El corto tiempo de las cerezas (nueva edición)

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P4Publiqué El corto tiempo de las cerezas a finales de junio de 2015, hace tres años y medio. No es que la edición se haya agotado, ya quisiera. Entre otras cosas porque es imposible en un libro editado en la modalidad impre-sión bajo demanda, como es el caso. ¿Por qué, entonces, una nueva edición? No voy a repetirme, los moti-vos los explicaba en la entrada Comenzar de nuevo. Dejémoslo aquí en un simple ¿y por qué no? Ha pasado bastante tiempo, el blog es otro, el número de seguidores también, su finalidad y su función están mucho más definidas. Por otra parte, mis conocimientos sobre este modo de editar, o de autoeditar, y de confeccionar vídeos es más precisa. Nada pierdo intentando llegar a más gente. ¿Tiempo? Para eso está.

¿Cómo se gestó El corto tiempo de las cerezas? En 1980 publiqué mi primer libro en solitario: Lucha de clases e industrialización. Llevaba un largo subtítulo que explicitaba claramente su propósito, o mejor debería decir su pretensión: La formación de una conciencia de clase en una ciudad obrera del País Valencià (Alcoi: 1821-1873). Tenía solo 136 páginas y era una síntesis de mi tesis de licenciatura, que había leído hacía poco más de un año.

Una vez terminé de escribir El viaje –cumpliendo así una aspiración que se remonta a mis primeros años de juventud: ser escritor de novelas–, se me ocurrió novelar los hechos que narraba en Lucha de clases. Redacté una primera versión que ya tenía a Samuel Valls como protagonista, pero terminaba en 1873. Sin embargo, algo que no sabría definir me impulsaba a continuar. Un personaje como Samuel no podía dejar de existir tan pronto, tenía muchas cosas más que decir y hacer. Así lo sentía. Y de este modo surgió El corto tiempo de las cerezas.

Este es el resumen de su argumento que figuraba en aquella primera edición:

Un límpido y soleado día, Samuel tomó la determinación de no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne a todo y parecía seguir la máxima que un día le dijo a Samuel el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.

El argumento sigue siendo el mismo. No he modificado el texto, simplemente he corregido las erratas y eliminado alguna que otra redundancia. He tratado de hacer una edición más atractiva, más manejable, con menos páginas –a causa de la nueva maquetación– y, así, sacarla a la venta a menor precio. Y me he servido de la crítica que me hizo Rosa Berros Canuria tanto para el texto de la contraportada como para el vídeo. Pueden leerla completa clicando sobre su nombre.

Una última cosa. La versión de Le temps des cerises del vídeo es la de la película japonesa de animación Porco Rosso (1992), interpretada por Tokiko Katô. La he elegido entre todas las versiones que hay de la canción, y son muchas, porque en mi imaginación se ajusta perfectamente a la escena en que Camila la canta acompañada al piano por su marido, William.

Les dejo, pues, con esta nueva edición de El corto tiempo de las cerezas, y con el nuevo vídeo de promoción. Seguro que son muchos los que desconocen su existencia, o les ha pasado desapercibida. Deseo, espero, que suscite el interés suficiente en ellos y que la lean, es decir, que la compren. Está disponible en edición de papel y ebook. Para conseguirla cliquen aquí.

El Café de Levante

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“En el café”, óleo de Isaac Israels, década 1890.

El Café de Levante, en la Barceloneta, no era, precisamente, uno de los lugares recomendables de la ciudad. Por supuesto, dicha aseveración podía aplicarse a la gente de bien, el resto encontraba allí, y en otros cafetines semejantes, un lugar donde olvidar por un rato las cotidianas desdichas. Entre sus parroquianos había traficantes de todo tipo de productos, rufianes que dejaban desplumado en un santiamén al más precavido, sobre todo si se prestaba a jugar a los dados, mujeres descarriadas y de costumbres relajadas, marineros de los buques anclados en el vecino puerto. Lo mejor de cada casa se reunía, o compartía espacio, en aquellos cafetines, luego cafés-cantante, que poco tenían que ver con los lujosos cafés del centro y del ensanche de Barcelona. Su fachada era poco llamativa ─un simple cartel anunciaba su existencia─ y su interior sobrio y no demasiado espacioso, aunque generalmente abarrotado, sin apenas decoración, solo un mostrador, mesas y sillas, todo de madera de pino, como mucho una sala de billar, cuyo tapete verde se aprovechaba para que sobre él rodaran los cúbicos dados en vez de las esféricas bolas. Tampoco la iluminación ─de quinqués de aceite─ podía competir ─por otra parte, ni mucho menos lo pretendía, había poco que mostrar─ con la de gas de los establecimientos de clientela más selecta. Nada de bebidas exóticas o de moda, vino y aguardiente, sobre todo aguardiente, se consumía en grandes cantidades. Una cosa, no obstante, tenían en común: la satisfacción de la sensualidad, al menos a juicio de Samuel: ¿Ves? Aquí solo vale la complacencia de los sentidos, la gente viene a beber o a fornicar y consigue ambas cosas sin reparar en su coste.

A su lado, en una mesa, unos marineros que hablaban en un idioma que Samuel desconocía ─alemán, le dijo Yákov que era─, ebrios, hacían corro alrededor de una mujer de unos treinta y pocos años, demacrada, desgreñada, vestida solo con camisola y enaguas, que cantaba coplas de lo más obscenas. Los alemanes no entendían nada de las letras, pero sí el procaz lenguaje corporal de su intérprete. Risoteaban y gritaban, estruendosos. Aplaudían cualquier gesto obsceno y animaban a la mujer a desprenderse de la camisola, toqueteándola por todas partes. A la llamada de la generalizada jarana, viendo que corría el alcohol y que los marineros no refrenaban para nada sus impulsos, como evidenciaba el constante entrar y salir de las manos en los bolsillos en busca de cuartos, otras muchachas ─alguna muy joven, puede que ni llegase a los quince años─ se sumaron a la juerga y al vaciado de sus bolsas. Dos de ellos, que todavía mantenían la conciencia suficiente para contar los cuartos, besaban a las chicas alocadamente mientras sus manos se perdían bajo faldas, camisolas y refajos. Mira, mira, qué tetitas más lindas, decía uno ─así al menos lo tradujo Yákov─ mientras le subía la camisa a una jovencita y dejaba sus lozanos y turgentes pechos al aire entre las risas de los presentes y de la propia protagonista, que se tapó inmediatamente. Todos bebían sin mesura. La mujer que cantaba pronto dejó de hacerlo, mientras uno le sujetaba la cabeza otro vertía en su boca un vaso de aguardiente, ella no oponía resistencia, su capacidad de aguante se había esfumado hacía tiempo; otra canción, otro vaso, más de uno, hasta caer al suelo absolutamente borracha. Entonces se la llevaron un par de marineros, los alrededores del Café de Levante disponían de numerosos recovecos.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).

Tiempos de cerezas y adioses: dos novelas en una

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Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

Aunque una y otra pueden leerse de forma independiente, forman una única unidad narrativa tanto en su trama como en su discurso y se enmarcan en el periodo histórico comprendido entre 1820 y 1990.

El corto tiempo de las cerezas narra la historia de Samuel Valls y abarca desde 1849 (año de su nacimiento) hasta 1912. Samuel es el cuarto hijo de una familia de campesinos sin tierra que se ve obligada a trasladarse a la ciudad y buscar trabajo sus fábricas. Pero Samuel no tiene intención de deslomarse trabajando como su padre para terminar tan pobre como empezó. Sin miedo a la pobreza y sin ambiciones materiales, desde los doce años decide ser el único dueño de su destino.

A partir de ahí la vida de Samuel se despega, definitivamente, del futuro que le tenía asignado su origen. Vive de lo saca recogiendo cerezas y llevándolas a Farinetes, el dueño del cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía, o hierbas para el curandero Guisambola. Mas Samuel se va haciendo adulto, y de la mano de su amigo Esclafit, empieza a sentir necesidades que nunca se le hubieran ocurrido. Quiere entenderlo todo, saberlo todo, controlar su mundo… y aprende a leer.

Trabajará en un periódico, se verá obligado a huir a Barcelona al verse involucrado en la huelga general revolucionaria de Alcoi de julio de 1873, y después de peripecias de todo tipo, viudo y sin problemas económicos, terminará instalándose en París con su hija Camila, soprano.

A través de los ojos de Samuel, Manuel Cerdà nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela justo en el momento en que ese mundo que vivía y se creía indemne iba a tener un final trágico con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) nos cuenta la vida de Sam Sutherland, nieto de Samuel e hijo de Camila, ahora cantante de jazz, y William, un estadounidense que había conocido en París en 1903. Acompañando a Sam, autor de artículos y novelas, asistiremos a la historia de Europa a lo largo del siglo XX, un siglo en el que ‘ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad’.

Adiós, mirlo, adiós es “una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la Trilogía del siglo, pero para mí mucho mejor (…) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento más emoción.

Manuel Cerdà se retrata, huye de lo políticamente correcto y dice cosas que no gustarán a todos, pero que yo no tengo más remedio que suscribir como parte de mi propio pensamiento. ‘La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre. Somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho’. Esas palabras las pone Manuel Cerdà en boca de un Sam desencantado y frustrado, pero sé que son sus propias palabras, que la frustración y el desencanto de Sam son también los de Manuel Cerdà. Porque la frustración y el desencanto de Sam son mi propia frustración y mi propio desencanto.

Texto extraído de las reseñas de Rosa Berros Canuria “El corto tiempo de las cerezas” y “Adiós, mirlo, adiós”, publicadas respectivamente en Cuéntame una historia (9-IX-2017) y Revista MoonMagazine (7-XI-2016)

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018). A la venta a través de Amazon y librerías que distribuyen libros editados en su plataforma CreateSpace.

Tiempos de cerezas y adioses: mi último libro

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Tiempos de cerezas y adioses es el último libro que he publicado. Es, pues, un libro recién editado –desde hoy está a la venta–, un libro nuevo, pero solo en su diseño, es decir, en su aspecto formal. No lo es por lo que al contenido se refiere, pues reúne en un solo volumen mis dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016: El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird).

Aunque una y otra pueden leerse por separado, forman una única unidad tanto en su trama como en su discurso y se enmarcan en el periodo histórico comprendido entre 1820 y 1990, es decir, desde los inicios de la industrialización a la caída del Muro de Berlín. Es por esto que he decidido publicar esta edición conjunta de las dos novelas, que forman una misma realidad. Me he limitado a maquetar Tiempos de cerezas y adioses de otra manera para ganar espacio y que no tuviera una extensión excesiva y fuera un libro poco manejable. Aun así, han salido 708 páginas (en sus ediciones por separado El corto tiempo… tiene 518 páginas y Adiós mirlo adiós… 520). El texto, en ambos casos, es el mismo, si bien he corregido alguna que otra errata que en su momento me pasó desapercibida y poco más.

Ninguna de las dos, no obstante, pretenden contar la historia de una época a través de los hechos más sobresalientes, sino como estos fueron vividos por sus protagonistas y condicionaron sus vidas. Los personajes son el hilo conductor de los hechos, el elemento fundamental de la narración, en la que la música es un elemento narrativo más. Los hechos no se pueden modificar, siquiera en la ficción, pero la presencia de personajes inventados en su acontecer, junto a otros reales, permite ofrecer una visión en la que los acontecimientos se enmarcan en una realidad particular, aquella que es vivida. Un mismo hecho no influye por igual a todas las personas. Sus efectos sobre nosotros no son ajenos a nuestra voluntad, sea mediante la aceptación –‘Así es la vida…–, el rechazo, o la abulia, la apatía, la indolencia.

La cantidad de ejemplares vendidos hasta la fecha de una y otra novela van más o menos a la par: sobre 350 El corto tiempo… y poco más de 300 Adiós mirlo adiós… Hablo de la edición impresa. Desconozco, obviamente, cuántos de quienes las han comprado han adquirido las dos. En todo caso, compradas conjuntamente tal como hasta ahora se podía, es decir, editadas por separado, el precio final es de 32,61 euros. Ahora, ambas, al estar reunidas en un solo volumen, Tiempos de cerezas y adioses, el precio final es de 19,76 euros.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018). A la venta a través de Amazon y librerías que distribuyen libros editados en su plataforma CreateSpace.

TIEMPO DE CEREZAS

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Ilustración de María M. Míguez

Gracias mil a María M. Míguez.

MARIA M.MIGUEZ

Poema e ilustraciones inspirados en la novela de Manuel Cerdá, El corto tiempo de las cerezas. Y aunque he leído muy poco (una cuestión de tiempo), os aseguro que es una lectura que promete y totalmente recomendable.

Es tan corto
el tiempo de las cerezas
que apenas percibes su paso
mientras te alejas
sin apenas degustar,
pero sin olvidar jamás
el dulce sabor que en la boca nos deja.

 

Texto e ilustración de María Míguez

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¡Qué corto es el tiempo de las cerezas¡

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A Samuel le encantaban las cerezas. Comía las que colgaban de las ramas más accesibles y las caídas del árbol, y cogía un buen puñado para después, para cuando regresara el hambre. Nadie vigilaba aquel cerezo. Los primeros días obró con cautela, temía que alguien le descubriera, desconfiaba de que tanta serenidad, tanta placidez, pudiese disfrutarse de manera tan simple. La paz siempre tiene administradores. Pasó una semana y por allí nadie asomaba.

A finales de mayo, principios de junio, el tiempo suele ser de bonanza, los días son claros, el sol se pone tarde y luce sus mejores galas, es radiante, templado, generoso. Aprovechaba Samuel esas jornadas de seducción de los sentidos y pasaba buena parte del día allí tumbado. Lejos quedaban molinos, talleres y fábricas. A veces se quedaba dormido tan profundamente que hubiese podido estallar un obús a su lado sin que lo advirtiera. Y así, a mitad de una de esas mañanas tan gratificantes, sintió que alguien, o algo, le zarandeaba por los hombros, levemente al principio y más bruscamente al no obtener, quien fuera o lo que fuese, respuesta alguna. Se despertó sobresaltado y su primera reacción, al ver un hombre mayor ─pasaría de los cincuenta años─ con un tosco cayado, barba blanca y aspecto un tanto descuidado fue escabullirse. Se zafó a la velocidad de una centella, pero tropezó en un matojo y cayó de bruces.

―No huyas, chico. No voy a hacerte daño.

Samuel, azarado, no atendía a razones. Se levantó en un periquete y se puso a correr.

―Detente, hombre, que no quiero hacerte nada malo. ¡Mira! ─el extraño arrojó el cayado a sus pies─. Si hubiera querido lastimarte ¿no crees que he tenido tiempo suficiente para haberlo hecho ya?

Samuel se detuvo. Volvió la vista pero no dio paso atrás. Expectante y temeroso miraba los movimientos del desconocido. No inició este, sin embargo, acción de ningún tipo y Samuel disminuyó la resistencia.

―Anda, ven, no tengas miedo. Si yo solo quiero que me ayudes. Además, puedes ganarte unos reales.

Samuel cogió una vara del suelo aunque ya por entonces dudaba de la necesidad de protegerse con ella. El bastón que aquel individuo había lanzado instantes antes seguía en su sitio, su dueño también, ni el más mínimo cambio de posición. Se acercó lentamente, con cautela. El hombre mantuvo la postura para que Samuel no se amilanara e iniciaron una conversación. Resultó ser el dueño de aquellos bancales, de la deteriorada caseta y, por supuesto, del cerezo. Samuel trató de excusarse. El sujeto ─que respondía al nombre de Tomás, Tomás Farinetes, apuntó él mismo─ había subido a por cerezas. Solo lo hacía una vez al año, dos como mucho. Llenaba lo más posible las alforjas del borrico y las vendía, colocando un capacho lleno frente a la puerta de su casa para llamar la atención. Cuando empezaban a pasarse de maduras hacía conserva con las sobrantes. En aquella ocasión o bien vendería más o bien tendría más conserva que otras veces, pues marchó cargado de cerezas al contar con la ayuda de Samuel. Cuando acabaron, le dio cuatro reales y le propuso ganar alguno más en días sucesivos si le bajaba cerezas a casa y cuidaba de un par de perales que había en el bancal contiguo, cuyos frutos debería llevarle igualmente llegado el momento. Mientras, podía comer cuantas cerezas le vinieran en gana. Samuel aceptó.

―Aprovecha ahora, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto. Como todo lo bueno. Come las que quieras.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Los miserables de Nueva York

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Mulberry Street (Nueva York) en 1900. / Library of Congress (Washington).

Una mañana fue con William a visitar el barrio en que este se había criado, el Lower East. El Lower East Side, en el sureste de Manhattan, era uno de los barrios más antiguos de Nueva York, al tiempo que de los más degradados y, con diferencia, el más densamente poblado, con mucha diferencia, nada menos que la zona más habitada del planeta. Sus moradores eran trabajadores inmigrantes europeos como los que Samuel vio en la isla de Ellis, aquellos que habían viajado con él como si fueran fantasmas. En una de sus calles, tan necesitada de todo como sobrada de gente y miseria, había crecido William hasta que consiguió un trabajo de lavaplatos en un hotel que le permitió costearse los estudios en el Conservatorio de Nueva York. Allí también nació su afición por la música negra, pues cuando era niño negros y blancos convivían sin ningún tipo de problema.

―Ahora, sin embargo, fíjate, no verás un solo negro. Aquí son casi todos italianos. Sería muy raro, lo mirarían con extrañeza, cuando no animadversión.

―¿Los han echado de aquí?

―Más o menos. Eran pocos comparados con los demás inmigrantes, irlandeses, italianos, alemanes, polacos, eslovenos… Cada nacionalidad fue agrupándose en zonas concretas, los negros acabaron por marcharse, no tenían otro remedio.

En Mulberry Street ─donde William hacía la observación a Samuel─ había tanta gente en la calle como en la Quinta Avenida, pero sus aspectos eran bien distintos y sus ocupaciones, por supuesto, otras. Numerosos carritos con verduras ocupaban gran parte de la vía pública. A su lado circulaban carros y tartanas, nada de calesas ni automóviles. El poco espacio de calle que quedaba libre y las aceras estaban igualmente atestadas de gente, la mayoría con rasgos que identificaban fácilmente su lugar de origen, el sur de Italia: piel morena curtida por el sol, mediana estatura, pelo negro, poblados bigotes apenas recortados… Vestían ropas ordinarias, de bastos tejidos y presurosa confección, si bien había quien mostraba en su vestimenta y su pose que las cosas no le iban mal. Un tipo sentado a la puerta de su tienda de zapatos, muchos de los cuales colgaban de unos estantes sujetos sobre la misma fachada –como de otras lo hacían vestidos de mujer, sencillos y rectos–, se distinguía por su más cuidada apariencia: traje con chaleco, camisa de cuello americano y corbata roja, bien peinado, con raya de tiralíneas, atusado bigote y mirada satisfecha. Las fachadas de casi todos los edificios eran de ladrillo rojo, pero estaban sucias y las escaleras de incendios que iban por fuera de ellas se usaban como un espacio más.

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Niños jugando con unos barriles bajo la ropa tendida en un callejón junto a Mulberry Street. / Jacob Riis, 1890.

A Mulberry la cruzaba la calle Hester, donde William había nacido, como otros muchos hijos de inmigrantes europeos. Su estampa resultaba aún más lamentable, los mismos sucios edificios, el mismo uso indiscriminado del espacio, el suelo lleno de desperdicios, la ropa tendida entre los estrechos callejones que separaban los edificios y en los balcones, en los que se amontonaban los colchones que no cabían en las casas pues la mayoría de ellas eran al mismo tiempo taller de confección textil. También era numerosa la presencia de carritos con verduras y ropa, ambas de menor calidad que las que acababan de ver en la calle vecina. Unos niños jugaban con el agua que salía de una de las bocas de riego, otros comían las hortalizas ya pasadas que los vendedores arrojaban a los toneles de basura.

―En una casa como aquella viví yo hasta los quince años, la que yo habité la derribaron hace tiempo –William señalaba un destartalado y mugriento edificio compartimentado en diminutos apartamentos a los que se accedía por el estrecho callejón que aquel conformaba con el inmueble vecino–. Apenas cabíamos mi padre, mi madre, mi hermano y yo, pues debíamos compartir el espacio con las telas, hilos y género que traían los fabricantes para su confección. Mi padre trabajaba en el puerto, también mi hermano, yo ayudaba a mi madre, que trabajaba por lo menos diez horas al día, no hacía otra cosa que coser. Cogía las piezas acabadas, las doblaba y las dejaba en un montón; también preparaba los hilos.

En la práctica totalidad de los balcones o de los rellanos de las escaleras de incendios se veían cuerdas atadas a postes o a las fachadas colindantes, de las que colgaban toda clase de prendas de vestir, sábanas, colchas… Predominaban los colores blanco y negro y podía parecer que el lugar se había engalanado para una ocasión especial, pero nada más lejos de la realidad, bastaba con fijarse en los abundantes remiendos con que todas las telas estaban necesariamente reforzadas.

William y Samuel no se atrevían a entrar a ninguno de aquellos minúsculos espacios, no era tan obscena su curiosidad. De pronto oyeron el grito de un niño, se había caído desde lo alto de una farola cuya cima pretendía alcanzar, posiblemente con la única pretensión de comprobar cómo se veían las cosas desde arriba. Acudieron enseguida en su auxilio. Nada serio, le sangraba un poco el codo izquierdo y le costaba caminar, debía haberse producido un esguince. Lo acompañaron a su compartimento, una ínfima habitación que tanto a uno como a otro les resultaba familiar. Tendría como mucho tres por seis metros y carecía de ventana. La puerta, al abrirse, casi rozaba con el cabezal de la cama, una sola, que se apoyaba en la pared a fin de ganar más espacio. Sobre la cama, un viejo colchón y unas raídas mantas que a saber los años que tendrían, pero limpias, como el resto del habitáculo, como la mujer que les recibió, la madre de la accidentada criatura. En un santiamén uno se hacía una idea –que no podía ser inexacta pues todo estaba a la vista, no había recoveco alguno donde guardar o esconder nada– de lo limitado que debía ser el horizonte de sus vidas, tan menguado como el cuchitril que les servía de abrigo cuando no trabajaban. Un cajón que hacía de mesa, algo de ropa, poca, colgada de la puerta y de una de las paredes, un viejo hornillo en el suelo, una palangana, unas cacerolas –no se observaba platos ni cubiertos–, una silla y un taburete con la rejilla hendida era todo, no había otra cosa. Aquella mujer, con el pelo recogido, vestida pobre pero pulcramente, les agradeció el detalle que habían tenido con su hijo y se disculpó por no tener con qué obsequiarles, lo que, en aquel contexto, equivalía a decir que les ofrecía todo cuanto poseía, es decir, nada. Samuel le dio el dinero que llevaba encima, algo más de cien dólares. La mujer se quedó mirándole, era mucho dinero, el equivalente al salario de un obrero durante diez semanas. Desconfiaba, no sabía si cogerlo.

―Anda, vámonos de aquí.

Le dijo a William, dejando el dinero sobre la cama. No hubiera soportado que lo rechazara. Para arrebatos de dignidad ya tenía suficiente con el de Marion.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).