Ideales

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¿Os habéis preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia conturbada, cuánto ‘dios’ tuvo que ser sacrificado tal vez? […] Durante demasiado tiempo el hombre ha contemplado ‘con malos ojos’ sus inclinaciones naturales, de modo que estas han acabado por hermanarse en él con la ‘mala conciencia’. […] Los ideales que hasta ahora han existido […] son ideales hostiles a la vida, ideales calumniadores del mundo. […] ¡Qué complaciente, qué afectuoso se muestra todo el mundo con nosotros tan pronto como hacemos lo que hace todo el mundo y nos ‘dejamos llevar’ como todo el mundo!

Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972 (traducción de Andrés Sánchez Pascual).

Cole Porter y el amor

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A servidor de ustedes se la trae al pairo el dichoso Día de San Valentín e incluso le incomoda (hoy he tenido que hacer una larga cola en el horno porque había mucha gente comprando dulces y tartas en forma de corazón). ¡Oh el amor! ¡L’amour! ¿Qué es eso del amor? ¿Algo maravilloso, como dice la conocida canción de Cole Porter Love Is a Many-Splendored Thing? (El amor es algo maravilloso). Sin duda, pero no para todos. ¿Sobeo gratis, que decía un personaje del genial dramaturgo Lauro Olmo en su obra teatral English Spoken? También. Mas a veces no es ni una cosa ni la otra. Ni siquiera gratis, pues el amor también se compra y se vende. Por otra parte, conviene recordar que una cosa es el amor y otra el sexo. Se puede amar una puesta de sol, un dios o un lugar, por ejemplo. Porter amaba París.

El amor ha sido siempre tema recurrente en las manifestaciones artísticas. Ha actuado como motor creativo de creaciones sublimes y también de muchas cursiladas. Mas no es el caso de Porter, uno de los compositores que ha escrito buena parte de las más bellas canciones de amor, del que hoy me he acordado mientras hacía cola en el horno y he decidido dedicarle esta entrada. Lo voy a hacer sin respetar el orden cronológico de las canciones y con cinco vídeos de mi cosecha que ya publiqué en otras entradas anteriores, por lo que –como digo siempre en estos casos– si ven los videos y alguno de ellos les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

“Cuando llega el amor y te lleva a dar una vuelta, C’est magnifique! Cuando cada noche tu amor te abraza fuerte, C’est magnifiue! Cuando se aleja, ¡oh¡, eso es terrible. Mas cuando de nuevo susurra Je t’adore!, ¡oh¡, C’est magnifique!”. C’est magnifique! es una canción del musical de Cole Porter Can-Can (1953), el penúltimo que estrenó en Broadway. Pocos años antes, la crítica –siempre tan perspicaz– consideraba que su carrera estaba acabada y pocos eran quienes apostaban por él. Obviamente, no fue así y resurgió cual ave fénix en 1948 con Kiss me Kate, que se representó más de mil veces ininterrumpidamente, y prosiguió el éxito con Can-Can (se mantuvo en cartel durante casi novecientas representaciones seguidas). La versión que he elegido de C’est magnifique! para el vídeo que les presento es de Kay Starr (1922-2016), cantante estadounidense de música pop y de jazz que alcanzó gran notoriedad en las décadas de 1940 y 1950.

L’amour c’est magnifique, sí, pero también puede ser fuente de sufrimiento, como la soledad que se puede sentir ante el alejamiento de la persona amada. “Soy tuyo hasta la muerte. / Tan enamorado, tan enamorado, / tan enamorado de ti, mi amor / estoy…”, dice el estribillo de la bellísima “So in love” (Tan enamorados), canción perteneciente al musical de 1948 Kiss me Kate, basado en La fierecilla domada, de Shakespeare, que se representó más de mil veces ininterrumpidamente. La versión que vemos es la que grabaron Keely Smith y Frank Sinatra en el álbum Kiss me Kate, número dos de la serie Reprise Musical Repertory Theatre (12 elepés que se grabaron en Los Ángeles en 1963, concebidos y producidos por Frank Sinatra).

Sea lo que sea el amor, decir adiós a la persona de que estamos enamorados es morir un poco, decía Porter. “Siempre que nos decimos adiós / muero un poco. / Siempre que nos decimos adiós / me pregunto por qué / los dioses de allá arriba que deben saberlo todo / piensan tan poco en mí / y te dejan marchar. / Cuando estás cerca de mí / hay un aire primaveral, / puedo oír a un pájaro cantar / que transmite mi sentir. / No hay canción de amor más sublime, / pero qué extraña sensación / cuando paso de tenerte a no tenerte / cada vez que nos decimos adiós.” “Ev’ry Time We Say Goodbay” (Siempre que nos decimos adiós) –canción a que pertenecen estas estrofas– fue escrita por Porter en 1944, estrenándose ese año en el neoyorquino Ziegfeld Theatre dentro de la revista musical Seven Lively Arts. Son Ray Charles y Betty Carter quienes interpretan esta excelente versión de 1961 superpuesta en el vídeo que figura bajo estas líneas a una secuencia de la película de Howard Hawks The Big Sleep (conocida en España como El sueño eterno, en México como El gran sueño y Al borde del abismo en Argentina) que protagonizan Humphrey Bogart y Lauren Bacall, una pareja que vivió el amor intensamente: se casaron en 1945 –él tenía 45 años, ella acababa de cumplir los 20– y permanecieron juntos hasta que Bogart falleció en 1957.

El amor también se compra y se vende. Lo hacen quienes confunden amor y sexo o llevan una vida tan miserable que solo así consiguen unas migajas de cariño y alguien que soporte sus penas. “Amor en venta. / Apetitoso amor joven en venta. / Amor dulce y fresco. / ¿Quién lo compra? / ¿A quién le gustaría probarlo? / ¿Quién está dispuesto a pagar el precio de un viaje al paraíso?”. Son versos de la canción “Love for Sale” (Amor en venta), que compuso Porter en 1930 para su musical The New Yorkers. En ella describe el amor desde el punto de vista de una prostituta durante los años de la ley seca, un “amor en venta: joven y apetitoso”. Durante décadas, las cadenas de radio estadounidenses se negaron a emitir la canción. La versión del tema que he elegido para el vídeo es la que grabó Billie Holiday con su orquesta en 1952 para Clef Records, el sello discográfico de jazz estadounidense que creó Norman Granz en 1946. Las imágenes corresponden a cortes de diversos clips descargados de YouTube.

Decíamos antes que el amor no se circunscribe únicamente a las relaciones entre personas, haya o no sexo de por medio. Cole Porter era un enamorado de Paris. Su canción I love Paris es una ‘declaración’ de amor a la capital francesa, una canción que invita al optimismo, al goce sensorial. Pertenece también Can-Can, musical del que hablé antes. La versión del vídeo es de Zaz –cantante cuya fuerza vocal y frescura transmiten alegría, inyectan vida, como la canción– que ofreció durante el concierto que dio en el festival Jazzopen de Stuttgart el 11 de julio de 2015, con el acompañamiento de la SWR (Radio Alemana del Sudoeste) Big Band y de Rhiannon Giddens, cantante, violinista e intérprete de banjo, estadounidense, con la que se marca un excelente scat.

Que la vida se porte bien con todos ustedes.

E luxo só

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Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Una canción de Ary Barroso (música) y Luiz Peixoto (letra). Barroso fue un compositor brasileño, precursor de lo que podríamos llamar pre-bossa nova. Popularizó la música brasileña con canciones como Aquarela do Brasil, al tiempo que compuso muchas canciones para las películas que Carmen Miranda rodó en Hollywood en las décadas de 1940 y 1950 y que tanto contribuyeron a dar la imagen de un Brasil idílico, ‘tierra de samba y pandero’.

La versión de E luxo só, excelente, que suena el vídeo es de Rosa Passos y pertenece a su álbum Pano pra manga (1996).

Ahora va y me acusan de incitación al odio

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A mí. Al menos eso me dice YouTube, que ha retirado un vídeo que subí porque “infringe nuestra política sobre incitación al odio”. Nada tengo en contra del odio. Es un sentimiento muy humano y me identifico completamente con Bakunin cuando escribe: “Hemos amado demasiado tiempo, ahora queremos odiar. Sí, la capacidad de odiar es inseparable de la capacidad de amar” (Carta a su hermano Pavel: París, 29 de marzo de 1845). Ahora bien, en el caso del vídeo que nos ocupa, interpretar que este vídeo incita al odio es como afirmar que la visión de un antidisturbios incita a la ternura.

Señalan que no está permitido “el contenido que ensalce la violencia o que incite a ejercerla contra personas o colectivos concretos. Tampoco se admite el contenido que fomente el odio hacia personas o grupos por el simple hecho de pertenecer a colectivos vulnerables”. Pues bien. ¿Y qué tendrá esto que ver conmigo?, pensé cuando lo leí. Y en concreto con el vídeo en cuestión con la canción An allem sind die Juden schuld (Los judíos tienen la culpa de todo) y fragmentos de filmaciones de la época sobre el genocidio que los nazis llevaron a cabo contra los judíos, y también contra los homosexuales, los comunistas, los gitanos, los discapacitados físicos y mentales y, en general, contra todo aquel que no comulgaba con el nacionalsocialismo o no encarnaba el ideal racial ario.

An allem sind die Juden schuld (Los judíos tienen la culpa de todo) es una canción que compuso en 1931 Friedrich Holländer (o Hollaender), uno de los mejores compositores de la época dorada del cabaret berlinés durante la República de Weimar, autor también de revistas y música cinematográfica (como la de El ángel azul). Holländer era judío y en marzo de 1933, con el nacionalismo en pleno apogeo, se vio obligado a huir, exiliándose en Estados Unidos, donde continuó su carrera en el cine.

An allem sind die Juden schuld es una canción de contenido político que satiriza el antisemitismo imperante en aquellos momentos en Alemania: ‘De todo tienen la culpa los judíos. Los judíos tienen la culpa de todo’. Hollaender tomó la nelodía de la popular habanera de la ópera de Bizet Carmen (1875) y fue su primera intérprete Annemarie Hase (1900-1971), popular cantante alemana de cabaret y actriz. Tras subir los nazis al poder, se le prohibió actuar a causa de su ascendencia judía. No obstante, se quedó y el mismo 1933 fundó la Liga Cultural Judía. Sin embargo, las cosas se pusieron cada vez más peligrosas y tuvo que marcharse en 1936, trabajando en la BBC británica durante la Segunda Guerra Mundial y regresando a Berlín al finalizar esta.

El vídeo es, por tanto, justo lo opuesto a lo que YouTube afirma. Y no una vez, sino dos, pues este es el segundo vídeo que hago de An allem sind die Juden schuld. Les cuento. Me enteré de todo esto el pasado 27 de enero, día en que se cumplían 75 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. Me di cuenta de la circunstancia y se me ocurrió rescatar la entrada que sobre Auschwitz publiqué hace cinco años, añadiéndole el vídeo (de cuando aún estaba activo mi blog Música de Comedia y Cabaret) con la canción de Holländer. Entonces vi que lo habían retirado por los motivos ya comentados. Dado el tiempo transcurrido, a mi reclamación siguió un ‘no-reply’. Y me puse a hacerlo de nuevo. Esta vez con mejores imágenes (ya domino mejor esto del Movie Maker) y con la letra traducida al español. Lo subí, cliqué en ‘publicar’ y redacté la entrada. Mas cuando fui a insertar el vídeo, ¡toma castaña!, otra vez lo mismo, otra ‘incitación al odio’. Esta vez tenía la posibilidad de ‘apelar’. Apelé. Aún estoy esperando respuesta. Bueno, en realidad no; no creo que llegue.

YouTube empezó hace ocho meses una “nueva política más enérgica” encaminada a “eliminar el odio y el supremacismo”. Imagino que algún algoritmo debe ser el encargado de tal menester, aunque el sitio afirma contar con diez mil empleados que se dedican a revisar vídeos. Y a ver cómo le explicas las cosas a un algoritmo o a uno de esos diez mil revisores cuya perspicacia parece ser aún menor que la de una gallina. No. Van a seguir confundiendo, parafraseando a Pessoa, los callos a la manera de Oporto con el amor.  Y jorobando a muchos más, como a un profesor de historia, rumano, que desde 2006 tenía activo su canal con cerca de 120 vídeos que usaba como material de apoyo para los estudiantes. “Esta cuenta ha sido cancelada debido a múltiples o graves violaciones de la política de YouTube que prohíbe la incitación al odio” es el mensaje que figura ahora al acceder a su canal, que según YouTube “albergaba imágenes de archivo de propaganda nazi”.

Así las cosas, decidí subirlo a Vimeo y publicarlo allí, algo que haría más veces si no fuera porque Vimeo solo te deja subir hasta 500 MB en vídeos a la semana con una cuenta gratuita. Este tiene ya 440.

En fin, aquí tienen los dos vídeos que a juicio de YouTube incitan al odio. El primero el que acabo de subir a Vimeo; el segundo el que ya se encontraba alojado en dicha plataforma. Juzguen ustedes mismos.

La obediencia y el mando

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La obediencia tiene sus alegrías: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

El primer móvil auxiliar de la obediencia que percibe el espíritu es el instinto de conservación […]. Estamos acostumbrados a considerar la desobediencia –en la escuela, en el ejército, en la ley– abundantemente provista de sanciones. […]

Dostoievski habla de individuos ‘a quienes su naturaleza apacible e indolente destina a una mendicidad perpetua… Por decirlo así, han venido al mundo a condición de no emprender nada por sí mismos y carecer de voluntad propia y, así, de vivir como títeres de cualquiera. Su misión en este mundo se reduce a ejecutar las órdenes de otros’. Y Augusto Comte escribía ya: ‘La despreocupada seguridad y la irresponsabilidad total propias de la existencia servil llegan a hacerla soportable largo tiempo, y a veces incluso deseable’. […]

Bryce advierte que la razón principal de la obediencia a las leyes reside simplemente en la indolencia. ‘Por ello, una voluntad enérgica e infatigable llega ser a veces un poder tan formidable, casi una fuerza hipnótica’. ‘La indolencia es precisamente la que hace a los desheredados tan conservadores como los propietarios; aquellos se aferran a sus miserias familiares con casi tanta tenacidad como otros a sus privilegios’ (Aldous Huxley).

‘¿Qué sabes hacer?’, preguntan a Diógenes, apresado y vendido por unos piratas. ‘Mandar hombres’, responde; y añade, dirigiéndose a su interlocutor: ‘Pregunta si hay alguien que quiera comprar un dueño’. […]

‘Hecho demostrado por una larga serie de observaciones es el afán más o menos vivo que impulsa a cualquier hombre a dominar a todos los demás’ (Saint-Simon). Y su discípulo Enfantin confiesa francamente: ‘Por necesidad y por gusto, y hasta diría por pasión casi, me siento hombre de poder más bien que de libertad’. Marat afirmaba ya: ‘El afán de dominio es algo natural al corazón humano y, sea cual fuera el aspecto que asuma, siempre aspira a predominar’ […].

[Al niño, desde que nace] ‘Ora se le mece o lisonjea para apaciguarle, ora se le amenaza o pega para hacerle callar. O hacemos lo que le place o exigimos de él lo que nos place; nos sometemos a sus caprichos, o bien le sometemos a los nuestros. No hay término medio: ha de dar órdenes o recibirlas. Sus primeras ideas son las de dominio y sujeción’ (Rousseau). […]

Annenkov describe así a Marx en su madurez: ‘Notable moralmente como tipo de hombre compuesto de energía, voluntad e inquebrantable convicción, Marx no era menos interesante en el aspecto físico. Cabellera negra y abundante, manos cubiertas de pelo, chaqueta abotonada al través, parecía un hombre en posesión del derecho y del poder de imponer el respeto, a pesar de lo singular de su porte y de sus gestos. Sus movimientos eran torpes, pero llenos de valor y de seguridad. Sus maneras resultaban opuestas a toda etiqueta, pero arrogantes y un tanto desdeñosas. Su voz, tajante y metálica, armonizaba de modo extraño con los categóricos juicios que formulaba acerca de los hombres y de las cosas. Hablaba solo en términos imperativos, sin tolerancia alguna hacia la contradicción, y en un tono cuya vivacidad me chocaba casi dolorosamente. Este tono expresaba el firme convencimiento acerca de su misión: dominar a los espíritus y dictarles leyes. Ante mí erguíase un dictador democrático…’.

Los biógrafos de Bakunin describen a sí mismo a este –a pesar de su doctrina contraria a la autoridad– como hombre concluyente y de temperamento autoritario. Y ello no es monopolio del sexo masculino. Benjamin Constant anota en su Diario íntimo: ‘Mme. de Staël se encuentra hoy en Ginebra. Bonstetten, Schlegel, Sismondi y yo hemos comido cual escolares sin tutela. ¡Singular mujer! Su dominio, inexplicable, es, sin embargo, verdaderamente real en cuanto la rodea. Si supiera gobernarse a sí misma, gobernaría al mundo’.

Así, a la voluntad común de poder hay que añadir, en ciertos individuos, rasgos diferentes cuyo conjunto puede ser denominado temperamento autoritario: convicción, confianza en sí mismos, orgullo, impaciencia para las resistencias, desdén, quizás. […]

Quien sabe mandar, afirma Nietzsche, halla siempre a quienes han de obedecer. […]

No podemos dejar de señalar la existencia de una categoría de hombres poco numerosa, pero psicológicamente interesante: la integrada por quienes no revelan disposición para la obediencia, pero tampoco afán de mando. ‘Siempre he despreciado mezclarme a un rebaño, siquiera para ser jefe, y aun cuando se trate de una manada de lobos. El león vive solo, y eso es lo que hago’. Así dice un personaje de Byron. Pero Chateaubriand escribe, hablando de su juventud: ‘Yo no podía contar con los amigos fáciles que proporciona la fortuna, por cuanto ningún provecho cabía obtener de un pobre pilluelo sin dinero para sus gastos corrientes; pero tampoco me incorporé a ninguna clientela, puesto que odio a los protectores. En los juegos, no pretendía dirigir a nadie, pero tampoco quería ser mandado. No servía ni para tirano ni para esclavo, y así he permanecido’. […]

Nos limitaremos a afirmar que tal repugnancia a servir y a ser servido conduciría lógicamente a la soledad, o bien a asociarse únicamente con quienes comparten la misma aversión, de lo cual no se dan apenas ejemplos. […] Basta decir que hay hombres de sensibilidad viva cuyo amor y franqueza se han visto pagados con la vejación y la lisonja, y a quienes su decepción aleja tanto de la disciplina como del mando. […]

La obediencia tiene sus inconvenientes: el del libre albedrío individual limitado o contrariado; el del esfuerzo y su anonimato; el del esfuerzo ignorado y considerado como algo natural; el de los reproches, merecidos o no, de las sanciones; el de saberse artífice oscuro de los éxitos y culpable de los fracasos y reveses.

Pero también tiene sus alegrías la obediencia: la del elogio y la recompensa; la de la despreocupación infantil, experimentada nuevamente en la madurez; la alegría de la confianza, de la seguridad plena procurada por el padre o el jefe; la de identificarse a este y, así, ser poderoso en él, triunfar con él, estar orgulloso de sí mismo al estarlo él; la satisfacción de ser nosotros gracias a él; la alegría apacible de la sumisión a la regla y del conformismo colectivo. […] Alegría de andar al mismo paso que el vecino y que todos los demás, alegría de ser una de las patas de un enorme y aterrador milpiés, alegría de ser comparsa en un ballet o un drama bien organizado y consagrado a la gloria.

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Maurice Marsal: “La obediencia y el mando”, capítulo III de su obra La autoridad (1971, primera edición tanto en francés como en español).