Esas malditas máquinas. Los hechos luditas de Alcoi de 1821.

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Tal día como hoy en 1821, 2 de marzo, unos 1.200 hombres de los pueblos circundantes de Alcoi se dirigieron a la ciudad, armados con lo primero que encontraron a mano, y destruyeron las máquinas situadas en el exterior de la misma.

Alcoi era una ciudad industrial desde mediados del siglo XVIII que funcionaba sobre la base del sistema de manufactura dispersa, la cual integraba una veintena de pueblos de los alrededores y daba trabajo a unas cuatro mil personas. Con el cambio tecnológico que acompañó el proceso de industrialización, gran parte de esta mano de obra campesina se vio privada de una parte importante de sus ingresos, a no ser que buscara trabajo en Alcoi, y su modo de vida resultó trastocado para siempre.

Cuando en 1818 entraron en Alcoi las primeras máquinas –de cardar e hilar– ya tuvieron que ser escoltadas ante los fundados rumores de que podrían ser asaltadas y destruidas. Idéntica situación se produjo en los dos años siguientes, hasta que el 2 de marzo de 1821 unos 1.200 hombres de los municipios vecinos se dirigieron a Alcoi y destruyeron las máquinas ubicadas en el exterior de la ciudad, aceptando retirarse solamente tras obtener la promesa por parte del ayuntamiento de que las situadas en el interior serían desmontadas. Diecisiete máquinas fueron hechas añicos y los daños ocasionados se valoraron en dos millones de reales. Inmediatamente, el alcalde de Alcoi solicitó ayuda militar y un regimiento de caballería, procedente de Xàtiva, y otro de infantería, desde Alicante, entraron en la ciudad el 6 de marzo. Esta acción ludita [de Ned Ludlam, o Ludd, aprendiz de tejedor en Leicester que en 1779 destruyó los telares de su maestro empleador al no poder soportar más las continuadas prisas y regañinas de este] tuvo una gran repercusión y fueron debatidos en las Cortes en varias sesiones.

Lo que sigue es un fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas, en el que un viejo campesino que participó en los hechos cuenta, más de cuarenta años después, como sucedieron estos al joven Samuel, principal protagonista de la misma.

Guisambola contemplaba, entre divertido y extrañado, a aquel muchacho que siempre parecía tener prisa y que en poco tiempo había conseguido distinguir casi tan bien las hierbas como él. ¿Y este chico de dónde habrá salido? Es el hijo de Vicent, el de Muro, le comentó una vez un vecino que se encontraba con él cuando Samuel entregó el pedido que días antes le había hecho. ¿De Muro? Guisambola también era de Muro. El dato aumentó su interés y la siguiente vez que lo visitó, le ofreció una mistela y unas pastas.

―Acércate, chico.

Hasta bien mayor, Guisambola había conservado buena parte de su vigor físico, pero en los últimos años había ido perdiendo vista, cada vez más, hasta quedarse prácticamente ciego; apenas distinguía sombras y bultos. Su memoria, sin embargo, había sido menos castigada y recordaba bastante bien su época de juventud.

―¿Así que tú eres de Muro?

―¿Yo? No sé.

Samuel desconocía que su familia proviniese de Muro, no sabía que él mismo había nacido y sido bautizado allí, nadie le había hablado nunca de sus orígenes. ¿Qué importancia podía tener?

―¿Tu padre no se llamaba Vicent, y tu abuelo Roque?

―Mi padre se llamaba Vicent, sí, pero mi abuelo… No sé.

―Yo conocía a tu abuelo. También nací en Muro, pero me vine para aquí hace muchos años. Tu padre debería ser un niño todavía, igual tendría tu edad. Yo también, un par de años más a lo sumo. Éramos vecinos. Lo recuerdo ayudando a tu abuelo. Era espabilado, y trabajador. Sabía casi todo de las faenas del campo, cuándo debía sembrarse y cuándo había que recolectar, y cómo hacerlo, cuándo se tenían que abonar los bancales y cuándo regarlos, y cómo, claro. Eran otros tiempos. Créeme que los echo de menos.

―¿Y por qué se vino?

―Por lo mismo que todos los que no han nacido en esta ciudad. En Muro, como en otros muchos pueblos a la redonda, cada vez se necesitaba más dinero para todo. No me preguntes por qué, no sabría responderte, pero la vida era cada día más difícil. Como otros muchos, de Muro y de otras localidades, encontramos en los fabricantes de Alcoi un gran alivio para combatir las penurias. Ellos comerciaban con telas y alguien tenía que hacerles el hilo. Todas las semanas venía un hombre con un carromato, se llevaba el hilo que habíamos elaborado y nos dejaba más lana para cardar e hilar. Todas las semanas, cada vez había más faena, a veces no se podía con tanta y los fabricantes se quejaban, amenazaban con no dar más trabajo si nos retrasábamos, pero luego no lo hacían, había demasiados pedidos que atender.

―¿Y qué pasó?

―Las máquinas, muchacho, las máquinas. Comenzaron los fabricantes a traerlas de fuera y acabaron con todo. Una máquina hace la labor de muchos hombres y nunca falta al trabajo ni se queja, ni protesta de nada. Pronto todos querían máquinas. Los fabricantes, claro, los demás no queríamos saber nada de ellas. Se redujo la cantidad de lana que traían cada semana, cada vez daban menos y abarataron los precios. Cosas de la competencia de las máquinas, decían. ¡Pero si eran suyas!

―¿Y si nadie las quería más que los fabricantes cómo es que ahora casi todos trabajan en ellas?

―Los que tenían las máquinas eran los mismos que antes nos daban lana para cardar y hacer hilo, y la gente necesita comer. Así que lo tomas o lo dejas. Se luchó por impedirlo, no creas, pero no se consiguió. A veces se gana, aunque las más se pierde. Hombres de todos los pueblos, no sé cuantos, muchos, nos organizamos para venir a Alcoi y destruir todas las máquinas. Veníamos con nuestras horcas, azadas, picos, con cualquier cosa que tuviéramos a mano. Más de mil éramos. Tu abuelo también vino. No conseguimos entrar en la ciudad, pero las que estaban en el exterior fueron hechas añicos. Ni una quedó. Lo sé muy bien, no sabes con que gusto le di a una de ellas con la azada. Un golpe seco y a la mierda la máquina ─Samuel rió─. Y así una, y otra, hasta que no quedó ninguna. Veinte por lo menos nos cargaríamos, más de las que había dentro. Eso sería en los años veinte, 1821 o 1822 si mal no recuerdo. Las autoridades prometieron que se desmontarían las que quedaban, pero eso nunca sucedió. Algunos, además, fueron luego encarcelados por ello.

―Ganaron las máquinas.

―Sus dueños. Pero no acabó ahí la cosa. Dos o tres años después, dos creo. Sí, dos. Dos años después volvimos a romper las máquinas. Ya estaba otra vez todo lleno de esos diabólicos artefactos. Pero éramos menos, la mitad como mucho. Tu abuelo y yo también vinimos. Tu abuelo tenía un par de cojones. Antes de llegar a la puerta de Cocentaina, había tropas esperándonos. Nos dijeron que marcháramos de allí si no queríamos que pasara nada. Exigimos hablar con el alcalde. Aceptaron y cuatro de nosotros fuimos a hablar con él. Me acuerdo muy bien de aquello. Dentro de Alcoi también había muchos que querían destruir las máquinas. Un par de ellos se añadió a la reunión, el mismo alcalde dijo que acudieran también de los de dentro. Le dijimos que no habían respetado la promesa de desmontar las máquinas, sino al contrario, y que las promesas se cumplían, que las máquinas iban a acabar con nosotros. Los alcoyanos explicaron que la situación en la ciudad no era mejor y que sus calles estaban llenas de cuadrillas de operarios mendigando de puerta en puerta para poder subsistir. El alcalde no aceptó desmontar las máquinas, los fabricantes tenían derecho a hacer lo que quisieran con sus bienes y propiedades, por eso eran suyos. Prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para remediar la miseria que nos asolaba, pero en la cuestión de las máquinas dijo que no podía intervenir.

―¿Y se fueron?

―Las tropas cargaron contra nosotros. Todos huimos en desbandada a los primeros golpes. Ellos cogieron a unos pocos, pero hirieron a muchos. Desde entonces la resistencia a las máquinas fue cada vez a menos, la gente empezó a no querer saber nada de protestas. Nada se puede contra el poderoso, decían. Difícilmente se conseguía un centenar de hombres dispuestos a lo que fuera. Poco a poco todo el mundo se ajustó a la nueva situación y uno tras otro fuimos abandonando nuestros pueblos y mudándonos aquí. El hambre es muy mala consejera, muchacho.

―Y usted se vino a trabajar con las máquinas.

―A mí las máquinas no me gustan.

―A mí tampoco, ni las fábricas.

Guisambola sonrió con la rotundidad de la respuesta de Samuel.

―Yo vine porque se venían mis hijos, no hice como tu abuelo, que decidió quedarse. Antes muerto que una de esas infernales y sombrías fábricas, decía. Ya te lo he dicho antes: tu abuelo tenía un par de cojones. No sé qué habrá sido de él. Pero una vez aquí decidí dedicarme a lo que sabía, mi madre y mi abuela me habían enseñado muchas cosas sobre las hierbas y sus propiedades. Y hasta ahora, aunque ya me queda poco, estoy muy viejo.

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Nada es eterno si se respeta la libertad de amar

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―Esta misma mañana, frente a la Bolsa de Trabajo, he visto reunido un gran número de obreros y me he acercado a ver qué pasaba.  Se trataba de un mitin y los discursos que se pronunciaban eran verdaderamente incendiarios. Había muchos anarquistas que decían “Basta de discusión, ¡a la calle!, ¡a la calle!”. La policía trató de impedirles el paso y empezaron los enfrentamientos. Mas ¿qué movía a los allí concentrados? ¿Qué pedían? ¡Trabajo! ¿Y qué hubiera pasado si alguien, el prefecto o el más burgués de los burgueses, hubiese prometido, y podido demostrar, por supuesto, que a partir del día siguiente, o de ese mismo día, habría trabajo, bien pagado, para todos? La concentración que se hubiese disuelto ipso facto.  Libertad, justicia, trabajo…  ¡Patrañas! Trabajad, trabajad y conseguiréis una sociedad próspera. ¿Próspera para quién? ¡Memeces! Toda revolución ha de tener como único móvil y único fin el placer. ¿Qué clase de revolución es aquella que solo pretende modificar las reglas del juego cuando es este el que está mal diseñado, pues siempre son los mismos los que ganan y también los que pierden? ¿No habrá que jugar a otra cosa? Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse.

―Yo también he leído a Lafargue, Samuel, yo también. Muy propio de quien tiene la vida resuelta, como tú. Lafargue tiene una casa en Draveil con un jardín de por lo menos diez mil metros cuadrados que le costó la friolera de cuarenta mil francos hace ya unos años. Así se comprende que diga esas cosas, pero al pobre obrero que no sabe qué hacer para poder comer, él y su familia, al día siguiente, dile que el trabajo no deja de ser un dogma y se entregue al placer.

―Pues nada, a trabajar, a trabajar. Contribuyamos con nuestro esfuerzo a incrementar la riqueza nacional, alguna que otra migaja siempre sobrará. Lo que mueve al hombre es la codicia y esta sociedad premia a los codiciosos.

―No empieces a comportarte como en esas tertulias de Montmartre que tanto te gustan en que, hartos de ajenjo y otras bebidas, supongo que champán en tu caso, todo el mundo filosofa y cree estar por encima del bien y del mal. La verdad es que, a veces, no sé si eres un escéptico o simplemente un ingenuo.

Samuel tampoco lo sabía, pero era lo que menos le importaba en aquellos momentos. Marion hablaba de su vida, de sus experiencias, con la naturalidad que solo da la confianza en lo que se dice y, sobre todo, la persona a quien se dice. Samuel intervenía pocas veces, escuchaba con atención las circunstancias y los episodios que habían conducido a Marion a abrazar el ideario anarquista, un ideario que en buena parte ambos compartían, con la diferencia ─notable─ que para Samuel esa sociedad, que también él desearía ver materializada, nunca llegaría a ser posible a causa de la misma naturaleza del ser humano, egoísta y depredadora. Admiraba la coherencia que mostraba Marion entre su manera de pensar y su forma de actuar, acorde lógicamente con la determinación de su carácter. Le recordaba a Esclafit. Era una persona firme en sus convicciones, íntegra, y, en consecuencia, llena de vida, y no podía evitar dejarse llevar por su expresividad, por el brillo de sus ojos, cuando defendía con ahínco sus ideas más enraizadas o con la aflicción que de los mismos se desprendía al revelar los acontecimientos más penosos a que había tenido que enfrentarse. Había momentos en que Marion podía expresarse con la mayor de las cóleras y él, sin embargo, seguir viendo un rostro lleno de dulzura y espontaneidad. Esto, no obstante, nunca se lo confesó ─no quería que pudiese tacharle de frívolo o superficial─, como tampoco el montante real de su fortuna, que por aquellas fechas ya había menguado considerablemente. Fueron estas dos circunstancias las únicas de las que nunca habló con ella. Entre Marion y Samuel se estableció una relación sentimental basada en la autonomía personal de ambos, sin ninguna clase de lazos sociales o morales, un amor libre que le recordaba en cierta medida su relación con Brigitte. Eran amigos, amantes, compañeros, y tanto eran dos como uno. Eso sí, el dos, aquí, siempre era la suma de uno más uno. Su amor, por supuesto, podía no ser eterno, ningún amor tiene por qué serlo si respeta la libertad de amar del individuo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

La muerte de Roque

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Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.

Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.

Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.

La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).