Talento

Galería

Lo cuenta el crítico musical Will Friedwald en la magnífica película documental, dirigida por Leslie Woodhead, Ella Fitzgerald: Just One of Those Things (2018).

El avispado productor y empresario musical Norman Granz (1918-2001), quien tenía una visión del jazz y del mundo del espectáculo como nadie, fue el responsable que Ella Fitzgerald abrazara el bebop allá por 1952 y grabara esos maravillosos álbumes con canciones de algunos de los grandes compositores del Great American Songbook como Cole Porter, Duke Ellington, George Gershwin o Irving Berlin.

Granz era un hombre “culto” al que le gustaba especialmente la pintura y mantenía una muy buena relación con Pablo Picasso, a quien había conocido en 1968. Un día le dijo a Ella: Esta tarde he quedado con Picasso, vente y te lo presentaré. Más o menos, cito de memoria. Ella lo miró, sonrió y respondió: Esta tarde no puedo, tengo cosas más importantes que hacer. He de zurcir calcetines.

Y es que cuando se tiene talento es difícil que te la den con queso. Con lo tener talento me refiero a Ella, por supuesto.

______

En la imagen Ella Fitzgerald y Norman Granz sobre 1955 (All About Jazz.com).

Marihuana

Galería

Las drogas han existido siempre y todas las civilizaciones y culturas las han usado para distintos fines: en rituales, ceremonias religiosas y profanas, como medicina y, por supuesto, con objetivos meramente lúdicos. Con el auge de las religiones monoteístas se consideró que estas alteraban la mente y comenzaron a ser demonizadas. En tiempos de la Inquisición se creía que la mandrágora o la belladona –plantas que pueden llegar a tener efectos alucinógenos– eran las que hacían volar a las brujas. Y a la hoguera que iban las pobres. Hasta entonces el consumo de drogas era una cuestión moral. En el siglo XIX, de la mano del Romanticismo, se produce una liberalización de las costumbres y en la prensa de la época encontramos anuncios de todo tipo de sustancias que luego se prohibirían. Entre ellas, por supuesto, la marihuana, que es la sustancia psicoactiva de la que queremos hablar en esta entrada.

¿Por qué se prohibió? Entre otros motivos, están los intereses de la industria textil, que en la década de 1930, tras el descubrimiento de fibras sintéticas como el nailon, el cáñamo –planta de la que se obtiene (aunque la de uso industrial tiene una muy baja concentración de aceites ricos en THC, principal constituyente psicoactivo del cannabis)– el cáñamo era un firme competidor. Pero también el cáñamo industrial se consumía fumado o en infusión. No eran tantos sus efectos pero algo hacía. En mi pueblo, Muro d’Alcoi, al norte de la provincia de Alicante, donde la industria del cáñamo tuvo cierta importancia desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX, en la memoria popular queda constancia de su presencia y de su uso como estupefaciente. Así, la expresión dur un canyamó es una frase coloquial que equivale a decir que uno va “colocado”.

La razón última de su prohibición, no obstante, estriba en que la marihuana tiene efectos liberadores y ello hace más difícil la docilidad y la sumisión. Placer y trabajo, placer y moral, siempre han estado reñidos. No es la ‘salud pública’ la que preocupa, es la del trabajador, que ha de estar en condiciones para producir. El riesgo de la marihuana no puede ser otro que el derivado del hecho de que los consumidores se sientan mejor, más felices, más propensos al placer y más reticentes a las férreas disciplinas laborales a cambio de míseros salarios y los abusos de la autoridad.

Por supuesto, el consumo de la marihuana continuó –y continúa– desde que se prohibió este en 1937 en Estados Unidos (Marihuana Tax Act) y luego fue extendiéndose al resto de países. Harry J. Anslinger, impulsor de la ley, alegaba como razones para su prohibición las siguientes (entre otras).

“Hay unos 100.000 fumadores de marihuana en los Estados Unidos y la mayoría son negros, hispanos, filipinos y artistas. Su música satánica, el jazz y swing, es resultado de su consumo de marihuana. La marihuana hace que las mujeres blancas busquen relaciones sexuales con negros, artistas y cualquier otro”.

“La razón primaria para prohibir la marihuana es su efecto en las razas degeneradas”.

“La marihuana es una droga adictiva que produce en sus usuarios locura, criminalidad y muerte”.

“La marihuana hace que los oscuros crean que son tan buenos como los blancos”.

“La marihuana lleva al pacifismo y el lavado de cerebro comunista”.

“Si fumas un porro, es probable que mates a tu hermano”.

Frases sacadas del artículo “Historia de la ilegalización del cannabis”. Se puede encontrar en internet en diversas páginas.

La prohibición, obviamente, como ya ocurriera con la del consumo de alcohol durante la ley seca, no frenó su consumo. Las razones en que se apoyaba –por mucho que se les haya querido dar después una pátina científica– con el tiempo han mostrado ser injustificadas e indefendibles. Además, desde el punto de vista terapéutico se ha probado que sus efectos beneficiosos para la salud son múltiples. Por ello, algunos países han comenzado a cambiar la legislación al respecto. En Holanda se permite su compra y consumo en pequeñas cantidades a través de los coffee-shops. También en los estados norteamericanos de Colorado y Washington. En Uruguay es legal su venta y cultivo. También en Corea del Norte. Otros países –como Suiza, Alemania, Bélgica, España y Portugal– han despenalizado su consumo, aunque no su tenencia. Y poco más.

Las voces a favor de una legislación más permisiva inciden especialmente en los beneficios de la marihuana con fines medicinales. Pero no es del uso terapéutico de lo que quiero hablar, sino de su uso lúdico. Ese es, en última instancia, el que realmente impide que se legalice la marihuana a todos los efectos. Para defender la libertad de cada uno a consumirla cuándo y cómo le venga en gana recurriré al pensador y filósofo Antonio Escohotado. Conocido por sus posiciones antiprohibicionistas, es autor –dentro de una vasta producción– de Historia general de las drogas (1983, 3 vols.) y El libro de los venenos (1990), un pequeño vademécum personal, histórico y científico de aquellas sustancias comúnmente denominadas drogas.

Escohotado afirma –no solo él, dicho sea de paso– que la toxicidad de la marihuana fumada es insignificante. “No se conoce ningún caso de persona que haya padecido intoxicación letal o siquiera aguda por vía inhalatoria, dato que cobra especial valor considerando el enorme número de usuarios cotidianos”. Y eso que alguna de la que se vende es de dudosa calidad, especialmente la transformada en hachís (la resina). Sin embargo, cuando es de calidad “cabe esperar claros cambios en la esfera sensible. Se captan lados imprevistos en las imágenes percibidas, el oído –y especialmente la sensibilidad musical– aumentan, las sensaciones corporales son más intensas, el paladar y el tacto dejan de ser rutinarios”. Ello nos desinhibe, y cuando alguien se desinhibe se libera de temores. He aquí el “peligro”. Incitar a la persona a hacer cosas que siempre quiso hacer y no se atrevió.

“Como fármaco recreativo –prosigue Escohotado–, la marihuana tiene pocos iguales. Su mínima toxicidad, el hecho de basta interrumpir uno o dos días el consumo para borrar tolerancias, la baratura del producto en comparación con otras drogas y, fundamentalmente, el cuadro de efectos subjetivos probables en reuniones de pocas o muchas personas, son factores de peso a la hora de decidirse por ella. Promociona actitudes lúdicas, a la vez que formas de ahondar la comunicación, y todo ello dentro de disposiciones desinhibitorias especiales, donde no se produce ni el derrumbamiento de la autocrítica (al estilo de la borrachera etílica) ni la sobreexcitación derivada de estimulantes muy activos, con su inevitable tendencia a la rigidez. A esos efectos, el inconveniente principal son los ‘malos rollos’ –casi siempre de tipo paranoide– que pueden hacer presa en algún contertulio. Sin embargo, esos episodios quedan reducidos al mínimo entre usuarios avezados, y se desvanecen fácilmente cuando los demás prestan a esa persona el apoyo debido”. ¿Y si se fuma en soledad? En este caso, dice Escohotado, “el lado a mi juicio más interesante es lo que W. Benjamin llamó ‘un sentimiento sordo de sospecha y congoja’, gracias al cual penetramos de lleno en zonas colmadas por lucidez depresiva. El entusiasmo inmediato, tan sano en sí, suele contener enormes dosis de insensatez y vanidad, que se dejan escudriñar bastante a fondo con ayuda de una buena marihuana. Por supuesto, muchas personas huyen de la depresividad como del mismo demonio, y considerarán disparatado buscar introspección en sustancias psicoactivas. Pero otros creen que convocar ocasionalmente la lucidez depresiva es mejor que acabar cayendo de improviso en una depresión propiamente dicha, cuando empieza a hacer aguas la frágil nave de capacidad y propia estima”.

Concluyendo: la marihuana apenas es tóxica, no nos lleva a la irrealidad (todo lo contrario), agudiza los sentidos, no dificulta la atención ni distorsiona la percepción, incrementa la sensibilidad, nos libera de ataduras, refuerza la introspección (otra cosa es que uno tema enfrentarse a sí mismo), relaja y tranquiliza, desinhibe, no aísla, y, por supuesto, no conduce a la toma de otras drogas que sí son dañinas (o más dañinas; hasta el agua puede ser dañina si toma en exceso).

Servidor de ustedes lleva años fumando habitualmente marihuana. Buena, eso sí. Durante esos años –y entre otras cosas– he escrito y publicado varios libros, he dirigido obras colectivas (entre ellas la Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana, que consta de 18 volúmenes y en la que colaboraron más de doscientas personas) y una revista (Taller d´història), he pronunciado conferencias y charlas, he participado en congresos y seminarios, realizado excavaciones arqueológico-industriales, he trabajado en un museo (el de Etnología de Valencia) y he sido profesor universitario.

Fumar marihuana no me ha impedido llevar a cabo todo ello. Jamás he tenido ningún problema ni nadie ha manifestado la menor queja acerca de mi comportamiento profesional. ¿Qué a usted no le sucede esto? Pues es muy fácil: no fume. Pero que nos dejen en paz a quienes consideramos que es una fuente placer y lucidez que incluso puede llegar a enriquecernos vitalmente. Es una cuestión de responsabilidad individual. Ahora bien, si uno tiene una vida miserable la marihuana no lo solucionará. En este caso, mejor olvidarla.

Me gusta

Galería

Quienes hayan intentado indicar que ‘me gusta’ –lo que se agradece, y mucho– habrán observado que no es posible en mi blog (no es el único, ni mucho menos). Algunos lectores habituales se han dado cuenta de tal circunstancia y me han preguntado acerca de ello. Pues bien. Desactivé la opción. Prefiero no saber a quién le gusta lo que publico. Voy a intentar explicar sucintamente los motivos.

Existen, en WordPress, los ‘me gusta’ que yo califico como ‘de cortesía’, o ‘solidarios’, aquellos que se ponen, que ponemos, a alguien cuya trayectoria más o menos ya conocemos cuando no tenemos tiempo o nos topamos con una entrada cuyo tema nos interesa poco, aunque no su autor. Me parece estupendo que así lo hagamos, que nos apoyemos unos a otros dentro de este complejo, dispar y saturado mundo de los blogs. Nada que objetar, pues. Todo lo contrario.

Algunos compartimos lo que aquí publicamos en otras redes. En mi caso, tengo activados los widgets de Twitter y Facebook. Twitter no lo utilizo para nada, pero sí comparto en Facebook cuantas entradas publico en el blog. Este es, generalmente, el único uso que hago de esta plataforma, terreno propicio a la vanidad y el exhibicionismo. En Facebook no cabe hablar de los ‘me gusta de cortesía’, o ‘solidarios’. La experiencia me dice que son ‘me gusta de intercambio’, es decir me gusta y, por tanto, ahora te toca a ti hacer lo mismo con mi publicación. Como haya un par de veces que no les hayas correspondido ya no hay ‘me gusta’ que valgan. No tengo nada contra la gente que está todo el día conectada a Facebook, cuya primera publicación suele ser un “buenos días” y la última un “buenas noches”, nada en absoluto. Cada uno que use Facebook como quiera, o pueda, y para lo que quiera, o pueda.

Un ejemplo muy clarificador, uno de tantos, acerca de lo que les señalaba es el que sigue. En 2013 yo administraba con otros una página de Facebook titulada Una Pizca de Cine, Música, Historia y Arte (ahora parece ser un blog personal), que abandoné poco después cuando los demás adiestradores me pidieron que me autocensurase al querer compartir en ella un vídeo sobre Donald Trump (Rata de dos patas), pues no debíamos posicionarnos políticamente porque los lectores eran muy diversos. Pues nada. Adiós. Antes de esto, creo recordar que fue la entrada que publiqué en Música de Comedia y Cabaret con motivo del centenario de Édith Piaf, más de 4.000 usuarios de Facebook indicaron que les gustaba o bien la compartieron (ahora en WordPress ya no se indica las veces que una publicación ha recibido un ‘me gusta’ o ha sido compartida en Facebook). En el widget de la plataforma que puede encontrar bajo la entrada figuraba +4k. Bien. La entrada sobre Édith Piaf –acabo de mirar las estadísticas– ha tenido hasta el momento 2.876 visitas. ¿Pero no gustaba a más de 4.000 y fueron centenares quienes la compartieron? No hay tanta gente que me aprecie, siquiera juntado a todos cuantos me hayan conocido durante mis 65 años de vida. ¡Ah! Y los comentarios todos buenos, la mayoría deshaciéndose en halagos hacia la cantante francesa. ¿Y el desfase de cifras?, ¿cómo se explica? Verán. Resulta que antes cuando uno (o una) clicaba en el ‘me gusta’ de Facebook, WordPress lo contabilizaba como una visita. O sea, la mayoría de los que le dieron al ‘me gusta’ no accedieron a la entrada. De ella solo leyeron las pocas líneas que acompañaban la fotografía, no leyeron a la entrada, ni vieron los vídeos. Eso sí, los comentarios reflejaban un enorme interés y conocimiento sobre Piaf. ¿A qué jugamos? ¿A intercambiar cromos como cuando éramos pequeños? Insisto en lo que decía antes: cada uno que use Facebook como quiera, o pueda, y para lo que quiera, o pueda. Yo no quiero hacer amigos, solo promocionar mis cosas. Quien lo entienda bien y quien no también, pero yo me guiaré únicamente por el contenido de las publicaciones cuando entre a compartir (me conecto muy poco). Me niego al intercambio gratuito de ‘me gusta’ a cambio de unas cuantas visitas más o menos.

Nunca creí que diría algo acerca de YouTube más allá de echar pestes, pero me parece muy bien que el que sube un vídeo no sepa la identidad de quienes indican que les gusta. De ese modo no se puede dar esa reciprocidad interesada de los ‘me gusta’. Facebook no permite desactivar esta opción, o bien no sé cómo se hace en caso de que se pueda. Si alguien lo sabe y me lo cuenta se lo agradeceré. WordPress sí, y por eso lo hecho. Aunque, repito, parece estupendo que nos apoyemos unos a otros dentro de este complejo, dispar y saturado mundo de los blogs con los ‘me gusta’ que calificaba como ‘de cortesía’, o ‘solidarios’. Ya nos conocemos, sé lo que me gusta y lo que no, con quien me identifico más y con quien menos, y seguiré clicando en el ‘me gusta’. En Facebook no, pues no sé si pasarme a página o cerrar la cuenta. Me enfada.