Covid-19 y el arte de birlibirloque: saldremos mejores, más solidarios, renovados y cambiados.

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“Más juntos que nunca”, “Juntos lo conseguiremos”, “Saldremos de esta”, “Saldremos adelante”, “Unidos venceremos al virus”, “Salimos más fuertes”… Eslóganes como estos se repiten cual mantra desde todas las instancias e instituciones, y han calado tan profundamente que muchos los reproducen en las redes sociales, convencidos –o abducidos– de que, una vez pase la primera oleada de la pandemia del Covid-19 –¿o acaso alguien duda de que no van a venir más?–, seremos mejores, más solidarios, saldremos renovados y cambiados. Vamos, que el hombre nuevo que debía crear la nueva sociedad comunista nacida de la Revolución soviética será por fin una realidad. Y sin violencia ni confortación alguna con otros.

Tengo dudas, muchas dudas, todas las dudas, pero voy a confiar en que tales afirmaciones no carecen de fundamento, a pesar de no encontrarlo. Voy a suponer que quienes así piensan y tanta confianza depositan en la humanidad y su inmediato futuro tienen razón y yo, pesimista incorregible, nihilista y misántropo, estoy equivocado.

Según el Banco Mundial, “la crisis en marcha revertirá casi todos los avances logrados en los últimos cinco años. […] Entre 40 millones y 60 millones de personas caerán en la pobreza extrema (vivir con menos de 1,90 dólares USA al día) en 2020. […] La tasa de pobreza extrema mundial podría aumentar entre 0,3 y 0,7 puntos porcentuales, hasta llegar a alrededor del 9 % en 2020”. Mas como quiera que no hay dificultad que “todos unidos” no podamos superar, “saldremos adelante”, más fuertes y mejores.

Forbes (11 de abril de 2020), consciente de la necesidad de que estemos “más juntos que nunca”, señala que “las personas más ricas del mundo no son inmunes al coronavirus”. Y añade: “A medida que la pandemia se fue apoderando de Europa y América, los mercados de valores mundiales se desplomaron, arrastrando muchas fortunas. Al 18 de marzo, cuando se finalizó el estudio para esta lista, Forbes contaba con 2.095 milmillonarios, 58 menos que hace un año […]. De los multimillonarios que quedan, el 51% son más pobres que el año pasado. En términos brutos, los milmillonarios de todo el mundo tienen un patrimonio valorado en 8 billones de dólares, lo que supone una disminución de 700.000 millones de dólares desde 2019”. Lo superaremos también, con la buena voluntad de todos. Y conseguiremos, ¡cómo no!, que los más de 1.000 millones de personas todavía carecen de acceso al agua limpia dispongan de la necesaria, que los 2,4 millones de niños que mueren de enfermedades transmitidas por el agua cada año se conviertan en una cifra insignificante, que los aproximadamente 1.000 millones de personas que no saben leer ni escribir hagan ahora ambas cosas con fluidez, que los 6 millones de niños de menos de cinco años que mueren cada año como consecuencia del hambre ahora se puedan hartar hasta la saciedad. Y así todo, pues vamos a salir renovados. ¡Faltaría más!

También la obscenidad (se dice que algo es obsceno cuando ofende al pudor o la decencia, es decir, a la dignidad y honestidad de nuestros actos) desaparecerá de la vida pública. Las excéntricas e impúdicas acciones que hasta el momento han protagonizado los multimillonarios dejarán de existir. Ya no habrá más casos como estos de los que daba noticia el periódico mexicano El Clarinete hace un par de años: “Datta Phuge, un empresario indio, mandó fabricar esta camisa de oro de 22 quilates. Se necesitaron 15 artesanos trabajando durante 16 días, tiene un peso de 3,3 kilogramos y un valor de 242.000 USD. […] Este Mercedes SL600 fue presentado en el salón del automóvil de Dubái en el año del aniversario de la creación del famoso modelo de la marca alemana. El auto está cubierto de diamantes, es propiedad del príncipe saudí (Amir) y cuesta 4´8 millones de USD. […] El millonario jeque árabe, Hamad Bin Hamdan, hizo construir su nombre en el suelo con la intención de que pudiese ser visto desde el espacio; las letras tienen 1 km de altura y 3 km de longitud. […] El conocido magnate ruso Pavel Durov, decidió divertirse un rato lanzando billetes en forma de avión desde una ventana de un edificio de San Petersburgo; los billetes eran de 5.000 rublos (unos 165 UDS). […] Un edificio de 40 plantas y 37.000 metros cuadrados es la vivienda del hombre más rico de la India, el empresario Mukesh Ambani. La vivienda está situada en la calle Altamount de Bombai y, pese a que se desconoce su valor, se presume como una de las viviendas más caras del mundo”. Estamos todos unidos, no lo olviden, y saldremos mejores, no les quepa duda.

Lo mismo ocurrirá con las extravagancias de los personajes famosos. Así, por ejemplo, Rihanna (o Jennifer Lopez, depende de dónde se lea) dejará de pedir que reemplacen los asientos en los baños por unos nuevos antes de entrar a un hotel; a David y Victoria Beckham ni se les ocurrirá volver a gastarse 240.000 dólares decorando la habitación de su hija pequeña o regalar a su hijo Romeo, como cuando tenía dos años, una fortaleza de madera que costó 180.000 euros; la hija mayor de Beyoncé y Jay Z, que aún no ha cumplido 8 años, dejará de vivir rodeada de lujo y caprichos como una cuna en forma de carruaje, biberones con zafiros, una trona con cristales de Swarovski, pendientes con diamantes, un caballito balancín de oro, una Barbie de edición especial decorada con diamantes e incrustaciones de oro blanco o una casita de muñecas que vale más de 25.000 euros, y ya no le organizaran más fiestas de cumpleaños con gastos de 60.000 euros en rosas y 2.000 euros en la tarta, y la hija de Kim Kardashian y Kanye West, que tiene desde los 3 años un vestidor más grande que la casa entera de muchas personas (mide 180 metros cuadrados y está valorado en más de dos millones de dólares) y tiene dos estilistas a su servicio, vestirá ropa de mercadillo. Ni estos ni otros dislates, que he sacado de la revista Elle (25 de julio de 2018), tendrán cabida en ese nuevo mundo que todos juntos, más unidos que nunca, vamos a levantar.

Por fin, pues hemos aprendido de la historia un montón, viviremos dignamente, sin odios ni rencores, sin violencia ni vanas confrontaciones que a nada conducen. Contentos y orgullosos de nuestro ahora recto proceder, saldremos a la calle de paseo, reconoceremos a mucha gente que antes siquiera vimos y, con voz también mejorada, todos a una cantaremos: “¡Viva la gente¡ / la hay donde quiera que vas. / ¡Viva la gente¡ / es lo que nos gusta más. / Con más gente a favor de gente / en cada pueblo y nación / habría menos gente difícil / y más gente con corazón”.

Así será. Ya lo verán. ¿Que cómo? Pues por arte de birlibirloque. Porque, en caso contrario, ya me dirán de qué modo.

Brother, Can You Spare A Dime? (Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?)

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Brother, Can You Spare a Dime? ─que podríamos traducir como “Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?”─ fue uno de los temas más conocidos en Estados Unidos durante la Gran Depresión. Esta férrea canción fue compuesta en 1931 por Jay Gorney, con letra de de E. Y. Yip Harburg, para el musical de Broadway New Americana. Está basada en una canción de cuna que Gorney ─en realidad Abraham Jacob Gornetzsky, nacido en 1894 en Bialystock (actual Polonia, entonces Rusia), de donde huyó tras el pogromo de 1906─ escuchaba cuando era niño.

Los “felices años 20” llegaron a su fin poco antes de terminar la década. El 24 de octubre de 1929 los valores de la Bolsa de Nueva York cayeron en picado y no consiguieron recuperarse. Apenas habían transcurrido diez años desde el fin de la Primera Guerra Mundial y otra vez el mundo parecía caminar hacia el abismo. Esta vez, la hecatombe alcanzaba al viejo y al nuevo continente; es más, Nueva York fue el epicentro del terremoto financiero que colapsó la economía mundial y sumió en la pobreza, la miseria y el desamparo a millones de trabajadores tras arruinar a poderosos capitalistas y a cuantos habían invertido en bolsa. La gente empezó a perder su empleo, sus ingresos, sus ahorros ─lo que valía cien en 1921 costaba diez años después trescientos─ y sus casas. Sucedió hace ciento un años, pero parece sea un déjà vu, ¿no creen?

Entonces, como ahora, los efectos de la crisis económica pronto traspasaron el umbral de los despachos financieros y se dejaron sentir en el conjunto de la población. Largas colas de obreros demandando trabajo y un mayor número de menesterosos pidiendo limosna formaban parte del paisaje cotidiano de las ciudades occidentales. El número de parados aumentaba día a día: a principios de la década de 1930 el 23% de los trabajadores estaban desempleados en Gran Bretaña y Bélgica, el 24 en Suecia, el 25 en Estados Unidos, el 29 en Austria, el 31 en Noruega, el 32 en Dinamarca y el 40 en Alemania.

Muchos se quedaron también sin hogar. Y hubo manifestaciones y otros actos de protesta que, cómo no, se atribuían a agentes comunistas interesados en desestabilizar el sistema. De eso se acusaba, por ejemplo, al Consejo de Desempleados de Harlem, que organizó grupos de defensa para resistir los desahucios. Cuando llegaban los alguaciles para hacer efectiva la orden, decenas, centenares, incluso miles de personas se concentraban en el lugar para impedirlo bajo el lema “Si no hay trabajo, no hay renta”. Los guardias sacaban a la calle el mobiliario, y nada más irse estos, los grupos contra desahucio los volvían a subir al apartamento.

¿Les suena todo esto? Podríamos decir la consabida frase parece que fue ayer, y sí, lo fue, pero hoy la realidad se muestra más terrible todavía. ¿Será verdad que la historia se repite? ¿O es que no cambiaremos nunca y que la codicia, el egoísmo y la indolencia pueden más que el altruismo y la solidaridad? De ahí el desconcierto que nos invade durante esta crisis social que amenaza con ser más cruel aún que la de 1929, el mismo desconcierto que muestra el protagonista de la canción. Está desconcertado. Es uno de tantos que había levantado su fe y esperanza en progreso de su país. Luego vino el crac. No entiende lo que pudo haber ocurrido para que todo vaya tan mal, prosigue. ¿Les suena también?

Bella, triste, melancólica, Brother, Can You Spare a Dime?  finaliza con ira, repitiendo el principio ─Hermano, ¿me das una moneda de diez centavos?─ una octava más alto. Se pregunta por qué las gentes que levantaron la nación, construyeron los ferrocarriles, los rascacielos, lucharon en la guerra, cultivaron la tierra e hicieron lo que su país les pedía se encuentran abandonadas, viven en la miseria. Como ahora, aunque lo peor todavía está por venir. Por todo lo expuesto, he creído conveniente que las imágenes –fragmentos de vídeos de esta misma semana– recogieran la realidad actual de los más desfavorecidos, los que siempre acaban pagando los platos que rompieron otros. La versión de Brother, Can You Spare a Dime? que suena es la que grabó Bing Crosby en 1932, el mismo año de su estreno.

The Golden Age (La edad de oro)

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Este vídeo ha sido calificado para mayores de 18 años por razones obvias, como podrán comprobar si lo ven. Si así lo hacen y lo consideran merecedor de su reconocimiento les agradeceré que pongan un ‘me gusta’ en YouTube. Muchas gracias.

Las 31 fotografías de Joel-Peter Witkin que, acompañadas por la música de Shostakovich, conforman el vídeo, se exhibieron en 1988, con otras muchas más, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), primero, y acto seguido en la Sala Parpalló de la Diputación de Valencia, que por entonces dirigía mi amigo Artur Heras. No pasó nada. Me cuesta creer que si esta misma exposición se presentase hoy no levantara airadas protestas, manifestaciones y denuncias por parte de los veladores morales de nuestros rancios valores, meapilas varios y demás personas de mente biempensante. O igual no. Es posible que ni siquiera se hubiese llevado a cabo ante el temor a este tipo de reacciones. En todo caso, la autocensura no hubiera faltado. Y es que la obra de Witkin se muestra tremendamente actual en los momentos que vivimos.

La llamada edad de oro del capitalismo comprende el período transcurrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta la crisis del petróleo de 1973. Fue esta una época que se caracterizó por un acelerado crecimiento económico (el mayor del siglo) de los países norteamericanos y europeos, una expansión industrial capitaneada por los Estados Unidos –país que durante la Segunda Guerra Mundial no había sufrido daños en su infraestructura industrial, urbana, de transportes y comunicaciones– y basada en el enorme potencial de la tecnología americana (made in America) y la pujanza militar de la ya primera nación del mundo. Este boom económico y la aplicación de la revolución tecnológica iniciada durante la guerra a las necesidades de las personas transformaron por completo la vida cotidiana en los países ricos (y en menor medida también en los pobres).

La crisis de 1973 evidenció los primeros síntomas de que el crecimiento económico sostenido que había caracterizado la economía de los países capitalistas desde la reconstrucción de posguerra llegaba a su fin. Tras convertir Chile, mediante el orquestado golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal, poco más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieron en práctica dicha política en Occidente, lo que nos llevaría a eso que llaman crisis y a un cada vez mayor deterioro del nivel de bienestar social y de continuada pérdida de derechos y libertades. Con el definitivo desmoronamiento de la Unión Soviética (1991) se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Finalizaba victoriosamente la batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). Y de aquellos barros, estos lodos en que nos vamos hundiendo poco a poco.

Así las cosas, las fotografías de Joel-Peter Witkin cobran un especial protagonismo en el momento actual, al igual que la reflexión que él mismo hace acerca de la humanidad en un texto publicado en el catálogo de la mencionada exposición titulado “El porqué de mi obra”:

El ser humano es el único ser vivo con imaginación. Ningún océano, montaña o galaxia tiene capacidad para representarse el destino. Por desgracia, el mundo de hoy se está convirtiendo en sistemas materiales que anestesian la tendencia de todo individuo a forjarse un destino. Es como si nuestros corazones y nuestras mentes hubieran sido bañados en plástico. Mientras tanto, estamos sacrificando nuestro derecho como seres humanos al conocimiento de lo ignoto. El no sentir la necesidad de plantearse en la vida otra ambición que no sea la indulgencia material, supone la gran desesperanza de nuestro tiempo.

Si alguna vez creímos que volveríamos a disfrutar de una nueva edad de oro, si luego ya no lo veíamos tan claro y empezábamos a dudar, mas sin dejar de perder la esperanza, hoy podemos estar seguros de que aquellos tiempos son solo cosa del pasado y nunca regresarán.

En cuanto a la música, que a mi parece de lo más apropiada, se trata del tango del ballet The Golden Age (La edad de oro), que compuso Dmitri Shostakovich en 1930, y es una mirada satírica del cambio político y cultural en la Europa de los años veinte del siglo pasado, años que en muchas cosas nos recuerdan igualmente este incierto y oscuro presente que, presagiando el futuro, es cada día más negro.