El género como categoría de análisis histórico. Una reflexión en torno al 8 de marzo

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“Las espigadoras” (1857), óleo de Jean-François Millet.

Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas), una jornada que no ha perdido un ápice de su carácter reivindicativo –todo lo contrario– pero sobre la que cabe preguntarse qué es lo que en realidad reivindica en estos momentos.

Hubo un tiempo –allá por las décadas de 1960 y 1970–, en el marco de lo que algunos han bautizado como “eclosión de los nuevos movimientos sociales”, en que comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica.

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin del orden social capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas “desde dentro” y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que, ciertamente, denunciaban las desigualdades del actual modelo de sociedad y se oponían a ellas, y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el “fin de la historia”, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el orden social capitalista –por algo se llama así– es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

poverty-has-a-womans-face_optEn este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter: El uno es el otro, 1986)  ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese “otro mundo posible”, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el status quo imperante al considerar su “problema” como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

“Men-Women”. Pauline-Siebers©

“Men-Women”. Pauline-Siebers ©

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada “revolución de la mujer” ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman. Y la verdad: que quién me explote sea un hombre o una mujer es secundario, lo que me importa es que no me exploten.

El género no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes.

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Nota: Publiqué esta entrada por primera vez hoy hace tres años en mi blog (ahora inactivo) Música de Comedia y Cabaret, poco después de que este dejara de ser anónimo y empezara a publicar en él otros escritos míos. Iba a actualizarlo, pero al final me he limitado a corregir alguna que otra cosa, pocas. Sigo pensando lo mismo. Sigo rechazando una supuesta igualdad que no busca la transformación social, sino la participación de la mujer en los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Mas de esto ya hablé en la entrada Manifiesto fundacional de la AIL. A ella les remito en todo caso.

Y los políticos empezaron a irse

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Y los políticos...

Con José Manuel Rambla durante mi intervención en las III Jornadas de Patrimonio Industrial (Puerto de Sagunto).

Este pasado sábado, 20 de octubre, estuve en Puerto de Sagunto, en el Casal Jove, pronunciando una conferencia, una charla mejor, que es un término menos formal. Fui invitado por la Asociación Memoria Industrial y Movimiento Obrero (AMIMO) y la Associació de Patrimoni Industrial Valencià (APIVA), las cuales, con la colaboración del Ayuntamiento de Sagunto, habían organizado para ese día las III Jornadas de Patrimonio Industrial.

No sé el rato que llevaría hablando cuando una pareja se levantó y se marchó. Al poco, lo hicieron uno o dos más, y luego, si mal no recuerdo, otra persona todavía. Cuando finalicé la charla, un miembro de la organización me dijo había vaciado la sala de políticos. Y es que quienes la habían abandonado eran concejales del Ayuntamiento, como el portavoz de EUPV (Esquerra Unida del País Valencià) o el concejal de Patrimonio Cultural (Histórico e Industrial), de ADN Morvedre, agrupación ciudadana promovida por Podem Morvedre (Podemos). Se quedó hasta el debate que siguió a la charla el concejal de Cultura (Compromís), que también se fue al terminar su intervención.

Al parecer mis palabras les molestaban. Y optaron por no seguir escuchando al blasfemo, al hereje que disentía de su doctrina. Me parece muy bien que se sintieran molestos y no niego que tuvieran sus motivos. Pero tal comportamiento creo que refleja por sí solo y, sobre todo, refuerza mi argumentación. En fin, veamos unas cuantas cosas de las que dije, cosas que, al parecer, al resto de asistentes no les resultaron tan desagradables, pues mi intervención –que debía durar (coloquio incluido) sobre una hora y quince minutos– se alargó, por la razón que luego explico, hasta sobrepasar las tres horas. ¡Ah! Del mundo académico no había nadie. Igual se hubiera largado también.

La charla llevaba por título “Patrimonio industrial. De Oliver Twist a Harry Potter” y era la que abría las jornadas. La otra persona que debía participar en ellas, Assumpció Feliu Torras, actualmente tesorera del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial-España y expresidenta de European Federation of Associations of Industrial and Technical Heritage, tuvo que regresar a Barcelona al impedirle las lluvias pasar de Vinaròs. Así que me quedé solo, comenzando la intervención sobre las 10:15 de la mañana y finalizándola casi a las 12. Tras un lógico descanso, continuamos con un largo debate que se prolongó hasta pasadas las 13:30.

Hacía mucho tiempo que no intervenía en público, ni escribía, ni me pronunciaba, sobre el patrimonio industrial y, la que es mi ‘especialidad’, la arqueología industrial. Y lo cierto es que pensaba continuar así. Pero me llamó por parte de la organización José Manuel Rambla y me persuadió. Yo, en el fondo, soy bastante facilón, y él bastante persuasivo. Así que hice aquello de “donde dije digo, digo Diego”. Y fui.

Cuando me llamaron lo primero que dije fue preguntar sí estaban seguros de que era a mí a quien se dirigían, pues consideraba que soy la persona menos indicada para un acto de este tipo. Años ha que abandoné la arqueología industrial. Mi última intervención en público sobre la materia se remonta a junio de 2012, cuando participé en los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco en Donostia. ¿Por qué tal decisión? Lo que hacía –hacíamos, pues trabajaba en equipo– a la hora de la verdad a nadie le importaba –si bien de nuestros resultados sí se hicieron eco en Gran Bretaña– y no servía para nada a no ser que fuera para engrosar el currículum.

Titulé la charla “Patrimonio industrial. De Oliver Twist a Harry Potter” porque quería establecer un paralelismo entre dos expresiones diferentes de una misma realidad. Si Oliver Twist despertó conciencias, Harry Potter las aliena. Hoy, el mundo de los muggles (podríamos decir que nuestro) y el de los magos los hemos fusionado en uno solo. La realidad se muestra ajena a nuestros designios, nada podemos hacer para transformarla, somos impotentes y es en la impotencia y desde la impotencia donde nos encontramos más cómodos. Así, todos bien acomodados, las actuaciones para con el patrimonio industrial no responden más que a un intento de valorización absoluta y de conservación del instante presente, por vanagloria de los expertos/profesionales y de los políticos, enmarcados todos en ese gran billete de banco llamado Administración y cobran el sueldo de la misma caja.

Vuelven todos a enterrar los cadáveres que ellos mismos desentierran en un desierto cultural del que son incapaces de imaginar un más allá. Reflejan con precisión nuestro tiempo de antiguallas que se afirman nuevas, de incoherencia planificada, de aislamiento y sordera asegurados por los medios de comunicación de masas, de enseñanza universitaria de formas superiores de analfabetismo, de mentira científicamente garantizada, y de un poder técnico decisivo a disposición de la debilidad mental de la clase dirigente.

El mundo de Oliver es todavía el nuestro (por mucho que lo maquillemos, por mucho que lo creamos superado por de Harry Potter). Dickens describe con gran realismo los ambientes de los barrios bajos londinenses en un momento en que los efectos de la revolución industrial se dejaban sentir con toda su intensidad. Crueldad, ambición, abuso, explotación, desprecio por los seres humanos y repugnante permisividad de los gobiernos, se enfrentan y contraponen a la bondad, el desprendimiento, el afecto y la caridad de no pocos hombres y mujeres de la Inglaterra victoriana. Todo esto es todavía el día a día de hoy de la mayor parte de la población mundial. En Harry Potter coexisten pacíficamente los dos mundos que mencionaba, su universo es un mundo ilusorio, irreal por tanto, nada que ver con lo que muestran las novelas de Dickens, un mundo no ha sabido mantenerse porque no ha sabido ser ni solidario, ni ecuánime, ni flexible, y al final se ha quedado sin respuestas.

Y es que, lógicamente, se han producido cambios: cuando Oliver empezaba lo hacía también otra forma de organización social; cuando lo hace Potter, este modo (la sociedad capitalista), lejos de haber mejorado (como podría haber sucedido, como debería), se muestra más arraigado que nunca y aceptado sin reservas como el único mundo posible. ‘Expertos’ y ‘profesionales’ determinan lo que vale, lo que ha leerse y lo que no, lo debe trascender y lo que debe permanecer en el olvido. La unificación cultural llevada a cabo, el pensamiento único triunfante, la aceptación sin reservas del mezquino mundo actual, es posible porque todos estos cadáveres intelectuales y morales actúan al margen de los problemas que verdaderamente condicionan nuestro día a día y se someten unos al dictado de lo ‘políticamente correcto’ y otros al de lo ‘económicamente correcto’ (ahí está la ‘negociación’ de los presupuestos del Estado con la oligarquía financiera que decide si, como los niños el cole, han de repetir los ‘deberes’ porque no están bien hechos). Así las cosas, es lógica la absoluta valorización y conservación de un patrimonio (el industrial) en función de los intereses del presente, al servicio de expertos/profesionales y políticos, y lógico que lo hayan vaciado de cualquier significación y separado del espacio-tiempo. Unos y otros lo han convertido en mera representación, en puro espectáculo.

Expuse unos cuantos casos que he vivido para ilustrar las afirmaciones anteriores, dos de los cuales reproduzco tal cual –más o menos– los dije –pues me conozco, se me calienta la boca y me pongo a despotricar–, tal cual los llevaba escritos, pues había redactado antes la charla y traté de no añadir nada más (alguna cosa, así y todo, se me ‘escapó’):

  1. Durante las campañas de prospección y excavación (1999-2004) –llevadas a cabo en las cuencas fabriles de los ríos Barxell y Molinar, de la ciudad de Alcoi)– sacamos a la luz importante restos materiales de nuestro pasado inmediato de gran valor (como un batán de finales del siglo XVI-principios del XVII y otro de principios del XIX). ¿Qué pasó con ellos? Pues lo que tenía que pasar: nada. No será porque no informamos a los responsables locales de nuestros resultados y llevamos a cabo una amplia campaña informativa a través de los medios de comunicación. En junio de 2005 la zona fue declarada Bien de Interés Cultural para poder, así, acogerse al Plan Nacional de Patrimonio Industrial (Ministerio de Cultura, Instituto del Patrimonio Histórico Español ─a quien, dicho sea de paso, también informamos─). Poco después se inició la intervención para un “proyecto urbano” en la zona del Molinar. Su objetivo: “la conversión de un conjunto de ruinas destinadas a desaparecer, en un Recinto Arqueológico que pueda redescubrir el pasado a una ciudad (…) alrededor de un museo [que muestre] la formación de una industria que dio carta de naturaleza en la ciudad industrial de Alcoy”. Pues bien, los batanes referidos no es que sigan como los dejamos después de nuestra actuación, sino que esta ha empeorado al no haberse protegido ninguno de los dos ni tan solo al inicio de la intervención a la que fue sometida la zona, intervención que, por otra parte, se centró en el cuerpo de fábrica del conjunto arquitectónico que menos interés tenía; eso sí, el que mejor se conservaba. Después unos enormes pilares se levantaron en la zona para servir de apoyo a uno de los numerosos puentes de la autovía central Alicante-Valencia, alterando notablemente el entorno y destruyendo el paisaje y su estratigrafía. ¡Menos mal que la zona fue declarada BIC! La única actuación se realizó, pues, en la fábrica que menos falta hacía, pero que mantenía la estructura en unas condiciones que hacía posible una “intervención arquitectónica”, intervención que llevó a cabo un equipo dirigido por un arquitecto (hijo de otro arquitecto que hizo su tesis doctoral sobre las tipologías arquitectónicas del Molinar). Pasé de contar cómo me torearon (y como no dejé que lo hicieran). Esa fábrica la habíamos estudiado palmo a palmo y sabíamos incluso cuál era su maquinaria, como se disponía (las huellas del suelo), de qué espacio disponía cada trabajador para moverse. Todo lo teníamos documentado, y de todo pasaron como de la mierda.
  2. En mi pueblo (Muro) hará unos quince o dieciséis años se desmontó parte de la fachada y todo el murete de sillares que rodeaba una fábrica de papel de 1919 para levantar el castillo para las fiestas de Moros y Cristianos. No hubo ninguna protesta, ni siquiera ninguna crítica. Ahora bien, y sin salir de Muro, se consiguió que se modificara ligeramente el trazado de una autovía para respetar la ermita consagrada a san Antonio Abad, del siglo XVIII, resultado de la modificación de otra anterior, del siglo XIV, de la que apenas queda parte de su estructura. Naturalmente, la ermita de San Antonio, como es conocida localmente, goza de una gran estima entre los mureros y tiene una gran carga simbólica. ¿Alguien se imagina actuaciones de esta clase para con restos materiales de otros períodos?, ¿o con otro tipo de patrimonio, como pueda ser el arqueológico?

Aclaraba luego que en Muro gobernaba Compromís (Bloc) y que desde 1995 hasta 2015 el alcalde fue el actual conseller de Economía sostenible, Sectores productivos, Comercio y Empleo de la Generalitat Valenciana. En Alcoi el PSOE, estando la concejalía de Urbanismo en manos de Esquerra Unida, el portavoz de la cual era profesor universitario y había realizado su tesis doctoral sobre la protoindustrialización alcoyana. No es, pues, un problema de quien gobierne, desgraciadamente. El desinterés político no es otra cosa que el reflejo del generalizado desinterés social hacia a los restos (materiales e inmateriales) de nuestro pasado más reciente.

La visión sobre el patrimonio cultural en su conjunto sigue tendiendo, a pesar de las numerosas cartas, resoluciones y propuestas sobre qué y cómo conservar, a primar los bienes que destacan por valores subjetivos (como el estético), siendo el patrimonio artístico, o lo que reúne los valores artísticos/estéticos según los parámetros actuales, el que goza de mayor protección. En el caso del patrimonio construido se conserva lo que sus características arquitectónicas son especialmente relevantes. De este modo, se prima el continente y se desprecia el contenido, se restauran edificios y se destinan a otros usos absolutamente alejados de la que fue su función original. Se remodelan las fachadas y se destruye el interior, ya que el valor es “lo que se ve”, no “lo que es”. Se mantienen, por ejemplo, las chimeneas tras derribar todos los elementos que explican su función y se dice que se protege el patrimonio industrial.

Los bienes que se conservan con más ahínco, y gozan por tanto de mayor protección, es decir, efectiva, responden a una doble naturaleza, si bien tienen un mismo origen. Son, por un lado, aquellos que la sociedad burguesa en su proceso de formación y consolidación entendió que representaban los valores sobre los que se erigía. Una nueva clase social (la burguesía) se hizo con el poder y, en consecuencia, con los bienes y propiedades de los que poseían este hasta entonces. Y estos bienes y propiedades pasaron a ser del Estado, es decir, de todos. En teoría. En la práctica, la nueva clase dominante reprodujo –y reproduce– las conductas propias de quien se sitúa en lo alto del organigrama social. Hay diferenciarse del común, de la generalidad, ya que se sigue pidiendo a los “ciudadanos” lo mismo que pedía la aristocracia a sus “sirvientes”: acatamiento y sumisión al orden establecido.

Estos “nuevos señores”, y los señores de estos, más que imitar han llegado a mimetizar conductas y comportamientos que incluso gran parte de los ideólogos de las revoluciones burguesas del siglo XIX criticaban. ¿Dónde están las sedes de los gobiernos y parlamentos de muchas comunidades autónomas, las presidencias de las diputaciones, muchas alcaldías? En suntuosos y nobiliarios edificios. Puede parecer una trivialidad lo que digo. Puede, a mí no me lo parece.

Si el futuro del patrimonio industrial debe depender de la sensibilidad del político de turno estamos apañados. No hablo de mala fe, de intereses ocultos a través de operaciones urbanísticas, nada de esto (que también). Doy por hecho que se actúa con la mejor de las disposiciones y que lo que se hace obedece a que creen firmemente estar defendiendo los intereses de la colectividad. Pero, ¿por qué los políticos deberían incidir en algo que ni la sociedad ni el mundo académico valora? Además, tampoco es esa su función.

El patrimonio industrial –cuya importancia, hoy, nadie discute– no es cosa de historiadores, ni de arqueólogos, ni de etnólogos, ni de arquitectos … o de todos a la vez. Y cada uno, de acuerdo con su formación y su criterio, actúa en consecuencia. El ‘experto’, el ‘profesional’, el ‘especialista’, procedente la práctica totalidad de las universidades, lo único que pretende, en última instancia, es hacer currículum. Ahí siguen, en su torre de marfil, publicando libros de los que no venden más de doscientos o trescientos ejemplares como mucho. Claro que esto les da igual. Hablan de la gente, pero la gente les importa un bledo. El currículo, el bienestar académico, el estatus, por supuesto que no. Estos mindundis y chupaculos solo miran por ellos mismos y todavía se atreven (algunos incluso se lo creen) que aportan algo a la sociedad. Sí, son de gran ayuda para perpetuar el mundo más injusto que nunca ha conocido la humanidad; en él, de la especialización hacen un lobby, y lo hacen a costa de todos, aprovechando las prebendas que les otorga su servilismo hacia el poder (la Administración), poder que dicen ostentar los partidos políticos (todos), cuando el lugar que ocupan se debe al mismo: el servilismo hacia el poder real.

Yo me niego a formar parte de este circo. Me temo, de todos modos, que diga lo que diga nada cambiará si no cambia este mundo, y eso nunca sucederá si depende de aquellos que actúan en él y se sienten importantes protagonistas a pesar de ser solo figurantes.

12 de Octubre. Una vez más

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Esta entrada la publiqué en 2015 y, como sucedía con la anterior sobre el Nou d’Octubre, la vuelvo a publicar hoy tal cual, esta vez sin modificar absolutamente nada. El año que viene supongo que seguiré pudiendo publicarla sin más alteraciones que cambiar el año. Y es que, como dice el proverbio que tantas veces le escuché decir a mi padre, “d’on no hi ha no es pot treure”. Una vez más.

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Nou d’Octubre (Día de la Comunitat Valenciana)

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Un año más

Esta entrada la publiqué el año pasado. La vuelvo a publicar hoy tal cual, añadiendo solo el vídeo que figura bajo estas líneas. El año que viene supongo que seguiré pudiendo publicarla sin más modificaciones que cambiar el año. Y es que, como dice el proverbio que tantas veces le escuché decir a mi padre, “d’on no hi ha no es pot treure”.

A MI MANERA

No soy partidario de las conmemoraciones institucionales de sujetos y hechos históricos, sean estos de índole política, cultural o económica. La historia –en el más amplio sentido de la palabra (conjunto de los sucesos o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., de un pueblo o de una nación, RAE)– es una cosa y los políticos –que no la política– otra. El sujeto histórico –los políticos lo son– no puede dejar de ser lo que es y, por tanto, su interpretación de los hechos estará siempre condicionada a unos intereses determinados. Los partidos políticos –escribía Simone Weil– son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”. Según…

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Ave maría

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María en minúscula, pero no por ello menos que santa, provechosa, que cuando se escribe en mayúscula, de probada utilidad terapéutica, fuente placer y lucidez que puede llegar a enriquecernos vitalmente. Me refiero a la marihuana, sobre la que ya publiqué una entrada en su momento.

“La marihuana causa paranoia, confusión, manía persecutoria y pérdida total del contacto con la realidad. En las personas que nunca la fumaron”, podía leerse en una de las pancartas que se exhibieron durante la Marcha por la despenalización del consumo del cannabis en Buenos Aires, en mayo de 2011. Y así es. Quienes abogan por continuar con el despropósito de los estragos que causa la marihuana –y otras sustancias– tal vez cambiarían esta manera de pensar si la probaran. Al menos esta es la opinión –yo tengo mis reservas sobre ello– del astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, alguien de quien difícilmente puede decirse que fuese un simple fumeta. Al igual que el pensador y filósofo Antonio Escohotado –de quien ya hablé en la entrada que citaba al principio–, que cualquier persona sensata –rara avis hoy en día–, Sagan la consumió y en 1971 escribió un libro contando su experiencia, Marihuana reconsidered, que firmó –por si las moscas– con el seudónimo de Mr. X. Dice en él, entre otras muchas cosas:

“Llegué a comprender que, como a tantas personas, me habían lavado el cerebro por medio de un catecismo ubicuo que se basaba en el miedo, no en la ciencia. Marihuana reconsidered reflejaba la modificación de mis puntos de vista. Mi consumo reforzó mi creencia de que se puede consumir marihuana para mejorar la experiencia y la comprensión personales, también se puede usar en la generación de ideas nuevas. (…) La ilegalidad del cannabis es indignante, un impedimento para la plena utilización de un fármaco que ayuda a producir la serenidad y la introspección, la sensibilidad y el compañerismo, desesperadamente necesarios en este mundo cada vez más loco y peligroso”.

Sagan fue un impenitente curioso desde niño, y no perdió nunca su inclinación por aprender aquello que no conocía. Curiosidad e imaginación son las principales herramientas de la creatividad, algo de lo que carecen los cadáveres intelectuales y morales que, bajo el nombre de expertos o especialistas, practicantes todos de un cientifismo totalitario, jamás se desvían del pensamiento único porque se prostituyen intelectualmente con el poco entendimiento que les queda. Prefieren vivir, en permanente trance hipnótico, el delirio de la dominación, diluir su existencia en una ocupación que despilfarra un montón de tiempo y constituye, además, una opresión mental, seguir ciegamente el comportamiento caótico y arbitrario de nuestra sociedad en medio de un desorden general que asimila y empareja todo. Lo sé porque he conocido, y padecido, a tanto mindundi pretencioso que ya he perdido la cuenta. Lo sé porque han sido muchos años trabajando en la Administración, paraíso de la prostitución intelectual, de la corrupción económica y moral.

Más allá de sus probados efectos terapéuticos, la marihuana potencia la imaginación frente al racionalismo, agudiza los sentidos, no dificulta la atención ni distorsiona la percepción, incrementa la sensibilidad, nos libera de ataduras, refuerza la introspección (otra cosa es que uno tema enfrentarse a sí mismo), relaja y tranquiliza, desinhibe, no aísla, y, por supuesto, no conduce a la toma de otras drogas que sí son dañinas (o más dañinas; hasta el agua puede ser dañina si toma en exceso).

Ahora bien, si uno tiene una vida miserable la marihuana no le solucionará nada. Y aquí es donde discrepo con Sagan. Es el caso de los especímenes humanos mencionados. No cambiarían de opinión si la probaran, pues solo puede cambiar de parecer quien tiene opinión propia, son loritos repetidores del dictado de sus amos. Lo más triste es que, encima, tienen el valor de decir que cada uno tiene libertad para consumirla cuándo y cómo le venga en gana. Dicen. Con la boca pequeña. Luego no hacen nada para defender esa supuesta libertad (una fumada colectiva en las Cortes generales y autonómicas de aquellos que afirman tal cosa, por ejemplo, no estaría de más). ¿Cómo iban a hacerlo? Imposible. Son el prototipo del mamón, “con acento en la n, que jode más” (san Pepe Rubianes, dixit).

Por todo ello, ¡Ave maría!

Sobre arte: ¿cómo surgen esos valores estéticos que tanto nos extasían?

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Subasta de obras de arte en Christie’s.

El término arte, en sentido absoluto, significa todo trabajo humano realizado para crear cosas que no podrían existir por el simple juego de las fuerzas naturales y que son útiles para la existencia y supervivencia de la humanidad.

Sin embargo, siguiendo una tendencia cuyos orígenes cabría remontar al Renacimiento, se suele emplear el término arte, a secas, para referirnos casi exclusivamente a las artes plásticas, sobre todo a la pintura. Así, cuando se habla de ‘historia del arte’ en realidad se está hablando de ‘historia de las artes plásticas’. La música, la literatura, el cine, el teatro…, no tienen cabida.

El mundo académico, en su práctica totalidad, está de acuerdo en que este es un mal uso de la palabra, pero a la hora de la verdad priman otros intereses más particulares, pues el currículo es el currículo, la pela es la pela y hay, ante todo, que mantener el estatus, sin que nadie, además, advierta cuando se da clase (sea de grado, de máster, o de pompas y boatos varios) de la endeblez de sus razonamientos, pues se limita cual lorito repetidor a decir lo dicho, lo escrito, por otros más dotados, o menos castrados, intelectualmente, al menos en lo que aparentan o como se les considera. Claro que siempre hay quien se las sabe ingeniar para que la impostura sea menos evidente. Conocí, conozco aún, a un profesor del departamento de Historia del Arte que facilitaba a los alumnos una amplia bibliografía, de la cual recomendaba unos determinados títulos, pero en la cual nunca constaba el libro del que él extraía, copiaba, sus apuntes.

Con esto quiero poner de manifiesto uno de los dos grandes problemas que, a mi juicio, son la base sobre la cual se construye el tinglado de esa farsa que es el mundo del arte. El otro es, en buena medida, consecuencia de este. Que en los niveles superiores de la enseñanza se tenga, y se sostenga, esta concepción del arte es sintomática, revela el total desbordamiento del arte en la vida cotidiana, y su consiguiente estetización a través y en la forma de la mercancía culturalista, tan bien promocionada por el pedante pavoneo de los críticos, y críticas, eminentes bufones del espectáculo. Los intentos por explorar la creación artística como medio de encontrar nuevas ideas y estímulos para la transformación material y espiritual del mundo y de la vida fenecieron en el camino.

El resultado de todo ello se ha plasmado en la “venta a plazos del alma del artista al mercado y al Estado” (J.M. Rojo, 2007, epílogo a la obra de Baj ¿Qué es la ‘patafísica?, 1994). Nosotros, consumidores de su alma, en simples espectadores pasivos. Vamos a esos cementerios de arte llamados museos como antes íbamos a misa, generalmente los domingos por la mañana, con los niños, que tienen allí sus talleres y sus cosas para entretenerse. Cumplido el sacro deber, como buenos culturetas que somos, nos vamos luego a comer por ahí, que hace un tiempo cojonudo. Igual entonces va y experimentamos alguna sensación propia, no inducida ni sugerida.

Ya conté lo fácil que resulta dar gato por liebre en este mundillo del arte en la entrada Todos somos artistas, donde explicaba cómo organicé con un grupo de alumnos un par de ‘acciones’ en las que los visitantes de nuestra exposición aceptaron como obras de arte las que los alumnos –estudiantes de Historia del Arte, no de Bellas Artes– habían hecho con sus propias manos sin advertir diferencia alguna entre estas y las que sí habían sido realizadas por artistas ‘de verdad’. Y es que cualquier objeto, o idea, expuesto en un museo nunca es cuestionado como arte. Decía esto entonces y sigo afirmándolo ahora, como también que la mayor parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo, siendo benignos, una mercancía que se compra y se vende en el mercado. El mercado del arte es un mercado como otro cualquiera, solo que más exclusivo, por lo irracional de los precios y el esnobismo de sus potenciales acaudalados compradores.

Nosotros ya no somos nada, los espectadores son necesarios para los museos, como para los teatros, los cines o los estadios de fútbol; para el arte, para el artista, el pintor mejor, como en los puticlubs, no se requieren espectadores, sino clientes. Y estos no faltan. El mercado del arte sigue al alza, la crisis no le afecta. Siempre ha sido uno de los más seguros desde mediados de la década de 1950, cuando se produce el relevo de la capitalidad del arte moderno y Nueva York reemplaza a París. En unos momentos en que comenzaba una era de prosperidad económica sin precedentes, se inició un espectacular aumento de los recursos económicos, tanto públicos como privados, para la promoción del arte moderno. Pocas inversiones pueden resultar tan rentables. Sin embargo, advierte Juan Antonio Ramírez (Arte y arquitectura en la época del capitalismo triunfante), “el comercio artístico, en su conjunto, no es transparente. No se sabe lo que en realidad se paga en la mayoría de las transacciones, por no hablar del silenciamiento mismo de muchas compraventas relevantes”.

Los problemas económicos que convulsionaron las bolsas en 1987 no tuvieron efecto alguno en el arte; es más, al haber cierta confusión sobre dónde era mejor invertir para obtener beneficios seguros, el mercado del arte aumentó sus transacciones. Parecida situación vuelve a repetirse con la crisis de 2008. En 2017, leo en la página de The Art Market, agencia de marketing especializada en arte, la tabla Salvator Mundi, de Leonardo da Vinci, “se vendió por casi medio billón de dólares [382 millones de euros], a pesar de algunos inevitables comentarios acerca de su autenticidad y las numerosas restauraciones que se han acometido sobre la obra a lo largo de los años”, estableciendo un nuevo récord mundial. “Ya no se trata solo de la espectacular venta, si no del marketing del que hizo gala la neoyorquina sala de Christie’s. Primero, anunciando la venta con el indudable atractivo nombre de ‘el último da Vinci en manos privadas’. (…) Si el alto precio se debió a la comercialización, el prestigio o alguna turbia geopolítica de la región del Golfo, nunca lo sabremos, pero la pintura fue supuestamente comprada por el príncipe heredero saudita Mohammed bin Salman Al Saud y se exhibirá en el Louvre recién inaugurado de Abu Dhabi”. ‘Se exhibirá’ sigue valiendo por ahora. Se exhibirá. Ya veremos cuando, si es que llega a exhibirse.

De las diez obras más caras vendidas en los últimos años, además de la ya citada de Leonardo que encabeza el ranking, figuran ocho pinturas y una escultura, todas ellas de lo que llamamos ‘arte contemporáneo’: Interchange, 1955, de Willem De Kooning (óleo adquirido en 2015 por la fundación David Geffen al inversor Kenneth Griffin por 382,1 millones de euros y cedido al Instituto de Arte de Chicago); Los jugadores de cartas, 1890 a 1894, de Paul Cézanne (óleo vendido en 2011 por no se sabe quién a la a familia real de Qatar por 191,6 millones de euros); Nafea faa Ipoipo, 1892, de Paul Gauguin (igual que el anterior pero en 2015 y por 185,5 millones de euros); Number 17A, 1948, de Jackson Pollock (exactamente igual que el De Kooning pero en 2015 y por 176,57 millones de euros); Les femmes d’Alger, 1955, de Pablo Picasso (adquirido por no se sabe quién en una subasta de Christie’s en Nueva York en mayo de 2015 por 160,3 millones euros); Desnudo acostado, 1917 a 1928, de Amedeo Modigliani (en otra subasta de Christie’s en Nueva York en mayo de 2015 lo adquirió el empresario chino Liu Yiqian por 158 millones de euros); El sueño, 1932, de Pablo Picasso (el magnate Steven A. Cohen se lo compró a alguien cuya identidad no se ha revelado por 120 millones de euros); Tres estudios de Lucian Freud, 1969, de Francis Bacon (adquirido por Acquavella Gallery para Sheikha Al-Mayassa, jequesa de Qatar, en otra subasta de Christie’s en Nueva York en noviembre de 2013 por 105 millones de euros), y una escultura en bronce de Alberto Giacometti de 1961, L’homme qui marche I (adquirido por un comprador anónimo en la subasta de Christie’s en Nueva York en mayo de 2015 por 126 millones de euros).

De estas diez obras, pues, solo las de De Kooning y Pollock están expuestas al público (en el Instituto de Arte de Chicago). El resto las puede ver solamente su dueño, o dueña, y quienes a él, o a ella, les salgan del rabo, o del chichi. Ello no es óbice para que los historiadores del arte y los críticos tengan materia de qué hablar y puedan escribir sus panfletos publicitarios en los que nos informamos acerca de la textura de una obra, el color, la luminosidad, la soltura de la pincelada, la técnica empleada y tantos otros aspectos y zonceras varios. ¿De dónde, si no, sacaríamos los conocimientos necesarios para nuestras publicaciones y comentarios en Facebook (propicio sitio para este tipo cosas) u otras plataformas digitales?

Llegados a este punto, servidor de ustedes, alucina más que la gallina Caponata colocada de tripis. ¡Que estamos viendo una fotografía, a ver si somos conscientes, que ahí no se pueden apreciar todas esas maravillas! Es como hacerse una paja viendo una fotografía de un tío, o tía, en bolas. Nadie te está haciendo nada, es todo cosa tuya, tú solito, o tú solita. Pornografía al uso.

Vamos con tres de las obras que están en manos privadas, las tres adquiridas por sumas millonarias que es altamente improbable que alguna vez puedan contemplar si no es a través de una reproducción fotográfica: Los jugadores de cartas, Nafea faa Ipoipo y Les femmes d’Alger. Como generalmente lo hacemos a través de internet, he buscado en la red tres imágenes de cada una de ellas. He escogido entre las de tamaño grande y que, a la vez, tuvieran una resolución aceptable. No me ha costado mucho, todas las he encontrado en las primeras filas del buscador de imágenes. Helas aquí:

Se parecen, ¿verdad? Pero solo eso. ¿O no? ¿Podrían decirme cuál de ellas –en los tres casos– es la que atesora todos esos valores estéticos que nos extasían? Que quieren que les diga. Para mear y no echar gota. Un bovo quants en fa fer, que decía mi padre.

Hoy es el 1 de Mayo, mañana el 2

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Concentración

Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos, escribió Paul Lafargue en su opúsculo que publicó en 1883, Le droit à la paresse (El derecho a la pereza). Las máquinas [sustituyan máquinas si quieren por el instrumento o aparato que consideren] deben estar al servicio del hombre, no al revés, hay suficientes adelantos tecnológicos para no trabajar más de tres o cuatro horas diarias, pero la codicia… ¿Por qué han de existir los menesterosos cuando cada día se avanza más en la tecnología, en la ciencia? Si todas las necesidades humanas pueden satisfacerse. Pero, sobre todo, se pregunta Lafargue, ¿por qué hay tanta gente que acepta su triste suerte con absoluta resignación? Su respuesta: El proletariado, traicionando sus instintos y olvidando su misión histórica, se dejó pervertir por el dogma del trabajo (…) Un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión. Cierto, ¿qué es eso del amor al trabajo? El trabajo un vicio, ¡qué acertado! No comprenden que el sobretrabajo que se infligieron en los tiempos de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente. (…) Dennos trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta. Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.

Ahora bien, prosigue Lafargue, convencer al proletariado de que la palabra que se les inoculó es perversa es una tarea ardua superior a mis fuerzas¿Cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril? Todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que supera a la clase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de mercancías europeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de productos que se acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo despilfarro (…) a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de las falsificaciones industriales, los obreros invaden el mercado de manera innumerable, implorando: ¡trabajo!, ¡trabajo! Como los loros de la Arcadia, repiten la lección de los economistas: “Trabajemos, trabajemos para incrementar la riqueza nacional”. ¡Idiotas! Pero si hasta Dios descansó para toda la eternidad tras seis días de trabajo. Eso sí, él mandaba, y les dijo a los demás que debían ganar el pan con el sudor de su frente, de la suya, no la de él, él a descansar. Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales; trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones para trabajar y ser miserables. Hay que luchar por el placer, no por el trabajo, por los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados.

Muchos antes que Lafargue, casi tres siglos y medio, Étienne de La Boétie escribía su Discurso de la servidumbre voluntaria (1548), un breve texto de solo 18 páginas que, a pesar del tiempo trascurrido, plantea una serie de preguntas que convendría aún que intentáramos responder, o respondernos. Así, dice: ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece (…) Hay una sola [cosa] que los hombres, no sé por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad (…) todos los seres sienten el peso de la sujeción y corren en pos de la libertad. Y puesto que hasta los animales destinados al servicio del hombre no pueden acostumbrarse a la esclavitud, antes bien declaran su deseo de sacudirla, ¿qué fatalidad pues ha podido desnaturalizar al hombre, único nacido para vivir libremente, hasta el punto de borrarle de la memoria la dignidad de su ser primitivo y el deseo de recobrarlo? (…) las primeras víctimas del despotismo lo sufren con violencia; pero los que nacen después de ellas, como no han disfrutado de la libertad, ni saben en qué consiste, sirven sin repugnancia y hacen de buena gana lo que sus pasados sólo hicieron a la fuerza (…) naciendo los hombres bajo el yugo, crecen y se desarrollan con él, no miran más adelante y se complacen en vivir como han nacido, sin pensar en otro derecho ni otra felicidad que la que han encontrado, y llegando finalmente a persuadirse de que el estado de su nacimiento es el de su naturaleza

Que hoy en día, más 125 años después de que el Primero de Mayo se celebrase por vez primera, no se haya conseguido ya no reducir la jornada de 8 horas que entonces se demandaba, sino que tener un trabajo estable con un salario más o menos digno con dicho horario sea el sueño de muchos, dice muy poco en favor de la sociedad que hemos creado, y digo hemos, no han, pues que el destino de la mayoría dependa cada vez de menos personas no es responsabilidad exclusiva de quienes detentan el poder financiero y de los políticos que eles siguen cual perros falderos, también los es que quienes por acción u omisión permiten –o permitimos– tal estado de cosas. ¿Cómo es esa palabra tan explotada en todos los ámbitos? ¿Progreso?

Pues nada, sigamos progresando, que, progresando, progresando, buena hostia nos acabáremos dando. ¡Que el trabajo dignifica, leches! El gran Pepe Rubianes nos lo explicaba de manera magistral en su espectáculo Rubianes solamente.

Ya ven, La Boétie en 1548, Lafarge en 1883, y Pepe Rubianes en 1997, que es el año en que estrenó Rubianes solamente. Y como si no hubiera pasado el tiempo. Nosotros, erre que erre. En fin, un poco de paciencia que mañana ya es día 2, y a no ser que tenga la desgracia de ser madrileño, donde también es festivo, podrá ir de nuevo a trabajar, a realizarse y dignificarse. ¡Tiene cojones la cosa!

Feliz 2 de mayo. Bueno, si es madrileño feliz día 3.