Simone Weil y los partidos políticos

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Simone Weil (1909-1943) fue una filósofa y escritora francesa de origen judío. El interés por conocer personalmente el mundo del trabajo y sus efectos psicológicos la llevó a trabajar en la fábrica Renault durante un tiempo (1934-1935). Allí, escribiría después, “recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca que los romanos imprimían con hierro candente en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces me he considerado siempre una esclava”.

Pacifista, pero fiel a sus ideales anarquistas, participó en la Guerra Civil Española en el bando republicano (en la columna de Durruti). Después de una temporada en los Estados Unidos, se estableció en Inglaterra, desde donde colaboró con la Resistencia francesa. Nacida en un ambiente judaico, su inquietud mística la acercó a un cristianismo en la línea existencialista de Kierkegaard.

Cuando falleció a causa de una tuberculosis, a los 34 años, era casi una desconocida. Muy poco de cuanto había escrito se había publicado, siendo después de la Segunda Guerra Mundial que sus amigos comenzaron a editar sus textos. Así fueron conociéndose obras como La pesanteur et la grâce (1947), La connaissance surnaturelle (1949), La condition ouvrière (1951), Attente de Dieu (1951), Oppression et liberté (1955), además del opúsculo del que hablamos hoy Note sur la suppression générale des partis politiques (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos), escrito en 1940, que vio la luz por primera vez en la antología de su obra que editó Gallimard en 1957 Écrits de Londres et dernières lettres. En 1960, también en Gallimard, Albert Camus lo recogió en la selección que hizo de la obra de Weil Écrits historiques et politiques.

Camus y T. S. Eliot (en 1949 prologó la edición de su obra L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain) fueron de los primeros intelectuales que mostraron su interés por el pensamiento de Weil. Numerosos les siguieron en los años posteriores, especialmente anarquistas y cristianos. Juan José Tamayo, teólogo español vinculado a la Teología de la Liberación, la calificó de “intelectual compasiva” (“Simone Weil, intelectual compasiva”, El País, 23 de agosto de 1999). Entre otras cosas, dice en su lúcido artículo:

“Muy pocas personas fueron capaces de comprender la profundidad de su pensamiento heterodoxo, la autenticidad de su fe religiosa aconfesional y la radicalidad de su militancia obrera no partidista. (…) fue una pensadora a contracorriente de los intelectuales de su tiempo, a quienes fustigó con severidad inusitada, ubicándolos del lado de los idólatras y los burgueses. Los trabajadores, afirma, sufren ‘una especie de vértigo interior que los intelectuales pocas veces han tenido ocasión de conocer’. Tilda de egoísta a la modernidad y tacha de idólatras a los pensadores modernos porque se sienten cautivados y poseídos de sus conquistas, que cada vez son menos universales y solo alcanzan a grupos sociales reducidos. Sitúa al mismo nivel la idolatría de la ciencia y la de la Iglesia. (…) Llama la atención asimismo sobre la ausencia de compasión en los intelectuales. (…) Por sus actitudes solidario-compasivas fue objeto de burla y desdén en ciertos ambientes culturales, donde se la etiquetaba malévolamente de ‘virgen roja de la tribu de Leví’ o ‘portadora de los evangelios moscovitas’; y se la consideraba excéntrica y alocada. (…)

Sobre ese “vértigo interior” al que se refería Tamayo escribe Weil en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos: “¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi que discutían en la calle se han visto arrastrados por el vértigo mental al constatar que estaban de acuerdo en todos los puntos!”. ¿Cómo pueden llegar a coincidir un nazi y un comunista? Weil defiende que “primero hay que reconocer cuál es el criterio del bien” y que este solo “puede ser la verdad, la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública”. “La democracia, el poder de los más, no son bienes –prosigue–. Son medios con vistas al bien, estimados eficaces con razón o sin ella”.

Simone Weil como soldado durante la Guerra Civil Española en 1936.

Weil recurre a Rousseau para argumentar su exposición: “Rousseau partía de dos evidencias. Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre, difieren”. En consecuencia, “la verdad es una”, como la justicia. En cambio, “los errores, las injusticias son indefinidamente variables”. Pensaba Rousseau –continúa– “que casi siempre una voluntad común de todo un pueblo era, de hecho, conforme con la justicia, por neutralización mutua y compensación de pasiones particulares. Ese era para él el único motivo de preferir la voluntad del pueblo a una voluntad particular”. Defiende Weil que “en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no hay ninguna especie de pasión colectiva”, mas “cuando hay pasión colectiva en un país, es probable que una voluntad particular cualquiera esté más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien que lo que constituye su caricatura”.

Los partidos políticos son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”.

Para Weil, “solo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al dominio de los hechos es del orden de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de elevarse por encima del dominio de los hechos. Es un pensamiento animal. Posee la noción de bien solo lo suficiente como para cometer el error de tomar tal o cual medio por el bien absoluto”. Y eso es lo que sucede con los partidos: un partido es, en principio, un “instrumento para servir a una cierta concepción del bien público”. Así, “un hombre, aunque pase toda su vida escribiendo y examinando problemas de ideas, solo raramente tiene una doctrina. Una colectividad no la tiene jamás. No es una mercancía colectiva. Se puede hablar, cierto es, de doctrina cristiana, doctrina hindú, doctrina pitagórica, etc. Lo que se designa entonces con esa palabra no es ni individual, ni colectivo; es una cosa situada infinitamente por encima de este o aquel nivel. Es, pura y simplemente, la verdad”.

“La finalidad de un partido político –dice unas líneas después– es algo vago e irreal. Si fuera real, exigiría un esfuerzo muy grande de atención, pues una concepción del bien público no es algo fácil de pensar. La existencia del partido es palpable, evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Así, es inevitable que de hecho sea el partido para sí mismo su propia finalidad”. Por ello, “la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solo en lo que respecta a una nación, sino en lo que respecta al globo terrestre”. Estos, “hablan, cierto es, de educación de los que se les han acercado, simpatizantes, jóvenes, nuevos adherentes”, pero “es una mentira”, pues “se trata de un adiestramiento para preparar la influencia mucho más severa que el partido ejerce sobre el pensamiento de sus miembros”. La existencia de partidos políticos conlleva la imposibilidad de “intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el Juego. Cualquiera que se interese por lo público desea interesarse eficazmente. Por lo que quienes se inclinan por la preocupación hacia el bien público, o renuncian a pensar en ello y se orientan hacia otra cosa, o pasan por el aro de los partidos. En este caso también eso les causa preocupaciones que excluyen la del bien público”.

Por todo esto, “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que  –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”. Por tanto, “la supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente legítima en principio, y en la práctica solo parece susceptible de efectos buenos”.

Se equivocará, y mucho, quién crea ver en la propuesta de Weil de supresión de los partidos una apuesta por cualquier tipo de gobierno dictatorial o totalitario. Cuando escribió esta Nota –pues eso es el texto, un escrito breve– el nazismo estaba en pleno apogeo y ella lo sufría. Además, había participado en la guerra de España y seguro que le dolerían profundamente sucesos como los de Barcelona de mayo de 1937. Lo que Weil viene a decir es que, sin partidos, “los candidatos no dirán a los electores: ‘Tengo tal etiqueta’ –lo que, prácticamente, no dice en rigor nada al público sobre su actitud concreta respecto a los problemas concretos–, sino: ‘Pienso tal y tal y tal cosa respecto de tal y tal y tal problema’”, y “los electores se asociarán y se disociarán según el juego natural y cambiante de las afinidades”.

El cerebro del agente de policía

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Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.

No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que lo que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener un diario en las manos, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está ahí: eran diarios.

El resultado de esta autopsia no dejara de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que pueda producir una aguja de ropavejero en un cubo de basuras? Quizás, a algunos contribuyentes demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.

Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.

Aquí se entristecen el moralista y el hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siècle* y una cantidad de publicaciones algo más frívolas, algunas de ellas traídas de Bélgica de contrabando.

He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un conductor que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, solo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.

La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial. Que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes; que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal solo encuentre en sus cráneos… No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris**, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras Obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso:

1º) El Código penal; 2º) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3º) un reducido número de tomos del gran diccionario, de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse [La Poli, en argot], 4º) y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.

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El cerebro del agente de policía fue escrito por Alfred Jarry en 1901. El texto que aquí figura se publicó en el libro ‘Patafísica, junto con Especulaciones, Madrid, Pepitas de calabaza, 2016.

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Notas:

* La Gaudriole tenía como subtítulo “diario de relatos alegres, historias picantes y novelas ilustres”. Fin de Siècle, “periódico literario ilustrado que aparece el sábado”, tenía una tirada de más de 70.000 ejemplares y se había vuelto mucho más insustancial y anodino.

** La Revue Blanche era una revista literaria y artística cercana al anarquismo que se publicó solamente entre 1899 y 1903. Le Cri de Paris era un periódico semanal de carácter político y satírico, muy cercano a La Revue Blanche, que apareció en 1897 y dejó de publicarse en 1940.

Tristeza não tem fim

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El encuadramiento de la juventud en la sociedad actual ha sido un fracaso. El de las generaciones mayores se reduce a casi nada, adormecidas sobre todo por la rutina laboral, conformadas con la suerte de las formaciones políticas tradicionales. Viven como mucho de ilusiones pasadas y sus esperanzas de una vida mejor se ahogan en las condiciones jerárquicas del mundo dominante, al que aceptan como el único posible. Unos y otros viven la sociedad del consumo y del tiempo libre como como sociedad del tiempo vacío, como consumo del vacío. Unos y otros, ¿viven?, ¿o simplemente existen? No hay ni plenitud ni futuro si no hay sueños que contar. Hoy no hay sueños, excepto aquellos que se derivan del delirio de la dominación y forman parte de la pesadilla planificada.

¿Qué le queda al que no se resigna a vivir en un permanente trance hipnótico? Ante todo y sobre todo, una infinita tristeza. La tristeza del vencido, del que nació con el ánimo elevado que la vida se encargó de aplastar.

Mas ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Es lo mismo que les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.

Lo dicho: Tristeza não tem fim.

Mi vecino, el Open Arms y la señora Calvo

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Entraba en casa y me encuentro a un vecino en el portal. Cuánto tiempo, cómo va y otras frases similares y habituales dan paso a un comentario suyo sobre los migrantes bastante desafortunado. Viene a decir que estos no son náufragos y que en realidad van a buscarlos. Lo ha ‘visto’ en la tele, aclara cuando le pregunto algo así como ¿qué cojones dices? Llega el ascensor y me subo. Eso sí, con un poco más de mala leche. Me acuerdo entonces que un día me dijo que en las elecciones de 2015 –en las últimas ni lo sé ni me importa– había votado a Podemos para las Cortes valencianas y a Compromís para el Ayuntamiento de Valencia. Eso me dijo. Si no fue verdad, tanto me da que me da lo mismo.

¿Y al capullo este que mosca le ha picado ahora?, pienso. Ya en casa busco en internet noticias sobre el Open Arms. Tecleo en Google ‘Open’ y como sugerencias de resultados de búsqueda aparecen en segundo lugar, tras ‘Open Arms’, ‘Open Arms mafia’. Acabáramos. No refugiados, ni humanidad, ni tragedia, no. Mafia. Acojonante.

Luego hago clic en ‘Última hora’ y me encuentro unas declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo, que acaban de rematarme. Esto ya no me resulta acojonante, me deja acojonado, que no es lo mismo. Dice la vicepresidenta en una entrevista a la cadena SER que el Open Arms “tiene licencia para ayuda humanitaria, para transporte de víveres”, “Esa es la licencia que tiene desde el punto de vista de la concesión administrativa y la legalidad española, y ese es su cometido”. Y remata: “Las instituciones, los poderes y los ciudadanos, todos estamos sometidos a las leyes, y todo el mundo sabe lo que puede hacer y lo que no y nadie está a salvo de esto, incluido un barco como este”. [Sonido de fanfarria]

A ver si me aclaro, señora. ¿De verdad se cree lo que está diciendo? Parece ser que así es, que siquiera es consciente del cinismo y la hipocresía que hay tras sus palabras. Tal es la prepotencia con la que, como política curtida, está acostumbrada a actuar que se lo cree y todo. Miedo me da.

Verá, señora Calvo, la Constitución de 1978 –por la que actualmente nos regimos– reconoce una serie de derechos que en la práctica no se cumplen y estoy seguro que usted lo reconocerá. Vamos con unos pocos. El artículo 14 dice que “los españoles son iguales ante la ley”, el 27.1 que “todos tienen el derecho a la educación”, el 35.1 garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia”, el 39.1 afirma que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”, el 39.4 que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos”, el 43.1 “reconoce el derecho a la protección de la salud”, el 47 dice que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho”, el 50 que “los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad”, y podríamos seguir.

Dice usted también en la mencionada entrevista que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues este es su caso. El suyo, el del Gobierno, el de su partido, el de sus militantes… Ninguno de los artículos citados esa ‘ley de leyes’ que es la Constitución los cumplen. Ni uno. La supuesta igualdad ante la ley viene determinada ante todo por el dinero que tenga uno para costearse un buen abogado. El derecho a la educación existe, claro, y además la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años, pero ¿las condiciones en que estudia el hijo de una familia trabajadora –no digo ya en paro– son las mismas que las de aquel que proviene de una familia acaudalada? Por no hablar de la enseñanza superior, cuyas matriculas son cada vez más elevadas. Decir que se garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio” parece una broma de mal gusto. ¿Es necesario recordar las escandalosas cifras de paro, los trabajos en precario mal remunerados, los salarios indignos e insuficientes, la falta de una adecuada cobertura social? Así, decir que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia” es una falacia (según el INE, el 21,6% de los españoles vive por debajo del umbral de la pobreza y el 16,9% de los hogares tiene ‘mucha dificultad’ para llegar a fin de mes), como también afirmar que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos” cuando en España uno de cada tres niños vive por debajo del umbral de la pobreza y uno de cada diez es pobre severo. Lo mismo cabe decir del “derecho a la protección de la salud” con hospitales saturados, faltos de medios y recursos, y una medicina en manos privadas que proletariza a los profesionales y sirve a quienes más tienen sin los inconvenientes de la pública. En cuanto al “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” ya no sé qué calificativo emplear, pero el año pasado hubo casi 60.000 desahucios. Muchos de estos desahuciados han tenido que vivir –malvivir siendo precisos– de la pensión de sus padres cuando estas, ya de por sí, para la mayoría de ellos resultaban, como mucho, justitas para ir tirando.

Nada de esto cumplen. Le recuerdo sus palabras: “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues háganlo. ¡Ah!, claro, es que no pueden. La ley… La ley siempre favorece a los poderosos, incluida su Constitución. La justicia, no obstante, es algo muy distinto. A la pregunta que lanzaba Kropotkin en Palabras de un rebelde (París 1885) a los jóvenes que se iniciaban en la vida pública –‘¿Qué partido tomaréis: el de la ley contra justicia o el de la justicia contra la ley?’– ustedes no tienen duda alguna: el de la ley contra la justicia. No le quepa duda. Va, a ver si ahora el Open Arms regresa a España y pueden multarlo con 901.000 euros por incumplir la prohibición de Fomento de “realizar operaciones de búsqueda y salvamento”.

Le recuerdo que en el Mediterráneo está también el Ocean Viking, fletado por Médicos sin Fronteras (MSF) y SOS Méditerranée, con 356 migrantes a bordo. Igual le pueden poner otra multa.

El género como categoría de análisis histórico. Una reflexión en torno al 8 de marzo

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“Las espigadoras” (1857), óleo de Jean-François Millet.

Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas), una jornada que no ha perdido un ápice de su carácter reivindicativo –todo lo contrario– pero sobre la que cabe preguntarse qué es lo que en realidad reivindica en estos momentos.

Hubo un tiempo –allá por las décadas de 1960 y 1970–, en el marco de lo que algunos han bautizado como “eclosión de los nuevos movimientos sociales”, en que comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica.

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin del orden social capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas “desde dentro” y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que, ciertamente, denunciaban las desigualdades del actual modelo de sociedad y se oponían a ellas, y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el “fin de la historia”, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el orden social capitalista –por algo se llama así– es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

poverty-has-a-womans-face_optEn este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter: El uno es el otro, 1986)  ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese “otro mundo posible”, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el status quo imperante al considerar su “problema” como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

“Men-Women”. Pauline-Siebers©

“Men-Women”. Pauline-Siebers ©

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada “revolución de la mujer” ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman. Y la verdad: que quién me explote sea un hombre o una mujer es secundario, lo que me importa es que no me exploten.

El género no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes.

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Nota: Publiqué esta entrada por primera vez hoy hace tres años en mi blog (ahora inactivo) Música de Comedia y Cabaret, poco después de que este dejara de ser anónimo y empezara a publicar en él otros escritos míos. Iba a actualizarlo, pero al final me he limitado a corregir alguna que otra cosa, pocas. Sigo pensando lo mismo. Sigo rechazando una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Mas de esto ya hablé en la entrada Manifiesto fundacional de la AIL. A ella les remito en todo caso.

Y los políticos empezaron a irse

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Y los políticos...

Con José Manuel Rambla durante mi intervención en las III Jornadas de Patrimonio Industrial (Puerto de Sagunto).

Este pasado sábado, 20 de octubre, estuve en Puerto de Sagunto, en el Casal Jove, pronunciando una conferencia, una charla mejor, que es un término menos formal. Fui invitado por la Asociación Memoria Industrial y Movimiento Obrero (AMIMO) y la Associació de Patrimoni Industrial Valencià (APIVA), las cuales, con la colaboración del Ayuntamiento de Sagunto, habían organizado para ese día las III Jornadas de Patrimonio Industrial.

No sé el rato que llevaría hablando cuando una pareja se levantó y se marchó. Al poco, lo hicieron uno o dos más, y luego, si mal no recuerdo, otra persona todavía. Cuando finalicé la charla, un miembro de la organización me dijo había vaciado la sala de políticos. Y es que quienes la habían abandonado eran concejales del Ayuntamiento, como el portavoz de EUPV (Esquerra Unida del País Valencià) o el concejal de Patrimonio Cultural (Histórico e Industrial), de ADN Morvedre, agrupación ciudadana promovida por Podem Morvedre (Podemos). Se quedó hasta el debate que siguió a la charla el concejal de Cultura (Compromís), que también se fue al terminar su intervención.

Al parecer mis palabras les molestaban. Y optaron por no seguir escuchando al blasfemo, al hereje que disentía de su doctrina. Me parece muy bien que se sintieran molestos y no niego que tuvieran sus motivos. Pero tal comportamiento creo que refleja por sí solo y, sobre todo, refuerza mi argumentación. En fin, veamos unas cuantas cosas de las que dije, cosas que, al parecer, al resto de asistentes no les resultaron tan desagradables, pues mi intervención –que debía durar (coloquio incluido) sobre una hora y quince minutos– se alargó, por la razón que luego explico, hasta sobrepasar las tres horas. ¡Ah! Del mundo académico no había nadie. Igual se hubiera largado también.

La charla llevaba por título “Patrimonio industrial. De Oliver Twist a Harry Potter” y era la que abría las jornadas. La otra persona que debía participar en ellas, Assumpció Feliu Torras, actualmente tesorera del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial-España y expresidenta de European Federation of Associations of Industrial and Technical Heritage, tuvo que regresar a Barcelona al impedirle las lluvias pasar de Vinaròs. Así que me quedé solo, comenzando la intervención sobre las 10:15 de la mañana y finalizándola casi a las 12. Tras un lógico descanso, continuamos con un largo debate que se prolongó hasta pasadas las 13:30.

Hacía mucho tiempo que no intervenía en público, ni escribía, ni me pronunciaba, sobre el patrimonio industrial y, la que es mi ‘especialidad’, la arqueología industrial. Y lo cierto es que pensaba continuar así. Pero me llamó por parte de la organización José Manuel Rambla y me persuadió. Yo, en el fondo, soy bastante facilón, y él bastante persuasivo. Así que hice aquello de “donde dije digo, digo Diego”. Y fui.

Cuando me llamaron lo primero que dije fue preguntar sí estaban seguros de que era a mí a quien se dirigían, pues consideraba que soy la persona menos indicada para un acto de este tipo. Años ha que abandoné la arqueología industrial. Mi última intervención en público sobre la materia se remonta a junio de 2012, cuando participé en los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco en Donostia. ¿Por qué tal decisión? Lo que hacía –hacíamos, pues trabajaba en equipo– a la hora de la verdad a nadie le importaba –si bien de nuestros resultados sí se hicieron eco en Gran Bretaña– y no servía para nada a no ser que fuera para engrosar el currículum.

Titulé la charla “Patrimonio industrial. De Oliver Twist a Harry Potter” porque quería establecer un paralelismo entre dos expresiones diferentes de una misma realidad. Si Oliver Twist despertó conciencias, Harry Potter las aliena. Hoy, el mundo de los muggles (podríamos decir que nuestro) y el de los magos los hemos fusionado en uno solo. La realidad se muestra ajena a nuestros designios, nada podemos hacer para transformarla, somos impotentes y es en la impotencia y desde la impotencia donde nos encontramos más cómodos. Así, todos bien acomodados, las actuaciones para con el patrimonio industrial no responden más que a un intento de valorización absoluta y de conservación del instante presente, por vanagloria de los expertos/profesionales y de los políticos, enmarcados todos en ese gran billete de banco llamado Administración y cobran el sueldo de la misma caja.

Vuelven todos a enterrar los cadáveres que ellos mismos desentierran en un desierto cultural del que son incapaces de imaginar un más allá. Reflejan con precisión nuestro tiempo de antiguallas que se afirman nuevas, de incoherencia planificada, de aislamiento y sordera asegurados por los medios de comunicación de masas, de enseñanza universitaria de formas superiores de analfabetismo, de mentira científicamente garantizada, y de un poder técnico decisivo a disposición de la debilidad mental de la clase dirigente.

El mundo de Oliver es todavía el nuestro (por mucho que lo maquillemos, por mucho que lo creamos superado por de Harry Potter). Dickens describe con gran realismo los ambientes de los barrios bajos londinenses en un momento en que los efectos de la revolución industrial se dejaban sentir con toda su intensidad. Crueldad, ambición, abuso, explotación, desprecio por los seres humanos y repugnante permisividad de los gobiernos, se enfrentan y contraponen a la bondad, el desprendimiento, el afecto y la caridad de no pocos hombres y mujeres de la Inglaterra victoriana. Todo esto es todavía el día a día de hoy de la mayor parte de la población mundial. En Harry Potter coexisten pacíficamente los dos mundos que mencionaba, su universo es un mundo ilusorio, irreal por tanto, nada que ver con lo que muestran las novelas de Dickens, un mundo no ha sabido mantenerse porque no ha sabido ser ni solidario, ni ecuánime, ni flexible, y al final se ha quedado sin respuestas.

Y es que, lógicamente, se han producido cambios: cuando Oliver empezaba lo hacía también otra forma de organización social; cuando lo hace Potter, este modo (la sociedad capitalista), lejos de haber mejorado (como podría haber sucedido, como debería), se muestra más arraigado que nunca y aceptado sin reservas como el único mundo posible. ‘Expertos’ y ‘profesionales’ determinan lo que vale, lo que ha leerse y lo que no, lo debe trascender y lo que debe permanecer en el olvido. La unificación cultural llevada a cabo, el pensamiento único triunfante, la aceptación sin reservas del mezquino mundo actual, es posible porque todos estos cadáveres intelectuales y morales actúan al margen de los problemas que verdaderamente condicionan nuestro día a día y se someten unos al dictado de lo ‘políticamente correcto’ y otros al de lo ‘económicamente correcto’ (ahí está la ‘negociación’ de los presupuestos del Estado con la oligarquía financiera que decide si, como los niños el cole, han de repetir los ‘deberes’ porque no están bien hechos). Así las cosas, es lógica la absoluta valorización y conservación de un patrimonio (el industrial) en función de los intereses del presente, al servicio de expertos/profesionales y políticos, y lógico que lo hayan vaciado de cualquier significación y separado del espacio-tiempo. Unos y otros lo han convertido en mera representación, en puro espectáculo.

Expuse unos cuantos casos que he vivido para ilustrar las afirmaciones anteriores, dos de los cuales reproduzco tal cual –más o menos– los dije –pues me conozco, se me calienta la boca y me pongo a despotricar–, tal cual los llevaba escritos, pues había redactado antes la charla y traté de no añadir nada más (alguna cosa, así y todo, se me ‘escapó’):

  1. Durante las campañas de prospección y excavación (1999-2004) –llevadas a cabo en las cuencas fabriles de los ríos Barxell y Molinar, de la ciudad de Alcoi)– sacamos a la luz importante restos materiales de nuestro pasado inmediato de gran valor (como un batán de finales del siglo XVI-principios del XVII y otro de principios del XIX). ¿Qué pasó con ellos? Pues lo que tenía que pasar: nada. No será porque no informamos a los responsables locales de nuestros resultados y llevamos a cabo una amplia campaña informativa a través de los medios de comunicación. En junio de 2005 la zona fue declarada Bien de Interés Cultural para poder, así, acogerse al Plan Nacional de Patrimonio Industrial (Ministerio de Cultura, Instituto del Patrimonio Histórico Español ─a quien, dicho sea de paso, también informamos─). Poco después se inició la intervención para un “proyecto urbano” en la zona del Molinar. Su objetivo: “la conversión de un conjunto de ruinas destinadas a desaparecer, en un Recinto Arqueológico que pueda redescubrir el pasado a una ciudad (…) alrededor de un museo [que muestre] la formación de una industria que dio carta de naturaleza en la ciudad industrial de Alcoy”. Pues bien, los batanes referidos no es que sigan como los dejamos después de nuestra actuación, sino que esta ha empeorado al no haberse protegido ninguno de los dos ni tan solo al inicio de la intervención a la que fue sometida la zona, intervención que, por otra parte, se centró en el cuerpo de fábrica del conjunto arquitectónico que menos interés tenía; eso sí, el que mejor se conservaba. Después unos enormes pilares se levantaron en la zona para servir de apoyo a uno de los numerosos puentes de la autovía central Alicante-Valencia, alterando notablemente el entorno y destruyendo el paisaje y su estratigrafía. ¡Menos mal que la zona fue declarada BIC! La única actuación se realizó, pues, en la fábrica que menos falta hacía, pero que mantenía la estructura en unas condiciones que hacía posible una “intervención arquitectónica”, intervención que llevó a cabo un equipo dirigido por un arquitecto (hijo de otro arquitecto que hizo su tesis doctoral sobre las tipologías arquitectónicas del Molinar). Pasé de contar cómo me torearon (y como no dejé que lo hicieran). Esa fábrica la habíamos estudiado palmo a palmo y sabíamos incluso cuál era su maquinaria, como se disponía (las huellas del suelo), de qué espacio disponía cada trabajador para moverse. Todo lo teníamos documentado, y de todo pasaron como de la mierda.
  2. En mi pueblo (Muro) hará unos quince o dieciséis años se desmontó parte de la fachada y todo el murete de sillares que rodeaba una fábrica de papel de 1919 para levantar el castillo para las fiestas de Moros y Cristianos. No hubo ninguna protesta, ni siquiera ninguna crítica. Ahora bien, y sin salir de Muro, se consiguió que se modificara ligeramente el trazado de una autovía para respetar la ermita consagrada a san Antonio Abad, del siglo XVIII, resultado de la modificación de otra anterior, del siglo XIV, de la que apenas queda parte de su estructura. Naturalmente, la ermita de San Antonio, como es conocida localmente, goza de una gran estima entre los mureros y tiene una gran carga simbólica. ¿Alguien se imagina actuaciones de esta clase para con restos materiales de otros períodos?, ¿o con otro tipo de patrimonio, como pueda ser el arqueológico?

Aclaraba luego que en Muro gobernaba Compromís (Bloc) y que desde 1995 hasta 2015 el alcalde fue el actual conseller de Economía sostenible, Sectores productivos, Comercio y Empleo de la Generalitat Valenciana. En Alcoi el PSOE, estando la concejalía de Urbanismo en manos de Esquerra Unida, el portavoz de la cual era profesor universitario y había realizado su tesis doctoral sobre la protoindustrialización alcoyana. No es, pues, un problema de quien gobierne, desgraciadamente. El desinterés político no es otra cosa que el reflejo del generalizado desinterés social hacia a los restos (materiales e inmateriales) de nuestro pasado más reciente.

La visión sobre el patrimonio cultural en su conjunto sigue tendiendo, a pesar de las numerosas cartas, resoluciones y propuestas sobre qué y cómo conservar, a primar los bienes que destacan por valores subjetivos (como el estético), siendo el patrimonio artístico, o lo que reúne los valores artísticos/estéticos según los parámetros actuales, el que goza de mayor protección. En el caso del patrimonio construido se conserva lo que sus características arquitectónicas son especialmente relevantes. De este modo, se prima el continente y se desprecia el contenido, se restauran edificios y se destinan a otros usos absolutamente alejados de la que fue su función original. Se remodelan las fachadas y se destruye el interior, ya que el valor es “lo que se ve”, no “lo que es”. Se mantienen, por ejemplo, las chimeneas tras derribar todos los elementos que explican su función y se dice que se protege el patrimonio industrial.

Los bienes que se conservan con más ahínco, y gozan por tanto de mayor protección, es decir, efectiva, responden a una doble naturaleza, si bien tienen un mismo origen. Son, por un lado, aquellos que la sociedad burguesa en su proceso de formación y consolidación entendió que representaban los valores sobre los que se erigía. Una nueva clase social (la burguesía) se hizo con el poder y, en consecuencia, con los bienes y propiedades de los que poseían este hasta entonces. Y estos bienes y propiedades pasaron a ser del Estado, es decir, de todos. En teoría. En la práctica, la nueva clase dominante reprodujo –y reproduce– las conductas propias de quien se sitúa en lo alto del organigrama social. Hay diferenciarse del común, de la generalidad, ya que se sigue pidiendo a los “ciudadanos” lo mismo que pedía la aristocracia a sus “sirvientes”: acatamiento y sumisión al orden establecido.

Estos “nuevos señores”, y los señores de estos, más que imitar han llegado a mimetizar conductas y comportamientos que incluso gran parte de los ideólogos de las revoluciones burguesas del siglo XIX criticaban. ¿Dónde están las sedes de los gobiernos y parlamentos de muchas comunidades autónomas, las presidencias de las diputaciones, muchas alcaldías? En suntuosos y nobiliarios edificios. Puede parecer una trivialidad lo que digo. Puede, a mí no me lo parece.

Si el futuro del patrimonio industrial debe depender de la sensibilidad del político de turno estamos apañados. No hablo de mala fe, de intereses ocultos a través de operaciones urbanísticas, nada de esto (que también). Doy por hecho que se actúa con la mejor de las disposiciones y que lo que se hace obedece a que creen firmemente estar defendiendo los intereses de la colectividad. Pero, ¿por qué los políticos deberían incidir en algo que ni la sociedad ni el mundo académico valora? Además, tampoco es esa su función.

El patrimonio industrial –cuya importancia, hoy, nadie discute– no es cosa de historiadores, ni de arqueólogos, ni de etnólogos, ni de arquitectos … o de todos a la vez. Y cada uno, de acuerdo con su formación y su criterio, actúa en consecuencia. El ‘experto’, el ‘profesional’, el ‘especialista’, procedente la práctica totalidad de las universidades, lo único que pretende, en última instancia, es hacer currículum. Ahí siguen, en su torre de marfil, publicando libros de los que no venden más de doscientos o trescientos ejemplares como mucho. Claro que esto les da igual. Hablan de la gente, pero la gente les importa un bledo. El currículo, el bienestar académico, el estatus, por supuesto que no. Estos mindundis y chupaculos solo miran por ellos mismos y todavía se atreven (algunos incluso se lo creen) que aportan algo a la sociedad. Sí, son de gran ayuda para perpetuar el mundo más injusto que nunca ha conocido la humanidad; en él, de la especialización hacen un lobby, y lo hacen a costa de todos, aprovechando las prebendas que les otorga su servilismo hacia el poder (la Administración), poder que dicen ostentar los partidos políticos (todos), cuando el lugar que ocupan se debe al mismo: el servilismo hacia el poder real.

Yo me niego a formar parte de este circo. Me temo, de todos modos, que diga lo que diga nada cambiará si no cambia este mundo, y eso nunca sucederá si depende de aquellos que actúan en él y se sienten importantes protagonistas a pesar de ser solo figurantes.

12 de Octubre. Una vez más

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Esta entrada la publiqué en 2015 y, como sucedía con la anterior sobre el Nou d’Octubre, la vuelvo a publicar hoy tal cual, esta vez sin modificar absolutamente nada. El año que viene supongo que seguiré pudiendo publicarla sin más alteraciones que cambiar el año. Y es que, como dice el proverbio que tantas veces le escuché decir a mi padre, “d’on no hi ha no es pot treure”. Una vez más.

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