Covid-19: ¿Algo imprevisible?

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En absoluto. Que nadie podía prever una cosa así –argumento al que tantas veces se recurre– es algo que no se sostiene. A no ser –y he aquí el meollo del asunto– que se tratase como una cuestión, si no menor, supeditada a la estricta salvaguarda de otros objetivos relacionados con los intereses económicos.

Veamos. En octubre de 2019 –dos meses antes del comienzo de la pandemia– el Foro de Davos llevó a cabo un ejercicio contra una posible ‎epidemia de coronavirus, con la participación del Johns Hopkins Center for Health Security y de la ‎Bill & Melinda Gates Foundation. Fue en Nueva York, el día 18. “El objetivo explícito del ejercicio realizado en Nueva York era planificar la respuesta de ciertas transnacionales y gobiernos ante una pandemia de coronavirus, cuando nada permitía predecir el ‎inicio de la epidemia detectada en la ciudad china de ‎Wuhan a inicios de diciembre”, explica un artículo que leo en el portal de la organización internacional Red Voltaire [1]. A este ejercicio –conocido como Evento 201– asistieron, dice el artículo:

  • Latoya Abbott, responsable de situaciones de riesgo del grupo hotelero estadounidense Marriott ‎International;‎
  • Sofia Borges, vicepresidente de la Fundación de las Naciones Unidas;
  • Brad Connett, presidente del grupo Henry Schein, líder mundial de la producción de material ‎médico;
  • Christopher Elias, responsable de Desarrollo Global de la Bill & Melinda Gates Foundation;‎
  • Tim Evans, ex director del departamento de Salud del Banco Mundial;‎
  • George Gao, director del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de la República ‎Popular China;‎
  • Avril Haines, ex directora adjunta de la CIA y ex miembro del Consejo de Seguridad Nacional de ‎Estados Unidos, bajo la administración Obama;
  • Jane Halton, ex ministro de Salud en Australia, miembro del consejo de administración del Banco ‎de Australia y Nueva Zelanda (ANZ);‎
  • Matthew Harrington, director de Edelman, la oficina de relaciones públicas más importante del ‎mundo;
  • Martin Knuchel, director para situaciones de crisis de la línea aérea alemana Lufthansa;‎
  • Eduardo Martinez, consejero jurídico de UPS, líder mundial de logística postal, y director de ‎UPS Foundation;‎
  • Stephen Redd, director adjunto del US Center for Disease Control and Prevention;‎
  • Hasti Taghi, vicepresidente del grupo de comunicación NBC Universal;‎
  • Adrian Thomas, vicepresidente de la transnacional farmacéutica Johnson & Johnson;‎ y
  • Lavan Thiru, gobernador del Banco Central de Singapur.

Como quiera que el artículo no aclara la fuente, y dada la susceptibilidad de la gente ante esta cuestión y su incondicional seguimiento de la versión oficial acerca del origen y causas del coronavirus, entro en la página del Foro de Davos. Allí leo lo siguiente:

“El Foro Económico Mundial ha anunciado el tema y los detalles de su 50ª Reunión Anual, que se celebrará del 21 al 24 de enero [de 2020] en Davos, Suiza. El tema de la reunión será Actores para un mundo coherente y sostenible.  […]

‘Las personas se están rebelando contra las ‘élites’ económicas que creen que las han traicionado, y nuestros esfuerzos para mantener el calentamiento global limitado a 1.5°C se están quedando peligrosamente cortos’, dijo el profesor Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial. ‘Con el mundo en una encrucijada tan crítica, este año debemos desarrollar un ‘Manifiesto de Davos 2020’ para reinventar el propósito y los cuadros de mando para las empresas y los gobiernos. Es para lo que se fundó el Foro Económico Mundial hace 50 años, y es a lo que queremos contribuir durante los próximos 50 años’.” [2]

Por su parte, la revista estadounidense de ciencia Neoscope publicó el 27 de enero de este año un artículo cuyo título es de por sí la mar de esclarecedor: “En una reciente simulación, un coronavirus mató a 65 millones de personas” [3]. Entre cosas, dice:

“En octubre de 2019, un grupo de 15 empresarios, funcionarios gubernamentales y expertos en salud se reunieron alrededor de una mesa en Nueva York para planificar la respuesta global a un brote mundial de un coronavirus nunca antes visto y completamente ficticio.

Fue un ejercicio de entrenamiento con similitudes inquietantes, en retrospectiva, con 2019-nCoV [Covid-19], el virus chino que se ha globalizado rápidamente este mes.

Tres horas y media después, el grupo terminó el ejercicio de simulación y, a pesar de sus mejores esfuerzos, no pudieron evitar que el hipotético coronavirus matara a 65 millones de personas. […]

En la simulación CAPS [Coronavirus Associated Pulmonary Syndrome] se infectó a personas de todo el mundo en seis meses y, a los 18 meses, mató a 65 millones de personas y provocó una crisis financiera mundial”.

Sería esta crisis financiera peor que la de 2008, si bien ya se venía pronosticando desde bastante tiempo antes su llegada, advirtiendo a la gente de que se avecinaba una nueva recesión de consecuencias imprevisibles. Es así que se creó “una lista de siete acciones que los líderes de los sectores público y privado podrían tomar ahora para prepararse para un escenario como el Evento 201”, pues era muy preocupante que “si el 2019-nCoV alcanza el nivel de pandemia, ya podría ser demasiado tarde para evitar los millones de muertes predichas”.

Hub, la red de noticias de la Johns Hopkins University, publicó a principios de noviembre de 2019 un artículo [4] en el que podemos leer:

“En 2001, fue un brote de viruela, provocado por terroristas en centros comerciales estadounidenses. Este otoño, fue un virus similar al SARS, que germinó silenciosamente entre granjas porcinas en Brasil antes de extenderse a todos los países del mundo.

Con cada pandemia ficticia que los expertos de Johns Hopkins han diseñado, la lección a la que se llega es la misma: no estamos preparados para nada.

‘Una vez estamos en medio de una pandemia severa, las opciones son muy limitadas’, dice Eric Toner, investigador principal del Centro para la Seguridad de la Salud de la Universidad Johns Hopkins. ‘El mayor bien puede suceder con la planificación previa’.

La última simulación de pandemia de ese centro, el Evento 201, dejó a los participantes justo en medio de un brote de coronavirus incontrolado que se estaba extendiendo como un incendio forestal fuera de Sudamérica para causar estragos en todo el mundo. Como narraron los presentadores de noticias ficticios de ‘GNN’ [Good News Network], el virus inmune-resistente (apodado CAPS) estaba paralizando el comercio y los viajes, enviando a la economía global a una caída libre. Las redes sociales estaban desenfrenadas con rumores y desinformación, los gobiernos colapsaron y los ciudadanos se rebelaron”.

¿Cómo, pues, puede hablarse de factor sorpresa? ¿Cómo que ‘nos pilló desprevenidos’?  Las pandemias no son algo nuevo en la historia, ni mucho menos. Desde el advenimiento de la sociedad industrial-capitalista, estas se han sucedido de forma más o menos periódica. Entre 1817 y 1881 hubo hasta seis pandemias de cólera: 1817, 1829, 1852, 1863, 1881-1896​ y 1899-1923. Se calcula que murieron unos diez millones de personas. Entre 1918 y 1919 la gripe española ocasionó entre veinte y cincuenta millones de víctimas. Entre 1968 y 1969 la gripe de Hong Kong fue responsable del fallecimiento de dos millones de personas. Desde 1976, el virus del ébola –con una mortalidad de entre el 50% y el 90% de los infectados– causa estragos. Desde 1981 la pandemia del sida se ha cobrado más de 30 millones de muertes. El siglo XXI empieza prácticamente (2003) con la epidemia del SARS (síndrome respiratorio agudo severo), que fue detectado por primera vez en noviembre de 2002 en la provincia de Cantón (China) y de allí pasó a otros países a través de viajes por medio aéreo o terrestre de personas infectadas. Es decir, como ahora. En dos meses causó 8.000 infectados y 700 muertes. Lla OMS (Organización Mundial de la Salud) y los laboratorios clasificaron a este virus como SARS-CoV, un tipo de coronavirus desconocido hasta entonces en seres humanos. En 2009-2010 hace su aparición la Pandemia de gripe A (H1N1), también llamada en un principio ‘gripe porcina’, causada por una variante del Influenzavirus A (subtipo H1N1). Esta vez la OMS, muy a su pesar, utilizó la categorización de pandemia. “Pese a que la mayoría de casos fueron considerados ‘leves’, la infección tuvo un número estimado de muertes de entre 100.000 y 400.000 tan solo el primer año de la pandemia, recoge el organismo. Los CDC (Centros para la Prevención y Control de Enfermedades) elevan ese número hasta los casi 600.000 en ese mismo periodo. Actualmente, es un ‘virus de la gripe humana habitual y continúa circulando de forma estacional alrededor del mundo’, apuntan desde los Centros de Control y Prevención de Enfermedades.”. [5]

Para evitar que un nuevo virus pudiera causar una nueva pandemia es por lo que se llevó a cabo el Ejercicio 201, para que –como destacaba más arriba– “los líderes de los sectores público y privado [pudieran] tomar [medidas] para prepararse para un escenario como el Evento 201”. ¿O acaso el evento tenía como principal fundamento evaluar su impacto socio-económico?

Mucho se ha hablado sobre el origen del Covid-19 y no han faltado teorías que apuntan a una conspiración, de la cual, por razones sobre todo de espacio, hablaré en un próximo artículo. Desde las instituciones y la práctica totalidad de los medios de comunicación se afanan en desmentirlas y demonizarlas. No sé qué habrá de cierto en ellas, pero tal vez deberíamos prestarles un poco más de atención. “No hay que olvidar que todo mediático, ya sea por el salario ya sea por otras recompensas y gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios”, como señaló Debord [6]. No es posible creer nada que uno no haya sabido directamente por sí mismo. ¡Pero si todavía no sabemos la verdad sobre el asesinato de Kennedy! Y de las guerras de Irak, ¿qué me dicen? ¿Cuántos bulos fueron, a sabiendas, divulgados desde las más altas instancias para ‘justificar’ la intervención? ¿Conocemos la verdad de lo sucedido el 11-S?

Casi sería mejor para los gobernantes actuales –especialmente los de los países más afectados– que el origen del Covid-19 se debiera a un complot, cuanto más enrevesado mejor. Al menos así, podrían disimular sus carencias. Como proféticamente anunció Debord, “todos esos pánfilos ingenuos de la economía y la administración probablemente acabarán llevando al mundo a alguna gran catástrofe”, pues por primera vez se puede gobernar sin tener ningún conocimiento prominente ni ningún sentido de lo auténtico o de lo imposible. ¿Es que ustedes, como no participaron en el Ejercicio 201 no sabían nada de él? ¿Y para qué tienen ustedes tantos asesores? ¿Para que no nos salgamos del rumbo marcado?¿Para que Estado y economía se fundan en un mismo propósito: dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad de un continuo crecimiento económico? ¿Solo leen y se documentan acerca de cómo gestionar lo que las élites financieras disponen? Tiempo ha habido para dotarse de recursos suficientes, tanto de material como de profesionales sanitarios. Voluntad, desde luego, no. Solo se actúa cuando el problema es una amenaza. Y entonces se recurre al consabido argumento de que nadie podía prever algo así.

Bueno, aquí termino por hoy, que no lo dejo. Seguiré con el tema en próximos artículos.


[1] “El Foro de Davos se preparó para una ‎pandemia de coronavirus… dos meses ‎antes de su inicio‎”, Red Voltaire, 5 de febrero de 2020. https://www.voltairenet.org/article209125.html

[2] “Davos 2020: World Economic Forum announces the theme”, World Economic Forum, 17 de octubre de 2019. https://www.weforum.org/agenda/2019/10/davos-2020-wef-world-economic-forum-theme

[3] Kristin Houser: “In a recent simulation, a coronavirus killed 65 million people”, Neoscope, 27 de enero de 2020. https://futurism.com/neoscope/recent-simulation-coronavirus-killed-65-million-people

[4] Katie Pearce: “Pandemic simulation exercise spotlights massive preparedness gap”, Hub-JHU, 6 de noviembre de 2019. https://hub.jhu.edu/2019/11/06/event-201-health-security/

[5] “Coronavirus: las pandemias que pusieron al mundo en alerta en la historia reciente (y cómo se afrontaron)”, BBC News Mundo, 12 de marzo de 2020.

[6] Guy Debord: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988).

[7] “El coronavirus puso al mundo frente a las ‎dignidades solidarias y la miserabilidad ‎de un sistema que agoniza”, Stella Calloni, Red Voltaire, 24 de marzo de 2020.

Boris Vian

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¿Quién fue Boris Vian?, ¿qué fue? ¿Un investigador-ingeniero convertido en escritor? ¿Un aprendiz de todo y maestro de nada? ¿Un aristócrata-anarco, un anarco-aristócrata? ¿Un agitador-alborotador harto todo y cabreado con todo el mundo? ¿Un personaje incendiario? ¿Un transgresor? ¿Un incomprendido? ¿Un poco de todo tal vez?, ¿un mucho? “Aceptar el principio del interés de la curiosidad, base de la evolución”, dijo quien siempre mostró un gran interés por conocer, por explorar la vida con los sentidos y el intelecto.

Boris Vian, que habría cumplido hoy cien años, murió a los 39 sin conocer, obviamente, la trascendencia que llegaría a alcanzar su obra y su compleja personalidad. Despreciado en su tiempo, hoy es aclamado por su ‘modernidad’.

Autor de la letra de la canción J’suis snob (1954, música de Jimmy Walte), de hecho fue todo lo contrario. En realidad, Vian es lo opuesto al esnobismo. Cantante de cabaret y trompetista de jazz, fue ingeniero y periodista, y también se dedicó al cine. Relacionado en cierto modo con el surrealismo y el existencialismo, dentro de la línea del absurdo de Alfred Jarry, su mundo de ficciones contribuye a dar una visión desintegradora y corrosiva de la realidad. Su obra causó en su momento un gran revuelo.

Vian era conocido en el París existencialista de finales de la década de 1940 y principios de la de 1950, cuando artistas y filósofos llenaban los cabarets y clubs de jazz instalados en las cavas de la Rive Gauche, llenos de humo y palabras. Allí actuaba con otras leyendas del jazz, como Miles Davis.

Fue su novela J’irai cracher sur vos tombes (Escupiré sobre vuestras tumbas) –el escándalo que causó su publicación– la que lo hizo conocido para el gran público. Publicada en noviembre de 1946, escrita bajo el seudónimo de Vernon Sullivan y presentada como ‘traducida del estadounidense’, es un thriller crudo y enfurecido, erótico y atroz sobre el segregacionismo de Estados Unidos. El éxito fue enorme, tanto como el revuelo que provocó y la reacción de los censores. El libro fue prohibido, su ‘traductor’ –una vez que se supo el engaño– condenado por desprecio a la buena moral, luego fue indultado. La novela se publicó nuevamente, se prohibió nuevamente…

La provocación y la trasgresión acompañaron a Vian toda su vida, y con ellas el rechazo de las mentes biempensantes de la sociedad francesa y sus políticos. En el cabaret Les Trois Baudets, uno de los locales de moda, que cerraba más tarde que los demás, Boris Vian cantaba Le déserteur (1954), una canción antimilitarista creada durante la guerra de Indochina con la que provocaba toda clase de insultos y de cuya letra acabó por cambiar el final. En una primera versión este era “Señor presidente, / si me persigue / advierta a sus policías / de que llevo armas / y sé disparar”. Estos dos últimos versos se sustituyeron por “de que yo no tendré armas/ y que podrán disparar”. La primera versión jamás llegó a grabarse.

De su obra literaria destacan, o son destacadas, las novelas L’automne à Pékin (1947, El otoño en Pekín), L’ecume des jours (1947, La espuma de los días), L’herbe rouge (1950, La hierba roja), novela con tintes autobiográficos,  Et on tuera tous les affreux (1948, Que se mueran los feos), y L’arrache-cœur (1953, El arrancacorazones), que no fue precisamentee un éxito, así como las piezas teatrales Les bâtisseurs d’empire (1959, Los forjadores de imperios) y Le goûter des généraux (1962, La merienda de los generales). Esta última, una comedia antimilitarista, fue publicada por el Colegio de ‘Patafísica, del cual Vian fue miembro con el cargo de Sátrapa desde 1953.

De sus canciones –escribió la letra de más de cuatrocientas– se citan como más representativas, además de las ya mencionadas Le déserteur y J’suis snob, La complainte du progrès (1950, La endecha del progreso, música de Alain Goraguer) y Je bois (1955, Bebo, también con música de Alain Goraguer), una declaración amorosa de principios etílicos.

Y como quiera que de estas dos últimas publiqué sendos vídeos –con la letra traducida al castellano–, con ellas termino esta apresurada crónica, pues me he enterado de que hoy se cumplía el centenario hace unas horas.

Día del Sentido Común

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Ayer fue el Día Internacional de la Mujer y hoy es el Día Mundial del DJ (declaración de la Unesco de 2002). Y es que hay días para todos y para casi todo. ¡Será por celebraciones! Decido consultar en Wikipedia los días que han sido declarados de carácter internacional o mundial y el listado es inmenso. Estos son algunos de ellos por orden cronológico: Día Mundial de la Lucha contra la Depresión (13 de enero), Día Internacional de la Educación (24 de enero), Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (11 de febrero), Día Mundial del Sueño (13 de marzo), Día Internacional de la Felicidad (20 de marzo), Día del Árbol (21 de marzo), Día Internacional del Beso (13 de abril), Día Internacional de los Trabajadores (1 de mayo), Día Mundial de las Abejas (20 de mayo), Día Internacional del Orgullo LGBT (28 de junio)… Me detengo aquí. Me parece suficiente para hacernos una idea. Todos los días hay algo que celebrar o conmemorar; algunos incluso por partida doble: el 28 de septiembre es el Día Internacional de la Sordera y también el Día Internacional del Acceso Universal a la Información, y el siguiente el Día Mundial de la Rabia (¿la de los sordos por tan acertada coincidencia?). No hay problema, el 29 es el Día Mundial del Corazón (la rabia puede causar un ataque al corazón). Todo está previsto. Contamos con grandes mentes pensantes que no escatiman dedicación ni recursos en tan ardua tarea. Nada escapa a tan brillantes intelectos. Así, existe hasta el Día Mundial del Retrete (19 de noviembre, declaración de la ONU de 2013) o el Día de la Industrialización de África (20 de noviembre, declaración de la ONU de 1989), que yo más bien diría Día de las Oportunidades y Gangas. ¡Ah!, y todas las conmemoraciones propias del patridiotismo, que son también un montón.

Hay un día, sin embargo, que noto a faltar y me atrevo a pronosticar que nunca se celebrará: el Día del Sentido Común. Mucho ardor, mucha pompa, mucha magnificencia… Mucho ruido y pocas nueces. Y es que, como dijo Charles Maurice de Talleyrand, “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”. O como dice el proverbio que tantas veces le escuché decir a mi padre, “d’on no hi ha no es pot treure”. Aunque, bien pensado, creo que es mejor que no se celebre nunca. Seguro que la ONU, o la UNESCO, y sus bravos asesores en asuntos conmemorativos elegían el 28 de diciembre.

8 de marzo: una reflexión en torno al feminismo

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Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas). Se eligió tal fecha porque el 8 de marzo de 1857 cientos de trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York salieron a la calle bajo el lema ‘pan y rosas’ para protestar por las míseras condiciones laborales y el fin del trabajo infantil. Muchas de ellas fueron asesinadas por la policía.

Recién iniciado el siglo XX surgieron en Gran Bretaña las suffragettes, activistas por los derechos cívicos de las mujeres, en particular el derecho al sufragio. En 1903 Emmeline Pankhurst fundó la Women Social and Polítical Union, confiriendo al movimiento feminista una nueva espectacularidad: mítines, manifestaciones, atentados al orden público, etc., con los consiguientes encarcelamientos y huelgas de hambre. Esta combatividad empezó a decaer cuando gran parte de las feministas inglesas decidieron pactar con el gobierno conservador con el fin de obtener el voto y con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Se llegó, así, gradualmente, a un cierto reconocimiento del papel de las mujeres y a la progresiva concesión, en los diversos países, del derecho al voto, lo que representó, paradójicamente, un elemento de freno para la política ‘progresista’, debido al papel que se había inculcado a las mujeres como mantenedoras del hogar (las segundas elecciones generales de la Segunda República Española celebradas en 1933, las primeras en que podían votar las mujeres, dieron una mayoría parlamentaria a los partidos de centro-derecha y de derechas).

El período de entreguerras se caracterizó, junto a las repercusiones de las ideologías fascista y nazi, de carácter declaradamente antifeminista, por un intento de feminización   –sobrevaloración de las cualidades femeninas–, que representó un retroceso en las reivindicaciones. El fanatismo y la belicosidad que caracterizaron estos años eran consideradas por muchas mujeres valores masculinos, a los que contraponían, como valores femeninos, la tolerancia, la compresión, la paz. “Los hombres son prescindibles, fuera, del Parlamento, de la existencia (…) se atreven incluso a jugar con la política (…) siempre ha sido así a lo largo de la historia … ¡Fuera!”, cantaba Claire Waldoff, la ‘reina del cabaret alemán’, en 1926.

Tras la Segunda Guerra Mundial un nuevo replanteamiento de carácter más amplio tuvo lugar en el movimiento feminista, cada vez más presente en la sociedad. En las décadas de 1960 y 1970, y en el marco de lo que algunos han bautizado como ‘eclosión de los nuevos movimientos sociales’, comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica. Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin de la sociedad capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas ‘desde dentro. Y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que ciertamente, denunciaban las desigualdades sociales, se oponían a ellas y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el ‘fin de la historia’, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias…, o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el capitalismo es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

En este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter, El uno es el otro, 1986) ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana, ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese ‘otro mundo posible’, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el statu quo imperante al considerar su ‘problema’ como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada revolución de la mujer ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman.

Veamos. En la actualidad hay más mujeres trabajando que nunca. La mayoría en trabajos de mierda. Mas esto no es exclusivo de la mujer. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), “en el año 2018, sin considerar grupos de edad, la población en riesgo de pobreza relativa (tasa de riesgo de pobreza) en España de las mujeres con trabajo (12,2%) es más baja que la de los hombres con trabajo (13,5%)”. Por otra parte, también según el INE, “en el año 2019 las mujeres representaban casi el cuarenta y tres por ciento (42,8%) del total de quienes ocupaban los órganos superiores y los altos cargos de la Administración General del Estado (hasta Director/a General, y sin contabilizar los puestos de la Administración con categoría inferior a la de Director/a General)”. Otro documento (“Informe de las mujeres en los Consejos de las empresas cotizadas”, Atrevia, 2018), señala que “la presencia de la mujer en los consejos de las sociedades cotizadas del mercado continuo español se ha incrementado un 15% durante el año 2017, hasta sumar 258 consejeras, lo que supone algo más del 19% de sus 1.347 miembros”. En el Ibex 35 su presencia es del 24%.

¿Qué puede unir a unas y otras? ¿En serio alguien puede decir que tienen los mismos intereses? Ana Patricia Botín es una trabajadora, ¿no? La mujer que me ayuda en las tareas domésticas también. Ambas son mujeres, ambas trabajadoras, ergo ambas tienen una causa común. Tal paridad es una parida, pues plantear como una conquista el acceso de las mujeres al mundo del trabajo es un argumento falaz. “No tiene sentido reivindicar el concepto de ‘Mujer trabajadora’. El paso de mujer a asalariada no es ningún orgullo, sino una nueva forma de opresión en su vida”, leo en un artículo publicado en Rebelión el 8 de marzo de 2006 (“8 de marzo: Feminismo, roles y liberación”), que firma el Colectivo Libertario Cizalla. Me ha parecido sumamente lúcido y me ha reconfortado su lectura. Sigo con él: “Por una parte ponemos en duda que sea un logro tener tanto poder como un hombre para decidir sobre las vidas ajenas, y por la otra nos cuestionamos que sea un avance el que una mujer pueda matar legalmente tanto como un hombre para defender los intereses económicos de un Estado. […] No se puede acabar con la desigualdad generando más desigualdad. […] Reducir toda una lucha, del tipo que sea, a un mero día de hipócrita reivindicación no es más que vaciar de contenido esta”.

El género, por tanto, no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes. Considerar la igualdad de los géneros tomando como base los valores por los que el varón se ha regido siempre en sociedad no deja de ser una lucha por participar de los privilegios, el poder y los estamentos jerárquicos considerados exclusivamente masculinos. Va a ser verdad el conocido refrán de que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, pues lo que estoy diciendo en absoluto es una novedad: “Yo, Hiparquía [considerada por muchas, y muchos, la primera feminista de la historia occidental], no seguí las costumbres del sexo femenino, sino que con corazón varonil seguí a los fuertes perros”. Pues eso.

Simone Weil y los partidos políticos

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Simone Weil (1909-1943) fue una filósofa y escritora francesa de origen judío. El interés por conocer personalmente el mundo del trabajo y sus efectos psicológicos la llevó a trabajar en la fábrica Renault durante un tiempo (1934-1935). Allí, escribiría después, “recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca que los romanos imprimían con hierro candente en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces me he considerado siempre una esclava”.

Pacifista, pero fiel a sus ideales anarquistas, participó en la Guerra Civil Española en el bando republicano (en la columna de Durruti). Después de una temporada en los Estados Unidos, se estableció en Inglaterra, desde donde colaboró con la Resistencia francesa. Nacida en un ambiente judaico, su inquietud mística la acercó a un cristianismo en la línea existencialista de Kierkegaard.

Cuando falleció a causa de una tuberculosis, a los 34 años, era casi una desconocida. Muy poco de cuanto había escrito se había publicado, siendo después de la Segunda Guerra Mundial que sus amigos comenzaron a editar sus textos. Así fueron conociéndose obras como La pesanteur et la grâce (1947), La connaissance surnaturelle (1949), La condition ouvrière (1951), Attente de Dieu (1951), Oppression et liberté (1955), además del opúsculo del que hablamos hoy Note sur la suppression générale des partis politiques (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos), escrito en 1940, que vio la luz por primera vez en la antología de su obra que editó Gallimard en 1957 Écrits de Londres et dernières lettres. En 1960, también en Gallimard, Albert Camus lo recogió en la selección que hizo de la obra de Weil Écrits historiques et politiques.

Camus y T. S. Eliot (en 1949 prologó la edición de su obra L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain) fueron de los primeros intelectuales que mostraron su interés por el pensamiento de Weil. Numerosos les siguieron en los años posteriores, especialmente anarquistas y cristianos. Juan José Tamayo, teólogo español vinculado a la Teología de la Liberación, la calificó de “intelectual compasiva” (“Simone Weil, intelectual compasiva”, El País, 23 de agosto de 1999). Entre otras cosas, dice en su lúcido artículo:

“Muy pocas personas fueron capaces de comprender la profundidad de su pensamiento heterodoxo, la autenticidad de su fe religiosa aconfesional y la radicalidad de su militancia obrera no partidista. (…) fue una pensadora a contracorriente de los intelectuales de su tiempo, a quienes fustigó con severidad inusitada, ubicándolos del lado de los idólatras y los burgueses. Los trabajadores, afirma, sufren ‘una especie de vértigo interior que los intelectuales pocas veces han tenido ocasión de conocer’. Tilda de egoísta a la modernidad y tacha de idólatras a los pensadores modernos porque se sienten cautivados y poseídos de sus conquistas, que cada vez son menos universales y solo alcanzan a grupos sociales reducidos. Sitúa al mismo nivel la idolatría de la ciencia y la de la Iglesia. (…) Llama la atención asimismo sobre la ausencia de compasión en los intelectuales. (…) Por sus actitudes solidario-compasivas fue objeto de burla y desdén en ciertos ambientes culturales, donde se la etiquetaba malévolamente de ‘virgen roja de la tribu de Leví’ o ‘portadora de los evangelios moscovitas’; y se la consideraba excéntrica y alocada. (…)

Sobre ese “vértigo interior” al que se refería Tamayo escribe Weil en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos: “¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi que discutían en la calle se han visto arrastrados por el vértigo mental al constatar que estaban de acuerdo en todos los puntos!”. ¿Cómo pueden llegar a coincidir un nazi y un comunista? Weil defiende que “primero hay que reconocer cuál es el criterio del bien” y que este solo “puede ser la verdad, la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública”. “La democracia, el poder de los más, no son bienes –prosigue–. Son medios con vistas al bien, estimados eficaces con razón o sin ella”.

Simone Weil como soldado durante la Guerra Civil Española en 1936.

Weil recurre a Rousseau para argumentar su exposición: “Rousseau partía de dos evidencias. Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre, difieren”. En consecuencia, “la verdad es una”, como la justicia. En cambio, “los errores, las injusticias son indefinidamente variables”. Pensaba Rousseau –continúa– “que casi siempre una voluntad común de todo un pueblo era, de hecho, conforme con la justicia, por neutralización mutua y compensación de pasiones particulares. Ese era para él el único motivo de preferir la voluntad del pueblo a una voluntad particular”. Defiende Weil que “en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no hay ninguna especie de pasión colectiva”, mas “cuando hay pasión colectiva en un país, es probable que una voluntad particular cualquiera esté más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien que lo que constituye su caricatura”.

Los partidos políticos son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”.

Para Weil, “solo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al dominio de los hechos es del orden de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de elevarse por encima del dominio de los hechos. Es un pensamiento animal. Posee la noción de bien solo lo suficiente como para cometer el error de tomar tal o cual medio por el bien absoluto”. Y eso es lo que sucede con los partidos: un partido es, en principio, un “instrumento para servir a una cierta concepción del bien público”. Así, “un hombre, aunque pase toda su vida escribiendo y examinando problemas de ideas, solo raramente tiene una doctrina. Una colectividad no la tiene jamás. No es una mercancía colectiva. Se puede hablar, cierto es, de doctrina cristiana, doctrina hindú, doctrina pitagórica, etc. Lo que se designa entonces con esa palabra no es ni individual, ni colectivo; es una cosa situada infinitamente por encima de este o aquel nivel. Es, pura y simplemente, la verdad”.

“La finalidad de un partido político –dice unas líneas después– es algo vago e irreal. Si fuera real, exigiría un esfuerzo muy grande de atención, pues una concepción del bien público no es algo fácil de pensar. La existencia del partido es palpable, evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Así, es inevitable que de hecho sea el partido para sí mismo su propia finalidad”. Por ello, “la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solo en lo que respecta a una nación, sino en lo que respecta al globo terrestre”. Estos, “hablan, cierto es, de educación de los que se les han acercado, simpatizantes, jóvenes, nuevos adherentes”, pero “es una mentira”, pues “se trata de un adiestramiento para preparar la influencia mucho más severa que el partido ejerce sobre el pensamiento de sus miembros”. La existencia de partidos políticos conlleva la imposibilidad de “intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el Juego. Cualquiera que se interese por lo público desea interesarse eficazmente. Por lo que quienes se inclinan por la preocupación hacia el bien público, o renuncian a pensar en ello y se orientan hacia otra cosa, o pasan por el aro de los partidos. En este caso también eso les causa preocupaciones que excluyen la del bien público”.

Por todo esto, “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que  –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”. Por tanto, “la supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente legítima en principio, y en la práctica solo parece susceptible de efectos buenos”.

Se equivocará, y mucho, quién crea ver en la propuesta de Weil de supresión de los partidos una apuesta por cualquier tipo de gobierno dictatorial o totalitario. Cuando escribió esta Nota –pues eso es el texto, un escrito breve– el nazismo estaba en pleno apogeo y ella lo sufría. Además, había participado en la guerra de España y seguro que le dolerían profundamente sucesos como los de Barcelona de mayo de 1937. Lo que Weil viene a decir es que, sin partidos, “los candidatos no dirán a los electores: ‘Tengo tal etiqueta’ –lo que, prácticamente, no dice en rigor nada al público sobre su actitud concreta respecto a los problemas concretos–, sino: ‘Pienso tal y tal y tal cosa respecto de tal y tal y tal problema’”, y “los electores se asociarán y se disociarán según el juego natural y cambiante de las afinidades”.

El cerebro del agente de policía

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Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.

No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que lo que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener un diario en las manos, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está ahí: eran diarios.

El resultado de esta autopsia no dejara de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que pueda producir una aguja de ropavejero en un cubo de basuras? Quizás, a algunos contribuyentes demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.

Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.

Aquí se entristecen el moralista y el hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siècle* y una cantidad de publicaciones algo más frívolas, algunas de ellas traídas de Bélgica de contrabando.

He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un conductor que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, solo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.

La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial. Que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes; que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal solo encuentre en sus cráneos… No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris**, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras Obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso:

1º) El Código penal; 2º) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3º) un reducido número de tomos del gran diccionario, de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse [La Poli, en argot], 4º) y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.

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El cerebro del agente de policía fue escrito por Alfred Jarry en 1901. El texto que aquí figura se publicó en el libro ‘Patafísica, junto con Especulaciones, Madrid, Pepitas de calabaza, 2016.

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Notas:

* La Gaudriole tenía como subtítulo “diario de relatos alegres, historias picantes y novelas ilustres”. Fin de Siècle, “periódico literario ilustrado que aparece el sábado”, tenía una tirada de más de 70.000 ejemplares y se había vuelto mucho más insustancial y anodino.

** La Revue Blanche era una revista literaria y artística cercana al anarquismo que se publicó solamente entre 1899 y 1903. Le Cri de Paris era un periódico semanal de carácter político y satírico, muy cercano a La Revue Blanche, que apareció en 1897 y dejó de publicarse en 1940.

Tristeza não tem fim

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El encuadramiento de la juventud en la sociedad actual ha sido un fracaso. El de las generaciones mayores se reduce a casi nada, adormecidas sobre todo por la rutina laboral, conformadas con la suerte de las formaciones políticas tradicionales. Viven como mucho de ilusiones pasadas y sus esperanzas de una vida mejor se ahogan en las condiciones jerárquicas del mundo dominante, al que aceptan como el único posible. Unos y otros viven la sociedad del consumo y del tiempo libre como como sociedad del tiempo vacío, como consumo del vacío. Unos y otros, ¿viven?, ¿o simplemente existen? No hay ni plenitud ni futuro si no hay sueños que contar. Hoy no hay sueños, excepto aquellos que se derivan del delirio de la dominación y forman parte de la pesadilla planificada.

¿Qué le queda al que no se resigna a vivir en un permanente trance hipnótico? Ante todo y sobre todo, una infinita tristeza. La tristeza del vencido, del que nació con el ánimo elevado que la vida se encargó de aplastar.

Mas ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Es lo mismo que les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.

Lo dicho: Tristeza não tem fim.