Los miserables de Nueva York

Galería
mulberry-street-c-e280891900

Mulberry Street (Nueva York) en 1900. / Library of Congress (Washington).

Una mañana fue con William a visitar el barrio en que este se había criado, el Lower East. El Lower East Side, en el sureste de Manhattan, era uno de los barrios más antiguos de Nueva York, al tiempo que de los más degradados y, con diferencia, el más densamente poblado, con mucha diferencia, nada menos que la zona más habitada del planeta. Sus moradores eran trabajadores inmigrantes europeos como los que Samuel vio en la isla de Ellis, aquellos que habían viajado con él como si fueran fantasmas. En una de sus calles, tan necesitada de todo como sobrada de gente y miseria, había crecido William hasta que consiguió un trabajo de lavaplatos en un hotel que le permitió costearse los estudios en el Conservatorio de Nueva York. Allí también nació su afición por la música negra, pues cuando era niño negros y blancos convivían sin ningún tipo de problema.

―Ahora, sin embargo, fíjate, no verás un solo negro. Aquí son casi todos italianos. Sería muy raro, lo mirarían con extrañeza, cuando no animadversión.

―¿Los han echado de aquí?

―Más o menos. Eran pocos comparados con los demás inmigrantes, irlandeses, italianos, alemanes, polacos, eslovenos… Cada nacionalidad fue agrupándose en zonas concretas, los negros acabaron por marcharse, no tenían otro remedio.

En Mulberry Street ─donde William hacía la observación a Samuel─ había tanta gente en la calle como en la Quinta Avenida, pero sus aspectos eran bien distintos y sus ocupaciones, por supuesto, otras. Numerosos carritos con verduras ocupaban gran parte de la vía pública. A su lado circulaban carros y tartanas, nada de calesas ni automóviles. El poco espacio de calle que quedaba libre y las aceras estaban igualmente atestadas de gente, la mayoría con rasgos que identificaban fácilmente su lugar de origen, el sur de Italia: piel morena curtida por el sol, mediana estatura, pelo negro, poblados bigotes apenas recortados… Vestían ropas ordinarias, de bastos tejidos y presurosa confección, si bien había quien mostraba en su vestimenta y su pose que las cosas no le iban mal. Un tipo sentado a la puerta de su tienda de zapatos, muchos de los cuales colgaban de unos estantes sujetos sobre la misma fachada –como de otras lo hacían vestidos de mujer, sencillos y rectos–, se distinguía por su más cuidada apariencia: traje con chaleco, camisa de cuello americano y corbata roja, bien peinado, con raya de tiralíneas, atusado bigote y mirada satisfecha. Las fachadas de casi todos los edificios eran de ladrillo rojo, pero estaban sucias y las escaleras de incendios que iban por fuera de ellas se usaban como un espacio más.

Riis

Niños jugando con unos barriles bajo la ropa tendida en un callejón junto a Mulberry Street. / Jacob Riis, 1890.

A Mulberry la cruzaba la calle Hester, donde William había nacido, como otros muchos hijos de inmigrantes europeos. Su estampa resultaba aún más lamentable, los mismos sucios edificios, el mismo uso indiscriminado del espacio, el suelo lleno de desperdicios, la ropa tendida entre los estrechos callejones que separaban los edificios y en los balcones, en los que se amontonaban los colchones que no cabían en las casas pues la mayoría de ellas eran al mismo tiempo taller de confección textil. También era numerosa la presencia de carritos con verduras y ropa, ambas de menor calidad que las que acababan de ver en la calle vecina. Unos niños jugaban con el agua que salía de una de las bocas de riego, otros comían las hortalizas ya pasadas que los vendedores arrojaban a los toneles de basura.

―En una casa como aquella viví yo hasta los quince años, la que yo habité la derribaron hace tiempo –William señalaba un destartalado y mugriento edificio compartimentado en diminutos apartamentos a los que se accedía por el estrecho callejón que aquel conformaba con el inmueble vecino–. Apenas cabíamos mi padre, mi madre, mi hermano y yo, pues debíamos compartir el espacio con las telas, hilos y género que traían los fabricantes para su confección. Mi padre trabajaba en el puerto, también mi hermano, yo ayudaba a mi madre, que trabajaba por lo menos diez horas al día, no hacía otra cosa que coser. Cogía las piezas acabadas, las doblaba y las dejaba en un montón; también preparaba los hilos.

En la práctica totalidad de los balcones o de los rellanos de las escaleras de incendios se veían cuerdas atadas a postes o a las fachadas colindantes, de las que colgaban toda clase de prendas de vestir, sábanas, colchas… Predominaban los colores blanco y negro y podía parecer que el lugar se había engalanado para una ocasión especial, pero nada más lejos de la realidad, bastaba con fijarse en los abundantes remiendos con que todas las telas estaban necesariamente reforzadas.

William y Samuel no se atrevían a entrar a ninguno de aquellos minúsculos espacios, no era tan obscena su curiosidad. De pronto oyeron el grito de un niño, se había caído desde lo alto de una farola cuya cima pretendía alcanzar, posiblemente con la única pretensión de comprobar cómo se veían las cosas desde arriba. Acudieron enseguida en su auxilio. Nada serio, le sangraba un poco el codo izquierdo y le costaba caminar, debía haberse producido un esguince. Lo acompañaron a su compartimento, una ínfima habitación que tanto a uno como a otro les resultaba familiar. Tendría como mucho tres por seis metros y carecía de ventana. La puerta, al abrirse, casi rozaba con el cabezal de la cama, una sola, que se apoyaba en la pared a fin de ganar más espacio. Sobre la cama, un viejo colchón y unas raídas mantas que a saber los años que tendrían, pero limpias, como el resto del habitáculo, como la mujer que les recibió, la madre de la accidentada criatura. En un santiamén uno se hacía una idea –que no podía ser inexacta pues todo estaba a la vista, no había recoveco alguno donde guardar o esconder nada– de lo limitado que debía ser el horizonte de sus vidas, tan menguado como el cuchitril que les servía de abrigo cuando no trabajaban. Un cajón que hacía de mesa, algo de ropa, poca, colgada de la puerta y de una de las paredes, un viejo hornillo en el suelo, una palangana, unas cacerolas –no se observaba platos ni cubiertos–, una silla y un taburete con la rejilla hendida era todo, no había otra cosa. Aquella mujer, con el pelo recogido, vestida pobre pero pulcramente, les agradeció el detalle que habían tenido con su hijo y se disculpó por no tener con qué obsequiarles, lo que, en aquel contexto, equivalía a decir que les ofrecía todo cuanto poseía, es decir, nada. Samuel le dio el dinero que llevaba encima, algo más de cien dólares. La mujer se quedó mirándole, era mucho dinero, el equivalente al salario de un obrero durante diez semanas. Desconfiaba, no sabía si cogerlo.

―Anda, vámonos de aquí.

Le dijo a William, dejando el dinero sobre la cama. No hubiera soportado que lo rechazara. Para arrebatos de dignidad ya tenía suficiente con el de Marion.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Frou-frou, la modernidad de la Belle Époque

Galería
le-chalet-du-cycle-au-bois-de-boulogne

“Le chalet du cycle au Bois de Boulogne” (1899), óleo de Jean Béraud.

En 1889 Francia –París sobre todo– conmemoraba por todo lo alto el primer centenario de la toma de la Bastilla, acontecimiento considerado el símbolo del nacimiento de la Revolución francesa. Y lo hacía, entre otras cosas, con la Exposición Universal de París, que tuvo lugar del 6 de mayo al 31 de octubre de dicho año. Había mucho para ver, como la Galería de Máquinas, un pabellón de hierro, acero y vidrio que mostraba los avances tecnológicos en la maquinaria y era el más grande construido hasta la fecha en el mundo. Se podía disfrutar del espectáculo que ofrecía Búfalo Bill con la tiradora Annie Oakley y contemplar una “aldea negra” con más de cuatrocientos africanos capturados a tal efecto, un “zoo humano”.

Pero nada llamó tanto la atención de los visitantes como la torre Eiffel, una construcción distinta a todo lo visto hasta entonces, una torre realizada con hierro forjado, que unos admiraban y otros criticaban. Con sus trescientos metros de altura, era la construcción más alta del mundo; su colosal volumen, su estilizada y geométrica figura, se divisaban desde prácticamente cualquier punto de la ciudad. Para sus partidarios representaba el súmmum del progreso, un atrevimiento solo posible en una sociedad osada, sin miedo al futuro, que controlaba el orbe entero, lo tenía a sus pies y expandía cada vez más lejos su modelo de civilización, una civilización que, como la torre, era sólida y resistía toda clase de pruebas y eventualidades, siempre hacia lo alto, dominando el paisaje como las antiguas torres vigía.

De esta opinión participaba Samuel Valls, el protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas, buena parte de la cual está ambientada en el París de la Belle Époque, frente a la que defendía madame Couture, ama y preceptora de su hija Camila, que la consideraba un “amasijo de hierros” que “debe haber costado un dineral, y ciertamente es algo inútil, una monstruosidad”.

En este ambiente, el mismo 1889, el letrista y compositor Lucien Delormel escribió para la revista La fête du souffleur, una canción, con música de Henri Chatau, que, a juicio de muchos, simboliza el París de la Belle Époque a principios del siglo XX: Frou-frou. Era una polca y su letra hacía referencia a la mundana vida parisina. La canción pasó desapercibida. Pero –leemos en la página Du temps des cerises aux feuilles mortes– un alemán que estaba de paso en París, la escuchó, le gustó, cambió la letra, le dio ritmo de vals a la música y, con el título de Beim Supper (Durante la cena), empezó a ser conocida. Fue entonces, cuando París se preparaba para otra gran exposición universal, la de 1990, que volvió a presentarse en la capital de Francia, esta vez con letra H. Monréal y H. Blondeau, para la revista de estos Paris qui marche, de 1898, en el Théâtre des Variétés, siendo su primera intérprete Juliette Mealy, famosa cantante de opereta y actriz desde que debutara en Eldorado en 1884.

Frou-frou es una palabra onomatopéyica que se emplea en Francia desde el siglo XVIII ─cosas de la moda─ para expresar el sonido que hace la seda y otras finas telas al frotarse entre ellas. En 1992 el término fue recogido, como frufrú, en el Diccionario de la Lengua Española de la RAE para expresar “el ruido que produce el roce de la seda o de otra tela semejante”. De seda y “telas semejantes” se confeccionaban las enaguas que usaban las mujeres francesas. En principio, las amantes, pues las damas de la alta sociedad preferían el algodón. Se supone que este, menos fino y suave, era más apropiado y recatado. Pero en el último tercio del siglo XIX la bicicleta se popularizó especialmente entre las mujeres. Con ella, las mujeres burguesas encontraron un fácil y estupendo medio de desplazamiento y, en consecuencia, una mayor libertad. Por ejemplo, pasear y “perderse” en el Bois de Boulogne. Y, claro, al ir en bicicleta las finas telas rozaban entre ellas, como en los bailes, como en la calle con la acción del viento. Frou-froufrou-frou… Roce, roza, mejor rocémonos.

A principios del siglo XX, Frou-frou era una de las canciones de moda y sonaba por todas partes. Así, “en el Mirliton, Camila cantaba [en 1902] Frou-frou. Sugerente, pícara, desenvuelta, cautivaba a todos los presentes. William Sutherland la acompañaba al piano. La gente se balanceaba a ritmo de vals y coreaba el frou-frou del estribillo. Una atronadora ovación siguió la última nota, también gritos de bravo y de otra, otra” (El corto tiempo de las cerezas).

Decíamos más arriba que, a juicio de muchos, Frou-frou simboliza el París de la Belle Époque a principios del siglo XX. No están exentos de razón. Volvamos a los personajes de El corto tiempo de las cerezas. Así, Samuel “hacía ya un par de años que se retocaba la barba con la maquinilla de afeitar que acababa de inventar Gillette, pero abominaba de una goma llamada chicle que Camila mascaba a cada dos por tres; no le veía futuro alguno al automóvil, del que decía que jamás llegaría a desplazar el tren, pero estaba encantado con el hecho de poder subir en ascensor y evitar las fatigosas escaleras; le parecía una estupidez el bolígrafo, pero no la máquina de escribir que recientemente había adquirido”.

No son estas cuestiones menores, ni mucho menos. Para los ciudadanos, los que contaban con cierto poder adquisitivo, significaban que los beneficios que el progreso, sus logros, repercutían favorablemente, y cada vez más, en su día a día. Desde este punto de vista, sí puede afirmarse que la canción es símbolo musical y cultural del París de la Belle Époque, o, siendo más precisos, del París fin de siècle.

Frou-frou nunca ha dejado de ser interpretada, siendo grabada por intérpretes como Berthe Sylva, Line Renaud, Mathé Altéry, Suzy Delair, Koko Atéba o Danielle Darrieux. Como quiera que no existe grabación alguna de la canción por quien fuera su primera intérprete, Juliette Mealy, vamos a escucharla en la versión de Berthe Sylva de 1930 en el vídeo que en su día realizamos para Música de Comedia y Cabaret.

Otra de las versiones más celebradas es la de Line Renaud, que la grabó en 1950.

Traducida –a veces muy libremente– al español, formó parte del repertorio de artistas como Raquel Meller, Imperio Argentina, Nati Mistral o Sara Montiel, popularizándose así también en el mundo de habla hispana.

Con la interpretación que de Frou-frou hace Sara Montiel en la película de 1958 La violetera les dejo por hoy.

Buen fin de semana.

Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar

Galería
Dudley street, seven dials: 1872

Dudley Street (Londres) en 1872. Grabado de Gustave Doré.

Aquel invierno el frío competía en severidad con las condiciones de trabajo, uno y otras parecían haberse puesto de acuerdo en poner a prueba la resistencia de los habitantes de los barrios más desfavorecidos. No es que los anteriores  inviernos hubiesen dejado de ser duros, pero las bajas temperaturas no se sintieron con el rigor del de ese año. El entumecimiento que muchos sufrían en las articulaciones, los dolores neurálgicos, los sabañones en manos, pies y orejas, las infecciones respiratorias y el reuma que formaban parte de su día a día, se incrementaron. No notaban gran diferencia entre el “hogar” y la fábrica. A veces era preferible esta última, el calor que despedían las máquinas y los procesos de elaboración industrial las convertía, hasta que el cuerpo comenzaba a pesar tanto que ya nada sentía, en momentáneo abrigo, hasta que ennegrecidos por dentro y por fuera, insensibilizados, deformes o lisiados, inútiles ya para el trabajo ─que en su caso era lo mismo que decir para la vida─, quedaban arrumbados a la espera de la muerte. Algunos, como Vicent, buscaban en el alcohol consuelo y amparo. Su carácter se agriaba al mismo ritmo que las máquinas producían, cada vez más aprisa. Frío era el carácter de sus habitantes; frías eran las casas, simples alojamientos en los que la presencia espectral de una constante pesadumbre, en la que ni siquiera solían reconocerse, ahogaba cualquier resquicio de vitalidad. Turnos, relevos, horas y más horas, hoy aquí, mañana allá, ahora esto, ahora también lo otro, hoy hay trabajo, mañana no, pasado quién sabe… Un constante malestar, un permanente enojo que no sabían muy bien a qué se debía, caras cuya inexpresividad no disimulaba la tristeza, un cada vez mayor malhumor, acababan formando parte indisoluble de su carácter. Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar, buscaban fuera un asomo de vida al que agarrarse, en la calle los niños, en la taberna los hombres, en el lavadero público las mujeres, en el paseo los jóvenes.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2106).

 

Sobre la libertad

Galería
sobre-la-libertad

“The Rape Of Lady Liberty” (2010). / Patrick Anthony Pierson ©

En este tiempo inmóvil que, paradójicamente, vivimos de manera tan acelerada, las palabras parecer ser solo son sonidos, música ambiental. Las hemos vaciado de significado a base de darles diversos sentidos según el uso que se hace de ellas, de quién las usa, desde que instancias y con qué fin. Una de las peor paradas por tanto uso y abuso es libertad. Más que de libertad hoy hablamos de libertades: libertad de expresión, libertad de mercado, libertad de prensa, libertad religiosa…, como si el ser humano no fuera uno y hubiera un ser humano económico, uno político, uno religioso… La libertad del individuo es, o ha de ser, una cuestión universal, no un concepto que pueda ir alterándose en función de las circunstancias precisas de cada momento histórico. La libertad es la libertad sin más, la no subordinación de uno a otro. Así lo creo, así lo defiendo y así lo expreso, por boca mía o de los personajes y tramas de mis novelas. Esta es una selección de frases en las que se habla de libertad que corresponden a las tres que llevo publicadas en estos tres últimos años.

Las palabras ya no sirven para expresar lo que sentimos, significan demasiadas cosas a la vez, es decir, nada. Mira, si no, el concepto de libertad en cualquier diccionario.

El viaje (2014).

El silencio de quien nada tiene que decir [es] el último refugio de su libertad.

El viaje (2014).

El que cree que su libertad depende de otro, sea hombre o sea dios, no disfrutará jamás de ella ni conocerá lo que es.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Puede haber libertad de imprenta, pero si los obreros no saben leer ni escribir en su inmensa mayoría ¿para qué sirve? Puede existir el sufragio universal, ¿mas para elegir a quién? ¿Y en base a qué? ¿Para qué la libertad de comercio si la mayoría no tiene con qué comerciar? ¿Pará que la libertad de pensamiento y expresión si nadie lee nada? ¿Qué van a expresar? Por supuesto para eso están las escuelas, y las hay gratuitas y nocturnas, pero ¿van a ir después de trabajar doce, catorce y hasta dieciséis horas? ¿Qué ha cambiado?

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Libertad, justicia, trabajo… ¡Patrañas! Trabajad, trabajad y conseguiréis una sociedad próspera. ¿Próspera para quién? ¡Memeces! Toda revolución ha de tener como único móvil y único fin el placer. ¿Qué clase de revolución es aquella que solo pretende modificar las reglas del juego cuando es este el que está mal diseñado, pues siempre son los mismos los que ganan y también los que pierden? ¿No habrá que jugar a otra cosa? Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Su amor, por supuesto, podía no ser eterno, ningún amor tiene por qué serlo si respeta la libertad de amar del individuo.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Qué decepción tan grande ha supuesto comprobar que por encima de las personas, de sus derechos y libertades, sigue primando el “orden internacional”, los intereses de Estado. Nuestro Gobierno ha dejado de ayudarnos, dicen que comprometemos la política exterior de la Casa Blanca con nuestras actividades “ilícitas”, que es como ellos califican nuestro trabajo. ¿Acaso es lícito abandonar a su suerte a miles y miles de personas en aras a una supuesta estabilidad internacional ya destrozada?

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Mi trayectoria, las circunstancias, la vida, me han conducido a defender los derechos civiles desde la creencia que solo quien aprecia la libertad, quien la conoce, sabrá defenderla.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

¿Qué nos pasa? ¿Qué empuja a los seres humanos a dejarse a arrastrar por el primer ilusionista de turno que con cuatro trucos baratos asegura bálsamo de Fierabrás para todos? ¿El miedo? ¿A qué? ¿A la libertad? ¿Al futuro? ¿La inseguridad? ¿La indolencia? ¿La codicia? ¿El egoísmo? No lo sé. Me cuesta entender las razones. La humanidad es cada día más inhumana. ¿No hemos aprendido nada?

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Quien no haga profesión de fe de su sentir ‘democrático’, quien no se considere un ‘demócrata’ es un intolerante, un totalitario, un enemigo de la libertad, un defensor de la violencia, de las dictaduras, un simpatizante de todo aquello sospechoso de poner en peligro la coexistencia pacífica. (…) En última instancia, lo que en verdad se pretende es dar una visión unidireccional de la historia que haga pasar única y exclusivamente por logros de la sociedad democrática las mejoras materiales o los avances en derechos civiles y, al mismo tiempo, persuadir al común de los mortales sobre la imposibilidad de otro sistema político. O económico. Es lo mismo.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

El mensaje ha calado: una cosa es la política y otra la cultura. La libertad del intelectual, la figura del intelectual libre, del artista o del escritor, desconectado de cualquier compromiso político, la parcelación del conocimiento, el uso del pasado para justificar el presente en vez de para explicarlo… Ha sido todo un éxito, un éxito que es también el triunfo de la mediocridad, del servilismo, de la inacción. ¡Viva el intelectual libre! ¡Estúpidos!

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

En nombre de la libertad (…) se recluta a nazis (…), se interviene ocultamente en otros países, se acusa de ser enemigos de la patria a quienes no comulgan con los sagrados principios de la “democracia”, se experimenta con los propios ciudadanos el poder de determinadas armas bacteriológicas, se trata de controlar el pensamiento… ¿Qué libertad es esa? ¿Qué se defiende? A ver si lo entiendo, el Estado financia a los que defienden que el Estado no debe intervenir en la esfera privada de los hombres.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre, somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista. ¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí, faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire. Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados; el rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita caretas.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Si desea comprar alguna de las novelas clique cobre los respectivos títulos.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/19/sobre-la-libertad/

El baile

Galería
pierre-auguste_renoir_baile

‘Baile en la ciudad’ (1883), óleo de Pierre-Auguste Renoir.

Transcurrió la cena entre chácharas, risas y bromas. El ambiente era jovial, como correspondía a un grupo de gente que disfrutaba del recreo sin preocupaciones aparentes. El vino y los músicos contribuían en gran medida al desahogo de los presentes, de quienes Samuel pensaba en esos momentos que poseían un insaciable apetito. Parecía que nunca acabarían de comer. Y es que no veía que llegase el momento de los bailables. Todos seguían de cara a la mesa, comiendo a dos carrillos y bebiendo como si fuesen camellos a punto de deshidratarse. Entretanto, ponía cara de seguir con atención cualquier cosa que dijese Anita o cualquier conversación en la que participara, aunque desde su asiento no alcanzaba a escuchar con claridad los comentarios. Seguían intercambiándose miradas y Samuel se ahogaba en un mar de ilusiones y miedos. Por fin un vals. Se levantó y se acercó a Anita.

―Sería una gran satisfacción disfrutar con usted el baile que antes me prometió.

La joven (…) hizo un gesto de agrado moviendo la cabeza hacia un entarimado levantado sobre el suelo en el que danzaban varias parejas y se dirigió al centro del mismo seguida de Samuel.

―No recuerdo haberle prometido baile alguno.

―Disculpe el atrevimiento, pero pensé que si decía eso delante de los demás no me rechazaría.

―Sí, ha sido un atrevimiento, pero le disculpo ─dijo Anita al tiempo que le cogía de la mano.

A Samuel no se le daba demasiado bien el baile y no sabía qué decir, había preparado meticulosamente el encuentro con ella pero olvidado los preliminares, y no era cuestión, evidentemente, de adentrarse tan pronto en el complejo mundo de los sentimientos. Afortunadamente para él, Anita llevaba el peso de la conversación, hablaba de cosas intrascendentes de las que, cada vez más aturullado, apenas se enteraba, limitándose prácticamente a asentir en todo con la sonrisa más complaciente.

Terminó el vals, se incorporaron al grupo de doña Felisa, Monllor y demás, volvieron a bailar, se sentaron de nuevo. (…)

Viendo que la velada estaba a punto de finalizar se atrevió a solicitar a Anita un nuevo encuentro algo más tarde, a solas. Anita no esperaba tal osadía y se mostró desconcertada por unos instantes, si bien acabó aceptando con la condición que fuese en uno de los bancos de piedra que había junto a la fachada principal bajo la luz de un farol. Por primera vez sintió Samuel que controlaba la situación.

Cuando consiguió estar a solas con ella le espetó sin más la primera de las frases que tan cuidadosamente había seleccionado y aprendido de memoria.

―No puedo vivir sin su presencia. Sin usted me falta algo, mi imaginación es menos fecunda y menor mi fe en los negocios que emprendo.

―Samuel, antes le he dicho que era un atrevido ─dijo Anita presa del desconcierto─ pero creo que me he quedado corta. Apenas me conoce y…

―La conozco lo suficiente y sé lo que significa para mí. Si no hubiera estado tanto tiempo sin poder verla, tal vez no hubiese averiguado hasta qué punto es necesaria a mi corazón, a mi vida. Veo en usted un arcángel y me irrita el deseo de que me abrase la atmósfera de fuego que la rodea.

―Cállese, se lo ruego ─objetó Anita.

Sus palabras, no obstante, llenas de desasosiego, se parecían tanto a cómo se expresaban las protagonistas de las novelas que enardecieron aún más al joven, que continuó con las amorosas expresiones que tan bien se sabía.

―Yo no conocía este delicioso aumento de vida, de sensibilidad, de ternura, de inefable alegría que siento desde el instante que la vi, nunca había mirado unos ojos como miro los suyos. La amo con todo el amor que tengo, con todo el sentimiento de que es capaz mi alma, con toda mi esperanza. Desde que la vi no he podido olvidarla. A cada momento mi recuerdo es más tierno y más grande.

―Samuel, modere su ímpetu, se lo suplico.

―Si esto es un sueño, es un sueño embriagador y de felicidad del que no quiero despertar.

―He de marcharme.

Anita se levantó sobresaltada. Samuel era un hombre distinto a cuántos conocía o había conocido, carecía de la afectación en los modales que exhibían los caballeretes que la pretendían, no era un señorito pero mucho menos un patán, hablaba con gran aplomo y mostraba un firme carácter, casi avasallador. Una situación como la que estaba viviendo había rondado por su cabeza alguna vez, si no igual muy parecida ¿Qué joven señorita no soñó alguna vez experimentar en persona una pasión desatada como las que leía en folletines y novelitas sentimentales? Samuel cogió las manos de Anita con las suyas y presionó suavemente en dirección al suelo aproximándola a él. Sus cuerpos se juntaron, la miró a los ojos, ella entornó los suyos, luego fueron sus labios los que se unieron. Brevemente. Enseguida llegó el adiós.

―Debo irme. Yo también siento que mi corazón se inclina por usted, pero debo irme. Compréndalo.

―¿Cuándo volveré a verla? ─Samuel soltó sus manos.

―No sé, nos vamos mañana. Le escribiré.

Anita marchó presurosa a su habitación, no sin antes de entrar en el edificio girar su cabeza y mirar, entre exaltada y temerosa, a Samuel, que no cabía en sí de gozo.

No durmió mucho aquella noche, demasiada excitación, demasiadas emociones desconocidas y sentimientos a descubrir. Se levantó tal cual se había acostado, pensando en ella. Cuando bajó al vestíbulo, Anita seguía en su habitación, o al menos no la vio durante el rato que estuvo hablando con Monllor y tampoco cuando se despidió de él y de doña Luisa. Debía llegar a Alcoi antes del mediodía, el periódico tenía que salir el lunes, como todos los días. Por primera desde que conociese a Monllor sintió que trabajaba y se debía a obligaciones. ¡Maldito periódico!, pensó. ¡Maldito trabajo!

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/17/el-baile/

Cuando Samuel decidió que no trabajaría jamás una fábrica ni a las órdenes de nadie

Galería
els-canalons

Els Canalons (Alcoi) / Ángel Valero ©

Samuel subió hasta donde se ubicaba el primer molino e inició el camino de vuelta preguntando en cuantas fábricas hallaba a su paso si necesitaban a alguien. La respuesta fue siempre negativa.

No sabía muy bien qué hacer y se dirigió al Racó de Sant Bonaventura en las faldas de la sierra. Se tumbó bajo una gran chopera. Se estaba bien, lejos de todo y de todos, se respiraba un aire limpio y fresco, el olor a tierra era una grata novedad, tan distinto al del polvo o el del fango, bien conocidos. Tampoco el del rocío ─perceptible aún en la umbría─ tenía nada que ver el de la humedad de las fábricas y de su casa. Nuevos eran el olor a romero, tomillo y salvia, y las sensaciones que le acompañaban. Nunca había escuchado el silencio, al menos un silencio que no aguardara respuesta, ni el traqueteo de las ramas de los árboles, ni el ruido del agua al nacer del manantial, como los que brotaban en el cercano paraje de Els Canalons, un congosto con elevados y rocosos picachos que para Samuel fue todo un descubrimiento. Se estaba bien allí. Las aguas del río habían tallado riscos y erosionado rocas, conformando así un bello paisaje rodeado de pinos y sauces. Pequeñas lagunas, charcas, saltos, se sucedían a lo largo del cauce, cuyas paredes estaban repletas de oquedades y recovecos. Las aguas limpias nada tenían que ver con las que atravesaban la ciudad, ya contaminadas de las fábricas situadas en cotas más elevadas, a las que se vertían las aguas residuales y otras inmundicias. Pasó el día recorriendo el lugar, no paró un momento, se sentía excitado y necesitaba explorar aquel hermoso rincón. Vadeó trozos peligrosos para llegar a partes de difícil acceso que le llamaban la atención teniendo que sujetarse de las rocas, metiendo los dedos de manos y pies entre sus hendiduras.

Cuando quiso darse cuenta, empezaba a anochecer. Había sido el día más breve de su corta vida, que recordase por lo menos. Debía regresar. A medida que se acercaba a casa su olfato percibía un olor que le molestaba cada vez más. Por primera vez sentía la desagradable hediondez que advertía enseguida cualquier extraño que se adentrase en el Raval, un olor fétido, nauseabundo, el olor de la suciedad, del abandono, de la miseria, de la necesidad, el mismo olor en todas las esquinas, en todas las viviendas, en paredes y objetos. Su madre también olía. Eso le pareció al menos al llegar a casa, luego se olvidó.

A las cinco de la mañana del siguiente día Vicent despertó de nuevo a Samuel. La noche anterior había llegado demasiado bebido para reñirle como, a su juicio, merecía.

―Hoy irás al Molinar. Empiezas en los molinos de arriba y sigues hacia abajo. Apáñatelas como puedas, pero no se te ocurra volver sin faena.

Samuel se dirigió al nacimiento del río y preguntó en la primera fábrica. A continuación en los dos batanes contiguos y en la inmediata hilatura. No había puesto para él. Ni para él ni para los demás chicos que se acercaban a los establecimientos textiles con la misma intención. La industria textil había iniciado el definitivo proceso de mecanización y apenas necesitaba más brazos. La del papel estaba en auge con los librillos y, de hecho, muchas fábricas textiles se reconvertían en papeleras, mas la demanda de trabajadores era insuficiente.

Tras obtener otro no por respuesta en el siguiente molino, se detuvo junto a la higuera que había junto al mismo. Pasaban unos minutos de las siete de la mañana y ya brillaba un sol radiante, ni atisbo de nubes ni movimiento alguno del aire. El agua que caía por el espectacular salto que movía las fábricas del curso medio del río parecía más diáfana que nunca, casi como la de Els Canalons. El ruido que hacía al caer acallaba el de las máquinas, artefactos, encargados y obreros. La espuma blanca que se formaba aumentaba el atractivo del lugar, ya bello de por sí. La luz parecía haberse puesto de acuerdo en resaltar la hermosura de lo natural y dejarla muy por encima de lo humano, el día amanecía luminoso y la atmósfera daba la sensación de estar límpida, cristalina. Era una clara invitación a la vida, entendió Samuel, que observó las fábricas y las vio más monstruosas que nunca. Se fue a Els Canalons. Nunca más trabajaría en una fábrica, ni a las órdenes de nadie, decidió.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/08/cuando-samuel-decidio-que-no-trabajaria-jamas-una-fabrica-ni-a-las-ordenes-de-nadie/