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René Magritte: ‘La Thérapeute’ (1937).

“En pleno siglo XXI…”. Imagino que habrán leído u oído en infinidad de ocasiones frases que comienzan con estas palabras, generalmente para referirse a algo que, se supone, debería darse necesariamente en la sociedad actual. Veamos un par de ejemplos:

“Parece mentira que, en pleno siglo XXI, tengamos que seguir escribiendo columnas sobre las mujeres, o sea, sobre la maldita discriminación y sobre el sexismo.” (Rosa Montero, El País, 4 de diciembre de 2001).

“No es posible que en pleno sigo XXI haya 629 personas en un barco a la deriva por el Mediterráneo.” (Mònica Oltra, vicepresidenta del Gobierno valenciano, EFE, 11 de junio de 2018).

Frases como estas nos llevan a pensar –esa es, por otra parte, la intención de quien las escribe o pronuncia– que, necesariamente, hay comportamientos y actitudes que, y vamos con otra manida frase, “no tienen cabida en la sociedad actual”. Dos ejemplos más:

“La mayoría de ayuntamientos convocaron un minuto de silencio para manifestar abiertamente que cualquier intento de desestabilizar la convivencia pacífica, democrática y la libertad de la ciudadanía no tiene cabida en la sociedad actual.” (Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 19 de agosto de 2017”).

“El diputado provincial y alcalde de la capital insta a la presidenta Irene García, y al PSOE, a ‘un cambio de posición para acabar con unas prácticas que no tienen cabida en la sociedad actual’.” (Artículo publicado en Diario Bahía de Cádiz el 6 de julio de 2017).

Y es que hay que estar –y esta sí que es ya es una frase alucinante–, “a la altura de los tiempos”. Otros dos ejemplos:

“El portavoz de En Comú Podem en el Congreso, Xavi Domènech, ha señalado que igual que la consulta del 9 de noviembre de 2014 en Cataluña fue una gran expresión de democracia, en este momento ‘un nuevo 9N ya no está a la altura de los tiempos que estamos viviendo’ y espera que no se repita.” (Artículo publicado en eldiario.es, (20 de diciembre de 2016).

“CCOO-Servicios de Castilla-La Mancha ha instado a las patronales del comercio de la región a ‘estar a la altura de los tiempos, a dinamizar la negociación colectiva y a asumir que ha llegado el momento de repartir de forma más justa los beneficios generados en el sector’.” (Noticia publicada en La Vanguardia, 9 de junio de 2018).

Solo unos minutos he necesitado para buscar y encontrar en internet estas frases. No sé qué les parecerán a ustedes, pero para mí son de una simpleza abrumadora, propias de una visión unidireccional de la historia como progreso, un progreso que se supone, además, ha de ser continuo e indefinido. Yo me pregunto, y pregunto: ¿por qué razón en pleno siglo XXI han de existir cosas que no tengan cabida en la sociedad actual?, ¿qué cojones significa eso de estar a la altura de los tiempos?

¿Cómo fue el siglo XX? Si ha vivido el siglo XX, parte de él, claro, por poco sensato que uno sea, difícilmente podrá contradecir opiniones como estas:

“El siglo más terrible de la historia occidental.” (Isaiah Berlín),

“Un siglo de matanzas y guerras.” (René Dumont).

“El siglo más violento de la historia humana.” (William Golding).

El siglo que “despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas la ilusiones e ideales.” (Yehudi Menuhin).

[citas extraídas del libro de Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1994]

Y qué pasa, que llega el siglo XXI y ¡cuernoenpanza!, que diría el Padre Ubú, ahora sí, ahora va a ir todo de puta madre. ¿Cómo? ¿Por arte de birlibirloque? ¡Los tiempos!, leches, ¡los tiempos!¡Pero si idénticas frases se usaban en el siglo XX para referirse al XIX! Como dicen algunos murcianos, “Acho pijo, ¿es que no lo ves?”. Pues, al parecer, no, no se ven. O sí se ven y lo único que sucede es que a casi el todo el mundo les parecen que son una manera lógica de expresarse.

Pues no. Va a ser que no es así. Lo que con esas frases se nos dice es que nunca seremos capaces de cambiar la marcha los acontecimientos y de tomar el control de nuestras vidas. Y esto –ahora emerge mi vena de historiador, o lo queda de ella– es simple y llanamente una auténtica necedad, una gilipollez digna de primer curso de ignorancia y pedantería. No necesito argumentar las razones que me llevan a emplear tales calificativos. La historia está a mi favor. Es tan simple como echar un vistazo a cualquier libro de historia. No es necesario que tengan en cuenta la opinión del historiador que lo haya escrito, es suficiente con que se fijen en los hechos y los números. ¿De verdad alguien puede sostener con un mínimo de rigor que el curso de la historia es lineal, que ha avanzado y avanza guiada por el progreso hacia un futuro que siempre ha de ser mejor que el de cualquier tiempo anterior?

Que los políticos y los acólitos del poder desvaríen y recurran constantemente a frases hechas no me preocupa. Lo que sí me preocupa es que expresiones de este tipo, necedades, sandeces y gilipolleces varias, se hayan instalado en nuestras mentes, cual tumor inextirpable. De hecho, constantemente leo en los blogs y en otros sitios, frases similares. Pues nada. ¡Viva la sociedad triunfante que rige nuestras vidas!