A cada uno según sus necesidades

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“La vida, dicen, se ha desarrollado gradual-mente del protozoo al filósofo, y este desarro-llo, aseguran, es sin duda un progreso. Por desgracia, todo esto lo asegura el filósofo, no el protozoo”.

La cita está extraída del libro de Bertrand Russell Misticismo y lógica (1919) y si la traigo a colación es por analogía con el diálogo que de Pierre Leroux que reproduzco a continuación. Está saca-do del del libro de Dominique Laporte Historia de la mierda (primera edición, en francés, 1978; en español, 1980), concretamente del apartado “A cada uno según sus necesidades”, que cierra el libro. Se publicó originalmente en 1850, en el número 1 de la Revista del Orden Social y es una “fábula mimada y escenificada de la ciencia burguesa resistiendo socarronamente a la ciencia proletaria” (Lapierre) en el que nos ofrece con el personaje del yo una parodia del lysenkismo (Trofim Lysenko fue el inspirador de la doctrina oficial soviética en todo lo relativo a la biología). Y es que “toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor.” (Ivan Illich: La sociedad desescolarizada, 1971). Bien, vamos con el diálogo.

EL SABIO. ─ ¡Y bien!, ¿ignora usted que la orina contiene 933 partes de agua por 1.000?

YO. ─ No, no lo ignoro.

EL SABIO. ─ ¿Y no concluye nada de ello?

YO. ─ ¡Qué quiere usted que concluya si invalida mi opinión!

EL SABIO. ─ Me parece, sin embargo, que la conclusión es bien simple. Si de 1.000 partes hay en la orina 933 de agua, debería, ante todo, suprimir en su estimación 933 de ellas. Le quedarían entonces 67 partes de diferentes sales, incluida la urea. Usted supone que un hombre da como media 730 litros de orina al año. Saque la proporción: 1.000 : 67 = 730 : x; eso le dará

es decir, alrededor de 49 litros de materias útiles. ¿Cómo quiere usted que un hombre reproduzca su sustancia anual con 49 litros de distintas sales más un poco de urea?

YO, riendo.─ ¡Ah! ¿Así es cómo razonáis, vosotros, los químicos?

EL SABIO, acalorándose.─ ¡Está usted loco!, querido. ¿Sabe usted cuántos hectólitros de abono de materias fecales secas y pulverizadas se necesitan para abonar convenientemente una hectárea de tierra?

YO.─ Dígamelo.

EL SABIO.─ Veinte. Y no puede usted negar que hace falta al menos una hectárea de tierra fértil para alimentar a un hombre.

YO.─ Es muy cierto que, como media, una hectárea de tierra alrededor de las grandes ciudades produce en bruto unos 1.500 francos, lo cual supone 500 francos de producto neto. Tres cuartas partes de los franceses disponen de mucho menos para mantenerse. Pero, no importa, estoy de acuerdo en que en el actual estado de la agricultura hace falta una hectárea de tierra buena y bien cultivada para alimentar a un hombre; es decir, para satisfacer todas sus necesidades primarias.

EL SABIO.─ Y bien, ¿con qué puede usted fertilizar esa hectárea de tierra? Acabamos de ver que hacen falta 20 hectólitros de estiércol pulverizado para una hectárea de tierra y usted no tiene más que 49 litros de materias útiles procedentes de la orina, más las materias fecales.

YO.─ Ciertamente, razonando como vos, me vería en apuros.

EL SABIO.─ Y, ¿cómo razona usted, pues?

YO.─ Dígame usted ahora, ¿sabe cuánta agua entra en la leche?

EL SABIO.─ Lo he olvidado.

YO.─ Bien, entra precisamente tanta agua como en la orina. Ahí tenéis el análisis de Berzelius. La leche de vaca descremada contiene 92’875 partes de agua, de cada 100. El resto se compone de caseína, 2’600; azúcar lácteo, 3’500; ácido lácteo y lactosas, 0’600; sales alcalinas solubles, 0’185; fosfato de cales, 0’230. La leche no descremada contiene algo menos de agua, pero la diferencia no es grande: 87’6 de agua por cada 100 partes. ¿Quiere saber usted la composición de la leche de la mujer? La leche de la mujer contiene, según M. Payen, de cada 100 partes: mantequilla, 5’18; caseína, 0’24; residuo sólido de leche evaporada, 7’86; agua, 85’80. Me ha dicho usted que de cada 100 partes la orina contenía 933 de agua. Yo le respondo a usted que la leche contiene de 85 a 92 partes de agua; es decir, que de 1.000 partes encierra de 850 a 920 de agua. Ve usted claramente la leche tiene tanta agua como la orina. Si alguna diferencia hay, al menos es bastante ligera. He aquí una relación entre la orina y la leche que usted no había tenido en cuenta.

EL SABIO.─ ¿Y qué conclusión saca usted?

YO.─ Permítame que sea ahora yo quien le diga: ¿está usted loco, querido, o qué? Teniendo la leche tanta agua, ¡cree que es nutritiva!, ¿no? ¡Imagina usted que los niños de los hombres y los cachorros se alimentan con leche! ¡Quimeras!

EL SABIO.─ Desde luego, no sé qué contestar. Es cierto que la leche contiene tanta agua como la orina y, sin embargo, es nutritiva, y el agua no tendría los mismos efectos.

YO.─ Cuando usted bebe un vaso de leche bebe prácticamente agua y, sin embargo, alimenta.

EL SABIO.─ Sí que es cierto, me bebo un 92% de agua cuando bebo leche de vaca, según Berzelius.

YO.─ Y cuando su bebé chupa el pezón materno, chupa un 85% de agua, según Payen. Y vive de un modo encantador su bebé. Y, por mi parte, yo aconsejaría a su madre, como partidario que soy del doctor Loudon, que le nutriera así durante dos o tres años, hasta que el aparato dental estuviera bien formado. Las 85 partes de agua, combinadas con las 15 restantes, le darán sangre, músculos, nervios, huesos; en fin, todo lo necesario para obtener un hermoso muchacho.

EL SABIO.─ Hay que convenir en que la química de la Naturaleza es admirable.

YO.─ ¡Y que su química, o al menos la ciencia general, que de ella saca usted es bien estúpida!

EL SABIO.─ ¿Qué quiere usted decir?

YO.─ Lo que acabamos de decir, ¿no es también cierto para el vino?, ¿no contiene también el vino mucha agua?

EL SABIO. ─ Mucha.

YO.─ Mire, un excelente Bordeaux. De 100 partes de su volumen solo 15 son de alcohol. ¿Impide ello que el Burdeos sea vino o que produzca los efectos que produce?

EL SABIO.─ No.

YO.─ Y ¿cómo no habéis pensado que con la orina podría suceder lo mismo que con la leche o el vino?

EL SABIO.─ Estoy de acuerdo en que si usted quiere mostrarme un ser que bebiera orina del mismo modo que nosotros bebemos leche o vino y en quien ello produjera sangre, músculos, nervios, huesos, no tendría nada que decir.

YO.─ Una preciosa confesión y se la he tenido que arrancar con la fuerza de la verdad. Pues sí, esos seres existen.

EL SABIO.─ Muéstremelos.

YO.─ Hay que escribir un libro sobre el que hace mucho tiempo estoy pensando, pues nuestra ignorancia al respecto me parece insoportable. Pero, convenga usted en que si no viera diariamente alimentar a los niños con leche o a los hombres exaltando sus fuerzas con el vino, no creería en ello, ¡contienen tanta agua!

EL SABIO.─ Aunque usted no ha respondido a mi objeción respecto del estiércol pulverizado.

YO.─ El estiércol pulverizado lo han hecho los químicos, según sus principios, según sus ideas, de acuerdo con su credo: por tanto, es un absurdo.

EL SABIO.─ ¿No cree usted en la química?

YO.─ Creo en la Naturaleza. Shakespeare (sic) dijo: ─Entre la tierra y el cielo hay muchas más cosas que las que los sabios imaginan─ digo lo mismo que Shakespeare (sic).

Lo que España necesita: a mí

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‘España necesita un gobierno’ es una frase repetida hasta la saciedad estos días, estos meses más bien, por la práctica totalidad de los dirigentes políticos de este país. Cada uno matizará cómo ha de ser ese gobierno y cuáles sus tareas, pero todos, sin excepción, coincidirán también en que solo él, ella o la opción política que represente, ha de ser la que lo forme o conforme.

Uno ya no sabe si quien habla es un mesías o un político. Todos parecen estar ungidos por el espíritu de la verdad. Pródigos en axiomas, que los medios ‘de comunicación’ se encargan constantemente de difundir (cacatualidad), solo ellos saben cuál es el recto camino y a qué dioses del Olimpo –ahora con sede en Bruselas– nos debemos encomendar. Y es que, como dijo Gorki, “no hay peor veneno que el poder”.

‘Nada es tan peligroso para la moral particular del hombre como el hábito del mando’, escribió Bakunin en su obra Federalismo, socialismo y antiteologismo (1868). Ya sea el mejor, el más inteligente, el más desinteresado, el más generoso o el más puro, “se echa a perder infaliblemente y siempre en el ejercicio de tal misión”.

Habla Bakunin en dicha obra de dos sentimientos que son inherentes al poder: ‘el menosprecio de las masas populares y la exageración del propio mérito’. Así, decía Pedro Sánchez en julio: ‘La única alternativa posible es la de un Gobierno socialista, quienes han querido los españoles que lidere’. Veamos unos pocos ejemplos más buscados al azar y todos de este año (2019): ‘La libertad y la convivencia solo llegarán en Cataluña si Ciudadanos gobierna España’ (Inés Arrimadas en La Sexta Noche, 23 de febrero). ‘Solo nosotros garantizamos el cambio necesario en España y esto no lo duda nadie’ (Pablo Casado, El Independiente,11 de noviembre). ‘Solo nosotros podemos salvar España’ (también Casado tras el debate electoral televisado del 5 de noviembre). ‘Solo nosotros podemos lograrlo’, ‘somos los únicos que tenemos proyecto, equipos y presencia territorial’ (de nuevo Sánchez, noticia de EFE sobre un mitin en Pamplona el 1 de noviembre).

¿Qué nos están diciendo? Pues que ‘las masas, reconociendo su incapacidad de gobernarse, me han elegido como jefe suyo [y], con ello, han proclamado claramente su inferioridad y mi superioridad, […] soy el único capaz de dirigir los asuntos públicos. El pueblo me necesita, no puede prescindir de mis servicios, en tanto que yo me basto a mí mismo; en su propio provecho ha de obedecerme; y yo, al dignarme mandarlo, no procuro sino su bienestar’, nos aclara Bakunin, quien concluye:

‘Hay para perder la cabeza y el corazón también, y para enloquecer de orgullo, ¿no? Así es como el poder y el hábito del mando se convierten, incluso para los hombres más inteligentes y virtuosos, en una fuente de aberración intelectual y moral al mismo tiempo’.

Y de este modo llegamos al ‘todo es lo mismo’. Todo se ha reducido a un único caldo universal, a la disolución del individuo en la masa. ‘El presente pertenece a la plebe. Como la plebe ha aprendido a creer sin razones, ¿quién la va a disuadir de sus creencias con razones?’ (Nietzsche).

Queda, no obstante, parafraseando al pensador alemán, el valor del solitario, el valor del águila, ese valor que ya no puede ser contemplado por ningún dios. Y a eso me aferro. Soy humano, necesito creer en algo, confiar en la resistencia del individuo contra las formas de poder, de su abuso y arrogancia. Por eso si algo realmente necesitamos es preservar la autonomía de nuestro pensamiento. Como hizo Diógenes de Sinope allá por el siglo IV a.C. Diógenes, que vivía en un tonel, dicen, recibió la visita de Alejandro Magno, que había oído hablar de él y deseaba conocerlo. ‘Dime lo que quieres y te lo conseguiré’, le dijo Alejandro. ‘Pues apártate del sol, que me haces sombra’, respondió el filósofo.

Nuestras libertades y nuestras vidas

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Las palabras que siguen son del historiador británico E. P. Thompson (1924-1993) y corresponden al artículo que publicó en 1982 en la revista New Society “The Heavy Dancers”. En 1985 se publicó de nuevo, junto a otros artículos suyos, en el libro homónimo (The Heavy Dancers), traducido al español en 1987 con el título Nuestras libertades y nuestras vidas. A pesar del tiempo transcurrido, las ideas de Thompson no han perdido ni un ápice de actualidad; más bien al contrario.

***

Todos tenemos opiniones. Todos estamos de acuerdo en que los demás tienen derecho a sus propias opiniones. Incluso estamos de acuerdo en que pueden tratar de hacernos cambiar de opinión y en que tienen derecho a manifestarse en la calle con sus pancartas.

Pero, ¿de qué modo cambian las ideas y opiniones? ¿Cómo pueden las opiniones surtir efecto en la política, en el poder? […]

Siguen naciendo ideas nuevas, pero o bien son recuperadas en un ‘consenso’ manipulado o empujadas hacia el margen de la vida pública, donde la gente todavía puede manifestarse con pancartas en las manos, pero a estas jamás se les permitirá tocar las palancas del poder. […]

En primer caso me refiero a todas las personas que trabajan en los laboratorios del espíritu y de la mente […]. Hasta hace poco estas personas nunca fueron excluidas del discurso de la nación, […] aunque es verdad que el discurso era estrecho y limitado por el sistema de clases, y que la mayor parte de la nación se quedaba en la calle, escuchando a través de las ventanas.

Pero los medios de comunicación que utilizaban estos artesanos intelectuales no requerían un capital inmenso para comprar un periódico o tener acceso –con permiso– a la radio o la televisión. La imprenta pequeña, el púlpito, el escenario: nada de todo esto se hallaba fuera de su alcance. […]

Estas voces no se limitaban a preguntar el cómo de las cosas: ¿cómo fijamos las leyes del trigo?, ¿cómo solucionamos el problema de los pobres? También preguntaban el porqué y el dónde. ¿Por qué –y en qué medida– debemos permitir que el estado tenga poder sobre los ciudadanos? ¿Adónde nos lleva el industrialismo?

Hoy día apenas plantear estas preguntas en el ruedo central de la ‘política’. Todavía podemos formularlas, pero se las mantiene fuera de allí, en los márgenes. Esto se debe en parte a nuestros asombrosos avances tecnológicos. Gran parte de la prensa popular está comprada, y con ella lo está también cierta parte de la mente pública. […]

Todo discurso político tiene que dar por sentado que estamos de acuerdo en la necesidad del crecimiento económico y que el único problema estriba en encontrar el partido político más capacitado para conseguirlo. Pero a lo largo y ancho del mundo la gente hace preguntas sobre el porqué y el dónde. ¿Tenemos derecho a seguir contaminando este planeta que da vueltas? ¿A consumir y agotar los recursos que necesitarán las generaciones futuras? ¿No sería mejor el crecimiento cero, si pudiéramos dividir el producto de forma más juiciosa y equitativa?

Estas preguntas no pueden hacerse en los marcos a los que aludía antes. No son preguntas ‘políticas’ apropiadas. Esto se debe a la arrogancia insufrible de los principales partidos políticos. Hace mucho tiempo tuvieron la audacia, valiéndose del control parlamentario de la radio y la televisión, de confiscar para ellos mismos esta parte de la vida intelectual de la nación. La política fue definida como política de partidos y luego se la repartieron desigualmente, entre ellos. […]

He hablado de otra área innovadora de la que nacen las ideas nuevas. Me refiero a la tradición de la ‘disidencia’ popular. […]

A la larga, algunas de las acciones más humanitarias de la vida de nuestro país nacieron de esta cultura alternativa. […]

Pero siempre que esta cultura alternativa ha estado a punto de tocar el poder, ha sufrido una crisis de identidad. La razón misma de su existencia ha sido resistirse al poder, rechazar sus pretensiones e intrusiones. Y el poder –o el establishment– dispone de recursos inagotables para halagar al que ocasionalmente se concede un lugar en los rituales del poder.

Esto no es imaginario. Ha sucedido una y otra vez y continúa sucediendo. De este modo la ‘disidencia’ política se va atrapada en una dicotomía. Existe para protestar y para luchar de maneras alternativas. Si acepta un lugar entre los medios de comunicación oficiales, entonces cae dentro de los marcos consensuales oficiales. Peor aún: puede que, al permitir una breve imagen de protesta ‘airada’, parezca demostrar que la opinión es libre en este país: puede dar legitimidad al asesinato a gran escala de laopinión libre que se está perpetuando por doquier.

[…] No se trata solo de que las preguntas que normalmente se formulan dentro de los marcos oficiales prejuzgan los problemas, pues se refieren únicamente al cómo.  Se trata también de que estas preguntas mismas se enmarcan y ajustan cuidadosamente: solo pueden hacerse las preguntas apropiadas sobre el cómo, y deben hacerse del modo apropiado. […]

Existen rigurosos procedimientos para seleccionar a las personas que aspiran a ocupar cargos importantes en el funcionariado y se excluye de los mismos a las que albergan opiniones independientes o llevan una vida que no se ajusta a los convencionalismos. De esta forma se preselecciona para los altos cargos del estado únicamente a las personas que subordinan a las razones del poder y que se resisten a las innovaciones. Es un tamiz que se utiliza para tener la certeza de que a la cumbre solo llegarán las personas de espíritu mezquino y poco originales. […]

Estas personas no elegidas y seleccionadas por ellas mismas se arrogan poderes que dejarían atónitos a nuestros antepasados. Se supone que solo ellas pueden determinar en qué consiste el ‘interés nacional’ e invocar el temible imperativo de la ‘seguridad nacional’. Con ello prolongan en el presente las tradiciones de una antigua élite imperial y antidemocrática. […]

Vivimos en tiempos anormales. Nunca ha estado la civilización más cerca del final de trayecto, con tanta acumulación de poder destructivo, con unas defensas espirituales tan dispersas y confusas. […]

Con frecuencia, en la historia, es cierto, la ‘normalidad’ de una época que parece absurda al cabo de unos decenios. Los que vivían holgadamente, eran poderosos y creían ser actores no eran más que marionetas cuyos brazos y cabezas eran movidos por otros hilos.

Esos felices estúpidos

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Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han ocupado (u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados. […]

No resulta difícil comprender de qué manera el poder político, económico o burocrático aumenta el potencial nocivo de una persona estúpida. […] Los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la lógica de un malvado. Las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. […]

Se pueden prever las acciones de un malvado, sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden preparar las oportunas defensas.

Con una persona estúpida […] es absolutamente imposible. […] Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmando. […]

La persona inteligente sabe que es inteligente. El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto está penosamente imbuido del sentido de su propia candidez. Al contrario que todos estos personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido no está inhibido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciousness. Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimiento y sin razón. Estúpidamente.

Carlo. M. Cipolla: Fragmento de “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, en Allegro ma non troppo, 1988.

La religión, el Estado, el estercolero

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Si los hombres fueran creyentes, sabios, religiosos, en lugar de reírse, como hacen, del socialismo, profesarían con respeto y veneración la doctrina del círculo. Cada uno recogería religiosamente su estiércol para dárselo al Estado; es decir, al preceptor, a guisa de impuesto o de contribución personal. La producción agrícola se vería inmediatamente doblada y la miseria desaparecería del globo.

Nada impediría que se hiciera un libro entero con los escritos de Pierre Leroux para darlo inmediatamente a leer como una ficción pariente del Gran Misterio. Esas líneas, sin embargo, han sido escritas y firmadas por Pierre Leroux, en 1850, en el número 1 de la Revista del Orden Social, que no pasaba por publicar relatos de Swift. Se inscriben en un amplio conjunto: en 1847 Leroux había publicado el Prospectus d’une Colonie agricole fondée sur un nouveau moyen de subsistance; luego, en 1849, una crítica, algo simplona, de Malthus, titulada Malthus y los economistas, o ¿habrá siempre pobres?, y, obra capital del género, la sorprendente Carta a los Estados de Jersey sobre un medio de quintuplicar, por no decir más, la producción agrícola del país (Londres-Jersey, 1853). Más conocido por su obra De l’Humanité, en la que intentaba resumir “las religiones positivas” en una supra-religión de la humanidad, esa “gran palabra” que las engloba todas, Pierre Leroux habrá demostrado que nadie se sacrifica al culto de la humanidad sin que le conduzca una visión cósmica del mundo, en la que se encuentra incluida como motor la relación del sujeto con su mierda; hasta el punto que es raro encontrar una manifestación tan patente como esta, que pertenece al autor de una obra que al fin y al cabo ha dado nombre a la institucionalización periodística de las representaciones mesiánicas del proletariado, en la gran tradición cósmica que persigue todavía hoy la prensa a través de los titulares de sus periódicos. Religión de la humanidad y culto de la necesidad se iluminan, en su evidente conexión, al ser referidas con la proximidad en que históricamente se han encarnado, en la obra de un hombre cuya parte esencial se su vida militante se consagró a convencer a sus contemporáneos de que se podía abolir para siempre la miseria, satisfacer las necesidades de todos, si se conseguía que cada uno regalara al Estado su mierda.

Lo insensato sería no atreverse a pensar que no se trata ahí de otra cosa más que de la verdad literal, la statolatría que mantiene hoy en día en el torno de la concentración a millones de sujetos, la imagen revelada de la rigurosa homología, que mantiene unidos los discursos “obscenos y feroces” del Estado-tirano y del Educador todopoderoso y regula su conducta común frente a su progenitura que, a falta de la férula del maestro, se embadurnarían mutuamente la cara con la propia mierda antes que regalarla.

En efecto, el totalitarismo habla así: “Recoge religiosamente tu estiércol y dalo como fruto de tu trabajo al Estado que te quiere bien, sepárate de esta mierda y recibirás de mí, en recompensa, la satisfacción de todas tus necesidades, te colmaré de mis regalos y nunca te faltará de nada”. […]

Se sabe que Malthus sostenía la tesis de que había una tendencia natural en la población a aumentar en proporción geométrica opuesta a la tendencia de los medios de subsistencia, que solo crecen en una proporción aritmética. De ahí la consecuencia fatal de iría agravándose hasta tal punto que “al cabo de dos siglos la población estaría, respecto a los medios de subsistencia, en una relación de 256 a 9’’ si no se ponían en funcionamiento los medios “para impedir que el crecimiento del capital sea menor que el de la población” (Mill). Los economistas respondían, en general, a esta alarma, recomendando, como se decía entonces, la “prudencia conyugal” y las costumbres fanerógamas de la escuela falansteriana, que suponían la esterilización de dos tercios de las mujeres.

Pierre Leroux responde de muy distinta forma, avanzando que, por naturaleza, “el hombre es reproductor de su propia subsistencia”: “me ha sido dado, dice en su carta a los estados de Jersey, oponer a la ley de Malthus la verdadera ley de la Naturaleza. Esta verdadera ley de la Naturaleza es lo que yo he llamado, por alusión a la circulación de los economistas, círculo natural o circulus”. Se trata, en efecto, de un círculo en el que el hombre está en posición de satisfacer sus necesidades cuando “hace sus necesidades”:

“He probado, pues, continúa, que la naturaleza ha establecido un círculo cuya mitad se llama producción y la otra consumición; una de estas dos mitades no existe sin la otra y una es igual a otra; y que este círculo constituye la vida fisiológica de cada ser e incluso de cada órgano en cada ser: Nutrición y Secreción. […]

Que estas secreciones son realmente, desde el punto de vista de la naturaleza, el precio de su subsistencia, siendo destinadas a otros seres de igual forma que las secreciones de otros seres le son destinadas a él. […]

He probado:

Que, por tanto, es soberanamente injusto achacar a la naturaleza los males actuales de la sociedad y decir como Malthus que ‘la naturaleza misma condena a muerte al hombre que no tiene su cubierto en el banquete de la vida’; es decir, aquel cuyos servicios son inútiles económicamente hablando.

Que el más miserable de los proletarios, que muere de hambre en nuestras ciudades, porque se le niegan las migajas de este banquete, no muere de hambre por culpa de Dios, puesto que este cuerpo que muere a falta de nutrición es un admirable laboratorio y una obra de Dios tan perfecta que todos los poderosos de la tierra, unidos a todos los sabios, no podrían producir artificialmente la riqueza útil que él produce.

Sino que este hombre que tenía por sí mismo el derecho a la vida y que para ella estaba dotado, muere, porque el círculo conocido de economistas, al excluirlo de su relación necesaria con la tierra, ha destruido el círculo natural.

Que, en una palabra, por naturaleza, cualquier hombre es a la vez productor y consumidor y que si consume, produce.”.

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“La religión, el Estado, el estercolero” es un apartado del capítulo “Digo lo mismo que Shakespeare (sic)”, del libro de Dominique Laporte Historia de la mierda (primera edición, en francés, 1978; en español, 1980).

Mi vecino, el Open Arms y la señora Calvo

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Entraba en casa y me encuentro a un vecino en el portal. Cuánto tiempo, cómo va y otras frases similares y habituales dan paso a un comentario suyo sobre los migrantes bastante desafortunado. Viene a decir que estos no son náufragos y que en realidad van a buscarlos. Lo ha ‘visto’ en la tele, aclara cuando le pregunto algo así como ¿qué cojones dices? Llega el ascensor y me subo. Eso sí, con un poco más de mala leche. Me acuerdo entonces que un día me dijo que en las elecciones de 2015 –en las últimas ni lo sé ni me importa– había votado a Podemos para las Cortes valencianas y a Compromís para el Ayuntamiento de Valencia. Eso me dijo. Si no fue verdad, tanto me da que me da lo mismo.

¿Y al capullo este que mosca le ha picado ahora?, pienso. Ya en casa busco en internet noticias sobre el Open Arms. Tecleo en Google ‘Open’ y como sugerencias de resultados de búsqueda aparecen en segundo lugar, tras ‘Open Arms’, ‘Open Arms mafia’. Acabáramos. No refugiados, ni humanidad, ni tragedia, no. Mafia. Acojonante.

Luego hago clic en ‘Última hora’ y me encuentro unas declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Carmen Calvo, que acaban de rematarme. Esto ya no me resulta acojonante, me deja acojonado, que no es lo mismo. Dice la vicepresidenta en una entrevista a la cadena SER que el Open Arms “tiene licencia para ayuda humanitaria, para transporte de víveres”, “Esa es la licencia que tiene desde el punto de vista de la concesión administrativa y la legalidad española, y ese es su cometido”. Y remata: “Las instituciones, los poderes y los ciudadanos, todos estamos sometidos a las leyes, y todo el mundo sabe lo que puede hacer y lo que no y nadie está a salvo de esto, incluido un barco como este”. [Sonido de fanfarria]

A ver si me aclaro, señora. ¿De verdad se cree lo que está diciendo? Parece ser que así es, que siquiera es consciente del cinismo y la hipocresía que hay tras sus palabras. Tal es la prepotencia con la que, como política curtida, está acostumbrada a actuar que se lo cree y todo. Miedo me da.

Verá, señora Calvo, la Constitución de 1978 –por la que actualmente nos regimos– reconoce una serie de derechos que en la práctica no se cumplen y estoy seguro que usted lo reconocerá. Vamos con unos pocos. El artículo 14 dice que “los españoles son iguales ante la ley”, el 27.1 que “todos tienen el derecho a la educación”, el 35.1 garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia”, el 39.1 afirma que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”, el 39.4 que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos”, el 43.1 “reconoce el derecho a la protección de la salud”, el 47 dice que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho”, el 50 que “los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad”, y podríamos seguir.

Dice usted también en la mencionada entrevista que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues este es su caso. El suyo, el del Gobierno, el de su partido, el de sus militantes… Ninguno de los artículos citados esa ‘ley de leyes’ que es la Constitución los cumplen. Ni uno. La supuesta igualdad ante la ley viene determinada ante todo por el dinero que tenga uno para costearse un buen abogado. El derecho a la educación existe, claro, y además la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años, pero ¿las condiciones en que estudia el hijo de una familia trabajadora –no digo ya en paro– son las mismas que las de aquel que proviene de una familia acaudalada? Por no hablar de la enseñanza superior, cuyas matriculas son cada vez más elevadas. Decir que se garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio” parece una broma de mal gusto. ¿Es necesario recordar las escandalosas cifras de paro, los trabajos en precario mal remunerados, los salarios indignos e insuficientes, la falta de una adecuada cobertura social? Así, decir que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia” es una falacia (según el INE, el 21,6% de los españoles vive por debajo del umbral de la pobreza y el 16,9% de los hogares tiene ‘mucha dificultad’ para llegar a fin de mes), como también afirmar que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos” cuando en España uno de cada tres niños vive por debajo del umbral de la pobreza y uno de cada diez es pobre severo. Lo mismo cabe decir del “derecho a la protección de la salud” con hospitales saturados, faltos de medios y recursos, y una medicina en manos privadas que proletariza a los profesionales y sirve a quienes más tienen sin los inconvenientes de la pública. En cuanto al “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” ya no sé qué calificativo emplear, pero el año pasado hubo casi 60.000 desahucios. Muchos de estos desahuciados han tenido que vivir –malvivir siendo precisos– de la pensión de sus padres cuando estas, ya de por sí, para la mayoría de ellos resultaban, como mucho, justitas para ir tirando.

Nada de esto cumplen. Le recuerdo sus palabras: “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”. Pues háganlo. ¡Ah!, claro, es que no pueden. La ley… La ley siempre favorece a los poderosos, incluida su Constitución. La justicia, no obstante, es algo muy distinto. A la pregunta que lanzaba Kropotkin en Palabras de un rebelde (París 1885) a los jóvenes que se iniciaban en la vida pública –‘¿Qué partido tomaréis: el de la ley contra justicia o el de la justicia contra la ley?’– ustedes no tienen duda alguna: el de la ley contra la justicia. No le quepa duda. Va, a ver si ahora el Open Arms regresa a España y pueden multarlo con 901.000 euros por incumplir la prohibición de Fomento de “realizar operaciones de búsqueda y salvamento”.

Le recuerdo que en el Mediterráneo está también el Ocean Viking, fletado por Médicos sin Fronteras (MSF) y SOS Méditerranée, con 356 migrantes a bordo. Igual le pueden poner otra multa.

Exijo mi parte. ¡Ya!

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“Vemos una raza, confeccionadora de leyes, legislando sin saber sobre qué legisla, votando hoy una ley sobre el saneamiento de las poblaciones, sin tener la más pequeña noción de higiene; mañana reglamentando el armamento del ejército, sin conocer un fusil; haciendo leyes sobre la enseñanza o educación honrada de sus hijos; legislado sin ton ni son, pero no olvidando jamás la multa que afecta a los míseros, la cárcel y la galera que perjudicarán a hombres mil veces menos inmorales de lo que son ellos mismos, los legisladores. Vemos, en fin, en el carcelero la pérdida del sentimiento humano; al policía convertido en perro de presa; el espía, menospreciándose a sí mismo; la delación transformada en virtud, la corrupción erigida en sistema; todos los vicios, todo lo malo de la naturaleza humana favorecido, cultivado para el triunfo de la ley.

Y como nosotros vemos todo esto, es por ello que en vez de repetir tontamente la vieja fórmula ‘¡respeto a la ley!’, gritamos ‘¡despreciad a la ley y a sus atributos!’. Esta frase ruin: ‘¡Obedeced a la ley’, la reemplazamos por ‘¡Rebelaos contra todas las leyes!’

Piotr Kropotkin: La loi de l'autorité (La ley de la autoridad), artículo publicado originariamente en el periódico Le Révolté de Ginebra en 1882.

Banegas / Prensa Comunitaria Km. 169.

No quiero trabajar más de cuatro horas, cinco como mucho, al día. Quiero que por ello se me retribuya –también a todos los demás– lo suficientemente bien como para no tener que preocuparme por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más. Quiero disponer de tiempo para disfrutar y poder hacerlo sin impedimentos de carácter económico. Quiero tener los mejores servicios sanitarios sin tener que pagar nada por ello, ni por los medicamentos en caso de que los necesite. Quiero una vivienda digna sin tener que hipotecarme o estar pagando un alquiler que se lleve buena parte de mi salario, y que el agua y la luz sean gratuitas y… Y tantas cosas que esto parece que sea la carta a los Reyes Magos. Sin embargo, nada más lejos. Ese “quiero” no es una petición, es una exigencia. Lo que quiero, lo exijo. Exijo mi parte. Ya.

¿Que no puede ser? ¿Cómo que no puede ser? Claro que sí. Hay suficiente riqueza en este mundo para todo ello y para mucho más. ¿Qué está mal repartida? Pues que se reparta adecuadamente. A mí siempre me enseñaron que lo que está mal hay que corregirlo.

Es bien conocido el poema que escribió en 1934 Bertolt Brecht cuando estaba exiliado en Dinamarca “Preguntas de un obrero ante un libro”. Aquel en el que el obrero pregunta, nos pregunta, quiénes en realidad hicieron posible los grandes logros de la historia. ¿Únicamente quienes los decidieron y ordenaron? ¿Ellos solos? ¿No necesitaron de obreros para construir sus magnas edificaciones?, ¿de soldados en sus guerras y conquistas? Pero, en los libros de historia, dice Brecht, solo figuran los nombres de los reyes y demás mandatarios.

Nada ha cambiado: en los libros, periódicos y demás medios de comunicación, siguen figurando los ‘grandes hombres’ (y mujeres) como los verdaderos hacedores de la historia. Ahora bien –y esto ningún historiador lo cuestiona–, la historia (conjunto de hechos) la hacemos entre todos con nuestro esfuerzo y trabajo y nuestro proceder cotidiano. El pasado, por tanto, no es únicamente el de los ‘grandes hombres’ y las grandes gestas, es el pasado de los seres humanos colectivamente, en tanto que organizados en sociedades. Y ese pasado no puede aislarse en el tiempo. Sus consecuencias, sus logros, sus reveses, se prolongan hasta el presente.

Somos producto del pasado y todos somos actores, aunque no desempeñemos papel de protagonista principal. Así se reconoce incluso desde determinadas instancias políticas. Por eso se erigieron en su día las diversas tumbas al soldado desconocido, desde el monumento al Landsoldaten (soldado de infantería) de 1849 en Fredericia (Dinamarca) al de Bagdad de 1982. A ello responde el nacimiento del Estado del Bienestar, a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más desfavorecidos. Responde no sin importantes matices. ¿Se hubiera desarrollado este modelo de Estado y organización social si no hubiera existido la Unión Soviética y el bloque de países del Este? Es decir, si el común de las gentes no hubiese tenido la posibilidad de abrazar un modelo alternativo y antagónico. Ya hemos visto qué ha sucedido tras caída del Muro de Berlín.

Tal vez por ello, en la actualidad “tan solo 26 personas poseen la misma riqueza que los 3.800 millones de personas que componen la mitad más pobre de la humanidad” y “el número de milmillonarios se ha duplicado, incrementándose su riqueza en 900.000 millones de dólares tan solo en el último año, lo cual equivale a un incremento de 2.500 millones de dólares diarios. Además, entre 2017 y 2018, cada dos días surgía un nuevo milmillonario en promedio. Frente a estos datos, llama la atención la situación de la otra cara de la moneda, los pobres, cuya riqueza se ha visto reducida en un 11% perjudicando a 3.800 millones de personas.” [Informe de Oxfam Itermon de 21 de enero de 2017].

¿Cómo han conseguido acumular esos 26 fortunas tan inmensas? Esos y otros que conforman la élite financiera con la aquiescencia de sus títeres del mundo empresarial, político, académico y de los medios de comunicación. ¿Ellos solos? El dinero no cae del cielo. Sin el concurso de otros agentes, sean colaboradores bien remunerados o trabajadores explotados en mayor o menor grado, ¿dispondrían de ese capital? No lo creo. Sin embargo, esa riqueza no revierte en absoluto en aquellos que, por su profesión o simplemente a causa de la necesidad, han contribuido, y no poco, a que sus poseedores lleguen a ese privilegiado estatus económico y social, sobre todo en los últimos. Pagan comparativamente menos impuestos que la mayoría de los contribuyentes. Si los pagan, pues gran parte de sus capitales se desvía hacia paraísos fiscales. Cuando fallezcan, sus hijos heredarán la fortuna; los hijos de los trabajadores, en cambio, solo heredarán un futuro más precario y desigual.

¡Pues no! ¿Qué cojones es esto? No, no y no. Quiero mi parte. Exijo mi parte. No en metálico, en bienestar material y calidad de vida, en trabajar menos y disponer de tiempo para disfrutar, en que estén cubiertas todas mis necesidades básicas y se respeten mis derechos fundamentales –que son los de la colectividad–, en no tener que preocuparme, como decía al principio, por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más.

Exijo mi parte y la quiero ahora. Ya está bien de componendas y de mostrarse serviles ante las élites financieras y las leyes del mercado. No somos mercancía. Tanto me da que quienes les rinden pleitesía sean la derecha de siempre, la disfrazada de moderada, la pusilánime socialdemocracia actual –o lo que queda de ella–, o esas nuevas izquierdas que con su discurso verde y de desarrollo sostenible, de medidas alcanzables, y sin una identificación clara con un nuevo sistema social, terminan diluyéndose en el actual y robusteciéndolo.

Versión ampliada de la entrada publicada el 2 de febrero de 2018.