Lucha de clases e industrialización

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Lucha de clases e industrialización (2)Entre el 8 y el 13 de julio de 1873 los obreros de la ciudad de Alcoi protagonizaron la primera huelga general de carácter revolucionario que tuvo lugar en el Estado español, una insurrección que marcó no solo el devenir de la clase obrera local y de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores, sino que fue determinante en el fin de la Primera República. Popular-mente se la ha conocido siempre con el sobrenombre de El Petrolio, por ser el petróleo el líquido con que los insurrectos rociaron e incendiaron la casa consistorial y algunos inmuebles colindantes desde donde se ofrecía resistencia a los amotinados. Los sucesos del Petrolio se saldaron con la muerte de forma violenta del alcalde y de quince personas más, siete de los cuales eran guardias civiles y tres huelguistas. En los días inmediatos a la entrada del ejército en la ciudad se instruyó un sumario en el que fueron encausados entre 600 y 700 trabajadores, de los que 286 acabaron siendo procesados y muchos de ellos encarcelados, acusados de 110 delitos.

Los hechos del Petrolio fueron el objeto de investigación de mi tesis de licenciatura que dirigió mi buen amigo, lamentablemente ya fallecido (2002), Alfons Cucó. Alfons me recomendó hablar con Mario García Bonafé, quien gracias a ello se convertiría en otro gran amigo. Mario –con su cuñado, luego también amigo, Rafael Aracil– había trabajado sobre la industrialización valenciana, y la alcoyana en particular, y la clase obrera. Su ayuda fue esencial a la hora de abordar metodológicamente la investigación. Fue entonces cuando entre en contacto con la historiografía marxista británica promovida por el llamado grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña que propugnaba una “historia desde abajo”, especialmente con la obra de E.P. Thompson.

Partí, así, de la base de que el término clase obrera es un concepto moderno, propio de la sociedad que se origina con la industrialización capitalista. Es una categoría histórica que se define en su efectivo acontecer y que solo existe realmente en el momento histórico en que adquiere conciencia de sí misma como tal, cuando –como consecuencia de múltiples y diversas experiencias compartidas– se da cuenta de la identidad de sus intereses y de la oposición de estos respecto a la clase dominante. Las clases, pues, son formaciones históricas que surgen del propio proceso de la lucha de clases y su análisis es en realidad el análisis de la lucha de clases.

Cómo llegó el proletariado alcoyano a adquirir esa conciencia es el tema que analiza la tesis y el libro, para lo que se remonta a los inicios de la industrialización y la aparición del maquinismo y estudia las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera y su lucha desde las tempranas manifestaciones luditas (a partir de 1821) hasta la insurrección de julio 1873 (la conocida Revolución del petróleo, el Petroli).

Con John Foster

Con John Foster en 1988.

La tesis llevaba por título “El movimiento obrero alcoyano: de los orígenes a la Internacional (1821-1873)”. Resumida y abreviada se editó en 1980 con otro título aún más largo: Lucha de clases e industrialización. La formación de una conciencia de clase en una ciudad obrera del País Valencià (Alcoi: 1821-1873). El título he de reconocer que lo saqué del libro del historiador británico John Foster Class Struggle and the Industrial Revolution (Early Industrial Capitalism in three English Towns), publicado en Londres en 1974 (Methuen). Fue uno de los que Mario García Bonafé me recomendó leer y me fue muy útil. A Foster no le pareció mal; todo lo contrario.

El libro, de solo 136 páginas, tuvo una muy buena aceptación tanto académica como popular y se agotó la tirada. Hoy es un libro inencontrable, sobre todo porque la editorial, Almudín, hace tiempo que cerró. Pero, aunque siguiera estando activa y pudiera, por tanto, reeditar el libro, no daría mi consentimiento. Han pasado muchos años desde 1980, tanto para la monografía como para mí, y eso se trasluce en el libro. En la actualidad considero Lucha de clases una obra de juventud, de excesos y carencias. Eso sí, no renuncio a reeditarla algún día.

Estuve a punto de hacerlo en 2008, año en que se cumplían 135 años de la revolución del Petrolio. La reescribí por completo. Pero, hete aquí, que sucedió lo peor que le puede pasar a un autor: perder el manuscrito al dañarse el disco duro de mi ordenador y no tener copia de seguridad. Del borrador, por fortuna, sí tenía y me puse de nuevo manos a la obra. Sin embargo, por entonces mis inquietudes se orientaban más que nada hacia el campo de la novelística y decidí novelar los hechos, surgiendo de este modo El corto tiempo de las cerezas.

La idea de reeditarla –de reescribirla– persiste, no obstante. Me ofrecieron hacerlo hará tres o cuatro años en una de las colecciones de la Institució Alfons el Magnànim, de la Diputación de Valencia, pero uno no puede publicar un libro en una editorial institucional cuando es más que crítico con este tipo de iniciativas que enarbolan sin pudor la bandera de la meritocracia y amiguismo más descarados.

Se me ha ocurrido mientras escribía estas líneas buscar en internet alguna referencia del libro y me encuentro con esto: “Ahora el Círculo Industrial [de Alcoi], merecedor de la Medalla de Oro a juicio de la izquierda institucional, reedita el libro de Coloma [La Revolución Internacionalista Alcoyana de 1873 (El Petrolio), 1959]. De gran interés si se busca indagar en el franquismo sociológico más rancio. Un cuento de mártires y villanos. Pero si la intención fuese rescatar una investigación histórica, digna de tal nombre, publicarían la obra de Clara Lida, Anarquismo y Revolución en la España del XIX, o Lucha de clases e industrialización, de Cerdà. Lástima.” (Diego Fernández Vilaplana, profesor de Historia y Geografía del IES Nou Derramador de Ibi, “El Petrolio”, diario Información, 29 de mayo de 2018).

Pues nada, un motivo más para terminar de reescribir el libro y editarlo de nuevo. Perdón, de autoeditarlo.

Que pasen un buen día.

El ludismo en el Estado español

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“La fábrica” (1889), óleo de Santiago Rusiñol.

Las transformaciones tecnológicas que se generalizaron por Europa occidental a finales del XVIII y principios del XIX alcanzaron también a España. Esta ‘modernización’ –cuyos rasgos más característicos fueron el acelerado crecimiento demográfico durante casi todo el Setecientos, el impulso económico de la periferia con la aparición de los primeros núcleos industriales y el progresivo intento de llevar a cabo una reforma agraria liberal que supondría la proletarización y la miseria de gran parte del campesinado– conllevó un  empeoramiento de las condiciones de vida las clases populares que, como en Gran Bretaña, les llevó a añorar la sociedad paternalista de décadas anteriores y a poder soñar en el proyecto utópico de una monarquía sin intermediarios entre el rey sus súbditos. [Miquel Izard (1981): “Orígenes del movimiento obrero en España”, en Estudios sobre Historia de España. Obra homenaje a Manuel Tuñón de Lara, vol. 1]

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

El ludismo español no tuvo, por razones obvias, el auge y amplitud del inglés, pero los actos luditas no fueron ajenos al establecimiento de la sociedad industrial-capitalista. Hubo atentados y fueron abundantes las amenazas de destruir la maquinaria a principios del siglo XIX en Segovia, Ávila, Guadalajara y otros lugares de Castilla –donde la industria dispersa gozaba de larga tradición–, en Cataluña, en el País Valenciano (Alcoi) y en Galicia. En esta última, en 1789 la siderurgia de Sargadelos fue incendiada y otros ataques se constatan en la zona pesquera entre finales del XVIII y comienzos del XIX.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

En Alcoi, en 1821 unos mil doscientos hombres de los pueblos circundantes se dirigieron a la ciudad, armados con lo primero que encontraron a mano, y destruyeron las máquinas situadas en el exterior de la misma ─diecisiete, valoradas en dos millones de reales─, aceptando retirarse tras la promesa de las autoridades de desmontar las que se hallaban en su interior. Entre ochocientos y mil trabajadores fueron encausados y setenta y nueve de ellos acabaron en presidio. Durante todo 1822 se sucedieron los rumores de la celebración de reuniones para preparar nuevos ataques, si bien nada serio ocurrió hasta julio de 1823, cuando unos quinientos hombres de las poblaciones vecinas marcharon sobre la ciudad con dicha intención. Un enfrentamiento con las tropas terminó con la revuelta y con numerosos heridos y cinco detenidos. Se repitieron –aunque con menor intensidad– los episodios de destrucción de máquinas, o su intento al menos, en diversos momentos entre ese año y 1844.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

En Cataluña, el ludismo estuvo activo hasta, por lo menos, 1856. El primer acto ludita datado en Cataluña se remonta a 1823, cuando en Camprodon la multitud destruyó las máquinas de cardar y de hilar de la manufactura de Miquela Lacot. Cuatro de los asaltantes fueron sometidos a un consejo de guerra por haber destruido una máquina de fabricación inglesa. Los hechos de Camprodon fueron seguidos, el 24 de junio de 1824, de la publicación de una real orden que ordenaba a las autoridades que protegieran los establecimientos fabriles ante “los tristes resultados que padecieron las fábricas de Alcoy, Segovia y otras, por iguales causas de anteponer los jornaleros su interés y subsistencia a la autoridad pública”, al mismo tiempo que planteaba la necesidad de los ayuntamientos y los párrocos instruyeran al pueblo en el “bien que trae el uso de las máquinas” y la conveniencia de “emplear en caminos, obras públicas de la provincia y otras labores análogas a estos brazos que claman por ocupación, y abrigan, aunque callen, la inquietud y descontento a la par de su miseria”.

Entre 1827 y 1832 se produjo un notable aumento de las inversiones industriales en Cataluña. Ese último año se introdujo el primer telar mecánico y la fábrica Bonaplata, Vilaregut, Rull y Cía. pasó a ser la primera movida por una máquina de vapor. En ella trabajaban entre 600 y 700 obreros. Se inició de este modo una etapa de progresiva reducción de los costes de producción, que no debe atribuirse solo a la mecanización, también a la continuada sobreexplotación de la mano de obra. En 1835 la fábrica, conocida como El Vapor, fue destruida. El 5 de agosto una multitud heterogénea la incendió a pesar de la resistencia que encontraron por parte de un grupo de obreros, dirigidos por el hijo de Bonaplata, que disparó contra ella. Cuatro trabajadores fueron fusilados al día siguiente y muchos otros terminaron condenados a largas penas de prisión.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Otras actuaciones luditas se sucedieron en los años siguientes. En junio de 1836 grupos de obreros intentaron atacaron los talleres e intentaron destruir sus modernas máquinas en Sabadell. El 22 de marzo de 1844 la fábrica de Subirats, Vila y Cía. era incendiada en Igualada (Barcelona) y en septiembre, en Alcoi, se intentaron destruir las nuevas máquinas conocidas como caradas de mecha continua. En 1854 se produjo en Barcelona uno de los movimientos luditas de mayor alcance al ser destruidas gran cantidad de selfactinas (máquinas de hilar) por parte de los trabajadores del hilo a quienes su progresiva introducción –desde 1844– había dejado sin trabajo. El movimiento se extendió por otras poblaciones catalanas como Valls, Mataró, Manresa, Santpedor, Navarcles, Sallent o Sant Andreu del Palomar. Todavía en junio de 1856 aparecieron en diversos centros industriales catalanes pasquines incitando a destruir las fábricas de vapor, llegándose a producir algunos ataques (como el incendio provocado en una hilatura de Les Masies de Roda.

El amplio marco temporal que, como hemos visto, abarcó el ludismo nos muestra que este fue, ante todo, “un estallido violento de sentimientos contra un capitalismo industrial sin limitaciones que desplazaba sin contemplación alguna un código paternalista anticuado pero avalado por tradiciones muy arraigadas en la comunidad trabajadora” [E.P. Thompson (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra] y que los trabajadores lo utilizaron como un modo de presión para conseguir aumentos salariales o mejoras en las condiciones de trabajo. De este modo, como señalara Hobsbawm (1964, Labouring Men: Studies in the History of Labour), nos encontramos ante un incipiente sindicalismo que poco después conduciría a la clase obrera a organizarse de manera permanente –en 1864 se fundaba la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), o Primera Internacional–, a extender sus reivindicaciones y a adoptar otras formas de lucha, con la huelga como principal instrumento.

Extracto de mi artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13, 5-15.

Severino Albarracín

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Severino Albarracín Broseta nació en al municipio valenciano de Llíria en 1851. Maestro de profesión, se formó políticamente en el republicanismo y tras la Revolución de septiembre de 1868 se hizo militante de la Juventud Republicana de Valencia.

Sus ideas radicales, más próximas al anarquismo que al republicanismo, hicieron que fuera expulsado, ingresando poco después en la Alianza de la Democracia Socialista, el sector bakuninista de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). El congreso de Zaragoza de la AIT de 1872 fue elegido miembro de su Consejo Federal, y en el de Córdoba (25 de diciembre de 1872 – 3 de enero de 1873) secretario de la Comisión Federal, la cual, a raíz del mismo, se estableció en Alcoi (Alicante).

Partidario de la táctica insurreccional –la de aquellos que creían que la revolución social estallaría tras una sublevación local, fue uno de los dirigentes de la insurrección de Alcoi en julio de 1873, la primera huelga general del Estado español. Durante los sucesos encabezó la comisión que exigió al alcalde de la ciudad, el republicano Agustín Albors, que resignara el mando en los internacionalistas y organizó y dirigió la lucha contra las autoridades y principales propietarios y fabricantes, que se opusieron a tal pretensión.

En el proceso que se incoó a raíz de los hechos aparece en el primer lugar de los declarados rebeldes. Se exilió en Suiza, donde se relacionó con Piotr Kropotkin, y regresó en 1877. Se estableció en Barcelona, donde falleció un año más tarde de tuberculosis.

Severino Albarracín es uno de los personajes reales que aparece en mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015). Los dos párrafos que de la misma siguen tratan de describir cómo era y qué hacía que su personalidad resultara tan atractiva a los ojos de los obreros alcoyanos de la época. Todos los detalles que en ellos figuran están extraídos del proceso antes mencionado (más de 30.000 folios), que se conserva en el Archivo Municipal de Alcoi y que consulté en su momento. La investigación dio lugar a mi primer libro en solitario: Lucha de clases e industrialización (1980).

Cuando Albarracín tomó la palabra se hizo un silencio abrumador. Su facilidad para expresarse y hermanar las palabras que pronunciaba con sus ademanes, la radicalidad y simplicidad de su discurso, perfectamente comprensible y con referencias a la situación inmediata de injusticia y oprobio que atravesaban los obreros, centraban la atención de los presentes, que le seguían con muestras de asentimiento y admiración. Su aspecto, además, era prácticamente el mismo que el suyo, hasta que empezaba a hablar en nada se adivinaba a simple vista que era maestro y, por tanto, persona instruida. Vestía blusa azul, alpargatas abotinadas en forma de zapatos, viejos y sucios, pantalón oscuro de paño y sombrero de hongo negro. Salió de detrás de la mesa y, de pie, se situó lo más próximo posible a los congregados. Su verbo cautivaba, sabía poner el énfasis adecuado a cuanto decía, hacía pausas tras las afirmaciones más contundentes, que eran enseguida aclamadas, y se mostraba tan seguro que contagiaba de confianza a los demás. Hay que sustituir la fe por la ciencia, la justicia divina por la justicia humana, y no habrá justicia hasta la abolición definitiva y completa de las clases y la igualación política, económica y social de los individuos de los dos sexos. Para alcanzar este fin exigimos ante todo la abolición del derecho a la herencia, que en el futuro cada uno disfrute lo mismo que ha producido, y de la propiedad privada, que los instrumentos de trabajo, como cualquier otro capital, se conviertan en propiedad colectiva de la sociedad entera y solo puedan ser utilizados por los trabajadores, es decir, por las sociedades agrícolas e industriales. Aplausos, gestos y gritos de aprobación se sucedían en armoniosa complacencia. ¿Podemos continuar así? ¡De ninguna manera! ¿Hay seguridad de mejorar nuestra desgracia? La tenemos. Si tenemos, pues, la certeza de nuestro mejoramiento ¿por qué seguir viviendo en la vergüenza y la opresión? Es hora de liquidar cuentas con la burguesía, tiene que reintegrar todo lo que ha robado al pueblo trabajador.

Aumentaba la intensidad de los aplausos, gestos y gritos, que ahora ya no eran solo de exaltación, buena parte de ellos se dirigían contra los aprovechados, desaprensivos y explotadores burgueses. Los ánimos –o el ánimo, la comunión era absoluta– se caldeaban y Albarracín reforzaba la entonación de sus palabras. Desengañaros de todas las farsas y de todos los farsantes de la política burguesa. No está lejano el día de la huelga general, o mejor dicho, de la revolución, pacífica o violenta, según la línea de conducta que observe la burguesía y el gobierno. La ovación que siguió fue atronadora, tanto que impedía escuchar con claridad los vivas a la revolución social, al colectivismo y a la anarquía o los abucheos e insultos contra los codiciosos burgueses. Terminado el acto los internacionalistas desfilaron en manifestación lanzando consignas en consonancia con las ideas expresadas en el mitin.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/05/31/severino-albarracin/

El Petrolio. La primera huelga general revolucionaria de España

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Incendio de varias casas colindantes con el ayuntamiento para obligar a las autoridades a rendirse. Grabado de “La Ilustración Española y Americana” (24 de julio de 1873).

“El domingo día 13 [de julio de 1873] cerraba la semana más vehemente, intensa y trágica de la historia de la ciudad [Alcoi]. Alrededor de las doce comenzó a escucharse el ruido de tambores y cornetas. Las tropas estaban próximas. Una angustiante y sorda quietud reflejaba miedo, el mismo que acompañaba a los siempre necesarios excluidos que por unos instantes parecían haber olvidado su condición, el miedo a despertar cuando el sueño estaba más próximo que nunca de ser real, justo cuando creían haberlo perdido definitivamente en aquella saturnal de violencia profanadora de respetabilidades y conveniencias. ¿Regresaba el respeto? No, el miedo, el temor a la nada.

Por la puerta de Alicante entraron finalmente las fuerzas de artillería con ocho cañones, guardia civil, compañías de voluntarios llegadas de otras ciudades, caballería… Las negociaciones a fin de evitar que penetraran en Alcoi habían resultado infructuosas a pesar de haberse retirado ya las barricadas y puesto en libertad a los rehenes.

Imposible calcular a ojo cuántos hombres formaban aquel imponente ejército al frente del cual figuraba el general Velarde montado sobre un engalanado caballo blanco que a Samuel le recordó aquel con el que cabalgaba Albarracín unos días antes. Monllor y Samuel –que presenciaban el magno desfile de fuerza– lo intentaron. Primero creyeron que eran centenares, luego vieron que no. Hombres y más hombres pasaban ante sus ojos en perfecta formación. Debían ser miles, concluyeron.

Había poca gente en la calle. El imperturbable, persistente y cadencioso ritmo del paso de los soldados, el traqueteo de los cañones, resonaba en unas calles vacías, prácticamente desiertas. La mayoría se limitaba a observar desde las ventanas, con los visillos corridos para que nadie pudiera adivinar en sus rostros signo alguno de satisfacción o rechazo, desconfiando de todo y de todos hasta la resolución final del conflicto. En algunos balcones, en el campanario y en el ayuntamiento ondeaban banderas blancas.”

Fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2016):

¿Qué había pasado para que se produjese un despliegue de fuerzas tan numeroso? Pues ni más ni menos que la primera huelga general de carácter revolucionario que tuvo lugar en el Estado español, una insurrección –acaecida entre el 8 y el 13 de julio de 1873– que marcó no solo el devenir de la clase obrera local y de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores sino que fue determinante en el fin de la Primera República. En El corto tiempo de las cerezas novelo estos hechos ciñéndome fielmente a lo que sucedió, pues fue este el primer tema sobre el que investigué al terminar la licenciatura –me leí todo el proceso (más de 30.000 folios)– y el del primer libro que publiqué en solitario en 1980 (Lucha de clases e industrialización). Lo que sigue no corresponde a la novela; está sacado del libro y de otros artículos que sobre los hechos de julio de 1873 he ido publicando a lo largo de los años.

La federación local alcoyana de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) se constituyó en 1872 y pronto se convirtió en una de las más relevantes de España. A finales de año contaba con 2.591 afiliados, cifra solo superada por la federación local de Barcelona (7.500). Por eso en el Congreso de Córdoba que tuvo lugar del 24 de diciembre de 1872 al 3 de enero de 1873 y supuso la definitiva ruptura entre el sector bakuninista y el marxista, que ni siquiera acudió al congreso, fue elegida sede la Comisión Federal.

Cuando en febrero de 1873 fue proclamada la primera República española, la Comisión hacía pública su Circular núm. 8 en la que se pronunciaba sobre el cambio de régimen: la nueva República no era otra cosa que “el último baluarte de la burguesía, la última trinchera de los explotadores y un desengaño completo para todos aquellos (…) que todo lo han esperado y aún lo esperan los gobiernos”. Mientras, en Valencia –donde residía el Consejo Federal (el sector marxista de la Internacional)– el recién estrenado régimen era saludado con alegría por buena parte de la población, incluidos los internacionalistas. Y es que ambas ciudades estaban separadas por muchas más cosas que los poco más de cien kilómetros de distancia física: en Valencia el capital se invertía mayoritariamente en la agricultura y no en la industria, predominaban los oficios cuyas características recordaban en parte un ritmo de trabajo más propio de las sociedades preindustriales y eran muy pocos los oficios sometidos a la férrea disciplina fabril. Por otra parte, la evolución urbanística de la ciudad nada tenía que ver con la de Alcoi, encallada entre ríos y barrancos que, en su mayor parte, no pudieron salvarse hasta la década de 1860. Que la actual civilización sea el resultado inmediato del proceso industrializador no implica que este sea un proceso lineal. Todo lo contrario: es un transcurso del tiempo con continuadas transformaciones que tienen lugar en una pluralidad de situaciones que se inscriben en contextos bastante distintos. Y el contexto alcoyano –por la propia orografía de la ciudad y las peculiares características en que se desarrolló dicho proceso– era quizás de los más propicios para que los efectos de la industrialización sobre la clase obrera se dejaran sentir con toda su crueldad.

La falta de competencia y de materias primas y la dificultad en las comunicaciones obligaron a una sobreexplotación de la mano de obra, que se puso de manifiesto fundamentalmente en dos aspectos: el mantenimiento de unos salarios que nunca llegaban al nivel de subsistencia y el alargamiento, hasta el máximo posible, de la jornada laboral. La industrialización comportó, por otra parte, y desde los primeros momentos, un extraordinario crecimiento demográfico. Alcoi pasó de tener 11.672 habitantes en 1820 a 18.219 en 1826 (solo seis años después de la introducción de las primeras máquinas) y 25.196 en 1860. Este aumento demográfico tuvo dos consecuencias muy importantes. En primer lugar, la superpoblación del casco urbano. En segundo, la formación de dos clases de barrios, representativos de mundos distintos que terminarán siendo hostiles: los 800-1.200 habitantes por hectárea de los distritos donde vivía la burguesía contrastaban claramente con los 2.000-2.500 –en ocasiones hasta 2.800– de los distritos donde vivía la clase obrera.

Predominaba la vivienda de alquiler por piezas (casas de una, dos o tres llaves), en función del poder adquisitivo del trabajador. Un poder adquisitivo que resultaba siempre insuficiente no solo para poder disponer de una vivienda que simplemente no fuera un foco de insalubridad, sino para atender necesidades tan básicas como el vestido y la alimentación –basada, según las fuentes de la época, en productos vegetales a los que se les solía añadir algunos salazones–, impedir que sus hijos empezaran a trabajar (desde los seis años los niños y desde los ocho las niñas), disminuir la duración de las agotadoras jornadas laborales de hasta dieciséis horas o no tener que recurrir a empeñar, a usureros que cobraban hasta un 80 por ciento de intereses, desde las pocas piezas de que constaba su ajuar a prendas de vestir, colchones o pañales incluso. Por otra parte, en estas viviendas –donde para comer había que retirar los colchones, y viceversa– era imposible llevar ningún tipo de vida familiar, lo que conllevó una desestructuración de la familia tal y como hasta entonces era entendida. De este modo, los niños harán su vida en  la calle hasta la edad de trabajar. También gran parte de las actividades de la vida de los adultos, los varones fundamentalmente, se realizarán fuera del hogar –si bien esta palabra referida a las viviendas de las familias obreras no deja de ser un eufemismo–, con lo que aumentará considerablemente la prostitución, el juego –expresamente prohibido a los obreros por las autoridades muncipales– o el consumo de alcohol (para la época, 100.000 litros de aguardiente y 1.650.000 litros de vino al año).

Las condiciones de vida de la clase obrera alcoyana eran de absoluta la miseria. Y será la lucha por sobrevivir la que propiciará que los obreros, al compartir las consecuencias de la dominación y la explotación, al experimentar conjuntadamente el cúmulo de injusticias generalizadas apuntadas, se den cuenta de la comunidad de sus intereses, de la conciencia de pertenecer a una clase y de defender aquello que los identifica como tal. Solo, pues, remontándose a las consecuencias del proceso industrializador sobre el conjunto de la clase obrera alcoyana podemos buscar una explicación lógica sobre los hechos del Petrolio. Ahora bien, ¿significa esto que necesariamente la situación generalizada de miseria en que vivían los trabajadores alcoyanos debía desembocar en un estallido de esta magnitud? Porque los hechos de julio de 1873 no son en absoluto espontáneos, sino que responden a una estrategia perfectamente definida: nos encontramos nada más que ante la primera huelga general revolucionaria que tuvo lugar en España. Y eso nunca es resultado de la improvisación. En otros lugares gran parte de la población vivía en condiciones similares y naturalmente que se producían disturbios y acciones de protesta, pero no superaban la demanda de aumento de salario y reducción de la jornada laboral ni llegaban a cuestionar el propio sistema, como sí sucedió en Alcoi. ¿Por la presencia de la Internacional? Evidentemente. Pero de ahí en absoluto hay que deducir que sea necesaria la irrupción de un partido o una organización –la Internacional en este caso– para que, gracias a su acción, los trabajadores “descubran” su conciencia de clase y sus intereses “reales” (como si esto fuera algo inherente al trabajador como ser humano). Por tanto, el Petrolio no es otra cosa que el resultado de un largo proceso de luchas y experiencias compartidas –que arranca con los inicios de la industrialización y mantiene tradiciones anteriores arraigadas en el seno de la comunidad– para conseguir una mejora en las condiciones de vida que, en un momento histórico concreto, converge con el ideario de una minoría política “consciente” (la Primera Internacional) hasta el punto de que las aspiraciones de unos y otros se unen para compartir ideario.

El Petrolio fue la lucha de una clase contra otra, la lucha de dos mundos cada vez más distintos y, lógicamente, más hostiles. En 1873 la distancia la manera de vivir de los obreros y la de los fabricantes y propietarios, lejos de haber disminuido, era todavía mayor que en los inicios de la industrialización. Un ejemplo: mientras que algunas tiendas de ultramarinos anunciaban en la prensa de la época que ya estaban a la venta productos como el chocolate o el queso (a 18,79 reales el kilo el primero ya 10,43 el segundo), los tejedores que poseían un telar cobraban entre 10 y 14 reales por día por una jornada laboral de hasta dieciséis horas y los papeleros, con una media de 10 horas (las duras condiciones en que se desarrollaba su trabajo no permitían hacer más) difícilmente superaban los 10 reales diarios. Y estamos refiriéndonos a los oficiales. Los aprendices venían a cobrar un 30 o un 40 por ciento menos, las mujeres un tercio del diario de los varones, y los niños alrededor de 0,75 reales. En todas las actividades cotidianas los trabajadores se encontraban completamente apartados de la burguesía y el tiempo era distinto entre unos y otros, tanto en los centros de producción como fuera de ellos. La burguesía, además, no reparaba a la hora de hacer alarde de su forma de vida –es más: era necesario que así fuera para que cada uno supiera cuál era su lugar en la sociedad–, una vida bastante más cómoda y placentera en la que los obreros no podían acceder y que se apreciaba en la vivienda, el vestido, la comida, la manera de ocupar el tiempo libre…

Por tanto, no es que llegase la Internacional a Alcoi y “convirtiera” a los trabajadores a su “credo” (el Círculo Católico de Obreros tenía más medios y ya contaba con local propio antes de que la AIT). Las ideas que esta preconizaba arraigaron con fuerza porque se identificaban con los valores que los obreros habían elaborado desde su propia experiencia. Lo que sí hizo la AIT es, sobre todo, que los trabajadores se enteraran de que, en otros lugares, otras personas como ellos compartían ideas y valores similares y que en algunos su lucha tenía éxito y se conseguían mejoras económicas y laborales que no eran más que el primer paso hacia una nueva sociedad en la que “no habrá ni papas, ni reyes, ni burgueses, ni curas, ni militares, ni abogados, ni jueces, ni escritores, ni políticos; pero sí una libre federación universal de libres asociaciones obreras, agrícolas e industriales.” (Circular núm. 8). Una de las ideas centrales del mensaje internacionalista-bakuninista es el respeto a la individualidad.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

En este estado de cosas, el 8 de julio de 1873, entre ocho y diez mil trabajadores de Alcoi y la vecina localidad de Cocentaina se sumaron al paro que, desde el mes de abril, llevaban a cabo los trabajadores papeleros de Els Algars (Cocentaina) en demanda de la jornada laboral de 8 horas y un aumento salarial de dos reales diarios.

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Ese mismo día, y ante el cariz de los acontecimientos, el alcalde –el republicano federal Agustín Albors– telegrafió al gobernador civil pidiendo el envío de tropas y reunió a los principales contribuyentes para preparar un plan de defensa. Los trabajadores se concentraron frente al ayuntamiento el día 9, y una comisión de los huelguistas –encabezada por el miembro de la Comisión Federal Severino Albarracín– se entrevistó con las autoridades sin conseguir acuerdo alguno. Según fuentes de la época, Albarracín ordenó a los obreros concentrados que se armaran, lo que provocó el nerviosismo de los guardias apostados en el campanario de la iglesia de Santa María (en la actual plaza de España), quienes abrieron fuego contra la multitud. Un trabajador resultó muerto y unos cuantos más heridos. Inmediatamente comenzaron las barricadas y grupos de internacionalistas se dirigieron a las casas de los principales contribuyentes deteniéndoles en calidad rehenes.

La intransigencia de la patronal y de las autoridades, que se negaron a negociar en esas condiciones, complicó todavía más las cosas. Comenzaron los enfrentamientos y los huelguistas decidieron incendiar la Casa Consistorial para obligar a rendirse a los allí reunidos. También se rociaron con petróleo e incendiaron algunas casas desde las que se disparaba a los obreros. De ahí que estos hechos se conozcan popularmente como El Petrolio (de petroli, petróleo en valenciano, o catalán, que tanto da que da lo mismo).

El día 10, tras más de veinte horas de lucha, los guardias municipales que se encontraban en el campanario se rindieron al quedarse sin munición, lo que permitió a los internacionalistas hacerse con el control de la plaza. Los guardias que más se habían significado fueron asesinados. La gente estaba tan exaltada que incluso algunos dirigentes de la AIT tuvieron que poner orden. Por fin, antes del mediodía consiguieron entrar en el ayuntamiento. Algunos de los que allí se encontraban murieron en el primer enfrentamiento. Albors, no obstante, se resistió y disparó contra los amotinados, tratando luego de escapar por aquellos espacios que el fuego había dañado. Cuando finalmente lo encontraron, toda la indignación se volcó contra él y fue muerto de forma violenta, siendo su cadáver arrastrado por las calles. Además del alcalde, quince personas más resultaron muertas, siete de las cuales eran guardias civiles y tres huelguistas.

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Con el fin de Albors acabó la lucha y los internacionalistas comenzaron a dejar en libertad a los rehenes a cambio de 25.000 duros, cantidad que, según la Comisión Federal, era para reparar los daños producidos y pagar los salarios de los huelguistas. Pero la operación se suspendió al saberse que las tropas del ejército se aproximaban a Alcoi. Finalmente, estas entraron en la ciudad el día 13 sin encontrar resistencia alguna.

Durante unos días, sin embargo, Alcoi estuvo en manos de la Internacional, ya que las tropas tuvieron que marchar a Cartagena para abortar el cantón allí proclamado. En ese lapso de tiempo, se logró un acuerdo que contenía algunas mejoras laborales y económicas para los obreros, acuerdo que se suprimió pocos días después cuando las tropas regresaron a la ciudad.

Sobre la clase obrera alcoyana se desató una dura represión y se instruyó un sumario en el que fueron encausados entre 500 y 700 trabajadores, de los que 286 acabaron siendo procesados y, muchos de ellos, encarcelados acusados de 110 delitos. La mayoría fueron encerrados en Alicante, a donde se les trasladó a pie y atados. Las condiciones de vida se endurecieron todavía más. La absolución total de los encarcelados no llegó hasta 1881, fecha en que esperaban aún sentencia veinte procesados

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/07/13/el-petrolio-la-primera-huelga-general-revolucionaria-de-espana/