaron a ocupar el despacho oval de la Casa Blanca. Y muchas ratas, de tamaño nada despreciable, le apoyan en mayor o menor o menor medida: el presidente ruso, Vladimir Putin; la presidenta del ultraderechista Frente Nacional francés, Marine Le Pen; el ex líder del Partido de la Independencia del Reino Unido, Nigel Farage; el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu; el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan… Otras ratas mantienen una postura más tibia hacia la política de Trump –lo que no les hace menos cómplices–, como es el caso del Gobierno español.

Por fortuna, la amplia contestación social no se ha hecho esperar y proliferan las manifestaciones y actos de protesta en buena parte del mundo, sobre todo en Estados Unidos, por ser Trump su presidente y porque es un país que cuenta con una larga tradición de lucha en favor de los derechos y las libertades civiles. En España, sin embargo, la respuesta social está siendo ridícula. Parece mentira. Que pronto olvidamos que la migración ha sido, y es, parte de nuestra historia, que muchos de los defensores de la República se vieron obligados a salir de España tras la victoria de Franco por las mismas razones que ahora abandonan sus países aquellos a los que Trump, y otros, pretenden criminalizar, y que una parte importante de ellos recibieron refugio en México, que en la década de 1960 centenares de miles de españoles tuvieron que marchar a Alemania en busca de trabajo, que siguen migrando jóvenes que aquí no ven ninguna salida… Y las calles vacías. De manifestantes, quiero decir. No seamos ratas nosotros también.

¿La fiesta de la democracia?

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Cuando se acercan unas elecciones nos cansamos de leer y de escuchar que el día de las votaciones es el de la fiesta de la democracia. ¿Por qué, entonces, son tantos en España los que no quieren que se repitan elecciones? ¿La gente no quiere fiesta? ¿No quiere participar en tan solemne celebración? No entiendo nada. A no ser que, como escribió Bertolt Brecht en su libro Historias del señor Keuner (1930), toda esta parafernalia sea como aquel arbusto que “estaba plantado en un macetón y se empleaba en las fiestas como elemento decorativo”. Y la gente se ha cansado de que la decoración sea siempre la misma. O que prefieran el trabajo a la fiesta, la rutina a la variación, lo cotidiano a lo excepcional. La conformidad en definitiva, pues no hay fiesta que valga, ¡oiga!, que lo que está en juego es otra cosa, es que quiero que me resuelvan mis problemas, ¡ya!, ¡quién sea! Puede que tuviera razón Tocqueville cuando decía que el individualismo es un estado natural del ser humano. Y es que cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión, que dijo Voltaire.