Esos imbéciles miserables que se vanaglorian de pertenecer a una nación (por casualidad)

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Quien llama imbéciles miserables a aquellos que se dicen patriotas y exhiben con orgullo la bandera de su nación es Arthur Schopenhauer en su obra Eudemonología o el arte de ser feliz, explicado en 50 reglas para la vida (1851). Eso sí, no puedo estar más de acuerdo con sus palabras. El orgullo nacional –sigo con Schopenhauer– es el más bajo y más barato de todos. Quien lleva una existencia tan mezquina y no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en el recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece, sin tener en cuenta que es por casualidad. En su gratitud estúpida está dispuesto incluso a defender a cualquier precio todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación. Sí, son unos imbéciles miserables.

A mí, España me la suda. La polla. Me suda la polla por delante y por detrás, como dijo el gran Pepe Rubianes en 2006. “A mí la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás. Y que se metan ya a España en el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando en los campanarios. Que se vayan a cagar a la puta playa con la puta España, que llevo desde que nací con la puta España. [Que se] vayan a la mierda ya con el país ese y dejen de tocar los cojones”. La Fiscalía de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona) acusó al actor y humorista de “ultrajar a España”, aunque luego archivó la causa. Luego la Audiencia emitió un auto en el que revocaba el sobreseimiento del caso, al estimar los recursos de la Fiscalía y las acusaciones particulares. Pepe –tan gran y lúcido humorista como bueno, generoso y gran amigo de sus amigos– no llegó a sentarse en el banquillo de los acusados porque falleció el 1 de marzo de 2009. Por fin, el 8 de junio de 2010 el Supremo anulaba su condena.

España me la suda, pues. Pero no por ser España. Me la sudan también el País Valenciano (o Comunitat Valenciana), Cataluña (o Catalunya), Francia (o France), Rusia (o Россия), China (o 中华人民共和国), Estados Unidos (o United States of America) o Tuvalu. Me suda la polla quien anteponga la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que posiblemente este tipo de asuntos también se la sudan.

¿Qué quieren que les diga? Una bandera no es más un trozo de tela que siempre termina manchado de sangre. Yo no lucho por eso, me la suda por delante y por detrás. Las banderas y los símbolos. Eso son imbecilidades, y quienes hacen gala de su orgullo identificándose con ellos lo dicho: unos imbéciles miserables que ni comen ni dejan comer.

¿De qué valores estéticos hablamos cuando hablamos de arte?

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A raíz del artículo que publiqué ayer sobre las relaciones entre arte y mercado, y a tenor de algunos comentarios al respecto tanto aquí como en Facebook, me ha parecido oportuno reproducir hoy algunas de las cosas que publiqué anteriormente en este blog acerca de cómo surgen esos valores estéticos que a algunos tanto extasían al contemplar una obra, generalmente plástica.

El término arte, en sentido absoluto, significa todo trabajo humano realizado para crear cosas que no podrían existir por el simple juego de las fuerzas naturales y que son útiles para la existencia y supervivencia de la humanidad. Sin embargo, siguiendo una tendencia cuyos orígenes cabría remontar al Renacimiento, se suele emplear el término arte, a secas, para referirnos casi exclusivamente a las artes plásticas, sobre todo a la pintura. Así, cuando se habla de ‘historia del arte’ en realidad se está hablando de ‘historia de las artes plásticas’. La música, la literatura, el cine, el teatro…, no tienen cabida.

El mundo académico, en su práctica totalidad, está de acuerdo en que este es un mal uso de la palabra, pero a la hora de la verdad priman otros intereses más particulares, pues el currículo es el currículo, la pela es la pela, y hay, ante todo, que mantener el estatus. Este es uno de los dos grandes problemas que, a mi juicio, son la base sobre la cual se construye el tinglado de esa farsa que es el mundo del arte. El otro es, en buena medida, consecuencia de este. Que en los niveles superiores de la enseñanza se tenga, y se sostenga, esta concepción del arte es sintomática, revela el total desbordamiento del arte en la vida cotidiana, y su consiguiente estetización a través, y en la forma, de la mercancía culturalista, tan bien promocionada por el pedante pavoneo de los críticos, eminentes bufones del espectáculo. Los intentos por explorar la creación artística como medio de encontrar nuevas ideas y estímulos para la transformación material y espiritual del mundo y de la vida fenecieron en el camino.

El resultado de todo ello se ha plasmado en la “venta a plazos del alma del artista al mercado y al Estado” (J.M. Rojo, 2007, epílogo a la obra de Baj ¿Qué es la ‘patafísica?, 1994). Nosotros, consumidores de su alma, en simples espectadores pasivos. Vamos a esos cementerios de arte llamados museos como antes íbamos a misa, generalmente los domingos por la mañana, con los niños, que tienen allí sus talleres y sus cosas para entretenerse. Cumplido el sacro deber, como buenos culturetas que somos, nos vamos luego a comer por ahí, que hace un tiempo cojonudo. Igual entonces va y experimentamos alguna sensación propia, no inducida ni sugerida.

Ya conté lo fácil que resulta dar gato por liebre en este mundillo del arte en la entrada Todos somos artistas, donde explicaba cómo organicé con un grupo de alumnos un par de ‘acciones’ en las que los visitantes de nuestra exposición aceptaron como obras de arte las que los alumnos –estudiantes de Historia del Arte, no de Bellas Artes– habían hecho con sus propias manos sin advertir diferencia alguna entre estas y las que sí habían sido realizadas por artistas ‘de verdad’. Y es que cualquier objeto, o idea, expuesto en un museo nunca es cuestionado como arte. Decía esto entonces y sigo afirmándolo ahora, como también que la mayor parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo, siendo benignos, una mercancía que se compra y se vende en el mercado. El mercado del arte es un mercado como otro cualquiera, solo que más exclusivo, por lo irracional de los precios y el esnobismo de sus potenciales acaudalados compradores.

Nosotros ya no somos nada, los espectadores son necesarios para los museos, como para los teatros, los cines o los estadios de fútbol; para el arte, para el artista, el pintor mejor, como en los puticlubs, no se requieren espectadores, sino clientes. Y estos no faltan. El mercado del arte sigue al alza, la crisis no le afecta. Siempre ha sido uno de los más seguros, como observamos ayer.

En 2017, leo en la página de The Art Market, agencia de marketing especializada en arte, la tabla Salvator Mundi, de Leonardo da Vinci, “se vendió por casi medio billón de dólares [382 millones de euros], a pesar de algunos inevitables comentarios acerca de su autenticidad y las numerosas restauraciones que se han acometido sobre la obra a lo largo de los años”, estableciendo un nuevo récord mundial. “Ya no se trata solo de la espectacular venta, si no del marketing del que hizo gala la neoyorquina sala de Christie’s. Primero, anunciando la venta con el indudable atractivo nombre de ‘el último da Vinci en manos privadas’. (…) Si el alto precio se debió a la comercialización, el prestigio o alguna turbia geopolítica de la región del Golfo, nunca lo sabremos, pero la pintura fue supuestamente comprada por el príncipe heredero saudita Mohammed bin Salman Al Saud y se exhibirá en el Louvre recién inaugurado de Abu Dhabi”. ‘Se exhibirá’ sigue valiendo por ahora. Se exhibirá. Ya veremos cuando, si es que llega a exhibirse.

De las diez obras más caras vendidas en los últimos años, además de la ya citada de Leonardo que encabeza el ranking, figuran ocho pinturas y una escultura, todas ellas de lo que llamamos ‘arte contemporáneo’: Interchange, 1955, de Willem De Kooning (óleo adquirido en 2015 por la fundación David Geffen al inversor Kenneth Griffin por 382,1 millones de euros y cedido al Instituto de Arte de Chicago); Los jugadores de cartas, 1890 a 1894, de Paul Cézanne (óleo vendido en 2011 por no se sabe quién a la a familia real de Qatar por 191,6 millones de euros); Nafea faa Ipoipo, 1892, de Paul Gauguin (igual que el anterior pero en 2015 y por 185,5 millones de euros); Number 17A, 1948, de Jackson Pollock (exactamente igual que el De Kooning pero en 2015 y por 176,57 millones de euros); Les femmes d’Alger, 1955, de Pablo Picasso (adquirido por no se sabe quién en una subasta de Christie’s en Nueva York en mayo de 2015 por 160,3 millones euros); Desnudo acostado, 1917 a 1928, de Amedeo Modigliani (en otra subasta de Christie’s en Nueva York en mayo de 2015 lo adquirió el empresario chino Liu Yiqian por 158 millones de euros); El sueño, 1932, de Pablo Picasso (el magnate Steven A. Cohen se lo compró a alguien cuya identidad no se ha revelado por 120 millones de euros); Tres estudios de Lucian Freud, 1969, de Francis Bacon (adquirido por Acquavella Gallery para Sheikha Al-Mayassa, jequesa de Qatar, en otra subasta de Christie’s en Nueva York en noviembre de 2013 por 105 millones de euros), y una escultura en bronce de Alberto Giacometti de 1961, L’homme qui marche I (adquirido por un comprador anónimo en la subasta de Christie’s en Nueva York en mayo de 2015 por 126 millones de euros).

De estas diez obras, solo las de De Kooning y Pollock están expuestas al público (en el Instituto de Arte de Chicago). El resto las puede ver solamente su dueño, o dueña, y quienes a él, o a ella, les salgan del rabo, o del chichi. Ello no es óbice para que los historiadores del arte y los críticos tengan materia de qué hablar y puedan escribir sus panfletos publicitarios en los que nos informamos acerca de la textura de una obra, el color, la luminosidad, la soltura de la pincelada, la técnica empleada y tantos otros aspectos y zonceras varios. ¿De dónde, si no, sacaríamos los conocimientos necesarios para nuestras publicaciones y comentarios en Facebook (propicio sitio para este tipo cosas) u otras plataformas digitales?

Llegados a este punto, servidor de ustedes, alucina más que la gallina Caponata colocada de tripis. ¡Que estamos viendo una fotografía, a ver si somos conscientes, que ahí no se pueden apreciar todas esas maravillas! Es como hacerse una paja viendo una fotografía de un tío, o tía, en bolas. Nadie te está haciendo nada, es todo cosa tuya, tú solito, o tú solita. Pornografía al uso.

Vamos con tres de las obras que están en manos privadas, las tres adquiridas por sumas millonarias que es altamente improbable que alguna vez puedan contemplar si no es a través de una reproducción fotográfica: Los jugadores de cartasNafea faa Ipoipo y Les femmes d’Alger. Como generalmente lo hacemos a través de internet, he buscado en la red tres imágenes de cada una de ellas. He escogido entre las de tamaño grande y que, a la vez, tuvieran una resolución aceptable. No me ha costado mucho, todas las he encontrado en las primeras filas del buscador de imágenes. Helas aquí:

Se parecen, ¿verdad? Pero solo eso. ¿O no? ¿Podrían decirme cuál de ellas –en los tres casos– es la que atesora todos esos valores estéticos que nos extasían? ¿Cuál es ‘la buena? Que quieren que les diga. Para mear y no echar gota. Un bovo quants en fa fer, que decía mi padre.

La lista de Bongard

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Lo más probable es que no conozca esta lista –nada altruista como la de Schindler– ni les suene el nombre de Willi Bongard, el autor de la misma. A no ser que sea marchante de alto nivel, reputado crítico de arte o coleccionista de postín (privado o público). De hecho, la relación de fallecimientos destacados de Wikipedia correspondiente al 6 de mayo, fecha de su muerte, ni siquiera recoge su nombre. Sin embargo, su influencia en el mundo del arte elevado –de las artes plásticas en concreto– es mayúscula.

Este economista, periodista especializado en arte y profesor, elaboró en 1970 un listado de artistas vivos, un ranking, que en la actualidad sigue publicándose en la revista alemana Capital: Wirtschaft ist Gesellschaft (Capital: economía es sociedad). Bongard llevó a cabo una clasificación de artistas (plásticos) vivos según el reconocimiento que recibían en diversos ámbitos (colecciones permanentes en museos, exposiciones individuales, exposiciones colectivas, reseñas en periódicos y televisión). Fue asignando una puntuación a cada uno, según su propia estimación. Así, le otorgaba 300 puntos a cada artista por cada obra que tuviera expuesta en un museo importante (por ejemplo, el MOMA) y 200 por cada obra que estuviera en un museo menos importante (como el Art Institut de Chicago). Si el artista era mencionado por prestigiosas revistas como Art Actual recibía 50 puntos y si figuraba en otras de menor influencia como Connaisance des Arts, 10.

De este modo estableció un ranking con los cien primeros: la Kunstkompass (brújula de arte). Acto seguido calculó el precio que en ese momento tenía una obra representativa de cada uno de ellos y lo añadió a la lista. Un análisis estadístico de sus datos mostraba que el valor estético de la obra se corresponde con su valor económico. Aunque no siempre fuese una correlación perfecta, no se podía discutir que a medida que la puntuación de un artista aumentaba en un 10%, el precio de su obra representativa lo hacía un 8%. La finalidad de Bongard era únicamente saber si el mercado tasaba de forma correcta el valor de la obra de los artistas, si algún pintor estaba infravalorado.

El mundo artístico en general acogió con frialdad la Kunstkompass por su “presunción” de medir la posición estética, pero no tardaron en rendirse a la evidencia. Bongard, que se proponía informar a los coleccionistas la forma de obtener el máximo beneficio en el arte, de sacar el máximo partido de su dinero, como economista que era, empezó ofreciendo a los coleccionistas una carta mensual, a un precio determinado, hasta su muerte en 1985. Al mismo tiempo publicaba la lista de vez en cuando en la revista financiera de Colonia antes mencionada, Capital. Cada vez más influyente, la Kunstkompass fue traducida y publicada en todas partes. La revista italiana de diseño Domus describía las mejores gangas como convenientissimo. Desde 1970, y hasta 2006, se hacía pública cada otoño coincidiendo con la inauguración de Art Cologne, la feria de arte más destacada de Alemania. También, como hemos visto, en otras revistas y desde 2017 es fija en Capital.

Mi intención al publicar este artículo no es informar acerca de la existencia de esta lista a quienes la desconozcan para que puedan invertir en esta clase de arte sacando el mayor provecho. Tampoco creo que sean muchos los lectores de este blog que estén en condición de hacerlo. Mi propósito es solo mover a reflexión sobre la estrecha relación entre arte y mercado, siendo este último el verdadero motor de ese mundillo elitista de multimillonarios, obsceno y aborrecible se mire por donde se mire.

Como señala Eric Hobsbawm (A la zaga, 1998), las artes visuales “y especialmente la pintura, no han sido capaces de adecuarse a lo que Walter Benjamin llamó la época de reproductibilidad técnica”. La creación de una revolucionaria industria del ocio destinada al mercado de masas redujo las formas tradicionales del “gran arte” a les élites. El arte se convirtió en un gran negocio, uno de los pocos a los que jamás ha afectado crisis alguna.

El mercado del arte siempre ha sido uno de los más seguros desde mediados de la década de 1950, cuando se produce el relevo de la capitalidad del arte moderno y Nueva York reemplaza a París. En unos momentos en que comenzaba una era de prosperidad económica sin precedentes, se inició un espectacular aumento de los recursos económicos, tanto públicos como privados, para la promoción del arte moderno. Pocas inversiones pueden resultar tan rentables. Sin embargo, advierte Juan Antonio Ramírez (Arte y arquitectura en la época del capitalismo triunfante), “el comercio artístico, en su conjunto, no es transparente. No se sabe lo que en realidad se paga en la mayoría de las transacciones, por no hablar del silenciamiento mismo de muchas compraventas relevantes”. Es, además, una excelente manera de blanquear dinero.

Los problemas económicos que convulsionaron las bolsas en 1987 no tuvieron efecto alguno en el arte. Es más, al haber cierta confusión sobre donde era mejor invertir para obtener beneficios seguros, el mercado del arte aumentó sus transacciones. Parecida situación vuelve a repetirse con la crisis de 2008 y no me cabe duda de que así será con la actual crisis social.

¿Arte?, ¿valor estético?, ¿mecenas?, ¿patrocinadores y protectores de las artes? ¡Mis cojones treinta y tres! Negocio y nada más que negocio, mero espectáculo al que se suman ignorantes almas cándidas que, como en tantas otras cosas, siguen las pautas marcadas por las élites. En fin, si así se sienten más cultos… Aunque a mí me parece que si en vez de tanto onanismo mental practicaran el onanismo a secas igual les iba mejor, a ellos y a todos.

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Si quiere consultar la Kunstkompass entre 2001 y 2019 clique aquí.

Fumadores y coronavirus

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El doctor Zahir Amoura, jefe del departamento de Medicina Interna del Hospital Pitie-Salpetriére de París, centro público ligado a la Universidad de la Sorbona, avanzó hace unos días la hipótesis de que el porcentaje de fumadores entre los enfermos de Covid-19 es notoriamente inferior a la media. En un artículo que publica el diario El Mundo (24 de abril) leo: “De los 343 pacientes hospitalizados en su centro sanitario, con una edad media de 65 años, solo el 4,4% eran fumadores habituales. Y entre los 139 que han ido a consulta, edad media 44 años, solo el 5,3% tenía el vicio. Según el último barómetro de Sanidad Pública de Francia, un 30% de los franceses entre 45 y 54 es fumador. En la franja 65-75 años el 8,8% de las mujeres y el 11,3% de los hombres fuman”. Y un poco más delante, en el mismo reportaje: “Un estudio chino, publicado a finales de marzo en el New England Journal of Medicine, sobre más de mil contagiados recensaba un 12,6% de fumadores, muy inferior también al porcentaje de fumadores en China, 28%. […] La hipótesis es que la nicotina, al fijarse sobre el receptor celular que utiliza el coronavirus le impide hacerlo a él y, después penetrar en las células y propagarse”, es decir, la nicotina de los fumadores cierra al virus la puerta de entrada a las células porque estaba allí antes.

Se trata solo de una hipótesis, pero los datos están ahí. No han tardado en desmentirla otros médicos y diversas organizaciones sanitarias, como la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica. Mas, con una diferencia, o eso al menos me parece a mí. Los detractores del doctor Zahir Amoura se limitan a repetir que el tabaco es muy malo y mata utilizando los manidos argumentos de siempre. No rebaten los datos con otros semejantes.

¿Qué quieren que les diga? Desconfío de la mierdicina, esa medicina de “la prostituida ciencia de estos días despreciables” (Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo), sometida a imperativos de rentabilidad económica. Me fío más de los datos. Y estos me han llevado a reflexionar acerca de los nocivos efectos del tabaco y a extraer mis propias conclusiones. Helas aquí:

No diré que fumar no mata. Por supuesto que lo hace, como otras tantas cosas: levantarse de noche y regresar a casa también de noche para trabajar ‘en lo que sea’ y ‘al precio que sea’, no poder llegar a fin de mes o siquiera comenzarlo, que te desahucien por no poder hacer frente al pago de la hipoteca a causa de una crisis de la que solo eres víctima, que tus hijos no tengan presente ni futuro alguno… Por ejemplo. No es la actual una existencia fácil y hay que ir con mucho tiento. Hay que cuidarse, pues, y analizar detenidamente los efectos perjudiciales de cada situación

Aclarado que el tabaco puede dañar la salud, aclarado también que en determinados casos –como en la actual epidemia de coronavirus– puede, por el contrario, protegernos, como muestran los datos que veíamos antes y nadie ha desmentido, hay que estar atentos y leer al pie de la letra los mensajes de las insanas autoridades sanitarias. Tal vez aquí resida el quid de la cuestión y aúne a defensores y detractores de la hipótesis de Amoura. Esta será, pues, mi gran aportación a la ciencia.

Verán. No toda cajetilla de tabaco es apropiada para todos. Hay que fijarse en las distintas leyendas que llevan impresas cada una de ellas, que para eso están. Si los cigarrillos son de una cajetilla en la que se indica que “obstruye las arterias” o “puede causar un infarto”, ni se le ocurra fumarse uno solo, siquiera una calada. Un poco de sentido común, ¡caray! Si son de una cajetilla que dice que “mata o perjudica gravemente su salud y las de los que están en su entorno” o “el humo es malo sus hijos, familia y amigos”, depende. Es cosa de afectos. Conozco un camarero –al que espero encontrar en el bar cuando este vuelva a abrir, si lo hace– que me decía “Yo de este. Menuda panda de buitres me rodea”. Si la leyenda es que “daña los dientes y encías”, es el adecuado para quienes usen dentadura postiza. Los que provienen de una cajetilla en la que se lee que “aumenta el riesgo de impotencia”, resulta indicado para los asexuales o los individuos de edad muy avanzada que ya pasan del sexo. Si la leyenda es que “aumenta el riesgo de ceguera”, pues para invidentes. Y si indica que “reduce la fertilidad”, para los que no quieren tener hijos. También hay para aquellos que ya están que cansados de vivir: los que pone que “acorta la vida”.

¡Ojo! Hay algunas leyendas con doble intención y ciertamente confusas. Como la de “fumar puede matar al hijo que espera”. ¿Qué significa esta frase? ¿Se refiere a un hijo/a que nacerá en unos meses o al hijo de uno en general? Porque esto no se aclara. Un día había quedado yo con mi hijo (39 añitos) y este se retrasaba, algo no habitual en él. Ambos somos muy puntuales. Decidí fumarme un cigarrillo para hacer más corta la espera y en eso me fijo en la cajetilla de cigarrillos. “Fumar puede matar al hijo que espera”, decía. Lo apagué inmediatamente. Llamé a mi hijo. No respondía. Otra vez. El mismo resultado. Pueden imaginarse la angustia que pasé hasta que por fin llegó. Ya no he vuelto a fumar más cigarrillos de ese tipo.

Por tanto, y concluyo, es necesario estar bien informados y saber descifrar e interpretar los distintos mensajes. Para ello nada mejor que el sentido común, o el sinsentido, como prefieran.

Los niños se portaron como niños ayer en Valencia y algunos ciudadanos actuaron como policías amateurs

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Me preguntaba ayer (“Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus”) qué iba a pasar con los niños, especialmente con los peques, el primer día que podían salir a la calle tras el irracional y cruel encierro a que han estado sometidos durante 43 días. Era de suponer que querrían ir al parque, ansiosos, y jugar y juntarse con sus amiguitos. Los padres debían hacer de vigilantes. Colaboradores necesarios de la policía, tenían la obligación de impedir que tal cosa sucediera y mantener a los niños lejos de cualquier contacto con los demás. Resulta obvio que tal misión no iba a ser fácil. Y no lo fue. Los niños pasaron olímpicamente de normas y los padres se vieron impotentes para frenar su júbilo, dejando de mantener la obligatoria distancia también entre ellos. En unos sitios se cerraron los parques infantiles y los jardines públicos. En otros no, como en Valencia, donde –decía también ayer– al parecer somos un poco más sádicos, pues la labor de vigilancia por parte de los padres se incrementaba. Los problemas también. Los niños hicieron de niños y los padres ejercieron como padres, aunque fuera desbordados por la situación. Fallaron como policías, pues. Pero ahí estaban esos ciudadanos responsables, contribuyentes escrupulosos, para hacer de colaboradores, de delatores, sacar el policía que llevan dentro y alimentan de noticias y opiniones mediáticas, y hacer buena la máxima de Rousseau: “Un pueblo libre […] obedece leyes, pero solo estas, y precisamente por la fuera de ellas no obedece a los hombres”.

En fin, que se armó la de dios. Hoy señala al respecto el diario Las Provincias que “algunas escenas que se dieron en algunos parques de Valencia, sobre todo en el Jardín del Turia, pusieron sobre aviso al Consistorio, que a primera hora de la tarde advirtió de que si no se cumplían las normas volverían a cerrar los parques y jardines”. Esas escenas fueron grabadas por los ‘policías amateurs’ y se divulgaron a través de las redes sociales. Mostraban cientos de niños jugando juntos, con padres hablando a escasa distancia, especialmente en determinados tramos del Jardín del Turia y los alrededores del Palau de la Música.

La diosa imbecilidad, mucho más que la astucia de la razón, ejercía así, una vez más, su señorío mundano. ¿Ahora hay que estigmatizar también a los niños? De acuerdo en que el primer móvil que auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación, y que cuando esto sucede el miedo se apodera de gran parte de la sociedad, dispuesta a sacrificar sus libertades por la seguridad. Pero “sacrificar libertad por seguridad es tan insensato como preferir incompetencia a competencia, o la autocracia a la rendición de cuentas” (Antonio Escohotado).

El vídeo que sigue es uno de los que más ha circulado por las redes sociales. Habrá quien vea en él un ejercicio de responsabilidad. Yo solo veo un par de mentecatos confidentes que criminalizan a los padres y propician un clima de inseguridad que facilita la exclusión, la discriminación y la estigmatización. ¡Dejad a los niños en paz!

Iniquidad y estulticia: los niños y el coronavirus

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Me indigna la iniquidad con que se está tratando a los niños durante la pandemia de coronavirus. Desatino, despropósito, necedad… Cualquier calificativo se queda corto. Ni tiene pies ni cabeza, ni base científica alguna. Hoy, después de 43 días de cautiverio –que se dice pronto–, los niños españoles pueden volver a salir a la calle. Eso sí, con un montón de restricciones.

Me he asomado unas cuantas veces a la terraza, pero sin éxito. La mía es una calle poco transitada, muy tranquila. Me hubiese gustado ver –aunque ni desde mi terraza ni desde ningún otro sitio habría sido posible– un paisaje como el que describen los Hermanos Grimm en El flautista de Hamelín, en el que los niños salieran de sus casas corriendo como pollos en un gran gallinero cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, todos los muchachos y las jovencitas, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas, y numerosos piececitos corriendo y batiendo el suelo, escuchar los menudos zapatitos repiquetear, muchas manitas palmotear, y contemplar cómo el bullicio va en aumento a medida que trascurre la mañana. Son estas palabras de los Grimm que he adaptado a conveniencia.

Se mire por donde se mire, lo que está haciendo con los niños es dislate cuyas consecuencias sobre su salud física y mental es imposible evaluar, ya que una situación así no tiene precedentes. Y lo más irritante es que todo esto se hace por si acaso. La socióloga Ainhoa Flecha, en un artículo publicado en El Salto el 23 de abril, “No son vectores, son niños y niñas”, dice: “Hoy por hoy, afirmar categóricamente que los niños no son un vector de contagio importante del sars-covd-2 sería poco prudente, tan poco prudente como afirmar que sí lo son o que este encierro no les va a afectar. Frente a la falta de datos, hay quienes consideran que más vale ser cautos y confinarlos ‘por si acaso’.” Poderoso motivo. ¡Por si acaso! ¡Cágate lorito! “Sabemos, por ejemplo –sigue Flecha–, que ‘los hombres’ juegan un papel importante en las agresiones sexuales. En realidad, sabemos que son unos pocos hombres, pero como no sabemos quiénes son exactamente ¿sería justificado que confináramos a todos los hombres, culpables e inocentes, de 20h a 7h indefinidamente ‘por si acaso’? Los asaltos nocturnos probablemente se reducirían y muchas nos sentiríamos más seguras al volver a casa, pero ¿sería aceptable?”.

Es comúnmente admitido que los problemas psicológicos que se manifiestan en los adultos tienen su raíz en la manera que se ha desarrollado nuestro comportamiento durante los primeros años de vida. Yo me pregunto qué va a pasar especialmente con los peques, como les va a afectar este despropósito. Es de suponer que querrán ir al parque, a jugar. En el parque no se puede, le tendrá que decir su acompañante. O si se puede, pero de ningún modo en la zona de juegos, como aquí en Valencia, donde al parecer somos un poco más sádicos. Imaginen, que no es mucho imaginar, que una de estas personitas ve casualmente ve a un amiguito o amiguita. Querrá acercarse. ¡No hagas eso! O que una persona adulta querida por ellos se cruza en su camino. Es lógico que traten de correr hacia ella. ¡Cuidado! Y la persona en cuestión se aparta de ellos. ¿Cómo les explicas a los peques ahora todo esto después de 43 días encerrados? Y, sobre todo, ¿cómo repercutirá en su salud, como afectará a su carácter y personalidad?

En un artículo titulado “El confinamiento infantil no tiene base científica”, publicado en CTXT. Revista Contexto el pasado 21 de abril, que firma la doctora Ewa Chmielewska, muy bien documentado, señala la autora que los estudios científicos recientes basados en el análisis del Covid-19 en poblaciones reales muestran que los niños se infectan menos que los adultos y que la tasa de transmisión en ellos es menor. “La tentación de prescribir el confinamiento total de los niños ante la falta de datos al respecto es por eso una reacción cruel e irracional, basada en los prejuicios acerca de la infancia propios del adultocentrismo más agresivo. […] No parece importar el daño que a corto y a largo plazo supone este encierro irracional de los niños y niñas, un colectivo que por definición no tiene derecho a autorepresentarse y al que parece que, ahora, ni sus propios padres pueden representar”.

En cambio, en el BOE extraordinario del 25 de abril sobre la regulación de la salida de los niños menores de 14 años, se dice que “una salida controlada de la población infantil puede reportar beneficios asociados a un estilo de vida más saludable, prevenir algunos problemas asociados al mantenimiento prolongado del estado de alarma, como puede ser la mejora de la calidad del sueño o la síntesis de vitamina D, así como una mejora en el bienestar social o familiar”. Así, con dos cojones, sin rubor alguno.

Ni son vectores los niños ni puede sostenerse que el confinamiento domiciliario no tiene repercusiones importantes sobre su salud, como se deduce de lo publicado en el BOE. “La reclusión domiciliaria estricta de siete millones de niños y niñas es un experimento cuyas consecuencias se desconocen. Sin embargo, disponemos de revisiones científicas que reportan secuelas a medio y largo plazo ─incluyendo insomnio, depresión o estrés postraumático─ en personas confinadas durante nueve días, con diferencias significativas por cada día adicional” (Flecha).

Sostiene Chmielewska que “afirmar, como hacen algunos expertos, que los niños son resilientes y sobrevivirán a esta crisis sin mayor problema es uno de los clichés que más se repiten durante estas semanas. Sostener que los daños que sufren los niños por culpa del confinamiento son pasajeros es algo así como justificar el uso transitorio de la violencia o el maltrato: como si dijéramos que recibir una bofetada de vez en cuando no supone un problema o que el ambiente de violencia doméstica que muchos niños tienen que soportar estos días en una intensidad superior a lo habitual no les causará perjuicio alguno. Lo que numerosos psicólogos y educadores sostienen es que el encierro en casa afecta directamente el desarrollo físico y neuropsicológico de los niños”.

La gravedad de los efectos que este encierro a largo plazo sobre los niños no puede, por tanto, evaluarse aún. Mas sí se sabe cuáles son estos en casos de encierro prolongado en adultos. Chmielewska alude a ejemplos como los de los astronautas o científicos de expediciones polares. Javier Salas, citando en El País a Larry Palinkas, psicólogo de la Universidad del Sur de California, habla de fenómenos como ‘empanada mental’ o ‘hibernación cerebral’, algo que el citado científico asocia con trastornos de sueño, ‘desaceleración del cuerpo y la mente debido a la estimulación restringida’ o ‘signos de pequeño deterioro del funcionamiento cognitivo’. “Si estos son los efectos del encierro en los adultos –continúa Chmielewska–, ¿es ético asumir que no se darán en los niños? ¿Es justo arriesgar que este tipo de ‘deterioro cognitivo’ se produzca en un organismo que está todavía en fase de desarrollo cognitivo? Podríamos pensar también en otros posibles problemas, tales como el efecto que la reducción de los estímulos visuales tiene en bebés, cuyo desarrollo de las conexiones neuronales relacionadas con la vista depende de estímulos visuales exteriores. ¿Se desarrollará correctamente la vista de un bebé si se limita su campo de visión a apenas unos metros durante varios meses? ¿Qué sucederá si esta situación se alarga? Igualmente, conviene tener en cuenta los efectos negativos que para el desarrollo de los menores supone la privación de la educación y la sociabilidad. […] A medida que pasan los días, hay también cada vez más publicaciones que alertan sobre el impacto del cierre de escuelas y del distanciamiento social en la salud mental de los niños, como por ejemplo el artículo de Joyce Lee publicado el 14 de abril en The Lancet: “Mental health effects of school closures during COVID-19”.

Ainhoa Flecha, madre, como Chmielewska, que también muestra la misma preocupación, apunta: “Somos muchas las que, estando 24h al lado de nuestros hijos e hijas, los vemos cada día más irritables y ansiosos, menos activos, más apáticos. Estudios preliminares que se están publicando revelan el incremento del tiempo de uso de pantallas, una reducción drástica del ejercicio físico y un empeoramiento de los hábitos alimenticios. Sabemos también que muchos menores viven en pisos sin luz natural ni espacio suficiente y que muchos otros sufren violencia y/o abusos sexuales en casa”.

Una vez más la pandemia de coronavirus, y la forma de gestionarla, pone de manifiesto “la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza” (Stella Calloni, Red Voltaire, 24 de marzo), la miserabilidad de una sociedad cada día más desigual, más elitista y excluyente. Como siempre, los efectos de una situación de crisis se ceban en los sectores más desfavorecidos. En el caso que nos ocupa, los niños cuyos padres tienen un buen nivel de ingresos económicos gozan de unas ventajas de las que carecen los demás. No es lo mismo una familia –pongamos padre, madre y dos hijos– que vive en un pequeño piso que una de iguales características que disfruta de una confortable y amplia vivienda con terraza o jardín. Ni siquiera la convivencia puede ser igual. No es lo mismo la familia que no tiene preocupaciones económicas que la que ya le cuesta llegar a fin de mes o no llega y ve cómo se abre un futuro cada día más incierto. Y, por supuesto, la convivencia entre los miembros de la familia será más tensa y difícil en el último caso. Por no hablar de la alimentación, los recursos tecnológicos para hacer los deberes escolares, el apoyo de los padres con conocimientos al respecto o con los medios suficientes. Esta desigualdad dentro de la desigualdad general que sufren los niños en su conjunto tampoco parece importar gran cosa. Según la norma del BOE que regula la salida de los niños a la calle, estos pueden hacerlo con un adulto responsable, entendiendo como tal “aquella persona mayor de edad que conviva en el mismo domicilio con el niño o niña actualmente, o se trate de un empleado de hogar a cargo del menor”. En este último caso, no es indispensable que el cuidador conviva en el hogar del menor, pues como es bien sabido ¿qué familia española no tiene cuidador o cuidadora en casa? ¡Por favor!

En fin, que estoy muy cabreado. Me gustaría ser un nuevo flautista de Hamelín y que los niños y niñas me siguieran al son de mi música. No que tocaría el flautista. Nosotros cantaríamos estos versos de Celaya, musicalizados, aunque él no los escribiera pensando en los niños:

Nosotros somos quien somos.

¡Basta de Historia y de cuentos!

¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado,

ni damos cuerda al recuerdo.

Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.

Somos un río derecho.

Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.

Somos a muerte lo ibero

que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,

transformándonos crecemos

y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora

de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

¿Bulo o verdad?

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Resulta que la Cadena SER (Sociedad Española de Radiodifusión) informó ayer, 20 de abril, de la existencia de un correo de la Guardia Civil remitido a las diferentes comandancias en el que insta a sus unidades a identificar noticias falsas y fake news “susceptibles de provocar estrés social y desafección a instituciones del Gobierno”. Fechado el pasado 15, insta a los agentes a la “identificación, estudio y seguimiento en relación con la situación creada por el COVID-19 de campañas de desinformación, así como publicaciones desmintiendo bulos y fake news susceptibles de generación de estrés social y desafección a instituciones del Gobierno”. La finalidad es realizar un gran informe que correría a cargo de la Unidad de Coordinación de Ciberseguridad, que en informes previos describe la desinformación como “conjunto de publicaciones en Internet, principalmente en redes sociales, de noticias falsas, medias verdades o información altamente subjetiva presentada como objetiva, con una finalidad desestabilizadora, de polarización de la opinión pública en asuntos de interés general, o de estrés social, quebrando la confianza en los poderes y representantes públicos”.

Igual que el GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) tratan de identificar mensajes falsos difundidos en internet y a través de las redes sociales que van desde teorías conspiratorias hasta narrativas que buscan perjudicar la imagen de los gobiernos e instituciones.

Pues nada. Vamos a ver si es cierto y son capaces de determinar qué es un bulo y qué no. ¿Es bulo el siguiente apunte o es “información altamente subjetiva presentada como objetiva”, como señala el correo en cuestión?:

Los políticos españoles, sin excepción, son extraordinarios. Y el rey, por supuesto. Y la familia real. Son más que buenos. Son fantásticos. Son tan ecuánimes, rectos y versados, que saben de todo e igual sirven para un roto que para un descosido. Muestran tanta eficacia que, luego, las empresas privadas y grupos financieros se los rifan, pues es sumamente difícil encontrar gente de tanta valía y con tanta formación. Los organismos y entidades –sean públicos o privados– también tienen su corazoncito y son conscientes de que “este virus lo paramos unidos”. Todos a una, como en Fuenteovejuna, saldremos de esta esta infausta situación más fortalecidos. Construiremos un mundo nuevo, un ser humano nuevo, y la solidaridad y la cooperación se convertirán en valores irrenunciables.

Todo ello se lo debemos a nuestros entregados políticos. ¡Para que luego hablemos mal de ellos y critiquemos su gestión! Admitamos de una vez nuestra inferioridad moral e intelectual y reconozcamos su infinita superioridad. No nos los merecemos. Son excelsos y sabedores de la verdad. ¿Qué haríamos sin ellos? ¿Quiénes somos para cuestionarlos y decir o publicar fake news que contradigan su criterio y el de las sabias instituciones y organismos internacionales? Nadie, no somo nadie. Así que no hay nada que decir. ¡Y punto en boca!