La revuelta de Haymarket (el origen del Primero de Mayo)

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Grabado de 1886 que muestra la explosión de la bomba en la plaza de Haymarket y la inmediata carga policial.

En la noche del 4 de mayo de 1886 –hoy, pues, se cumplen 130 años– una concentración de protesta cerca de Haymarket Square (Chicago) en demanda de mejoras laborales y de la jornada de ocho horas acabó con la vida de un elevado número de obreros –además de numerosos heridos– y de ocho policías. El hecho es conocido sobre todo porque dio origen la celebración del Primero de Mayo.

La lucha por la jornada laboral de ocho horas se remonta a los primeros momentos del proceso de industrialización. Ya en 1817 Robert Owen fijó esta en la colonia que había fundado en New Lanark (Escocia). También en Francia, ya creada la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la conquista de la jornada laboral de ocho horas cobró fuerza y, al tiempo, fue extendiéndose por los países industrializados de Europa.

Emigrantes británicos y centroeuropeos llevaron a Estados Unidos la aspiración a las ocho horas y la experiencia de lucha. La amplitud de la agitación por parte de los trabajadores norteamericanos condujo al Gobierno federal a instituir la misma en 1868. Eso sí, solo para los empleados públicos. Las empresas, sin embargo, podían ampliarla hasta las 18 horas en caso de necesidad (la duración media de la jornada laboral era de entre once y doce horas).

La medida, obviamente, no satisfizo al conjunto de la clase obrera y la reivindicación de que esta se extendiera a todos los oficios se generalizó. Así, en 1885 la Federación de Gremios y Uniones Organizadas de Estados Unidos y Canadá aprobó una resolución en la que decía que “la duración legal de la jornada de trabajo desde el 1º de mayo de 1886 será de ocho horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de este país hacer promulgar leyes conformes a esta resolución, a partir de la fecha convenida”.

Las protestas para reivindicar la jornada laboral de ocho horas se sucedieron en las más importantes ciudades industriales de Estados Unidos y para el 1 de mayo se prepararon manifestaciones en los principales núcleos industriales con esta consigna:

¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de ocho horas por día!

¡Ocho horas de trabajo!

¡Ocho horas de reposo!

¡Ocho horas de educación!

El 1 de mayo de 1886, más de 200.000 trabajadores norteamericanos se declararon la huelga. En Chicago –donde las condiciones de vida de los trabajadores eran posiblemente las peores– esta prosiguió  los días 2 y 3 de mayo.

El 4 más de 20.000 se concentraron pacíficamente en Haymarket Square. La manifestación contaba con el preceptivo permiso del alcalde, pero alguien –nunca se ha sabido quién– lanzó una bomba a la policía cuando intentaba disolver el acto. Mató a un oficial y un agente e hirió a varios más, seis de los cuales fallecerían poco después. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un gran número de obreros. Según un comunicado de la propia policía de Chicago más de cincuenta “agitadores” resultaron heridos, muchos de ellos mortalmente. Mas, como señala Maurice Dommanget en su clásica obra Historia del Primero de Mayo (primera edición, en francés, de 1953), “Se trata, evidentemente, una subestimación bien compresible”. El número de víctimas fue mucho mayor: más de doscientos de los concentrados en Haymarket –mujeres y niños incluidos– resultaron heridos o muertos.

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Grabado de 1889 sobre los mismos hechos.

Se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros. De ellos, finalmente se abrió juicio a 31, cifra que luego se redujo a 8, tres de los cuales fueron condenados a prisión y cinco a morir en la horca. Desde el primer momento fue evidente que el juicio estuvo plagado de irregularidades, nada se pudo demostrar sobre su participación en los hechos. Pero se trataba de un acto de venganza y de dar un escarmiento a los “enemigos de la sociedad”.

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Los ‘Mártires de Chicago’.

Los ahorcados –el 11 de noviembre de 1887– fueron George Engel (alemán de 50 años, tipógrafo), Adolf Fischer (alemán de 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense de 39 años, periodista), August Vincent Theodore Spies (alemán de 31 años, periodista) y Louis Lingg (alemán de 22 años, carpintero). Este último se suicidó en su celda antes del ahorcamiento.

En 1899 tuvo lugar en París el Congreso Fundacional de la II Internacional, en el que se acordó celebrar el 1 de mayo de 1890 una jornada de lucha a favor de la mejora de las condiciones de trabajo y, en concreto, de la reducción del horario laboral a ocho horas. La elección de la fecha se tomó en recuerdo de los sucesos de Chicago y en concreto en memoria de los que cinco obreros ajusticiados de afiliación anarquista, que desde entonces se conocerían como los “mártires de Chicago”. Y así fue como el Primero de Mayo pasó a ser en el mundo occidental el Día Internacional de los Trabajadores (menos, curiosamente, en Estados Unidos).

El ludismo en el Estado español

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“La fábrica” (1889), óleo de Santiago Rusiñol.

Las transformaciones tecnológicas que se generalizaron por Europa occidental a finales del XVIII y principios del XIX alcanzaron también a España. Esta ‘modernización’ –cuyos rasgos más característicos fueron el acelerado crecimiento demográfico durante casi todo el Setecientos, el impulso económico de la periferia con la aparición de los primeros núcleos industriales y el progresivo intento de llevar a cabo una reforma agraria liberal que supondría la proletarización y la miseria de gran parte del campesinado– conllevó un  empeoramiento de las condiciones de vida las clases populares que, como en Gran Bretaña, les llevó a añorar la sociedad paternalista de décadas anteriores y a poder soñar en el proyecto utópico de una monarquía sin intermediarios entre el rey sus súbditos. [Miquel Izard (1981): “Orígenes del movimiento obrero en España”, en Estudios sobre Historia de España. Obra homenaje a Manuel Tuñón de Lara, vol. 1]

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

Restos de la antigua siderurgia de Sargadelos.

El ludismo español no tuvo, por razones obvias, el auge y amplitud del inglés, pero los actos luditas no fueron ajenos al establecimiento de la sociedad industrial-capitalista. Hubo atentados y fueron abundantes las amenazas de destruir la maquinaria a principios del siglo XIX en Segovia, Ávila, Guadalajara y otros lugares de Castilla –donde la industria dispersa gozaba de larga tradición–, en Cataluña, en el País Valenciano (Alcoi) y en Galicia. En esta última, en 1789 la siderurgia de Sargadelos fue incendiada y otros ataques se constatan en la zona pesquera entre finales del XVIII y comienzos del XIX.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

Restos de antiguas fábricas en El Molinar (Alcoi), donde se instalaron las primeras máquinas de cardar e hilar.

En Alcoi, en 1821 unos mil doscientos hombres de los pueblos circundantes se dirigieron a la ciudad, armados con lo primero que encontraron a mano, y destruyeron las máquinas situadas en el exterior de la misma ─diecisiete, valoradas en dos millones de reales─, aceptando retirarse tras la promesa de las autoridades de desmontar las que se hallaban en su interior. Entre ochocientos y mil trabajadores fueron encausados y setenta y nueve de ellos acabaron en presidio. Durante todo 1822 se sucedieron los rumores de la celebración de reuniones para preparar nuevos ataques, si bien nada serio ocurrió hasta julio de 1823, cuando unos quinientos hombres de las poblaciones vecinas marcharon sobre la ciudad con dicha intención. Un enfrentamiento con las tropas terminó con la revuelta y con numerosos heridos y cinco detenidos. Se repitieron –aunque con menor intensidad– los episodios de destrucción de máquinas, o su intento al menos, en diversos momentos entre ese año y 1844.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

“La nena obrera” (1885), óleo de Joan Planella i Rodríguez.

En Cataluña, el ludismo estuvo activo hasta, por lo menos, 1856. El primer acto ludita datado en Cataluña se remonta a 1823, cuando en Camprodon la multitud destruyó las máquinas de cardar y de hilar de la manufactura de Miquela Lacot. Cuatro de los asaltantes fueron sometidos a un consejo de guerra por haber destruido una máquina de fabricación inglesa. Los hechos de Camprodon fueron seguidos, el 24 de junio de 1824, de la publicación de una real orden que ordenaba a las autoridades que protegieran los establecimientos fabriles ante “los tristes resultados que padecieron las fábricas de Alcoy, Segovia y otras, por iguales causas de anteponer los jornaleros su interés y subsistencia a la autoridad pública”, al mismo tiempo que planteaba la necesidad de los ayuntamientos y los párrocos instruyeran al pueblo en el “bien que trae el uso de las máquinas” y la conveniencia de “emplear en caminos, obras públicas de la provincia y otras labores análogas a estos brazos que claman por ocupación, y abrigan, aunque callen, la inquietud y descontento a la par de su miseria”.

Entre 1827 y 1832 se produjo un notable aumento de las inversiones industriales en Cataluña. Ese último año se introdujo el primer telar mecánico y la fábrica Bonaplata, Vilaregut, Rull y Cía. pasó a ser la primera movida por una máquina de vapor. En ella trabajaban entre 600 y 700 obreros. Se inició de este modo una etapa de progresiva reducción de los costes de producción, que no debe atribuirse solo a la mecanización, también a la continuada sobreexplotación de la mano de obra. En 1835 la fábrica, conocida como El Vapor, fue destruida. El 5 de agosto una multitud heterogénea la incendió a pesar de la resistencia que encontraron por parte de un grupo de obreros, dirigidos por el hijo de Bonaplata, que disparó contra ella. Cuatro trabajadores fueron fusilados al día siguiente y muchos otros terminaron condenados a largas penas de prisión.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Incendio de “El Vapor”. Grabado de la época.

Otras actuaciones luditas se sucedieron en los años siguientes. En junio de 1836 grupos de obreros intentaron atacaron los talleres e intentaron destruir sus modernas máquinas en Sabadell. El 22 de marzo de 1844 la fábrica de Subirats, Vila y Cía. era incendiada en Igualada (Barcelona) y en septiembre, en Alcoi, se intentaron destruir las nuevas máquinas conocidas como caradas de mecha continua. En 1854 se produjo en Barcelona uno de los movimientos luditas de mayor alcance al ser destruidas gran cantidad de selfactinas (máquinas de hilar) por parte de los trabajadores del hilo a quienes su progresiva introducción –desde 1844– había dejado sin trabajo. El movimiento se extendió por otras poblaciones catalanas como Valls, Mataró, Manresa, Santpedor, Navarcles, Sallent o Sant Andreu del Palomar. Todavía en junio de 1856 aparecieron en diversos centros industriales catalanes pasquines incitando a destruir las fábricas de vapor, llegándose a producir algunos ataques (como el incendio provocado en una hilatura de Les Masies de Roda.

El amplio marco temporal que, como hemos visto, abarcó el ludismo nos muestra que este fue, ante todo, “un estallido violento de sentimientos contra un capitalismo industrial sin limitaciones que desplazaba sin contemplación alguna un código paternalista anticuado pero avalado por tradiciones muy arraigadas en la comunidad trabajadora” [E.P. Thompson (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra] y que los trabajadores lo utilizaron como un modo de presión para conseguir aumentos salariales o mejoras en las condiciones de trabajo. De este modo, como señalara Hobsbawm (1964, Labouring Men: Studies in the History of Labour), nos encontramos ante un incipiente sindicalismo que poco después conduciría a la clase obrera a organizarse de manera permanente –en 1864 se fundaba la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), o Primera Internacional–, a extender sus reivindicaciones y a adoptar otras formas de lucha, con la huelga como principal instrumento.

Extracto de mi artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13, 5-15.

La Internacional

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internacional

Sin pena ni gloria pasó el 125 aniversario de uno de los himnos más bellos jamás compuesto, La Internacional, que se cumplió en junio de 2013.

La InternacionalLa letra data de 1871 y fue escrita por Eugène Pottier (1816-1887) durante los días de la Comuna de París, formando parte de su obra Cantos Revolucionarios. Pottier, que trabajaba como dependiente en una papelería, participó en los hechos de la Comuna y fue miembro de su consejo. En 1888 Pierre Degeyter, tallista de profesión que ya contaba con cierta reputación como compositor –su verdadera vocación era la música y estudiaba por las tardes en el conservatorio de París–, la musicalizó. El 23 de junio de ese año se interpretó por primera vez en público, en una fiesta de los trabajadores de Lille (Francia). Emocionó, entusiasmó, convenció, y alcanzó enseguida una enorme popularidad en Francia y, acto seguido, en todo el mundo occidental entre la clase trabajadora.

En 1892, la Segunda Internacional la adoptó como himno, como harían también después la mayoría de los partidos y organizaciones obreras socialistas y comunistas. En 1919 Lenin a convirtió en himno nacional de la Unión Soviética (lo fue hasta 1943).

Hoy apenas se escucha. Son otros tiempos. Pero “La Internacional” no ha perdido un ápice de emotividad ni de belleza.

¡Arriba, parias de la Tierra!

¡En pie, famélica legión!

Atruena la razón en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión esclava en pie a vencer!

El mundo va a cambiar de base.

Los nada de hoy todo han de ser.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la internacional.

Ni en dioses, reyes ni tribunos,

está el supremo salvador.

Nosotros mismos realicemos

el esfuerzo redentor.

Para hacer que el tirano caiga

y el mundo esclavo liberar,

soplemos la potente fragua

que el hombre nuevo ha de forjar.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la internacional.

La ley nos burla y el Estado

oprime y sangra al productor;

nos da derechos irrisorios,

no hay deberes del señor.

Basta ya de tutela odiosa,

que la igualdad ley ha de ser:

No más deberes sin derechos,

ningún derecho sin deber.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la Internacional.

La Internacional (secuencia de la película de Warren Beatty Rojos, 1981):

El Petrolio. La primera huelga general revolucionaria de España

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cap12

Incendio de varias casas colindantes con el ayuntamiento para obligar a las autoridades a rendirse. Grabado de “La Ilustración Española y Americana” (24 de julio de 1873).

“El domingo día 13 [de julio de 1873] cerraba la semana más vehemente, intensa y trágica de la historia de la ciudad [Alcoi]. Alrededor de las doce comenzó a escucharse el ruido de tambores y cornetas. Las tropas estaban próximas. Una angustiante y sorda quietud reflejaba miedo, el mismo que acompañaba a los siempre necesarios excluidos que por unos instantes parecían haber olvidado su condición, el miedo a despertar cuando el sueño estaba más próximo que nunca de ser real, justo cuando creían haberlo perdido definitivamente en aquella saturnal de violencia profanadora de respetabilidades y conveniencias. ¿Regresaba el respeto? No, el miedo, el temor a la nada.

Por la puerta de Alicante entraron finalmente las fuerzas de artillería con ocho cañones, guardia civil, compañías de voluntarios llegadas de otras ciudades, caballería… Las negociaciones a fin de evitar que penetraran en Alcoi habían resultado infructuosas a pesar de haberse retirado ya las barricadas y puesto en libertad a los rehenes.

Imposible calcular a ojo cuántos hombres formaban aquel imponente ejército al frente del cual figuraba el general Velarde montado sobre un engalanado caballo blanco que a Samuel le recordó aquel con el que cabalgaba Albarracín unos días antes. Monllor y Samuel –que presenciaban el magno desfile de fuerza– lo intentaron. Primero creyeron que eran centenares, luego vieron que no. Hombres y más hombres pasaban ante sus ojos en perfecta formación. Debían ser miles, concluyeron.

Había poca gente en la calle. El imperturbable, persistente y cadencioso ritmo del paso de los soldados, el traqueteo de los cañones, resonaba en unas calles vacías, prácticamente desiertas. La mayoría se limitaba a observar desde las ventanas, con los visillos corridos para que nadie pudiera adivinar en sus rostros signo alguno de satisfacción o rechazo, desconfiando de todo y de todos hasta la resolución final del conflicto. En algunos balcones, en el campanario y en el ayuntamiento ondeaban banderas blancas.”

Fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2016):

¿Qué había pasado para que se produjese un despliegue de fuerzas tan numeroso? Pues ni más ni menos que la primera huelga general de carácter revolucionario que tuvo lugar en el Estado español, una insurrección –acaecida entre el 8 y el 13 de julio de 1873– que marcó no solo el devenir de la clase obrera local y de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores sino que fue determinante en el fin de la Primera República. En El corto tiempo de las cerezas novelo estos hechos ciñéndome fielmente a lo que sucedió, pues fue este el primer tema sobre el que investigué al terminar la licenciatura –me leí todo el proceso (más de 30.000 folios)– y el del primer libro que publiqué en solitario en 1980 (Lucha de clases e industrialización). Lo que sigue no corresponde a la novela; está sacado del libro y de otros artículos que sobre los hechos de julio de 1873 he ido publicando a lo largo de los años.

La federación local alcoyana de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) se constituyó en 1872 y pronto se convirtió en una de las más relevantes de España. A finales de año contaba con 2.591 afiliados, cifra solo superada por la federación local de Barcelona (7.500). Por eso en el Congreso de Córdoba que tuvo lugar del 24 de diciembre de 1872 al 3 de enero de 1873 y supuso la definitiva ruptura entre el sector bakuninista y el marxista, que ni siquiera acudió al congreso, fue elegida sede la Comisión Federal.

Cuando en febrero de 1873 fue proclamada la primera República española, la Comisión hacía pública su Circular núm. 8 en la que se pronunciaba sobre el cambio de régimen: la nueva República no era otra cosa que “el último baluarte de la burguesía, la última trinchera de los explotadores y un desengaño completo para todos aquellos (…) que todo lo han esperado y aún lo esperan los gobiernos”. Mientras, en Valencia –donde residía el Consejo Federal (el sector marxista de la Internacional)– el recién estrenado régimen era saludado con alegría por buena parte de la población, incluidos los internacionalistas. Y es que ambas ciudades estaban separadas por muchas más cosas que los poco más de cien kilómetros de distancia física: en Valencia el capital se invertía mayoritariamente en la agricultura y no en la industria, predominaban los oficios cuyas características recordaban en parte un ritmo de trabajo más propio de las sociedades preindustriales y eran muy pocos los oficios sometidos a la férrea disciplina fabril. Por otra parte, la evolución urbanística de la ciudad nada tenía que ver con la de Alcoi, encallada entre ríos y barrancos que, en su mayor parte, no pudieron salvarse hasta la década de 1860. Que la actual civilización sea el resultado inmediato del proceso industrializador no implica que este sea un proceso lineal. Todo lo contrario: es un transcurso del tiempo con continuadas transformaciones que tienen lugar en una pluralidad de situaciones que se inscriben en contextos bastante distintos. Y el contexto alcoyano –por la propia orografía de la ciudad y las peculiares características en que se desarrolló dicho proceso– era quizás de los más propicios para que los efectos de la industrialización sobre la clase obrera se dejaran sentir con toda su crueldad.

La falta de competencia y de materias primas y la dificultad en las comunicaciones obligaron a una sobreexplotación de la mano de obra, que se puso de manifiesto fundamentalmente en dos aspectos: el mantenimiento de unos salarios que nunca llegaban al nivel de subsistencia y el alargamiento, hasta el máximo posible, de la jornada laboral. La industrialización comportó, por otra parte, y desde los primeros momentos, un extraordinario crecimiento demográfico. Alcoi pasó de tener 11.672 habitantes en 1820 a 18.219 en 1826 (solo seis años después de la introducción de las primeras máquinas) y 25.196 en 1860. Este aumento demográfico tuvo dos consecuencias muy importantes. En primer lugar, la superpoblación del casco urbano. En segundo, la formación de dos clases de barrios, representativos de mundos distintos que terminarán siendo hostiles: los 800-1.200 habitantes por hectárea de los distritos donde vivía la burguesía contrastaban claramente con los 2.000-2.500 –en ocasiones hasta 2.800– de los distritos donde vivía la clase obrera.

Predominaba la vivienda de alquiler por piezas (casas de una, dos o tres llaves), en función del poder adquisitivo del trabajador. Un poder adquisitivo que resultaba siempre insuficiente no solo para poder disponer de una vivienda que simplemente no fuera un foco de insalubridad, sino para atender necesidades tan básicas como el vestido y la alimentación –basada, según las fuentes de la época, en productos vegetales a los que se les solía añadir algunos salazones–, impedir que sus hijos empezaran a trabajar (desde los seis años los niños y desde los ocho las niñas), disminuir la duración de las agotadoras jornadas laborales de hasta dieciséis horas o no tener que recurrir a empeñar, a usureros que cobraban hasta un 80 por ciento de intereses, desde las pocas piezas de que constaba su ajuar a prendas de vestir, colchones o pañales incluso. Por otra parte, en estas viviendas –donde para comer había que retirar los colchones, y viceversa– era imposible llevar ningún tipo de vida familiar, lo que conllevó una desestructuración de la familia tal y como hasta entonces era entendida. De este modo, los niños harán su vida en  la calle hasta la edad de trabajar. También gran parte de las actividades de la vida de los adultos, los varones fundamentalmente, se realizarán fuera del hogar –si bien esta palabra referida a las viviendas de las familias obreras no deja de ser un eufemismo–, con lo que aumentará considerablemente la prostitución, el juego –expresamente prohibido a los obreros por las autoridades muncipales– o el consumo de alcohol (para la época, 100.000 litros de aguardiente y 1.650.000 litros de vino al año).

Las condiciones de vida de la clase obrera alcoyana eran de absoluta la miseria. Y será la lucha por sobrevivir la que propiciará que los obreros, al compartir las consecuencias de la dominación y la explotación, al experimentar conjuntadamente el cúmulo de injusticias generalizadas apuntadas, se den cuenta de la comunidad de sus intereses, de la conciencia de pertenecer a una clase y de defender aquello que los identifica como tal. Solo, pues, remontándose a las consecuencias del proceso industrializador sobre el conjunto de la clase obrera alcoyana podemos buscar una explicación lógica sobre los hechos del Petrolio. Ahora bien, ¿significa esto que necesariamente la situación generalizada de miseria en que vivían los trabajadores alcoyanos debía desembocar en un estallido de esta magnitud? Porque los hechos de julio de 1873 no son en absoluto espontáneos, sino que responden a una estrategia perfectamente definida: nos encontramos nada más que ante la primera huelga general revolucionaria que tuvo lugar en España. Y eso nunca es resultado de la improvisación. En otros lugares gran parte de la población vivía en condiciones similares y naturalmente que se producían disturbios y acciones de protesta, pero no superaban la demanda de aumento de salario y reducción de la jornada laboral ni llegaban a cuestionar el propio sistema, como sí sucedió en Alcoi. ¿Por la presencia de la Internacional? Evidentemente. Pero de ahí en absoluto hay que deducir que sea necesaria la irrupción de un partido o una organización –la Internacional en este caso– para que, gracias a su acción, los trabajadores “descubran” su conciencia de clase y sus intereses “reales” (como si esto fuera algo inherente al trabajador como ser humano). Por tanto, el Petrolio no es otra cosa que el resultado de un largo proceso de luchas y experiencias compartidas –que arranca con los inicios de la industrialización y mantiene tradiciones anteriores arraigadas en el seno de la comunidad– para conseguir una mejora en las condiciones de vida que, en un momento histórico concreto, converge con el ideario de una minoría política “consciente” (la Primera Internacional) hasta el punto de que las aspiraciones de unos y otros se unen para compartir ideario.

El Petrolio fue la lucha de una clase contra otra, la lucha de dos mundos cada vez más distintos y, lógicamente, más hostiles. En 1873 la distancia la manera de vivir de los obreros y la de los fabricantes y propietarios, lejos de haber disminuido, era todavía mayor que en los inicios de la industrialización. Un ejemplo: mientras que algunas tiendas de ultramarinos anunciaban en la prensa de la época que ya estaban a la venta productos como el chocolate o el queso (a 18,79 reales el kilo el primero ya 10,43 el segundo), los tejedores que poseían un telar cobraban entre 10 y 14 reales por día por una jornada laboral de hasta dieciséis horas y los papeleros, con una media de 10 horas (las duras condiciones en que se desarrollaba su trabajo no permitían hacer más) difícilmente superaban los 10 reales diarios. Y estamos refiriéndonos a los oficiales. Los aprendices venían a cobrar un 30 o un 40 por ciento menos, las mujeres un tercio del diario de los varones, y los niños alrededor de 0,75 reales. En todas las actividades cotidianas los trabajadores se encontraban completamente apartados de la burguesía y el tiempo era distinto entre unos y otros, tanto en los centros de producción como fuera de ellos. La burguesía, además, no reparaba a la hora de hacer alarde de su forma de vida –es más: era necesario que así fuera para que cada uno supiera cuál era su lugar en la sociedad–, una vida bastante más cómoda y placentera en la que los obreros no podían acceder y que se apreciaba en la vivienda, el vestido, la comida, la manera de ocupar el tiempo libre…

Por tanto, no es que llegase la Internacional a Alcoi y “convirtiera” a los trabajadores a su “credo” (el Círculo Católico de Obreros tenía más medios y ya contaba con local propio antes de que la AIT). Las ideas que esta preconizaba arraigaron con fuerza porque se identificaban con los valores que los obreros habían elaborado desde su propia experiencia. Lo que sí hizo la AIT es, sobre todo, que los trabajadores se enteraran de que, en otros lugares, otras personas como ellos compartían ideas y valores similares y que en algunos su lucha tenía éxito y se conseguían mejoras económicas y laborales que no eran más que el primer paso hacia una nueva sociedad en la que “no habrá ni papas, ni reyes, ni burgueses, ni curas, ni militares, ni abogados, ni jueces, ni escritores, ni políticos; pero sí una libre federación universal de libres asociaciones obreras, agrícolas e industriales.” (Circular núm. 8). Una de las ideas centrales del mensaje internacionalista-bakuninista es el respeto a la individualidad.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

En este estado de cosas, el 8 de julio de 1873, entre ocho y diez mil trabajadores de Alcoi y la vecina localidad de Cocentaina se sumaron al paro que, desde el mes de abril, llevaban a cabo los trabajadores papeleros de Els Algars (Cocentaina) en demanda de la jornada laboral de 8 horas y un aumento salarial de dos reales diarios.

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Ese mismo día, y ante el cariz de los acontecimientos, el alcalde –el republicano federal Agustín Albors– telegrafió al gobernador civil pidiendo el envío de tropas y reunió a los principales contribuyentes para preparar un plan de defensa. Los trabajadores se concentraron frente al ayuntamiento el día 9, y una comisión de los huelguistas –encabezada por el miembro de la Comisión Federal Severino Albarracín– se entrevistó con las autoridades sin conseguir acuerdo alguno. Según fuentes de la época, Albarracín ordenó a los obreros concentrados que se armaran, lo que provocó el nerviosismo de los guardias apostados en el campanario de la iglesia de Santa María (en la actual plaza de España), quienes abrieron fuego contra la multitud. Un trabajador resultó muerto y unos cuantos más heridos. Inmediatamente comenzaron las barricadas y grupos de internacionalistas se dirigieron a las casas de los principales contribuyentes deteniéndoles en calidad rehenes.

La intransigencia de la patronal y de las autoridades, que se negaron a negociar en esas condiciones, complicó todavía más las cosas. Comenzaron los enfrentamientos y los huelguistas decidieron incendiar la Casa Consistorial para obligar a rendirse a los allí reunidos. También se rociaron con petróleo e incendiaron algunas casas desde las que se disparaba a los obreros. De ahí que estos hechos se conozcan popularmente como El Petrolio (de petroli, petróleo en valenciano, o catalán, que tanto da que da lo mismo).

El día 10, tras más de veinte horas de lucha, los guardias municipales que se encontraban en el campanario se rindieron al quedarse sin munición, lo que permitió a los internacionalistas hacerse con el control de la plaza. Los guardias que más se habían significado fueron asesinados. La gente estaba tan exaltada que incluso algunos dirigentes de la AIT tuvieron que poner orden. Por fin, antes del mediodía consiguieron entrar en el ayuntamiento. Algunos de los que allí se encontraban murieron en el primer enfrentamiento. Albors, no obstante, se resistió y disparó contra los amotinados, tratando luego de escapar por aquellos espacios que el fuego había dañado. Cuando finalmente lo encontraron, toda la indignación se volcó contra él y fue muerto de forma violenta, siendo su cadáver arrastrado por las calles. Además del alcalde, quince personas más resultaron muertas, siete de las cuales eran guardias civiles y tres huelguistas.

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Con el fin de Albors acabó la lucha y los internacionalistas comenzaron a dejar en libertad a los rehenes a cambio de 25.000 duros, cantidad que, según la Comisión Federal, era para reparar los daños producidos y pagar los salarios de los huelguistas. Pero la operación se suspendió al saberse que las tropas del ejército se aproximaban a Alcoi. Finalmente, estas entraron en la ciudad el día 13 sin encontrar resistencia alguna.

Durante unos días, sin embargo, Alcoi estuvo en manos de la Internacional, ya que las tropas tuvieron que marchar a Cartagena para abortar el cantón allí proclamado. En ese lapso de tiempo, se logró un acuerdo que contenía algunas mejoras laborales y económicas para los obreros, acuerdo que se suprimió pocos días después cuando las tropas regresaron a la ciudad.

Sobre la clase obrera alcoyana se desató una dura represión y se instruyó un sumario en el que fueron encausados entre 500 y 700 trabajadores, de los que 286 acabaron siendo procesados y, muchos de ellos, encarcelados acusados de 110 delitos. La mayoría fueron encerrados en Alicante, a donde se les trasladó a pie y atados. Las condiciones de vida se endurecieron todavía más. La absolución total de los encarcelados no llegó hasta 1881, fecha en que esperaban aún sentencia veinte procesados

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/07/13/el-petrolio-la-primera-huelga-general-revolucionaria-de-espana/